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domingo, 31 de enero de 2021

Los segundos dinosaurios

Por fin. Empieza a haber indicios de que las cosas van a cambiar. Era previsible, sólo que a lo largo de la historia los cambios suelen ser muy lentos y duran generaciones. A veces, simplemente están creciendo en la sombra durante años o siglos, larvados, hasta que un día, de repente, salta una chispa que los hace irreversibles. 

Algo así es lo que está sucediendo en los últimos meses. Durante siglos, los seres humanos han vivido con mentalidad de rebaño. No podían participar directamente en su sociedad. Sólo tenían la fuerza de la masa para cambiar la cúpula del poder. Y terminaban descubriendo, demasiado a menudo, que el remedio venía a ser peor que la enfermedad. 

Lo que nunca se les pasaba por la cabeza cambiar era la estructura del poder, sencillamente porque era imposible. Hasta el día de hoy, la mentalidad de los individuos ha sido jerárquica, y el modelo llamado 'democracia' se limitaba a atenuar los abusos del poder en un grado más o menos tolerable. Pero el ejército siempre fue jerárquico, al igual que las religiones o la policía y, más recientemente, el sistema monetario y los medios de comunicación.

¿Cómo cambiar la estructura de poder, si ni siquiera existía un modelo viable? Las comunas (las libertarias, no las comunistas) trataron de disociarse de la sociedad jerarquizada, pero estaban basadas en un modelo del ser humano irreal. Los seres humanos somos buenos y malos, benéficos y deletéreos, y sólo la disciplina de las sectas puede reconducir esa realidad.

No. El cambio real de las sociedades no era posible porque la comunicación entre las personas tenía un componente material imposible de evitar. Las cartas eran transportadas a mano o en diligencias, trenes o aviones, el tamtam se oía en toda la selva, el telegrama y el teléfono permitían comunicarse uno a uno solamente, y la radio y la televisión crearon una masa pasiva de espectadores, tan manipulables como agradecidos por no tener que digerir la información ni correr el riesgo de pensar por sí mismos. 

Cuando nació Internet, era evidente que el mundo, tarde o temprano, tenía que cambiar. Sencillamente, porque la estructura de Internet no es jerárquica. Está hecha de redes. Sin embargo, era aún demasiado pronto para materializar esas redes. En primer lugar, porque la gran mayoría de la población todavía no estaba interconectada. Y, en segundo lugar, porque las generaciones más antiguas habían crecido en sociedades en que la información y el poder estaban centralizados. 

Durante dos generaciones, la población trasplantó de la vida cotidiana a Internet el modelo de comunicación centralizada (el único que conocían). Así nacieron los grandes monopolios de la comunicación. Viejos esquemas, en el fondo. Todos en Twitter, juntitos y abigarrados. O en Facebook, exhibiendo por primera vez en la historia su narcisismo al resto del mundo. Pero estamos ya en la tercera generación, que no ha nacido ante un aparato de radio o un televisor. Para ellos, el modelo centralizado es absurdo, porque en una red todos se pueden comunicar con todos, y cada uno de ellos tiene libertad para escoger. 

La chispa que ha desatado el inevitable cambio de sociedad ha saltado en estos últimos meses. Los jerarcas de las grandes tecnológicas, embriagados de su propio poder, se han llegado a creer omnipotentes y han decidido censurar los contenidos que no les gustaban. El poder les ha hecho olvidar una realidad que para ellos debería haber sido obvia: en una red abierta cada uno se puede comunicar con quien prefiera. Y, quieran ellos o no, la estructura de nuesta sociedad es ya una red abierta. 

Sólo en este último mes, cien millones de usuarios se han pasado de WhatsApp a Telegram, y el proceso no se detiene. Las migraciones no han hecho más que empezar, y por fin, después de tres décadas, los nuevos poderosos van a tener que aceptar que deben competir por sus usuarios.

Los bancos centrales están también mirando con aprensión la popularización de las criptomonedas. Son ya muchas, cada vez más, las empresas que aceptan cobrar en criptomonedas, ante la impotencia de quienes, durante siglos, monopolizaron la acuñación de las monedas y controlaron la economía. Al servicio de modelos que terminaban, siempre, favoreciendo a los poderes fácticos.  

Pero la verdadera chispa, que para algunos ha abierto las puertas del infierno, ha sido el reciente fenómeno en torno a GameStop. Por primera vez en muchos, muchos, muchos años, una empresa financiera no ha podido seguir robando tranquilamente a los pequeños inversores mediante la manipulación del mercado de acciones. Y ha saboreado su propia medicina, en carne propia. Ya era hora. 

Las puertas están abiertas. El camino no será fácil, y estará jalonado por avances triunfales y retrocesos dolorosos, pero es irreversible. Cuando las personas comprenden que tienen la posibilidad de ser libres, generalmente escogen serlo. En comparación con una vida humana, los procesos históricos son lentos, y es posible que yo no vea el final de ese camino. Pero estoy convencido de que la era de los monopolios está llegando a su fin.

Los dinosaurios murieron a causa de un meteorito, pero de todos modos no habrían sobrevivido. Les faltaba agilidad e inteligencia. Esperemos que las generaciones futuras sepan hacer realidad la gran revolución del futuro: la segunda extinción de los dinosaurios.

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viernes, 10 de abril de 2020

Desventajas de las limusinas

Todos conocemos  el cuento del emperador que creía estar vestido pero iba desnudo... hasta que un niño dio la voz de alarma. Pero, ¿qué ocurriría si el emperador viajase en limusina y sus súbditos sólo pudiesen ver su rostro sonriente y su mano saludando a la multitud?

Día uno. El gobierno chino llega a la conclusión de que en su territorio se está declarando una epidemia que podría ser devastadora para la salud y para la economía del país. Inmediatamente, adoptan medidas de control estricto de la población, secuencian el genoma del nuevo virus y dan aviso a la Organización Mundial de la Salud.

Son dos actos reflejos. Para el gobierno chino, la sociedad es piramidal, y las decisiones que afectan a todos las adoptan invariablemente los que están en la cúspide de la pirámide. Por eso dan aviso a la OMS. Su concepción del mundo los lleva siempre a buscar la cúspide de la pirámide. Pero analicemos un poco esta decisión.

El objetivo de la OMS es “luchar contra las enfermedades, ya sean infecciosas, como la gripe y la infección por el VIH, o no transmisibles, como el cáncer y las cardiopatías”. Un momento. ¿De eso no se ocupan ya los médicos? Tal vez sería mejor que la OMS se dedicara a informar a los médicos de los riesgos sanitarios que se vislumbran en el horizonte, y dejara que cada profesional competente hiciera su trabajo.

Pero para informar ya están los medios de comunicación, que también cuentan con profesionales competentes. Presumiblemente. ¿O acaso supone la OMS que un brote epidémico grave le puede pasar inadvertido a un profesional de la información? El mundo tardó minutos en enterarse de la muerte de Kennedy, del accidente de Chernobil o del atentado contra las torres gemelas. En las sociedades democráticas la información no es piramidal.

Al menos, alegarán los defensores de las pirámides, alguien tendría que establecer un protocolo de actuación común para todo el planeta. Pero ese argumento no se sostiene. Cada país y cada región del mundo tiene sus peculiaridades. De unos a otros, varían el clima, la composición de la población, los medios disponibles, el número y distribución del personal sanitario. Las personas más capacitadas para definir un protocolo son los profesionales que mejor conocen todas esas circunstancias locales.

¿Cómo sabremos quién es el profesional que mejor conoce la manera de afrontar una epidemia? No lo sabemos, porque no hay un criterio objetivo que puntúe a todos los médicos de un país y decida quién es el más capacitado para una situación específica. Pero eso es lo mismo que sucede en los sectores de la economía que no son estatales. Cada empresa tiene sus accionistas, que, siempre en defensa de sus intereses, deciden quién es la persona más adecuada para marcar las pautas de la empresa. Naturalmente, una empresa se puede equivocar, y ocasionar la ruina de sus accionistas y el desempleo de sus trabajadores. Pero también el Estado se puede equivocar, acarreando la ruina y el desempleo de toda una nación. ¿Qué es preferible?

En los países en que la sanidad depende del estado, los accionistas son los contribuyentes, pero los contribuyentes no tienen ningún control sobre las decisiones sanitarias. Pueden votar una u otra coalición de partidos, pero no tienen forma de garantizar que las decisiones últimas no sean políticas, y tampoco pueden controlar la cuantía ni la administración de los presupuestos. Para eso, los servicios sanitarios tendrían que ser privados.

Suena mal eso de que la salud esté en manos de empresas privadas, sí. Pero la alimentación está en manos de empresas privadas, que funcionan mucho mejor que los economatos estatales. Uno puede aguantar unos cuantos meses sin que lo operen de cataratas o le implanten una prótesis de cadera. Pero, si se queda tres semanas sin comer, se muere.

¿Por qué son mejores las empresas privadas que el Estado? Las empresas tienen poderosos motivos para optimizar sus decisiones, para mantenerse lo más informadas posible de la realidad y para mejorar constantemente sus servicios al menor coste posible, a riesgo de que sus clientes se vayan a la competencia. El Estado, en cambio, es una pirámide. Los políticos designan a sus informadores y a sus gestores, demasiado a menudo con criterios estrictamente políticos, o incluso amistosos. Los presupuestos son, generalmente, anuales, y están basados en una información contaminada de intereses políticos. Si al final del ejercicio sobra dinero, los gestores lo dilapidan para evitar recortes. Si los fondos no alcanzan, reducen prestaciones.

Pero también puede suceder que las empresas, viciadas por el modelo piramidal, se inhiban de ciertas responsabilidades y las deleguen en el Estado. Si usted tiene un puesto de helados en la playa y se entera de que se acerca un tsunami, lo último que se le ocurrirá es sentarse a esperar a que el gobierno construya a toda velocidad un muro de contención. Lo normal es que usted recoja sus bártulos y se suba a la montaña más cercana. Y si usted tiene una empresa y quiere que sus empleados se mantengan sanos para poder seguir trabajando, en cuanto se entere de que viene una epidemia extremará las medidas de higiene en la empresa y comprará mascarillas suficientes para todos sus empleados.

¿Eso quiere decir que el Estado no pinta nada en este tipo de crisis? El Estado es necesario. Existe para proteger a la sociedad siempre que la sociedad no sea capaz de hacerlo por sí misma. El Estado tiene un papel insustituible como defensor de la libre competencia, de modo que ninguna empresa o grupo de empresas lleguen a acaparar el mercado e imponer los precios que les dé la gana (es decir, implantar un modelo de economía piramidal). Y tiene también el deber de proteger a sus ciudadanos, por ejemplo controlando las fronteras para que las epidemias externas no lleguen a contagiarnos.

Aislar a toda la población es una solución piramidal, una solución extrema para un problema que quizá habría tenido una solución más eficaz si todos, tanto nosotros como nuestros representantes, hubiéramos tenido una conciencia clara de nuestras responsabilidades... y de nuestros intereses.

En lugar de estar mentalmente contaminados por el modelo de sociedad piramidal. En las sociedades humanas, el poder es inevitable. Contra lo que muchos creen, la solución no es reformarlo, sino trocearlo.

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sábado, 3 de agosto de 2019

Hegel en la papelera

He comentado hace poco que sigo las charlas de Antonio Escohotado en YouTube, aunque no conozco muchos más pensadores de lengua española que me llamen la atención, ni por su originalidad ni por su profundidad. A Escohotado lo admiro por muchos conceptos. No sólo por su capacidad de trabajo y su curiosidad insaciable, sino por su espíritu independiente y libertario. Sin embargo, hay una parte de su pensamiento que me desconcierta: su interés por la filosofía.

Aunque le he oído glosar a menudo a los filósofos de la Grecia clásica, su debilidad absoluta parece ser Hegel. Escohotado se derrite cuando habla de Hegel, y hoy por primera vez le he oído explicar por qué. Mi primera reacción ha sido de estupor. No entiendo nada. No puede ser que este hombre, en general tan lúcido, se rebaje a parlotear en la jerigonza de los filósofos y se crea lo que dice. De modo que, por una vez, la curiosidad ha vencido a mi secular aversión al onanismo mental. He entrado en Wikipedia, he buscado 'Hegel' y me he puesto a leer.

Leer a los filósofos alemanes me parece una pérdida de tiempo en todos los casos, además de ser un acto masoquista generador de manos retorcidas, sudores fríos y jaquecas devastadoras. Para empezar, habría que leerlos en alemán, que es una lengua esencialmente intraducible. Y, para continuar, habría que entender qué demonios quieren decir todas esas frases laberínticas construidas con conceptos enigmáticos. Es sábado por la tarde y no tengo otra cosa que hacer, de modo que me he preparado un café, me he sentado ante la pantalla y, para no abusar de mis ocho o diez lectores, he seleccionado sólo una frase de Wikipedia sobre el pensamiento --es un decir-- del señor Hegel. Vamos a ello.

La frase que he seleccionado dice así:

"No limitándose a rechazar la dualidad kantiana de libertad frente a naturaleza, Hegel aspira a subsumirla en la 'infinidad verdadera', el "Concepto" (o 'Noción': Begriff), el "Espíritu" y la "vida ética" de manera que la dualidad kantiana se haga inteligible, en lugar de seguir siendo algo que viene dado en bruto".

Kantiana o no, la dualidad de la libertad frente a la naturaleza es para mí como la dualidad de la velocidad frente al tocino. ¿Dualidad respecto a qué? ¿Qué relación hay entre ambas cosas? La libertad es lo contrario de la restricción, mientras que la naturaleza es lo contrario del artificio. Tal vez lo que Hegel quería decir era demasiado abstruso para mí, pero suponer a tus lectores más tontos que tú suele ser un síntoma de la vanidad de los imbéciles. De modo que encojámonos de hombros y prosigamos.

Antes de subsumir nada en la 'infinidad verdadera', me temo que deberíamos averiguar lo que Hegel entendía por 'infinidad'. Y, sobre todo, infinidad de qué. Escribámoslo de otro modo:

... subsumir la dualidad [...] en un número infinito verdadero de lo que sea

Confieso que Groucho Marx tenía mucha más gracia que este señor. No tengo ni idea de lo que es un número infinito de lo que sea, ni de cómo subsumir dualidades en números infinitos. Que yo sepa, Herr Hegel no dejó escrito ningún manual de instrucciones al respecto. ¿Y cómo sabremos cuándo una infinidad es verdadera? Una infinidad de unicornios es falsa para un zoólogo pero, si aceptamos que yo existo, tan verdadera como mi imaginación. ¡Y todavía no hemos llegado ni a la mitad de la frase!

Ahora agarrémonos, porque vienen curvas. Tal como está construida la frase, tenemos que suponer que el concepto, el espíritu y la vida ética (!!!) son la infinidad verdadera. A ver, señores filósofos: un concepto es una abstracción, y por lo tanto no puede ser infinito. En cuanto al espíritu, lo único que se me ocurre es el alcohol etílico, que es lo que diferencia las bebidas espirituosas de las demás (tal vez estamos llegando por fin al meollo del pensamiento de Hegel). Con respecto a la 'vida ética', puede significar muchas cosas, pero no se me ocurre ninguna que sea una infinidad. Haciendo un esfuerzo mental realmente generoso, podríamos relacionarla con la libertad y con la naturaleza pero, como las tres cosas son atributos del ser humano, no hay nada que subsumir: o están subsumidas por definición, o no lo están.

De manera que, después de tamaña retahíla de desvaríos --alguien podría decir 'timos'-- intelectuales, la dualidad kantiana debería ahora ser tan inteligible como dos más dos son cuatro. O, considerando que los lectores de Hegel somos tontos, tan inteligible como trescientos cuarenta y cinco, coma dos, más siete mil ochocientos seis. Ojo, y no sólo eso, sino que a partir de ahora ya no será algo que viene dado 'en bruto'. De lo que se entera uno.

En fin, nada más por hoy. Confío en que mi uso de la ironía haya hecho sonreír a alguno de mis dos o tres lectores (a estas alturas del texto, ni siquiera sé si llegarán ya a tantos). Por mi parte, he saboreado mi café, he pasado un rato entretenido y he disfrutado desmenuzando las estupideces del señor Hegel. No era mi intención ofender a nadie, pero es que esto de la filosofía me saca de quicio. Lo mío, como sabrán ya mis escasos lectores, es la ciencia y el sentido común. Lo demás, sencillamente, es cuento.

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sábado, 18 de mayo de 2019

Tres países imaginarios

He decidido comprarme un automóvil. ¿Por cuál me decidiré?

Si soy una persona práctica, tal vez me atraigan más los coches de bajo consumo, con espacio de sobra para mi equipaje y para mi familia, sin preocuparme mucho de si son bonitos o feos. O tal vez me preocupa la seguridad, y en tal caso probablemente me decidiré por un automóvil robusto. En cambio, si lo que busco es atraer al sexo opuesto me compraré un deportivo rápido y esbelto, y con que tenga cabida para dos personas me parecerá suficiente. Aunque también puede suceder que mi vecino se haya comprado hace poco un coche despampanante y yo no quiera ser menos que él.

Sea cual sea el vehículo que compre, la decisión que finalmente tome dependerá de lo que yo más valore. En otras palabras, nuestras decisiones y nuestra forma de vida dependen en buena medida de nuestra escala de valores.

No siempre somos conscientes de esto, porque a menudo las personas con las que nos relacionamos tienen una escala de valores parecida. No en el caso de los coches, naturalmente, pero sí en otros muchos aspectos que a menudo nos pasan inadvertidos. En fin de cuentas, cada sociedad es como es porque una mayoría de sus ciudadanos tienen unos valores más o menos comunes. Quizá por eso las religiones, con sus códigos fijos de comportamiento, han sido durante siglos las grandes unificadoras de las sociedades y de las naciones.

Se podrían escribir ríos de tinta sobre el tema, pero hay dos valores cruciales que determinan en buena medida cómo es una sociedad. Esos dos grandes valores son la libertad y la dignidad. Es cierto, todos valoramos la libertad y la dignidad, pero no todos las entendemos de la misma manera. Según cómo interpretemos el significado de esas dos palabras, nos encontraremos con tres tipos de sociedad diferentes, que voy a tratar de describir imaginando tres países ideales. Ninguno de esos tres países existe en la realidad. Son modelos de sociedad exagerados, en los que todos sus habitantes entienden y valoran la libertad y la dignidad de una misma manera. En el mundo real, las sociedades que todos conocemos son, en mayor o menor grado, una combinación de esos tres modelos. A saber:

Libertonia

En Libertonia, la libertad es un tesoro. Además, la dignidad consiste en ganarse la vida con el propio esfuerzo, y quienes lo consiguen son admirados y emulados. El progreso, por lo tanto, consiste en afrontar valientemente los desafíos: vencer dificultades, resolver problemas, luchar por mejorar las cosas y la vida de las personas. Libertonios eran quienes inventaron la radio, la lavadora o el automóvil, quienes descubrieron las leyes de la física o de la biología, o quienes conquistaron los polos o el Everest.

En una pequeña ciudad de Libertonia vive Lulú, que es una cocinera excelente. Tan excelente que, atendiendo a los ruegos de sus vecinos, empieza a venderles tartas para los cumpleaños y otras celebraciones. Inevitablemente, se corre la voz por la ciudad, y Lulú cada día tiene más encargos. Tantos, que llega un momento en que apenas da abasto y, para resolver el problema, sube los precios. El negocio empieza a ser tentador porque, al haber subido los precios, Lulú gana mucho dinero con cada tarta que vende. De modo que, al poco tiempo, otros vecinos de la ciudad empiezan a cocinar tartas y a venderlas a ese mismo precio.

Tanto proliferan los vendedores de tartas que Lulú empieza a tener menos clientes. No es grave, porque el beneficio era muy alto y Lulú puede permitirse bajar un poco los precios para recuperar clientela. Aun así, el negocio sigue siendo muy atractivo, y por todas partes aparecen nuevos reposteros. Es más, algunos empiezan a ofrecer tartas innovadoras, más apreciadas por los clientes, y Lulú pronto comprende que, además de bajar los precios, tendrá que introducir cambios en su negocio. Además de ensayar nuevas recetas, se da cuenta de que, si contrata repartidores, ganará un tiempo precioso. No sólo creará puestos de trabajo, sino que tendrá tiempo para cocinar más tartas cada día. Incluso descontando lo que pague a los repartidores, calcula que podrá mantener o mejorar sus beneficios.

Al principio, los repartidores son jóvenes que se conforman con un sueldo módico y unas propinas. Los jóvenes de la ciudad están encantados, porque los demás reposteros también han echado cuentas y empiezan a contratar repartidores, igual que ha hecho Lulú. Gracias a todas esas innovaciones, la repostería sigue siendo un negocio atractivo. La clientela aumenta. Surgen nuevos cocineros, que a su vez contratan a más repartidores, y llega un momento en que los aspirantes a repartidor empiezan a escasear. Si quieren mantener su margen de beneficios, los reposteros no tendrán más remedio que pagarles más.

Es un momento crítico. Algunos no reaccionan a tiempo, empiezan a perder dinero y tienen que cerrar el negocio. Pero el afán innovador de los libertonios es inagotable, y los reposteros que sobreviven siguen introduciendo cambios para mejorar la calidad y bajar el precio. Gracias al afán de iniciativa de los libertonios, el desempleo disminuye, los precios bajan, las tartas son cada vez mejores y más variadas, los sueldos aumentan, y ahora incluso los repartidores tienen dinero para comprar tartas.

Naturalmente, el desempleo no llega a desaparecer del todo. Siempre hay personas que, por razones de salud o de edad, no pueden trabajar o no dan más de sí. Pero los libertonios son sensibles a esa realidad, y se organizan espontáneamente para ayudar a esas personas. Para ellos es doloroso ver que alguien no puede conseguir lo que ellos más valoran: ganarse la vida con su propio esfuerzo. Así que los más ricos crean escuelas, hospitales y universidades con sus propios medios. Otros donan lo que pueden a las organizaciones de caridad, o se ofrecen como voluntarios de vez en cuando para echar una mano.

Aun así, a veces entre todos no dan abasto, y cuando eso sucede el Estado se ocupa del resto, con cargo a los impuestos. Pero, debido a esa buena predisposición de tantos libertonios, los gastos que debe afrontar el Estado son muy pequeños y, por lo tanto, los impuestos son muy bajos. Los libertonios disponen de casi todo lo que ganan y, por consiguiente, consumen más y se arriesgan más a crear nuevas empresas. Es decir, generan más bienestar y más riqueza para todos. Es un círculo virtuoso. Invencible. Ellos lo llaman ‘progreso’.

Tribalonia

En Tribalonia la libertad también es un tesoro, pero sólo la mía y la de los míos. Además, para los tribalonios la dignidad consiste en que nadie les diga lo que tienen que hacer. Por eso, cuando alguien se equivoca la responsabilidad siempre es de otro. Los tribalonios hablan de izquierda y de derecha, pero son sólo apariencias. En el fondo, les da igual, porque para prosperar en la vida no tienen que hacer méritos trabajando más y mejor, sino que recurren a amistades, parientes, influencias e intercambios de favores.

En Tribalonia, la movilidad social es muy escasa, porque en la práctica es una sociedad de castas. Uno sólo puede acceder a una casta superior mediante amistades, relaciones familiares, matrimonios o intercambios de favores. Además, la honradez de los tribalonios se termina donde se termina su círculo de intereses. Fuera de ese entorno, les parece perfectamente justificada la mentira, el engaño, el soborno, la estafa y la apropiación indebida.

En Tribalonia, Lulú es una cocinera excelente. Alguna vez ha pensado en ganarse algún dinero vendiendo sus tartas, pero no es nada fácil. Todas las tartas que venden en las pastelerías son de marca. Sólo hay tres marcas de repostería, y todas ponen los mismos precios. Además, los trámites burocráticos que hay que cumplimentar y las normativas exigidas para emprender un negocio de venta de tartas son inacabables y muy costosos. Esto es así porque las tres grandes marcas de repostería tienen una gran influencia en el Gobierno de Tribalonia y en su parlamento, y las leyes que se promulgan responden casi siempre a los intereses de esas tres marcas.

De modo que, a la larga, en Tribalonia nada se mueve. Los ricos y sus allegados siguen siendo ricos, y los pobres, pobres. Los tribalonios lo llaman ‘progreso’.

Izquierdonia

En Izquierdonia la libertad es un tesoro, pero el Estado decide quiénes tienen o no libertad y qué libertades les convienen. Además, para los izquierdonios la dignidad consiste en no ser menos que nadie, independientemente lo que cada uno se esfuerce. Por eso los que más tienen son los más envidiados, tanto si lo han conseguido con su esfuerzo como si no. La aspiración máxima de los izquierdonios es que todos sean lo más iguales posible.

En Izquierdonia, la iniciativa personal sólo es aceptable cuando el Estado decide que es buena. Por eso, si uno quiere prosperar lo mejor que puede hacer no es esforzarse, sino estar a bien con el Estado. Muy a menudo es más conveniente crear una organización que fomente las ideas del Estado y pedir una subvención. Ese es el caso de una habitante de Izquierdonia llamada Lulú.

Lulú es una cocinera excelente, al contrario que Mercedes, su vecina, que suele cocinar de cualquier manera porque prefiere tumbarse en el sofá por las mañanas a ver su telenovela favorita. Mercedes hace meses que está desempleada. En su último trabajo la despidieron. Ella había hecho todo lo posible para que la echaran, con el fin de cobrar el seguro de desempleo. La empresa anterior había quebrado, porque sus empleados se escaqueaban siempre que podían. Al fin y al cabo, los empresarios son unos cerdos que ganan mucho dinero gracias al trabajo de los demás. De modo que ahora Mercedes se pasa el día en el sofá y le compra a Lulú sus tartas con el dinero que el Estado le paga por no trabajar. El caso de Mercedes no es único. En Izquierdonia hay muchos desempleados, y para poder pagar todas esas prestaciones de desempleo el Estado cobra unos impuestos asfixiantes.

Un día, Lulú se harta de trabajar para pagar impuestos. El negocio va mal, y Lulú decide pedir una subvención para su negocio de tartas. Gracias a la subvención, Lulú ganará ahora un sueldo decente, e incluso cederá a la tentación de tumbarse en el sofá también ella a mirar una película. Resulta que trabajando menos gana lo mismo que antes, o incluso más. El resultado final de esta política es que los izquierdonios cada vez trabajan menos, y para pagar un número creciente de subsidios el país se endeuda hasta niveles exorbitantes. Naturalmente, para devolver semejante deuda los impuestos tienen que seguir aumentando. Ellos lo llaman ‘progreso’.

Finalmente, los gobernantes de Izquierdonia se hartan de que las empresas privadas exploten a los pobres trabajadores y deciden estatalizar todas las empresas. Se cumple el sueño de todos los izquierdonios: la liberación total de los ciudadanos. Ahora ya nadie tiene que esforzarse por trabajar más o mejor, porque todos van a ganar un sueldo digno, hagan lo que hagan. Antes, Lulú se esforzaba por mejorar la calidad de sus tartas, por crear tartas nuevas y por bajar los precios, pero ahora el responsable político de la Empresa Estatal de Repostería no tiene que preocuparse por nada: su empresa tiene un presupuesto anual, asignado por el Estado, y a él le da igual que la empresa gane o pierda dinero. Lo importante para él es ser fiel al partido y a las consignas de sus dirigentes.

Como nadie tiene estímulo para hacer las cosas mejor, las empresas cada vez ofrecen peor servicio. En poco tiempo se crea un mercado negro que permite conseguir lo que no ofrece el Estado, aunque a precios exorbitantes y sin estar seguro de la calidad de lo que uno compra. Las estafas y los abusos están a la orden del día, y finalmente los estraperlistas acaban organizándose en bandas mafiosas que crean toda una economía paralela y que —no siempre por medios pacíficos— terminan repartiéndose el país por regiones o por sectores económicos. Naturalmente, sin pagar impuestos. Así sucedió, por ejemplo, en la Unión Soviética durante la era socialista, y así ocurre siempre que el Estado se empeña en decidir lo que es bueno o malo para sus súbditos. Sucedió durante la ley seca en Estados Unidos, y sigue sucediendo todavía en casi todo el mundo con el negocio de las drogas prohibidas.

¿Qué porcentaje de cada uno de estos países tiene la sociedad en la que usted vive? Parece una buena pregunta.


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jueves, 15 de noviembre de 2018

¿Izquierda o derecha?

(Introducción)

No es fácil definir de manera inequívoca lo que en política suele llamarse 'izquierda' y 'derecha', o sus dos sinónimos habituales: 'conservador' y 'progresista'. Los dos primeros términos son puramente convencionales, y provienen de la Asamblea Constituyente de Francia en los tiempos de la Revolución, en que los representantes leales al rey ocupaban los asientos de la parte derecha, mientras que los revolucionarios se sentaban en la mitad izquierda.

Sin embargo, a lo largo de la Historia ha habido muchas variantes de aquella distribución. En la Unión Soviética o en la República Popular China, por ejemplo, los diputados de izquierda ocupaban la totalidad del parlamento y, aunque en los primeros años todos ellos eran revolucionarios, con el paso del tiempo terminaron representando el inmovilismo más recalcitrante. En el siglo XIX, tanto los liberales como los colectivistas eran radicalmente opuestos al régimen establecido, pero las diferencias entre ellos eran mucho mayores que las diferencias entre cualquiera de ellos y los conservadores.

En realidad, todas estas confusiones se deben a que hay dos criterios diferentes para diferenciar entre izquierda y derecha. Uno de ellos es moral, mientras que el otro es económico. Por lo general, los conservadores morales defienden las tradiciones, la familia y la religión, suelen ser contrarios al aborto y a la eutanasia, y se sienten cómodos con los regímenes monárquicos. Los izquierdistas morales, naturalmente, defienden todo lo contrario. Desde la perspectiva económica, hay una derecha que propugna la libertad de comercio y la libre competencia, mientras que la intervención del Estado en la economía es defendida tanto por la izquierda como por una parte de la derecha, con argumentos esencialmente similares.

En los últimos cincuenta años, tanto la derecha como la izquierda han evolucionado, aunque en grado diferente. La derecha se ha vuelto menos nacionalista y menos ostensiblemente vinculada a la iglesia católica, mientras que la izquierda, tras el hundimiento de la Unión Soviética, ha ido abandonando los esquemas del proletario explotado por el capitalista para apoyarse en distintas minorías con fuerte carga ideológica, fundamentalmente ecologistas, feministas y defensores del llamado 'multiculturalismo'. Además, la izquierda parece estar abandonando el internacionalismo del que se enorgullecía hasta mediados del siglo XX.

Pero la cosa puede complicarse más todavía. Uno puede sentirse fuertemente vinculado a la religión y a la familia sin pretender imponer a nadie esas dos instituciones, del mismo modo que uno puede ser ateo y partidario del amor libre sin desear que toda la sociedad lo sea. Dos personas así pueden convivir perfectamente sin necesidad de enfrentamientos ni de partidos políticos. Sin embargo, una persona que desee libertad para hacer negocios y otra que pretenda limitar esa libertad necesitarán algún tipo de acuerdo para no entrar en conflicto.

El problema, por lo tanto, no es la diferencia de ideas o de visiones del mundo, sino la libertad para ponerlas en práctica. Desde ese punto de vista, una persona que prohiba el adulterio o que imponga una religión al conjunto de la sociedad no es diferente de otra que proscriba la religión o que imponga el amor libre a todos sus semejantes. Derecha o izquierda, el problema no son las ideas, sino en qué medida una parte de la sociedad consigue imponerlas o prohibirlas al resto de sus conciudadanos. El verdadero problema, pues, es el poder.

La solución más simple a este problema son las sectas. En el seno de una secta nadie cuestiona el comportamiento de los demás porque todos se rigen voluntariamente por las mismas normas. Por desgracia, las sectas requieren una uniformidad de pensamiento que choca con la diversidad habitual en las sociedades normales. Algunas sectas, como los mormones, los amish o las monjas carmelitas, han resuelto el problema fundando comunidades a las que uno puede -al menos en teoría- decidir libremente incorporarse o no. Pero difícilmente podemos esperar que una sociedad se divida espontáneamente en sectas de individuos afines y, en cualquier caso, estaría por ver en qué manera conseguirían convivir unas con otras.

Otra solución es el totalitarismo. Los experimentos nazis y comunistas son suficientemente conocidos, de modo que no vale la pena extenderse mucho en ellos. Están basados en la coerción, e incluso el exterminio en masa, de los disidentes, y sólo son satisfactorios para quienes detentan el poder.

La democracia es un sistema intermedio, que trata de conseguir un equilibrio inestable entre quienes no se conforman con sus propias ideas, sino que quieren que sean adoptadas por todos sin distinción. Las democracias son tanto más eficaces cuantos más controles y contrapesos tienen, no respecto de los individuos, sino de las instituciones que ejercen el poder. La finalidad de una democracia es lograr que un grupo de personas específico no pueda excederse más allá de cierto punto y que, cuando lo intente, se vea obligada a ceder el poder a alguno o algunos de sus adversarios.

De manera que, contra lo que habitualmente se piensa, la clave de una democracia no radica en que los gobernantes sean de izquierda o de derecha, sino en hasta qué punto consiguen imponer su visión del mundo al conjunto de la sociedad. En particular, una visión del mundo que afecta a todos sin excepción es el modelo económico. Pero ese es un tema que merece un capítulo aparte.

Capítulo siguiente: Tres países imaginarios

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domingo, 11 de noviembre de 2018

Izquierda, derecha y libertad

El 15 de mayo de 2011 recibí una llamada telefónica inesperada. Mi amigo más antiguo -llamémoslo G.- había acudido a la Puerta del Sol de Madrid y en aquel momento, para él emocionante, se había acordado de mí. Quería compartir conmigo su entusiasmo por un movimiento social en cuyo nacimiento estaba participando. En directo. Me pilló tan de sorpresa que apenas supe responderle con un comentario escéptico, para salir del paso. Mi gran amigo, el que siempre había sido más sensato que yo, había perdido la cabeza y se había pasado al enemigo. ¿Cómo podía estar sucediendo una cosa así?

Aquella llamada me trastornó profundamente. Tengo una gran intuición, pero razonando soy lento. Necesito darle muchas vueltas a las cosas, analizarlas desde todos los puntos de vista y descartar todas las posibles alternativas antes de estar seguro de lo que argumento. Y detrás de aquella llamada había mucha tela para cortar. Lo que estaba sucediendo en mi país era un cambio cualitativo que yo me resistía a aceptar, y aquella llamada me obligaba a mirar de frente a la realidad.

El caso de G. no era el único que yo había conocido. A bote pronto, me vienen a la mente dos más. Los dos eran amigos muy queridos. Muy buena gente, como suele decirse. Los dos se pasaron al bando de los malos. No espero que ninguno de ellos se asome nunca a este blog, pero aun así los mencionaré sólo por sus iniciales.

Conozco a M. desde la más tierna infancia. Su familia y la mía veraneaban en la misma playa. Tenía cuatro hermanos varones, y el mayor de todos ellos era el alevín de mi grupo de amigos. Con los años, las diferencias de edades se difuminaron, y de todos los hermanos él fue el único con el que mantuve contacto durante muchos años, a pesar de mis idas y venidas de uno a otro país. El era un hombre de derecha, con las ideas claras. Yo entonces todavía coqueteaba con la izquierda, pero siempre sentí admiración por la nobleza que traslucían sus convicciones. M. no era sectario, se sentía unido al resto de los españoles, defendía a su familia, no era envidioso y siempre estaba dispuesto a echarte una mano.

Cuando dejó su trabajo en una notaría de Valencia, perdimos el contacto. El estaba cambiando. Se separó de su mujer, empezó a renegar de sus antiguas ideas y, finalmente, hace unos años -la última vez que nos encontramos- vi en él el polo opuesto del M. que yo había conocido. Hacía poco que había estallado la burbuja inmobiliaria, y él ahora repetía como un loro las manidas consignas izquierdistas. Se había vuelto envidioso y sectario. Quizá no es casualidad que, a pesar de mis intentos, no nos hayamos vuelto a ver.

J. era uno de los amigos que hice en aquel pueblo de Valencia, cuando fui a parar allí con mi vieja furgoneta en el año 80. Le gustaba conocer mundo y le agobiaba el provincianismo circundante. No sólo la mentalidad provinciana, sino la ideología provinciana, que por aquel entonces todavía no merecía el nombre de nacionalismo. Fue a trabajar a la vendimia francesa en varias ocasiones y, posiblemente en uno de aquellos viajes, se presentó en Ginebra, donde yo vivía por entonces.

Siempre vi con benevolencia su ecologismo convencido. Incluso, en una época, compartí con él algunas de sus inquietudes en ese sentido, sobre todo el amor por la naturaleza. Cuando yo me distancié de la ideología ecologista, solíamos argumentar acaloradamente tanto a favor como en contra, pero él nunca dejó de ser mi amigo por esas diferencias. Sin duda como consecuencia de sus lecturas, sus posturas se fueron radicalizando, mientras que las mías se fueron haciendo cada vez más escépticas. Nuestros encuentros habían terminado convirtiéndose en un agotador diálogo de sordos, pero la amistad seguía estando por encima de todo.

Hace sólo unos meses, sin embargo, en una cena con él y con su mujer las diferencias ideológicas habían dejado de ser impersonales. Para mi sorpresa, su mujer había asumido íntegramente el ideario nacionalista, hasta el punto de defender la inmersión lingüística en valenciano, aun sabiendo que afectaba a un niño de mi propia familia. J. callaba. Trataba de mantenerse equidistante, pero ya no era el J. que yo había conocido. Ya no aborrecía el provincianismo. Ponía reparos a los desmanes del nacionalismo catalán, pero ya no eran objeciones de fondo. Y sus ideas políticas, cada vez más descabelladas, habían traspuesto ya la frontera del sectarismo. El también había sido abducido por el bando enemigo.

Sí, he dicho 'bando'. Eso es lo que ha cambiado en España. Una cosa son las ideas, y otra muy distinta son los bandos. Un amigo puede tener ideas opuestas a las tuyas, pero cuando esas ideas se materializan en un bando tenemos un problema. Yo he tenido buenos amigos que, en algunos aspectos, consideraba inferiores a mí, pero nunca se me ha pasado por la cabeza unirme a un movimiento que proponga exterminarlos, someterlos a mis ideas u obligarlos a cambiar sus costumbres.

Me dolió la abducción de M., aunque nuestro distanciamiento había sido progresivo y, por lo tanto, el desenlace no fue traumático. Me dolió mucho más la transformación de J., que a lo largo de muchos años había demostrado ser el amigo más fiel de cuantos he tenido en aquel pueblo de Valencia. Me distancié también irremediablemente de B., otro amigo entrañable del mismo pueblo, que se había ido radicalizando hasta formar parte del bando enemigo. Otros dos antiguos amigos de aquella época ya se habían negado explícitamente, años atrás, a que siguiéramos viéndonos. Todo eso me dolió. Todavía me duele. Pero la transformación de G. es mucho peor: me tortura.

Desde hace ya años, me tortura una y otra vez pensar que G., una persona extraordinariamente inteligente, que siempre tuvo un corazón de oro y que siempre ha tenido un sentido común muy superior al mío, se haya convertido en un zombie ideológico. No es que yo no sepa cómo se llega a eso. Lo sé perfectamente, porque lo he vivido en mis carnes desde mis primeros años en la Facultad. A ese estado se llega por la vía emocional y por la falta de información. Precisamente los dos ingredientes típicos de los dos grandes sistemas totalitarios: el comunismo y el fascismo.

Cuando he dicho “falta de información” he sido benévolo. Lo que en realidad quería decir era “una combinación de información selectiva y de información falsa, o tendenciosa”, todas ellas al servicio de los fines totalitarios de turno. Los monopolios siempre son nefastos, y en España, en los últimos años, han convergido dos monopolios de los medios de comunicación: el de la extrema derecha en manos de los bandos independentistas, y el de la extrema izquierda en manos de los bandos socialistas.

La tenaza es formidable, y me temo que ya no va a ser posible contrarrestarla, al menos pacíficamente. Lo único que puedo hacer, a ese respecto, es prepararme para que, cuando estalle el pandemónium, no me pille en medio. De hecho, si pudiera, ya me habría marchado. La dictadura que se está gestando aquí empieza a ser ya más insoportable que el franquismo.

Pero la idea de que G. continúe obnubilado por la propaganda de unos canallas me torturará hasta el fin de mis días. No sólo por él. Estoy seguro de que hay muchos más como él, buenas personas que viven engañados por una visión del mundo totalitaria y tendenciosa y, lo que es peor, que podrían terminar siendo víctimas de su propia ingenuidad. Recuerdo a menudo a una amiga de simpatías izquierdistas que vivía en Caracas. Era compañera de trabajo, y solíamos encontrarnos cada dos o tres años en algún lugar del Caribe para alguna conferencia internacional. Con el paso del tiempo fui viendo su evolución. Al principio veía con buenos ojos la presidencia de Hugo Chávez. Años después, se mostraba crítica con él, aunque siempre desde posiciones de izquierda. En nuestros últimos encuentros estaba ya aterrorizada, y ni siquiera me permitió que viajara a Caracas para pasar unos días con ella y con su familia. Ahora, hace ya un par de años que no sé nada de ella.

Sé que yo solo no puedo hacer frente a un tsunami, y no otra cosa es el fenómeno de masas que está devorando mi país. Ante un tsunami que se te viene encima, es absurdo ponerse a rezongar contra el servicio meteorológico. Lo único que se puede hacer es echar a correr. Yo ya lo hice en Barcelona y lo tendré que volver a hacer pronto otra vez. Pero no por huir dejará de torturarme la idea de que hay ahí afuera mucha buena gente que, por falta de información real, o nada entre dos aguas o se deja llevar por la corriente. Por eso he decidido hacer algo que desde hace algún tiempo vengo rumiando. No puedo luchar yo solo contra los grandes medios de comunicación que manipulan a las masas, pero tal vez pueda aportar a un puñado de buenas personas la información que esos medios les hurtan o les presentan deformada en aras de sus perversos intereses.

No soy la persona más adecuada para ello. No soy economista, ni jurista, ni historiador, pero sé ser objetivo, he pensado mucho en todos los temas que quiero abordar, y en largos años de búsqueda de la verdad he accedido a fuentes de información que, aunque están al alcance de todos, los monopolios de la verdad ocultan concienzudamente, trocean a su conveniencia, vetan o convierten en anatema para que nadie, accediendo a ellas, descubra cómo arrancarles a ellos la careta.

He dudado mucho antes de decidirme. No sólo porque no soy un experto, sino porque no tengo mucho tiempo libre. Pero es la única manera en que podré librarme de mis demonios y sentirme en paz conmigo mismo. Cuando todos los que me lean estén informados, podrán tomar partido con conocimiento de causa. Quizá contra mí de todas formas, pero mi compromiso es sólo con la información. Contra la maldad de los seres humanos no hay antídoto posible.

Capitulo siguiente ¿Izquierda o derecha?

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domingo, 12 de agosto de 2018

¿Democracia absolutista o democracia subsidiaria?

Los enemigos de la libertad que gobiernan esta comunidad autónoma parecen haber emprendido una cruzada contra los centros de enseñanza concertados. Es natural. La izquierda siempre ha confundido el gobierno con el estado, y la libertad con sus pulsiones represoras. La cantinela de fondo es siempre la misma: lo público es bueno.

Cuando dicen "lo público" en realidad quieren decir "lo estatal", es decir, lo que controlan ellos con nuestro dinero. Por desgracia para ellos, las sociedades han evolucionado hacia un grado de totalitarismo tolerable -no mucho más, y actualmente en retroceso-, y la izquierda no se atreve a hablar de supermercados públicos, líneas aéreas públicas, marcas de ropa públicas, bares públicos o alcobas públicas (aunque últimamente estén un tanto ansiosos por controlar no sólo lo público, sino incluso lo púbico). Lástima. Ya se sabe que las cartillas de racionamiento son el sueño supremo de todo izquierdista que se precie.

El tema de la enseñanza concertada plantea muchos interrogantes. Su finalidad es permitir a los padres escoger para sus hijos un colegio privado a un coste asequible. Naturalmente, el coste es asequible porque los colegios concertados reciben un subsidio estatal con cargo a nuestros impuestos. Aun así, subsidiar un colegio concertado nos sale más barato que mantener uno 'público', dado que los colegios estatales no compiten con nadie, y por lo tanto son más ineficaces. Desde el punto de vista práctico, la enseñanza concertada mata dos pájaros de un tiro: ahorra dinero a los contribuyentes y otorga libertad a los padres para la educación de sus hijos.

Entonces, ¿por qué no suprimir todos los colegios 'públicos' y sustituirlos por otros 'concertados'? Por una parte, habría más diversidad de colegios entre los que escoger. Y, por otra, nos ahorraríamos mucho dinero, que por lo tanto podría permanecer en nuestros bolsillos y nos permitiría vivir más desahogadamente. La respuesta es compleja. La enseñanza estatal es un fósil de un pasado en el que un alto porcentaje de la población era analfabeta y no tenía recursos ni para pagar una escuela. Si el Estado se resiste a soltarla es porque le permite un mayor control ideológico sobre sus futuros vasallos y porque, para un político, adelgazar el Estado significa perder parcelas de poder y, por lo tanto, acrecienta el riesgo de tener que trabajar para ganarse la vida.

Sin embargo, los supermercados, las marcas de automóviles o las cafeterías no reciben ningún subsidio estatal. Simplemente, compiten entre sí para ofrecernos las mejores prestaciones posibles al menor precio posible. ¿Por qué no suprimir completamente los subsidios y permitir que todos los centros de enseñanza compitan entre sí? Es cierto que los colegios privados son hoy muy caros, pero ello se debe, en gran parte, a que son un oligopolio para ricos. La libre competencia los obligaría a mantener la calidad abaratando los precios, y nosotros tendríamos también más dinerito en el bolsillo gracias a la merma de nuestros impuestos.

Naturalmente, la educación es algo demasiado importante para arriesgarse a que un niño se quede sin ella, o a que reciba una enseñanza defectuosa. Sin embargo, más importante todavía es la alimentación, y no por ello hay supermercados estatales o 'concertados'. Puedes estar un mes sin ir al colegio, pero si te quedas un mes sin comer no hay duda: te mueres.

Pero hay otro interrogante todavía más profundo: ¿por qué es obligatoria la educación infantil? Damos por supuesto que la educación es un valor universal, pero tal vez haya personas que no lo entiendan así. Me dirán ustedes que no hay ni un solo progenitor que no desee la educación de sus hijos. Si eso es cierto, entonces ¿por qué hacerla obligatoria?

La verdadera pregunta de fondo es: ¿hasta qué punto es lícito que la sociedad imponga a todos sin excepción la escala de valores de una mayoría? Este es uno de los puntos más débiles de la democracia, del que sin embargo nadie habla nunca. En un futuro, quizá lejano, es posible que esa situación cambie, posiblemente para bien de todos.

La democracia ateniense funcionaba muy bien, pero en Atenas los esclavos no tenían derecho a votar. Los seres humanos han practicado la esclavitud durante milenios, y es poco probable que en alguna de aquellas sociedades un referéndum hubiese otorgado la libertad a los pobres esclavos. En el sur de los Estados Unidos, los negros estaban mayoritamente considerados inferiores, y Hitler accedió al Parlamento alemán gracias a unas elecciones democráticas en el que por entonces era, probablemente, el país más culto del mundo.

Situaciones así habrían sido evitables si los oprimidos hubieran tenido la posibilidad de cambiar de sociedad. Los judíos, durante siglos marginados en casi toda Europa, pudieron en el siglo XVII emigrar a Holanda, donde a nadie le importaba un comino su religión o sus orígenes, y en el siglo XX los más afortunados consiguieron emigrar a Palestina, donde un naciente Estado los protegía del exterminio.

Desde luego, no es fácil tomar la decisión de emigrar, mucho menos con toda una familia a cuestas. Por salvar el pellejo uno está dispuesto a todo, pero no es fácil abandonar bienes, amigos, fuentes de ingresos, paisajes y recuerdos simplemente para mejorar nuestra vida, incluso cuando la mejora que esperamos pudiera ser sustancial. Peor todavía: la democracia absolutista está considerada hoy como el bien supremo, y difícilmente encontraremos un país que tenga siquiera intención de mejorarla.

Actualmente, sin embargo, la tecnología puede resolver ese problema.

Otra cosa es que lo resuelva pronto. Las sociedades, por lo general, evolucionan lentamente, y los conceptos innovadores pueden tardar siglos en ser siquiera perceptibles para la mayoría de la población. Además, como ya hemos visto, lo último que un político desea es ganarse el pan con el sudor de su frente, y hará todo lo que esté en su mano -que es mucho- para mantener el status quo.

Pero los cambios que acarrean las innovaciones tecnológicas son irreversibles, y tarde o temprano se acaban imponiendo. Pudiendo evitarlo, a nadie en su sano juicio se le ocurre hoy comprarse un burro para ir al trabajo, lavar a mano en el río más cercano o curarse la fiebre con sanguijuelas. Con una puntualización: no estoy dando a entender que esas innovaciones sean exclusivamente positivas, sino que el balance de esos cambios es positivo. Adoro el botijo, pero en mi cocina tengo un frigorífico.

Volviendo a la democracia absolutista, ¿cómo podríamos mejorarla gracias a la tecnología? Ha habido ya algunos atisbos en ese sentido, pero nadie les ha dado la importacia que realmente tienen. La famosa X de los impuestos destinados a la iglesia católica [ver nota de pie de página] es probablemente la primera grieta en el edificio del Antiguo Régimen. ¿Qué quiere decir esa X? Que la iglesia católica está suficientemente organizada para conseguir sustraerse a la voluntad del Estado. De haber podido, los gobiernos de izquierda la habrían privado completamente de ingresos, pero la iglesia católica no es una institución cualquiera, y el Gobierno ha tenido que conformarse con una solución de compromiso. Desde mi punto de vista, perfecta.

El precedente que han sentado, probablemente sin saberlo, es cualitativo. Por primera vez en la historia -que yo sepa-, la potestad del Estado para administrar los impuestos como le encomiende una mayoría de votantes -en la práctica, como le dé la gana- ha sido puesta en tela de juicio. ¿Por qué no asociarnos los ciudadanos en otros respectos y seguir el ejemplo de la iglesia católica? Yo no tengo automóvil y apenas hago uso de la red de carreteras. Preferiría que mis impuestos estuvieran destinados en menor medida a las carreteras y en mayor medida a la limpieza de las aceras, o a la repoblación forestal.

Lo fascinante del sistema de las X es que permitiría la coexistencia de Estados alternativos en un mismo territorio. Si se implantara, no haría ya falta emigrar, o simplemente aguantarse frente a los abusos absolutistas de las mayorías democráticas. Nuestra libertad aumentaría cualitativamente, y no perjudicaríamos a nadie, ya que nos limitaríamos a promover nuestros intereses.

Recordemos que los progresos que nos proporciona la tecnología suelen ser en balance positivos. La gran amenaza de Internet, hoy en día, es Big Brother, y no será fácil protegerse frente a él. Pero ya conocemos el dicho: "hecha la ley, hecha la trampa". Los intentos de controlar nuestra actividad en la Red tienen ya un adversario formidable en la tecnología de 'blockchain', y sin duda aparecerán otras nuevas que seguirán desafiando los afanes totalitarios. Hemos de confiar en el ingenio humano y, sobre todo, en el anhelo de libertad, si no de todos, al menos de una minoría.

En cualquier caso, la propuesta de las X -que podríamos denominar 'democracia subsidiaria'- es de momento sólo una idea a explorar, y en la práctica seguramente no será tan simple como en la teoría, pero en mi opinión el camino está ya trazado. Y, sobre todo, es irreversible.


*La X de la Iglesia Católica hace referencia a una casilla que figura en las declaraciones de impuestos de España. Marcándola con una X, el contribuyente decide que quiere destinar un porcentaje de sus impuestos a esa institución. Cuando la casilla se queda en blanco, el mismo porcentaje irá destinado a ONGs y organizaciones similares.

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viernes, 16 de junio de 2017

Contrastes

Prohibido fumar, decir palabrotas y hablar con el conductor

Hace algunos meses tuve ocasión de conversar con el hijo de unos amigos sobre ciertos aspectos de la vida moderna. El no entendía mi aversión a los viajes en avión, y le tuve que explicar que hubo un tiempo en que, a diferencia de ahora, los aeropuertos no se parecían en nada a un campo de concentración. No había aglomeraciones, ni controles, ni cámaras. Uno, simplemente, se iba caminando desde el mostrador de facturacion hasta la puerta de embarque y, al rato, en un asiento espacioso de un avión le servían una comida generosa con cubiertos de metal y una botellita de vino. En clase turista. Y se podía fumar. Sí, en el avión.

Viendo la expresión de sorpresa de aquel muchacho, por un instante tuve la sensación de estar contando un cuento de hadas.

"Pero ahora los controles son necesarios", replicó él. "Si no los hubiera ..."

Efectivamente, ahora los controles son necesarios. Pero digamos con todas las letras lo que eso significa: no sólo hemos perdido calidad de vida. Hemos perdido libertad. Y mucha. ¡Bien por el progreso!

Rebelión en la granja (pero sin huevos)

Aquella conversación me recordó otra que mantuve hace algunos años con un sobrino. El veía con simpatía la gestación de un 'nuevo' partido político de ideas más rancias que Carracuca. Mi sobrino no tenía ni idea de que aquel ideario politico ya había sido ensayado en muchos paises, con un saldo aproximado de cien millones de muertos y muchos más millones de horas de colas, penuria, escasez, hambre, torturas y control despiadado del individuo por el Estado.

En algún momento, inevitablemente, la conversación derivó hacia los años del franquismo. Su idea de aquel periodo histórico era más o menos la que predica machaconamente la propaganda bienpensante. A saber: Franco fue un psicópata sanguinario que se dedicó a empobrecer y hacer todo el daño que pudo a los españoles durante cuarenta años, y la represión del franquismo fue...

Lo interrumpí. "¿Sabes una cosa? Yo estuve en Praga en 1971", dije. "Y allí el control del Estado sobre las personas era tan monstruoso que entré en estado paranoico. Literalmente. Llegué a creer que nunca me dejarían salir. Aquello no era un país; era una cárcel gigantesca, y cuando regresé a la España de Franco me sentí libre, ¡libre!, como un pajarillo silvestre".

Así fue. En mi país no me sentía vigilado. A nadie le importaba cuánto dinero gastaba, qué compraba, cuánta gasolina consumía o dónde pasaba cada noche. Podía comprar infinidad de libros inencontrables en la Checoslovaquia socialista y, excepto los estancos, ninguna tienda estaba controlada por el Estado. Además, en comparación, las tiendas españolas estaban abarrotadas de productos, en cantidad y en variedad. Mi sobrino me miraba con cara de incredulidad.

No te vayas, rianxeira, que te vas a marear

"¿Y la represión?", leí en su mirada. "El régimen de Franco no tuvo oposición democrática", le expliqué. "La represión recaía sobre los grupos de extrema izquierda, que pretendían derrocar aquel régimen para sustituirlo por una democracia 'popular'. Es decir: Checoslovaquia. El horror".

Y era cierto. En aquellos años -igual que ahora-, había que ser un ignorante imperdonable o tener realmente muy mala entraña para ser maoísta, leninista, trotskista o prosoviético. Pero si uno defendía ideas democráticas, la represión que padecía era entre benévola y nula. Peor lo tenemos hoy los que no creemos en el calentamiento global.

En mi experiencia personal, la única represión que viví con rabia y desesperanza durante el franquismo fue la que ejercía la iglesia católica. En nuestros días, la obsesión por el colesterol y el cambio climático es un auténtico tostón, pero en aquellos tiempos la obsesión por la castidad femenina era, para un adolescente como yo, sencillamente insufrible.

Sin embargo, la iglesia católica ha sentido siempre una atracción satánica por las fuerzas del Mal, y con el Concilio Vaticano II se pasó de la Inquisición al marxismo-leninismo sin emitir un suspiro. Aquel cambio de chaqueta espectacular puso en marcha la inexorable ley del péndulo, hasta el punto de que hoy en día está ya mal visto no ser hermafrodita, o tener ideas propias, o criar hijos en lugar de perros. Y, por supuesto, añorar la libertad de hace medio siglo.

Debajo de los adoquines está la playa

Una libertad que, idependientemente del país o del régimen político, era mucha. Eran los tiempos en que uno sólo tenía obligación de enseñar el DNI a la policía, y nunca a la cajera del supermercado o a la secretaria del dentista. Tampoco había cámaras de vigilancia por ninguna parte, y la delincuencia era mucho menor que ahora. Uno podía entrar a cualquier edificio oficial sin pasar por ningún control de metales, y había libertad para ponerse o no el casco en las motos o el cinturón de seguridad.

Como había muchos menos funcionarios y muchos menos políticos, tampoco había que pagar impuestos. En los autobuses, ninguna autoridad tenía que reservar asientos para los ancianos, porque los propios pasajeros les cedían el suyo. Y cuando uno quería apearse en la próxima pedía amablemente pasar en lugar de emprenderla a empujones como los gorilas.

En aquellos tiempos todos sabían redactar, y escribían con pocas o ninguna falta de ortografía. Todos sabíamos por dónde pasaba el Ebro y dónde estaba Albacete. En las cartas nadie escribía jajajaja, y en los telegramas uno ponía lo estrictamente necesario. Quienes aprobaban unas oposiciones podían pedir plaza en cualquier rincón del país sin necesidad de aprender ninguna lengua local. El tomate sabía a tomate, los huevos sabían a huevo y el pan sabía a pan. Todas las noches regaban las aceras, y sólo los locos hablaban solos por la calle.

Además, los parques eran sólo para pasear y disfrutar apaciblemente del aire libre. Las playas eran playas, y no calles, como ahora. La Tierra no se estaba calentando, sino que se encaminaba a una glaciación, pero a nadie le importaba un comino. Como no había videojuegos y apenas había televisión, la gente tenía ingenio y mucho sentido del humor. Y, como todos teníamos ideas propias, no teníamos necesidad de tatuarnos para distinguirnos unos de otros.

En el balneario de Parménides

Las argollas en la nariz, en los pezones o en el clítoris eran sólo cosa de los aborígenes de selvas remotas. Los jóvenes sabían bailar, y nadie tenía necesidad de acarrear botellas de agua por la calle, y mucho menos de agua mineral. Los escritores sabían redactar y no escribían lo primero que les pasaba por la cabeza, como ahora. Los juguetes eran escasos, y la imaginación, por consiguiente, desbordante. Las películas en blanco y negro eran en blanco y negro, y no coloreadas.

Pese a todo, hay cosas que no han cambiado. Antes todos los informativos contaban las mismas patrañas. Ahora, también. Antes se podía votar entre dos o tres opciones prácticamente indistinguibles. Ahora, también. Antes, la moral la dictaban los paniaguados del clero. Ahora, los paniaguados de la política. Antes había que respetar una religión que menospreciaba a las mujeres. Ahora, también. Antes había caciques. Ahora hay comunidades autónomas.

Es cierto, también hemos progresado. Hoy en día todos los automóviles tienen aire acondicionado. Hay aspiradoras que funcionan solas, y dentro de poco los frigoríficos encargarán el salchichón en bable a la tienda de ultramarinos. Todas esas maravillas nos liberan, y con su libertad cada uno hace lo que le viene en gana, pero para mí el progreso no es un fin en sí mismo, sino simplemente un medio. Un medio para desarrollar al máximo nuestro potencial como personas. Para ser más creativos, más autónomos, más generosos. Ese es el baremo con el que deberíamos medir los cambios históricos, porque es el criterio que mide ni más ni menos que la dignidad humana.


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domingo, 14 de agosto de 2016

Un libertarismo diferente

Percibir tu propio 'yo' proporciona placer. Delegar en otras personas, también. Estos dos extremos son el yin y el yang de los modelos de sociedad, y la combinación de uno y otro en diferentes grados genera híbridos variopintos, en uno de los cuales estamos metidos usted y yo. ¿Por qué estoy diciendo esto?

More input! More input!

Somos lo que somos porque podemos conseguir fines. Si nuestro fin es alcanzar una cuchara, alargamos el brazo y nos hacemos con ella. Si nuestro fin es llegar a presidente de los Estados Unidos o matar N marcianitos en una pantalla y lo conseguimos, nuestro 'yo' se refuerza, y en consecuencia nuestro cerebro genera endorfinas: ¡bingo!

El problema de esta vía hacia la felicidad son los fracasos, que son dolorosos para el ego. O, más exactamente, el riesgo de fracasar. Quién sabe, tal vez uno puede llegar hasta donde se lo proponga. El cielo es el límite. Pero, cuanto más codiciado sea el objetivo, más duro podrá ser después el batacazo.

Siempre hay quienes se arriesgan. Sus herramientas para conseguir el poder -porque a estas alturas ya se habrá imaginado usted que estoy hablando del poder- son tan variadas como la naturaleza humana. Uno puede picar piedras para prosperar, o puede hacerlo más aprisa o mejor que su colega. Pero también puede idear o fabricar una máquina que pique piedras sin intervención humana, crear un banco que explote los beneficios de tales fábricas, o entrar en política para favorecer los intereses de ese banco o para ponerle límites. No es cuestión de ser buenos o malos. Igual podríamos despertar admiración que manipular o adular como medio para conseguir nuestros fines. Cualquiera de esas vías nos puede servir para controlar el mundo exterior. Es decir, para tener poder.

Querámoslo o no, todos tenemos al menos alguna dosis de ese ingrediente. Desde el porquero que controla su pequeña porqueriza hasta Mahatma Gandi, que consiguió controlar él solo a millones de personas predicando la perfidia del control de las mayorías por las minorías.

La Venus de las pieles paga con tarjeta

En el otro extremo de esa tendencia innata hacia la felicidad están los que delegan. Para ellos, la felicidad no consiste en controlar las cosas, sino en dejar que otro las controle por ti. Es la vía adoptada por el creyente, el votante, el manipulador, el paciente o el hipnotizado, por poner sólo algunos ejemplos. Y tampoco tiene nada que ver con la moral. Uno puede ser mantenido de buen grado por una persona amada o estropearle los frenos del coche para cobrar el seguro.

Naturalmente, sólo somos humanos. Hay muchas cosas que ni podemos ni podremos nunca hacer, y el éxito de una sociedad se medirá por el grado de equilibrio entre los que controlan y los que delegan. Cuando el equilibrio se rompe, las sociedades podrían terminar derivando hacia el extremo más temido: el control total de unos y el abandono incondicional de todos los demás. Es un imán que siempre tiene dos polos: no puede haber controladores si no hay controlados. Y es un extremo absoluto: si al menos una minoría se resiste, el equilibrio no será del todo estable.

Extasis junto a St. Paul Cathedral, London, UK

Era una mañana del mes de julio y yo acababa de sentarme en unas escaleras frente a St. Paul's Cathedral. Hacía apenas unos meses que había decidido renegar de toda religión cuando, en una réplica involuntaria del rayo celestial que derribó a San Pablo del caballo, un joven barbudo que pasaba por allí depositó un panfleto entre mis manos. Bajo una bandera negra artesanalmente dibujada en la cabecera, los autores de aquel texto resumían en sólo tres palabras las tres cosas que a mí más me molestaban de la vida: la familia, la religión y el Estado.

Fue una revelación. Aquel panfleto verbalizaba mis ansias de libertad, hasta aquel momento crepusculares. Mi familia era un quilombo, la religión católica en España era por entonces un forúnculo en el trasero, y el Estado eran unos burócratas remotos que sustentaban una oprobiosa dictadura.

Pero la vida, como dicen, da muchas vueltas. Durante años alimenté mi hostilidad a aquel monstruo de tres cabezas, hasta que un día tuve que reconocer que, en el fondo, anhelaba tener una familia. Por otra parte, la iglesia católica había dejado de entrometerse en mis costumbres. El Estado, en cambio, simplemente había cambiado de manos, y había sustituido aquella vieja ideología, rancia e impopular, por otra mucho más convincente. Y peligrosa.

La nueva ideología había ido mucho más allá que el ideario de la dictadura, porque en su afán por tenernos a todos satisfechos -es decir, controlados- había erradicado la noción de riesgo. Liberado de la responsabilidad de prever el futuro, el ciudadano medio se lanzó a endeudarse, paradójicamente, como si el mundo se fuera a terminar mañana. Carpe diem. Vivir es hermoso. Eran los primeros síntomas...

Bailando el surf (en la cubierta del Titanic)

Hasta que la ola descargó. No, el futuro nunca había estado asegurado. Unicamente había remoloneado más de la cuenta, y ahora estaba pasándonos de una sola vez todas las facturas atrasadas. El mundo se encontraba en estado de shock. ¿Qué había sucedido?

En asuntos tan complejos como la realidad, es de idiotas simplificar. Habían sucedido muchas cosas, pero uno tenía la impresión de que ninguna de las argumentaciones que leía las explicaba realmente. Al fin y al cabo, la economía es esa pseudociencia que me permite explicar hoy por qué ayer mi teoría estaba equivocada.

Por eso, razoné yo, para entender lo que estaba pasando, a quienes había que escuchar era no a los pregoneros oficiales, sino a los que previeron que la burbuja estallaría. Y así fue como descubrí la denominada 'escuela austriaca' de economía. El resultado fue una segunda revelación: aquellos pensadores amaban la libertad tanto como yo, y sus teorías estaban basadas en un principio inamovible: la dignidad del ciudadano frente al Estado.

La sombra de Proudhon se invierte al atardecer

Fue una buena noticia. Las ideas libertarias tradicionales siempre me parecieron demasiado utópicas, y en la actualidad se han vuelto tan siniestras como las consignas y métodos de la izquierda, que han terminado adoptando. Los viejos libertarios eran individualistas y generosos. Los de hoy son igualitaristas y sectarios.

Todo esto no quiere decir que uno deba adoptar a pies juntillas las explicaciones de los 'austriacos'. Es un mundo variopinto, en el que coexisten intelectuales profundos como Hayek o von Mises, pensadores lúcidos como Ayn Rand, y algún que otro personaje estrafalario que cree en la astrología o que interpreta la torpeza cortoplacista de la economía oficial como una conspiración secreta fraguada en las cumbres de Davos.

Pero los austriacos predijeron el estallido de las dos burbujas: la de 2001 y la de 2008. Frente al dogma keynesiano imperante, los austriacos creen en la responsabilidad del individuo y en su capacidad de iniciativa, defienden el juego limpio y el valor real de las cosas, y se oponen a distorsionar la percepción de riesgo, que tan nefastas consecuencias está teniendo todavía hoy en nuestras economías.

Algo de credibilidad se merecerán, diría yo.


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sábado, 28 de noviembre de 2015

Democracia gaussiana

Dos de las cosas que más temen las empresas financieras son lo que en inglés se conoce como fat finger y fat tail.

Ponga usted a un novato ante una pantalla repleta de gráficos en zigzag, explíquele que apostando -¡ehém!, quiero decir invirtiendo- en aquellos gráficos se ganará un sueldo sustancial más unos incentivos tentadores, y la teoría de la probabilidad predice que, tarde o temprano, el novato apretará un día nerviosamente la tecla 9 y la empresa perderá 200 000 millones de dólares en lugar de simplemente 200 000 en una transacción mal calculada. Sin él darse cuenta, su fat finger habrá invadido la tecla 0 y la habrá apretado durante esas décimas de segundo deletéreas que separan las pérdidas tolerables de la quiebra financiera internacional.

Para entender lo que es una fat tail, imaginemos que acudimos a un concierto de rock multitudinario. Situémonos a la entrada y midamos la altura de cada uno de los asistentes (exceptuando los menores de edad). A continuación, clasifiquemos todos esos datos por alturas y representémoslos en coordenadas cartesianas. Podríamos encontrarnos, por ejemplo, con que sólo había un aficionado al rock que medía 143 cm y otro que medía 205 cm. Entre esos dos valores, el número de personas aumentaría progresivamente hasta alcanzar un máximo central: por ejemplo, 15.435 personas que medían 174 cm. Si representamos de ese modo todos los datos obtenidos, la figura resultante será una campana boca abajo. Ahora, simplemente echando un vistazo a nuestra curva, ya podemos afirmar que la mayor parte de los asistentes medían entre 156 cm y 189 cm (la parte central de la campana), y la probabilidad de encontrarnos con alguien más alto o más bajo (los bordes de la campana) será a todas luces pequeña.

Acabamos de representar la 'campana de Gauss'. La campana de Gauss -y otras distribuciones de probabilidad no tan elegantes- permite, por ejemplo, a los ingenieros diseñar presas que resistirán lluvias cercanas al diluvio universal, o -¡ehem!- centrales nucleares japonesas que resistirán tsunamis cercanos al Apocalipsis. Pero olvidémonos piadosamente de los ingenieros y démonos un paseo por Wall Street. O, mejor todavía, construyamos nosotros mismos otra campana de Gauss sustituyendo la altura de las personas por el porcentaje de subida o bajada del Dow Jones y el número de personas por el número de veces que ha sucedido cada una de esas oscilaciones. A la vista de nuestra flamante campana, ¿qué probabilidades hay de que el Dow Jones caiga un 70 por ciento en tres meses dos veces seguidas en tan sólo ocho años? Más nos habría valido consultar el oráculo de Delfos: la probabilidad es de un suceso cada varias decenas de miles de años. Fiasco.

Esto es lo que los inversores profesionales llaman fat tail: una probabilidad en los bordes de la campana mucho más alta de lo que la campana predice. Una empresa inversora que fundamente sus compras y ventas en la campana de Gauss está abocada, tarde o temprano, a la ruina más estrepitosa.

El problema es que, durante un tiempo que puede ser muy largo, el inversor puede engañarse pensando que sus probabilidades son las que le indican la campana de Gauss y el sentido común. Si Mr. Smith ha nacido después de 1930 y se ha jubilado antes de 2001, sus pérdidas y ganancias habrán sido estadísticamente previsibles, y Mr. Smith habrá podido retirarse con una pensión desahogada y una tensión arterial aceptable. Pero ¿podrán hacerlo también sus hijos?

La respuesta, evidentemente, es 'no'. Y la respuesta es 'no' porque, en la realidad del mundo real, los bordes de la campana de Gauss son más gruesos de lo que la teoría predice. ¿Qué quiero decir con esto? Quiero decir que, al igual que las centrales nucleares de algunos ingenieros, hay sistemas que han sido pensados para durar eternamente pero que están basados en una experiencia insuficiente. Uno de esos sistemas es la democracia.

Veamos un par de ejemplos de la vida corriente. En la barra de un bar no suele ser habitual que el camarero cobre las consumiciones antes de servirlas. Hay una convención tácita en virtud de la cual el cliente no saldrá corriendo en cuanto se beba su cerveza. Es cierto, siempre habrá algún que otro listillo que se escabullirá sin pagar su consumición, pero el número de tales clientes será aceptablemente pequeño (los bordes de la campana) y no valdrá la pena convertir los bares en campos de concentración para rebañar tan magras pérdidas.

También en los aeropuertos la campana de Gauss fue válida durante muchos años. ¿Quién iba a pensar que a un desaprensivo se le podía ocurrir secuestrar un avión para llevárselo a Cuba, o convertirse en una granada humana y tirar de la anilla en uno de los asientos de la clase turista? Sin embargo, empezó a suceder, y la libertad en los aeropuertos tuvo una existencia más efímera que en los bares. Poco a poco, la paranoia que había empezado en los aeropuertos se fue extendiendo a edificios oficiales, cajeros automáticos, túneles de metro, urbanizaciones, autopistas o discotecas, y empieza a haber ya muchos establecimientos que sí cobran la consumición antes de servirla. No nos damos cuenta, pero nuestras sociedades, todavía nominalmente democráticas, se van haciendo cada vez más totalitarias.

Es más, muchos ciudadanos están asumiendo de buen grado funciones hasta hace poco reservadas a la policía. La recepcionista del podólogo o la cajera del supermercado te exigen el documento de identidad, el empleado del banco recaba celosamente tu fecha de nacimiento, dirección, situación laboral y otros datos hasta hace poco intransferibles, y hasta el peluquero quiere conocer tu teléfono y tu dirección de correo electrónico. Allá en el fondo de las tinieblas, atisbando tras la mirilla de las puertas del infierno, el padrecito Stalin no cabrá en sí de gozo.

Si uno lo piensa un poco, la única diferencia entre la dictadura y el fascismo estriba en que la dictadura es impopular. Por eso el fascismo no es incompatible con la democracia, que es -por definición- el gobierno de la mayoría. Ciertamente, la separación de poderes es también un rasgo insustituible de las democracias, pero hay países, como España, en los que la separación de poderes es una entelequia y nadie en la comunidad internacional parece darse por enterado. En cualquier caso, el verdadero problema ahora no es votar o no votar. El verdadero problema ahora es la libertad.

En los último tiempos he oído todo tipo de comentarios, generalmente desatinados, sobre la proliferación de atentados en Europa. El más desconcertante de todos afirmaba que tenemos que aceptar un aumento masivo de los controles policiales "para asegurar nuestra libertad". Es decir, tenemos que perder nuestra libertad para asegurar nuestra libertad. A ver cómo se come eso.

Una sociedad que confunde seguridad con libertad es, como mínimo, una sociedad enferma, y a eso es a lo que estamos llegando. En parte, es una consecuencia natural de medio siglo de socialdemocracia. La socialdemocracia es la variante 'presentable' del populismo en nuestros días, y está basada en tres principios:

1 - Hay ciudadanos inferiores a otros ciudadanos. Los ciudadanos inferiores son aquellos que no son capaces de ganarse la vida por sí solos y, por lo tanto, no son responsables de sus propios actos. Es el mismo argumento que esgrimen implícitamente las feministas (la mujer no puede ser responsable de su propia defensa porque es un ser inferior) y que en su momento esgrimieron los esclavistas (los negros no pueden ser dueños de sus vidas porque son inferiores a los blancos).

2 - Los votos de los ciudadanos inferiores se consiguen gastando en ellos más de lo permisible. Es decir, endeudándose. En la práctica, estos dos principios se resumen en una política muy simple: quitar dinero a los que más se esfuerzan para dárselo a los que menos se esfuerzan. Al desalentar el esfuerzo y la responsabilidad individual, esta política genera un número creciente de ciudadanos inferiores, que a su vez se traduce en un número creciente de votos.

3 - Para pagar la deuda que permitirá comprar votos de los ciudadanos inferiores es necesario recaudar los impuestos suficientes, y para eso hay que aumentar perpetuamente el gasto total. En términos más técnicos, lo que los economistas llaman la demanda agregada. En la economía socialdemócrata no se trata tanto de que las empresas inviertan adecuadamente como de que los ciudadanos consuman sin tregua. Y es esa enorme posibilidad de consumir a troche y moche lo que los ciudadanos confunden con la libertad.

Pero en la realidad del mundo real cada vez somos menos libres. La campana de Gauss es válida para un mundo ideal, un mundo rousseauniano en el que todos somos buenos excepto los cuatro o cinco descarriados que ocupan los extremos de la campana. Para controlar a esos pocos basta con unas cuantas cárceles y un cuerpo de policía de tamaño regular. Para controlar a cinco mil extremistas dispuestos a todo se necesita, simplemente, un Estado policial.

Y en eso estamos.

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viernes, 2 de noviembre de 2012

La rendición sigilosa


Una de las pocas noticias no políticas ni económicas que han ocupado los medios de comunicación en los últimos días ha sido la muerte de varias chiquillas en un recinto de Madrid a causa de una marea humana. El desencadenante, según testigos, fue el lanzamiento de unos petardos o bengalas en mitad de la aglomeración. El recinto tiene un aforo nominal de aproximadamente 10.000 personas, y los organizadores aseguran que habían vendido mil entradas menos del máximo permitido. Sin embargo, muchos jóvenes han declarado haberse colado sin dificultad, por lo que el número total de personas que abarrotaban el recinto fue probablemente mucho mayor. Las salidas de emergencia estaban cerradas y, después del incidente, a pesar de que los organizadores sabían ya que había tres personas muertas y dos en estado crítico, la fiesta se prolongó hasta las habituales 6 de la mañana.

Como era de esperar, tanto la prensa escrita como las tertulias nacionales se han lanzado de cabeza a sacar conclusiones. Pero, salvo alguna alusión tangencial (y, por supuesto, temerosa de la incorrección política), ninguno ha acertado a diagnosticar el verdadero significado del suceso. Por supuesto, nadie quiere ser responsable de los hechos aunque, como es habitual, las miradas de periodistas, políticos y padres de familia se dirigen ya a las autoridades. No importa qué autoridades: el Ayuntamiento, la Comunidad Autónoma, el Ministerio, el Parlamento o el Presidente del Gobierno. Autoridades nunca faltan. Lo único que parece claro es que, a partir de ahora, los controles en los actos públicos, particularmente los de diversión juvenil, aumentarán inexorablemente. Naturalmente, cuando digo autoridades quiero decir: el Estado.

Es la tendencia del último medio siglo en las democracias occidentales: proclamar hermosas palabras, otorgar libertad rousseauniana al individuo y cuando, inexplicablemente, éste no se comporta como Rousseau había previsto, imponer prohibición tras prohibición y, de paso, burocratizar la vida cotidiana. Nuestra vida cotidiana. Hemos perdido ya libertad para construir en nuestro terreno, para abrocharnos o no el cinturón de seguridad, para usar o no casco en nuestras motos y bicicletas, para permitir o no fumar en nuestros negocios, para fumar en público sin molestar a nadie, para escoger el sexo de los miembros de nuestro consejo de administración, para castigar a nuestros hijos y, dentro de poco, hasta para decidir el contenido de las hamburguesas que queremos comer. Poco a poco, el Estado va metiendo las narices en nuestra sopa, en nuestros hábitos y en nuestra propiedad privada. Y nosotros, poco a poco, nos vamos dejando. Naturalmente, lo hacen por nuestro bien, y eso debería bastar.

El problema es que nuestro bien deberíamos decidirlo nosotros, no el Estado. En uno de los ensayos de su inefable “Less than one”, cuenta Joseph Brodsky cómo, por ser él hijo único, la vivienda que el Estado soviético había asignado a su familia debía tener estrictamente una habitación y media. La media habitación, que era la suya, no podía tener puerta, y el joven Brodsky trataba de suplirla con anaqueles de libros y otros artificios sin conseguir, pese a sus esfuerzos, tener jamás la sensación de tener una vida privada. La amenaza última era la delación –que podía provenir no sólo de un inspector del Estado, sino también de un amigo, de un vecino o incluso de un pariente- y, consiguientemente, la cárcel o, en los casos extremos, el gulag. Aquellas primeras barricadas revolucionarias de los obreros en las calles de Moscú habían terminado convirtiéndose en barricadas del individuo en el último reducto de su hogar frente al ojo omnipresente de Big Brother.

¿Llegaremos también nosotros a 1984? Nadie es adivino, pero el sendero que seguimos conduce en esa dirección. Hace poco tiempo, me he ofrecido como voluntario para colaborar con una asociación sin ánimo de lucro. Cuál no ha sido mi asombro cuando me he enterado de que también las actividades voluntarias están reglamentadas por ley. Para ayudar a un toxicómano a resistir el síndrome de abstinencia, para conducir la silla de ruedas de un discapacitado o para enseñar a leer a un grupo de inmigrantes es obligatorio hacer previamente un curso y tener contratado un seguro. La ley ni siquiera prevé la posibilidad de que yo firme un papel asumiendo toda la responsabilidad de mis actos. Faltaría más.

Uno tiende a pensar que hay alguna diferencia entre las democracias y las dictaduras. Al fin y al cabo, también las dictaduras afirman legislar “por nuestro bien”, también en las dictaduras se celebran elecciones “democráticas”, y también las dictaduras proclaman con grandes palabras la independencia del poder judicial. Es cierto que en tiempos del general Franco uno podía escoger entre el Opus, la Falange y el Movimiento, mientras que ahora uno puede elegir de entre dos o tres partidos con inmunidad parlamentaria que controlan los medios de comunicación y los sindicatos y que sólo rinden cuentas al que confecciona las listas electorales. Puede que esto sea una diferencia cualitativa, pero ¿quién ha elegido democráticamente a Mario Monti, Antonis Samaras, José Manuel Durao Barroso o Herman van Rompuy?

En el centro de este gigantesco laberinto de Creta hay un solo principio en juego: un individuo mayor de edad es capaz de votar y de pagar impuestos, pero no es responsable de sus actos. En particular, no deben ser los padres, sino el Estado, los responsables de la educación de sus hijos. Así pues, teniendo en cuenta que –ya lo anunció Rousseau, no sé si antes o después de enviar a sus cinco hijos a un hospicio- todo el mundo es bueno, los padres han ido cediendo a las consignas de libertad sacrosanta sin contrapartida, con el resultado de que, hace dos noches, doce mil jóvenes en estado de intoxicación aguda por alcohol y otras sustancias, muchos de ellos menores de edad, han aplastado a cinco niñas espantados por unos petardos.

No sé si alguien será declarado algún día responsable de esas muertes. De lo que no tengo duda es de que las Autoridades tomarán cartas en el asunto, y de que Big Brother avanzará un pasito más hacia la última barricada de nuestro cuarto de estar.


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domingo, 23 de agosto de 2009

Reductos de libertad

Oí en la radio anoche que el Gobierno mexicano ha despenalizado la posesión de 'drogas' en pequeñas cantidades. Es un pequeño paso en la buena dirección, por la que todos los países, tarde o temprano, tendrán que transitar. Sólo un prejuicio largamente arraigado, fomentado desde el poder, está impidiendo desde hace muchos años que la marihuana, la cocaína o la heroína estén en pie de igualdad legal con el Prozac, el alcohol o la ropa interior.

He dicho ropa interior, sí. Es cierto que la ropa interior no altera la conciencia, pero la heroína tampoco. Ambas reportan bienestar físico, y ambas producen síndrome de abstinencia cuando su consumidor deja de usarlas. La ropa interior es una droga cultural, es decir, artificial. Los opiáceos, en cambio, utilizan en nuestro sistema nervioso los mismos receptores que una sustancia segregada por nuestro propio organismo: la endorfina. ¿Estamos enamorados? ¿Nos acaba de tocar la lotería? ¿Hace un día radiante y estamos de vacaciones? Sin que nosotros seamos conscientes, la endorfina está afluyendo a las sinapsis de nuestras neuronas y haciéndonos sentir 'felices'.

También es cierto que la droga mata. Igual que la aspirina, el whisky o el agua. Todo depende de la dosis. Inyecte usted una dosis suficiente de heroína en sus venas, y sus pulmones dejarán de respirar. Beba usted una cantidad suficiente de agua, y el desequilibrio entre los iones sodio y potasio reventará la membrana de sus células. Desde luego, el mundo es muy grande, y siempre habrá algún idiota que se beba en una fiesta veinticinco cubalibres seguidos, o algún suicida que ingiera de una sola vez un frasco de benzodiazepinas. Por cierto, también los automóviles matan, y mucho, y no por eso los han prohibido.

Aunque en estos primeros años del siglo XXI el mundo camina hacia el totalitarismo paternalista, todavía quedan algunos nichos de libertad, reservados a unos pocos. A los paracaidistas, por ejemplo, nadie los obliga a lanzarse al vacío con un colchón en el trasero, igual que nadie prohibe a ningún alpinista abordar la variante polaca del Aconcagua. Todo lo más, se les requerirá que hayan cumplido la mayoría de edad. El resto, es decir, la formación y la información aconsejables para emprender una práctica de riesgo, se deja a su propia responsabilidad.

Y lo es. Sólo yo puedo ser responsable de unos actos que a nadie pueden dañar más que a mí mismo. Es comprensible que haya normas de circulación en carretera, porque un accidente automovilístico puede poner en peligro la vida de otras personas, pero ¿a quién perjudico si decido superar el récord de inmersión libre o de hamburguesas ingeridas por minuto, si me sumo a un ritual de hongos alucinógenos en la Sierra Mazateca o si persevero en una dieta rica en colesterol?

En Occidente, la explosión del consumo de drogas se produjo en los años 70. Hasta entonces, las 'drogas' eran habituales en determinados núcleos sociales, generalmente reducidos. Había ex-legionarios que fumaban su kif apaciblemente en pequeños bares del centro de Madrid. En Andalucía, algunos campesinos daban a sus niños infusiones de adormidera antes de acostarlos, y la recolección del cáñamo para hacer alpargatas era una tarea particularmente gozosa que formaba parte del ciclo de vida agrícola, del mismo modo que la vendimia. Y más de un médico se administraba regularmente láudano, sin que se tenga noticia de que ello afectase a su competencia profesional.

Al igual que el café o la tila, todas esas sustancias estaban integradas en la vida de sus consumidores, que conocían sus límites. En los años 70, como sucedió en los años 20 con el alcohol en Estados Unidos, todo se enturbió. La prohibición y, consiguientemente, la falta de información, estimuló a los más jóvenes al consumo indiscriminado, creó un siniestro mercado negro, encareció exorbitantemente el producto y, lo peor de todo, dio origen a la adulteración.

Porque, en la mayoría de los casos, lo que de verdad mata no es la droga, sino las sustancias con que los traficantes la adulteran. Alheña, Avecrem, estricnina, glucosa y hasta polvos de talco son algunos de los aditivos con que los vendedores sin escrúpulos 'inflan' la sustancia vendida para multiplicar sus ganancias. Un amigo médico que estaba haciendo un estudio sobre el consumo de cocaína en Suiza me dijo que, de todas las muestras de 'perico' que habían comprado en la calle, la más pura contenía tan sólo un 2% de cocaína.

Acostumbrado a cantidades así, el yonqui que un día tiene la mala suerte de comprar una papelina al 98% se inyectará, sin saberlo, una dosis 50 veces mayor de lo que su organismo solía recibir. Si la heroína se vendiera en las farmacias con receta, del mismo modo que el diazepam o los narcolépticos, el consumidor podría conocer exactamente el precio, la calidad y la cantidad de lo que está tomando, el prospecto le informaría de las contraindicaciones y efectos secundarios, y... lo mejor de todo: los grandes cárteles de la droga tendrían que dejar las armas y pagar impuestos.

Esa misma falta de información impide a la población -especialmente a los jóvenes- saber de antemano cuáles son los efectos de las 'drogas'. Posiblemente esa información no sea disuasoria, del mismo modo que el vergonzoso espectáculo (legal) de una borrachera no evita unos cuantos millones anuales de muertes por cirrosis y por accidentes de tráfico. Pero tal vez podría ayudar a alguien a beneficiarse de manera responsable de los efectos positivos de algunas sustancias.

Que no siempre son gratuitos. Buena parte de la publicidad de prensa y televisión, por ejemplo, está ideada bajo los efectos de la cocaína aunque, a nivel personal, el precio suele ser un tabique nasal de platino y algún que otro brote de paranoia. Pero el cánnabis es beneficioso para muchos pacientes que reciben quimioterapia o padecen el síndrome de Tourette y, aunque pocos lo saben, es incluso un buen antibiótico por vía tópica. Es más, la lucidez mental y sensorial que el cánnabis proporciona a quienes lo consumen -en dosis que no lleguen al extremo de alterar la conciencia- es, según los propios usuarios, muy enriquecedora.

Hace dos o tres años pasé unos días en Amsterdam coincidiendo con la celebración de un campeonato europeo de football. A ambos lados del canal Oudezijds Voorburgwal, casi frente por frente, podían verse las terrazas de dos bares. En una de ellas los clientes, borrachos, gregariamente vestidos con las mismas camisetas, gritaban salvajemente, ensuciaban el suelo y desprendían un cierto aire de milicia nazi. Frente a ellos, en el coffee shop de la orilla opuesta, clientes de las edades y países más diversos fumaban sus porros sin prisa y charlaban amistosamente, incluso entre desconocidos.

Eran dos filosofías contrapuestas de la vida. El lector inteligente sabrá deducir con cuál de las dos simpatiza Ricky Mango.

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miércoles, 12 de marzo de 2008

Ciudadano López

El ciudadano terráqueo López XH98 dejó en el suelo su escafandra interestelar y se acercó a mirar la vieja radio. A aquellas horas, el mercadillo del planeta Neptuno bullía de actividad. En su mayoría, pensionistas aburridos, como él, que llevaba ya cuarenta años de jubilación dando vueltas por la Vía Láctea. La radio era muy antigua. Nunca había visto un modelo como aquel, tan verde y tan dócil. Se inclinó sobre el aparato, le acarició la rodilla, y enarcó las cejas, sorprendido. Vivía todavía. Tiene varios siglos, dijo entonces el vendedor. Pero, ¿funciona? Acérquese a escuchar: es la que está sonando. Entonces López se encogió de hombros y ofreció al vendedor su huella dactilar. Por dos miserables biocréditos tendría entretenimiento para unos cuantos días en la tediosa pensión de Saturno.

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