¿Los hombres pueden ser mujeres? ¿El CO2 está causando una crisis climática? ¿El colesterol es malo para la salud?
Depende. Si uno es un investigador creativo, estira convenientemente el lenguaje para adaptarlo a sus fines y envuelve sus investigaciones en una jerga pedante, tal vez sí. Usando esos trucos y otros parecidos, un asistente de IA ha conseguido demostrar que los gatos son perros.
¿Realmente es posible convencernos de cualquier cosa si uno envuelve sus argumentos en un lenguaje científico y manipula los parámetros a su antojo?
sábado, 10 de enero de 2026
Pelos, pezuñas y bigotes
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Palabras clave: estadística, fraude, gatos, manipulación, muestras, perros, resultados
domingo, 2 de noviembre de 2025
Calvo por un pelo
Una buena parte de nuestra vida la pasamos hablando sobre cosas sin trascendencia. Y, sin embargo, de alguna manera necesitamos expresarlas...
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Palabras clave: encuestas, Eubúlides, lenguaje, lógica difusa, manipulación, paradojas
domingo, 31 de enero de 2021
Los segundos dinosaurios
Algo así es lo que está sucediendo en los últimos meses. Durante siglos, los seres humanos han vivido con mentalidad de rebaño. No podían participar directamente en su sociedad. Sólo tenían la fuerza de la masa para cambiar la cúpula del poder. Y terminaban descubriendo, demasiado a menudo, que el remedio venía a ser peor que la enfermedad.
Lo que nunca se les pasaba por la cabeza cambiar era la estructura del poder, sencillamente porque era imposible. Hasta el día de hoy, la mentalidad de los individuos ha sido jerárquica, y el modelo llamado 'democracia' se limitaba a atenuar los abusos del poder en un grado más o menos tolerable. Pero el ejército siempre fue jerárquico, al igual que las religiones o la policía y, más recientemente, el sistema monetario y los medios de comunicación.
¿Cómo cambiar la estructura de poder, si ni siquiera existía un modelo viable? Las comunas (las libertarias, no las comunistas) trataron de disociarse de la sociedad jerarquizada, pero estaban basadas en un modelo del ser humano irreal. Los seres humanos somos buenos y malos, benéficos y deletéreos, y sólo la disciplina de las sectas puede reconducir esa realidad.
No. El cambio real de las sociedades no era posible porque la comunicación entre las personas tenía un componente material imposible de evitar. Las cartas eran transportadas a mano o en diligencias, trenes o aviones, el tamtam se oía en toda la selva, el telegrama y el teléfono permitían comunicarse uno a uno solamente, y la radio y la televisión crearon una masa pasiva de espectadores, tan manipulables como agradecidos por no tener que digerir la información ni correr el riesgo de pensar por sí mismos.
Cuando nació Internet, era evidente que el mundo, tarde o temprano, tenía que cambiar. Sencillamente, porque la estructura de Internet no es jerárquica. Está hecha de redes. Sin embargo, era aún demasiado pronto para materializar esas redes. En primer lugar, porque la gran mayoría de la población todavía no estaba interconectada. Y, en segundo lugar, porque las generaciones más antiguas habían crecido en sociedades en que la información y el poder estaban centralizados.
Durante dos generaciones, la población trasplantó de la vida cotidiana a Internet el modelo de comunicación centralizada (el único que conocían). Así nacieron los grandes monopolios de la comunicación. Viejos esquemas, en el fondo. Todos en Twitter, juntitos y abigarrados. O en Facebook, exhibiendo por primera vez en la historia su narcisismo al resto del mundo. Pero estamos ya en la tercera generación, que no ha nacido ante un aparato de radio o un televisor. Para ellos, el modelo centralizado es absurdo, porque en una red todos se pueden comunicar con todos, y cada uno de ellos tiene libertad para escoger.
La chispa que ha desatado el inevitable cambio de sociedad ha saltado en estos últimos meses. Los jerarcas de las grandes tecnológicas, embriagados de su propio poder, se han llegado a creer omnipotentes y han decidido censurar los contenidos que no les gustaban. El poder les ha hecho olvidar una realidad que para ellos debería haber sido obvia: en una red abierta cada uno se puede comunicar con quien prefiera. Y, quieran ellos o no, la estructura de nuesta sociedad es ya una red abierta.
Sólo en este último mes, cien millones de usuarios se han pasado de WhatsApp a Telegram, y el proceso no se detiene. Las migraciones no han hecho más que empezar, y por fin, después de tres décadas, los nuevos poderosos van a tener que aceptar que deben competir por sus usuarios.
Los bancos centrales están también mirando con aprensión la popularización de las criptomonedas. Son ya muchas, cada vez más, las empresas que aceptan cobrar en criptomonedas, ante la impotencia de quienes, durante siglos, monopolizaron la acuñación de las monedas y controlaron la economía. Al servicio de modelos que terminaban, siempre, favoreciendo a los poderes fácticos.
Pero la verdadera chispa, que para algunos ha abierto las puertas del infierno, ha sido el reciente fenómeno en torno a GameStop. Por primera vez en muchos, muchos, muchos años, una empresa financiera no ha podido seguir robando tranquilamente a los pequeños inversores mediante la manipulación del mercado de acciones. Y ha saboreado su propia medicina, en carne propia. Ya era hora.
Las puertas están abiertas. El camino no será fácil, y estará jalonado por avances triunfales y retrocesos dolorosos, pero es irreversible. Cuando las personas comprenden que tienen la posibilidad de ser libres, generalmente escogen serlo. En comparación con una vida humana, los procesos históricos son lentos, y es posible que yo no vea el final de ese camino. Pero estoy convencido de que la era de los monopolios está llegando a su fin.
Los dinosaurios murieron a causa de un meteorito, pero de todos modos no habrían sobrevivido. Les faltaba agilidad e inteligencia. Esperemos que las generaciones futuras sepan hacer realidad la gran revolución del futuro: la segunda extinción de los dinosaurios.
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Palabras clave: financieras, Gamestop, Internet, libertad, manipulación, redes
sábado, 4 de mayo de 2019
Palabras que aborrezco: género
Todos los regímenes tienen su ideología, y todas las ideologías tienen su vocabulario. En tiempos del general Franco se oían y leían con especial frecuencia palabras tales como 'apostolado', 'redención', 'contubernio', 'cruzada', 'valores eternos', 'anhelo', 'patriotismo', 'gloria', 'forjar', 'abnegación' y tantas otras. Era casi inconcebible escribir un artículo de opinión y no intercalar algunas de ellas, no fuera que alguien pensase que el autor era un elemento antisocial, que no se sometía a lo que modernamente llamamos 'corrección política'.
Las etiquetas de la corrección política son como las señales que van dejando los perros en árboles y farolas. Cuanto más se usan, menos significado tienen. Sirven casi únicamente para demarcar territorio, para separar a los 'buenos' de los 'malos', o a los 'nuestros' de los 'otros'. En su '1984', George Orwell lo puso en negro sobre blanco: el newspeak es la marca inconfundible del totalitarismo. Supongo que esa es la razón por la que siento deseos de salir corriendo cada vez que oigo alguna de las palabras consagradas por el nuevo catecismo moderno, que iré desgranando aquí en varias entregas.
Género
Úsese preferentemente en expresiones tales como 'igualdad de género', 'perspectiva de género' o 'violencia de género'. La igualdad de género no consiste en que todas las mujeres lleven bigote o todos los hombres faldas, sino en que una señora con preparación suficiente para barrer aceras o recoger aceitunas pueda ser nombrada ministra por razones de cuota. Y la violencia de género no incluye, naturalmente, a los maridos asesinados por sus esposas. Pero lo más grotesco de la manía del 'género' es la obsesión por incluir siempre la variante femenina de las palabras genéricas. Ojo, no a la inversa. Oirá usted una y otra vez hablar de 'los hombres y las mujeres' o de 'los ciudadanos y las ciudadanas', pero nunca de 'las personas y los personos'.
Curiosamente, la igualdad de género no es extensiva al reino animal, pese a que más de una especie bien lo merecería. El caso más llamativo es el de la mantis religiosa, cuya hembra devora al macho después de la cópula, pese a lo cual en ningún libro se menciona ni por casualidad al pobre 'mantis religioso'. Por lo demás, los hablantes en general parecen conformarse con el caballo y la yegua, el toro y la vaca o el gallo y la gallina, y no parecen sentir deseos de especificar 'las cebras y los cebros', 'las jirafas y los jirafos', 'las ardillas y los ardillos' o, ya rizando el rizo, 'los gorilas y las gorilos'.
Por suerte, claro, porque se plantearían problemas peliagudos. En las carnicerías, por ejemplo, el etiquetado 'pollos y pollas' suscitaría más de un recelo. En ciertas latas de conserva sería viable indicar, por ejemplo, 'sardinas y sardinos en tomate', pero los 'filetes de caballa y caballo', las latas de 'pulpo y pulpa' o, en Chile, las de 'machas y machos', serían conflictivos. Sin embargo, la igualdad a ultranza tendría que llegar más lejos todavía. Habría que prohibir los machetes y los remaches, habría que hablar siempre equitativamente de 'machihembrar y hembrimachar' y habría que inventar los 'machillos' para no discriminar a las 'hembrillas'. Además, se prohibiría el uso de palabras como 'machamartillo' o 'marimacho', se pondría en cuarentena denominaciones sospechosas, como 'Machu Picchu', y se exigiría al registro civil que rechazase apellidos ofensivos, como 'Machín', 'Machado' o 'Camacho'.
En suma, un proyecto de gran envergadura para cuya implementación la Administración necesitaría contratar una legión de celosos inquisidores... quiero decir, funcionarios.
Que es, en el fondo, de lo que se trata todo esto.

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Palabras clave: etiqueta, género, manipulación, políticamente correcto, sexo, sociedad
viernes, 10 de agosto de 2018
La rabia del perro
Es difícil encontrar algún vestigio de cultura -o de interés por la cultura- en la sociedad española hoy. No siempre fue así, aunque el peso de la cultura en la vida cotidiana de los españoles ha sido siempre, al menos hasta donde mis recuerdos alcanzan, liviano. La cháchara banal, el football y los temas que van poniendo de moda los generadores de información copan hoy los intereses del país: la moda, la salud, el sectarismo político, los famosos. Ideas cogidas con pinzas, rara vez fundamentadas, exploradas o puestas en tela de juicio. Intelectualmente hablando, España es un país de electroencefalograma plano.
Hubo un tiempo en que teníamos intelectuales -no sólo en España-, aunque muchos de ellos eran ideólogos sectarios. Quizá mejor que hayan desaparecido de la actualidad. Hoy las pocas ideas abstractas que uno consigue rascar en el mundo escrito son expuestas por periodistas, cantantes, deportistas o actores de cine, y tienen la consistencia que uno se puede imaginar.
Lo que yo echo en falta en España es interés por la cultura y espíritu crítico. Hace tiempo que he desistido de encontrarlo, en esta cuesta abajo vertiginosa que parece conducir a una sociedad de sólo dos castas: manipuladores y manipulados. Titiriteros y zombies.
Hace algún tiempo descubrí un sitio web de un periodista español que, harto probablemente de los tejemanejes del mundo periodístico, decidió un buen día establecerse por su cuenta. Sostenido por pequeñas aportaciones de sus oyentes en todo el mundo, emite audios de media hora sobre actualidad política o social y sobre episodios de historia. Emite también programas sobre cine, libros o música, con participación de sus oyentes.
Cierto número de sus oyentes tienen un nivel intelectual sorprendentemente por encima de lo común, pero muchos otros no llegan. Estaba yo escuchando esta mañana uno de esos programas, en esta ocasión sobre libros. Es enternecedor, más que alentador, constatar que todavía hay jóvenes que leen libros, aunque sus comentarios responden a un solo criterio: o me gusta o no me gusta. Pero no saben decir por qué.
Nadie les ha enseñado a analizar un texto. En otras palabras: a aclarar sus ideas. Nadie les ha enseñado a poner una idea en perspectiva, a verificar su coherencia o su fiabilidad. Elementos básicos del razonamiento. Me recuerdan mis largos años de natación solitaria en busca de faros. No es fácil.
Lo que me entristece de todo esto es el desperdicio. El desperdicio de un potencial humano del que sólo llega a aprovecharse una pequeña fracción. Rivalizando con Ortega y Gasset, podríamos definir al ser humano diciendo más bien que "yo soy yo sin mi potencial". Cuanto más desarrollamos nuestro potencial más yo somos. Cuanto más lo desaprovechamos, más borregos, manipulables y simplemente mamíferos somos.
Pero la pobreza espiritual no es lo mismo que la pobreza material. Hay una economía de bienes y servicios, simplemente porque las personas desean esos bienes y servicios. Hubo un tiempo en que esos deseos estaban movidos por la necesidad, pero actualmente aspiramos a muchísimas cosas que, si bien lo miramos, son prescindibles. A condición de que tengamos otras fuentes de satisfacción. Leer un buen libro o escuchar una buena música en lugar de ver un espectáculo deportivo o emborracharse de madrugada. Pintar tú tu propia acuarela en lugar de hacerte un tatuaje. Seleccionar un buen documental en lugar de telenovelas o telebasura.
Abandonar la actitud consumista. Dejarse llevar por la curiosidad. Mover el culo. Acumular dignidad y confianza en uno mismo independientemente del criterio de los demás. Tal vez, incluso, triunfar gracias a tu propio esfuerzo. Todo eso son valores sociales que, si alguna vez existieron, ahora han desaparecido. A diferencia de la moda, el football o la telebasura, nadie pagaría nada por ellos.
Y, sin embargo, son esenciales para que todos seamos más yo. No se me ocurre la manera de cambiar la escala de valores actual. Los manipuladores no quieren quedarse sin manipulados. No tienen ningún interés en fomentar la independencia de criterio, el espíritu crítico, la curiosidad, la capacidad de análisis, la adquisición de conocimientos. ¿Cómo les va a interesar? Si desaparecen los borregos, desaparecen también los pastores.
O, parafraseando a mis abuelos: "Muerto el perro, se acabaría la rabia".

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Palabras clave: cultura, manipulación, potencial humano
domingo, 25 de junio de 2017
Una crítica desinteresada
ACTO PRIMERO
"¿Le puedo tomar nota ya, caballero?"
"Sí, muchas gracias... De entrada, creo que tomaré una rillette de caviar iraní gelificada con humo líquido y emulsión de trufas salvajes"
"Por supuesto, señor. ¿Lo aderezamos con aceite balsámico de Rajastán, o prefiere polvo helado de rabanitos Caducifolius?"
...

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Palabras clave: gastronomía, manipulación, periodismo
viernes, 16 de junio de 2017
Contrastes
Prohibido fumar, decir palabrotas y hablar con el conductor
Hace algunos meses tuve ocasión de conversar con el hijo de unos amigos sobre ciertos aspectos de la vida moderna. El no entendía mi aversión a los viajes en avión, y le tuve que explicar que hubo un tiempo en que, a diferencia de ahora, los aeropuertos no se parecían en nada a un campo de concentración. No había aglomeraciones, ni controles, ni cámaras. Uno, simplemente, se iba caminando desde el mostrador de facturacion hasta la puerta de embarque y, al rato, en un asiento espacioso de un avión le servían una comida generosa con cubiertos de metal y una botellita de vino. En clase turista. Y se podía fumar. Sí, en el avión.
Viendo la expresión de sorpresa de aquel muchacho, por un instante tuve la sensación de estar contando un cuento de hadas.
"Pero ahora los controles son necesarios", replicó él. "Si no los hubiera ..."
Efectivamente, ahora los controles son necesarios. Pero digamos con todas las letras lo que eso significa: no sólo hemos perdido calidad de vida. Hemos perdido libertad. Y mucha. ¡Bien por el progreso!
Rebelión en la granja (pero sin huevos)
Aquella conversación me recordó otra que mantuve hace algunos años con un sobrino. El veía con simpatía la gestación de un 'nuevo' partido político de ideas más rancias que Carracuca. Mi sobrino no tenía ni idea de que aquel ideario politico ya había sido ensayado en muchos paises, con un saldo aproximado de cien millones de muertos y muchos más millones de horas de colas, penuria, escasez, hambre, torturas y control despiadado del individuo por el Estado.
En algún momento, inevitablemente, la conversación derivó hacia los años del franquismo. Su idea de aquel periodo histórico era más o menos la que predica machaconamente la propaganda bienpensante. A saber: Franco fue un psicópata sanguinario que se dedicó a empobrecer y hacer todo el daño que pudo a los españoles durante cuarenta años, y la represión del franquismo fue...
Lo interrumpí. "¿Sabes una cosa? Yo estuve en Praga en 1971", dije. "Y allí el control del Estado sobre las personas era tan monstruoso que entré en estado paranoico. Literalmente. Llegué a creer que nunca me dejarían salir. Aquello no era un país; era una cárcel gigantesca, y cuando regresé a la España de Franco me sentí libre, ¡libre!, como un pajarillo silvestre".
Así fue. En mi país no me sentía vigilado. A nadie le importaba cuánto dinero gastaba, qué compraba, cuánta gasolina consumía o dónde pasaba cada noche. Podía comprar infinidad de libros inencontrables en la Checoslovaquia socialista y, excepto los estancos, ninguna tienda estaba controlada por el Estado. Además, en comparación, las tiendas españolas estaban abarrotadas de productos, en cantidad y en variedad. Mi sobrino me miraba con cara de incredulidad.
No te vayas, rianxeira, que te vas a marear
"¿Y la represión?", leí en su mirada. "El régimen de Franco no tuvo oposición democrática", le expliqué. "La represión recaía sobre los grupos de extrema izquierda, que pretendían derrocar aquel régimen para sustituirlo por una democracia 'popular'. Es decir: Checoslovaquia. El horror".
Y era cierto. En aquellos años -igual que ahora-, había que ser un ignorante imperdonable o tener realmente muy mala entraña para ser maoísta, leninista, trotskista o prosoviético. Pero si uno defendía ideas democráticas, la represión que padecía era entre benévola y nula. Peor lo tenemos hoy los que no creemos en el calentamiento global.
En mi experiencia personal, la única represión que viví con rabia y desesperanza durante el franquismo fue la que ejercía la iglesia católica. En nuestros días, la obsesión por el colesterol y el cambio climático es un auténtico tostón, pero en aquellos tiempos la obsesión por la castidad femenina era, para un adolescente como yo, sencillamente insufrible.
Sin embargo, la iglesia católica ha sentido siempre una atracción satánica por las fuerzas del Mal, y con el Concilio Vaticano II se pasó de la Inquisición al marxismo-leninismo sin emitir un suspiro. Aquel cambio de chaqueta espectacular puso en marcha la inexorable ley del péndulo, hasta el punto de que hoy en día está ya mal visto no ser hermafrodita, o tener ideas propias, o criar hijos en lugar de perros. Y, por supuesto, añorar la libertad de hace medio siglo.
Debajo de los adoquines está la playa
Una libertad que, idependientemente del país o del régimen político, era mucha. Eran los tiempos en que uno sólo tenía obligación de enseñar el DNI a la policía, y nunca a la cajera del supermercado o a la secretaria del dentista. Tampoco había cámaras de vigilancia por ninguna parte, y la delincuencia era mucho menor que ahora. Uno podía entrar a cualquier edificio oficial sin pasar por ningún control de metales, y había libertad para ponerse o no el casco en las motos o el cinturón de seguridad.
Como había muchos menos funcionarios y muchos menos políticos, tampoco había que pagar impuestos. En los autobuses, ninguna autoridad tenía que reservar asientos para los ancianos, porque los propios pasajeros les cedían el suyo. Y cuando uno quería apearse en la próxima pedía amablemente pasar en lugar de emprenderla a empujones como los gorilas.
En aquellos tiempos todos sabían redactar, y escribían con pocas o ninguna falta de ortografía. Todos sabíamos por dónde pasaba el Ebro y dónde estaba Albacete. En las cartas nadie escribía jajajaja, y en los telegramas uno ponía lo estrictamente necesario. Quienes aprobaban unas oposiciones podían pedir plaza en cualquier rincón del país sin necesidad de aprender ninguna lengua local. El tomate sabía a tomate, los huevos sabían a huevo y el pan sabía a pan. Todas las noches regaban las aceras, y sólo los locos hablaban solos por la calle.
Además, los parques eran sólo para pasear y disfrutar apaciblemente del aire libre. Las playas eran playas, y no calles, como ahora. La Tierra no se estaba calentando, sino que se encaminaba a una glaciación, pero a nadie le importaba un comino. Como no había videojuegos y apenas había televisión, la gente tenía ingenio y mucho sentido del humor. Y, como todos teníamos ideas propias, no teníamos necesidad de tatuarnos para distinguirnos unos de otros.
En el balneario de Parménides
Las argollas en la nariz, en los pezones o en el clítoris eran sólo cosa de los aborígenes de selvas remotas. Los jóvenes sabían bailar, y nadie tenía necesidad de acarrear botellas de agua por la calle, y mucho menos de agua mineral. Los escritores sabían redactar y no escribían lo primero que les pasaba por la cabeza, como ahora. Los juguetes eran escasos, y la imaginación, por consiguiente, desbordante. Las películas en blanco y negro eran en blanco y negro, y no coloreadas.
Pese a todo, hay cosas que no han cambiado. Antes todos los informativos contaban las mismas patrañas. Ahora, también. Antes se podía votar entre dos o tres opciones prácticamente indistinguibles. Ahora, también. Antes, la moral la dictaban los paniaguados del clero. Ahora, los paniaguados de la política. Antes había que respetar una religión que menospreciaba a las mujeres. Ahora, también. Antes había caciques. Ahora hay comunidades autónomas.
Es cierto, también hemos progresado. Hoy en día todos los automóviles tienen aire acondicionado. Hay aspiradoras que funcionan solas, y dentro de poco los frigoríficos encargarán el salchichón en bable a la tienda de ultramarinos. Todas esas maravillas nos liberan, y con su libertad cada uno hace lo que le viene en gana, pero para mí el progreso no es un fin en sí mismo, sino simplemente un medio. Un medio para desarrollar al máximo nuestro potencial como personas. Para ser más creativos, más autónomos, más generosos. Ese es el baremo con el que deberíamos medir los cambios históricos, porque es el criterio que mide ni más ni menos que la dignidad humana.

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Palabras clave: católica, dictaduras, Franco, ideología, libertad, manipulación, URSS
sábado, 4 de febrero de 2017
La era del ruido
Cantando bajo la lluvia
De repente uno mira a su alrededor y se da cuenta de que el mundo, imperceptiblemente, ha ido cambiando hasta volverse grotesco y absurdo.
Y lo peor de todo: llueve.
Es mucho peor que un aguacero, o una tempestad. Es un túnel de lavado permanente. Llueve, y ni siquiera se nos había ocurrido ponernos impermeable. Llueve cuando encendemos el televisor, cuando nos conectamos a Internet. Llueve en las galerías de los centros comerciales y en los pasillos abarrotados de los bazares made in China, bajo la maraña de cámaras de circuito cerrado que acechan el paisaje urbano, en las noticias de la radio, en las bibliografías académicas. Diluvia en las pantallas de los teléfonos móviles, en las colas de los aeropuertos, en las carreteras repletas de vehículos y señales y controles, caen chuzos de punta en las calles llenas de perros, en las banalidades cotidianas, en las creencias irreflexivas empapadas de ideología. Llueve y llueve día y noche, hora tras hora y minuto tras minuto, dentro de mis fronteras y fuera de ellas, y con tal intensidad que cada día es más difícil distinguir las siluetas que nos rodean. Estamos en la era del ruido.
Panem, android et circenses
Hace ya tiempo que soy incapaz de creerme ninguna noticia, y hace más tiempo aún que siento que he perdido la libertad. Irremediablemente. Veo una película inteligente de cada cien. Hace poco era una de cada diez, y dentro de nada será una de cada mil, de cada millón. Y toda esta noria gigantesca que da vueltas vertiginosamente es hoy el sucedáneo de la libertad. Un tambor de lavadora. Un túnel de lavado.
Hace sólo unos años creía en las botellas con mensajes arrojadas al océano, pero ya nadie busca botellas con mensajes, y de cualquier modo los mensajes tampoco pueden exceder de 140 caracteres. Así, cualquier mentecato sin neuronas puede ahora añadir gotas a la tempestad, estrépito a la noria: ruido.
Un carnaval permanente
Cúbrase usted de tatuajes, envíe montañas de selfies, escriba jajaja. Regale porque ya es primavera. Culpabilícese por el cambio climático y tiemble frente al colesterol. Sea solidario, de palabra nada más, claro. Rechace la violencia machista, póngase casco hasta en la bicicleta y no olvide nunca el cinturón de seguridad. Compréndalo, es por su bien. Y beba litros de agua. Mineral, por supuesto; faltaría más.
Este es mi mundo hoy. Un mundo conformista en lo importante, de slogans en lo sectario. Un mundo de apariencias y tabúes, de espejos donde mirarse y de espejismos con que engañarse. Un universo sin horizontes, vaciado de dignidad, superficial y medroso. ¡Bienvenidos al carnaval! (en la cubierta del Titanic).
Las estatuas de sal nuncan da la espalda
Los dictadores del siglo XX fueron idealistas. Terrible error. Prometer la eternidad sin entender que el mundo se acabará mañana. La eternidad, naturalmente, acabó en tragedia, y desde entonces el mensaje que subyuga a las masas es: seguridad.
Ese es el mensaje. Pero está disfrazado. De libertad.
Un disfraz grotesco en un mundo de avestruces.
Pero a quién le podría importar. Hagamos lo que hagamos, el mundo siempre se acabará mañana.

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Palabras clave: acrítico, conformismo, grotesco, individualidad, manipulación
miércoles, 12 de octubre de 2016
Grietas

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Palabras clave: Brexit, corrección política, democracia, inmigración, manipulación, mass media, referéndum