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viernes, 10 de abril de 2020

Desventajas de las limusinas

Todos conocemos  el cuento del emperador que creía estar vestido pero iba desnudo... hasta que un niño dio la voz de alarma. Pero, ¿qué ocurriría si el emperador viajase en limusina y sus súbditos sólo pudiesen ver su rostro sonriente y su mano saludando a la multitud?

Día uno. El gobierno chino llega a la conclusión de que en su territorio se está declarando una epidemia que podría ser devastadora para la salud y para la economía del país. Inmediatamente, adoptan medidas de control estricto de la población, secuencian el genoma del nuevo virus y dan aviso a la Organización Mundial de la Salud.

Son dos actos reflejos. Para el gobierno chino, la sociedad es piramidal, y las decisiones que afectan a todos las adoptan invariablemente los que están en la cúspide de la pirámide. Por eso dan aviso a la OMS. Su concepción del mundo los lleva siempre a buscar la cúspide de la pirámide. Pero analicemos un poco esta decisión.

El objetivo de la OMS es “luchar contra las enfermedades, ya sean infecciosas, como la gripe y la infección por el VIH, o no transmisibles, como el cáncer y las cardiopatías”. Un momento. ¿De eso no se ocupan ya los médicos? Tal vez sería mejor que la OMS se dedicara a informar a los médicos de los riesgos sanitarios que se vislumbran en el horizonte, y dejara que cada profesional competente hiciera su trabajo.

Pero para informar ya están los medios de comunicación, que también cuentan con profesionales competentes. Presumiblemente. ¿O acaso supone la OMS que un brote epidémico grave le puede pasar inadvertido a un profesional de la información? El mundo tardó minutos en enterarse de la muerte de Kennedy, del accidente de Chernobil o del atentado contra las torres gemelas. En las sociedades democráticas la información no es piramidal.

Al menos, alegarán los defensores de las pirámides, alguien tendría que establecer un protocolo de actuación común para todo el planeta. Pero ese argumento no se sostiene. Cada país y cada región del mundo tiene sus peculiaridades. De unos a otros, varían el clima, la composición de la población, los medios disponibles, el número y distribución del personal sanitario. Las personas más capacitadas para definir un protocolo son los profesionales que mejor conocen todas esas circunstancias locales.

¿Cómo sabremos quién es el profesional que mejor conoce la manera de afrontar una epidemia? No lo sabemos, porque no hay un criterio objetivo que puntúe a todos los médicos de un país y decida quién es el más capacitado para una situación específica. Pero eso es lo mismo que sucede en los sectores de la economía que no son estatales. Cada empresa tiene sus accionistas, que, siempre en defensa de sus intereses, deciden quién es la persona más adecuada para marcar las pautas de la empresa. Naturalmente, una empresa se puede equivocar, y ocasionar la ruina de sus accionistas y el desempleo de sus trabajadores. Pero también el Estado se puede equivocar, acarreando la ruina y el desempleo de toda una nación. ¿Qué es preferible?

En los países en que la sanidad depende del estado, los accionistas son los contribuyentes, pero los contribuyentes no tienen ningún control sobre las decisiones sanitarias. Pueden votar una u otra coalición de partidos, pero no tienen forma de garantizar que las decisiones últimas no sean políticas, y tampoco pueden controlar la cuantía ni la administración de los presupuestos. Para eso, los servicios sanitarios tendrían que ser privados.

Suena mal eso de que la salud esté en manos de empresas privadas, sí. Pero la alimentación está en manos de empresas privadas, que funcionan mucho mejor que los economatos estatales. Uno puede aguantar unos cuantos meses sin que lo operen de cataratas o le implanten una prótesis de cadera. Pero, si se queda tres semanas sin comer, se muere.

¿Por qué son mejores las empresas privadas que el Estado? Las empresas tienen poderosos motivos para optimizar sus decisiones, para mantenerse lo más informadas posible de la realidad y para mejorar constantemente sus servicios al menor coste posible, a riesgo de que sus clientes se vayan a la competencia. El Estado, en cambio, es una pirámide. Los políticos designan a sus informadores y a sus gestores, demasiado a menudo con criterios estrictamente políticos, o incluso amistosos. Los presupuestos son, generalmente, anuales, y están basados en una información contaminada de intereses políticos. Si al final del ejercicio sobra dinero, los gestores lo dilapidan para evitar recortes. Si los fondos no alcanzan, reducen prestaciones.

Pero también puede suceder que las empresas, viciadas por el modelo piramidal, se inhiban de ciertas responsabilidades y las deleguen en el Estado. Si usted tiene un puesto de helados en la playa y se entera de que se acerca un tsunami, lo último que se le ocurrirá es sentarse a esperar a que el gobierno construya a toda velocidad un muro de contención. Lo normal es que usted recoja sus bártulos y se suba a la montaña más cercana. Y si usted tiene una empresa y quiere que sus empleados se mantengan sanos para poder seguir trabajando, en cuanto se entere de que viene una epidemia extremará las medidas de higiene en la empresa y comprará mascarillas suficientes para todos sus empleados.

¿Eso quiere decir que el Estado no pinta nada en este tipo de crisis? El Estado es necesario. Existe para proteger a la sociedad siempre que la sociedad no sea capaz de hacerlo por sí misma. El Estado tiene un papel insustituible como defensor de la libre competencia, de modo que ninguna empresa o grupo de empresas lleguen a acaparar el mercado e imponer los precios que les dé la gana (es decir, implantar un modelo de economía piramidal). Y tiene también el deber de proteger a sus ciudadanos, por ejemplo controlando las fronteras para que las epidemias externas no lleguen a contagiarnos.

Aislar a toda la población es una solución piramidal, una solución extrema para un problema que quizá habría tenido una solución más eficaz si todos, tanto nosotros como nuestros representantes, hubiéramos tenido una conciencia clara de nuestras responsabilidades... y de nuestros intereses.

En lugar de estar mentalmente contaminados por el modelo de sociedad piramidal. En las sociedades humanas, el poder es inevitable. Contra lo que muchos creen, la solución no es reformarlo, sino trocearlo.

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miércoles, 25 de diciembre de 2019

Democracia informada

Hace poco escribí un comentario sobre todos esos que se declaran 'demócratas' pero, sorprendentemente, consideran que los referendums son 'peligrosos'. En realidad, mi comentario no iba al fondo de la cuestión. Por supuesto, si uno se declara demócrata tiene que aceptar que los referendums son la expresión suprema de la democracia. Un referéndum es un ejercicio de democracia directa, que por definición siempre será más legítima que la democracia llamada 'representativa'.

Aun así, uno no puede ignorar la sensación de que la opinión de los falsos demócratas contiene un grano de verdad. Precisamente por eso, uno está obligado, por honestidad personal, a no quedarse en la superficie de las cosas y llegar al fondo de la cuestión.

Efectivamente, todos conocemos situaciones en que las mayorías toman decisiones que, al cabo de un tiempo, se demuestran insensatas. Las estampidas de bisontes interceptadas por un precipicio son un buen ejemplo, aunque aparentemente impropio de una especie que se hace llamar Homo sapiens. Desde luego, las situaciones de pánico en espectáculos de masas no son muy diferentes, pero tampoco son del todo ilustrativas. Es cierto, son casos extremos en que los individuos apenas tienen alternativas, o no tienen tiempo para pensar en ellas (aunque también cabría preguntarse por qué no las han sabido prever).

Naturalmente, en la mente de todos los que están leyendo esto flotan ya, desde hace por lo menos un párrafo, fenómenos como el nazismo, las cazas de brujas o las lapidaciones, que reflejan decisiones mucho más deliberadas, en la medida en que los insensatos han tenido tiempo para sopesar otras alternativas y demostrar al mundo que realmente son diferentes de los estúpidos bisontes.

Pero las votaciones democráticas son, en general, mucho más sosegadas que todo eso. Las elecciones, o los referendums, son convocados con antelación suficiente, y lo normal es que los votantes tengan la oportunidad de informarse adecuadamente sobre lo que les proponen votar. ¿Hay algún peligro en esto? Creo que todos estaremos de acuerdo en que no.

Se podría argumentar que las elecciones son peligrosas porque la mayoría de los partidos políticos casi nunca cumplen ni la mitad de lo prometido, pero ese peligro no es del todo imputable a los votantes, o por lo menos a los votantes medianamente avispados. No. El verdadero peligro de las votaciones, sean o no referendums, es que los votantes no sepan realmente lo que están votando.

Eso es lo que yo, al menos, considero un peligro. El peligro de las elecciones y de los referendums estriba en que los ciudadanos no se tomen el tiempo necesario para evaluar en detalle las consecuencias de su voto. ¿Cuántos españoles que votaron el Tratado de la Unión Europea se habían leído el texto del tratado? ¿Con cuántos dedos de una mano se pueden contar los que siempre se leen el programa electoral de todos los partidos que se presentan a las elecciones? Vaya, seamos un poco menos exigentes: ¿cuántos se leen de cabo a rabo el programa electoral del partido al que terminan votando? Creo que todos conocemos la respuesta.

El peligro, por lo tanto, no radica en que los votantes tomen o no decisiones insensatas, sino en que rara vez saben realmente lo que están votando. Todos sabemos cuáles son nuestros intereses pero, si no nos molestamos en informarnos, podemos perfectamente votar en contra de ellos y quedarnos tan tranquilos. ¿Es eso realmente una democracia?

Las votaciones en España no me interesan mucho más que las estampidas de los bisontes, pero en los últimos tiempos he seguido muy de cerca el proceso del Brexit, aquel gran 'error' del 'insensato' Cameron en 2016, según esa élite de seres superiores que siempre son más sabios que la plebe. Pues bien, aunque en España no todos lo saben, los votantes del Reino Unido fueron informados exhaustivamente, durante meses, por radio, prensa, televisión y medios online. Asistieron a debates en los que se analizaron una y otra vez los argumentos a favor y en contra, y las consecuencias de cada argumentación. Y, finalmente, decidieron. Creo no equivocarme si afirmo que ni un solo británico votó en aquel referéndum sin saber perfectamente lo que estaba votando. Eso, amigos lectores, sí es democracia. ¿Peligros? Cero.

Pero no todos los países son el Reino Unido. En algunos países, los medios de comunicación no se esfuerzan por aportar información objetiva a los futuros votantes, o bien ocultan o deforman datos por razones ideológicas, o ponen la lupa sobre temas de actualidad mucho menos relevantes. Entonces, ¿cómo conseguir que las votaciones sean siempre realmente democráticas? Hasta hace unos años el problema no tenía solución fácil, pero la aparición de Internet podría cambiar las cosas... si realmente hay voluntad política para ello. Veamos.

Si tiene usted automóvil no le extrañará leer que para poder circular por las carreteras es necesaria una licencia expedida por las autoridades pertinentes. ¿Por qué las votaciones no pueden estar sujetas a ese mismo requisito? ¿Conoce usted todas las señales de tráfico? Adelante. ¿Conoce usted todas las propuestas económicas de todos los partidos que se presentan? Vote democráticamente. En caso contrario, no tendrá usted derecho ni a conducir un automóvil ni a votar, sencillamente porque su decisión podría afectar a personas inocentes, que no tienen por qué asumir las consecuencias de su irresponsabilidad.

Leyendo esto, siempre habrá quien invoque exaltadamente los derechos humanos y me atribuya algún que otro adjetivo políticamente correcto. De acuerdo, entonces. Dejemos que los conductores se lancen libremente a las autopistas sin pasar antes por un examen, y veamos las consecuencias. ¿Serán de nuestro agrado?

Puede que no mucho. Pero al menos nadie nos acusará de no ser demócratas.

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sábado, 28 de abril de 2018

Pithecanthropus hispanicus

Estuve en Pamplona una sola vez en tiempo de sanfermines. Era bastante joven, y estaba ansioso por exprimir la naranja de la vida. Habría preferido que los amigos con los que viajé, en lugar de emprender aquella aventura, se hubieran reunido en casa de alguno de nosotros, o en algún salón social, para hablar de poesía, de arte o de astrofísica. Quizá también para bailar, bromear, cantar y mirar las estrellas con chicas dispuestas a ello, y dispuestas incluso a llegar más lejos con los chicos que les gustaran.

Ahora sé que eso es lo que habría preferido, pero en aquellos días era impensable. Si querías sentirte aceptado, no había muchos caminos por los que transitar, y aquél era uno de los pocos que yo tenía a mi alcance. Era joven, me hervía la sangre y quería divertirme.

Divertirse en grupo es relativamente fácil. Basta con ceder un poco de individualidad y un mucho de raciocinio. Se trata de hacer reír al resto del grupo profiriendo variaciones de cuatro o cinco ideas elementales que uno ha aceptado tácitamente que tienen mucha gracia. Si además uno grita, se les supone más gracia todavía. Así ocurre con los hinchas futboleros, las excursiones de colegio, los cotillones de nochevieja, los ágapes colectivos, las fiestas de pueblo... y, naturalmente, los sanfermines.

Exceptuando la machada oligofrénica de correr los encierros, divertirse en los sanfermines no tiene ningún misterio. Todo consiste en empezar a beber alcohol en el minuto uno y no parar hasta que desde algún balcón vidrioso se decrete borrosamente el final del aquelarre. Si entre tanto uno se desmaya víctima de una intoxicación etílica, no hay que preocuparse. Sólo tendrá que dormir la mona hasta despertar junto a alguna farola orinada o en la UCI de algún hospital. Y, por supuesto, seguir bebiendo.

El lector que nunca haya estado en sanfermines ya se puede imaginar que allí todo, absolutamente todo, es posible. El alcohol tiene la virtud de sacar a flote el Pithecanthropus erectus que todos llevamos dentro. El cerdo, el patoso, el bocazas, el matón, el robaperas, la hembra y el macho hambrientos. En algún momento temprano de nuestra vida, todos hemos aprendido lo que es un borracho. Y, si alguna vez hemos decidido tomar esa primera copa de más, a estas alturas ya sabemos lo que viene después.

Lo que viene después no siempre son comportamientos de Homo sapiens. Bajo los efectos del alcohol uno puede revelar secretos propios o ajenos, insultar o agredir a otras personas, impedir dormir a los vecinos, estrellarse al volante de un vehículo, robar las toallas del hotel o abandonarse a la llamada de la carne. Lo que difícilmente puede esperar es que el insultado no le arree un paraguazo, que el hotel no le cobre las toallas o que la ancianita del segundo izquierda no le arroje un cubo de agua aderezado con escupitajos.

Sucede que, a partir de cierta edad, todos somos responsables de nuestros actos. Si nos lanzamos al agua sin saber nadar, nadie más será responsable de que nos ahoguemos. Incluso si sabemos nadar, la simple decisión de adentrarnos en el mar implica la aceptación de un riesgo. Por eso, la responsabilidad implica la capacidad para informarse, y una sociedad de individuos libres debería preocuparse mucho más por informar que por prohibir.

Nos tratan como individuos libres las empresas farmacéuticas, que incluyen prospectos detallados en todos sus medicamentos. Nos tratan como imbéciles los mandamases de turno, que prohiben la venta de ciertos fármacos sin receta, o que fuerzan a millones de personas a comprar sustancias psicotrópicas en el mercado negro, sin poder estar seguros de lo que van a consumir.

Aun así, hay unas cuantas cosas básicas que todos sabemos. Los aviones, a veces, se caen. Los alpinistas también. En mitad de una tormenta nos puede fulminar un rayo, los pimientos de noche repiten, y hay barrios en los que, a ciertas horas, no es conveniente internarse.

No sólo barrios. A veces, ciudades enteras, y un buen ejemplo de ello son los sanfermines. Si alguien tiene dudas sobre lo que es una ciudad tomada por borrachos, sólo tiene que acercarse por allí a darse un paseo. En muy poco tiempo tendrá una idea bastante clara de lo que le puede suceder en un lugar así. Si a partir de ese momento decide continuar, será bajo su propia responsabilidad. Y, si además decide emborracharse también, serán dos decisiones por el precio de una. Doblemente responsable.

El problema aparece cuando esas cosas suceden en una sociedad que no entiende qué es eso de la responsabilidad. Al fin y al cabo, siempre hay otros que se encargan de evitarle a uno los riesgos. Está prohibido montar en bicicleta --¡sí, en bicicleta!-- sin llevar casco. Las áreas de juego para niños tienen el suelo blando. Los coches pitan agresivamente si uno no se abrocha el cinturón de seguridad. Cuando se avecinan fuertes lluvias, las autoridades declaran inmediatamente alertas rojas y amarillas que nos aconsejan salir a la calle vestidos de hombre rana. Incluso se ha inventado la mermelada sin azúcar...

¿Qué sucede entonces en esa sociedad cuando una chica se va de sanfermines ella sola, ingiere sustancias diversas hasta entrar en estado de estupor y se junta con una manada de machos en el mismo estado que ella? Pues sucede que ella no será responsable de nada, en tanto que los machos serán llevados a juicio y condenados. Pero, ay, se alzan voces: la condena es insuficiente. Y el gallinero español se entrega a su pasión favorita: la polémica.

Como era de esperar, todos los comentarios que uno oye al respecto son refractarios a la idea de responsabilidad. Algunos ejemplos: "Habría que enseñar a las chicas con quién se pueden juntar y con quién no". "Y a los chicos lo que está permitido hacer y lo que no". "Hay que cambiar las leyes para que sean mucho más estrictas". "Los jueces eran machistas y prevaricadores". "Mientras la mujer no diga que sí, el varón es un violador (presumiblemente, de nacimiento)". "Quién no se ha tomado una copa de más alguna vez en su vida" (argumento que, por lo visto, sólo sirve para el sexo femenino). Entre perogrulladas, linchamientos y juicios paralelos, resulta que la sentencia tiene trescientos folios y nadie se la ha leído. No sólo eso, sino que tampoco han podido ver la grabación de la penosa escena, registrada por el móvil de uno de los Pithecanthropus.

Ya dijo Ramón y Cajal que el problema de España es la incultura. Si a los niños no los educaran en el aborregamiento irracional, probablemente no habría cazas de brujas en España. Si los españoles, en lugar de picotearse en su gallinero, hubieran leído a Góngora o a Alejo Carpentier, no habría palurdos nacionalistas regionales. Si no existieran los Reyes Magos, quizá los adultos entenderían el valor del esfuerzo personal, y los políticos la gravedad de la mentira. Y si en la escuela explicaran quiénes fueron Mao, el Che, Stalin y Pol Pot, España sería, tal vez, un país realmente civilizado. Y habitable.

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viernes, 2 de noviembre de 2012

La rendición sigilosa


Una de las pocas noticias no políticas ni económicas que han ocupado los medios de comunicación en los últimos días ha sido la muerte de varias chiquillas en un recinto de Madrid a causa de una marea humana. El desencadenante, según testigos, fue el lanzamiento de unos petardos o bengalas en mitad de la aglomeración. El recinto tiene un aforo nominal de aproximadamente 10.000 personas, y los organizadores aseguran que habían vendido mil entradas menos del máximo permitido. Sin embargo, muchos jóvenes han declarado haberse colado sin dificultad, por lo que el número total de personas que abarrotaban el recinto fue probablemente mucho mayor. Las salidas de emergencia estaban cerradas y, después del incidente, a pesar de que los organizadores sabían ya que había tres personas muertas y dos en estado crítico, la fiesta se prolongó hasta las habituales 6 de la mañana.

Como era de esperar, tanto la prensa escrita como las tertulias nacionales se han lanzado de cabeza a sacar conclusiones. Pero, salvo alguna alusión tangencial (y, por supuesto, temerosa de la incorrección política), ninguno ha acertado a diagnosticar el verdadero significado del suceso. Por supuesto, nadie quiere ser responsable de los hechos aunque, como es habitual, las miradas de periodistas, políticos y padres de familia se dirigen ya a las autoridades. No importa qué autoridades: el Ayuntamiento, la Comunidad Autónoma, el Ministerio, el Parlamento o el Presidente del Gobierno. Autoridades nunca faltan. Lo único que parece claro es que, a partir de ahora, los controles en los actos públicos, particularmente los de diversión juvenil, aumentarán inexorablemente. Naturalmente, cuando digo autoridades quiero decir: el Estado.

Es la tendencia del último medio siglo en las democracias occidentales: proclamar hermosas palabras, otorgar libertad rousseauniana al individuo y cuando, inexplicablemente, éste no se comporta como Rousseau había previsto, imponer prohibición tras prohibición y, de paso, burocratizar la vida cotidiana. Nuestra vida cotidiana. Hemos perdido ya libertad para construir en nuestro terreno, para abrocharnos o no el cinturón de seguridad, para usar o no casco en nuestras motos y bicicletas, para permitir o no fumar en nuestros negocios, para fumar en público sin molestar a nadie, para escoger el sexo de los miembros de nuestro consejo de administración, para castigar a nuestros hijos y, dentro de poco, hasta para decidir el contenido de las hamburguesas que queremos comer. Poco a poco, el Estado va metiendo las narices en nuestra sopa, en nuestros hábitos y en nuestra propiedad privada. Y nosotros, poco a poco, nos vamos dejando. Naturalmente, lo hacen por nuestro bien, y eso debería bastar.

El problema es que nuestro bien deberíamos decidirlo nosotros, no el Estado. En uno de los ensayos de su inefable “Less than one”, cuenta Joseph Brodsky cómo, por ser él hijo único, la vivienda que el Estado soviético había asignado a su familia debía tener estrictamente una habitación y media. La media habitación, que era la suya, no podía tener puerta, y el joven Brodsky trataba de suplirla con anaqueles de libros y otros artificios sin conseguir, pese a sus esfuerzos, tener jamás la sensación de tener una vida privada. La amenaza última era la delación –que podía provenir no sólo de un inspector del Estado, sino también de un amigo, de un vecino o incluso de un pariente- y, consiguientemente, la cárcel o, en los casos extremos, el gulag. Aquellas primeras barricadas revolucionarias de los obreros en las calles de Moscú habían terminado convirtiéndose en barricadas del individuo en el último reducto de su hogar frente al ojo omnipresente de Big Brother.

¿Llegaremos también nosotros a 1984? Nadie es adivino, pero el sendero que seguimos conduce en esa dirección. Hace poco tiempo, me he ofrecido como voluntario para colaborar con una asociación sin ánimo de lucro. Cuál no ha sido mi asombro cuando me he enterado de que también las actividades voluntarias están reglamentadas por ley. Para ayudar a un toxicómano a resistir el síndrome de abstinencia, para conducir la silla de ruedas de un discapacitado o para enseñar a leer a un grupo de inmigrantes es obligatorio hacer previamente un curso y tener contratado un seguro. La ley ni siquiera prevé la posibilidad de que yo firme un papel asumiendo toda la responsabilidad de mis actos. Faltaría más.

Uno tiende a pensar que hay alguna diferencia entre las democracias y las dictaduras. Al fin y al cabo, también las dictaduras afirman legislar “por nuestro bien”, también en las dictaduras se celebran elecciones “democráticas”, y también las dictaduras proclaman con grandes palabras la independencia del poder judicial. Es cierto que en tiempos del general Franco uno podía escoger entre el Opus, la Falange y el Movimiento, mientras que ahora uno puede elegir de entre dos o tres partidos con inmunidad parlamentaria que controlan los medios de comunicación y los sindicatos y que sólo rinden cuentas al que confecciona las listas electorales. Puede que esto sea una diferencia cualitativa, pero ¿quién ha elegido democráticamente a Mario Monti, Antonis Samaras, José Manuel Durao Barroso o Herman van Rompuy?

En el centro de este gigantesco laberinto de Creta hay un solo principio en juego: un individuo mayor de edad es capaz de votar y de pagar impuestos, pero no es responsable de sus actos. En particular, no deben ser los padres, sino el Estado, los responsables de la educación de sus hijos. Así pues, teniendo en cuenta que –ya lo anunció Rousseau, no sé si antes o después de enviar a sus cinco hijos a un hospicio- todo el mundo es bueno, los padres han ido cediendo a las consignas de libertad sacrosanta sin contrapartida, con el resultado de que, hace dos noches, doce mil jóvenes en estado de intoxicación aguda por alcohol y otras sustancias, muchos de ellos menores de edad, han aplastado a cinco niñas espantados por unos petardos.

No sé si alguien será declarado algún día responsable de esas muertes. De lo que no tengo duda es de que las Autoridades tomarán cartas en el asunto, y de que Big Brother avanzará un pasito más hacia la última barricada de nuestro cuarto de estar.


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domingo, 23 de agosto de 2009

Reductos de libertad

Oí en la radio anoche que el Gobierno mexicano ha despenalizado la posesión de 'drogas' en pequeñas cantidades. Es un pequeño paso en la buena dirección, por la que todos los países, tarde o temprano, tendrán que transitar. Sólo un prejuicio largamente arraigado, fomentado desde el poder, está impidiendo desde hace muchos años que la marihuana, la cocaína o la heroína estén en pie de igualdad legal con el Prozac, el alcohol o la ropa interior.

He dicho ropa interior, sí. Es cierto que la ropa interior no altera la conciencia, pero la heroína tampoco. Ambas reportan bienestar físico, y ambas producen síndrome de abstinencia cuando su consumidor deja de usarlas. La ropa interior es una droga cultural, es decir, artificial. Los opiáceos, en cambio, utilizan en nuestro sistema nervioso los mismos receptores que una sustancia segregada por nuestro propio organismo: la endorfina. ¿Estamos enamorados? ¿Nos acaba de tocar la lotería? ¿Hace un día radiante y estamos de vacaciones? Sin que nosotros seamos conscientes, la endorfina está afluyendo a las sinapsis de nuestras neuronas y haciéndonos sentir 'felices'.

También es cierto que la droga mata. Igual que la aspirina, el whisky o el agua. Todo depende de la dosis. Inyecte usted una dosis suficiente de heroína en sus venas, y sus pulmones dejarán de respirar. Beba usted una cantidad suficiente de agua, y el desequilibrio entre los iones sodio y potasio reventará la membrana de sus células. Desde luego, el mundo es muy grande, y siempre habrá algún idiota que se beba en una fiesta veinticinco cubalibres seguidos, o algún suicida que ingiera de una sola vez un frasco de benzodiazepinas. Por cierto, también los automóviles matan, y mucho, y no por eso los han prohibido.

Aunque en estos primeros años del siglo XXI el mundo camina hacia el totalitarismo paternalista, todavía quedan algunos nichos de libertad, reservados a unos pocos. A los paracaidistas, por ejemplo, nadie los obliga a lanzarse al vacío con un colchón en el trasero, igual que nadie prohibe a ningún alpinista abordar la variante polaca del Aconcagua. Todo lo más, se les requerirá que hayan cumplido la mayoría de edad. El resto, es decir, la formación y la información aconsejables para emprender una práctica de riesgo, se deja a su propia responsabilidad.

Y lo es. Sólo yo puedo ser responsable de unos actos que a nadie pueden dañar más que a mí mismo. Es comprensible que haya normas de circulación en carretera, porque un accidente automovilístico puede poner en peligro la vida de otras personas, pero ¿a quién perjudico si decido superar el récord de inmersión libre o de hamburguesas ingeridas por minuto, si me sumo a un ritual de hongos alucinógenos en la Sierra Mazateca o si persevero en una dieta rica en colesterol?

En Occidente, la explosión del consumo de drogas se produjo en los años 70. Hasta entonces, las 'drogas' eran habituales en determinados núcleos sociales, generalmente reducidos. Había ex-legionarios que fumaban su kif apaciblemente en pequeños bares del centro de Madrid. En Andalucía, algunos campesinos daban a sus niños infusiones de adormidera antes de acostarlos, y la recolección del cáñamo para hacer alpargatas era una tarea particularmente gozosa que formaba parte del ciclo de vida agrícola, del mismo modo que la vendimia. Y más de un médico se administraba regularmente láudano, sin que se tenga noticia de que ello afectase a su competencia profesional.

Al igual que el café o la tila, todas esas sustancias estaban integradas en la vida de sus consumidores, que conocían sus límites. En los años 70, como sucedió en los años 20 con el alcohol en Estados Unidos, todo se enturbió. La prohibición y, consiguientemente, la falta de información, estimuló a los más jóvenes al consumo indiscriminado, creó un siniestro mercado negro, encareció exorbitantemente el producto y, lo peor de todo, dio origen a la adulteración.

Porque, en la mayoría de los casos, lo que de verdad mata no es la droga, sino las sustancias con que los traficantes la adulteran. Alheña, Avecrem, estricnina, glucosa y hasta polvos de talco son algunos de los aditivos con que los vendedores sin escrúpulos 'inflan' la sustancia vendida para multiplicar sus ganancias. Un amigo médico que estaba haciendo un estudio sobre el consumo de cocaína en Suiza me dijo que, de todas las muestras de 'perico' que habían comprado en la calle, la más pura contenía tan sólo un 2% de cocaína.

Acostumbrado a cantidades así, el yonqui que un día tiene la mala suerte de comprar una papelina al 98% se inyectará, sin saberlo, una dosis 50 veces mayor de lo que su organismo solía recibir. Si la heroína se vendiera en las farmacias con receta, del mismo modo que el diazepam o los narcolépticos, el consumidor podría conocer exactamente el precio, la calidad y la cantidad de lo que está tomando, el prospecto le informaría de las contraindicaciones y efectos secundarios, y... lo mejor de todo: los grandes cárteles de la droga tendrían que dejar las armas y pagar impuestos.

Esa misma falta de información impide a la población -especialmente a los jóvenes- saber de antemano cuáles son los efectos de las 'drogas'. Posiblemente esa información no sea disuasoria, del mismo modo que el vergonzoso espectáculo (legal) de una borrachera no evita unos cuantos millones anuales de muertes por cirrosis y por accidentes de tráfico. Pero tal vez podría ayudar a alguien a beneficiarse de manera responsable de los efectos positivos de algunas sustancias.

Que no siempre son gratuitos. Buena parte de la publicidad de prensa y televisión, por ejemplo, está ideada bajo los efectos de la cocaína aunque, a nivel personal, el precio suele ser un tabique nasal de platino y algún que otro brote de paranoia. Pero el cánnabis es beneficioso para muchos pacientes que reciben quimioterapia o padecen el síndrome de Tourette y, aunque pocos lo saben, es incluso un buen antibiótico por vía tópica. Es más, la lucidez mental y sensorial que el cánnabis proporciona a quienes lo consumen -en dosis que no lleguen al extremo de alterar la conciencia- es, según los propios usuarios, muy enriquecedora.

Hace dos o tres años pasé unos días en Amsterdam coincidiendo con la celebración de un campeonato europeo de football. A ambos lados del canal Oudezijds Voorburgwal, casi frente por frente, podían verse las terrazas de dos bares. En una de ellas los clientes, borrachos, gregariamente vestidos con las mismas camisetas, gritaban salvajemente, ensuciaban el suelo y desprendían un cierto aire de milicia nazi. Frente a ellos, en el coffee shop de la orilla opuesta, clientes de las edades y países más diversos fumaban sus porros sin prisa y charlaban amistosamente, incluso entre desconocidos.

Eran dos filosofías contrapuestas de la vida. El lector inteligente sabrá deducir con cuál de las dos simpatiza Ricky Mango.

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