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sábado, 2 de noviembre de 2024

De Aristóteles a un mundo feliz

Esta semana empecé escribiendo sobre animales fabulosos, pero me he ido liando yo solo, y al final me ha salido esto:



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domingo, 31 de enero de 2021

Los segundos dinosaurios

Por fin. Empieza a haber indicios de que las cosas van a cambiar. Era previsible, sólo que a lo largo de la historia los cambios suelen ser muy lentos y duran generaciones. A veces, simplemente están creciendo en la sombra durante años o siglos, larvados, hasta que un día, de repente, salta una chispa que los hace irreversibles. 

Algo así es lo que está sucediendo en los últimos meses. Durante siglos, los seres humanos han vivido con mentalidad de rebaño. No podían participar directamente en su sociedad. Sólo tenían la fuerza de la masa para cambiar la cúpula del poder. Y terminaban descubriendo, demasiado a menudo, que el remedio venía a ser peor que la enfermedad. 

Lo que nunca se les pasaba por la cabeza cambiar era la estructura del poder, sencillamente porque era imposible. Hasta el día de hoy, la mentalidad de los individuos ha sido jerárquica, y el modelo llamado 'democracia' se limitaba a atenuar los abusos del poder en un grado más o menos tolerable. Pero el ejército siempre fue jerárquico, al igual que las religiones o la policía y, más recientemente, el sistema monetario y los medios de comunicación.

¿Cómo cambiar la estructura de poder, si ni siquiera existía un modelo viable? Las comunas (las libertarias, no las comunistas) trataron de disociarse de la sociedad jerarquizada, pero estaban basadas en un modelo del ser humano irreal. Los seres humanos somos buenos y malos, benéficos y deletéreos, y sólo la disciplina de las sectas puede reconducir esa realidad.

No. El cambio real de las sociedades no era posible porque la comunicación entre las personas tenía un componente material imposible de evitar. Las cartas eran transportadas a mano o en diligencias, trenes o aviones, el tamtam se oía en toda la selva, el telegrama y el teléfono permitían comunicarse uno a uno solamente, y la radio y la televisión crearon una masa pasiva de espectadores, tan manipulables como agradecidos por no tener que digerir la información ni correr el riesgo de pensar por sí mismos. 

Cuando nació Internet, era evidente que el mundo, tarde o temprano, tenía que cambiar. Sencillamente, porque la estructura de Internet no es jerárquica. Está hecha de redes. Sin embargo, era aún demasiado pronto para materializar esas redes. En primer lugar, porque la gran mayoría de la población todavía no estaba interconectada. Y, en segundo lugar, porque las generaciones más antiguas habían crecido en sociedades en que la información y el poder estaban centralizados. 

Durante dos generaciones, la población trasplantó de la vida cotidiana a Internet el modelo de comunicación centralizada (el único que conocían). Así nacieron los grandes monopolios de la comunicación. Viejos esquemas, en el fondo. Todos en Twitter, juntitos y abigarrados. O en Facebook, exhibiendo por primera vez en la historia su narcisismo al resto del mundo. Pero estamos ya en la tercera generación, que no ha nacido ante un aparato de radio o un televisor. Para ellos, el modelo centralizado es absurdo, porque en una red todos se pueden comunicar con todos, y cada uno de ellos tiene libertad para escoger. 

La chispa que ha desatado el inevitable cambio de sociedad ha saltado en estos últimos meses. Los jerarcas de las grandes tecnológicas, embriagados de su propio poder, se han llegado a creer omnipotentes y han decidido censurar los contenidos que no les gustaban. El poder les ha hecho olvidar una realidad que para ellos debería haber sido obvia: en una red abierta cada uno se puede comunicar con quien prefiera. Y, quieran ellos o no, la estructura de nuesta sociedad es ya una red abierta. 

Sólo en este último mes, cien millones de usuarios se han pasado de WhatsApp a Telegram, y el proceso no se detiene. Las migraciones no han hecho más que empezar, y por fin, después de tres décadas, los nuevos poderosos van a tener que aceptar que deben competir por sus usuarios.

Los bancos centrales están también mirando con aprensión la popularización de las criptomonedas. Son ya muchas, cada vez más, las empresas que aceptan cobrar en criptomonedas, ante la impotencia de quienes, durante siglos, monopolizaron la acuñación de las monedas y controlaron la economía. Al servicio de modelos que terminaban, siempre, favoreciendo a los poderes fácticos.  

Pero la verdadera chispa, que para algunos ha abierto las puertas del infierno, ha sido el reciente fenómeno en torno a GameStop. Por primera vez en muchos, muchos, muchos años, una empresa financiera no ha podido seguir robando tranquilamente a los pequeños inversores mediante la manipulación del mercado de acciones. Y ha saboreado su propia medicina, en carne propia. Ya era hora. 

Las puertas están abiertas. El camino no será fácil, y estará jalonado por avances triunfales y retrocesos dolorosos, pero es irreversible. Cuando las personas comprenden que tienen la posibilidad de ser libres, generalmente escogen serlo. En comparación con una vida humana, los procesos históricos son lentos, y es posible que yo no vea el final de ese camino. Pero estoy convencido de que la era de los monopolios está llegando a su fin.

Los dinosaurios murieron a causa de un meteorito, pero de todos modos no habrían sobrevivido. Les faltaba agilidad e inteligencia. Esperemos que las generaciones futuras sepan hacer realidad la gran revolución del futuro: la segunda extinción de los dinosaurios.

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sábado, 7 de abril de 2018

Carilda

Eran los primeros años de Internet. Los buscadores apenas alcanzaban a rastrillar un puñado de direcciones, los modems transmitían a velocidades de caracol soñoliento y los blogs ni siquiera habían sido inventados. En una de aquellas búsquedas me topé con ella.

Carilda Oliver. Nunca había leído aquel nombre antes. Sus poesías me fascinaron. Habrían encajado perfectamente en cualquier antología de la generación del 27. ¿De dónde había salido? ¿Por qué a mí nunca me había llegado aquella voz evocadora y potente de mujer enamorada mil veces y mil veces despechada? La respuesta era muy simple: aquellos versos que me acababan de deslumbrar venían de Cuba.

Ya era milagro que de Cuba saliese siquiera un átomo de información, y debí haberme conformado, pero quise saber más. Escribí a quienes habían publicado aquellos versos, les pedí más información, les manifesté mi admiración. El silencio fue la única respuesta. Pasaron los años, sus versos desaparecieron de un disco duro que un buen día me dejó tirado, y con él se fue mi recuerdo de Carilda Oliver.

Hace unas horas, leyendo la biografía de Humberto Costantini en Wikipedia, de pronto el nombre de ella reaparece en mi memoria. ¿Por qué? No tengo ni idea. Primero, borrosamente, el nombre propio (resultó que no era Casilda). Después, en seguida, el apellido. Misterios de la mente humana.

Han pasado muchos años desde que la antología de Gerardo Diego despertó mi pasión por la poesía. De todos aquellos autores, sólo Vicente Aleixandre perdura en mi biblioteca. Hace un cuarto de siglo que no escribo poesía, porque creo que ya expresé en ese género todo lo que tenía que expresar, y cuando un autor llega a ese punto lo mejor que puede hacer es callarse. Pero sigo siendo capaz de degustar unos versos bien escritos. No en vano soy admirador incondicional de Góngora.

La poesía de Góngora es muy difícil. Hay que leerla palabra a palabra, a ser posible cotejándola constantemente con la 'traducción' de Dámaso Alonso para desentrañar las incomparables imágenes que encierra. Pero incluso sin entender nada, la musicalidad de sus vocales y consonantes y el poder evocador de sus imágenes fulgurantes son un regalo para el oído. Si uno no entiende qué demonios quiere decir, por ejemplo, aquello de "la menor onda chupa al menor hilo", debe saber que la poesía de Góngora, como muchas otras, tiene dos niveles: el de la forma y el del contenido. Y los dos son excelsos.

Los poemas de Carilda Oliver, como buena parte de la poesía mundial, no siempre se entienden. Combinando palabras, ritmos y rimas, uno llega a percibir sospechas de erotismo, de emoción o de autobiografía, pero las combinaciones son deslumbrantes. También los cuadros de Kandinski tienen dos niveles, y para disfrutar de ellos no es necesario desentrañar las banalidades del punto y la línea en el plano, que para el pintor eran la justificación de la belleza.

Carilda Oliver no es Góngora. Cuando uno no entiende bien qué es lo que le hizo a aquella señora aquel amante pasajero aquella noche de luna menguante, la lectura se hace un tanto tediosa, pero de cuando en cuando un soneto o un poema brillantemente escritos y que, además, se entienden (no siempre del todo) lo dejan a uno extasiado. Como muestra, reproduzco aquí hoy unos poemas breves suyos que me han parecido magistrales. Feliz lectura.


Me lo aprendí una noche de azul lento,
bajo la luna abierta encaramada
como niña de luz, en la portada
sonámbula oficial del firmamento.

Me lo aprendí esa noche. De su acento
salía una caricia inusitada;
y en la esquina tenaz de su mirada
me tropecé desnuda con el viento.

Desde entonces anuncia cada cosa
que ha tirado a mis pies, como una rosa,
el corazón absurdo en que vivía.

Y no sé si por eso me persiste
este alegre dolor de ser tan triste
con que sigo durando todavía.



        Error de magia

¿Sería aquel beso
ya clavándose
sin que supieras darle cuerda
para que saliese a bailar con el domingo?

¿Sería aquel beso
que no quiso mirar el mediodía
y tú, alarmado,
le echaste muchas cosas a ver si lo arrastrabas:
una corriente de merluzas,
el humo del tabaco,
la saliva?

Un beso, nada más que un beso,
sólo un beso,
el simple juego de los labios,
que huyó una noche como perdido de otra alma
y sin saberlo fue tu penitencia.

Todo por un malabarismo sin fortuna,
por un error de magia,
por un ángel hirviendo en la redoma
que al fin se volvió malo
y te tapó la boca.
¿Así que te moriste, mi amor, de pura hambre,
ahogado por un beso
que nunca supo que tenía alas?



   Que yo era una mentira de la luna

No vuelvas, no, porque la noche es una
hechicera cordial que te ha perdido;
verás que ya no soy milagro ardido:
que yo era una mentira de la luna.

No vuelvas, no, porque será importuna
tu palabra de amor contra mi oído;
verás que no es de besos mi vestido:
que yo era una mentira de la luna.

Quédate como el sueño, desasido.
No vuelvas, no, porque tal vez alguna
maldición se descuelgue del olvido

y te toque en un ímpetu de tuna.
Verás, amor, verás que no he vivido:
que yo era una mentira de la luna.


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domingo, 24 de febrero de 2013

Babel

Siempre me ha fascinado la historia bíblica de la Torre de Babel. Es para mí una alegoría del choque inevitable entre la ambición del ser humano, ciega y sorda por naturaleza, y sus inevitables consecuencias cuando la realidad finalmente impone su ley. La reciente burbuja inmobiliaria y financiera ha sido un buen ejemplo de torre de Babel. Toda una generación de seres humanos ha aprendido, the hard way, que no es posible llegar al cielo simplemente porque lo estemos viendo cada vez más cerca, aunque me temo que tan amargas enseñanzas no sean garantía de que otra generación venidera, o incluso esta misma dentro de unos años, no volverá a intentar otra vez la misma hazaña.

Dice el Génesis bíblico que Dios dispersó a los seres humanos y confundió sus lenguas porque temió que "todos juntos podrían conseguir lo que se propusieran". El Dios del Génesis era posiblemente demasiado optimista, pero había en sus temores un punto de sensatez. En cualquier caso, se le puede excusar por no haber dado exactamente en el clavo, si pensamos que en los lejanos tiempos de Yahvéh la idea de Internet era inconcebible hasta para el más febril de los iluminados.

Y, sin embargo, aquí estamos. En septiembre de 2012, Facebook tenía casi mil millones de usuarios, y a día de hoy más de 400 millones de mensajes atraviesan el planeta todos los días a través de Twitter. No todos esos usuarios están juntos y no todos hablan la misma lengua, pero la situación empieza a recordar demasiado a la Babel bíblica poco antes de que sobreviniera la catástrofe. Lo que parece claro es que, en muy pocos años, las redes sociales han generado un cambio cualitativo de la sociedad mundial, y sería sorprendente que un vuelco de esa magnitud no tuviera consecuencias.

Los primeros síntomas, de hecho, empiezan a ser perceptibles. Hasta hace muy poco tiempo, la transimisión de noticias estaba en manos de profesionales. Siendo la información un bien tan goloso para el Poder, sería mucho pedir que los periodistas fueran inasequibles a la influencia de los poderosos, pero por lo menos tenían unos criterios para la selección de sus fuentes y la redacción de las noticias, respetaban unas ciertas normas éticas y, en los países más civilizados, la libertad de prensa aseguraba un cierto equilibrio entre unos y otros bandos, en cuyo centro uno podía presumir que se encontraba algo parecido a la realidad.

Todo ese edificio se está hundiendo a pasos agigantados. Los exiguos 140 caracteres de los mensajes de Twitter empiezan a ser ya una fuente de información aceptada, incluso por profesionales del periodismo. Basta con que alguien cree, por ejemplo, la cuenta @rickymango para que sus mensajes le sean atribuidos al autor de este blog, y las nuevas generaciones de periodistas, en su mayoría becarios sin experiencia de la vida, mal pagados, analfabetos y nacidos con un iPad entre los dientes, le otorguen una credibilidad suficiente. El autor de este blog es un don nadie leído por cuatro pelagatos, pero vaya usted a desmentir un tweet en el que Benedicto XVI, por ejemplo, declare que los sacerdotes finalmente podrán contraer matrimonio sin ir al infierno.

Peor aún: vaya usted a desmentir un tweet en el que el cardenal Bertone desmienta un tweet de Benedicto XVI desmintiendo una información anónima aparecida en Wikileaks según la cual la mafia homosexual está controlando la curia vaticana. Es una situación imaginaria, por supuesto, pero no absolutamente inverosímil, considerando el punto al que estamos llegando. ¿A alguien le recuerda esto los comienzos de la confusión que terminó con la torre de Babel? Confieso que a mí, sí.

Pero hay otra faceta de esta demoníaca torre de Babel que está siendo erigida gracias a Internet. La gratuidad de los servicios que media Humanidad está usando en la Web es un espejismo en el que pocos se han parado a pensar. Hay un viejo refrán que dice que nadie vende un duro a cuatro pesetas pero, gracias a la propaganda de medio siglo de socialdemocracia, la idea de que los servicios gratuitos son una realidad ha calado subliminalmente en la mayoría de la población. No sólo son gratuitos, se afirma vehementemente, sino que además son un derecho. No sólo eso, sino que se trata de conquistas sociales: la gratuidad, por lo visto, es sinónimo de progreso.  

En esa atmósfera de País de las Maravillas se ha criado ya toda una generación de jóvenes para los que un párrafo de cinco líneas, una frase con puntos y comas o una idea estructurada son tan inconcebibles como para Caín mantener una videoconferencia con Abel. Para esos jóvenes, además, la privacidad es un concepto más o menos tan extraterrestre como la galaxia Andrómeda, y la consecuencia de esa borrachera de gratuidad es que unas cuantas empresas cuyos escrúpulos desconocemos se han apoderado ya de prácticamente toda la información que es posible reunir sobre los habitantes de este planeta. Pero no sólo de la información estática, porque gracias al GPS una compañía telefónica, un detective privado o un agente de los servicios de inteligencia puede saber instantáneamente dónde se encuentra cada portador de un teléfono móvil. O sea, usted y yo. La fantasía de George Orwell no llegó nunca a tales alturas.

Movido por tales consideraciones (y por el alud de spam que entra todos los días en mi correo electrónico), esta misma mañana he borrado mis cuentas de Facebook, Twitter, Google+ y Linkedin. No ha sido fácil, no crean, y la experiencia no ha estado exenta de desagradables sorpresas. He descubierto, por ejemplo, que entre mis 'contactos' figuraban direcciones de personas que yo nunca he autorizado a incluir, y -la mayor sorpresa de todas- he encontrado, en un sitio web llamado Picasa, literalmente centenares de imágenes y fotografías mías que ni siquiera sospechaba haber subido a la red. Algunas de ellas, francamente privadas.

Que mis escasos lectores no se extrañen, pues, de los cambios que seguramente notarán en mis blogs. Han desaparecido de ellos todas las ilustraciones que en su momento inserté, y todos los contactos personales o enlaces a sitios que gozan de mis simpatías. No es éste el mundo en red que yo habría deseado, pero prefiero el anonimato franciscano a ser pasto de los tiburones en un futuro no muy lejano. El día en que pueda pagar con dinero el valor real de los servicios que me ofrecen volveré a intentarlo, porque sigo creyendo en el futuro de Internet. Pero, sinceramente, no quiero encontrarme debajo cuando se derrumbe la próxima torre de Babel.

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jueves, 15 de noviembre de 2012

¿Mercancías o servicios?

Oí hace algunas semanas en la radio una noticia divertida pero, al mismo tiempo, de las que hacen pensar. Ante la reciente subida del IVA que grava los productos culturales, una empresa teatral española había decidido vender, en lugar de entradas, zanahorias. En vista de que el IVA de las zanahorias es el más bajo actualmente vigente, la venta de zanahorias como justificante de pago para asistir a una representación teatral permitiría a la empresa mantener el precio de las entradas, o incluso rebajarlo a una cuantía más asequible.

Por divertida que nos parezca la imagen de una larga cola de espectadores esperando para entrar al teatro con una zanahoria en la mano, lo interesante de la noticia no es el detalle anecdótico, sino una consideración de mucho mayor alcance. Lo que realmente había sucedido es que el empresario de aquel teatro había vinculado un servicio a una mercancía.

Tras la revolución industrial, el comercio de servicios ha ido en aumento en todo el mundo, hasta el punto de que, en los países desarrollados, más de la mitad de los puestos de trabajo se desenvuelven actualmente en el sector terciario. Sin embargo, en los últimos años, la aparición de Internet está desencadenando un nuevo cambio cualitativo de la economía mundial. En efecto, la posibilidad de comprar prácticamente cualquier cosa imaginable sin salir del hogar augura un futuro poco risueño para los negocios tradicionales de venta al público, basados en la compra o alquiler de un local, la dotación de unas instalaciones adecuadas y la contratación de dependientes que atiendan a los posibles compradores. En el mundo virtual de Internet, todos esos gastos desaparecen prácticamente, y el negocio se reduce a lo estrictamente esencial: un contrato con una empresa de logística y -lo único realmente importante- un conocimiento a fondo del mercado y de los productos que uno desea vender. En igualdad de condiciones, lo que decidirá la viabilidad o no de un negocio será su componente más abstracto: el conocimiento.

Todo esto es válido para los productos tangibles, es decir, aquellos que no pueden ser digitalizados y transmitidos por una red electrónica. Al menos, mientras alguien no invente el transportador de Star Trek, que permitiría a sus usuarios apretar un botón y trasladar instantáneamente un tomate de la huerta a su frigorífico. Pero hay una categoría de productos, hasta hace poco tangibles, que pueden ser sustituidos por su equivalente virtual, no sólo sin pérdida de eficacia, sino con ventajas añadidas.

La prensa escrita y los libros son el ejemplo más evidente. Cuando uno tiene acceso a Internet veinticuatro horas al día, parece absurdo molestarse en acudir a un kiosko a comprar un manojo de hojas de papel que, desde el momento en que han salido de la imprenta, estaban ya obsoletas. Del mismo modo que parece absurdo acumular una biblioteca que, además de acaparar muchos metros cuadrados de pared, pesa centenares de kilos, especialmente indeseables en caso de mudanza, cuando uno puede sustituirla por un único dispositivo de lectura ligero y manejable, capaz de acceder instantáneamente a millones de publicaciones en cualquier idioma.

Lo que en realidad ha sucedido es que los periódicos y los libros no eran realmente mercancías, sino servicios. Aunque nunca habíamos caído en la cuenta, el soporte de papel era prescindible, porque lo único que uno necesita de un texto escrito (haciendo abstracción de fijaciones sentimentales asociadas al tacto o el olor del papel, o a la costumbre) es su contenido. Es cierto que todo avance tecnológico deshumaniza un poco la vida cotidiana, pero así viene sucediendo desde que los ciegos empezaron a recorrer calles y aldeas sustituyendo parte de su humana narración por información visual en forma de aleluyas. Así sucedió también con la invención de la imprenta, que barrió a los amanuenses de la faz de la Tierra, y con el cine, que arrinconó el teatro en sólo unas cuantas generaciones.

Pero se puede ir aún más lejos. En realidad, si lo analizamos en términos radicales, el concepto de mercancía se diluye hasta quedar absorbido en el concepto de servicio. ¿Cuáles son nuestras expectativas cuando compramos una manzana? Básicamente, dos: saborearla, y alimentarnos. Ninguna de estas dos funciones está estrictamente vinculada a la adquisición de una manzana. Los sabores no son sino señales eléctricas de ciertas neuronas en nuestro cerebro y, si en un futuro lejano alguien consigue la transmisión de energía a través del aire (cosa que es técnicamente posible), tanto el deleite de saborear una manzana como sus efectos nutricios en nuestro organismo podrán ser prestados como servicios, incluso a través de una red como Internet.

Si ese futuro lejano llega a hacerse realidad algún día (y yo espero no estar aquí cuando eso suceda), el concepto de mercancía pasará a los diccionarios históricos como reliquia de un pasado tan primitivo y pintoresco como es para nosotros ahora la producción de fuego a base de yesca y pedernal.

La principal conclusión que cabría sacar de todo esto es que, si desean sobrevivir, tanto la prensa escrita como el mundo editorial tendrán que asociar de alguna manera sus servicios a mercancías tangibles, igual que hizo aquel empresario de teatro con las zanahorias. O bien patrocinando productos tangibles, o vendiéndolos como medio para acceder a sus servicios virtuales, o haciendo uso de su imaginación para encontrar alguna idea viable. Estoy seguro de que acabarán encontrando unas cuantas.

¿Os apetece leer la última novela de Stephen King? Nada más fácil. Acercáos al supermercado más próximo, cocinad un sabroso cocido madrileño, y...  a vuestra butaca favorita. La lectura está servida.

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viernes, 15 de febrero de 2008

El ruido, el silencio

Hay luchas eternas, bíblicas, mitológicas, consustanciales al ser humano, como la lucha entre el Bien y el Mal. Pero hay también guerras de desgaste que se libran paso a paso, minuto a minuto y día a día. Peor aún: entre dos frentes. Como la guerra entre el ruido y el silencio.

Es una pugna polimórfica. A veces, uno ha de luchar por el silencio, y a veces contra él. El silencio son los amigos que enmudecen, las puertas cerradas de los clanes, la ceguera voluntaria del envidioso, la indiferencia del esclavo feliz. El ruido son las sirenas de los bomberos, la hojarasca banal de las conversaciones, las cantinelas ideológicas, la música estruendosa de los lugares públicos, las retahílas de papagayo aprendidas de los mass media.

Ambos son terribles. El ruido irrita, pero el silencio duele. ¿Cómo se habría sentido Robinson Crusoe en una isla desierta repleta de altavoces que emitiesen constantemente anuncios de cocacola, o videoclips musicales?

Pero el fuego y el agua templan el acero. Entre el silencio de los que envejecen y el ruido de los que no tienen nada que decir hay un áspero camino, erizado y agotador, en el que uno ni se quema ni se ahoga. Es un ascenso que en ocasiones se antoja interminable y que, a veces, parece no ser otra cosa que un viaje de Sísifo.

Se me había ocurrido divulgar mi reciente entrevista a Hermann Tertsch mediante los medios de comunicación online. Acostumbrado a visitar sitios web en inglés, había pensado que, si encontraba la noticia o la columna adecuada al tema de la entrevista, podría insertar un comentario de utilidad para quienes pudieran estar interesados.

Pero, en español, los periódicos, revistas, televisiones y radios por Internet están blindados. A piedra y lodo. Monologan. Se miran el ombligo con delectación. Cuentan con un tipo de lector feudal, consumidor y obediente que sólo podrá ingresar en la camada si aprende a tomar partido, a dejarse manejar, a aceptar consignas. El viejo estilo.

Pobres ancianos. Intentan hacer la guerra en un medio que es perfecto para la guerrilla. Un blogger no necesita un imperio de micrófonos, estudios, cámaras e imprentas para influir en miles de personas: sólo necesita una red. Mientras los poderosos, un poco atónitos, insisten en lanzar su caballería y sus tanques para imponer su tradicional derecho de pernada, a su alrededor, lenta pero inexorablemente, se van tejiendo redes. Tarde o temprano, los poderosos tendrán que abrir sus puertas (y sus ventanas).

Y cuando lo hagan se encontrarán con que, mientras ellos defendían su inexpugnable línea Maginot con prepotencia de dinosaurio, el mundo que se había ido gestando allá afuera no será ya un rebaño de borreguitos dóciles y anónimos. Será un mundo de redes.

Entonces se darán cuenta de que están rodeados.

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