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sábado, 27 de marzo de 2021

Espíritu crítico

Hace ya algún tiempo que no tengo ganas de escribir, porque me embarga esa demoledora sensación de que tratar de razonar frente a otros es hoy como tratar de nadar contra un tsunami. Pero esta mañana he visto un vídeo que me ha indignado, y necesito poner por escrito las reflexiones a que me ha llevado.

El vídeo era un ataque furibundo (y nada original) a unos cuantos ogros que llevan lustros instalados en el imaginario colectivo. Esos abominables ogros se pueden resumir en dos: el liberalismo y el mercado.

El graciosillo del vídeo, como muchos millones de personas en todo el mundo (y notablemente en países atrasados, como España), parece creer que el liberalismo consiste en dar libertad a los poderosos para que hagan lo que les venga en gana. En particular, claro, para acaparar inmensas riquezas a costa de los más desfavorecidos.

Es cierto que eso está sucediendo hoy --ha sucedido siempre, aunque en los últimos tiempos es quizá más evidente--, pero eso no tiene nada que ver con el liberalismo. Ni con el capitalismo. Ni con el libre mercado. El liberalismo es justamente lo contrario. Acusar al liberalismo de causar pobreza es como acusar a los ríos de quitarle agua al mar. 

No quiero extenderme demasiado aquí. Si algún día recupero la moral, tal vez me decida a escribir un libro sobre este tema. Sí, el liberalismo, o simplemente la libertad de mercado, es el antídoto perfecto de la pobreza. Pero vamos por etapas.

El ahorro es la respuesta natural a una realidad inapelable: el futuro es incierto. Nunca sabremos si mañana, o dentro de dos años, nos faltará qué comer, o si seguiremos teniendo un techo bajo el que refugiarnos. Hay quienes son capaces de vivir al día pero, si no somos adictos al riesgo, es más sensato acumular un remanente de lo que más necesitamos, para asegurarnos de que no nos falte.

Eso se llama 'capitalismo'. Acumulamos un 'capital' de comida (en la despensa), de ropa (en los armarios), de pasta de dientes (en el tubo), de sartenes, de sábanas... y, sí, de dinero. En suma, de riqueza (el que no tiene calzoncillos que ponerse, seguramente es pobre). 

Pero no sólo queremos asegurarnos frente al futuro. Nos gustaría también dedicar menos esfuerzo a hacer lo que no nos gusta. Por ejemplo, para ganarnos el pan. Y así dedicar más tiempo a lo que más nos gusta. Por eso, de vez en cuando, se nos ocurre alguna que otra idea que nos facilita la vida. Un poquito o mucho, eso no importa. Lo importante es que es una tendencia innata en la mayoría de nosotros.

Se nos puede ocurrir meter un cartón doblado bajo esa pata de madera para que la mesa no baile, o se nos puede ocurrir usar una caldera de vapor para mover un tren. Unos se conformarán con poder dibujar sobre una superficie estable, y otros aspirarán a transportar rápidamente a muchas personas a cambio de una compensación. Se llama espíritu emprendedor.

Pero el espíritu emprendedor conlleva un riesgo. No sabemos cuántas personas estarán realmente interesadas en viajar más rápido, ni cuánto estarán dispuestas a pagar para no tener que desplazarse a caballo. El emprendedor corre el riesgo de que la ganancia que obtenga no le compense el esfuerzo (y el dinero) que ha dedicado a realizar su idea. En el peor de los casos, podría perderlo todo y quedarse en la calle. Ha sucedido.

Emprender siempre es posible cuando uno es millonario. Si uno no lo es, no tendrá medios para hacer realidad esa idea ambiciosa que podría facilitar la vida de muchos de sus semejantes. Sería una lástima. Pero no todo está perdido, porque los seres humanos somos todos diferentes, y eso nos puede beneficiar. 

¿Cómo nos puede beneficiar? Poniendo en juego nuestras diferencias para complementarnos. No para igualarnos. Estirar todos de la misma cuerda, siendo todos distintos, es un desperdicio estúpido, y la mejor manera de no progresar jamás. La verdadera diversidad es la diversidad creativa. Hay quien tiene ideas y dinero, pero es más habitual que unos tengan buenas ideas y poco dinero, y otros mucho dinero y pocas ideas. Seguramente, todos tienen algo en común: no les disgustaría progresar.

Pero, como ya hemos visto, las ideas conllevan un riesgo. De todas las personas que ahorran, algunas no querrán correr riesgos y se conformarán con lo que tienen. Sin embargo, si nuestra idea parece viable, siempre podremos convencer a alguien para que aporte su capital y comparta nuestro riesgo. Y, posiblemente, consiga ganar más que malgastando su vida en una oficina el resto de su vida.

El dia en que lo consigamos habrá nacido una empresa. ¿Triunfará? Depende. Si nuestra idea es realmente original y tenemos una buena acogida, ganaremos mucho dinero. Pero no por mucho tiempo. Apenas demostremos que nuestra idea da dinero, muchos tendrán la tentación de imitarnos. Claro que, si quieren quitarnos clientes, tendrán que bajar los precios. O mejorar nuestra idea. Se llama productividad.

Naturalmente, siempre podremos sobornar a algún político o a algún medio de comunicación para que nadie nos haga la competencia. Los políticos, subvencionando nuestros productos o promulgando leyes que nos favorezcan. Los periodistas, publicando (u ocultando) informaciones que engañen a la población. Podríamos también ponernos de acuerdo con nuestros competidores para no bajar los precios. Pero todo eso, que a muchos les sonará familiar, es exactamente lo contrario del libre mercado. Lo contrario del liberalismo. Lo contrario del capitalismo 'salvaje'. Se llama oligopolio, o monopolio. Monopolio salvaje.

La posibilidad de financiar ideas ambiciosas permite a los ahorradores ganar dinero --es decir, progresar-- gracias a sus ahorros. Quienes quieran arriesgarse mucho invertirán quizá en una única idea muy ambiciosa, y quiernes se conformen con poco preferirán invertir en empresas de bajo riesgo. El estado, por ejemplo, es una empresa de bajo riesgo, porque sus ingresos son un porcentaje de los beneficios de todas las empresas del país, y todo un país no se va a pique tan fácilmente como una sola empresa. 

Pero nos hemos olvidado de esos que no quieren correr absolutamente ningún riesgo. A medida que van ahorrando, van guardando sus ahorros debajo del colchón. No es una gran idea. El día menos pensado se los pueden robar, o los pueden perder en una inundación o en un incendio. Y también puede ocurrir que, con el tiempo, sus billetes se pudran, o se queden tan anticuados que ya nadie los acepte. Además, los precios de las cosas suben y los ahorros van perdiendo valor. ¿Hay alguna solución?

Sí, nos dice un vecino. Yo tengo una cámara acorazada donde tus ahorros estarán seguros. Tú me confías tus ahorros, yo te doy un recibo a cambio de tu depósito y te lo custodio. No sólo eso, sino que además te pagaré un pequeño interés todos los años.

¿Y tú qué ganas con eso?, preguntamos. Verás, nos responde, yo guardo ya en mi cámara acorazada los ahorros de muchos otros vecinos. Como la mayoría de vosotros no los vais a gastar hoy, no voy a tener ahí todo ese dinero muerto de risa. Guardo siempre una parte del total, para cuando necesitéis tirar de él, y el resto lo presto a personas y empresas absolutamente fiables. Los intereses que me pagan a cambio de esos préstamos compensan de sobra mis pérdidas cuando alguno me deja de pagar. 

Poco a poco, nuestro vecino --llamémoslo Teodoro-- se gana la confianza de todo el mundo, de modo que, cuando le piden un préstamo, en lugar de entregar el dinero billete a billete entrega un papelito firmado por él, en el que nos jura por su honor que ese dinero está guardado en su cámara acorazada. Gracias a Teodoro, hay ahora dos tipos de papelitos repartidos por el mundo: unos que certifican que tú has confiado tus ahorros a Teodoro, y otro en el que Teodoro asegura, por la gloria de su madre, que el dinero que te ha prestado no se mueve de su almacén.

Como Teodoro parece tan serio y tan fiable, los tenderos empiezan a aceptar esos papelitos firmados por él, en lugar de billetes, para comprar garbanzos y coches y lavadoras y viajes. Así que, teniendo en el bolsillo un papelito de Teodoro, ¿quién necesita ir a reclamar sus billetes, que están perfectamente seguros en una cámara acorazada?

Con el tiempo, los papelitos de Teodoro circulan y circulan, y casi nunca acude nadie a él a canjearlos por su dinero. Los que sí siguen llamando a su puerta son los que vienen a pedir un préstamo. Y, hasta la fecha, la inmensa mayoría de ellos han terminado devolviéndolo. Un día, Teodoro ha prestado ya todo lo que le parecía razonable, pero los solicitantes siguen llamando a su puerta. Qué demonios, exclama entonces Teodoro. A todo el que venga a pedir un préstamo le entrego un papelito firmado por mí, y santas pascuas. Todos los tenderos se lo van a aceptar y, al fin y al cabo, casi nadie va a venir nunca a reclamar sus ahorros.

Ese negocio que ha inventado Teodoro se llama 'banca de reserva fraccionaria', y consiste en que los bancos prestan muchísimo más dinero del que realmente tienen. Es decir, crean dinero. Desarrollar esta idea a fondo nos llevaría tan lejos como el crack de 1929 o la burbuja inmobiliaria de 2008, pero por hoy me parece que debería bastar. Lo que quería explicar con la alegoría de Teodoro es que la economía en la que estamos metidos no tiene nada que ver con el capitalismo. Es todo lo contrario.

Podríamos llamarlo 'creditismo' (o cretinismo, según cómo se mire). El verdadero capitalismo está basado en el esfuerzo, el trabajo y el ahorro. El creditismo está basado en la creación de dinero ficticio y en la falsificación (legal) de moneda. El capitalismo y el libre mercado son buenos para el progreso. Los monopolios y la deuda, por el contrario, son perversos, y conducen --conducirán inevitablemente-- a la ruina más devastadora. Y si no, al tiempo.

La moraleja de esta historia, que se ha prolongado mucho más de lo que yo preveía, es que el mundo en general (y en particular los países más primitivos, como España) necesitan mucha información. Y, sobre todo, mucha educación. Pero lo que más necesitan es espíritu crítico. Informarse a fondo, reflexionar sin prisa y atreverse a mantener un criterio propio. No comprar consignas prefabricadas sin comprobarlas ni analizarlas. No votar a quien nos dice lo que queremos oír, sino a quien nos dice la verdad y nos propone soluciones. Averiguar en los libros de historia que las soluciones simplistas y baratas ya han sido ensayadas una y otra vez, con resultados siempre abracadabrantes. Formarse como seres humanos y tener un sentido de la dignidad.

La dignidad de tener unos principios y un criterio propio, y de haberse ganado la vida a pulso. Lo contrario, lamento decirlo, es borreguismo. Y, aunque a veces no lo parezca, ninguno de nosotros somos ovejas. Miráos al espejo y lo comprobaréis.

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domingo, 12 de agosto de 2018

¿Democracia absolutista o democracia subsidiaria?

Los enemigos de la libertad que gobiernan esta comunidad autónoma parecen haber emprendido una cruzada contra los centros de enseñanza concertados. Es natural. La izquierda siempre ha confundido el gobierno con el estado, y la libertad con sus pulsiones represoras. La cantinela de fondo es siempre la misma: lo público es bueno.

Cuando dicen "lo público" en realidad quieren decir "lo estatal", es decir, lo que controlan ellos con nuestro dinero. Por desgracia para ellos, las sociedades han evolucionado hacia un grado de totalitarismo tolerable -no mucho más, y actualmente en retroceso-, y la izquierda no se atreve a hablar de supermercados públicos, líneas aéreas públicas, marcas de ropa públicas, bares públicos o alcobas públicas (aunque últimamente estén un tanto ansiosos por controlar no sólo lo público, sino incluso lo púbico). Lástima. Ya se sabe que las cartillas de racionamiento son el sueño supremo de todo izquierdista que se precie.

El tema de la enseñanza concertada plantea muchos interrogantes. Su finalidad es permitir a los padres escoger para sus hijos un colegio privado a un coste asequible. Naturalmente, el coste es asequible porque los colegios concertados reciben un subsidio estatal con cargo a nuestros impuestos. Aun así, subsidiar un colegio concertado nos sale más barato que mantener uno 'público', dado que los colegios estatales no compiten con nadie, y por lo tanto son más ineficaces. Desde el punto de vista práctico, la enseñanza concertada mata dos pájaros de un tiro: ahorra dinero a los contribuyentes y otorga libertad a los padres para la educación de sus hijos.

Entonces, ¿por qué no suprimir todos los colegios 'públicos' y sustituirlos por otros 'concertados'? Por una parte, habría más diversidad de colegios entre los que escoger. Y, por otra, nos ahorraríamos mucho dinero, que por lo tanto podría permanecer en nuestros bolsillos y nos permitiría vivir más desahogadamente. La respuesta es compleja. La enseñanza estatal es un fósil de un pasado en el que un alto porcentaje de la población era analfabeta y no tenía recursos ni para pagar una escuela. Si el Estado se resiste a soltarla es porque le permite un mayor control ideológico sobre sus futuros vasallos y porque, para un político, adelgazar el Estado significa perder parcelas de poder y, por lo tanto, acrecienta el riesgo de tener que trabajar para ganarse la vida.

Sin embargo, los supermercados, las marcas de automóviles o las cafeterías no reciben ningún subsidio estatal. Simplemente, compiten entre sí para ofrecernos las mejores prestaciones posibles al menor precio posible. ¿Por qué no suprimir completamente los subsidios y permitir que todos los centros de enseñanza compitan entre sí? Es cierto que los colegios privados son hoy muy caros, pero ello se debe, en gran parte, a que son un oligopolio para ricos. La libre competencia los obligaría a mantener la calidad abaratando los precios, y nosotros tendríamos también más dinerito en el bolsillo gracias a la merma de nuestros impuestos.

Naturalmente, la educación es algo demasiado importante para arriesgarse a que un niño se quede sin ella, o a que reciba una enseñanza defectuosa. Sin embargo, más importante todavía es la alimentación, y no por ello hay supermercados estatales o 'concertados'. Puedes estar un mes sin ir al colegio, pero si te quedas un mes sin comer no hay duda: te mueres.

Pero hay otro interrogante todavía más profundo: ¿por qué es obligatoria la educación infantil? Damos por supuesto que la educación es un valor universal, pero tal vez haya personas que no lo entiendan así. Me dirán ustedes que no hay ni un solo progenitor que no desee la educación de sus hijos. Si eso es cierto, entonces ¿por qué hacerla obligatoria?

La verdadera pregunta de fondo es: ¿hasta qué punto es lícito que la sociedad imponga a todos sin excepción la escala de valores de una mayoría? Este es uno de los puntos más débiles de la democracia, del que sin embargo nadie habla nunca. En un futuro, quizá lejano, es posible que esa situación cambie, posiblemente para bien de todos.

La democracia ateniense funcionaba muy bien, pero en Atenas los esclavos no tenían derecho a votar. Los seres humanos han practicado la esclavitud durante milenios, y es poco probable que en alguna de aquellas sociedades un referéndum hubiese otorgado la libertad a los pobres esclavos. En el sur de los Estados Unidos, los negros estaban mayoritamente considerados inferiores, y Hitler accedió al Parlamento alemán gracias a unas elecciones democráticas en el que por entonces era, probablemente, el país más culto del mundo.

Situaciones así habrían sido evitables si los oprimidos hubieran tenido la posibilidad de cambiar de sociedad. Los judíos, durante siglos marginados en casi toda Europa, pudieron en el siglo XVII emigrar a Holanda, donde a nadie le importaba un comino su religión o sus orígenes, y en el siglo XX los más afortunados consiguieron emigrar a Palestina, donde un naciente Estado los protegía del exterminio.

Desde luego, no es fácil tomar la decisión de emigrar, mucho menos con toda una familia a cuestas. Por salvar el pellejo uno está dispuesto a todo, pero no es fácil abandonar bienes, amigos, fuentes de ingresos, paisajes y recuerdos simplemente para mejorar nuestra vida, incluso cuando la mejora que esperamos pudiera ser sustancial. Peor todavía: la democracia absolutista está considerada hoy como el bien supremo, y difícilmente encontraremos un país que tenga siquiera intención de mejorarla.

Actualmente, sin embargo, la tecnología puede resolver ese problema.

Otra cosa es que lo resuelva pronto. Las sociedades, por lo general, evolucionan lentamente, y los conceptos innovadores pueden tardar siglos en ser siquiera perceptibles para la mayoría de la población. Además, como ya hemos visto, lo último que un político desea es ganarse el pan con el sudor de su frente, y hará todo lo que esté en su mano -que es mucho- para mantener el status quo.

Pero los cambios que acarrean las innovaciones tecnológicas son irreversibles, y tarde o temprano se acaban imponiendo. Pudiendo evitarlo, a nadie en su sano juicio se le ocurre hoy comprarse un burro para ir al trabajo, lavar a mano en el río más cercano o curarse la fiebre con sanguijuelas. Con una puntualización: no estoy dando a entender que esas innovaciones sean exclusivamente positivas, sino que el balance de esos cambios es positivo. Adoro el botijo, pero en mi cocina tengo un frigorífico.

Volviendo a la democracia absolutista, ¿cómo podríamos mejorarla gracias a la tecnología? Ha habido ya algunos atisbos en ese sentido, pero nadie les ha dado la importacia que realmente tienen. La famosa X de los impuestos destinados a la iglesia católica [ver nota de pie de página] es probablemente la primera grieta en el edificio del Antiguo Régimen. ¿Qué quiere decir esa X? Que la iglesia católica está suficientemente organizada para conseguir sustraerse a la voluntad del Estado. De haber podido, los gobiernos de izquierda la habrían privado completamente de ingresos, pero la iglesia católica no es una institución cualquiera, y el Gobierno ha tenido que conformarse con una solución de compromiso. Desde mi punto de vista, perfecta.

El precedente que han sentado, probablemente sin saberlo, es cualitativo. Por primera vez en la historia -que yo sepa-, la potestad del Estado para administrar los impuestos como le encomiende una mayoría de votantes -en la práctica, como le dé la gana- ha sido puesta en tela de juicio. ¿Por qué no asociarnos los ciudadanos en otros respectos y seguir el ejemplo de la iglesia católica? Yo no tengo automóvil y apenas hago uso de la red de carreteras. Preferiría que mis impuestos estuvieran destinados en menor medida a las carreteras y en mayor medida a la limpieza de las aceras, o a la repoblación forestal.

Lo fascinante del sistema de las X es que permitiría la coexistencia de Estados alternativos en un mismo territorio. Si se implantara, no haría ya falta emigrar, o simplemente aguantarse frente a los abusos absolutistas de las mayorías democráticas. Nuestra libertad aumentaría cualitativamente, y no perjudicaríamos a nadie, ya que nos limitaríamos a promover nuestros intereses.

Recordemos que los progresos que nos proporciona la tecnología suelen ser en balance positivos. La gran amenaza de Internet, hoy en día, es Big Brother, y no será fácil protegerse frente a él. Pero ya conocemos el dicho: "hecha la ley, hecha la trampa". Los intentos de controlar nuestra actividad en la Red tienen ya un adversario formidable en la tecnología de 'blockchain', y sin duda aparecerán otras nuevas que seguirán desafiando los afanes totalitarios. Hemos de confiar en el ingenio humano y, sobre todo, en el anhelo de libertad, si no de todos, al menos de una minoría.

En cualquier caso, la propuesta de las X -que podríamos denominar 'democracia subsidiaria'- es de momento sólo una idea a explorar, y en la práctica seguramente no será tan simple como en la teoría, pero en mi opinión el camino está ya trazado. Y, sobre todo, es irreversible.


*La X de la Iglesia Católica hace referencia a una casilla que figura en las declaraciones de impuestos de España. Marcándola con una X, el contribuyente decide que quiere destinar un porcentaje de sus impuestos a esa institución. Cuando la casilla se queda en blanco, el mismo porcentaje irá destinado a ONGs y organizaciones similares.

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jueves, 26 de septiembre de 2013

Los slogans

Supongo que todo el mundo sabe lo que es un slogan. Un slogan es un resumen exprimido... con un exprimidor no siempre ecuánime. "No a la guerra", por ejemplo, expresa un deseo que todos compartimos pero que, a efectos de prevención de riesgos, viene a ser tan útil como decir "No a los terremotos". Como los terremotos existen, trate usted de prevenirlos al construir su casa y de predecirlos gracias a sus científicos para, si alguna vez le llega a pillar uno, salir del paso lo mejor posible. En otras palabras, prefiero el slogan "Prevengamos los terremotos".

Pero no son esos slogans los que quería comentar yo hoy, sino uno que resuena últimamente mucho por calles y plazas. Me refiero al slogan-paraguas "No a los recortes". Más concretamente: en el sector de la enseñanza. Y la analogía que propongo es la misma: igual que sucede con los terremotos o las guerras, los recortes existen. Existen porque el Estado tiene una deuda más allá de lo razonable (lo razonable, probablemente, sería menor o igual a cero) y, para poder ir pagándola, necesita reducir gastos.

¿Qué gastos? Es de suponer que los menos importantes, primero, y eso lo tendrá que decidir el presidente del Gobierno. Después, en sus ministerios, cada ministro decidirá a su vez lo que cree o no más prescindible (aunque no está muy claro a quién podríamos pedir cuentas si no estamos conformes).

De momento, la reducción de gastos en la enseñanza se está traduciendo, en particular, en una reducción de plantillas en los centros estatales. Se manejan cifras sobre la proporción entre profesores y alumnos, sueldos comparativos, materias especialmente perjudicadas, etc. Un viejo amigo que trabaja en la enseñanza de adultos se me quejaba el otro día airadamente de las consecuencias de los recortes en su trabajo diario. Me alarmé. Si los adultos que quieren aprender son uno de los gastos menos importantes para el señor ministro, la economía del país debe de estar al límite. Al pasar por el siguiente supermercado, esperé encontrarme a su propietario con una escopeta en la puerta, defendiendo sus existencias, pero no vi nada anormal.

Sin duda, al menos, los colegios normales debían de estar abandonados, con los vidrios rotos y grandes manchas de moho cubriendo la fachada. Pues tampoco. En los colegios entraban y salían niños y adultos con la mayor normalidad. Llegué a mi primera conclusión: cualquier personaje de Groucho Marx habría desempeñado el cargo de ministro con mejor criterio.

La enseñanza de adultos es una rama minoritaria de la enseñanza en España, pero en la enseñanza normal las quejas son también clamorosas. En esos centros, el "No a los recortes" significa, básicamente, que cierto porcentaje de profesores deberá dejar su trabajo y que, en consecuencia, los que queden deberán trabajar más. Sin que les suban el sueldo, sospecho.

Pero el mayor o menor número o sueldo de los profesores no es exactamente el cometido supremo del ministerio. El cometido supremo del ministerio es conseguir una enseñanza lo más eficaz posible, para que los alumnos de hoy desarrollen su potencial humano y estén preparados el día de mañana. Que me corrija el señor ministro si lo que él considera importante es, por ejemplo, que los alumnos aprendan religión, o que estudien con cargo a nuestros impuestos sacando de nota sólo un 5.5.

Como me temo que el señor ministro me va a corregir, olvidémonos de él. Por lo menos, mientras no pongan en su lugar a Rufus T. Firefly. Y centrémonos en la finalidad suprema de la enseñanza estatal, que es la eficacia. La eficacia en la enseñanza consistirá, supongo yo, en que los alumnos acudan a todas las clases durante una larga temporada lectiva y en que las aprovechen. ¿Cómo se aprovecha al máximo una clase? Se me ocurren varias ideas.

Primero, que los profesores estén bien preparados. ¿Lo están? Lo que suelo leer en los periódicos me da a entender que no, pero seamos objetivos. Me conformaré con un examen rigurosísimo de todos los profesores estatales de enseñanza primaria y media, y el que no lo supere, a la calle. Respiro aliviado sólo de pensarlo. Si, como es de temer, después de esa drástica medida faltaran profesores competentes, que los traigan de fuera. Y si no hablan español, que den las clases en inglés. Amiguitos escolares, nadie os prometió nunca un sendero de rosas.

Segundo, que los profesores sean respetados. ¿Lo son? También en este caso me temo que no, pero seamos objetivos. Cuando un niño acumule cierto número de amonestaciones de su profesor, los padres del niño deberán resarcir a los contribuyentes de la pérdida de eficacia general que el niño haya ocasionado. Por ejemplo, si a final de curso ha habido notas insuficientes, los padres de los niños más amonestados deberán pagar, proporcionalmente al número y gravedad de las amonestaciones recibidas, clases particulares extraordinarias para los que hayan sacado peores notas, sean o no sus propios hijos.

Existe ya el slogan "Por una enseñanza de calidad", pero yo preferiría "Por una enseñanza eficaz", porque la calidad de la enseñanza no excluye unos resultados desastrosos y porque, al ser obligatoria, la enseñanza deberá ser también de cantidad. La eficacia, en cambio, es medible.

Detrás de todo esto que estoy diciendo hay, en realidad, un grito de desesperanza ante el nivel humano y cultural de los jóvenes que están empezando a tomar el relevo generacional. Nunca esperé que el nivel educativo de los jóvenes españoles pudiera alcanzar niveles tercermundistas, como me parece que está sucediendo. He pensado mucho sobre las causas de ese fenómeno, que no parece ser exclusivo de España, aunque sí más grave que en muchos otros países.

Una de esas causas, creo yo, es la actitud del avestruz. Es difícil negar que, durante el franquismo, la enseñanza era mucho más eficaz que ahora. Lo cual no es del todo sorprendente, porque el franquismo era una dictadura. Pero, en la medida en que la enseñanza es obligatoria, es también una dictadura, y así debemos entenderlo. No podemos llevar a nuestros niños a la escuela para que aprendan por ciencia infusa o chateando en Facebook. Muchos, muchos avestruces (y muchos políticos) españoles no quieren reconocer esa realidad, quizá porque ya se sabe que las dictaduras son malas y hay que ser progresista.

En realidad, yo sería más progresista todavía. Yo privatizaría la enseñanza de abajo a arriba, e implantaría un sistema de becas que ayude a quien realmente se esfuerza y no puede costeársela. He dicho "a quien realmente se esfuerza", señor Wert, no a quien saque un 5.5.

¿Qué cambiaría en España con la privatización de la enseñanza? Lo mismo que cambiaría en Cuba si privatizaran los supermercados. Los centros docentes competirían entre sí, y los alumnos tendrían la mejor enseñanza posible al mejor precio posible.

Hay dos conceptos clave en todo esto que estoy diciendo: 1 - Cada uno debe apechugar con las consecuencias de sus actos. 2 - Todas las cosas tienen un valor, y la única forma de conocer ese valor es dejar que los usuarios lo paguen de su bolsillo. En la extinta Unión Soviética, los burócratas encargados de fijar los precios de los productos no tenían manera de saber cuánto valían las cosas. La solución que encontraron fue averiguar cuánto valía cada producto en Estados Unidos y convertir esa cifra en rublos.

Regresando al principio, nos hemos quedado sin saber por qué el señor Rajoy considera que la enseñanza es menos importante que, entre muchas otras cosas, los consejeros de las cajas de ahorros, los empleados de las diputaciones, los embajadores autonómicos, los intérpretes del Senado, los asesores de los políticos, el parque móvil oficial, la reforma de la Justicia o la cafetería del Parlamento. Alguien se lo tendría que preguntar, ¿no creen? Pero tengan ustedes paciencia. Primero, porque el señor Rajoy sólo asoma la nariz de cuando en cuando y para decir lo que ya tiene previsto decir, con una credibilidad similar a la de su programa electoral. Segundo, porque la mayoría de los periódicos, que sobreviven gracias a las subvenciones del Estado, quieren seguir sobreviviendo.

Y tercero, porque las listas de nuestros representantes en el próximo Parlamento las van a seguir decidiendo él y otros tres o cuatro como él.

Si llegan a juntarse cuatro, quizá podrían echar una partidita de mus. Por supuesto, a nuestra salud.

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