sábado, 6 de febrero de 2021

Predicción cumplida

El 29 de octubre pasado publiqué en este blog una entrada en la que, basándome en los datos oficiales del INE de los últimos 21 años, escribí: "si en la segunda semana de enero alcanzáramos 1.800 defunciones diarias, seguiríamos estando en valores estadísticamente admisibles". Pues bien, en la segunda semana de 2021 las defunciones en España por todas las causas ascendieron a 11.048, es decir, 1.552 menos de las que yo predije.

Lo cual quiere decir que el aumento de muertes en estos últimos meses ha sido simplemente estacional, sin que el COVID-19 haya dejado una huella apreciable en las estadísticas. Es cierto que la cifra de defunciones debería haber sido algo menor, ya que hubo cierto número de personas que murieron antes de tiempo durante la epidemia real (es decir, en marzo-abril), pero deberían quedar compensados, quizá con creces, por el número de infartos, quimioterapias, cirugías, etc. inatendidas a causa de esta locura que se ha apoderado de nuestras sociedades.

Es demencial, sí. Pero nadie me podrá acusar de no estar esgrimiendo argumentos científicos. La ciencia no es un contrato de asesoría en un ministerio: la ciencia es, ante todo, datos, razonamientos y predicciones verificadas. Recuérdenlo los afirmacionistas.

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domingo, 31 de enero de 2021

Los segundos dinosaurios

Por fin. Empieza a haber indicios de que las cosas van a cambiar. Era previsible, sólo que a lo largo de la historia los cambios suelen ser muy lentos y duran generaciones. A veces, simplemente están creciendo en la sombra durante años o siglos, larvados, hasta que un día, de repente, salta una chispa que los hace irreversibles. 

Algo así es lo que está sucediendo en los últimos meses. Durante siglos, los seres humanos han vivido con mentalidad de rebaño. No podían participar directamente en su sociedad. Sólo tenían la fuerza de la masa para cambiar la cúpula del poder. Y terminaban descubriendo, demasiado a menudo, que el remedio venía a ser peor que la enfermedad. 

Lo que nunca se les pasaba por la cabeza cambiar era la estructura del poder, sencillamente porque era imposible. Hasta el día de hoy, la mentalidad de los individuos ha sido jerárquica, y el modelo llamado 'democracia' se limitaba a atenuar los abusos del poder en un grado más o menos tolerable. Pero el ejército siempre fue jerárquico, al igual que las religiones o la policía y, más recientemente, el sistema monetario y los medios de comunicación.

¿Cómo cambiar la estructura de poder, si ni siquiera existía un modelo viable? Las comunas (las libertarias, no las comunistas) trataron de disociarse de la sociedad jerarquizada, pero estaban basadas en un modelo del ser humano irreal. Los seres humanos somos buenos y malos, benéficos y deletéreos, y sólo la disciplina de las sectas puede reconducir esa realidad.

No. El cambio real de las sociedades no era posible porque la comunicación entre las personas tenía un componente material imposible de evitar. Las cartas eran transportadas a mano o en diligencias, trenes o aviones, el tamtam se oía en toda la selva, el telegrama y el teléfono permitían comunicarse uno a uno solamente, y la radio y la televisión crearon una masa pasiva de espectadores, tan manipulables como agradecidos por no tener que digerir la información ni correr el riesgo de pensar por sí mismos. 

Cuando nació Internet, era evidente que el mundo, tarde o temprano, tenía que cambiar. Sencillamente, porque la estructura de Internet no es jerárquica. Está hecha de redes. Sin embargo, era aún demasiado pronto para materializar esas redes. En primer lugar, porque la gran mayoría de la población todavía no estaba interconectada. Y, en segundo lugar, porque las generaciones más antiguas habían crecido en sociedades en que la información y el poder estaban centralizados. 

Durante dos generaciones, la población trasplantó de la vida cotidiana a Internet el modelo de comunicación centralizada (el único que conocían). Así nacieron los grandes monopolios de la comunicación. Viejos esquemas, en el fondo. Todos en Twitter, juntitos y abigarrados. O en Facebook, exhibiendo por primera vez en la historia su narcisismo al resto del mundo. Pero estamos ya en la tercera generación, que no ha nacido ante un aparato de radio o un televisor. Para ellos, el modelo centralizado es absurdo, porque en una red todos se pueden comunicar con todos, y cada uno de ellos tiene libertad para escoger. 

La chispa que ha desatado el inevitable cambio de sociedad ha saltado en estos últimos meses. Los jerarcas de las grandes tecnológicas, embriagados de su propio poder, se han llegado a creer omnipotentes y han decidido censurar los contenidos que no les gustaban. El poder les ha hecho olvidar una realidad que para ellos debería haber sido obvia: en una red abierta cada uno se puede comunicar con quien prefiera. Y, quieran ellos o no, la estructura de nuesta sociedad es ya una red abierta. 

Sólo en este último mes, cien millones de usuarios se han pasado de WhatsApp a Telegram, y el proceso no se detiene. Las migraciones no han hecho más que empezar, y por fin, después de tres décadas, los nuevos poderosos van a tener que aceptar que deben competir por sus usuarios.

Los bancos centrales están también mirando con aprensión la popularización de las criptomonedas. Son ya muchas, cada vez más, las empresas que aceptan cobrar en criptomonedas, ante la impotencia de quienes, durante siglos, monopolizaron la acuñación de las monedas y controlaron la economía. Al servicio de modelos que terminaban, siempre, favoreciendo a los poderes fácticos.  

Pero la verdadera chispa, que para algunos ha abierto las puertas del infierno, ha sido el reciente fenómeno en torno a GameStop. Por primera vez en muchos, muchos, muchos años, una empresa financiera no ha podido seguir robando tranquilamente a los pequeños inversores mediante la manipulación del mercado de acciones. Y ha saboreado su propia medicina, en carne propia. Ya era hora. 

Las puertas están abiertas. El camino no será fácil, y estará jalonado por avances triunfales y retrocesos dolorosos, pero es irreversible. Cuando las personas comprenden que tienen la posibilidad de ser libres, generalmente escogen serlo. En comparación con una vida humana, los procesos históricos son lentos, y es posible que yo no vea el final de ese camino. Pero estoy convencido de que la era de los monopolios está llegando a su fin.

Los dinosaurios murieron a causa de un meteorito, pero de todos modos no habrían sobrevivido. Les faltaba agilidad e inteligencia. Esperemos que las generaciones futuras sepan hacer realidad la gran revolución del futuro: la segunda extinción de los dinosaurios.

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lunes, 11 de enero de 2021

Does anyone?

Does anyone know a lot of history? 'Cause I don't. No, but I surely wouldn't have missed the main, most striking, historical events. Recorded events, okay. How about having read that at some distant, remote point in (space and) time, the world became crazy? Yes, out of their mind. Well, I never read about anything close to it. Except, perhaps, for one bittersweet event, not many decades ago.

The more I think about it, the more similarities I find between both. You may have guessed I am referring to Orson Welles. Well, actually a combination of him and one H. G. Wells. Two wells to fall in. For the price of one.

The title was War of the Worlds, and wreaked havoc in the United States, around--well, sometime in the last century. It sufficed to air--literally--a fiction story about invading aliens, and a part of the world became crazy. It didn't last long, though, and the broadcaster had to face a few tough consequences. But, apart from that, life went on.

Now, life is stuck. Lunacy is increasingly rampant, and freedom is, step by step, day by day, vanishing. It seems like a bad dream. Yes, yes, a nightmare, which is to say a bad dream. And maybe it is. Who knows anymore.

I can still play my piano. Just enough to enjoy it. Books, I rarely read any nowadays. Walking, cycling, or riding mechanical horses/birds is just out of reach, I don't know for how long yet. So all I have left is writing, And thinking. The impalpable man. Yeah, it's a short story I wrote a long time ago. El hombre impalpable.

I tend to see myself as a character of Samuel Beckett's novels. Just beginning to. Funny, in a way. I'm not pessimistic, just a bit numb. Outside it's freezing cold, and all I have to do is let the time pass. Or, at least, let the clock run. Freedom, as we know it, may never come back, but spring will, and with it...

With it, what? Je m'en fous. So long, Nobody.

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domingo, 20 de diciembre de 2020

Matryoshkas and semantics

Representations are everywhere around us. We use words to describe concepts, perceptions, or emotions, and letters and drawings to capture abstract concepts and the relations between them. However, words and their combinations are usually not representations themselves, but merely references to mental items that, at least in a number of frameworks, can be adequately --and productively-- represented. Elsewhere, I have proposed a methodology to approach human language in terms of categories and relations, which might lead to a wholistic formalization of semantics.

How comprehensive that approach may ultimately be, is still to be elucidated. For now, I would like to refer to one particular case where the lack of a representation implies a non-concept, i.e. a concept syntactically formulated, but actually devoid of any possible meaning.

To that end, we will start by defining a matryoshka as any spatial object having a specific matryoshka shape S and zero thickness. This means that all possible matryoshkas will have exactly the same shape, i.e. S, and will differ only in their volume. Because each matryoshka has thus been unequivocally defined, we may now define the mathematical set of all matryoshkas. Note that it will not be possible to identify the biggest matryoshka, because, by definition, whatever the matryoshka we may select, there will always exist a bigger one. Of course, the converse is also true, and therefore it will not be possible to identify the smallest matryoshka in that set.

Now, let's associate to each matryoshka M a different list Lm, selected from the set of all lists. Once we have done that, we associate to each matryoshka M the list Um of all the lists associated to the matryoshkas nested within M. Whatever M we choose, the list Um will always be smaller than the list of all lists, because there will always be a matryoshka M' larger than M and, therefore, a list Lm' different from Lm.

This means that, to consistently denote the list of all lists, we should use the symbol associated to the matryoshka of all matryoshkas. In fact, we have been using the concept of a matryoshka as a representation of the concept of a list. Is it an acceptable representation? As far as we can tell, there is a one-to-one correspondence between the set of lists and the set of matryoshkas, and the relation between lists has a clear correlate in the relation between matryoshkas. So, what is that thing sometimes referred to as “the list of all lists”? It is easy to see that that question is a non-question. “The matryoshka of all matryoshas” is just a string of words without a referent, and we cannot possibly identify a concept for which we do not have a representation. When I say identify, I mean locate in the data aggregate of our mental concepts.

Now, you can repeat the matryoshka-list association process for any set that may be claimed to be a member of itself. The notion of a set that is a member of itself lacks a representation, and therefore is a non-concept. This is a first step to delve into Russell's paradox, which postulates the existence of a 'set of all sets that are not a member of themselves'. A non-subject cannot possibly be the subject of a paradox, e.g., I could state any number of (meaningless) theorems about 'the point where a circle ends'.

Even if we are usually not aware of it, semantics is strongly linked to spatial mental models, onto which it gets represented, then processed. That is why I propose that all semantic tokens are, at a deep (subconscious) level, a representation, and therefore susceptible to get algebraically formalized, as I have expounded in my papers. If that is true, any research on semantics, whether distributional or not, should be focussed on structures, rather than metrics. That is the reason distributional semantics models cannot be expected to fully capture the semantics of human language. At least, insofar as their output is presented in terms of spatial fields, rather than articulated data.

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martes, 15 de diciembre de 2020

El mercado de futuros

Mi amigo Jesús me envió ayer un enlace en el que alguien se despachaba a gusto contra los especuladores, la bolsa, el mercado, etc. etc. A partir de una noticia que el autor del artículo no había entendido (y no se había molestado en entender), el artículo se limitaba a ensartar los tópicos habituales sobre el 'malvado' capitalismo y sus secuaces, tal como los describe machaconamente la propaganda izquierdista. Como Jesús es una de las pocas personas que conozco que escucha sin prejuzgar, se me ocurrió escribir un texto para aclararle las ideas. Sí, esas mismas ideas que miles de obtusos propagandistas repiten día a día por todas partes como loritos amaestrados. Pero al final, después de reflexionar un poco, he decidido publicarlas aquí. Quién sabe. Tal vez a alguien le sirvan de ayuda para salir del oscurantismo imperante. Allá voy.

En la bolsa no cotizan materias primas, porque las materias primas no son empresas. En la bolsa cotizan sólo empresas que deciden dividir su capital en pequeñas fracciones para que los pequeños inversores puedan participar como copropietarios de la empresa, con sus beneficios y sus riesgos. Un inversor comprará acciones de una empresa porque la ha investigado a fondo, y confía en que esa empresa creará riqueza y puestos de trabajo. Un especulador, en cambio, compra sólo porque cree que el precio va a subir y espera vender con beneficio.

Parece lo mismo, pero no es lo mismo. Los inversores de bolsa esperan ganar dinero a largo plazo. A corto plazo las fluctuaciones son enormes, y a menudo es más fácil perder dinero que ganarlo. Ahí entran en juego los especuladores, que prevén que el precio va a subir o bajar a causa de factores externos: los tipos de interés, la moda de un producto, los datos de empleo o de PIB, las epidemias, las vacunas... Todo eso afecta a los precios a corto plazo, pero especulando es más fácil perder dinero que ganarlo. Con la burbuja inmobiliaria de los años 2000, muchos ganaron mucho dinero (si supieron vender a tiempo, que no es nada fácil), pero muchos más perdieron muchísimo cuando explotó la burbuja. Con las vacunas, muchos han ganado dinero comprando acciones de Pfizer, pero son muchos más los que han perdido comprando acciones, por ejemplo, de Sanofi.

En bolsa se negocian también los llamados 'contratos derivados', que están asociados al precio de las acciones. Los orígenes de esos contratos fueron los 'contratos futuros', que inventaron los agricultores para asegurarse un ingreso fijo a cambio de su cosecha. Meses antes de la recolección, el comprador se compromete a pagar al agricultor un precio fijo por la cosecha, que es menos de lo que el agricultor podría ganar, pero más de lo que podría perder si hay pedrisco, langosta, sequía, etc. El comprador, por su parte, espera ganar dinero si todo va bien, pero también se arriesga a perderlo todo si las cosas van muy mal.

En cualquier caso, siempre hay un riesgo, y los especuladores a menudo pierden hasta la camisa. Cuanto más dinero quieres ganar, más tienes que arriesgar, así que los especuladores son más parecidos a los clientes de un casino que a unos buitres despiadados.

A veces, el agua escasea. Como no es posible saber cuándo lloverá --y, por lo tanto, si su precio bajará o subirá--, puede haber consumidores o empresas que prefieran contratar un precio fijo por hectolitro para el año que viene. Al igual que los agricultores, se aseguran un precio fijo, que no dependerá de las variaciones del consumo ni del tiempo meteorológico, y evitan así correr riesgos. Quienes se comprometan a pagar ese precio se arriesgarán a que el año próximo, en lugar de haber sequía, haya lluvias torrenciales y el precio del agua baje. En ese caso, perderán dinero. Pero los contratos futuros los firman libremente ambas partes, y el hecho de que haya un mercado de contratos es una garantía de que habrá muchos compradores que competirán entre sí y, por lo tanto, los precios no serán abusivos. La libertad de mercado es la mejor garantía contra los abusos.

Con el tiempo, los 'contratos futuros' evolucionaron. En lugar de asociarlos a productos básicos, como las naranjas, el petróleo o el agua, ahora es posible asociarlos también al precio de una acción determinada. Las ganancias pueden ser espectaculares, pero el riesgo también es enorme, y son muchos los que se arruinan comprándolos. Personalmente, yo me sentiría más seguro jugando a la ruleta.

Resumen: 
ganar mucho dinero = correr mucho riesgo
libertad de mercado = garantía contra los abusos

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viernes, 4 de diciembre de 2020

Continuity, acuity

What is continuity? Or, better still, how do we conceive continuity? For example, if an arrow moves along a trajectory, we conceive its movement as continuous, that is, we would not allow the arrow to ever 'skip' any empty stretch of space. And that should be so from the very beginning. For an arrow to even start moving, it would have to pass from its initial position to a contiguous one smoothly, and then onwards. Unfortunately, this mental model raises a number of issues.

For one, if we were able to identify a contiguous position, then we would also be able to identify the location where both positions meet. Would that location be an intermediate position? Hardly so. Any intermediate position would be contiguous to the previous one and to the next one, and therefore the initial contiguity would be lost.

This conundrum was already pointed to, although in different terms, by Zeno of Elea in his renowned paradoxes, particularly the one about the 'impossibility' for an arrow to ever move. But also the one about Achilles and a tortoise, whereby the speedy Achilles could never get to reach a tortoise sluggishly pacing ahead of him. 

As centuries went by, the development of mathematics --specifically, mathematical analysis-- brought about the notion of real number, which formally solved the problem of the discontinuity of rational numbers, i.e. any numbers which could be expressed as the quotient of two integers. The problem with real numbers, however, is that, by introducing infinity to define continuity, they exclude the notion of contiguity. Two real numbers can be selected as close to each other as we choose, but could never be contiguous to each other. There will always be an infinity of real numbers between them.

The mathematical definition of continuity has proved to be a most useful and indispensable tool in engineering, architecture, physics... and mathematics, among others, so it would be ludicrous to even think of dispensing with it. The problem seems to reside not in the formal rules of mathematics themselves, but in the realm of mental concepts and, hence, human language. We would very much like to think that, as Achilles sprints, he does not get lost in an dizzying maze of infinite infinities before being able to reach a crawling tortoise ahead of him. 

A solution to this quandary could perhaps be arrived at by formalizing the concept of acuity. Depending on the means we use to assign a number to a physical magnitude, the precision of such assignment will be variable, but unavoidable. Insofar as we could never exactly pinpoint a location in space, or determine a mass, a pressure value, or an atom's velocity, some degree of fuzzines is to be inexorably counted on, no matter what.

We could specify that degree of fuzziness, e.g., by expressing the value of a magnitude not as one single number, but two, the second one being the threshold of our accuracy. As an example, Achilles' position in his pursuit of the tortoise would be expressed not as 0.35, but (0.35, 3), 3 being the number of decimal places we are confident to have measured with precision. We could refer to it as the 'acuity' of the measurement.

According to this convention, then, one specific measurement could be expressed as any number of different pairs (n, q), where n would be a number, and q its acuity. Thus, if Achilles' position were determined as (0.35, 3), then we would know for sure that he is not at 0.36, but the positions 0.350001 and 0.349998 would be, as far as our determination is concerned, equally acceptable.

The above is not a quantitative definition. Any pair (n, q) could be used to describe Achilles' location at any instant (t, u), and what mathematicians call the equivalence class of all such pairs could be used as a definition of the concept of 'location'.

How would this new concept get over Zeno's paradoxes? Insofar as locations have been defined as fuzzy concepts, both Achilles and the tortoise would also occupy a fuzzy territory, and there would always be at least a pair (n, q) that would describe both Achilles' and the tortoise's location. By increasing the acuity, their positions could be discriminated, e.g. as resp. (n, q), (n', q),  in such a way that, when Achilles's next step is greater than n' - n, we could always find an acuity that discriminates him as ahead of the tortoise.

Being a qualitative definition, the above does not seem to help much to the advancement of science--that is, until we enter the quantum realm. At a quantum level, we will find that there is a limit to the discriminating potential of a measurement, essentially determined by the Planck constant. Furthermore, the acuity of time measurements could also be expected to reach some limit, not because of the inherent nature of time, but rather because of the inherent nature of our own relation to reality, including our instruments' readings.

But the main lesson to be learnt from the above is semantic. Numbers are not really useful at describing mental processes. Instead, qualitative concepts such as 'range' and 'contiguity' are. Computers may provide a fashionable model to represent mental processes, but the human mind, I am afraid, does not generally compute. It categorizes, compares and connects. A hardware configuration that duly reflects those processes might therefore provide the key to understanding the human mind.

Fortunately, hardly anybody will ever read this post, much less take it seriously. For finding out how the mind works would --eventually will, but I will not be to blame-- open a door to the hell of total control of the population, which to this date is already worrysome enough. So, let this post remain insignificant, drifting forever in the vast ocean of the Internet. This is what I have found. It may be stupid, or useful, who knows. But I have to content myself with just having written it and getting it published. It is intimately frustrating, but morally reassuring.

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domingo, 29 de noviembre de 2020

Abstracciones

El mundo de los conceptos es complejo e intrincado, pero tiene una característica inalterable: es cualitativo, no cuantitativo. Podemos trocear mentalmente un arco iris tanto como queramos y asignar una palabra a cada uno de esos trozos pero, hasta donde nuestra vista nos lo permita, siempre encontraremos matices que nos dejarán insatisfechos. 

A lo largo de la historia, esa posibilidad de dividir un concepto indefinidamente ha inspirado dos modelos de la realidad basados en supuestos diferentes: (1) las divisiones se terminan; (2) las divisiones nunca se terminan. La primera concuerda bien con la humilde constatación de que nuestros sentidos (y nuestra memoria) tienen un límite, y de que no disponemos de un tiempo infinito para averiguar si la continuidad es ese zoom que nunca se termina.

Para resolver los problemas de la vida cotidiana, nuestros antepasados adoptaron un modelo práctico que no tomaba partido entre esas dos posibilidades. Pesar trigo, distribuir sopa o medir telas eran operaciones en las que todas las partes podían ponerse de acuerdo sin complicarse la vida más de lo necesario. Pero algunos inconformistas se preguntaron si aquellos dos modelos les permitirían --además de comerciar, distribuir o construir-- explicar.

¿El universo estaba hecho de aire, agua, fuego y tierra, o de átomos indivisibles? ¿Una flecha en movimiento recorría un número infinito de puntos durante un número infinito de instantes? ¿El tiempo y el espacio fluían eternamente? ¿Una circunferencia era un polígono con un número de lados infinito? Estas, y muchas otras preguntas parecidas, tenían respuestas diferentes según el modelo mental que uno adoptara, y en algunos casos extremos ni siquiera fue posible declarar un vencedor. Por ejemplo, después de larguísimas y amargas controversias, hemos tenido que aceptar que la luz, aparentemente, está hecha de ondas continuas y, al mismo tiempo, de partículas indivisibles.

Está claro, pues, que el objeto de la ciencia no es describir la realidad, sino construir modelos abstractos que la expliquen lo más fielmente posible. Aquellos primeros pensadores de la era antigua no especularon en vano. Confrontadas con la realidad, sus ideas fueron siendo aceptadas o descartadas y, con el tiempo, alumbraron el método científico, gracias al cual hoy nos alimentamos, nos protegemos y nos transportamos infinitamente mejor que los primitivos cazadores de mamúts. 

Pero, a medida que nos esforzamos por explicar la realidad, también vamos descubriendo que es inagotable. Los físicos de nuestros días manejan conceptos tan inabarcables como el universo y tan impalpables como los quarks. Tocar un cable eléctrico nos puede dar calambre, pero el concepto de campo eléctrico es completamente abstracto. Y la abstracción, como en tiempos de Demócrito, nos aboca, todavía hoy, a problemas a los que sólo podemos responder con conjeturas.

Pero no cualquier conjetura. Las conjeturas que han resuelto los problemas más profundos han sido el resultado de un cambio de modelo mental. El sol no gira alrededor de la Tierra, el éter no existe, la generación espontánea es imposible, las especies biológicas evolucionan, los continentes se mueven. Cada una de esas conclusiones ha costado a sus descubridores años, a veces siglos, de rechazo, olvido e incomprensión. 

Uno de los problemas, casi metafísicos, a los que se enfrentan los físicos de hoy está relacionado con la naturaleza del tiempo. En lo esencial, no estamos tan lejos de Demócrito. ¿O quizá deberíamos decir, mejor, Zenón de Elea? Los lectores de este blog, si es que todavía queda alguno, ya conocen mi admiración y mi obsesión por las geniales paradojas de Zenón. Una y otra vez, vuelvo a ellas y me vuelvo a hacer preguntas. Esencialmente, una: ¿podemos formalizar el modelo en el que se basa, implícitamente, nuestra noción del espacio y del tiempo?

No estoy seguro. Con todo, muchos siglos después de Zenón, todavía creo ver grietas en los fundamentos de ese modelo que, o bien nadie ha llegado a cuestionarse, o bien han tapado con parches de artificiosa gutapercha teórica. Por ejemplo, incapaces de definir el concepto matemático de conjunto, los especialistas lo han susitituido por una compleja lista de axiomas que, para cualquier ser humano sensato, son cualquier cosa menos evidentes. Deus ex machina, dirían los aficionados al teatro.

Ya he escrito otras veces, y no poco, sobre las paradojas de Zenón. El concepto de continuidad significa que cada punto de una línea, teniendo dimensión cero, está conectado con otros dos, uno a izquierda y otro a derecha. Con una peculiaridad: si asociamos a ese punto un número real, no hay ningún otro punto que esté inmediatamente contiguo a él. Cómo es posible el movimiento según ese modelo, es un misterio que los matemáticos hasta ahora, que yo sepa, no han explicado.

El concepto de punto de dimensión cero plantea otros problemas. Si identificamos mentalmente uno de tales puntos, por ejemplo el punto medio de un segmento, tenemos que deducir que una mitad de ese segmento está a su derecha, y la otra mitad a su izquierda. Llamemos M a ese punto. Naturalmente, estamos suponiendo que M es parte integrante de nuestro segmento. ¿Qué sucederá cuando cortamos el segmento en dos? El punto M no se puede desdoblar, porque entonces no sería un punto, sino dos, y, siguiendo ese razonamiento, todos los puntos del segmento podrían desdoblarse hasta el infinito. Por lo tanto, tenemos que suponer que M se queda en una de las dos mitades. Pero entonces, ¿cómo identificaremos el extremo de la otra mitad? ¿Como el punto inmediatamente contiguo a M? Problema: en nuestro modelo tal cosa no existe. Aun así, curiosamente, sí le podemos asignar un nombre. 

La operación de división, por ejemplo en dos mitades, es la operación inversa de la multiplicación, que no es otra cosa que una suma repetida. Si hablamos de longitudes, sumar es poner una cosa a continuación de otra. Como esas dos cosas tienen extremos claramente identificables, el punto de unión --llamémoslo U-- conectará uno de esos extremos a continuación del otro. Pero en el mundo de los números reales eso no es posible. De modo que tenemos que suponer que U o no formará parte del nuevo segmento o será el resultado de fundir en uno solo los dos extremos acoplados. En el primero de estos dos casos, podremos referirnos a U indistintamente como "el antiguo extremo del lado izquierdo" o "el antiguo extremo del lado derecho", pero en el segundo caso U será indistinguible y no tendremos ninguna posibilidad de ponerle nombre. Peor todavía: si U son dos puntos fundidos en uno, tendrá que poderse desdoblar.

Pero vamos al tema de hoy. Si contemplamos la suma como una operación cualitativa, los segmentos que sumemos podrán tener cualquier longitud. Lo único que importará es que podamos contar uno a uno los puntos de unión para obtener el resultado de nuestra suma (o multiplicación). Por ejemplo, si acoplamos dos palos de escoba uno a continuación del otro, el resultado será el número 2, sea cual sea la longitud de cada palo. En este caso, sin embargo, la operación inversa sólo será posible si invertimos el sentido del tiempo, para poder identificar los trozos que previamente habíamos unido. Si no tenemos esa información sobre el pasado, cualquier combinación será posible, y la entropía habrá aumentado.

En cambio, cuando contemplamos la suma como una operación cuantitativa, sólo nos interesará que esas dos mitades sean iguales con independencia de su pasado y, por lo tanto, estaremos dando por supuesto que el tiempo es reversible sin coste alguno. Esto quiere decir que estaremos describiendo una realidad de entropía cero, y nuestro modelo, por consiguiente, no describirá adecuadamente el mundo real. 

Todo esto quizá no tendría importancia si la física teórica hubiera encontrado un modelo teórico que conectara adecuadamente la realidad microscópica con la macroscópica, pero tal cosa todavía no ha sucedido. Tampoco tendría importancia si la semántica fuera una ciencia formal, capaz de explicar en profundidad el fenómeno del lenguaje humano y de predecir, de manera verificable, sucesos lingüísticos posibles. Ninguna de esas dos cosas ha sucedido (quizá la segunda sí) y, en cualquier caso, yo no puedo dejar de hacerme preguntas. 

Tampoco importa mucho. Este blog flota a la deriva, desde hace muchos años, dentro de una botella insignificante en la inmensidad de un océano sin faros ni puertos. O quizá, si uno piensa en sus antepasados, rueda, arrastrado por el viento, por la inmensidad de un desierto en el que los oasis son raros y siempre muy lejanos. A estas alturas ya, imposibles de encontrar.

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jueves, 19 de noviembre de 2020

Placer, aventura y desafío

Estimados contactos:

Hoy he decidido que no voy a seguir enviando ya datos sobre el famoso virus que asola, no sé si el planeta, pero sí los medios de comunicación y los gobiernos de casi todo el mundo. En estos últimos meses he podido comprobar hasta qué punto el miedo es capaz de inhibir el sentido común y el espíritu crítico, que son dos de los pilares de la sociedad en la que me gustaría vivir. El silencio o la fe ciega de muchos de vosotros me han hecho comprender que mi esfuerzo es, definitivamente, inútil.

Voy a resumir cómo ha evolucionado mi actitud a este respecto desde el comienzo. Las primeras noticias que venían de China traían a la memoria otras alarmas sanitarias relativamente recientes que finalmente se quedaron en nada. Estoy pensando en las vacas locas, la gripe aviar, la gripe A, SARS, MERS, y otras más sutiles pero persistentes, como el terror al aceite de oliva (en los años 80) o a comer huevos, y una larga lista de alimentos 'malsanos' que sigue creciendo día a día. Todo ello, para alborozo de la OMS, que necesita seguir manteniendo a una enorme legión de burócratas ricos, vagos e incompetentes. Los he padecido en persona, así que sé de lo que hablo.

De modo que, aunque algunas informaciones eran preocupantes, en un principio pensé que la cosa no sería grave. Cuando la epidemia, de pronto, apareció en Italia, se desató una gran confusión. Al principio, se hablaba de una simple gripe. No había que controlar las fronteras, porque en España apenas iba a haber casos, y además teníamos la mejor seguridad social del mundo. Poco después me enteré de que no éramos los únicos: también Francia y el Reino Unido tenían, por lo visto, "la mejor seguridad social del mundo".

Una noche, escuchando a Nigel Farage en LBC Radio, comprendí que había razones para alarmarse, y adopté medidas. Poco a poco, fui haciendo acopio de alimentos y artículos de primera necesidad, y dejé de viajar en autobús. Por aquellos días, los autobuses en esta ciudad iban abarrotados de turistas italianos, y muchos de esos turistas acudían todos los días en masa a la plaza del Ayuntamiento, donde se apretujaban miles de personas para asistir a un espectáculo pirotécnico. Por si eso fuera poco, en los casales de barrio las reuniones festivas eran casi diarias, y varios miles de hinchas del equipo de fútbol local pasaron un fin de semana en Milán --precisamente el foco de la epidemia-- para asistir a un partido multitudinario.

Poco tiempo después se decretó el encierro obligatorio (que los más cursis llaman 'confinamiento'). Los medios de comunicación oficiales --es decir, prácticamente todos-- quitaban importancia al asunto, pero en los medios más disidentes empezaron a aparecer imágenes espeluznantes de enfermos en los suelos de los hospitales, caravanas secretas de coches fúnebres y, por las redes sociales, testimonios angustiosos de sanitarios desbordados por la situación y desesperados por la falta de medios para protegerse siquiera ellos mismos.

Durante dos largos meses sólo salí de casa para tirar la basura. Las calles estaban desiertas, a las ocho de la tarde los balcones se llenaban de vecinos aplaudiendo al aire, y por las redes circulaban canciones de escasa calidad musical pero que, con un nudo en la garganta, nos aseguraban que sobreviviremos, como si en lugar de un virus se hubiera abatido sobre nosotros una invasión extraterrestre.

Los datos eran, más que contradictorios, caóticos. El virus persistía en una misma superficie apenas dos días, tan sólo unas horas o hasta varias semanas, según el estudio científico que uno leyera. Las mascarillas al principio no servían para nada, al poco tiempo eran imprescindibles, y en Suecia no fueron necesarias. El periodo de incubación era tan corto como unos días, según unos, o tan largo como unas semanas, según otros. La velocidad de contagio era de uno a tres, pero en realidad era de uno a cien, o tal vez de uno a mil. Los enfermos asintomáticos contagiaban, pero luego no contagiaban, y después sí contagiaban otra vez. La enfermedad se curaba con hidroxicloroquina, pero luego ya no. En cambio, el dióxido de cloro era milagroso, pero después era inútil. El Remdesivir era mano de santo, después fue dudoso o peligroso, y al poco tiempo era otra vez inocuo y eficaz.

En realidad, la cosa se curaba con gárgaras o con vahos, según algunos. Resultó que no. Hasta leí un estudio científico (sic) que aseguraba que fumar tenía un efecto preventivo. Pero en seguida empezaron a circular las teorías conspiratorias. Los chinos habían fabricado y exportado el virus para destruir a Occidente (y de paso quedarse sin clientes a los que vender sus productos). O los verdaderos creadores del virus eran los Estados Unidos, para destruir a China, o cierto magnate húngaro que tiempo atrás --y esto sí es cierto-- había enviado al holocausto a otros judíos como él. Ah, y se me olvidaban las ondas electromagnéticas y la radiación 5G. Los murciélagos, por supuesto, eran tan inocuos como un cirujano ante la mesa de operaciones.

Por fin, tres meses después, llegó la "nueva normalidad", así llamada por cierto sujeto que no sólo nunca había leído a George Orwell, sino probablemente ni su propia tesis doctoral. Sujeto que, recordémoslo, no cayó del cielo, sino que fue votado por otros sujetos que, un siglo después de Lenin, siguen creyendo que la riqueza no se consigue trabajando, sino vampirizando a los que trabajan. Unos, arrimándose a la teta de la vaca y otros, directamente, comprando la vaca. (Por si alguien está en la inopia, los que trabajan son la vaca).

A esas alturas, la vaca estaba ya francamente famélica, pero el mensaje, alentador, era que por fin habíamos derrotado al virus. Todos juntos. Cómo podíamos estar todos juntos y, al mismo tiempo, mantenernos a distancia era un misterio nunca explicado, pero lo importante era que saliéramos a la calle, triunfantes, que consumiéramos mucho y que disfrutáramos de la vida. Y, para que quedara claro, el gobierno se apresuró a dar ejemplo yéndose de vacaciones.

La situación se empezó a aclarar. Las cifras eran igual de confusas, pero en general no parecían preocupantes. Poco a poco, fue quedando claro que el virus se había cebado en los más ancianos, y que los niños y los jóvenes no corrían más peligro que cuando cruzaban la calle escribiendo jajajajaja en el móvil. Llegó el verano, las playas y las discotecas se llenaron y los más agoreros pronosticaron terribles hecatombes. Pero a finales de septiembre las cifras fatídicas eran muy bajas, y manifiestamente estables.

En octubre empezó otra vez la alarma generalizada, pese a que las cifras no la justificaban. Por aquellas fechas me llamaron la atención sobre los falsos positivos de las pruebas PCR. En laboratorio, el porcentaje efectivo de falsos positivos se acercaba al 50% para unos valores de prevalencia muy bajos, como es, todavía hoy, el caso. En condiciones reales y a escala industrial, hay dos factores a tener en cuenta y que empeoran esa cifra: la posibilidad de contaminación de las muestras, y la circunstancia de que los análisis PCR son procesos de amplificación de fragmentos de ARN. Cuantos más ciclos de amplificación, más vestigios de código genético aparecerán, y por lo tanto menor será la carga viral que detecten.

Esto quiere decir que un resfriado común (uno de los cinco coronavirus que circulan hoy por el mundo) puede dejar un vestigio suficiente para dar un resultado positivo, sin que el sujeto esté enfermo o contagiado. Así, a medida que aumentaba el número de tests aumentaba vertiginosamente el número de falsos positivos, que sin embargo el gobierno y los medios se empeñaban en calificar como 'casos' o 'contagios'. Se desató el terror. A esas alturas, se sabía ya que el riesgo mortal para los menores de 55 años era muy bajo, y para los mayores de 55 sanos, mucho menor de lo que parecían indicar las cifras totales. Cualquier medida social que ofreciera protección a ese sector de la población habría sido infinitamente más barata que cercenar la economía y enviar al hambre, a la miseria y al suicidio a miles o millones de personas. Se llama 'relación coste/beneficio'.

A día de hoy, el riesgo de morirse por cualquier causa en España es todavía un 30% inferior al de enero de 2005, y aun así la población está aterrorizada. Yo no soy ni microbiólogo ni periodista, pero no creo que haya un solo microbiólogo que ignore todo esto, aunque a estas alturas dudo que haya todavía periodistas que merezcan ese título. Me queda la duda de si esta alarma desorbitada se debe a premeditación o a incompetencia, pero lo que tengo por cierto es que esta crisis no es sanitaria, sino política e ideológica. En mi opinión, es una crisis del estado del bienestar.

Hay una ecuación inevitable en todos los actos de la vida humana: el grado de seguridad es inversamente proporcional al grado de libertad. Para ser realmente libre hay que correr riesgos, y medio siglo de estado protector en Europa ha acostumbrado a la población a temer el riesgo. Las noticias persistentes sobre alimentos que generan colesterol, obesidad o cáncer y sobre la polución del medio ambiente, más las alarmas --científicamente injustificadas-- de cambio climático, han reforzado ese estado de terror. Y hemos caído en nuestra propia trampa.

Se nos ha acostumbrado a valorar la duración de la vida, aunque sus últimos diez o quince años sean vida vegetativa y humillantemente dependiente, y nos han impedido valorar la calidad de la vida. No digo que sea preferible para todos vivir sin privarse de quesos, dulces, alcohol y otras sustancias, y --tal vez-- morirse antes. Naturalmente, es una decisión personal. Pero no universal. Cada uno debe poder aquilatar los riesgos que corre, y equilibrarlos con las compensaciones que le reportan. Se llama libertad.

La libertad y la seguridad son dos mitades irreconciliables de una ecuación, pero no son simétricas. Hay una ideología de la libertad que quiere que todos seamos libres, respetando a nuestro prójimo, y hay una ideología de la seguridad que quiere que todos estemos protegidos siempre. Todos, siempre. Y esa es precisamente la diferencia: la ideología de la libertad es liberadora, mientras que la ideología de la seguridad es totalitaria.

Yo quiero tener la libertad de ser libre: la libertad de correr riesgos. Y no alimento la fantasía de ser inmortal. No sé si acabaré algún día convertido en un geranio, en una silla de ruedas empujada por un desconocido. Desde luego, no lo haré a costa de correr no sé cuántos kilómetros cada día, de hacerme una y otra vez pruebas de colesterol y de privarme de los alimentos que me gustan. Para mí la vida es placer, aventura y desafío, y así quiero que siga siendo. Pasaré malos ratos, y no serán los primeros, pero no voy a tirar la toalla. Amantes de la seguridad e inquisidores de mi libertad, tenedlo presente: sólo se vive una vez.

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domingo, 8 de noviembre de 2020

Descubrimiento de la poesía

No sé cuándo tuve conocimiento de que existía la poesía. Mi madre, desarraigada de su Bilbao natal por la decisión de mi padre de trasladarnos todos a Madrid, nos relataba a menudo, en aquellos primeros años de destierro, historias añoradas de su juventud reciente, de la guerra civil, de costumbres que ella había vivido y que ahora sonaban marcianas en aquel barrio lumpen, desolado, de un Madrid inhóspito donde casi nunca llovía.

Era una mujer muy original --demasiado, según para qué cosas-- y a menudo sorprendente. En aquella época, la gente no consumía música ni palabras y disfrutaba del albedrío de jugar con ellas, así que es posible que a mi madre se le escaparan de vez en cuando algunas rimas, que ella no habría dejado de comentar y que fueron, seguramente, lo que la impulsó un día a hablarme de los bertsolaris.

Conservo todavía un pequeño cuaderno de tapas duras de mi infancia en el que, entre dibujos de inventos mecánicos imposibles y anotaciones intrascendentes, escribí, de mi puño y letra, mi primera poesía. Era la semblanza de un paleto muy bruto, que yo retrataba con intención humorística, inspirada en los personajes de las historietas de los 'tebeos', aquellas revistas infantiles que mi madre nos compraba todas las semanas.

Aquella primera creación, resultado de una feliz combinación de bertsolaris y caricaturas en viñetas, se integró algún tiempo después en el concepto más general de literatura gracias a la pequeña biblioteca de mi padre, que yo me leí casi entera. No siempre con fruición, porque más de un título era demasiado indigesto para mi edad, pero el aburrimiento de leer a Proust era para mí preferible a participar en intercambios de pedradas o en partidos de fútbol belicosos, improvisados en descampados áridos bajo cielos de acero.

Aun así, me apasionaba leer. Los libros eran para mí la única ventana a una realidad digna de ser vivida, o al menos imaginada. Por eso cuando, años después, un día me abordó en la calle un joven y me propuso suscribirme a un club de lectura --dos libros mensuales a cambio de una cuota para mí asequible--, acepté con entusiasmo. Los dos primeros libros que les compré fueron Así habló Zaratustra y Campos de Castilla.

La lectura de Campos de Castilla inspiró mi primera poesía propiamente dicha. Se titulaba 'Andalucía', y la escribí con dieciséis años de edad:

Silencio azul de un ocaso.
Agoniza el sol poniente...
Un firmamento muy raso
se va estrellando al oriente.
El agua fresca de un vaso...

Llena el aire con sus notas
una guitarra gitana.
La promesa de un mañana
se desvanece en las gotas
de una fuente muy cercana.

Casi al mismo tiempo que yo me embelesaba con la poesía de Machado, descubrí en la papelería de mi madre un libro que despertó mi curiosidad. Era la legendaria antología de poetas españoles de 1927, de Gerardo Diego. Desde aquel mismo día y durante semanas, me sumergí en aquel torrente de poesía que me abría más horizontes de los que yo era capaz de explorar. Más que un contacto con la belleza o con las emociones, era un descubrimiento de la capacidad expresiva de las palabras.

He dicho de las palabras, no del lenguaje. La poesía surrealista, que por aquel entonces habían abrazado la mayoría de los poetas, no es, propiamente hablando, lenguaje. Son palabras. Palabras hiladas con un ritmo y una sonoridad evocadores. “Infame turba de nocturnas aves, / gimiendo tristes y volando graves”, escribió Góngora en su Fábula de Polifemo y Galatea, concentrando en sólo dos versos todos los recursos de la poesía plástica: el ritmo, la prosodia y la evocación sensorial y emocional.

No toda la poesía es así. Hay también una poesía reflexiva, por la que siento menos afinidad, y que representaba muy bien un coetáneo --y, comprensiblemente, antagonista-- de Góngora: Francisco de Quevedo. Por ejemplo, en su famoso soneto “Miré los muros de la patria mía, si un tiempo fuertes, ya desmoronados...” La emoción que puede suscitar este tipo de poesía depende de hasta qué punto uno esté de acuerdo con el autor y con sus principios morales (que, naturalmente, están también sujetos a los vaivenes de la historia... y de la moda).

Hay un recurso más del que echan mano los poetas surrealistas, y que es quizá el más potente de todos: las combinaciones de significados inesperados. Todavía no he olvidado un fragmento de un poema de Rafael Alberti que leí en aquella antología, y que terminaba diciendo “... una navaja de afeitar abandonada al borde de un precipicio”. La navaja de afeitar es un objeto de la vida cotidiana, pero inquietantemente cortante, y ha sido abandonado (¿por quién?, ¿por qué?) en un lugar particularmente peligroso. Parece poco sensato que alguien use una navaja, o para afeitarse o para lesionarse, justo antes de arrojarse a un precipicio, pero la combinación repentina de esas dos imágenes nos coloca en un estado de ánimo sobrecogedor: el misterio, la desesperación y el sentido de la vida irrumpen de pronto en nuestro mundo emocional con la fuerza de una tempestad.

Digan lo que digan los 'entendidos', yo he llegado a la conclusión de que la poesía surrealista y, en general, buena parte de la poesía, no significa nada. No es un mensaje coherente. Ni siquiera un mensaje coherente expresado mediante metáforas. Pero, aun siendo un mensaje dislocado y amalgamado, tampoco es esa 'escritura automática' que argüían sus autores, inspirados en la técnica psicoanalítica que estaba de moda por aquel entonces: dejar que el paciente diga lo primero que se le ocurre. Igual que en un psicoanálisis, el poeta trata de hacernos sentir lo que le está emocionando, con la diferencia de que sus lectores rara vez son psicoanalistas y, aunque lo fueran, no podrían conversar con él para desentrañar lo que quiere decir.

En tiempos de Góngora el psicoanálisis no había sido inventado, pero Góngora recurre a un artificio genial que da un resultado muy parecido. En lugar de construir las frases siguiendo las reglas del español en uso, las recompone usando la sintaxis del latín. Naturalmente, para un lector común y corriente que no haya estudiado latín, los versos de Góngora son desconcertantes. Y, a primera vista, incomprensibles. Por ejemplo, en las Soledades podemos leer, refiriéndose a un náufrago que ha caído al mar:

Del siempre en la montaña opuesto pino
al enemigo Noto,
piadoso miembro roto,
breve tabla, delfín no fue pequeño

Después de leer estos versos unas cuantas veces, sospechamos que todas esas piezas están descolocadas, pero también sospechamos que no han sido escritas al azar. De entrada, vemos que entre una montaña y un pino hay una relación evidente. Si además averiguamos que el Noto es un viento, ya tenemos un punto de partida: un pino en una montaña, expuesto al viento. Seguidamente, el pino 'opuesto' y el viento 'enemigo' nos sugieren una pugna entre dos rivales, y ninguna de esas dos partes parece dispuesta a ceder, porque ya en la primera línea hemos leído que eso sucede 'siempre'. Al abolir las normas gramaticales a las que estamos acostumbrados, Góngora tiene libertad para empezar con un 'siempre' que nos deja en suspenso y va a presidir la escena, nos transporta después a una montaña, y por último coloca en ella dos adversarios paralelos enfrentados entre sí. ¿Literatura, arquitectura, o cine? Las tres cosas al mismo tiempo, diría yo.

Pero la descripción continúa. Una vez construida esa escena, podemos quedarnos simplemente con la idea de que nos están hablando “del [...] pino” y pasamos a los dos versos siguientes, donde nos encontramos con otro paralelismo, esta vez simétrico: miembro roto, breve tabla. Como estábamos hablando de un pino, ese miembro roto sólo puede significar una rama desgajada, convertida en una pequeña (“breve”) tabla, flotando. Para el pobre náufrago, el hallazgo es providencial, algo así como si la tabla se “apiadara” de él. ¿Cómo podemos imaginarnos esta escena más vívidamente? Como si la tabla fuera --nos responderá Góngora-- un delfín al que el náufrago se ha conseguido agarrar para salvar su vida. El náufrago respira, aliviado: aunque la tabla era “breve”, para él ha venido a ser como un delfín “no pequeño”. ¿A alguien le parece, como a mí, que esta descripción tiene un cierto regusto andaluz?

Gracias al latín, podemos descomponer los versos de Góngora y recomponerlos después siguiendo las reglas de nuestro lenguaje habitual, pero en la poesía surrealista eso ya no es así. Para los surrealistas, ese proceso no es necesario porque, le encontremos o no sentido a lo que acabamos de leer, el efecto visual y emocional habrá sido lo primero que experimentemos, y para ellos eso es lo verdaderamente importante. Al centrarse sólo en la pirotecnia de las imágenes, tienen las manos libres para sugerir, en lugar de relatar. Con ellos, la poesía surrealista corta amarras y se separa inconfundiblemente de la prosa.

Por cierto, en las demás artes estaba sucediendo lo mismo. Pensemos en la evolución de la pintura de Kandinsky, desde esos primeros paisajes, cada vez menos verosímiles, hasta las sutiles estructuras de trazos sin ningún significado. O en los paisajes de Cézanne, que marcan exactamente el punto de transición entre la realidad y las sugerencias de la realidad. En música, también Schönberg estaba por aquellas fechas rompiendo definitivamente los moldes de la armonía, y sumergiéndonos en un universo de disonancias tan meritorio como, por otra parte, inaguantable.

De todos aquellos poetas de la Antología, mis dos preferidos fueron Pedro Salinas y Vicente Aleixandre. Mi admiración hacia Pedro Salinas era comprensible, si uno piensa que yo estaba en plena adolescencia y aún no tenía ocasión de enamorarme a menos de quinientos metros de distancia. Pero, mientras la poesía de Salinas era una melancolía ingrávida, los versos de Aleixandre eran marejadas de luz y música, y labios y alas y nubes. Descendientes directos de la sensualidad gongorina, como descubrí algún tiempo después.

Sombra del Paraíso es, para mí, el libro más representativo de la obra de Aleixandre, y también su obra cumbre. Aunque sólo fuera por esa mágica descripción de la Málaga de su infancia, que comienza diciendo:

Siempre te ven mis ojos, ciudad de mis días marinos.
Colgada del imponente monte, apenas detenida
en tu vertical caída a las ondas azules,
pareces reinar bajo el cielo, sobre las aguas,
intermedia en los aires, como si una mano dichosa
te hubiera retenido, un momento de gloria, antes de hundirte para siempre en las olas amantes.

Pero en Sombra del Paraíso Aleixandre ha empezado ya a alejarse del surrealismo. Hay un lento camino desde esos versos de 'Muñecas', en Espadas como labios:

Un coro de muñecas
cantando con los codos,
midiendo dulcemente los extremos,
sentado sobre un niño;
boca, humedad lasciva, casi pólvora,
carne rota en pedazos como herrumbre.

hasta ese conmovedor 'Llueve', en Poemas de la consumación:

En esta tarde llueve, y llueve pura
tu imagen. En mi recuerdo el día se abre. Entraste.
No oigo. La memoria me da tu imagen sólo.
Sólo tu beso o lluvia cae en recuerdo.
Llueve tu voz, y llueve el beso triste,
el beso hondo,
beso mojado en lluvia. El labio es húmedo.
Húmedo de recuerdo el beso llora
desde unos cielos grises
delicados.
Llueve tu amor mojando mi memoria,
y cae, cae. El beso
al hondo cae. Y gris aún cae
la lluvia.

Hoy he releído esos y otros muchos poemas de Vicente Aleixandre, que sobrevivían todavía en libros muy viejos, agostados ya y desencuadernados, en mi biblioteca. Siempre es un riesgo releer a autores que en la primera juventud nos entusiasmaron. En mi caso, no todos me siguen despertando el mismo entusiasmo. Pero hoy, después de releerlas con la misma emoción de entonces, las poesías de Vicente Aleixandre ocupan todavía un puesto muy alto en el podio de mis autores más admirados. Y de mis paraísos imposibles.

Por aquella mano materna fui llevado ligero
por tus calles ingrávidas. Pie desnudo en el día.
Pie desnudo en la noche. Luna grande. Sol puro
Allí el cielo eras tú, ciudad que en él morabas.
Ciudad que en él volabas con tus alas abiertas.

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jueves, 29 de octubre de 2020

Datos (y datas)

Miro una y otra vez las estadísticas y me cuesta creerlo. No los datos en sí mismos, sino la manera en que los gobiernos y los medios los están interpretando. Por supuesto, la interpretación más simplista es la de que "ha habido tantos miles de muertes esta semana", o "los contagios están aumentando a un ritmo de tanto cada x días". En las noticias leemos diariamente que "aumenta la preocupación por el aumento de casos", sin aclarar quién o quiénes son los que están tan preocupados. Datos como el de la mortalidad en Suecia (dos muertes diarias atribuidas al virus, a fecha de hoy) son silenciados, y los datos históricos que podrían arrojar luz sobre el asunto hay que ir a buscarlos en recónditas gráficas oficiales. Tarea de muchas horas, en mi caso meses, hasta que uno puede hacerse una idea de qué es lo que realmente está sucediendo.

Pues bien, a continuación voy a tratar de explicar lo que, según datos oficiales, está sucediendo. Empecemos con la gráfica de muertes por todas las causas en España. En el año 2004 (en que este dato ni siquiera salió en las noticias), las defunciones semanales aumentaron muy rápidamente desde el valor mínimo del verano hasta la segunda semana de enero: un 75%. En 2020 las cosas son un poco más complicadas, porque la ola de marzo-abril y el encierro forzoso alteraron sustancialmente la interpretabilidad de los datos. Pero, si tomamos el valor mínimo anual (7 de junio) como referencia, un aumento del 75% hasta comienzos de 2021 tampoco merecería ser noticia. Lo cual quiere decir que, si en la segunda semana de enero alcanzáramos 1.800 defunciones diarias, seguiríamos estando en valores estadísticamente admisibles. En la semana del 11 de octubre, el aumento desde los mínimos del verano era sólo un 14.7%, muy lejos todavía del 75%.

Veámoslo desde otro punto de vista. Desde el 11 de octubre de 2004 hasta el máximo de enero de 2005, las muertes semanales aumentaron un 64%. Si siguiéramos esa misma evolución en 2020, a comienzos del año próximo podríamos llegar a 2.000 defunciones diarias por todas las causas, y el dato seguiría sin merecer ni una mención en el telediario. Veremos lo que nos trae el futuro.

Pero, ¿y en valores absolutos? Teniendo en cuenta el aumento de la población española, el número total de muertes en la semana del 11 de octubre aumentó un 8% respecto de 2004, es decir, un 0.0014% de la población española. Dicho de otro modo, en una ciudad de un millón de habitantes estaban muriendo en esas fechas 2 personas más cada día, posiblemente a causa del virus (cuyo nombre no menciono para que no me censuren este blog).

Sí, ya sé que estos cálculos no casan bien con las cifras exorbitantes que nos llegan todos los días por todas partes, pero son el resultado de simples multiplicaciones y divisiones lógicas a partir de los datos oficiales del INE.

Veamos ahora el número total de muertes por todas las causas en lo que va de año, es decir, desde el 1 de enero hasta el 11 de octubre: 383.841. En esa cifra, naturalmente, deberían estar incluidas todas las defunciones causadas por el virus desde que la epidemia se empezó a extender por España. Si extrapolamos los valores máximos de los últimos 20 años, concluiremos que una cifra de 350.000 no habría sido alarmante. La diferencia son cerca de 34.000 muertes, presumiblemente causadas por la epidemia. En términos porcentuales, 34.000 muertes representan un 0.07% de la población española. ¿Quiere esto decir que el sistema sanitario de España no estaba preparado para atender a un 0.07% más de casos fatales en poco más de nueve meses?

Vamos a examinar esto desde otro punto de vista. Ya hemos concluido que un máximo de 2.000 muertes diarias no debería ser un problema para la Seguridad Social, ya que sería estadísticamente aceptable. En 2020 ese máximo fue rebasado sólo en la semana 14, en que se llegó a contabilizar 20.653 fallecimientos (2.950 diarios). ¿La cacareada seguridad social española no tenía previsiones para hacer frente a un exceso de 950 defunciones diarias en el conjunto de España durante sólo una semana? Los cables de los ascensores están calculados para soportar el doble del peso máximo autorizado (un 100% de más), pero la sanidad española, por lo visto, no tiene planes de contingencia para soportar un exceso del 58% a lo largo de siete días, y tuvo que recurrir en muchos casos a medios de la sanidad privada (que sí tenía plazas disponibles). Quizá esto explique que los ministros de izquierda, cuando se ponen enfermos, se vayan directamente a la clínica Ruber.

Repito que no estoy negando que haya una epidemia. Lo que quiero señalar es que las cifras, al menos a 11 de octubre, no justifican en absoluto las alarmas catastrofistas de que estamos siendo víctimas, y no sólo en España. El dogma socialdemócrata, con su énfasis desmesurado en la seguridad a expensas de la libertad, está con el culo al aire, y sólo unos medios de comunicación incompetentes, cobardes y adoctrinados consiguen, hoy por hoy, mantenerlo. Si los ciudadanos somos adultos para votar, también lo somos para protegernos. La misión del estado, en situaciones como esta, debería limitarse a informar. Y, en los casos más acuciantes, a echar una mano.

La limitación indiscriminada del contacto social retrasa la consecución de la inmunidad colectiva y prolonga la agonía económica y social. Y la obligación de llevar mascarilla hace que sus portadores, reutilicen las mascarillas durante muchísimo más de cuatro horas, y hace también que se sientan seguros y no guarden las distancias (que es precisamente la única medida aconsejable). Entre tanto, aumentan los suicidios, las larguísimas colas de los comedores de caridad (que los medios se han prohibido a sí mismos divulgar), los enfermos de otras dolencias que temen acudir al hospital o sólo pueden hablar con su médico por teléfono, las depresiones, las quiebras de empresas y el desempleo.

En pocas palabras: es el caos.

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