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sábado, 18 de mayo de 2019

Tres países imaginarios

He decidido comprarme un automóvil. ¿Por cuál me decidiré?

Si soy una persona práctica, tal vez me atraigan más los coches de bajo consumo, con espacio de sobra para mi equipaje y para mi familia, sin preocuparme mucho de si son bonitos o feos. O tal vez me preocupa la seguridad, y en tal caso probablemente me decidiré por un automóvil robusto. En cambio, si lo que busco es atraer al sexo opuesto me compraré un deportivo rápido y esbelto, y con que tenga cabida para dos personas me parecerá suficiente. Aunque también puede suceder que mi vecino se haya comprado hace poco un coche despampanante y yo no quiera ser menos que él.

Sea cual sea el vehículo que compre, la decisión que finalmente tome dependerá de lo que yo más valore. En otras palabras, nuestras decisiones y nuestra forma de vida dependen en buena medida de nuestra escala de valores.

No siempre somos conscientes de esto, porque a menudo las personas con las que nos relacionamos tienen una escala de valores parecida. No en el caso de los coches, naturalmente, pero sí en otros muchos aspectos que a menudo nos pasan inadvertidos. En fin de cuentas, cada sociedad es como es porque una mayoría de sus ciudadanos tienen unos valores más o menos comunes. Quizá por eso las religiones, con sus códigos fijos de comportamiento, han sido durante siglos las grandes unificadoras de las sociedades y de las naciones.

Se podrían escribir ríos de tinta sobre el tema, pero hay dos valores cruciales que determinan en buena medida cómo es una sociedad. Esos dos grandes valores son la libertad y la dignidad. Es cierto, todos valoramos la libertad y la dignidad, pero no todos las entendemos de la misma manera. Según cómo interpretemos el significado de esas dos palabras, nos encontraremos con tres tipos de sociedad diferentes, que voy a tratar de describir imaginando tres países ideales. Ninguno de esos tres países existe en la realidad. Son modelos de sociedad exagerados, en los que todos sus habitantes entienden y valoran la libertad y la dignidad de una misma manera. En el mundo real, las sociedades que todos conocemos son, en mayor o menor grado, una combinación de esos tres modelos. A saber:

Libertonia

En Libertonia, la libertad es un tesoro. Además, la dignidad consiste en ganarse la vida con el propio esfuerzo, y quienes lo consiguen son admirados y emulados. El progreso, por lo tanto, consiste en afrontar valientemente los desafíos: vencer dificultades, resolver problemas, luchar por mejorar las cosas y la vida de las personas. Libertonios eran quienes inventaron la radio, la lavadora o el automóvil, quienes descubrieron las leyes de la física o de la biología, o quienes conquistaron los polos o el Everest.

En una pequeña ciudad de Libertonia vive Lulú, que es una cocinera excelente. Tan excelente que, atendiendo a los ruegos de sus vecinos, empieza a venderles tartas para los cumpleaños y otras celebraciones. Inevitablemente, se corre la voz por la ciudad, y Lulú cada día tiene más encargos. Tantos, que llega un momento en que apenas da abasto y, para resolver el problema, sube los precios. El negocio empieza a ser tentador porque, al haber subido los precios, Lulú gana mucho dinero con cada tarta que vende. De modo que, al poco tiempo, otros vecinos de la ciudad empiezan a cocinar tartas y a venderlas a ese mismo precio.

Tanto proliferan los vendedores de tartas que Lulú empieza a tener menos clientes. No es grave, porque el beneficio era muy alto y Lulú puede permitirse bajar un poco los precios para recuperar clientela. Aun así, el negocio sigue siendo muy atractivo, y por todas partes aparecen nuevos reposteros. Es más, algunos empiezan a ofrecer tartas innovadoras, más apreciadas por los clientes, y Lulú pronto comprende que, además de bajar los precios, tendrá que introducir cambios en su negocio. Además de ensayar nuevas recetas, se da cuenta de que, si contrata repartidores, ganará un tiempo precioso. No sólo creará puestos de trabajo, sino que tendrá tiempo para cocinar más tartas cada día. Incluso descontando lo que pague a los repartidores, calcula que podrá mantener o mejorar sus beneficios.

Al principio, los repartidores son jóvenes que se conforman con un sueldo módico y unas propinas. Los jóvenes de la ciudad están encantados, porque los demás reposteros también han echado cuentas y empiezan a contratar repartidores, igual que ha hecho Lulú. Gracias a todas esas innovaciones, la repostería sigue siendo un negocio atractivo. La clientela aumenta. Surgen nuevos cocineros, que a su vez contratan a más repartidores, y llega un momento en que los aspirantes a repartidor empiezan a escasear. Si quieren mantener su margen de beneficios, los reposteros no tendrán más remedio que pagarles más.

Es un momento crítico. Algunos no reaccionan a tiempo, empiezan a perder dinero y tienen que cerrar el negocio. Pero el afán innovador de los libertonios es inagotable, y los reposteros que sobreviven siguen introduciendo cambios para mejorar la calidad y bajar el precio. Gracias al afán de iniciativa de los libertonios, el desempleo disminuye, los precios bajan, las tartas son cada vez mejores y más variadas, los sueldos aumentan, y ahora incluso los repartidores tienen dinero para comprar tartas.

Naturalmente, el desempleo no llega a desaparecer del todo. Siempre hay personas que, por razones de salud o de edad, no pueden trabajar o no dan más de sí. Pero los libertonios son sensibles a esa realidad, y se organizan espontáneamente para ayudar a esas personas. Para ellos es doloroso ver que alguien no puede conseguir lo que ellos más valoran: ganarse la vida con su propio esfuerzo. Así que los más ricos crean escuelas, hospitales y universidades con sus propios medios. Otros donan lo que pueden a las organizaciones de caridad, o se ofrecen como voluntarios de vez en cuando para echar una mano.

Aun así, a veces entre todos no dan abasto, y cuando eso sucede el Estado se ocupa del resto, con cargo a los impuestos. Pero, debido a esa buena predisposición de tantos libertonios, los gastos que debe afrontar el Estado son muy pequeños y, por lo tanto, los impuestos son muy bajos. Los libertonios disponen de casi todo lo que ganan y, por consiguiente, consumen más y se arriesgan más a crear nuevas empresas. Es decir, generan más bienestar y más riqueza para todos. Es un círculo virtuoso. Invencible. Ellos lo llaman ‘progreso’.

Tribalonia

En Tribalonia la libertad también es un tesoro, pero sólo la mía y la de los míos. Además, para los tribalonios la dignidad consiste en que nadie les diga lo que tienen que hacer. Por eso, cuando alguien se equivoca la responsabilidad siempre es de otro. Los tribalonios hablan de izquierda y de derecha, pero son sólo apariencias. En el fondo, les da igual, porque para prosperar en la vida no tienen que hacer méritos trabajando más y mejor, sino que recurren a amistades, parientes, influencias e intercambios de favores.

En Tribalonia, la movilidad social es muy escasa, porque en la práctica es una sociedad de castas. Uno sólo puede acceder a una casta superior mediante amistades, relaciones familiares, matrimonios o intercambios de favores. Además, la honradez de los tribalonios se termina donde se termina su círculo de intereses. Fuera de ese entorno, les parece perfectamente justificada la mentira, el engaño, el soborno, la estafa y la apropiación indebida.

En Tribalonia, Lulú es una cocinera excelente. Alguna vez ha pensado en ganarse algún dinero vendiendo sus tartas, pero no es nada fácil. Todas las tartas que venden en las pastelerías son de marca. Sólo hay tres marcas de repostería, y todas ponen los mismos precios. Además, los trámites burocráticos que hay que cumplimentar y las normativas exigidas para emprender un negocio de venta de tartas son inacabables y muy costosos. Esto es así porque las tres grandes marcas de repostería tienen una gran influencia en el Gobierno de Tribalonia y en su parlamento, y las leyes que se promulgan responden casi siempre a los intereses de esas tres marcas.

De modo que, a la larga, en Tribalonia nada se mueve. Los ricos y sus allegados siguen siendo ricos, y los pobres, pobres. Los tribalonios lo llaman ‘progreso’.

Izquierdonia

En Izquierdonia la libertad es un tesoro, pero el Estado decide quiénes tienen o no libertad y qué libertades les convienen. Además, para los izquierdonios la dignidad consiste en no ser menos que nadie, independientemente lo que cada uno se esfuerce. Por eso los que más tienen son los más envidiados, tanto si lo han conseguido con su esfuerzo como si no. La aspiración máxima de los izquierdonios es que todos sean lo más iguales posible.

En Izquierdonia, la iniciativa personal sólo es aceptable cuando el Estado decide que es buena. Por eso, si uno quiere prosperar lo mejor que puede hacer no es esforzarse, sino estar a bien con el Estado. Muy a menudo es más conveniente crear una organización que fomente las ideas del Estado y pedir una subvención. Ese es el caso de una habitante de Izquierdonia llamada Lulú.

Lulú es una cocinera excelente, al contrario que Mercedes, su vecina, que suele cocinar de cualquier manera porque prefiere tumbarse en el sofá por las mañanas a ver su telenovela favorita. Mercedes hace meses que está desempleada. En su último trabajo la despidieron. Ella había hecho todo lo posible para que la echaran, con el fin de cobrar el seguro de desempleo. La empresa anterior había quebrado, porque sus empleados se escaqueaban siempre que podían. Al fin y al cabo, los empresarios son unos cerdos que ganan mucho dinero gracias al trabajo de los demás. De modo que ahora Mercedes se pasa el día en el sofá y le compra a Lulú sus tartas con el dinero que el Estado le paga por no trabajar. El caso de Mercedes no es único. En Izquierdonia hay muchos desempleados, y para poder pagar todas esas prestaciones de desempleo el Estado cobra unos impuestos asfixiantes.

Un día, Lulú se harta de trabajar para pagar impuestos. El negocio va mal, y Lulú decide pedir una subvención para su negocio de tartas. Gracias a la subvención, Lulú ganará ahora un sueldo decente, e incluso cederá a la tentación de tumbarse en el sofá también ella a mirar una película. Resulta que trabajando menos gana lo mismo que antes, o incluso más. El resultado final de esta política es que los izquierdonios cada vez trabajan menos, y para pagar un número creciente de subsidios el país se endeuda hasta niveles exorbitantes. Naturalmente, para devolver semejante deuda los impuestos tienen que seguir aumentando. Ellos lo llaman ‘progreso’.

Finalmente, los gobernantes de Izquierdonia se hartan de que las empresas privadas exploten a los pobres trabajadores y deciden estatalizar todas las empresas. Se cumple el sueño de todos los izquierdonios: la liberación total de los ciudadanos. Ahora ya nadie tiene que esforzarse por trabajar más o mejor, porque todos van a ganar un sueldo digno, hagan lo que hagan. Antes, Lulú se esforzaba por mejorar la calidad de sus tartas, por crear tartas nuevas y por bajar los precios, pero ahora el responsable político de la Empresa Estatal de Repostería no tiene que preocuparse por nada: su empresa tiene un presupuesto anual, asignado por el Estado, y a él le da igual que la empresa gane o pierda dinero. Lo importante para él es ser fiel al partido y a las consignas de sus dirigentes.

Como nadie tiene estímulo para hacer las cosas mejor, las empresas cada vez ofrecen peor servicio. En poco tiempo se crea un mercado negro que permite conseguir lo que no ofrece el Estado, aunque a precios exorbitantes y sin estar seguro de la calidad de lo que uno compra. Las estafas y los abusos están a la orden del día, y finalmente los estraperlistas acaban organizándose en bandas mafiosas que crean toda una economía paralela y que —no siempre por medios pacíficos— terminan repartiéndose el país por regiones o por sectores económicos. Naturalmente, sin pagar impuestos. Así sucedió, por ejemplo, en la Unión Soviética durante la era socialista, y así ocurre siempre que el Estado se empeña en decidir lo que es bueno o malo para sus súbditos. Sucedió durante la ley seca en Estados Unidos, y sigue sucediendo todavía en casi todo el mundo con el negocio de las drogas prohibidas.

¿Qué porcentaje de cada uno de estos países tiene la sociedad en la que usted vive? Parece una buena pregunta.


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jueves, 21 de noviembre de 2013

Du côté de chez Darwin

Igual que uno no puede evitar amar el chocolate, yo no puedo evitar hacerme preguntas sobre la teoría de la selección natural. Esta no es la primera ocasión en que hablo del asunto, y espero no repetirme mucho. Ya me he referido en otras ocasiones al instinto de ciertas abejas que desovan en el interior de ciertas arañas para que sus crías, al nacer, se alimenten del cuerpo aún vivo de la araña. El consentimiento de la araña se consigue paralizándola, es decir, clavándole el aguijón en un punto milimétricamente preciso para inyectarle la sustancia paralizante.

Desde que leí por primera vez esta historia, me he preguntado muchas veces cómo puede la abeja saber el lugar exacto en que debe clavar el aguijón. ¿El algoritmo 'Identifica la especie X - Clávale el aguijón en el punto Y - Inyecta tu veneno - Desova' se ha formado en su sistema nervioso por selección natural? Ya sé que la selección natural no opera de hoy para mañana, sino en el transcurso de miles, quizá millones de generaciones, pero ¿cuántos millones de años necesita un chimpancé para escribir el Quijote golpeando sin parar las teclas de un teclado?

La comparación no es del todo buena, porque tendríamos que dejar que nuestro chimpancé partiera con ventaja. Antes de él, otros millones de chimpancés habrían ido mejorando textos cada vez más parecidos al Quijote. Golpeando el teclado al azar, naturalmente. Pero, aún así, mi pregunta sigue en pie: ¿cuántos millones de generaciones de chimpancés harían falta para llegar a escribir una reproducción exacta del Quijote, salvo posiblemente alguna que otra coma, acento o vocal equivocada?

Hace años, en Ginebra, anidó en el hueco de mi ventana una golondrina que no parecía muy azorada por mi presencia al otro lado del vidrio. Así que me entretuve en observar cómo construía el nido, y reparé en que no siempre usaba ramitas recogidas del suelo, sino que de cuando en cuando recogía también las tiritas de celofán desechadas después de abrir los paquetes de cigarrillos y las entretejía con las demás ramitas. ¿Era una confusión, o el resultado de una abstracción? Las tirillas de celofán, en efecto, desempeñaban perfectamente la misma función que las ramitas. ¿Estaba la golondrina obedeciendo ciegamente el algoritmo 'Recoge cualquier cosa que parezca una ramita - Trénzala en el nido que estás fabricando'? ¿O estaba buscando objetos que le sirvieran para trenzar (es decir, tenía un plan)? Aunque a primera vista no lo parezca, son dos cosas completamente distintas.

Digo esto porque me parece imposible negar que, para evolucionar, la selección natural tiene que operar también sobre abstracciones. Nacer con alas por efecto de una mutación no sería más que una rémora si uno no naciera además con la facultad de usarlas. Sería un callejón sin salida evolutivo, y la mutación no reportaría ninguna ventaja a efectos de supervivencia, sino más bien al contrario. Algo así como roncar por las noches.

Pero tampoco basta con tener alas y poder usarlas. Hay que poder usarlas para volar. Sin caerse. Si alguna vez un animal naciera con alas y lo único que supiera hacer con ellas es aplaudir, ¿deberían pasar unos cuantos miles de generaciones más hasta que otra mutación le permitiera volar? Es bastante dudoso, a menos que sus predadores, halagados por los aplausos, le perdonaran la vida.

Hay otro aspecto de la selección natural más abstracto todavía. Me refiero a los extremos de comportamiento de los seres humanos. El bien y el mal, el caos y el orden, el egoísmo y la generosidad, la zafiedad y el refinamiento. ¿Por qué, después de miles de generaciones seleccionando a los más aptos, ninguno de esos rasgos ha conseguido triunfar sobre su opuesto? La única respuesta que se me ocurre es que se necesitan mutuamente. Por alguna razón que se me escapa, una sociedad de Teresas de Calcuta o de estranguladores de Boston tiene menos probabilidades de sobrevivir que una sociedad en la que coexisten ángeles y demonios.

Lo mismo sucede con los sexos. Si los machos o las hembras de una especie tuvieran una sola posibilidad más de sobrevivir, tarde o temprano la especie se habría extinguido. Sin embargo, pese a las innumerables guerras libradas por los varones a lo largo de la Historia, los porcentajes de machos y hembras humanos se siguen manteniendo dentro de unos márgenes sostenibles. ¿Querrá esto decir que las guerras son necesarias para mantener el equilibrio 'ecológico' entre los sexos? No necesariamente. En algún sitio creo haber leído que después de una guerra el porcentaje de varones que nacen aumenta ligeramente, como si la naturaleza supiera que tiene que compensar el déficit.

Todo esto es muy misterioso, y no tengo ni idea de cómo lo explicaría el Sr. Darwin. La especie humana ha sobrevivido al Neolítico, a la Edad Media, al football y a José Luis Rodríguez Zapatero y, pese a tamaños percances, sigue habiendo pintores exquisitos y personas que disfrutan contemplando sus cuadros. Supongo que el sueño de una Humanidad sensible y cultivada es una utopía, pero me queda el consuelo de saber que, por más que se lo propongan, los zafios nunca conseguirán conquistar el mundo.

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miércoles, 2 de octubre de 2013

Zenón de Elea

El otro día comenté en uno de mis artículos la prepotencia de los filósofos en general y mi excepcional admiración por Zenón de Elea. A los pocos días, alguien -sin duda, un amante de la filosofía- me lanzó un comentario irreflexivo sin darse cuenta de que lo que en realidad estaba lanzando era un boomerang, como ahora veremos. Iremos por partes.

Mi comentarista empezaba clasificándome como enemigo de la racionalidad. El empeño de los filósofos por clasificar viene ya, como mínimo, de Aristóteles, cuyos escritos consiguieron detener el avance de la razón durante cerca de dos mil años. La medicina, por ejemplo, consistió durante siglos simplemente en establecer clasificaciones supersticiosas, explicándonos que el desequilibrio de ciertos humores nos había causado una pulmonía o que la fiebre o el dolor de cabeza tenían su origen en una disfunción del estómago, del corazón o del útero. Estoy seguro de que los curanderos, con su sabiduría empírica, sanaron a mucha más gente de la que asesinaron los médicos hasta bien entrado el siglo XIX.

Mi comentarista era, además, presumiblemente español y, por lo tanto, no hay que sorprenderse de que contemple el mundo en términos tribales: es decir, de amigos y enemigos. Me achacaba, en concreto, ser enemigo de la razón, simplemente porque en su catecismo filosófico las paradojas de Parménides y de sus discípulos los llevaban a conclusiones 'metafísicas'. Pero olvidémonos de mi comentarista.

Las paradojas de Parménides eran más intuitivas que razonadas, y reflejan ya la pereza mental que todavía aflige a los filósofos desde hace tres mil años, a causa de la cual, al alimón con los teólogos, no han dejado de perder terreno siglo tras siglo en favor de las ciencias experimentales. Parménides, pese a todo, no andaba muy desencaminado, como demostró después su discípulo Zenón con mucha mayor claridad de ideas.

Pero olvidémonos también de las borrosidades semánticas de Parménides. Las dos paradojas más lúcidas de Zenón hacen referencia al movimiento de una flecha y a una carrera imaginaria entre el veloz Aquiles y una parsimoniosa tortuga. Si la flecha lanzada por el arquero recorre una distancia, nos dice Zenón, en un instante cualquiera de su recorrido la flecha estará o quieta o en movimiento. Si en cualquier instante que escojamos la flecha está quieta, ¿cuándo se mueve? Pero si en cualquier instante que escojamos la flecha está en movimiento, no estará ya ocupando un punto, sino un espacio extenso, y para poder identificar un punto en ese espacio extenso tendriamos que suponer que en un instante cualquiera caben otros instantes, lo cual por definición es imposible.

La segunda paradoja nos invita a imaginar una carrera entre Aquiles y una tortuga que parte con ventaja. Suponemos, claro, que tanto el corredor como la tortuga se mueven sin parar. Cuando Aquiles llegue al punto en que ha echado a andar la tortuga, habrá transcurrido cierto tiempo, y en ese tiempo la tortuga habrá conseguido avanzar un poquito. Le quedan todavía a Aquiles unos centímetros para dar alcance a su competidora. Pero, antes de conseguirlo, deberá recorrer la mitad de esos centímetros y, cuando los haya recorrido, la tortuga habrá tenido tiempo de seguir avanzando. El razonamiento se repite cuantas veces queramos, de modo que, por muchas mitades que se esfuerce por recorrer Aquiles, la tortuga siempre habrá tenido tiempo de avanzar y estará por delante de él.

Sin embargo, todos -Parménides y Zenón incluidos- sabemos por experiencia que, en la vida real, el corredor alcanzará a la tortuga. ¿Qué sucede exactamente en el punto en que ambos coinciden, antes de que Aquiles prosiga su triunfante carrera? Los matemáticos nos explican que ese punto es, simplemente, el límite de una suma de infinitos números cada vez más pequeños. Naturalmente, nadie puede computar una suma que, por definición, nunca se termina, pero en ciertos casos -incluido el de Aquiles- es posible demostrar matemáticamente que la suma no podrá ser ni inferior ni superior a cierto número, que los matemáticos llaman 'límite', o 'punto de acumulación'.

¿Quiere eso decir que Aquiles alcanzará a la tortuga? No. Eso significa solamente que las infinitas mitades que va recorriendo tienen un límite exacto al que el veloz corredor, sin embargo, nunca llegará. Véamoslo de otro modo. Supongamos que entre el punto de partida de Aquiles y el punto en que coincidirá con la tortuga hay una distancia de un metro. Si en lugar de sumar las mitades que Aquiles va recorriendo nos fijamos en los puntos que va alcanzando, veremos que primero llegará al punto medio, 1/2. En la siguiente etapa imaginaria habrá recorrido la mitad de la mitad que le queda por recorrer, es decir, llegará al punto 1/2 + 1/4. En la siguiente etapa llegará al punto 1/2 + 1/4 + 1/8, y así sucesivamente.

La secuencia que hemos empezado a construir es infinita, pero el valor 1 no pertenece a ella. Podemos aproximarnos cuanto queramos al número 1, pero nunca llegaremos a él, porque no hay ningún número 1/2 + 1/4 + 1/8 + ... que sea igual a 1. Esta idea, que en sí misma es genial, permitió a Newton y a Leibniz inventar el cálculo infinitesimal, y a Dedekind y otros matemáticos definir los números irracionales. Pero lo que en realidad hicieron estos matemáticos fue sustituir cada número por una sucesión infinita que se aproximaba infinitamente a él. Y, para no complicar las cosas, siguieron llamando 'números' a esas sucesiones. El número pi, por ejemplo, es un número irracional. Sabemos calcular exactamente cualquier decimal de pi, por diminuto que sea, pero no podemos construir un segmento de longitud pi, porque no sabemos cómo construir una suma de infinitos segmentos.

Volviendo a Zenón, pues, nos encontramos con que hemos definido un método en virtud del cual Aquiles se aproximará cuanto queramos a la tortuga sin llegar jamás a tocarla. Como Aquiles, lo quiera él o no, implementará ese método y, pese a todo, alcanzará a la tortuga, tendremos que pensar que en algún momento nuestro razonamiento ha fallado. Para que Aquiles alcance el punto de acumulación en que se encuentra la tortuga, algo no previsto tiene que estar sucediendo.

Por ejemplo, que en un instante cualquiera Aquiles -y, por consiguiente, la tortuga- no esté situado exactamente en un punto sin dimensiones, sino en una extensión más o menos borrosa del espacio. Esa extensión, sin embargo, no puede tener unos límites exactos, porque si los tuviera podríamos aplicar a los límites el mismo razonamiento de antes y Aquiles seguiría sin alcanzar jamás a la tortuga. El lugar que ocupa Aquiles tendría que ser fluctuante, o tendría que extenderse con mayor o menor intensidad a todo el Universo.

La mecánica cuántica, tal como la conocemos hoy, admite ambas posibilidades. La primera, porque conocer el lugar en que se encuentra Aquiles es imposible sin influir en la realidad de Aquiles, y la segunda, porque se ha comprobado experimentalmente que ciertas partículas están emparejadas entre sí con independencia de la distancia que las separe. Este último fenómeno, que los físicos llaman 'entanglement', es lo que Einstein, incrédulo, llamaba también 'spooky action at a distance' (sobrecogedora acción a distancia).

Pero también es posible que lo que sea borroso es el tiempo. Algunos físicos contemporáneos están cuestionando la uniformidad y la continuidad del tiempo, y es concebible que, a una escala suficientemente pequeña, la manecilla de nuestro reloj marque al mismo tiempo las 12.00 y las 12.01, o que salte de repente de una a otra posición sin que haya nada que suceda ni pueda suceder entre esos dos 'instantes'. Lo que Zenón y Parménides cuestionaban, pues, no era la realidad o no del espacio o del movimiento, sino la adecuación de nuestros esquemas para describir la realidad que nos rodea. Hubo que dejar atrás la nefasta teología, el medieval Aristoteles dixit y una larga saga de charlatanes filósofos para que la ciencia experimental terminase dando la razón a aquellos dos pensadores.

Yo aceptaría la filosofía si se limitase a emular a Zenón. Quiero decir, a descubrir contradicciones en nuestros modelos de la realidad. Pero que ningún charlatán filósofo eche las campanas al vuelo. Los conceptos, tanto si el que los define es un filósofo como si es un mecánico de automóviles, deben ser precisos e inequívocos, y hacer referencia a cosas verificables. Nunca he entendido lo que son las mónadas, el superhombre o la epistemología, ni lo que puede tener que ver el mundo con la voluntad, nunca he entendido la diferencia entre inmanencia y trascendencia y no tengo ni idea de lo que es la instanciación existencial, simplemente porque el significado de todos esos conceptos estaba sólo en la mente de quien los concibió. Otros después de ellos han creído entenderlos, es cierto. Pero también hay quien cree firmemente en la reencarnación, hay quien está convencido de que derramar la sal da mala suerte y hay quien está seguro de haber visto espíritus en casas abandonadas.

No están solos en su fe. La filosofía, esa larga tradición de delirios prepotentes, está con ellos.

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