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sábado, 28 de noviembre de 2015

Democracia gaussiana

Dos de las cosas que más temen las empresas financieras son lo que en inglés se conoce como fat finger y fat tail.

Ponga usted a un novato ante una pantalla repleta de gráficos en zigzag, explíquele que apostando -¡ehém!, quiero decir invirtiendo- en aquellos gráficos se ganará un sueldo sustancial más unos incentivos tentadores, y la teoría de la probabilidad predice que, tarde o temprano, el novato apretará un día nerviosamente la tecla 9 y la empresa perderá 200 000 millones de dólares en lugar de simplemente 200 000 en una transacción mal calculada. Sin él darse cuenta, su fat finger habrá invadido la tecla 0 y la habrá apretado durante esas décimas de segundo deletéreas que separan las pérdidas tolerables de la quiebra financiera internacional.

Para entender lo que es una fat tail, imaginemos que acudimos a un concierto de rock multitudinario. Situémonos a la entrada y midamos la altura de cada uno de los asistentes (exceptuando los menores de edad). A continuación, clasifiquemos todos esos datos por alturas y representémoslos en coordenadas cartesianas. Podríamos encontrarnos, por ejemplo, con que sólo había un aficionado al rock que medía 143 cm y otro que medía 205 cm. Entre esos dos valores, el número de personas aumentaría progresivamente hasta alcanzar un máximo central: por ejemplo, 15.435 personas que medían 174 cm. Si representamos de ese modo todos los datos obtenidos, la figura resultante será una campana boca abajo. Ahora, simplemente echando un vistazo a nuestra curva, ya podemos afirmar que la mayor parte de los asistentes medían entre 156 cm y 189 cm (la parte central de la campana), y la probabilidad de encontrarnos con alguien más alto o más bajo (los bordes de la campana) será a todas luces pequeña.

Acabamos de representar la 'campana de Gauss'. La campana de Gauss -y otras distribuciones de probabilidad no tan elegantes- permite, por ejemplo, a los ingenieros diseñar presas que resistirán lluvias cercanas al diluvio universal, o -¡ehem!- centrales nucleares japonesas que resistirán tsunamis cercanos al Apocalipsis. Pero olvidémonos piadosamente de los ingenieros y démonos un paseo por Wall Street. O, mejor todavía, construyamos nosotros mismos otra campana de Gauss sustituyendo la altura de las personas por el porcentaje de subida o bajada del Dow Jones y el número de personas por el número de veces que ha sucedido cada una de esas oscilaciones. A la vista de nuestra flamante campana, ¿qué probabilidades hay de que el Dow Jones caiga un 70 por ciento en tres meses dos veces seguidas en tan sólo ocho años? Más nos habría valido consultar el oráculo de Delfos: la probabilidad es de un suceso cada varias decenas de miles de años. Fiasco.

Esto es lo que los inversores profesionales llaman fat tail: una probabilidad en los bordes de la campana mucho más alta de lo que la campana predice. Una empresa inversora que fundamente sus compras y ventas en la campana de Gauss está abocada, tarde o temprano, a la ruina más estrepitosa.

El problema es que, durante un tiempo que puede ser muy largo, el inversor puede engañarse pensando que sus probabilidades son las que le indican la campana de Gauss y el sentido común. Si Mr. Smith ha nacido después de 1930 y se ha jubilado antes de 2001, sus pérdidas y ganancias habrán sido estadísticamente previsibles, y Mr. Smith habrá podido retirarse con una pensión desahogada y una tensión arterial aceptable. Pero ¿podrán hacerlo también sus hijos?

La respuesta, evidentemente, es 'no'. Y la respuesta es 'no' porque, en la realidad del mundo real, los bordes de la campana de Gauss son más gruesos de lo que la teoría predice. ¿Qué quiero decir con esto? Quiero decir que, al igual que las centrales nucleares de algunos ingenieros, hay sistemas que han sido pensados para durar eternamente pero que están basados en una experiencia insuficiente. Uno de esos sistemas es la democracia.

Veamos un par de ejemplos de la vida corriente. En la barra de un bar no suele ser habitual que el camarero cobre las consumiciones antes de servirlas. Hay una convención tácita en virtud de la cual el cliente no saldrá corriendo en cuanto se beba su cerveza. Es cierto, siempre habrá algún que otro listillo que se escabullirá sin pagar su consumición, pero el número de tales clientes será aceptablemente pequeño (los bordes de la campana) y no valdrá la pena convertir los bares en campos de concentración para rebañar tan magras pérdidas.

También en los aeropuertos la campana de Gauss fue válida durante muchos años. ¿Quién iba a pensar que a un desaprensivo se le podía ocurrir secuestrar un avión para llevárselo a Cuba, o convertirse en una granada humana y tirar de la anilla en uno de los asientos de la clase turista? Sin embargo, empezó a suceder, y la libertad en los aeropuertos tuvo una existencia más efímera que en los bares. Poco a poco, la paranoia que había empezado en los aeropuertos se fue extendiendo a edificios oficiales, cajeros automáticos, túneles de metro, urbanizaciones, autopistas o discotecas, y empieza a haber ya muchos establecimientos que sí cobran la consumición antes de servirla. No nos damos cuenta, pero nuestras sociedades, todavía nominalmente democráticas, se van haciendo cada vez más totalitarias.

Es más, muchos ciudadanos están asumiendo de buen grado funciones hasta hace poco reservadas a la policía. La recepcionista del podólogo o la cajera del supermercado te exigen el documento de identidad, el empleado del banco recaba celosamente tu fecha de nacimiento, dirección, situación laboral y otros datos hasta hace poco intransferibles, y hasta el peluquero quiere conocer tu teléfono y tu dirección de correo electrónico. Allá en el fondo de las tinieblas, atisbando tras la mirilla de las puertas del infierno, el padrecito Stalin no cabrá en sí de gozo.

Si uno lo piensa un poco, la única diferencia entre la dictadura y el fascismo estriba en que la dictadura es impopular. Por eso el fascismo no es incompatible con la democracia, que es -por definición- el gobierno de la mayoría. Ciertamente, la separación de poderes es también un rasgo insustituible de las democracias, pero hay países, como España, en los que la separación de poderes es una entelequia y nadie en la comunidad internacional parece darse por enterado. En cualquier caso, el verdadero problema ahora no es votar o no votar. El verdadero problema ahora es la libertad.

En los último tiempos he oído todo tipo de comentarios, generalmente desatinados, sobre la proliferación de atentados en Europa. El más desconcertante de todos afirmaba que tenemos que aceptar un aumento masivo de los controles policiales "para asegurar nuestra libertad". Es decir, tenemos que perder nuestra libertad para asegurar nuestra libertad. A ver cómo se come eso.

Una sociedad que confunde seguridad con libertad es, como mínimo, una sociedad enferma, y a eso es a lo que estamos llegando. En parte, es una consecuencia natural de medio siglo de socialdemocracia. La socialdemocracia es la variante 'presentable' del populismo en nuestros días, y está basada en tres principios:

1 - Hay ciudadanos inferiores a otros ciudadanos. Los ciudadanos inferiores son aquellos que no son capaces de ganarse la vida por sí solos y, por lo tanto, no son responsables de sus propios actos. Es el mismo argumento que esgrimen implícitamente las feministas (la mujer no puede ser responsable de su propia defensa porque es un ser inferior) y que en su momento esgrimieron los esclavistas (los negros no pueden ser dueños de sus vidas porque son inferiores a los blancos).

2 - Los votos de los ciudadanos inferiores se consiguen gastando en ellos más de lo permisible. Es decir, endeudándose. En la práctica, estos dos principios se resumen en una política muy simple: quitar dinero a los que más se esfuerzan para dárselo a los que menos se esfuerzan. Al desalentar el esfuerzo y la responsabilidad individual, esta política genera un número creciente de ciudadanos inferiores, que a su vez se traduce en un número creciente de votos.

3 - Para pagar la deuda que permitirá comprar votos de los ciudadanos inferiores es necesario recaudar los impuestos suficientes, y para eso hay que aumentar perpetuamente el gasto total. En términos más técnicos, lo que los economistas llaman la demanda agregada. En la economía socialdemócrata no se trata tanto de que las empresas inviertan adecuadamente como de que los ciudadanos consuman sin tregua. Y es esa enorme posibilidad de consumir a troche y moche lo que los ciudadanos confunden con la libertad.

Pero en la realidad del mundo real cada vez somos menos libres. La campana de Gauss es válida para un mundo ideal, un mundo rousseauniano en el que todos somos buenos excepto los cuatro o cinco descarriados que ocupan los extremos de la campana. Para controlar a esos pocos basta con unas cuantas cárceles y un cuerpo de policía de tamaño regular. Para controlar a cinco mil extremistas dispuestos a todo se necesita, simplemente, un Estado policial.

Y en eso estamos.

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viernes, 7 de septiembre de 2012

Terrorismo sanitario

Me invitaron hace algunas semanas a una comida multitudinaria. Los comensales eran casi todos gente de pueblo, y yo me resistí durante bastante tiempo a aceptar la invitación hasta que finalmente, ante la cariñosa insistencia de mis invitantes, tuve que ceder. Si me resistí en un principio no fue por prejuicio alguno contra la gente de pueblo -que, en muchos aspectos, prefiero a la de ciudad- sino porque tiempo atrás viví en un pueblo, y tenía ya una idea preconcebida de lo que me esperaba: una comilona pantagruélica con raudales de vino, café y licor, con el consiguiente tumulto hasta muy avanzada la tarde.

Pero me quedé pasmado cuando vi que casi todos los asistentes bebían agua mineral y comían parcamente, casi nadie fumaba, y los escasos cafés que se sirvieron eran en su mayoría descafeinados. No pude evitar un pensamiento: aquella buena gente estaba aterrorizada. Algo tremendo tenía que haber sucedido en los últimos veinte años para que todas aquellas personas se comportaran de manera tan distinta a la generación de sus padres. Y empecé a atar cabos.

El cambio de costumbres está ya tan integrado en nuestra vida cotidiana que ni siquiera somos conscientes de él. Pero el terror a la muerte llena a diario los parques de ancianos y jóvenes corriendo, pedaleando o caminando a paso frenético, estresadísimos, como si estuvieran a punto de perder un tren. Nadie pasea ya por el simple placer de pasear. El miedo al colesterol empuja a millones de personas a consumir masivamente una amplísima gama de placebos lácteos, a evitar las grasas y los huevos y a cocinar con aceite de oliva. Las jovencitas acarrean en sus bolsos voluminosas botellas de agua, que se obligan a beber diariamente en cantidades propias de un dromedario. Fumar es ya un hábito tan perseguido como asaltar bancos. El cinturón de seguridad pronto entrará a formar parte de los diez mandamientos. Los gimnasios se llenan. Los ancianos se vacunan contra la gripe. El miedo al sida obliga a millones de personas a descafeinar las relaciones sexuales usando preservativo. Los colorantes y conservantes alimentarios son anatema, y el azúcar y la sal empiezan a ser equiparados a la cicuta o el cianuro. La más mínima gordura está considerada como una plaga de Egipto. El atún pronto sustituirá en los altares al cáliz de la santa misa, y hasta las 'radiaciones' de los teléfonos móviles inspiran a más de uno tanto terror como para atreverse a caminar por la calle hablandos solos.

Todo esto no es casual. Es fruto de una política concienzuda de terrorismo, concebida por un lobby gangsteril de médicos integristas y ejecutada por unos medios de comunicación travestidos de prensa amarilla. Que nadie se engañe. Tan terrorismo es evocar la obstrucción de las arterias por comerse una ración de percebes como amenazar con una muerte violenta por subirse a un avión. El nuevo Pepito Grillo está saliéndose con la suya y, como ya ha sucedido otras veces antes, está causando más dolor y desolación del que pretendía evitar.

En 1962, Rachel Carson, una ecologista avant la lettre, escribió Silent Spring, un libro en el que explicaba que el DDT se transmitía por la cadena trófica, hasta el punto de que se habían encontrado rastros de esta sustancia en la grasa de las focas polares. No sólo nadie había padecido nunca trastorno alguno atribuible a ese insecticida, sino que en algunos bares de Estados Unidos el DDT era un ingrediente más de algunos cócteles, del mismo modo que el zumo de limón o la angostura. La campaña que se desató a continuación, y que condujo a la prohibición mundial del DDT, consiguió purificar el cuerpo de focas y morsas, pero asestó un golpe terrible a la lucha contra el paludismo, que en los años 60 muchos países habían conseguido erradicar. Millones de personas, en su mayoría niños, mueren desde entonces todos los años a causa del paludismo. Es cierto que casi todos ellos viven en países pobres pero, en descargo de los ecologistas, hay que decir también que ninguno de ellos era una foca.

Desde luego, el terrorismo de la medicina preventiva no está matando, sino evitando muertes, pero precisamente ése es el problema. Con su celo por salvarnos de las principales causas de enfermedad, esa política de terror está consiguiendo retrasar nuestra muerte. Pero no nuestra vejez. Con ello, condena a millones de personas al deterioro físico y mental y, en los casos extremos, a la vida vegetativa o meramente animal. ¿Es también eso vida? Probablemente sí, pero no es una vida que merezca ser vivida. La sociedad de nuestros días -en realidad, el fruto de medio siglo de socialdemocracia- está empeñada en eliminar el riesgo de nuestras vidas y, con el riesgo, el aliciente de estar vivo.

La obsesión por la cantidad en detrimento de la calidad es la expresión del paternalismo romo de unos gobernantes -en el mejor de los casos- mediocres. Tras el fracaso de la Unión Soviética, el socialismo consiguió sobrevivir un cuarto de siglo más gracias a una tolerancia relativa del libre mercado, pero en 2008 chocó con un iceberg, y ahora sólo hay lanchas salvavidas para unos cuantos pasajeros, naturalmente de primera clase. En España, el paternalismo del nuevo régimen -el PPSOE- no hizo sino continuar el de su precursor, el general Franco, y antes de éste, el practicado durante cinco siglos por la Iglesia Católica. Por eso el Titanic de la socialdemocracia se está empezando a hundir por su popa, que son los países del sur de Europa. Está por ver si el norte, de tradición protestante, se las arreglará para construir balsas que le permitan llegar a tierra pero, en cualquier caso, el Titanic se hunde. Esperemos que dentro de una generación la vida vuelva a ser una aventura digna de ser vivida.

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