Scherzo en ¡guau! bemol
Estoy en la colonia Narvarte y dentro de casa hace frío. Es una temperatura inhabitual para este mes de marzo, y en todas las conversaciones se desliza inevitablemente algún comentario al respecto. Desde la ventana de mi dormitorio tampoco se ven ya las jacarandas en flor de la calle Pitágoras. Un edificio de nueva planta ocupa su lugar. Han pasado once años desde la última vez, y más de treinta desde aquel primer amanecer de aguada, anaranjado y violeta, que me regalaron mis siete horas de jet lag recién estrenado.
Este edificio solía ser tranquilo, pero ahora todos los vecinos tienen perros o gatos. Locuaces. Hay momentos en que la sinfonía animal que atraviesa las ventanas es un pandemónium difícil de soportar. Mis anfitriones han salido hoy de buena mañana y no regresarán hasta la hora del almuerzo. Es temprano. Las nubes se han disipado, y en el cielo sonríe por fin el sol. ¿Qué hago yo aquí encerrado? Sólo media hora de metro me separa del centro de la ciudad. Me visto a toda prisa y salgo a la calle, pletórico. Como en los viejos tiempos...
Los nombres de las cosas reencienden mi memoria. División del Norte es una vía rápida, pero también una estación de metro. La acera se va estrechando. Dejo a mi izquierda el taller de automóviles y la taquería de la esquina con sus columpios en lugar de asientos, y me asomo un instante al Sanborns donde tantas horas nocturnas pasé, tiempo atrás, hojeando revistas. En algún lugar de mi corazón este es también, todavía, mi barrio.
... Y Quetzalcóatl creó el Universo
Línea 3. Dirección: Indios verdes. Siempre me ha fascinado ese nombre. He preguntado a mis anfitriones, pero ninguno de ellos sabe decirme cuál es su origen. En el andén, el metro no tarda en llegar. Entro al vagón. Las puertas se cierran. Arranca. Los nombres de las estaciones retornan a mi memoria. Algunos son extraños, casi surrealistas. Niños héroes. Camarones. Agrícola oriental. Misterios. Talismán. Otros, musicales o evocadores. Nopalera. Peñón viejo. Mixcoac. Insurgentes. Azcapotzalco.
Me apeo en Hidalgo. Mi punto de partida será, como antaño, el Museo de Bellas Artes. Hoy es lunes y estará cerrado, pero es un edifico muy hermoso, y desde una de sus fachadas se accede a la trama de calles que conduce al Zócalo. Es temprano, y apenas se ven paseantes. Callejeo sin rumbo, buscando la sombra y asomándome a los comercios que encuentro abiertos. En una esquina, un limpiabotas lustra los zapatos de un caballero con sombrero tejano que, sentado bajo un toldito agitado por el viento, lee el periódico plácidamente. Les saco una foto procurando que no me vean y pocos metros más adelante desemboco en el Zócalo.
Aquí nada ha cambiado. Tal vez México DF es una ciudad hechizada o eterna, como Roma o Verona, como Toledo o Budapest o Santiago de Compostela. Con una diferencia: el DF es la vida. Hierve de vida. Me alejo de los soportales de las joyerías del Zócalo, almuerzo en el viejo Sanborns de fachada de azulejos, cerca del museo de Diego Rivera, y reemprendo la marcha como a mí me gusta. A saber: sin rumbo fijo.
Voltios y enchiladas
Son ya las doce y media, y todas las calles son ahora un río humano. Pero hoy no me agobian las multitudes. Me vienen a la memoria aquellos versos de Vicente Aleixandre:
Hermoso es, hermosamente humilde y confiante, vivificador y profundo,
sentirse bajo el sol, entre los demás, impelido,
llevado, conducido, mezclado, rumorosamente arrastrado...
Al llegar a la Torre Latinoamericana, de improviso, decido apartarme de los caminos trillados. Sin pensarlo apenas, doblo a la izquierda y me interno por una calle desangelada, medio desierta. Me aseguro de que no corro peligro, fotografío una fachada en ruinas y emprendo un zigzag de calles improvisado que termina desorientándome. Mejor así. Sorpréndeme, oh mágica Tenochtitlan.
Y Tenochtitlan me sorprende. Ni por un momento dudé que lo haría. He venido a parar al barrio de las tiendas de accesorios eléctricos. Motores, compresores, pilas, lámparas, enchufes, batidoras, voltímetros, celulares, computadoras. You name it. Son varias cuadras repletas de tiendotas, tienditas y tiendititas que orlan las aceras y se internan como madrigueras de topo en las profundidades de los edificios. Afuera, en la linde con la calzada, los primeros vendedores callejeros exhiben ya su mercancía.
La trascendencia del caldo de gallina
A partir de aquí las aceras se espesan con las hileras de puestitos donde uno puede recargar su celular, comprar un dulce para el niño o un reloj de pulsera, comerse unos tacos de arrachera con mole coloradito o incluso hacerse cortar el cabello bajo un toldo improvisado, en mitad de la multitud. ¿Es posible sentirse más vivo? Posible, puede, pero fácil no es. No me canso. Camino y camino, y camino. Me deleito con las ráfagas de elote y chile y frijoles refritos, escucho a mi paso retazos de conversaciones, palabras suavemente entonadas, sin ásperas ces ni zetas, y órale y ándale y pendejo y chihuahua y jale y pues qué onda y ni modo y la chingada. (Con perdón.)
Entonces, de repente, la revelación. La verdadera vida es un río, y la verdadera felicidad es dejarse llevar. Toda esta muchedumbre que me rodea no se interpone en mi camino. Fluyen conmigo, cada uno en su propia dirección. Es la armonía perfecta. El nirvana con aroma de tamales y caldo de gallina. Por un instante, creo levitar. Ojalá que este día durara eternamente.
La travesía del desierto
Pero las leyes de la entropía son implacables, y al llegar a Cuauhtémoc las aceras se despueblan. No importa. Cambiaré de aires. Caminaré hasta el Paseo de la Reforma y me sentaré a descansar en un café con wifi. Mis amigos no saben dónde ando, y seguramente me esperarán para ir a cenar. Consulto el mapa de mi teléfono móvil y encamino mis pasos hacia La Condesa. Sin embargo, hay algo con lo que no había contado: es fiesta nacional, y en este barrio todos han hecho puente. No hay cafeterías abiertas. Sólo de tanto en tanto algún restaurante repleto de familias escandalosas, en algún caso con grandes coches negros mal aparcados y escoltas de gafas oscuras en las inmediaciones. Una voz interior me dice que no voy a encontrar lo que busco, pero mis piernas no pueden ya parar de caminar. Sólo una vez se vive.
Cuando por fin encuentro el anhelado oasis estoy ya a dos pasos de Chapultepec, a bastantes kilómetros de mi punto de partida. El sol y la altitud me han dejado exhausto. Me dejo caer en el asiento, pido un refresco con mucho hielo y me lo bebo en un suspiro. Efectivamente, mis anfitriones, que me andaban buscando hacía rato por las ondas herzianas, me esperan para cenar. Les digo que regreso en el metro, y media hora después llego a casa. Estoy agotado. Es ya casi de noche. Pero no me arrepiento de nada.
Fin de fiesta. Favor de no comerse el césped
Es más. En cuanto me dicen que iremos a cenar a una taquería me recupero al instante. Y allá que nos vamos. Es un restaurante de diseño, inhóspito y feo, con grandes pantallas de televisión en las que unos sujetos en camiseta dan patadas a un balón y, sobre todo, entre ellos. Pero en cuanto llegan los platillos a la mesa me olvido del football, del diseño, del cansancio, de La Condesa y de la mismísima chingada (con perdón). Por favor, no me molesten. Estoy en misa, y estas tres salsas de chile son para mí, si usted me disculpa la herejía, la Santísima Trinidad.
Por la noche, duermo como un bendito. Nunca mejor dicho.

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jueves, 19 de marzo de 2015
Un día en el D.F.
a las
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Palabras clave: Bellas Artes, DF, enchiladas, metro, México, paseo, viaje, Zócalo
domingo, 23 de agosto de 2009
Reductos de libertad
Oí en la radio anoche que el Gobierno mexicano ha despenalizado la posesión de 'drogas' en pequeñas cantidades. Es un pequeño paso en la buena dirección, por la que todos los países, tarde o temprano, tendrán que transitar. Sólo un prejuicio largamente arraigado, fomentado desde el poder, está impidiendo desde hace muchos años que la marihuana, la cocaína o la heroína estén en pie de igualdad legal con el Prozac, el alcohol o la ropa interior.
He dicho ropa interior, sí. Es cierto que la ropa interior no altera la conciencia, pero la heroína tampoco. Ambas reportan bienestar físico, y ambas producen síndrome de abstinencia cuando su consumidor deja de usarlas. La ropa interior es una droga cultural, es decir, artificial. Los opiáceos, en cambio, utilizan en nuestro sistema nervioso los mismos receptores que una sustancia segregada por nuestro propio organismo: la endorfina. ¿Estamos enamorados? ¿Nos acaba de tocar la lotería? ¿Hace un día radiante y estamos de vacaciones? Sin que nosotros seamos conscientes, la endorfina está afluyendo a las sinapsis de nuestras neuronas y haciéndonos sentir 'felices'.
También es cierto que la droga mata. Igual que la aspirina, el whisky o el agua. Todo depende de la dosis. Inyecte usted una dosis suficiente de heroína en sus venas, y sus pulmones dejarán de respirar. Beba usted una cantidad suficiente de agua, y el desequilibrio entre los iones sodio y potasio reventará la membrana de sus células. Desde luego, el mundo es muy grande, y siempre habrá algún idiota que se beba en una fiesta veinticinco cubalibres seguidos, o algún suicida que ingiera de una sola vez un frasco de benzodiazepinas. Por cierto, también los automóviles matan, y mucho, y no por eso los han prohibido.
Aunque en estos primeros años del siglo XXI el mundo camina hacia el totalitarismo paternalista, todavía quedan algunos nichos de libertad, reservados a unos pocos. A los paracaidistas, por ejemplo, nadie los obliga a lanzarse al vacío con un colchón en el trasero, igual que nadie prohibe a ningún alpinista abordar la variante polaca del Aconcagua. Todo lo más, se les requerirá que hayan cumplido la mayoría de edad. El resto, es decir, la formación y la información aconsejables para emprender una práctica de riesgo, se deja a su propia responsabilidad.
Y lo es. Sólo yo puedo ser responsable de unos actos que a nadie pueden dañar más que a mí mismo. Es comprensible que haya normas de circulación en carretera, porque un accidente automovilístico puede poner en peligro la vida de otras personas, pero ¿a quién perjudico si decido superar el récord de inmersión libre o de hamburguesas ingeridas por minuto, si me sumo a un ritual de hongos alucinógenos en la Sierra Mazateca o si persevero en una dieta rica en colesterol?
En Occidente, la explosión del consumo de drogas se produjo en los años 70. Hasta entonces, las 'drogas' eran habituales en determinados núcleos sociales, generalmente reducidos. Había ex-legionarios que fumaban su kif apaciblemente en pequeños bares del centro de Madrid. En Andalucía, algunos campesinos daban a sus niños infusiones de adormidera antes de acostarlos, y la recolección del cáñamo para hacer alpargatas era una tarea particularmente gozosa que formaba parte del ciclo de vida agrícola, del mismo modo que la vendimia. Y más de un médico se administraba regularmente láudano, sin que se tenga noticia de que ello afectase a su competencia profesional.
Al igual que el café o la tila, todas esas sustancias estaban integradas en la vida de sus consumidores, que conocían sus límites. En los años 70, como sucedió en los años 20 con el alcohol en Estados Unidos, todo se enturbió. La prohibición y, consiguientemente, la falta de información, estimuló a los más jóvenes al consumo indiscriminado, creó un siniestro mercado negro, encareció exorbitantemente el producto y, lo peor de todo, dio origen a la adulteración.
Porque, en la mayoría de los casos, lo que de verdad mata no es la droga, sino las sustancias con que los traficantes la adulteran. Alheña, Avecrem, estricnina, glucosa y hasta polvos de talco son algunos de los aditivos con que los vendedores sin escrúpulos 'inflan' la sustancia vendida para multiplicar sus ganancias. Un amigo médico que estaba haciendo un estudio sobre el consumo de cocaína en Suiza me dijo que, de todas las muestras de 'perico' que habían comprado en la calle, la más pura contenía tan sólo un 2% de cocaína.
Acostumbrado a cantidades así, el yonqui que un día tiene la mala suerte de comprar una papelina al 98% se inyectará, sin saberlo, una dosis 50 veces mayor de lo que su organismo solía recibir. Si la heroína se vendiera en las farmacias con receta, del mismo modo que el diazepam o los narcolépticos, el consumidor podría conocer exactamente el precio, la calidad y la cantidad de lo que está tomando, el prospecto le informaría de las contraindicaciones y efectos secundarios, y... lo mejor de todo: los grandes cárteles de la droga tendrían que dejar las armas y pagar impuestos.
Esa misma falta de información impide a la población -especialmente a los jóvenes- saber de antemano cuáles son los efectos de las 'drogas'. Posiblemente esa información no sea disuasoria, del mismo modo que el vergonzoso espectáculo (legal) de una borrachera no evita unos cuantos millones anuales de muertes por cirrosis y por accidentes de tráfico. Pero tal vez podría ayudar a alguien a beneficiarse de manera responsable de los efectos positivos de algunas sustancias.
Que no siempre son gratuitos. Buena parte de la publicidad de prensa y televisión, por ejemplo, está ideada bajo los efectos de la cocaína aunque, a nivel personal, el precio suele ser un tabique nasal de platino y algún que otro brote de paranoia. Pero el cánnabis es beneficioso para muchos pacientes que reciben quimioterapia o padecen el síndrome de Tourette y, aunque pocos lo saben, es incluso un buen antibiótico por vía tópica. Es más, la lucidez mental y sensorial que el cánnabis proporciona a quienes lo consumen -en dosis que no lleguen al extremo de alterar la conciencia- es, según los propios usuarios, muy enriquecedora.
Hace dos o tres años pasé unos días en Amsterdam coincidiendo con la celebración de un campeonato europeo de football. A ambos lados del canal Oudezijds Voorburgwal, casi frente por frente, podían verse las terrazas de dos bares. En una de ellas los clientes, borrachos, gregariamente vestidos con las mismas camisetas, gritaban salvajemente, ensuciaban el suelo y desprendían un cierto aire de milicia nazi. Frente a ellos, en el coffee shop de la orilla opuesta, clientes de las edades y países más diversos fumaban sus porros sin prisa y charlaban amistosamente, incluso entre desconocidos.
Eran dos filosofías contrapuestas de la vida. El lector inteligente sabrá deducir con cuál de las dos simpatiza Ricky Mango.
a las
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Palabras clave: cannabis, despenalización, drogas, ley seca, libertad, México, responsabilidad