Siempre me ha fascinado la historia bíblica de la Torre de Babel. Es para mí una alegoría del choque inevitable entre la ambición del ser humano, ciega y sorda por naturaleza, y sus inevitables consecuencias cuando la realidad finalmente impone su ley. La reciente burbuja inmobiliaria y financiera ha sido un buen ejemplo de torre de Babel. Toda una generación de seres humanos ha aprendido, the hard way, que no es posible llegar al cielo simplemente porque lo estemos viendo cada vez más cerca, aunque me temo que tan amargas enseñanzas no sean garantía de que otra generación venidera, o incluso esta misma dentro de unos años, no volverá a intentar otra vez la misma hazaña.
Dice el Génesis bíblico que Dios dispersó a los seres humanos y confundió sus lenguas porque temió que "todos juntos podrían conseguir lo que se propusieran". El Dios del Génesis era posiblemente demasiado optimista, pero había en sus temores un punto de sensatez. En cualquier caso, se le puede excusar por no haber dado exactamente en el clavo, si pensamos que en los lejanos tiempos de Yahvéh la idea de Internet era inconcebible hasta para el más febril de los iluminados.
Y, sin embargo, aquí estamos. En septiembre de 2012, Facebook tenía casi mil millones de usuarios, y a día de hoy más de 400 millones de mensajes atraviesan el planeta todos los días a través de Twitter. No todos esos usuarios están juntos y no todos hablan la misma lengua, pero la situación empieza a recordar demasiado a la Babel bíblica poco antes de que sobreviniera la catástrofe. Lo que parece claro es que, en muy pocos años, las redes sociales han generado un cambio cualitativo de la sociedad mundial, y sería sorprendente que un vuelco de esa magnitud no tuviera consecuencias.
Los primeros síntomas, de hecho, empiezan a ser perceptibles. Hasta hace muy poco tiempo, la transimisión de noticias estaba en manos de profesionales. Siendo la información un bien tan goloso para el Poder, sería mucho pedir que los periodistas fueran inasequibles a la influencia de los poderosos, pero por lo menos tenían unos criterios para la selección de sus fuentes y la redacción de las noticias, respetaban unas ciertas normas éticas y, en los países más civilizados, la libertad de prensa aseguraba un cierto equilibrio entre unos y otros bandos, en cuyo centro uno podía presumir que se encontraba algo parecido a la realidad.
Todo ese edificio se está hundiendo a pasos agigantados. Los exiguos 140 caracteres de los mensajes de Twitter empiezan a ser ya una fuente de información aceptada, incluso por profesionales del periodismo. Basta con que alguien cree, por ejemplo, la cuenta @rickymango para que sus mensajes le sean atribuidos al autor de este blog, y las nuevas generaciones de periodistas, en su mayoría becarios sin experiencia de la vida, mal pagados, analfabetos y nacidos con un iPad entre los dientes, le otorguen una credibilidad suficiente. El autor de este blog es un don nadie leído por cuatro pelagatos, pero vaya usted a desmentir un tweet en el que Benedicto XVI, por ejemplo, declare que los sacerdotes finalmente podrán contraer matrimonio sin ir al infierno.
Peor aún: vaya usted a desmentir un tweet en el que el cardenal Bertone desmienta un tweet de Benedicto XVI desmintiendo una información anónima aparecida en Wikileaks según la cual la mafia homosexual está controlando la curia vaticana. Es una situación imaginaria, por supuesto, pero no absolutamente inverosímil, considerando el punto al que estamos llegando. ¿A alguien le recuerda esto los comienzos de la confusión que terminó con la torre de Babel? Confieso que a mí, sí.
Pero hay otra faceta de esta demoníaca torre de Babel que está siendo erigida gracias a Internet. La gratuidad de los servicios que media Humanidad está usando en la Web es un espejismo en el que pocos se han parado a pensar. Hay un viejo refrán que dice que nadie vende un duro a cuatro pesetas pero, gracias a la propaganda de medio siglo de socialdemocracia, la idea de que los servicios gratuitos son una realidad ha calado subliminalmente en la mayoría de la población. No sólo son gratuitos, se afirma vehementemente, sino que además son un derecho. No sólo eso, sino que se trata de conquistas sociales: la gratuidad, por lo visto, es sinónimo de progreso.
En esa atmósfera de País de las Maravillas se ha criado ya toda una generación de jóvenes para los que un párrafo de cinco líneas, una frase con puntos y comas o una idea estructurada son tan inconcebibles como para Caín mantener una videoconferencia con Abel. Para esos jóvenes, además, la privacidad es un concepto más o menos tan extraterrestre como la galaxia Andrómeda, y la consecuencia de esa borrachera de gratuidad es que unas cuantas empresas cuyos escrúpulos desconocemos se han apoderado ya de prácticamente toda la información que es posible reunir sobre los habitantes de este planeta. Pero no sólo de la información estática, porque gracias al GPS una compañía telefónica, un detective privado o un agente de los servicios de inteligencia puede saber instantáneamente dónde se encuentra cada portador de un teléfono móvil. O sea, usted y yo. La fantasía de George Orwell no llegó nunca a tales alturas.
Movido por tales consideraciones (y por el alud de spam que entra todos los días en mi correo electrónico), esta misma mañana he borrado mis cuentas de Facebook, Twitter, Google+ y Linkedin. No ha sido fácil, no crean, y la experiencia no ha estado exenta de desagradables sorpresas. He descubierto, por ejemplo, que entre mis 'contactos' figuraban direcciones de personas que yo nunca he autorizado a incluir, y -la mayor sorpresa de todas- he encontrado, en un sitio web llamado Picasa, literalmente centenares de imágenes y fotografías mías que ni siquiera sospechaba haber subido a la red. Algunas de ellas, francamente privadas.
Que mis escasos lectores no se extrañen, pues, de los cambios que seguramente notarán en mis blogs. Han desaparecido de ellos todas las ilustraciones que en su momento inserté, y todos los contactos personales o enlaces a sitios que gozan de mis simpatías. No es éste el mundo en red que yo habría deseado, pero prefiero el anonimato franciscano a ser pasto de los tiburones en un futuro no muy lejano. El día en que pueda pagar con dinero el valor real de los servicios que me ofrecen volveré a intentarlo, porque sigo creyendo en el futuro de Internet. Pero, sinceramente, no quiero encontrarme debajo cuando se derrumbe la próxima torre de Babel.
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domingo, 24 de febrero de 2013
Babel
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Palabras clave: Facebook, gratuidad, Internet, Orwell, periodismo, totalitarismo, Twitter
miércoles, 12 de marzo de 2008
Ciudadano López
El ciudadano terráqueo López XH98 dejó en el suelo su escafandra interestelar y se acercó a mirar la vieja radio. A aquellas horas, el mercadillo del planeta Neptuno bullía de actividad. En su mayoría, pensionistas aburridos, como él, que llevaba ya cuarenta años de jubilación dando vueltas por la Vía Láctea. La radio era muy antigua. Nunca había visto un modelo como aquel, tan verde y tan dócil. Se inclinó sobre el aparato, le acarició la rodilla, y enarcó las cejas, sorprendido. Vivía todavía. Tiene varios siglos, dijo entonces el vendedor. Pero, ¿funciona? Acérquese a escuchar: es la que está sonando. Entonces López se encogió de hombros y ofreció al vendedor su huella dactilar. Por dos miserables biocréditos tendría entretenimiento para unos cuantos días en la tediosa pensión de Saturno.
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Palabras clave: eternidad, futuro, libertad, totalitarismo
miércoles, 28 de noviembre de 2007
La tentación
Algunas tentaciones son muy difíciles de resistir. Una de las más adictivas es el poder. El poder es una droga de tolerancia cero. Como dijo Lord Acton, "El poder corrompe. El poder absoluto corrompe absolutamente".
Cuando hice el servicio militar, escribí con un bolígrafo esa frase de Lord Acton en la parte interior de mi gorra de soldado. Quería que fuera un recordatorio permanente lo más cerca posible de mi cerebro. Aún así, recuerdo haber experimentado extrañas sensaciones endorfínicas en algunos momentos singularmente unísonos de esos simulacros de desfile que los militares llaman 'instrucción'.
Y es que los seres humanos llevamos una bestia dentro que aprovecha la menor ocasión para irrumpir en nuestras vidas... y, lo que es peor, muchas veces también en las de nuestros vecinos. ¿Quién es capaz de razonar cuando la mujer largamente deseada, húmeda de deseo, se quita por fin la última prenda interior sólo para nosotros? ¿Quién piensa en la familia del mosquito mientras, en una madrugada ojerosa, estampa sádicamente el periódico contra la pared? ¿Quién ha vacilado alguna vez cuando, desde lo alto de la Gran Tribuna, ordenaba a la maquinaria del Estado exterminar a los disidentes?
La única cura que conozco contra esta última tentación es una democracia fuerte. Cuando digo 'fuerte', quiero decir repleta de mecanismos de contrapeso para evitar los abusos de poder. Parece fácil, pero no siempre lo es, porque hay un principio filosófico subyacente que no todas las personas parecen compartir: el ser humano tiene tentaciones. Y, en un sistema que garantice la convivencia de una sociedad, la resistencia a las tentaciones del poder no se puede encomendar a los individuos.
Me había propuesto no hacer comentarios sobre política en este blog, pero hoy tengo que hacer una excepción. Me ha indignado la campaña emprendida por el partido español Izquierda Unida (básicamente, el antiguo Partido Comunista y otras hierbas) contra el historiador Pío Moa.
A la izquierda nunca le ha gustado que le canten las verdades. Recuerdo que, estando yo en la Facultad, unos desaprensivos volcaron un día un bote de pintura azul sobre la cabeza de un catedrático. Él nunca había hecho el más mínimo comentario público sobre política, pero corría la voz de que había estado en la División Azul. El verano pasado, mi sobrina, que muchos años después estudia en aquella misma Facultad, me comentó que también ella había oído contar lo del catedrático aquel de álgebra que era 'un facha'. De pronto, recordé a aquel buen señor escribiendo larguísimas fórmulas de tensores en la pizarra, sin meterse jamás con nadie, y después el tumulto a la salida de clase, las exclamaciones de algunos alumnos y la imagen del Profesor Abellanas, más estupefacto que humillado, recubierto de pintura azul hasta los hombros. Entonces, tuve un arranque de inspiración: "Mira, Marta", repuse, "'Facha' es, simplemente, el que no es de izquierdas".
En ese momento comprendí que lo que realmente les molestaba a aquellos izquierdistas de salón no era tanto el que el Profesor Abellanas hubiera sido o no franquista, sino que se hubiera alistado voluntariamente para luchar contra el comunismo. La izquierda española actual olvida (voluntariamente) que no pocos de sus intelectuales proceden del franquismo (leed, por ejemplo, Yo tenía un camarada, de C. Alonso de los Ríos) pero, en fin de cuentas, el franquismo es únicamente un pretexto para victimizarse y cargarse de razón. Ahora bien, armarse con fusiles y obuses y tanques y aviones para combatir el totalitarismo comunista... eso no tiene perdón.
Porque la izquierda, como los enemigos de Galileo siglos atrás, siempre tiene razón. Y, al concluir la segunda guerra mundial, Europa cometió un gravísimo error: proscribió, con toda la razón del mundo, los partidos nazis, pero no puso objeciones a los partidos comunistas. E incluso les permitió investirse de un aura de respetabilidad. En los años 70, esa situación propició el nacimiento de los grupos armados Brigadas Rojas, Baader-Meinhof y, por supuesto, ETA. Y, en España, la aparición de una izquierda stalinista y maoísta que -como siempre ha tenido por costumbre- monopolizó la oposición al régimen de Franco.
De ahí que casi todos los libros prohibidos que yo leía en aquellos años fuesen, más o menos disfrazados de libros de Historia, libelos marxistas. Esos lbros forjaron la Historia 'oficial' de España, que ha perdurado casi sin objeciones hasta hace unos pocos años, con la aparición de Pío Moa. La propaganda izquierdista es muy efectiva, y reconozco que yo resistí bastante tiempo antes de ceder a la curiosidad y comprarme por fin uno de sus libros. Lo que leí allí me dejó estupefacto, sobre todo porque lo que decía Pío Moa yo ya lo sabía, aunque hasta ese momento no había querido reconocerlo.
En realidad, lo verdaderamente convincente de los libros de Pío Moa no es tanto lo que él 'dice' como las fotocopias de periódicos de la época que él reproduce en sus libros. Ante el documento facsímil, el lector no puede mirar para otro lado, y se ve forzado a reconocerlo: la izquierda española era violenta, ponzoñosa y totalitaria, ni un milímetro menos que la derecha nazi de la Alemania del III Reich. Peor, tal vez, porque no vaciló en liquidar a los que, al menos sobre el papel, eran sus aliados contra 'la burguesía' y 'el capital'.
Mi conclusión, esa que hasta entonces yo ya conocía pero que por sectarismo residual no había querido aceptar, fue clara: la II República española fue un desastre sin paliativos que conducía inexorablemente a la tragedia. Y la izquierda española, en particular, fue, con muy pocas excepciones, una mezcolanza de nazis rojos, anarquistas iluminados y -ya entrada la guerra civil- comunistas genocidas. Después de Pío Moa, el que lo niegue es, simplemente, porque no sabe leer.
O porque no quiere leer, que viene a ser lo mismo.
a las
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Palabras clave: Alonso de los Ríos, fachas, Historia, izquierda, nazis, Pío Moa, totalitarismo