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miércoles, 25 de diciembre de 2019

Democracia informada

Hace poco escribí un comentario sobre todos esos que se declaran 'demócratas' pero, sorprendentemente, consideran que los referendums son 'peligrosos'. En realidad, mi comentario no iba al fondo de la cuestión. Por supuesto, si uno se declara demócrata tiene que aceptar que los referendums son la expresión suprema de la democracia. Un referéndum es un ejercicio de democracia directa, que por definición siempre será más legítima que la democracia llamada 'representativa'.

Aun así, uno no puede ignorar la sensación de que la opinión de los falsos demócratas contiene un grano de verdad. Precisamente por eso, uno está obligado, por honestidad personal, a no quedarse en la superficie de las cosas y llegar al fondo de la cuestión.

Efectivamente, todos conocemos situaciones en que las mayorías toman decisiones que, al cabo de un tiempo, se demuestran insensatas. Las estampidas de bisontes interceptadas por un precipicio son un buen ejemplo, aunque aparentemente impropio de una especie que se hace llamar Homo sapiens. Desde luego, las situaciones de pánico en espectáculos de masas no son muy diferentes, pero tampoco son del todo ilustrativas. Es cierto, son casos extremos en que los individuos apenas tienen alternativas, o no tienen tiempo para pensar en ellas (aunque también cabría preguntarse por qué no las han sabido prever).

Naturalmente, en la mente de todos los que están leyendo esto flotan ya, desde hace por lo menos un párrafo, fenómenos como el nazismo, las cazas de brujas o las lapidaciones, que reflejan decisiones mucho más deliberadas, en la medida en que los insensatos han tenido tiempo para sopesar otras alternativas y demostrar al mundo que realmente son diferentes de los estúpidos bisontes.

Pero las votaciones democráticas son, en general, mucho más sosegadas que todo eso. Las elecciones, o los referendums, son convocados con antelación suficiente, y lo normal es que los votantes tengan la oportunidad de informarse adecuadamente sobre lo que les proponen votar. ¿Hay algún peligro en esto? Creo que todos estaremos de acuerdo en que no.

Se podría argumentar que las elecciones son peligrosas porque la mayoría de los partidos políticos casi nunca cumplen ni la mitad de lo prometido, pero ese peligro no es del todo imputable a los votantes, o por lo menos a los votantes medianamente avispados. No. El verdadero peligro de las votaciones, sean o no referendums, es que los votantes no sepan realmente lo que están votando.

Eso es lo que yo, al menos, considero un peligro. El peligro de las elecciones y de los referendums estriba en que los ciudadanos no se tomen el tiempo necesario para evaluar en detalle las consecuencias de su voto. ¿Cuántos españoles que votaron el Tratado de la Unión Europea se habían leído el texto del tratado? ¿Con cuántos dedos de una mano se pueden contar los que siempre se leen el programa electoral de todos los partidos que se presentan a las elecciones? Vaya, seamos un poco menos exigentes: ¿cuántos se leen de cabo a rabo el programa electoral del partido al que terminan votando? Creo que todos conocemos la respuesta.

El peligro, por lo tanto, no radica en que los votantes tomen o no decisiones insensatas, sino en que rara vez saben realmente lo que están votando. Todos sabemos cuáles son nuestros intereses pero, si no nos molestamos en informarnos, podemos perfectamente votar en contra de ellos y quedarnos tan tranquilos. ¿Es eso realmente una democracia?

Las votaciones en España no me interesan mucho más que las estampidas de los bisontes, pero en los últimos tiempos he seguido muy de cerca el proceso del Brexit, aquel gran 'error' del 'insensato' Cameron en 2016, según esa élite de seres superiores que siempre son más sabios que la plebe. Pues bien, aunque en España no todos lo saben, los votantes del Reino Unido fueron informados exhaustivamente, durante meses, por radio, prensa, televisión y medios online. Asistieron a debates en los que se analizaron una y otra vez los argumentos a favor y en contra, y las consecuencias de cada argumentación. Y, finalmente, decidieron. Creo no equivocarme si afirmo que ni un solo británico votó en aquel referéndum sin saber perfectamente lo que estaba votando. Eso, amigos lectores, sí es democracia. ¿Peligros? Cero.

Pero no todos los países son el Reino Unido. En algunos países, los medios de comunicación no se esfuerzan por aportar información objetiva a los futuros votantes, o bien ocultan o deforman datos por razones ideológicas, o ponen la lupa sobre temas de actualidad mucho menos relevantes. Entonces, ¿cómo conseguir que las votaciones sean siempre realmente democráticas? Hasta hace unos años el problema no tenía solución fácil, pero la aparición de Internet podría cambiar las cosas... si realmente hay voluntad política para ello. Veamos.

Si tiene usted automóvil no le extrañará leer que para poder circular por las carreteras es necesaria una licencia expedida por las autoridades pertinentes. ¿Por qué las votaciones no pueden estar sujetas a ese mismo requisito? ¿Conoce usted todas las señales de tráfico? Adelante. ¿Conoce usted todas las propuestas económicas de todos los partidos que se presentan? Vote democráticamente. En caso contrario, no tendrá usted derecho ni a conducir un automóvil ni a votar, sencillamente porque su decisión podría afectar a personas inocentes, que no tienen por qué asumir las consecuencias de su irresponsabilidad.

Leyendo esto, siempre habrá quien invoque exaltadamente los derechos humanos y me atribuya algún que otro adjetivo políticamente correcto. De acuerdo, entonces. Dejemos que los conductores se lancen libremente a las autopistas sin pasar antes por un examen, y veamos las consecuencias. ¿Serán de nuestro agrado?

Puede que no mucho. Pero al menos nadie nos acusará de no ser demócratas.

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sábado, 27 de julio de 2019

Diez mil dólares

En los años 90 leí una noticia que me abrió todo un mundo. Un taxista de Nueva York, venido de India, había conseguido ahorrar en un año diez mil dólares, y con sólo ese dinero había hecho construir una escuela para niñas en su pueblo natal. Para mí, aquella noticia fue una revelación. Diez mil dólares --el precio de un automóvil barato-- es una cantidad al alcance de casi cualquier persona en un país industrializado. En mi cuenta bancaria dormía la posibilidad de crear nada menos que una escuela para niñas en algún pueblo remoto de algún país pobre.

Era un descubrimiento maravilloso, pero inmediatamente comprendí que disponer del dinero no era suficiente. Aquel taxista había conseguido sus fines porque tenía contacto directo con los habitantes de su pueblo, y sus diez mil dólares habían estado rigurosamente destinados a comprar el material y pagar a los trabajadores. La clave de su éxito consistía en no haber pasado por ningún intermediario. Si los habitantes de los países ricos pudiéramos hacer lo mismo, pensé, mucha gente que, como yo, desconfía de las organizaciones 'solidarias' o que no tiene manera de saber a dónde iría a parar su dinero ayudaría con entusiasmo a alcanzar fines tan nobles.

De hecho, la existencia de Internet lo hacía ya viable. Imaginemos un sitio web en el que pudiéramos comprobar en todo momento el importe de las aportaciones recibidas y el destino de cada dólar aportado. Podríamos ver, por ejemplo, que con los veinte dólares que donamos la semana pasada han levantado los tres tabiques que vemos en la foto, o han comprado los tres pupitres que estamos viendo en un vídeo grabado por una niña del lugar, que el curso que viene podrá aprender a leer y a escribir en uno de aquellos pupitres. ¿Quién se resistiría a donar un dólar, veinte o cuatrocientos, pudiendo disfrutar de la satisfacción de ver todo lo que su pequeña aportación es capaz de conseguir?

Como no creo tener el don de la genialidad, supongo que esa idea ya se le habrá ocurrido también a más de una organización 'solidaria'. La triste realidad de que ninguna la haya puesto en práctica me hace desconfiar aún más, si cabe, de tales organizaciones. En Africa, todo el mundo ha visto más de una vez a la venta en el mercado latas de conserva y sacos de arroz marcados con el sello de la ONG de turno. No es posible que las ONG desconozcan esa realidad, pese a lo cual las entregas de alimentos 'gratuitos' prosiguen como si nada, entregando de hecho las donaciones a una legión de funcionarios corruptos, y convirtiendo la iniciativa 'solidaria' en una formidable estafa a los contribuyentes de los países donantes.

Naturalmente, una estafa así sólo es posible si los ingenuos estafados creen estar haciendo un bien a la humanidad, y a eso se dedica día y noche la gigantesca maquinaria de propaganda en que se han convertido los medios de comunicación. En este particular como en muchos otros, la tarea del periodista no consiste tanto en informar como en ahorrarse la parte más inconveniente de la información. En otras palabras, la que incomoda a la ideología dominante, que es en fin de cuentas la que le da de comer.

Las ideologías ocultan partes de la realidad porque son, necesariamente, simplificaciones. Ante una situación compleja, las personas adoptan puntos de vista de lo más diverso en consonancia con su perspectiva personal, sus intereses o su capacidad de raciocinio, y no se adherirán fácilmente a burdos esquemas de capitalistas y proletarios, razas superiores e inferiores, machos contra hembras, alimentos buenos y malos, o la cantinela de que 'cualquier clima pasado fue mejor'. En los regímenes populistas, a menudo presentados como democracias, las ideologías tienen que convencer a los estafados de que están del lado del bien. En las dictaduras, las ideologías no tienen que convencer a nadie, pero son muy útiles para que los ejecutores del poder no tengan que pensar mucho antes de actuar.

Todas estas consideraciones nacen de un par de comentarios que le oí recientemente a Antonio Escohotado sobre el economista Angus Deaton, a quien por lo visto admira. Movido por la curiosidad, he escuchado unas cuantas conferencias de Deaton en YouTube, y no me ha convencido del todo. Explicaré por qué.

Es cierto que el desarrollo económico ha mejorado muchísimo la esperanza de vida y el bienestar material de la humanidad en los últimos tres o cuatro siglos. Pero, enunciado así, ese dato sirve igual para sociedades humanas que para rebaños de ovejas. En comparación con un pasado de hambre, guerras y privaciones, todos esos progresos son buenos. Pero ¿la gente en la Edad Media era desgraciada porque no podía viajar en avión? ¿Los habitantes del siglo XXV tomarán menos antidepresivos que nosotros porque podrán ir a la Luna? Permítanme que lo dude. La idea de progreso no tiene sentido más allá de la vida de cada persona. Nos hace felices instalar agua caliente en nuestro hogar, o enterarnos de que han inventado los antibioticos, pero nuestros hijos estarán en peor situación que nosotros, porque no heredarán nuestra felicidad y, además, serán desgraciados si se quedan sin agua caliente o sin antibióticos.

Incluso a escala de la vida de una persona, el progreso no es necesariamente una bicoca. Nuestra esperanza de vida es ahora más alta, pero en muchas ocasiones eso sólo significa que hemos añadido a nuestra vida, o a la de quienes nos rodean, un tramo de infelicidad y sufrimiento en forma de deterioro físico o mental. Dicho de otra manera, aunque casi nunca se menciona, hay dos criterios diferentes para medir la felicidad: uno es la cantidad, y el otro es... la calidad.

Me dirán ustedes que también la calidad de vida ha mejorado sustancialmente gracias al progreso. No lo negaré, pero también es cierto que, a menudo, la obsesión por la cantidad termina amargándonos la fiesta. Podemos comer o beber exquisiteces que antes sólo estaban al alcance de unos pocos, pero, si queremos vivir muchos años, tendremos que introducir una infinidad de restricciones en nuestra alimentación. Podemos estar en contacto con muchas personas que se encuentran lejos de nosotros. Tantas, que no tenemos tiempo para pensar sobre nosotros mismos, o para meditar sobre lo que otros han dicho o escrito. En las grandes ciudades, las posibilidades de trabajo, ocio y cultura se multiplican, pero millones de personas viajan todos los días por el subsuelo para desplazarse por ellas.

Cuando sentimos compasión por los países pobres, lo primero que nos viene a la mente es compensarles en cantidad. Querríamos darles no lo que creemos que los haría felices, sino lo que a nosotros nos haría infelices si nos lo quitaran. No se nos ocurre que quizá ellos deberían tener la posibilidad de escoger su propio camino hacia el progreso: su propio balance de cantidad y calidad. Las personas pobres no son inferiores a nosotros. No necesitan nodrizas, sino medios.

Pero, aunque se propusieran dotar de medios a los países pobres, las sociedades occidentales están atadas de pies y manos. No sólo porque cualquier intervención suya resucitaría el fantasma de los imperios coloniales, sino porque en esos países la pobreza suele ser inseparable de la corrupción, y la corrupción es incompatible con los modos democráticos. No podemos enviarles alimentos o dinero, porque se quedarán a mitad de camino. No podemos invertir en ellos, porque las mordidas se comerán todos los beneficios. No podemos sancionarlos, porque se enrocarán, y la población será la que salga perdiendo.

Deaton, con mentalidad típicamente occidental, argumenta que no debemos darles dinero porque, al hacerlo, impediremos que sus gobernantes se vean obligados a responder ante sus súbditos. Pero a mí no se me ocurre ninguna razón por la que un gobernante corrupto debiera ser sensible al malestar de su población. En los regímenes corruptos el contrato social no existe, y la supervivencia del régimen depende precisamente de que siga sin existir.

En realidad, los países occidentales no están en condiciones de cambiar la situación de otros países. Ni pueden, ni saben. En Japón, el general McArthur consiguió democratizar el país sólo después de haberlo devastado material y moralmente con dos bombas atómicas, pero en Iraq el presidente Bush (tanto el padre como el hijo) ni siquiera tenía un plan para después de la invasión. Ni siquiera tenían un conocimiento superficial del mundo musulmán.

Lo cual fue una lástima, porque una de las pocas estrategias que podrían encarrilar un país disfuncional consiste en crear modelos. Un Iraq democrático y próspero habría sido un faro difícilmente resistible para muchos países de la región, como en su tiempo lo fue el Egipto laico de Náser. Los gobernantes corruptos comprenderían que el desarrollo económico los beneficiaría también a ellos, aunque terminara generando otros núcleos de poder que, a la larga, acabarían con su monopolio. El poder absoluto es miope, y esa es una de las pocas debilidades que podrían acabar con él.

Quizá la mejor estrategia para dotar de medios a los países pobres es la que ha adoptado China. Transformando una dictadura de izquierda en una dictadura de derecha, China ha conseguido en pocas décadas unos niveles de desarrollo épicos, y sus necesidades de materias primas la han abocado a intervenir en esos países que nosotros no nos atrevemos ni a tocar. China no aspira a democratizarlos. Probablemente, ni siquiera aspira a erradicar la corrupción en ellos. Pero necesita sus recursos, y para acceder a esos recursos necesita infraestructura. Condicionando las entregas de ayuda a la construcción de puentes, canalizaciones, puertos y carreteras está abriendo las puertas del desarrollo en buena parte del planeta. A la larga, todos nos beneficiaremos.

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jueves, 15 de noviembre de 2018

¿Izquierda o derecha?

(Introducción)

No es fácil definir de manera inequívoca lo que en política suele llamarse 'izquierda' y 'derecha', o sus dos sinónimos habituales: 'conservador' y 'progresista'. Los dos primeros términos son puramente convencionales, y provienen de la Asamblea Constituyente de Francia en los tiempos de la Revolución, en que los representantes leales al rey ocupaban los asientos de la parte derecha, mientras que los revolucionarios se sentaban en la mitad izquierda.

Sin embargo, a lo largo de la Historia ha habido muchas variantes de aquella distribución. En la Unión Soviética o en la República Popular China, por ejemplo, los diputados de izquierda ocupaban la totalidad del parlamento y, aunque en los primeros años todos ellos eran revolucionarios, con el paso del tiempo terminaron representando el inmovilismo más recalcitrante. En el siglo XIX, tanto los liberales como los colectivistas eran radicalmente opuestos al régimen establecido, pero las diferencias entre ellos eran mucho mayores que las diferencias entre cualquiera de ellos y los conservadores.

En realidad, todas estas confusiones se deben a que hay dos criterios diferentes para diferenciar entre izquierda y derecha. Uno de ellos es moral, mientras que el otro es económico. Por lo general, los conservadores morales defienden las tradiciones, la familia y la religión, suelen ser contrarios al aborto y a la eutanasia, y se sienten cómodos con los regímenes monárquicos. Los izquierdistas morales, naturalmente, defienden todo lo contrario. Desde la perspectiva económica, hay una derecha que propugna la libertad de comercio y la libre competencia, mientras que la intervención del Estado en la economía es defendida tanto por la izquierda como por una parte de la derecha, con argumentos esencialmente similares.

En los últimos cincuenta años, tanto la derecha como la izquierda han evolucionado, aunque en grado diferente. La derecha se ha vuelto menos nacionalista y menos ostensiblemente vinculada a la iglesia católica, mientras que la izquierda, tras el hundimiento de la Unión Soviética, ha ido abandonando los esquemas del proletario explotado por el capitalista para apoyarse en distintas minorías con fuerte carga ideológica, fundamentalmente ecologistas, feministas y defensores del llamado 'multiculturalismo'. Además, la izquierda parece estar abandonando el internacionalismo del que se enorgullecía hasta mediados del siglo XX.

Pero la cosa puede complicarse más todavía. Uno puede sentirse fuertemente vinculado a la religión y a la familia sin pretender imponer a nadie esas dos instituciones, del mismo modo que uno puede ser ateo y partidario del amor libre sin desear que toda la sociedad lo sea. Dos personas así pueden convivir perfectamente sin necesidad de enfrentamientos ni de partidos políticos. Sin embargo, una persona que desee libertad para hacer negocios y otra que pretenda limitar esa libertad necesitarán algún tipo de acuerdo para no entrar en conflicto.

El problema, por lo tanto, no es la diferencia de ideas o de visiones del mundo, sino la libertad para ponerlas en práctica. Desde ese punto de vista, una persona que prohiba el adulterio o que imponga una religión al conjunto de la sociedad no es diferente de otra que proscriba la religión o que imponga el amor libre a todos sus semejantes. Derecha o izquierda, el problema no son las ideas, sino en qué medida una parte de la sociedad consigue imponerlas o prohibirlas al resto de sus conciudadanos. El verdadero problema, pues, es el poder.

La solución más simple a este problema son las sectas. En el seno de una secta nadie cuestiona el comportamiento de los demás porque todos se rigen voluntariamente por las mismas normas. Por desgracia, las sectas requieren una uniformidad de pensamiento que choca con la diversidad habitual en las sociedades normales. Algunas sectas, como los mormones, los amish o las monjas carmelitas, han resuelto el problema fundando comunidades a las que uno puede -al menos en teoría- decidir libremente incorporarse o no. Pero difícilmente podemos esperar que una sociedad se divida espontáneamente en sectas de individuos afines y, en cualquier caso, estaría por ver en qué manera conseguirían convivir unas con otras.

Otra solución es el totalitarismo. Los experimentos nazis y comunistas son suficientemente conocidos, de modo que no vale la pena extenderse mucho en ellos. Están basados en la coerción, e incluso el exterminio en masa, de los disidentes, y sólo son satisfactorios para quienes detentan el poder.

La democracia es un sistema intermedio, que trata de conseguir un equilibrio inestable entre quienes no se conforman con sus propias ideas, sino que quieren que sean adoptadas por todos sin distinción. Las democracias son tanto más eficaces cuantos más controles y contrapesos tienen, no respecto de los individuos, sino de las instituciones que ejercen el poder. La finalidad de una democracia es lograr que un grupo de personas específico no pueda excederse más allá de cierto punto y que, cuando lo intente, se vea obligada a ceder el poder a alguno o algunos de sus adversarios.

De manera que, contra lo que habitualmente se piensa, la clave de una democracia no radica en que los gobernantes sean de izquierda o de derecha, sino en hasta qué punto consiguen imponer su visión del mundo al conjunto de la sociedad. En particular, una visión del mundo que afecta a todos sin excepción es el modelo económico. Pero ese es un tema que merece un capítulo aparte.

Capítulo siguiente: Tres países imaginarios

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domingo, 12 de agosto de 2018

¿Democracia absolutista o democracia subsidiaria?

Los enemigos de la libertad que gobiernan esta comunidad autónoma parecen haber emprendido una cruzada contra los centros de enseñanza concertados. Es natural. La izquierda siempre ha confundido el gobierno con el estado, y la libertad con sus pulsiones represoras. La cantinela de fondo es siempre la misma: lo público es bueno.

Cuando dicen "lo público" en realidad quieren decir "lo estatal", es decir, lo que controlan ellos con nuestro dinero. Por desgracia para ellos, las sociedades han evolucionado hacia un grado de totalitarismo tolerable -no mucho más, y actualmente en retroceso-, y la izquierda no se atreve a hablar de supermercados públicos, líneas aéreas públicas, marcas de ropa públicas, bares públicos o alcobas públicas (aunque últimamente estén un tanto ansiosos por controlar no sólo lo público, sino incluso lo púbico). Lástima. Ya se sabe que las cartillas de racionamiento son el sueño supremo de todo izquierdista que se precie.

El tema de la enseñanza concertada plantea muchos interrogantes. Su finalidad es permitir a los padres escoger para sus hijos un colegio privado a un coste asequible. Naturalmente, el coste es asequible porque los colegios concertados reciben un subsidio estatal con cargo a nuestros impuestos. Aun así, subsidiar un colegio concertado nos sale más barato que mantener uno 'público', dado que los colegios estatales no compiten con nadie, y por lo tanto son más ineficaces. Desde el punto de vista práctico, la enseñanza concertada mata dos pájaros de un tiro: ahorra dinero a los contribuyentes y otorga libertad a los padres para la educación de sus hijos.

Entonces, ¿por qué no suprimir todos los colegios 'públicos' y sustituirlos por otros 'concertados'? Por una parte, habría más diversidad de colegios entre los que escoger. Y, por otra, nos ahorraríamos mucho dinero, que por lo tanto podría permanecer en nuestros bolsillos y nos permitiría vivir más desahogadamente. La respuesta es compleja. La enseñanza estatal es un fósil de un pasado en el que un alto porcentaje de la población era analfabeta y no tenía recursos ni para pagar una escuela. Si el Estado se resiste a soltarla es porque le permite un mayor control ideológico sobre sus futuros vasallos y porque, para un político, adelgazar el Estado significa perder parcelas de poder y, por lo tanto, acrecienta el riesgo de tener que trabajar para ganarse la vida.

Sin embargo, los supermercados, las marcas de automóviles o las cafeterías no reciben ningún subsidio estatal. Simplemente, compiten entre sí para ofrecernos las mejores prestaciones posibles al menor precio posible. ¿Por qué no suprimir completamente los subsidios y permitir que todos los centros de enseñanza compitan entre sí? Es cierto que los colegios privados son hoy muy caros, pero ello se debe, en gran parte, a que son un oligopolio para ricos. La libre competencia los obligaría a mantener la calidad abaratando los precios, y nosotros tendríamos también más dinerito en el bolsillo gracias a la merma de nuestros impuestos.

Naturalmente, la educación es algo demasiado importante para arriesgarse a que un niño se quede sin ella, o a que reciba una enseñanza defectuosa. Sin embargo, más importante todavía es la alimentación, y no por ello hay supermercados estatales o 'concertados'. Puedes estar un mes sin ir al colegio, pero si te quedas un mes sin comer no hay duda: te mueres.

Pero hay otro interrogante todavía más profundo: ¿por qué es obligatoria la educación infantil? Damos por supuesto que la educación es un valor universal, pero tal vez haya personas que no lo entiendan así. Me dirán ustedes que no hay ni un solo progenitor que no desee la educación de sus hijos. Si eso es cierto, entonces ¿por qué hacerla obligatoria?

La verdadera pregunta de fondo es: ¿hasta qué punto es lícito que la sociedad imponga a todos sin excepción la escala de valores de una mayoría? Este es uno de los puntos más débiles de la democracia, del que sin embargo nadie habla nunca. En un futuro, quizá lejano, es posible que esa situación cambie, posiblemente para bien de todos.

La democracia ateniense funcionaba muy bien, pero en Atenas los esclavos no tenían derecho a votar. Los seres humanos han practicado la esclavitud durante milenios, y es poco probable que en alguna de aquellas sociedades un referéndum hubiese otorgado la libertad a los pobres esclavos. En el sur de los Estados Unidos, los negros estaban mayoritamente considerados inferiores, y Hitler accedió al Parlamento alemán gracias a unas elecciones democráticas en el que por entonces era, probablemente, el país más culto del mundo.

Situaciones así habrían sido evitables si los oprimidos hubieran tenido la posibilidad de cambiar de sociedad. Los judíos, durante siglos marginados en casi toda Europa, pudieron en el siglo XVII emigrar a Holanda, donde a nadie le importaba un comino su religión o sus orígenes, y en el siglo XX los más afortunados consiguieron emigrar a Palestina, donde un naciente Estado los protegía del exterminio.

Desde luego, no es fácil tomar la decisión de emigrar, mucho menos con toda una familia a cuestas. Por salvar el pellejo uno está dispuesto a todo, pero no es fácil abandonar bienes, amigos, fuentes de ingresos, paisajes y recuerdos simplemente para mejorar nuestra vida, incluso cuando la mejora que esperamos pudiera ser sustancial. Peor todavía: la democracia absolutista está considerada hoy como el bien supremo, y difícilmente encontraremos un país que tenga siquiera intención de mejorarla.

Actualmente, sin embargo, la tecnología puede resolver ese problema.

Otra cosa es que lo resuelva pronto. Las sociedades, por lo general, evolucionan lentamente, y los conceptos innovadores pueden tardar siglos en ser siquiera perceptibles para la mayoría de la población. Además, como ya hemos visto, lo último que un político desea es ganarse el pan con el sudor de su frente, y hará todo lo que esté en su mano -que es mucho- para mantener el status quo.

Pero los cambios que acarrean las innovaciones tecnológicas son irreversibles, y tarde o temprano se acaban imponiendo. Pudiendo evitarlo, a nadie en su sano juicio se le ocurre hoy comprarse un burro para ir al trabajo, lavar a mano en el río más cercano o curarse la fiebre con sanguijuelas. Con una puntualización: no estoy dando a entender que esas innovaciones sean exclusivamente positivas, sino que el balance de esos cambios es positivo. Adoro el botijo, pero en mi cocina tengo un frigorífico.

Volviendo a la democracia absolutista, ¿cómo podríamos mejorarla gracias a la tecnología? Ha habido ya algunos atisbos en ese sentido, pero nadie les ha dado la importacia que realmente tienen. La famosa X de los impuestos destinados a la iglesia católica [ver nota de pie de página] es probablemente la primera grieta en el edificio del Antiguo Régimen. ¿Qué quiere decir esa X? Que la iglesia católica está suficientemente organizada para conseguir sustraerse a la voluntad del Estado. De haber podido, los gobiernos de izquierda la habrían privado completamente de ingresos, pero la iglesia católica no es una institución cualquiera, y el Gobierno ha tenido que conformarse con una solución de compromiso. Desde mi punto de vista, perfecta.

El precedente que han sentado, probablemente sin saberlo, es cualitativo. Por primera vez en la historia -que yo sepa-, la potestad del Estado para administrar los impuestos como le encomiende una mayoría de votantes -en la práctica, como le dé la gana- ha sido puesta en tela de juicio. ¿Por qué no asociarnos los ciudadanos en otros respectos y seguir el ejemplo de la iglesia católica? Yo no tengo automóvil y apenas hago uso de la red de carreteras. Preferiría que mis impuestos estuvieran destinados en menor medida a las carreteras y en mayor medida a la limpieza de las aceras, o a la repoblación forestal.

Lo fascinante del sistema de las X es que permitiría la coexistencia de Estados alternativos en un mismo territorio. Si se implantara, no haría ya falta emigrar, o simplemente aguantarse frente a los abusos absolutistas de las mayorías democráticas. Nuestra libertad aumentaría cualitativamente, y no perjudicaríamos a nadie, ya que nos limitaríamos a promover nuestros intereses.

Recordemos que los progresos que nos proporciona la tecnología suelen ser en balance positivos. La gran amenaza de Internet, hoy en día, es Big Brother, y no será fácil protegerse frente a él. Pero ya conocemos el dicho: "hecha la ley, hecha la trampa". Los intentos de controlar nuestra actividad en la Red tienen ya un adversario formidable en la tecnología de 'blockchain', y sin duda aparecerán otras nuevas que seguirán desafiando los afanes totalitarios. Hemos de confiar en el ingenio humano y, sobre todo, en el anhelo de libertad, si no de todos, al menos de una minoría.

En cualquier caso, la propuesta de las X -que podríamos denominar 'democracia subsidiaria'- es de momento sólo una idea a explorar, y en la práctica seguramente no será tan simple como en la teoría, pero en mi opinión el camino está ya trazado. Y, sobre todo, es irreversible.


*La X de la Iglesia Católica hace referencia a una casilla que figura en las declaraciones de impuestos de España. Marcándola con una X, el contribuyente decide que quiere destinar un porcentaje de sus impuestos a esa institución. Cuando la casilla se queda en blanco, el mismo porcentaje irá destinado a ONGs y organizaciones similares.

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miércoles, 12 de octubre de 2016

Grietas

“El mejor argumento contra la democracia es una conversación de diez minutos con un votante promedio”.

La frase es de Winston Churchill, y no es fácil de interpretar. La democracia es una forma de gobierno, y gobernar consiste esencialmente en tomar decisiones, a menudo complejas. Los votantes pueden desear que la vivienda sea más asequible, que la asistencia médica sea gratuita o que los sueldos suban hasta el nivel que ellos creen merecer. Sin embargo, el votante promedio no siempre sabe si sus deseos son realizables, cuál es la mejor manera de realizarlos o cuáles serían sus consecuencias. En realidad nadie lo sabe, pero es difícil negar que hay personas más preparadas que otras para tomar decisiones.

Dicho de otro modo: en una sociedad mínimamente compleja, la democracia directa no tiene muchas probabilidades de funcionar. Por eso en las democracias modernas el votante no sólo tiene que manifestar sus deseos. Además, debe decidir quién, según su criterio, aplicará la fórmula más adecuada para hacerlos realidad. Lo cual nos conduce a un territorio más bien inesperado: el éxito de una democracia depende decisivamente del criterio de sus votantes.

Y llegamos al meollo de la cuestión. Nuestro criterio sobre un asunto cualquiera depende, a su vez, de dos elementos clave: la información de que disponemos sobre ese asunto, y la capacidad de nuestras emociones para neutralizar esa información. Por desgracia, ambas cosas son manipulables. Los medios de comunicación pueden omitir información, falsearla, contaminarla más o menos sutilmente de opinión, o apelar a nuestros sentimientos más viscerales. Y los políticos pueden prometer lo que nunca podrán o querrán cumplir, o manejar los medios de comunicación para atraerse las simpatías de los votantes.

Todo eso sucede, día tras día y minuto a minuto, ante nuestros ojos. El votante promedio está manipulado, hasta el punto de que podríamos volver del revés la frase de Churchill:

“El mejor argumento contra la democracia es una conversación de diez minutos con un político promedio”.

Pero todo tiene un límite. La mayoría de los políticos viven en un mundo aparte, escasamente en contacto con la vida real, y cuando el mundo de fantasía que han tejido en torno al votante empieza a chocar con la realidad, el edificio se agrieta. Las grietas pueden ser apenas perceptibles, pero la dinámica interna que revelan puede ser alarmante. Todo el aparato de propaganda oficial, lanzado a toda máquina, no consigue convencer a la mitad más uno de la población. Es lo que ha sucedido en el Reino Unido y en Colombia, y lo que podría suceder próximamente en Estados Unidos, en las próximas elecciones generales.

La primera grieta inesperada fue el Brexit, y el edificio que ya ha empezado a agrietarse es la Unión Europea. La Unión Europea Soviética, como la llaman algunos. Un monstruo burocrático, antidemocrático e intervencionista que se sostiene gracias a unos niveles de deuda insostenibles a largo plazo. Un cuento de hadas que nada tiene ya que ver con la realidad, porque la realidad no son las consignas políticamente correctas de los gobernantes instalados en sus poltronas. La realidad son los barrios y ciudades de Francia, Holanda, Bélgica, Alemania o el Reino Unido que están retornando sigilosamente a la Edad Media, las agresiones sexuales que nunca son noticia en los medios de comunicación, la política de brazos abiertos y subvenciones indiscriminadas, la maraña de normas prescindibles, cada vez más dictadas por la ideología y cada vez más contrarias al sentido común, o la cesión de soberanía de los países miembros.

Esa es la realidad que ha aflorado en el referéndum del Brexit. La realidad de quienes la padecen frente a la realidad de quienes la predican. Si los políticos europeos tuvieran una sensatez –y una honradez– que no tienen, aceptarían que el modelo es inviable y desmontarían buena parte del monstruo que han construido. Los británicos que votaron Brexit sólo quieren dos cosas: control de la inmigración y recuperación de la soberanía. No se oponen a la libertad de mercado, ni al intercambio cultural, profesional o laboral, ni a la mejora de las comunicaciones por tierra, mar y aire con el resto de Europa. No reniegan de Europa, sino de la Unión Europea (soviética). No sería muy difícil complacerlos y llegar a un acuerdo amistoso con ellos, extensible después al resto de países miembros. Pero si los políticos se empeñan en escarmentar a los británicos para tratar de sostener un edificio insostenible, las consecuencias pueden ser nefastas. Y si alguien cree lo contrario, ahí está la historia de Europa para contradecirle.

La segunda sorpresa sobrevino en Colombia. Toda la maquinaria de propaganda del Estado no ha podido convencer a la población de que un acuerdo firmado en La Habana con una banda de comunistas asesinos otorgándoles representación parlamentaria, territorio para cultivar coca y respetabilidad es un acuerdo de paz, y no una rendición. La concesión del premio Nobel de la paz al presidente Santos es una evidencia patética de la desconexión total de la casta políticamente correcta con la realidad del mundo real. O quizá es una evidencia inquietante de hasta dónde puede llegar el poder del dinero.

La tercera sorpresa se llama Donald Trump. La América currante frente a la América exquisita y progresista. Nadie sabe quién ganará las elecciones en Estados Unidos, pero lo que sí sabemos es que todos los medios de comunicación, incluidos los del partido en el que milita Trump, están volcados contra él día y noche, hora tras hora, sin descanso. Y, por extensión, todos los medios de comunicación europeos. Y, aun así, sólo consiguen convencer a los que ya estaban convencidos. Entre todos, sin darse cuenta, lo están convirtiendo en un símbolo. Un símbolo de la realidad tangible frente a la estupidez de los cuentos de hadas oficiales y a la manipulación informativa del establishment.

No sé lo que dicen los periódicos españoles sobre Trump, pero sí sé lo que dice Trump. He escuchado muchas declaraciones suyas y he visto los dos debates que ha mantenido con Hillary Clinton. Contra lo que dan a entender los periodistas omitiendo la mitad de la información, Trump nunca ataca si no ha sido atacado. Es mucho más inteligente que Hillary Clinton (lo cual no es difícil), y no sería peor presidente que ella o que Bush hijo (lo cual tampoco es difícil). Si hacemos caso omiso de sus bravuconadas y chistes malos, que le han financiado casi gratis la campaña electoral, lo que Trump propone es:

- acabar con ISIS, para lo cual Rusia sería un aliado excelente
- auditar la Reserva Federal y acabar con su intervencionismo
- reducir el tamaño del Estado y bajar impuestos, en particular a las empresas, para que no se lleven los centros de producción a otros países
- cubrir las futuras vacantes del Tribunal Supremo con jueces que no sean ideólogos progres
- reducir drásticamente la delincuencia siguiendo el modelo de Giuliani en Nueva York
- controlar rigurosamente la entrada en el país de las personas con religiones antidemocráticas o antiamericanas
- controlar la inmigración ilegal proveniente de México, que quita puestos de trabajo a los americanos legalmente establecidos, que pagan impuestos

Para resumir, Hillary Clinton propone más o menos lo contrario. No propone incrementar la delincuencia, naturalmente, pero sus declaraciones sí hacen temer que podría conducir a Occidente a una guerra abierta contra Rusia. Personalmente, no creo que Trump sea racista, y sí creo que dice en voz alta muchas cosas que mucha gente piensa pero no se atreve a manifestar en público, por miedo a ser tildado de racista, islamófobo, machista, antiecologista, antigay o cualquiera de los sambenitos progres que penden sobre nuestras palabras. La izquierda nunca amó la libertad de expresión.

Algunos ejemplos hipotéticos ilustrarán lo que quiero decir:

1 – Lleva usted media hora en la cola del cine, y de pronto se le cuela una persona. Pero, justo cuando le va a decir que se vaya al final de la cola, averigua que esa persona es un inmigrante ilegal. ¿Lo tratará de la misma manera? ¿Y las demás personas que están en la cola? ¿Y si la cola no es para el cine, sino para buscar empleo?

2 – Una persona acude al registro de partidos políticos para registrar el nuevo Partido Nazi. Usted, que es el funcionario que examina la solicitud, lo rechaza enérgicamente. Entonces el solicitante se va al registro de religiones y solicita registrar la religión nazi, con exactamente los mismos estatutos. Usted es el funcionario que examina la solicitud. ¿La aprobará? (Recuerde que hay que respetar escrupulosamente todas las religiones)

3 – Un blanco le estafa. Usted le llama de todo. Al día siguiente, un negro le estafa. ¿Se atreverá usted a proferir los mismos insultos delante de sus amigos? ¿Y en una entrevista ante las cámaras?

4 – Usted cree que el cambio climático es un cuento chino financiado por la casta política occidental para reducir la dependencia del petróleo de los países de Oriente Medio y de paso culpabilizar a la población. ¿Se atreverá a defenderlo con la misma vehemencia que quienes opinan que el cambio climático es una certeza?


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