(Comienzo)
El automóvil de Andy salió del callejón a toda velocidad. Los neumáticos gimieron un instante sobre el asfalto y, apenas entró en la avenida principal, se perdió entre el tráfico. Mi mano derecha dudó un instante, antes de soltar la llave de contacto. Dejé caer la cabeza sobre el respaldo de mi asiento y respiré hondo. No tenía sentido seguirle. A aquellas horas de la noche, Belinda sólo salía de casa acompañada de su marido. Y yo tenía sueño atrasado. Necesitaba dormir.
Aun así, quise asegurarme. Saqué el teléfono del bolsillo y marqué el número de mi cliente. Lo dejé sonar largo rato. Nadie contestaba. La cosa no era para alarmarse pero, si me iba a la cama con aquella incertidumbre, no dormiría tranquilo. De modo que puse en marcha el motor y enfilé la larga avenida bordeada de palmeras, en dirección a la playa.
A unos cincuenta metros del porche principal apagué las luces y me detuve junto a un tamarindo. La calle estaba en silencio. A lo lejos, sobre el rumor apagado de las olas, graznaban algunas gaviotas. En ese momento sonó el teléfono.
"¿Todavía te queda mucho, cariño?", dijo la voz de Rosario, haciendo arrumacos como una paloma en celo.
"No tengo ni idea, amor", respondí. "Pero me temo que tengo para rato. Ahora estoy vigilando las ventanas de mi cliente. He percibido movimientos sospechosos", mentí.
"¿Qué tipo de movimientos sospechosos?" El policía que había en ella enfrió por un instante el fuego de la pasión.
"Estoy en ello", susurré. "No te preocupes, lo tengo todo controlado. Ahora te tengo que dejar. Felices sueños"
Corté la comunicación. En una de las ventanas se había encendido la luz. Saqué los prismáticos de la guantera y localicé el recuadro de la ventana. Durante unos minutos, no sucedió nada. Todas las demás ventanas estaban a oscuras. En la lejanía ladró un perro, dos, tres veces.
Comprendí que no había venido a vigilar a mi cliente por motivos profesionales. Por la ventanilla entreabierta entraban ráfagas de aire húmedo que venían del mar. Claro que no quería terminar la noche en la cama de Rosario, pero no era sólo eso. A veces, uno se mueve sólo para que ocurran cosas, y yo estaba deseando que sucediera algo, cuanto antes. ¿Por qué estaba tan ansioso?
Pronto lo averigué. El cuerpo de Belinda, desnudo, irrumpió en el campo de visión de mis prismáticos. Cualquier detective menos encallecido que yo se habría desmayado. Belinda estaba esplendorosa. Acababa de salir de la ducha y se frotaba el cabello húmedo con una toalla. Su marido probablemente estaba ya en la cama con un libro entre las manos, mirándola de reojo con indiferencia. Santo cielo. Los seres humanos somos tan imbéciles que nos acostumbramos a todo.
Belinda terminó de secarse el cabello y, con movimientos desenfadados, lo dejó caer en cascada sobre sus hombros. Seguidamente, desapareció durante un tiempo que se me hizo eterno y, por fin, volvió a aparecer en camisón y se apoyó en el antepecho de la ventana. Tal vez me había visto. Instintivamente, aparté los prismáticos y me agaché sobre el volante. De pronto, la portezuela derecha se abrió y un cuerpo femenino mucho menos despampanante que el de Belinda se sentó a mi lado.
"Cu, cú", dijo a mi oído Rosario. "¿Qué haces ahí agachado? No me digas que..."
Su mano se deslizó hasta mi entrepierna y palpó los relieves del pantalón.
"¿Estabas pensando en mí?", ronroneó, restregando su doble pechera contra mi hombro.
Mi suerte estaba echada.
(Capítulo siguiente)

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domingo, 26 de abril de 2020
La espiral - 5
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martes, 14 de abril de 2020
La muralla española
Con 26 000 km de longitud, la gran muralla china es la única estructura de origen humano que es posible distinguir desde el espacio. Su construcción comenzó en el siglo VIII antes de nuestra era, como defensa frente a los bárbaros y, posteriormente, para proteger la ruta de la seda. A lo largo del tiempo, sucesivos emperadores la fueron modificando y ampliando hasta bien entrado el siglo XVII. Sobrepasaba la altura de tres seres humanos, y estaba provista de puestos de vigilancia, control y abastecimiento, y faros de comunicación.
Sin embargo, no era rigurosamente impermeable. La política china de heqin, consistente en entregar princesas en matrimonio a gobernantes extranjeros o recibirlas de ellos, les permitió mantener la paz con las tribus turcomanas, tibetanas, xiongnus, rourans, tuyuhuns y uygures. Aun así, los matrimonios de apaciguamiento sólo atenuaban la necesidad de una muralla. A lo largo de los siglos los emperadores chinos tuvieron que defenderse en muchas ocasiones de aquellos atacantes y de otras tribus igualmente codiciosas. Las riquezas y las vastas extensiones del imperio eran una tentación permanente para asaltantes que, a menudo, eran poblaciones nómadas más pobres y menos sofisticadas.
La muralla china es la mejor metáfora que se me ha ocurrido para describir un aspecto de la sociedad española del que rara vez se habla. A nada que lo analicemos, todos los que me leen sabrán a lo que me estoy refiriendo. ¿Quién no ha tenido alguna vez un jefe manifiestamente incompetente? ¿Quién no ha sido marginado, estorbado, maniobrado o directamente despedido por ser más inteligente, más carismático o más eficaz que sus superiores? ¿A cuántos puestos de trabajo, contratas, jefaturas, cargos políticos, exclusivas, subsidios, comisiones o pelotazos puede uno aspirar en España sin tener buenos 'contactos'?
Todos conocemos la respuesta. Sí, es la muralla española, y sobre ella recae el ominoso silencio de las mafias. Hay una tendencia a analizar la sociedad española en términos de nivel económico, 'nacionalidades', cultura, sexo o clasificaciones políticas. Da igual. Ninguno de esos análisis va al meollo del problema. El meollo del problema es que en España, sea cual sea la región, el sexo, la edad, el modelo de automóvil o el valor de la vivienda de cada quién, no hay movilidad social.
Los escasos españoles que han triunfado gracias a su propio esfuerzo son ignorados, odiados o denostados. Rara vez admirados o exaltados como ejemplo a seguir. No. El modelo es el funcionario de empleo vitalicio, el adulador de dirigentes políticos, el listillo, el trepa, la guapa sin escrúpulos, el sindicalista liberado, el concejal con coche oficial. En España, la vía más rápida para acceder al poder no es la valía personal, sino el trato de favor: intercambiar princesas. Todavía. ¿Realmente hemos salido de la Edad Media?
La gran maldición de España, escribió Ramón y Cajal, son los talentos desperdiciados. El odio secular a quienquiera que destaque, convertido en ideología, ha destruido la educación. No es sólo estulticia política. Es una tradición ancestral heredada de un catolicismo gregario y martillo de herejes. Ese "nadie es más que nadie" de Antonio Machado ha sido durante siglos el principio que igualaba a todos por abajo y que generaba --y sigue generando-- un odio visceral hacia los habitantes de la fortaleza inexpugnable. No por ansia de derribar la muralla, sino de sustituirlos.
Ante tal panorama, los populismos de izquierda hacen su agosto. En el exterior de la muralla se agolpan jóvenes sin horizonte, ciudadanos con talento ignorados y resentidos, envidiosos de toda laya, emprendedores sin aliento y toda una clase media que ha aprendido, con dolor, que el esfuerzo y el ascenso social son caminos sin conexión entre sí. En lo alto de la muralla, un puñado de ricos ornamentados de ideología progresista enarbolan la bandera de la revancha ocultando cuidadosamente su historial de hambre, miseria, sangre y opresión.
A mediados del siglo XVII, los manchus consiguieron franquear la muralla china y entraron en Beijing. Cuatro siglos después, la muralla china es ya innecesaria, pero la española sigue en pie.

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Palabras clave: ascenso social, castas, esfuerzo, incompetentes, oportunidades, poder, progresista
viernes, 10 de abril de 2020
La espiral - 4
(Comienzo)
La atmósfera del local estaba muy cargada, y el olor a rosas del ambientador era demasiado empalagoso. Avancé con dificultad. En la penumbra que envolvía a los espectadores apenas se distinguía algún hueco. Por fin, encontré una mesa libre en un rincón discreto, en un extremo de la primera fila. Frente a mí, bajo los focos del escenario, una chica realmente atractiva hacía contorsiones alrededor de una barra vertical. Estaba desnuda.
Eché un vistazo a mi alrededor. A pocos metros de mi mesa, dos tipos sebosos contemplaban los movimientos de la chica aparentando indiferencia. El que estaba de espaldas a mí era calvo. Iba bien trajeado, y en su cogote brillaban unas gotitas de sudor. Los dedos del otro, que tenía orejas de soplillo, jugueteaban nerviosamente con un gin tonic. A mi izquierda, una dama generosamente escotada reía a carcajadas las ocurrencias del tipo que se sentaba a su lado. Su maquillaje habría pasado inadvertido en una fiesta de carnaval. Había aquí y allá hombres solitarios y abúlicos, y grupos de amigotes ruidosos y evidentemente excitados. La fuerza que mueve el mundo, pensé.
La música cesó. La chica levantó los brazos triunfalmente, hizo una reverencia y, dando la espalda al público, se retiró en medio de una salva de aplausos. Un animado bullicio llenó el vacío que acababan de dejar los aplausos. En aquel momento, una camarera vestida con una elegante hoja de parra se inclinó sobre mí.
“Hola. Me llamo Eva. ¿Qué vas a tomar?”
“Un cuba libre, unas almendras saladas y unas notas”
Sonrió, desconcertada.
“¿Unas... notas?”
“Sí. A lo mejor tú me quieres ayudar”
Saqué mi billetera,. Su sonrisa seguía indecisa, congelada en sus labios.
“Llevas un vestido precioso”, dije, sin apartar mi mirada de sus ojos “pero en invierno no te servirá de mucho, me parece”
Se envaró. De golpe, su sonrisa se esfumó.
“Tengo ropa de abrigo. Esto es sólo el uniforme de trabajo”
“No importa. Seguro que te gustaría comprarte un abrigo de los buenos”
Saqué dos billetes de tamaño regular y abaniqué con ellos la azucena de plástico que agonizaba en el centro de la mesa. No respondió. Los miró. Levantó una ceja, me miró, y apoyó la bandeja en su cintura.
“Necesito saber dónde vive Andy", dije. "Y a qué horas viene”
“Pregúntale a él”, dijo, señalando con la cabeza el otro extremo del local. Seguidamente, aprovechando mi descuido, cogió los dos billetes y se largó.
En efecto, allá al fondo, entre las cabezas, un tipo elegantemente vestido nos miraba con recelo. Se acercó a la camarera, la enlazó por la cintura y deslizó unas palabras en su oído. Ella se encogió de hombros, le entregó la bandeja al barman y desapareció por una puerta trasera. Andy entró tras ella.
Un cuarto de hora después, el barman se acercó a mi mesa con un cuba libre y un platito de almendras saladas. Sin decir nada, dejó todo en mi mesa y se marchó. Levanté el platito y recogí el ticket. En el reverso, una mano apresurada había escrito una dirección. Me lo guardé en el bolsillo y bebí un trago largo de cuba libre.
En ese momento, los focos se encendieron y mi camarera apareció en escena. Al ritmo de una música de gimnasio, se agarró a la barra vertical y se puso a hacer contorsiones. Me llevé el vaso a los labios y saboreé despacio mi bebida. Las aguas habían vuelto a su cauce. Ahora conocía ya el domicilio de Andy, y la siguiente cita con Belinda no se me escaparía.
Entonces sonó mi teléfono. Era Rosario.
“Amor, ¿vendrás esta noche?”, le oí decir con voz acaramelada.
“Esta noche no puedo, cielo. Estoy sobre la pista de mi parejita, y todavía estaré ocupado hasta la madrugada”
“Mañana tengo turno de tarde. La madrugada es muy larga, como mi deseo. Te he preparado un flan”
Mi estómago sufrió un sobresalto. Nunca se me había ocurrido que el deseo pudiera tener longitud. Estaba tratando de encontrar otra excusa cuando a mi izquierda sonó un grito. La música se paró, y en las mesas el público, alarmado, se puso en pie.
“Luego te llamo, cariño”, mascullé, y corté la comunicación. Sobre la tarima del escenario, la camarera acababa de desplomarse. La hoja de parra estaba caída junto a su pierna derecha. En aquel mismo momento Andy desaparecía por la puerta trasera.
A empujones, me abrí paso hacia la calle.
“¡No respira!”, fue lo último que oí, a mis espaldas. En la calle, la madrugada había comenzado.
Capítulo siguiente.

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Desventajas de las limusinas
Todos conocemos el cuento del emperador que creía estar vestido pero iba desnudo... hasta que un niño dio la voz de alarma. Pero, ¿qué ocurriría si el emperador viajase en limusina y sus súbditos sólo pudiesen ver su rostro sonriente y su mano saludando a la multitud?
Día uno. El gobierno chino llega a la conclusión de que en su territorio se está declarando una epidemia que podría ser devastadora para la salud y para la economía del país. Inmediatamente, adoptan medidas de control estricto de la población, secuencian el genoma del nuevo virus y dan aviso a la Organización Mundial de la Salud.
Son dos actos reflejos. Para el gobierno chino, la sociedad es piramidal, y las decisiones que afectan a todos las adoptan invariablemente los que están en la cúspide de la pirámide. Por eso dan aviso a la OMS. Su concepción del mundo los lleva siempre a buscar la cúspide de la pirámide. Pero analicemos un poco esta decisión.
El objetivo de la OMS es “luchar contra las enfermedades, ya sean infecciosas, como la gripe y la infección por el VIH, o no transmisibles, como el cáncer y las cardiopatías”. Un momento. ¿De eso no se ocupan ya los médicos? Tal vez sería mejor que la OMS se dedicara a informar a los médicos de los riesgos sanitarios que se vislumbran en el horizonte, y dejara que cada profesional competente hiciera su trabajo.
Pero para informar ya están los medios de comunicación, que también cuentan con profesionales competentes. Presumiblemente. ¿O acaso supone la OMS que un brote epidémico grave le puede pasar inadvertido a un profesional de la información? El mundo tardó minutos en enterarse de la muerte de Kennedy, del accidente de Chernobil o del atentado contra las torres gemelas. En las sociedades democráticas la información no es piramidal.
Al menos, alegarán los defensores de las pirámides, alguien tendría que establecer un protocolo de actuación común para todo el planeta. Pero ese argumento no se sostiene. Cada país y cada región del mundo tiene sus peculiaridades. De unos a otros, varían el clima, la composición de la población, los medios disponibles, el número y distribución del personal sanitario. Las personas más capacitadas para definir un protocolo son los profesionales que mejor conocen todas esas circunstancias locales.
¿Cómo sabremos quién es el profesional que mejor conoce la manera de afrontar una epidemia? No lo sabemos, porque no hay un criterio objetivo que puntúe a todos los médicos de un país y decida quién es el más capacitado para una situación específica. Pero eso es lo mismo que sucede en los sectores de la economía que no son estatales. Cada empresa tiene sus accionistas, que, siempre en defensa de sus intereses, deciden quién es la persona más adecuada para marcar las pautas de la empresa. Naturalmente, una empresa se puede equivocar, y ocasionar la ruina de sus accionistas y el desempleo de sus trabajadores. Pero también el Estado se puede equivocar, acarreando la ruina y el desempleo de toda una nación. ¿Qué es preferible?
En los países en que la sanidad depende del estado, los accionistas son los contribuyentes, pero los contribuyentes no tienen ningún control sobre las decisiones sanitarias. Pueden votar una u otra coalición de partidos, pero no tienen forma de garantizar que las decisiones últimas no sean políticas, y tampoco pueden controlar la cuantía ni la administración de los presupuestos. Para eso, los servicios sanitarios tendrían que ser privados.
Suena mal eso de que la salud esté en manos de empresas privadas, sí. Pero la alimentación está en manos de empresas privadas, que funcionan mucho mejor que los economatos estatales. Uno puede aguantar unos cuantos meses sin que lo operen de cataratas o le implanten una prótesis de cadera. Pero, si se queda tres semanas sin comer, se muere.
¿Por qué son mejores las empresas privadas que el Estado? Las empresas tienen poderosos motivos para optimizar sus decisiones, para mantenerse lo más informadas posible de la realidad y para mejorar constantemente sus servicios al menor coste posible, a riesgo de que sus clientes se vayan a la competencia. El Estado, en cambio, es una pirámide. Los políticos designan a sus informadores y a sus gestores, demasiado a menudo con criterios estrictamente políticos, o incluso amistosos. Los presupuestos son, generalmente, anuales, y están basados en una información contaminada de intereses políticos. Si al final del ejercicio sobra dinero, los gestores lo dilapidan para evitar recortes. Si los fondos no alcanzan, reducen prestaciones.
Pero también puede suceder que las empresas, viciadas por el modelo piramidal, se inhiban de ciertas responsabilidades y las deleguen en el Estado. Si usted tiene un puesto de helados en la playa y se entera de que se acerca un tsunami, lo último que se le ocurrirá es sentarse a esperar a que el gobierno construya a toda velocidad un muro de contención. Lo normal es que usted recoja sus bártulos y se suba a la montaña más cercana. Y si usted tiene una empresa y quiere que sus empleados se mantengan sanos para poder seguir trabajando, en cuanto se entere de que viene una epidemia extremará las medidas de higiene en la empresa y comprará mascarillas suficientes para todos sus empleados.
¿Eso quiere decir que el Estado no pinta nada en este tipo de crisis? El Estado es necesario. Existe para proteger a la sociedad siempre que la sociedad no sea capaz de hacerlo por sí misma. El Estado tiene un papel insustituible como defensor de la libre competencia, de modo que ninguna empresa o grupo de empresas lleguen a acaparar el mercado e imponer los precios que les dé la gana (es decir, implantar un modelo de economía piramidal). Y tiene también el deber de proteger a sus ciudadanos, por ejemplo controlando las fronteras para que las epidemias externas no lleguen a contagiarnos.
Aislar a toda la población es una solución piramidal, una solución extrema para un problema que quizá habría tenido una solución más eficaz si todos, tanto nosotros como nuestros representantes, hubiéramos tenido una conciencia clara de nuestras responsabilidades... y de nuestros intereses.
En lugar de estar mentalmente contaminados por el modelo de sociedad piramidal. En las sociedades humanas, el poder es inevitable. Contra lo que muchos creen, la solución no es reformarlo, sino trocearlo.

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Palabras clave: empresa, epidemia, estatal, libertad, piramidal, privado, responsabilidad, sociedad
lunes, 16 de marzo de 2020
La Ciencia lo dijo y yo no miento
Basta ya de trucos. Igual que censuramos la adulteración de los alimentos, tenemos que censurar la adulteración de los significados. Hay que poner las cosas en su sitio, no sea que, en un descuido, se nos vayan de las manos.
Llevamos ya quizá demasiado tiempo oyendo invocar machaconamente a 'la ciencia' como diosa suprema con la que se justifican argumentos, decisiones, leyes o proclamas ideológicas de todos los colores. Ciencia es, presumiblemente, la distinción entre alimentos 'buenos' y 'malos', la necesidad de correr como un demente sin que a uno se le esté escapando ningún autobús, las teorías económicas fallidas que todos los años reciben algún premio Nobel, o la pretensión de saber qué tiempo hará dentro de cien años sin saber el que hará dentro de dos semanas.
Ciencia por aquí, ciencia por allá. Ciencia hasta en la sopa. Personalmente, la gota que ha colmado mi vaso ha sido el reciente ascenso al estrellato de la epidemiología, otra 'ciencia' infalible que, supuestamente, permitirá a algún que otro país minimizar los efectos de cierto virus rampante. Aunque a la hora de la verdad cada país termine enarbolando su propia teoría 'científica', que viene a ser como decir que cada planeta obedece a su propia ley de la gravedad. Sobre gustos no hay nada escrito.
Empecemos, pues, por el principio: querido público, la ciencia es experimental, y no puede haber ciencia si no hay confirmación experimental. Las teorías de Galileo, Newton, Darwin, Planck o Lavoisier no habrían pasado de especulaciones más o menos ingeniosas (generalmente, más) si no hubieran sido confirmadas experimentalmente.
En segundo lugar, la ciencia es predictiva. Esto quiere decir que sus predicciones se cumplen siempre. Y, cuando no se cumplen exactamente, sus resultados están siempre rigurosamente dentro del margen de error predicho por la teoría.
Estos dos principios básicos nos permiten, ya de entrada, apear del altar de los altares a unas cuantas teorías cacareadamente 'científicas' y relegarlas a la estantería de los crecepelos. Ahora veremos por qué.
Con respecto a la economía, circula por ahí una definición humorística (pero acertada) que me ahorrará entrar en mayores digresiones: "La economía es esa ciencia que nos permitirá explicar mañana por qué estábamos equivocados hoy". Nada que objetar, y por lo tanto paso al párrafo siguiente.
La 'ciencia' de los alimentos, en cambio, ni siquiera nos permite explicar mañana por qué hemos hecho el ridículo hoy. Está basada en estadísticas, sí, pero ignorando olímpicamente cientos de factores que no son reproducibles: estado de ánimo, recuerdos infantiles, gustos estéticos, calidad del sueño, fuerza de voluntad, manías personales, frecuencia e intensidad de disgustos o alegrías, grado de satisfacción sexual, procedencia o autenticidad de los alimentos, sabores o aromas preferidos... El resultado son conclusiones contradictorias. ¿El aceite de oliva es bueno o malo? Según...
Un tercer grupo de 'ciencias' está basado en modelos. Sí, me dirán ustedes que también la teoría de la gravitación universal es un modelo. Cierto, pero es un modelo que funciona. Siempre. Siglos después, la teoría de la relatividad delimitó el alcance de la teoría de Newton, pero no la invalidó. Ahora bien, un modelo del clima futuro basado en datos escandalosamente incompletos, en parámetros subjetivos y a menudo ocultos, decidido por consenso (!) y publicado escamoteando los datos que no concuerdan con unos fines políticos no es realmente un modelo, ¿verdad?
Yo diría que no.
Y llegamos ya a la estrella más reciente del firmamento de las 'ciencias': la epidemiología. ¿Qué podemos decir de la epidemíología? ¿Es o no una verdadera ciencia?
Tal vez. Acaso. Quizá. Quién sabe. De los modelos epidemiológicos se puede decir lo mismo que de las estadísticas: les faltan datos y, por lo tanto, son simplificaciones groseras de fenómenos reproducibles sólo a medias. Todo esto, sin embargo, no sería grave si sus modelos tuvieran la virtud de predecir con cierta exactitud la evolución de una epidemia. No tengo información suficiente para saber si, hasta la fecha, tales predicciones han sido o no correctas, pero sospecho que no mucho.
En primer lugar porque, ante una pandemia como la del COVID-19, cada país está aplicando su propia receta. A diferencia de los planetas, que parecen estar todos de acuerdo en obedecer la fórmula de Newton. Y, en segundo lugar, porque la complejidad de las situaciones reales hace que cualquier modelo epidemiológico sea impredecible. A esto añadiré una consideración moral: ¿hasta qué punto está justificado experimentar con las vidas de seres humanos?
Difícil decisión. No les arriendo la ganancia. Pero, por favor, no invoquemos con entonación grandilocuente a la diosa Ciencia para justificar nuestras decisiones. Es un truco muy manido ya.
Y, si no me creen, échenle un vistazo a las etiquetas de las botellas de Anís del Mono.

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Palabras clave: alimentos, ciencia, clima, epidemiología, estadística, Newton
miércoles, 25 de diciembre de 2019
Democracia informada
Hace poco escribí un comentario sobre todos esos que se declaran 'demócratas' pero, sorprendentemente, consideran que los referendums son 'peligrosos'. En realidad, mi comentario no iba al fondo de la cuestión. Por supuesto, si uno se declara demócrata tiene que aceptar que los referendums son la expresión suprema de la democracia. Un referéndum es un ejercicio de democracia directa, que por definición siempre será más legítima que la democracia llamada 'representativa'.
Aun así, uno no puede ignorar la sensación de que la opinión de los falsos demócratas contiene un grano de verdad. Precisamente por eso, uno está obligado, por honestidad personal, a no quedarse en la superficie de las cosas y llegar al fondo de la cuestión.
Efectivamente, todos conocemos situaciones en que las mayorías toman decisiones que, al cabo de un tiempo, se demuestran insensatas. Las estampidas de bisontes interceptadas por un precipicio son un buen ejemplo, aunque aparentemente impropio de una especie que se hace llamar Homo sapiens. Desde luego, las situaciones de pánico en espectáculos de masas no son muy diferentes, pero tampoco son del todo ilustrativas. Es cierto, son casos extremos en que los individuos apenas tienen alternativas, o no tienen tiempo para pensar en ellas (aunque también cabría preguntarse por qué no las han sabido prever).
Naturalmente, en la mente de todos los que están leyendo esto flotan ya, desde hace por lo menos un párrafo, fenómenos como el nazismo, las cazas de brujas o las lapidaciones, que reflejan decisiones mucho más deliberadas, en la medida en que los insensatos han tenido tiempo para sopesar otras alternativas y demostrar al mundo que realmente son diferentes de los estúpidos bisontes.
Pero las votaciones democráticas son, en general, mucho más sosegadas que todo eso. Las elecciones, o los referendums, son convocados con antelación suficiente, y lo normal es que los votantes tengan la oportunidad de informarse adecuadamente sobre lo que les proponen votar. ¿Hay algún peligro en esto? Creo que todos estaremos de acuerdo en que no.
Se podría argumentar que las elecciones son peligrosas porque la mayoría de los partidos políticos casi nunca cumplen ni la mitad de lo prometido, pero ese peligro no es del todo imputable a los votantes, o por lo menos a los votantes medianamente avispados. No. El verdadero peligro de las votaciones, sean o no referendums, es que los votantes no sepan realmente lo que están votando.
Eso es lo que yo, al menos, considero un peligro. El peligro de las elecciones y de los referendums estriba en que los ciudadanos no se tomen el tiempo necesario para evaluar en detalle las consecuencias de su voto. ¿Cuántos españoles que votaron el Tratado de la Unión Europea se habían leído el texto del tratado? ¿Con cuántos dedos de una mano se pueden contar los que siempre se leen el programa electoral de todos los partidos que se presentan a las elecciones? Vaya, seamos un poco menos exigentes: ¿cuántos se leen de cabo a rabo el programa electoral del partido al que terminan votando? Creo que todos conocemos la respuesta.
El peligro, por lo tanto, no radica en que los votantes tomen o no decisiones insensatas, sino en que rara vez saben realmente lo que están votando. Todos sabemos cuáles son nuestros intereses pero, si no nos molestamos en informarnos, podemos perfectamente votar en contra de ellos y quedarnos tan tranquilos. ¿Es eso realmente una democracia?
Las votaciones en España no me interesan mucho más que las estampidas de los bisontes, pero en los últimos tiempos he seguido muy de cerca el proceso del Brexit, aquel gran 'error' del 'insensato' Cameron en 2016, según esa élite de seres superiores que siempre son más sabios que la plebe. Pues bien, aunque en España no todos lo saben, los votantes del Reino Unido fueron informados exhaustivamente, durante meses, por radio, prensa, televisión y medios online. Asistieron a debates en los que se analizaron una y otra vez los argumentos a favor y en contra, y las consecuencias de cada argumentación. Y, finalmente, decidieron. Creo no equivocarme si afirmo que ni un solo británico votó en aquel referéndum sin saber perfectamente lo que estaba votando. Eso, amigos lectores, sí es democracia. ¿Peligros? Cero.
Pero no todos los países son el Reino Unido. En algunos países, los medios de comunicación no se esfuerzan por aportar información objetiva a los futuros votantes, o bien ocultan o deforman datos por razones ideológicas, o ponen la lupa sobre temas de actualidad mucho menos relevantes. Entonces, ¿cómo conseguir que las votaciones sean siempre realmente democráticas? Hasta hace unos años el problema no tenía solución fácil, pero la aparición de Internet podría cambiar las cosas... si realmente hay voluntad política para ello. Veamos.
Si tiene usted automóvil no le extrañará leer que para poder circular por las carreteras es necesaria una licencia expedida por las autoridades pertinentes. ¿Por qué las votaciones no pueden estar sujetas a ese mismo requisito? ¿Conoce usted todas las señales de tráfico? Adelante. ¿Conoce usted todas las propuestas económicas de todos los partidos que se presentan? Vote democráticamente. En caso contrario, no tendrá usted derecho ni a conducir un automóvil ni a votar, sencillamente porque su decisión podría afectar a personas inocentes, que no tienen por qué asumir las consecuencias de su irresponsabilidad.
Leyendo esto, siempre habrá quien invoque exaltadamente los derechos humanos y me atribuya algún que otro adjetivo políticamente correcto. De acuerdo, entonces. Dejemos que los conductores se lancen libremente a las autopistas sin pasar antes por un examen, y veamos las consecuencias. ¿Serán de nuestro agrado?
Puede que no mucho. Pero al menos nadie nos acusará de no ser demócratas.

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Palabras clave: democracia, elecciones, información, masas, peligro, referéndum, responsabilidad, votaciones
martes, 24 de diciembre de 2019
La espiral - 3
(Comienzo)
Cuando Rosario, suspirando, se desabotonó la blusa y mi mano palpó aquellas carnes desbordantes tras una faja dos tallas demasiado estrecha, mi cerebro entró en modo supervivencia. Cobrar la generosa recompensa prometida por el millonario se convertía automáticamente en prioridad dos. Lo único importante ahora era mantenerme en todo momento encima de Rosario para no perecer por asfixia.
Además, tenía que estar preparado para todo. Más pronto que tarde, aquella faja daría rienda suelta a todos sus secretos, y yo no podía permitir que mi virilidad me abandonase frente a un destino que parecía ya inevitable. Hay héroes anónimos que nunca saldrán en los periódicos.
"Ven, cariño, vamos a la cama", susurró por fin Rosario con voz melosa. Apartó mi mano de su entrepierna, la tomó entre las suyas y me guió hasta su dormitorio.
Quizá habría sido más erótico hacer el amor con un solomillo. Nunca lo sabré, pero aquella noche los dioses me ayudaron. Mi virilidad resistió hasta el final, y Rosario aprovechó con avaricia la bendita circunstancia. Debía de hacer mucho tiempo que no metía a un hombre en su cama.
"Uff. Te lo has ganado, y bien ganado", exclamó al fin, casi sin aliento. "El nombre de ese tipo, su dirección, el nombre de su abuela y, si los encuentro, hasta los apellidos de su dentista". En seguida, con tono mimoso, añadió:
"¿Vendrás a verme el sábado que viene? Esta semana no puedo. Tengo guardia".
Cerré los párpados y tragué saliva. Allá en el fondo, los macarrones se rebelaban contra los intentos de mi estómago por digerirlos. Dramática situación, pensé. Ni siquiera la policía podía ayudarme.
Miré de reojo a Rosario. No sé si conseguí sonreír.
"¡Claro! Cuenta conmigo", respondí.
(Siguiente)

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miércoles, 11 de diciembre de 2019
La espiral - 2

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martes, 10 de diciembre de 2019
¿Progreso?
Empieza a ser ya demasiado obsesivo el empeño de muchos políticos por invocar constantemente el 'progreso' como panacea universal de todos los males. El progreso es lo único bueno, y todo lo demás es un abuso del fuerte contra el débil, de la injusticia contra la justicia y, en suma, del Mal contra el Bien. Así, con mayusculas. Maltrecha ya la fe religiosa, que compite penosamente con esa plétora de videojuegos, smartphones, discotecas, peluquerías y salones de tatuaje que hacen la vida tan apasionante, las religiones tradicionales están de capa caída y se baten en retirada.
Sin embargo, el cerebro reptiliano no se rinde jamás, y los antiguos tics de la religión cristiana retornan sigilosamente, convenientemente disfrazados de anhelos y terrores 'progresistas'. Nuevos tabúes, herejías y sentimientos de culpabilidad se apresuran a llenar el hueco dejado por sermones y catequesis, ahora tristemente mohosos. ¿Quién dijo cambio? No nos engañemos: Parménides tenía razón.
Sin embargo, sorpréndase usted: el catecismo progresista exalta todo lo contrario de lo que predica. Exactamente igual que su predecesora la institución cristiana. Créanlo o no, las enseñanzas progresistas son incitaciones al abuso, la discriminación, el poder, el supremacismo y la empanada mental. Veamos.
Igualdad
Al menos hasta que el padrecito Stalin descienda de los cielos para instaurar el paraíso socialista, las personas, que yo sepa, somos todas diferentes. Todas. Ni siquiera los hermanos gemelos caminan siempre en la misma dirección, parpadean al mismo tiempo ni comen los mismos menús a la misma velocidad. Unos somos altos, otros bajos. Unos calvos, otros hirsutos. Hay seres humanos trabajadores como los hay perezosos, y como los hay también egoístas y generosos. ¿Por qué empeñarse en igualarnos para evitar que seamos como somos: es decir, irreparablemente diferentes?
Me dirán los feligreses progresistas que lo que ellos pretenden es igualar al rico con el pobre. A todos los ricos con todos los pobres, claro, que para eso los progresistas son totalitarios. Pero eso es discriminatorio. Quitarle su dinero a una persona que quizá se ha hecho rica con su esfuerzo para dárselo a otra que quizá es pobre porque no le da la gana trabajar es un abuso como la copa de un pino. De progreso, nada, oiga. Sería más sensato aspirar a una sociedad en la que el pobre, trabajando, pudiera igualarse al rico, o incluso superarlo, sin molestar a nadie. Y en la que el vago cosechara los frutos de su desidia sin que ningún progresista se escandalizara ni increpara a la humanidad por ello.
Violencia de género
Pobres mujeres agredidas por machos violentos y prepotentes... ¿Mujeres? ¿Por qué sólo mujeres? La testosterona descontrolada no tiene remilgos, y no se ceba sólo en las mujeres. Y si no, que se lo pregunten a Pol Pot, a los responsables del Holocausto o al general Custer. Va a ser difícil contarlos, pero yo diría que el número de varones caídos en guerras desde que Caín descubrió las virtudes de la quijada supera abrumadoramente al de las mujeres, no ya asesinadas, sino siquiera lesionadas por representantes del patriarcado opresor. Al menos, en las sociedades no musulmanas.
Al mismo tiempo, el catecismo progresista declara enfáticamente que las mujeres son, en todo, exactamente iguales a los hombres. Entonces, ¿por qué protegerlas a ellas más que a mí? Es cierto, yo nunca me he emparejado con ningún portador de testosterona, pero sí con portadoras de oxitocina, y supongo que, si alguna de ellas me hubiera agredido, yo me habría defendido. Lo siento, se llama supervivencia. Y si alguna hubiera sido más dañina que yo (psicológicamente, unas cuantas lo han sido), yo no me habría quedado mucho tiempo a deleitarme con el drama masoquista.
Me sabe mal decirlo, pero si una persona abusa de otra es porque es superior a ella. De manera que, una de dos: o declaramos que el macho es superior a la hembra y la protegemos, o nos declaramos todos iguales, y que la ley proteja sólo al agredido, sea cual sea la hormona que corra por sus venas.
Inmigración
Si yo fuera pobre (no estoy muy lejos de serlo) y se me ocurriera emigrar a otro país para mejorar mi situación, escogería un país en el que pudiera ganarme la vida trabajando. Y si en algún país no tuviera posibilidades de trabajar, entendería que no me dejaran entrar. Cierto, podrían acogerme con los brazos abiertos, mantenerme con cargo a los impuestos de los que sí trabajan, o permitirme fastidiar a los comerciantes que pagan impuestos (y muy altos) vendiendo imitaciones de sus productos a mitad de precio. Pero, para mí, la dignidad consiste en ganarse la vida con el propio esfuerzo, y si consintiera en recibir un trato así me sentiría fatal.
He dicho que no estoy lejos de ser pobre, y no miento. Pero si algún día me encontrara con una mano delante y otra detrás, me iría a vivir a Africa. En el Africa central, al menos, hambre no pasaré. Siempre hay un mango o una banana que coger de una rama, o un pescado que capturar en cualquier orilla. Tampoco hay que pagar calefacción, y tengo entendido que esas plantas que algunos fuman crecen en abundancia. Probablemente no podré pagarme un médico si caigo enfermo, pero trataré de disfrutar de la naturaleza y de las relaciones humanas, y consideraré que lo importante es la calidad, y no la cantidad, de los años que a uno le queden de vida.
Y, desde luego, si fuera progresista no trataría de emigrar a Estados Unidos, donde (según mi catecismo) el capitalismo salvaje explota a los pobres inmigrantes sin piedad. No, no. Me iría a Cuba, a Venezuela o a Corea del Norte, a disfrutar de la riqueza y la libertad del paraíso socialista.
Digo yo.
Referendums
Se oye muy a menudo decir por ahí "yo soy demócrata, sí, pero los referendums son muy peligrosos". O sea, que tú eres demócrata, pero tu opinión vale más que la de la mayoría democrática. Pues no me aclaro. "Pero entonces --les respondo yo-- si piensas eso será que no eres demócrata". "Sí, sí, claro que soy demócrata, pero los referendums son muy peligrosos". Y no hay forma de sacarlos de ahí. O sea, que ellos creen que todos los votos tienen exactamente el mismo valor, pero sólo tienen derecho a votar los que piensan como ellos...
Pues lo siento, pero no son nada originales. Ya se les adelantó George Orwell en Animal Farm, cuando escribió que "todos en la granja somos iguales, pero hay unos que son más iguales que otros". Todo un visionario, aquel hombre.
Cambio climático
Qué tremendo, el cambio climático. Según el catecismo progresista, la hecatombe que los seres humanos estamos causando en el pobre planeta nos obliga a: (a) sentirnos muy culpables, más o menos como nos enseñaba antiguamente el cura en la misa de doce; (b) aunque nosotros ya hemos pecado y tenemos aire acondicionado y agua corriente, a los que aún no lo tienen hay que impedirles que repitan nuestros errores; (c) ah, y también tenemos que vivir angustiados por la huella de carbono, clasificar las basuras y odiar a los herejes negacionistas mientras seguimos usando nuestros teléfonos móviles, viajando en avión y aguardando ansiosos el advenimiento de la tecnología 5G, que multiplicará por diez el consumo de energía mundial para que nuestro frigorífico pueda decirnos en voz alta que está helado de frío.
Pero con todas esas medidas ¿qué esperamos conseguir? Que el clima no cambie, me dirán ustedes. De acuerdo, pero ¿cómo se comportaría si no cambiara? Pues no lo sabemos, porque el clima, por definición, siempre está cambiando. Simplemente, no podemos detenerlo. Y además ¿qué clase de progreso es ese que pretende que todo se quede como estaba? ¿Eso no era cosa de los fachas?
El odio
Cuando oí por primera vez hablar del "delito de odio", se apoderó de mí esa sensación de que algo no encajaba. ¿Cómo puede ser delito un sentimiento que es espontáneo y pertenece a la esfera de la más estricta intimidad? Podrá ser un delito la incitación al odio, pero ¿a qué --insértese un exabrupto-- legislador le incumbe lo que yo sienta o deje de sentir? Hasta ahí podríamos llegar, papacito Stalin. Ni siquiera manifestar odio debería ser un delito, si verdaderamente defendemos la libertad de expresión.
Claro que, en esto, el catecismo progresista distingue muy claramente entre odio y odio. Por ejemplo, declarar una alerta antifascista y salir a la calle a quemar contenedores de basura no es un delito de odio. Y mucho menos de incitación al odio. Y es que, parafraseando a Orwell, todos los odios son odios, pero hay algunos odios que son, en realidad... amor.

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martes, 20 de agosto de 2019
La espiral - 1
"¡Maldita sea! Pero ¿qué...? ¡Eh!, ¡eh! ¡Esperen!"
El portal desapareció bruscamente de la pantalla de mi teléfono móvil y yo eché a correr hacia el callejón. Demasiado tarde. Cuando llegué a la esquina, un camión grúa con mi coche sobre la plataforma trasera se alejaba sin hacer caso de mis aspavientos. Me detuve.
"¡Maldita sea!", repetí, jadeando. "¡Justo cuando estaban saliendo del portal!"
Eché a correr otra vez hasta la terraza del bar. El camarero, de pie entre las mesas, me miraba con la bandeja en la mano, en actitud vagamente amenazadora. Saqué apresuradamente mi billetera del bolsillo, puse un billete de diez bajo mi taza de café con leche y seguí corriendo hasta llegar al portal. Belinda y su acompañante ya no estaban allí. A mis espaldas arrancó un motor. Di media vuelta, justo a tiempo para ver alejarse un coche con Belinda en el asiento de pasajeros. El coche dobló una esquina y desapareció. Sólo pude distinguir los tres primeros números de la matrícula. Los anoté en mi teléfono móvil y eché a andar hacia la parada de taxis más cercana.
Ya en el taxi, revisé la grabación del portal de Belinda. En la penumbra del zaguán, las facciones del hombre que la acompañaba eran imposibles de reconocer. Era un tipo alto, trajeado pero con aires deportivos. Sólo pude distinguir un detalle peculiar: parecía llevar calcetines blancos. Belinda, en cambio, había salido delante de él y, a la luz del día, estaba esplendorosa. Un vestido ceñido y unos zapatos de tacón resaltaban su silueta cimbreante, y tras su melena pelirroja se podía adivinar un escote más que generoso. Silbé por lo bajo. En el retrovisor, el taxista me miró un instante.
"Es aquella nave", dijo por fin, señalando con el dedo un enorme hangar con una garita a la entrada. "No puedo acercarle más. Tendrá que caminar un trecho"
Lo miré, incrédulo.
"Tengo pendientes demasiadas multas de aparcamiento. Si me reconocen, tendré que hipotecar el apartamento de Benidorm para pagarles todo lo que les debo".
Le pagué y salí del taxi dando un portazo. La cuneta estaba polvorienta, y la calzada, desierta. Recorrí los quinientos metros que me separaban del hangar y me detuve ante la garita.
"Vengo a recoger mi coche", dije. "Un Ford azul, con una pegatina de la torre Eiffel en el maletero".
El empleado, un tipo indolente de mandíbula ancha y párpados soñolientos, me tendió un formulario sin mirarme.
Lo rellené y lo firmé. "No se ve mucha actividad por aquí hoy", comenté sonriendo mientras se lo entregaba. No me contestó. Repasó los datos de un vistazo, estampó un sello y, por fin, levantó la vista y me miró.
"Son doscientos cincuenta euros", dijo con tono rutinario.
"Pero si lo acaban de traer", protesté. No llevará aquí ni media hora".
"La estancia se cobra por días", replicó con tono fastidioso. "Media hora, aquí, es un día".
Cogí mi copia del formulario, y en el reverso anoté los tres números de la matrícula que había memorizado esa misma mañana. Seguidamente, saqué cuatrocientos euros de mi billetera y los puse ante su vista.
"¿No sabrá por casualidad si alguna vez han traído aquí un coche con estos tres primeros números en la matrícula?"
El empleado leyó los tres números y se me quedó mirando. Luego, sin decir nada, recogió los cuatrocientos euros y tecleó varias veces ante la pantalla de su ordenador.
(Siguiente)

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