Hace poco escribí un comentario sobre todos esos que se declaran 'demócratas' pero, sorprendentemente, consideran que los referendums son 'peligrosos'. En realidad, mi comentario no iba al fondo de la cuestión. Por supuesto, si uno se declara demócrata tiene que aceptar que los referendums son la expresión suprema de la democracia. Un referéndum es un ejercicio de democracia directa, que por definición siempre será más legítima que la democracia llamada 'representativa'.
Aun así, uno no puede ignorar la sensación de que la opinión de los falsos demócratas contiene un grano de verdad. Precisamente por eso, uno está obligado, por honestidad personal, a no quedarse en la superficie de las cosas y llegar al fondo de la cuestión.
Efectivamente, todos conocemos situaciones en que las mayorías toman decisiones que, al cabo de un tiempo, se demuestran insensatas. Las estampidas de bisontes interceptadas por un precipicio son un buen ejemplo, aunque aparentemente impropio de una especie que se hace llamar Homo sapiens. Desde luego, las situaciones de pánico en espectáculos de masas no son muy diferentes, pero tampoco son del todo ilustrativas. Es cierto, son casos extremos en que los individuos apenas tienen alternativas, o no tienen tiempo para pensar en ellas (aunque también cabría preguntarse por qué no las han sabido prever).
Naturalmente, en la mente de todos los que están leyendo esto flotan ya, desde hace por lo menos un párrafo, fenómenos como el nazismo, las cazas de brujas o las lapidaciones, que reflejan decisiones mucho más deliberadas, en la medida en que los insensatos han tenido tiempo para sopesar otras alternativas y demostrar al mundo que realmente son diferentes de los estúpidos bisontes.
Pero las votaciones democráticas son, en general, mucho más sosegadas que todo eso. Las elecciones, o los referendums, son convocados con antelación suficiente, y lo normal es que los votantes tengan la oportunidad de informarse adecuadamente sobre lo que les proponen votar. ¿Hay algún peligro en esto? Creo que todos estaremos de acuerdo en que no.
Se podría argumentar que las elecciones son peligrosas porque la mayoría de los partidos políticos casi nunca cumplen ni la mitad de lo prometido, pero ese peligro no es del todo imputable a los votantes, o por lo menos a los votantes medianamente avispados. No. El verdadero peligro de las votaciones, sean o no referendums, es que los votantes no sepan realmente lo que están votando.
Eso es lo que yo, al menos, considero un peligro. El peligro de las elecciones y de los referendums estriba en que los ciudadanos no se tomen el tiempo necesario para evaluar en detalle las consecuencias de su voto. ¿Cuántos españoles que votaron el Tratado de la Unión Europea se habían leído el texto del tratado? ¿Con cuántos dedos de una mano se pueden contar los que siempre se leen el programa electoral de todos los partidos que se presentan a las elecciones? Vaya, seamos un poco menos exigentes: ¿cuántos se leen de cabo a rabo el programa electoral del partido al que terminan votando? Creo que todos conocemos la respuesta.
El peligro, por lo tanto, no radica en que los votantes tomen o no decisiones insensatas, sino en que rara vez saben realmente lo que están votando. Todos sabemos cuáles son nuestros intereses pero, si no nos molestamos en informarnos, podemos perfectamente votar en contra de ellos y quedarnos tan tranquilos. ¿Es eso realmente una democracia?
Las votaciones en España no me interesan mucho más que las estampidas de los bisontes, pero en los últimos tiempos he seguido muy de cerca el proceso del Brexit, aquel gran 'error' del 'insensato' Cameron en 2016, según esa élite de seres superiores que siempre son más sabios que la plebe. Pues bien, aunque en España no todos lo saben, los votantes del Reino Unido fueron informados exhaustivamente, durante meses, por radio, prensa, televisión y medios online. Asistieron a debates en los que se analizaron una y otra vez los argumentos a favor y en contra, y las consecuencias de cada argumentación. Y, finalmente, decidieron. Creo no equivocarme si afirmo que ni un solo británico votó en aquel referéndum sin saber perfectamente lo que estaba votando. Eso, amigos lectores, sí es democracia. ¿Peligros? Cero.
Pero no todos los países son el Reino Unido. En algunos países, los medios de comunicación no se esfuerzan por aportar información objetiva a los futuros votantes, o bien ocultan o deforman datos por razones ideológicas, o ponen la lupa sobre temas de actualidad mucho menos relevantes. Entonces, ¿cómo conseguir que las votaciones sean siempre realmente democráticas? Hasta hace unos años el problema no tenía solución fácil, pero la aparición de Internet podría cambiar las cosas... si realmente hay voluntad política para ello. Veamos.
Si tiene usted automóvil no le extrañará leer que para poder circular por las carreteras es necesaria una licencia expedida por las autoridades pertinentes. ¿Por qué las votaciones no pueden estar sujetas a ese mismo requisito? ¿Conoce usted todas las señales de tráfico? Adelante. ¿Conoce usted todas las propuestas económicas de todos los partidos que se presentan? Vote democráticamente. En caso contrario, no tendrá usted derecho ni a conducir un automóvil ni a votar, sencillamente porque su decisión podría afectar a personas inocentes, que no tienen por qué asumir las consecuencias de su irresponsabilidad.
Leyendo esto, siempre habrá quien invoque exaltadamente los derechos humanos y me atribuya algún que otro adjetivo políticamente correcto. De acuerdo, entonces. Dejemos que los conductores se lancen libremente a las autopistas sin pasar antes por un examen, y veamos las consecuencias. ¿Serán de nuestro agrado?
Puede que no mucho. Pero al menos nadie nos acusará de no ser demócratas.

This work is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 3.0 Unported License.
Mostrando entradas con la etiqueta referéndum. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta referéndum. Mostrar todas las entradas
miércoles, 25 de diciembre de 2019
Democracia informada
a las
16:17
0
comments
Palabras clave: democracia, elecciones, información, masas, peligro, referéndum, responsabilidad, votaciones
miércoles, 12 de octubre de 2016
Grietas
“El mejor argumento contra la democracia es una conversación de diez
minutos con un votante promedio”.
La frase es de Winston Churchill, y no es fácil de interpretar. La
democracia es una forma de gobierno, y gobernar consiste esencialmente en tomar
decisiones, a menudo complejas. Los votantes pueden desear que la vivienda sea
más asequible, que la asistencia médica sea gratuita o que los sueldos suban
hasta el nivel que ellos creen merecer. Sin embargo, el votante promedio no
siempre sabe si sus deseos son realizables, cuál es la mejor manera de
realizarlos o cuáles serían sus consecuencias. En realidad nadie lo sabe, pero
es difícil negar que hay personas más preparadas que otras para tomar
decisiones.
Dicho de otro modo: en una sociedad mínimamente compleja, la democracia
directa no tiene muchas probabilidades de funcionar. Por eso en las democracias
modernas el votante no sólo tiene que manifestar sus deseos. Además, debe
decidir quién, según su criterio, aplicará la fórmula más adecuada para
hacerlos realidad. Lo cual nos conduce a un territorio más bien inesperado: el
éxito de una democracia depende decisivamente del criterio de sus
votantes.
Y llegamos al meollo de la cuestión. Nuestro criterio sobre un asunto
cualquiera depende, a su vez, de dos elementos clave: la información de que disponemos
sobre ese asunto, y la capacidad de nuestras emociones para neutralizar esa
información. Por desgracia, ambas cosas son manipulables. Los medios de comunicación
pueden omitir información, falsearla, contaminarla más o menos sutilmente de
opinión, o apelar a nuestros sentimientos más viscerales. Y los políticos
pueden prometer lo que nunca podrán o querrán cumplir, o manejar los medios de comunicación
para atraerse las simpatías de los votantes.
Todo eso sucede, día tras día y minuto a minuto, ante nuestros ojos. El
votante promedio está manipulado, hasta el punto de que podríamos volver del
revés la frase de Churchill:
“El mejor argumento contra la democracia es una conversación de diez
minutos con un político promedio”.
Pero todo tiene un límite. La mayoría de los políticos viven en un
mundo aparte, escasamente en contacto con la vida real, y cuando el mundo de
fantasía que han tejido en torno al votante empieza a chocar con la realidad,
el edificio se agrieta. Las grietas pueden ser apenas perceptibles, pero la
dinámica interna que revelan puede ser alarmante. Todo el aparato de propaganda
oficial, lanzado a toda máquina, no consigue convencer a la mitad más uno de la
población. Es lo que ha sucedido en el Reino Unido y en Colombia, y lo que podría
suceder próximamente en Estados Unidos, en las próximas elecciones generales.
La primera grieta inesperada fue el Brexit, y el edificio que ya ha
empezado a agrietarse es la Unión Europea. La Unión Europea Soviética, como la
llaman algunos. Un monstruo burocrático, antidemocrático e intervencionista que
se sostiene gracias a unos niveles de deuda insostenibles a largo plazo. Un
cuento de hadas que nada tiene ya que ver con la realidad, porque la realidad
no son las consignas políticamente correctas de los gobernantes instalados en
sus poltronas. La realidad son los barrios y ciudades de Francia, Holanda, Bélgica,
Alemania o el Reino Unido que están retornando sigilosamente a la Edad Media, las
agresiones sexuales que nunca son noticia en los medios de comunicación, la política
de brazos abiertos y subvenciones indiscriminadas, la maraña de normas prescindibles,
cada vez más dictadas por la ideología y cada vez más contrarias al sentido
común, o la cesión de soberanía de los países miembros.
Esa es la realidad que ha aflorado en el referéndum del Brexit. La realidad
de quienes la padecen frente a la realidad de quienes la predican. Si los políticos
europeos tuvieran una sensatez –y una honradez– que no tienen, aceptarían que el
modelo es inviable y desmontarían buena parte del monstruo que han construido.
Los británicos que votaron Brexit sólo quieren dos cosas: control de la inmigración
y recuperación de la soberanía. No se oponen a la libertad de mercado, ni al intercambio
cultural, profesional o laboral, ni a la mejora de las comunicaciones por
tierra, mar y aire con el resto de Europa. No reniegan de Europa, sino de la Unión
Europea (soviética). No sería muy difícil complacerlos y llegar a un acuerdo
amistoso con ellos, extensible después al resto de países miembros. Pero si los
políticos se empeñan en escarmentar a los británicos para tratar de sostener un
edificio insostenible, las consecuencias pueden ser nefastas. Y si alguien cree
lo contrario, ahí está la historia de Europa para contradecirle.
La segunda sorpresa sobrevino en Colombia. Toda la maquinaria de
propaganda del Estado no ha podido convencer a la población de que un acuerdo
firmado en La Habana con una banda de comunistas asesinos otorgándoles representación
parlamentaria, territorio para cultivar coca y respetabilidad es un acuerdo de paz, y no una rendición. La concesión del premio Nobel de la paz al presidente Santos
es una evidencia patética de la desconexión total de la casta políticamente correcta
con la realidad del mundo real. O quizá es una evidencia inquietante de hasta
dónde puede llegar el poder del dinero.
La tercera sorpresa se llama Donald Trump. La América currante frente a
la América exquisita y progresista. Nadie sabe quién ganará las elecciones en Estados
Unidos, pero lo que sí sabemos es que todos
los medios de comunicación, incluidos los del partido en el que milita Trump,
están volcados contra él día y noche, hora tras hora, sin descanso. Y, por
extensión, todos los medios de comunicación europeos. Y, aun así, sólo consiguen
convencer a los que ya estaban convencidos. Entre todos, sin darse cuenta, lo
están convirtiendo en un símbolo. Un símbolo de la realidad tangible frente a la
estupidez de los cuentos de hadas oficiales y a la manipulación informativa del
establishment.
No sé lo que dicen los periódicos españoles sobre Trump, pero sí sé lo que
dice Trump. He escuchado muchas declaraciones suyas y he visto los dos debates que
ha mantenido con Hillary Clinton. Contra lo que dan a entender los periodistas
omitiendo la mitad de la información, Trump nunca ataca si no ha sido atacado. Es
mucho más inteligente que Hillary Clinton (lo cual no es difícil), y no sería peor
presidente que ella o que Bush hijo (lo cual tampoco es difícil). Si hacemos
caso omiso de sus bravuconadas y chistes malos, que le han financiado casi
gratis la campaña electoral, lo que Trump propone es:
- acabar con ISIS, para lo cual Rusia sería un aliado excelente
- auditar la Reserva Federal y acabar con su intervencionismo
- reducir el tamaño del Estado y bajar impuestos, en particular a las
empresas, para que no se lleven los centros de producción a otros países
- cubrir las futuras vacantes del Tribunal Supremo con jueces que no
sean ideólogos progres
- reducir drásticamente la delincuencia siguiendo el modelo de Giuliani
en Nueva York
- controlar rigurosamente la entrada en el país de las personas con
religiones antidemocráticas o antiamericanas
- controlar la inmigración ilegal proveniente de México, que quita
puestos de trabajo a los americanos legalmente establecidos, que pagan
impuestos
Para resumir, Hillary Clinton propone más o menos lo contrario. No propone
incrementar la delincuencia, naturalmente, pero sus declaraciones sí hacen
temer que podría conducir a Occidente a una guerra abierta contra Rusia.
Personalmente, no creo que Trump sea racista, y sí creo que dice en voz alta
muchas cosas que mucha gente piensa pero no se atreve a manifestar en público,
por miedo a ser tildado de racista, islamófobo, machista, antiecologista,
antigay o cualquiera de los sambenitos progres que penden sobre nuestras palabras.
La izquierda nunca amó la libertad de expresión.
Algunos ejemplos hipotéticos ilustrarán lo que quiero decir:
1 – Lleva usted media hora en la cola del cine, y de pronto se le cuela
una persona. Pero, justo cuando le va a decir que se vaya al final de la cola, averigua
que esa persona es un inmigrante ilegal. ¿Lo tratará de la misma manera? ¿Y las
demás personas que están en la cola? ¿Y si la cola no es para el cine, sino para
buscar empleo?
2 – Una persona acude al registro de partidos políticos para registrar
el nuevo Partido Nazi. Usted, que es el funcionario que examina la solicitud,
lo rechaza enérgicamente. Entonces el solicitante se va al registro de
religiones y solicita registrar la religión nazi, con exactamente los mismos
estatutos. Usted es el funcionario que examina la solicitud. ¿La aprobará?
(Recuerde que hay que respetar escrupulosamente todas las religiones)
3 – Un blanco le estafa. Usted le llama de todo. Al día siguiente, un
negro le estafa. ¿Se atreverá usted a proferir los mismos insultos delante de
sus amigos? ¿Y en una entrevista ante las cámaras?
4 – Usted cree que el cambio climático es un cuento chino financiado
por la casta política occidental para reducir la dependencia del petróleo de
los países de Oriente Medio y de paso culpabilizar a la población. ¿Se atreverá
a defenderlo con la misma vehemencia que quienes opinan que el cambio climático
es una certeza?

This work is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 3.0 Unported License.
a las
20:33
0
comments
Palabras clave: Brexit, corrección política, democracia, inmigración, manipulación, mass media, referéndum
Suscribirse a:
Entradas (Atom)