¿Hasta qué punto son verídicas las noticias que nos llegan de las guerras, de la meteorología, de la medicina o de la política?
sábado, 11 de abril de 2026
Quitando el sueño
sábado, 14 de marzo de 2026
Dioses precursores de la ciencia
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Palabras clave: arquitectos, astrología, astronomía, Babilonia, ciencia, dioses, Egipto, Eros, tejedores
martes, 16 de septiembre de 2025
Publicaciones científicas fraudulentas
"Al final uno termina cerrando los ojos y tomándose esa pastilla porque, al fin y al cabo, las prescripciones de su médico están basadas 'en la Ciencia'..."
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Palabras clave: artículo, ciencia, fraude, paper mills, peer review, retirar
domingo, 10 de agosto de 2025
¿Quién ha robado mi clima?
A finales del siglo XIX, los físicos creían que la historia del Universo se reducía a un puñado de ecuaciones. No era cierto, pero no bastó con demostrárselo...
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Palabras clave: censura cambio, ciencia, clima, huracanes, incertidumbre, subvenciones, temperaturas
domingo, 12 de enero de 2025
Voltaire y la ciencia
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sábado, 2 de noviembre de 2024
De Aristóteles a un mundo feliz
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Palabras clave: Aristoteles dixit, autoridad, ciencia, farmacéuticas, gratuito, Internet, Renacimiento, teorías
sábado, 31 de agosto de 2024
Una aventura de aventuras
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lunes, 16 de marzo de 2020
La Ciencia lo dijo y yo no miento
Basta ya de trucos. Igual que censuramos la adulteración de los alimentos, tenemos que censurar la adulteración de los significados. Hay que poner las cosas en su sitio, no sea que, en un descuido, se nos vayan de las manos.
Llevamos ya quizá demasiado tiempo oyendo invocar machaconamente a 'la ciencia' como diosa suprema con la que se justifican argumentos, decisiones, leyes o proclamas ideológicas de todos los colores. Ciencia es, presumiblemente, la distinción entre alimentos 'buenos' y 'malos', la necesidad de correr como un demente sin que a uno se le esté escapando ningún autobús, las teorías económicas fallidas que todos los años reciben algún premio Nobel, o la pretensión de saber qué tiempo hará dentro de cien años sin saber el que hará dentro de dos semanas.
Ciencia por aquí, ciencia por allá. Ciencia hasta en la sopa. Personalmente, la gota que ha colmado mi vaso ha sido el reciente ascenso al estrellato de la epidemiología, otra 'ciencia' infalible que, supuestamente, permitirá a algún que otro país minimizar los efectos de cierto virus rampante. Aunque a la hora de la verdad cada país termine enarbolando su propia teoría 'científica', que viene a ser como decir que cada planeta obedece a su propia ley de la gravedad. Sobre gustos no hay nada escrito.
Empecemos, pues, por el principio: querido público, la ciencia es experimental, y no puede haber ciencia si no hay confirmación experimental. Las teorías de Galileo, Newton, Darwin, Planck o Lavoisier no habrían pasado de especulaciones más o menos ingeniosas (generalmente, más) si no hubieran sido confirmadas experimentalmente.
En segundo lugar, la ciencia es predictiva. Esto quiere decir que sus predicciones se cumplen siempre. Y, cuando no se cumplen exactamente, sus resultados están siempre rigurosamente dentro del margen de error predicho por la teoría.
Estos dos principios básicos nos permiten, ya de entrada, apear del altar de los altares a unas cuantas teorías cacareadamente 'científicas' y relegarlas a la estantería de los crecepelos. Ahora veremos por qué.
Con respecto a la economía, circula por ahí una definición humorística (pero acertada) que me ahorrará entrar en mayores digresiones: "La economía es esa ciencia que nos permitirá explicar mañana por qué estábamos equivocados hoy". Nada que objetar, y por lo tanto paso al párrafo siguiente.
La 'ciencia' de los alimentos, en cambio, ni siquiera nos permite explicar mañana por qué hemos hecho el ridículo hoy. Está basada en estadísticas, sí, pero ignorando olímpicamente cientos de factores que no son reproducibles: estado de ánimo, recuerdos infantiles, gustos estéticos, calidad del sueño, fuerza de voluntad, manías personales, frecuencia e intensidad de disgustos o alegrías, grado de satisfacción sexual, procedencia o autenticidad de los alimentos, sabores o aromas preferidos... El resultado son conclusiones contradictorias. ¿El aceite de oliva es bueno o malo? Según...
Un tercer grupo de 'ciencias' está basado en modelos. Sí, me dirán ustedes que también la teoría de la gravitación universal es un modelo. Cierto, pero es un modelo que funciona. Siempre. Siglos después, la teoría de la relatividad delimitó el alcance de la teoría de Newton, pero no la invalidó. Ahora bien, un modelo del clima futuro basado en datos escandalosamente incompletos, en parámetros subjetivos y a menudo ocultos, decidido por consenso (!) y publicado escamoteando los datos que no concuerdan con unos fines políticos no es realmente un modelo, ¿verdad?
Yo diría que no.
Y llegamos ya a la estrella más reciente del firmamento de las 'ciencias': la epidemiología. ¿Qué podemos decir de la epidemíología? ¿Es o no una verdadera ciencia?
Tal vez. Acaso. Quizá. Quién sabe. De los modelos epidemiológicos se puede decir lo mismo que de las estadísticas: les faltan datos y, por lo tanto, son simplificaciones groseras de fenómenos reproducibles sólo a medias. Todo esto, sin embargo, no sería grave si sus modelos tuvieran la virtud de predecir con cierta exactitud la evolución de una epidemia. No tengo información suficiente para saber si, hasta la fecha, tales predicciones han sido o no correctas, pero sospecho que no mucho.
En primer lugar porque, ante una pandemia como la del COVID-19, cada país está aplicando su propia receta. A diferencia de los planetas, que parecen estar todos de acuerdo en obedecer la fórmula de Newton. Y, en segundo lugar, porque la complejidad de las situaciones reales hace que cualquier modelo epidemiológico sea impredecible. A esto añadiré una consideración moral: ¿hasta qué punto está justificado experimentar con las vidas de seres humanos?
Difícil decisión. No les arriendo la ganancia. Pero, por favor, no invoquemos con entonación grandilocuente a la diosa Ciencia para justificar nuestras decisiones. Es un truco muy manido ya.
Y, si no me creen, échenle un vistazo a las etiquetas de las botellas de Anís del Mono.

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Palabras clave: alimentos, ciencia, clima, epidemiología, estadística, Newton
domingo, 27 de agosto de 2017
¿Sano o malsano?
Recuerdo vagamente que, allá por los años 70, algunas publicaciones empezaron a 'informar' de estudios científicos que indicaban que el aceite de oliva era nefasto para la salud. Eran los tiempos en que el mundo se encaminaba todavía hacia una glaciación, y sólo diez años antes muchos médicos habían instalado en sus consultas aparatos de rayos X para atisbar mejor las interioridades de los pacientes. A mí me metieron varias veces en uno de aquellos aparatos, durante periodos de tiempo que hoy estarían considerados alarmantes.
Un día, mi médico de cabecera se puso un peto de protección para examinarme por rayos X, y algún tiempo después el aparato había desaparecido de la consulta. Aquel médico no vivió muchos años, y apostaría a que no fue el único de los que se fiaron de los 'avances' de la medicina.
Cuando yo era niño, las moscas y los mosquitos los combatíamos con DDT. Mi madre rociaba la habitación usando un pulverizador que había que accionar empujando un émbolo en su parte trasera, y las moscas caían.. como moscas. Todos los objetos de la habitación quedaban impregnados de DDT, y el depósito del insecticida, que había que rellenar de cuando en cuando, solía rezumar DDT, que iba a parar a nuestras manos, sin que nadie corriera inmediatamente a lavárselas con celo de cirujano.
De hecho, algún que otro barman de Estados Unidos añadía DDT a ciertos cócteles para darles un toque exótico. Nunca tuve noticia de intoxicaciones por DDT, y en muchos países de Africa y Asia aquel insecticida había conseguido erradicar o reducir radicalmente el paludismo.
Hasta que, un día, los primeros ecologistas descubrieron inesperadamente DDT en la grasa de no sé qué focas del Polo Norte. Las focas se encontraban estupendamente, pero se consideró que el hallazgo era deletéreo para la especie humana, y la Organización Mundial de la Salud recomendó enérgicamente (es decir, metiendo mucho miedo) dejar de usar el DDT. En pocos años, el paludismo recuperó el terreno perdido, y gracias a la OMS muchos millones de seres humanos han muerto desde entonces por falta de DDT.
A medida que las Universidades se han ido burocratizando y convirtiendo a sus investigadores en simples paniaguados, el fenómeno de la ciencia de pacotilla ha ido en aumento. El científico paniaguado está obligado a publicar cuantos más artículos mejor, y a menudo tiene que estrujarse las meninges para encontrar un tema que revista al menos la apariencia de avance científico. Un truco habitual para dar a los artículos apariencia científica consiste en buscarles un título pomposo, trufado de palabras abstrusas que en realidad designan conceptos absolutamente banales. Otro truco también muy usado son los estudios estadísticos.
Para entender mejor este último truco, consideremos un ejemplo imaginario: De una muestra de 500 sujetos que viajan diariamente en autobús, un 57 por ciento declara estar más satisfecho de su vida sexual en una escala de 1 a 10. Conclusión: viajar en autobús podría estimular el deseo sexual. El estudio, realizado en el marco de una universidad prestigiosa, es publicado por una prestigiosa publicación científica, y gracias a ello el investigador paniaguado está ya un poquito más cerca de su ascenso en el escalafón.
Pero la historia no se acaba ahí. Los periodistas, ávidos de historias sensacionalistas, encuentran el artículo rastreando la Web y se apresuran a publicarlo, convenientemente 'adaptado' para despertar el interés de los lectores. Seguidamente, los lectores relatan a su manera la historia en su página de facebook, y el proceso se reproduce en las redes sociales. En poco tiempo, lo que había empezado siendo una investigación estúpida se acaba convirtiendo en un artículo de fe para millones de imbéciles sin la menor cultura ni -lo que es peor- el menor espíritu crítico.
Un momento. Tampoco aquí acaba la historia, porque las compañías de transporte por autobús y los fabricantes de autobuses acaban de descubrir un argumento excelente para hacerse publicidad. Es más, no contentos con proclamar los resultados de la investigación, deciden crear una fundación que estudie los efectos del viaje en autobús sobre la libido humana. Como ya se imaginará usted, los investigadores de esa fundación difícilmente llegarán a la conclusión 'científica' de que el autobús favorece la frigidez. Les va en ello el pan de sus hijos. En todos los estudios estadísticos hay muchos parámetros que combinar de modo que el resultado final sea el que uno espera.
Lo que acabo de describir es más o menos lo que sucede con el cambio climático, el colesterol, la ingesta de grandes cantidades de agua, el aceite de oliva, los edulcorantes, los productos 'ecológicos', la leche entera, los alimentos 'enriquecidos', y un enorme etcétera que todos los días aumenta exponencialmente.
El arroz integral es muy bueno para el intestino, pero contiene arsénicos. Las proteínas son indispensables para los músculos, pero su supresión en la dieta alarga la vida. El chocolate alivia la depresión, pero engorda. Los quesos son malos para la circulación, pero el país europeo con mayor esperanza de vida es Francia. Y, en términos mundiales, la población del planeta con mayor esperanza de vida ni siquiera prueba el aceite de oliva. Hace años, los huevos aumentaban la concentración de colesterol en la sangre. Hoy, son inocuos. Según unos autores, el fluoruro en el agua es bueno; según otros, es malo. Investigue usted un poco en Google Scholar, y podrá alargar esta lista hasta que se le acaben los alimentos.
Como muestra de todo esto, he reunido unos cuantos datos sobre algunos de los mitos actuales más extendidos. Siga usted leyendo.
El agua
Tan inocua en apariencia, tan saludable según las embotelladoras (y sus acólitos de la universidad y de la prensa), resulta que el consumo abundante de agua se ha llevado ya por delante ya a más de un infeliz creyente. Según el estudio 'científico' que uno escoja, beber mucha agua:
- Adelgaza y mejora la concentración mental
- No sirve para adelgazar y disminuye la concentración mental
- Sanea los riñones
- Perjudica los riñones forzando las funciones de los glomérulos renales
- Contiene sustancias esterilizantes dañinas para la salud
- Puede causar hiponatremia (dilución del sodio en la sangre): vómitos, desorientación y jaquecas
(El actor Anthony Andrews murió en 2003 por beber agua en grandes cantidades)
- Aumenta el volumen de la sangre, sometiendo al corazón a un esfuerzo innecesario
- Diluye los electrolitos en sangre, causando inflamación celular y trastornos estomacales
- En particular, puede causar la inflamación del cerebro, con graves consecuencias
- Altera también la concentración de potasio en la sangre, que es causa de inflamaciones y dolores
Los huevos
- Comer un huevo al día no altera la concentración de colesterol en la sangre
- La yema de huevo contiene una plétora de nutrientes, desde vitaminas hasta yodo, calcio y hierro
- Comer huevos favorece la actividad cerebral
- El selenio que contienen los huevos es beneficioso para la glándula tiroides
- Fortalecen el cabello y son buenos para la vista
- Ayudan a prevenir el cáncer de mama, y posiblemente la enfermedad de Alzheimer
- Fortalecen los huesos y el sistema inmunitario
Los aceites y grasas
- Las grasas saturadas podrían ser buenas para la salud
- La mantequilla protege el estómago
- Los triglicéridos del aceite de coco son buenos para quemar grasas
- Dos cucharadas de aceite de oliva contienen más del triple de grasas saturadas que 80 g de pechuga de pollo
- Según un estudio efectuado en Creta, los enfermos del corazón estudiados ingerían mucho más aceite de oliva que los de corazón sano
- Según un estudio basado en 90 000 enfermeras, el consumo de aceite de oliva apenas mejoró la salud de sus consumidoras
- Según dos estudios diferentes, el consumo de aceite de oliva constriñe notablemente las arterias
- Una ración de lechuga contiene tantos polifenoles como una de aceite de oliva virgen, y no engorda
- Los habitantes de Okinawa, que poseen el corazón más sano del mundo, tienen unos niveles de colesterol 'bueno' lamentables
Supongo que no es necesario seguir. ¿Le ha parecido interesante? Pues saque usted mismo sus conclusiones. Y, por favor, cultive su sentido crítico. La dignidad humana consiste, en parte, en no dejarse engañar.

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Palabras clave: agua, burocracia, ciencia, colesterol, DDT, estadísticas, huevos, OMS, paludismo, salud
domingo, 31 de agosto de 2008
A vueltas con la cultura
Yo quería escribir hoy algo sobre el amor, pero justo antes de ponerme manos a la obra acabo de leer la última anotación del blog de mi -quiéralo él o no- apreciado amigo Ernesto, y me ha estimulado a poner mi granito de arena.
El artículo de Ernesto es muy interesante. Lo que más me ha gustado ha sido esa clasificación suya entre el 'saber qué' y el 'saber cómo' para dilucidar el concepto de cultura. Para mi sorpresa, la RAE da dos definiciones de la palabra que me parecen bastante buenas:
2. f. Conjunto de conocimientos que permite a alguien desarrollar su juicio crítico.
3. f. Conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época, grupo social, etc.
Me parece claro que la acepción 2 responde al 'qué', mientras que la 3 refleja bastante bien el 'cómo'. Pero la definición que más me gusta es, en realidad, la primera:
1. f. cultivo
El significado de la palabra 'cultura' fue el tema de la primera conferencia pública que pronuncié, con ocasión de una entrega de premios. En aquellos años lejanos de la Transición yo había decidido inscribirme en la Asociación de Vecinos de mi barrio, en la sección de Cultura, que, según me habían dicho, estaba por aquel entonces gestionada por los anarquistas. Cultura sin mediatizar, sin obediencias políticas ni ánimo de lucro: aquello era lo que yo estaba buscando.
Precisamente el día en que me fui a inscribir había una asamblea general de la Asociación. Me invitaron a asistir, y yo acepté. En el preciso momento en que me incorporé a la asamblea, un representante de la sección de Cultura anunciaba que los anarquistas se marchaban en bloque de la Asociación. La sección de Cultura se quedaba, por consiguiente, desatendida. Desalentado en un principio por la estampida, que me había dejado solo, en seguida comprendí que aquella situación era en realidad una bicoca, y me puse yo solo a reorganizar la sección, prácticamente desde cero.
Se me ocurrió convocar un concurso de cuentos en el barrio, me puse a reorganizar la pequeña biblioteca, y añadí una sección cultural a la revista de la Asociación. Poco a poco, los cuentos de los concursantes fueron llegando, otras personas empezaron a colaborar en la sección, y finalmente una tarde, en el auditorio de una parroquia de la calle Alvarado, escenificamos solemnemente la entrega de los premios.
Fue un desastre. La idea era hacer una breve presentación (de lo cual se ocupó uno de los cabecillas de la Asociación, para capitalizar políticamente el acto), seguida de la entrega de premios (un modesto lote de libros). A continuación, yo pronunciaría una breve charla sobre la cultura popular.
Me había preparado muy bien el esquema de mi charla. Tan bien me lo había preparado, que era complicadísimo de exponer. Eran los tiempos en que yo leía a Marcuse, a Proudhon y a los estructuralistas franceses, y con esos y otros ingredientes similares lo único que se podía fabricar era una empanada. Mental, quiero decir. Que fue lo que me salió.
Apenas concluyó, pues, la entrega de los premios, yo me senté a una mesa sobre el escenario, bajo los focos, y eché un vistazo rápido a mis notas. Estaba nervioso. Debajo de mí oí un bullicio. Entregados ya los premios, que era de lo que se trataba, mucha gente abandonaba la sala. Entre tanto yo, que había decidido desarrollar mi tema de lo general a lo particular, empecé explicando, desde mi punto de vista, el significado de la palabra 'cultura'. Me lié. Allá abajo, las deserciones aumentaban. Antes de que comenzase siquiera a hablar de la cultura popular, mi público se reducía ya únicamente a unas diez o doce personas.
Cuanto más alarmante era la situación, más nervioso me ponía. Uno de mis compañeros me hizo señas de abreviar. Tenía razón. Había que abreviar... Pero ¿cómo?, me preguntaba yo mirando aquel folio mío garrapateado de complejas notas esquemáticas. Me enzarcé tanto en el tema que no me di cuenta de que en el patio de butacas se había formado un revuelo. Por fin, viendo que nadie me hacía caso, depuse mi charla y me acerqué a ver qué pasaba. Una de mis oyentes acababa de sufrir un ataque epiléptico.
Muchas veces he bromeado sobre aquella primera conferencia mía cuyo único efecto reseñable fue provocar un ataque de epilepsia, y me ha llevado muchos años, mucha experiencia y muchas horas de reflexión aprender a depurar mis ideas para hacerlas inteligibles. Principalmente, ante mí mismo, que es por donde un espíritu caótico como el mío siempre tiene que empezar.
La cultura ha sido mi pasión desde niño. Pero, con los años, llegué a la conclusión de que una cosa era la cultura y otra la erudición. Que no siempre son hermanas. Admiro a los eruditos, más que nada por la pasión que los empuja a conocer ese qué del que habla Ernesto, pero ahora creo que la cultura es otra cosa.
Para mí, cultura es cultivar. Los artistas, los científicos o los fabricantes de cestos de enea cultivan su disciplina de manera no muy distinta a como un jardinero cultiva una flor: siembran, riegan, roturan, podan o fertilizan hasta conseguir una complejidad útil, reveladora o, simplemente, hermosa. Los que disfrutamos de sus creaciones, en cambio, analizamos, comparamos, reflexionamos, descubrimos... y, si insistimos lo suficiente y somos honestos, llegamos más allá.
No he dicho esto con petulancia elitista, sino con vehemencia de explorador. Porque lo que para mí tiene de fascinante la cultura es su virtud de abrir caminos y puertas, de conectar territorios dispares, de establecer cortocircuitos. Cultura es cultivar. O para hacer realidad un hermoso jardín donde antes sólo había malas hierbas, o para descubrir paisajes ocultos donde antes sólo había ideas o sensaciones superficiales.
Por eso me ha gustado -sin que sirva de precedente- la segunda definición del DRAE: "Conjunto de conocimientos que permite a alguien desarrollar su juicio crítico". La cultura es una riqueza hecha de monedas infinitamente diferentes. Cultura es ver más lejos, entrever caminos nuevos, percibir matices más sutiles.
Cultura es ir más allá.
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