Mostrando entradas con la etiqueta corrección política. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta corrección política. Mostrar todas las entradas

domingo, 5 de marzo de 2017

La policía del pensamiento

“Aún estaban aquellas palabras en boca del rey cuando una voz descendió del cielo:

- Nabucodonosor: serás desposeído de tu reino y expulsado de entre los hombres. Habitarás con los animales silvestres, y como a los bueyes te apacentarán. Siete periodos de tiempo pasarán hasta que reconozcas que el Altísimo gobierna el reino de los hombres y lo entrega a quien El quiere.

Al instante se cumplieron aquellas palabras, y Nabucodonosor fue expulsado de entre los hombres. Comía hierba como los bueyes y su cuerpo se mojaba con el rocío del cielo, hasta que su cabello creció como plumaje de águila y sus uñas como uñas de ave.”


Algunos autores han interpretado este pasaje del Antiguo Testamento (Daniel, 4:33) como el primer caso conocido de zoantropía. Es decir, de un raro síndrome consistente en creerse un animal y comportarse como tal.

Un texto tan escueto como este pasaje bíblico difícilmente permite deducir que Nabucodonosor sufriera realmente un acceso de zoantropía. Sin embargo, si atendemos a la tradición persa, en el siglo I el emir Abu Táleb Rostam padeció un trastorno similar, del que fue curado por Avicena. El emir había afirmado ser una vaca, en prueba de lo cual prorrumpía en mugidos y pedía ser sacrificado y entregado a un cocinero.

Medio siglo antes había llegado a Armenia un grupo de monjas huyendo de Roma, donde habían padecido persecución por profesar la fe cristiana. El rey Tiridates III, que había oído ensalzar la belleza de una de aquellas monjas, las mandó llamar y pidió a la bella religiosa en matrimonio. La monja se negó, y entonces el rey ordenó torturar y dar muerte a todas ellas, después de lo cual cayó enfermo y, siempre según la leyenda, se dedicó a merodear por el bosque, donde se comportaba como un oso salvaje.

No tan legendarias fueron las observaciones del médico luterano Johann Weyer, que en el siglo XVI describió por primera vez los síntomas de lo que todavía hoy conocemos como 'licantropía', consistente en que el afectado está convencido de ser un lobo o de transformarse en él. Según Weyer, los afectados por este síndrome presentaban palidez, ojeras, sequedad en la lengua y una intensa sed, y sus ojos aparecían secos y mortecinos.

Ciertamente la medicina de aquella época, basada en sangrías, sanguijuelas y brebajes de dudosa composición, no nos merece hoy mucha credibilidad, pero más recientemente el hospital psiquiátrico McLean, de Massachusetts, ha dado a conocer cierto número de casos en que los pacientes estaban convencidos de ser o haber sido algún animal. No sólo eso, sino que para demostrarlo aullaban a la luna, ladraban o reptaban, y afirmaban tener garras, pelaje, pezuñas, etc. Algunos de ellos, incluso, se habían echado al monte y habían adoptado la dieta del animal que decían encarnar.

Si repasamos la bibliografía médica de 2004 a esta parte encontraremos todavía más casos de zoantropía, en los que el paciente afirma ser un perro, un gato, una hiena, un pájaro, un tigre, una rana, una serpiente, o incluso una abeja. En un curioso caso descrito en 1989, el paciente decía haberse transformado primero en perro, a continuación en caballo y, por último, en gato. Tras el tratamiento, el paciente se declaró curado.

En dos de estos casos se practicaron pruebas de imaginización del tejido cerebral, que evidenciaron una activación inhabitual de las areas del cerebro relacionadas con la forma de los respectivos animales. En otras palabras, los pacientes realmente percibían tener una forma distinta de la suya propia.

Como es evidente, todos estos diagnósticos estaban basados en un principio de sentido común: ninguna de aquellas personas era un perro, un lobo o una serpiente. Por mucho que argumentaran, ladraran, aullaran o reptaran, cualquiera podía comprobar con sus propios ojos que se trataba de seres humanos con sus brazos, sus piernas y su facultad de hablar. Ninguno de ellos respondía a la definición de can o de reptil, y todos ellos encajaban perfectamente en la definición de persona.

Ese mismo criterio es el que aplicamos a los sexos, hoy llamados -confusamente- 'géneros'. Si una persona tiene genitales inequívocamente masculinos al nacer, entonces es un hombre, y si sus genitales son inequívocamente femeninos, será una mujer. No es que nadie le 'asigne' la clasificación de hombre o mujer, sino que encaja perfectamente en la definición de su sexo y no en la otra. Nadie 'asigna' a un calvo el adjetivo 'calvo': definimos como calva a la persona que carece de cabello, y si resulta que usted está en ese caso, pues entonces usted es calvo.

En los últimos tiempos se está extendiendo una ideología consistente en tergiversar los conceptos para culpabilizar a quien los usa, en favor de la ideología del tergiversador. Es la ideología de la corrección política.

La corrección política consiste en hacernos sentir culpables si decimos 'negro', 'gitano', 'moro', '[la] concejal', 'musulmán', 'portera', 'inválido', 'ilegal', 'vagabundo', 'marica', 'tortillera', 'ciego', 'travesti', 'cojo' o 'sirvienta'. Otros términos, en cambio, como 'España', 'nazi, 'capitalista', 'casposo', 'machista', 'facha', 'derechista', 'patriarcal', 'insolidario' o 'liberal', que sí son usados en sentido abiertamente despectivo, no sólo están autorizados por la ideología, sino que son proferidos a todas horas en casi todos los medios de comunicación (y algunos de ellos incluso en las escuelas). La costumbre se va extendiendo, y con ella la ideología, insensiblemente, va calando.

Una ideología es una estructura de conceptos que justifica el poder. Gracias a tales ideologías 'progresistas' y a los medios de comunicación, muchos lobbies han conseguido acceder a parcelas del poder en el último cuarto de siglo, cada uno con su matraca particular: nacionalistas regionales, feministas, ecologistas, defensores de sexualidades alternativas, actores de cine (los intelectuales son ya una especie desaparecida), periodistas, anticlericales, propagandistas de la medicina preventiva. Ellos son la nueva cara del poder, las nuevas tribus que han venido a reemplazar el antiguo cocktail de falangistas, opusdeístas, nacionalcatolicistas y franquistas que hace medio siglo protagonizaba la actualidad nacional.

Los mismos perros con distintos collares. Pero nadie repara en que la realidad y la lógica permitirían sumirlos sin mucho esfuerzo en graves contradicciones. 'Casposa', por ejemplo, es la teoría marxista, que data de hace ya 150 años. Tildar a alguien de 'insolidario' es un insulto al colectivo autista. Atacar a los 'liberales' implica atacar la libertad. Denunciar el 'patriarcado' es una afrenta a muchas -y por lo visto sacrosantas- culturas aborígenes. Defender a los homosexuales, o la separación religión-estado, es un ultraje a los principios musulmanes. Un verdadero ecologista permitiría que la especie humana tuviera predadores, por ejemplo de sus propios hijos. Luchar contra el calentamiento global discrimina injustamente al colectivo de frioleros. Y el voto femenino en España fue posible gracias a la derecha, contra el deseo de la izquierda. Amigos políticamente correctos: ¿de qué estamos hablando?

Pues así están las cosas.


Creative Commons License
This work is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 3.0 Unported License.

miércoles, 12 de octubre de 2016

Grietas

“El mejor argumento contra la democracia es una conversación de diez minutos con un votante promedio”.

La frase es de Winston Churchill, y no es fácil de interpretar. La democracia es una forma de gobierno, y gobernar consiste esencialmente en tomar decisiones, a menudo complejas. Los votantes pueden desear que la vivienda sea más asequible, que la asistencia médica sea gratuita o que los sueldos suban hasta el nivel que ellos creen merecer. Sin embargo, el votante promedio no siempre sabe si sus deseos son realizables, cuál es la mejor manera de realizarlos o cuáles serían sus consecuencias. En realidad nadie lo sabe, pero es difícil negar que hay personas más preparadas que otras para tomar decisiones.

Dicho de otro modo: en una sociedad mínimamente compleja, la democracia directa no tiene muchas probabilidades de funcionar. Por eso en las democracias modernas el votante no sólo tiene que manifestar sus deseos. Además, debe decidir quién, según su criterio, aplicará la fórmula más adecuada para hacerlos realidad. Lo cual nos conduce a un territorio más bien inesperado: el éxito de una democracia depende decisivamente del criterio de sus votantes.

Y llegamos al meollo de la cuestión. Nuestro criterio sobre un asunto cualquiera depende, a su vez, de dos elementos clave: la información de que disponemos sobre ese asunto, y la capacidad de nuestras emociones para neutralizar esa información. Por desgracia, ambas cosas son manipulables. Los medios de comunicación pueden omitir información, falsearla, contaminarla más o menos sutilmente de opinión, o apelar a nuestros sentimientos más viscerales. Y los políticos pueden prometer lo que nunca podrán o querrán cumplir, o manejar los medios de comunicación para atraerse las simpatías de los votantes.

Todo eso sucede, día tras día y minuto a minuto, ante nuestros ojos. El votante promedio está manipulado, hasta el punto de que podríamos volver del revés la frase de Churchill:

“El mejor argumento contra la democracia es una conversación de diez minutos con un político promedio”.

Pero todo tiene un límite. La mayoría de los políticos viven en un mundo aparte, escasamente en contacto con la vida real, y cuando el mundo de fantasía que han tejido en torno al votante empieza a chocar con la realidad, el edificio se agrieta. Las grietas pueden ser apenas perceptibles, pero la dinámica interna que revelan puede ser alarmante. Todo el aparato de propaganda oficial, lanzado a toda máquina, no consigue convencer a la mitad más uno de la población. Es lo que ha sucedido en el Reino Unido y en Colombia, y lo que podría suceder próximamente en Estados Unidos, en las próximas elecciones generales.

La primera grieta inesperada fue el Brexit, y el edificio que ya ha empezado a agrietarse es la Unión Europea. La Unión Europea Soviética, como la llaman algunos. Un monstruo burocrático, antidemocrático e intervencionista que se sostiene gracias a unos niveles de deuda insostenibles a largo plazo. Un cuento de hadas que nada tiene ya que ver con la realidad, porque la realidad no son las consignas políticamente correctas de los gobernantes instalados en sus poltronas. La realidad son los barrios y ciudades de Francia, Holanda, Bélgica, Alemania o el Reino Unido que están retornando sigilosamente a la Edad Media, las agresiones sexuales que nunca son noticia en los medios de comunicación, la política de brazos abiertos y subvenciones indiscriminadas, la maraña de normas prescindibles, cada vez más dictadas por la ideología y cada vez más contrarias al sentido común, o la cesión de soberanía de los países miembros.

Esa es la realidad que ha aflorado en el referéndum del Brexit. La realidad de quienes la padecen frente a la realidad de quienes la predican. Si los políticos europeos tuvieran una sensatez –y una honradez– que no tienen, aceptarían que el modelo es inviable y desmontarían buena parte del monstruo que han construido. Los británicos que votaron Brexit sólo quieren dos cosas: control de la inmigración y recuperación de la soberanía. No se oponen a la libertad de mercado, ni al intercambio cultural, profesional o laboral, ni a la mejora de las comunicaciones por tierra, mar y aire con el resto de Europa. No reniegan de Europa, sino de la Unión Europea (soviética). No sería muy difícil complacerlos y llegar a un acuerdo amistoso con ellos, extensible después al resto de países miembros. Pero si los políticos se empeñan en escarmentar a los británicos para tratar de sostener un edificio insostenible, las consecuencias pueden ser nefastas. Y si alguien cree lo contrario, ahí está la historia de Europa para contradecirle.

La segunda sorpresa sobrevino en Colombia. Toda la maquinaria de propaganda del Estado no ha podido convencer a la población de que un acuerdo firmado en La Habana con una banda de comunistas asesinos otorgándoles representación parlamentaria, territorio para cultivar coca y respetabilidad es un acuerdo de paz, y no una rendición. La concesión del premio Nobel de la paz al presidente Santos es una evidencia patética de la desconexión total de la casta políticamente correcta con la realidad del mundo real. O quizá es una evidencia inquietante de hasta dónde puede llegar el poder del dinero.

La tercera sorpresa se llama Donald Trump. La América currante frente a la América exquisita y progresista. Nadie sabe quién ganará las elecciones en Estados Unidos, pero lo que sí sabemos es que todos los medios de comunicación, incluidos los del partido en el que milita Trump, están volcados contra él día y noche, hora tras hora, sin descanso. Y, por extensión, todos los medios de comunicación europeos. Y, aun así, sólo consiguen convencer a los que ya estaban convencidos. Entre todos, sin darse cuenta, lo están convirtiendo en un símbolo. Un símbolo de la realidad tangible frente a la estupidez de los cuentos de hadas oficiales y a la manipulación informativa del establishment.

No sé lo que dicen los periódicos españoles sobre Trump, pero sí sé lo que dice Trump. He escuchado muchas declaraciones suyas y he visto los dos debates que ha mantenido con Hillary Clinton. Contra lo que dan a entender los periodistas omitiendo la mitad de la información, Trump nunca ataca si no ha sido atacado. Es mucho más inteligente que Hillary Clinton (lo cual no es difícil), y no sería peor presidente que ella o que Bush hijo (lo cual tampoco es difícil). Si hacemos caso omiso de sus bravuconadas y chistes malos, que le han financiado casi gratis la campaña electoral, lo que Trump propone es:

- acabar con ISIS, para lo cual Rusia sería un aliado excelente
- auditar la Reserva Federal y acabar con su intervencionismo
- reducir el tamaño del Estado y bajar impuestos, en particular a las empresas, para que no se lleven los centros de producción a otros países
- cubrir las futuras vacantes del Tribunal Supremo con jueces que no sean ideólogos progres
- reducir drásticamente la delincuencia siguiendo el modelo de Giuliani en Nueva York
- controlar rigurosamente la entrada en el país de las personas con religiones antidemocráticas o antiamericanas
- controlar la inmigración ilegal proveniente de México, que quita puestos de trabajo a los americanos legalmente establecidos, que pagan impuestos

Para resumir, Hillary Clinton propone más o menos lo contrario. No propone incrementar la delincuencia, naturalmente, pero sus declaraciones sí hacen temer que podría conducir a Occidente a una guerra abierta contra Rusia. Personalmente, no creo que Trump sea racista, y sí creo que dice en voz alta muchas cosas que mucha gente piensa pero no se atreve a manifestar en público, por miedo a ser tildado de racista, islamófobo, machista, antiecologista, antigay o cualquiera de los sambenitos progres que penden sobre nuestras palabras. La izquierda nunca amó la libertad de expresión.

Algunos ejemplos hipotéticos ilustrarán lo que quiero decir:

1 – Lleva usted media hora en la cola del cine, y de pronto se le cuela una persona. Pero, justo cuando le va a decir que se vaya al final de la cola, averigua que esa persona es un inmigrante ilegal. ¿Lo tratará de la misma manera? ¿Y las demás personas que están en la cola? ¿Y si la cola no es para el cine, sino para buscar empleo?

2 – Una persona acude al registro de partidos políticos para registrar el nuevo Partido Nazi. Usted, que es el funcionario que examina la solicitud, lo rechaza enérgicamente. Entonces el solicitante se va al registro de religiones y solicita registrar la religión nazi, con exactamente los mismos estatutos. Usted es el funcionario que examina la solicitud. ¿La aprobará? (Recuerde que hay que respetar escrupulosamente todas las religiones)

3 – Un blanco le estafa. Usted le llama de todo. Al día siguiente, un negro le estafa. ¿Se atreverá usted a proferir los mismos insultos delante de sus amigos? ¿Y en una entrevista ante las cámaras?

4 – Usted cree que el cambio climático es un cuento chino financiado por la casta política occidental para reducir la dependencia del petróleo de los países de Oriente Medio y de paso culpabilizar a la población. ¿Se atreverá a defenderlo con la misma vehemencia que quienes opinan que el cambio climático es una certeza?


Creative Commons License
This work is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 3.0 Unported License.

martes, 18 de marzo de 2014

Palabras que aborrezco: emprendedor

Cada vez que oigo o leo la palabra 'emprendedor' me imagino a un señor con una mochila a la espalda, un odre en bandolera y un báculo en la mano emprendiendo el camino de Santiago. ¿Realmente era necesario adoptar esta palabrita?

Hace algún tiempo me enteré de que en Francia habían rebautizado algunos oficios escasamente especializados para darles una pátina de respetabilidad. Sólo recuerdo uno: el de barrendero, cuyo nombre oficial había sido sustituido por 'technicien de surface'. Ya se sabe que en Francia ninguna mistificación será jamás suficiente pero, desde hace algún tiempo, en España hemos caído también en esa cursilería de adornar algunas denominaciones con el lazo y el envoltorio de regalo de los grandes almacenes.

Hubo un tiempo en que había porteros y -¡horror!- porteras. Durante algún tiempo, se probó a llamarlos 'empleados de finca urbana', pero parece que el nombrecito era demasiado largo, y finalmente se decantaron por 'conserje', que suena más a ministerio, librea desabotonada y cafelito de las 10 de la mañana. Todavía hay clases, hombre.

El sector del transporte ha encontrado también su salvación en la palabra 'logística', de modo que los camioneros no tienen ya que preocuparse por su prestigio, porque ahora trabajan en un sector de exquisitas resonancias atenienses. Y, si paran en un bar de carretera -perdón: de la 'red viaria'-, una 'trabajadora del sexo' se encargará de resolver técnicamente sus problemas con la testosterona.

Otro hito importante en esta ceremonia del ridículo ha sido la dignificación de los camareros, que ahora son 'empleados de hostelería'. No me pregunten a mí qué tiene que ver el tipo aquel que espanta las moscas del chiringuito de playa, o el que grita '¡oído cocina!' rodeado de sartenes humeantes, con alojarse en un hotel. Por cierto, aguardo ansioso el momento en que esa chabacana expresión sea sustituida por un mucho más elegante '¡escuchado cocina!'.

En otro orden de cosas, hemos hecho también una gran labor por el tercer mundo (nunca he sabido cuáles son los otros dos). Después de un tiempo en que los negros eran 'personas de color' (¿de qué color?), ahora son 'subsaharianos'. Nos hemos ahorrado una sílaba. No está muy claro hasta qué punto un negro de Libia o un nubio de Sudán son subsaharianos, y en cualquier caso los podían haber llamado 'sudsaharianos' en lugar de situarlos erróneamente en el subsuelo del Sáhara, pero los eufemismos tienen ese encanto, y ya se sabe que la ignorancia es osada.

Y ahora, atención: si el 'subsahariano' entrase en España ilegalmente, nunca será un inmigrante ilegal, sino un 'migrante' 'sin papeles'. Hace ya tiempo que la gente no emigra ni inmigra. Simplemente, se dedican a ir de acá para allá sin rumbo fijo, un tanto despistados.

Pero volvamos a los emprendedores. El problema que tenían los pobres empresarios es que en España está muy mal visto serlo. Esto no sucedería si el abyecto empresario, después de cargar con todos los riesgos de crear una empresa, cobrase lo mismo que el recepcionista, pero los empresarios son incorregibles, y tienen la arrogancia de querer ganar más. Qué cosa más rara, ¿verdad? Usted y yo sabemos que el ser humano normal, como san Francisco de Asís, a lo que aspira es a apañarse con unas alcachofas y un botijo.

En fin, que no ha habido manera y han tenido que cambiarles el nombre para darles una imagen más dinámica y moderna, como si en lugar de llevar una empresa estuvieran haciendo jogging o yendo al gimnasio. Y, de paso, con ciertas reminiscencias espirituales de peregrino arrepentido.

Una de las pocas instituciones que quedan por rebautizar son los sindicatos. Voy a arriesgarme a proponer algunas alternativas. ¿Qué tal 'Asociación de piqueteros informativos'? ¿O 'Confederación de amigos del bogavante'? Ya, ya sé que no abarcan todas las facetas de estas miríficas organizaciones. Pero, al fin y al cabo, tampoco está muy claro qué demonios es lo que emprende un emprendedor.

Creative Commons License
This work is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 3.0 Unported License.

sábado, 13 de julio de 2013

Tolerancia

Había en París hace algunos años unas señales de aparcamiento que yo nunca había visto en ningún otro país. Cuando lean el texto que aparecía en aquellas señales, pocos viajeros se sorprenderán:

                  STATIONNEMENT TOLÉRÉ

Con independencia de lo que diga el pintoresco DRAE, la palabra 'tolerar' me sugiere inescapablemente la idea de que alguien se ha pasado de la raya: el tolerado. Centrémonos. Usted permite o no permite estacionar, pero si lo permite no me venga con monsergas.

Supongo que los que no pertenecemos a esta generación aprendimos ese verbo en nuestra infancia, como preludio de algún rapapolvos doméstico. En aquellos tiempos, "No te tolero que..." significaba con bastante aproximación que alguien poderoso estaba al límite de su paciencia. Era un grito de guerra, no una admonición. Por eso, cada vez que yo pasaba junto a aquella señal parisina de camino al trabajo sentía, en profundidades abisales de mi conciencia, que una Autoridad lóbrega, algún funcionario oscuro rodeado de archivadores descoloridos, me estaba perdonando la vida. Y, sutilmente pero que quede constancia, intimidando. Y además en francés, que es más rococó.

Al empezar a escribir esto no tenía ninguna intención de fustigar la grandeur. Fustigar lo galo no tiene mucho mérito, pero es que aquélla fue probablemente la última vez que interpreté la palabra 'tolerar' en sentido negativo. En poco tiempo, se infiltró en nuestra sociedad (empezando, naturalmente, por sus medios de comunicación) un nuevo dogma apostólico posmoderno: la tolerancia. La conciencia de que, si alguien piensa sinceramente que Menganito es un miserable, tiene libertad para decírselo a la cara excepto si Menganito es negro, homosexual, discapacitado, transexual, menor, nacionalista, mendigo, laico, inmigrante o Menganita. O sea, casi siempre.

He oído rumores (probablemente, en algún telediario) de que estamos en la era de la libertad sin restricciones. Yo siempre había creído que mis derechos terminaban donde empezaban los de los demás, pero cuán equivocado estaba. En un mundo tan políticamente exquisito como el nuestro, la libertad de los demás empieza precisamente donde termina la mía. Me explico: uno está tranquilamente en su terraza tratando de no perder el hilo de sus pensamientos, y de repente una voz humana como de subasta de pescado lo jalea enérgicamente para que aplauda a unos delfines. Como lo leen. A ojo de buen cubero, los delfines de marras están como a dos kilómetros de mi terraza y, aun así, no puedo evitar la sensación de que el portador de esa voz está en mi propia casa, a pocos centímetros de mi oído.

Me dirán que gritar en un lugar público no es para rasgarse las vestiduras. Es cierto, sucede desde los tiempos del hacha de sílex, y se terminará cuando salgamos del paleolítico. No importa mucho en la medida en que uno puede huir, aunque sea a costa de un disgusto con Lolita o de un camarero raudo que quiere cobrar la cuenta. Si yo no soy persona que soporte los gritos, el mundo ciertamente es muy ancho pero, en último término, me reconfortará saber que siempre puedo refugiarme en mi casa. Lo malo es cuando ya estoy en mi casa.

No terminaría nunca de relatar todos los episodios de mi enemistad con el ruido. Desde un perrito vecino capaz de ladrar las 72 horas completas de cada fin de semana hasta una galopada de niños permanente en el piso de arriba. Pasando, naturalmente, por el camión de la basura, las obras en la calle, las broncas del vecino, la música que traspasa los tabiques, los pitidos de los semáforos para sordos, la tabarra pastosa de los altavoces de los aeropuertos, las conversaciones con el móvil en el tren, la música ambiental a volumen de discoteca, los niños histéricos, las radios de los taxis, las máquinas de barrer supermercados, los acordeonistas junto al oído en las terrazas frente al mar, las sirenas taladrantes de las ambulancias o el volumen de las películas en los cines. Y, en el campo, los perros insomnes.

En estos lares en que vivo yo tenemos, además, unas cuantas fuentes de ruido autóctonas. Las fallas, por supuesto, más los festejos nupciales trasnochantes, la indescriptible Fórmula 1, las machaconas capoeiras de los jardines públicos, los jolgorios nocturnos a 200 dB en la Ciudad de las Ciencias (el lugar más apropiado, ¿verdad?), o la música ambiental del Mercadona. Tierra, trágame.

Tampoco tenía intención hoy de hablar del ruido, aunque es cierto que tarde o temprano tenía que salir. A trueque de que me envíen a un gulag, confieso no sólo que no soporto el ruido, sino que amo el silencio y los rumores de la naturaleza. Y, a trueque de tener que acarrear los pedruscos más gruesos del gulag, confesaré también, ya puestos, que no tolero que me toleren. Si alguna vez llego a ser una lesbiana coja de nueve años que mendiga limosna para la secesión de Uganda del Norte, por favor, no se molesten en tolerarme. Y, si son tan amables, sigan llamándome Ricky.

Creative Commons License
This work is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 3.0 Unported License.

 
Turbo Tagger