domingo, 13 de junio de 2021

DDT

En 1948, el químico suizo Paul Müller recibió el premio Nobel de medicina por su descubrimiento de las propiedades insecticidas del DDT. Gracias a aquel descubrimiento, el tifus había sido prácticamente erradicado en gran parte del mundo. Después de la segunda guerra mundial, el uso de DDT consiguió eliminar prácticamente el paludismo en América del Norte, en el continente europeo y en muchos otros países. En India, por ejemplo, habían muerto en 1945 cerca de un millón de personas por paludismo. En 1960, gracias al DDT, esa cifra se había reducido a unos pocos millares.

Sin embargo, un acontecimiento imprevisto iba a cambiarlo todo. En 1962, la escritora Rachel Carson saltó a la fama con su libro Silent Spring. Según ella, el DDT reducía el grosor de la cáscara de los huevos de las aves de rapiña. Si los huevos no protegían suficientemente a esos pajaritos, razonaba Carson, llegaría un día en que no veríamos ya pájaros en las ramas, y las primaveras serían silenciosas: Silent springs. Los asustados lectores se preguntaban: ¿sería el DDT nocivo también para las personas? Acababa de nacer el alarmismo “verde”.

Pero en los países pobres nunca faltaron pajaritos, y las investigaciones científicas no respaldaban el nuevo terrorismo. Los efectos sobre los huevos eran reversibles, y en 1971 la Environmental Protection Agency (EPA) convocó una larga serie de audiencias científicas sobre el DDT. A lo largo de ocho meses declararon 125 testigos y se aportaron 365 pruebas. Finalmente, la Agencia concluyó que el DDT no causaba cáncer ni mutaciones genéticas, ni perjudicaba el desarrollo de los fetos humanos.

Eso fue en 1971. Sólo un año después, el funcionario William Ruckelshaus, recién nombrado Administrador de la EPA, revocó el dictamen sobre el DDT. Ruckelshaus no había asistido a una sola de las audiencias, y ni siquiera se había leído el informe. Su decisión fue exclusivamente política. De hecho, sólo un año antes de incorporarse a la EPA, había declarado que el DDT era “indispensable para proteger la salud humana”y que, aplicado adecuadamente, no tenía efectos tóxicos en las personas ni en otros mamíferos y no era peligroso. Apenas se incorporó a la EPA, sin embargo, declaró que, bien pensado, “abrigaba muchas sospechas sobre el DDT”. En 2000, el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) aprobó un tratado internacional contra el uso de varias sustancias químicas, entre ellas el DDT.

Después de 1972, el DDT siguió en uso, aunque sólo en casos excepcionales. Pero los alarmistas ricos de los países ricos siguieron insistiendo ante los gobiernos de los países ricos para que lo prohibieran, no fuera que el equilibrio ecológico de los países ricos se deteriorara insufriblemente. Los países pobres, en cambio, no tenían alternativas. Dependían de la financiación exterior para sustituir el DDT por otros insecticidas, por cierto mucho menos eficaces. Malathion, el sustituto más barato, cuesta más del doble y sus efectos duran la mitad del tiempo que el DDT. La impregnación de una sola mosquitera cuesta 4 dólares y hay que renovarla con frecuencia, y eso para cada miembro de cada familia (generalmente, muy numerosa). Y, como todos sabemos, los mosquitos que te quieren picar no suelen esperar a que te metas en la cama.

Los países que pudieron mantenerse fieles al DDT experimentarion mejoras espectaculares. En 2000 Sudáfrica reintrodujo el DDT y, en un solo año, vio sus casos de paludismo disminuir un 80 por ciento. Cinco años más tarde, el número de casos era un 97 por ciento menor. También en 2000, una empresa minera de Zambia emprendió un programa de control del paludismo mediante DDT. En la actualidad, la mortalidad por paludismo en las clínicas de la empresa es igual a cero. 

Pero desde 2005 ningún otro país ha regresado al DDT. Los alarmistas ricos siguen clamando en favor de sus pajaritos con dinero de los contribuyentes de los países ricos. Y los autores de publicaciones científicas, o por ascender en el escalafón o por no quedarse sin trabajo, siguen haciendo méritos ante los sacerdotes del miedo. Y ante sus financiadores. A tan ubérrimo panal de rica miel se unieron también las Naciones Unidas, la OMS, medios de comunicación agradecidos, fabricantes de insecticidas piretroides y, simplemente, tontos útiles que no quieren complicarse la vida averiguando y tan sólo desean un mundo (rico) mejor.

¿Es o no nocivo el DDT? Según un artículo publicado en The Lancet en 2000, “hay probablemente pocas sustancias que hayan sido tan estudiadas como el DDT, experimentalmente o en personas. Desde los años 40 se han producido miles de toneladas de DDT, y millones de personas han estado en contacto directo con esa sustancia... Considerando las ingentes cantidades usadas, el nivel de seguridad para las personas es extremadamente alto”.

Por su parte, la London School of Hygiene and Tropical Medicine concluyó que, en Brasil y en India, la salud de los fumigadores de DDT era “semejante a la de otras personas de su edad”. La Agency for Toxic Substances and Disease Registry (ATSDR) no econtró ninguna relación entre el DDT y el número de casos de cáncer. Dos toxicólogos de renombre evidenciaron que, incluso en el apogeo del uso de DDT en cultivos agrarios, el riesgo de cáncer asociado a esa sustancia era mucho menor que el de muchos alimentos de consumo cotidiano: una sola taza de café, por ejemplo, es más peligrosa que un año entero de exposición a DDT. Y muchos otros estudios han llegado a las mismas conclusiones.

En la actualidad, el paludismo causa millones de muertes cada año, muchas de ellas de niños, casi únicamente en los países pobres. Y no existen alternativas. En 1996, Sudáfrica sustituyó el DDT por piretroides y vio el número de casos de paludismo incrementarse en más de un 1 000 por ciento en cuatro años. Sólo los pocos países que se atrevieron a seguir usando DDT han conseguido contener o reducir el paludismo.

En el año 2006, después de 30 años de oposición enconada, la OMS declaró que el DDT es un insecticida aceptable en la lucha contra el paludismo. Después de 30 años ¿y de cuántos millones de muertos? Pero no se alarmen. Me refiero sólo a los países pobres. Los países ricos han conseguido evitar el sufrimiento de sus pajaritos.

Y con esto, por hoy, termino. Es mi hora del café.

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viernes, 28 de mayo de 2021

Historia de un delirio (colectivo)

He cometido muchos errores en la vida, como casi todo el mundo. Y también he sufrido las consecuencias. En eso no creo ser distinto de los demás seres humanos. Pero siempre he aprendido de mis errores, aunque la vida es suficientemente corta para que no siempre consigamos rectificar. Muchas veces, el camino que pudimos seguir y no seguimos está ya definitivamente fuera de nuestro alcance. Sin embargo, a mí cada lección aprendida me ha servido para sentirme más a gusto conmigo mismo. Incluso contra viento y marea.

Es cierto que muchos de mis errores lo han sido porque no encontraba alternativas. Hay una realidad colectiva y hay otra realidad individual, y uno no siempre es consciente de esa diferencia. Los grandes errores de mi vida los he cometido por seguir la corriente, pero también he tenido la suerte de sentirme siempre incómodo dentro de la corriente. Y de no resignarme. Yo, al menos, siempre he luchado por encontrar alternativas.

El contacto con la moral protestante, en mi primera juventud, me descubrió el valor del individuo, y por aquellas mismas fechas un panfleto leído en la calle me abrió la ventana de la libertad. La palabra libertad, en realidad, es un concepto negativo. Uno quiere ser libre porque se siente atado, y aspira a ser libre cuando no quiere que le pongan ataduras. El problema es que, frente a las ataduras que imponen las mayorías, es muy difícil encontrar el camino de la libertad.

Es un largo proceso. De niño, tuve la suerte de admirar a los grandes científicos, y de ellos aprendí que el empeño por averiguar la verdad permitía abrir puertas a un mundo mucho más apasionante que el mundo previsible, repetitivo y monótono impuesto por la masa. Por eso estudié una carrera de ciencias. Las leyes del universo, el fenómeno de la vida, el intrincado territorio de las matemáticas y, en otro orden de cosas, el universo de la ficción me libraban del aburrimiento cotidiano y me incitaban a hacerme preguntas. Pero la ciencia me enseñó también a descartar respuestas.

¿Qué respuestas? Las que no son coherentes con el resto de la realidad. Vivir en la incoherencia no es raro. Es más bien habitual, y los conformistas son capaces de sentirse perfectamente a gusto sin hacerse preguntas incómodas, ni sobre ellos mismos ni sobre el mundo que los rodea. Han encontrado un punto de equilibrio entre las dificultades de la vida y la aplicación de un puñado de normas inconexas. Muchos de ellos vuelan a ras del suelo y son felices así. Otros se vuelven amargados, o resentidos, y buscan culpables que sólo existen en su miedo y en su fantasía. Tratar de apartarse de ellos, de todos ellos, es para mí la definición de nadar contra la corriente.

Es un camino muy duro, pero la vida es, en todo momento, lo que toca. No podemos escoger. Unos, los más, pierden la curiosidad de los años infantiles, mientras que otros tenemos que seguir acarreando la terrible y maravillosa maldición de seguir haciéndonos preguntas. Y tratando de responderlas.

Naturalmente, no podemos ser capaces de responder a todas las preguntas, simplemente porque no somos expertos en todos los campos del conocimiento. En algún momento tenemos que confiar en otros que, suponemos, saben más que nosotros. Eso es lo que hice yo cuando el mundo se puso patas arriba a causa de un virus. En un principio, me fié de las explicaciones que me iba dando un amigo médico, si no de profesión, sí de titulación, al que además siempre he considerado una persona inteligente.

Pese a todo, yo me seguía haciendo preguntas. Había muchos puntos oscuros. Cierto día, mirando un mapa de la incidencia geográfica del virus, observé que no estaba uniformemente distribuida. Me pareció raro. ¿Por qué en unas regiones apenas había casos y en otras había muchísimos? Más aún: ¿por qué la densidad de casos disminuía radialmente, con algunas misteriosas excepciones? Parecía como si la enfermedad se hubiera ido diluyendo desde el centro hacia la costa, pero pueblo a pueblo, incluso con cordilleras o extensiones despobladas de por medio. Además, las líneas de tren con mayor tráfico de pasajeros no parecían haber influido nada en la propagación de los contagios. No tenía sentido.

Busqué mapas estadísticos de todo tipo: régimen de vientos, temperatura, humedad relativa, horas de insolación, nubosidad, relieve, altitud, presión atmosférica, densidad de población, grado de industrialización. Ninguno de aquellos mapas coincidía con el de los contagios. Hasta que un día, semanas después, me encontré con un mapa de composición demográfica, por edades. Aquel mapa sí coincidía, casi exactamente, excepto en Madrid y Barcelona, donde se encuentran los dos mayores aeropuertos de España. La clave era la edad.

Poco tiempo después se conocieron las estadísticas: la enfermedad, efectivamente, afectaba mucho más a los ancianos que a los jóvenes. Mi deducción había sido correcta. A finales de junio, la incidencia empezó a disminuir y se extendió la impresión de que la epidemia había terminado, o casi. Pero, al llegar el otoño, las noticias empezaron a comunicar un aumento alarmante de casos. Era muy extraño. Si las variables meteorológicas no influían para nada en los contagios, como yo había averiguado, ¿por qué ahora estaban aumentando? Durante el verano, la población se había desplazado mucho más que en los meses anteriores y no había sucedido nada.

Hacia finales de octubre, encontré unas estadísticas oficiales que abarcaban dos decenios: número semanal de muertes por todas las causas. Anoté cada dato, lo ajusté para reflejar el aumento de población y saqué el promedio. No conseguía salir de mi asombro. El número de muertes era exactamente el mismo que el promedio de los últimos 21 años. Exactamente. Y eso, teniendo en cuenta el menor número de accidentes de tráfico, de operaciones quirúrgicas y de quimioterapias, a causa de la supuesta “saturación” de los hospitales. Con los centros de salud cerrados y gran parte de la población evitando entrar en un hospital por miedo al contagio, ¿era posible que hubiera habido muchos menos infartos y enfermedades graves que en los últimos veinte años?

Mi amigo médico llevaba meses diciendo que el virus estaba “estancado”. Era un adjetivo sospechoso. No tiene mucho sentido hablar del “estancamiento” de un virus. Cuando le comuniqué mi descubrimiento, me contestó con un argumento absurdo, que no vale la pena repetir. Evidentemente, aquel hombre estaba perdiendo el juicio. Entonces empecé a comprender hasta qué punto el miedo es capaz de neutralizar el raciocinio. Traté de hacerle razonar, pero me trataba como a un alucinado. ‘Negacionista’ es la palabra. Sin embargo, cuando le pedía una explicación de mi descubrimiento, no respondía. 

Era desesperante. La humanidad estaba perdiendo el juicio, en masa. No era posible que los gobernantes, o sus asesores, no supiesen lo que yo había averiguado. A la vista de las estadísticas, era casi evidente. Bastaba con unas simples multiplicaciones y divisiones. Si realmente había una epidemia, no era más mortal que la gripe, pese al apocalipsis de datos que todos los días anunciaban en los medios. ¿Por qué lo hacían? ¿Era simple imbecilidad, o era una campaña deliberada? Y, si era deliberada, ¿cuál era su propósito?

Más o menos por aquellas fechas oí hablar de los falsos positivos. Hasta entonces, yo había dado por supuesto que la prueba de detección del virus era fiable, pero un día cayó en mis manos un artículo que demostraba que el porcentaje de falsos positivos de aquella prueba era superior al 70%. Es decir, un porcentaje inaceptable. Ni siquiera hacía falta investigarlo. El propio inventor de la prueba lo había advertido. Evidentemente, nos estaban engañando. Sólo se puede ser imbécil hasta cierto punto.

En noviembre, a la vista de los datos oficiales, escribí a mi amigo y le hice una predicción. Los datos que aparecen en los medios reflejan simplemente el aumento estacional de todos los años, le dije. Tanto más, cuanto que la gripe común parecía haber desaparecido de las estadísticas. Y le propuse una cifra: si en la segunda semana de enero alcanzáramos 1.800 defunciones diarias [es decir, 12.600 semanales], seguiríamos estando en valores estadísticamente admisibles.

Aparté el tema de mi mente, por agotamiento, y me dediqué a otras cosas. Pero a primeros de enero se me ocurrió comparar los datos oficiales con mis predicciones. Esa semana habían muerto 1.552 personas menos de lo que yo había declarado estadísticamente admisible. Era para volverse loco. En los medios, las oleadas mortíferas se sucedían una tras otra con miles de víctimas, mientras en la realidad no sucedía absolutamente nada preocupante. Al poco tiempo averigüé que los hospitales cobraban un plus considerable por declarar ingresados con esa enfermedad, y más todavía por declarar ingresos en UCI atribuidos a esa misma enfermedad. Supe también que estaba prohibido hacer autopsias (única manera de averiguar la verdadera causa de la muerte), y que cualquier defunción acaecida en las cuatro semanas posteriores a un resultado positivo era obligatoriamente atribuida al virus.

En tales condiciones, encontrar información fiable era una tarea penosa. Había que rebuscar entre vídeos conspiratorios descabellados, artículos de personajes pintorescos que no sabían ni redactar, supuestos doctores que probablemente creían también en los extraterrestres, y otras informaciones no verificadas ni verificables. Tras las teorías sobre el virus vinieron las teorías sobre las vacunas. Yo me quería informar, pero ¿cómo? No podía fiarme de ninguno de los que llevaban meses engañándome. Por fin, poco a poco y con gran trabajo, fui consiguiendo hacerme una idea de lo referente a las vacunas. Tuve que estudiar biología molecular, consultar bases de datos muy difíciles de entender, y verificar una y otra vez las informaciones que iba entresacando de acá y de allá.

Todavía no puedo asegurar que todo esto sea una conspiración. Me parece bastante inverosímil que un grupo de poderosos o de instituciones consiga poner en marcha una campaña de falsedades tan sostenida y de alcance prácticamente mundial. Y, sin embargo, no encuentro otra explicación. No puedo asegurar que todo esto responda a un propósito perfectamente planificado, pero la realidad es que el horizonte de mi libertad cada día se estrecha más, y el nivel de locura que me rodea no disminuye. Estoy leyendo libros de historia para tratar de encontrar algún precedente. Lo más parecido que he encontrado son las cazas de brujas, las guerras de religión y los grandes totalitarismos del siglo XX. Sin embargo, ninguno de ellos tuvo alcance mundial.

Lo que está sucediendo hoy en el mundo, que yo sepa, no tiene precedentes. Es horrorosamente inquietante y angustioso. En tiempos de la Unión Soviética, uno podía arriesgarse a saltar el muro de Berlín para ganar la libertad, pero hoy en día prácticamente no hay alternativas. El planeta Marte queda muy lejos, y me temo que no es habitable. Me queda, al menos, la satisfacción de saber que he abordado este episodio con mentalidad científica. No sé lo que habrán predicho los modelos de los epidemiólogos a sueldo de los gobiernos, pero yo he hecho predicciones que se han cumplido. Eso me tranquiliza. Mi sentido común todavía está en su sitio. Puede que la mayoría de mis congéneres se hayan vuelto locos. Yo, todavía, no.

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miércoles, 26 de mayo de 2021

Encajando el rompecabezas

Resumo a continuación parte de un artículo publicado en W1red el 6 de mayo pasado, que explica la diferencia entre la reducción de riesgo relativa (que es la que están publicando los fabricantes de vacunas) y la absoluta (que es la que realmente cuenta a efectos epidemiológicos):

Supongamos que, de 100 personas que no se vacunan, 10 contraen cierta enfermedad. El riesgo de contraer esa enfermedad es, por lo tanto, 10%. Supongamos ahora que otras 100 personas sí reciben la vacuna y de ellas sólo enferma una. Su riesgo de enfermar era, por lo tanto, 1%. La reducción de riesgo absoluta (ARR) habrá sido, por consiguiente, 9% (es decir, 10% - 1%). La reducción de riesgo relativa (RRR), en cambio, es 90% (es decir, 9% dividido por 10%).

Un texto publicado en Lancet Microbe el mes pasado concluye que, incluso con muestras de decenas de millares de sujetos, los valores de ARR respecto del COVID-19 se cifran en 1.2% para la vacuna de Moderna y 0.84% para la de Pfizer.

El valor inverso de la ARR (es decir, 1/ARR) refleja el número de personas que es necesario vacunar para evitar un solo caso.

Según un estudio del profesor Piero Olliaro (del Centro de Medicina Tropical y Salud Mundial de la Universidad de Oxford), para evitar un solo caso es necesario vacunar a 76 personas con las dos dosis de Moderna, a 117 personas con las dos dosis de Pfizer, y a 84 con la dosis única de Johnson & Johnson.

Y añado otro dato: los CDC de Estados Unidos han rebajado el umbral de ciclos de la PCR a 28. Con lo cual no podemos saber si el descenso en el número de 'casos' se debe a las vacunaciones o al cambio en los valores de detección. Habría que preguntarse cuántos otros países están jugando también con el grifo de los ciclos de la PCR.

A mí esto me huele a presiones generalizadas, directas o indirectas, a cargo de las farmacéuticas, a nivel político y mediático. Están ganando nuchos miles de millones de dólares con las vacunas, frente a los cero dólares o poco más que estarían ganando si datos como estos fueran divulgados. En este rompecabezas endiablado, la corrupción en gran escala es la única hipótesis que permite encajar todas las piezas.

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lunes, 24 de mayo de 2021

Codename: Phoenix

The first drink was on the house and he drank it, quickly. Then, he straightened up his sweater, gathered courage by evoking a few distant memories of his childhood, and went ahead towards the roulette. He bet and won, and then lost, and then won three times and lost another four. He was feverish—as usual. Across the table, in front of him, a blonde pretending to look at her chips was discreetly watching his bets. 2, 14, 34.

He wanted to smile at her, but she did not raise her sight, not even for a second. Suddenly, the croupier exclaimed “Rien ne va plus!”, and all the lungs around the table stopped breathing until the ball, finally, fell into place. Five. He had a startle—his number! But he had been so distracted by the blonde that he had forgotten to bet. Damn! A few drops of sweat ran down across his forehead and bumped into his eyebrows. He felt uneasy. Maybe his sweater was too tight. He needed some air. Or, better still, a splash of water on his face.

So he left the table and headed for the restroom. The blonde would not leave, hopefully. As he grasped the door’s knob he glanced at her through the crowd, but she didn’t seem to notice. Then he went in, turned on the tap and put his whole head under the water. Refreshing... He felt better, raised his head and looked in the mirror. A few wrinkles on his forehead seemed to have vanished. He felt younger. And reinvigorated.

The blonde was still on the same spot, looking at her chips. But this time he managed to squeeze himself between her and a fat man with suspenders.

“Would you like a drink?”, he said to her casually, smiling as radiantly as if he had just won a TV contest.

“Er, um, but you’ll miss the next one”

“The next drink?”

“The next bet”

“They might run out of drinks”, he replied. “One never knows”

She finally smiled.

“So we’ll help them to that, won’t we?”

He gulped. Her smile was magical, magnetic, out of this world.

“Okay”, he managed to say. “Just try to keep your thirst at bay, will you?”

He went to the bar and brought back two martinis. She took one of them. Her hand was terse and slender. Elegant, he thought. Some woman, really.

Faites vos jeux!”, invited the croupier.

She made her bet. He placed his chips in the same square as hers. The ball swished, whirled, stopped. Five again.

“We won!”, she jumped twice, then unexpectedly hugged him. He thought he was dreaming.

“Oh, well, this is... I can’t believe it’s happened”, he said. He wasn’t lying. “Let’s get some fresh air, would you?”

“Hmm. Sounds cool”, she said, and drank up her martini. “Just give me a minute”

She then sneaked her way to the bar, came back with two more martinis, and handed one to him.

“Alright. Now let’s go”

He followed her to the main entrance of the casino. On the sidewalk, a man with a snake around his neck chatted with an obese woman. Right across the road, in the middle of the roundabout, an exuberant fountain changed color under a sizeable replica of the Eiffel Tower. They went over and sat down on a bench.

“The name is Mark”, he said. “Mark Marconi”. And he reached out for her hand. But she didn’t shake his hand. Instead, she looked away for a few seconds, shrugged, and then turned towards him and kissed his lips, very slowly.

“Patricia”, she mumbled, still savoring his lips.

That was so fast... So lightning fast, he thought. He still couldn’t believe his luck. Patricia was a beautiful creature. Out of this world, he said to himself. When their lips parted, Patricia sipped at her martini. Her eyelids were down. A smell of air freshener from the casino whizzed between them.

“Are you lodging at a hotel?”, she asked.

“No. Actually, I arrived today. All the way from San Diego”

“I am. At the Bellagio, just round the corner. You look tired”

Suddenly, a gust of damp wind from the fountain sprayed his face.

“You are so young”, she said. “Listen, my room has an incredible view. And a huge bed. Will you be my guest today?”

Patricia didn’t wait for an answer. She stood up, took his hand and pulled gently. He didn’t remember her being so tall.

“M... my dream”, he stuttered. He meant ‘my pleasure’. His voice sounded strangely adolescent. Patricia, still holding his hand, led the way to the hotel. Ten minutes later, he was lying on a king-size bed, finishing his martini and wondering if he was about to wake up from some heavenly dream. Then the door of the bathroom opened, and Patricia slowly walked towards him. She was naked.

They kissed passionately. Through the ample window, the sunset tinged their bodies with a hue of honey. As the shadows started to set in around them, nature followed its course. Finally, Mark and Patricia, exhausted, lay on the bed for a long while, speechless. In the midst of the silence, his head, resting on her chest, picked the echo of his own heart, beating. His own heart only.

“Where does that buzz come from?”, he asked.

“Huh? Oh, I don’t know. The air conditioning, maybe”

Mark pressed his ear against her chest, trying to discern a beat. She combed his hair with her fingers.

“You must be so tired... Shall I fill the bathtub for you?”, she said.

“Oh, never mind. I shall manage”, said Mark. Then, with a yawn, he sluggishly sit up.





The bath was hot and relaxing. When he pulled the plug and the water started to drain out, the bathtub seemed much larger than when he had stepped in. With difficulty, he managed to get out and reached for the towel, which was now huge. Everything around him was out of proportion, but he didn’t want to think about it. No doubt it was some kind of vivid nightmare that would just vanish in the morning. He returned to the bed, climbed up to it and sighed. By his side, Patricia slept peacefully.





“Are you hungry?”

The voice was Patricia’s. It sounded as if she was leaning over him, but he still didn’t dare to open his eyes. He was half-awake now.

“Sort of”, he mumbled, and waited. Patricia took up the phone, dialed a number and ordered two breakfasts.

“Come on”, she said in a cheerful tone. “You may look now”

Slowly, Mark opened his eyes. Patricia was sitting by his side, smiling, still naked. But this time her skin was completely green. He blinked.

“Yes, you are fully awake now. And yes, I am green. Do you still like me?”

“Well, I...”

“Oh, and you have the body of a child. A nine-year-old, I’d say. As it happens, since I chose you in the casino yesterday, your body has been getting younger, by steps. No, darling, don’t say anything just yet”

The advice was unnecessary. Mark was still struggling to assimilate the fact that he wasn’t living in a nightmare.

“You may not believe it, but little green men—and women—do exist”, she went on. “Well, not so little, as you can see. Do you still like me?”

“You, you... I...”

“It’s water that makes you younger. Tap water, fountain water, bathtub water, any kind. It’s all part of a harmless experiment. Yes, there is an antidote, if that’s what you’re wondering. We just want to find out how humans react in all sorts of situations. Unexpected situations”

“Who is ‘we’?”

“You wouldn’t care. We are from a faraway galaxy. Really far, far away. And, be reassured, we are peaceful. Only a tad too curious about primitive civilizations. It’s taken us a lot of time to get here, after all”

“And that... that experiment... Is it over?”. His voice sounded really child-like now.

“I know, I know. You want to regain your adulthood. Well, that’s part of the experiment, as well. Don’t worry, it won’t last longer than a few weeks. We are also compassionate... Come on, don’t be so serious”

She tickled his armpit.  Mark writhed and burst out laughing.

“That’s much better”, she nodded. “Now, about the antidote. To regain your full manhood—which, by the way, I’m most eager about—you’ll have to eat a number of, say, funny foods”

“Funny?”

“Well, funny from our perspective. Anyway, I’ll cut to the chase: water will make you younger, but anything containing saturated fats, sugar, cholesterol, artificial additives, oxidants, caffeine, or salt will revert that condition. Basically, what you humans call ‘junk food’. Smoking and drinking, of course, would also help a lot. The silver lining is that, well, I’m sure you’ll love it”

“But how did you...”

“Oh, you were irradiated with delta radiation. From above”

“¿Delta radiation?”

“Yeah. It’s produced by funnelling neutrinos through a vortex of dark matter. But you don’t want to know such technicalities. Your planet is still in a pretty rudimentary stage of civilization”

A knock at the door interrupted her. She wrapped herself in a towel, opened the door, and took a tray from the hands of a hotel maid.

“Your breakfast is here!”, she half sang, laying the tray at his side on the bed. A giant pizza full of lard, cheese, eggs and coconut oil appeared under his eyes, flanked by two large martinis, a black coffee, a glass of cognac and a packet of cigarrettes.

“Don’t be afraid. It will do you good”, she encouraged him.

Actually, Mark was hungry, so he didn’t hesitate. He ate, drank and smoked as much as he could while Patricia, elegantly sipping her martini, looked at him approvingly. As he finished the cognac, he started to feel much stronger. And bigger. He was now almost Patricia’s size. A lascivious thought then crossed his mind.

“I guess what you’re thinking”, she winked at him. “I’l make things easier for you”

She took a small box from the nightstand, opened it, and swallowed a red pill that was inside it. In seconds, her skin turned white again. By then, her hand was playfully tiptoeing along his arm, then across his chest, then...

But whatever followed lays outside of this chronicle. The verified facts let us know that, for a few weeks since that day, Mark was the passive subject of a weird experiment for the sake of science in some remote galaxy. Time and again, he alternated showers and hand washing with the ingestion of pork and seafood and salt peanuts, and a long list of deletereous foods, his only compensation being the enjoyment of Patricia, which of course was mutual. So much so that, as soon as the experiment was over, she proposed to him.

“But it was me who was supposed to propose”, Mark complained.

“Never mind. I’m from another galaxy. And I mean it”

Grudgingly, he said yes. Then they kissed and, soon afterwards, married. They were happy for a while until one night, when he was about to fall asleep, Patricia whispered in his ear:

“You know one thing? I’m pregnant”

“What?”, Mark exclaimed. “Really?”

“Yes, love. You’re going to be a father. Do you think you’ll be a good father?”

“You bet!”, he replied.

It had been ages since he hadn’t pronounced that word. ‘Bet’. From the depths of his memory, the old days of feverish betting in the casino resurfaced and, week by week, weaved a dense web of longings and obsessions. He couldn’t sleep anymore. His marriage was as happy as it could be asked for, but he began to realize that it lacked one ingredient. One main ingredient. Namely, risk.

So there he was again, holding his chips between his hands and waiting for the thrilling announcements that the croupier was about to pronounce. Messieurs, Mesdames, faites vos jeux... Rien ne va plus!, only to lose one, two, three, twelve times in a row. Sweat started to form on his forehead. The old feeling. He took all the chips he had left and went to the bar.

Then, when he was just finishing his gin tonic, he heard a distant buzz. A familiar one. He glanced around, but the room was too crowded. Then he stood up and started to wander aimlessly among the crowd, trying to locate the source. No way. The buzz seemed to be everywhere, and yet he knew that it came from somewhere, one single somewhere.

Suddenly, the throng dispersed a little in front of him and he could get to see the roulette in the distance. By its table, Patricia kept looking at her chips while a young man squeezed his way between her and a fat man with suspenders.

It was himself.

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domingo, 25 de abril de 2021

Dos territorios diferentes

Con las personas por las que siento respeto, hay temas que prefiero no abordar. En la mente humana, el edificio de la fe es una fortaleza inexpugnable. Su lógica es distinta a la de la razón, porque tiene sus propios postulados y sus propios mecanismos de razonamiento. Observe el lector que no he dicho que la fe es un error, ni un territorio irracional. Exceptuando, posiblemente, a los afectados por el síndrome de Asperger, todos tenemos fe en algo, quizá en casi todo. Hay muchas razones para creer que unos astronautas llegaron a la luna, y todas las evidencias que tenemos concuerdan en que así sucedió. Pero, al final de la jornada, tenemos que creer que sucedió. Simplemente, porque no estábamos allí.

Yo fui educado en la fe católica, con toda la insistencia que cabía esperar de un régimen firmemente asentado en el catolicismo. Mucha menos insistencia, desde luego, que la que hoy despliegan a nuestro alrededor los sacerdotes de la nueva religión totalitaria. Fue mi madre la que, en mis primeros años, apoyaba aquellas enseñanzas, aunque con el tiempo se fue volviendo más indiferente hasta llegar, sospecho yo, al agnosticismo.

Durante mi adolescencia, la religión me torturaba. Todo en ella me producía angustia: los misioneros que curaban leprosos, la obsesión por la crucifixión, la sombra permanente del pecado y la necesidad de expiación, el suplicio de la castidad, el sufrimiento, la obligación de ir a misa, de rezar. Yo era aún muy joven y no sabía expresarlo, pero en mi interior sentía que todos aquellos ritos y normas eran absolutamente desproporcionados. Seguramente, disfrutar de estar vivo sin meterse con nadie tenía que ser mucho más simple, y muchísimo menos agobiante. 

Mi espíritu rebelde empezó a aflorar cuando, en los dos últimos años del bachillerato, asistí a un colegio de frailes. Allí los empecé a ver como hombres de carne y hueso, con sus manías personales, sus defectos (virtudes no  les recuerdo ninguna) y sus rasgos de carácter. Eran seres extraños, que no tenían novia ni se habían casado y que se paseaban por el colegio envueltos en una sotana de la edad media. No sentí simpatía por ninguno, y sólo una moderada antipatía hacia los más montaraces.

Pero, aun así, no renegué de la religión, aunque deseaba con todas mis fuerzas hacerlo. Esa pugna interior me duró todavía dos o tres años, y por fin, durante mi estancia en Warrington, en una tarde de lluvia wagneriana frente al ventanal del salón de mis británicos anfitriones, proferí un grito interior: ¡Se terminó!, exclamé para mis adentros. Y me sacudí para siempre aquella carga insoportable. Había sido, tal vez, el contacto con otra manera de vivir la moral, mucho más individualista, lo que me dio el empujón decisivo.

Eran tiempos turbulentos en toda Europa por aquel entonces, y a mi regreso, en la universidad, encontré un cauce para mi rebeldía. En realidad, no había otro, y confieso que habría agradecido que existiese. Dentro de aquel cauce o redil había que ser anticlerical, y yo lo fui. Lo fui hasta extremos que ahora me avergüenzan, y sólo cuando, en el año 2001, decidí desprenderme de aquella segunda rémora ideológica, comprendí que tenía que reexaminar mi pasado y mis convicciones partiendo del cero absoluto. 

Recorrí aquel nuevo itinerario con muchas vacilaciones. No tenía referentes, salvo la animadversión hacia mis antiguos compañeros de redil. Mi primera mujer había sido católica, y al igual que, tiempo atrás, mis anfitriones británicos, había respetado mis ideas.  Eran dos precedentes muy poderosos, y poco a poco fui comprendiendo algo obvio: las convicciones de los demás son tan respetables como las mías. He dicho convicciones, no ideologías. Las convicciones son lo que uno cree. Las ideologías, lo que uno se empeña en que los demás crean.

Todo eso no quita para que las religiones me parezcan desesperantemente absurdas, y por eso procuro evitar el tema cuando sé de antemano que entrar en ese terreno no servirá para nada. Pero el otro día traspuse esa frontera, a cuenta de un matemático que publica sus argumentaciones en Internet, y aquella conversación me ha llevado a hacer balance de las preguntas que me hago cuando me hablan de Dios. Que son un poco distintas de las que uno oye o lee habitualmente.

Para empezar, ¿a qué se refiere uno cuando habla de Dios? Puede que sea difícil creer que unos tipos llegaron a la luna, pero al menos uno puede ver sus imágenes y situarlos mentalmente en un mapa y en el sistema solar. Pero, si Dios es un espíritu, ¿por qué creer en él y no en Yemanyá, o en el ectoplasma de Confucio reencarnado en un koala? Eso, suponiendo que uno decida creer en los espíritus.

Es necesario creer en Dios porque Dios creó el universo, responderán algunos. En realidad, quieren decir que ellos creen que el universo ha sido creado por un agente, y a ese agente lo llaman Dios. Pero esa hipótesis es innecesaria, porque ese agente no puede haber salido de la nada. También tendrá que haber sido creado, y siguiendo ese razonamiento no terminaremos nunca. Si el universo no puede existir simplemente porque sí, entonces sería igualmente absurdo que Dios existiera porque sí. 

Cuando uno empieza a comprender la inmensidad y complejidad del universo y el lugar infinitesimal que ocupamos en él, parece un tanto egocéntrico creer que hay por ahí un ser superior que se interesa por nuestro comportamiento. De hecho, una cosa es crear el universo y otra --bastante distinta-- es decirles a sus criaturas lo que deberían hacer. A menos que eso forme parte también del experimento.

Un experimento, como mínimo, extraño. Si uno quiere averiguar cómo se comporta la especie humana cuando un ser superior les dicta unas normas morales, ¿por qué empezar en tiempos del Antiguo Testamento, y no antes? ¿Los seres humanos anteriores a la Biblia pecaban y eran virtuosos, o simplemente se libraron del experimento? En cualquier caso, si Dios quiere que creamos en él, ¿por qué se esconde detrás de unos textos que cada uno puede interpretar a su manera? ¿Por qué se aparece sólo a unos cuantos místicos y pastorcillos, y nos discrimina a todos los demás? ¿Por qué no se nos manifiesta de manera que no podamos dudar que existe?

A esas preguntas nadie ha sabido contestarme todavía. Y no es sorprendente, porque mis argumentos se asientan en la razón y los de los creyentes se asientan en la fe. Territorios diferentes. Tan diferentes que, de cuando en cuando, me divierto jugando con esa otra lógica. Cada vez que un testigo de Jehová llama a mi puerta para hablarme de la Biblia, yo le respondo que no es necesario, porque la Biblia la escribí yo. Y cuando me explican que Dios creó el universo, les respondo que están muy equivocados: el universo, en realidad, lo creé yo.

Demuéstrenme lo contrario. 

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sábado, 24 de abril de 2021

Médicos y no tan médicos

El doctor Hernando había abierto su consulta en la primera planta de nuestro edificio, y pronto se convirtió en nuestro médico de cabecera. Cada vez que cogíamos la gripe o nos dolía la tripa, ir al médico era tan sencillo como bajar cuatro plantas en el ascensor. Un día, uno de nosotros acudió a la consulta y el doctor Hernando le hizo pasar a una habitación contigua donde acababa de instalar un flamante aparato de rayos X. No para hacerle una radiografía, no, sino para tratar de averiguar lo que sucedía en tiempo real. El paciente se colocaba entre el generador y una pantalla, y a continuación el doctor apagaba la luz, ponía en marcha el aparato y se asomaba a mirar los pulmones o los riñones del observado durante un ratito.

El doctor Hernando no era el único. Algún tiempo después, estando yo todavía en plena etapa de crecimiento, un cardiólogo me metió en una máquina parecida y examinó el comportamiento de mi corazón durante largo rato. Años después, observamos que el doctor Hernando se ponía un peto protector antes de examinar a los pacientes tras la pantalla. Pero aquella precaución no duró mucho.  Al poco tiempo, el aparato de rayos X había desaparecido. Tanto el doctor Hernando como el médico que compartía la consulta con él murieron jóvenes.

Sin embargo, los efectos nocivos de la exposición a rayos X eran conocidos desde los años 30. No sé lo que les enseñaban a los médicos por aquellos tiempos en la Facultad de Medicina pero, evidentemente, eso no se lo dijeron.

Años después, una amiga de la Universidad me invitó a su boda. Su futuro marido era un tipo muy simpático, con un gran sentido del humor y una vitalidad inagotable. Caminaba con ayuda de unos bastones, y cierto día me explicó que siendo niño había contraído la poliomielitis, pero no espontáneamente, sino a causa de una vacuna. De una vacuna contra la poliomielitis.

Su caso no fue el único. En 1955, en Estados Unidos, se averiguó que varios lotes de vacunas administradas a niños contenían el virus vivo. Por error, naturalmente. Se sabe que al menos uno de los fabricantes causó más de 250 casos de polio en niños sanos. Aquella vacuna fue retirada inmediatamente pero, todavía hoy, la OMS tiene noticia de 24 brotes de poliomielitis de origen vacunal en 21 países.

Tampoco aquel percance fue único en la historia de la medicina. En 2017, las autoridades filipinas interrumpieron una campaña de vacunación contra el dengue al descubrir que la vacuna, en realidad, incrementaba el riesgo de que el niño contrajera una variante más grave de esa enfermedad.

Y seguimos. A comienzos de los años 60, miles de niños recibieron una vacuna contra el sarampión. Pero resultó que, cuando esos niños entraban en contacto con el virus, desarrollaban un sarampión atípico, que les causaba fiebre alta, fuertes dolores abdominales e inflamación pulmonar. Y, en ocasiones, hospitalización. Terminaron retirándola.

Hubo más. En esos mismos años 60, ocurrió lo mismo con los niños que recibieron una vacuna contra el virus respiratorio sincitial. Los vacunados desarrollaron una variante más grave de la enfermedad que producía fiebres altas y bronconeumonía. Docenas de ellos acabaron hospitalizados, y dos murieron.

Sí, la medicina se equivocó. O por falta de información o por negligencia en los ensayos clínicos. Pero los errores de la medicina pueden tener también otras causas. Me estoy refiriendo a las influencias políticas, que se empezaron a hacer patentes pocos años después. Me explicaré.

Hasta mediados de los años 40, el paludismo era un problema muy serio en el medio rural. Incluso en muchos países desarrollados, incluidos los Estados Unidos. En España, todos recordamos aquellas terribles imágenes del documental de Buñuel sobre las Hurdes (que después hemos sabido que no era tan 'documental' como se pensaba). Buñuel o no Buñuel, en España por aquellos años había oficialmente paludismo, y no poco. Pero un producto químico consiguió erradicarlo: el DDT.

El DDT terminó con el paludismo en los países desarrollados y en buena parte de Africa, gracias a tres efectos: es repelente de insectos, es irritante (para los insectos) y es tóxico. Si un mosquito valeroso se atreviera a penetrar en un hogar, a pesar del olor a DDT, y estuviera tan ansioso de picar que resistiera la irritación que le causa el DDT, todavía tendría bastantes posibilidades de estirar la pata a causa del DDT.

No era así para las personas. Todavía recuerdo, en las tardes de verano de mi infancia, que mi madre rociaba las habitaciones con un flit lleno de DDT, que toda la familia respiraba durante horas cada día, al igual que casi todas las demás familias del mundo que lo usaban, que no eran pocas. Es más, en cierta ocasión leí que en Estados Unidos algún que otro barman añadía un toque de DDT a sus cócteles para darles ese punto especial de la casa. Nunca se tuvo noticia de que a algún cliente de aquellos bares se le hubiera aguado la fiesta a causa del DDT.

Sin embargo, el naciente movimiento 'verde', basándose en evidencias tan irrefutables como las apariciones de extraterrestres, consiguió instigar el miedo entre la población y, por fin, el DDT fue erradicado. Al instante, los casos de paludismo se multiplicaron vertiginosamente, sobre todo en los países pobres. Pero ¿a quién le importan los pobres cuando uno es ecologista y vive en un país rico?

Investigando sobre este lamentable episodio en la historia de la medicina he averiguado muchas más cosas, y muy esclarecedoras de lo que hoy está sucediendo en el mundo. Como el tema tiene mucha miga, lo dejo para una próxima entrega de este mismo blog. Atentos.

Y termino con otro episodio lamentable. Sólo los lectores más veteranos de este blog recordarán la palabra 'talidomida'. La talidomida es un fármaco que fue descubierto en 1956. Al principio, como sedante, y después también como alivio para la gripe, la neumonía y las náuseas asociadas al embarazo. Por más que aumentó la dosis en los ensayos, el fabricante no consiguió matar a un solo animal, y la talidomida fue puesta a la venta en 46 países. Sin receta.

Pero empezaron a aparecer efectos secundarios y, apenas dos años después, miles de casos de recién nacidos con horribles deformidades. Sus madres habían tomado talidomida durante el embarazo. A los científicos no se les había ocurrido, pero resultaba que la talidomida atravesaba la placenta y afectaba gravemente al feto en las primeras semanas de gestación. No se les había ocurrido pero, por lo visto, tampoco se les había ocurrido exigir un ensayo previo con animales. Tardaron cinco años en establecer la relación entre la talidomida y las mujeres embarazadas.

En esos cinco años, nacieron en todo el mundo más de 10.000 niños con deformidades irremediables. En 1968, el fabricante fue llevado a los tribunales, pero la empresa llegó a un acuerdo para compensar a las familias afectadas y, finalmente, nadie fue declarado culpable. ¿Os suena?

Por definición, los pacientes saben menos de medicina que los médicos. Pero los médicos no son ni infalibles ni incorruptibles. Hoy en día, todos tenemos acceso a tanta información como ellos y, cuando nos encontramos con datos que no encajan, no está de más que desconfiemos y tratemos de entender mejor lo que sucede.

En realidad, nunca está de más.

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sábado, 27 de marzo de 2021

Espíritu crítico

Hace ya algún tiempo que no tengo ganas de escribir, porque me embarga esa demoledora sensación de que tratar de razonar frente a otros es hoy como tratar de nadar contra un tsunami. Pero esta mañana he visto un vídeo que me ha indignado, y necesito poner por escrito las reflexiones a que me ha llevado.

El vídeo era un ataque furibundo (y nada original) a unos cuantos ogros que llevan lustros instalados en el imaginario colectivo. Esos abominables ogros se pueden resumir en dos: el liberalismo y el mercado.

El graciosillo del vídeo, como muchos millones de personas en todo el mundo (y notablemente en países atrasados, como España), parece creer que el liberalismo consiste en dar libertad a los poderosos para que hagan lo que les venga en gana. En particular, claro, para acaparar inmensas riquezas a costa de los más desfavorecidos.

Es cierto que eso está sucediendo hoy --ha sucedido siempre, aunque en los últimos tiempos es quizá más evidente--, pero eso no tiene nada que ver con el liberalismo. Ni con el capitalismo. Ni con el libre mercado. El liberalismo es justamente lo contrario. Acusar al liberalismo de causar pobreza es como acusar a los ríos de quitarle agua al mar. 

No quiero extenderme demasiado aquí. Si algún día recupero la moral, tal vez me decida a escribir un libro sobre este tema. Sí, el liberalismo, o simplemente la libertad de mercado, es el antídoto perfecto de la pobreza. Pero vamos por etapas.

El ahorro es la respuesta natural a una realidad inapelable: el futuro es incierto. Nunca sabremos si mañana, o dentro de dos años, nos faltará qué comer, o si seguiremos teniendo un techo bajo el que refugiarnos. Hay quienes son capaces de vivir al día pero, si no somos adictos al riesgo, es más sensato acumular un remanente de lo que más necesitamos, para asegurarnos de que no nos falte.

Eso se llama 'capitalismo'. Acumulamos un 'capital' de comida (en la despensa), de ropa (en los armarios), de pasta de dientes (en el tubo), de sartenes, de sábanas... y, sí, de dinero. En suma, de riqueza (el que no tiene calzoncillos que ponerse, seguramente es pobre). 

Pero no sólo queremos asegurarnos frente al futuro. Nos gustaría también dedicar menos esfuerzo a hacer lo que no nos gusta. Por ejemplo, para ganarnos el pan. Y así dedicar más tiempo a lo que más nos gusta. Por eso, de vez en cuando, se nos ocurre alguna que otra idea que nos facilita la vida. Un poquito o mucho, eso no importa. Lo importante es que es una tendencia innata en la mayoría de nosotros.

Se nos puede ocurrir meter un cartón doblado bajo esa pata de madera para que la mesa no baile, o se nos puede ocurrir usar una caldera de vapor para mover un tren. Unos se conformarán con poder dibujar sobre una superficie estable, y otros aspirarán a transportar rápidamente a muchas personas a cambio de una compensación. Se llama espíritu emprendedor.

Pero el espíritu emprendedor conlleva un riesgo. No sabemos cuántas personas estarán realmente interesadas en viajar más rápido, ni cuánto estarán dispuestas a pagar para no tener que desplazarse a caballo. El emprendedor corre el riesgo de que la ganancia que obtenga no le compense el esfuerzo (y el dinero) que ha dedicado a realizar su idea. En el peor de los casos, podría perderlo todo y quedarse en la calle. Ha sucedido.

Emprender siempre es posible cuando uno es millonario. Si uno no lo es, no tendrá medios para hacer realidad esa idea ambiciosa que podría facilitar la vida de muchos de sus semejantes. Sería una lástima. Pero no todo está perdido, porque los seres humanos somos todos diferentes, y eso nos puede beneficiar. 

¿Cómo nos puede beneficiar? Poniendo en juego nuestras diferencias para complementarnos. No para igualarnos. Estirar todos de la misma cuerda, siendo todos distintos, es un desperdicio estúpido, y la mejor manera de no progresar jamás. La verdadera diversidad es la diversidad creativa. Hay quien tiene ideas y dinero, pero es más habitual que unos tengan buenas ideas y poco dinero, y otros mucho dinero y pocas ideas. Seguramente, todos tienen algo en común: no les disgustaría progresar.

Pero, como ya hemos visto, las ideas conllevan un riesgo. De todas las personas que ahorran, algunas no querrán correr riesgos y se conformarán con lo que tienen. Sin embargo, si nuestra idea parece viable, siempre podremos convencer a alguien para que aporte su capital y comparta nuestro riesgo. Y, posiblemente, consiga ganar más que malgastando su vida en una oficina el resto de su vida.

El dia en que lo consigamos habrá nacido una empresa. ¿Triunfará? Depende. Si nuestra idea es realmente original y tenemos una buena acogida, ganaremos mucho dinero. Pero no por mucho tiempo. Apenas demostremos que nuestra idea da dinero, muchos tendrán la tentación de imitarnos. Claro que, si quieren quitarnos clientes, tendrán que bajar los precios. O mejorar nuestra idea. Se llama productividad.

Naturalmente, siempre podremos sobornar a algún político o a algún medio de comunicación para que nadie nos haga la competencia. Los políticos, subvencionando nuestros productos o promulgando leyes que nos favorezcan. Los periodistas, publicando (u ocultando) informaciones que engañen a la población. Podríamos también ponernos de acuerdo con nuestros competidores para no bajar los precios. Pero todo eso, que a muchos les sonará familiar, es exactamente lo contrario del libre mercado. Lo contrario del liberalismo. Lo contrario del capitalismo 'salvaje'. Se llama oligopolio, o monopolio. Monopolio salvaje.

La posibilidad de financiar ideas ambiciosas permite a los ahorradores ganar dinero --es decir, progresar-- gracias a sus ahorros. Quienes quieran arriesgarse mucho invertirán quizá en una única idea muy ambiciosa, y quiernes se conformen con poco preferirán invertir en empresas de bajo riesgo. El estado, por ejemplo, es una empresa de bajo riesgo, porque sus ingresos son un porcentaje de los beneficios de todas las empresas del país, y todo un país no se va a pique tan fácilmente como una sola empresa. 

Pero nos hemos olvidado de esos que no quieren correr absolutamente ningún riesgo. A medida que van ahorrando, van guardando sus ahorros debajo del colchón. No es una gran idea. El día menos pensado se los pueden robar, o los pueden perder en una inundación o en un incendio. Y también puede ocurrir que, con el tiempo, sus billetes se pudran, o se queden tan anticuados que ya nadie los acepte. Además, los precios de las cosas suben y los ahorros van perdiendo valor. ¿Hay alguna solución?

Sí, nos dice un vecino. Yo tengo una cámara acorazada donde tus ahorros estarán seguros. Tú me confías tus ahorros, yo te doy un recibo a cambio de tu depósito y te lo custodio. No sólo eso, sino que además te pagaré un pequeño interés todos los años.

¿Y tú qué ganas con eso?, preguntamos. Verás, nos responde, yo guardo ya en mi cámara acorazada los ahorros de muchos otros vecinos. Como la mayoría de vosotros no los vais a gastar hoy, no voy a tener ahí todo ese dinero muerto de risa. Guardo siempre una parte del total, para cuando necesitéis tirar de él, y el resto lo presto a personas y empresas absolutamente fiables. Los intereses que me pagan a cambio de esos préstamos compensan de sobra mis pérdidas cuando alguno me deja de pagar. 

Poco a poco, nuestro vecino --llamémoslo Teodoro-- se gana la confianza de todo el mundo, de modo que, cuando le piden un préstamo, en lugar de entregar el dinero billete a billete entrega un papelito firmado por él, en el que nos jura por su honor que ese dinero está guardado en su cámara acorazada. Gracias a Teodoro, hay ahora dos tipos de papelitos repartidos por el mundo: unos que certifican que tú has confiado tus ahorros a Teodoro, y otro en el que Teodoro asegura, por la gloria de su madre, que el dinero que te ha prestado no se mueve de su almacén.

Como Teodoro parece tan serio y tan fiable, los tenderos empiezan a aceptar esos papelitos firmados por él, en lugar de billetes, para comprar garbanzos y coches y lavadoras y viajes. Así que, teniendo en el bolsillo un papelito de Teodoro, ¿quién necesita ir a reclamar sus billetes, que están perfectamente seguros en una cámara acorazada?

Con el tiempo, los papelitos de Teodoro circulan y circulan, y casi nunca acude nadie a él a canjearlos por su dinero. Los que sí siguen llamando a su puerta son los que vienen a pedir un préstamo. Y, hasta la fecha, la inmensa mayoría de ellos han terminado devolviéndolo. Un día, Teodoro ha prestado ya todo lo que le parecía razonable, pero los solicitantes siguen llamando a su puerta. Qué demonios, exclama entonces Teodoro. A todo el que venga a pedir un préstamo le entrego un papelito firmado por mí, y santas pascuas. Todos los tenderos se lo van a aceptar y, al fin y al cabo, casi nadie va a venir nunca a reclamar sus ahorros.

Ese negocio que ha inventado Teodoro se llama 'banca de reserva fraccionaria', y consiste en que los bancos prestan muchísimo más dinero del que realmente tienen. Es decir, crean dinero. Desarrollar esta idea a fondo nos llevaría tan lejos como el crack de 1929 o la burbuja inmobiliaria de 2008, pero por hoy me parece que debería bastar. Lo que quería explicar con la alegoría de Teodoro es que la economía en la que estamos metidos no tiene nada que ver con el capitalismo. Es todo lo contrario.

Podríamos llamarlo 'creditismo' (o cretinismo, según cómo se mire). El verdadero capitalismo está basado en el esfuerzo, el trabajo y el ahorro. El creditismo está basado en la creación de dinero ficticio y en la falsificación (legal) de moneda. El capitalismo y el libre mercado son buenos para el progreso. Los monopolios y la deuda, por el contrario, son perversos, y conducen --conducirán inevitablemente-- a la ruina más devastadora. Y si no, al tiempo.

La moraleja de esta historia, que se ha prolongado mucho más de lo que yo preveía, es que el mundo en general (y en particular los países más primitivos, como España) necesitan mucha información. Y, sobre todo, mucha educación. Pero lo que más necesitan es espíritu crítico. Informarse a fondo, reflexionar sin prisa y atreverse a mantener un criterio propio. No comprar consignas prefabricadas sin comprobarlas ni analizarlas. No votar a quien nos dice lo que queremos oír, sino a quien nos dice la verdad y nos propone soluciones. Averiguar en los libros de historia que las soluciones simplistas y baratas ya han sido ensayadas una y otra vez, con resultados siempre abracadabrantes. Formarse como seres humanos y tener un sentido de la dignidad.

La dignidad de tener unos principios y un criterio propio, y de haberse ganado la vida a pulso. Lo contrario, lamento decirlo, es borreguismo. Y, aunque a veces no lo parezca, ninguno de nosotros somos ovejas. Miráos al espejo y lo comprobaréis.

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sábado, 6 de febrero de 2021

Predicción cumplida

El 29 de octubre pasado publiqué en este blog una entrada en la que, basándome en los datos oficiales del INE de los últimos 21 años, escribí: "si en la segunda semana de enero alcanzáramos 1.800 defunciones diarias [es decir, 12.600 semanales], seguiríamos estando en valores estadísticamente admisibles". Pues bien, en la segunda semana de 2021 las defunciones en España por todas las causas ascendieron a 11.048, es decir, 1.552 menos de las que yo predije.

Lo cual quiere decir que el aumento de muertes en estos últimos meses ha sido simplemente estacional, sin que el COVID-19 haya dejado una huella apreciable en las estadísticas. Es cierto que la cifra de defunciones debería haber sido algo menor, ya que hubo cierto número de personas que murieron antes de tiempo durante la epidemia real (es decir, en marzo-abril), pero deberían quedar compensados, quizá con creces, por el número de infartos, quimioterapias, cirugías, etc. inatendidas a causa de esta locura que se ha apoderado de nuestras sociedades.

Es demencial, sí. Pero nadie me podrá acusar de no estar esgrimiendo argumentos científicos. La ciencia no es un contrato de asesoría en un ministerio: la ciencia es, ante todo, datos, razonamientos y predicciones verificadas. Recuérdenlo los afirmacionistas.

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domingo, 31 de enero de 2021

Los segundos dinosaurios

Por fin. Empieza a haber indicios de que las cosas van a cambiar. Era previsible, sólo que a lo largo de la historia los cambios suelen ser muy lentos y duran generaciones. A veces, simplemente están creciendo en la sombra durante años o siglos, larvados, hasta que un día, de repente, salta una chispa que los hace irreversibles. 

Algo así es lo que está sucediendo en los últimos meses. Durante siglos, los seres humanos han vivido con mentalidad de rebaño. No podían participar directamente en su sociedad. Sólo tenían la fuerza de la masa para cambiar la cúpula del poder. Y terminaban descubriendo, demasiado a menudo, que el remedio venía a ser peor que la enfermedad. 

Lo que nunca se les pasaba por la cabeza cambiar era la estructura del poder, sencillamente porque era imposible. Hasta el día de hoy, la mentalidad de los individuos ha sido jerárquica, y el modelo llamado 'democracia' se limitaba a atenuar los abusos del poder en un grado más o menos tolerable. Pero el ejército siempre fue jerárquico, al igual que las religiones o la policía y, más recientemente, el sistema monetario y los medios de comunicación.

¿Cómo cambiar la estructura de poder, si ni siquiera existía un modelo viable? Las comunas (las libertarias, no las comunistas) trataron de disociarse de la sociedad jerarquizada, pero estaban basadas en un modelo del ser humano irreal. Los seres humanos somos buenos y malos, benéficos y deletéreos, y sólo la disciplina de las sectas puede reconducir esa realidad.

No. El cambio real de las sociedades no era posible porque la comunicación entre las personas tenía un componente material imposible de evitar. Las cartas eran transportadas a mano o en diligencias, trenes o aviones, el tamtam se oía en toda la selva, el telegrama y el teléfono permitían comunicarse uno a uno solamente, y la radio y la televisión crearon una masa pasiva de espectadores, tan manipulables como agradecidos por no tener que digerir la información ni correr el riesgo de pensar por sí mismos. 

Cuando nació Internet, era evidente que el mundo, tarde o temprano, tenía que cambiar. Sencillamente, porque la estructura de Internet no es jerárquica. Está hecha de redes. Sin embargo, era aún demasiado pronto para materializar esas redes. En primer lugar, porque la gran mayoría de la población todavía no estaba interconectada. Y, en segundo lugar, porque las generaciones más antiguas habían crecido en sociedades en que la información y el poder estaban centralizados. 

Durante dos generaciones, la población trasplantó de la vida cotidiana a Internet el modelo de comunicación centralizada (el único que conocían). Así nacieron los grandes monopolios de la comunicación. Viejos esquemas, en el fondo. Todos en Twitter, juntitos y abigarrados. O en Facebook, exhibiendo por primera vez en la historia su narcisismo al resto del mundo. Pero estamos ya en la tercera generación, que no ha nacido ante un aparato de radio o un televisor. Para ellos, el modelo centralizado es absurdo, porque en una red todos se pueden comunicar con todos, y cada uno de ellos tiene libertad para escoger. 

La chispa que ha desatado el inevitable cambio de sociedad ha saltado en estos últimos meses. Los jerarcas de las grandes tecnológicas, embriagados de su propio poder, se han llegado a creer omnipotentes y han decidido censurar los contenidos que no les gustaban. El poder les ha hecho olvidar una realidad que para ellos debería haber sido obvia: en una red abierta cada uno se puede comunicar con quien prefiera. Y, quieran ellos o no, la estructura de nuesta sociedad es ya una red abierta. 

Sólo en este último mes, cien millones de usuarios se han pasado de WhatsApp a Telegram, y el proceso no se detiene. Las migraciones no han hecho más que empezar, y por fin, después de tres décadas, los nuevos poderosos van a tener que aceptar que deben competir por sus usuarios.

Los bancos centrales están también mirando con aprensión la popularización de las criptomonedas. Son ya muchas, cada vez más, las empresas que aceptan cobrar en criptomonedas, ante la impotencia de quienes, durante siglos, monopolizaron la acuñación de las monedas y controlaron la economía. Al servicio de modelos que terminaban, siempre, favoreciendo a los poderes fácticos.  

Pero la verdadera chispa, que para algunos ha abierto las puertas del infierno, ha sido el reciente fenómeno en torno a GameStop. Por primera vez en muchos, muchos, muchos años, una empresa financiera no ha podido seguir robando tranquilamente a los pequeños inversores mediante la manipulación del mercado de acciones. Y ha saboreado su propia medicina, en carne propia. Ya era hora. 

Las puertas están abiertas. El camino no será fácil, y estará jalonado por avances triunfales y retrocesos dolorosos, pero es irreversible. Cuando las personas comprenden que tienen la posibilidad de ser libres, generalmente escogen serlo. En comparación con una vida humana, los procesos históricos son lentos, y es posible que yo no vea el final de ese camino. Pero estoy convencido de que la era de los monopolios está llegando a su fin.

Los dinosaurios murieron a causa de un meteorito, pero de todos modos no habrían sobrevivido. Les faltaba agilidad e inteligencia. Esperemos que las generaciones futuras sepan hacer realidad la gran revolución del futuro: la segunda extinción de los dinosaurios.

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lunes, 11 de enero de 2021

Does anyone?

Does anyone know a lot of history? 'Cause I don't. No, but I surely wouldn't have missed the main, most striking, historical events. Recorded events, okay. How about having read that at some distant, remote point in (space and) time, the world became crazy? Yes, out of their mind. Well, I never read about anything close to it. Except, perhaps, for one bittersweet event, not many decades ago.

The more I think about it, the more similarities I find between both. You may have guessed I am referring to Orson Welles. Well, actually a combination of him and one H. G. Wells. Two wells to fall in. For the price of one.

The title was War of the Worlds, and wreaked havoc in the United States, around--well, sometime in the last century. It sufficed to air--literally--a fiction story about invading aliens, and a part of the world became crazy. It didn't last long, though, and the broadcaster had to face a few tough consequences. But, apart from that, life went on.

Now, life is stuck. Lunacy is increasingly rampant, and freedom is, step by step, day by day, vanishing. It seems like a bad dream. Yes, yes, a nightmare, which is to say a bad dream. And maybe it is. Who knows anymore.

I can still play my piano. Just enough to enjoy it. Books, I rarely read any nowadays. Walking, cycling, or riding mechanical horses/birds is just out of reach, I don't know for how long yet. So all I have left is writing, And thinking. The impalpable man. Yeah, it's a short story I wrote a long time ago. El hombre impalpable.

I tend to see myself as a character of Samuel Beckett's novels. Just beginning to. Funny, in a way. I'm not pessimistic, just a bit numb. Outside it's freezing cold, and all I have to do is let the time pass. Or, at least, let the clock run. Freedom, as we know it, may never come back, but spring will, and with it...

With it, what? Je m'en fous. So long, Nobody.

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