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martes, 10 de febrero de 2015

Bum bum bum

Cuando yo era pequeño, en tiempos de la dictadura, uno de mis compañeros de colegio me llevó un día a su casa. La vivienda resultó estar situada encima de una nave industrial, y el ruido de unas máquinas terroríficas invadía completamente las habitaciones. Era una pesadilla difícilmente descriptible, frente a la cual el infierno de Dante se convertía en un jardín celestial. Sentí una pena inmensa por aquella pobre familia, que sin duda se veía obligada a habitar aquel infierno por razones económicas. Ni siquiera me cabía en la cabeza cómo era posible sobrevivir con aquel estruendo permanente en los oídos. El ruido lo llenaba todo. Su presencia eclipsaba los colores, las formas de los objetos, el tacto, los sabores, los olores. Un ruido mostruoso, telúrico, apocalíptico.

Mira tú por dónde, muchos años después he vuelto a encontrarme con el Apocalipsis, pero esta vez en mi propio domicilio. Tardé en decidirme a alquilar el piso. Cuando acudí por primera vez con una agente de la inmobiliaria, no encontré sospechoso que los zapatos de madera de aquella mujer resonaran estruendosamente en las habitaciones vacías y que ella hablara sin parar desde que traspusimos el umbral. Le pedí que guardara silencio y escuché. Desde el balcón principal se divisaba el recinto de los delfines del parque oceanográfico, y precisamente en aquel momento el espectáculo estaba en su apogeo. Pero con las ventanas cerradas no se oía nada.

Aquel detalle me hizo pensar que el edificio estaba bien construido, y que podría instalar mi despacho en una de sus habitaciones y trabajar a gusto en él. Trabajo en casa, y no en una actividad manual. Necesito mucha concentración y, por lo tanto, silencio. Aun así, me acerqué en varias ocasiones a merodear por los alrededores y no encontré nada anormal. Era un barrio tranquilo, casi en las afueras de la ciudad. Una de las fachadas daba a unos amplios jardines, y el tráfico en la calle trasera era muy escaso. Además, el piso me gustaba. Me decidí.

El primer día estuvo dedicado a la mudanza, y el tráfago de las cajas y los muebles lo llenaba todo. Pero al día siguiente, oh sorpresa, el espectáculo de los delfines se oía nítidamente a través del ventanal. Soplando en una dirección inhabitual, el viento me había jugado una mala pasada en la primera visita. La realidad cotidiana era que los altavoces, los gritos y los aplausos del público se colaban alegremente en mi salón un día sí y el otro también.

Traté de consolarme pensando que, al fin y al cabo, eran sólo tres o cuatro espectáculos al día y hasta mi despacho no llegaban sus ecos. Pero apenas callaron los altavoces empecé a percibir un bum, bum, bum ininterrumpido que atravesaba todas las paredes. Tal vez había obras en alguna vivienda cercana. Sin embargo, con el transcurso de los días fui descubriendo que el ruido se repetía. Tenía unas pautas fijas, incluso unos horarios. ¿De dónde provendría?

Me costó trabajo aceptar que el origen de aquel martilleo era un gimnasio ubicado en el edificio de enfrente, a más de 50 metros de mi fachada posterior. El bum bum bum de los graves atravesaba las paredes del gimnasio, cruzaba tranquilamente la calle y se colaba en mi vivienda con persistencia obsesiva. En todas las habitaciones, incluido el salón, que está en la fachada opuesta. Jaque mate. Había caído en la peor de las trampas posibles: el Apocalipsis. Y ni siquiera me dejaba escapatoria.

Excepto vivir en la calle, naturalmente. Pero si yo pudiera vivir en la calle no necesitaría un piso de alquiler, y éste lo pago todos los meses. ¿Qué hacer?

Todavía no lo sé. Me he tomado el trabajo de leer las ordenanzas municipales, y en lo referente al ruido son hiper-estrictas. Pero si el Ayuntamiento de Valencia se preocupa tanto por el derecho al silencio de sus votantes, ¿cómo es posible que permita este tipo de agresiones? Es cierto, el gimnasio tiene una licencia, pero la capacidad de molestar al vecindario no puede depender de la fecha de construcción del edificio, igual que nuestros oídos oyen siempre, y no cuando al Ayuntamiento le parece conveniente.

Hasta cierto punto, mis horarios de trabajo son flexibles, pero en el gimnasio la actividad empieza a las 7.30 de la mañana y termina a las 23.30 de la noche. ¿Cómo evadirse? Una sesión de tortura en las mazmorras más tenebrosas de la Inquisición no podría ser más efectiva. Y no soy yo sólo. Al menos uno de los vecinos está también desesperado. Es más, casualmente tiene una empresa de aislamientos acústicos y ha insonorizado completamente una de sus habitaciones. ¿Resultado? Como si nada. Los sonidos inferiores a 100 Hz se transmiten por las estructuras. Nuestro cerebro los percibe como sonidos, pero en realidad son vibraciones que nos sacuden físicamente. Hasta las tripas. Hasta el corazón y las tripas. Una experiencia difícilmente compatible con una sociedad civilizada, me atrevería a decir.

Pues ahí están. Y no son los únicos. La manga ancha de este Ayuntamiento con el ruido no tiene parangón. He aceptado la inevitabilidad de las fallas, esa orgía de tracas y petardos que machaconea día y noche durante una semana inacabable. He aceptado las noches esporádicas de pirotecnia, las noches de San Juan, los camiones de la basura, los botellones, las pasadas de helicóptero, los gritos, las ambulancias. Pero hay cosas que son difícilmente aceptables. En un país civilizado, quiero decir.

Por ejemplo, los espectáculos en la Ciudad de las Ciencias. Cualquiera pensaría que en un lugar con ese nombre lo que la gente acude a ver son experimentos de química, recreaciones de Galileo midiendo la aceleración de la gravedad o conferencias sobre genética al aire libre. Pues no. Los espectáculos organizados en la Ciudad de las Ciencias son, simplemente, actuaciones discotequeras con altavoces de tres metros de altura cuyo tamtam sobrecogedor arrasa miles de metros a su alrededor, tabiques o no de por medio. En ocasiones, empezando a la una de la madrugada. Inefable.

Cabe preguntarse si hay muchos más votantes afectados por estos desmanes. En la medida en que la gente necesita dormir y no usa la cabeza sólo para peinarse, yo creo que sí. Entonces, ¿por qué no han conseguido que el Ayuntamiento haga respetar un derecho tan elemental como el silencio en el propio domicilio? Para responder a esa pregunta habría que explicar, antes que nada, por qué en España la sociedad civil es apenas testimonial. Por experiencia propia he aprendido, con quebranto, que en España reclamar es inútil. Es cierto, podría interponer una denuncia municipal. Quiero decir, podría acudir a una oficina, esperar una cola, rellenar un formulario y esperar meses, quizá años, a que el problema fuera resuelto, posiblemente a favor de mis torturadores. Pero mi salud no tiene tanto margen. Ni mi rendimiento laboral.

Incluso podría interponer una demanda civil contra el gimnasio (de nombre 'Activa', por si alguien tiene curiosidad). Sonrío mientras lo estoy escribiendo. ¿Cuántos meses o años tendría que soportar esta caja de los truenos hasta el día en que un juez desbordado de trabajo sentencie -tal vez- que Activa y sus fornidas aeróbicas están en su derecho de importunar a la población y me condene a pagar las costas del juicio? Sería un gasto muy oneroso, sobre todo si lo sumamos al del sanatorio psiquiátrico en el que para entonces estaré internado.

Entre tanto, voy alternando tapones de espuma con tapones de cera. Sin resultado. Pongo a todo volumen grabaciones de tormentas bajadas de YouTube, ruido marrón y generadores de frecuencias graves, con el resultado de que, al caer la noche, incluso el roce de las sábanas me produce cosquilleos en todo el cuerpo. Me pongo y me quito unos cascos de operario de aeropuerto que compré en algún pasado remoto. Bum, bum, bum. Me desespero. Bum, bum, bum. Podría volver a buscar piso, pero la idea de hacer dos mudanzas seguidas es, simplemente, aterradora. Bum, bum, bum.

Con el búnker hemos topado, Sancho. No sé cómo saldré de este atolladero pero, a este paso, dentro de muy poco tiempo, desde algún sanatorio mental enclavado a ser posible en lo alto de una sierra remota, prometo tenerlos informados. Si sobrevivo.


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sábado, 13 de julio de 2013

Tolerancia

Había en París hace algunos años unas señales de aparcamiento que yo nunca había visto en ningún otro país. Cuando lean el texto que aparecía en aquellas señales, pocos viajeros se sorprenderán:

                  STATIONNEMENT TOLÉRÉ

Con independencia de lo que diga el pintoresco DRAE, la palabra 'tolerar' me sugiere inescapablemente la idea de que alguien se ha pasado de la raya: el tolerado. Centrémonos. Usted permite o no permite estacionar, pero si lo permite no me venga con monsergas.

Supongo que los que no pertenecemos a esta generación aprendimos ese verbo en nuestra infancia, como preludio de algún rapapolvos doméstico. En aquellos tiempos, "No te tolero que..." significaba con bastante aproximación que alguien poderoso estaba al límite de su paciencia. Era un grito de guerra, no una admonición. Por eso, cada vez que yo pasaba junto a aquella señal parisina de camino al trabajo sentía, en profundidades abisales de mi conciencia, que una Autoridad lóbrega, algún funcionario oscuro rodeado de archivadores descoloridos, me estaba perdonando la vida. Y, sutilmente pero que quede constancia, intimidando. Y además en francés, que es más rococó.

Al empezar a escribir esto no tenía ninguna intención de fustigar la grandeur. Fustigar lo galo no tiene mucho mérito, pero es que aquélla fue probablemente la última vez que interpreté la palabra 'tolerar' en sentido negativo. En poco tiempo, se infiltró en nuestra sociedad (empezando, naturalmente, por sus medios de comunicación) un nuevo dogma apostólico posmoderno: la tolerancia. La conciencia de que, si alguien piensa sinceramente que Menganito es un miserable, tiene libertad para decírselo a la cara excepto si Menganito es negro, homosexual, discapacitado, transexual, menor, nacionalista, mendigo, laico, inmigrante o Menganita. O sea, casi siempre.

He oído rumores (probablemente, en algún telediario) de que estamos en la era de la libertad sin restricciones. Yo siempre había creído que mis derechos terminaban donde empezaban los de los demás, pero cuán equivocado estaba. En un mundo tan políticamente exquisito como el nuestro, la libertad de los demás empieza precisamente donde termina la mía. Me explico: uno está tranquilamente en su terraza tratando de no perder el hilo de sus pensamientos, y de repente una voz humana como de subasta de pescado lo jalea enérgicamente para que aplauda a unos delfines. Como lo leen. A ojo de buen cubero, los delfines de marras están como a dos kilómetros de mi terraza y, aun así, no puedo evitar la sensación de que el portador de esa voz está en mi propia casa, a pocos centímetros de mi oído.

Me dirán que gritar en un lugar público no es para rasgarse las vestiduras. Es cierto, sucede desde los tiempos del hacha de sílex, y se terminará cuando salgamos del paleolítico. No importa mucho en la medida en que uno puede huir, aunque sea a costa de un disgusto con Lolita o de un camarero raudo que quiere cobrar la cuenta. Si yo no soy persona que soporte los gritos, el mundo ciertamente es muy ancho pero, en último término, me reconfortará saber que siempre puedo refugiarme en mi casa. Lo malo es cuando ya estoy en mi casa.

No terminaría nunca de relatar todos los episodios de mi enemistad con el ruido. Desde un perrito vecino capaz de ladrar las 72 horas completas de cada fin de semana hasta una galopada de niños permanente en el piso de arriba. Pasando, naturalmente, por el camión de la basura, las obras en la calle, las broncas del vecino, la música que traspasa los tabiques, los pitidos de los semáforos para sordos, la tabarra pastosa de los altavoces de los aeropuertos, las conversaciones con el móvil en el tren, la música ambiental a volumen de discoteca, los niños histéricos, las radios de los taxis, las máquinas de barrer supermercados, los acordeonistas junto al oído en las terrazas frente al mar, las sirenas taladrantes de las ambulancias o el volumen de las películas en los cines. Y, en el campo, los perros insomnes.

En estos lares en que vivo yo tenemos, además, unas cuantas fuentes de ruido autóctonas. Las fallas, por supuesto, más los festejos nupciales trasnochantes, la indescriptible Fórmula 1, las machaconas capoeiras de los jardines públicos, los jolgorios nocturnos a 200 dB en la Ciudad de las Ciencias (el lugar más apropiado, ¿verdad?), o la música ambiental del Mercadona. Tierra, trágame.

Tampoco tenía intención hoy de hablar del ruido, aunque es cierto que tarde o temprano tenía que salir. A trueque de que me envíen a un gulag, confieso no sólo que no soporto el ruido, sino que amo el silencio y los rumores de la naturaleza. Y, a trueque de tener que acarrear los pedruscos más gruesos del gulag, confesaré también, ya puestos, que no tolero que me toleren. Si alguna vez llego a ser una lesbiana coja de nueve años que mendiga limosna para la secesión de Uganda del Norte, por favor, no se molesten en tolerarme. Y, si son tan amables, sigan llamándome Ricky.

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viernes, 15 de febrero de 2008

El ruido, el silencio

Hay luchas eternas, bíblicas, mitológicas, consustanciales al ser humano, como la lucha entre el Bien y el Mal. Pero hay también guerras de desgaste que se libran paso a paso, minuto a minuto y día a día. Peor aún: entre dos frentes. Como la guerra entre el ruido y el silencio.

Es una pugna polimórfica. A veces, uno ha de luchar por el silencio, y a veces contra él. El silencio son los amigos que enmudecen, las puertas cerradas de los clanes, la ceguera voluntaria del envidioso, la indiferencia del esclavo feliz. El ruido son las sirenas de los bomberos, la hojarasca banal de las conversaciones, las cantinelas ideológicas, la música estruendosa de los lugares públicos, las retahílas de papagayo aprendidas de los mass media.

Ambos son terribles. El ruido irrita, pero el silencio duele. ¿Cómo se habría sentido Robinson Crusoe en una isla desierta repleta de altavoces que emitiesen constantemente anuncios de cocacola, o videoclips musicales?

Pero el fuego y el agua templan el acero. Entre el silencio de los que envejecen y el ruido de los que no tienen nada que decir hay un áspero camino, erizado y agotador, en el que uno ni se quema ni se ahoga. Es un ascenso que en ocasiones se antoja interminable y que, a veces, parece no ser otra cosa que un viaje de Sísifo.

Se me había ocurrido divulgar mi reciente entrevista a Hermann Tertsch mediante los medios de comunicación online. Acostumbrado a visitar sitios web en inglés, había pensado que, si encontraba la noticia o la columna adecuada al tema de la entrevista, podría insertar un comentario de utilidad para quienes pudieran estar interesados.

Pero, en español, los periódicos, revistas, televisiones y radios por Internet están blindados. A piedra y lodo. Monologan. Se miran el ombligo con delectación. Cuentan con un tipo de lector feudal, consumidor y obediente que sólo podrá ingresar en la camada si aprende a tomar partido, a dejarse manejar, a aceptar consignas. El viejo estilo.

Pobres ancianos. Intentan hacer la guerra en un medio que es perfecto para la guerrilla. Un blogger no necesita un imperio de micrófonos, estudios, cámaras e imprentas para influir en miles de personas: sólo necesita una red. Mientras los poderosos, un poco atónitos, insisten en lanzar su caballería y sus tanques para imponer su tradicional derecho de pernada, a su alrededor, lenta pero inexorablemente, se van tejiendo redes. Tarde o temprano, los poderosos tendrán que abrir sus puertas (y sus ventanas).

Y cuando lo hagan se encontrarán con que, mientras ellos defendían su inexpugnable línea Maginot con prepotencia de dinosaurio, el mundo que se había ido gestando allá afuera no será ya un rebaño de borreguitos dóciles y anónimos. Será un mundo de redes.

Entonces se darán cuenta de que están rodeados.

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