Eran los primeros años de Internet. Los buscadores apenas alcanzaban a rastrillar un puñado de direcciones, los modems transmitían a velocidades de caracol soñoliento y los blogs ni siquiera habían sido inventados. En una de aquellas búsquedas me topé con ella.
Carilda Oliver. Nunca había leído aquel nombre antes. Sus poesías me fascinaron. Habrían encajado perfectamente en cualquier antología de la generación del 27. ¿De dónde había salido? ¿Por qué a mí nunca me había llegado aquella voz evocadora y potente de mujer enamorada mil veces y mil veces despechada? La respuesta era muy simple: aquellos versos que me acababan de deslumbrar venían de Cuba.
Ya era milagro que de Cuba saliese siquiera un átomo de información, y debí haberme conformado, pero quise saber más. Escribí a quienes habían publicado aquellos versos, les pedí más información, les manifesté mi admiración. El silencio fue la única respuesta. Pasaron los años, sus versos desaparecieron de un disco duro que un buen día me dejó tirado, y con él se fue mi recuerdo de Carilda Oliver.
Hace unas horas, leyendo la biografía de Humberto Costantini en Wikipedia, de pronto el nombre de ella reaparece en mi memoria. ¿Por qué? No tengo ni idea. Primero, borrosamente, el nombre propio (resultó que no era Casilda). Después, en seguida, el apellido. Misterios de la mente humana.
Han pasado muchos años desde que la antología de Gerardo Diego despertó mi pasión por la poesía. De todos aquellos autores, sólo Vicente Aleixandre perdura en mi biblioteca. Hace un cuarto de siglo que no escribo poesía, porque creo que ya expresé en ese género todo lo que tenía que expresar, y cuando un autor llega a ese punto lo mejor que puede hacer es callarse. Pero sigo siendo capaz de degustar unos versos bien escritos. No en vano soy admirador incondicional de Góngora.
La poesía de Góngora es muy difícil. Hay que leerla palabra a palabra, a ser posible cotejándola constantemente con la 'traducción' de Dámaso Alonso para desentrañar las incomparables imágenes que encierra. Pero incluso sin entender nada, la musicalidad de sus vocales y consonantes y el poder evocador de sus imágenes fulgurantes son un regalo para el oído. Si uno no entiende qué demonios quiere decir, por ejemplo, aquello de "la menor onda chupa al menor hilo", debe saber que la poesía de Góngora, como muchas otras, tiene dos niveles: el de la forma y el del contenido. Y los dos son excelsos.
Los poemas de Carilda Oliver, como buena parte de la poesía mundial, no siempre se entienden. Combinando palabras, ritmos y rimas, uno llega a percibir sospechas de erotismo, de emoción o de autobiografía, pero las combinaciones son deslumbrantes. También los cuadros de Kandinski tienen dos niveles, y para disfrutar de ellos no es necesario desentrañar las banalidades del punto y la línea en el plano, que para el pintor eran la justificación de la belleza.
Carilda Oliver no es Góngora. Cuando uno no entiende bien qué es lo que le hizo a aquella señora aquel amante pasajero aquella noche de luna menguante, la lectura se hace un tanto tediosa, pero de cuando en cuando un soneto o un poema brillantemente escritos y que, además, se entienden (no siempre del todo) lo dejan a uno extasiado. Como muestra, reproduzco aquí hoy unos poemas breves suyos que me han parecido magistrales. Feliz lectura.
Me lo aprendí una noche de azul lento,
bajo la luna abierta encaramada
como niña de luz, en la portada
sonámbula oficial del firmamento.
Me lo aprendí esa noche. De su acento
salía una caricia inusitada;
y en la esquina tenaz de su mirada
me tropecé desnuda con el viento.
Desde entonces anuncia cada cosa
que ha tirado a mis pies, como una rosa,
el corazón absurdo en que vivía.
Y no sé si por eso me persiste
este alegre dolor de ser tan triste
con que sigo durando todavía.
Error de magia
¿Sería aquel beso
ya clavándose
sin que supieras darle cuerda
para que saliese a bailar con el domingo?
¿Sería aquel beso
que no quiso mirar el mediodía
y tú, alarmado,
le echaste muchas cosas a ver si lo arrastrabas:
una corriente de merluzas,
el humo del tabaco,
la saliva?
Un beso, nada más que un beso,
sólo un beso,
el simple juego de los labios,
que huyó una noche como perdido de otra alma
y sin saberlo fue tu penitencia.
Todo por un malabarismo sin fortuna,
por un error de magia,
por un ángel hirviendo en la redoma
que al fin se volvió malo
y te tapó la boca.
¿Así que te moriste, mi amor, de pura hambre,
ahogado por un beso
que nunca supo que tenía alas?
Que yo era una mentira de la luna
No vuelvas, no, porque la noche es una
hechicera cordial que te ha perdido;
verás que ya no soy milagro ardido:
que yo era una mentira de la luna.
No vuelvas, no, porque será importuna
tu palabra de amor contra mi oído;
verás que no es de besos mi vestido:
que yo era una mentira de la luna.
Quédate como el sueño, desasido.
No vuelvas, no, porque tal vez alguna
maldición se descuelgue del olvido
y te toque en un ímpetu de tuna.
Verás, amor, verás que no he vivido:
que yo era una mentira de la luna.

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sábado, 7 de abril de 2018
Carilda
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Palabras clave: amor, Carilda Oliver, despecho, Gerardo Diego, Góngora, Internet, poesía
sábado, 14 de diciembre de 2013
Los espíritus de Dulumba
En el momento en que se llevó la magdalena a la boca se sintió sumergir, toda ella, en el recuerdo de aquel último beso. De él. La empresa que lo había contratado meses atrás estaba en Africa, y ella había tenido que quedarse cuidando de aquel anciano tío suyo millonario.
(No fuera que la herencia terminase yendo a parar a la Sociedad para la Protección de los Huérfanos de la Armada.)
...
I miss the taste of your mouth"
(Post Secret)

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Palabras clave: Africa, amor, aventura, desaparecido, mina
sábado, 18 de febrero de 2012
El arte de los secretos
No sé cómo ni cuándo descubrí PostSecret, pero no debió de ser ninguna hazaña si uno considera que, desde su creación en 2005, contabiliza ya más de 500 millones de visitas. PostSecret ha alcanzado las más altas cimas de popularidad, principalmente en Estados Unidos, y recientemente su creador, Frank Warren, ha comenzado a concertar exposiciones en diversos museos del mundo. Uno de los últimos ha sido el MOMA de Nueva York.
Me hice fanático inmediatamente. La propuesta de PostSecret es muy simple: ¿tiene usted algún secreto tremendo que desea fervientemente contar pero no se atreve? Escríbalo en una postal, o cree un collage similar que dé fuerza visual a su mensaje, y envíelo a cierta dirección postal, a nombre de Frank Warren. Ignoro si hay una criba previa del material recibido, pero en cualquier caso todos los domingos Frank publica veinte secretos para todos los gustos.
La idea es simple, pero poderosa, y el resultado no es, como sería fácil imaginar, una colección de confidencias de colegio de monjas, sino un puñado de obras que, en algunos casos, encajan perfectamente en la definición de arte.
"Me gusta tomar malas decisiones. La vida es más divertida"
"Disfruto torturando a mis amigos enviándoles regalos imposibles de desempaquetar".
Para quienes gustan de leer a Dostoievsky (no me cuento entre ellos), hay terribles confesiones de culpabilidad:
"Mi mujer es una enferma mental. Quiero tener una amante cuyo marido sea un enfermo mental, para sentirme mejor"
Otras veces, en cambio, la culpabilidad parece ausente:
"Sueño despierta imaginando cómo me gastaría el seguro de vida si mi marido muriera en Iraq"
¿Y qué decir de la infancia perdida? Acompañada de un simple texto, la imagen de una fábrica consigue recordarnos a Rousseau el aduanero, cuya obra se sitúa exactamente en las antípodas estéticas:
Las drogas son otro de los temas recurrentes en las postales:
"Fumo hierba de camino hacia la escuela casi todos los días. Soy profesor... y enseño mucho mejor cuando estoy colocado"
"Me drogo en clase de religión. Nadie se da cuenta"
Algunos secretos nos hacen dudar de la salud mental de su autor, pero podrían dar pie para una novela:
"Estoy completamente convencido de que mi profesor de arte soy yo mismo, enviado desde el futuro"
"Tengo un trastorno esquizoide de personalidad. Y he estado fingiendo emociones desde que tenía 12 años. Nadie se ha dado cuenta"
Haciendo balance, quizá una mayoría de los secretos tienen un trasfondo religioso:
"Todavía estaríamos juntos si yo creyera en Dios"
"Perdí a mi primer amor porque le dije que no veo futuro para nosotros si él no se convertía al cristianismo. Todos los días siento deseos de retirar lo que dije. Tengo miedo de que él haya sido el hombre de mi vida"
"La experiencia que más me ha acercado a Dios es la misma que hizo de mí una adúltera"
"Estoy completamente solo en este mundo. No quiero encontrar a Dios. Quiero encontrar una mujer"
"Sólo me siento cerca de Dios cuando estoy bajo la influencia de narcóticos"
Las reflexiones vitales son otro de los componentes conmovedores de PostSecret:
"Me preocupa pensar que el camino que tanto he luchado por seguir es el que me conducirá al lugar más lejano del que deseo alcanzar"
"Cuando las cosas empiezan a ir bien, me veo impulsado a destruir mi vida y comenzar de nuevo"
No podían faltar tampoco, por supuesto, los secretos de amor y los conyugales:
"Pasé toda la semana en París con mi marido, enviándole a mi amante fotos de mí misma desnuda"
"Soy la amante de mi ex marido"
"Dejé de sentirme sola cuando rompiste conmigo"
Los secretos poéticos son una de mis debilidades:
Y, para terminar, el secreto más nefando de todos es también el más enigmático:
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Palabras clave: amor, arte, confidencias, infancia, poesía, reflexión, secretos
sábado, 15 de agosto de 2009
Amistad, amor
Naturalmente, yo sospechaba ya algo cuando decidí sentarme a esperar una llamada de Vicente. Mis sospechas apuntan en varias direcciones, pero bien podría haber otras: la etiqueta, la impuntualidad o el olor de pies. Vaya usted a saber.
¿Vaya usted a saber? Desde luego, todos tenemos nuestras manías y nuestras peculiaridades, pero para romper una verdadera amistad tendrían que mediar razones de peso. Ahora bien, ¿cómo pesarlas?
En eso pensaba yo el otro día mientras mis dedos estrenaban el nuevo piano bajo una partitura de uno de mis temas de jazz más queridos: Round Midnight, del inimitable Thelonius Monk. Vicente no llegó a entrar en la Universidad porque eran muchos hermanos, y en casa empezaba a echarse en falta un segundo sueldo. El era el mayor de todos, y su padre le consiguió trabajo en un banco. Unos cuantos años después, cuando tenía ya asegurados un puesto de trabajo y un sueldo que para mí en aquellos tiempos era exorbitante, Vicente decidió dejar el banco, comprarse un piano y dedicarse a la música. Para mí, aquella decisión lo convirtió en un ídolo. Era el triunfo de la libertad y de la creatividad frente a los convencionalismos y la rutina. Todavía hoy lo idolatraría si lo volviese a hacer.
Vicente fue uno de los pocos faros que realmente han iluminado mi vida. No sólo aprendió a tocar el piano, sino que compró instrumentos para todos sus hermanos y los enseñó a tocar. Él mismo compuso muchas obras originales de música contemporánea, pasó por accesos febriles de dibujante y pintor, e incluso escribió unos cuentos deliciosos para su hermana pequeña. Aunque sus gustos tendían, un poco empecinadamente, al lado rústico de la vida (siempre prefirió un buen pan y un vaso de vino a un vernissage), todo lo que él creaba traslucía una sensibilidad exquisita. Mientras escribo esto estoy mirando dos cuadros suyos que tengo colgados frente a mi sofá.
No sé qué es lo que él apreciaba de mí. Quizá ese asomo de infantilidad perpetua que me caracteriza, o mi sentido del humor entre irónico y surrealista, o mi curiosidad insaciable, o esa especie de confusión mental de la que se nutre mi creatividad. En una breve ocasión competimos por una misma chica y uno de los dos ganó, pero ello no nos enfrentó. Nunca tuvimos ni el más minimo roce y, al menos en mi corazón, él fue siempre como un hermano. Debía de ser recíproco, porque un día, hace ya años, reunió todos sus dibujos en dos gruesos blocs y me los envió por correo. Yo era -así lo interpreté- la persona más idónea para hacerse cargo de aquel legado. Que, por cierto, tarde o temprano me propongo publicar en la Web.
Como músico que vive de la música al margen de los Conservatorios, Vicente pasó más épocas malas que buenas. Su timidez con las chicas y su sensibilidad, imperceptible pero enorme, lo condujeron a un matrimonio malhadado y, cuando éste se rompió, a unos cuantos años amargos. Él, como yo, no soporta la soledad. Finalmente, salió del bache, fundó una familia y estableció su propia escuela de música.
Lo que más me gustaba de él es que carecía de maldad. No estoy seguro de que las consignas de Izquierda Unida hayan fomentado mucho ese lado de su carácter. Es más, tengo la impresión de que si ahora simpatiza con la Secta es porque ha tirado la toalla. Tratándose de él me duele decirlo, pero la izquierda es, entre otras cosas, el gran refugio de los amargados.
Buscando en YouTube, he encontrado dos hermosas versiones de Round Midnight. Una, clásica:
http://www.youtube.com/watch?v=ZX_mwDvcZ2I
Y otra de Wes Montgomery, sensual y sofisticada:
http://www.youtube.com/watch?v=MOm17yw__6U
Mi favorita, sin embargo, es la que interpreta Dexter Gordon en la película del mismo nombre:
Mientras mis dedos regresaban una y otra vez al acorde de mi bemol menor, comprendí que sí hay una forma de pesar el ancla de la amistad. En la adolescencia tendemos a pensar que un amigo es alguien con quien uno tiene una afinidad especial, alguien que nos entiende mejor que nadie y con quien podemos compartir las ideas y emociones más íntimas. No diré que no, pero sólo con esos ingredientes el ancla no llega al fondo. Hace falta, además, un ingrediente a largo plazo indispensable: estar también cuando haces falta. ¿De qué sirven todas esas afinidades si, cuando más apurado estás, tu amigo se escabulle?
En ese aspecto, las relaciones amorosas son muy semejantes a la amistad, sólo que con feromonas de por medio. La persona con quien te decides a compartir tu vida no ha de ser sólo aquella de la que te has enamorado, sino también aquella que está dispuesta a convivir y a arrimar el hombro. Antes del Romanticismo, la familia era algo bastante parecido a una empresa. Calisto y Melibea burlaron ese esquema, y fueron castigados. Cuatro siglos después, a los protagonistas de la película El Graduado les sucedía exactamente lo contrario.
Pero esto es en Occidente. En muchos países son todavía los padres quienes deciden el matrimonio de sus hijos. Los padres tienen más experiencia y, por lo tanto, se les supone un mejor criterio. Que yo sepa, nadie ha hecho aún un estudio comparativo de los niveles de éxito y fracaso de esa vieja fórmula respecto de la occidental. A la vista de cómo está la institución familiar en este lado del mundo, ¿puedo apostar a que el índice de fracasos no será superior al de nuestros matrimonios, tan vehementemente libres y "románticos"?
En realidad, tanto da. Porque un solo fracaso entre un millón bastaría para amargarte la existencia si te toca a ti. La vida es como un barco, y nosotros no podemos apartar o deshacer las tempestades a nuestro antojo. Es duro a veces, sí, pero un buen piloto tiene que saber siempre cambiar de rumbo para ponerse a salvo.
a las
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Palabras clave: afinidad, amistad, amor, Calisto, El Graduado, familia, jazz, Melibea, piano, reconciliación, romanticismo













