lunes, 16 de marzo de 2009

Lingüística para tontos VIII - Un, caso interesante

(Comienzo)

No, no es un error de escritura. La palabra un plantea algunos problemas sobre los que es útil reflexionar, lo cual la convierte en un 'caso interesante'. De hecho, una de las preguntas que me impulsó, hace ya más de veinte años, a estudiar el fenómeno del lenguaje humano estuvo inspirada por la frase "I am looking for a man". Cuentan del filósofo Diógenes que, en una época de su vida, le había dado por recorrer las calles de Atenas con un farolillo en la mano. Cuando alguien le preguntaba por la finalidad de aquel farolillo, él respondía, un tanto cínicamente, "Estoy buscando un hombre".

Cierto día, en una escena de una película, ví cómo un investigador privado se acercaba a hablar con alguien e iniciaba el diálogo diciendo "I am looking for a man". A diferencia de Diógenes, aquel investigador estaba explicando que buscaba a alguien en particular, antes de recabar información que lo ayudase a encontrarlo. Pero, para no complicarnos la vida con el doble sentido –varón/persona- de la palabra 'hombre', cambiaremos de contexto y la sustituiremos por otra más apropiada. Por ejemplo, salida.

La expresión Estoy buscando una salida se puede interpretar en dos sentidos manifiestamente incompatibles. O estoy buscando la salida B, que es por donde más rápido se llega a la boca del metro, o estoy perdido en un laberinto y lo que busco es, simplemente, una salida cualquiera. En lógica de predicados, estos dos significados corresponden a los dos conceptos básicos en que se sustenta toda la teoría: "existe un x" y "sea cual sea x". El problema que yo me planteé era todo un desafío: ¿Cómo representar simbólicamente el significado de la palabra un de modo que abarcase esos dos sentidos incompatibles?

Para argumentar en términos más concretos, imaginemos la cinta de celuloide de una película. La cinta contiene, uno a continuación de otro, una serie de fotogramas con distintas escenas (y también, desde otro punto de vista, distintos tipos de escenas). En el contexto de esta cinta, ¿qué queremos significar cuando hablamos de 'un tiroteo'?

Hay básicamente dos posibilidades:

1 - Estamos pensando exclusivamente en los fotogramas de la película que representan un tiroteo, y queremos referirnos a uno de ellos en particular: "Estoy buscando un tiroteo (sé cuál es, porque he visto la película)".

2 - Estamos pensando genéricamente en la totalidad de fotogramas de la película y queremos evocar la idea de un fotograma que, por sus características, representaría un tiroteo: "Estoy buscando un tiroteo (no sé si hay, porque no he visto la película)"

Desde el punto de vista dinámico, podemos describir cada uno de estos dos conceptos como la etapa final de un proceso de desambiguación:

- En el caso 1, la búsqueda de un tiroteo en concreto se detendrá cuando podamos enunciar cierto número de características q1, q2, … que nos permitan indicar sin ambigüedad a cuál de los tiroteos nos estamos refiriendo:

fotograma(ι) -> tiroteo(ι) -> tiroteo(ι) + q1 + q2 + ... = tiroteo(i)

Esta expresión representa un proceso de desambiguación en dos etapas. La primera etapa conduce desde la categoría más general, fotograma(ι) (que representa cualquiera de los fotogramas de la película) hasta la subcategoría tiroteo(ι) (que representa cualquiera de los tiroteos de la película). A continuación, hemos especificado las características del tiroteo que nos interesa, tiroteo(i).

[Recordemos que una expresión de la forma A(ι), con iota griega, representa la categoría A, mientras que A(i), con i latina, representa un ejemplar de la categoría A.]

- En el caso 2, la búsqueda de un fotograma que represente un tiroteo se detendrá cuando alguno de los fotogramas de la cinta responda a las características genéricas del concepto 'tiroteo':

fotograma(ι) -> fotograma(ι) + q1 + q2 + … = tiroteo(ι)

Con esta expresión queremos indicar que hemos desambiguado la categoría más general, fotograma(ι), hasta reducirla a la subcategoría tiroteo(ι), pero sin ir más allá. En comparación con la anterior, esta expresión representa una desambiguación incompleta de la categoría fotograma(ι).

Si queremos que la palabra un describa al mismo tiempo estos dos procesos distintos, su formulación semántica tendrá que ser una abstracción de ambos. Algo así como:

Existe un q1 y un q2 y un … tales que: C + q1 + q2 + ... = w

donde w es el concepto que expresamos a continuación de un, y C es una categoría de w. Así, la dualidad semántica de la expresión un libro se expresaría como sigue:

Existe un q1 y un q2 y un … tales que: cosa + q1 + q2 + ... = libro(ι)
Existe un q1 y un q2 y un … tales que: cosa + q1 + q2 + ... = libro(i)

donde la palabra cosa designa una categoría de libro.

En mi opinión, formalizar esta dualidad semántica es muy importante en varios respectos. En inglés hay un tipo de construcciones sintácticas que se usa muy raramente, y que consiste en expresar el adjetivo a continuación del sustantivo (ejemplo: "things Western"). Mi conjetura es que este tipo de construcción se utiliza precisamente para evitar la dualidad semántica a la que acabo de referirme. La comprobación o refutación de mi conjetura, naturalmente, tendría que ser experimental.

En otro orden de cosas, la famosa paradoja de Russell tal vez no es ni siquiera enunciable, si uno explicita claramente cuál de los dos sentidos de la dualidad está utilizando al hablar de "un" conjunto que no pertenece a sí mismo. O tal vez la paradoja está basada en una confusión entre el concepto de conjunto (basado en la conjunción) y el de categoría (basado en la disyunción).

En otras palabras, sospecho que la teoría de conjuntos necesita de una definición formal del concepto de conjunto, basada en elementos semánticos, que eliminaría algunos aspectos de la teoría que a mí me parecen artificiosos.

(Continuación)

domingo, 1 de marzo de 2009

Barbarismos

Debía de ser yo muy niño cuando oí por primera vez la palabra 'barbarismo'. Gracias no sé si a la escuela o al cine, yo me representaba a los bárbaros como unas tribus primitivas que se paseaban por los libros de Historia asolando ciudades y comiendo cordero asado con los dedos. Aunque en seguida comprendí que los barbarismos eran simplemente vocablos extranjeros, en algún rincón de su significado me quedó para siempre agazapada aquella imagen de un Atila sin afeitar entrando a sangre y fuego en el mundo civilizado para no dejar piedra sobre piedra.
Pero aquella imagen mía tan cinematográfica no estaba tan desencaminada. El barbarismo, en fin de cuentas, era la entrada en nuestro vocabulario de palabras gamberras que degradaban nuestra lengua 'civilizada'. Hasta aquel momento, nunca se me había ocurrido que una lengua pudiera degradarse por hacer uso de palabras. Yo habría pensado, más bien, que una lengua se degradaba cuando perdía utilidad, no cuando ganaba recursos. ¿Qué había, pues, de malo en hablar de rock and roll, neceser, tren, fútbol o estribor?
Sencillamente, que eran extranjeras. El criterio para rechazarlas no tenía nada que ver con la utilidad, sino con un concepto mucho más atávico: el territorio.
Con el tiempo, sin embargo, descubrí algunas contradicciones. Todo el mundo tiene hoy en su hogar unos cuantos electrodomésticos alemanes o japoneses pero, por alguna razón, esto no está considerado como un barbarismo. Desde tiempos tan antiguos como los fenicios, los españoles han comerciado con otros pueblos, y no me consta que hayan tenido problema alguno con palabras como aceite, almacén, ánfora, grapa o spaguetti. El rechazo a lo extranjero no data de aquella época, seguramente. Incluso después de expulsar a los árabes y a los judíos se siguieron usando corrientemente palabras tan habituales como 'sábado', o 'Alhambra'.

El primer diccionario de español que salió de una imprenta ("Tesoro de la lengua castellana o española", de Sebastián de Covarrubias) se publicó en 1610. En él se define 'barbarismo' como: "El uso de alguna dicción, o escrita o pronunciada, contra las reglas y leyes del bueno y casto lenguaje, comúnmente recebido; y en esta acepción llamamos bárbaros a los que escriven o hablan la lengua latina grosseramente, careciendo de las buenas letras".
Curioso ataque de purismo, si tenemos en cuenta que la lengua española es ni más ni menos que un latín hablado 'groseramente'. ¿Quién decide el momento en que la evolución de una lengua ha terminado? Para tratar de aclarar nuestras ideas, consultamos la definición de 'bárbaro':
“Este nombre fingieron los griegos de la grossera pronunciación de los extrangeros, que procurando hablar la lengua griega la estragaban, estropeándola con los labios, con el sonido de barbar. [...] De aquí nació el llamar bárbaros a todos los extrangeros de la Grecia, a donde residía la monarquía, y el imperio. Después que se pasó a los romanos, también ellos llamaron a los demás bárbaros, fuera de los griegos; finalmente a todos los que hablan con tosquedad y grossería llamamos bárbaros, y a los que son inorantes sin letras, a los de malas costumbres y mal morigerados, a los esquivos que no admiten la comunicación de los demás hombres de razón, que viven sin ella, llevados de sus apetitos, y finalmente los que son despiadados y crueles”.

¿Nos autoriza este texto a sospechar que hay algo en la lengua de un imperio que la hace superior a las demás? Si identificamos imperio con civilización, puede ser. Es mucho identificar pero, aunque así fuera, ¿qué sucede cuando un imperio subsiste pero su civilización entra en decadencia? Peor aún: ¿qué sucede cuando un imperio subsiste ya sólo en la fantasía y su civilización, por falta de contacto con el exterior, se convierte en un espectro de sí misma?

Tal vez esto es lo que sucedió en España a partir de Felipe II. Mientras las posesiones del Imperio, una a una, se le iban desgajando, España, cada vez más enrocada, rechazaba una tras otra la herejía, la reforma protestante, la Ilustración, los sombreros de tres picos, las tropas napoleónicas, los barbarismos y hasta las vías férreas extranjeras.
Y, por supuesto, la Ciencia.

Hace algunos años me encargaron traducir un libro científico sobre olas. Desde las primeras páginas, tropecé con una dificultad constante que pronto se me hizo tremendamente fastidiosa: la palabra 'ola' no tiene adjetivos. Existen, sí, pluvial, eólico, glacial, marino o lacustre, por mencionar unos cuantos. Pero nunca he oído a nadie usar calificativos como ólico, maréico, ráyico, escárchico, tempánico o granizal.

Para complicar las cosas, algunos adjetivos morfológicamente impecables han sido 'secuestrados'. La expresión 'intensidad tormentosa' nos podría hacer pensar en algún poema de Lord Byron, y 'volumen níveo', en la anatomía de una pastora renacentista. 'Solar' puede ser el adjetivo tanto de sol como de suelo. Los mareos y sus derivados tienen una relación únicamente tangencial con las mareas, y un 'índice terrenal' sólo podría pertenecer a alguna mano implicada en una escena bíblica.

En español, las connotaciones tienen más importancia que el significado. Peor aún: hay palabras que, según algunos, "suenan mal". Pero nadie sabe explicar por qué. Suena bien torear, pero no monitorear. Indeleble, sí; deleble, no. Y lo contrario de insignificante no puede ser significante, sino significativo.

En fin, un lío. Pero lo que más rabia me da cuando tengo que traducir ciertos textos científicos es un término que en cualquier país normal estaría en todos los diccionarios de meteorología. En España, sin embargo, ningún meteorólogo se ha atrevido todavía a tomárselo prestado a sus secuestradores. Por favor, déjenme usarlo. Me estoy refiriendo a la palabra... rociero.

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domingo, 8 de febrero de 2009

Charlas con nadie

La cosa viene de antiguo. Todo arrancó, quizá, con mi viaje a Cuba en 1984. El año de Orwell. Antes de aquello, yo había conocido varios países socialistas del este de Europa. Pero mi horror ante aquellas sociedades de pesadilla se había quedado aletargado, en un compartimento estanco, de tal modo que no me impedía seguir perteneciendo a la gran 'famila' de la izquierda. Aunque yo no era consciente de ello, en algún lugar de mi bulbo raquídeo sabía que la disidencia, el Gran Tabú, significaba simple y llanamente la postración: quedarse solo. Exactamente igual que sucede en el seno de los hare krishna, de los testigos de Jehová o de la secta Moon.
Estuve en Praga en 1971, sólo tres años después de la invasión de los tanques rusos que yuguló la tímida 'primavera de Praga'. Que nadie crea que la primavera de Praga era un experimento capitalista. Ni mucho menos. Fue, simplemente, un intento de humanizar el socialismo con un pequeño margen de libertad y una cierta dosis de reformas. Algo así como una perestroika veinte años antes de tiempo. Yo estaba todavía muy poco politizado por aquel entonces, pero mis dos acompañantes no. Uno tenía simpatías maoístas, y el otro, trotskistas. Si mal no recuerdo.
Antes de emprender el viaje, ellos habían escrito a algún organismo oficial checo solicitando información y, tal vez, ayudas para nuestra estancia en Praga, alegando que éramos estudiantes. Los países socialistas, me decían, daban todo tipo de ayudas a los estudiantes. Al cabo de un tiempo, recibieron una carta escueta en la que se nos remitía a una dirección en Praga, sin especificar demasiado.
Cuando llegamos a aquella dirección, resultó que era una oficina de turismo como cualquier otra. Un funcionario avinagrado nos informó de que el hecho de ser estudiantes no significaba nada para él, y nos ofrecía dos alternativas: o un camping en las afueras de la ciudad, o el Interhotel Flora, un hotel de cuatro estrellas en el centro de Praga. No recuerdo por qué, no tuvimos más remedio que alojarnos en el hotel, cuya tarifa durante tres o cuatro días equivalía a todo el dinero que llevábamos ahorrado para pasar allí dos semanas.
De modo que acortamos la estancia. Por lo que a mí respectaba, un solo día era ya demasiado tiempo en aquel país de pesadilla. Repito lo de 'pesadilla' porque no encuentro otra palabra que describa el horror cotidiano de aquella Checoslovaquia socialista. Todo allí era gris: las fachadas, el cielo, el Moldava, los rostros de los transeúntes. Era un mundo kafkiano. No había cines ni teatros ni terrazas. Los únicos lugares públicos que pudimos frecuentar eran una especie de bares, allí llamados 'restaurace', lóbregos y desaliñados, con los manteles llenos de lámparas, donde solamente servían cerveza en grandes jarras. Eso sí, la cerveza era excelente. Pero tal vez no era sólo la calidad de la cerveza lo que llenaba las calles de borrachos a cualquier hora del día. La sensación que se apoderó de mí desde el instante en que traspuse la frontera fue de totalitarismo sin piedad. El Estado estaba presente en la vida pública y privada hasta unos extremos que en la España de Franco -de la que nosotros veníamos- habrían parecido delirantes.
Tal era la opresión que allí se vivía, incluso para un extranjero inocente como yo, que a los pocos días de llegar entré en un estado mental paranoide. Se apoderó de mí la obsesión de que 'nunca saldríamos de allí', y así se lo comenté a mis dos compañeros. Ellos intentaban tranquilizarme, pero yo no respiré realmente hasta que cruzamos de nuevo la frontera y volvimos a pisar el mundo libre. Lo pasé fatal.
En la televisión española se veían con frecuencia noticias del Muro de Berlín. Cada dos por tres, algún ciudadano del 'paraíso socialista' intentaba huir del país por métodos más o menos desesperados o ingeniosos. La mayoría no lo conseguía. Lo normal era que fueran ametrallados como ratas, in situ, por alguno de los policías/militares de guardia. Era terrorífico, sí, que un ciudadano fuera asesinado por intentar salir de su propio país, pero ello no era ni había sido óbice para que en mayo del 68 o en las manifestaciones habituales de las grandes ciudades europeas se enarbolara con entusiasmo la bandera roja junto con grandes carteles de Mao, Lenin o el Che Guevara. Mirando ahora hacia atrás, la efervescencia política de aquellos años me parece uno de los episodios más absurdos de la historia de la Humanidad. Y me temo que Europa no ha terminado todavía de pagar las consecuencias.
Pero la izquierda siempre ha sido maestra en el arte de la propaganda. Es lo único que saben hacer, pero en ese menester nadie los ha superado todavía jamás. Grandes multinacionales como Coca Cola mantienen ejércitos de publicistas que alimentan permanentemente la presencia de sus productos en la sociedad, pero lo que Coca Cola vende es una bebida real, refrescante, barata y de agradable sabor. El izquierdismo, en cambio, lleva siglos vendiendo sangre, miseria y esclavitud como si fueran las frutas prohibidas del paraíso original.
Después de aquel viaje, yo me fui politizando. Los amigos que hice en la Facultad eran todos de izquierdas, aunque ninguno de ellos estaba afiliado a partido político alguno. Yo odiaba, sobre todo, a los comunistas, que tenían montada una evidente maquinaria de agitación en toda la Universidad, y cuyo discurso serpenteaba en función de unas misteriosas consignas que los agitadores obedecían ciegamente.
Yo me sentí siempre anarquista. Lo cual, por otra parte, era la única manera de nadar y guardar la ropa. En efecto, la 'familia' de izquierdas y yo nos aceptábamos a regañadientes, en la premisa de que estábamos en el mismo bando. Según aquella visión del mundo, maniquea y pueril, las personas se dividían exclusivamente en opresores y oprimidos, y nosotros luchábamos en el bando de los oprimidos. Desde luego, era difícil imaginar cómo un funcionario de policía del Berlín oriental podía estar en el mismo bando que yo, pero aquella incongruencia me permitía seguir teniendo una 'familia'. Sin saberlo, mis 'camaradas' jugaban con ventaja. Desde niño, el abandono y la soledad han sido los dos estados de ánimo que más dolorosamente he sufrido. Por aquel entonces, ser de izquierdas, para mí, significaba sencillamente no estar solo.
Mi viaje a Cuba me volvió mucho más beligerante. Antes de emprender el vuelo yo me había dejado influenciar por la propaganda pro-castrista, y acudía con una cierta simpatía por el régimen de Castro. Pero lo que vi desde el primer momento me encogió el corazón. Era la misma miseria material y moral que había conocido en Praga trece años antes, la misma opresión, la misma desidia. Yo había conocido el Haití de Duvalier, pero aquello era peor, porque en Cuba volví a experimentar otra vez la angustia paranoica del ciudadano indefenso ante un Estado todopoderoso y sin escrúpulos.
Cuando regresé de Cuba a Ginebra, proclamé a los cuatro vientos lo que acababa de presenciar. Una noche, recuerdo que me enzarcé en una acalorada discusión con dos compañeros de trabajo sobre la vida cotidiana en Cuba. Ambos eran viejos izquierdistas. Uno, peruano, el otro argentino. Y ambos negaban con vehemencia las realidades que yo había visto con mis propios ojos sólo unas semanas antes. Mi indignación no tenía límites: aquellos dos tipos estaban dispuestos a defender, con la mentira si fuera necesario, el sufrimiento de muchos millones de personas. Y, con ellos, otros millones de izquierdistas estaban sosteniendo, a lo largo y a lo ancho del planeta, aquella gigantesca máquina de propaganda que se derrumbaba estrepitosamente en cuanto uno pisaba el suelo de La Habana.
Pero yo seguía teniendo miedo de romper con la 'familia', y me negué aún durante muchos años a resolver las incoherencias que subsistían en mi mente. Seguía teniendo miedo a la soledad. Al fin y al cabo, mientras uno se siguiese burlando de los americanos la ruptura no se consumaría. Eran los tiempos de Ronald Reagan, y el odio a Estados Unidos era ya el único pegamento que podía mantenernos unidos. Porque la pasta que cohesiona a los izquierdistas es, muchó más que la supuesta solidaridad o la simpatía hacia los oprimidos, el odio visceral.
Cuando me fui a vivir a Barcelona, comprendí que el fenómeno era mucho más profundo todavía. En la España de finales del siglo XX, la izquierda había asumido las tesis de los nacionalismos regionales. El odio al general Franco los había unido, y la histeria nacionalista fue creciendo hasta el punto de que declararse español equivalía a ser tratado como un franquista. El resultado de aquella aberración era que, después de haber sufrido 23 años de dictadura franquista, yo me veía ahora abocado a padecer otra dictadura igual o peor: la dictadura de todos aquellos falangistas de provincias que, sin que nadie opusiese resistencia, se iban apoderando lentamente de la región.
En aquel estado de ánimo llegó el 11 de septiembre de 2001, con aquel terrible atentado que cambió el rumbo de la Historia. Cuando, con el horror aún fresco en mi memoria, empezaron a llegar a mi buzón de correo electrónico los primeros chistes de mal gusto enalteciendo a bin Laden, yo no me lo podía creer. Entonces, de golpe, se hizo la luz. Fue la catarsis. La revelación. La izquierda era una secta maligna, y el atentado de las Torres Gemelas había trazado una divisoria entre sus vidas y la mía. Todo en las relaciones humanas tenía un límite y yo, aquél, no podía trasponerlo.
De modo que empecé a responder sin reparos a todos los emails chistosos y a rebatir vehementemente a los sardónicos defensores del asesinato de 3000 personas indefensas. En poco tiempo, mi lista de amistades se redujo ostensiblemente. El 13 de septiembre llegué a Ginebra, a casa de mi amiga Petra, donde solía alojarme. Esa misma noche discutimos acaloradamente a cuenta de la noticia. Sus argumentos me llenaron de amargura. A la mañana siguiente, hice mi maleta y me fui a un hotel. Nunca más volví a darle noticias mías. Después, reconvine a Teresa R. por enviarme unos chistecitos de muy mal gusto, y Teresa desapareció del mapa.
Atrás fueron quedando las cenas en casa de Pedro y Sigrid, y las tertulias en Los Inmortales con el grupo de Antonia y Ricardo. Unos pocos (Andrés, Carlos) llegaron al punto de hacerme daño deliberadamente, y en México las amistades de Carilú me dispensaron una acogida glacial. En algunos casos, fui yo quien decidió distanciarse (Irene, Amparo, Mercedes), pero fueron muchos más los que, uno a uno, se distanciaron de mí, dejaron de llamarme o me retiraron la palabra: Cami, Vicente, Gonzalo, Sebas, Susana, Pau, Miguel C., Albert, Mariano, Javier, Isabel, Pepe, Muriell, y hasta mi propio hermano.
La vida está hecha de olas, y en esta etapa de nuestra vida tanto Manolo Zanzón como yo, que soy su autor, estamos en la bajada de la ola. Es lo más parecido a un exilio. Yo no soy ya aquel joven provocador que tanto temía la soledad, y es cierto que algunos -contadísimos- amigos han sobrevivido a la marejada, pero están lejos. Y confieso que muchos días echo en falta todavía un buen amigo cercano con quien poder explayarme, reír o rememorar. Precisamente por eso bauticé este blog con el subtítulo que puede leerse en la cabecera, y que me recuerda, un poco literariamente, al tenaz Odiseo, acorralado en una cueva oscura de una isla habitada por gigantescos cíclopes (de la que, por cierto, consiguió salir):
Charlas con nadie.
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sábado, 31 de enero de 2009

El pueblo

Cuando despertó, los dos vagabundos ya no estaban. En el cielo, las nubes eran todavía turbias y amenazadoras, pero no llovía. Se incorporó, se sacudió la tierra de los pantalones y, pausadamente, echó a andar hacia el pueblo.

Mientras caminaba, los recuerdos acudían a su memoria, agolpados y confusos. Parecía como si la riada los hubiera arrastrado también a ellos, emborronando las fronteras entre los más antiguos y los más recientes. En medio de aquel maremágnum, el Manolito Zanzón de su infancia y el Zanzón ministro, los huéspedes de la pensión y los conspiradores masónicos, la prostituta de los kimonos y la valerosa Remedios Raposo, todos navegaban ahora en una misma barca, protagonistas por igual de un único aquelarre lejano en el tiempo en el que era imposible discernir años, días o minutos.

Las primeras calles del pueblo estaban desiertas. Continuó caminando hacia la iglesia, cuya torre veía asomar por encima de los tejados. Desde las ventanas, ninguna mirada parecía vigilar sus movimientos. La calzada, de tierra, estaba todavía salpicada de charcos, pero entre sus dientes la sensación era de polvo. Polvo, o arena de desierto. Entrecerró los ojos. Nunca había estado en un pueblo fantasma.

En la plaza principal sólo había un carro abandonado. Silbaba el viento. En la oscuridad de un zaguán le pareció ver por un instante, fulgurando, los ojos de un gato. Se detuvo en mitad de la plaza y miró a su alrededor. En aquel lugar del espacio y del tiempo, sin seres humanos ni referencias, todas las direcciones le parecían iguales. Se sentía como una veleta empujada a capricho por el viento. ¿A dónde ir? Entonces reparó en un detalle: la puerta de la iglesia estaba abierta. Y echó a andar.

Allí dentro la única luz que había, débil y cenizosa, descendía de los vitrales. Avanzó casi a ciegas hasta llegar a la última fila de bancos, y se sentó. Sus ojos tardaron un rato en acostumbrase a la penumbra. Distinguió primero el rectángulo del altar recortándose en las sombras, y después, colgando a ambos lados, cuatro faroles apagados, como botafumeiros, que descendían del techo. Las paredes estaban desnudas. Al fondo, en uno de los ángulos, distinguió borrosamente el bulto de un confesionario y, tras él, una escalera de caracol que ascendía hasta una puerta de madera, cerrada. Se levantó.

La escalera no era más ancha que el cuerpo de una persona. Mientras subía por ella, allá afuera el sonido del viento se hacía más agudo, casi como el de un gato enfurecido. ¿Cómo se llamaba aquel pueblo?

Hizo girar el picaporte, y la puerta se abrió a un corredor oscuro que discurría paralelamente al muro lateral de la nave. Avanzó tanteando las paredes. Su brazo tropezó con un perchero del que colgaba una sotana. Se apartó. El frío de las baldosas atravesaba las suelas de sus zapatos. Unos veinte pasós más adelante, se detuvo. El pasillo doblaba a la izquierda. El ruido del viento había desaparecido. De pronto, se topó con otra puerta. Giró el picaporte y, al empujar la hoja de madera, la luz de la nave principal iluminó una pequeña habitación que daba directamente sobre el altar. Ante él, tal como había supuesto, reconoció inmediatamente el marfil amarillento de las teclas del órgano.

Sus dedos se posaron sobre ellas. Todavía no había aprendido a tocar. Cerró los párpados, y sintió dos lágrimas calientes deslizarse sobre sus mejillas. Aquella encrucijada, pensó, era exactamente su vida: un itinerario sin rumbo, un órgano sin voz en un pueblo deshabitado. Algo tenía que estar fallando.

Años atrás, aquel Manolo aún adolescente había abandonado a su familia en busca de nuevos horizontes. Desde entonces, todos los caminos que emprendía habían terminado desviándose. ¿Qué era lo que había hecho mal? Tal vez no había entrado a Madrid por el lugar adecuado.

Tendría que intentarlo de nuevo.

Pero, ¿por dónde?

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domingo, 25 de enero de 2009

Meta-Física

Ignoro si la palabra 'metafísica' tiene algo que ver con la caverna de Platón. El prefijo 'meta' significa 'más allá de', y la idea de que las cosas tienen una explicación más allá de la realidad tangible sintoniza bastante con la idea de que estas patatas fritas que estoy ensartando en mi tenedor son, en realidad, un simple reflejo de unas 'metapatatas fritas', y lo que yo creía mi apartamento es en realidad una cueva.

Lo cierto es que, después de unos cuantos siglos de filosofía incrédula -que no otra cosa es la ciencia-, las explicaciones de la realidad que leemos en los libros de divulgación científica distan mucho de la sensación inmediata que nos producen el olor, el color y el sabor de unas patatas fritas humeando en nuestro plato. El gemelo de Einstein que viajaba a la velocidad de la luz regresó a un planeta en el que su propio tataranieto había pasado a los libros de historia, y el solo pensamiento de que un enano microscópico no pueda predecir cuándo su pelota atravesará la pared del frontón en lugar de rebotar en una dirección impredecible desafía al más sensato.

¿Estoy haciendo trampa? Sólo aparentemente. Es cierto que la teoría de la relatividad y la mecánica cuántica son construcciones matemáticas rigurosas y -lo que es más importante- verificadas experimentalmente. Pero la lógica cotidiana, la que usamos para sobrevivir y tomar decisiones todos los días, está mucho más vinculada a nuestras percepciones. Todas las mañanas esperamos que el sol salga y se ponga a una hora predecible, que los relojes no se aceleren ni se detengan, y que la lluvia caiga desde lo alto y no al revés. Más allá de estas expectativas, lo que pudiera o no suceder pertenece, en la práctica, al reino de la fantasía.

Con todo, nos hemos ido acostumbrando a la idea de que la lógica cambia a medida que aumenta o disminuye el tamaño de sus súbditos. Lo cual, por cierto, parece absurdo: ¿acaso la lógica no es un concepto abstracto, independiente del espacio y del tiempo? Sería lógico pensar que sí. (¿Lógico, he dicho?)

Pero, en fin, nos hemos acostumbrado, y de hecho todas esas lógicas 'ilógicas' nos han permitido materializar viajes a planetas lejanos, microscopios de una potencia casi inimaginable o imágenes de nuestro reciente esguince mediante resonancia magnética nuclear. La cueva de Platón, en cambio, sólo nos ha servido hasta ahora para subvencionar a una larga saga de filósofos más o menos imaginativos: Galileo, 1 - Platón, 0.

La diferencia decisiva entre Galileo y Platón es que Galileo no se limitó a conjeturar, sino que construyó un telescopio para poner a prueba sus conjeturas. Aquel primer paso de Galileo abrió las puertas a la astrofísica moderna, y desde entonces nuestro conocimiento del Universo no ha hecho más que avanzar.

Sin embargo, la Luna y el Sol y los planetas están tan cerca de nosotros -astronómicamente hablando- que no necesitamos abjurar de nuestra lógica ordinaria para explicarlos. Tenemos que hacer un zoom gigantesco con nuestro telescopio para empezar a observar fenómenos extraños que nos obligan a echar mano de esas otras lógicas 'ilógicas'. Así, poco a poco, hemos ido concibiendo ideas aparentemente tan descabelladas como el big bang, el vacío virtual, los agujeros negros o, más recientemente, la materia oscura. Y verificándolas.

¿O no?

No del todo. De hecho, nadie está seguro de haber visto alguna vez un agujero negro o una evidencia irrefutable de su existencia. Y mucho menos de la materia oscura, de la energía oscura o de otros nuevos conceptos que están irrumpiendo últimamente en el vocabulario de los astrofísicos.

Por ejemplo, el 'flujo oscuro', cuyas causas habría que situar más allá del mismísimo horizonte de nuestro universo. O la 'inflación eterna', según la cual nuestro universo sería simplemente una burbuja más de un multiverso en perpetuo burbujeo. O el modelo de 'universo fractal', infinitamente complejo y siempre similar a sí mismo en todas las escalas. O la fantástica idea de que -como sucede en el horizonte de los agujeros negros- nuestro universo es, en realidad, nada más que un holograma.

El caso es que cuanto más grande y más lejano sea el fenómeno que pretendemos explicar, menor cantidad de información podremos sacar de él, y más inciertas serán forzosamente nuestras explicaciones. En otras palabras: a menos que el universo tenga un límite, el número de explicaciones posibles se multiplicará hasta el infinito. Ay, Galileo. No estamos tan lejos de la metafísica.

Peor aún: todas las conjeturas que podemos llegar a construir son andamiajes ensamblados por nuestro raciocinio con sus propios materiales, pero también es concebible que los tubos y tuercas necesarios para explicar las leyes de la realidad 'real' ni siquiera existan en nuestra mente. Si aumentamos suficientemente la escala de nuestras pretensiones, ¿habrá algún 'más allá' cuya lógica 'real' nuestro intelecto, por naturaleza, es incapaz siquiera de concebir?

Es cierto que Ícaro se quemó las alas por acercarse demasiado al sol, pero nuestro problema es justamente el contrario. Nuestras alas no son de cera. Aherrojados en una cueva de Platón, fabricamos sin cesar magníficos plumajes de faisán, quizá para no reconocer que nunca volaremos más alto que una gallina.

viernes, 16 de enero de 2009

El secreto de Shakespeare

Estoy leyendo una novela titulada "The Shakespeare Secret". La compré en una librería de aeropuerto, y no le pedía mucho más que entretenimiento. De todos los thrillers que hojeé, éste parecía diferente, tal vez un poco más culto que los superventas habituales en aquel tipo de librerías. El título hacía referencia a Shakespeare, y me gustó el comienzo: "Desde el río, parecía como si hubiera dos soles poniéndose sobre Londres."

Está muy bien escrita -o tal vez debería decir 'construida'- mediante una eficaz concatenación de sustantivos, verbos y citas de Shakespeare. Adjetivos, los justos. En general, los libros anglosajones parecen estar más bien construidos que escritos, lo cual no es un demérito ni mucho menos. Yo creo más en la artesanía que en el arte. En seguida he comprendido que la novela está escrita siguiendo la estela del "Código da Vinci", no sé si por contagio temático de la autora o con la secreta esperanza de verla algún día en una pantalla.

Desde que comenzó el trasiego entre la literatura y el cine, muchos autores escriben sus historias como si estuvieran contándonos una película. Esto es casi una definición de thriller pero, en general, las relaciones entre la literatura y el cine son bastante más complejas y merecerían dedicarles, más que un libro, toda una enciclopedia.

El caso es que, pese a su eficacia narrativa, "The Shakespeare Secret" me aburre a ratos, y por las noches, en la cama, no me roba ninguna hora de sueño. Curiosamente, la trama se parece mucho a la de mi primera novela. Que, por cierto, quedó impublicada. Posiblemente con toda la razón del mundo, pero también por haber sido escrita veinte años antes de que comenzase la moda 'da Vinci'.

Antes de decidir si compro o no una novela, yo tengo que hojearla y, sobre todo, leer su primera frase. Ésta de los dos soles poniéndose sobre Londres me pareció bastante atractiva. Al atardecer, un incendio que compite gongorinamente con el sol nos da una idea previa del grado de maldad del incendiador. Y, al aclararnos que estamos en Londres, la autora nos prepara para un rocambolesco periplo por distintos continentes, bibliotecas universitarias y paisajes tan cinematográficos como Las Vegas o el desierto de Mojave.

Los primeros párrafos de una novela, sobre todo si es contemporánea, me suelen dar la clave para decidir si la compraré o no. Generalmente, el dictamen es No. Todavía recuerdo aquel voluminoso mamotreto de un tal Ruiz Zafón que me regalaron hace años, y que abandoné antes de la página 10. Me daba incluso vergüenza ajena recorrer aquella cáfila de adjetivos adolescentes para públicos poco leídos. Es el tipo de literatura que yo escribía cuando tenía 17 años.

Las primeras frases de una novela son, de hecho, un género por sí solas. Un género fascinante. Animado por esta revelación, he rebuscado en mi biblioteca algunos de mis libros favoritos, y he releído únicamente su primera frase, a veces su primer párrafo. Desde luego, pocas primeras frases como aquel "Aujourd'hui, maman est morte" de Albert Camus en "L'étranger", que en sólo cuatro palabras condensa las doscientas o trescientas páginas que vienen después.

Uno de mis thrillers favoritos de todos los tiempos es "The postman always rings twice", de James M. Cain. Comienza así: "They threw me off the hay truck about noon". Casi un telegrama. En español no queda exactamente igual: "Me echaron del camión de heno a eso del mediodía". Le falta todo el ritmo. En inglés, todas las palabras de la frase excepto una son monosílabos. Uno detrás de otro, como puñetazos. Y ese 'off' intraducible -una sola sílaba, tres letras- es, en realidad, el resumen completo de toda la novela. ¿Cómo resistirse a devorar una novela que empieza con una frase así?

Entusiasmado con el nuevo género que acababa de descubrir, he releído también primeras frases de Stendhal, de Dostoievsky, de Maupassant, de Valle-Inclán, de Chloderlos de Laclos, de Chandler. Todas tenían un no sé qué que impulsaba a leer, como mínimo, el primer párrafo completo. Pero algunas hacían innecesario el resto del párrafo. De todas éstas, me he quedado con dos.

Una, el comienzo de "A Confederacy of Dunces", del malogrado John Kennedy Toole, neciamente traducida como "La conjura de los necios". ¿Por qué 'conjura'? ¿Qué tiene de malo "Una confederación de mentecatos"? La primera frase de esta novela, desnaturalizada por la conjura de los editores españoles, dice así: "A green hunting cap squeezed the top of the fleshy balloon of a head". Es decir, "Una gorra de cazador verde estrujaba la cima del carnoso globo de una cabeza". Difícil resisitirse a seguir leyendo, ¿no?

Y, por último, una de las más espléndidas. Es la frase que da comienzo a "La Regenta", de Leopoldo Alas. Abrimos la primera página y leemos: "La heroica ciudad dormía la siesta".

Chapeau. En esta frase está todo. La ironía de ese 'heroica' nos anuncia ya la amargura del tema ("dormía la siesta": la decadencia de todo un país) y el humor indoloro con que don Leopoldo nos va a dorar la píldora. Desde luego, hay que seguir leyendo hasta el final. Pero, al terminar la novela, cuando el repugnante Celedonio termina de besar en los labios a la impresionable Ana de Ozores ("Había creído sentir sobre la boca el vientre frío y viscoso de un sapo". Punto. Fin.), hay que regresar a la primera frase y retenerla en el recuerdo, más que como un resumen, como un símbolo. Porque sintetiza no sólo una de las mejores novelas en lengua española, sino también una de las épocas más lamentables de la historia de España.

O quizá uno de los eternos retornos de la historia de España.

El otro es la guerra civil.

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martes, 6 de enero de 2009

Leer, viajar

No recuerdo cuándo fue la primera vez que oí ponderar la importancia de los libros. Debió de ser hace ya muchos años. Cuando yo era niño no existían los videojuegos ni las dislexias. Mal que bien, todos los niños aprendían a leer y a escribir correctamente, e incluso a redactar frases coherentes con los puntos y comas en su sitio. Las imágenes no ocupaban tantas horas de nuestras vidas. Con suerte, íbamos al cine una vez por semana, y al lunes siguiente, en clase, explicábamos con entusiasmo la película a quienes no la habían visto. Era todavía la era de la palabra.

En la época actual, la palabra está muy devaluada. Ayer mismo, un amigo me recordaba los tiempos en que acudíamos a las citas con las chicas llevando un libro en la mano. Sólo con ese detalle, uno ganaba puntos. Si además dejabas caer que escribías poesías, el prestigio se multiplicaba. Pero las cosas fueron cambiando. Cierto día, mi amigo se dio cuenta de que, para ligar, declararse poeta era más bien contraproducente.

Con la decadencia de la palabra, el prestigio de los libros como vehículo de cultura fue también marchitándose. Todavía se oye, de vez en cuando, exaltar el valor de la lectura, como si los libros contuvieran algún elixir mágico que transformase el cerebro de sus lectores en pozos de ciencia infusa. Extinguida hace ya años la era de la palabra, únicamente ha quedado el mito.

La invención de la imprenta no relegó del todo al olvido la palabra hablada. Desde luego, tenía también sus inconvenientes. Las historias quedaban fijadas en un papel, y no se transmitían de boca en boca. No podían ya deformarse con el paso del tiempo, por fallos de la memoria o por interferencias de la fantasía de quienes las contaban. La imprenta asestó un golpe brutal a las leyendas, pero los libros seguían estando hechos de palabras. Muchos de ellos contenían también imágenes, pero sus lectores seguían leyendo, pensando y razonando en palabras.

Todo esto ha cambiado. Estamos en la era de la imagen, y desde hace ya dos generaciones cada vez más seres humanos piensan, básicamente, en imágenes. Cuando uno piensa en imágenes, los nombres de las cosas y la sintaxis pierden importancia. Una imagen evoca sensaciones, recuerdos o metáforas: nunca ideas. Quizá estamos volviendo a los primeros tiempos de la Humanidad, cuando el lenguaje, aún rudimentario, no era todavía un medio para comunicarse, sino simplemente una ayuda, y algunos se entretenían dibujando bisontes en las paredes como sus sucesores se entretienen hoy rascando signos inconexos en los vidrios de las ventanillas del metro.

Hace ya unos veinte años que las novelas de autores contemporáneos se me caen de las manos en la página 5. Existiendo antecedentes como Bocaccio, Flaubert, Conrad o Pío Baroja, hay que tener un cierto déficit de vergüenza para publicar según qué novelas. Pero todo esto no importa ya mucho. El libro es ahora un producto de consumo, uno más, y el nuevo lector de hoy no ha oído siquiera hablar de Bartleby o de Ana Ozores. De comprar algo, se compra el último libro de ese periodista o famoso que ha visto en la televisión o que le cuenta historias 'a la moda': los nuevos libros de caballerías.

Por eso no tiene ya mucho sentido decir simplemente que hay que leer libros. Hay libros provechosos y hay libros maravillosos, pero también hay libros basura, del mismo modo que hay hamburguesas basura o programas de televisión (aquí añadir 'basura' sería redundante). Y, de todos modos, qué sentido tiene cultivar la narración coherente cuando uno lo único que quiere es hablar de futbolistas o de videojuegos.

Otro mito que todavía se oye es aquello de que el nacionalismo se cura viajando. Hay una frase célebre que no sé quién pronunció, en respuesta a alguien que le había preguntado si tenía raíces. La respuesta fue algo así como "No. Yo no tengo raíces. Yo lo que tengo son piernas." Para caminar, se entiende.

El caso es que viajar en el siglo XXI no es lo mismo que viajar en tiempos pretéritos. El viaje del Beagle duró 18 meses, y Ulises tardó 10 años en regresar a Itaca. El mayor interés de "La vuelta al mundo en 80 días" radicaba en la dificultad de conseguir lo que el título proponía, y Álvar Núñez Cabeza de Vaca tardó 11 años, desde su naufragio frente a las costas de Florida, en encontrar nuevamente cristianos en lo que hoy es territorio mexicano.

Por eso, viajar era antiguamente una experiencia que cambiaba radicalmente la mentalidad del viajero. Los viajes por tierra eran a caballo o andando, y las distancias se median en leguas. Había posadas donde uno se encontraba con otros viajeros de lugares remotos, y en invierno el frío obligaba a juntarse en torno al fuego y conversar. Lo que le cambiaba a uno la vida no era tanto el conocer nuevas costumbres, sino el descubrir personajes singulares, con sus propias manías y mitos y noticias y experiencias originales. Excepto en el ejército, el concepto de 'standard' aplicado a los seres humanos carecía todavía de significado.

Hoy los aviones lo depositan a uno en Atenas en unas pocas horas, y ningún turista tiene intención de quedarse en el lugar más tiempo del suficiente para tomar unas fotos y ver el Partenón desde un autocar, explicado por un guía en su propio idioma. Las comidas, los bailes y los productos 'típicos' son en realidad estereotípicos, y poco tienen ya que ver con el original. Y en las calles principales de casi cualquier ciudad del mundo uno se encuentra ya con las mismas tiendas, marcas y modas que dejó atrás en su propia ciudad. ¿Qué interés puede tener hoy en día viajar? Y, sobre todo, ¿en qué puede ayudarnos a ese sano ejercicio mental de relativizar nuestras propias costumbres?

Leer, viajar. Atrás van quedando aquellos tiempos en que estas dos actividades enriquecían a los seres humanos. Ahora sólo el dinero proporciona riqueza.

Son otros tiempos, sí. Ahora somos pobres.
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sábado, 3 de enero de 2009

Lingüística para tontos VII - Mi primera estructura

(Comienzo)

En nuestro esfuerzo por explicar el lenguaje a los lingüistas tontos, hemos tenido que empezar la casa por el tejado. Parecería más sensato comenzar por los cimientos, pero la experiencia, esa despiadada consejera, me ha demostrado que no es un método particularmente eficaz. Los usuarios de un lenguaje, como los clientes de los bancos, manejan sus recursos con soltura, pero no tienen ni idea de qué cosa es exactamente eso que unos llaman dinero, y otros, significados. Tal vez ahora, que entendemos un poco mejor el lenguaje como vehículo de información, nos sea más fácil regresar a los cimientos y colocar los primeros pilares.

Ya habíamos visto en los primeros capítulos que las categorías, esas cajas de ladrillos que utilizamos para transmitir información, no son conceptos amorfos. Tienen estructura, y la diversidad de las estructuras que descubrimos en aquellos capítulos (sabores, colores, sucesos cronológicos, dibujos animados) nos suscita algunas preguntas:

¿Cuántas estructuras distintas utilizan nuestros lenguajes?
¿Es finito el número de estructuras que podemos llegar a utilizar?
¿Todos los lenguajes utilizan las mismas estructuras?

Es fácil sospechar que las respuestas a estas preguntas están determinadas en gran medida por nuestros sentidos. Al fin y al cabo, son nuestros sentidos los que nos dicen que el espacio tiene tres dimensiones, que los colores forman un continuum o que las notas musicales suenan una a continuación de otra. Sin embargo, un ciego de nacimiento puede aprender a desenvolverse sin problemas por el interior de un edificio. Es más, estableciendo previamente una correlación, por ejemplo con una gama de rugosidades, puede mantener con normalidad una conversación relacionada con colores. Por otra parte, un sordo de nacimiento puede entender perfectamente que un concierto es una sucesión de acontecimientos sonoros, del mismo modo que una exhibición de fuegos de artificio es una sucesión de acontecimientos cromáticos.

Parece, pues, que las estructuras que asociamos a nuestros sentidos dimanan de una realidad más abstracta todavía: ¿acaso, como estamos empezando a sospechar, las configuraciones topológicas? Sería una buena noticia. Si los conceptos con que nos expresamos están asentados en realidades absolutas, entonces seremos capaces de sistematizarlos, estudiarlos y compararlos aplicando criterios objetivos. Se acabarán para siempre las teorías, las interpretaciones y los gurús. Sólo habrá una lingüística, y esa lingüística tendrá, inevitablemente, un componente experimental. En otras palabras: la lingüística será, por fin, una ciencia.

Quizá la estructura semántica que a todos nos resulta más familiar es la que asociamos al tiempo. Esto no quiere decir que sea la estructura más simple pero, una vez más, quizá sea más conveniente empezar por lo más complicado. En nuestra mente, el tiempo se compone de dos elementos complementarios: los instantes, y los lapsos. Entre cada dos instantes, nosotros suponemos la existencia de un lapso. Así es como lo concebimos, aunque en la realidad tal vez las cosas no sean exactamente así. Zenón de Elea expuso varias paradojas derivadas de esta forma de entender el tiempo, y en la física contemporánea empieza a argüirse la necesidad de redefinir este concepto de manera que las leyes físicas macroscópicas y las microscópicas sean compatibles.

Una de las aporías de Zenón reflexiona sobre el movimiento de una flecha. Si en un instante cualquiera nuestra flecha está quieta, entonces estará también quieta en todos los demás instantes… y, por lo tanto, es imposible que se mueva. Pero, si preferimos pensar que está en movimiento, ¿dónde está exactamente la flecha en ese instante? Desde nuestro punto de vista lo importante no es la paradoja, sino el hecho de que, para enunciarla, Zenón utilizó los dos elementos básicos de la estructura del tiempo: los instantes, y los lapsos. Si denotamos los instantes mediante el símbolo i y los lapsos mediante el símbolo e, una serie cualquiera de instantes adoptaría la forma:
… e i e i e i e i e i e …
Es importante que no confundamos los conceptos de categoría y de estructura. Cuando decimos que tomaremos el tren de las 09.10 para viajar a Lisboa, una posible categoría que estamos utilizando es el horario de los trenes que parten hacia Lisboa:

L = {06.03, 07.30, 08.45, 09.10, 10.35, …}

En ningún sitio está escrito que esta lista de números deba tener una estructura. Si la enunciáramos tal cual, sin especificar de qué estamos hablando, alguien podría suponer que es una lista de pesos, de ángulos, de coordenadas o, simplemente, una acumulación caprichosa de cifras. Para indicar que entre cada dos de esos números hay un lapso y que cada lapso sólo puede estar relacionado con dos de esos números, tendremos que asegurarnos de que nuestro interlocutor asocia específicamente estas propiedades a la categoría L. Por lo general, no tendremos que hacer demasiados esfuerzos. Aparentemente, las palabras 'tren' y 'viajar' contienen ya información suficiente para ello.

Hasta ahora hemos hablado de series de instantes, pero todavía no hemos definido la estructura propiamente dicha de la categoría 'Tiempo'. No es tan fácil como parece. Para definir la estructura de un cuadrado nos bastaría, por ejemplo, la representación
i e i
e e
i e i
donde los símbolos i representan los vértices, y los símbolos e, los lados. Esta representación es finita, y contiene toda la información necesaria para construir un cuadrado. Pero el número de horas de salida de trenes que puede contener la categoría Tiempo es ilimitado, de modo que no nos bastará con representar el elemento básico de su estructura, i e i. Necesitaremos además una regla que nos indique lo que sucederá cuando incorporemos un nuevo ejemplar a nuestra categoría. Esta regla la escribiremos así:
e -> e i e
Con esta expresión queremos indicar que un nuevo instante (por ejemplo, un nuevo tren a Lisboa que salga a las 07.55) sólo puede entrar a formar parte de nuestra lista de instantes insertándose en mitad de un lapso y 'partiéndolo' en otros dos. En resumidas cuentas, podemos definir ya nuestra primera estructura asociada a una categoría, como sigue:

i e i
e -> e i e

A esta estructura la llamaremos S1, o 'estructura lineal'. Así pues, en el sistema de notación que estamos definiendo, la categoría 'tiempo' se escribirá a partir de ahora en la forma:
T(i)S1
Así, los horarios de trenes en dirección a Lisboa (una subcategoría de T) estarían representados en la forma L(i)S1, es decir:
{06.03, 07.30, 08.45, 09.10, 10.35}(i)S1
que es una notación abreviada para representar:
06.03 e 07.30 e 08.45 e 09.10 e 10.35
En el siguiente capítulo, retrocederemos nuevamente un paso y regresaremos otra vez a los cimientos. Supongo que ya os lo esperábais.

(Continuación)

jueves, 25 de diciembre de 2008

Capitalismo

Aún recuerdo la crisis de los 70. El precio del petróleo subió y subió, y la actividad económica mundial se quedó agarrotada. Hubo despidos masivos, efervescencia sindical y noticias sombrías en los periódicos. Y los Simca 1000 y los Citroën 2CV de la clase media de entonces se quedaron aparcados más tiempo del que sus dueños seguramente habrían deseado.

Yo ni me enteré de aquella crisis, porque de todos modos era pobre de solemnidad. Mis clases particulares me daban para ir a los cines del barrio, no fumaba ni bebía, nunca me gustaron las discotecas, y bajaba a la Facultad andando, a través de la Dehesa de la Villa.

Acabo de leer que, a pesar de las recientes reducciones de la producción decididas por la OPEP, el precio del petróleo ha descendido por debajo de 35 dólares. Es decir, la demanda sigue disminuyendo. En los años 70, el problema era que nadie podía prescindir de un solo litro sin que la economía se gripase. Ahora, por lo visto, el grado de superfluidad a que habíamos llegado permite a muchos millones de usuarios renunciar a millones de galones de gasolina diarios sin que, aparentemente, el mundo tiemble sobre sus cimientos.

Es una crisis muy rara, y nadie sabe muy bien cómo diagnosticarla. No digamos ya tratarla. El enfermo de repente tose, tiene fiebre y se marea para, pocas semanas después, hiperventilar, padecer hipotermia y sufrir una ataque de catatonia. El petróleo sube y sube, pero en seguida baja y baja. La amenaza de hiperinflación alarma a los economistas hoy, pero mañana nos despertaremos oyendo oscuros tambores de deflación. La Bolsa es una montaña rusa, las catedrales de la banca mundial se desintegran como castillos de naipes, y un día descubrimos que en Wall Street avezados expertos financieros se han dejado estafar por un vendedor de tocomochos que vivía en el Upper East Side.

Desde luego, los síntomas son alarmantes. Y lo más grave de todo, a efectos prácticos: imprevisibles. Sin embargo a mí, que he sido un gran hipocondríaco, todos esos síntomas me resultan vagamente familiares. Una pregunta me viene a los labios: ¿hasta qué punto es esta crisis psicosomática?

A primera vista, puede sorprender una sospecha así. Pero reflexionemos. El crecimiento de la 'burbuja' se debió a un acceso de euforia colectiva. El dólar baja y sube a impulsos de la aversión al riesgo. Y la Bolsa está en mínimos porque millones de personas han sacado de ella su dinero y lo han depositado en bonos del Tesoro (o debajo de un colchón): también tienen miedo. Pero la euforia y el miedo son emociones; son ajenas a la razón. ¿Bastaría con que todas esas personas reinyectasen su dinero en el mercado y se lanzasen a la calle a consumir para que la economía se recuperase? Al fin y al cabo, algo parecido es lo que sucedía hasta hace sólo un año, mientras la burbuja crecía y crecía. ¿Por qué no podría volver a suceder?

Hay algo misterioso en todo esto del dinero. Y es que el capitalismo ha evolucionado. El capitalismo es un sistema económico basado, por definición, en la acumulación de capital. Al menos, así fue en sus comienzos. Uno trabaja duramente, ahorra, y utiliza las ganancias acumuladas para generar más riqueza. Hasta aquí, ninguna objeción. Pero ¿qué tiene que ver el crédito en todo esto? El crédito no es dinero, sino expectativa de dinero. Si yo he acumulado un capital y se lo presto a mi cuñado, mi dinero deja de ser contante y sonante para convertirse en una incertidumbre. Algo así como las magnitudes de la física cuántica: dependiendo de que mi cuñado tenga éxito en su empresa o de que haya dilapidado mi fortuna en las islas Caimán, el capital que yo le he prestado existe y, al mismo tiempo, no existe. Sólo una auditoría de las cuentas de mi cuñado permitirá determinar la función de onda de mi dinero.

Tal vez habría que introducir la mecánica cuántica en la economía. Y, para las sintomatologías maníaco-depresivas del 'nuevo' capitalismo, las terapias psicoanalíticas. Porque, desgraciadamente, para este tipo de dolencias originadas al margen de la razón no se han descubierto todavía medicamentos.

martes, 23 de diciembre de 2008

Fiascos

Puede que yo esté equivocado, pero el siglo XXI podría pasar a la Historia como el siglo de los grandes fiascos.

El cambio climático, falsa denominación que en realidad debería enunciarse como 'cambio climático antropogénico' (el clima nunca ha sido estático) podría ser el más estruendoso. Para empezar, no es una realidad comprobada, sino el resultado de ciertas proyecciones. Y estas proyecciones están basadas en un volumen de datos inaceptablemente representativo, y en un ramillete de escenarios no mucho más fundamentados que las profecías de Nostradamus. Es más: el generoso volumen de fondos destinado a estas investigaciones y, cerrando el círculo, el sospechoso empeño de los investigadores por influir en los responsables de políticas y en los medios de comunicación ponen seriamente en duda la objetividad de esas proyecciones. Por no hablar ya de las simpatías allegadas de organizaciones de izquierdas, huérfanas de causas que justifiquen su empeño en llevar sistemáticamente la contraria a quienes les disputan el poder.

¿Cambia el clima? Desde que el mundo es mundo. ¿Lo estamos alterando con nuestra proliferación fabril de especie sin predadores? Existiendo el efecto mariposa, sería absurdo pensar que no. Pero ¿cómo identificar ese cambio? ¿Alguien puede explicarme cómo habría sido el planeta sin nosotros? ¿Cómo nos abasteceremos de energía cuando se acabe el petróleo? ¿Cuántas burbujas económicas volverá a haber? ¿Con qué frecuencia? ¿Cuántos meteoritos gigantes caerán, y cuándo? Etcétera, etcétera. Demasiados etcéteras y demasiadas incógnitas para no recordar desalentadoramente las predicciones de Nostradamus.

Recientemente, Lee Smolin ha observado también síntomas sospechosos, y en ciertos aspectos similares, en el terreno de la física teórica. ¿Es verificable la teoría de cuerdas? Nunca antes tantos cerebros brillantes se habían centrado al mismo tiempo en un problema específico. Treinta años de empeño de los mejores cerebros del planeta son muchos años, y también muchos cerebros. El antecedente histórico más evidente fue la búsqueda de la piedra filosofal. Y todos sabemos cómo terminó. La ciencia nunca dio sus pasos más gloriosos con zapatos de funcionario. Einstein lo fue, pero la teoría de la relatividad nació no de la Oficina de Patentes de Zurich, sino a pesar de ella.

Otro empeño tan ambicioso como la búsqueda del Santo Grial: el esfuerzo de las ciencias cognitivas por reproducir el funcionamiento del cerebro, e incluso -sea lo que sea tal concepto- la conciencia. No me parece mal. Lo que me parece más desencaminado es la vía emprendida para alcanzar ese fin. El psiquiatra Giulio Tononi asegura haber construido una definición de 'complejidad' que permite medir objetivamente "en qué medida el funcionamiento del cerebro está compuesto de funciones". La escuela anglosajona, siempre empeñada en clasificar los conceptos en cajitas... ¿Cómo definir la 'funcionalidad' del cerebro sin caer en interpretaciones? ¿No sería más objetivo hablar simplemente de 'procesos'? Queridos psico-clasificólogos: ya es poco digerible que el hijo de la araña A nazca de repente sabiendo tejer complejas redes simétricas que A era incapaz de tejer. Pero menos digerible todavía es la idea de que, accidentalmente, sus genes han sacado esa 'funcion' de una chistera llena de casualidades.

Un análisis mucho más profundo de los procesos mentales ayudaría quizá a encontrar unas bases más elementales y más objetivas (¿alguien ha dicho 'la geometría'?) con las que explicar, de una misma tacada, la semántica y la sintaxis del lenguaje natural, y la estructura del pensamiento en la mente humana (¿y por qué no, generalizando aún más, en la mente animal?). Y, de paso, quizá incluso la teoría de Darwin. En otras palabras, cómo es posible aprender, dando palos de ciego, a urdir una tela de araña.

Pero, atención: tendremos que explicar también por qué nos cuesta tanto creer que un chimpancé inmortal golpeando un teclado llegue algún día a escribir la ley de arrendamientos urbanos.

Hay algo que conviene no olvidar. La ciencia es simplemente un iceberg, bajo cuya cúspide se oculta una ingente acumulación de palos de ciego que raramente afloran a la superficie. ¿La historia del pensamiento no será en realidad un péndulo que oscila eternamente entre el racionalismo intransigente y la metafísica sufí?

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