viernes, 16 de febrero de 2018

domingo, 31 de diciembre de 2017

Carretera al cielo

Regresó del via crucis, agotada. No tenía ganas de cenar. Se dejó caer encima de la cama, cerró los párpados y exhaló un suspiro hondo. En pocos segundos, las tinieblas del sueño la envolvieron. Se quedó dormida.

Descubrió que flotaba en lo alto de una nube azul, rodeada de querubines. En sus manos, una lira. Era maravilloso, porque sus dedos sabían exactamente cómo tañer las cuerdas para arrancarle aquellas armonías sublimes, sobrehumanas. Cerró sus párpados también en el sueño y se dejó embelesar por su propia música. Con los párpados cerrados no veía. Como Cupido... ¿También ella sería capaz de disparar una flecha sin mirar, y acertar? Y quien recibiera la flecha, ¿de quién se enamoraría?

Intentó sumergirse de lleno en aquella fantasía de amores y destinos, pero como estaba dormida los personajes que evocaba se le escapaban. Tenían formas huidizas, personalidades volubles, comportamientos impredecibles. Ahora se fundían en un beso emborronado, como dos tartas que chocan, ahora reían de despecho, lloraban de deseo o adoptaban posturas incompatibles, como peces borrachos en una pecera.

Pero no era eso lo que la hacía sentirse incómoda, sino la transformación que estaba sintiendo bajo sus pies. En efecto, la nube que tenía debajo ya no era una ingrávida voluta azul, sino que se estaba volviendo roja y parecía cada vez más una caldera de arenas movedizas. Una voz de hombre, grave y aterciopelada, le hizo abrir los párpados. Frente a ella, todavía en sueños, un demonio rojo como una granada madura la miraba plácidamente.

Despertó sobresaltada, pero el demonio seguía allí. Se incorporó en la cama, aterrorizada. Un sudor frío perlaba su frente y su nuca.

"¿Quién eres?", exclamó.

"Soy exactamente quien tú crees que soy, querida"

Los labios de ella dibujaron un nombre que no llegó a salir de su garganta.

"No tienes por qué espantarte. Tú sabes que siempre he existido. Sólo que hasta hoy he sido invisible para ti"

"¿Y por qué has escogido precisamente hoy para aparecerte? Vengo de un via crucis, y estoy en gracia de Dios"

"Humm", sonrió Satanás. "Los creyentes no sois muy rigurosos con vosotros mismos. ¿Tan segura estás de que en ningún recoveco de tus pensamientos hay siquiera un asomo de pecado?"

Ella asintió con la cabeza, con vehemencia.

"¿Recuerdas cuando ibas a entrar en la iglesia junto al sacerdote y has tenido que apartarte porque el obispo tenía preferencia?"

Ella titubeó. "Eso ha sido sólo una contrariedad..."

Satanás chascó su lengua, feliz y apacible al mismo tiempo.

"No, querida. Ahonda sinceramente en tus sentimientos. Un poquito de envidia, reconócelo... Soberbia, también"

La mujer bajó la vista. El demonio, pensativo, examinó un anillo que brillaba en el dedo corazón de su mano izquierda.

"Y cuando ha sonado ese teléfono móvil en mitad de la cuarta estación, ¿qué le has deseado al dueño de aquel teléfono?"

"No ha sido más que un impulso", exclamó ella.

"Un impulso de odio, reconócelo. Te has arrepentido al instante, pero no has podido impedir que sucediera. Y en la décima estación, cuando Jesucristo era despojado de sus vestiduras, ¿no ha cruzado por tu mente una fugaz imagen.... lujuriosa?"

La mujer enrojeció.

"Bien. Ahora estamos en sintonía. Quiero decir, del mismo color tú y yo. De modo que iré al grano. He venido a hacerte una propuesta"

Entre las manos del diablo apareció de repente una bola de cristal.

"Acércate, no temas. Soy inofensivo. Esto que vas a ver aquí es tu futuro"

Ella adelantó su cabeza apenas unos centímetros. Evidentemente, le repugnaba la presencia del Príncipe de las Tinieblas. En el interior de la bola de cristal una niebla oscura se fue disipando, y en un paisaje de llamas retorcidas se vio entonces a sí misma trasponiendo un portón orlado de espinas y vidrios rotos. Su imagen aparecía desnuda y encorvada, y por su rostro angustiado se deslizaban lágrimas gruesas y ardientes.

"¡Qué horror!", exclamó, y se apartó instintivamente.

"Así es, querida. Está escrito. Algún día tú serás de los míos, y en mi Reino padecerás eternamente la furia del fuego y el hielo, la lascivia inextinguible de los sátiros telúricos, y los dolores del parto... sin llegar jamás a alumbrar criatura alguna.

La mujer estaba pálida, paralizada.

"Pero, ¿por qué tiemblas? Todavía no has escuchado mi propuesta"

"¿Qué propuesta?", musitó ella desmayadamente.

"Verás. Las cosas en el otro mundo no son exactamente como vosotros creéis. La frontera entre el cielo y el infierno no es tan terminante como os han contado. En realidad, según el día o las circunstancias, ellos y nosotros a veces podemos... negociar. ¿Me entiendes?"

Ella meneó la cabeza. No entendía.

"A ver, ¿cuál es el pecado más grave que has cometido jamás? Vamos, a mí me lo puedes contar..."

Atragantándose, la mujer dijo casi sin voz: "A veces le siso dinero de la compra a mi marido, para comprarme zapatos"

El diablo sonrió suavemente, enternecido. "Pero siempre le has sido fiel, ¿verdad? No, no hace falta que digas nada. Lo sé, lo sé. Pues bien, basta ya de rodeos. Para librarte del infierno sólo necesitas hacer una cosa: cometer adulterio. Si lo consigues, yo me encargaré de arreglar las cosas para que te cambien de destino. ¿Qué te parece?"

"Pero el adulterio es un pecado. ¿Cómo voy a ir después al cielo?"

"Verás. Allá arriba, si uno hace las gestiones adecuadas, hay un cierto grado de... digamos, manga ancha. No te extrañes. Al fin y al cabo, Dios es infinitamente bondadoso, ¿no es cierto?"

"Pero yo amo a mi marido. No podría irme a la cama con otro hombre aunque quisiera"

Satanás guardó la bola de cristal en un cuerno de rinoceronte que apareció de pronto en su mano derecha. "Entonces, querida mía, en mi Reino nos veremos. Entre tanto, disfruta. Te quedan todavía muchos años de vida"

"¡No! ¡Espera!"

El la miró con aires interrogantes. La fiel esposa se retorcía las manos. Respiraba con fuerza.

"Creo... creo que lo intentaré. Déjame intentarlo. No te prometo nada, pero lo intentaré. ¿Te parece?"

Satanás se encogió de hombros.

"Como comprenderás, a mí me da exactamente igual. En el infierno cabéis tú y mil millones como tú"

"Entonces... ¿por qué lo haces?"

El visitante enarcó las cejas sin darle importancia, en un gesto de cinismo impenitente.

"Es parte de mi oficio. Yo soy el espíritu del Mal, recuerda"





Faustina no sabía por dónde empezar. Del mismo modo que un fotógrafo, al mirar por el visor de su cámara, convierte la realidad cotidiana en paisajes llenos de significado, los hombres eran ahora de pronto un mundo nuevo para ella. Ahora había hombres de voz varonil y persuasiva, y hombres incapaces de venderte un bolígrafo. Había viejos dandis y jóvenes desgarbados, militares atléticos y oficinistas barrigudos, hombres sensuales y acicalados y hombres sin alma, pálidos e inexpresivos. Pero, cuando empezó a sentirse guapa otra vez y a vestirse como tal, lo que más se encontraba a todas horas eran hombres insinuantes. Y, a menudo, insistentes hasta el agotamiento.

Se decidió por el más insistente de todos. Más que nada, por ver si así la dejaba en paz. Se llamaba Mauricio, y lo había conocido en un café. Después de un larguísimo tira y afloja en torno a una mesa de la cafetería, Mauricio le abrió por fin la portezuela de su coche y se la llevó por una carretera serpenteante hasta un apartamento frente a una playa. El día estaba desapacible y la playa estaba desierta. Mauricio abrió las ventanas de par en par.

"¡Mira: el mar!", exclamó, eufórico por el trofeo femenino que estaba a punto de conseguir. Pero después de tantas curvas como habían recorrido, Faustina no se encontraba bien. Se había mareado, y todos los intentos de Mauricio por conducirla a su terreno fracasaron. Finalmente, a petición de ella, la dejó en una parada de autobús y se marchó. Ella compró unas pastillas para el mareo en una farmacia y regresó en el primer autobús.

Esa noche, la noticia más destacada en la televisión fue un pavoroso incendio en una pequeña localidad de los Alpes. Las llamas habían engullido varios edificios y los bomberos no conseguían reducir el fuego. Cuando la imagen se detuvo frente a la puerta principal del hotel Hellbrunn, que ardía por los cuatro costados, Faustina se estremeció. Había creído ver en aquella imagen las mismas puertas del infierno que vaticinaba la bola de cristal de su diabólico visitante. Procurando que su marido no se percatara apretó los puños, angustiada. Ya no dudaba. Tenía que sacar fuerzas de flaqueza y alcanzar su salvación.

Repasó mentalmente su lista de candidatos. No eran tantos. El repartidor de butano no le parecía tan repelente, pero llegaba siempre jadeando y sudoroso con su bombona a cuestas. Los amigos de su marido estaban descartados. No era que no se le insinuasen, sino que ella todavía conservaba un ápice de decencia. Por la misma razón, excluyó también de su lista a los maridos de sus amigas. Había también otros hombres que había conocido yendo de compras, o en el autobús. Pero todos le daban exactamente igual, y decidirse por uno de ellos era como deshojar eternamente una margarita. Necesitaba ampliar su lista. Se acercaba ya el verano y empezaba a hacer calor, así que tomó una decisión: a la mañana siguiente iría a la piscina.

Escogió un bikini muy atrevido, que realzaba sus encantos. Antes de salir de casa, se lo probó ante el espejo y contempló su figura en todas las posiciones. Se veía irresistible. ¿Algún hombre en la piscina podría no fijarse en ella? Pronto lo averiguaría.

De camino a la piscina, en el autobús, le sorprendió descubrir que estaba fantaseando. Pero su fantasía no tenía cuerpo ni rostro. Sólo sabía que aquella misma mañana un hombre, uno muy especial, se le acercaría y le pediría conversación. Y a ella, por primera vez en su vida, le encantaría sentirse deseada. A partir de allí, la fantasía se perdía en laberintos sin forma, agitados por pasiones profundas que ella nunca antes había sospechado. Se asustó. Satanás lo estaba consiguiendo, se dijo. Y se puso en guardia.




Mientras su lengua recorría gozosamente los contornos de aquel helado de fresa, sus ojos percibían las miradas, no siempre disimuladas, de los varones que habían advertido su presencia en el césped de la piscina. No eran pocos. Se encogió levemente de hombros. "Si tanto me desean, que compitan por mí", se dijo. Y aquel pensamiento le produjo un cosquilleo delicioso que recorrió su espalda desde la nuca hasta la rabadilla. Se tumbó en la hierba y abrió la revista de moda que traía en el bolso.

"Disculpa", dijo una voz de hombre junto a ella. ¿Sabrías decirme a qué hora empiezan las clases de natación?"

Faustina cerró la revista y lo miró, aparentando indiferencia.

"Lo siento. No tengo ni idea", respondió. "Es el primer día que vengo a esta piscina"

No era ni guapo ni feo, pero el tono de su voz tenía algo especial que la atraía y, al mismo tiempo, la ponía a la defensiva. ¿Será él?, se preguntó.

"Bueno. Esperaré un poco más, a ver si viene el monitor", replicó el hombre. "Me llamo Tomás, y soy italiano", añadió. Y, sin pedir permiso siquiera, se sentó junto a ella.

Ella se dejó estrechar la mano. A continuación, hizo visera con la otra mano y oteó el horizonte.

"Faustina", se presentó ella por fin. "Mucho gusto"

"¿Estás esperando a alguien?", preguntó él.

Ella dudó unos instantes.

"Pues sí", contestó. "Pero... no estoy segura de que venga hoy"





Nunca había experimentado lo que sintió cuando Tomás, con dedos trémulos, desprendió de su cuerpo la pieza inferior de su bikini. El balcón estaba abierto de par en par, y a través de él el sol acariciaba sus cuerpos desnudos sobre las sábanas. No sentía pudor. Una vez más, se abandonó a un beso apasionado y dejó que la mano del hombre guiara la suya hasta el cuerpo de él. Un volcán interior se apoderaba de ella. ¿Cómo era posible? ¡Se sentía tan viva...! Hasta aquella mañana, jamás había sospechado que hubiera también un cielo en la tierra.

Y el volcán creció, y creció, hasta que Faustina perdió la noción del tiempo y del espacio, engullida por sus llamas. Y en aquel instante el cielo y el infierno se fundieron en una única marejada de gozo terrenal.

No había duda. Era él.





"Me has sorprendido, querida. Lo has conseguido en menos tiempo del que yo esperaba"

Desde lo alto de la biblioteca, donde aparecía sentado ahora, Satanás la miraba con ternura y un punto de ironía.

"¿De verdad te ha sorprendido? Creí que eras capaz de adivinar el futuro", dijo Faustina.

"No exactamente", repuso el diablo. "En realidad, puedo inventar cuantos futuros quiera, pero no puedo estar seguro de que se cumplan"

"Entonces ¿el destino no existe?"

"No, que yo sepa. Verás. Tengo que confesarte algo terrible: te he mentido"

"Raro sería que el demonio dijera la verdad"

Ella se ajustó el escote de la bata. Por un instante, le pareció que Satanás la miraba con ojos lascivos.

"Es que yo no soy el demonio, querida"

Faustina dejó de cepillarse el cabello y lo miró fijamente.

"Bromeas"

"No. Yo no soy el demonio, porque el demonio no existe"

"¿Estás jugando conmigo?"

Satanás observaba ahora con gran interés las oscilaciones de un yoyó que había aparecido de improviso en su mano.

"En absoluto"

"¿Quién eres tú, entonces?"

"Dios"

Al decir esto, Satanás cambió de color y se tornó de un azul maravilloso. Faustina entonces sintió una música celestial que invadía la habitación y penetraba hasta sus huesos. Era tan relajante como el sonido de la lira en la nube de aquel antiguo sueño. Sus párpados se entornaron, y el cepillo que sujetaba su mano cayó al suelo.

"Yo solamente creé el universo. No tengo ningún poder sobre los humanos", dijo Dios. "Aunque, naturalmente... puedo tratar de convencerlos". Y sonrió.

"Pero... el bien y el mal... El cielo y el infierno...", balbució Faustina, desconcertada.

"Hay un cielo en la tierra: el que tú acabas de conocer. Y también hay un infierno, y harías bien guardándote de él. En cuanto al bien y el mal, yo sólo he creado los átomos y la luz, y todas esas cosas". Sus cejas se curvaron como implorando piedad. "Quizá me salió mal el experimento"

"Pero entonces has creado un mundo absurdo. No hay nadie que premie a los buenos o castigue a los malos"

"A veces sí, y a veces no, tú misma lo sabes. Yo no tengo nada que ver en eso"

"De modo que no eres ese Padre infinitamente bondadoso del que hablaban los profetas"

"A alguien se le ocurrió esa idea, hace muchos años. Una idea brillante, lo reconozco"

El yoyó ascendió velozmente por el bramante que lo sujetaba y Dios cerró la mano sobre él.

"Ahora tendrás que disculparme", se excusó. "Hay todavía unas cuantas galaxias por ahí que aún no se han enterado de estas cosas. Ha sido un placer hablar contigo"

"¡No, espera!", exclamó Faustina. Dios sonreía aún, aunque inmóvil, como una estatua del Buda.

"Hay una cosa más que necesito saber", imploró ella. "¿Existe el más allá?"

Su pregunta resonó como un eco por la habitación, largo rato. Pero Dios había desaparecido.


Creative Commons License
This work is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 3.0 Unported License.

miércoles, 27 de diciembre de 2017

El Fénix catalán

La Cataluña que yo amé no ha muerto. A pesar del intento de incinerarla perpetrado por una pandilla de palurdos medievales autodenominados 'nacionalistas', la verdadera Cataluña, la Cataluña que no ha perdido el tren de la historia, creativa y sensata, rauxa y seny al mismo tiempo, ha resurgido de sus cenizas. Héla aquí:

http://www.bcnisnotcat.es/

Ojalá que algún día ellos lleguen a ser el verdadero motor de una España demasiado enquistada también en el provincianismo y en el conformismo suicida. Muchos ánimos, tabarneses. Desde la distancia del exilio os deseo lo mejor, de todo corazón.

Mucho mejor así:



Creative Commons License
This work is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 3.0 Unported License.

lunes, 25 de diciembre de 2017

Viajar en el tiempo

Todos hemos deseado alguna vez viajar en el tiempo. Y lo hemos hecho. Rebobinando las películas en videocassette, en los años 90, o apretando la tecla 'Deshacer' en nuestra pantalla, todos o casi todos hemos viajado en el tiempo. Pero, incluso aunque no hiciéramos nada o nos quedáramos dormidos, estaríamos también viajando en el tiempo, querámoslo o no, a la inexorable velocidad de 60 minutos por hora. El problema es que, hagamos lo que hagamos, el tiempo siempre termina arrastrándonos en una única dirección.

El tiempo es también un viaje desde el orden hacia el desorden. Un vaso puede romperse en mil pedazos, pero esos mil pedazos nunca se levantarán solos del suelo para volver a juntarse en el vaso y dejarlo como estaba. Es cierto, podemos recogerlos uno por uno y después pegarlos, pero para eso tendremos que mover unos cuantos músculos, y para mover esos músculos necesitaremos una energía que sólo podemos conseguir desordenando alimentos en nuestro estómago. No hay escapatoria. Y, por si esto fuera poco, la teoría de la relatividad nos dice que para viajar en el tiempo hay que conseguir moverse más aprisa que la luz.

La velocidad de la luz es una barrera que divide dos mundos. En el nuestro, por mucho que aceleremos no podremos jamás alcanzarla, porque necesitaríamos una cantidad de energía infinita. Al otro lado de la barrera, un objeto podría moverse más aprisa que la luz, pero nunca podría frenar hasta alcanzar la velocidad de la luz, porque para ello necesitaría también una energía infinita. Cosas de la física.

En realidad, ni siquiera sabemos lo que es el tiempo. No sabemos si es infinitamente continuo o si está hecho de átomos, como la materia. No sabemos si en algún confín remoto del universo, o en algún futuro o pasado lejanísimos, el tiempo se curva sobre sí mismo y un paseante podría encontrarse con su bisabuelo a la vuelta de la esquina. En el interior de un agujero negro, si se dieran las condiciones adecuadas, retroceder en el tiempo sería posible, pero entonces no sería posible retroceder en el espacio.

Muchos físicos se han devanado los sesos con la teoría de la relatividad para encontrar soluciones que permitan viajar en el tiempo. El problema no es que tales soluciones no existan, sino que en nuestro universo no parecen realizables. Quizá la más interesante es la que propuso el físico mexicano Miguel Alcubierre en 1994, que consistiría en contraer el espacio por delante de nuestra nave y expandirlo por detrás. Pero ni siquiera sabemos si sería materialmente posible construir un aparato que hiciera eso.

Otra solución es la que propuso el físico ruso Serguéi Krasnikov en 1995, y que es conocida como el “tubo de Krasnikov”. El tubo de Krasnikov es algo así como un agujero de gusano, cuyas paredes no estarían hechas de materia, sino que serían una distorsión del espacio-tiempo. Si fuera posible viajar en un tubo de Krasnikov, un astronauta tardaría sólo un año y medio en recorrer 3000 años-luz. El único problema es que, a su regreso, en nuestro planeta habrían transcurrido 6000 años, y su novia probablemente se habría cansado de esperar.

En teoría al menos, también sería posible viajar en el tiempo si pudiéramos construir un cilindro de longitud infinita y hacerlo girar muy aprisa, tal como propuso Frank Typler en 1974. Pero ¿cómo vamos a construir un cilindro infinito si ni siquiera sabemos si nuestro universo tiene fin? Además, no debemos olvidar el problema más grave: si un crononauta malvado viajara al pasado y consiguiera matar a su tatarabuelo antes de que tuviera descendientes, entonces el asesino no podría haber nacido, y por lo tanto desaparecería al instante. Justicia poética... Para resolver esta paradoja, algunos físicos argumentan que los viajes en el tiempo en realidad nos llevarían a un universo paralelo, donde el malvado crononauta podría hacer de las suyas sin por ello dejar de existir.

La fantasía de viajar en el tiempo existe desde hace milenios. Aparece ya en el Mahabárata, el libro sagrado de la religión hindú, que fue escrito hace casi 3000 años. Fue evocada también por un discípulo de Buda, en el siglo VI antes de nuestra era. Y una leyenda japonesa del siglo VIII nos cuenta la historia de Urashima Taró, un pescador que habría viajado 300 años hacia el futuro. En literatura, la novela más conocida es La máquina del tiempo, de Herbert George Wells, pero muy pocos saben que un español se le adelantó en ocho años. Aquel pionero de la ciencia ficción fue un diplomático madrileño llamado Enrique Gaspar y Rimbau, y su novela se titulaba El anacronópete.

Gaspar y Rimbau fue un niño prodigio. Era hijo de actores, y escribió su primera zarzuela a los 13 años. Un año después era ya columnista de La ilustración valenciana, y al año siguiente su madre llevó a la escena su primera comedia. Gaspar se casó con una aristócrata, y a los 27 años entró en el cuerpo diplomático, que lo llevó a lugares del mundo tan diversos como Grecia, Francia, China, Macao y Hong Kong.

El anacronópete, que significa algo así como 'aquello que vuela al revés que el tiempo', era una caja de hierro movida por energía eléctrica. La energía servía no sólo para propulsar la nave, sino también para generar un fluido -el 'fluido García'- que rejuvenecía a los pasajeros a medida que viajaban hacia el pasado. En el interior de la nave había maravillas tecnológicas tan sorprendentes como una escoba que barría sola. El inventor de aquella extraña nave era el científico zaragozano Sindulfo García, y entre los pasajeros había varias ancianas francesas de 'moral reprobable' que el alcalde de París había enviado para que se rejuvenecieran, a ver si así retornaban a las buenas costumbres.

La trama de la novela es rocambolesca. El viaje en el tiempo los lleva primero a la batalla de Tetuán, y después a Granada en el año 1492. La expedición se aleja después hasta el año 220 en China, donde el emperador explica a los viajeros que los chinos por aquellas fechas ya habían inventado la imprenta. Entre tanto, mientras el emperador les pide que le entreguen a la pasajera Clarita a cambio del secreto de la inmortalidad, la momia de la emperadora, que don Sindulfo había metido en la nave al emprender el viaje, rejuvenece tanto que resucita, y le pide a Sindulfo que se case con ella. Pero Sindulfo en realidad ama a Clarita, que a su vez... está enamorada del capitán. El enredo está servido.

Finalmente, después de visitar Pompeya durante la erupción del Vesubio y seguir alejándose en el tiempo hasta los días del diluvio universal, el enloquecido don Sindulfo aprieta al máximo el acelerador, y al llegar al origen del universo la nave termina... explotando.

* En agosto pasado, cuando escribí mi cuento 'La caja fuerte', no tenía ni idea de la existencia de la novela de Gaspar y Rimbau. Anoche, cuando leí la descripción del anacronópete, me faltó poco para dar un respingo: una caja de hierro que viaja en el tiempo... ¿Sorprendente coincidencia, o recuerdos del futuro? Se me ocurre que quizá ninguna de las dos cosas. ¿Es posible que yo en realidad sí hubiera leído alguna vez algo sobre aquella novela y, simplemente, lo hubiera olvidado? Es lo mas probable. Pero lo cierto es que no recuerdo absolutamente nada, maldita sea.

martes, 19 de diciembre de 2017

Enfermos de fanatismo (II)

"Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla", escribió Antonio Machado.

La mía, no. Mi infancia son recuerdos de una ciudad inhóspita, con habitantes inaccesibles como coches de choque y cielos de acero hasta donde alcanzaba el horizonte. Sólo que, una vez al año, allá por las últimas canículas de junio, mi horizonte se ensanchaba hasta llegar al mar.

De aquel mar recuerdo pocas cosas, pero todas intensas y balsámicas. Era la cura de diez meses fríos y adoquinados, inacabables. Recuerdo bandadas de peces plateados a pocos pasos de la orilla, diminutos cangrejos de color de arena y huellas de pájaros en zigzags caprichosos que llegaban hasta las dunas. Allí no había luz eléctrica ni agua corriente, pero había seres humanos, y entre los juncos zumbaban las libélulas. Y, por las noches, allá en lo alto, un océano mágico de estrellas.

Ya te he relatado alguna vez la llegada de los alcoyanos. Aparecieron una mañana, en la playa, acompañados de un carro tirado por un caballo y cargado de enseres. Mis recuerdos son borrosos, porque yo era muy pequeño, pero tengo la certeza de que no se alojaban en ninguna de las casas del lugar. Con cañas cortadas y atadas entre sí, construyeron sobre la misma arena varias empalizadas rectangulares, y allí dentro echaron los colchones que habían traído de casa para pasar las vacaciones de verano en la playa. No necesitaban más.

Eran varias familias, y venían de Alcoy. No recuerdo sus rostros ni sus edades. Recuerdo sólo su alegría contagiosa, su sentido del humor indestructible, y aquella lengua vernácula que me fascinó desde el primer instante. Era imposible no amar aquel habla valenciana melodiosa y certera, que desbordaba de ingenio y alegría de vivir.

Los alcoyanos venían todos los veranos, y se quedaban en la playa casi todo el mes de julio. Con el paso del tiempo, el añoso carro fue sustituido por un automóvil, y las cabañas en la playa por viviendas de alquiler. Incluso hubo quien se compró su propio chalecito, no lejos de donde nosotros veraneábamos. Años después, algunos de los hijos de aquellos alcoyanos se hicieron amigos mios. Fue un privilegio.

Muchos de los días más felices de mi vida los he vivido en valenciano, y la región valenciana ha sido para mí la quintaesencia del Mediterráneo. Sí, del mismo Mediterráneo en el que Zenón concibió la paradoja de la flecha y en el que Odiseo supo burlar al gigante Polifemo. En cuanto pude, ya en los primeros años de la Universidad, me escapaba a menudo de Madrid para ir a visitar a mis amigos alcoyanos, que por aquel entonces estudiaban en Valencia.

Cuando acabé la carrera, un día, harto ya de aquel esperpento medieval al que sus habitantes llaman Madrid, me subí a mi furgoneta desvencijada y, después de muchas vicisitudes, terminé instalándome en un pueblo de Valencia. Allí me curé de mi mal de amores y reuní fuerzas para emprender la que sería la principal etapa de mi vida. Todavía conservo algunos buenos amigos de aquella parada y fonda, pero de entonces acá el mundo ha dado muchas vueltas, y la Valencia que yo amé es ahora ya un espantajo irreconocible.

Siguiendo las huellas de Cataluña, el nacionalismo regional ha secuestrado la lengua y el espíritu valencianos, los ha pervertido y los ha convertido en un instrumento de poder. La región valenciana ya no es el Mediterráneo de Homero y de Parménides. Ahora todo en ella está impregnado de ideología. Ideología xenófoba y ridícula, acunada en fantasías totalitarias. Valencia no es un imperio. Ni siquiera un Estado. Valencia ahora no es nada, o apenas nada. Apenas un aspirante a gulag, una caricatura de la Inquisición, un Quijote sin Rocinante. Un páramo cultural gobernado por psicópatas.

Ya no amo la lengua valenciana. Ahora detesto todo lo valenciano, porque detrás de todo aquello que un día amé sólo veo a unos nazis grotescos moviendo los hilos de su propia vanidad. No tienen futuro, pero están tan pagados de sí mismos que ni siquiera se dan cuenta. Son un tren lanzado hacia el abismo, y con él arrastrarán a los nietos embrutecidos de aquellos valencianos maravillosos que yo amé y admiré, y con los que he vivido algunos de los mejores momentos de mi vida.


Creative Commons License
This work is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 3.0 Unported License.

sábado, 11 de noviembre de 2017

El asalto final

Viento del este, viento del oeste

Animado por la reciente iniciativa Hablamos Español, he acudido esta mañana a una manifestación, aunque he de confesar que no sé exactamente qué era lo que se reivindicaba. Lo que yo quería manifestar era que la política lingüística de esta comunidad autónoma me impide el uso normal del español en España. Suena raro, ¿verdad?

Suena raro, y lo es. Pero los motivos de quienes se han manifestado esta mañana no eran exactamente los mismos que los míos. De hecho, había una alarmante confusión al respecto. Para empezar, la inmensa mayoría de los manifestantes enarbolaban banderas. Es cierto, la bandera de España representa un territorio en el que rige una Constitución, que en particular ampara el derecho de sus ciudadanos a usar libremente la lengua nacional. Pero una bandera puede simbolizar muchísimas más cosas, y no todos tenemos por qué coincidir en ellas.

Tal vez estoy siendo demasiado inflexible. Descenderé, pues, un peldaño y supondré que la bandera española representaba el anhelo de unidad de la patria frente al secesionismo de una parte de Cataluña y a los designios de los gobernantes valencianos de ser anexionados por Cataluña mediante la implementación de un plan cuidadosamente diseñado. Pero, si lo que se reivindicaba era la unidad de la patria, ¿por qué la inmensa mayoría de los manifestantes enarbolaban también la bandera autonómica?

Es más, muchas de las pancartas estaban escritas en valenciano, otras hablaban de bilingüismo, y otras se referían al español como 'castellano'. No era eso lo que yo quería reivindicar, pardiez.

Los argumentos de los manifestantes con los que pude hablar eran también de lo más pintoresco. Una señora acusaba nada menos que a Rusia del independentismo catalán, simplemente porque se lo había dicho una hija suya que vive en Washington. Otra señora clamaba que lo que había que hacer era votar a Vox, un partido que no ha obtenido todavía ni un solo diputado en el parlamento español. Alguno que otro pedía el consabido "Puigdemont a prisión", y más de uno clamaba contra la 'catalanización' de la región valenciana.

Lo más alarmante de todo era la ausencia casi absoluta de jóvenes. A ojo, calculo que menos del uno por ciento de los manifestantes tenían menos de 30 años, y de ellos prácticamente todos eran niños que acompañaban a sus padres. Que nadie piense que en esta ciudad no hay jóvenes. Sin duda muchos estaban durmiendo la mona después de una noche de viernes apoteósica, pero Zara, la tienda de Apple o los grandes almacenes hervían de gente joven a la que, aparentemente, les trae sin cuidado en qué idioma los manipulan, los adoctrinan o los desalfabetizan.

Ante aquel desfile de clases pasivas con banderas contradictorias, en buena parte venidas en autocar desde pueblos circundantes, me embargó una desolación difícil de describir. Durante décadas nadie los ha defendido, y durante décadas ellos tampoco han sabido o se han molestado en defenderse. Todo lo que se les ocurre ahora, cuando ya es demasiado tarde, es manifestarse con sus vísceras y sus banderas. No son conscientes de que lo que tienen enfrente es un verdadero ejército en la sombra, perfectamente organizado. Un ejército que tiene ya argumentos, intelectuales, estrategia, poder y un sofisticado aparato de propaganda. Y que está determinado a usar todas esas armas hasta salirse con la suya.

Esta pobre gente cree que la bondad puede derrotar a la maldad por las buenas. Ellos son incapaces de cortar carreteras o vías de tren, de manipular a sus hijos ante las cámaras, de verter falsas acusaciones, de hacerse golpear por un policía blandiendo su bandera para después difundir la instantánea en los medios de comunicación internacionales. No tienen líderes. No tienen planes. No tienen estrategia. No son conscientes de su propia inferioridad, y ni siquiera saben claramente lo que quieren. Tienen la batalla perdida de antemano y, si tienen suerte, dentro de diez años la destrucción de España quedará consumada sin más violencia de la estrictamente necesaria.

Claro, que tendrán que tener mucha suerte. Para entonces, yo espero no estar ya aquí.

Creative Commons License
This work is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 3.0 Unported License.

sábado, 14 de octubre de 2017

Enfermos de fanatismo (I)

Ya te he hablado alguna vez de aquellos meses que pasé en Inglaterra. Yo no había cumplido aún los diecinueve años, y para mí todo era nuevo.

La familia con la que vivía era muy buena gente. Casi lo primero que me preguntaron a mi llegada fue si yo era católico. Ellos eran protestantes y, sabiendo que yo venía de un país católico, seguramente les preocupaba la circunstancia de que, ni en Warrington ni en muchas millas a la redonda, había una sola iglesia de aquella confesión.

Les escandalizó oírme responder que yo "no tenía ninguna religión", pero no por ello me juzgaron, y nunca más volvieron a sacar el tema a colación, salvo quizá en algún que otro comentario suavemente irónico contra el Papa de Roma.

Como yo era nuevo en la ciudad, Irene se apresuró a presentarme a otros jóvenes de mi edad. Durante días, desfilaron por 105 Hallfields Road chicos y chicas de distintas aficiones y formas de pensar. Supongo que yo era para ella un enigma. Viniendo yo de un país por aquel entonces tan desconocido, ni Irene ni sus padres tenían referencias para averiguar cómo acomodarme en aquella sociedad, en una ciudad en la que yo era el único extranjero. Cuando supieron que yo no fumaba ni bebía alcohol, llegaron incluso a proponerme que visitara la YMCA, una asociación de jóvenes cristianos en la que yo habría encajado más o menos como una cigarra en un hormiguero. Con el tiempo comprendieron que lo que yo más detestaba de mi país de origen era la omnipresencia de la religión católica y su cruzada enfermiza contra la sexualidad.

De todos aquellos muchachos que me presentaron, sólo dos terminaron siendo amigos míos. Ellos eran amigos entre sí, y de carácter completamente opuesto. Brian era un vividor, amante de las fiestas y de las faldas, mientras que John era tranquilo y reflexivo. John era el que más a menudo me llamaba o me venía a visitar. Formaba parte de un grupo de teatro, y tenía una pronunciación exquisita, que era para mí un recurso valiosísimo en aquella ciudad en la que todos hablaban con un tremendo acento "Lancashire".

Nos hicimos muy amigos. Una mañana, me llamó por teléfono. Sus padres estarían fuera todo el día y me invitaba a comer en su casa. El mismo cocinaría. Cuando me presenté ante su puerta, John, efectivamente, me recibió con un delantal a la cintura y una espumadera en una mano. Estaba ya preparando la comida. Charlamos animadamente y, cuando la comida estuvo lista, nos sentamos a comer.

A los postres, John se las arregló para sacar el tema de la homosexualidad, del que yo por entonces no sabía gran cosa. Mientras hablaba, me miraba con arrobo. Cuando finalmente me dijo que él era homosexual, comprendí. John no era un hombre promiscuo. Probablemente se había enamorado de mí, y abrigaba esperanzas de ser correspondido. Pero no pudo ser. Respondí que, lamentándolo mucho, yo no era homosexual, y seguimos tan amigos. Nadie juzgó a nadie, y él siguió visitándome y llamándome para salir exactamente igual que antes. John era un gran tipo, y todavía guardo un recuerdo muy afectuoso hacia él.

Tiempo después, ya de regreso en España, se empezó a hablar en público de la realidad homosexual. Nunca he entendido que haya personas que desprecien a los homosexuales, del mismo modo que nunca he entendido cómo a alguien le pueden repugnar los negros por el hecho de serlo. El cerebro humano es complejo pero, aun así, una cosa es la repugnancia personal y otra el rechazo social. Yo acogí con entusiasmo aquellas primeras reivindicaciones, hasta el punto de que en mi primer trabajo tardaron algún tiempo en darse cuenta de que yo no era homosexual.

Antes de continuar, tengo que decir que en ninguno de mis múltiples trabajos en distintos países he tenido conocimiento de que alguien fuera discriminado por ser homosexual, negro, judío o imbécil, aunque a veces me he preguntado por qué los imbéciles representan un porcentaje tan alto del contingente laboral. Tal vez es simplemente un reflejo de la propia sociedad.

Pero llegó 1989 y cayó la Unión Soviética. En pocos meses, la izquierda mundial quedó desarbolada y huérfana. A la vista de los aires de libertad que empezaron a correr por tantos países hasta entonces sojuzgados, uno pensaba que el modelo socialista había quedado -¡por fin!- definitivamente desacreditado. Pero parece haber una ley genética inexorable que dicta que la maldad nunca desaparezca de las interacciones humanas.

Desde luego, lo que habían quedado desacreditadas eran las consignas del obrero explotado por el capitalista explotador. En Europa la clase media vivía bien -espléndidamente, en comparación con los países más pobres-, y el primero de mayo se había convertido simplemente en un día de excursión. El socialismo, tal como lo habían idealizado quienes no lo conocían, era ya imposible. Pero las ansias totalitarias del ser humano son una hidra, y por cada cabeza que le cortan le crecen dos.

En contra de lo que muchos piensan, las revoluciones no tienen nada que ver con la justicia, sino con el poder. La justicia social es sólo una de las muchas coartadas de quienes, en el fondo, lo único que pretenden es mangonear sin límites. Es el viejo arquetipo freudiano de matar al padre. Por eso, a partir de los años 90, el énfasis de las reivindicaciones se fue desplazando poco a poco hacia grupos que hasta entonces habían sido marginales. Así surgió el movimiento 'gay', que los políticos de izquierda decidieron adoptar como aliado para no desaparecer de la escena política. El precio a pagar fue una ideología que, a medida que se consolidaba en el poder, se fue radicalizando hasta llegar a extremos delirantes. Y alarmantes.

Ahora ya no basta con reconocer la obviedad de que hay personas homosexuales. Además, hay que desdibujar las diferencias entre hombres y mujeres, poner en duda la familia tradicional (que es la que nos permite sobrevivir como especie) y otorgar a los homosexuales el 'derecho' a adoptar un niño (pero no a los niños el derecho a tener un padre y una madre, como en el resto del reino animal). Si yo aseguro ser un millonario en el cuerpo de un pobre, lo más que voy a conseguir es que se rían de mí, pero si declaro ser una mujer en un cuerpo de hombre la sanidad estatal tiene la obligación de dispensarme un costoso tratamiento con cargo, en parte, al bolsillo de los millonarios injustamente clasificados como pobres.

Pero cuando los fascismos llegan realmente a su apogeo es cuando involucran a los niños. La idea de que unos individuos puedan entrar a una clase infantil a predicar tales ideas y sembrar la confusión entre unos niños indefensos cuya mente está aún en proceso de formación me produce náuseas.

A John lo perdí de vista hace muchos años, pero todavía tengo una buena amiga que es lesbiana. Sigo sin tener nada contra las personas homosexuales, gordas, hermafroditas o calvas, pero el movimiento LGTBIJKXYZ me produce repugnancia. No le doy muchos años de vida. Justo el tiempo que tarde nuestra civilización en terminar como tantas otras civilizaciones que pasaron a los libros de historia.

Creative Commons License
This work is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 3.0 Unported License.

jueves, 21 de septiembre de 2017

Hablamos español

Hace ya muchos años que muchos ciudadanos, como yo, salíamos a la calle en masa gritando "¡Libertad! ¡Libertad! ..." Hoy, medio siglo después, somos también muchos los que deseamos salir a manifestarnos por la libertad que estamos perdiendo. Como dijo Edmund Burke, "el precio de la libertad es la vigilancia permanente". En España hace tiempo que dejamos de pagar ese precio, pensando quizá que la libertad era un regalo. Antes de que sea demasiado tarde, tenemos que comprender que en la vida nada es gratis.

El idioma español no es sólo lo que hablan los niños a escondidas en los recreos de los colegios de Cataluña. El idioma español es también Cervantes, La Celestina, Cien años de soledad, Góngora, Pérez Galdós, Quevedo, los Naufragios de Cabeza de Vaca, Garcilaso, Baroja, Los Panchos, Pablo Neruda, Valle-Inclán, Berlanga, Juan de la Cruz, Borges, Luis Buñuel, La verbena de la Paloma, Vicente Aleixandre, Emilia Pardo Bazán, Vargas Llosa, La Coruña, Calderón de la Barca, Fernando Arrabal, Platero y yo, Gerona, La regenta, Makoki, Caro Baroja, Tip y Coll, Lérida, Miguel Delibes, Alfanhuí, Faemino y Cansado, Antonio Mairena, Alejo Carpentier, Juan Marsé, Carlos Gardel, Unamuno, Menéndez Pidal, Juan Valera, Gerardo Diego, García Lorca, Orense, María Moliner, Juan Manuel Serrat, Camilo José Cela, Jorge Manrique, Albert Boadella, el Lazarillo de Tormes, el Agujetas, Tirso de Molina.

Fue la lengua que hablaron Ramón y Cajal, Torres Quevedo, Simón Bolívar, Salvador Dalí, Velázquez, Goya, Albéniz, Falla, Diego de Ortiz, Severo Ochoa, El Cid, Cristóbal Colón, Pancho Villa, y quienes construyeron las catedrales de Burgos, León o Santiago de Compostela. En español se han cantado durante siglos jotas, nanas, bulerías, tangos, fandangos, soleares y habaneras. En español hablaron todos mis antepasados desde hace por lo menos cinco siglos, y en español se transmitieron las recetas del cocido, el gazpacho, la tortilla de patatas, las migas, la morcilla, las torrijas. En español se ha comerciado, se ha amado, se ha maldecido, se ha llorado.

Nuestra cultura, la cultura de los que hablamos español, no es ninguna minucia. Es una cultura centenaria que compartimos muchos millones de personas a ambos lados de dos océanos --los océanos más grandes de nuestro planeta. No dejemos que erradiquen nuestra lengua ni nuestra cultura. Luchemos por nuestra propia identidad y, sobre todo, por nuestra libertad:

http://www.hispanohablantes.es/como-puedes-ayudar.php


Creative Commons License
This work is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 3.0 Unported License.

domingo, 17 de septiembre de 2017

Guionistas

No sé quién sacó la moda de atribuir todo el mérito de las películas a sus realizadores, pero los guiones son mérito exclusivo de los guionistas, cuyos nombres rara vez alcanzan la fama. El director lo único que hace es seleccionar (o encargar) un guión y llevarlo a la pantalla con mayor o menor acierto. Un ejemplo típico fue Berlanga, a quien se atribuyen casi todos los lustres que en realidad eran de Rafael Azcona. Un antiejemplo fue Ed Wood, que escribía sus propios guiones y que está ampliamente considerado como el peor director y guionista de la historia del cine.

Un caso intermedio fue la película Casablanca, basada en una obra teatral previa, y en cuyo guión participaron varios guionistas al mismo tiempo. La Casablanca que todos conocemos hoy fue lo que fue por puro milagro. Se rodó en 10 semanas, totalmente improvisada, batallando con la censura, y prácticamente toda en estudios. La línea final ("Louis, I think this is the beginning of a beautiful friendship") fue escrita después de terminar el rodaje, y hubo que llamar a Bogart un mes después para que acudiera a leerla. Durante todo el rodaje, Ingrid Bergman ni siquiera sabía a cuál de los dos hombres amaba realmente su personaje. Y, debido a la diferencia de altura entre ella y Bogart, que era 5 cm más bajo, Curtiz pidió a éste que para las escenas románticas se apoyara sobre unos ladrillos y, en el sofá, sobre unos cojines.

El tema más famoso de la película, "As time goes by", estaba ya escrito, y pertenecía a la obra teatral original. Max Steiner, a quien se encargó oficialmente la música de la película, quería escribir su propia banda sonora, pero Ingrid Bergman ya se había cortado el cabello para su siguiente película y no pudo rodar de nuevo las escenas ya filmadas. Precisamente aquellas que hicieron de la película un mito.

Y lo más divertido de todo: la escena final del aeropuerto fue filmada con un avión de cartón. Para que el avión pareciera más convincente, se esparció niebla artificial por todo el estudio, y se usaron extras enanos para dar mayor perspectiva a la imagen.

Los intelectuales, siguiendo su costumbre, han visto en aqulla película lo que han querido. El insoportable Umberto Eco escribió que "se mire como se mire, Casablanca es una película muy mediocre." Le atribuía "escasa credibilidad psicológica, y poca continuidad de sus efectos dramáticos". Casualmente, eso es lo que yo habría dicho de El nombre de la rosa, o de El péndulo de Foucault. Para mí, en cambio, esa magia de guiñol bien hecho es, precisamente, la verdadera magia del cine.

Porque, para el verdadero creador, la escasez de medios es a menudo el mejor acicate. El cine en blanco y negro, los dibujos animados planos, el blues primigenio o las representaciones teatrales espartanas tienen un potencial expresivo que pocos creadores contemporáneos alcanzan. El exceso de medios nos ha abocado a un barroco vertiginoso en el que las ideas, recicladas una y otra vez, sólo sorprenden a las nuevas generaciones, que no han conocido los clásicos. Un ejemplo sobresaliente es la película Matrix, en la que yo no encontré ni una sola idea original y que, sin embargo, para muchos jóvenes es ya todo un mito.

Siempre que menciono este tema me acuerdo de la iglesia de Santa Maria Novella, en Florencia. Hace algunos años me alojé en un hotel cercano, desde cuya ventana se podía ver entera la fachada de aquella iglesia. Es una fachada de aspecto modesto, cuyo contorno superior es simplemente una línea curva sin pretensiones. Pero las proporciones de aquella curva sugieren todo un universo de armonías geométricas. Para mí, aquel contorno es el ejemplo supremo del arte: expresar mucho con pocos medios.

Por eso me gusta particularmente el lenguaje de los guiones de cine. Pero mis escasas incursiones en el género han sido frustrantes. El guionista es tratado, por lo general, como una especie de palanganero del director y, a menudo también, del productor e incluso de los actores. He visto películas abominables basadas en guiones magistrales, y uno está tentado de pensar que el cine actual mejoraría mucho si los guionistas pudieran producir sus propias películas. Pero los años del llamado 'cine de autor' produjeron algunas de las películas más soporíferas del séptimo arte, particularmente en Francia.

Aunque quizá lo malo de aquel cine no fue la autoría, sino la ideología de sus autores. Esperemos, pues, que algún día un nuevo cine independiente consiga sorprendernos y emocionarnos como a muchos nos emocionan todavía aquellas maravillosas escenas improvisadas de Casablanca.


Creative Commons License
This work is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 3.0 Unported License.

domingo, 27 de agosto de 2017

¿Sano o malsano?

Recuerdo vagamente que, allá por los años 70, algunas publicaciones empezaron a 'informar' de estudios científicos que indicaban que el aceite de oliva era nefasto para la salud. Eran los tiempos en que el mundo se encaminaba todavía hacia una glaciación, y sólo diez años antes muchos médicos habían instalado en sus consultas aparatos de rayos X para atisbar mejor las interioridades de los pacientes. A mí me metieron varias veces en uno de aquellos aparatos, durante periodos de tiempo que hoy estarían considerados alarmantes.

Un día, mi médico de cabecera se puso un peto de protección para examinarme por rayos X, y algún tiempo después el aparato había desaparecido de la consulta. Aquel médico no vivió muchos años, y apostaría a que no fue el único de los que se fiaron de los 'avances' de la medicina.

Cuando yo era niño, las moscas y los mosquitos los combatíamos con DDT. Mi madre rociaba la habitación usando un pulverizador que había que accionar empujando un émbolo en su parte trasera, y las moscas caían.. como moscas. Todos los objetos de la habitación quedaban impregnados de DDT, y el depósito del insecticida, que había que rellenar de cuando en cuando, solía rezumar DDT, que iba a parar a nuestras manos, sin que nadie corriera inmediatamente a lavárselas con celo de cirujano.

De hecho, algún que otro barman de Estados Unidos añadía DDT a ciertos cócteles para darles un toque exótico. Nunca tuve noticia de intoxicaciones por DDT, y en muchos países de Africa y Asia aquel insecticida había conseguido erradicar o reducir radicalmente el paludismo.

Hasta que, un día, los primeros ecologistas descubrieron inesperadamente DDT en la grasa de no sé qué focas del Polo Norte. Las focas se encontraban estupendamente, pero se consideró que el hallazgo era deletéreo para la especie humana, y la Organización Mundial de la Salud recomendó enérgicamente (es decir, metiendo mucho miedo) dejar de usar el DDT. En pocos años, el paludismo recuperó el terreno perdido, y gracias a la OMS muchos millones de seres humanos han muerto desde entonces por falta de DDT.

A medida que las Universidades se han ido burocratizando y convirtiendo a sus investigadores en simples paniaguados, el fenómeno de la ciencia de pacotilla ha ido en aumento. El científico paniaguado está obligado a publicar cuantos más artículos mejor, y a menudo tiene que estrujarse las meninges para encontrar un tema que revista al menos la apariencia de avance científico. Un truco habitual para dar a los artículos apariencia científica consiste en buscarles un título pomposo, trufado de palabras abstrusas que en realidad designan conceptos absolutamente banales. Otro truco también muy usado son los estudios estadísticos.

Para entender mejor este último truco, consideremos un ejemplo imaginario: De una muestra de 500 sujetos que viajan diariamente en autobús, un 57 por ciento declara estar más satisfecho de su vida sexual en una escala de 1 a 10. Conclusión: viajar en autobús podría estimular el deseo sexual. El estudio, realizado en el marco de una universidad prestigiosa, es publicado por una prestigiosa publicación científica, y gracias a ello el investigador paniaguado está ya un poquito más cerca de su ascenso en el escalafón.

Pero la historia no se acaba ahí. Los periodistas, ávidos de historias sensacionalistas, encuentran el artículo rastreando la Web y se apresuran a publicarlo, convenientemente 'adaptado' para despertar el interés de los lectores. Seguidamente, los lectores relatan a su manera la historia en su página de facebook, y el proceso se reproduce en las redes sociales. En poco tiempo, lo que había empezado siendo una investigación estúpida se acaba convirtiendo en un artículo de fe para millones de imbéciles sin la menor cultura ni -lo que es peor- el menor espíritu crítico.

Un momento. Tampoco aquí acaba la historia, porque las compañías de transporte por autobús y los fabricantes de autobuses acaban de descubrir un argumento excelente para hacerse publicidad. Es más, no contentos con proclamar los resultados de la investigación, deciden crear una fundación que estudie los efectos del viaje en autobús sobre la libido humana. Como ya se imaginará usted, los investigadores de esa fundación difícilmente llegarán a la conclusión 'científica' de que el autobús favorece la frigidez. Les va en ello el pan de sus hijos. En todos los estudios estadísticos hay muchos parámetros que combinar de modo que el resultado final sea el que uno espera.

Lo que acabo de describir es más o menos lo que sucede con el cambio climático, el colesterol, la ingesta de grandes cantidades de agua, el aceite de oliva, los edulcorantes, los productos 'ecológicos', la leche entera, los alimentos 'enriquecidos', y un enorme etcétera que todos los días aumenta exponencialmente.

El arroz integral es muy bueno para el intestino, pero contiene arsénicos. Las proteínas son indispensables para los músculos, pero su supresión en la dieta alarga la vida. El chocolate alivia la depresión, pero engorda. Los quesos son malos para la circulación, pero el país europeo con mayor esperanza de vida es Francia. Y, en términos mundiales, la población del planeta con mayor esperanza de vida ni siquiera prueba el aceite de oliva. Hace años, los huevos aumentaban la concentración de colesterol en la sangre. Hoy, son inocuos. Según unos autores, el fluoruro en el agua es bueno; según otros, es malo. Investigue usted un poco en Google Scholar, y podrá alargar esta lista hasta que se le acaben los alimentos.

Como muestra de todo esto, he reunido unos cuantos datos sobre algunos de los mitos actuales más extendidos. Siga usted leyendo.

El agua

Tan inocua en apariencia, tan saludable según las embotelladoras (y sus acólitos de la universidad y de la prensa), resulta que el consumo abundante de agua se ha llevado ya por delante ya a más de un infeliz creyente. Según el estudio 'científico' que uno escoja, beber mucha agua:

- Adelgaza y mejora la concentración mental
- No sirve para adelgazar y disminuye la concentración mental
- Sanea los riñones
- Perjudica los riñones forzando las funciones de los glomérulos renales
- Contiene sustancias esterilizantes dañinas para la salud
- Puede causar hiponatremia (dilución del sodio en la sangre): vómitos, desorientación y jaquecas
(El actor Anthony Andrews murió en 2003 por beber agua en grandes cantidades)
- Aumenta el volumen de la sangre, sometiendo al corazón a un esfuerzo innecesario
- Diluye los electrolitos en sangre, causando inflamación celular y trastornos estomacales
- En particular, puede causar la inflamación del cerebro, con graves consecuencias
- Altera también la concentración de potasio en la sangre, que es causa de inflamaciones y dolores

Los huevos

- Comer un huevo al día no altera la concentración de colesterol en la sangre
- La yema de huevo contiene una plétora de nutrientes, desde vitaminas hasta yodo, calcio y hierro
- Comer huevos favorece la actividad cerebral
- El selenio que contienen los huevos es beneficioso para la glándula tiroides
- Fortalecen el cabello y son buenos para la vista
- Ayudan a prevenir el cáncer de mama, y posiblemente la enfermedad de Alzheimer
- Fortalecen los huesos y el sistema inmunitario

Los aceites y grasas

- Las grasas saturadas podrían ser buenas para la salud
- La mantequilla protege el estómago
- Los triglicéridos del aceite de coco son buenos para quemar grasas
- Dos cucharadas de aceite de oliva contienen más del triple de grasas saturadas que 80 g de pechuga de pollo
- Según un estudio efectuado en Creta, los enfermos del corazón estudiados ingerían mucho más aceite de oliva que los de corazón sano
- Según un estudio basado en 90 000 enfermeras, el consumo de aceite de oliva apenas mejoró la salud de sus consumidoras
- Según dos estudios diferentes, el consumo de aceite de oliva constriñe notablemente las arterias
- Una ración de lechuga contiene tantos polifenoles como una de aceite de oliva virgen, y no engorda
- Los habitantes de Okinawa, que poseen el corazón más sano del mundo, tienen unos niveles de colesterol 'bueno' lamentables

Supongo que no es necesario seguir. ¿Le ha parecido interesante? Pues saque usted mismo sus conclusiones. Y, por favor, cultive su sentido crítico. La dignidad humana consiste, en parte, en no dejarse engañar.


Creative Commons License
This work is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 3.0 
Unported License.

 
Turbo Tagger