sábado, 4 de febrero de 2017

La era del ruido

Cantando bajo la lluvia

De repente uno mira a su alrededor y se da cuenta de que el mundo, imperceptiblemente, ha ido cambiando hasta volverse grotesco y absurdo.

Y lo peor de todo: llueve.

Es mucho peor que un aguacero, o una tempestad. Es un túnel de lavado permanente. Llueve, y ni siquiera nos se nos había ocurrido ponernos impermeable. Llueve cuando encendemos el televisor, cuando nos conectamos a Internet. Llueve en las galerías de los centros comerciales y en los pasillos abarrotados de los bazares made in China, bajo la maraña de cámaras de circuito cerrado que acechan el paisaje urbano, en las noticias de la radio, en las bibliografías académicas. Diluvia en las pantallas de los teléfonos móviles, en las colas de los aeropuertos, en las carreteras repletas de vehículos y señales y controles, caen chuzos de punta en las calles llenas de perros, en las banalidades cotidianas, en las creencias irreflexivas empapadas de ideología. Llueve y llueve día y noche, hora tras hora y minuto tras minuto, dentro de mis fronteras y fuera de ellas, y con tal intensidad que cada día es más difícil distinguir las siluetas que nos rodean. Estamos en la era del ruido.

Panem, android et circenses

Hace ya tiempo que soy incapaz de creerme ninguna noticia, y hace más tiempo aún que siento que he perdido la libertad. Irremediablemente. Veo una película inteligente de cada cien. Hace poco era una de cada diez, y dentro de nada será una de cada mil, de cada millón. Y toda esta noria gigantesca que da vueltas vertiginosamente es hoy el sucedáneo de la libertad. Un tambor de lavadora. Un túnel de lavado.

Hace sólo unos años creía en las botellas con mensajes arrojadas al océano, pero ya nadie busca botellas con mensajes, y de cualquier modo los mensajes tampoco pueden exceder de 140 caracteres. Así, cualquier mentecato sin neuronas puede ahora añadir gotas a la tempestad, estrépito a la noria: ruido.

Un carnaval permanente

Cúbrase usted de tatuajes, envíe montañas de selfies, escriba jajaja. Regale porque ya es primavera. Culpabilícese por el cambio climático y tiemble frente al colesterol. Sea solidario, de palabra nada más, claro. Rechace la violencia machista, póngase casco hasta en la bicicleta y no olvide nunca el cinturón de seguridad. Compréndalo, es por su bien. Y beba litros de agua. Mineral, por supuesto; faltaría más.

Este es mi mundo hoy. Un mundo conformista en lo importante, de slogans en lo sectario. Un mundo de apariencias y tabúes, de espejos donde mirarse y de espejismos con que engañarse. Un universo sin horizontes, vaciado de dignidad, superficial y medroso. ¡Bienvenidos al carnaval! (en la cubierta del Titanic).

Las estatuas de sal nuncan da la espalda

Los dictadores del siglo XX fueron idealistas. Terrible error. Prometer la eternidad sin entender que el mundo se acabará mañana. La eternidad, naturalmente, acabó en tragedia, y desde entonces el mensaje que subyuga a las masas es: seguridad.

Ese es el mensaje. Pero está disfrazado. De libertad.

Un disfraz grotesco en un mundo de avestruces.

Pero a quién le podría importar. Hagamos lo que hagamos, el mundo siempre se acabará mañana.

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domingo, 22 de enero de 2017

Childhood

Unhappiness in a child accumulates because he sees no end to the dark tunnel. The thirteen weeks of a term might just as well be thirteen years.

Graham Greene


sábado, 24 de diciembre de 2016

Extraterrestre

En el mes de agosto pasado, un grupo de astrónomos rusos detectó una señal de radio que, según ellos, podría haber sido emitida por seres inteligentes. El origen de la señal es un sistema estelar situado a unos 94 años-luz de nosotros. El único planeta detectado hasta ahora por aquellas latitudes, pequeño y ardiente, no parece muy apropiado para albergar geranios, jilgueros o delfines, y no digamos ya descendientes de Pitágoras. Sin embargo, nunca se sabe. Tal vez haya en sus proximidades otro planeta más fresquito con flores, piscinas y extraños laboratorios en los cuales criaturas de aspecto inimaginable se entretienen enviando mensajes hacia el espacio exterior.

Quién sabe. Ni siquiera los científicos rusos lo saben porque, para que su conjetura fuera cierta, tendrían que explicar de dónde han sacado aquellos científicos remotos la energía descomunal necesaria para enviarnos un mensaje que, hasta donde nosotros alcanzamos a entender, igual podría ser un tratado de álgebra que una receta de cocina.

Tal vez en el planeta aquel, si existe, las dimensiones son tan enormes que sus científicos necesitan la energía de un volcán o de un tsunami para cargar su teléfono móvil. O quizá su civilización es muchísimo más avanzada que la nuestra y se pasean por la calle con generadores de fusión nuclear en el bolsillo para encender cigarrillos balsámicos que emiten aroma de rosas en lugar de CO2.

Puestos a imaginar, todo es posible.

Pero -al menos razonando con nuestra limitada lógica terráquea- lo más probable es que un científico extraterrestre tuviera una tarde aburrida y estuviera enviándonos un crucigrama o una sopa de letras. En caso contrario, tendríamos que aceptar una larga lista de suposiciones difíciles de aceptar.

Por ejemplo, que los habitantes de aquel planeta tuvieran la paciencia y la expectativa de vida suficientes para esperar como mínimo 188 años (94 de ida y otros tantos de vuelta) hasta recibir nuestra respuesta. Y el grado de optimismo suficiente para creer que tanto sus mensajes como los nuestros serían inteligibles. De hecho, ni siquiera estamos seguros de que usen mensajes para comunicarse, de que su realidad esté basada en la vista o en el oído, o de que tengan el más mínimo interés en comunicarse con civilizaciones aficionadas a las guerras, el football o el hip hop.

Pero, una vez establecido que los extraterrestres no nos van a enviar recetas de aminoácidos en salsa de metano, nos queda el problema teórico que a los descreídos de las guerras, el football y el hip hop a veces nos hace meditar. A saber: ¿existiría algún tipo de mensaje que al menos algún extraterrestre pudiera descifrar?

Una iniciativa reciente, llamada Breakthrough Message, está ofreciendo un millón de dólares en premios a quienes propongan el tipo de mensaje más apto para enviar por esos mundos de Dios. Lo he tenido que leer varias veces para creerlo. La idea, desde luego, es teóricamente interesante, pero tropieza como mínimo con un par de obstáculos.

En primer lugar, ¿cuál será el criterio para determinar el mensaje más apropiado? Los únicos que podrían determinarlo serían los propios extraterrestres, y es dudoso que los patrocinadores consigan incluir por lo menos uno en el jurado. En segundo lugar, las bases del premio establecen que el mensaje deberá ser digital.

Eramos pocos, y parió la abuela.

Digital, ¿por qué? ¿Cómo demonios puede uno explicarle a un científico indescriptible que los ceros y unos hay que colocarlos así o asá para terminar construyendo una frase de Leon Tolstoi en ruso o la ecuación de una circunferencia? ¿Mediante ceros y unos? Es decir, ¿usando el cero y el uno para explicar cómo interpretar el cero y el uno? Tal vez los patrocinadores esperan milagros de los habitantes de Alfa Centauri.

Pero, incluso aunque estuvieran en lo cierto, lo más sensato sería enviar señales analógicas, no digitales. Lo cual sólo puede querer decir señales luminosas; es decir, imágenes. Y aun así, tendríamos que suponer que los extraterrestres poseen ojos, que su campo visual es uniforme (el de los pájaros o las moscas, por ejemplo, no lo es) y que sus ojos perciben un espectro de frecuencias similar al nuestro. Ninguna de las tres cosas es evidente.

Incluso aunque cumplieran esas condiciones, sus cerebros tendrían que ser capaces de interpretar las imágenes de la misma manera que nosotros. Los ciegos de nacimiento que, gracias a los avances de la medicina, han conseguido ver no han sido capaces de interpretar lo que veían, más allá de una acumulación de manchas de colores.

Pero para que nuestras imágenes fueran visibles a distancias medibles en años-luz, tendrían que estar enormemente aumentadas, quizá aprovechando el efecto de lentes gravitacionales existentes en el Universo. Naturalmente, no tenemos ni idea de cómo desarrollar una tecnología así, en comparación con la cual matar moscas a cañonazos sería un prodigio de eficacia. Claro que, si la tecnología extraterrestre estuviera realmente avanzada, ellos mismos podrían vernos con todo detalle sin necesidad de que nosotros aumentáramos nada.

Se me ocurre una última posibilidad, quizá la más imaginativa: enviar paquetes de señales algorítmicas que se activen en respuesta a determinadas interacciones. Por ejemplo, algoritmos que, en contacto con campos magnéticos o estructuras moleculares específicas, se conviertan en máquinas virtuales capaces de hacer visibles las imágenes deseadas. Tampoco tengo ni idea de cómo construir este tipo de mensajes y, para ser sincero, me trae sin cuidado. Por suerte, hay muchas otras cosas en la vida a las que dedicar provechosamente la atención.

Incluidos, por supuesto, los crucigramas y las sopas de letras.

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miércoles, 23 de noviembre de 2016

Ricky Mango y la música

Curioseando por carpetas perdidas de mi ordenador he encontrado este apunte autobiográfico sobre la relación de Ricky Mango con la música. Parece haber sido un correo electrónico que tiempo atrás le envié a alguien, probablemente más joven que yo. El texto está fechado el día de navidad de 2015, pero yo diría que es anterior: 

Descubrir la música clásica

En mi época era muy trabajoso, porque los discos y los conciertos costaban caros. Ahora puedes escuchar gratis todo lo que quieras. Es todo un privilegio, y un enorme desperdicio si no lo aprovechas. En mis tiempos, YouTube habría sido no ya un sueño, sino más que una quimera.

Yo tenia 16 años, y en el Instituto había un grupo de izquierdistas que conspiraban contra el régimen a su manera. Entre otras cosas, publicaban una revista. La revista era muy ideologica, pero de todo aquello yo no sabia nada. Vicente y yo, que compartiamos banco en clase, nos ofrecimos para hacer una sección de pasatiempos, y nos aceptaron. Hacíamos crucigramas y jeroglíficos.

Organizaron tambien un cine forum y un music forum. Yo me apunté a los dos. Estaba ansioso por conocer. Mi vida cotidiana era tan anodina y deprimente que todo aquello para mí era un mundo nuevo. El music forum era los sábados por la tarde. Naturalmente, éramos cuatro gatos. El primer día nos pusieron la novena sinfonía de Beethoven. Nada menos. En realidad, era un pretexto para acercarnos a su causa, y antes de la audición nos leyeron el testamento de Beethoven, que hablaba de la libertad de los seres humanos, etc. con gran vehemencia. Después yo aguanté la hora aproximada que dura la Novena. Me aburrí muchísimo, pero no me arredré. Al lunes siguiente me fui a una tienda de discos, y con mis míseros ahorros me compré un disco con la novena sinfonía de Beethoven.

Me encerré con él en mi habitación y lo escuché una vez. Lo encontré igual de aburrido que la anterior. Lo escuché una segunda vez. Empecé a percibir pasajes que me gustaban, y aquello me animó, de modo que seguí escuchándolo, una y otra vez. Al llegar a la quinta o la sexta lloraba de emoción, y todavía hoy puedo llorar escuchándola.

Yo no sabía nada de música clásica, y en el pequeño mundo que me rodeaba nadie podía orientarme. Ni mis padres, ni mis compañeros de clase, nadie. Así que lo poco que iba captando aquí y allá, en el periódico, en algún comentario oído al vuelo o en la televisión, lo retenía en la memoria, y en cuanto podía me compraba el disco. Había que ahorrar mucho para comprarse un disco.

Poco a poco fui conociendo compositores: Beethoven, Bach, los barrocos, los romáticos... Tuve la suerte de que a Vicente le dio por la música, y algún tiempo después hice una amiga que estudiaba piano y que me conseguía entradas de estudiante del conservatorio para ir al Teatro Real. Ibamos los sábados, arriba del todo, en una galería que los estudiantes llamaban 'los nichos'. La acústica allá adentro no era muy buena, pero a cambio sólo estábamos nosotros y no estábamos obligados a ocupar una butaca. Podíamos tumbarnos en la moqueta, o acodarnos en los antepechos de los 'nichos'. Incluso cuchichear comentarios sobre los intérpretes o los compositores.

Allí aprendi muchísimo de música clásica. A menudo me aburría, pero perseveré, porque comprendía que la música clásica es como el alpinismo: hay que hacer un esfuerzo para llegar a contemplar el mundo desde la cumbre. Hay que educar la sensibilidad. Lo malo es que no hay retroceso posible. Cuando te ha gustado Béla Bartók, o Bruckner, ya nunca te podrá gustar Julio Iglesias o los éxitos pop. Es una escalera de subida sólo, y para ser feliz allá en lo alto necesitarás rodearte de personas que hayan subido también por esa misma escalera. Si no, serás un marciano.

Con el tiempo descubrí también el jazz, que me apasionó, porque es como yo: improvisador y a contratiempo. Pero yo quería conocerlo todo. Exploré la música folklórica, el blues, el flamenco. Aprendi a amar todas esas músicas, y siempre he tendido a rodearme de gente relacionada con la música.

Durante años insistí en aprender a tocar la guitarra, pero nunca conseguí nada con ella. Un día, en Andorra, pasé por delante de una tienda de música, me decidí de pronto y me compré un teclado electrónico. Vicente me aconsejó aprenderme los acordes de la mano izquierda. Me compré un libro de acordes y los memoricé. A partir de ahí conseguí un libro de partituras y empecé muy despacio, nota a nota, como un niño de cuatro años. Pero a diferencia de la guitarra el piano era mi instrumento, y poco a poco fui aprendiendo a desenvolverme. Ahora puedo tocar aceptablemente cientos de temas de jazz, e incluso improvisar un poquito a veces, y me da mucho placer. 

Y ya no tengo un pequeño teclado, sino todo un Clavinova.

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sábado, 5 de noviembre de 2016

Tierra de lagartos

Entrecruzan los caminos dibujando zigzags. Merodean por los contornos de los restaurantes. Agitan el césped a su paso bajo las ventanas y pueblan las cunetas de las carreteras. Al verte aparecer huyen, pero no tienen miedo de ti, porque saben que son más rápidos y saben dónde esconderse en caso necesario. Ellos son lagartos, y esto es la isla de Bioko, apenas a unos grados de latitud por encima del ecuador.

En los días claros -que en esta isla y en esta época son pocos-, se alcanza a divisar desde mi balcón una mole imponente que se alza al otro lado del mar: Monte Camerún. Desde la ventana opuesta, cuando no llueve, se puede ver también, mucho más cerca y cortejado por jirones de bruma, el cuerpo macizo y oscuro del volcán que, miles o quizá millones de años atrás, engendró esta isla desde las entrañas del océano. A la caída del sol, cuando las espesas nubes lo permiten, el espectáculo es épico.

Según dicen, Bioko era el nombre de uno de dos reyes que gobernaron esta isla. El otro se llamaba Malabo, y es hoy el nombre de la capital que sus pobladores han edificado en el norte de la costa. Han edificado y siguen edificando, porque Malabo es hoy una ciudad muy extensa, en constante expansión, que de un extremo a otro sólo es posible recorrer caminando si uno tiene vocación de peregrino.

Si uno no tiene vehículo y no quiere caminar, siempre encontrará a mano un taxi para llegar a donde desee. El servicio es colectivo, y el precio, hasta cierto punto, negociable. Si el conductor se aviene a llevarte, irá distribuyendo a los pasajeros a lo largo de un itinerario variable, en función de los que vaya recogiendo. Los conductores son casi todos muchachos jóvenes, algunos simpáticos y accesibles, otros herméticos e indiferentes.

Un ingrediente que nunca faltará durante el recorrido es la música. Casi siempre música africana, a veces con alguna concesión electrónica a la música europea, pero en general más alegre y llevadera. El ritmo suave y persistente de la música africana, el empuje del aire húmedo que entra por las ventanillas siempre abiertas y un paisaje salpicado de bananos, ceibas y, a trechos, tramos urbanos festoneados de abacerías, bares, tallercitos y viviendas humildes de una sola planta procuran al viajero esa sensación de libertad que en Europa siempre tiene un gusto amargo: el de quienes, sin ser conscientes de ello, vivimos allí permanentemente militarizados.

El clima es húmedo, pero la presencia casi constante de las nubes impide que el calor llegue a ser sofocante. Hasta bien entrado el mediodía la temperatura es, por lo general, casi perfecta. Y cuando digo el mediodía quiero decir exactamente eso: las doce del mediodía. Aquí el sol sale y se pone siempre a la misma hora y sigue siempre exactamente el mismo recorrido, vertical, de este a oeste, hasta el punto de que, sólo mirando al sol, es imposible distinguir el norte del sur.

Por la noche rara vez he podido ver estrellas en el cielo, a excepción de Venus, que brilla solitaria a la caída del sol, tan intensa como una linterna, muy arriba en la bóveda celeste. El sol aquí marca como un reloj el devenir de la vida cotidiana. De seis de la mañana a seis de la tarde todos los días, trescientos sesenta y cinco días al año. Sin excepciones. Apenas amanece, la ciudad se pone instantáneamente en marcha con su tráfico ronroneante, sus peatones de andar reposado, sus puestecitos de bananas y plátanos y tomates y popó mango y yuca y malanga y, al rato, sus colegiales despreocupados, vestidos de vivos colores, camino de la escuela.

En el extremo sur de la isla, en la costa, hay un lugar que llaman Arena Blanca. La isla es de origen volcánico, y en ella las playas de arena blanca son una excepción. El centro de Arena Blanca es una playa como de un kilómetro de extensión, en el borde mismo de la selva, salpicada de palmeras esbeltas y envuelta en un suave y delicioso perfume de flor de papaya. Frente por frente de la orilla puede verse una pequeña isla, deshabitada, y a su derecha un islote, ambos desbordantes de vegetación. Por la parte derecha, culebreando desde la espesura, asoma un arroyo rápido que viene a desaguar donde lamen las olas, por entre una formación de rocas dispersas en las que no encuentro ni rastro de lapas, erizos o cangrejos. Cangrejos hay, pero están escondidos en estrechas madrigueras que salpican a trechos la arena mojada, hondas y misteriosas.

La marea está alta, y el océano en calma. En la parte izquierda, a lo largo de la playa, hay un breve rosario de casitas de madera, aparentemente de pescadores. Uno de ellos aparece junto a nosotros como por arte de magia, exhibiendo un manojo de peces recién pescados que nos ofrece por un precio razonable. Después de un breve regateo el conductor se los compra, pero le exige una bolsa de plástico para poder llevarlos en el maletero. Cuando el pescador, a regañadientes, retorna por fin con una bolsa negra desastrada, se la entrega, se despide amablemente y se presenta: su nombre es Dionisio. “Cuando quiera comprar pescados, aquí me encontrará. Pregunte por Big Johnny, de Arena Blanca”.

Mi conductor parece dispuesto a hacerme visitar todos los poblados de la isla, pero yo le pregunto si podría llevarme a alguna plantación de cacao. Media hora despues, cuando menos me lo espero, se adentra de pronto en una cuesta empinada, por una vereda angosta cuyo firme son dos franjas no más anchas que una rueda de camión, y en cuyo centro la hierba crece hasta casi la altura de las rodillas. Al cabo de uno o dos kilómetros de bananos, ceibas, cocoteros y fronda de aspecto impenetrable, nos adentramos por fin en el primer bosque de árboles de cacao.

Abro entonces todas las ventanillas y me dejo invadir por el aire húmedo y fresco de la arboleda. Los frutos, de tamaño mediano, compactos y ovalados, penden de los árboles, amarillos o aún verdes o ya marrones, solitarios unos entre las ramas y otros formando racimos verticales que descienden a lo largo del tronco como una cremallera. No huele a cacao, y mucho menos a chocolate. Antes de llegar a ese punto será preciso recolectar los ya maduros, extenderlos el tiempo necesario sobre un secadero protegido de la lluvia y finalmente tostarlos y molerlos antes de convertirlos en exquisitas tabletas sólidas... o en sabroso mole líquido, si uno tiene debilidad por la cocina mexicana.

Ya de regreso, siento aflojar la presión en mis oídos. Hemos subido a gran altitud. Al doblar una curva entreveo en la distancia la superficie metálica del océano, tan lejos allá abajo que casi da vértigo contemplarlo. Según nos acercamos al poblado nos cruzamos con alguna que otra cuadrilla de recolectores, hombres y mujeres, algunos de ellos niños con banastas cargadas de cacao en equilibrio estable sobre sus cabezas. En el poblado, los habitantes -sobre todo las mujeres- llevan puestas prendas de abrigo. Casi hace frío.

Mi avión de regreso sale esta noche. Hago balance mentalmente de mi estancia aquí. No me ha picado ni un solo mosquito, pero tampoco he podido ver muy de cerca ni un solo lagarto. Quizá para desquitarme, he comido estofado de cocodrilo en un restaurante del lugar. El cocodrilo estuvo varios días danzando arriba y abajo por mi tracto digestivo, pero no hasta el punto de hacerme arrepentir de la experiencia. He obsequiado y he sido obsequiado, todo lo generosamente que permitía la economía de cada quién. Y he conocido de cerca las familias africanas, con su sentido de la hospitalidad y sus laberínticos vínculos de parentesco y sus relaciones de poligamia, y sus alegrías y tristezas, y las diferentes melodías de sus formas de hablar.

Y justo ahora, cuando ya sé que mi avión despegará a las once de esta misma noche, me entran unos deseos irrefrenables de no regresar. De seguir camino y explorar otras latitudes y climas y lenguas y costumbres, con mosquitos o sin ellos, en lechos duros o blandos y con lluvias o sequías y gentes duras o amables o indiferentes. No me engaño. Ya sé que eso no es necesariamente la libertad y, cuando llega a serlo, su precio es muy alto. Pero Europa, con sus palos con zanahoria, sus esclavos felices y sus pesadillas pobladas de normas, consignas, señales de tráfico y caminos siempre trazados, es la más burda falsificación de la libertad que ha perpetrado jamás la historia de la civilización.

Hasta pronto, Africa.

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miércoles, 12 de octubre de 2016

Grietas

“El mejor argumento contra la democracia es una conversación de diez minutos con un votante promedio”.

La frase es de Winston Churchill, y no es fácil de interpretar. La democracia es una forma de gobierno, y gobernar consiste esencialmente en tomar decisiones, a menudo complejas. Los votantes pueden desear que la vivienda sea más asequible, que la asistencia médica sea gratuita o que los sueldos suban hasta el nivel que ellos creen merecer. Sin embargo, el votante promedio no siempre sabe si sus deseos son realizables, cuál es la mejor manera de realizarlos o cuáles serían sus consecuencias. En realidad nadie lo sabe, pero es difícil negar que hay personas más preparadas que otras para tomar decisiones.

Dicho de otro modo: en una sociedad mínimamente compleja, la democracia directa no tiene muchas probabilidades de funcionar. Por eso en las democracias modernas el votante no sólo tiene que manifestar sus deseos. Además, debe decidir quién, según su criterio, aplicará la fórmula más adecuada para hacerlos realidad. Lo cual nos conduce a un territorio más bien inesperado: el éxito de una democracia depende decisivamente del criterio de sus votantes.

Y llegamos al meollo de la cuestión. Nuestro criterio sobre un asunto cualquiera depende, a su vez, de dos elementos clave: la información de que disponemos sobre ese asunto, y la capacidad de nuestras emociones para neutralizar esa información. Por desgracia, ambas cosas son manipulables. Los medios de comunicación pueden omitir información, falsearla, contaminarla más o menos sutilmente de opinión, o apelar a nuestros sentimientos más viscerales. Y los políticos pueden prometer lo que nunca podrán o querrán cumplir, o manejar los medios de comunicación para atraerse las simpatías de los votantes.

Todo eso sucede, día tras día y minuto a minuto, ante nuestros ojos. El votante promedio está manipulado, hasta el punto de que podríamos volver del revés la frase de Churchill:

“El mejor argumento contra la democracia es una conversación de diez minutos con un político promedio”.

Pero todo tiene un límite. La mayoría de los políticos viven en un mundo aparte, escasamente en contacto con la vida real, y cuando el mundo de fantasía que han tejido en torno al votante empieza a chocar con la realidad, el edificio se agrieta. Las grietas pueden ser apenas perceptibles, pero la dinámica interna que revelan puede ser alarmante. Todo el aparato de propaganda oficial, lanzado a toda máquina, no consigue convencer a la mitad más uno de la población. Es lo que ha sucedido en el Reino Unido y en Colombia, y lo que podría suceder próximamente en Estados Unidos, en las próximas elecciones generales.

La primera grieta inesperada fue el Brexit, y el edificio que ya ha empezado a agrietarse es la Unión Europea. La Unión Europea Soviética, como la llaman algunos. Un monstruo burocrático, antidemocrático e intervencionista que se sostiene gracias a unos niveles de deuda insostenibles a largo plazo. Un cuento de hadas que nada tiene ya que ver con la realidad, porque la realidad no son las consignas políticamente correctas de los gobernantes instalados en sus poltronas. La realidad son los barrios y ciudades de Francia, Holanda, Bélgica, Alemania o el Reino Unido que están retornando sigilosamente a la Edad Media, las agresiones sexuales que nunca son noticia en los medios de comunicación, la política de brazos abiertos y subvenciones indiscriminadas, la maraña de normas prescindibles, cada vez más dictadas por la ideología y cada vez más contrarias al sentido común, o la cesión de soberanía de los países miembros.

Esa es la realidad que ha aflorado en el referéndum del Brexit. La realidad de quienes la padecen frente a la realidad de quienes la predican. Si los políticos europeos tuvieran una sensatez –y una honradez– que no tienen, aceptarían que el modelo es inviable y desmontarían buena parte del monstruo que han construido. Los británicos que votaron Brexit sólo quieren dos cosas: control de la inmigración y recuperación de la soberanía. No se oponen a la libertad de mercado, ni al intercambio cultural, profesional o laboral, ni a la mejora de las comunicaciones por tierra, mar y aire con el resto de Europa. No reniegan de Europa, sino de la Unión Europea (soviética). No sería muy difícil complacerlos y llegar a un acuerdo amistoso con ellos, extensible después al resto de países miembros. Pero si los políticos se empeñan en escarmentar a los británicos para tratar de sostener un edificio insostenible, las consecuencias pueden ser nefastas. Y si alguien cree lo contrario, ahí está la historia de Europa para contradecirle.

La segunda sorpresa sobrevino en Colombia. Toda la maquinaria de propaganda del Estado no ha podido convencer a la población de que un acuerdo firmado en La Habana con una banda de comunistas asesinos otorgándoles representación parlamentaria, territorio para cultivar coca y respetabilidad es un acuerdo de paz, y no una rendición. La concesión del premio Nobel de la paz al presidente Santos es una evidencia patética de la desconexión total de la casta políticamente correcta con la realidad del mundo real. O quizá es una evidencia inquietante de hasta dónde puede llegar el poder del dinero.

La tercera sorpresa se llama Donald Trump. La América currante frente a la América exquisita y progresista. Nadie sabe quién ganará las elecciones en Estados Unidos, pero lo que sí sabemos es que todos los medios de comunicación, incluidos los del partido en el que milita Trump, están volcados contra él día y noche, hora tras hora, sin descanso. Y, por extensión, todos los medios de comunicación europeos. Y, aun así, sólo consiguen convencer a los que ya estaban convencidos. Entre todos, sin darse cuenta, lo están convirtiendo en un símbolo. Un símbolo de la realidad tangible frente a la estupidez de los cuentos de hadas oficiales y a la manipulación informativa del establishment.

No sé lo que dicen los periódicos españoles sobre Trump, pero sí sé lo que dice Trump. He escuchado muchas declaraciones suyas y he visto los dos debates que ha mantenido con Hillary Clinton. Contra lo que dan a entender los periodistas omitiendo la mitad de la información, Trump nunca ataca si no ha sido atacado. Es mucho más inteligente que Hillary Clinton (lo cual no es difícil), y no sería peor presidente que ella o que Bush hijo (lo cual tampoco es difícil). Si hacemos caso omiso de sus bravuconadas y chistes malos, que le han financiado casi gratis la campaña electoral, lo que Trump propone es:

- acabar con ISIS, para lo cual Rusia sería un aliado excelente
- auditar la Reserva Federal y acabar con su intervencionismo
- reducir el tamaño del Estado y bajar impuestos, en particular a las empresas, para que no se lleven los centros de producción a otros países
- cubrir las futuras vacantes del Tribunal Supremo con jueces que no sean ideólogos progres
- reducir drásticamente la delincuencia siguiendo el modelo de Giuliani en Nueva York
- controlar rigurosamente la entrada en el país de las personas con religiones antidemocráticas o antiamericanas
- controlar la inmigración ilegal proveniente de México, que quita puestos de trabajo a los americanos legalmente establecidos, que pagan impuestos

Para resumir, Hillary Clinton propone más o menos lo contrario. No propone incrementar la delincuencia, naturalmente, pero sus declaraciones sí hacen temer que podría conducir a Occidente a una guerra abierta contra Rusia. Personalmente, no creo que Trump sea racista, y sí creo que dice en voz alta muchas cosas que mucha gente piensa pero no se atreve a manifestar en público, por miedo a ser tildado de racista, islamófobo, machista, antiecologista, antigay o cualquiera de los sambenitos progres que penden sobre nuestras palabras. La izquierda nunca amó la libertad de expresión.

Algunos ejemplos hipotéticos ilustrarán lo que quiero decir:

1 – Lleva usted media hora en la cola del cine, y de pronto se le cuela una persona. Pero, justo cuando le va a decir que se vaya al final de la cola, averigua que esa persona es un inmigrante ilegal. ¿Lo tratará de la misma manera? ¿Y las demás personas que están en la cola? ¿Y si la cola no es para el cine, sino para buscar empleo?

2 – Una persona acude al registro de partidos políticos para registrar el nuevo Partido Nazi. Usted, que es el funcionario que examina la solicitud, lo rechaza enérgicamente. Entonces el solicitante se va al registro de religiones y solicita registrar la religión nazi, con exactamente los mismos estatutos. Usted es el funcionario que examina la solicitud. ¿La aprobará? (Recuerde que hay que respetar escrupulosamente todas las religiones)

3 – Un blanco le estafa. Usted le llama de todo. Al día siguiente, un negro le estafa. ¿Se atreverá usted a proferir los mismos insultos delante de sus amigos? ¿Y en una entrevista ante las cámaras?

4 – Usted cree que el cambio climático es un cuento chino financiado por la casta política occidental para reducir la dependencia del petróleo de los países de Oriente Medio y de paso culpabilizar a la población. ¿Se atreverá a defenderlo con la misma vehemencia que quienes opinan que el cambio climático es una certeza?


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domingo, 18 de septiembre de 2016

Proteo, dios de Archena

Hay en la Odisea un pasaje fascinante en el que Menelao, esposo de Helena de Troya, relata una de sus peripecias a Telémaco, el hijo de Odiseo que busca infatigablemente a su padre. Durante su regreso de la guerra de Troya, Menelao ha recalado en la isla de Faros, en la que habita un misterioso personaje llamado Proteo. Eidotea, la hija de Proteo, le ha asegurado que, si consigue capturar a su padre, este le revelará la causa de sus infortunios y la manera de conjurarlos para regresar a su hogar.

De modo que, cuando Proteo emerge de las aguas para conciliar el sueño rodeado de sus focas, Menelao emprende su captura. Pero Proteo es un dios prodigioso, que para esquivar a su perseguidor se transforma una y otra vez en las cosas más insospechables: un león, una serpiente, un leopardo, un cerdo, un árbol. Incluso en agua.

Creo recordar todavía los primeros dibujos que vi de VAG. Me los mostró él mismo. Eran una serie de grupos familiares, ataviados a una antigua usanza probablemente imaginada por él, aunque reminiscente de finales del siglo XIX. Estaban dibujados a tinta, y la silueta de las mujeres me recordaba vagamente a alguna de las Meninas de Velázquez.

Perseveró en aquellos temas durante algún tiempo, pero su estilo pronto derivó hacia otras figuras más surrealistas, que sorprendentemente alternaban con dibujos realistas de factura un tanto triste, como descuidada. Incluso le puse un nombre a aquel novedoso estilo, que yo interpretaba como una rebelión absurda frente a la belleza de la forma. Lo bauticé 'tosquismo'. Nunca me gustó el tosquismo de VAG, pero al mismo tiempo percibía en aquellos dibujos desolados una poderosa fuerza interior que tarde o temprano -yo no lo sabía entonces- terminaría saliendo a la luz.

Aquella fuerza interior se llamaba Proteo. Una noche, en Madrid, VAG me mostró los últimos óleos que había pintado, y entonces comprendí que el dios de la isla había salido por fin del océano y se había empezado a transformar.

Nunca se lo he dicho, pero siempre he intuido que toda la obra pictórica de VAG es una irreparable añoranza de sus primeros años en aquel pueblo suyo de la vera del Segura. Un pueblo muy singular, en el que coexisten pacíficamente vahos tropicales de oasis con pedregales despiadados, eternamente ignorados por la lluvia. Una especie de Islandia mediterránea capaz de generar pintamonas sin lustre o genios torturados.

El genio de VAG ha ido cobrando forma poco a poco, con el paso de los años. Junto a su proteica creatividad musical y didáctica ha discurrido siempre, lombriceante como un Guadiana, una atracción creciente hacia la expresión plástica, que no se ha manifestado sólo en dibujos, óleos o acuarelas, sino en un universo de experimentación infatigable. Desde aquel primer corto en super 8 hasta la programación en 3D, pasando por la animación, el comic, la fotografía o los botijos, pocos territorios visuales hay que VAG no haya explorado.

Tengo en mis paredes varios óleos suyos, todos ellos de estilos y trasfondos emocionales muy diversos. Y tendría más, muchos más. Pero necesitaría tantas paredes que prefiero refugiarme en una vieja ilusión, siempre incumplida por falta de medios materiales: habilitar un museo que recoja y realce debidamente toda su producción artística, hasta hoy lamentablemente alejada del foco de la 'cultura' oficial.

Porque VAG es mucho más que un ilustre hijo de su amada Archena, y también mucho más fácil de describir. VAG, sencillamente, es un genio.

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miércoles, 14 de septiembre de 2016

Freaks subpirenaicos: 1955MR

El Freak subpirenaico 1955MR nació en una región subpirenaica lluviosa, conocida por la habilidad de sus habitantes para mantener una conversación indefinidamente sin decir jamás ni sí, ni no, ni qué se yo. Por lo demás, el Freak que nos ocupa hoy apenas se diferencia de tantos otros Freaks subpirenaicos, cortados todos casi siempre por el mismo patrón. Algo así como el eterno retorno. Para empezar, como en todas las buenas familias, uno de sus antepasados pertenecía a la farándula tribalista, naturalmente en el sector de los señoritos, donde había descollado por sus logros como pendolista legislativo.

Sus primeros estudios los cursó, por supuesto, con una congregacion religiosa, concretamente los jesuitas, y a nadie sorprenderá saber que a continuación se matriculó en la Facultad de Derecho. Las ciencias nunca fueron el punto fuerte del país subpirenaico, y mucho menos si lo que uno se propone es vivir bien sin dar ni golpe. Su meta, naturalmente, era ser funcionario del Estado, que en provincias está considerado como un destino de muchísima pompa y circunstancia.

Sin embargo, la política llamó un día a su puerta –o él llamó un día a la puerta de la política-, y en tales menesteres, con el tiempo y una caña, fue escalando puestos en niveles de mangoneo crecientes. He usado la palabra ‘mangoneo’ porque, como veremos en seguida, no tiene sentido hablar de ‘responsabilidad’ en el caso del Freak 1955MR. O bien porque supo tener paciencia, o porque su mediocridad fue una virtud muy apreciada por sus superiores, o por su proverbial habilidad para no decir nunca ni sí, ni no, ni qué sé yo, el Freak que hoy nos ocupa desempeñó puestos variopintos en la administración regional y, con el tiempo, incluso en la nacional. En todos ellos supo pasar sabiamente inadvertido, aunque la clave de su éxito fue posiblemente otra habilidad aún más meritoria.

A saber: escurrir el bulto. Sea cual sea la decisión que esté obligado a tomar en virtud de su cargo, el Freak se las arregla siempre para que la tome otro. De manera que él nunca será responsable de nada. Brillante, ¿verdad? Las decisiones técnicas las tomarán los técnicos, las económicas los economistas, las judiciales los jueces y fiscales, y en los asuntos conflictivos mejor no complicarse la vida y dejarlos como estaban. Con una salvedad: si la decisión tiene éxito, el mérito será sólo suyo, que para eso es el titular del cargo.

Este tipo de personaje sólo puede llegar a medrar en regiones subpirenaicas, y no es un modelo exportable a países civilizados. La razón es muy simple: hace falta una población de imbéciles para que, con artimañas tan birriosas, alguien así sea capaz de salirse con la suya.


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sábado, 10 de septiembre de 2016

Freaks supirenaicos: 1885BI

El Freak supirenaico 1885BI nació a finales del siglo XIX en tierra de toros, caballos y señoritos. Su padre era secretario de juzgado, y su madre procedía de una familia de labradores de clase media. Parte de sus estudios los cursó en los escolapios. Como el lector estará empezando a observar, las congregaciones religiosas aparecen a menudo en las biografías de nuestros Freaks, por lo que no es de extrañar que muchos las vean como la mosca en la sopa del país subpirenaico.

Apenas estuvo en edad de ganarse el pan, el Freak 1885BI entró a trabajar como escribiente en el juzgado de su pueblo hasta que terminó la carrera de Derecho, que estudió con dudoso aprovechamiento (o con lamentables profesores), como en seguida veremos.

Sólo unos años después obtuvo por oposición una plaza de notario, que lo instaló de lleno en el selecto mundo de los señoritos subpirenaicos. La crème de la crème. Inmerso en tan fértil caldo de cultivo, probablemente no pudo evitar sentirse atraído por el prêt-à-porter de la moda ideológica que por entonces hacía furor en aquellas latitudes: el federalismo tribal.

A los 39 años emprendió una gira por el norte de Africa. En pocos meses, impresionado seguramente por los logros de aquella civilización tan superior a la suya, abrazó la religión musulmana y cambió su nombre de pila por otro en consonancia. Era un hombre nuevo. Su familia, pese a todo, se apresuró a negar tal conversión, atribuyendo al Freak 1885BI gran admiración por Santa Teresa y San Juan de la Cruz, y encareciéndolo como benefactor de un convento de religiosas.

Viajó después por otras regiones subpirenaicas para intercambiar impresiones -o quizá para intrigar- con ideólogos tribales como él, y colaboró en una revista de similar filiación. Pese a haberse presentado una y otra vez a las elecciones de la nación opresora con su programa tribalista, nunca llegó a obtener representación parlamentaria. Mortificado por tan pertinaz fracaso, exhumó la bandera de una taifa del siglo XI y compuso la letra del futuro himno de aquella tribu incontestable que, sin embargo, las urnas se empeñaban en ignorar.

Lastrado por su desconocimiento de la civilización transpirenaica, el Freak 1885BI estaba convencido de que el problema de aquel país de toros, caballos y señoritos era la distribución de las tierras. Como muchos intelectuales y revolucionarios antes -y después- que él, no parecía haberse enterado de que, en el transcurso de la Historia, el ingenio humano había hecho algo más que inventar la pala y el azadón.

Pero, como sucede siempre con los señoritos de izquierdas, había algo que no acababa de encajar en aquellas utopías justicieras: si los desposeídos dejaran de serlo, la clase alta -y en particular los notarios de provincias- afrontarían un futuro incierto. Los sirvientes podrían ponerse farrucos, los colectivistas les requisarían las calesas, y a lo peor hasta les cerraban el Casino. Entonces, ¿por qué perder tanto tiempo en metafísicas, siempre a vueltas con el tostón de las patrias? En resumen: ¿para qué podía querer el poder el Freak 1885BI?

Sólo se me ocurre una respuesta: para liquidar a los caciques de turno y colocar a los suyos.

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