domingo, 29 de noviembre de 2020

Abstracciones

El mundo de los conceptos es complejo e intrincado, pero tiene una característica inalterable: es cualitativo, no cuantitativo. Podemos trocear mentalmente un arco iris tanto como queramos y asignar una palabra a cada uno de esos trozos pero, hasta donde nuestra vista nos lo permita, siempre encontraremos matices que nos dejarán insatisfechos. 

A lo largo de la historia, esa posibilidad de dividir un concepto indefinidamente ha inspirado dos modelos de la realidad basados en supuestos diferentes: (1) las divisiones se terminan; (2) las divisiones nunca se terminan. La primera concuerda bien con la humilde constatación de que nuestros sentidos (y nuestra memoria) tienen un límite, y de que no disponemos de un tiempo infinito para averiguar si la continuidad es ese zoom que nunca se termina.

Para resolver los problemas de la vida cotidiana, nuestros antepasados adoptaron un modelo práctico que no tomaba partido entre esas dos posibilidades. Pesar trigo, distribuir sopa o medir telas eran operaciones en las que todas las partes podían ponerse de acuerdo sin complicarse la vida más de lo necesario. Pero algunos inconformistas se preguntaron si aquellos dos modelos les permitirían --además de comerciar, distribuir o construir-- explicar.

¿El universo estaba hecho de aire, agua, fuego y tierra, o de átomos indivisibles? ¿Una flecha en movimiento recorría un número infinito de puntos durante un número infinito de instantes? ¿El tiempo y el espacio fluían eternamente? ¿Una circunferencia era un polígono con un número de lados infinito? Estas, y muchas otras preguntas parecidas, tenían respuestas diferentes según el modelo mental que uno adoptara, y en algunos casos extremos ni siquiera fue posible declarar un vencedor. Por ejemplo, después de larguísimas y amargas controversias, hemos tenido que aceptar que la luz, aparentemente, está hecha de ondas continuas y, al mismo tiempo, de partículas indivisibles.

Está claro, pues, que el objeto de la ciencia no es describir la realidad, sino construir modelos abstractos que la expliquen lo más fielmente posible. Aquellos primeros pensadores de la era antigua no especularon en vano. Confrontadas con la realidad, sus ideas fueron siendo aceptadas o descartadas y, con el tiempo, alumbraron el método científico, gracias al cual hoy nos alimentamos, nos protegemos y nos transportamos infinitamente mejor que los primitivos cazadores de mamúts. 

Pero, a medida que nos esforzamos por explicar la realidad, también vamos descubriendo que es inagotable. Los físicos de nuestros días manejan conceptos tan inabarcables como el universo y tan impalpables como los quarks. Tocar un cable eléctrico nos puede dar calambre, pero el concepto de campo eléctrico es completamente abstracto. Y la abstracción, como en tiempos de Demócrito, nos aboca, todavía hoy, a problemas a los que sólo podemos responder con conjeturas.

Pero no cualquier conjetura. Las conjeturas que han resuelto los problemas más profundos han sido el resultado de un cambio de modelo mental. El sol no gira alrededor de la Tierra, el éter no existe, la generación espontánea es imposible, las especies biológicas evolucionan, los continentes se mueven. Cada una de esas conclusiones ha costado a sus descubridores años, a veces siglos, de rechazo, olvido e incomprensión. 

Uno de los problemas, casi metafísicos, a los que se enfrentan los físicos de hoy está relacionado con la naturaleza del tiempo. En lo esencial, no estamos tan lejos de Demócrito. ¿O quizá deberíamos decir, mejor, Zenón de Elea? Los lectores de este blog, si es que todavía queda alguno, ya conocen mi admiración y mi obsesión por las geniales paradojas de Zenón. Una y otra vez, vuelvo a ellas y me vuelvo a hacer preguntas. Esencialmente, una: ¿podemos formalizar el modelo en el que se basa, implícitamente, nuestra noción del espacio y del tiempo?

No estoy seguro. Con todo, muchos siglos después de Zenón, todavía creo ver grietas en los fundamentos de ese modelo que, o bien nadie ha llegado a cuestionarse, o bien han tapado con parches de artificiosa gutapercha teórica. Por ejemplo, incapaces de definir el concepto matemático de conjunto, los especialistas lo han susitituido por una compleja lista de axiomas que, para cualquier ser humano sensato, son cualquier cosa menos evidentes. Deus ex machina, dirían los aficionados al teatro.

Ya he escrito otras veces, y no poco, sobre las paradojas de Zenón. El concepto de continuidad significa que cada punto de una línea, teniendo dimensión cero, está conectado con otros dos, uno a izquierda y otro a derecha. Con una peculiaridad: si asociamos a ese punto un número real, no hay ningún otro punto que esté inmediatamente contiguo a él. Cómo es posible el movimiento según ese modelo, es un misterio que los matemáticos hasta ahora, que yo sepa, no han explicado.

El concepto de punto de dimensión cero plantea otros problemas. Si identificamos mentalmente uno de tales puntos, por ejemplo el punto medio de un segmento, tenemos que deducir que una mitad de ese segmento está a su derecha, y la otra mitad a su izquierda. Llamemos M a ese punto. Naturalmente, estamos suponiendo que M es parte integrante de nuestro segmento. ¿Qué sucederá cuando cortamos el segmento en dos? El punto M no se puede desdoblar, porque entonces no sería un punto, sino dos, y, siguiendo ese razonamiento, todos los puntos del segmento podrían desdoblarse hasta el infinito. Por lo tanto, tenemos que suponer que M se queda en una de las dos mitades. Pero entonces, ¿cómo identificaremos el extremo de la otra mitad? ¿Como el punto inmediatamente contiguo a M? Problema: en nuestro modelo tal cosa no existe. Aun así, curiosamente, sí le podemos asignar un nombre. 

La operación de división, por ejemplo en dos mitades, es la operación inversa de la multiplicación, que no es otra cosa que una suma repetida. Si hablamos de longitudes, sumar es poner una cosa a continuación de otra. Como esas dos cosas tienen extremos claramente identificables, el punto de unión --llamémoslo U-- conectará uno de esos extremos a continuación del otro. Pero en el mundo de los números reales eso no es posible. De modo que tenemos que suponer que U o no formará parte del nuevo segmento o será el resultado de fundir en uno solo los dos extremos acoplados. En el primero de estos dos casos, podremos referirnos a U indistintamente como "el antiguo extremo del lado izquierdo" o "el antiguo extremo del lado derecho", pero en el segundo caso U será indistinguible y no tendremos ninguna posibilidad de ponerle nombre. Peor todavía: si U son dos puntos fundidos en uno, tendrá que poderse desdoblar.

Pero vamos al tema de hoy. Si contemplamos la suma como una operación cualitativa, los segmentos que sumemos podrán tener cualquier longitud. Lo único que importará es que podamos contar uno a uno los puntos de unión para obtener el resultado de nuestra suma (o multiplicación). Por ejemplo, si acoplamos dos palos de escoba uno a continuación del otro, el resultado será el número 2, sea cual sea la longitud de cada palo. En este caso, sin embargo, la operación inversa sólo será posible si invertimos el sentido del tiempo, para poder identificar los trozos que previamente habíamos unido. Si no tenemos esa información sobre el pasado, cualquier combinación será posible, y la entropía habrá aumentado.

En cambio, cuando contemplamos la suma como una operación cuantitativa, sólo nos interesará que esas dos mitades sean iguales con independencia de su pasado y, por lo tanto, estaremos dando por supuesto que el tiempo es reversible sin coste alguno. Esto quiere decir que estaremos describiendo una realidad de entropía cero, y nuestro modelo, por consiguiente, no describirá adecuadamente el mundo real. 

Todo esto quizá no tendría importancia si la física teórica hubiera encontrado un modelo teórico que conectara adecuadamente la realidad microscópica con la macroscópica, pero tal cosa todavía no ha sucedido. Tampoco tendría importancia si la semántica fuera una ciencia formal, capaz de explicar en profundidad el fenómeno del lenguaje humano y de predecir, de manera verificable, sucesos lingüísticos posibles. Ninguna de esas dos cosas ha sucedido (quizá la segunda sí) y, en cualquier caso, yo no puedo dejar de hacerme preguntas. 

Tampoco importa mucho. Este blog flota a la deriva, desde hace muchos años, dentro de una botella insignificante en la inmensidad de un océano sin faros ni puertos. O quizá, si uno piensa en sus antepasados, rueda, arrastrado por el viento, por la inmensidad de un desierto en el que los oasis son raros y siempre muy lejanos. A estas alturas ya, imposibles de encontrar.

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jueves, 19 de noviembre de 2020

Placer, aventura y desafío

Estimados contactos:

Hoy he decidido que no voy a seguir enviando ya datos sobre el famoso virus que asola, no sé si el planeta, pero sí los medios de comunicación y los gobiernos de casi todo el mundo. En estos últimos meses he podido comprobar hasta qué punto el miedo es capaz de inhibir el sentido común y el espíritu crítico, que son dos de los pilares de la sociedad en la que me gustaría vivir. El silencio o la fe ciega de muchos de vosotros me han hecho comprender que mi esfuerzo es, definitivamente, inútil.

Voy a resumir cómo ha evolucionado mi actitud a este respecto desde el comienzo. Las primeras noticias que venían de China traían a la memoria otras alarmas sanitarias relativamente recientes que finalmente se quedaron en nada. Estoy pensando en las vacas locas, la gripe aviar, la gripe A, SARS, MERS, y otras más sutiles pero persistentes, como el terror al aceite de oliva (en los años 80) o a comer huevos, y una larga lista de alimentos 'malsanos' que sigue creciendo día a día. Todo ello, para alborozo de la OMS, que necesita seguir manteniendo a una enorme legión de burócratas ricos, vagos e incompetentes. Los he padecido en persona, así que sé de lo que hablo.

De modo que, aunque algunas informaciones eran preocupantes, en un principio pensé que la cosa no sería grave. Cuando la epidemia, de pronto, apareció en Italia, se desató una gran confusión. Al principio, se hablaba de una simple gripe. No había que controlar las fronteras, porque en España apenas iba a haber casos, y además teníamos la mejor seguridad social del mundo. Poco después me enteré de que no éramos los únicos: también Francia y el Reino Unido tenían, por lo visto, "la mejor seguridad social del mundo".

Una noche, escuchando a Nigel Farage en LBC Radio, comprendí que había razones para alarmarse, y adopté medidas. Poco a poco, fui haciendo acopio de alimentos y artículos de primera necesidad, y dejé de viajar en autobús. Por aquellos días, los autobuses en esta ciudad iban abarrotados de turistas italianos, y muchos de esos turistas acudían todos los días en masa a la plaza del Ayuntamiento, donde se apretujaban miles de personas para asistir a un espectáculo pirotécnico. Por si eso fuera poco, en los casales de barrio las reuniones festivas eran casi diarias, y varios miles de hinchas del equipo de fútbol local pasaron un fin de semana en Milán --precisamente el foco de la epidemia-- para asistir a un partido multitudinario.

Poco tiempo después se decretó el encierro obligatorio (que los más cursis llaman 'confinamiento'). Los medios de comunicación oficiales --es decir, prácticamente todos-- quitaban importancia al asunto, pero en los medios más disidentes empezaron a aparecer imágenes espeluznantes de enfermos en los suelos de los hospitales, caravanas secretas de coches fúnebres y, por las redes sociales, testimonios angustiosos de sanitarios desbordados por la situación y desesperados por la falta de medios para protegerse siquiera ellos mismos.

Durante dos largos meses sólo salí de casa para tirar la basura. Las calles estaban desiertas, a las ocho de la tarde los balcones se llenaban de vecinos aplaudiendo al aire, y por las redes circulaban canciones de escasa calidad musical pero que, con un nudo en la garganta, nos aseguraban que sobreviviremos, como si en lugar de un virus se hubiera abatido sobre nosotros una invasión extraterrestre.

Los datos eran, más que contradictorios, caóticos. El virus persistía en una misma superficie apenas dos días, tan sólo unas horas o hasta varias semanas, según el estudio científico que uno leyera. Las mascarillas al principio no servían para nada, al poco tiempo eran imprescindibles, y en Suecia no fueron necesarias. El periodo de incubación era tan corto como unos días, según unos, o tan largo como unas semanas, según otros. La velocidad de contagio era de uno a tres, pero en realidad era de uno a cien, o tal vez de uno a mil. Los enfermos asintomáticos contagiaban, pero luego no contagiaban, y después sí contagiaban otra vez. La enfermedad se curaba con hidroxicloroquina, pero luego ya no. En cambio, el dióxido de cloro era milagroso, pero después era inútil. El Remdesivir era mano de santo, después fue dudoso o peligroso, y al poco tiempo era otra vez inocuo y eficaz.

En realidad, la cosa se curaba con gárgaras o con vahos, según algunos. Resultó que no. Hasta leí un estudio científico (sic) que aseguraba que fumar tenía un efecto preventivo. Pero en seguida empezaron a circular las teorías conspiratorias. Los chinos habían fabricado y exportado el virus para destruir a Occidente (y de paso quedarse sin clientes a los que vender sus productos). O los verdaderos creadores del virus eran los Estados Unidos, para destruir a China, o cierto magnate húngaro que tiempo atrás --y esto sí es cierto-- había enviado al holocausto a otros judíos como él. Ah, y se me olvidaban las ondas electromagnéticas y la radiación 5G. Los murciélagos, por supuesto, eran tan inocuos como un cirujano ante la mesa de operaciones.

Por fin, tres meses después, llegó la "nueva normalidad", así llamada por cierto sujeto que no sólo nunca había leído a George Orwell, sino probablemente ni su propia tesis doctoral. Sujeto que, recordémoslo, no cayó del cielo, sino que fue votado por otros sujetos que, un siglo después de Lenin, siguen creyendo que la riqueza no se consigue trabajando, sino vampirizando a los que trabajan. Unos, arrimándose a la teta de la vaca y otros, directamente, comprando la vaca. (Por si alguien está en la inopia, los que trabajan son la vaca).

A esas alturas, la vaca estaba ya francamente famélica, pero el mensaje, alentador, era que por fin habíamos derrotado al virus. Todos juntos. Cómo podíamos estar todos juntos y, al mismo tiempo, mantenernos a distancia era un misterio nunca explicado, pero lo importante era que saliéramos a la calle, triunfantes, que consumiéramos mucho y que disfrutáramos de la vida. Y, para que quedara claro, el gobierno se apresuró a dar ejemplo yéndose de vacaciones.

La situación se empezó a aclarar. Las cifras eran igual de confusas, pero en general no parecían preocupantes. Poco a poco, fue quedando claro que el virus se había cebado en los más ancianos, y que los niños y los jóvenes no corrían más peligro que cuando cruzaban la calle escribiendo jajajajaja en el móvil. Llegó el verano, las playas y las discotecas se llenaron y los más agoreros pronosticaron terribles hecatombes. Pero a finales de septiembre las cifras fatídicas eran muy bajas, y manifiestamente estables.

En octubre empezó otra vez la alarma generalizada, pese a que las cifras no la justificaban. Por aquellas fechas me llamaron la atención sobre los falsos positivos de las pruebas PCR. En laboratorio, el porcentaje efectivo de falsos positivos se acercaba al 50% para unos valores de prevalencia muy bajos, como es, todavía hoy, el caso. En condiciones reales y a escala industrial, hay dos factores a tener en cuenta y que empeoran esa cifra: la posibilidad de contaminación de las muestras, y la circunstancia de que los análisis PCR son procesos de amplificación de fragmentos de ARN. Cuantos más ciclos de amplificación, más vestigios de código genético aparecerán, y por lo tanto menor será la carga viral que detecten.

Esto quiere decir que un resfriado común (uno de los cinco coronavirus que circulan hoy por el mundo) puede dejar un vestigio suficiente para dar un resultado positivo, sin que el sujeto esté enfermo o contagiado. Así, a medida que aumentaba el número de tests aumentaba vertiginosamente el número de falsos positivos, que sin embargo el gobierno y los medios se empeñaban en calificar como 'casos' o 'contagios'. Se desató el terror. A esas alturas, se sabía ya que el riesgo mortal para los menores de 55 años era muy bajo, y para los mayores de 55 sanos, mucho menor de lo que parecían indicar las cifras totales. Cualquier medida social que ofreciera protección a ese sector de la población habría sido infinitamente más barata que cercenar la economía y enviar al hambre, a la miseria y al suicidio a miles o millones de personas. Se llama 'relación coste/beneficio'.

A día de hoy, el riesgo de morirse por cualquier causa en España es todavía un 30% inferior al de enero de 2005, y aun así la población está aterrorizada. Yo no soy ni microbiólogo ni periodista, pero no creo que haya un solo microbiólogo que ignore todo esto, aunque a estas alturas dudo que haya todavía periodistas que merezcan ese título. Me queda la duda de si esta alarma desorbitada se debe a premeditación o a incompetencia, pero lo que tengo por cierto es que esta crisis no es sanitaria, sino política e ideológica. En mi opinión, es una crisis del estado del bienestar.

Hay una ecuación inevitable en todos los actos de la vida humana: el grado de seguridad es inversamente proporcional al grado de libertad. Para ser realmente libre hay que correr riesgos, y medio siglo de estado protector en Europa ha acostumbrado a la población a temer el riesgo. Las noticias persistentes sobre alimentos que generan colesterol, obesidad o cáncer y sobre la polución del medio ambiente, más las alarmas --científicamente injustificadas-- de cambio climático, han reforzado ese estado de terror. Y hemos caído en nuestra propia trampa.

Se nos ha acostumbrado a valorar la duración de la vida, aunque sus últimos diez o quince años sean vida vegetativa y humillantemente dependiente, y nos han impedido valorar la calidad de la vida. No digo que sea preferible para todos vivir sin privarse de quesos, dulces, alcohol y otras sustancias, y --tal vez-- morirse antes. Naturalmente, es una decisión personal. Pero no universal. Cada uno debe poder aquilatar los riesgos que corre, y equilibrarlos con las compensaciones que le reportan. Se llama libertad.

La libertad y la seguridad son dos mitades irreconciliables de una ecuación, pero no son simétricas. Hay una ideología de la libertad que quiere que todos seamos libres, respetando a nuestro prójimo, y hay una ideología de la seguridad que quiere que todos estemos protegidos siempre. Todos, siempre. Y esa es precisamente la diferencia: la ideología de la libertad es liberadora, mientras que la ideología de la seguridad es totalitaria.

Yo quiero tener la libertad de ser libre: la libertad de correr riesgos. Y no alimento la fantasía de ser inmortal. No sé si acabaré algún día convertido en un geranio, en una silla de ruedas empujada por un desconocido. Desde luego, no lo haré a costa de correr no sé cuántos kilómetros cada día, de hacerme una y otra vez pruebas de colesterol y de privarme de los alimentos que me gustan. Para mí la vida es placer, aventura y desafío, y así quiero que siga siendo. Pasaré malos ratos, y no serán los primeros, pero no voy a tirar la toalla. Amantes de la seguridad e inquisidores de mi libertad, tenedlo presente: sólo se vive una vez.

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domingo, 8 de noviembre de 2020

Descubrimiento de la poesía

No sé cuándo tuve conocimiento de que existía la poesía. Mi madre, desarraigada de su Bilbao natal por la decisión de mi padre de trasladarnos todos a Madrid, nos relataba a menudo, en aquellos primeros años de destierro, historias añoradas de su juventud reciente, de la guerra civil, de costumbres que ella había vivido y que ahora sonaban marcianas en aquel barrio lumpen, desolado, de un Madrid inhóspito donde casi nunca llovía.

Era una mujer muy original --demasiado, según para qué cosas-- y a menudo sorprendente. En aquella época, la gente no consumía música ni palabras y disfrutaba del albedrío de jugar con ellas, así que es posible que a mi madre se le escaparan de vez en cuando algunas rimas, que ella no habría dejado de comentar y que fueron, seguramente, lo que la impulsó un día a hablarme de los bertsolaris.

Conservo todavía un pequeño cuaderno de tapas duras de mi infancia en el que, entre dibujos de inventos mecánicos imposibles y anotaciones intrascendentes, escribí, de mi puño y letra, mi primera poesía. Era la semblanza de un paleto muy bruto, que yo retrataba con intención humorística, inspirada en los personajes de las historietas de los 'tebeos', aquellas revistas infantiles que mi madre nos compraba todas las semanas.

Aquella primera creación, resultado de una feliz combinación de bertsolaris y caricaturas en viñetas, se integró algún tiempo después en el concepto más general de literatura gracias a la pequeña biblioteca de mi padre, que yo me leí casi entera. No siempre con fruición, porque más de un título era demasiado indigesto para mi edad, pero el aburrimiento de leer a Proust era para mí preferible a participar en intercambios de pedradas o en partidos de fútbol belicosos, improvisados en descampados áridos bajo cielos de acero.

Aun así, me apasionaba leer. Los libros eran para mí la única ventana a una realidad digna de ser vivida, o al menos imaginada. Por eso cuando, años después, un día me abordó en la calle un joven y me propuso suscribirme a un club de lectura --dos libros mensuales a cambio de una cuota para mí asequible--, acepté con entusiasmo. Los dos primeros libros que les compré fueron Así habló Zaratustra y Campos de Castilla.

La lectura de Campos de Castilla inspiró mi primera poesía propiamente dicha. Se titulaba 'Andalucía', y la escribí con dieciséis años de edad:

Silencio azul de un ocaso.
Agoniza el sol poniente...
Un firmamento muy raso
se va estrellando al oriente.
El agua fresca de un vaso...

Llena el aire con sus notas
una guitarra gitana.
La promesa de un mañana
se desvanece en las gotas
de una fuente muy cercana.

Casi al mismo tiempo que yo me embelesaba con la poesía de Machado, descubrí en la papelería de mi madre un libro que despertó mi curiosidad. Era la legendaria antología de poetas españoles de 1927, de Gerardo Diego. Desde aquel mismo día y durante semanas, me sumergí en aquel torrente de poesía que me abría más horizontes de los que yo era capaz de explorar. Más que un contacto con la belleza o con las emociones, era un descubrimiento de la capacidad expresiva de las palabras.

He dicho de las palabras, no del lenguaje. La poesía surrealista, que por aquel entonces habían abrazado la mayoría de los poetas, no es, propiamente hablando, lenguaje. Son palabras. Palabras hiladas con un ritmo y una sonoridad evocadores. “Infame turba de nocturnas aves, / gimiendo tristes y volando graves”, escribió Góngora en su Fábula de Polifemo y Galatea, concentrando en sólo dos versos todos los recursos de la poesía plástica: el ritmo, la prosodia y la evocación sensorial y emocional.

No toda la poesía es así. Hay también una poesía reflexiva, por la que siento menos afinidad, y que representaba muy bien un coetáneo --y, comprensiblemente, antagonista-- de Góngora: Francisco de Quevedo. Por ejemplo, en su famoso soneto “Miré los muros de la patria mía, si un tiempo fuertes, ya desmoronados...” La emoción que puede suscitar este tipo de poesía depende de hasta qué punto uno esté de acuerdo con el autor y con sus principios morales (que, naturalmente, están también sujetos a los vaivenes de la historia... y de la moda).

Hay un recurso más del que echan mano los poetas surrealistas, y que es quizá el más potente de todos: las combinaciones de significados inesperados. Todavía no he olvidado un fragmento de un poema de Rafael Alberti que leí en aquella antología, y que terminaba diciendo “... una navaja de afeitar abandonada al borde de un precipicio”. La navaja de afeitar es un objeto de la vida cotidiana, pero inquietantemente cortante, y ha sido abandonado (¿por quién?, ¿por qué?) en un lugar particularmente peligroso. Parece poco sensato que alguien use una navaja, o para afeitarse o para lesionarse, justo antes de arrojarse a un precipicio, pero la combinación repentina de esas dos imágenes nos coloca en un estado de ánimo sobrecogedor: el misterio, la desesperación y el sentido de la vida irrumpen de pronto en nuestro mundo emocional con la fuerza de una tempestad.

Digan lo que digan los 'entendidos', yo he llegado a la conclusión de que la poesía surrealista y, en general, buena parte de la poesía, no significa nada. No es un mensaje coherente. Ni siquiera un mensaje coherente expresado mediante metáforas. Pero, aun siendo un mensaje dislocado y amalgamado, tampoco es esa 'escritura automática' que argüían sus autores, inspirados en la técnica psicoanalítica que estaba de moda por aquel entonces: dejar que el paciente diga lo primero que se le ocurre. Igual que en un psicoanálisis, el poeta trata de hacernos sentir lo que le está emocionando, con la diferencia de que sus lectores rara vez son psicoanalistas y, aunque lo fueran, no podrían conversar con él para desentrañar lo que quiere decir.

En tiempos de Góngora el psicoanálisis no había sido inventado, pero Góngora recurre a un artificio genial que da un resultado muy parecido. En lugar de construir las frases siguiendo las reglas del español en uso, las recompone usando la sintaxis del latín. Naturalmente, para un lector común y corriente que no haya estudiado latín, los versos de Góngora son desconcertantes. Y, a primera vista, incomprensibles. Por ejemplo, en las Soledades podemos leer, refiriéndose a un náufrago que ha caído al mar:

Del siempre en la montaña opuesto pino
al enemigo Noto,
piadoso miembro roto,
breve tabla, delfín no fue pequeño

Después de leer estos versos unas cuantas veces, sospechamos que todas esas piezas están descolocadas, pero también sospechamos que no han sido escritas al azar. De entrada, vemos que entre una montaña y un pino hay una relación evidente. Si además averiguamos que el Noto es un viento, ya tenemos un punto de partida: un pino en una montaña, expuesto al viento. Seguidamente, el pino 'opuesto' y el viento 'enemigo' nos sugieren una pugna entre dos rivales, y ninguna de esas dos partes parece dispuesta a ceder, porque ya en la primera línea hemos leído que eso sucede 'siempre'. Al abolir las normas gramaticales a las que estamos acostumbrados, Góngora tiene libertad para empezar con un 'siempre' que nos deja en suspenso y va a presidir la escena, nos transporta después a una montaña, y por último coloca en ella dos adversarios paralelos enfrentados entre sí. ¿Literatura, arquitectura, o cine? Las tres cosas al mismo tiempo, diría yo.

Pero la descripción continúa. Una vez construida esa escena, podemos quedarnos simplemente con la idea de que nos están hablando “del [...] pino” y pasamos a los dos versos siguientes, donde nos encontramos con otro paralelismo, esta vez simétrico: miembro roto, breve tabla. Como estábamos hablando de un pino, ese miembro roto sólo puede significar una rama desgajada, convertida en una pequeña (“breve”) tabla, flotando. Para el pobre náufrago, el hallazgo es providencial, algo así como si la tabla se “apiadara” de él. ¿Cómo podemos imaginarnos esta escena más vívidamente? Como si la tabla fuera --nos responderá Góngora-- un delfín al que el náufrago se ha conseguido agarrar para salvar su vida. El náufrago respira, aliviado: aunque la tabla era “breve”, para él ha venido a ser como un delfín “no pequeño”. ¿A alguien le parece, como a mí, que esta descripción tiene un cierto regusto andaluz?

Gracias al latín, podemos descomponer los versos de Góngora y recomponerlos después siguiendo las reglas de nuestro lenguaje habitual, pero en la poesía surrealista eso ya no es así. Para los surrealistas, ese proceso no es necesario porque, le encontremos o no sentido a lo que acabamos de leer, el efecto visual y emocional habrá sido lo primero que experimentemos, y para ellos eso es lo verdaderamente importante. Al centrarse sólo en la pirotecnia de las imágenes, tienen las manos libres para sugerir, en lugar de relatar. Con ellos, la poesía surrealista corta amarras y se separa inconfundiblemente de la prosa.

Por cierto, en las demás artes estaba sucediendo lo mismo. Pensemos en la evolución de la pintura de Kandinsky, desde esos primeros paisajes, cada vez menos verosímiles, hasta las sutiles estructuras de trazos sin ningún significado. O en los paisajes de Cézanne, que marcan exactamente el punto de transición entre la realidad y las sugerencias de la realidad. En música, también Schönberg estaba por aquellas fechas rompiendo definitivamente los moldes de la armonía, y sumergiéndonos en un universo de disonancias tan meritorio como, por otra parte, inaguantable.

De todos aquellos poetas de la Antología, mis dos preferidos fueron Pedro Salinas y Vicente Aleixandre. Mi admiración hacia Pedro Salinas era comprensible, si uno piensa que yo estaba en plena adolescencia y aún no tenía ocasión de enamorarme a menos de quinientos metros de distancia. Pero, mientras la poesía de Salinas era una melancolía ingrávida, los versos de Aleixandre eran marejadas de luz y música, y labios y alas y nubes. Descendientes directos de la sensualidad gongorina, como descubrí algún tiempo después.

Sombra del Paraíso es, para mí, el libro más representativo de la obra de Aleixandre, y también su obra cumbre. Aunque sólo fuera por esa mágica descripción de la Málaga de su infancia, que comienza diciendo:

Siempre te ven mis ojos, ciudad de mis días marinos.
Colgada del imponente monte, apenas detenida
en tu vertical caída a las ondas azules,
pareces reinar bajo el cielo, sobre las aguas,
intermedia en los aires, como si una mano dichosa
te hubiera retenido, un momento de gloria, antes de hundirte para siempre en las olas amantes.

Pero en Sombra del Paraíso Aleixandre ha empezado ya a alejarse del surrealismo. Hay un lento camino desde esos versos de 'Muñecas', en Espadas como labios:

Un coro de muñecas
cantando con los codos,
midiendo dulcemente los extremos,
sentado sobre un niño;
boca, humedad lasciva, casi pólvora,
carne rota en pedazos como herrumbre.

hasta ese conmovedor 'Llueve', en Poemas de la consumación:

En esta tarde llueve, y llueve pura
tu imagen. En mi recuerdo el día se abre. Entraste.
No oigo. La memoria me da tu imagen sólo.
Sólo tu beso o lluvia cae en recuerdo.
Llueve tu voz, y llueve el beso triste,
el beso hondo,
beso mojado en lluvia. El labio es húmedo.
Húmedo de recuerdo el beso llora
desde unos cielos grises
delicados.
Llueve tu amor mojando mi memoria,
y cae, cae. El beso
al hondo cae. Y gris aún cae
la lluvia.

Hoy he releído esos y otros muchos poemas de Vicente Aleixandre, que sobrevivían todavía en libros muy viejos, agostados ya y desencuadernados, en mi biblioteca. Siempre es un riesgo releer a autores que en la primera juventud nos entusiasmaron. En mi caso, no todos me siguen despertando el mismo entusiasmo. Pero hoy, después de releerlas con la misma emoción de entonces, las poesías de Vicente Aleixandre ocupan todavía un puesto muy alto en el podio de mis autores más admirados. Y de mis paraísos imposibles.

Por aquella mano materna fui llevado ligero
por tus calles ingrávidas. Pie desnudo en el día.
Pie desnudo en la noche. Luna grande. Sol puro
Allí el cielo eras tú, ciudad que en él morabas.
Ciudad que en él volabas con tus alas abiertas.

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jueves, 29 de octubre de 2020

Datos (y datas)

Miro una y otra vez las estadísticas y me cuesta creerlo. No los datos en sí mismos, sino la manera en que los gobiernos y los medios los están interpretando. Por supuesto, la interpretación más simplista es la de que "ha habido tantos miles de muertes esta semana", o "los contagios están aumentando a un ritmo de tanto cada x días". En las noticias leemos diariamente que "aumenta la preocupación por el aumento de casos", sin aclarar quién o quiénes son los que están tan preocupados. Datos como el de la mortalidad en Suecia (dos muertes diarias atribuidas al virus, a fecha de hoy) son silenciados, y los datos históricos que podrían arrojar luz sobre el asunto hay que ir a buscarlos en recónditas gráficas oficiales. Tarea de muchas horas, en mi caso meses, hasta que uno puede hacerse una idea de qué es lo que realmente está sucediendo.

Pues bien, a continuación voy a tratar de explicar lo que, según datos oficiales, está sucediendo. Empecemos con la gráfica de muertes por todas las causas en España. En el año 2004 (en que este dato ni siquiera salió en las noticias), las defunciones semanales aumentaron muy rápidamente desde el valor mínimo del verano hasta la segunda semana de enero: un 75%. En 2020 las cosas son un poco más complicadas, porque la ola de marzo-abril y el encierro forzoso alteraron sustancialmente la interpretabilidad de los datos. Pero, si tomamos el valor mínimo anual (7 de junio) como referencia, un aumento del 75% hasta comienzos de 2021 tampoco merecería ser noticia. Lo cual quiere decir que, si en la segunda semana de enero alcanzáramos 1.800 defunciones diarias, seguiríamos estando en valores estadísticamente admisibles. En la semana del 11 de octubre, el aumento desde los mínimos del verano era sólo un 14.7%, muy lejos todavía del 75%.

Veámoslo desde otro punto de vista. Desde el 11 de octubre de 2004 hasta el máximo de enero de 2005, las muertes semanales aumentaron un 64%. Si siguiéramos esa misma evolución en 2020, a comienzos del año próximo podríamos llegar a 2.000 defunciones diarias por todas las causas, y el dato seguiría sin merecer ni una mención en el telediario. Veremos lo que nos trae el futuro.

Pero, ¿y en valores absolutos? Teniendo en cuenta el aumento de la población española, el número total de muertes en la semana del 11 de octubre aumentó un 8% respecto de 2004, es decir, un 0.0014% de la población española. Dicho de otro modo, en una ciudad de un millón de habitantes estaban muriendo en esas fechas 2 personas más cada día, posiblemente a causa del virus (cuyo nombre no menciono para que no me censuren este blog).

Sí, ya sé que estos cálculos no casan bien con las cifras exorbitantes que nos llegan todos los días por todas partes, pero son el resultado de simples multiplicaciones y divisiones lógicas a partir de los datos oficiales del INE.

Veamos ahora el número total de muertes por todas las causas en lo que va de año, es decir, desde el 1 de enero hasta el 11 de octubre: 383.841. En esa cifra, naturalmente, deberían estar incluidas todas las defunciones causadas por el virus desde que la epidemia se empezó a extender por España. Si extrapolamos los valores máximos de los últimos 20 años, concluiremos que una cifra de 350.000 no habría sido alarmante. La diferencia son cerca de 34.000 muertes, presumiblemente causadas por la epidemia. En términos porcentuales, 34.000 muertes representan un 0.07% de la población española. ¿Quiere esto decir que el sistema sanitario de España no estaba preparado para atender a un 0.07% más de casos fatales en poco más de nueve meses?

Vamos a examinar esto desde otro punto de vista. Ya hemos concluido que un máximo de 2.000 muertes diarias no debería ser un problema para la Seguridad Social, ya que sería estadísticamente aceptable. En 2020 ese máximo fue rebasado sólo en la semana 14, en que se llegó a contabilizar 20.653 fallecimientos (2.950 diarios). ¿La cacareada seguridad social española no tenía previsiones para hacer frente a un exceso de 950 defunciones diarias en el conjunto de España durante sólo una semana? Los cables de los ascensores están calculados para soportar el doble del peso máximo autorizado (un 100% de más), pero la sanidad española, por lo visto, no tiene planes de contingencia para soportar un exceso del 58% a lo largo de siete días, y tuvo que recurrir en muchos casos a medios de la sanidad privada (que sí tenía plazas disponibles). Quizá esto explique que los ministros de izquierda, cuando se ponen enfermos, se vayan directamente a la clínica Ruber.

Repito que no estoy negando que haya una epidemia. Lo que quiero señalar es que las cifras, al menos a 11 de octubre, no justifican en absoluto las alarmas catastrofistas de que estamos siendo víctimas, y no sólo en España. El dogma socialdemócrata, con su énfasis desmesurado en la seguridad a expensas de la libertad, está con el culo al aire, y sólo unos medios de comunicación incompetentes, cobardes y adoctrinados consiguen, hoy por hoy, mantenerlo. Si los ciudadanos somos adultos para votar, también lo somos para protegernos. La misión del estado, en situaciones como esta, debería limitarse a informar. Y, en los casos más acuciantes, a echar una mano.

La limitación indiscriminada del contacto social retrasa la consecución de la inmunidad colectiva y prolonga la agonía económica y social. Y la obligación de llevar mascarilla hace que sus portadores, reutilicen las mascarillas durante muchísimo más de cuatro horas, y hace también que se sientan seguros y no guarden las distancias (que es precisamente la única medida aconsejable). Entre tanto, aumentan los suicidios, las larguísimas colas de los comedores de caridad (que los medios se han prohibido a sí mismos divulgar), los enfermos de otras dolencias que temen acudir al hospital o sólo pueden hablar con su médico por teléfono, las depresiones, las quiebras de empresas y el desempleo.

En pocas palabras: es el caos.

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jueves, 22 de octubre de 2020

Inmunidades y rebaños

A día de hoy, las cifras que nos dan los llamados “periodistas” y los llamados “expertos” sobre el COVID-19 son muy alarmantes, y parecen justificar que el gobierno limite drásticamente los contactos entre la población, dando por supuesto que los costes sociales, sanitarios y económicos de esa imposición serán inferiores al beneficio que nos reporte. Digo “dando por supuesto”, porque todavía no he visto publicado un solo análisis de la relación coste/beneficio que justificaría esa orwelliana medida.

En medio de esta tormenta de cifras para todos los gustos que inducen al terror, si uno no razona, y a la confusión, si uno trata de entender lo que realmente está sucediendo, el único dato que parece inapelable son las cifras de defunciones de los registros civiles, comparadas con las cifras de años anteriores. En España, esos datos son recogidos por el MoMo y representados en gráficas, tanto a nivel nacional como por Comunidades Autónomas.

Sin embargo, las gráficas del MoMo incluyen un concepto engañoso: las estimaciones de mortalidad esperada. Según el MoMo, estas estimaciones están basadas “en la mortalidad observada de los últimos 10 años”.

Pero, si consideramos que una mayoría de los fallecidos rondaba la esperanza de vida, si analizamos la distribución de muertes por edades en el pico de marzo-abril, y si consideramos la abundante presencia de afecciones previas al contagio, tenemos que llegar a la conclusión de que muchos de los fallecidos murieron sólo entre semanas y meses antes de lo esperable. Esto quiere decir que la curva de muertes esperadas debería presentar un bache a partir de abril --no es previsible que los que ya se han muerto se vuelvan a morir--, recuperándose después asintóticamente hasta converger con la estimación del MoMo. La recuperación es asintótica porque, como es lógico, nos acercamos progresivamente a la inmunidad de rebaño.

Sin datos completos es muy difícil modelizar este efecto, pero grosso modo podría tener esta forma:

Esto explicaría que el pico de marzo-abril fuera aparentemente tan inverosímil, y reflejaría una disminución mucho más gradual, correlacionada con el aumento de la inmunidad.

Como se puede ver en el gráfico, la presunta “segunda ola” del otoño no sería tal, sino que reflejaría simplemente un cálculo incorrecto de las muertes esperadas, que no ha tenido en cuenta ese efecto de “resaca” de la curva estimada. El número de muertes estimado debería ser todavía menor que el que publica el MoMo, y por lo tanto el exceso de mortalidad debería ser aún mayor. Pero eso no refleja un aumento exponencial de la epidemia, sino simplemente la realidad de que no podemos esperar que se mueran los que ya se han muerto. 

Pese a que debería empezar a notarse ya un aumento estacional, la gráfica del MoMo está fluctuando en meseta desde primeros de julio y es menor que en enero. En enero no había ninguna alarma sanitaria, que yo recuerde. 

Si los periodistas incompetentes, la Universidad Carlos III y el INE todavía no se han dado cuenta de todo esto, la única explicación que se me ocurre es que son unos ceporros, probablemente víctimas de la LOGSE. O, peor todavía, que están manipulando la interpretación de los datos en favor del gobierno.

En cualquier caso, cabe preguntarse si el encierro indiscriminado de la población, o el uso totalitario de las mascarillas, realmente han surtido el efecto esperado. Si examinamos la gráfica siguiente, tendremos que concluir que no:

La evolución de la epidemia ha sido exactamente la misma en Suecia, donde apenas se han limitado los movimientos y los contactos sociales, y donde las mascarillas no han sido obligatorias, que en un número representativo de países europeos, de norte a sur.

No estoy negando que haya casos de COVID-19 ni muertes por esa causa. Lo que estoy afirmando es que un análisis razonable de los datos más fiables de que disponemos no justifica el catastrofismo imperante, que acarreará pobreza, hambre y buen número de enfermedades físicas y mentales derivadas de las políticas restrictivas.

Nos quedan por explicar las cifras exorbitantes de “casos” o “contagios” con que nos bombardean diariamente. Está demostrado matemáticamente que, cuando la prevalencia de una epidemia es muy baja, como es el caso del COVID-19, el porcentaje de falsos positivos de las pruebas PCR asciende al 56 por ciento en condiciones de laboratorio, lo cual quiere decir que, probablemente, en condiciones reales alcance el 70-80%. Eso explica que las cifras de “casos” sean tan alarmantes, mientras que las cifras reales de muertes son mucho más tranquilizadoras.

En cuanto a las pruebas de anticuerpos, hay que tener presente que el paso del virus por un organismo no sólo genera anticuerpos, sino que deja huella en la 'memoria' de las células T del sistema inmunitario, y ningún test conocido detecta esa huella. Si consideramos este factor adicional y tenemos presente, además, que el resfriado común es también un coronavirus y que nuestro sistema inmunitario genera inmunidad cruzada con el resfriado común, parece sensato concluir que estamos ya cerca de alcanzar la inmunidad colectiva o 'de rebaño'.

Tal vez las futuras vacunas consigan eliminar el virus del planeta, pero los encierros colectivos y las mascarillas, con toda probabilidad, no lo conseguirán. La inmunidad de rebaño es la única solución viable, y natural.

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domingo, 6 de septiembre de 2020

El mentor

Desde la ventana se veía el puerto y, algo más allá, el arranque de la playa. No sabía por qué estaba siempre allí encerrada. Sus hermanos corrían y jugaban por el pasillo, pero a ella no le estaba permitido salir. Órdenes de su padre.

En verano, algunos bañistas se aventuraban a zambullirse en el agua. Unos nadaban valientemente como delfines allá lejos, alejados de las multitudes, y otros simplemente chapoteaban en las olas breves de la orilla con flotadores y patos inflables. En invierno, en cambio, sólo bullía el puerto, con sus redes extendidas sobre el muelle, sus barquichuelos de pesca, las breves motas blancas de los escasos veleros y las subastas de pescado los viernes por la mañana.

Era su único horizonte. Su madre le traía las comidas a la habitación, en una bandeja, y regresaba a retirar la bandeja cuando ellos, todos los demás, en alguna habitación lejana terminaban de comer. Una mañana de otoño entró a la habitación un hombre joven, bien vestido y, al principio, algo inseguro. Sonreía. Y olía bien.

Buenos días, dijo. Me llamo Tomás, y a partir de hoy voy a ser tu mentor, añadió. Seguidamente, abrió una cartera de gran tamaño que había depositado en el escritorio y fue sacando de ella un cargamento de libros y cuadernos. Así aprendió ella a leer, y a sumar, y supo que unos ríos surcaban aquel mapa de su país, y con los años conoció los quebrados y la conquista de América y los misterios de la célula y de las remotas galaxias. Y, cuando Tomás terminaba sus clases y se despedía hasta el día siguiente, aquella puerta de su habitación se volvía a cerrar.

No sabía si se sentía sola o abandonada. En el mundo de los niños, no todas las cosas tienen una explicación. A esa edad, la vida es sólo lo que uno alcanza con las manos. Y con la vista. Lo que le contaba su mentor y lo que ella leía en los libros ocupaban más bien el mundo de la imaginación. Aquellas montañas y aquellos leopardos, ella nunca los había visto. Podían existir o no. Pero poblaban su fantasía.

Cuando empezó el curso siguiente, Tomás dejó en su mesilla un grueso libro con las letras del lomo y los rebordes de las páginas finamente dorados. Era un Antiguo Testamento. En aquel libro inacabable descubrió ella los orígenes del mundo y los árboles del Paraíso, los sacrificios de Abraham y las tablas de la Ley. Imaginaba a los ángeles flotando sobre nubes de algodón y a los demonios achicharrándose y urdiendo guerras, plagas y hecatombes desde las entrañas de la tierra. En su fantasía, se transfiguró en la esposa del rey Salomón y tembló con las trompetas terribles del Apocalipsis. Por las noches, en la soledad terca del insomnio, creía ver en lo alto de su armario una zarza que ardería eternamente, y oía las palabras de Yahvé anunciando la venida del Redentor.

Año tras año, Tomás siguió acudiendo a la cita docente y ensanchando los horizontes invisibles de aquella niña que pronto empezó a ser adolescente. El ya no estaba inseguro. Respondía a las preguntas de ella con un respeto exquisito, casi con afecto, pero pronto empezó a haber preguntas para las que él no tenía respuesta. En el mundo comprimido de aquella habitación no había otros adolescentes, y la pubertad implosionaba en ella como una flor sin contornos, remodelando la infancia y abocándola irremediablemente a una madurez que sólo podía ser una fantasía bíblica.

Un domingo, en la misa de doce --sólo para ir a misa le permitían salir-- se enamoró de un muchacho. El se dio cuenta y, a la salida, la abordó. ¿Te gustaría ir al cine?, preguntó. Ella nunca había ido al cine, aunque lo imaginaba parecido a su habitación. Pero la invitación la emocionó. Aceptó, aunque habría preferido ir al puerto, o a la playa. Sin embargo, cuando regresó a casa y relató el incidente su padre dijo simplemente "¡No!" Y la puerta de la habitación se volvió a cerrar tras ella.

Una semana después, el chico aquel se presentó en casa sin avisar y declaró que quería casarse con ella. Cuando su padre entró a la habitación y empezó a referirle la extraña petición, ella no le dejó terminar.

"Sí", dijo. "Le amo. Me casaré con él".

No era cierto. Lo que en realidad ella amaba, sin confesárselo a sí misma, era la libertad. Pensaba confusamente que el matrimonio era un escenario en el que la reina de Saba podía asomarse a todas las ventanas del palacio y, desde ellas, contemplar a lo lejos la extensión infinita del reino de Israel. Qué sabía ella de intimidades carnales y viajes de espermatozoides. Para ella, el lecho nupcial era simplemente un aposento blando rodeado de doseles agitados por la brisa.

La noche de bodas fue abrupta, y las siguientes todavía más. El matrimonio no duró mucho, y su ruptura le abrió las puertas de aquello que, sin saberlo, anhelaba como el aire para respirar: la libertad.

Para un adulto sin infancia ni adolescencia, los caminos de la libertad son infinitos. Escogió al azar. Durmió en albergues de caridad y estaciones de metro, lavó platos, vendió en mercadillos juguetes hechos por ella misma y, robando tiempo al tiempo, estudió en una universidad. Cuando acabó, la célula ya no era un misterio para ella, pero los laboratorios eran habitaciones cerradas, y prefirió viajar.

Provista de un mapa del mundo, saltaba de gasolinera en gasolinera como en el juego de la oca, preguntando a cada automovilista si viajaba en su misma dirección. Algunos jóvenes se le insinuaron, muchos viejos le relataron hermosas historias del pasado, y un camionero recibió una bofetada tras un sospechoso error con la palanca del cambio de marchas.

Así conoció Budapest y Estambul, aspiró los perfumes de Samarkanda y meditó en templos empequeñecidos por las nieves del Fujiyama. En Tahití siguió las huellas de Gauguin, en San Francisco vivió un terremoto que destruyó el Golden Gate, y en la Amazonía aprendió a contar sólo hasta dos en un mundo en el que el pasado no existía. Cuando, muchos años después, regresó al hogar paterno, el pasado durante su ausencia era una sucesión vertiginosa de acontecimientos que ella, igual que antaño entre las cuatro desesperantes paredes, tampoco había vivido.

La vivienda que había sido su hogar estaba desocupada. Sus hermanos ya no corrían por un pasillo inalcanzable, y de sus padres sólo quedaban ya varias fotos desvaídas que decoraban un aparador. En un cajón de una cómoda descubrió una matrioshka, y dentro de ella, otra, y dentro, otra más. Bajo la última matrioshka apareció una llave. Probó a abrir con ella la puerta de la entrada, y después la puerta de la azotea y del portal, pero en ninguna de ellas encajaba. La guardó y salió a la calle.

El puerto ya no era el mismo que ella había contemplado desde su ventana. Los barcos de pesca habían desaparecido, y la escollera quedaba ahora oculta tras una hilera de edificios coronados por rótulos de neón. Se sentó en el borde del muelle y dejó pasar las horas.

Cuando anocheció y las luces de neón empezaron a expresarse en Morse, un recuerdo olvidado acudió de pronto a su memoria. Tomás. ¿Viviría aún? Ni siquiera conocía su dirección. No podía marcharse sin averiguar qué había sido de él. Buscó una pensión desde la que pudiera seguir viendo el puerto y alquiló una habitación.

Esa noche, varada como antaño en un terco insomnio, creyó ver en lo alto del armario una zarza ardiendo. Tras la ventana, la insistencia de un claxon parecía anunciar la caída de las murallas de Jericó. Nunca lo había pensado, pero tal vez debió haberse casado con Tomás. Nadie la había conocido mejor que él, y nadie la había comprendido y aceptado jamás como aquel hombre que, día tras día, se esforzaba por demarcar, en su mente infantil, una divisoria imposible entre fantasía y realidad. Por fin, se durmió.

Tardó varios días en dar con el antiguo domicilio de Tomás. El portal estaba abierto. Subió hasta la tercera planta, localizó la puerta y llamó. Nadie respondió. Una vecina que bajaba por las escaleras se detuvo un momento y la miró de refilón. Ahí ya no vive nadie. Ese señor murió, dijo. Y continuó su camino escaleras abajo, hasta que se hizo de nuevo el silencio.

Aquella puerta cerrada marcaba el final de su viaje. Los dos pasados, el que ella había vivido y el que nunca había llegado a conocer, terminaban allí. Suspiró. En su vida se abría, por fin, un nuevo capítulo. Empezó a bajar las escaleras pero, de pronto, se detuvo. La llave, pensó. Abrió su bolso, la sacó y buscó con ella la cerradura de la puerta. La llave se deslizó suavemente hasta el fondo y, con un pequeño giro, la puerta se abrió.

La vivienda estaba oscura y polvorienta. Recorrió aquellas habitaciones en silencio, tratando de situar a su antiguo mentor en ellas. Dónde habría comido o dormido, cuántas veces habría recorrido aquel pasillo antes de acudir al encuentro con ella, cuántas veces se habría mirado en aquel espejo de la entrada antes de salir a la calle. Entró al salón y levantó las persianas. Por un instante, la luz la cegó. Era una habitación modesta, con muebles antiguos y deslucidos. Ya no quedaban cuadros en las paredes. Sí, la puerta se había abierto, pero su pasado, de todos modos, se había terminado. Una mezcla de ternura y angustia se apoderó de ella. Cuando saliera de allí, la realidad y la fantasía estarían por fin claramente delimitadas, y el tiempo podría transcurrir, a partir de aquel día, en una sola dirección.

Se dio media vuelta para salir. Y entonces la vio.

Estaba en lo alto del aparador, enmarcada en una moldura dorada y flanqueada por dos velas, mágica como un exvoto largamente adorado. Era una antigua foto de su madre.

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jueves, 6 de agosto de 2020

La espiral - 25

(Comienzo)

Tuve que llamar al timbre varias veces, hasta que la puerta por fin se abrió. Rosario me recibió en camisón, tapándose los ojos con una mano para evitar la luz. Evidentemente, se acababa de despertar.

La seguí hasta el comedor y me senté en el sofá. Sentí retemblar el asiento cuando Rosario se sentó mi lado.

"No te puedes ni imaginar lo que he dormido", dijo con voz pastosa. "Me vas a tener que perdonar, amor, pero no me acuerdo de nada". Apoyó su cabeza en mi pecho. "Dime, ¿hicimos el amor anoche?"

"Me ofendes", susurré a su oído. "Ayer pasé la noche más maravillosa de mi vida"

Y no mentía.

"Hmmm. Qué lástima que no me acuerde", dijo mimosamente. "¿Encontraste la peluca?"

"Ahá". Asentí con la cabeza."¿Es que no la has visto? La dejé en tu bolso"

"¿En mi bolso? Válgame Dios. ¿Y dónde he dejado yo el bolso?"

Se levantó y rebuscó por la habitación, sin resultado. Por fin, entró en su dormitorio y reapareció al poco tiempo levantando la peluca en alto.

"Hemos tenido suerte. Aquí adentro lleva una etiqueta con el nombre del fabricante", anunció.

Me encogí de hombros.

"El fabricante me da igual. Lo único que a mí me interesa es que Belinda se ponga cariñosa con Andy y yo consiga fotografiarla sin esa peluca"

Rosario me miró, pensativa.

"¿A qué se dedica tu cliente?"

"No me lo ha dicho. Y yo tampoco se lo he preguntado. Los detectives somos discretos. ¿Qué tiene eso que ver con mi investigación?"

Me tendió la peluca.

"Lee la etiqueta"

La recogí, la volví del revés y examiné la etiqueta.

"Smith", leí en voz alta. "Pero esto no significa nada", protesté. "Smith es el apellido más corriente del mundo"

"Puede ser. Pero no todos los Smith son propietarios de un laboratorio abandonado"

"¿Quieres decir que el edificio abandonado que hay junto a Glamour 2 es de mi cliente?"

Rosario asinitó, sonriendo.

"No sólo eso", añadió. "Además, es propietario de una tienda de disfraces"

Me rasqué la cabeza.

"Y fabricante de pelucas", dije.

"Tal vez"

"Entonces ¿la policía está investigando a Severo Smith?"

"Ya hemos investigado. Pero hasta ahora no hemos encontrado nada"

"¿Y la tienda de disfraces?"

"La lleva un primo suyo. Un hombre muy mayor, que trabajó en el mundo del cine. Seguramente fue él quien le consiguió la peluca a Belinda. No parece que esté involucrado en nada raro"

Yo empezaba a no pensar lo mismo. Mi mente trabajaba febrilmente. Había muchos cabos por atar, y yo necesitaba tiempo.

"¿Dónde vas a comer hoy?", pregunté.

Me miró con extrañeza.

"En casa, supongo. ¿Por...?"

Deslicé una mano por debajo de su camisón.

"Me encantaría comer macarrones hoy", mentí.

La voz de Rosario se acarameló.

"¿Es que no te quedaste satisfecho anoche?", dijo, acercando sus labios a mi cuello.

"Anoche fue mágico, ya te lo he dicho. Pero echaba en falta tus macarrones. Así que... si me invitas a comer más tarde, yo me encargaré del postre"

Me estrechó apasionadamente entre sus brazos. Detrás del camisón, el corazón de Rosario galopaba como el caballo de un jefe indio en una película del Oeste.

(Continuará)

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sábado, 1 de agosto de 2020

La espiral - 24

(Comienzo)

Rosario se durmió antes de terminar el segundo cornete. Durante su ausencia, yo había tenido la precaución de sustituirla en el asiento del conductor, de modo que, en cuanto emitió los primeros ronquidos, arranqué el motor y emprendí el camino de su casa. En ese momento sonó mi teléfono. Me detuve junto a un semáforo y contesté. Era Katia.

"Hola", la oí decir. "¿Qué haces?"

Miré a Rosario. Sus ronquidos hacían retemblar el asfalto bajo las ruedas. Improvisé.

"Estoy en el taller. Me están reparando el motor del coche"

"No, eso me da igual. Quiero decir esta noche"

"Esta noche... No sé. Tendría que consultar mi agenda"

"¿Por qué no vienes a casa? Me tomaré un mojito. Y luego, si quieres, bailaremos"

Aquella podía haber sido la voz de una fiscal en un juicio por genocidio, pero el recuerdo de la última noche con ella me desarmó completamente. Sentí cómo crecían alas en mis tobillos.

"¿Esta noche? ¿Por qué esperar tanto? Voy para allá"

Arranqué haciendo chirriar los neumáticos, me salté el semáforo en rojo, zigzagueé por las calles hasta que llegué al garaje de Rosario, apagué el motor, dejé las llaves colgando de su escote y salí a la calle. Mis piernas temblaban. Me tuve que agarrar a un árbol hasta que paró el primer taxi.

Las dalias de las paredes del dormitorio de Katia me devolvieron a la realidad. Hacía rato que había amanecido y Katia no estaba en la habitación. Me froté los párpados. Todos los músculos de mi cuerpo pedían auxilio. Con dificultad, conseguí incorporarme y apoyé los pies en la alfombrilla rosa del suelo. Exploré mentalmente mi capacidad de resistencia. Por suerte, de los tobillos para abajo no tenía agujetas, lo cual me permitiría tal vez llegar hasta la ducha sin necesidad de reptar. En ese momento se entreabrió la puerta.

"Cú-cú", retumbó una voz casi tan femenina como un rezo budista. Era Katia.

"¿Has dormido bien?", afirmó. La puerta se abrió del todo. Katia, ataviada sólo con un dos piezas de lencería malva, llegó hasta mí con una bandeja entre las manos y la dejó sobre la cama.

"Te he traído el desayuno. ¿Tienes hambre?", volvió a afirmar.

"¿Has cambiado de color preferido?", repliqué, enviando un mirada a su tanga y a su sujetador.
Se miró. "Ah, esto". Se encogió de hombros. "Se me han desteñido. Las metí en la lavadora con las plantillas de los zapatos. Pero no te preocupes. Me las puedo quitar..."

Mis tobillos me enviaron un mensaje de alarma. Eran mi último recurso para librarme de la silla de ruedas.

"No, cariño, ahora no", me excusé, inclinándome ávidamente sobre el plato de los croissants."Hoy tengo muchas cosas que hacer. Si quieres..."

Levanté la vista. Katia me sonreía pícaramente, mientras su lengua lamía con deleite un cornete de chocolate.

Qué diablos. Mis tobillos podían esperar. Y Belinda, también.

(Siguiente)

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domingo, 26 de julio de 2020

La espiral - 23

Nadie me vio salir del garaje. Me calé las gafas de sol, caminé con aires despreocupados hasta la playa, y desde allí, dando un pequeño rodeo, regresé a la acera. La calle seguía desierta. Allá lejos, Katia ni siquiera levantó la vista de su tablet. A la vuelta de la primera esquina, Rosario me aguardaba al volante de su coche.

"¿Lo has conseguido?", preguntó. Me miraba como un niño habría contemplado una bicicleta nueva una mañana de Reyes. Y no por casualidad: su lengua recorría sensualmente los bordes de un cornete de chocolate.

Naturalmente, me alarmé.

"¿Dónde has comprado ese helado?", dije. Era una pregunta masoquista. No había muchas respuestas posibles.

"Hay un puesto de helados allá detrás, en la otra calle. Los vende una tipa muy rara. Una rubia vestida de rosa que parece un andamio"

Tragué saliva. Mi suerte estaba echada.

"¿Has encontrado la peluca, o no?", insistió. Su mirada provocativa anunciaba ya los efectos del helado de Katia.

"Sí, sí. Luego te la enseño. Nos podemos ir ya, si quieres"

"Espera un poco, mi amor. Todavía no me lo he terminado. ¿Quieres probarlo?"

Negué con la cabeza.

"No, gracias", respondí. "Tu flan de postre me ha dejado un recuerdo imborrable". Mi comentario era suficientemente ambiguo, pero Rosario no pareció enterarse.

"¿Y cómo sabes que estoy hablando del helado?", susurró, reclinándose amorosamente sobre mi hombro. Su mano libre cogió la mía y la deslizó entre sus muslos. Suspiré.

"Tenía la esperanza de que por una vez me sorprendieras", repuse.

"¿Sabes? Tu gatita está en celo. Hace ya dos noches que no dormimos juntos"

Me besó. El cornete de chocolate estaba empezando a hacer efecto. Mucho.

"Hagamos el amor aquí mismo", jadeó de pronto junto a mi oído. Engulló de un bocado el resto del cornete y me ofreció sus labios, húmedos y sensuales. Treinta segundos más, y Rosario sería irresistible. Miré a mi alrededor.

"No te preocupes, no nos verá nadie", murmuró, besando suavemente mi mejilla. "La calle está desierta"

"¿Sabes que eres irresistible?", dije, veinte segundos antes de que mi pregunta fuera correcta.
"Para ti, siempre. ¿Ya lo estás notando"

Efectivamente, mi mano lo estaba ya notando. Y la suya, ahora, también. No es que nos fuese a detener la policía por hacer el amor en la calle. La policía estaba más bien colaborando. Pero, incluso dentro del coche y con las ventanillas cerradas, Rosario era capaz de despertar a todo el vecindario.

"De acuerdo", accedí. "Pero antes quiero pedirte un deseo. Cómprate otro helado. Me excita muchísimo verte comerlo"

Un relámpago de lujuria destelló en sus ojos. Antes de que pudiera darme cuenta, Rosario se alejaba ya por la acera en dirección al puesto de Katia. Miré el segundero de mi reloj y suspiré, aliviado. Justo a tiempo.

(Siguiente)

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domingo, 19 de julio de 2020

La espiral - 22

(Comienzo)

El jardinero salió del garaje empujando la cortadora de césped. Cuando estuvo en el otro extremo del edificio, la puso en marcha. El ruido del motor merodeó unos instantes frente a la cocina y se alejó después hacia la rosaleda. El jardinero empezaba siempre por aquel extremo del jardín. Me asomé un momento a la fachada que daba a la playa. En la terraza, Severo Smith dormitaba en una hamaca con una revista entre las manos y, junto a la orilla, Belinda moldeaba un castillo de arena rodeada de niños con cubos, palas y patos hinchables. En la calle, desierta, se divisaba sólo a lo lejos el puesto de helados de Katia, que, de espaldas a mí, parecía muy ensimismada en la pantalla de su tablet.

Con un movimiento rápido me interné en la penumbra del garaje, y aguardé a que mi vista se adaptara a la oscuridad. La cocinera había terminado ya su jornada laboral, y yo ya no esperaba encontrarme a nadie en el interior de la vivienda. Era una movida arriesgada, pero no se me ocurría otra manera de conseguir lo que andaba buscando. El yate de Andy nunca estaba desocupado, y de todos modos lo más probable era que Belinda guardase la peluca en su vestidor. Yo sólo tenía que encontrar la manera de llegar a él.

Poco a poco, distinguí los relieves del interior del garaje. Una de sus paredes estaba tapada por una estantería ocupada por cachivaches y herramientas de jardinería. En un rincón había una taquilla desvencijada y, junto a ella, en el suelo, una manguera enrollada que goteaba todavía. Por fin, en la pared del fondo, distinguí los contornos de una puerta. Me acerqué a ella y empujé el picaporte, pero estaba cerrada con llave. Maldición. 

El ruido de la cortadora de césped se oía todavía lejano, pero se iba acercando. En algún lugar tenían que estar las llaves de aquella puerta. Exploré la estantería y los relieves de las paredes, pero no encontré ninguna llave. Entonces me acerqué a la taquilla y, procurando no hacer ruido, la abrí. En su interior se veía sólo una escalera de mano y un par de botas de agua. El compartimento superior parecía vacío. Me empiné ligeramente y estiré el brazo hasta el fondo. Mis dedos tropezaron con una bolsa de plástico. Tiré de ella. Cuando la tuve entre las manos, la abrí y me asomé a su interior.

Reprimí una exclamación de alegría. No necesitaría subir hasta el vestidor de Belinda. La peluca que yo buscaba estaba allí.

(Siguiente

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