domingo, 15 de julio de 2018

¿Para quién escribir?

No sé para quién escribí mi primera novela. Quiero decir, no sé qué tipo de lector esperaba yo que la leyese. No sé si los demás escritores se han hecho alguna vez esa pregunta conscientemente, pero yo no me la hice. Excepto los locos, uno siempre habla o escribe pensando en un destinatario, o en un tipo de destinatario. Quienes escribimos por placer y no por obligación lo hacemos obedeciendo a un impulso interior, pero el tipo de personas para las que escribimos, reales o imaginarias, determinará la manera en que lo relatemos. No sólo en la forma, que puede ser más o menos llana, profunda, familiar o distante, sino en lo que consideramos o no que vale la pena relatar.

Supongo que, en cierta medida, uno siempre escribe para sí mismo. El marqués de Sade probablemente era un caso extremo, aunque en la vida real compartió muchas de sus fantasías con personas que, quizá, las disfrutaron como él. Tal vez ellos habrían disfrutado también leyendo sus relatos más delirantes. Los dadaístas y los surrealistas, probablemente, escribían para sus correligionarios y, de paso, para escandalizar a quienes ellos consideraban la sociedad bienpensante. Góngora escribía para hipotéticos espíritus exquisitos que además supieran latín. Y las intenciones de James Joyce cuando escribió Finnegan's Wake son para mí un misterio, pero tengo que reconcer que no se equivocó pensando que alguien lo leería, e incluso lo comentaría elogiosamente. Es posible que Joyce inaugurara para la literatura un género que en música llevaba ya años circulando: escribir -o componer- sólo para los 'entendidos'.

En el otro extremo se encuentran autores como Stephen King, John Grisham, Dean Koontz y, en general, los autores de superventas americanos. Para ellos, una novela es un producto comercial cuidadosamente diseñado, y para fabricarlo contratarán a los colaboradores que sean necesarios. Como cualquiera puede comprobar, la fórmula funciona.

En el término medio de todos ellos están probablemente los novelistas del siglo XIX. Leyendo a Balzac o a Dickens, uno tiene la nítida impresión de que aquellos autores escribían para sus contemporáneos. Más concretamente, para sus contemporáneos capaces de y aficionados a leer. Pensemos que, para cierto estrato social medianamente culto, las novelas eran por entonces casi el único medio para evadirse de la cruda o aburrida realidad. El cine y la televisión no existían aún, y las palabras tenían un poder de evocación mucho mayor que ahora. Nadie pensaba en imágenes, porque nadie les había contado nunca una historia en imágenes.

Cuando escribí mi primera novela yo sabía escribir, pero aún no sabía narrar. En parte, la novela fue un experimento. Escogí como protagonista a un personaje demasiado simple, porque quería que sus experiencias fueran interpretadas como un descubrimiento. Al mismo tiempo, yo había empezado a leer en inglés las novelas de Raymond Chandler y me preguntaba cómo sería posible reflejar en español, con toda su potencia, aquel estilo conciso, distante y a la vez entrañable. Todavía me lo pregunto, pero la respuesta sigue siendo la misma: no creo que sea posible.

Aun así, lo intenté. Pero no me había planteado la gran interrogación: ¿para quién escribir? Ni lo sabía yo entonces ni lo sé aún hoy, pero voy a tratar de encontrar algunas respuestas parciales.

Yo creía estar escribiendo para un público imaginario, sin rostro, que se reiría de las peripecias de mis personajes simplemente porque yo las encontraba graciosas. Algunas lo eran, y otras no tanto, pero incluso las peripecias interesantes o divertidas tenían que haber estado bien escritas para expresar con justeza lo que yo quería expresar. Para llegar hasta allí, sin embargo, había dos grandes obstáculos que yo tenía que haber sabido vencer.

Uno, los guiños de complicidad. Ahora los detesto, pero en aquel entonces me parecían imprescindibles para conseguir que a uno le hicieran caso. Me ocurría lo que hoy censuro de mis conciudadanos: vivía en tribu, y me comunicaba con mentalidad de tribu. Pero los guiños de complicidad son siempre efímeros y excluyentes, y quizá por eso, en la historia de la literatura, buena parte de la novela española actual terminará, como mucho, bajo el epígrafe del costumbrismo.

El segundo obstáculo era que yo quería decir demasiadas cosas. El arte consiste en expresar con pocos medios mucho más de lo que aparece en el papel o en la pantalla. El cine en colores es mucho menos estimulante que el cine en blanco y negro, y el futuro cine holográfico será probablemente insufrible. La literatura tiene una capacidad expresiva muy superior porque, salvo en chino y lenguas similares, las palabras no tienen ninguna semejanza visual con lo que describen. Las posibilidades de un texto escrito son casi infinitas.

El advenimiento del cine fue, probablemente, el verdadero inspirador del movimiento dadá y, posteriormente, del surrealismo. Entre 1896 y 1913, George Meliès, el verdadero inventor del cine, filmó más de quinientas películas, todas ellas sin argumento propiamente dicho (recordemos que, antes de descubrir el cine, Meliès era ilusionista). Las películas de Meliès eran simplemente concatenaciones de efectos especiales que, sin narrar realmente una historia, sugerían miles de historias posibles en cada escena. La cuna del movimiento dadá, el Cabaret Voltaire, abrió sus puertas en Zurich en 1916. Quien quiera, que ate cabos.

Los escritores habían descubierto la posibilidad de experimentar con el lenguaje escrito, y se lanzaron a ello con entusiasmo. En 1922 James Joyce publicó el Ulises, y en 1953 El innombrable de Samuel Beckett llevó aquel experimento al final del callejón sin salida al que, inevitablemente, conducía la técnica del stream of consciousness, que trataba de engañar al lector por partida doble: haciéndole creer que sus pensamientos discurrían linealmente, y haciendo pasar por 'conciencia' lo que no eran sino unos cuantos pedruscos extraídos de la mina de lo inconsciente.

La experimentación duró todavía hasta los años 70, y consistía básicamente en omitir los signos de puntuación, probablemente por considerarlos 'burgueses'. El resultado es que hoy ya nadie se acuerda de aquellas novelas que, a falta de párrafos propiamente dichos, lo tenían a uno jadeando mentalmente durante páginas y páginas para terminar relatando, en fin de cuentas, el mismo tipo de historias que si las hubieran pasado por un corrector de estilo.

Sin embargo, si no quiere desaparecer, la literatura tendrá que salir del impasse en que la han metido el cine, la televisión y, últimamente, las redes sociales. Antes de la aparición de Internet, yo le argumentaba ya a mi agente literaria que, para conseguir sobrevivir, la literatura tenía que aprender a competir con el lenguaje visual. Ella era escéptica, pero yo hoy sigo pensando lo mismo.

Quizá por eso me matriculé, años después, en un curso de guión de cine. Quería saber en qué se diferencia el lenguaje de los guiones del de las novelas. En los guiones, sobre todo los de las grandes películas americanas, descubrí un filón bastante poco explotado por los novelistas. El guionista no está autorizado a explicar lo que pasa por la cabeza de sus personajes. Sólo puede describir lo que se verá en la pantalla. Esa limitación es un desafío fascinante porque, como todos hemos comprobado, las imágenes pueden evocar todo tipo de sentimientos imaginables sin necesidad de recurrir al lenguaje introspectivo de Flaubert o de Kafka. Y recordemos que el arte nace, precisamente, de las limitaciones...

Esa es la técnica narrativa que yo, sin saberlo, había adoptado en mi primera novela, y que volví a utilizar en la novela siguiente, que se quedó inacabada y que, treinta años después, estoy tratando de terminar ahora. Es una tarea muy dificultosa, porque treinta años son muchos años, y mi visión del mundo hoy es muy distinta, a menudo en aspectos esenciales. Además, hay mucha hojarasca que podar, y a veces me desespero.

Pero todavía no me he respondido a la pregunta esencial: ¿para quién escribo?

De la respuesta a esa pregunta dependen muchas cosas. Por ejemplo, el nivel de abstracción del lenguaje, o la abundancia o no de referencias cultas. Soy consciente de que un alto porcentaje de mis conciudadanos son virtualmente analfabetos, o no tienen ningún interés por leer un libro. También soy consciente de que su nivel cultural es bajísimo y, sumando esto con lo anterior, la sutileza de sus pensamientos no llega mucho más allá del nivel de una conversación por Whatsapp. ¿Debo considerarlos también a ellos mis lectores potenciales?

Si la respuesta es afirmativa, entonces mi novela será tan ramplona que no valdrá la pena escribirla. Pero si escribo para lectores capaces de disfrutar de un texto muy trabajado, entonces probablemente no venderé muchos ejemplares. Terrible dilema.

Entre esas dos aguas me debato. Por una parte, no me gustaría escribir una novela de altos vuelos, pero por otra tampoco me apetece descender al nivel del cerebro de la salamandra. Lo ideal sería escribir para ese lector ideal, parecido a mí mismo, que habría desarrollado el gusto por la literatura hasta el punto de entender todos mis giros, saltos y argucias narrativas. Pero ese lector no existe, y yo me siento como un funambulista que avanza vacilante entre los guiños provincianos, las expectativas de un puñado de 'entendidos' a la violeta y la tabula rasa de memeros y tuiteros, víctimas de bachilleratos de saldo y masters de mecadillo.

Que Zeus me pille confesado.

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sábado, 16 de junio de 2018

El gran concurso

Por fin lo he entendido. No sé cómo he podido pasar tantos años sin darme cuenta. Quizá porque me he empeñado siempre en tomármelo en serio. Pero finalmente, por muy en serio que uno se lo tome, llega un momento en que la acumulación de situaciones es imposible de ignorar. En ese momento, la conclusión final es inevitable.

Yo estaba empeñado en contemplar mi país encajándolo en distintos esquemas mentales: lo miraba como una democracia, como una nación, como un conglomerado de tribus, como un páramo cultural, como una sociedad refractaria a la ciencia, e incluso como una colección de autistas pintorescos. Pero estaba equivocado. Y, lo peor de todo, me lo tomaba tan en serio que me pasaba la vida amargado. Hasta ayer. Veamos cómo fue la cosa.

Me comentaba ayer Laurita, en un mensaje, su admiración por cierto periodista de brillante oratoria, muy conocido en Twitter y en las tertulias de radio y televisión. "Los tritura a todos", me decía ella con regocijo. Me hacía este comentario porque sabía que el brillante periodista fue, tiempo atrás, amigo mío. "Es cierto. Habla muy bien", respondí yo. "Pero nada más. Le encanta oírse a sí mismo, como a todos los que participan en las tertulias, pero nunca mueven un dedo por las causas que tanto defienden".

Decía yo esto porque poco tiempo atrás le había enviado un mensaje precisamente a aquel periodista, supuestamente amigo mío pese a que hace ya mucho tiempo que no me trata como tal. En mi mensaje, yo le pedía ayuda -ayuda real, no simplemente palabras- para defender cierta causa común, ahora no importa cuál. Nunca me respondió.

Lo mismo me acaba de suceder con otra periodista bastante conocida, con la que estoy en contacto desde hace algún tiempo. En tertulias y reportajes, su beligerancia en favor de la causa común es admirable, pero una semana después de pedirle yo ayuda concreta sigue sin responderme. Esto de no responder es muy español. A los españoles les horroriza decir 'no', y se limitan a dar la callada por respuesta. Lo cual, para mí al menos, es muy irritante, en primer lugar porque me parece una grosería imperdonable, y en segundo lugar porque respuestas así sólo pueden reflejar o cobardía o indiferencia.

Fue en ese momento cuando lo entendí todo. Por desgracia, para expresarlo no tendré más remedio que dejar de lado, por hoy, la corrección política: España no es un país. España es un concurso de gilipollas.

Qué alivio. Visto así, resulta que es divertidísimo, porque ahora, cuando uno empieza a leer las noticias, ya no tiembla pensando en qué nueva maldad, latrocinio o imbecilidad va a terminar amargándole el día. No, no. Lo que realmente sucede es que están todos disputándose el honor de ser más gilipollas que el gilipollas más reciente. Y la cosa va muy aprisa, no crean.

Por ejemplo: unos neanderthales boicotean un acto público en honor de Cervantes. Como gilipollas, tienen mérito. Hay que echarle mucha cara para evidenciar sin avergonzarse la incultura abismal de semejantes concursantes. Pero que no canten victoria, porque pocos días después los concursantes adversarios contraatacan. Han conseguido que el ayuntamiento les permita poner una pantalla gigante no sé dónde para ver los partidos de football de la selección española. Si consideramos el interés por la cultura de ambos equipos, ¿cuál de los dos es más gilipollas? Difícil decidir. Yo lo dejaría en empate.

Otro ejemplo. Una embarcación de una ONG que transporta regularmente centenares de inmigrantes ilegales desde las costas libias a las italianas, a razón de seis mil euros por pasajero, se encuentra un día con que en Italia ya no les dejan desembarcar. Para los concursantes españoles, la ocasión la pintan calva: ¡que vengan a España! Aquí les daremos alojamiento, comida, sanidad gratuita de por vida y un sueldo fijo a cambio de nada. Considerando que las noticias en Africa corren como la pólvora, da la impresión de que el gilipollas que ha tomado esa decisión se va a llevar el primer premio, ¿verdad?

Pues no. Nada más enterarse, el ministro de Justicia se lo toma a pecho, y anuncia que va a quitar las vallas más disuasorias de las fronteras de Ceuta y Melilla. El gilipollas anterior acaba de hacer el ridículo más espantoso. Ya ni siquiera va a hacer falta echarse al agua en un bote sin saber nadar, ni arriesgarse a ser violada por otro pasajero durante la travesía, ni pagar los ahorros de toda la tribu a un gángster disfrazado de cooperante. Ahora bastará con juntarse unos cuantos en tierra firme y empujar un poco entre todos hasta tirar la valla y atravesar la frontera. Señor ministro, lo ha conseguido: el primer premio es para usted.

De momento. Todavía no he empezado a leer las noticias de hoy. Pero apuesto lo que quieran a que hoy aparece un nuevo gilipollas que consigue quitarle el premio, tan duramente conseguido. Nos vamos a divertir.

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sábado, 2 de junio de 2018

Mi casa solvente oscila

Leído en un periódico: "el coste de producción de cada barril [de petróleo] oscila entre los 50 y 70 dólares".

No está muy claro qué pinta ahí ese "los", ni por qué aparece delante de "50" y no de "70". Da la impresión de que el redactor se ha limitado a rellenar una plantilla mental, sin molestarse en construir una representación clara de lo que quería expresar. Un productor de petróleo probablemente diría que el coste de un barril es simplemente "65 dólares", del mismo modo que la velocidad de un tren es "90 km/h", pese a que otra plantilla mental nos empuja inconscientemente a decir "de 90 km/h".

Pero ¿qué quiere decir que el coste del petróleo "oscila"? ¿Que sube y baja a lo largo del tiempo, o que tiene distintos valores según el lugar de producción? Si consideramos que oscilar es, propiamente hablando, lo que hacen los péndulos, lo lógico sería usar un verbo diferente para referirse a un intervalo de valores independiente del tiempo. Es la función que desempeña el verbo inglés 'range from ... to...'. En español seríamos mucho más precisos si dijéramos 'el coste se sitúa entre 50 y 70 dólares', pero nos da mucha pereza ir a buscar la caja de herramientas cuando podemos apretar los tornillos con el cuchillo de la cocina.

Es cierto que, a menudo, en la caja de herramientas no encontramos lo que necesitamos, y por eso muchos hablantes están usando ya la palabra 'rango' como equivalente del inglés 'range'. Algunos traductores, imitando a los franceses, usan el término 'gama', pero no es lo mismo. Una gama implica gradación, y los costes del petróleo no están necesariamente distribuidos como los colores del arco iris.

Lo malo de usar 'rango' con el significado de 'range' es que estamos creando una ambigüedad donde no la había. Hasta hace poco, un 'rango' (en inglés, 'rank') era un nivel dentro de una escala de conceptos, y ahora va a significar también la propia escala. Me dirán que en cada contexto está claro lo que significan 'rango', 'oscilar' y lo que al hablante le venga en gana decir, lo cual es cierto si uno piensa en términos tan locales como mis-oyentes-y-yo. Lo mismo cabe decir de las plantillas mentales. Si uno se conforma con semejante mentalidad de corrala, no tengo nada que objetar.

La mentalidad de corrala ha introducido también entre nosotros otra expresión mal traducida. En francés, 'haut de gamme' significa 'la parte alta de una gama', es decir, los modelos de mayor calidad de determinado producto, sean automóviles, teléfonos móviles o pianos de cola. Referirse a ellos como 'de gama alta' implica la existencia de otras gamas, de las que sin embargo nadie habla jamás. Con el tiempo, la palabra 'gama' se terminará anquilosando y se convertirá en... ¿lo adivinan? Exacto. Se convertirá en una plantilla mental.

Como entre tú y yo todo vale a condición de que nos entendamos, no es necesario fatigarse recurriendo a la funesta manía de pensar. Al fin y al cabo, nadie espera encontrarse nunca con alguien diferente. Pongamos un ejemplo imaginario. Zutano no ha leído jamás un libro, y en ese momento acaba de salir del banco (que está abusando de él precisamente por empeñarse en no salir de la corrala y no leer libros). A la puerta del banco, Zutano se topa con su cuñada, y se ponen a hablar de Mengano. Zutano quiere explicarle a su cuñada que Mengano es una persona cabal, pero lo único que lee son noticias sobre football y le falta vocabulario: no encuentra la forma de decirlo. No importa. Su cuñada también lee sólo noticias sobre famosas, pero tanto ella como él acuden con frecuencia al banco, de modo que Zutano sale del paso explicando que Mengano es una persona "solvente". No es lo mismo, y ambos lo saben, pero mira, entre tú y yo nos entendemos.

Finalmente, se despiden y se van a su casa. Ah, pero ¿no vivían en un piso?, dirá usted. Pues sí, pero resulta que en español un piso es también una casa. ¡Diantres!, exclamará usted, rascándose la cabeza. Entonces, ¿cómo diferencian entre una cosa y otra?, preguntará, intrigado. La respuesta es que, normalmente, no hace falta diferenciar. Basta con relacionarse solamente con personas que son como nosotros, que viven como nosotros, que ven la misma televisión que nosotros y que piensan como nosotros. En resumen, basta con... no salir de la corrala.

Mejor que no me diga usted lo que está pensando. Sospecho que estaríamos de acuerdo.


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domingo, 27 de mayo de 2018

Un bosque impenetrable

No recuerdo muy bien por qué decidí comprarme el libro. Había comprado ya, años atrás, otro del mismo autor que resultó de dificultosa digestión, pero esta vez volví a morder el anzuelo. Un comentario elogioso de Antonio Escohotado y una sinopsis verbal del propio autor habían despertado mi codicia lectora. Aun así no las tenía todas conmigo, de modo que, para asegurarme aún más, me metí en Amazon y eché un vistazo a los comentarios de los lectores. El porcentaje de opiniones elogiosas era abrumador, y sólo un comentarista declaraba el libro "farragoso" y aburrido. No le hice caso. Tratándose de un autor tan polémico, probablemente era una opinión tendenciosa. Y me decidí.

Era una decisión arriesgada. Setecientas veinte páginas son muchas páginas y, considerando mi limitada capacidad de concentración, el libro tenía que ser realmente apasionante para conseguir arrastrarme hasta el final. Pocos textos de esa extensión lo han conseguido, pero la posibilidad de leer setecientas páginas apasionantes era demasiado tentadora.

La intención declarada de Federico Jiménez Losantos en la introducción a su Memoria del comunismo era, precisamente, lo que me había hecho albergar ilusiones. En ella, el autor declara su asombro por la persistencia en el mundo de las ideas comunistas, muchos decenios y muchísimos más millones de muertos después de la revolución rusa. ¿Por qué el comunismo, que ha liquidado alevosamente a unos doscientos millones de seres humanos a lo largo de un siglo y torturado, humillado y sojuzgado a incontables más, sigue siendo aceptado como un ideario legítimo mientras el nazismo, que asesinó a una fracción de esa cifra durante apenas 20 años, está terminantemente prohibido y es aborrecido en todos los países civilizados?

Esa pregunta me la he hecho yo también muchas veces desde que decidí perder el respeto a la secta izquierdista. A mí mismo, que siempre he detestado visceralmente cualquier tipo de opresión, me llevó muchísimo tiempo tomar una decisión que, en el fondo, siempre supe que debía tomar. Aunque quizá lo más intrigante no es por qué me costó tanto esfuerzo salir, sino qué fue lo que me impulsó a entrar.

Mejor dicho: qué fue lo que nos impulsó a entrar a toda una generación universitaria cuyas familias, en muchos casos, habían accedido por primera vez a la clase media gracias al franquismo. Mi respuesta siempre es la misma: la estrategia izquierdista de infiltración, agitación y propaganda, un arma mefistofélica muy difícil de contrarrestar, y en la que ellos siempre han sido auténticos maestros.

Tal como yo lo veo, el poder de atracción de la izquierda es inversamente proporcional a la cantidad de oportunidades que la sociedad ofrece a sus jóvenes. A medida que los adolescentes maduran, van comprendiendo oscuramente que ellos van a ser la fuerza social que reemplazará a sus predecesores, y se sienten impacientes por tomar el relevo. Ese proceso, naturalmente, debería ser progresivo, para ir subsanando lentamente la falta de experiencia. Pero si la sociedad, en lugar de ir ofreciéndoles oportunidades de acceso, les opone un muro infranqueable, la vehemencia natural de los años mozos los abocará irrefrenablemente a la rebelión.

Es sólo una teoría personal. Pero sentía curiosidad por conocer también la explicación de Jiménez Losantos, que, a diferencia de mí, estuvo realmente metido en política y conoce mucho mejor los intríngulis del asunto y los mecanismos psicológicos del militante izquierdista.

Craso error el mío. Decir que el libro es farragoso es benevolente. Desde las primeras páginas, y después de una introducción autobiográfica realmente conmovedora, el texto es repetitivo y mareante, se pierde en vericuetos absolutamente innecesarios y, excepto quizá para el historiador especializado, carece completamente de interés para el lector medio. De un ensayo, uno espera leer una serie de ideas organizadas racionalmente y basadas en datos. Lo que no espera es tener que leerse todos los textos de referencia y las notas de pie de página como si formaran parte del texto. Léaselos usted, hombre, hágame un resumen y dígame al final del libro dónde encontrarlos, por si tuviera la curiosidad de consultarlos.

Si hay un libro que refleja fielmente la idea de los árboles que no dejan ver el bosque, ese libro es éste. El mareo inicial que ocasiona leer una tras otra citas textuales repetitivas de personajes que para el lector son prescindibles da paso a la estupefacción por la ausencia flagrante de conclusiones generales. En ese momento uno, alarmado por la montaña de páginas que aún le quedan por leer, decide cortar por lo sano y saltarse las citas, para abreviar. Efectivamente, la decisión reporta un alivio, pero no duradero. A lo largo de páginas y más páginas, el autor sigue mareando la perdiz bolchevique, y las únicas conclusiones que uno consigue extraer son que fulanito era muy, pero que muy malvado, que menganito era lo mismo, que zutanito era un prodigio de iniquidad, y así sucesivamente sin esperanza de salvación hasta la página setecientos y pico.

De ese modo, a trancas y barrancas, uno consigue llegar a la mitad del libro. En ese momento, harto ya, haces balance y descubres que no has averiguado prácticamente nada. Tú ya sabías que los comunistas son atroces, que Lenin, Stalin, Trotski y tutti quanti eran psicópatas asesinos, y a estas alturas las fotos que ocupan el centro del libro, espantosas y deprimentes, no te van a aportar ninguna sorpresa. Todas esas cosas ya las sabíamos. Lo que yo quiero, señor Jiménez, es averiguar por qué el comunismo ha sido respetado durante tanto tiempo pese a todas esas atrocidades, sin necesidad de que usted me las repita hasta el agotamiento.

Entonces, exhausto ya, se me ocurre una idea brillante. En vista de que prácticamente todo el texto es prescindible, voy a leerme sólo la tabla de contenidos, a ver si por lo menos así me hago una idea de a dónde queremos llegar. Segundo craso error. La tabla de contenidos no me aporta nada. Definitivamente, este señor es incapaz de abstraer. Es simplemente una máquina de vomitar datos, acumulados siguiendo un esquema para mí extraterrestre. Entonces comprendo que tengo que aceptar mi derrota, y tomo la decisión que tanto había postergado: cerrar el libro definitivamente y reconocer que me he equivocado.

No es la primera vez. He cometido ya ese mismo error en varias ocasiones, por ejemplo con la película de Woody Allen (en singular, porque es siempre la misma). Es más o menos el mismo error que cometen, desde que el mundo es mundo, tantas y tantas mujeres cuando piensan en los defectos del hombre amado: "algún día cambiará..."

Pues no. Esta vez lo siento, Sr. Jiménez. Aprenda usted a abstraer, si es tan amable. Hay dos sin tres.

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martes, 1 de mayo de 2018

Propaganda

¿Qué es propaganda?, me preguntas
clavando en mis verdades tu mentira azul.
¿Qué es propaganda? ¿Y tú me lo preguntas?
Propaganda eres tú.

Pues sí. El mundo se empeña en seguir cambiando. Desde que se inventaron las guerrillas, los ejércitos tradicionales han tenido que afrontar tremendos quebraderos de cabeza, y desde la invención de Internet algunos empezamos a preguntarnos si todos esos tanques, acorazados, rayos láser y aviones supersofisticados están de verdad preparados para la vida moderna. ¿La batalla de Stalingrado? Olvídese. Hoy en día, uno puede ya dar un golpe de estado como quien compra un libro en Amazon. A saber: sin levantarse del asiento.

No, no es una boutade. Hablo en serio. La nueva arma que está haciendo posibles tales hazañas se llama 'redes sociales', y la munición, 'propaganda'. Lo que está sucediendo hoy en España no es realmente una guerra entre dos bandos, a menos que uno piense que los espantapájaros son capitanes generales y se comunican por twitter. No. Ni siquiera hay una batalla de propaganda. Simplemente, lo que hay es... cómo decirlo. Sí, creo que lo que hay es un alzamiento.

Sólo que, en este capítulo de la historia que nos está tocando vivir, el alzamiento no es 'nacional', sino más bien antinacional. Paradojas de la vida. Pero un alzamiento... ¿contra quién? ¿Quién se opone en esta ocasión a ese siniestro alzamiento?, se preguntará usted. Pues, para ser sinceros, nadie o casi nadie. Los enemigos proliferan como setas, y el alzamiento empieza a ser un paseo triunfal.

Entiéndame usted bien. He dicho que nadie se opone, no que no quieran oponerse. El problema es que los que padecemos el alzamiento, los futuros vencidos, no tenemos munición. Sí, quien más quien menos tiene en su casa también unos cuantos aparatos conectados a Internet, tiene una agenda con una lista de contactos y los usa, pero sólo para intercambiar fotos de los nenes o para felicitarse las pascuas. La mayoría no viven del cuento, tienen que trabajar para ganarse el sustento y ni se les pasa por la cabeza asaltar palacios de invierno. Hay que tener muy mala entraña --y mucho tiempo libre-- para llegar a ese grado de perversión.

O eso, o ser un amargado. O las dos cosas a la vez. Sea como fuere, habiéndose percatado de que nada se opone realmente a su avance, el alzamiento crece y crece como un tsunami, y está empezando ya a sumergirnos en una extraña realidad. Los molinos son gigantes. Bienvenidos a Matrix.

Efectivamente, la propaganda está suplantando a la realidad, y a marchas forzadas. Abre uno los ojos y se encuentra con una calle que ha cambiado de nombre, un anuncio de un banco en un idioma extraño o una bandeja de pollo que ahora se llama pollastre. Extranjero en tu propio país. Lee uno el periodico y se entera de una sentencia surreal, un homenaje a unos asesinos o un linchamiento online. El mundo al revés. Hasta el punto de que uno se pregunta si el fenómeno de la propaganda es una de esas lacras inmutables del genoma humano o si, en realidad, depende de según y cómo.

Para aclararme al respecto, se me ha ocurrido --ya que, por desgracia, no pertenezco a ninguna red social con la que hacer contrapropaganda-- buscar por Internet una lista de las técnicas más empleadas por mis futuros --inminentes, más bien-- sacamantecas. Si la angustia existencial me lo permite, después de reproducir aquí esa lista trataré de sacar alguna conclusión comparando lo que estoy viendo a mi alrededor con lo que ya sucedió. Que Zeus nos pille confesados. Ahí va.

Técnicas de propaganda (extracto)
Ad nauseam
Repetir machaconamente unas cuantas frasecitas hasta que se conviertan en verdades.
("España nos roba")

Recurso al miedo
Suscitar ansiedad y pánico entre la población.
("¡Nuestra lengua y nuestras esencias patrias, en peligro de extinción!")

Dónde va Vicente
Donde va la gente. O porque a uno le gusta formar parte del rebaño, o por miedo al qué dirán. De todo hay en esta vida.
("Todo el mundo sabe que nuestra región es una nación")

La atracción por lo exquisito
Hay seres infinitamente cultos y elegantes, y otros toscos y rudos que hasta bailan agarrado.
(Según que la mona se vista o no de seda)

Maniqueísmo
El mundo se divide en buenos y malos. Nosotros somos los buenos.
(Y engatusamos a periodistas extranjeros para que lo difundan)

Información selectiva
Por supuesto, ocultando también lo que no interesa.
(Los manifestantes recibieron cuatro manotazos y hubo 250 policías hospitalizados)

El hombre de la calle
Ojo, y la mujer. El hombre de la calle siempre --siempre, siempre-- tiene razón. Más que los jueces, por supuesto. Por eso nuestro telediario los entrevista sólo a ellos.
(¿Qué más prueba de poseer la verdad que salir a la calle montado en un tractor?)

Culto a la personalidad
Uso de los medios y de la escuela para crear una imagen pública idealizada o heroica.
(Un nazi visionario llamado Sabino, un imbécil patriota llamado Blas, un españolista antiespañol llamado Casanova)

Demonizar al enemigo
Pretender que los componentes de cierto grupo social son inferiores, inmorales o inútiles.
(¡Que viene la 'derechona'!)

No pienses: actúa
Simplificar el proceso de decisión explicando pasito a pasito lo que los feligreses tienen que hacer.
(Por ejemplo, un referéndum democrático sobre la importancia de la butifarra)

Euforia
Capitalizar un evento que genere entusiasmo en favor de la causa.
(¡Todos al football!)

Ingeniería social
Transformación planificada de la sociedad en beneficio exclusivo de los propagandistas.
(O heteropatriarcado hasta en la sopa)

Generalidades deslumbrantes
Uso de palabras cargadas de emoción --libertad, patria-- como único argumento.
(El 'derecho de autodeterminación')

Reductio ad Hitlerum
Persuadir a las masas de que unas ideas son nefastas porque las sustentan seres despreciables.
(¿Habría cambio climático si no hubiera 'negacionistas'?)

Etiquetado
Adjetivando adecuadamente a la facción enemiga todo se ve mucho más claro.
(¡Ah, esa derecha casposa, capitalista y neoliberal...!)

Margen de tolerancia
Si un mensaje es tan contrario al sentido común que no cuela, muéstrate más radical todavía para después ir suavizando tu postura. O al revés, vístete con piel de cordero y poco a poco ve mostrando el lobo que llevas dentro.
(¡Ay, aquellos tiempos en que el PP estaba a la derecha de Izquierda Unida...!)

Tormenta de afecto
Aislar a la víctima de su entorno social y prodigarle atenciones sin límite hasta que se incorpore a la secta.
(...o hasta que se atreva a disentir)

En brazos de terceros
Es más fácil comulgar con ruedas de molino cuando el sacerdote es 'independiente'.
(Sobre todo si le pagamos el viaje y el hotel de cinco estrellas)

Palabras hermosas
Paz, esperanza, futuro, felicidad, libertad.
(Para justificar agresiones, insultos, lágrimas, opresión)

¡Y tú más!
Argumento favorito de los políticos de cualquier signo para evitar dejar el cargo y tener que ponerse a buscar trabajo.
(Cualquier frase de cualquier político sirve como ejemplo)

* * *

Ahora, la comparación de los fanáticos que todos conocemos con el partido nazi en los años 30. ¿Alguien ve similitudes? Que cada quién saque sus conclusiones. Extraído de la biografía de Goebbels:

Propósito: Incrementar el apoyo popular partiendo de un porcentaje de votantes muy bajo.

Medios para controlar la sociedad: Interferir en los negocios de los enemigos de la patria. Marginar a un sector de la sociedad: Impedir que los profesionales 'enemigos' ejerzan su profesión. Controlar la inmensa mayoría de las organizaciones civiles.

Mensajes: Acusar de atrocidades al enemigo. Explotar el victimismo. Derrotar al enemigo como único medio para salvar la patria.

Cultura: Controlar totalmente la cultura en todas sus vertientes. Promover teatro, cine, literatura, etc. de contenido patriótico y propagandístico.

Prensa: Controlar la prensa, favoreciendo a los órganos fieles al régimen. Promover una imagen internacional idealizada.

Medios: Controlar los medios, tratando de llegar al mayor número de destinatarios posible. Prohibir los medios pertenecientes a enemigos de la patria. Crear un órgano 'regulador' (con capacidad efectiva de censura)

Entretenimiento: Difundir producciones visuales que denosten y calumnien al enemigo y exalten la historia (falsa) de la patria.


En resumen, como dijo Albert Speer: "Hicieron un uso exhaustivo de todos los medios tecnológicos para dominar el país. Gracias a ello, 80 millones de personas fueron desprovistas de criterio propio".

Que se lo digan, si no, a mis amigos zombies.


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sábado, 28 de abril de 2018

Pithecanthropus hispanicus

Estuve en Pamplona una sola vez en tiempo de sanfermines. Era bastante joven, y estaba ansioso por exprimir la naranja de la vida. Habría preferido que los amigos con los que viajé, en lugar de emprender aquella aventura, se hubieran reunido en casa de alguno de nosotros, o en algún salón social, para hablar de poesía, de arte o de astrofísica. Quizá también para bailar, bromear, cantar y mirar las estrellas con chicas dispuestas a ello, y dispuestas incluso a llegar más lejos con los chicos que les gustaran.

Ahora sé que eso es lo que habría preferido, pero en aquellos días era impensable. Si querías sentirte aceptado, no había muchos caminos por los que transitar, y aquél era uno de los pocos que yo tenía a mi alcance. Era joven, me hervía la sangre y quería divertirme.

Divertirse en grupo es relativamente fácil. Basta con ceder un poco de individualidad y un mucho de raciocinio. Se trata de hacer reír al resto del grupo profiriendo variaciones de cuatro o cinco ideas elementales que uno ha aceptado tácitamente que tienen mucha gracia. Si además uno grita, se les supone más gracia todavía. Así ocurre con los hinchas futboleros, las excursiones de colegio, los cotillones de nochevieja, los ágapes colectivos, las fiestas de pueblo... y, naturalmente, los sanfermines.

Exceptuando la machada oligofrénica de correr los encierros, divertirse en los sanfermines no tiene ningún misterio. Todo consiste en empezar a beber alcohol en el minuto uno y no parar hasta que desde algún balcón vidrioso se decrete borrosamente el final del aquelarre. Si entre tanto uno se desmaya víctima de una intoxicación etílica, no hay que preocuparse. Sólo tendrá que dormir la mona hasta despertar junto a alguna farola orinada o en la UCI de algún hospital. Y, por supuesto, seguir bebiendo.

El lector que nunca haya estado en sanfermines ya se puede imaginar que allí todo, absolutamente todo, es posible. El alcohol tiene la virtud de sacar a flote el Pithecanthropus erectus que todos llevamos dentro. El cerdo, el patoso, el bocazas, el matón, el robaperas, la hembra y el macho hambrientos. En algún momento temprano de nuestra vida, todos hemos aprendido lo que es un borracho. Y, si alguna vez hemos decidido tomar esa primera copa de más, a estas alturas ya sabemos lo que viene después.

Lo que viene después no siempre son comportamientos de Homo sapiens. Bajo los efectos del alcohol uno puede revelar secretos propios o ajenos, insultar o agredir a otras personas, impedir dormir a los vecinos, estrellarse al volante de un vehículo, robar las toallas del hotel o abandonarse a la llamada de la carne. Lo que difícilmente puede esperar es que el insultado no le arree un paraguazo, que el hotel no le cobre las toallas o que la ancianita del segundo izquierda no le arroje un cubo de agua aderezado con escupitajos.

Sucede que, a partir de cierta edad, todos somos responsables de nuestros actos. Si nos lanzamos al agua sin saber nadar, nadie más será responsable de que nos ahoguemos. Incluso si sabemos nadar, la simple decisión de adentrarnos en el mar implica la aceptación de un riesgo. Por eso, la responsabilidad implica la capacidad para informarse, y una sociedad de individuos libres debería preocuparse mucho más por informar que por prohibir.

Nos tratan como individuos libres las empresas farmacéuticas, que incluyen prospectos detallados en todos sus medicamentos. Nos tratan como imbéciles los mandamases de turno, que prohiben la venta de ciertos fármacos sin receta, o que fuerzan a millones de personas a comprar sustancias psicotrópicas en el mercado negro, sin poder estar seguros de lo que van a consumir.

Aun así, hay unas cuantas cosas básicas que todos sabemos. Los aviones, a veces, se caen. Los alpinistas también. En mitad de una tormenta nos puede fulminar un rayo, los pimientos de noche repiten, y hay barrios en los que, a ciertas horas, no es conveniente internarse.

No sólo barrios. A veces, ciudades enteras, y un buen ejemplo de ello son los sanfermines. Si alguien tiene dudas sobre lo que es una ciudad tomada por borrachos, sólo tiene que acercarse por allí a darse un paseo. En muy poco tiempo tendrá una idea bastante clara de lo que le puede suceder en un lugar así. Si a partir de ese momento decide continuar, será bajo su propia responsabilidad. Y, si además decide emborracharse también, serán dos decisiones por el precio de una. Doblemente responsable.

El problema aparece cuando esas cosas suceden en una sociedad que no entiende qué es eso de la responsabilidad. Al fin y al cabo, siempre hay otros que se encargan de evitarle a uno los riesgos. Está prohibido montar en bicicleta --¡sí, en bicicleta!-- sin llevar casco. Las áreas de juego para niños tienen el suelo blando. Los coches pitan agresivamente si uno no se abrocha el cinturón de seguridad. Cuando se avecinan fuertes lluvias, las autoridades declaran inmediatamente alertas rojas y amarillas que nos aconsejan salir a la calle vestidos de hombre rana. Incluso se ha inventado la mermelada sin azúcar...

¿Qué sucede entonces en esa sociedad cuando una chica se va de sanfermines ella sola, ingiere sustancias diversas hasta entrar en estado de estupor y se junta con una manada de machos en el mismo estado que ella? Pues sucede que ella no será responsable de nada, en tanto que los machos serán llevados a juicio y condenados. Pero, ay, se alzan voces: la condena es insuficiente. Y el gallinero español se entrega a su pasión favorita: la polémica.

Como era de esperar, todos los comentarios que uno oye al respecto son refractarios a la idea de responsabilidad. Algunos ejemplos: "Habría que enseñar a las chicas con quién se pueden juntar y con quién no". "Y a los chicos lo que está permitido hacer y lo que no". "Hay que cambiar las leyes para que sean mucho más estrictas". "Los jueces eran machistas y prevaricadores". "Mientras la mujer no diga que sí, el varón es un violador (presumiblemente, de nacimiento)". "Quién no se ha tomado una copa de más alguna vez en su vida" (argumento que, por lo visto, sólo sirve para el sexo femenino). Entre perogrulladas, linchamientos y juicios paralelos, resulta que la sentencia tiene trescientos folios y nadie se la ha leído. No sólo eso, sino que tampoco han podido ver la grabación de la penosa escena, registrada por el móvil de uno de los Pithecanthropus.

Ya dijo Ramón y Cajal que el problema de España es la incultura. Si a los niños no los educaran en el aborregamiento irracional, probablemente no habría cazas de brujas en España. Si los españoles, en lugar de picotearse en su gallinero, hubieran leído a Góngora o a Alejo Carpentier, no habría palurdos nacionalistas regionales. Si no existieran los Reyes Magos, quizá los adultos entenderían el valor del esfuerzo personal, y los políticos la gravedad de la mentira. Y si en la escuela explicaran quiénes fueron Mao, el Che, Stalin y Pol Pot, España sería, tal vez, un país realmente civilizado. Y habitable.

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domingo, 15 de abril de 2018

Pasos de un peregrino

Uno de los actos más estúpidos que puede cometer un ser humano es lo que se conoce como 'hacer la ola'. En primer lugar, porque no significa nada. Es igual de absurdo que decir '¡Jesús!' cuando alguien estornuda, o 'buen apetito' al empezar una comida. O que hacer un regalo en determinadas fechas que uno no ha escogido. Hay cosas que uno hace sólo para no quedar mal.

Circula por los mentideros, hace ya tiempo, el relato de un experimento que nadie sabe en qué laboratorio sucedió, pero que es muy revelador de la estulticia del Homo ondulensis. Metes a un grupo de monos en una jaula con una escalera en el centro, y en lo alto de la escalera pones una banana. Cada vez que un mono llega a tocar la banana, un chaparrón helado descarga sobre todos los monos de la jaula.

Después de dos o tres mojaduras, ninguno se atreve ya a subir a la escalera. Ahora sacas de la jaula a uno de los monos escarmentados y lo sustituyes por otro nuevo. En cuanto el novato hace ademán de acercarse a la banana, todos los demás se arrojan sobre él y le propinan una paliza. La banana acaba de convertirse en un tabú. Si ahora continuamos sustituyendo a los monos iniciales por otros, llegará un momento en que todos serán novatos, y ninguno sabrá ya por qué está linchando con saña al recién llegado que se acerca a la escalera. Simplemente, lo hará porque 'es lo que hacen todos'.

Todo un símbolo de la historia de la humanidad.

¡Hola, hola, hola, hola! No vengas sola

Además, hacer la ola es de idiotas porque a la ola le da igual. En una multitud de miles de imbéciles levantándose y agachándose al mismo tiempo, el hueco que pueda dejar Pepe Pérez quedándose sentado ni se nota. Es verdad que, si todos se quedaran sentados, no habría ola. Pero el caso es que, nos pongamos como nos pongamos, todos los que están a nuestro alrededor harán la ola. Para el ser humano, la llamada de las masas es un imán muy difícil de resistir.

¿Quiere eso decir que Pepe Pérez se va a quedar tan tranquilo sentado en su grada mientras a su alrededor todos rinden culto al gorila primigenio? Tal vez. Pero lo más probable es que, de una u otra forma, se sienta algo incómodo. ¿Estará siendo un aguafiestas? ¿Y si a las masas les diera por linchar a los que se han quedado sentados? No, claro, no tienen ningún motivo para hacerlo, pero tampoco tenían ningún motivo para hacer la ola.

Y lo peor de todo: en esos momentos de paroxismo general, a Pepe Pérez el cerebro no le sirve para nada. Podría sustituirlo por una patata, y a su alrededor nadie notaría la diferencia.

Corrientes, 348. Segundo piso, ascensor

En la vida cotidiana hay muchas olas, y el que se empeña en nadar a contracorriente lo puede pasar mal. ¿Te acuerdas de cuando descubriste la novena sinfonía de Beethoven? ¿Recuerdas que te acercabas a los corrillos de estudiantes, en los recreos del instituto, y en cuanto mencionabas el tema se iniciaba una desbandada? ¿Recuerdas la alegría obligatoria en las fiestas de nochevieja, las ovaciones al final de espectáculos lamentables, las playas abarrotadas, las consignas de aquellas manifestaciones juveniles, los conciertos con megafonía al pie de tu ventana?

Me dirás que eso no es la vida cotidiana. Es cierto, pero en algunas sociedades la vida cotidiana no es mucho más que eso. De hecho, quizá podríamos medir el nivel de civilización dividiendo la frecuencia del individuo por la frecuencia con que las olas lo zarandean. Al menos en una sociedad, de cuyo nombre no quiero acordarme, el resultado sería desolador.

Por eso comunicarse con los demás es, demasiado a menudo, como hablar con una pared. Tú puedes intercambiar ideas con un individuo, pero no con una masa. Para qué desgañitarte. Mejor apartarte a tiempo, antes que despertarte una mañana y descubrir que eres un náufrago. Mejor sentarte en la orilla y contemplar a distancia las olas entrecruzándose, chocando.

¿No quieres tirar la toalla? Como quieras. Inténtalo si puedes, pero desde esta orilla el mar que yo estoy viendo es asi:

Apenas cuatro meses, y ya da pataditas

Sucede que los pies son el extremo opuesto al cerebro. Por eso no es de extrañar que los aguerridos portadores de testosterona hayan hecho de las patadas una religión. Patadas al balón, patadas al adversario cuando el árbitro no mira, patadas de rabia cuando la pierna falla, patochadas cada vez que abren la boca... Los sacerdotes de esta religión ofician el espectáculo más primitivo, marrullero y soporífero jamás inventado.

Sus seguidores dicen "perdimos" o "ganamos" sin haber pisado el césped. ¿Qué imparcialidad puede uno esperar de una persona así? ¿Qué valores humanos puede tener alguien que glorifica la patada como medio para triunfar en la vida? ¿Qué es lo que sabe hacer un futbolista, además de patear un balón, zancadillear al adversario y dar saltos de primate delante de todo el mundo?

Sin pecada concebida

Nadie lo ha escrito todavía, pero es un mantra del que es imposible escapar. Ciudadanos y ciudadanas, el cambio climático, el heteropatriarcado opresor, el comercio justo o el derecho de autodeterminación son capítulos de un catecismo doctrinario repetido machaconamente por autómatas disfrazados de personas y personos de aspecto casi siempre normal. Con zombies así es imposible razonar. Los mensajes subliminales con que los bombardean diariamente les han proporcionado un arsenal formidable de argumentos pueriles destinados exclusivamente a evidenciar la paja en el ojo ajeno.

Los mitos y leyendas que han creado han terminado convenciendo incluso a sus adversarios, y no está ya lejano el día en que los políticos de derechas, ataviados con piercings, pantalones rasgados y camisetas del Che Guevara, asalten el palacio de invierno para implantar las chekas, el control de precios y el salario universal. Naturalmente en vano, porque nunca comprenderán que el catecismo progre es sólo una artimaña para que ellos hagan el trabajo sucio de sus enemigos.

La ciencia lo dijo y yo no miento

Después de excluir a los forofos del balompié y a los feligreses progres, le queda a uno muy poco margen para la vida social. Pero todavía es posible avanzar una vuelta de tuerca invocando la bandera de la diosa Salud. Está en todas partes. Bebidas light, leches desnatadas, soja, áloe, quínoa, verduras y frutas 'ecológicas', corredores sudorosos infestando parques y jardines, ciclistas disfrazados de pescadilla, edulcorantes, vitaminas, omega 3, ancianos atentando contra su ciática en extraños aparatos al aire libre, adictos al agua mineral... La industria de la diosa Salud es ya uno de los motores de la economía, y no hay tema de conversación en que no salga a relucir. Y con razón. La salud es tan importante...

En realidad, lo que encubren todos esos amuletos y rituales es miedo. Sus usuarios viven en una sociedad asustada, pero no de la enfermedad ni de la decrepitud, sino de su propia ignorancia y carencia de espíritu crítico. En la historia del mundo, nunca han tenido tal cantidad de información al alcance de los dedos, pero si quisieran poner en duda lo que les cuentan no sabrían por dónde empezar. Para ser sinceros: ni siquiera sienten curiosidad.

El modelo de Corea del Norte nos puede parecer espeluznante pero, para mucha más gente de lo que pensamos, los caminos trazados son una tentación irresistible. Lo peor del Big Brother no es el ojo que nos vigila, sino la cantidad de vigilados que se encogen de hombros.

To boldly go where no one has gone before

De todas estas cosas no puedes hablar con tus contemporáneos. Pero hay cosas de las que sí te gustaría hablar. Te gustaría hablar de música, aunque no de éxitos pop. Te gustaría despedazar, analizar, escudriñar el interior de la música para comprender por qué te gusta, escuchar mil veces las composiciones más sublimes, comparar, sacar conclusiones. No quieres acumular conocimientos en baúles de la memoria. Nunca has querido ser un erudito, y los eruditos te aburren. Te gustaría hablar de literatura, de ciencia, de arte, del pasado y del futuro, hacerte preguntas y buscar respuestas, intentar tú mismo componer, aprender, escribir, entender, fantasear. Te gustaría ser un niño mayor y seguir jugando con juguetes de adulto.

Eres realista. No tienes afanes trascendentes ni ansias de eternidad. Para ti, la vida es sólo una oportunidad. Una oportunidad de abrirse paso a codazos, a empujones, cayendo y levantándote una y otra vez, perdiendo la ilusión y rescatándola, tratando de encontrar tu propio camino en un bosque sin senderos, sorteando cepos y trampas, luchando por ver la luz del día bajo una espesura de conformismo y abulia.

Lo sé. No es fácil. Nadie te prometió nunca un camino de rosas.


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sábado, 7 de abril de 2018

Carilda

Eran los primeros años de Internet. Los buscadores apenas alcanzaban a rastrillar un puñado de direcciones, los modems transmitían a velocidades de caracol soñoliento y los blogs ni siquiera habían sido inventados. En una de aquellas búsquedas me topé con ella.

Carilda Oliver. Nunca había leído aquel nombre antes. Sus poesías me fascinaron. Habrían encajado perfectamente en cualquier antología de la generación del 27. ¿De dónde había salido? ¿Por qué a mí nunca me había llegado aquella voz evocadora y potente de mujer enamorada mil veces y mil veces despechada? La respuesta era muy simple: aquellos versos que me acababan de deslumbrar venían de Cuba.

Ya era milagro que de Cuba saliese siquiera un átomo de información, y debí haberme conformado, pero quise saber más. Escribí a quienes habían publicado aquellos versos, les pedí más información, les manifesté mi admiración. El silencio fue la única respuesta. Pasaron los años, sus versos desaparecieron de un disco duro que un buen día me dejó tirado, y con él se fue mi recuerdo de Carilda Oliver.

Hace unas horas, leyendo la biografía de Humberto Costantini en Wikipedia, de pronto el nombre de ella reaparece en mi memoria. ¿Por qué? No tengo ni idea. Primero, borrosamente, el nombre propio (resultó que no era Casilda). Después, en seguida, el apellido. Misterios de la mente humana.

Han pasado muchos años desde que la antología de Gerardo Diego despertó mi pasión por la poesía. De todos aquellos autores, sólo Vicente Aleixandre perdura en mi biblioteca. Hace un cuarto de siglo que no escribo poesía, porque creo que ya expresé en ese género todo lo que tenía que expresar, y cuando un autor llega a ese punto lo mejor que puede hacer es callarse. Pero sigo siendo capaz de degustar unos versos bien escritos. No en vano soy admirador incondicional de Góngora.

La poesía de Góngora es muy difícil. Hay que leerla palabra a palabra, a ser posible cotejándola constantemente con la 'traducción' de Dámaso Alonso para desentrañar las incomparables imágenes que encierra. Pero incluso sin entender nada, la musicalidad de sus vocales y consonantes y el poder evocador de sus imágenes fulgurantes son un regalo para el oído. Si uno no entiende qué demonios quiere decir, por ejemplo, aquello de "la menor onda chupa al menor hilo", debe saber que la poesía de Góngora, como muchas otras, tiene dos niveles: el de la forma y el del contenido. Y los dos son excelsos.

Los poemas de Carilda Oliver, como buena parte de la poesía mundial, no siempre se entienden. Combinando palabras, ritmos y rimas, uno llega a percibir sospechas de erotismo, de emoción o de autobiografía, pero las combinaciones son deslumbrantes. También los cuadros de Kandinski tienen dos niveles, y para disfrutar de ellos no es necesario desentrañar las banalidades del punto y la línea en el plano, que para el pintor eran la justificación de la belleza.

Carilda Oliver no es Góngora. Cuando uno no entiende bien qué es lo que le hizo a aquella señora aquel amante pasajero aquella noche de luna menguante, la lectura se hace un tanto tediosa, pero de cuando en cuando un soneto o un poema brillantemente escritos y que, además, se entienden (no siempre del todo) lo dejan a uno extasiado. Como muestra, reproduzco aquí hoy unos poemas breves suyos que me han parecido magistrales. Feliz lectura.


Me lo aprendí una noche de azul lento,
bajo la luna abierta encaramada
como niña de luz, en la portada
sonámbula oficial del firmamento.

Me lo aprendí esa noche. De su acento
salía una caricia inusitada;
y en la esquina tenaz de su mirada
me tropecé desnuda con el viento.

Desde entonces anuncia cada cosa
que ha tirado a mis pies, como una rosa,
el corazón absurdo en que vivía.

Y no sé si por eso me persiste
este alegre dolor de ser tan triste
con que sigo durando todavía.



        Error de magia

¿Sería aquel beso
ya clavándose
sin que supieras darle cuerda
para que saliese a bailar con el domingo?

¿Sería aquel beso
que no quiso mirar el mediodía
y tú, alarmado,
le echaste muchas cosas a ver si lo arrastrabas:
una corriente de merluzas,
el humo del tabaco,
la saliva?

Un beso, nada más que un beso,
sólo un beso,
el simple juego de los labios,
que huyó una noche como perdido de otra alma
y sin saberlo fue tu penitencia.

Todo por un malabarismo sin fortuna,
por un error de magia,
por un ángel hirviendo en la redoma
que al fin se volvió malo
y te tapó la boca.
¿Así que te moriste, mi amor, de pura hambre,
ahogado por un beso
que nunca supo que tenía alas?



   Que yo era una mentira de la luna

No vuelvas, no, porque la noche es una
hechicera cordial que te ha perdido;
verás que ya no soy milagro ardido:
que yo era una mentira de la luna.

No vuelvas, no, porque será importuna
tu palabra de amor contra mi oído;
verás que no es de besos mi vestido:
que yo era una mentira de la luna.

Quédate como el sueño, desasido.
No vuelvas, no, porque tal vez alguna
maldición se descuelgue del olvido

y te toque en un ímpetu de tuna.
Verás, amor, verás que no he vivido:
que yo era una mentira de la luna.


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sábado, 24 de marzo de 2018

Teología experimental

Por lo general, tengo cosas más importantes que hacer que ocuparme de la filosofía. Exceptuando a Zenón de Elea y a su maestro Parménides, todas mis lecturas filosóficas terminan invariablemente en una combinación de bostezos, hartazgo y estupefacción. ¿Cómo es posible que los filósofos se líen tanto para no decir nada? Todos podemos llegar a entender lo que es un electrón, un campo gravitacional, un cromosoma o un número primo, pero ¿por qué los filósofos no definen los conceptos que usan de manera que cualquier ser pensante pueda entenderlos?

A lo largo de mi vida, le he dado muchas vueltas a esas preguntas. Encuentro asombroso que la filosofía sea una disciplina universitaria, que haya personas que se ganen la vida dedicándose a ella, y que grandes pensadores de todas las épocas le hayan dedicado tal cantidad de páginas sin llegar jamás a alguna conclusión verificable o mínimamente sólida. El cerebro humano, por lo visto, es así.

Sucede que hay dos tipos de conceptos en la mente humana. Uno, de alcance universal, es el resultado de una abstracción. Nos fijamos en cierto número de ejemplares de cualquier cosa, y de ellos extraemos una conclusión que vale para todos. Si observamos, por ejemplo, que el número 7, el 11 y el 31 sólo son divisibles por sí mismos y por el número 1, podemos definir un concepto basado en esas dos propiedades, que los matemáticos han llamado 'número primo'. A partir de ese momento, si escogemos un número al azar no habrá posibilidad de duda: o es primo o no lo es, y no tendrá ningún sentido hablar de números 'medio primos', o distinguir entre números más primos o menos primos.

En cambio, hay otro tipo de conceptos que construimos en torno a un prototipo. Una colina, un adolescente o una borrasca son conceptos claros, pero borrosos en las fronteras. Cualquier afirmación que hagamos sobre ellos será más o menos válida según lo cerca o lejos que estemos del prototipo. Rara vez nos pondremos de acuerdo sobre dónde empieza una colina, y no todos los adolescentes tienen acné. Además, a menudo podemos definir nuevos prototipos que transforman nuestro paisaje conceptual: ¿la pirámide de Keops es una colina? ¿en qué momento una borrasca se convierte inequívocamente en un ciclón?

La filosofía juega en gran medida con conceptos derivados de prototipos, y vende como generalizaciones lo que son sólo áreas conceptuales más o menos difusas que cada filósofo puede interpretar a su antojo. Prueba de ello es que, en la práctica, así sucede. La historia de la filosofía es una larga enumeración de controversias, cismas, delirios, narcisismos y, sobre todo, pereza.

Pereza de verificar los conceptos y de marcarse una dirección y un método. En filosofía, los fracasos no son relegados, sino que se acumulan. Las tonterías que afirmaron Aristóteles, Platón, Kant, Bergson o Hegel siguen en los libros, inamovibles. Si la ciencia hiciera lo mismo, los científicos estudiarían hoy el móvil perpetuo o la generación espontánea en pie de igualdad con la termodinámica y la microbiología.

Hay además un tercer tipo de conceptos que han dado pie a buena parte del corpus filosófico. Me estoy refiriendo a lo que podríamos llamar 'lógica exhibicionista' o 'lógica justificativa'. En esa línea, por ejemplo, la pregunta "¿dónde empieza una circunferencia?" podría dar lugar a un voluminoso tratado filosófico sobre los orígenes del devenir, la esencia de la continuidad o el eterno retorno, aunque por supuesto sólo a un filósofo se le podría ocurrir tamaña pérdida de tiempo.

La lógica exhibicionista ha sido usada muy a menudo en filosofía para justificar las propias creencias o para inflar la vanidad personal de más de un autor. Las cinco vías de Santo Tomás son un buen ejemplo de piruetas mentales concebidas únicamente para justificar la sumisión a un dogma religioso. Como acrobacias intelectuales son muy brillantes, pero sólo han servido para convencer a los ya convencidos. Santo Tomás tal vez habría hecho mejor dedicándose a componer música para la Corte, o estudiando la germinación de la habichuela.

Quizá la rama de la filosofía con que más familiarizados estamos la mayoría de nosotros es la teología. Todo el edificio conceptual de la teología está construido sobre un único concepto, que simplificando podríamos llamar 'Dios'. Todo el mundo entiende el significado de 'Polo Norte', 'Everest' o 'Torre Eiffel', pero ¿qué cosa es 'Dios'? Difícil averiguarlo. Ni siquiera los diccionarios coinciden en sus definiciones. Para aclarar ideas, voy a tratar de resumir los resultados de mi búsqueda en unos cuantos diccionarios.

Casi todos los diccionarios definen 'Dios' como "ser supremo", aunque algunos (Collins) hablan de 'espíritu' y Wordnet lo califica de 'sobrenatural'. Mal empezamos. Pero hay más versiones. Wiktionary lo define como "presencia o fuerza espiritual impersonal y universal", que es algo así como decir 'todo y nada', mientras que Merriam-Webster lo define como "realidad suprema o última". ¿En qué quedamos? ¿Suprema, o última? Me parece a mí que no es lo mismo.

Esta era sólo la presentación. En cuanto a los atributos, los hay para todos los gustos. Muchos lo califican de "creador" y "gobernante" del Universo. Al menos uno (Oxford) añade "fuente de autoridad moral". Casi todos coinciden en que es 'venerado' u 'objeto de fe', y Merriam-Webster, siempre en su línea particular, añade: "perfecto en términos de poder, sabiduría y bondad". Curiosamente, ninguno de ellos atribuye a Dios la cualidad de 'eterno'.

Vayamos por partes, y limitémonos a lo que el sentido común nos permite interpretar. Hablar de un ser 'supremo' implica una escala de menor a mayor, pero ninguno de los diccionarios nos aclara cuál es esa escala. Si lo que queremos decir es que Dios creó el Universo, entonces el adjetivo 'supremo' sobra. ¿Puede haber algo más supremo que crear el Universo? Me pregunto.

Más problemática se pone la cosa cuando intentamos desentrañar el significado de 'espíritu' o 'sobrenatural'. Para mí, un espíritu es un estado de ánimo, y ninguno de los que yo he experimentado me ha permitido jamás crear un universo. Quizá no he perseverado lo suficiente. En cuanto a 'sobrenatural', es un adjetivo que asocio únicamente a ciertas películas de terror o a ciertas alucinaciones. Por ejemplo, a causa de la sed en el desierto o de la ingestión de sustancias psicoactivas.

Nos quedan tres sustantivos que hacen referencia a Dios: 'presencia', 'fuerza' y 'realidad'. La idea de que Dios es real o está presente, sin que nos aclaren cuándo o dónde, me sume en profunda confusión. En toda mi vida, jamás he podido ver ni me han presentado a ningún ser supremo sospechoso de haber creado el mundo. ¿Debería intensificar mi vida social?

Pero tengo que confesar que, después de tal cúmulo de confusiones, me topo por fin con una palabra tranquilizadora: 'fuerza'. La idea de que Dios es una fuerza es providencial, porque, como casi todos sabemos, la fuerza es el producto de la masa por la aceleración, y ambas son medibles. De modo que sólo tendríamos que averiguar la masa de Dios y hacia dónde se mueve para conocer su magnitud e incluirla en los diccionarios. ¿Hay algún teólogo por ahí dispuesto a trasponer los umbrales de la filosofía experimental? Se admiten apuestas.

Nos quedan todavía unos cuantos atributos más bien pomposos, pero difíciles de verificar experimentalmente. Si nos fiamos de la teoría del big bang, que por el momento es la que mejor explica nuestras observaciones, podríamos concluir que Dios es la fluctuación cuántica del vacío que dio lugar al universo que habitamos, y podríamos conjeturar que las mismas leyes que causaron tal fluctuación son las que aún hoy gobiernan las galaxias y sus componentes. Pero, francamente, de ahí a que el big bang sea una "fuente de autoridad moral" media un abismo.

Para terminar, los atributos más peliagudos son los que meten al infinto de por medio. Si Dios ha creado el Universo, sin duda es muy poderoso, pero para ser 'infinitamente poderoso' tendría que estar creando infinitos universos en infinitos instantes y sujetos a infinitas leyes físicas. No digo que no, pero yo cuando miro al cielo no alcanzo a ver nada ni remotamente parecido. De dónde ha sacado Merriam-Webster esa información es un misterio, sin duda teológico.

Hasta aquí nos hemos mantenido en el terreno de la duda, por decirlo con ánimo indulgente. Pero, ay, las dos cualidades que nos quedan chocan frontalmente con el sentido común. Si Dios es infinitamente sabio e infinitamente bondadoso, entonces el mundo que habitamos es el mejor de los mundos posibles, afirmación fácilmente refutada por cualquier programador de videojuegos dispuesto a crear un universo en el que no existan la envidia, la guerra, el fracaso, la soledad ni el dolor. Y en el que se paguen menos impuestos.

No haría falta ir muy lejos. Si los teólogos me dan a mí los fondos necesarios, yo mismo lo puedo programar. Palabra.

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domingo, 31 de diciembre de 2017

Carretera al cielo

Regresó del via crucis, agotada. No tenía ganas de cenar. Se dejó caer encima de la cama, cerró los párpados y exhaló un suspiro hondo. En pocos segundos, las tinieblas del sueño la envolvieron. Se quedó dormida.

Descubrió que flotaba en lo alto de una nube azul, rodeada de querubines. En sus manos, una lira. Era maravilloso, porque sus dedos sabían exactamente cómo tañer las cuerdas para arrancarle aquellas armonías sublimes, sobrehumanas. Cerró sus párpados también en el sueño y se dejó embelesar por su propia música. Con los párpados cerrados no veía. Como Cupido... ¿También ella sería capaz de disparar una flecha sin mirar, y acertar? Y quien recibiera la flecha, ¿de quién se enamoraría?

Intentó sumergirse de lleno en aquella fantasía de amores y destinos, pero como estaba dormida los personajes que evocaba se le escapaban. Tenían formas huidizas, personalidades volubles, comportamientos impredecibles. Ahora se fundían en un beso emborronado, como dos tartas que chocan, ahora reían de despecho, lloraban de deseo o adoptaban posturas incompatibles, como peces borrachos en una pecera.

Pero no era eso lo que la hacía sentirse incómoda, sino la transformación que estaba sintiendo bajo sus pies. En efecto, la nube que tenía debajo ya no era una ingrávida voluta azul, sino que se estaba volviendo roja y parecía cada vez más una caldera de arenas movedizas. Una voz de hombre, grave y aterciopelada, le hizo abrir los párpados. Frente a ella, todavía en sueños, un demonio rojo como una granada madura la miraba plácidamente.

Despertó sobresaltada, pero el demonio seguía allí. Se incorporó en la cama, aterrorizada. Un sudor frío perlaba su frente y su nuca.

"¿Quién eres?", exclamó.

"Soy exactamente quien tú crees que soy, querida"

Los labios de ella dibujaron un nombre que no llegó a salir de su garganta.

"No tienes por qué espantarte. Tú sabes que siempre he existido. Sólo que hasta hoy he sido invisible para ti"

"¿Y por qué has escogido precisamente hoy para aparecerte? Vengo de un via crucis, y estoy en gracia de Dios"

"Humm", sonrió Satanás. "Los creyentes no sois muy rigurosos con vosotros mismos. ¿Tan segura estás de que en ningún recoveco de tus pensamientos hay siquiera un asomo de pecado?"

Ella asintió con la cabeza, con vehemencia.

"¿Recuerdas cuando ibas a entrar en la iglesia junto al sacerdote y has tenido que apartarte porque el obispo tenía preferencia?"

Ella titubeó. "Eso ha sido sólo una contrariedad..."

Satanás chascó su lengua, feliz y apacible al mismo tiempo.

"No, querida. Ahonda sinceramente en tus sentimientos. Un poquito de envidia, reconócelo... Soberbia, también"

La mujer bajó la vista. El demonio, pensativo, examinó un anillo que brillaba en el dedo corazón de su mano izquierda.

"Y cuando ha sonado ese teléfono móvil en mitad de la cuarta estación, ¿qué le has deseado al dueño de aquel teléfono?"

"No ha sido más que un impulso", exclamó ella.

"Un impulso de odio, reconócelo. Te has arrepentido al instante, pero no has podido impedir que sucediera. Y en la décima estación, cuando Jesucristo era despojado de sus vestiduras, ¿no ha cruzado por tu mente una fugaz imagen.... lujuriosa?"

La mujer enrojeció.

"Bien. Ahora estamos en sintonía. Quiero decir, del mismo color tú y yo. De modo que iré al grano. He venido a hacerte una propuesta"

Entre las manos del diablo apareció de repente una bola de cristal.

"Acércate, no temas. Soy inofensivo. Esto que vas a ver aquí es tu futuro"

Ella adelantó su cabeza apenas unos centímetros. Evidentemente, le repugnaba la presencia del Príncipe de las Tinieblas. En el interior de la bola de cristal una niebla oscura se fue disipando, y en un paisaje de llamas retorcidas se vio entonces a sí misma trasponiendo un portón orlado de espinas y vidrios rotos. Su imagen aparecía desnuda y encorvada, y por su rostro angustiado se deslizaban lágrimas gruesas y ardientes.

"¡Qué horror!", exclamó, y se apartó instintivamente.

"Así es, querida. Está escrito. Algún día tú serás de los míos, y en mi Reino padecerás eternamente la furia del fuego y el hielo, la lascivia inextinguible de los sátiros telúricos, y los dolores del parto... sin llegar jamás a alumbrar criatura alguna.

La mujer estaba pálida, paralizada.

"Pero, ¿por qué tiemblas? Todavía no has escuchado mi propuesta"

"¿Qué propuesta?", musitó ella desmayadamente.

"Verás. Las cosas en el otro mundo no son exactamente como vosotros creéis. La frontera entre el cielo y el infierno no es tan terminante como os han contado. En realidad, según el día o las circunstancias, ellos y nosotros a veces podemos... negociar. ¿Me entiendes?"

Ella meneó la cabeza. No entendía.

"A ver, ¿cuál es el pecado más grave que has cometido jamás? Vamos, a mí me lo puedes contar..."

Atragantándose, la mujer dijo casi sin voz: "A veces le siso dinero de la compra a mi marido, para comprarme zapatos"

El diablo sonrió suavemente, enternecido. "Pero siempre le has sido fiel, ¿verdad? No, no hace falta que digas nada. Lo sé, lo sé. Pues bien, basta ya de rodeos. Para librarte del infierno sólo necesitas hacer una cosa: cometer adulterio. Si lo consigues, yo me encargaré de arreglar las cosas para que te cambien de destino. ¿Qué te parece?"

"Pero el adulterio es un pecado. ¿Cómo voy a ir después al cielo?"

"Verás. Allá arriba, si uno hace las gestiones adecuadas, hay un cierto grado de... digamos, manga ancha. No te extrañes. Al fin y al cabo, Dios es infinitamente bondadoso, ¿no es cierto?"

"Pero yo amo a mi marido. No podría irme a la cama con otro hombre aunque quisiera"

Satanás guardó la bola de cristal en un cuerno de rinoceronte que apareció de pronto en su mano derecha. "Entonces, querida mía, en mi Reino nos veremos. Entre tanto, disfruta. Te quedan todavía muchos años de vida"

"¡No! ¡Espera!"

El la miró con aires interrogantes. La fiel esposa se retorcía las manos. Respiraba con fuerza.

"Creo... creo que lo intentaré. Déjame intentarlo. No te prometo nada, pero lo intentaré. ¿Te parece?"

Satanás se encogió de hombros.

"Como comprenderás, a mí me da exactamente igual. En el infierno cabéis tú y mil millones como tú"

"Entonces... ¿por qué lo haces?"

El visitante enarcó las cejas sin darle importancia, en un gesto de cinismo impenitente.

"Es parte de mi oficio. Yo soy el espíritu del Mal, recuerda"





Faustina no sabía por dónde empezar. Del mismo modo que un fotógrafo, al mirar por el visor de su cámara, convierte la realidad cotidiana en paisajes llenos de significado, los hombres eran ahora de pronto un mundo nuevo para ella. Ahora había hombres de voz varonil y persuasiva, y hombres incapaces de venderte un bolígrafo. Había viejos dandis y jóvenes desgarbados, militares atléticos y oficinistas barrigudos, hombres sensuales y acicalados y hombres sin alma, pálidos e inexpresivos. Pero, cuando empezó a sentirse guapa otra vez y a vestirse como tal, lo que más se encontraba a todas horas eran hombres insinuantes. Y, a menudo, insistentes hasta el agotamiento.

Se decidió por el más insistente de todos. Más que nada, por ver si así la dejaba en paz. Se llamaba Mauricio, y lo había conocido en un café. Después de un larguísimo tira y afloja en torno a una mesa de la cafetería, Mauricio le abrió por fin la portezuela de su coche y se la llevó por una carretera serpenteante hasta un apartamento frente a una playa. El día estaba desapacible y la playa estaba desierta. Mauricio abrió las ventanas de par en par.

"¡Mira: el mar!", exclamó, eufórico por el trofeo femenino que estaba a punto de conseguir. Pero después de tantas curvas como habían recorrido, Faustina no se encontraba bien. Se había mareado, y todos los intentos de Mauricio por conducirla a su terreno fracasaron. Finalmente, a petición de ella, la dejó en una parada de autobús y se marchó. Ella compró unas pastillas para el mareo en una farmacia y regresó en el primer autobús.

Esa noche, la noticia más destacada en la televisión fue un pavoroso incendio en una pequeña localidad de los Alpes. Las llamas habían engullido varios edificios y los bomberos no conseguían reducir el fuego. Cuando la imagen se detuvo frente a la puerta principal del hotel Hellbrunn, que ardía por los cuatro costados, Faustina se estremeció. Había creído ver en aquella imagen las mismas puertas del infierno que vaticinaba la bola de cristal de su diabólico visitante. Procurando que su marido no se percatara apretó los puños, angustiada. Ya no dudaba. Tenía que sacar fuerzas de flaqueza y alcanzar su salvación.

Repasó mentalmente su lista de candidatos. No eran tantos. El repartidor de butano no le parecía tan repelente, pero llegaba siempre jadeando y sudoroso con su bombona a cuestas. Los amigos de su marido estaban descartados. No era que no se le insinuasen, sino que ella todavía conservaba un ápice de decencia. Por la misma razón, excluyó también de su lista a los maridos de sus amigas. Había también otros hombres que había conocido yendo de compras, o en el autobús. Pero todos le daban exactamente igual, y decidirse por uno de ellos era como deshojar eternamente una margarita. Necesitaba ampliar su lista. Se acercaba ya el verano y empezaba a hacer calor, así que tomó una decisión: a la mañana siguiente iría a la piscina.

Escogió un bikini muy atrevido, que realzaba sus encantos. Antes de salir de casa, se lo probó ante el espejo y contempló su figura en todas las posiciones. Se veía irresistible. ¿Algún hombre en la piscina podría no fijarse en ella? Pronto lo averiguaría.

De camino a la piscina, en el autobús, le sorprendió descubrir que estaba fantaseando. Pero su fantasía no tenía cuerpo ni rostro. Sólo sabía que aquella misma mañana un hombre, uno muy especial, se le acercaría y le pediría conversación. Y a ella, por primera vez en su vida, le encantaría sentirse deseada. A partir de allí, la fantasía se perdía en laberintos sin forma, agitados por pasiones profundas que ella nunca antes había sospechado. Se asustó. Satanás lo estaba consiguiendo, se dijo. Y se puso en guardia.




Mientras su lengua recorría gozosamente los contornos de aquel helado de fresa, sus ojos percibían las miradas, no siempre disimuladas, de los varones que habían advertido su presencia en el césped de la piscina. No eran pocos. Se encogió levemente de hombros. "Si tanto me desean, que compitan por mí", se dijo. Y aquel pensamiento le produjo un cosquilleo delicioso que recorrió su espalda desde la nuca hasta la rabadilla. Se tumbó en la hierba y abrió la revista de moda que traía en el bolso.

"Disculpa", dijo una voz de hombre junto a ella. ¿Sabrías decirme a qué hora empiezan las clases de natación?"

Faustina cerró la revista y lo miró, aparentando indiferencia.

"Lo siento. No tengo ni idea", respondió. "Es el primer día que vengo a esta piscina"

No era ni guapo ni feo, pero el tono de su voz tenía algo especial que la atraía y, al mismo tiempo, la ponía a la defensiva. ¿Será él?, se preguntó.

"Bueno. Esperaré un poco más, a ver si viene el monitor", repuso el hombre. "Me llamo Tomás, y soy italiano", añadió. Y, sin pedir permiso siquiera, se sentó junto a ella.

Ella se dejó estrechar la mano. A continuación, hizo visera con la otra mano y oteó el horizonte.

"Faustina", se presentó ella por fin. "Mucho gusto"

"¿Estás esperando a alguien?", preguntó él.

Ella dudó unos instantes.

"Pues sí", contestó. "Pero... no estoy segura de que venga hoy"





Nunca había experimentado lo que sintió cuando Tomás, con dedos trémulos, desprendió de su cuerpo la pieza inferior de su bikini. El balcón estaba abierto de par en par, y a través de él el sol acariciaba sus cuerpos desnudos sobre las sábanas. No sentía pudor. Una vez más, se abandonó a un beso apasionado y dejó que la mano del hombre guiara la suya hasta el cuerpo de él. Un volcán interior se apoderaba de ella. ¿Cómo era posible? ¡Se sentía tan viva...! Hasta aquella mañana, jamás había sospechado que hubiera también un cielo en la tierra.

Y el volcán creció, y creció, hasta que Faustina perdió la noción del tiempo y del espacio, engullida por sus llamas. Y en aquel instante el cielo y el infierno se fundieron en una única marejada de gozo terrenal.

No había duda. Era él.





"Me has sorprendido, querida. Lo has conseguido en menos tiempo del que yo esperaba"

Desde lo alto de la biblioteca, donde aparecía sentado ahora, Satanás la miraba con ternura y un punto de ironía.

"¿De verdad te ha sorprendido? Creí que eras capaz de adivinar el futuro", dijo Faustina.

"No exactamente", repuso el diablo. "En realidad, puedo inventar cuantos futuros quiera, pero no puedo estar seguro de que se cumplan"

"Entonces ¿el destino no existe?"

"No, que yo sepa. Verás. Tengo que confesarte algo terrible: te he mentido"

"Raro sería que el demonio dijera la verdad"

Ella se ajustó el escote de la bata. Por un instante, le pareció que Satanás la miraba con ojos lascivos.

"Es que yo no soy el demonio, querida"

Faustina dejó de cepillarse el cabello y lo miró fijamente.

"Bromeas"

"No. Yo no soy el demonio, porque el demonio no existe"

"¿Estás jugando conmigo?"

Satanás observaba ahora con gran interés las oscilaciones de un yoyó que había aparecido de improviso en su mano.

"En absoluto"

"¿Quién eres tú, entonces?"

"Dios"

Al decir esto, Satanás cambió de color y se tornó de un azul maravilloso. Faustina entonces sintió una música celestial que invadía la habitación y penetraba hasta sus huesos. Era tan relajante como el sonido de la lira en la nube de aquel antiguo sueño. Sus párpados se entornaron, y el cepillo que sujetaba su mano cayó al suelo.

"Yo solamente creé el universo. No tengo ningún poder sobre los humanos", dijo Dios. "Aunque, naturalmente... puedo tratar de convencerlos". Y sonrió.

"Pero... el bien y el mal... El cielo y el infierno...", balbució Faustina, desconcertada.

"Hay un cielo en la tierra: el que tú acabas de conocer. Y también hay un infierno, y harías bien guardándote de él. En cuanto al bien y el mal, yo sólo he creado los átomos y la luz, y todas esas cosas". Sus cejas se curvaron como implorando piedad. "Quizá me salió mal el experimento"

"Pero entonces has creado un mundo absurdo. No hay nadie que premie a los buenos o castigue a los malos"

"A veces sí, y a veces no, tú misma lo sabes. Yo no tengo nada que ver en eso"

"De modo que no eres ese Padre infinitamente bondadoso del que hablaban los profetas"

"A alguien se le ocurrió esa idea, hace muchos años. Una idea brillante, lo reconozco"

El yoyó ascendió velozmente por el bramante que lo sujetaba y Dios cerró la mano sobre él.

"Ahora tendrás que disculparme", se excusó. "Hay todavía unas cuantas galaxias por ahí que aún no se han enterado de estas cosas. Ha sido un placer hablar contigo"

"¡No, espera!", exclamó Faustina. Dios sonreía aún, aunque inmóvil, como una estatua del Buda.

"Hay una cosa más que necesito saber", imploró ella. "¿Existe el más allá?"

Su pregunta resonó como un eco por la habitación, largo rato. Pero Dios había desaparecido.


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