jueves, 6 de agosto de 2020

La espiral - 25

Tuve que llamar al timbre varias veces, hasta que la puerta por fin se abrió. Rosario me recibió en camisón, tapándose los ojos con una mano para evitar la luz. Evidentemente, se acababa de despertar.
La seguí hasta el comedor y me senté en el sofá. Sentí retemblar el asiento cuando Rosario se sentó mi lado.
"No te puedes ni imaginar lo que he dormido", dijo con voz pastosa. "Me vas a tener que perdonar, amor, pero no me acuerdo de nada". Apoyó su cabeza en mi pecho. "Dime, ¿hicimos el amor anoche?" 
"Me ofendes", susurré a su oído. "Ayer pasé la noche más maravillosa de mi vida"
Y no mentía. 
"Hmmm. Qué lástima que no me acuerde", dijo mimosamente. "¿Encontraste la peluca?"
"Ahá". Asentí con la cabeza."¿Es que no las has visto? La dejé en tu bolso"
"¿En mi bolso? Válgame Dios. ¿Y dónde he dejado yo el bolso?"
Se levantó y rebuscó por la habitación, sin resultado. Por fin, entró en su dormitorio y reapareció al poco tiempo levantando la peluca en alto.
"Hemos tenido suerte. Aquí adentro lleva una etiqueta con el nombre del fabricante", anunció. 
Me encogí de hombros.
"El fabricante me da igual. Lo único que a mí me interesa es que Belinda se ponga cariñosa con Andy y yo consiga fotografiarla con su cabello natural"
Rosario me miró, pensativa.
"¿A qué se dedica tu cliente?"
"No me lo ha dicho. Y yo tampoco se lo he preguntado. Los detectives somos discretos. ¿Qué tiene eso que ver con mi investigación?"
Me tendió la peluca.
"Lee la etiqueta"
Recogí la peluca, la volví del revés y examiné la etiqueta.
"Smith", leí en voz alta. "Pero esto no significa nada", protesté. "Smith es el apellido más corriente del mundo"
"Puede ser. Pero no todos los Smith son propietarios de un laboratorio abandonado"
"¿Quieres decir que el edificio abandonado que hay junto a Glamour 2 es de mi cliente?"
Rosario asinitó, sonriendo.
"No sólo eso", añadió. "Además, es propietario de una tienda de disfraces"
Me rasqué la cabeza.
"Y fabricante de pelucas", dije.
"Tal vez"
"Entonces ¿la policía está investigando a Severo Smith?"
"Ya hemos investigado. Pero hasta ahora no hemos encontrado nada"
"¿Y la tienda de disfraces?"
"La lleva un primo suyo. Un hombre muy mayor, que trabajó en el mundo del cine. Seguramente fue él quien le consiguió la peluca a Belinda. No parece que esté involucrado en nada raro"
Yo empezaba a no pensar lo mismo. Mi mente trabajaba febrilmente. Había muchos cabos por atar, y yo necesitaba tiempo.
"¿Dónde vas a comer hoy?", pregunté.
Me miró con extrañeza.
"En casa, supongo. ¿Por...?"
Deslicé una mano por debajo de su camisón.
"Me encantaría comer macarrones hoy", mentí. La voz de Rosario se acarameló.
"¿Es que no te quedaste satisfecho anoche?", dijo, acercando sus labios a mi cuello.
"Anoche fue mágico, ya te lo he dicho. Pero echaba en falta tus macarrones. Así que... si me invitas a comer más tarde, yo me encargaré del postre"
Me estrechó apasionadamente entre sus brazos. Detrás del camisón, el corazón de Rosario galopaba como el caballo de un jefe indio en una película del Oeste.
(Continuará)
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sábado, 1 de agosto de 2020

La espiral - 24

Rosario se durmió antes de terminar el segundo cornete. Durante su ausencia, yo había tenido la precaución de sustituirla en el asiento del conductor, de modo que, en cuanto emitió los primeros ronquidos, arranqué el motor y emprendí el camino de su casa. En ese momento sonó mi teléfono. Me detuve junto a un semáforo y contesté. Era Katia.
"Hola", la oí decir. "¿Qué haces?"
Miré a Rosario. Sus ronquidos hacían retemblar el asfalto bajo las ruedas. Improvisé.
"Estoy en el taller. Me están reparando el motor del coche"
"No, eso me da igual. Quiero decir esta noche"
"Esta noche... No sé. Tendría que consultar mi agenda"
"¿Por qué no vienes a casa? Me tomaré un mojito. Y luego, si quieres, bailaremos"
Aquella podía haber sido la voz de una fiscal en un juicio por genocidio, pero el recuerdo de la última noche con ella me desarmó completamente. Sentí cómo crecían alas en mis tobillos.
"¿Esta noche? ¿Por qué esperar tanto? Voy para allá"
Arranqué haciendo chirriar los neumáticos, me salté el semáforo en rojo, zigzagueé por las calles hasta que llegué al garaje de Rosario, apagué el motor, dejé las llaves colgando de su escote y salí a la calle. Mis piernas temblaban. Me tuve que agarrar a un árbol hasta que paró el primer taxi.

Las dalias de las paredes del dormitorio de Katia me devolvieron a la realidad. Hacía rato que había amanecido y Katia no estaba en la habitación. Me froté los párpados. Todos los músculos de mi cuerpo pedían auxilio. Con dificultad, conseguí incorporarme y apoyé los pies en la alfombrilla rosa del suelo. Exploré mentalmente mi capacidad de resistencia. Por suerte, de los tobillos para abajo no tenía agujetas, lo cual me permitiría tal vez llegar hasta la ducha sin necesidad de reptar. En ese momento se entreabrió la puerta.
"Cú-cú", retumbó una voz casi tan femenina como un rezo budista. Era Katia.
"¿Has dormido bien?", afirmó. La puerta se abrió del todo. Katia, ataviada sólo con un dos piezas de lencería malva, llegó hasta mí con una bandeja entre las manos y la dejó sobre la cama.
"Te he traído el desayuno. ¿Tienes hambre?", volvió a afirmar.
"¿Has cambiado de color preferido?", repliqué, enviando un mirada a su tanga y a su sujetador.
Se miró. "Ah, esto". Se encogió de hombros. "Se me han desteñido. Las metí en la lavadora con las plantillas de los zapatos. Pero no te preocupes. Me las puedo quitar..."
Mis tobillos me enviaron un mensaje de alarma. Eran mi último recurso para librarme de la silla de ruedas. 
"No, cariño, ahora no", me excusé, inclinándome ávidamente sobre el plato de los croissants."Hoy tengo muchas cosas que hacer. Si quieres..."
Levanté la vista. Katia me sonreía pícaramente, mientras su lengua lamía con deleite un cornete de chocolate.
Qué diablos. Mis tobillos podían esperar. Y Belinda, también.
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domingo, 26 de julio de 2020

La espiral - 23

Nadie me vio salir del garaje. Me calé las gafas de sol, caminé con aires despreocupados hasta la playa, y desde allí, dando un pequeño rodeo, regresé a la acera. La calle seguía desierta. Allá lejos, Katia ni siquiera levantó la vista de su tablet. A la vuelta de la primera esquina, Rosario me aguardaba al volante de su coche.
"¿Lo has conseguido?", preguntó. Me miraba como un niño habría contemplado una bicicleta nueva una mañana de Reyes. Y no por casualidad: su lengua recorría sensualmente los bordes de un cornete de chocolate. 
Naturalmente, me alarmé.
"¿Dónde has comprado ese helado?", dije. Era una pregunta masoquista. No había muchas respuestas posibles.
"Hay un puesto de helados allá detrás, en la otra calle. Los vende una tipa muy rara. Una rubia vestida de rosa que parece un andamio"
Tragué saliva. Mi suerte estaba echada.
"¿Has encontrado la peluca, o no?", insistió. Su mirada provocativa anunciaba ya los efectos del helado de Katia.
"Sí, sí. Luego te la enseño. Nos podemos ir ya, si quieres"
"Espera un poco, mi amor. Todavía no me lo he terminado. ¿Quieres probarlo?"
Negué con la cabeza. 
"No, gracias", respondí. "Tu flan de postre me ha dejado un recuerdo imborrable". Mi comentario era suficientemente ambiguo, pero Rosario no pareció enterarse.
"¿Y cómo sabes que estoy hablando del helado?", susurró, reclinándose amorosamente sobre mi hombro. Su mano libre cogió la mía y la deslizó entre sus muslos. Suspiré.
"Tenía la esperanza de que por una vez me sorprendieras", repuse.
"¿Sabes? Tu gatita está en celo. Hace ya dos noches que no dormimos juntos"
Me besó. El cornete de chocolate estaba empezando a hacer efecto. Mucho.
"Hagamos el amor aquí mismo", jadeó de pronto junto a mi oído. Engulló de un bocado el resto del cornete y me ofreció sus labios, húmedos y sensuales. Treinta segundos más, y Rosario sería irresistible. Miré a mi alrededor.
"No te preocupes, no nos verá nadie", murmuró, besando suavemente mi mejilla. "La calle está desierta" 
"¿Sabes que eres irresistible?", dije, veinte segundos antes de que mi pregunta fuera correcta.
"Para ti, siempre. ¿Ya lo estás notando"
Efectivamente, mi mano lo estaba ya notando. Y la suya, ahora, también. No es que nos fuese a detener la policía por hacer el amor en la calle. La policía estaba más bien colaborando. Pero, incluso dentro del coche y con las ventanillas cerradas, Rosario era capaz de despertar a todo el vecindario.
"De acuerdo", accedí. "Pero antes quiero pedirte un deseo. Cómprate otro helado. Me excita muchísimo verte comerlo"
Un relámpago de lujuria destelló en sus ojos. Antes de que pudiera darme cuenta, Rosario se alejaba ya por la acera en dirección al puesto de Katia. Miré el segundero de mi reloj y suspiré, aliviado. Justo a tiempo.

domingo, 19 de julio de 2020

La espiral - 22

(Comienzo)

El jardinero salió del garaje empujando la cortadora de césped. Cuando estuvo en el otro extremo del edificio, la puso en marcha. El ruido del motor merodeó unos instantes frente a la cocina y se alejó después hacia la rosaleda. El jardinero empezaba siempre por aquel extremo del jardín. Me asomé un momento a la fachada que daba a la playa. En la terraza, Severo Smith dormitaba en una hamaca con una revista entre las manos y, junto a la orilla, Belinda moldeaba un castillo de arena rodeada de niños con cubos, palas y patos hinchables. En la calle, desierta, se divisaba sólo a lo lejos el puesto de helados de Katia, que, de espaldas a mí, parecía muy ensimismada en la pantalla de su tablet.

Con un movimiento rápido me interné en la penumbra del garaje, y aguardé a que mi vista se adaptara a la oscuridad. La cocinera había terminado ya su jornada laboral, y yo ya no esperaba encontrarme a nadie en el interior de la vivienda. Era una movida arriesgada, pero no se me ocurría otra manera de conseguir lo que andaba buscando. El yate de Andy nunca estaba desocupado, y de todos modos lo más probable era que Belinda guardase la peluca en su vestidor. Yo sólo tenía que encontrar la manera de llegar a él.

Poco a poco, distinguí los relieves del interior del garaje. Una de sus paredes estaba tapada por una estantería ocupada por cachivaches y herramientas de jardinería. En un rincón había una taquilla desvencijada y, junto a ella, en el suelo, una manguera enrollada que goteaba todavía. Por fin, en la pared del fondo, distinguí los contornos de una puerta. Me acerqué a ella y empujé el picaporte, pero estaba cerrada con llave. Maldición. 

El ruido de la cortadora de césped se oía todavía lejano, pero se iba acercando. En algún lugar tenían que estar las llaves de aquella puerta. Exploré la estantería y los relieves de las paredes, pero no encontré ninguna llave. Entonces me acerqué a la taquilla y, procurando no hacer ruido, la abrí. En su interior se veía sólo una escalera de mano y un par de botas de agua. El compartimento superior parecía vacío. Me empiné ligeramente y estiré el brazo hasta el fondo. Mis dedos tropezaron con una bolsa de plástico. Tiré de ella. Cuando la tuve entre las manos, la abrí y me asomé a su interior.

Reprimí una exclamación de alegría. No necesitaría subir hasta el vestidor de Belinda. La peluca que yo buscaba estaba allí.

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domingo, 12 de julio de 2020

La espiral - 21

(Comienzo)

Resultó que el jarabe de Andy contenía un principio activo que interactuaba con las hormonas y hacía a los hombres más inteligentes y a las mujeres más seductoras.

"¿Hablas en serio?", exclamé. "No sé si creerte"

"Allá tú", dijo Katia. "Yo misma lo he comprobado. Añadí unas gotas a mi mojito anoche, antes de sacarte a bailar"

Aquello lo explicaba todo. Comparando a la Katia del Club Náutico con la de la pista de baile, el jarabe de Andy era magia pura.

"¡Pero eso es el descubrimiento del siglo!", dije.

"Sí, querido. Sólo hay un inconveniente. Las autoridades lo han clasificado como estupefaciente, y por eso lo estamos vendiendo en el mercado negro"

"¿Estupefaciente?", repetí, sorprendido.

"De alguna manera tienen que justificar la prohibición. En realidad, lo que les horroriza es que diferencia todavía más a los hombres de las mujeres. Ya sabes, están obsesionados con eso de la igualdad. Además, unos votantes inteligentes son lo último que necesita un político"

"¿Así que eso es lo que tratabas de venderme en el Club Náutico?"

"Y lo que vendo en el puesto de helados. Unas cuantas gotitas de jarabe en un cornete de chocolate hacen maravillas. No te puedes ni imaginar el éxito que estoy teniendo en aquel barrio"

"¿Y quién fabrica el jarabe? ¿Andy?

"No. Andy y sus amigos son sólo intermediarios. Si estás pensando en el laboratorio que hay junto al local de striptease, es sólo un señuelo para despistar a la policía. El verdadero laboratorio está escondido en otro lugar"

"¿Dónde?"

Katia se encogió de hombros y sonrió enigmáticamente.

"El único problema", añadió, "es que si uno se pasa de dosis se queda dormido, y después tarda mucho en despertar"

Que era lo que les había sucedido a la chica de la tumbona y a la bailarina de striptease del local de Andy. Y a Severo Smith, involuntariamente. Estaba claro que las escapadas nocturnas de Belinda, sus visitas al yate y el episodio de las dunas tenían todo que ver con el jarabe de Andy.

"A la policía le encantaría saber eso", dije. "Se han enterado ya de varios casos. Por cierto, todas eran mujeres. ¿No te parece un poco raro?"

"Desciende al mundo real. Muchos más hombres de los que te imaginas se creen muy inteligentes sin necesidad de jarabe. He conocido unos cuantos. Además, ¿para qué querría un hombre mejorar su inteligencia? Cuando te vuelves más inteligente pierdes interés por el football, y eso para un hombre es una maldición. Las conversaciones con otros hombres se vuelven aburridas. Te quedas sin vida social. Para una mujer, en cambio, el deseo de ser más seductora es siempre irresistible. Sobre todo para las que..." Katia bajó su mirada. "Bueno, para las que tenemos menos... experiencia"

"Después de lo que hemos hecho esta noche, yo diría que ya no estás en ese grupo.

Me miró con un punto de ternura, pero la expresión de su cara era otra vez impasible. Los efectos del jarabe se disipaban, y Katia volvía a ser la misma de siempre. Me incorporé en la cama y busqué mi reloj de pulsera.

"¿Te tienes que ir ya?", dijo. "¿No quieres que tome un poco más de jarabe?"

Puse su mano entre las mías.

"Lo siento, amor, pero tengo un trabajo que hacer. Todo eso que me has contado es muy interesante, pero a mí me pagan para otra cosa. Yo lo único que tengo que hacer es fotografiar a Belinda con Andy en la intimidad, cobrar mis honorarios y cerrar el caso"

Me levanté de la cama, recogí mis calcetines del suelo y me agaché para ponérmelos.

"No te engañes", dijo entonces Katia. "Ese caso no lo vas a cerrar nunca"

"¿Por qué dices eso?"

"Tú estás enamorado de Belinda. Buscarás mil pretextos para no conseguir esas fotos"

Por un instante, tuve la impresión de que las palabras de Katia eran una profecía.

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lunes, 6 de julio de 2020

Culpa

La verdad, no entendía nada. Y llevaba ya algún tiempo así, como cualquier otro ser humano que no se haya dejado arrastrar por la histeria colectiva y siga empeñado en hacer uso de su sentido común.

Pero hoy, de pronto, lo he comprendido. ¿Que cómo ha sucedido? Pues conectando dos ideas. Me explicaré. Uno de los fenómenos que más me intrigaban, desde hace ya tiempo, era el ascenso del cristianismo. La religión cristiana, un fenómeno que empezó siendo local, como tantos otros por aquellos tiempos, se extendió en pocos años a todo el imperio, hasta el punto de convertir nada menos que al emperador, que terminó declarándola religión oficial. De entonces acá, la historia ha sido larga, aunque más que una historia espiritual ha sido una historia de poder. La fe --o la credulidad-- de millones de fieles cimentó una formidable estructura de poder que compartió el protagonismo de la historia occidental durante dos milenios.

Resumamos el esquema: credulidad -> fe -> propagación -> poder. Una estrategia imparable. El punto de partida, naturalmente, es la predisposición de los individuos, primero, y de las masas después. Si nos olvidamos por un momento de que estamos hablando de una religión, reconoceremos fácilmente en este esquema el movimiento social que está arrasando hoy buena parte del planeta, a una velocidad nunca vista. Los gobiernos, incomprensiblemente paralizados, callan, piden disculpas o se esfuerzan por parecer buenos feligreses. ¿Por qué?, nos hemos preguntado muchos una y otra vez.

Pues era muy sencillo. La palabra clave es la culpa. El cristianismo se extendió como fuego de pólvora no porque prometiera un paraíso beatífico, cosa que más o menos prometen todas las religiones, sino, ay, porque convenció a sus fieles de que eran culpables. Y el paraíso que anunciaba no era sólo la felicidad eterna, sino, sobre todo, el perdón de los pecados. Incluido el original.

No sólo creyeron los nuevos cristianos que eran pecadores, sino que habían nacido ya con una culpa que ni siquiera era suya. Parece mentira, pero así somos, por lo visto, los seres humanos. Como el mochuelo de aquella culpa era original y nadie era responsable de ella, había que tratar desesperadamente de quitársela de encima, y la respuesta era: Jesucristo.

Pero en sus comienzos el cristianismo era un movimiento pacífico. En realidad, masoquista. Descargaba la culpa del pecado sobre las espaldas del propio creyente, que tenía la obligación de poner la otra mejilla una y otra vez hasta que Dios lo admitiese en su seno y le regalara la ansiada vida eterna.

Una alternativa al masoquismo de los primeros cristianos fue el nazismo. Un pueblo culpabilizado por un tratado de paz no estaba predispuesto a ser masoquista, porque los vencedores sólo exigían el pago de una cantidad, sin ofrecer nada a cambio. El resultado fueron, por una parte, los horrores del Holocausto, que sirvieron para descargar la culpa colectiva, y la invasión de Europa, que representaba la promesa de un paraíso para la raza perfecta. Si uno se fija bien, hay dos elementos en común con el cristianismo: (a) la culpa es insoportable, y (b) quitársela de encima no es suficiente. Hace falta un paraíso.

Ahora regresemos al presente. Hace ya como mínimo una generación que maestros, profesores, periodistas y "científicos" nos repiten, día a día y año a año, que somos culpables. Insoportablemente culpables. Culpables de poluir la atmósfera, de oprimir a las mujeres, a los negros, a los musulmanes, a los alterosexuales. Culpables de xenofobia, de egoísmo, de injusticia, de supremacismo, de discriminación, de ganar peso, de comer carne, de hacernos ricos, de ingerir azúcar y colesterol.

No, este fenómeno no es similar a las cazas de brujas, al MacCarthismo, y ni siquiera al 1984 de Orwell. Si a algo se parece es al nazismo y al cristianismo, y tiene componentes de los dos. Mientras los nuevos sacerdotes predican machaconamente nuestras culpas, originales o no, los más vehementes (o quizá los mejor pagados) descargan su culpabilidad contra la raza blanca, contra el sexo masculino, contra el CO2 o contra ciertos fantasmas del pasado sugeridos en las nuevas catequesis (no todos; las estatuas de Lenin, por ejemplo, están todas intactas). Intimidados por la extensión imparable de la culpa colectiva, gobernantes, empresarios, políticos y ciudadanos de a pie se arredran y se suman al movimiento. ¿Hasta dónde llegará la ola?

Es difícil predecirlo. Si prevalece el componente cristiano, tenemos ideología para rato. Si, en cambio, gana la facción destructiva, el resultado será el caos, en una primera etapa. En una segunda etapa, eche usted una moneda al aire y tal vez acierte. Yo no soy tan valiente.

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domingo, 28 de junio de 2020

La espiral - 20

(Comienzo)

El apartamento de Katia era bastante más grande que una casa de muñecas, pero aproximadamente igual de cursi. Exceptuando las patas de la mesa, todo era de color rosa. Y con volantes. Katia ahuecó los cojines rosa del sofá, esperó a que yo me sentara y se sentó a mi lado.

"¿Te apetece algo?", preguntó, al tiempo que cogía mi mano y la ponía entre sus muslos. 

Asentí con la cabeza.

"Sí. Mucho"

"A mí también"

"Qué casualidad", dije.

Nos besamos. Katia consiguió sentarse a horcajadas sobre mí y desabotonó mi camisa. El asiento rosa del sofá crujió inquietantemente.

"¿Por casualidad no tendrás un sofá con sábanas y almohadas en lugar de respaldo?", susurré, acariciando sus nalgas por debajo de la falda.

Se rió con una naturalidad inesperada.

"Es lo que más me gusta de ti. Eres inteligente", dijo, besuqueando con coquetería mi cuello y mis mejillas. Gemí. Entre sus ingles y las mías se podía haber asado un entrecot de búfalo. A la brasa. 

"Y, además, sin refuerzos", añadió Katia en tono enigmático. Seguidamente se puso en pie, tomó mi mano con un gesto elegante y me condujo a su dormitorio.

Bajo las guirnaldas del dosel de su cama, todo él frambuesa pálido, Katia se quitó la blusa y la falda, apartó las sábanas estampadas de claveles y se tendió a mi lado. No me sorprendió descubrir que su ropa interior era de color rosa. Pero apenas tuve tiempo de entretenerme en ese detalle. No duró mucho tiempo con ella puesta.

Las ideas que Katia tenía en mente para aquella noche eran en realidad una sola, pero repetida muchas veces. Quizá demasiadas, para un simple detective acaparado noche tras noche por una mujer policía y que, en el fondo, sólo quería olvidar un amor imposible. Cuando los primeros rayos de sol iluminaron las enormes dalias pintadas en las paredes del dormitorio, me dejé caer de espaldas sobre la cama y cerré los párpados, agotado.

"¿Ya?", dijo Katia, jadeando. Y, sin esperar mi respuesta, añadió: "Bueno, supongo que sí. Tú también te has quitado un buen peso de encima, ¿verdad?"

Levanté un párpado y la miré de reojo. Se echó a reír.

"No, no me refería a ese. Un peso sentimental, quería decir"

"¿Tú que sabes? Apenas me conoces"

"Por supuesto. Pero sé distinguir cuando un hombre está enamorado de otra"

"¿Estás segura?", dije entre dientes. Estaba a punto de quedarme dormido.

"¿Sabes cuando alguien transmite la impresión de que el mundo se va a terminar mañana?"

"No se ha terminado", murmuré.

"Cuando te vi salir de la disco, comprendí que no habías ido allí para divertirte, como los demás"

"Estaba trabajando", conseguí pronunciar.

"Puede. Pero lo que yo vi fue un hombre tan desesperado como yo. Por eso te seguí. Además, ya me habías llamado la atención en el Club Náutico. Me gustan los hombres inteligentes. Sin refuerzo"

Me abracé a ella y respiré relajado, dispuesto a abandonarme a las delicias de un largo sueño.

"¿Sin refuerzo? ¿Eso qué quiere decir?"

 "Que tú no necesitas el jarabe de Andy, cariño"

Abrí los párpados de par en par. Había oído bien. En mi interior, algo me decía que la pieza del rompecabezas que andaba buscando acababa de aparecer.

Sólo me faltaba averiguar dónde encajaba.

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sábado, 27 de junio de 2020

La espiral - 19

(Comienzo)

Katia se sentó a mi lado y me tendió uno de los dos mojitos que había traído de la barra. Levantó el suyo a la altura de los ojos, a modo de brindis, y bebió un trago largo. Yo la imité.

"¿Te apetece bailar?", dijo acto seguido, dirigiendo una mirada a la pista de baile.

"Está desierta"

"Por eso"

Sorprendentemente, su voz se había dulcificado. Con un gesto coqueto, apartó el cabello de sus hombros. A nuestro alrededor, las luces tenues y la música suave invitaban a la intimidad. Mi antipatía cedió unos milímetros. Tal vez aquella mujer no se había escapado de un perchero, al fin y al cabo. Se incorporó, me cogió de la mano y tiró suavemente de mí. Me levanté y la seguí.

Nunca había bailado con una mujer más alta que yo. Y mucho menos con una mujer que tomase toda la iniciativa. Al llegar a la pista de baile, Katia enlazó mis brazos alrededor de su cintura y se apretó contra mí hasta que su escote estuvo todo él debajo de mi barbilla. Empezamos a bailar, muy despacio. Su cabeza se inclinó hacia mí y sus labios rozaron el hueco de mi oreja.

"Puedes mirar, si quieres", susurró.

"¿Tengo otra alternativa?", respondí.

Relinchó levemente, divertida. Su cuerpo se estremeció un instante entre mis brazos, sin perder el ritmo de la música.

"No te preocupes", dijo. "Esta noche no te voy a hablar de Andy ni de sus amigos"

"¿Tampoco vas a intentar venderme nada?"

"No me lo comprarías. Por eso estamos ahora aquí"

"Claro. Y por eso te has molestado en seguirme toda la noche. Déjame adivinar: no tenías otra cosa que hacer. ¿Cómo sabías dónde encontrarme?"

"No lo sabía. Te ví salir de la disco y te seguí hasta las dunas. Pensé que la escena de la parejita no te habría dejado indiferente"

Levanté la cabeza. Sus labios, cálidos y húmedos, acariciaron mis párpados.

"¿Tú también los viste?", pregunté.

"Los oí. Y tampoco a mí me dejaron indiferente"

"Te dejaron diferente"

Su cuerpo se volvió a estremecer, pero esta vez no era sólo de risa. Poco a poco, mis manos habían ido resbalando desde su cintura hasta apoyarse en sus nalgas, que la música, lenta, mecía sensualmente.

"Normalmente no salgo por las noches", dijo. "Pero hoy no ha sido un día normal. Hay unas cuantas cosas que necesito olvidar"

"¿Y cómo piensas hacer para olvidarlas?"

"Tengo un par de ideas. Quizá incluso más"

"No me digas. ¿Cuántas?"

"Eso dependerá de ti. Si estás en forma esta noche, creo que muchas"

Mi respiración se aceleraba por momentos. ¿Quién fue el idiota que dijo que el sexo débil eran las mujeres? Katia se apartó un poco y miró la abertura de su escote.

"Todavía no me has dicho si te gustan las vistas", dijo.

"Me dejan diferente", respondí. "Pero, no sé por qué, estoy seguro de que se podrían mejorar"

"Podemos intentarlo. No vivo lejos de aquí. Además, cuando tengas hambre tengo el frigorífico repleto"

"No me digas que has cocinado macarrones"

Su cuerpo ardía. Levanté la cabeza. Sus labios, entreabiertos, se acercaron a los míos. Nos besamos.

"No, tonto", dijo con voz ronca cuando nuestros labios por fin se separaron. "Quiero decir, para el desayuno"

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sábado, 20 de junio de 2020

La espiral - 18

(Comienzo)

Pero, a través del visor de infrarrojos, era imposible saber si esa Belinda que ahora gemía con las piernas levantadas, enlazadas a la cintura de aquel semental, era rubia o pelirroja. Lo que sí parecía evidente era que estaba pasando un buen rato. En aquel rompecabezas que se estaba empezando a vislumbrar, Belinda era la pieza más difícil de encajar. Esposa infiel, amante infiel, tan previsiblemente rubia o pelirroja como las luces de un semáforo, y capaz de desplazarse desde el yate de Andy hasta la playa en menos tiempo del que tardaba yo al volante bajo los efectos de una tempestad de adrenalina. ¿Quién era realmente aquella mujer?

No me atreví a disparar la cámara por miedo a ser descubierto. Además, los buenos ratos como aquel se merecían un respeto. Poco a poco, reptando hacia atrás, me aparté de la duna, me sacudí la arena de la ropa y caminé hasta mi automóvil. Cuando estuve dentro, suspiré con resignación.

"Unos nacen con estrella, y otros nacemos estrellados", murmuré, recordando al mismo tiempo a Belinda entre los brazos de aquel tipo y a Rosario desprendiéndose lujuriosamente de su faja. Naturalmente, mis suspiros eran inútiles. El destino es el único energúmeno que ningún detective ha conseguido jamás investigar. 

Consulté mi reloj. Eran las tres de la madrugada, pero yo no tenía sueño. Rosario había consentido en pasar la noche sin mí y ya no me esperaba. En realidad, no me esperaba nadie. Cuando uno es dueño de su destino también es esclavo de su libertad. Pero la noche era larga, y yo conocía un par de sitios en la ciudad donde disfrutar de esa esclavitud. Puse el coche en marcha y, esquivando siluetas de peatones borrachos y faros de otros automóviles que seguían entrando, me zambullí en el tráfico oscuro de la autopista. 

La luna, amarilla y famélica, acababa de salir. No había ninguna ley que prohibiera a un detective enamorarse. Ni siquiera de la mujer de su cliente o de la amante de un mafioso, igual que no había ninguna ley que prohibiera llover o tener ojos, o volverse loco. Ni siquiera de melancolía. Antes de una semana yo conseguiría tomar las fotos que mi cliente me había encargado y Belinda desaparecería de mi vida. Para siempre. Intuí que aquella noche iba a ser larga. Muy larga.

La luna se diluyó en el resplandor de las luces de la ciudad, que a aquellas horas estaba casi desierta. Dejé atrás el hotel Sebastopol, me desvié a la derecha, y tres calles más adelante aparqué junto a un puesto de pizzas. Mientras aguardaban a que la vendedora cortara sus raciones, una pareja de adolescentes se besaba fogosamente. Antes de salir del coche miré por el retrovisor. Detrás de mí se acababa de detener otro automóvil. Apagó los faros, pero no vi salir a nadie. Hacía ya rato que sospechaba que me venían siguiendo.

Salí, cerré la portezuela y me acerqué a la ventanilla del conductor, pero no pude distinguir a ningún ocupante. Entonces apoyé la nariz en el vidrio y agité la mano, a modo de saludo. La ventanilla descendió lentamente, y unas clavículas familiares aparecieron ante mi vista. Enmarcada en un cabello lacio, presumiblemente cortado con una podadora, la rubia del puesto de helados me miraba, inexpresiva.

"¡Qué sorpresa!", dije, levantando las cejas. "No sabía que tus papás te dejaban salir por la noche"

"Sólo he salido a tomar una copa. Mis papás están en Bulgaria y no se van a enterar de nada"

Por un instante, sus labios dibujaron la tilde de una ñ. ¿Había sonreído?

"Envíales muchos recuerdos de mi parte", respondí, tan cariñosamente como le habría agradecido a mi dentista que me sacara una muela sin anestesia. "Yo tardaré todavía un rato. Puedes comprarte una pizza si tienes hambre"

"¿No me vas a invitar a una copa?", preguntó, sin mover un músculo de la cara. Me pareció que trataba de ser simpática.

"Oye, disculpa mi franqueza, pero no eres mi tipo. Me hace ilusión pensar que esta noche podría encontrarme con la mujer de mi vida", mentí. La posibilidad de que Belinda abandonase esa noche al feliz humano de las dunas para terminar emborrachándose conmigo en un tugurio sin nombre era tan verosímil como una invasión extraterrestre.

"Entonces te invitaré yo", sentenció la rubia con voz gruesa, como si me hablara desde dentro de una caverna.

La portezuela se abrió, y los dos metros de vendedora de helados se desplegaron ante mí. Se alisó desmañadamente la falda y me tendió la mano.

"Katia", dijo, a modo de saludo.

Estreché su mano, pero no dije mi nombre.

Después, me encogí de hombros y eché a andar. Llámame como quieras, pensé.

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domingo, 14 de junio de 2020

La espiral - 17

(Comienzo)

Glamour 1 era una disco tan fea como cualquier otra. Era un edificio de dos plantas en las afueras de la ciudad, no muy lejos de la playa. A su entrada, dos tipos impasibles, posiblemente pertenecientes al género humano, perdonaban la vida a cada uno de los que conseguían pasar. A la mañana siguiente serían tan insignificantes como cualquier otro don nadie escribiendo idioteces en la pantalla de un teléfono. El cielo estaba surcado por haces de luz blanca que salían de la azotea y se entrecruzaban allá en lo alto, sin ningún significado en particular.

Cuando llegué a su altura, uno de ellos se puso delante de la puerta, bloqueando la entrada. En lo alto de su cráneo, una cresta puntiaguda teñida de azul lo diferenciaba sin ninguna duda de una iguana. Era bizco. 

"¿Qué es lo que quieres", me desafió.

"Entrar"

Sonrió, sinceramente divertido.

"No se puede. Está lleno"

"Verás cómo en seguida se vacía. Traigo un mandamiento judicial"

La sonrisa se borró de sus labios. Me miró de arriba a abajo.

"Es broma, hombre", exclamé, dándole una palmada en un brazo. Su compañero se acercó.

"La verdad es que el juez todavía no se ha decidido", aclaré. "Pero no te preocupes. No tardará"

Estaba desconcertado. Su compañero me preguntó:

"¿Eres policía?"

"¿Tú qué crees?"

"Demuéstramelo"

"Mira, vamos a llegar a un acuerdo. Digamos que yo no soy policía, y el juez por hoy se ha ido a dormir. Quién sabe, quizá nunca se decida. Pero me tenéis que dejar pasar"

Se miraron. El bizco vaciló unos segundos, y después asintió levemente con la cabeza. El otro se apartó, pero él no se movió. Procurando no rozarle, me deslicé entre su biceps y el cortinón que tapaba la entrada y pasé al interior.

Un huracán de gorgoteos electrónicos vapuleó mis tímpanos, y un alud de luces entrecortadas me envolvió en un éxtasis de pacotilla. Por comparación, el infierno de Dante era un remanso de paz. A empellones, me abrí paso hasta la barra y me acerqué a una de las camareras.

"¿Tienes un minuto?", grité, con toda la fuerza de mis pulmones.

"¿Qué?"

Repetí la pregunta. Tampoco esta vez me oyó.

"¿No podemos ir a un sitio más tranquilo?", volví a gritar, ahora prácticamente dentro de su oído.

"¡Pero si aquí está tranquilo...! ¡Donde está la movida es en la planta de arriba!", exclamó, señalando el techo.

Saqué mi teléfono del bolsillo y le mostré la foto de Belinda en el yate de Andy.

"¿La has visto por aquí?"

Se acercó a mirar. Pareció dudar unos segundos, pero en seguida denegó con la cabeza.

"¡No me suena! ¡Pero yo soy nueva. Pregúntale al dueño!", dijo, señalando entre las cabezas.

En efecto, allí estaba. La figura atildada de Andy habría sido inconfundible en mitad del Apocalipsis. Suponiendo que el Apocalipsis consiguiera ser peor que aquella barahúnda. Andy estaba eufórico. Las dos chicas que estaban con él, que él tenía enlazadas por la cintura, se reían a carcajadas. Me pareció que una de ellas era la chica de la tumbona. Me alejé hacia el fondo del local y di una vuelta completa en busca de alguna puerta privada, pero no encontré ninguna. Después, subí a la primera planta y repetí la exploración. Tampoco. Si Andy tenía algo que esconder, no era en aquel edificio. Bajé las escaleras y, sorteando como pude codos, vasos y pisotones, salí al exterior. El tipo de la cresta azul ni me miró.

Respiré hondo. No podía creer que estuviera pisando el suelo otra vez. Necesitaba recuperar el sentido de la realidad. En lugar de regresar al coche, bordeé el edificio y, caminando entre dunas, me dirigí a la playa. El rumor de las olas se fue acercando despacio hasta que, por fin, divisé la orilla allá a lo lejos. Entonces me tumbé sobre la arena y miré al cielo.

La luna no había salido todavía, y la playa estaba desierta. Me sentía como si hubiera escapado de una guerra. Poco a poco, fui recuperando la serenidad. No había sido una noche muy productiva. Mucho ruido y pocas nueces, pensé. Y cerré los párpados. Entonces oí los jadeos.

Era difícil saber de dónde venían, pero no estaban muy lejos. Por suerte, venía preparado. Me levanté sigilosamente y, lo más aprisa que pude, regresé al coche, saqué la cámara de visión nocturna y volví a la playa. Guiándome por la intensidad del sonido, ascendí una duna, me tumbé boca abajo sobre la arena y enfoqué mi cámara hacia los dos bultos.

Allí estaban. Era ella.

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