sábado 7 de noviembre de 2009

El rescate (2)

Estacionó el coche en una explanada adyacente a la gasolinera. Salió, cerró el vehículo, encendió un cigarrillo en el hueco de la mano izquierda y, lanzando en torno una mirada de reconocimiento, echó a caminar. Finalmente se sentó bajo un pino, a pocos metros del poste de gasóleo, y apoyó los brazos en las rodillas. Su semblante se relajó en una expresión pensativa.

Veinte minutos después, arrojó el segundo cigarrillo al suelo y se incorporó. Una furgoneta blanca acababa de detenerse junto al poste de gasóleo. De ella salió un tipo grueso de aspecto miope, en mono de trabajo. El tipo desenroscó el tapón del depósito, encajó la manguera en la embocadura y, dejando que el depósito se llenase, echó a andar parsimoniosamente hacia el edificio de la tienda.

En cuanto lo vio desaparecer tras la puerta, se acercó con naturalidad a la furgoneta y se asomó a una ventanilla. Las llaves de contacto estaban puestas. Entonces, con movimientos calculados, avanzó hasta la trasera, interrumpió el repostado, alojó la manguera en el poste y cerró el tapón. Seguidamente, rodeó la furgoneta a paso vivo hasta llegar a la portezuela del conductor. Apenas se instaló en el asiento, arrancó el motor y aceleró en dirección a la carretera. Al pasar ante las lunas de la tienda vio en ellas reflejada, por un instante, la imagen de la furgoneta. En su chapa lateral se reveló fugazmente el nombre invertido de la panadería del propietario: "D. U. Nidó".

Creía estar descifrando las letras invertidas de la furgoneta, pero en realidad estaba visualizando mentalmente un laberinto de carreteras y pasillos que, al mismo tiempo, se esforzaba por superponer al paisaje circundante. Cuando llegó al edificio del sanatorio, lo rodeó cautelosamente y detuvo su vehículo junto a la entrada de mercancías. El portón del almacén estaba entornado. No se veía a nadie. Dejó el motor en marcha, y caminó hacia el umbral.

El almacén, en penumbra, desembocaba en una puerta de hierro con remaches. También aquella puerta estaba entornada. Atisbó antes de entrar, y avanzó procurando no hacer ruido por entre los fogones. Sobre éstos, en dos grandes marmitas, hervían sendos potajes. De pronto, oyó voces. Se ocultó tras unos anaqueles ocupados por grandes frascos de macarrones y contuvo el aliento. Las voces se alejaron. Pegado a la pared, fue recorriendo el recinto paso a paso hasta que dio con unas puertas abatibles. Las entreabrió ligeramente, se asomó un instante al otro lado y, sin pensarlo dos veces, se coló en la sala de ocio del sanatorio.

Helena estaba a pocos metros de él, haciendo punto en una silla de junco. Parecía muy ensimismada. Procurando que no lo viese acercarse, avanzó hasta llegar a ella, se acuclilló a su lado y susurró:

"Helena... ¡Helena! Dzien dobry! ¿Me reconoces?"

Ella levantó la vista y lo miró. Sonreía.

"Tienes que venir conmigo, ¿me oyes? Te voy a sacar de aquí."

Las manos de Helena depositaron las agujas sobre la mesa, y su sonrisa se dulcificó en un gesto de conformidad.

"¿Por qué me han traído a este sitio?"

"Shhh. No digas nada ahora. Sígueme, anda."

Y la tomó de la mano. Al contacto con aquella mano, una tromba de recuerdos se abatió sobre él. Trató de no ofuscarse, y miró a su alrededor. ¿Dónde estaba la salida?

Helena tiró de él.

"¿Tú conoces la salida?"

"No. Tengo que ir a hacer pis."

"¿No puedes esperar?"

"Creía que me estaba raptando un caballero."

La siguió por un pasillo lateral escasamente iluminado. Cuando Helena abría la puerta para entrar al aseo de señoras, la voz del celador del patio tronó en algún lugar del pasillo.

"¡Eh! ¿Qué hace usted aquí dentro? ¿A dónde se la lleva?"

Maldijo entre dientes. Empujó a Helena al interior de los aseos, entró tras ella y echó el pestillo. Helena, pensando que se había cerrado el pestillo del compartimento, se empezó a levantar las faldas.

"¿Qué haces? Estate quieta." Con una mirada rápida exploró los alrededores, en busca de una escapatoria. Una de las ventanas estaba entreabierta. "Ven."

Sin soltar la mano de ella, abrió la ventana de par en par, se encaramó al antepecho y saltó al otro lado. El celador y otras dos voces femeninas empezaron a aporrear la puerta.

"Ahora tú. Súbete, y salta".

Con miramientos, como si temiera mancharse, Helena se subió a la ventana y se sentó tranquilamente en el alfeizar, mirando hacia él. Sonreía.

"¡Salta! No tengas miedo, yo te sujeto."

"Qué bien. Aquí huele a pinos."

La puerta retumbó violentamente una vez, y al cabo de unos segundos otra vez, con más fuerza. El celador no parecía dispuesto a dejarlos escapar.

"¡Salta ya! ¡Vamos! ¡Salta!"

Y tiró de las dos manos de ella. Helena intentó asirse, pero no encontró dónde y se dejó caer sobre él. Los dos perdieron el equilibrio, y él se encontró de pronto en el suelo, con el cuerpo de su antigua novia abrazado a él, encima del suyo. Todo aquello no podía ser verdad, se dijo.

En ese momento la puerta del aseo crujió, y el pestillo saltó violentamente por los aires.

"¡Vamos! ¡Corre, corre!"

Se incorporó, y tiró de ella. Helena, en zapatillas de hospital, avanzaba a trompicones por entre los matojos. La voz del celador se oía cada vez más cerca.

Por suerte, había tenido la precaución de dejar en marcha el motor de la furgoneta.

Arrancó. Al doblar la esquina del edificio vio la bata del celador envuelta por el polvo, alejándose en el espejo retrovisor.

(Continuará.)

jueves 5 de noviembre de 2009

Barcelona - El rescate (1)

Aquella noche, al llegar a casa, no pudo dormir. Una de sus conversaciones con Ángel retornaba obsesivamente a su memoria. Helena, su primera novia allá por los años de la Universidad, había aparecido en su domicilio tendida en el suelo, inconsciente. Trasladada al un hospital, los médicos le habían diagnosticado un raro trastorno que nadie sabía explicar. El cerebro de Helena había envejecido repentinamente, y las pruebas psicológicas a que la sometieron no arrojaban luz sobre su estado mental.

"Tiene el cerebro de una mujer de 80 años", le informó Ángel bajando respetuosamente la vista.

"¿Dónde está ahora?"

"Aquí, en Barcelona. En un sanatorio..." Ángel vaciló. "En un sanatorio mental. Parece ser que aquí tienen los mejores especialistas para ese tipo de cosas", añadió, con un punto de vehemencia que delataba compasión.

Le pidió la dirección y la apuntó en un papel. Aquella noche, al llegar a casa, no podía dormir. Hacía muchos años que no veía a Helena. Supo que había tenido un hijo, a petición propia, con un hombre casado, y la situación con él había degenerado inevitablemente a cuenta del niño.

El niño entre tanto había crecido, quizá demasiado enmadrado. Había aprendido polaco, como su madre, y acababa de terminar la carrera de Físicas, también como su madre. Cuando se llevaron a Helena al sanatorio se había ido a vivir, por lo visto, a casa de su novia. Naturalmente, polaca. El piso familiar había quedado, pues, deshabitado.

No podía imaginarse a Helena como una vieja decrépita. La recordaba como en los tiempos de la Facultad, alta y rubia, sonriente en todas las situaciones excepto en la intimidad de los cuerpos desnudos, en que aquella sonrisa suya, levemente pícara, se transformaba agitadamente en una expresión de sorpresa. Era un pasado muy lejano, y no tenía sentido revivir ahora todas aquellas emociones.

No quería recordar más, pero recordaba. Dio vueltas y vueltas en la cama, y a las seis y cuarto de la mañana se levantó y se metió en la ducha.

El sanatorio estaba en un promontorio rodeado de pinos, en la carretera que subía al Tibidabo. Las visitas no estaban permitidas hasta las diez. Para hacer tiempo, se tomó un café en el bar de una gasolinera. Los recuerdos seguían martilleando en su cabeza. ¿Qué había ido a hacer a aquel sanatorio? Intentaba encontrar una respuesta, y en su lugar sólo veía aparecer, entre las sombras del pasado, la mirada azul de Helena mirándolo.

A las diez en punto, una enfermera de gesto avinagrado le señaló un pasillo. "Pabellón de espanyols", sentenció. Echó a andar. El pasillo conducía a un patio de cemento de aspecto desolado. Lo cruzó. Al verlo acercarse, un celador apartó el cigarrillo de los labios y le abrió la puerta.

El interior de la sala de visitas se asemejaba al locutorio de una prisión. El único mobiliario eran unas sillas dispersas, bastante vapuleadas, y una mesita con revistas en desorden, aparentemente muy leídas. La única maceta, en el alféizar de la ventana, sostenía un geranio mustio y sin flores. El resto de la estancia estaba ocupado por una extensa mampara de vidrio muy gruesa, a través de la cual se podía contemplar a los internos en la sala de ocio.

"¿No podré hablar con ella?", preguntó al celador, que había entrado tras él. El celador movió la cabeza de derecha a izquierda. Lo miró. Por un momento tuvo la impresión de que, si le llevaba la contraria a aquel tipo, él mismo podía terminar con una camisa de fuerza, encajando cubitos de colores al otro lado del vidrio. Se acercó más a la mampara, y buscó ente los internos la silueta de Helena. No la veía.

Por fin, Helena entró en la habitación. Caminaba despacio, escoltada por dos enfermeras, y su sonrisa se redibujaba de cuando en cuando para pronunciar unas palabras. Estaba preguntando. Sin duda, todos los días seguía preguntando por qué la habían llevado allí. Las enfermeras no respondían. La condujeron hasta la mampara de vidrio, y cuando se aseguraron de que estaba frente a su visitante la dejaron sola.

Helena escrutó el espacio que los separaba. Seguramente, los reflejos no le dejaban distinguir los rasgos de su visitante. Seguía teniendo un cuerpo espléndido, apenas tocado por el paso de los años. Por fin, lo reconoció, y su sonrisa se curvó ampliamente. Dijo algo, pero el vidrio era demasiado grueso para entender sus palabras. Él trató de leer sus labios. Al mirarlos, una sensación que creía olvidada lo desasosegó. ¿Por qué tenían a aquella mujer allí encerrada?

Apoyó las manos en el vidrio y acercó su rostro al de ella. Helena seguía hablando, como si mantuviera con él una conversación inexistente. En aquellas condiciones, no tenía sentido intentar comunicarse con palabras. Además, no se le ocurría nada que decir. Permanecieron así largo rato, él con las manos extendidas frente a los hombros de ella, y ella hablando y sonriendo, aparentemente muy divertida. Por fin, las dos enfermeras regresaron y la tomaron del brazo. La visita había terminado. Helena calló y, sin dejar de sonreír, le volvió mansamente la espalda.

La vio alejarse por entre las mesas. Sus manos seguían todavía pegadas al vidrio. Una sensación demoledora se apoderó de él. Era la misma Helena con la que había compartido apuntes en el bar de la Facultad, noches de verano en remotos campings de Polonia y caricias a oscuras en los cines de barrio. El destino había respetado su cuerpo, pero aquella mente brillante que él conoció había dado un salto en el tiempo y se alejaba ahora, decrépita, por las nieblas del futuro.

Entonces, un instante antes de desaparecer por el pasillo del fondo, Helena volvió la cabeza y lo miró.

(Continuará)

martes 3 de noviembre de 2009

Cuaderno de viaje - Barcelona, noviembre, 2009


En el aeropuerto de Barcelona he encontrado un pasillo apartado al que no llegan los estruendosos anuncios de los altavoces. Apenas hay unas cuantas personas aquí. Al sentarme, dejo escapar un suspiro de alivio. Ausencia de multitudes, silencio. Es casi un imposible, pero durante veinte breves minutos podré disfrutarlo a mis anchas. Son las ocho menos cuarto de la noche, y es bastante probable que a estas horas tan tardías mi vuelo salga con retraso, de modo que ya cuento con llegar a casa a medianoche.

Quizá debería reanudar las andanzas de Manuel Zanzón. El problema es el tiempo. ¿De dónde lo saco? Mi primera novela me obligó a mantener una larga continuidad en el tiempo. Dos o tres horas por la mañana, tres o cuatro horas por la tarde. Es toda una profesión. En realidad, una vocación como la de Teresa de Calcuta, si se piensa en la exigua remuneración que uno puede esperar obtener en el mejor de los casos; es decir, si la publican. Y yo no dispongo de esa dedicación. Mantengo cuatro blogs, un podcast y una colaboración con 6columnas, y mi trabajo, entrecortado por naturaleza, me rompe todos los ritmos.

Y, sin embargo, tengo ganas de escribir ficción. Varias ideas me rondan en la cabeza desde hace tiempo. Con el paso del tiempo se ramifican, se anudan unas con otras mientras, paralelamente, nacen otras nuevas, pero en ningún momento consiguen hacer saltar la chispa que me sentará ante el teclado para escribirlas de un tirón. Bastante tengo ya con literaturizar mi vida.

Porque no otra finalidad tenía este viaje. La otra noche, en el bar, Ángel estaba existencial. Carpe diem, venía a decirme. Quién sabe dónde estaremos mañana. Hay que vivir cada día como si fuera el último de nuestras vidas. Personalmente, encuentro muy cansada esa filosofía, y sus ojeras de noctámbulo y viajero infatigable me daban la razón. Yo prefiero literaturizar mi vida.

Para rescatar a Manolo Zanzón de aquel pueblo desolado de las afueras de Madrid hace falta algo más que sentarse a escribir. Hace falta releerse el esquema de la novela, con todos sus personajes, y el esquema de lo que el autor tiene previsto que suceda: el futuro de Manuel Zanzón.

O bien, simplemente, sentarse y divagar, que es lo que yo he estado haciendo últimamente con mis personajes. En fin de cuentas, también la vida es, pese a nuestros esfuerzos, una divagación. ¿Qué hay de malo en que Justo Conaprole o Sagrario Sombrilla cambien inesperadamente de caprichos y de querencias? ¿No hay, como ha dicho el filósofo en este mismo blog, una vida ganada y una vida perdida hasta en la menor de nuestras decisiones? Pues esta misma conclusión vale para las novelas. La vida y la literatura son siempre, querámoslo o no, una commedia dell'arte.

Mientras escribo, los minutos han transcurrido, y en algún pasillo remoto un altavoz me invitará pronto con voz de trueno a embarcarme en mi avión.

El viaje ha terminado. Regreso a Gran Canaria.

domingo 1 de noviembre de 2009

Cuaderno de viaje - Barcelona, Halloween, 2009

Debería haber escrito Todos los Santos, pero Halloween describe mucho mejor la realidad barcelonesa en este comienzo de otoño de 2009. En la estación de Sants se vive un ritmo frenético: todo el mundo camina rápidamente en alguna dirección. Los antiguos bancos de espera del gran hall, que solían estar colonizados por plácidos jubilados del barrio, han sido sustituidos por hileras de portones automáticos para el acceso de los pasajeros. Parece como si Barcelona quisiera, a toda costa, darse a sí misma la impresión de gran ciudad.

Es un fantasma permanente de los nacionalistas regionales. No sólo Barcelona no puede quedar nunca por debajo de Madrid en nada, sino que tiene que aventajarla en todo, al menos en apariencia. Pero a mí no me engañan. Todos esos delirios de grandeza y de eficacia empresarial encubren en realidad una ciudad subvencionada, provinciana y agobiante, donde los servicios cotidianos funcionan, en algunos casos, peor que en México DF. Al menos, esa fue mi experiencia durante los 13 años que viví aquí.

El taxi se detiene por fin ante el portal. Pago una cantidad exorbitante, y acarreo mis maletas sin ayuda hasta el ascensor. El portero permanece en su garita como si el tiempo no hubiera transcurrido, con la misma cara de bulldog en su batín azul, inescrutable como la momia de Tutankhamon. Tampoco esta vez nos saludamos. Introduzco mis maletas en el ascensor, y me dejo llevar lentamente hasta el ático.



Recojo las llaves de debajo del felpudo, y abro. Cristina estará fuera este fin de semana, probablemente en el Ampurdán. Sus amigas y ella están revolucionadas últimamente con las noticias publicadas en los medios de comunicación. Su amigo Raimon ha aparecido implicado en un asunto de corrupción, y la cosa pinta mal. Al día siguiente me entero de que han ido a consultar a una bruja, que les ha echado las cartas a todos ellos, incluido Raimon. Las cartas de Raimon han salido todas llenas de rayas rojas, me dicen. "¿En forma de barrotes?", pregunto ácidamente. Naturalmente, nadie se ríe.

Una de las cosas que más me sorprendieron de Barcelona fue que a nadie parecían hacerle gracia los chistes. Incluso se consideraba de mal gusto contarlos. Todavía hoy me pregunto cómo pude aguantar tantos años en aquel mundo de pijos barceloneses. Yo me instalé en Barcelona porque estaba intentando publicar mi primera novela y quería introducirme en el mundo de los escritores. Cuando conocí personalmente a casi todos ellos, mi decepción fue tal que dejé de escribir.

Supongo que puedo contar algunas de aquellas impresiones. Al fin y al cabo, este blog no lo lee prácticamente nadie, y pocos saben quién es en realidad Ricky Mango. Mi primer encuentro social fue en casa de mi entonces agente literaria, con Eduardo Mendoza y Félix de Azúa. Ambos estuvieron conmigo tan distantes como educadamente se podía estar. Félix, altivo como siempre, y Eduardo, a la catalana, es decir, como si yo no existiera. Se notaba a la legua que yo no manejaba los códigos vigentes.

Siempre de la mano de mi agente literaria, frecuenté después una coctelería de San Gervasio llamada Il Giardinetto, vivero de intelectuales alcohólicos de la élite cultural catalana. Durante años, un viernes tras otro, tomé copas allí espalda con espalda con el editor Herralde y sus fieles monaguillos, sin conseguir jamás mantener con ellos una conversación de más de veinte segundos. Además de Jesús Ferrero, Enrique Vilamatas y otros cuyo nombre no recuerdo, se dejaban ver por allí de cuando en cuando altas personalidades de la cultura, como José Luis Giménez Frontín, Oriol Bohigas, Eduardo Mendoza, Fernando Savater o Pedro Almodóvar.

No todos eran alcohólicos. El hard core de los borrachos era el grupo de Herralde. En particular, Enrique Vilamatas, que a la una de la mañana, cuando el grupo abandonaba el Giardinetto, bordeaba ya el delirium tremens. Para ellos, la noche estaba empezando. Nunca entendí de dónde sacaba aquel tipo el tiempo para escribir, aunque para ser un escritor mediocre tampoco hace falta demasiado tiempo entre resaca y resaca.

Esta vez no fui al Giardinetto, pero sí cené en Los Inmortales, otro de los viveros de la élite barcelonesa. Era una cena de compromiso. Para las comidas informales prefiero mil veces una escalivada y un pollo a la brasa en Ca'n Punyetes, que también queda muy cerca de mi antiguo domicilio.

Precisamente a Ca'n Punyetes llevé a comer el viernes a mi entrañable amiga Olga y a su cónyuge, Susana. Olga acaba de terminar su última novela, en la que cifra grandes ilusiones. "Es de ciencia-ficción, y no te puedo decir más", me dice. "Ciencia-ficción sin acción", apostilla Susana. Olga está aterrorizada ante la posibilidad de que le copien la novela por Internet, y ha adoptado una batería de precauciones para proteger su original. Me lo dará a leer en cualquier caso, pero no antes de que se sepa si la van a publicar o no.

"Es más", añade. "Creo que de la novela se podría sacar toda una serie, incluso para cine o televisión". La idea me entusiasma. Desde que hice el curso de guión de cine, en Valencia, tengo metido el gusanillo de escribir una película. O, mejor todavía, una serie para televisión con la que demostrar que la calidad no está reñida con la popularidad. Inevitablemente, nos ponemos a hablar de Star Trek. Olga también es fanática de Data, Mister Spock y el Capitán Picard. Yo, además, de Deanna Troi. Coincidimos en que Star Trek ha sido una de las cumbres de la creación artística del siglo XX. Quién sabe. Tal vez algún día podré colaborar en esa hipotética serie de mi amiga Olga.

El sábado por la noche, después de la cena en Los Inmortales, llamo a Ángel. "Estoy en el bar de siempre, al lado de casa", oigo que me dice a gritos en medio de una tremenda algarabía. Caminando a buen paso por la Diagonal, llego al bar en quince minutos. Es la noche de Halloween. Barcelona se ha quitado la careta y se muestra al noctámbulo tal y como realmente es: una ciudad de provincias llena de fantasmones.

Ángel aparece, como siempre, eufórico en medio de aquellos personajes de barrio insignificantes. Entre chanzas y discursos eruditos, su metro ochenta un tanto quijanesco se alza en mitad de todos ellos como el de un marciano misteriosamente aterrizado en el Eixample, sabio y proteico, siempre dispuesto a contar alguna de sus fantásticas aventuras a lo largo y a lo ancho del globo. "Llegué ayer de Bolonia", me dice, "y mañana me voy a Pampona. El lunes me esperan en Burdeos, pero regreso el miércoles". Le enumero entonces las escalas de mi viaje desde que salí de Las Palmas, y consigo que se sorprenda. Por una vez, le he ganado.

En el bar, el paisanaje festeja un extraño híbrido entre Manhattan y el Forn de la Montse. De cuando en cuando se une al grupo alguien vestido de Drácula o de Spiderman, pero al mismo tiempo circulan de mano en mano puñados de castañas asadas y bandejas de panellets. Da igual el pretexto. El caso es hacer el ganso y quemar la noche del sábado como si el Apocalipsis estuviera anunciado para mañana por la mañana.

Finalmente, me despido calurosamente de Ángel. Son las dos y media de la madrugada. A mi regreso a casa, veo desde el taxi las transversales de la Diagonal hirviendo de gente, con las calzadas invadidas por la zarabanda gótica. Da igual el pretexto. Es un fin de semana más en una ciudad cualquiera del sur de Europa, en vísperas del derrumbamiento del Imperio. Es el fin de una era, y yo no soy más que un simple testigo. Son los historiadores los que escribirán algún día la Historia.

viernes 30 de octubre de 2009

Cuaderno de viaje: Valencia-Barcelona, octubre de 2009

El tren arranca, y yo dejo por fin atrás la ciudad de las tribus. En ninguna otra ciudad de España es tan perceptible la estructura tribal de la sociedad española como en Valencia. La gente acude a los cines o a los restaurantes en tribu, se pasea por las calles (o se detiene, bloqueando las aceras) en tribu, se reúne los domingos con generosas porciones de la tribu familiar, y cuando hablan de su vida social se refieren a sus amigos como a 'su grupo'.

Los más cosmopolitas se jactan de salir con varios 'grupos' distintos, alternándolos según el fin de semana e intercalando alguna que otra cena colectiva en días laborables. Los más tradicionales tienen ya suficiente con la familia y el casal fallero. Pero nadie hace nada a título individual. Como mucho, en pareja, y probablemente sólo en las primeras fases del enamoramiento, en que las hormonas desatadas les impiden todavía añorar la algarabía de la confusión colectiva.

A los españoles les gusta hablar todos a la vez y no escucharse. Tarde o temprano, se enzarzarán en una polémica y formarán bandos, para lo cual es imprescindible proferir la boutade de turno, que ellos creen original, pero que simplemente forma parte del repertorio de boutades que corren de boca en boca, o que regala gratis cualquier emisora de televisión mirada al vuelo mientras los miembros de la familia, a gritos, continúan enzarzados en su cotidiano diálogo para sordos.

Como no podía comprar el billete de tren por Internet, tuve que acudir una vez más a las oficinas de la estación de la Renfe, donde por suerte pude hacer el trámite en una maquinita provista de una pantalla. El billete que compré era el último que quedaba en ese tren, por lo que deduje que me tocaría ventanilla. Así fue. Por eso, al llegar a mi fila de asientos, le propuse al ocupante del asiento de al lado que se quedara con la ventanilla, si así lo prefería. Me dijo que le daba igual, y me dejó el pasillo.

Era un tipo de unos 30 años, envuelto en una maraña de cables como un astronauta, que se sentaba despatarrado, como suelen hacer los jóvenes en los autobuses públicos. Nada más sentarme, oí que hablaba a gritos, aparentemente consigo mismo. En realidad, tenía los auriculares del móvil insertados en los oídos y estaba en comunicación permanente con sucesivos personajes, uno de los cuales se llamaba Israel.

Al tiempo que tecleaba furiosamente sobre su ordenador, la comunicación pasó de Israel a una interlocutora de habla inglesa. Levantando aún más la voz, como si aquella señorita en lugar de americana fuera sorda, prorrumpió a vocear sus argumentos en un inglés sub-macarrónico que habría sonrojado a un indio apache. Algo así como el resultado de los traductores automáticos de Google, respetando escrupulosamente la sintaxis española e intercalando aquí y allá palabras y frases enteras en español.

En el silencio del vagón, aquel hombre hablaba como si, en lugar de servirse de un teléfono, sus palabras tuvieran que ser oídas en Denver simplemente por la fuerza de sus gritos. "You resai (received) a money, es no money for me now; fif per cent es OK... Madre mía, que tiene tela el asunto... No, no, I am hablando para mí". Algunos pasajeros, molestos, miraban hacia nosotros, y entonces yo forzaba un gesto de displicencia para que quedara claro que aquel individuo y yo no teníamos nada que ver. En la pantalla de su ordenador se veía permanentemente dibujado el logo de una multinacional. ¿Era posible que aquella empresa no hubiese encontrado a nadie que hablase inglés?

El astronauta estuvo conectado a sus cables hasta el final del viaje, pero la furia de la conversación decayó al cabo de una larguísima hora. El vagón iba lleno, y no había ningún otro asiento libre. Los gritos de guerra apaches no me permitían concentrarme en la lectura más allá de los titulares, y la película que proyectaban en los televisores del vagón estaba doblada. Finalmente, opté por encender mi reproductor de mp3, y traté de aislarme. A las siete y cuarto de la noche, el tren se detuvo por fin en la estación de Barcelona.

jueves 29 de octubre de 2009

Cuaderno de viaje - Denia, octubre de 2009

Mi estancia en Denia dura sólo dos días. Jesús tiene la furgoneta llena de trastos, como siempre. Acomodo mi maletín como puedo entre cajones, ladrillos, herramientas, tubos y cables, y me siento junto al conductor. Es una delicia viajar por encima de los demás automóviles. El paisaje se extiende íntegro ante nosotros, y desaparece esa opresiva sensación de oveja en mitad de un rebaño.

Tiempo atrás, yo también tuve una furgoneta. Lo que me indujo a comprarla fue, sobre todo, el deseo de viajar, tal vez de huir. Por aquel entonces, hasta la pensión más barata era para mí un dispendio imposible. Aquella furgoneta recién comprada (era una Ebro con muchos miles de kilómetros, más vieja que Matusalén) me permitió sustraerme de una vez por todas al abrazo de oso de Madrid. Todavía recuerdo mi sensación de felicidad cuando, aquel atardecer de junio de 1979, detuve por fin mi furgoneta junto al puerto de Denia y me senté en las rocas de la escollera para ver ponerse el sol.

Era el Mediterráneo. El mar de Odiseo y de Pitágoras. El mar de las horas felices de mi infancia, de las dunas, los naranjos y las libélulas, de los pescadores sicilianos y de las ánforas fenicias. Me invadió una paz indescriptible. Era el nivel cero, el nirvana. Cada centímetro por encima de aquellas aguas era y seguiría siendo siempre una fuente de desazón.

En el pequeño chalet de mis padres pasé todo el mes de junio. La playa estaba todavía deshabitada, y en aquella soledad de verano recién iniciado me vivía a mí mismo como un animal mitológico mitad Robinson Crusoe, mitad hippie. Limpié y pinté por dentro mi furgoneta, fabriqué a medida un pequeño armario que le acoplé a la pared, instalé unas cortinillas tras las ventanillas traseras, y sobre el suelo tendí un colchón con sus sábanas y su almohada.

A falta de otro, aquel iba a ser mi hogar durante los ocho meses siguientes, hasta que me instalé finalmente en un piso luminoso de un pueblo cercano a Valencia. Pero, antes de emprender aquella larga peripecia del invierno, apuré el néctar de junio sin desperdiciar una sola gota. Por las mañanas acudía temprano a pasear por la playa, a solas con las huellas de los pájaros, entrecruzadas en largas cremalleras sobre las dunas, evitando pisar los diminutos cangrejos que se enterraban bajo la arena mojada, y admirando las bandadas de peces que plateaban fugazmente a escasos metros de la orilla.

Al caer la tarde, me internaba en los huertos abandonados y recolectaba flores de azahar, que tendía después a secar junto a la cocina para hacerme infusiones. A ratos escribía, trabajaba, cocinaba o tocaba la guitarra. Y por las noches escuchaba el canto de los grillos y, apagando todas las luces, contemplaba en el cielo la luna mágica y la arena desigual de las estrellas.

Eso y muchas más cosas es Denia para mí. Así como de Madrid apenas tengo recuerdos felices, de la playa del Bassot apenas me han quedado recuerdos tristes o amargos. En mi juventud padecí de deseo y de desengaños amorosos, pero nunca, ni antes ni entonces ni después, me ha mordido en ella la herida de la soledad.

Estos dos días en Denia, Jesús y Conchín se han portado maravillosamente conmigo. Estaban pendientes de mis menores deseos, y han hecho todo lo que estaba en su mano para ayudarme en mi búsqueda de áticos con terraza y vistas al mar. Jesús habla y habla sin parar, despotrica contra el consumismo, los políticos, la extinción de las especies y el cambio climático, y me hace escuchar algunos de sus cientos de discos de música favorita, a medio camino entre el folklore genuino y el chill out.

Lo curioso es que él mismo es un consumista insaciable, y lo sabe. Pero, contradicciones aparte, fueron su iniciativa personal y su empeño los que consiguieron que delante de su edificio el Ayuntamiento creara un hermoso parque arbolado, en lugar de la plaza dura con parking subterráneo que tenían proyectado construir.

El miércoles por la mañana, reúno mi pequeño equipaje, me despido cariñosamente de mis dos anfitriones y me dirijo, a pie, a la cercana estación de autobuses para regresar a Valencia.

martes 27 de octubre de 2009

Cuaderno de viaje - Valencia, octubre de 2009

El post número 100 de este blog me pilla en Valencia. El viaje en tren, desde Madrid, ha sido una nueva oportunidad para encabronarme. Seguro que el personal que atiende a los pasajeros es de Madrid, me repito para mis adentros con odio.

Para empezar, me ha sido imposible sacar el billete con antelación por Internet. Ahora la Renfe pide, además de los datos de la tarjeta de crédito, una nueva condición que ellos llaman 'comercio electrónico seguro'. Ni sé cómo se cumple ese requisito ni me importa: sencillamente, ya estoy harto de ser mareado, abusado y manipulado por empresas sin rostro cuyo único punto de contacto para el cliente son unas voces mongólicas que responden con frases hechas a cualquier reclamación del usuario, razonada o no.

De modo que me dirigí con mis maletas a la estación de Atocha y, como en los viejos tiempos, aguardé una cola de casi una hora para comprarle mi billete a un ser humano. El ser humano, naturalmente, me pidió que le mostrara mi DNI para asegurarse de que yo era yo, y cuando le repliqué que tenía también preparados la huella dactilar, el libro de familia, el pasaporte, cuatro fotos, la partida de nacimiento y el certificado de penales, se molestó. Lo puedo comprender, repuse, pero aquí el primer molestado soy yo.

Después, en el tren, servicio de comida. Al tiempo que sirven la bandeja, un camarero va recorriendo el pasillo y preguntándole a cada pasajero qué desea beber. "Somontano, tinto", fue mi respuesta. Me entrega, efectivamente, una botellita con denominación de origen de Somontano, que una vez escanciada en el vaso sabe a Valdepeñas barato. Entonces caigo en la cuenta. El precinto de la botella venía roto. Probablemente, el propio camarero ha fingido el gesto de romperlo antes de entregarme la botella, pero el contenido de aquella botella es, sin duda alguna, vino de tetrabrik de supermercado.

La crisis ha multiplicado este tipo de marrullerías, hasta el punto de que uno no puede permitirse ya ningún automatismo. Hay que acordarse de pedir el ticket en las cafeterías y verificar el desglose de los precios cobrados, hay que estar pendiente del momento en que el camarero descorcha o abre la botella, hay que contar el dinero devuelto pieza a pieza, hay que asegurarse de que, cuando uno se sienta en el taxi, la luz verde está todavía verde, y hay que tener siempre preparada una respuesta para la fatídica pregunta que nos arrojará al taxista atados de pies y manos:

"¿Por dónde quiere que vayamos?"

Uno vive en sociedad para que otros seres humanos lo descarguen de ciertas tareas fastidiosas, pero si hemos de estar siempre pendientes de todo, y además constantemente a la defensiva, ¿cuál es la ventaja de vivir en sociedad?

El taxi me dejó en la dirección indicada. Al entrar al portal se percibía ya ese olor a alcantarilla característico de muchos edificios de Valencia. Pero, en el piso, el olor era insoportable. "Cuando llueve, huele siempre así de fuerte", me dicen mis anfitrionas. Abro todas las ventanas para que corra el aire, pero es inútil. El hedor no se va. Por la noche, intento dejar la puerta del balcón abierta, pero el ruido de la calle es peor que el olor, y finalmente la cierro y trato de dormir.

A las siete de la mañana me despierta un tufo insoportable a detritus recientes. Incapaz de seguir durmiendo, me levanto y me meto en la ducha. Sorpresa. El agua, inicialmente caliente, se enfría de golpe justo cuando tengo todo el cuerpo enjabonado. Mis gritos desesperados consiguen alertar a una de mis anfitrionas, que me va dando instrucciones desde la cocina. "¡Cierra!", "¡Abre ahora!" "¡Cierra otra vez!", "¿Sale ya caliente?", "¡Noooo!", "¡Abre!", y así sucesivamente, hasta que conseguimos por fin que el agua salga a temperatura de geyser. Me aclaro a toda velocidad, dejándome abrasar la piel para evitar que el agua se enfríe, y me paso después la toalla por el cuerpo tonificado, como el que acaba de salir de una sauna.

Mis dos anfitrionas son jovencitas. Se pelean constantemente porque la otra no ha fregado los platos o no ha recogido la mesa y, al llegar el fin de semana, se arreglan durante horas para ir a la discoteca. En la noche del viernes quedo con Javier. Cenamos en Ruzafa, en un restaurante de diseño regentado por una bollera, y cuando regreso a casa, a la una y media de la mañana, ellas todavía están arreglándose.

El sábado es todavía peor. Llego a casa hacia las dos y media de la mañana, y el piso parece haber sido escenario de una batalla contra las huestes de Atila. Todos los armarios y cajones están abiertos, hay medias, bragas y envases de perfume en los sofás e incluso tirados por el suelo, y en la cocina una pila enorme de platos sucios esperan a ser fregados. A la mañana siguiente, las niñas duermen. Me da un ataque paternal, y me pongo a cocinar unas albóndigas para la comida del mediodía. Después de cocinar casi toda la mañana, las niñas aún no se han levantado, y decido comer yo solo, escuchando la radio.

Se levantan a las siete de la tarde, con gruesas ojeras, y se tumban en los sofás a ver un culebrón espantoso, tapadas por sendas mantitas. Regreso a mi habitación y me conecto a Internet. El blog de Boadella se ha convertido en un gallinero protagonizado por frustrados émulos de Pérez Galdós, que parecen no haber encontrado otro sitio donde escribir sus Episodios Nacionales en formato chat. Irritado por semejante incontinencia verbal, escribo un comentario acusándolos de insociables, y seguidamente salgo a la calle a cenar.

Acaban de cambiar el horario, y es una hora más temprano de lo que yo pensaba. Los restaurantes aún no están abiertos. Para hacer tiempo, me siento en la terraza de una cervecería y pido una Volldamm. No me fijo en si la botella me llega abierta o cerrada, y al llevarme la cerveza a los labios no reconozco ni por asomo el sabor inconfundible de la Volldamm. Y, sin embargo, en la etiqueta lo pone bien claro: doble malta. Otro timo de la estampita.

Por fin, abren los restaurantes. Me meto en uno putativamente italiano y pido una pizza con una cerveza. La pizza está ligeramente más sabrosa que un neumático recauchutado, y la cerveza, ni me acuerdo. Esa noche, a las cuatro de la mañana, me despierto con una resaca espantosa, como si en lugar de cerveza y pizza hubiese consumido un litro de whiskey de garrafón.

A la mañana siguiente, sin haber dormido apenas, me recoge Jesús en el mercado de Ruzafa para ir juntos a Denia.

Cuaderno de viaje - Madrid, octubre de 2009

Quienes  me conocen ya saben que le tengo mucha manía a Madrid. Viví en esa ciudad 23 años, y no me he arrepentido nunca de haberme marchado.

Siempre que vuelvo a Madrid encuentro un argumento para reafirmarme en mi manía. Y desde horas o días antes me pongo a la defensiva. La capital de España está llena de sinvergüenzas, chulos y asociales, empezando por los taxistas del aeropuerto. He conocido ya muchos casos de extranjeros que han sido estafados por ese género tristemente mitológico: los rapaces implumes.

Por eso había preferido reservar un hotel cercano al aeropuerto y recurrir al servicio de bus del hotel, en lugar de ponerme en manos de alguno de aquellos taxistas a los que, casualmente, en mitad del laberinto de autopistas de salida hacia Madrid, se les "estropea" el GPS.

Escapas de la sartén y te caes en la cazuela. En el hotel me aseguraron que el bus salía en aquel momento a recogerme, pero tras 50 minutos de espera bajo el sol tuve que recordarles que aún seguía esperando. Evidentemente se trataba de un olvido (quiero decir, una negligencia), porque el bus llegó tres minutos después: exactamente el tiempo que tardó en recorrer el escaso kilómetro que mediaba hasta el hotel.

La primera, en la frente.

Aunque no esperaba tener que hacer muchas gestiones en Madrid, llegó inevitablemente el momento en que tuve que vencer mi resistencia a tomar el Metro. El Metro de Madrid me trae recuerdos muy desagradables de mi primera juventud: se pasaba en él un calor sofocante, los viajeros iban comprimidos hasta el límite de la asfixia, y el stress causado por los transbordos aumentaba a medida que las nuevas líneas, cada vez más adentradas en el subsuelo, iban entrando en servicio.

Me sigue horrorizando la idea de internarse en el subsuelo para desplazarse por una ciudad, pero debo reconocer que el Metro de Madrid y, en general, su sistema de transportes, es actualmente excelente. Además, contradiciendo mis expectativas (basadas siempre en mis recuerdos del pasado), el barrio de Tirso de Molina-La Latina-Cascorro me pareció muy agradable. Limpio, ordenado, tranquilo, y con cierto aire cosmopolita. Nada que ver con aquel caos agobiante que yo había conocido muchos años atrás. El buen tiempo, anómalo en pleno mes de octubre, intensificaba mi placer. Me acordé de Gamusina, la moderadora del newsgroup de Mensa en el que yo solía participar. Gamusina vive en aquel barrio, pero mis gestiones no me dejaban tiempo para encontrarme con ella.

La llamé por teléfono y se lo dije. "No habríamos podido de cualquier modo", me respondió. "Estoy con un cólico nefrítico". Le deseé una pronta mejoría, y me dirigí a casa de mi hermano. El día anterior había ido con él a visitar a mis padres, que se alojan en una residencia en las afueras de Madrid. Mi padre, que cuenta ya 95 años, tiene la memoria bastante deteriorada, de modo que cada vez que lo voy a visitar o lo llamo por teléfono le cuento la misma mentira.

"¿Sabes que me ha tocado la lotería?"

"¡Me cachis en la mar! ¿Qué me dices?"

"Lo que oyes".

"¿Y cuánto te ha tocado?"

"Un millón".

Y se pone muy contento. Da igual si es en euros o en pesetas. Para él, seguro que es una cifra exorbitante. Él conoció los tiempos en que ser millonario de un solo millón era ya una bicoca, y de cualquier modo es incapaz de imaginarse lo que puede dar de sí hoy un millón de lo que sea. Es una cifra, simplemente, mítica, como la fantasía de la lotería que yo le cuento siempre que hablo con él.

Mi hermano se ofrece a llevarme al hotel, y una vez allí los invito a él y a Julia a cenar. Decidimos salir en busca de un restaurante, pero el barrio es francamente deprimente. Barrio de hoteles de aeropuerto. Nos metemos en el restaurante que nos inspira menos desconfianza, y cenamos aceptablemente mal. Es curioso que, sin apenas relacionarnos desde hace muchos años, mi hermano y yo hemos desarrollado las mismas neuras. Hemos hecho el mismo tipo de reclamaciones, con parecidos argumentos, y sentimos una antipatía igualmente deletérea hacia los directivos de padre desconocido de compañías del tipo Iberia, Movistar, Renfe, Iberdrola, o you name it. En política, en cambio, coincidimos poco.

Flash forward. El domingo a mediodía dejo el hotel, y a las 5 de la tarde la mujer de Mauricio me recoge en el aeropuerto y me lleva a la actual vivienda familiar, en las afueras de Villaviciosa de Odón. No conozco a nadie en Madrid que viva en Madrid, circunstancia que me llena de optimismo: tal vez algún día el centro de Madrid esté ocupado sólo por extranjeros y sea por fin habitable.

En seguida se hace la hora de cenar. Gemma se queda en casa con el niño, y nosotros dos nos vamos a un restaurante mexicano que Mauricio conoce no lejos de allí. La cena resulta memorable, y no por la comida, sino por el exquisito tequila que nos sirven de aperitivo. Pregunto por la marca. "Don Julio". Hasta aquel día, creía que el mejor tequila del mundo se llamaba "Herradura".

De regreso, Mauricio se apresura a llevarme a su estudio, donde me hace oír una de sus últimas composiciones. Es una bulería. El comienzo, desconcertante, conduce al oyente por los caminos del jazz, del canto gregoriano y de la música electrónica, pero el ritmo de las bulerías está siempre allí debajo, deslizándose sutilmente en la cadencia, en detalles casi evanescentes. De cuando en cuando surge potente la voz de Arcángel, se aproxima a las bulerías redondas y se vuelve a alejar por vericuetos que en ningún momento dejan de pertenecer al reino de las bulerías. Es una conquista de espacios sonoros, sin perder las raices ni la esencia flamenca. Me gustó muchísimo.

La madrugada avanza, y Mauricio empieza a sentirse mal. "El niño me ha contagiado un resfriado", me dice. Nos vamos a acostar, y a la mañana siguiente se confirma que ha pillado la famosa gripe A. Está aterrorizado. Yo trato de tranquilizarlo: es menos mortal y más rápida que la mayoría de las gripes estacionales. Pero en sus ojos leo que el terror no lo abandona. Por fin, se hunde en la cama, derribado por la fiebre, y por la tarde yo emprendo un largo viaje (caminata, autobús, intercambiador, metro, transbordo, metro, despiste, caminata) hacia Madrid. El lugar de la cita es ya casi un viejo amigo: el Café Comercial.

miércoles 21 de octubre de 2009

Viaje hacia el mar

El barco avanza o retrocede, pero el agua
sigue fluyendo.

Hasta en nuestras menores decisiones hay
una vida ganada
y una vida perdida.

martes 20 de octubre de 2009

El buscador

Al principio es de noche, y no sabe lo que está buscando. Sólo sabe que la noche es oscura, y un autobús o un barco, con él dentro, se abre camino a través de un océano de sombras. Ve pasar a ambos lados luces rápidas, que a veces tienen significados. Y se siente flotar. Es un viaje real, pero para él es como la ruta misteriosa de un submarino que lo conduce a través de su vida. En qué dirección, no está seguro. A su alrededor, los objetos de la noche desolada flotan, o quizá es él quien se deja mecer en una suave neblina confortante. Ahora comprende.

Sus manos recuerdan unos pechos de mujer. Eso era. A través del aire frío de la madrugada ha comprendido. Su vida ha sido generosa en meandros, y él ha creído siempre llevar en sus bolsillos un talismán o brújula. Brújula o veleta, a favor o en contra del viento, haciendo crujir guijarros o doblando esquinas que conducían a otros senderos, puentes, callejones sin salida de los que había que retornar siempre aliviado, siempre insatisfecho. Ha volado millas acumuladas que conectaban continentes, ha navegado, desgastado neumáticos que hendían cordilleras y bordeado lagos y acantilados, ha saltado tapias imaginarias huyendo de jaurías obsesivas como tambores en la selva, ha desafiado espantapájaros que él creía totems temibles, como si las ruinas de Selinunte nunca hubieran sido desencajadas por un terremoto. Se ha internado en selvas, ciudades y poblados, avenidas majestuosas y barrios rotos y deslavados. Y hasta se ha asomado a ventanas desconocidas creyendo percibir vestigios de una tibieza siempre vedada.

Tantas maletas hechas y deshechas y rehechas y redeshechas y cepillos de dientes y bufandas y cremalleras y formularios de aduana. Tantos parkings de hotel y cartas de restaurante y camas y amaneceres y conversaciones en lenguas diferentes. Tantas olas embestidas en busca de qué.

Y esa noche, en los comienzos de la madrugada, mira el cielo inmenso, sin luna, y casi sin pensarlo sus dedos escriben una simple palabra: "lucecita".

Una lucecita en la noche.

Como aquella que iluminaba su habitación de niño para ahuyentar los fantasmas y las autopistas y callejones que con los años habrían de venir. Nunca hasta aquella noche entendería completamente que su único significado era aquel contacto de sus manos con unos pechos de mujer. Ha robado migas de amor en grandes almacenes, en tiovivos y minas y valses y portales y moquetas y recodos del camino, pero él siempre les ponía otro nombre. Nunca el suyo verdadero: "lucecita".

Por eso flotaba aquella noche. Estaba triste, pero levitaba suavemente a impulsos del autobús que devoraba madrugada alejándose de la ciudad. En su bolsillo, la brújula estropeada dormía. Reclinó la cabeza sobre el asiento, suspiró, y se dejó envolver por el calor del recuerdo. En el cénit de aquella noche oscura, sus párpados cerrados sintieron mansamente descender sobre ellos la luz de una luna gigante, redonda, llamada 'revelación'.

Era ya tarde. Se envolvió en las sábanas y apagó la luz.

* * * * * * *

 
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