viernes, 26 de agosto de 2016

Freaks subpirenaicos: 1865SA

El Freak 1865SA nació en pleno siglo XIX en una lluviosa localidad subpirenaica. Su padre era propietario de unos astilleros y ferviente partidario de la causa carlista, hasta el punto de que destinó parte de su fortuna a comprar armas en Inglaterra para el ejército rebelde. Tras el alzamiento carlista de 1872, la familia puso pies en polvorosa y se refugió en Francia, donde el Freak protagonista de esta semblanza pasó sin pena ni gloria algunos de sus años infantiles.

Tras la segunda sublevación de los incansables carlistas, el Freak 1865SA acudió por fin a estudiar a una escuela jesuita de las tierras lluviosas. En algún momento que las crónicas no especifican contrajo la tisis, de la que lamentablemente se repuso tras una larga convalecencia. A los 17 años, una conversación con un hermano suyo lo indujo a abandonar la causa carlista para abrazar una doctrina no menos pintoresca: el nacionalismo racista. Fue, más que una revelación, un trance místico, que aconteció precisamente durante una Semana Santa.

Un año después, embargado de entusiasmo, se matriculó al mismo tiempo en tres Facultades distintas de otra Universidad subpirenaica pero, siendo persona de limitadas luces, abandonó los estudios poco tiempo después. Quien mucho abarca, poco aprieta.

De regreso a su lluviosa tierra, desde la revelación habitada por seres superiores (como él), escribió y publicó varios libros sobre etimología y gramática de la lengua de aquellos seres superiores. Lengua que, por lo demás, él desconocía. En tanto que así se afanaba, opositó a una cátedra en un instituto local. Afortunadamente, sin éxito.

Casó después con una mujer del medio rural, cuyo apellido tuvo que amañar para adaptarlo a su condición de esposa de raza superior, y la feliz pareja, debidamente bendecida por la Santa Madre Iglesia, celebró su viaje de bodas en la muy milagrosa y cosmopolita localidad de Lourdes.

Gracias a la fortuna de su padre, el Freak 1865SA no necesitaba trabajar, pero a condición de rentabilizar adecuadamente el capital obtenido de los astilleros. Las razas superiores son extremadamente tolerantes, y no se oponen a invertir en tierras habitadas por razas primitivas, por lo que el Freak 1865SA y su hermano se decidieron a comprar acciones de una empresa minera subpirenaica con explotaciones en territorio bárbaro.

Entre tanto, al otro lado del Atlántico, una isla caribeña que todavía formaba parte del país subpirenaico estaba en plena efervescencia. La efervescencia acabó en guerra, y la isla terminó independizándose del país opresor. En éste, tan aciago suceso desmoralizó a todos sus habitantes, salvo a algunos exóticos Freaks de las tierras lluviosas que, al ser de raza superior, vieron en la secesión atlántica un modelo a seguir y un motivo de bendita ilusión.

Quizá por esa razón, y con el loable propósito de llamar la atención del indiferente planeta Tierra, el hermano del Freak 1865SA se presentó un día ante el vicecónsul de Estados Unidos de América y le entregó un telegrama felicitando a su Presidente por haber materializado la secesión de aquella isla. Como Estados Unidos acababa de ganar una humillante guerra al país subpirenaico, el Freak 1865SA dio con sus huesos en la cárcel, donde permaneció cinco ignominiosos meses hasta que, absuelto por un jurado popular, fue puesto en libertad.

En sus últimos escritos, el Freak 1865SA dio señas de haber perdido la razón, ya que renunciaba a la independencia de la raza superior en favor de una postura regionalista y, por lo tanto, humillante. Juzgue el lector por sí mismo. Un hombre que en sus momentos más lúcidos alentaba a expulsar de los pueblos a pedradas a los maestros de raza inferior, que contraponía el asqueroso y cínico abrazo del pasodoble frente a las púdicas y aéreas danzas del pueblo elegido, o que comparaba a los salvajes ocupantes librepensadores con las tribus zulúes, desistía ahora de sus grandiosos ideales para aspirar a ser simplemente uno más en la grosera cacofonía subpirenaica.

Sin duda lo había atrapado la enfermedad de Alzheimer.

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domingo, 14 de agosto de 2016

Un libertarismo diferente

Percibir tu propio 'yo' proporciona placer. Delegar en otras personas, también. Estos dos extremos son el yin y el yang de los modelos de sociedad, y la combinación de uno y otro en diferentes grados genera híbridos variopintos, en uno de los cuales estamos metidos usted y yo. ¿Por qué estoy diciendo esto?

More input! More input!

Somos lo que somos porque podemos conseguir fines. Si nuestro fin es alcanzar una cuchara, alargamos el brazo y nos hacemos con ella. Si nuestro fin es llegar a presidente de los Estados Unidos o matar N marcianitos en una pantalla y lo conseguimos, nuestro 'yo' se refuerza, y en consecuencia nuestro cerebro genera endorfinas: ¡bingo!

El problema de esta vía hacia la felicidad son los fracasos, que son dolorosos para el ego. O, más exactamente, el riesgo de fracasar. Quién sabe, tal vez uno puede llegar hasta donde se lo proponga. El cielo es el límite. Pero, cuanto más codiciado sea el objetivo, más duro podrá ser el batacazo.

Siempre hay quienes se arriesgan. Sus herramientas para conseguir el poder -porque a estas alturas ya se habrá imaginado usted que estoy hablando del poder- son tan variadas como la naturaleza humana. Uno puede picar piedras para prosperar, o puede hacerlo más aprisa o mejor que su colega. Pero también puede idear o fabricar una máquina que pique piedras sin intervención humana, crear un banco que explote los beneficios de tales fábricas, o entrar en política para favorecer los intereses de ese banco o para ponerle límites. No es cuestión de ser buenos o malos. Igual podríamos despertar admiración que manipular o adular para conseguir nuestros fines. Cualquiera de esas vías nos puede servir para controlar el mundo exterior. Es decir, para tener poder.

Querámoslo o no, todos tenemos al menos alguna dosis de ese ingrediente. Desde el porquero que controla su pequeña porqueriza hasta Mahatma Gandi, que consiguió controlar él solo a millones de personas predicando la perfidia del control de las mayorías por las minorías.

La Venus de las pieles paga con tarjeta

En el otro extremo de esa tendencia innata hacia la felicidad están los que delegan. Para ellos, la felicidad no consiste en controlar las cosas, sino en dejar que otro las controle por ti. Es la vía adoptada por el creyente, el votante, el manipulador, el paciente o el hipnotizado, por poner sólo algunos ejemplos. Y tampoco tiene nada que ver con la moral. Uno puede ser mantenido de buen grado por una persona amada o estropearle los frenos del coche para cobrar el seguro.

Naturalmente, sólo somos humanos. Hay muchas cosas que ni podemos ni podremos nunca hacer, y el éxito de una sociedad se medirá por el grado de equilibrio entre los que controlan y los que delegan. Cuando el equilibrio se rompe, las sociedades podrían terminar derivando hacia el extremo más temido: el control total de unos y el abandono incondicional de todos los demás. Es un imán que siempre tiene dos polos: no puede haber controladores si no hay controlados. Y es un extremo absoluto: si al menos una minoría se resiste, el equilibrio no será del todo estable.

Extasis junto a St. Paul Cathedral, London, UK

Era una mañana del mes de julio y yo acababa de sentarme en unas escaleras frente a St. Paul's Cathedral. Hacía apenas unos meses que había decidido renegar de toda religión cuando, en una réplica involuntaria del rayo celestial que derribó a San Pablo del caballo, un joven barbudo que pasaba por allí depositó un panfleto entre mis manos. Bajo una bandera negra artesanalmente dibujada en la cabecera, los autores de aquel texto resumían en sólo tres palabras las tres cosas que a mí más me molestaban de la vida: la familia, la religión y el Estado.

Fue una revelación. Aquel panfleto verbalizaba mis ansias de libertad, hasta aquel momento crepusculares. Mi familia era un quilombo, la religión católica en España era por entonces un forúnculo en el trasero, y el Estado eran unos burócratas remotos que sustentaban una oprobiosa dictadura.

Pero la vida, como dicen, da muchas vueltas. Durante años alimenté mi hostilidad a aquel monstruo de tres cabezas, hasta que un día tuve que reconocer que, en el fondo, anhelaba tener una familia. Por otra parte, la iglesia católica había dejado de entrometerse en mis costumbres. El Estado, simplemente, había cambiado de manos, y había sustituido aquella vieja ideología, rancia e impopular, por otra mucho más convincente. Y peligrosa.

La nueva ideología había ido mucho más allá que el ideario de la dictadura, porque en su afán por tenernos a todos satisfechos -es decir, controlados- había erradicado la noción de riesgo. Liberado de la responsabilidad de prever el futuro, el ciudadano medio se lanzó a endeudarse, paradójicamente, como si el mundo se fuera a terminar mañana. Carpe diem. Vivir es hermoso. Eran los primeros síntomas...

Bailando el surf (en la cubierta del Titanic)

Hasta que la ola descargó. No, el futuro nunca había estado asegurado. Unicamente había remoloneado más de la cuenta, y ahora estaba pasándonos de una sola vez todas las facturas atrasadas. El mundo se encontraba en estado de shock. ¿Qué había sucedido?

En asuntos tan complejos como la realidad, es de idiotas simplificar. Habían sucedido muchas cosas, pero uno tenía la impresión de que ninguna de las argumentaciones que leía las explicaba realmente. Al fin y al cabo, la economía es esa pseudociencia que me permite explicar hoy por qué ayer mi teoría estaba equivocada.

Por eso, razoné yo, para entender lo que estaba pasando, a quienes había que escuchar era no a los pregoneros oficiales, sino a los que previeron que la burbuja estallaría. Y así fue como descubrí la denominada 'escuela austriaca' de economía. El resultado fue una segunda revelación: aquellos pensadores amaban la libertad tanto como yo, y sus teorías estaban basadas en un principio inamovible: la dignidad del ciudadano frente al Estado.

La sombra de Proudhon se invierte al atardecer

Fue una buena noticia. Las ideas libertarias tradicionales siempre me parecieron demasiado utópicas, y en la actualidad se han vuelto tan siniestras como las consignas y métodos de la izquierda, que han terminado adoptando. Los viejos libertarios eran individualistas y generosos. Los de hoy son igualitaristas y sectarios.

Todo esto no quiere decir que adopte a pies juntillas las explicaciones de los 'austriacos'. Es un mundo variopinto, en el que coexisten intelectuales profundos como Hayek o von Mises, pensadores lúcidos como Ayn Rand, y algún que otro personaje estrafalario que cree en la astrología o que interpreta la torpeza cortoplacista de la economía oficial como una conspiración secreta fraguada en las cumbres de Davos.

Pero los austriacos predijeron el estallido de las dos burbujas: la de 2001 y la de 2008. Frente al dogma keynesiano imperante, los austriacos creen en la responsabilidad del individuo y en su capacidad de iniciativa, defienden el juego limpio y el valor real de las cosas, y se oponen a distorsionar la percepción de riesgo, que tan nefastas consecuencias está teniendo todavía hoy en nuestras economías.

Algo de credibilidad se merecerán, diría yo.


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sábado, 9 de julio de 2016

El palo y la zanahoria

Leo en el sitio web de Mish algunos datos económicos de USA del mes de junio pasado. El empleo en ese país ha aumentado en más de 280 000 puestos de trabajo en un solo mes. Una cifra sin precedentes desde hace mucho tiempo. Seguramente un triunfo del que el gobierno USA -y los medios de comunicación afines- se va a vanagloriar. Sin embargo, sigo leyendo. Como el número de personas en edad de trabajar también ha aumentado (debido al crecimiento de la población) y lo ha hecho más aprisa que el número de empleados, resulta que el desempleo en realidad ha aumentado. ¿Nos suena?

La desconcertante constatación de que el empleo y el desempleo pueden aumentar al mismo tiempo es una razón de peso para desconfiar de las simplificaciones. La realidad es compleja. La propaganda, no. Un titular de prensa objetivo podría resumir estos datos así: "Ni siquiera un espectacular aumento del empleo consigue detener el aumento del desempleo". Lo importante no es que el vaso esté medio lleno o medio vacío, sino en qué dirección progresa el nivel del agua.

¿Y en qué sectores económicos ha aumentado el empleo? Los datos son reveladores. Ocio, hostelería, atención médica, asistencia social y finanzas. Si excluimos las finanzas, que son de ámbito internacional, tenemos que deducir que la población de USA está aumentando sus gastos en divertirse más y recibir más prestaciones de la Administración. En un libro de historia, una frase así referida a un imperio (y los USA lo son) evocaría inmediatamente la palabra 'decadencia'. El tiempo dirá lo que pensarán nuestros descendientes cuando la lean en algún capítulo dedicado a la historia del siglo XXI.

Para entender las dimensiones históricas de la crisis que comenzó en 2008 hay que comparar estos datos con otros periodos económicos del pasado. Difícilmente encontraremos un periodo histórico en que la industria del ocio y el turismo haya tenido siquiera un peso mínimo en la economía de un país, y no digamos ya que haya tirado de la economía. Los avances tecnológicos han eliminado puestos de trabajo, pero también han creado las condiciones para crear nuevas modalidades de empleo que los reemplacen.

Desde que se inventó la máquina de vapor se vienen oyendo voces contra las innovaciones tecnológicas que simplifican el trabajo. Hace de eso ya tres siglos, y no parece que pasemos hoy más hambre que entonces. En el siglo XVIII ni siquiera los emperadores tenían aire acondicionado, el agua corriente era un lujo inalcanzable y las calles estaban mucho más sucias que antes de construir las redes de alcantarillado (aunque probablemente menos sucias que después de inventarse los perros). La economía superflua a nivel del ciudadano medio es un fenómeno histórico muy reciente.

Esta afirmación la podemos comprobar con sólo darnos una vuelta por el barrio y leer los rótulos de los comercios. Yo lo he hecho. Donde antes había tiendas de artesanos, barridos por la mecanización de los procesos industriales, hoy hay farmacias que venden infinitos productos para el cutis, la regeneración capilar, el balance vitamínico, la reducción del colesterol, el cuidado de las encías, las dietas de adelgazamiento o la sudoración de los pies; tiendas de vinos o cervezas de procedencias caprichosas; locales de piercing y tatuaje; gimnasios; peluquerías sofisticadas; dispensarios para animales domésticos; locales para tratamientos de belleza; despachos de coaching, psicología y consultorías varias; oficinas de interiorismo; tiendas de productos ecológicos; escuelas de danza y música; tiendas de telefonía móvil o de informática; empresas de colocación en empleos de atención a ancianos; y no pare usted de contar, porque hay muchas, muchas más.

La inmensa mayoría de estos negocios no existían hace sólo 30 años, y pocos podían imaginar entonces que puestos de trabajo así llegarían a existir siquiera, igual que sus abuelos no podían imaginar que aquellos niños necesitarían un día un televisor o un horno de microondas. Es difícil saber lo que necesitarán los consumidores del siglo XXII, pero da la impresión de que no se conformarán con lo que nosotros tenemos ahora.

Naturalmente, todo es relativo, y no parece justo comparar a un pobre de hoy con el ciego sarnoso del Lazarillo de Tormes. Las personas necesitan más porque ven que otras personas disfrutan de más. Llámelo usted envidia si quiere, pero esa comparación es el motor de las economías. Suprima usted las clases sociales... y el motor se para.


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sábado, 2 de julio de 2016

Economía desde el armario

Hace ya algún tiempo que los neoprogresistas están en guerra contra los neoliberales. Sea cual sea el significado de esta palabra...

Clavando en mi pupila tu pupila azul

Hasta la fecha, no he dado con nadie que me sepa explicar la diferencia entre un liberal y un neoliberal, aunque deduzco que el prefijo 'neo' viene a querer decir algo así como 'creíamos que os habíamos erradicado, y volvéis a la carga'. La izquierda tiene esas cosas. Ellos siempre han sido los buenos, y todos los demás, los malos. Más o menos como los harekrishnas, los hinchas de los estadios o los miembros de la secta Moon.

Ni siquiera he dado con alguien que me sepa explicar lo que es el liberalismo. En español, quiero decir. En inglés, que es la fuente a la que hay que acudir para beber agua clara, hay muchos y muy buenos expositores, no sólo de las ideas liberales, sino de conceptos tan necesarios como 'capitalismo', 'libre competencia' o 'libertad de mercado'.

Es sabido que la izquierda ensalza constantemente la palabra 'libertad', pero en la práctica aborrece su significado. Le disgusta la libertad, por ejemplo para ser o no 'solidario', para relatar objetivamente la guerra civil, para creer o no en el cambio climático, para ser o no católico... o lo más nefando de todo: para crear riqueza mediante el esfuerzo y el trabajo. Sí, como suena. Pero vayamos por partes.

Marcando hucha

Quizá el sinónimo que más se usa para referirse al (presunto) apocalipsis neoliberal es la expresión 'capitalismo salvaje'. Naturalmente, 'salvaje' quiere decir que es muy malo, pero antes de hablar del adjetivo convendría aclarar lo que significa 'capitalismo'. ¿Nos hemos detenido alguna vez a pensar en eso? Pues ya va siendo hora.

Capitalismo significa acumulación de capital. Ya, ya sé que suena horroroso, pero lo cierto es que nuestros armarios acumulan ropa, nuestro frigorífico acumula comida, el depósito de nuestro coche acumula combustible y nuestro disco duro acumula información. ¿Por qué? Sencillamente, porque el futuro es incierto, y si viviéramos rigurosamente al día y no acumuláramos nos pareceríamos mucho más a un animal salvaje que a una persona racional. Sí, he dicho 'salvaje'. La primera, en la frente.

Dinner is ready, Sir

Lo cual nos permite ya definir dos tipos de sociedad: una sociedad de previsores, y una sociedad de vagabundos. Pero no son las únicas, porque existe también la posibilidad -y es una posibilidad muy real- de que alguien prevea por nosotros. Como hacían nuestros padres cuando éramos niños, ¿recuerdan? Si gana usted lo suficiente para pagarse un mayordomo, no tendrá que preocuparse por mantener la despensa abastecida, pero si no es ese el caso todavía le queda una alternativa para disfrutar de un mayordomo: colectivizarlo.

Como ya estará usted sospechando, ese mayordomo colectivo se llama Estado, y es la opción preferida por los neoprogresistas. Así que relájese. El Estado se ocupa de todo para que usted no tenga que inquietarse por el futuro. Por desgracia, sin embargo, los cuentos de hadas son sólo eso: cuentos. Y la existencia del Estado acarrea unos cuantos inconvenientes.

Para empezar, el precio que nos cobra el Estado por ocuparse de todas esas cosas es el poder. Y, como el poder es un arma muy peligrosa, ha habido que inventar la democracia para controlarlo. Si lo estamos consiguiendo o no, es cosa que cada uno debe juzgar según su criterio. Pero hay más. Nadie acumula al azar, y todos tenemos nuestra forma peculiar de prever el futuro. El Estado, sin embargo, no entiende de individualidades. Para él, las personas son números abstractos, y si queremos que decida lo que es bueno para nosotros lo hará según su propio criterio.

Todos contra Shylock

Las reglas de la democracia dictan que ese criterio será el del partido gobernante... a menos que el partido gobernante se limite a defender nuestra libertad y deje que cada uno acumule o no lo que le dé la gana sin molestar a nadie. ¿Sabe usted cómo se llaman los que no quieren que el Estado se entrometa en la vida del individuo? No se lo va a creer: liberales. Es decir, lo contrario que los progresistas.

Pero todavía no hemos respondido a una pregunta fundamental: ¿acumular capital es malo?

Tal vez sí, si el capital que usted acumula lo guarda debajo del colchón. Si decide no guardarlo y ponerlo en circulación, entonces quien le venda a usted esa barra de pan o ese yate estará obteniendo riqueza de su trabajo y, por lo tanto, podrá mejorar su calidad de vida. Ya sé que los neoprogresistas no lo llaman así, pero yo a eso lo llamaría 'progreso'.

Gastar el dinero no es la única manera de ponerlo en circulación. Si usted es una persona inquieta, tal vez se le ocurra que ese capital que ha ido acumulando gracias a su trabajo le permitiría comprar unos telares y fabricar calcetines. De ese modo, mataría tres pájaros de un tiro: (1) crearía un producto útil para muchas personas; (2) daría trabajo a otros; (3) ganaría usted dinero.

Esta modalidad se llama inversión, y no hay otra forma concebible de crear riqueza en una sociedad. Incluso los Estados socialistas tienen que acumular capital para pagar a los obreros que construirán la fábrica de calcetines.

Negociete en el negociado

Invertir -es decir, crear empresas- puede ser una actividad filantrópica. Muchas fundaciones benefactoras, y muchas de las mejores universidades del mundo, son de origen filantrópico. Pero generalmente uno se mete en negocios para ganar más. Si usted es neoprogresista, probablemente piense -como predica el Nuevo Testamento- que ganar más es malo. Allá usted, pero en todo caso nada en la vida es gratis, y esa mayor riqueza sólo se consigue a costa de un mayor riesgo. La fábrica de calcetines podría quebrar, y usted podría perder el capital acumulado y quedarse en la calle. El futuro es incierto.

A estas alturas, seguro que ya se le han ocurrido a usted unos cuantos casos de personas que se han enriquecido sin dar ni golpe. Está en la naturaleza humana. Yo te hago unos cuantos favores, y tú me adjudicas la contrata para pintar las farolas del pueblo, o simplemente me pasas un sobre sin que nadie se entere, en concepto de comisión. Cosas así suceden cuando el modelo de capitalismo no es 'salvaje', sino domesticado.

Cuando el capitalismo es salvaje, usted tiene que hacer frente siempre a la competencia, y por lo tanto no puede poner los precios que le dé la gana. Hágalo, y sus clientes se pasarán ipso facto a la empresa que ofrezca la mejor relación calidad/precio.

El sobre sobra

A menos... que la competencia no exista, replicará usted con una sonrisa burlona. Efectivamente. Pero si una empresa es un monopolio es porque el Estado no defiende la libertad de mercado. Si el Estado, en lugar de dedicarse a dictaminar que tenemos que ponernos el cinturón de seguridad o coger la fruta con guantes de plástico, nos dejara en paz y se ocupara de luchar contra los monopolios o se abstuviera de adjudicárselos a sus amiguetes, cualquier persona con las ideas claras podría crear una empresa y entrar en liza con las empresas existentes.

¿Por qué? Porque, cuando las ideas están suficientemente claras, siempre habrá inversores que se atreverán a correr el riesgo de financiar esa nueva empresa. Evidentemente, para ganar más.

¿Y qué sucede cuando una nueva empresa accede al mercado? Que los clientes de las otras disminuyen, y para no perderlos la única solución es mejorar la relación calidad/precio del producto.

¿Quién se beneficia de todo esto? (1) Los consumidores, que pueden comprar mejor y más barato. (2) Las personas que contrata la nueva empresa. (3) El empresario, si hace las cosas bien y consigue que la empresa no quiebre.

Todo esto se llama capitalismo salvaje. Cuando el capitalismo es salvaje no hay monopolios, y todos ganan.

Una empresa llamada Diógenes

Pero los neoprogresistas tienen argumentos para todo, y lo primero que me dirán es que la libre competencia genera unos sueldos de miseria.

Pues no. Los sueldos son de miseria cuando muchas personas aspiran a pocos puestos de trabajo. La libre competencia crea nuevas empresas, que a su vez crean nuevos puestos de trabajo hasta llegar al pleno empleo. A partir de ese momento, los trabajadores escasean y hay que pagarles más para retenerlos en la empresa.

No es sólo una teoría. Siempre ha habido países en situación de pleno empleo, donde los sueldos eran, por consiguiente, altos. Y en determinados sectores esa situación es real, incluso en países con altos niveles de desempleo.

El Estado nunca genera riqueza, ni crea realmente puestos de trabajo. Sólo crean riqueza la iniciativa humana y el libre intercambio de productos y servicios. El Estado mangonea, hace favores, distorsiona el mercado, desincentiva el esfuerzo y crea una población gregaria, acomodaticia y miedosa. Y la ideología que sustenta ese modelo no es precisamente la ideología neoliberal.

No, ciertamente. Es la ideología neoprogresista.

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lunes, 9 de mayo de 2016

Controlar el pasado

"Ya había observado yo que ningún periódico relata nunca correctamente lo sucedido, pero en España, por primera vez, vi crónicas periodísticas sin ninguna relación con los hechos; ni siquiera la relación que debería haber en una mentira ordinaria. Vi noticias de batallas cuando no había habido enfrentamientos, y un silencio absoluto cuando había habido centenares de muertes. (...) Vi periódicos en Londres reproduciendo aquellas mentiras, y a intelectuales ávidos construyendo superestructuras emocionales sobre sucesos que nunca habían ocurrido. Es más, vi que la Historia estaba siendo escrita en términos no de lo que había sucedido, sino de lo que debería haber sucedido según distintas ‘líneas de partido’".

Para quienes apreciamos el método científico, la verdad es a veces un faro en la oscuridad o una fortaleza difícil de expugnar, y el camino hacia ella está frecuentemente sembrado de rectificaciones, tentativas en vano y obstáculos formidables. Por eso, a menos que aprendamos a evitar los prejuicios y a mirar los hechos cara a cara, el camino hacia la verdad puede terminar internándonos en un laberinto.

En lo que se refiere a la Historia, nuestra verdad nunca podrá ser toda la verdad, sino lo que seamos capaces de reconstruir gracias a las evidencias que vamos encontrando. Es un trabajo delicado, porque hay que saber responder a tres preguntas clave: (1) ¿hemos tenido en cuenta toda la información disponible?; (2) ¿hasta qué punto son fiables los testimonios que conocemos?; (3) ¿hasta qué punto esos testimonios concuerdan con otras evidencias? La Gran Enciclopedia Soviética fue un contraejemplo perfecto de fidelidad a la verdad. En aras de la ideología que sustentaba el poder, sus autores distorsionaron los hechos, ocultaron realidades innegables, eliminaron de sus páginas –e incluso borraron de sus fotografías— a personajes históricos, y hasta dieron por buenas teorías ‘científicas‘ tan absurdas como la teoría genética de Lysenko, o las ideas estrafalarias de Mao Zedong sobre los métodos de cultivo.

También los nazis adoptaron extrañas teorías ‘científicas‘, no sólo sobre las razas y sus supuestos grados de perfección. La teoría de la Tierra cóncava, en cuyo centro se situaba el Sol, motivó incluso un experimento en el Antártico con la secreta esperanza de localizar, reflejados en algún extraño ángulo del horizonte, los barcos de la Armada británica durante la segunda guerra mundial.

Por suerte, ni los nazis ni los soviéticos consiguieron dominar el mundo, y la verdad ha sobrevivido a los grandes totalitarismos. Pero, ¿y los pequeños totalitarismos? ¿Qué sucede cuando una ideología consigue imponerse sobre la verdad y aspira sólo a dominar una parte limitada del mundo? Ni Cuba ni Venezuela se proponen invadir el continente americano, pero en esos países las visiones del mundo comunista y bolivariana han suplantado oficialmente la verdad y desafían tercamente la realidad de las colas, el desabastecimiento y la ausencia de libertad. No hace mucho tiempo, el presidente de Bolivia atribuyó la calvicie a la mala alimentación y la homosexualidad a la ingesta de pollo, y hace algunos años el presidente de Sudáfrica negó temerariamente la relación entre el sida y el VIH.

Declaraciones como estas son anecdóticas, pero supeditar la historia de un país a una ideología no es ya tan intrascendente. Hace algún tiempo mantuve una conversación sobre la Ley de memoria histórica con una chica lo suficientemente joven para no haber vivido la Transición. Para ella, las víctimas del franquismo tenían derecho a ser reivindicadas. Por lo visto, nadie le había explicado que ese asunto quedó zanjado en la Transición. En el bando republicano se cometieron también muchos desmanes, y al promulgar nuestra actual Constitución los dos bandos convinieron formalmente en pasar página y perdonarse mutuamente. El perdón fue sólo formal, porque la inmensa mayoría de quienes vivieron la guerra se habían perdonado ya mucho tiempo atrás. Al inaugurarse la democracia, la generación de mis padres no abrigaba ya ningún rencor ni hacia el bando enemigo ni hacia las opciones políticas adversarias.

Pero los políticos de izquierda encontraron en el antifranquismo un valioso filón, y poco a poco han ido reescribiendo la Historia a su favor sin que nadie se haya atrevido a contradecirles, por miedo a ser tachado de ‘franquista’. Hasta tal punto la han reescrito que han llegado a sustituir la verdad histórica por un laberinto. Es decir, por una trama de callejones predeterminados por los que uno debe avanzar, sin posibilidad de mirar en otras direcciones. El franquismo fue una dictadura, sí, pero si miramos a la Rusia de Stalin veremos que en España no hubo purgas ni gulags, se respetó la propiedad privada y la libertad de empresa, y a partir de los años 60 se toleró la presencia de la izquierda civilizada. Comisiones Obreras, un sindicato comunista de la vieja escuela, se formó en pleno franquismo y desarrolló una intensa actividad reivindicativa, mientras en la Unión Soviética creer en los extraterrestres era mentalmente más aceptable que evocar siquiera la palabra ‘huelga‘.

Es cierto que el general Franco implantó un régimen de censura en la prensa y en los espectáculos, pero el gobierno de la segunda República no sólo hizo lo mismo, y profusamente, sino que se inauguró cerrando más de cien medios de comunicación. Es cierto que el régimen de Franco tenía un concepto decimonónico de las mujeres, pero también es cierto que respetó su derecho de voto, promulgado durante la República frente a la enérgica oposición de destacadas feministas de izquierdas. Es cierto que el general Franco acaudilló un golpe de Estado contra la República, pero también es cierto que el PSOE había hecho lo mismo dos años antes, dinamitando en pocas semanas escuelas, bibliotecas, bancos, iglesias y abundante patrimonio histórico. Y es cierto que una parte del Ejército republicano tramaba un golpe de Estado, pero también es cierto que por esas mismas fechas el ministro del Interior visitaba sin mucho disimulo fábricas de armas ‘clandestinas’ en la sierra de Madrid, y que tanto él como las juventudes socialistas y los dos grandes sindicatos –la UGT y la CNT– declaraban públicamente su intención de acabar con la democracia ‘burguesa’. Por las buenas o por las malas.

Si la ideología imperante no nos permite mirar a través de las paredes del laberinto, nunca comprenderemos que lo que hubo en España fue una guerra civil, sanguinaria por ambas partes. Y reivindicar uno u otro bando, casi un siglo después, no sólo es anacrónico, sino demencial. La derecha española debería perder el miedo a salir del armario. Donde no hay diferentes opciones políticas no hay democracia, y el barco español empieza a estar ya peligrosamente escorado hacia la izquierda. La extrema izquierda no es menos peligrosa que la extrema derecha, y en manos de desaprensivos los chivos expiatorios han sido históricamente las armas más eficaces para acceder al poder absoluto. Cuando los totalitarios acceden al poder, los ingenuos roedores de laboratorio descubren que el laberinto era, en realidad, un callejón sin salida.

Aunque, para entonces, casi siempre es ya demasiado tarde.

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lunes, 21 de diciembre de 2015

Músicas perdidas

No sé cómo he venido a parar aquí. Friedrich Gulda. Claro de luna. No importa cómo imaginó Beethoven esta sonata. La magia de los grandes intérpretes está en hacernos olvidar la técnica para flotar con ellos en un mar de olas que se acompasan bajo la superficie de la melodía y que, en sus detalles más sutiles, expresan la sensibilidad del artista. Así es como Gulda imaginaba esta sonata, y hoy me lo ha conseguido transmitir. No soy pianista profesional, y no necesito más.

Mi prima Garbiñe, que era pianista, descubrió conmigo un día a Glenn Gould. Cediendo a mi insistencia, escuchó pacientemente aquella versión delirante de la Marcha Turca, y al terminar hizo un ademán escéptico. "No me ha gustado nada el staccato. El legato, sí, era magnífico, pero lo demás, no". Argumenté vehementemente que a quien habíamos escuchado no era a Mozart, sino a Gould, pero fue inútil. De todos modos, ella era así.

De todas las interpretaciones que he oído del Claro de luna, esta es la segunda que más me gusta. La primera ya no recuerdo de quién era. Yo tenía quizá diecisiete años, y había descubierto aquel disco de vinilo (33 revoluciones por minuto) en casa de mi amigo Fernando, que vivía todavía con sus padres. Tampoco recuerdo cuándo lo escuché por primera vez, ni cuántas veces o centenares de veces lo escuché. Creo recordar que se lo pedí prestado y que lo atesoré entre mis discos durante mucho tiempo, quizá meses o años. En mi recuerdo yo apagaba la luz, cerraba suavemente los párpados y me abandonaba a las notas de aquel piano. Era verano, y por la ventana abierta entraba a ráfagas el aire cálido de la noche. Quizá incluso compartí aquellas notas con alguna chica, echados los dos en alguna cama, quizá acariciándonos, escuchando.

Era una versión distinta de todas las que he oído después. Comenzaba muy quedo, desafiantemente despacio, y muy despacio también crecía en intensidad. Hasta niveles casi enervantes. Aquella lentitud deliberada creaba en mi ánimo una tensión arrebatadora. Quizá yo abría de vez en cuando los párpados, en éxtasis, y veía una luna quieta iluminando la noche oscura al otro lado de la ventana. O quizá sólo lo imaginaba. Entre nota y nota, los silencios estaban entrecruzados por diminutas cicatrices del microsurco de aquel disco desgastado que tal vez había pertenecido al padre de mi amigo, pero la magia de la música podía más que aquellos cuchicheos sin significado. Eran sólo motas de polvo en el silencio.

No sé qué fue de aquel disco. Con el paso de los años llegué a olvidarlo, porque sobre su recuerdo se fueron acumulando muchas otras interpretaciones de muchos otros compositores. Cuando descubrí a Brahms, Beethoven empalideció, y sobre las ascuas de Brahms se fueron depositando, en sucesivos estratos arqueológicos, la Música para orquesta, percusión y celesta, el Stabat Mater de Pergolesi, la Novena de Bruckner, las Gymnopédies, la Pavane de Fauré, el adagio de Barber. Y tantas otras.

Bajo el vídeo de Gulda, en YouTube, uno de los comentarios que leí mencionaba, entre otras, la versión de Wilhelm Kempf. Al leer aquel nombre me ilusioné. Por un instante creí reconocer aquellas dos palabras que tantas veces había releído en la funda del viejo disco, pero en seguida descubrí que tampoco era él. Es terrible pensar que con tus recuerdos se va un trozo de tu vida, un trozo que nadie más que tú recordará ya nunca, hasta el fin de los tiempos. El vacío en la memoria. Sin susurros siquiera de un viejo disco rayado.

Años después, en las rebajas de unos grandes almacenes compré cuatro discos, no todos de música clásica. Uno de ellos era una versión de una de las cantatas de Bach más conocidas, Ich habe genug. Era la primera vez que escuchaba aquella obra, que me emocionó más allá de lo descriptible. El disco permaneció en mi colección hasta que me marché de Barcelona, y para entonces un disco de vinilo era ya una simple reliquia. Mi colección era demasiado voluminosa para cargar con ella, de modo que la abandoné en el piso de la que había sido mi compañera, que a su vez terminó regalándola o tirándola a la basura.

Años después Ich habe genug retornó a mi memoria, y decidí volver a comprarla, esta vez en compact disc. Pero ninguna de las versiones que encontré a la venta me emocionaba como aquel primer disco de vinilo comprado en unas rebajas. Todo lo que recuerdo es que el nombre del intérprete era anglosajón. He invertido horas enteras en muchas tiendas de distintos países escuchando versiones de aquella cantata, pero todas me han defraudado. Con el auge de la ópera, se ha puesto de moda cantar la música lírica con gorgoritos operísticos, y la mayoría de las versiones que escucho me parecen insufribles. Para mi gusto, la música religiosa tiene que ser sobria y contenida, porque lo que se pretende no es un florilegio exhibicionista, sino una experiencia personal, íntima y profunda.

A falta de aquel oscuro intérprete que nunca reencontraré, me consuelo con una versión razonablemente hermosa de Janet Baker. Pero la orquesta se empeña siempre en ir demasiado aprisa.

A mi madre le gustaba mucho la zarzuela, que yo siempre he detestado. Pero entre sus discos de zarzuela, que durante años ella cantaba infatigablemente por toda la casa, había uno que sí me gustaba: El barberillo de Lavapiés. Incluso la letra me hacía mucha gracia, hasta el punto de que llegué a memorizar largos pasajes de aquella pieza, que más que una zarzuela en realidad era una opereta. Hace tantos años de aquello que ni siquiera tiene sentido ahora preguntarse qué fue de aquel disco, desaparecido en algún recodo remoto de la memoria.

Y sucedió con él lo mismo que con la cantata de Bach. Por mucho que busqué, nunca conseguí encontrar aquella versión gozosa de mi infancia. Durante años recordé incluso el nombre del barítono que tanto me gustaba, y di incluso con una versión suya del mismo Barberillo, pero con el paso del tiempo aquel hombre había envejecido, y su voz era ya sólo un espectro tembloroso de la voz firme y airosa que yo había conocido.

Todos estos recuerdos, con la música de Bach de fondo, me embargan de una sosegante mezcla de tristeza y ternura. Una buena terapia para un achaque de nada, una tarde como otra cualquiera.

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26 de diciembre - De repente, por una rendija de la memoria se cuela un nombre propio: Mark ... No recuerdo el apellido. Escibo en YouTube "Ich habe genug Mark"... y el primer resultado que aparece ¡es él! Mack Harrell, 1958. Para quien quiera deleitarse con mi versión preferida:

https://youtu.be/Xaxb9yn-QBU

sábado, 28 de noviembre de 2015

Democracia gaussiana

Dos de las cosas que más temen las empresas financieras son lo que en inglés se conoce como fat finger y fat tail.

Ponga usted a un novato ante una pantalla repleta de gráficos en zigzag, explíquele que apostando -¡ehém!, quiero decir invirtiendo- en aquellos gráficos se ganará un sueldo sustancial más unos incentivos tentadores, y la teoría de la probabilidad predice que, tarde o temprano, el novato apretará un día nerviosamente la tecla 9 y la empresa perderá 200 000 millones de dólares en lugar de simplemente 200 000 en una transacción mal calculada. Sin él darse cuenta, su fat finger habrá invadido la tecla 0 y la habrá apretado durante esas décimas de segundo deletéreas que separan las pérdidas tolerables de la quiebra financiera internacional.

Para entender lo que es una fat tail, imaginemos que acudimos a un concierto de rock multitudinario. Situémonos a la entrada y midamos la altura de cada uno de los asistentes (exceptuando los menores de edad). A continuación, clasifiquemos todos esos datos por alturas y representémoslos en coordenadas cartesianas. Podríamos encontrarnos, por ejemplo, con que sólo había un aficionado al rock que medía 143 cm y otro que medía 205 cm. Entre esos dos valores, el número de personas aumentaría progresivamente hasta alcanzar un máximo central: por ejemplo, 15.435 personas que medían 174 cm. Si representamos de ese modo todos los datos obtenidos, la figura resultante será una campana boca abajo. Ahora, simplemente echando un vistazo a nuestra curva, ya podemos afirmar que la mayor parte de los asistentes medían entre 156 cm y 189 cm (la parte central de la campana), y la probabilidad de encontrarnos con alguien más alto o más bajo (los bordes de la campana) será a todas luces pequeña.

Acabamos de representar la 'campana de Gauss'. La campana de Gauss -y otras distribuciones de probabilidad no tan elegantes- permite, por ejemplo, a los ingenieros diseñar presas que resistirán lluvias cercanas al diluvio universal, o -¡ehem!- centrales nucleares japonesas que resistirán tsunamis cercanos al Apocalipsis. Pero olvidémonos piadosamente de los ingenieros y démonos un paseo por Wall Street. O, mejor todavía, construyamos nosotros mismos otra campana de Gauss sustituyendo la altura de las personas por el porcentaje de subida o bajada del Dow Jones y el número de personas por el número de veces que ha sucedido cada una de esas oscilaciones. A la vista de nuestra flamante campana, ¿qué probabilidades hay de que el Dow Jones caiga un 70 por ciento en tres meses dos veces seguidas en tan sólo ocho años? Más nos habría valido consultar el oráculo de Delfos: la probabilidad es de un suceso cada varias decenas de miles de años. Fiasco.

Esto es lo que los inversores profesionales llaman fat tail: una probabilidad en los bordes de la campana mucho más alta de lo que la campana predice. Una empresa inversora que fundamente sus compras y ventas en la campana de Gauss está abocada, tarde o temprano, a la ruina más estrepitosa.

El problema es que, durante un tiempo que puede ser muy largo, el inversor puede engañarse pensando que sus probabilidades son las que le indican la campana de Gauss y el sentido común. Si Mr. Smith ha nacido después de 1930 y se ha jubilado antes de 2001, sus pérdidas y ganancias habrán sido estadísticamente previsibles, y Mr. Smith habrá podido retirarse con una pensión desahogada y una tensión arterial aceptable. Pero ¿podrán hacerlo también sus hijos?

La respuesta, evidentemente, es 'no'. Y la respuesta es 'no' porque, en la realidad del mundo real, los bordes de la campana de Gauss son más gruesos de lo que la teoría predice. ¿Qué quiero decir con esto? Quiero decir que, al igual que las centrales nucleares de algunos ingenieros, hay sistemas que han sido pensados para durar eternamente pero que están basados en una experiencia insuficiente. Uno de esos sistemas es la democracia.

Veamos un par de ejemplos de la vida corriente. En la barra de un bar no suele ser habitual que el camarero cobre las consumiciones antes de servirlas. Hay una convención tácita en virtud de la cual el cliente no saldrá corriendo en cuanto se beba su cerveza. Es cierto, siempre habrá algún que otro listillo que se escabullirá sin pagar su consumición, pero el número de tales clientes será aceptablemente pequeño (los bordes de la campana) y no valdrá la pena convertir los bares en campos de concentración para rebañar tan magras pérdidas.

También en los aeropuertos la campana de Gauss fue válida durante muchos años. ¿Quién iba a pensar que a un desaprensivo se le podía ocurrir secuestrar un avión para llevárselo a Cuba, o convertirse en una granada humana y tirar de la anilla en uno de los asientos de la clase turista? Sin embargo, empezó a suceder, y la libertad en los aeropuertos tuvo una existencia más efímera que en los bares. Poco a poco, la paranoia que había empezado en los aeropuertos se fue extendiendo a edificios oficiales, cajeros automáticos, túneles de metro, urbanizaciones, autopistas o discotecas, y empieza a haber ya muchos establecimientos que sí cobran la consumición antes de servirla. No nos damos cuenta, pero nuestras sociedades, todavía nominalmente democráticas, se van haciendo cada vez más totalitarias.

Es más, muchos ciudadanos están asumiendo de buen grado funciones hasta hace poco reservadas a la policía. La recepcionista del podólogo o la cajera del supermercado te exigen el documento de identidad, el empleado del banco recaba celosamente tu fecha de nacimiento, dirección, situación laboral y otros datos hasta hace poco intransferibles, y hasta el peluquero quiere conocer tu teléfono y tu dirección de correo electrónico. Allá en el fondo de las tinieblas, atisbando tras la mirilla de las puertas del infierno, el padrecito Stalin no cabrá en sí de gozo.

Si uno lo piensa un poco, la única diferencia entre la dictadura y el fascismo estriba en que la dictadura es impopular. Por eso el fascismo no es incompatible con la democracia, que es -por definición- el gobierno de la mayoría. Ciertamente, la separación de poderes es también un rasgo insustituible de las democracias, pero hay países, como España, en los que la separación de poderes es una entelequia y nadie en la comunidad internacional parece darse por enterado. En cualquier caso, el verdadero problema ahora no es votar o no votar. El verdadero problema ahora es la libertad.

En los último tiempos he oído todo tipo de comentarios, generalmente desatinados, sobre la proliferación de atentados en Europa. El más desconcertante de todos afirmaba que tenemos que aceptar un aumento masivo de los controles policiales "para asegurar nuestra libertad". Es decir, tenemos que perder nuestra libertad para asegurar nuestra libertad. A ver cómo se come eso.

Una sociedad que confunde seguridad con libertad es, como mínimo, una sociedad enferma, y a eso es a lo que estamos llegando. En parte, es una consecuencia natural de medio siglo de socialdemocracia. La socialdemocracia es la variante 'presentable' del populismo en nuestros días, y está basada en tres principios:

1 - Hay ciudadanos inferiores a otros ciudadanos. Los ciudadanos inferiores son aquellos que no son capaces de ganarse la vida por sí solos y, por lo tanto, no son responsables de sus propios actos. Es el mismo argumento que esgrimen implícitamente las feministas (la mujer no puede ser responsable de su propia defensa porque es un ser inferior) y que en su momento esgrimieron los esclavistas (los negros no pueden ser dueños de sus vidas porque son inferiores a los blancos).

2 - Los votos de los ciudadanos inferiores se consiguen gastando en ellos más de lo permisible. Es decir, endeudándose. En la práctica, estos dos principios se resumen en una política muy simple: quitar dinero a los que más se esfuerzan para dárselo a los que menos se esfuerzan. Al desalentar el esfuerzo y la responsabilidad individual, esta política genera un número creciente de ciudadanos inferiores, que a su vez se traduce en un número creciente de votos.

3 - Para pagar la deuda que permitirá comprar votos de los ciudadanos inferiores es necesario recaudar los impuestos suficientes, y para eso hay que aumentar perpetuamente el gasto total. En términos más técnicos, lo que los economistas llaman la demanda agregada. En la economía socialdemócrata no se trata tanto de que las empresas inviertan adecuadamente como de que los ciudadanos consuman sin tregua. Y es esa enorme posibilidad de consumir a troche y moche lo que los ciudadanos confunden con la libertad.

Pero en la realidad del mundo real cada vez somos menos libres. La campana de Gauss es válida para un mundo ideal, un mundo rousseauniano en el que todos somos buenos excepto los cuatro o cinco descarriados que ocupan los extremos de la campana. Para controlar a esos pocos basta con unas cuantas cárceles y un cuerpo de policía de tamaño regular. Para controlar a cinco mil extremistas dispuestos a todo se necesita, simplemente, un Estado policial.

Y en eso estamos.

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sábado, 26 de septiembre de 2015

El refugio

Apenas abrió la puerta para bajar al supermercado, un tipo alto y rubio entró tranquilamente en su casa y se fue derecho al salón. Encarna se quedó petrificada. ¿Sería un ladrón? Escuchó atentamente, pero en el salón no se oía ningún ruido. Aguardó todavía un par de minutos, con el picaporte en la mano, y luego, sobreponiéndose al miedo, avanzó sigilosamente por el pasillo y se asomó al salón. El hombre se había dejado caer en el sofá y se había quedado dormido. Parecía cansado, y tenía un aspecto inofensivo. El miedo de Encarna se transformó en desconcierto. La mujer se dirigió de nuevo a la puerta y salió, procurando cerrar con suavidad para no despertarlo.

En cuanto llegó al portal sacó el teléfono del bolso y marcó el número de la policía.

"¿Es alto y rubio, con los ojos azules?", inquirió la voz del policía al otro lado del teléfono.

"Sí", asintió Encarna.

"Es un refugiado", dijo el policía en tono rutinario. "Ha estallado una guerra terrible entre Suecia y Dinamarca, y hay muchos como él que están huyendo de su país. Haga lo que pueda".

Sin darle tiempo a responder, el policía colgó. Los ojos de Encarna se humedecieron. Pobre hombre. La mujer abrió el monedero y contó el dinero que tenía reservado para hacer la compra. En lugar de pescado fresco, compraría unas latas de atún. Y una barra más de pan. El refugiado parecía buen mozo, y seguro que comería con apetito.

Al regresar a casa, el refugiado se había despertado y estaba mirando la tele. Al ver entrar a Encarna sacó un teléfono del bolsillo y, haciendo señas, le pidió la contraseña de la wifi. Encarna, todavía un poco temerosa, se la apuntó en un papel. El hombre tecleó el código en el teléfono, seleccionó un contacto y se puso a hablar con alguien, casi a gritos. Encarna, sin decir nada, se fue a la cocina y empezó a preparar la comida.

A mediodía, en cuanto oyó la llave girando en la puerta de entrada, Encarna corrió hasta el recibidor para explicarle la situación a su marido.

"Espera, Manolo. No te vayas a asustar. Tenemos un refugiado en casa. Por lo visto, hay una guerra..."

"Sí, entre Suecia y Dinamarca. Ya me he enterado en la oficina. Es terrible. Pobre gente..."

Entraron juntos al salón. La tele seguía encendida, y el refugiado miraba ahora con gran interés una película de romanos. Contestó al saludo de sus anfitriones con un leve movimiento de cabeza y siguió mirando la tele.

El matrimonio se retiró a la cocina.

"Tendrá que dormir en el sofá", susurró Encarna. "No tenemos ninguna habitación libre".

Su marido asintió, pensativo.

"No te preocupes", dijo ella, adivinando su preocupación. "Ya nos arreglaremos".

A las cuatro de la tarde, Manolo se marchó otra vez a la oficina. Para Encarna era la hora de la telenovela, pero el refugiado se había vuelto a sentar en el sofá y zapeaba frenéticamente. Por fin, encontró una película de romanos. Se arrellanó y, mirando a Encarna, con fuerte acento nórdico exclamó:

"Kafé!"

La mujer le hizo un café, pero no se atrevió a sentarse junto a él. Se lo dejó en la mesita del salón y, mientras en la pantalla un centurión flagelaba cruelmente a una prisionera, salió discretamente de casa, bajó dos tramos de escalera y llamó a la puerta de Cecilia, la vecina del segundo.

"¿Vas a ver la telenovela? Es que tengo un refugiado en casa y..."

"Qué me vas a contar. Yo tengo dos. Precisamente ahora pensaba subir a tu casa a ver la telenovela..."

Cecilia y Encarna pasaron esa tarde en el cuarto de planchar, haciendo sopas de letras.


Por la tarde, Manolo llegó un poco antes de lo habitual. Esa noche había un partido de fútbol que no se quería perder. Pero el refugiado estaba mirando con gran interés un programa de bricolaje.

"Football, no", gesticuló el nórdico con displicencia. "Bricolage!"

Después de cenar, el refugiado se tumbó en el sofá y buscó en la tele una película de romanos. Encarna le echó una manta por encima, y ella y Manolo se recluyeron en el dormitorio. Cuando Encarna se metió en la cama, Manolo se acababa de quedar dormido haciendo sudokus.

A la mañana siguiente, Encarna despertó sobresaltada. Manolo se había ido a la oficina, y se oía un gran estrépito en la escalera. Se puso la bata y las zapatillas y salió a averiguar qué pasaba. En el sofá, el refugiado roncaba plácidamente.

Remigio, el jubilado de la puerta de enfrente, estaba ya en el rellano, mirando con inquina por el hueco de la escalera.

"Es Onofre, el del primero. Hay una familia de refugiados que quiere entrar a su casa, y él no les deja".

Allá abajo se oían imprecaciones en danés y tremendos golpes en la puerta del recalcitrante vecino. Evidentemente, la familia de refugiados no se conformaba. Por fin, la puerta del vecino se abrió y el perro de Onofre, rugiendo ferozmente, saltó sobre los refugiados. Se oyeron gritos.

"Es un desalmado", censuró Encarna.

"Es un fascista", puntualizó Remigio, con desdén. Y se volvió a meter en su casa.

Varios meses después, el número de fascistas en el país ascendía sólo a un 31%, según las noticias de la televisión. El concepto de 'fascista', sin embargo, estaba siendo revisado. Ahora, fascistas eran ya los que no admitían más de dos refugiados en su casa. Por eso, cuando una mañana de diciembre Encarna abrió la puerta para ir al supermercado y se encontró con aquellas dos mujeres embarazadas, las dejó pasar. Al encontrarse con el rubio compatriota en el sofá mirando una película de gladiadores, las mujeres lo saludaron efusivamente. Se entabló una animada conversación en danés. Encarna examinó compungida el contenido de su monedero, suspiró, y se marchó al supermercado.

Para entonces, ya todo el mundo sabía que a los refugiados sólo les gustaban las películas de romanos. Es más, les repugnaban los thrillers, los romances, los deportes y la ciencia ficción. En nombre de la multiculturalidad había que respetarlos, de modo que Encarna y Cecilia se pasaban las tardes haciendo sopas de letras en un banco del parque y Manolo se reunía con los vecinos en el bar de la esquina para ver los partidos de fútbol.

Hasta que los refugiados empezaron a frecuentar también los bares. El Gobierno les había asignado una pequeña subvención mensual, y ahora en muchos bares sólo se podían ver ya películas de romanos. O programas de bricolaje. Que fue lo que terminó sucediendo en el bar de la esquina. Cuando Manolo se encontró por primera vez en la pantalla con unas cuadrigas romanas en lugar del estadio del Celta, su corazón dio un vuelco. Su suerte estaba echada. Pero el dueño del bar se acercó sigilosamente a él.

"Ven", le dijo en voz baja, secándose las manos en el delantal.

Manolo lo siguió hasta la trastienda. Allí, entre barriles de cerveza y cajas de refrescos apiladas hasta el techo, unos cuantos vecinos jaleaban a un defensa del Celta de Vigo aguantándose las ganas de gritar. No habría sido la primera vez que los refugiados denunciaban una algarada en una trastienda, y todo el mundo sabía cuáles eran las consecuencias: la policía cerraba el bar.

Pero si la policía cerraba el bar los refugiados se quedaban sin ver la nueva versión de Quo Vadis recién salida de Hollywood, de modo que el Parlamento aprobó una nueva ley de 'discriminación positiva': todo establecimiento público en el que se molestase a algún refugiado sería inmediatamente requisado y entregado a una familia danesa.

De todos modos, eran pocos los partidos de fútbol que Manolo podía ver en la trastienda. De lunes a viernes tenía que asistir obligatoriamente a clases de danés, que acababa de ser designado lengua cooficial. Para entonces, Manolo y Encarna dormían ya en la cocina. El dormitorio y el salón estaban ocupados por refugiados, y por las mañanas Manolo tenía que sortear cuatro o cinco sacos de dormir para llegar hasta la puerta.

Lo peor de todo eran los gastos. Además de comer como limas, los refugiados se duchaban constantemente, y las facturas de luz y agua habían llegado a ser exorbitantes. El Gobierno daba una ayuda mensual a los refugiados, pero no a sus hospedantes, y finalmente sucedió lo inevitable: una buena mañana cortaron el agua.

Esa misma tarde, un reportero de Danish TV, una emisora de televisión local, se presentó ante la puerta de Encarna, dispuesto a filmar la situación angustiosa en que habían quedado aquellos pobres refugiados. Encarna no supo responder a las preguntas en danés que le hizo el periodista, y esa misma noche, mientras los refugiados contemplaban plácidamente en la pantalla cómo construir una caseta para perros en el jardín, la emisora interrumpió la programación para mostrar imágenes estremecedoras de refugiadas fregando en la cocina de Encarna con agua embotellada.

Cuando la policía, rodeada de una nube de periodistas, llegó al domicilio para detener al matrimonio, los cuerpos de Manolo y Encarna yacían ya aplastados sobre la acera. Como vivían sólo en un tercero, habían tenido la precaución de arrojarse desde la azotea. En las ventanas y balcones del edificio, docenas de refugiados, asomados, miraban con sorna.


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sábado, 11 de julio de 2015

Patrias

Con el patriotismo me ha pasado siempre como con el football o la religión: me ha resbalado. Habiendo nacido en un país en el que los sentimientos patrióticos despiertan tan tempestuosas (y pintorescas) pasiones, más de una vez me he tenido que preguntar de dónde demonios soy, pero nunca he encontrado una respuesta clara.

Suponiendo que todo el mundo tenga que ser de algún sitio. Es cierto que todos tenemos por lo menos una lengua materna. Los colores, sabores y olores de nuestra primera infancia marcaron, querámoslo o no, un punto de partida en nuestra personalidad. Los árboles o su ausencia, las lluvias o las nieves o las tardes sofocantes, la playa, la selva, la sabana, el collado, el valle, las aceras o la ladera de un volcán fueron el primer paisaje que conocimos y exploramos. En alguno de ellos hicimos nuestros primeros amigos, aprendimos a usar el tenedor o los palillos, oímos el primer chiste, la primera leyenda y la primera canción, y besamos por primera vez a una chica. ¿Es eso el patriotismo?

No estoy seguro. Parece dudoso que la suma de todos esos recuerdos entrañables justifique, por ejemplo, la obligatoriedad de pagar impuestos o de ir a una guerra. Pero sin duda estoy simplificando. La nación -nos dirán- es mucho más que una suma de sentimientos personales. Es también una historia común, unas costumbres, un sentido del humor, una cierta forma de interpretar la realidad -o, más bien, de deformarla-, un tipo de familia y una estructura de poder. Y seguramente muchas más cosas que ahora mismo se me escapan. Y que, sinceramente, me traen sin cuidado.

Centrifugar antes de lavar

En esto del sentimiento nacional, España es un país muy raro. Probablemente todos hemos visto, en la película Casablanca, aquella escena tan emotiva en que los parroquianos del café de Rick consiguen acallar con su Marsellesa los sones marciales que han empezado a entonar unos militares alemanes. Al final de la escena, los gritos de "Vive la France!" son ahogados por una vehemente salva de aplausos. En los años 70, en el Reino Unido todavía se interpretaba el himno nacional antes de comenzar cualquier espectáculo público -¡incluso en el cine!-, y todos los presentes se ponían de pie y guardaban silencio solemnemente. En España, en cambio, cualquier persona que exclame "¡Viva España!" o enarbole una bandera nacional es... 'un facha'.

"España es el país más sólido de Europa" -dijo en cierta ocasión Bismarck-. "Lleva siglos intentando destruirse, sin conseguirlo". Bismarck no tuvo en cuenta la erosión permanente de un país que nunca se reconcilia consigo mismo, y no hay razones para pensar que la dinámica autodestructiva de aquel imperio en el que nunca se ponía el sol haya tocado fondo. Mientras no vea billetes de cinco euros impresos en Jumilla, en Baracaldo o en Lloret de Mar no me quedaré tranquilo.

¿Es grave, doctor?

Los nacionalismos provincianos son francamente molestos porque son, en su humilde provincianismo, fastidiosamente fascistas, pero para los que no tenemos raíces, sino piernas, son en fin de cuentas evitables. Ahora bien, yo no soy de ningún equipo de football, no tengo ideología política, a veces pienso en otros idiomas y me gusta tanto el blues como las soleares. What on earth is wrong with me?

Quizá movido por esa reprobable convicción de que la libertad consiste en no atarse a nada, he decidido hacer una lista de mis distintas 'nacionalidades', o como quieran ustedes llamarlo. No es una lista exhaustiva, pero tal vez me sirva para aclarar ideas.

Lista de mis sentimientos de pertenencia a una patria

Historia. Confieso que la historia de España me trae sin cuidado. En un tiempo me interesó la guerra civil (la de 1936), porque todos mis amigos eran de izquierdas y reivindicaban la segunda República. Pero, a fuerza de leer, llegué a la conclusión de que la derrota de Franco habría traído consecuencias mucho peores que su victoria, y el tema me dejó de interesar. De ahí hacia atrás, todo lo que he leído de la historia de España me parece un esperpento. Quizá por esa razón, apenas lo termino de leer se me olvida.

Del resto del mundo me interesan los grandes procesos: la caída del Imperio Romano, el ascenso del cristianismo, la era del colonialismo, las dos guerras mundiales, los grandes totalitarismos. De Esparteros, ni el caballo. Sorry.

Gastronomía. Si por gastronomía fuera, yo soy más mexicano, chino o indio que español. Es cierto, la tortilla de patatas o la paella son deliciosas, pero cualquier modesta enchilada, ku-bak o biryani las deja a la altura del betún. Sorry.

Literatura. Como he leído más literatura en español que en cualquier otro idioma, mis juicios a ese respecto no pueden ser objetivos. Por eso en mi vertiente de lector de ficción sí que encuentro un atisbo de patriotismo. El Quijote me parece una fantasía cruel e innecesaria, pero me fascina la vivisección pasional de la Celestina, me embriagan las lentas libaciones de Góngora y Vicente Aleixandre, me quito el sombrero ante Leopoldo Alas y Pérez Galdós, y me sumerjo con deleite en las entrañables narraciones de don Pío. Don Pío Baroja, bien sûr.

Sin embargo, también soy un poco francés gracias a Stendhal, Flaubert, Camus, Maupassant y Radiguet, un poquito germánico gracias a Zweig, Böhl, Kubin o Canetti, y no poco anglosajón por obra de John Donne, Raymond Chandler, George Orwell o James Cain. No, no me gusta Shakespeare, con sus grandilocuentes tratados sobre el poder, la honra y el honor. Un pelmazo.

También soy un poquito italiano (Petrarca, Buzzati), portugués (Eça de Queiroz, Camoens), suizo (Max Frisch) e incondicionalmente homérico, e incluso un poquitito ruso (Brodsky), aunque coincido con Nabokov en que Dostoievski no era realmente un escritor, sino un psicópata. Las novelas de Tolstoi, sí, son bastante eficaces... como somnífero.

Arte. En música y en pintura sí que se desdibujan completamente mis sentimientos patrióticos. Por lo que a la pintura se refiere, soy de la misma patria que Vermeer van der Delft, Brueghel el Viejo, Kandinski, Caravaggio, Hopper, Juan Gris, el Goya más siniestro, Derain y Rousseau el aduanero. Entre otros muchos, por supuesto. ¿Qué patria será esa, tan extensa? A saber...

Mi patria musical es, naturalmente, la más dilatada en el espacio y en el tiempo. Desde las Recercadas de Diego de Ortiz hasta el blues más primigenio, y desde Hoagy Carmichael hasta la Música para cuerda, percusión y celesta de Béla Bartók, mi patria musical es un firmamento cuya estrella más brillante se llama Johann Sebastian Bach. Genug! *

Pensamiento. Los filósofos siempre me han parecido unos farsantes obsesionados con su propio ombligo, pero la patria de da Vinci, Ayn Rand, Diógenes y Zenón de Elea, sea cual sea esa patria, es también la mía. En la vertiente intelectual, debo confesarlo: no soy nada francés. Désolé.

Ciencia. ¿Cómo es posible amar la ciencia y sentirse español? Respuesta: más o menos como dormir a pierna suelta y sentirse ganador de un pentathlón. Por eso, en lo que a ciencia se refiere, yo soy apasionadamente newtoniano y galileico, pero también siento que mi patria es la misma patria de Leibnitz, Einstein, Bourbaki, Euler, Maxwell, Bohr y tantos otros.

No, la lingüística no es una ciencia. Todavía.

Geografía y clima. Aquí es donde se puede ver, en negro sobre blanco, mi esquizofrenia patriótica. A menudo lo resumo diciendo que mi cerebro está en la Europa central, pero mi corazón está en el Mediterráneo.

Puntualización. Mi Mediterráneo es una quimera. Es el Mediterráneo de Homero y las sirenas, de dialectos latinos y mercaderes exóticos y embarazos indeseados, de playas sin turistas, de higueras y olivares, de Domenico Modugno y de mis días infantiles. Pero ese Mediterráneo ya no existe. Es la mitad de mi patria, y es una quimera.

¿Quién ha dicho que una quimera no puede ser una patria?

Resumen y conclusión

Como dijo una vez el japonés de Nipón Café: ¡No hay naciones!

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* En español: ¡Basta!  Es una alusión al aria 'Ich habe genug", una de las más bellas composiciones de Bach.

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jueves, 23 de abril de 2015

Músicas en Veracruz

Ocres y café

Dejamos atrás Xico y ponemos rumbo a Coatepec. Por el camino, nos detenemos en un barecito con una pequeña veranda elevada ocupada por tres o cuatro mesas sin clientes. La temperatura es primaveral, y lo que en el paisaje era una presencia invisible se materializa ahora, en el interior del bar, en un mostrador con generosas variedades de café. Veracruz es una región de cafetales, pero lo que yo ansío explorar son los cultivos de vainilla. "Eso es al norte, en Papantla", me informa el vendedor. Pero está demasiado apartado de nuestro camino, y me tengo que conformar con comprar un paquete de café de Veracruz, que en la taza es sobrio, aunque denso y perfumado. El sabor del café de Veracruz recuerda los ocres de muchas fachadas mexicanas, de colores a menudo atrevidos pero nunca crudos ni chillones.

Hay una bella armonía en la policromía de las calles de este país, pese a que cada uno pinta su casa como le place, sin atender a modas. Ese individualismo se percibe también en la infinita diversidad de las tiendas, taquerías y talleres que ribetean las aceras de casi todas las calles. En muchos aspectos, México es el paraíso del anarquista. En otros aspectos no, claro, pero esa satisfacción de ser quien uno es, sin preocuparse por lo que piensen sus semejantes, es un ingrediente exótico en el mundo hispano, por lo general tan refractario a las maneras anglosajonas.

Ni que decir tiene que las relaciones humanas en México son también muchísimo más corteses que en la brutal y grosera España, donde hasta la operadora telefónica que te llama para venderte el último crecepelo te trata como si se hubiera acostado contigo la noche anterior (aunque se ofenderá muchísimo si se lo haces notar). En cuanto a las palabrotas... pues no más hay que saber usarlas, güey.

Pirotecnia a cámara lenta

El centro de Coatepec es una explosión de colores. Todos los ángulos, todos los rincones y terrazas y paseantes y vendedores ambulantes son escenas que uno desearía retener para siempre en la memoria. Globos, flores, vestidos regionales bordados a mano, caramelos, carretas de mangos y mameyes, chapulines fritos, especias, manzanas caramelizadas, pulseras, juguetes, agua de coco, terrazas y pozolerías y taquerías y pulquerías... Aprieto en todas direcciones el disparador de mi cámara fotográfica, más que por atesorar estos recuerdos por exprimir hasta la última gota del presente. Este domingo, Coatepec está lleno de forasteros que han venido, seguramente de Jalapa o de Veracruz, a pasar aquí el día.

De regreso a la capital, descubrimos en una primera planta, sobre la calle principal, un restaurante para mí perfecto: la Fonda de Jalapa. Es una fonda sencilla y auténtica, de ambiente familiar, con mesas y sillas rústicas, y decorada con hermosa artesanía jalapeña. Mientras saboreo una enchilada verde en uno de sus balcones, el aire, hasta ahora tibio, se enfría rápidamente: está anocheciendo. "Si no te gusta el clima de Jalapa, no más espérate dos minutos..."

Calor y ceviche en Boca del Río

A la mañana siguiente partimos para Veracruz. A medida que nos acercamos al nivel del mar, la temperatura aumenta hasta cobrar intensidad caribeña. Y la luz del sol, también. Hay que aligerarse de ropa y poner en marcha el aire acondicionado. Mientras contemplo discurrir la llanura inundada de luz se apodera de mí una lenta impaciencia. En este viaje, Veracruz es mi Ítaca, una Ítaca que ningún Homero ciego acertaría a describir. Estamos ya muy cerca, y todos tenemos hambre. Pero valdrá la pena esperar hasta llegar al hotel, que está en Boca del Río, donde mis amigos conocen un restaurantito encantador, junto al mar, que ya frecuentaba Chucho Navarro en tiempos inmemoriales.

En Boca del Río hace calor. Se agradece la brisa del mar y la cerveza fresca, y en el restaurante nos sirven un pescado frito, recién pescado, que nos comemos con deleite. Durante el primer cuarto de hora, todos los vendedores ambulantes se acercan a nuestra mesa con los productos más variopintos. Los pasteles que nos muestra uno de ellos están diciendo comedme, pero nosotros todavía no hemos llegado al postre. También él tendrá que esperar.

A las cuatro de la tarde Boca del Río es una sartén, pero el calor no nos arredra, y nos apartamos de los soportales para aventurarnos a pasear por la explanada, junto al mar. No somos los únicos. Ha querido la casualidad que esa tarde los Voladores de Papantla estén a punto de escenificar ante nosotros el espectáculo que les da ese nombre. Encaramándose por un poste de unos treinta metros, cuatro indios ataviados ceremonialmente se disponen a volar en círculos hasta regresar al suelo. Aguardamos hasta el aterrizaje, y después reemprendemos camino hacia el mayor de todos los espectáculos: el puerto de Veracruz. Al atardecer.

Un tren al arco iris

Todavía hace calor, de modo que nos aposentamos un buen rato en La Parroquia, la cafetería legendaria del puerto, donde es casi obligado tomarse un "lechero" (café con leche) con churros o pasteles y disfrutar del ambiente, familiar y distendido. Cuando el sol empieza a ocultarse tras los edificios, salimos a la calle y respiramos el aire húmedo que nos regala el atardecer. A lo largo del muelle hay largas hileras de puestecitos ambulantes abarrotadas de paseantes. Mientras aquí y allá unos y otros cantan sus mercancías, de cuando en cuando alguna india extiende frente a nosotros hermosos vestidos tradicionales bordados a mano.

Junto al mercado hay estacionados dos o tres trenecitos talabarteados de bombillas de colores, con un letrero luminoso en su centro que reza "Veracruz". El puerto ahora, invadido por multitudes y cuajado de luces, semeja una miniatura de Las Vegas. Por fin, doblamos a la izquierda y nos internamos en el verdadero corazón de Veracruz: la plaza de la Catedral.

En lo alto de la Catedral están sonando las campanas, que se funden armoniosamente con los ecos de los acordes allá abajo, en la plaza. Bandas de música, acordeonistas, grupos vocales, espontáneos tocando maracas, trompetas o marimbas llenan con sus melodías todos los espacios de la amplia plaza, donde los niños juegan, los adultos compran globos o disfrutan el aire tibio de la noche nueva y, bajo los soportales, una pareja se ha puesto espontáneamente a bailar, muy apretados, al ritmo del son de una orquestilla cercana. Si esto no es la felicidad, ¿qué es lo que le falta?

Bañarse vestido

Sólo un día ha durado nuestra estancia en el puerto de Veracruz. No había tiempo para más, y a la mañana siguiente tenemos que regresar al DF, aunque en el último momento decidimos desviarnos de la autopista para visitar el balneario de El Carrizal. En el fondo de un valle frondoso, a varios kilómetros de un pueblo que parece salido de una película del Far West, encontramos por fin el balneario, donde mis amigos, siempre tan extravagantes, se proponen darse un baño de aguas sulfurosas. Personalmente, no tengo el menor interés por las aguas sulfurosas, por lo que decido aguardar a que cumplan su ritual comiéndome unos chilaquiles con cerveza Indio en el único restaurante del lugar, aspirando entre tanto el fétido olor a huevos podridos y soportando, a pocos metros, los ladridos neuróticos de un perro igualmente neurótico.

Tanto en la piscina sulfurosa como en la normal, observo que la gente se baña vestida. Nadie sabe explicarme por qué. Al otro lado del restaurante, el resto del balneario es un inmenso merendero en cuyas mesas extienden las familias sus propios manjares, que han traído en tarteras, bolsas y neveritas de mano. Apenas termino de comer, me alejo de las emanaciones sulfurosas y me tiendo sobre un montículo de hierba fresca, junto a la entrada del balneario, a donde al poco rato llegan mis sulfurados amigos.

Camiones y bocadillos de jamón

La última parte del viaje se nos hace muy pesada. Tenemos el sol de cara, y en la autopista el tráfico empieza a ser denso. Más por hacer un alto que por matar el hambre, nos desviamos unos kilómetros y nos detenemos en un lugar llamado Perote, al que mis amigos se refieren como el pueblo "español". Por alguna razón misteriosa, la calle principal de Perote, recorrida por una caravana incesante de camiones gigantescos y rugientes, está salpicada de restaurantes con comida española. En uno de ellos, decorado con vetustas fotografías de toreros y una de Covadonga en blanco y negro, compramos unos bocadillos de jamón y queso manchego y nos disponemos a seguir camino.

Nunca antes había comido un bocadillo de jamón con cebolla (y nunca lo volveré a comer), pero eso es lo de menos. Hemos estirado las piernas, y entre tanto, allá lejos, el sol se ha ocultado por fin tras las imponentes cumbres de la Sierra Madre. Pero al entrar en el DF el tráfico se convierte en un espeso atasco, y cuando por fin se diluye por las arterias de la inmensa ciudad descubrimos que hemos tomado una dirección equivocada. Estamos perdidos. Ciudad de México. Noche cerrada. Veintidós millones de habitantes. Kilómetros de calles tenebrosas y desiertas. Territorio desconocido.

Tarde o temprano encontraremos nuestro camino, pero yo no puedo evitar pensar que, si nos quedamos sin gasolina en uno de estos barrios, más nos valdrá tener a mano un manual de supervivencia. Por fortuna, la gasolina no se nos acaba, y nuestra conductora encuentra finalmente una dirección conocida.

A las once de la noche, agotados, llegamos por fin a casa.

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