jueves, 18 de julio de 2019

Abrir los ojos

Acabas de abrir los ojos, por primera vez. Bienvenido. No estarás solo, o al menos ya ha hay otros aquí que han llegado antes que tú. Quizá estás asustado. Lloras. Todavía no entiendes nada. No distingues formas, ni sonidos, y ahora estás respirando. Es una sensación nueva. Descansa un poco. Te duermes.

Aún no lo sabes, pero era casi imposible que existieras. Antes de existir eras sólo una combinación, una sola, entre trillones de trillones de combinaciones posibles, pero ahí estás, vivo, llorando, manoteando, buscando un pecho materno, durmiendo. Cualquier mínimo retraso o adelanto en la maquinaria de la realidad, cualquier imprevisto sutil, cualquier otra densa sucesión de acontecimientos macroscópicos y microscópicos habría generado una complejidad diferente a la tuya. O ninguna.

Y sin embargo ahí estás, completo, funcionando igual que millones de semejantes a ti desde tiempo inmemorial. Crecerás, encontrarás una talla de ropa para tu cuerpo, los demás te verán guapa, o distraído, o glotón, pero no tendrás colmillos de elefante, caparazón de tortuga, aletas de delfín.

Al principio, cuando empieces a entender, no podrás comparar. Tu universo será tu única realidad, y de ella te irás desgajando poco a poco cuando empieces a comprender que el placer y el dolor no forman parte de ti. Vienen de afuera, y a veces los puedes perseguir, o evitar.

No siempre. Aunque tú no lo sepas, todavía sigues jugando a la lotería de la vida. Has nacido donde te ha tocado nacer, y eso nunca lo vas a poder cambiar. Ninguno de nosotros hemos podido escoger. Puede que te haya caído en suerte un padre autoritario o ensimismado, una madre posesiva, supersticiosa o amorosa, unos hermanos o unos tíos o unos abuelos divertidos, entrañables o maniáticos. Y todos ellos te depararán placer y dolor, a partes desiguales. Bienvenido al barco de la vida.

Si eres fuerte, conseguirás sobreponerte a los reveses. Si eres débil, sucumbirás, o construirás una fortaleza de actitudes en la que sobrevivir. Pero, durante muchos años todavía, nadie podrá cambiar esa realidad estadísticamente improbable en la que has nacido. Si tienes suerte, te protegerán y te enseñarán a navegar. Si no la tienes, tendrás que aprender tú solo. Puede que tengas que invertir una energía desproporcionada durante parte de tu vida. Incluso es posible que nunca aprendas a manejar bien el timón y embarranques, o naufragues en la más leve tormenta. Todo eso forma parte de la grandeza --y de la miseria-- del viaje de la vida.

Me gustaría tanto ayudarte. Yo también he tenido que aprender muchas cosas que nadie me enseñó, y que a ti ahora te ayudarían a encontrar un rumbo. Pero raras veces podré hacerlo. Esa misma ruleta gigantesca que mueve el mundo tendría que entrecruzar nuestros caminos en el lugar y en el momento propicios, y eso casi nunca ha sucedido. Sí, es cierto, ha sucedido, porque yo he jugado ya en muchas mesas de muchos casinos, pero también más de una vez he perdido después de haber ganado. ¿Sabes? No puedes dejar de apostar porque, si te resistes a nadar, te arrastrará el río de la vida.

Te deseo mucha suerte en ese viaje nuevo que, sin tú quererlo, acabas de emprender. Puedes estar seguro de que no habrá, nunca, ningún otro barco navegando con el mismo rumbo que el tuyo. Y por eso, aunque ahora tal vez no te lo parezca, estarás siempre, esencialmente, solo.

Que los vientos te acompañen.

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miércoles, 5 de junio de 2019

Minorías

Anoche, justo antes de irme a acostar, encontré en la Web unos datos que me parecieron curiosos. Resulta que el porcentaje de transexuales en la población mundial es prácticamente el mismo que el de personas que padecen acondroplastia: 4,5 por cada 100 000 habitantes.

¿Y qué es la acondroplastia?, se preguntarán ustedes. Pues es un trastorno del crecimiento que impide que una persona llegue a alcanzar una estatura razonablemente normal. En otras palabras, lo que siempre hemos llamado 'enanos'. Me fui a la cama pensando en esos datos, y esta mañana he despertado de un curioso sueño.

En mi sueño, el gobierno tomaba conciencia por fin de la terrible discriminación de que son objeto los pobres enanos, y adoptaba medidas radicales para terminar con tan injusta situación. Para empezar, la palabra 'enano' quedaba prohibida. Había que hablar siempre de 'personas de estatura baja'. Al referirse a los ciudadanos, los políticos tenían que decir siempre 'ciudadanos y ciudadanas de estatura alta y baja'. En las empresas, la discriminación por razones de estatura se convertía en una falta grave, y en los presupuestos del Estado se incluía inmediatamente una partida destinada a la defensa de las personas de estatura baja.

Gracias a la nueva partida presupuestaria, se creaban centenares de asociaciones de estudio y promoción de las personas de estatura baja: bufetes de abogados especializados, observatorios, centros de investigación, organizaciones, fundaciones. En los colegios, los libros de texto debían obligatoriamente resaltar la existencia de personas de distintas estaturas, y se promulgaba una ley que obligaba a las asociaciones de personas de estatura baja a acudir a las clases para explicar a los niños esa realidad social. Además, una vez al mes los alumnos debían caminar durante los recreos en cuclillas, para que tomaran conciencia de cómo se veía el mundo desde una altura más baja y del estigma que padecían las personas de esa condición.

Amparadas por la nueva legislación, las primeras personas de estatura baja conseguían por fin acceder a ocupaciones hasta entonces inimaginables. La conquista más sonada la lograban en el mundo del deporte. Tras ganar varios pleitos contra equipos de baloncesto que se resistían a aceptarlas, empezaron a verse personas de estatura baja en la liga de baloncesto. Al principio, algunos espectadores expresaban su descontento con abucheos, ya que las personas de estatura baja entorpecían mucho el desarrollo del juego, pero esos espectadores eran denunciados por delitos de odio y acababan en la cárcel. En poco tiempo, no sólo nadie se quejaba del aburrimiento en que se habían convertido los partidos, sino que todo el mundo --es decir, todos los ciudadanos y ciudadanas de estatura alta y baja-- hablaba elogiosamente de las personas de estatura baja, incluso aunque las conocieran y supieran que eran unos canallas.

El problema se agudizó cuando algunas personas de estatura baja declararon que no se identificaban con la estatura que la sociedad les había asignado. Había, pues, dos tipos de personas: las que se identificaban con su estatura real, y las que se rebelaban contra una imposición social injusta y vejatoria. Estas últimas aseguraban que en realidad ellas eran altas, y no tenían por qué aceptar que las clasificaran como 'de baja estatura'. La sociedad estaba dominada por las personas de estatura alta, que detentaban el poder y desde temprana edad inculcaban en los niños el modelo supremacista de estatura alta.

El gobierno, que gracias a las millonarias subvenciones a la ideología de talla había ganado muchísimos votantes, se envalentonó. Para no ser acusados de fascistas, los partidos de la oposición se subieron rápidamente al carro de la nueva ideología, y defendían acaloradamente en el parlamento el aumento de las subvenciones y la diversidad de estaturas. Llegó así un momento en que la nueva ideología no reportaba ya más votos. Entonces, el gobierno reparó en un colectivo mucho más numeroso que el de las personas de estatura baja: los afectados por el trastorno obsesivo-compulsivo.

Que representan un 1,8 por ciento de la población. Un verdadero filón. Los ministros, frotándose las manos, hacían planes, y preparaban ya una nueva partida presupuestaria para la naciente ideología TOC. Todos los locales públicos tendrían que tener un cuarto de aseo adicional en condiciones rigurosamente asépticas, para que las personas TOC no tuvieran que tocar objetos contaminados por otras personas, se crearían observatorios, nuevos libros de texto, nuevos delitos de discriminación y de odio, cuotas TOC en las empresas... Las próximas elecciones estaban aseguradas.

Menos mal que me desperté.

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sábado, 18 de mayo de 2019

Tres países imaginarios

(Introducción)

He decidido comprarme un automóvil. ¿Por cuál me decidiré?

Si soy una persona práctica, tal vez me atraigan más los coches de bajo consumo, con espacio de sobra para mi equipaje y para mi familia, sin preocuparme mucho de si son bonitos o feos. O tal vez me preocupa la seguridad, y en tal caso probablemente me decidiré por un automóvil robusto. En cambio, si lo que busco es atraer al sexo opuesto me compraré un deportivo rápido y esbelto, y con que tenga cabida para dos personas me parecerá suficiente. Aunque también puede suceder que mi vecino se haya comprado hace poco un coche despampanante y yo no quiera ser menos que él.

Sea cual sea el vehículo que compre, la decisión que finalmente tome dependerá de lo que yo más valore. En otras palabras, nuestras decisiones y nuestra forma de vida dependen en buena medida de nuestra escala de valores.

No siempre somos conscientes de esto, porque a menudo las personas con las que nos relacionamos tienen una escala de valores parecida. No en el caso de los coches, naturalmente, pero sí en otros muchos aspectos que a menudo nos pasan inadvertidos. En fin de cuentas, cada sociedad es como es porque una mayoría de sus ciudadanos tienen unos valores más o menos comunes. Quizá por eso las religiones, con sus códigos fijos de comportamiento, han sido durante siglos las grandes unificadoras de las sociedades y de las naciones.

Se podrían escribir ríos de tinta sobre el tema, pero hay dos valores cruciales que determinan en buena medida cómo es una sociedad. Esos dos grandes valores son la libertad y la dignidad. Es cierto, todos valoramos la libertad y la dignidad, pero no todos las entendemos de la misma manera. Según cómo interpretemos el significado de esas dos palabras, nos encontraremos con tres tipos de sociedad diferentes, que voy a tratar de describir imaginando tres países ideales. Ninguno de esos tres países existe en la realidad. Son modelos de sociedad exagerados, en los que todos sus habitantes entienden y valoran la libertad y la dignidad de una misma manera. En el mundo real, las sociedades que todos conocemos son, en mayor o menor grado, una combinación de esos tres modelos. A saber:

Libertonia

En Libertonia, la libertad es un tesoro. Además, la dignidad consiste en ganarse la vida con el propio esfuerzo, y quienes lo consiguen son admirados y emulados. El progreso, por lo tanto, consiste en afrontar valientemente los desafíos: vencer dificultades, resolver problemas, luchar por mejorar las cosas y la vida de las personas. Libertonios eran quienes inventaron la radio, la lavadora o el automóvil, quienes descubrieron las leyes de la física o de la biología, o quienes conquistaron los polos o el Everest.

En una pequeña ciudad de Libertonia vive Lulú, que es una cocinera excelente. Tan excelente que, atendiendo a los ruegos de sus vecinos, empieza a venderles tartas para los cumpleaños y otras celebraciones. Inevitablemente, se corre la voz por la ciudad, y Lulú cada día tiene más encargos. Tantos, que llega un momento en que apenas da abasto y, para resolver el problema, sube los precios. El negocio empieza a ser tentador porque, al haber subido los precios, Lulú gana mucho dinero con cada tarta que vende. De modo que, al poco tiempo, otros vecinos de la ciudad empiezan a cocinar tartas y a venderlas a ese mismo precio.

Tanto proliferan los vendedores de tartas que Lulú empieza a tener menos clientes. No es grave, porque el beneficio era muy alto y Lulú puede permitirse bajar un poco los precios para recuperar clientela. Aun así, el negocio sigue siendo muy atractivo, y por todas partes aparecen nuevos reposteros. Es más, algunos empiezan a ofrecer tartas innovadoras, más apreciadas por los clientes, y Lulú pronto comprende que, además de bajar los precios, tendrá que introducir cambios en su negocio. Además de ensayar nuevas recetas, se da cuenta de que, si contrata repartidores, ganará un tiempo precioso. No sólo creará puestos de trabajo, sino que tendrá tiempo para cocinar más tartas cada día. Incluso descontando lo que pague a los repartidores, calcula que podrá mantener o mejorar sus beneficios.

Al principio, los repartidores son jóvenes que se conforman con un sueldo módico y unas propinas. Los jóvenes de la ciudad están encantados, porque los demás reposteros también han echado cuentas y empiezan a contratar repartidores, igual que ha hecho Lulú. Gracias a todas esas innovaciones, la repostería sigue siendo un negocio atractivo. La clientela aumenta. Surgen nuevos cocineros, que a su vez contratan a más repartidores, y llega un momento en que los aspirantes a repartidor empiezan a escasear. Si quieren mantener su margen de beneficios, los reposteros no tendrán más remedio que pagarles más.

Es un momento crítico. Algunos no reaccionan a tiempo, empiezan a perder dinero y tienen que cerrar el negocio. Pero el afán innovador de los libertonios es inagotable, y los reposteros que sobreviven siguen introduciendo cambios para mejorar la calidad y bajar el precio. Gracias al afán de iniciativa de los libertonios, el desempleo disminuye, los precios bajan, las tartas son cada vez mejores y más variadas, los sueldos aumentan, y ahora incluso los repartidores tienen dinero para comprar tartas.

Naturalmente, el desempleo no llega a desaparecer del todo. Siempre hay personas que, por razones de salud o de edad, no pueden trabajar o no dan más de sí. Pero los libertonios son sensibles a esa realidad, y se organizan espontáneamente para ayudar a esas personas. Para ellos es doloroso ver que alguien no puede conseguir lo que ellos más valoran: ganarse la vida con su propio esfuerzo. Así que los más ricos crean escuelas, hospitales y universidades con sus propios medios. Otros donan lo que pueden a las organizaciones de caridad, o se ofrecen como voluntarios de vez en cuando para echar una mano.

Aun así, a veces entre todos no dan abasto, y cuando eso sucede el Estado se ocupa del resto, con cargo a los impuestos. Pero, debido a esa buena predisposición de tantos libertonios, los gastos que debe afrontar el Estado son muy pequeños y, por lo tanto, los impuestos son muy bajos. Los libertonios disponen de casi todo lo que ganan y, por consiguiente, consumen más y se arriesgan más a crear nuevas empresas. Es decir, generan más bienestar y más riqueza para todos. Es un círculo virtuoso. Invencible. Ellos lo llaman ‘progreso’.

Tribalonia

En Tribalonia la libertad también es un tesoro, pero sólo la mía y la de los míos. Además, para los tribalonios la dignidad consiste en que nadie les diga lo que tienen que hacer. Por eso, cuando alguien se equivoca la responsabilidad siempre es de otro. Los tribalonios hablan de izquierda y de derecha, pero son sólo apariencias. En el fondo, les da igual, porque para prosperar en la vida no tienen que hacer méritos trabajando más y mejor, sino que recurren a amistades, parientes, influencias e intercambios de favores.

En Tribalonia, la movilidad social es muy escasa, porque en la práctica es una sociedad de castas. Uno sólo puede acceder a una casta superior mediante amistades, relaciones familiares, matrimonios o intercambios de favores. Además, la honradez de los tribalonios se termina donde se termina su círculo de intereses. Fuera de ese entorno, les parece perfectamente justificada la mentira, el engaño, el soborno, la estafa y la apropiación indebida.

En Tribalonia, Lulú es una cocinera excelente. Alguna vez ha pensado en ganarse algún dinero vendiendo sus tartas, pero no es nada fácil. Todas las tartas que venden en las pastelerías son de marca. Sólo hay tres marcas de repostería, y todas ponen los mismos precios. Además, los trámites burocráticos que hay que cumplimentar y las normativas exigidas para emprender un negocio de venta de tartas son inacabables y muy costosos. Esto es así porque las tres grandes marcas de repostería tienen una gran influencia en el Gobierno de Tribalonia y en su parlamento, y las leyes que se promulgan responden casi siempre a los intereses de esas tres marcas.

De modo que, a la larga, en Tribalonia nada se mueve. Los ricos y sus allegados siguen siendo ricos, y los pobres, pobres. Los tribalonios lo llaman ‘progreso’.

Izquierdonia

En Izquierdonia la libertad es un tesoro, pero el Estado decide quiénes tienen o no libertad y qué libertades les convienen. Además, para los izquierdonios la dignidad consiste en no ser menos que nadie, independientemente lo que cada uno se esfuerce. Por eso los que más tienen son los más envidiados, tanto si lo han conseguido con su esfuerzo como si no. La aspiración máxima de los izquierdonios es que todos sean lo más iguales posible.

En Izquierdonia, la iniciativa personal sólo es aceptable cuando el Estado decide que es buena. Por eso, si uno quiere prosperar lo mejor que puede hacer no es esforzarse, sino estar a bien con el Estado. Muy a menudo es más conveniente crear una organización que fomente las ideas del Estado y pedir una subvención. Ese es el caso de una habitante de Izquierdonia llamada Lulú.

Lulú es una cocinera excelente, al contrario que Mercedes, su vecina, que suele cocinar de cualquier manera porque prefiere tumbarse en el sofá por las mañanas a ver su telenovela favorita. Mercedes hace meses que está desempleada. En su último trabajo la despidieron. Ella había hecho todo lo posible para que la echaran, con el fin de cobrar el seguro de desempleo. La empresa anterior había quebrado, porque sus empleados se escaqueaban siempre que podían. Al fin y al cabo, los empresarios son unos cerdos que ganan mucho dinero gracias al trabajo de los demás. De modo que ahora Mercedes se pasa el día en el sofá y le compra a Lulú sus tartas con el dinero que el Estado le paga por no trabajar. El caso de Mercedes no es único. En Izquierdonia hay muchos desempleados, y para poder pagar todas esas prestaciones de desempleo el Estado cobra unos impuestos asfixiantes.

Un día, Lulú se harta de trabajar para pagar impuestos. El negocio va mal, y Lulú decide pedir una subvención para su negocio de tartas. Gracias a la subvención, Lulú ganará ahora un sueldo decente, e incluso cederá a la tentación de tumbarse en el sofá también ella a mirar una película. Resulta que trabajando menos gana lo mismo que antes, o incluso más. El resultado final de esta política es que los izquierdonios cada vez trabajan menos, y para pagar un número creciente de subsidios el país se endeuda hasta niveles exorbitantes. Naturalmente, para devolver semejante deuda los impuestos tienen que seguir aumentando. Ellos lo llaman ‘progreso’.

Finalmente, los gobernantes de Izquierdonia se hartan de que las empresas privadas exploten a los pobres trabajadores y deciden estatalizar todas las empresas. Se cumple el sueño de todos los izquierdonios: la liberación total de los ciudadanos. Ahora ya nadie tiene que esforzarse por trabajar más o mejor, porque todos van a ganar un sueldo digno, hagan lo que hagan. Antes, Lulú se esforzaba por mejorar la calidad de sus tartas, por crear tartas nuevas y por bajar los precios, pero ahora el responsable político de la Empresa Estatal de Repostería no tiene que preocuparse por nada: su empresa tiene un presupuesto anual, asignado por el Estado, y a él le da igual que la empresa gane o pierda dinero. Lo importante para él es ser fiel al partido y a las consignas de sus dirigentes.

Como nadie tiene estímulo para hacer las cosas mejor, las empresas cada vez ofrecen peor servicio. En poco tiempo se crea un mercado negro que permite conseguir lo que no ofrece el Estado, aunque a precios exorbitantes y sin estar seguro de la calidad de lo que uno compra. Las estafas y los abusos están a la orden del día, y finalmente los estraperlistas acaban organizándose en bandas mafiosas que crean toda una economía paralela y que —no siempre por medios pacíficos— terminan repartiéndose el país por regiones o por sectores económicos. Naturalmente, sin pagar impuestos. Así sucedió, por ejemplo, en la Unión Soviética durante la era socialista, y así ocurre siempre que el Estado se empeña en decidir lo que es bueno o malo para sus súbditos. Sucedió durante la ley seca en Estados Unidos, y sigue sucediendo todavía en casi todo el mundo con el negocio de las drogas prohibidas.

¿Qué porcentaje de cada uno de estos países tiene la sociedad en la que usted vive? Parece una buena pregunta.


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sábado, 4 de mayo de 2019

De juezas y miembras

En los últimos decenios, cada uno a su manera, el sexo y el género han invadido las sociedades occidentales. Entendámonos. Por 'sexo' quiero decir todo lo relacionado con el deseo sexual, y por 'género', esa elegante manera de sentenciar a los varones antes de habernos juzgado. En mi documento nacional de identidad figura todavía, como reliquia de un pasado inocente, el concepto "Sexo" (curiosamente, acabo de descubrir que para el Ministerio del Interior soy hermafrodita), cuyo significado es hoy ya tan distinto que, en lugar de especificar si Varón o Mujer, parecería más procedente indicar si Sí o si No.

El 'sexo' no diferencia ya a las personas en función de sus atributos reproductores. Ahora esa palabra designa al mismo tiempo los órganos sexuales, su disfrute y todo lo que pudiera imaginablemente conducir a tal fin... excepto, claro, en las películas españolas, en que se trata simplemente de exigencias del guión.

Como cabría esperar de una palabra tan cargada de significados perturbadores, la situación es confusa. Aunque el sexo moderno es algo que todos llevamos puesto, "tener sexo" significa en realidad tener relaciones sexuales, de modo que uno puede “tener” mejor o peor “sexo” con idependencia de la calidad, habilidad o tamaño del “sexo” que uno tenga. Por influencia del inglés, la palabra "sexo" está relegando incluso a otra que empieza a estar ya anticuada: sexualidad. Y que tampoco parecía, por cierto, muy acertada. Si la cordialidad es la cualidad que diferencia a los cordiales de los antipáticos, la sexualidad debería ser más bien lo que nos diferencia a todos de las amebas, sin necesidad de más detalles.

Gracias a esa transformación, el sexo permite ahora seguir diferenciando a los conejos de las conejas, pero no a los maridos de las mujeres, y no digamos ya a los jefes de las empleadas. Lo cual había que evitar a toda costa, porque un nuevo concepto empezaba a abrirse paso en la sociedad (es decir, en los medios de comunicación que la adoctrinan): el abuso de las mujeres a manos de los hombres. Dejando aparte la nebulosidad de que las razones de un delito lo hagan más o menos condenable (¿un terrorista político puede ser menos culpable que un asesino pasional?), el nuevo concepto hacía necesaria una nueva palabra.

En inglés fue fácil. Al igual que en los seres humanos, en inglés hay palabras masculinas y femeninas, y la diferencia entre ellas se denomina 'gender' ('género'). El nuevo problema se resolvió, pues, ampliando el significado de 'gender' para reemplazar al ya anticuado 'sexo'. En español, en cambio, los problemas no habían hecho más que comenzar. Para empezar, en inglés tienen palabras suficientes para distinguir entre 'gender' (género gramatical), 'genus' (género taxonómico), 'genre' (género literario), e incluso 'stuff' (género textil). En español, no. Y, para agravar las cosas, el verbo 'sexualizar' tendría que haberse convertido, por coherencia, en 'generalizar'. Pero es que el español es, además, una lengua 'sexuada' (¿generada?), con escasez de sustantivos neutros, y la incorporación de las mujeres a ámbitos hasta hace poco masculinos obligaba inevitablemente a tomar decisiones. No siempre a gusto de todos.

Hace ya algún tiempo, una ministra española se refirió --aparentemente con ánimo de provocar-- a las 'miembras' de no sé qué comisión. Como era de esperar, la palabra provocó un revuelo. La 'sexualización' de los sustantivos, que hasta hace poco era espontánea, viene dictada en los últimos tiempos por ideologías políticas. Espontáneas fueron “asistenta” y “gobernanta”, pero quizá un poco menos “modisto” y, años después, "jueza". Considerando el grado, a veces cómico, de ideologización de ciertos Gobiernos, no es aventurado suponer que el femenino ”miembra” respondiera a motivos enteramente doctrinarios. Sin embargo, para quienes consideramos el lenguaje como una caja de herramientas lo importante no es eso, sino averiguar si las nuevas herramientas son o no coherentes con las ya existentes.

Así, siendo ya femeninas 'nuez', 'preñez' o 'Aranjuez' (que es “una” ciudad), no parecería necesario añadir la 'a' de 'jueza', y con decir 'la juez' debería bastar. Otros femeninos, como 'ingeniera' o 'arquitecta', concuerdan bien con 'molinera' o 'predilecta', pero también es cierto que ningún maquinista se rasga las vestiduras porque el nombre de su oficio termine en 'a'. Algo parecido sucede con los miembros. La pierna es tan miembro como el brazo, y a nadie se le ocurriría decir que le duele la miembra inferior (¿inferiora?) izquierda. Doña Clotilde puede ser perfectamente “miembro” de una comisión, del mismo modo que Don Salustiano, sin dejar de ser ”una” persona, puede ser una “joya” para su empresa.

El hábito no hace al monje. Al igual que los eufemismos no terminan nunca de enmascarar el significado que tratan de ocultar (piénsese, por ejemplo, en la inacabable progresión desde las 'cámaras' del Siglo de Oro hasta el más reciente 'baño' o 'aseo', pasando por el 'excusado' de mi abuelo, el 'retrete' de mis padres, el 'wáter' de mi generación y el 'inodoro' de la siguiente), las ideologías, permanentemente enfrentadas a la realidad del mundo real, terminan también tarde o temprando pasando de moda, envejeciendo y... sí, muriendo.

Referirse a los ciudadanos llamándonos 'ciudadanos y ciudadanas' es, además de farragoso, innecesario. Y, lo peor de todo, la neurosis morfológica que genera en el hablante (sobre todo si el contenido del discurso es tan vacío como el de un político) puede terminar arrastrándonos al extremo opuesto del “newspeak”. Es decir, a un mundo de votantes y votantas, miembras y miembros... e, inevitablemente, botaratas y botaratos que, de cualquier forma -y esto es lo realmente importante- seguirán sin haber leído un libro en toda su vida.

Aunque, por supuesto, mientras los varones seamos portadores del nuevo pecado original de serlo, los panoramas y los sofismas seguirán sin poder someterse a la operación de cambio de... ejém, género que los convierta en su verdadera vocación: panoramos y sofismos.


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Palabras que aborrezco: género

Todos los regímenes tienen su ideología, y todas las ideologías tienen su vocabulario. En tiempos del general Franco se oían y leían con especial frecuencia palabras tales como 'apostolado', 'redención', 'masónico', 'cruzada', 'valores eternos', 'anhelo', 'patriotismo', 'gloria', 'forjar', 'abnegación' y tantas otras. Era casi inconcebible escribir un artículo de opinión y no intercalar algunas de ellas, no fuera que alguien pensase que el autor era un elemento antisocial, que no se sometía a lo que modernamente llamamos 'corrección política'.

Las etiquetas de la corrección política son como las señales que van dejando los perros en árboles y farolas. Cuanto más se usan, menos significado tienen. Sirven casi únicamente para demarcar territorio, para separar a los 'buenos' de los 'malos', o a los 'nuestros' de los 'otros'. En su '1984', George Orwell lo puso en negro sobre blanco: el newspeak es la marca inconfundible del totalitarismo. Supongo que esa es la razón por la que siento deseos de salir corriendo cada vez que oigo alguna de las palabras consagradas por el nuevo catecismo moderno, que iré desgranando aquí en varias entregas.

Género

Úsese preferentemente en expresiones tales como 'igualdad de género', 'perspectiva de género' o 'violencia de género'. La igualdad de género no consiste en que todas las mujeres lleven bigote o todos los hombres faldas, sino en que una señora con preparación suficiente para barrer aceras o recoger aceitunas pueda ser nombrada ministra por razones de cuota. Y la violencia de género no incluye, naturalmente, a los maridos asesinados por sus esposas. Pero lo más grotesco de la manía del 'género' es la obsesión por incluir siempre la variante femenina de las palabras genéricas. Ojo, no a la inversa. Oirá usted una y otra vez hablar de 'los hombres y las mujeres' o de 'los ciudadanos y las ciudadanas', pero nunca de 'las personas y los personos'.

Curiosamente, la igualdad de género no es extensiva al reino animal, pese a que más de una especie bien lo merecería. El caso más llamativo es el de la mantis religiosa, cuya hembra devora al macho después de la cópula, pese a lo cual en ningún libro se menciona ni por casualidad al pobre 'mantis religioso'. Por lo demás, los hablantes en general parecen conformarse con el caballo y la yegua, el toro y la vaca o el gallo y la gallina, y no parecen sentir deseos de especificar 'las cebras y los cebros', 'las jirafas y los jirafos', 'las ardillas y los ardillos' o, ya rizando el rizo, 'los gorilas y las gorilos'.

Por suerte, claro, porque se plantearían problemas peliagudos. En las carnicerías, por ejemplo, el etiquetado 'pollos y pollas' suscitaría más de un recelo. En ciertas latas de conserva sería viable indicar, por ejemplo, 'sardinas y sardinos en tomate', pero los 'filetes de caballa y caballo', las latas de  'pulpo y pulpa' o, en Chile, las de 'machas y machos', serían conflictivos. Sin embargo, la igualdad a ultranza tendría que llegar más lejos todavía. Habría que prohibir los machetes y los remaches, habría que hablar siempre equitativamente de 'machihembrar y hembrimachar' y habría que inventar los 'machillos' para no discriminar a las 'hembrillas'. Además, se prohibiría el uso de palabras como 'machamartillo' o 'marimacho', se pondría en cuarentena denominaciones sospechosas, como 'Machu Picchu', y se exigiría al registro civil que rechazase apellidos ofensivos, como 'Machín', 'Machado' o 'Camacho'.

En suma, un proyecto de gran envergadura para cuya implementación la Administración necesitaría contratar una legión de celosos inquisidores... quiero decir, funcionarios.

Que es, en el fondo, de lo que se trata todo esto.


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Estereotipos

Si alguna riqueza tiene el español no es de recursos sintácticos, léxicos o morfológicos, sino de estereotipos. En los últimos tiempos, sin embargo, los estereotipos tradicionales están siendo sustituidos por otros importados o políticamente correctos. Hubo un tiempo, por ejemplo, en que a uno se le hacía "cuesta arriba" regresar a la oficina después de unos días de ausencia. Hoy, en cambio, nos han convencido de que padecemos un "síndrome post-vacacional". Del mismo modo, cuando nos levantamos de un asiento después de pasar muchas horas sentados, uno ya no dice que está "hecho un cuatro", sino que tiene el "síndrome de la clase turista". Antes, uno era un tragaldabas, ahora tiene bulimia. Y los maricones y tortilleras de antaño se han convertido hoy, tout court, en anodinos "gays".

Hubo una época en que el verbo "propasarse" describía exactamente lo que ahora, exageradamente a veces, se llama "acoso sexual". Por desgracia, a nadie se le ocurrió nunca usar un sustantivo (¿propasamiento, propase?), y nos tuvimos que quedar con el cinegético/castrense "acoso", que traduce malamente el inglés "harassment". Hay también algún que otro término que se nos ha instalado directamente sin traducción, como es el caso de "freaky", que ha sustituido, con connotaciones no sé si cómicas o despectivas, eso que antiguamente llamaban "un bicho raro".

Muchos estereotipos, sin embargo, sobreviven. Es cierto, están desapareciendo, pero no más rápido que la mayoría de las palabras del diccionario, innecesarias hoy en día gracias a los iconos del iPad y a la pedagogía progresista. Desde luego, las palabras que usamos tienen que reflejar la sociedad en que vivimos, y nadie espera ya encontrarse con un "bala perdida" sino, en todo caso, con un ludópata, un sexoadicto o un abusador de sustancias. Pero si finalmente, como es previsible, el léxico español termina reduciéndose a diez o quince palabras en total, estoy seguro de que por lo menos cinco de ellas serán estereotipos.

Una buena parte de los estereotipos españoles tienen que ver con lo que el prójimo dice. ¿Quién no ha tenido que aguantar pacientemente alguna vez a los "bocazas", "fantasmas", "soplagaitas" o "cantamañanas" de turno? Un caso particular es el "cenizo", muy mal visto en general pese a que, en ocasiones, lo único que hace es decirnos las verdades que no queremos oír.  Los espabilados y sus víctimas forman también una categoría sólida de estereotipos patrios. Así, los "listillos", "caraduras", "jetas" y "mangantes" que abarrotan nuestra sociedad tienen su contrapunto perfecto en los "pardillos", que deberán ser objeto de burla, y no de compasión.

En el mundo escolar, el "empollón" rara vez es visto con admiración, y tampoco gozan de gran predicamento el "sabelotodo" y la "marisabidilla". No es casualidad que nuestros dos únicos premios Nobel de ciencia se tuvieran que buscar la vida como mejor pudieron (¿como "puta por rastrojo"?).  Curiosamente, parece haber muchos menos estereotipos femeninos que masculinos. La "maruja" es quizá el más conocido, aunque hay por ahí también alguna que otra "bruja", especialmente durante los procesos de divorcio. Por cierto, supongo que ya saben ustedes cuál es la diferencia entre 'bruja' y 'hechicera': hechicera es antes de casarse; bruja, después.

Las "macizas" no son realmente estereotipos, sino señoras o señoritas muy agraciadas de cuerpo, tal vez gracias al tanga de cordoncillo, al milagroso áloe vera (sí, con acento) o a la liposucción. Y es probable que, con la relajación de las costumbres, las "calientapollas" y los "putones verbeneros" estén ya al borde de la extinción. Por cierto, ¿se han fijado los inquisidores de 'género' en que "putón" es masculino?  El que no parece al borde de la extinción, en cambio, es el "pichabrava". Cosas de la testosterona. Y, si además es un "cachas", más fácil lo tendrá: dos por el precio de uno.

Una categoría aparte son los que están "p'allá" (antiguamente, les faltaba un tornillo). Destacan en ella, en particular, el "zumbado" y el "colgao". La actitud ante la vida define también dos tipos de personajes completamente opuestos: el "vivalavirgen" y el "tiquismiquis".  Naturalmente, el tribalismo político no podía dejar de generar sus "fachas" y sus "progres" (antiguamente, "rojos"), todos ellos muy mal vistos desde la tribu adversaria. Y, en términos de buen gusto y mal gusto, tenemos al "finolis" y al "hortera", respectivamente. Los nacionalistas catalanes, por ejemplo, se dividen al 50% entre esos dos estereotipos tan españoles.

Lo cual me recuerda que no podemos olvidar en nuestra galería al "rata" y a la "ardillita", cicateros administradores de recursos financieros. Todo lo contrario que el inmoderado "manirroto", término innecesario hoy en día gracias a la popularidad de las hipotecas subprime y de las tarjetas de crédito.  Hablando de manos, el "manitas" y el "manazas" son los dos polos opuestos de la habilidad manual. Sin olvidar al "chapuzas", uno de los personajes más inevitables del mundo profesional, especialmente en Barcelona.

Aunque sea políticamente incorrecto, no puedo dejar de mencionar también a las "locas", ingrediente especialmente vistoso en las cabalgatas del orgullo gay y otros fastos.  Seguramente me he dejado alguno en el tintero pero, para muestra, basten estos botones. Aunque, bien pensado, creo que voy a terminar esta semblanza con una definición políticamente escandalosa de este ruedo ibérico por el que se pasean tan pintorescos personajes: España, ese país de "pringaos" que vive de los "guiris".

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Cantidades raras

Cuentan ciertos autores que los pirahá, una tribu aborigen de la Amazonía, sólo conocen dos números: uno, y muchos. Aunque a primera vista nos pueda parecer inconcebible, en español tenemos medidas más estrambóticas todavía. Decimos, por ejemplo, que estamos a un tiro de piedra de algún sitio, pero nunca a dos tiros de piedra, y no digamos ya a tres, o a dieciséis coma siete, tiros de piedra. Pero hay más. Se conoce por lo menos un caso en que el doble de uno es igual a uno. Si el lugar del que estamos hablando está muy cerca, con la misma espontaneidad diremos que está “a un paso” que “a dos pasos”.

Los científicos tratan por igual a todos los números, pero en el habla coloquial no sucede lo mismo. Tenemos preferencias. Si no se cumplen nuestras expectativas, nos quedaremos a dos velas, o con dos palmos de narices: ni uno más, ni uno menos. Cuando alguien es muy rebuscado, lo increparán por buscar tres pies al gato. Me habría extrañado menos que lo acusaran de buscar cinco, o incluso más, pies al gato. Pero, pensándolo bien, no debemos olvidar que los tres mosqueteros, en realidad, eran cuatro.

Cuatro puede significar poquísimo o muchísimo, según. Si la fiesta estaba poco concurrida, diremos que había cuatro gatos. Y si algo nos ha salido muy barato, presumiremos de haberlo comprado por cuatro perras. Pero nuestro amor a Lolita lo proclamaremos siempre a los cuatro vientos.

El cinco, en cambio, parece ser sinónimo sólo de escasez. Al menos, para quienes no tienen ni cinco. Pero si han cometido una osadía nos apresuraremos a decir que la cosa tiene tres pares de narices (o sea, seis narices), y si ocasionan una gran trifulca diremos que han montado “un pollo del siete”. Este caso es un poco especial, porque admite una cierta magnitud. Así, si la trifulca era realmente escandalosa, diremos que se se ha montado un pollo del siete “con jardinera”.

Inciso. Esta expresión proviene de una línea de tranvías que circulaba “illo tempore” desde el centro de Valencia hasta la playa de la Malvarrosa. El tranvía, naturalmente, era el siete, y en temporada estival, que es cuando los pasajeros seguramente más ganas tenían de jarana, los tranvías de esa ciudad llevaban acoplado un vagón descubierto, llamado “jardinera”.

Una expresión que siempre me ha intrigado es aquello de “Fulanito es más chulo que un ocho”. Le he dado muchas vueltas pero, pese a mis esfuerzos, la figura humana más parecida a un ocho que se me ocurre es el muñeco de Michelin.  El número más exigente es, sin duda, el que nos permite hacer “la prueba del nueve”. Y el más eufemístico, el que usamos desde hace siglos para evitar ciertas palabrotas, que algunos sustituyen, por ejemplo, por “pardiez”, "rediez" o “me cachis en diez”.

Hay también algunos números incómodos, que no son múltiplos de nada y que parecen no encajar en ningún sitio, los pobres. Por eso, quizá, cuando alguien anda mal trajeado, se dice -o se decía- que está “a las once”.  Teniendo como tenemos diez dedos en las manos, para mí ha sido siempre un misterio por qué el doce es un número de medida tan habitual en muchas culturas. Doce son los meses y los signos del Zodíaco, y doce eran precisamente los trabajos encomendados a Hércules. Además, doce es un número que infunde respeto cuando lo usamos para referirnos a sabios, césares o apóstoles. Aunque también es cierto que ha habido dos películas que designaban más o menos lo contrario: “Doce monos”, y “Doce del patíbulo”.

Trece tiene fama de ser el número de la mala suerte, pero también es el número de los testarudos. Traté de convencer de esto a un amigo que me lo negaba, pero él siguió en sus trece.  Un caso de inexactitud francamente desmesurado es cuando decimos “igual me da ocho que ochenta”. Con criterios como ése, no es de extrañar que la ciencia en España no goce de mucho predicamento. En cualquier caso, a partir de catorce ya no he encontrado ninguna unidad de medida tan pintoresca como la de los pirahá, al menos para cantidades pequeñas. Para indicar grandes cantidades, se consigue mayor capacidad expresiva incluyendo a la familia. Por ejemplo, cuando nos referimos a aquella aglomeración diciendo que había “ciento y la madre”.

Una unidad exorbitante, pero francamente vaga, es “tropecientos”. Claro que, al paso que vamos, se estarán preguntando ustedes cuál de todos los números conocidos ostenta el record de cantidad. Hasta hace algunos años, el mérito había que reconocérselo a esas personas tan impuntuales que llegaban “a las mil y quinientas”. Pero, desde que existen los concursos de la televisión, el concepto que encabeza nuestro cuadro de honor es... la pregunta del millón.  Exactamente en las antípodas del cero patatero.

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jueves, 15 de noviembre de 2018

¿Izquierda o derecha?

(Introducción)

No es fácil definir de manera inequívoca lo que en política suele llamarse 'izquierda' y 'derecha', o sus dos sinónimos habituales: 'conservador' y 'progresista'. Los dos primeros términos son puramente convencionales, y provienen de la Asamblea Constituyente de Francia en los tiempos de la Revolución, en que los representantes leales al rey ocupaban los asientos de la parte derecha, mientras que los revolucionarios se sentaban en la mitad izquierda.

Sin embargo, a lo largo de la Historia ha habido muchas variantes de aquella distribución. En la Unión Soviética o en la República Popular China, por ejemplo, los diputados de izquierda ocupaban la totalidad del parlamento y, aunque en los primeros años todos ellos eran revolucionarios, con el paso del tiempo terminaron representando el inmovilismo más recalcitrante. En el siglo XIX, tanto los liberales como los colectivistas eran radicalmente opuestos al régimen establecido, pero las diferencias entre ellos eran mucho mayores que las diferencias entre cualquiera de ellos y los conservadores.

En realidad, todas estas confusiones se deben a que hay dos criterios diferentes para diferenciar entre izquierda y derecha. Uno de ellos es moral, mientras que el otro es económico. Por lo general, los conservadores morales defienden las tradiciones, la familia y la religión, suelen ser contrarios al aborto y a la eutanasia, y se sienten cómodos con los regímenes monárquicos. Los izquierdistas morales, naturalmente, defienden todo lo contrario. Desde la perspectiva económica, hay una derecha que propugna la libertad de comercio y la libre competencia, mientras que la intervención del Estado en la economía es defendida tanto por la izquierda como por una parte de la derecha, con argumentos esencialmente similares.

En los últimos cincuenta años, tanto la derecha como la izquierda han evolucionado, aunque en grado diferente. La derecha se ha vuelto menos nacionalista y menos ostensiblemente vinculada a la iglesia católica, mientras que la izquierda, tras el hundimiento de la Unión Soviética, ha ido abandonando los esquemas del proletario explotado por el capitalista para apoyarse en distintas minorías con fuerte carga ideológica, fundamentalmente ecologistas, feministas y defensores del llamado 'multiculturalismo'. Además, la izquierda parece estar abandonando el internacionalismo del que se enorgullecía hasta mediados del siglo XX.

Pero la cosa puede complicarse más todavía. Uno puede sentirse fuertemente vinculado a la religión y a la familia sin pretender imponer a nadie esas dos instituciones, del mismo modo que uno puede ser ateo y partidario del amor libre sin desear que toda la sociedad lo sea. Dos personas así pueden convivir perfectamente sin necesidad de enfrentamientos ni de partidos políticos. Sin embargo, una persona que desee libertad para hacer negocios y otra que pretenda limitar esa libertad necesitarán algún tipo de acuerdo para no entrar en conflicto.

El problema, por lo tanto, no es la diferencia de ideas o de visiones del mundo, sino la libertad para ponerlas en práctica. Desde ese punto de vista, una persona que prohiba el adulterio o que imponga una religión al conjunto de la sociedad no es diferente de otra que proscriba la religión o que imponga el amor libre a todos sus semejantes. Derecha o izquierda, el problema no son las ideas, sino en qué medida una parte de la sociedad consigue imponerlas o prohibirlas al resto de sus conciudadanos. El verdadero problema, pues, es el poder.

La solución más simple a este problema son las sectas. En el seno de una secta nadie cuestiona el comportamiento de los demás porque todos se rigen voluntariamente por las mismas normas. Por desgracia, las sectas requieren una uniformidad de pensamiento que choca con la diversidad habitual en las sociedades normales. Algunas sectas, como los mormones, los amish o las monjas carmelitas, han resuelto el problema fundando comunidades a las que uno puede -al menos en teoría- decidir libremente incorporarse o no. Pero difícilmente podemos esperar que una sociedad se divida espontáneamente en sectas de individuos afines y, en cualquier caso, estaría por ver en qué manera conseguirían convivir unas con otras.

Otra solución es el totalitarismo. Los experimentos nazis y comunistas son suficientemente conocidos, de modo que no vale la pena extenderse mucho en ellos. Están basados en la coerción, e incluso el exterminio en masa, de los disidentes, y sólo son satisfactorios para quienes detentan el poder.

La democracia es un sistema intermedio, que trata de conseguir un equilibrio inestable entre quienes no se conforman con sus propias ideas, sino que quieren que sean adoptadas por todos sin distinción. Las democracias son tanto más eficaces cuantos más controles y contrapesos tienen, no respecto de los individuos, sino de las instituciones que ejercen el poder. La finalidad de una democracia es lograr que un grupo de personas específico no pueda excederse más allá de cierto punto y que, cuando lo intente, se vea obligada a ceder el poder a alguno o algunos de sus adversarios.

De manera que, contra lo que habitualmente se piensa, la clave de una democracia no radica en que los gobernantes sean de izquierda o de derecha, sino en hasta qué punto consiguen imponer su visión del mundo al conjunto de la sociedad. En particular, una visión del mundo que afecta a todos sin excepción es el modelo económico. Pero ese es un tema que merece un capítulo aparte.

Capítulo siguiente: Tres países imaginarios

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domingo, 11 de noviembre de 2018

Izquierda, derecha y libertad

El 15 de mayo de 2011 recibí una llamada telefónica inesperada. Mi amigo más antiguo -llamémoslo G.- había acudido a la Puerta del Sol de Madrid y en aquel momento, para él emocionante, se había acordado de mí. Quería compartir conmigo su entusiasmo por un movimiento social en cuyo nacimiento estaba participando. En directo. Me pilló tan de sorpresa que apenas supe responderle con un comentario escéptico, para salir del paso. Mi gran amigo, el que siempre había sido más sensato que yo, había perdido la cabeza y se había pasado al enemigo. ¿Cómo podía estar sucediendo una cosa así?

Aquella llamada me trastornó profundamente. Tengo una gran intuición, pero razonando soy lento. Necesito darle muchas vueltas a las cosas, analizarlas desde todos los puntos de vista y descartar todas las posibles alternativas antes de estar seguro de lo que argumento. Y detrás de aquella llamada había mucha tela para cortar. Lo que estaba sucediendo en mi país era un cambio cualitativo que yo me resistía a aceptar, y aquella llamada me obligaba a mirar de frente a la realidad.

El caso de G. no era el único que yo había conocido. A bote pronto, me vienen a la mente dos más. Los dos eran amigos muy queridos. Muy buena gente, como suele decirse. Los dos se pasaron al bando de los malos. No espero que ninguno de ellos se asome nunca a este blog, pero aun así los mencionaré sólo por sus iniciales.

Conozco a M. desde la más tierna infancia. Su familia y la mía veraneaban en la misma playa. Tenía cuatro hermanos varones, y el mayor de todos ellos era el alevín de mi grupo de amigos. Con los años, las diferencias de edades se difuminaron, y de todos los hermanos él fue el único con el que mantuve contacto durante muchos años, a pesar de mis idas y venidas de uno a otro país. El era un hombre de derecha, con las ideas claras. Yo entonces todavía coqueteaba con la izquierda, pero siempre sentí admiración por la nobleza que traslucían sus convicciones. M. no era sectario, se sentía unido al resto de los españoles, defendía a su familia, no era envidioso y siempre estaba dispuesto a echarte una mano.

Cuando dejó su trabajo en una notaría de Valencia, perdimos el contacto. El estaba cambiando. Se separó de su mujer, empezó a renegar de sus antiguas ideas y, finalmente, hace unos años -la última vez que nos encontramos- vi en él el polo opuesto del M. que yo había conocido. Hacía poco que había estallado la burbuja inmobiliaria, y él ahora repetía como un loro las manidas consignas izquierdistas. Se había vuelto envidioso y sectario. Quizá no es casualidad que, a pesar de mis intentos, no nos hayamos vuelto a ver.

J. era uno de los amigos que hice en aquel pueblo de Valencia, cuando fui a parar allí con mi vieja furgoneta en el año 80. Le gustaba conocer mundo y le agobiaba el provincianismo circundante. No sólo la mentalidad provinciana, sino la ideología provinciana, que por aquel entonces todavía no merecía el nombre de nacionalismo. Fue a trabajar a la vendimia francesa en varias ocasiones y, posiblemente en uno de aquellos viajes, se presentó en Ginebra, donde yo vivía por entonces.

Siempre vi con benevolencia su ecologismo convencido. Incluso, en una época, compartí con él algunas de sus inquietudes en ese sentido, sobre todo el amor por la naturaleza. Cuando yo me distancié de la ideología ecologista, solíamos argumentar acaloradamente tanto a favor como en contra, pero él nunca dejó de ser mi amigo por esas diferencias. Sin duda como consecuencia de sus lecturas, sus posturas se fueron radicalizando, mientras que las mías se fueron haciendo cada vez más escépticas. Nuestros encuentros habían terminado convirtiéndose en un agotador diálogo de sordos, pero la amistad seguía estando por encima de todo.

Hace sólo unos meses, sin embargo, en una cena con él y con su mujer las diferencias ideológicas habían dejado de ser impersonales. Para mi sorpresa, su mujer había asumido íntegramente el ideario nacionalista, hasta el punto de defender la inmersión lingüística en valenciano, aun sabiendo que afectaba a un niño de mi propia familia. J. callaba. Trataba de mantenerse equidistante, pero ya no era el J. que yo había conocido. Ya no aborrecía el provincianismo. Ponía reparos a los desmanes del nacionalismo catalán, pero ya no eran objeciones de fondo. Y sus ideas políticas, cada vez más descabelladas, habían traspuesto ya la frontera del sectarismo. El también había sido abducido por el bando enemigo.

Sí, he dicho 'bando'. Eso es lo que ha cambiado en España. Una cosa son las ideas, y otra muy distinta son los bandos. Un amigo puede tener ideas opuestas a las tuyas, pero cuando esas ideas se materializan en un bando tenemos un problema. Yo he tenido buenos amigos que, en algunos aspectos, consideraba inferiores a mí, pero nunca se me ha pasado por la cabeza unirme a un movimiento que proponga exterminarlos, someterlos a mis ideas u obligarlos a cambiar sus costumbres.

Me dolió la abducción de M., aunque nuestro distanciamiento había sido progresivo y, por lo tanto, el desenlace no fue traumático. Me dolió mucho más la transformación de J., que a lo largo de muchos años había demostrado ser el amigo más fiel de cuantos he tenido en aquel pueblo de Valencia. Me distancié también irremediablemente de B., otro amigo entrañable del mismo pueblo, que se había ido radicalizando hasta formar parte del bando enemigo. Otros dos antiguos amigos de aquella época ya se habían negado explícitamente, años atrás, a que siguiéramos viéndonos. Todo eso me dolió. Todavía me duele. Pero la transformación de G. es mucho peor: me tortura.

Desde hace ya años, me tortura una y otra vez pensar que G., una persona extraordinariamente inteligente, que siempre tuvo un corazón de oro y que siempre ha tenido un sentido común muy superior al mío, se haya convertido en un zombie ideológico. No es que yo no sepa cómo se llega a eso. Lo sé perfectamente, porque lo he vivido en mis carnes desde mis primeros años en la Facultad. A ese estado se llega por la vía emocional y por la falta de información. Precisamente los dos ingredientes típicos de los dos grandes sistemas totalitarios: el comunismo y el fascismo.

Cuando he dicho “falta de información” he sido benévolo. Lo que en realidad quería decir era “una combinación de información selectiva y de información falsa, o tendenciosa”, todas ellas al servicio de los fines totalitarios de turno. Los monopolios siempre son nefastos, y en España, en los últimos años, han convergido dos monopolios de los medios de comunicación: el de la extrema derecha en manos de los bandos independentistas, y el de la extrema izquierda en manos de los bandos socialistas.

La tenaza es formidable, y me temo que ya no va a ser posible contrarrestarla, al menos pacíficamente. Lo único que puedo hacer, a ese respecto, es prepararme para que, cuando estalle el pandemónium, no me pille en medio. De hecho, si pudiera, ya me habría marchado. La dictadura que se está gestando aquí empieza a ser ya más insoportable que el franquismo.

Pero la idea de que G. continúe obnubilado por la propaganda de unos canallas me torturará hasta el fin de mis días. No sólo por él. Estoy seguro de que hay muchos más como él, buenas personas que viven engañados por una visión del mundo totalitaria y tendenciosa y, lo que es peor, que podrían terminar siendo víctimas de su propia ingenuidad. Recuerdo a menudo a una amiga de simpatías izquierdistas que vivía en Caracas. Era compañera de trabajo, y solíamos encontrarnos cada dos o tres años en algún lugar del Caribe para alguna conferencia internacional. Con el paso del tiempo fui viendo su evolución. Al principio veía con buenos ojos la presidencia de Hugo Chávez. Años después, se mostraba crítica con él, aunque siempre desde posiciones de izquierda. En nuestros últimos encuentros estaba ya aterrorizada, y ni siquiera me permitió que viajara a Caracas para pasar unos días con ella y con su familia. Ahora, hace ya un par de años que no sé nada de ella.

Sé que yo solo no puedo hacer frente a un tsunami, y no otra cosa es el fenómeno de masas que está devorando mi país. Ante un tsunami que se te viene encima, es absurdo ponerse a rezongar contra el servicio meteorológico. Lo único que se puede hacer es echar a correr. Yo ya lo hice en Barcelona y lo tendré que volver a hacer pronto otra vez. Pero no por huir dejará de torturarme la idea de que hay ahí afuera mucha buena gente que, por falta de información real, o nada entre dos aguas o se deja llevar por la corriente. Por eso he decidido hacer algo que desde hace algún tiempo vengo rumiando. No puedo luchar yo solo contra los grandes medios de comunicación que manipulan a las masas, pero tal vez pueda aportar a un puñado de buenas personas la información que esos medios les hurtan o les presentan deformada en aras de sus perversos intereses.

No soy la persona más adecuada para ello. No soy economista, ni jurista, ni historiador, pero sé ser objetivo, he pensado mucho en todos los temas que quiero abordar, y en largos años de búsqueda de la verdad he accedido a fuentes de información que, aunque están al alcance de todos, los monopolios de la verdad ocultan concienzudamente, trocean a su conveniencia, vetan o convierten en anatema para que nadie, accediendo a ellas, descubra cómo arrancarles a ellos la careta.

He dudado mucho antes de decidirme. No sólo porque no soy un experto, sino porque no tengo mucho tiempo libre. Pero es la única manera en que podré librarme de mis demonios y sentirme en paz conmigo mismo. Cuando todos los que me lean estén informados, podrán tomar partido con conocimiento de causa. Quizá contra mí de todas formas, pero mi compromiso es sólo con la información. Contra la maldad de los seres humanos no hay antídoto posible.

Capitulo siguiente ¿Izquierda o derecha?

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martes, 6 de noviembre de 2018

A vueltas con Aquiles

El problema de Aquiles y la tortuga, como hemos visto, parece ser que la operación de división nos proporciona una representación excelente para medir, pero no para describir ciertos aspectos de la realidad. Son cosas distintas. Para describir la realidad de que Aquiles consigue adelantar a la tortuga necesitamos una representación de la realidad basada en la multiplicación, es decir, en la suma. La única posibilidad que se me ocurre -que muy probablemente no es la única- consistiría en sustituir el concepto de punto por el de presencia. Veamos cómo.

En lugar de asociar la presencia de un objeto  a un punto, podríamos asociarla a una función de densidad, de modo que la presencia de Aquiles y la de la tortuga fueran más bien algo parecido a una onda. Para visualizar mejor esta idea, avancemos un trecho por delante de la tortuga, provistos de un aparato que nos permita medir la amplitud de las ondas de Aquiles y de la tortuga. Si Aquiles y la tortuga estuvieran quietos, las dos amplitudes tendrían el mismo valor. Si Aquiles y la tortuga estuvieran en movimiento uniforme, la amplitud de la onda de Aquiles sería mayor, ya que Aquiles iría más aprisa. Con esta representación, no sería necesario suponer que Aquiles adelanta a la tortuga porque, si se mueve más aprisa, siempre está por delante de ella. A medida que se le vaya acercando, la diferencia de las amplitudes aumentará, y no tendremos nada que dividir.

En otras palabras, cuando Aquiles ha recorrido la mitad de la distancia que lo separa de la tortuga, su onda de presencia ha aumentado respecto de la onda de presencia de la tortuga. Incluso aunque nos empeñemos en dividir esa amplitud hasta el infinito, dará igual, porque, al avanzar, Aquiles no recorre subunidades, sino que las incrementa. Y, como hemos visto, en nuestra representación de las distancias mediante números la suma es perfectamente admisible.

Lo que no es admisible, si queremos representar conceptos como el movimiento, la ruptura o la conexión, es usar la misma representación que usamos para medir distancias, porque, si usamos la operación de división para medir, no tenemos manera de representar ninguno de esos conceptos.

La representación de Aquiles y de la tortuga como ondas, y no como objetos finitos, significaría que todo objeto estaría presente en todo el espacio simultáneamente, aunque su presencia más allá de su entorno más inmediato sería muy pequeña. Algo así como si las ondas de presencia fueran aproximaciones a la delta de Dirac. Esta idea es coherente con nuestras observaciones de la realidad a nivel cuántico y, en particular, con el fenómeno cuántico de la acción a distancia.

Lo cual nos conduce a otra pregunta, quizá la más peliaguda de todas: ¿cómo representar el tiempo sin introducir la operación de división?

Pensaremos en ello.

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