miércoles, 23 de noviembre de 2016

Ricky Mango y la música

Curioseando por carpetas perdidas de mi ordenador he encontrado este apunte autobiográfico sobre la relación de Ricky Mango con la música. Parece haber sido un correo electrónico que tiempo atrás le envié a alguien, probablemente más joven que yo. El texto está fechado el día de navidad de 2015, pero yo diría que es anterior: 

Descubrir la música clásica

En mi época era muy trabajoso, porque los discos y los conciertos costaban caros. Ahora puedes escuchar gratis todo lo que quieras. Es todo un privilegio, y un enorme desperdicio si no lo aprovechas. En mis tiempos, YouTube habría sido no ya un sueño, sino más que una quimera.

Yo tenia 16 años, y en el Instituto había un grupo de izquierdistas que conspiraban contra el régimen a su manera. Entre otras cosas, publicaban una revista. La revista era muy ideologica, pero de todo aquello yo no sabia nada. Vicente y yo, que compartiamos banco en clase, nos ofrecimos para hacer los pasatiempos, y nos aceptaron. Hacíamos crucigramas y jeroglíficos.

Organizaron tambien un cine forum y un music forum. Yo me apunté a los dos. Estaba ansioso por conocer. Mi vida cotidiana era tan anodina y deprimente que todo aquello para mí era un mundo nuevo. El music forum era los sábados por la tarde. Naturalmente, éramos cuatro gatos. El primer día nos pusieron la novena sinfonía de Beethoven. Nada menos. En realidad, era un pretexto para acercarnos a su causa, y antes de la audición nos leyeron el testamento de Beethoven, que hablaba de la libertad de los seres humanos, etc. con gran vehemencia. Después yo aguanté la hora aproximada que dura la 9ª. Me aburrí muchísimo, pero no me arredré. Al lunes siguiente me fui a una tienda de discos, y con mis míseros ahorros me compré un disco con la 9ª de Beethoven.

Me encerré en mi habitación con él y lo escuché una vez. Era igual de aburrido que la anterior. Lo escuché una segunda vez. Empecé a percibir pasajes que me gustaban, y así fui escuchándolo una y otra vez. A la quinta o la sexta lloraba de emoción, y todavía hoy puedo llorar escuchándola.

Yo no sabía nada de música clásica, y en mi mundo nadie podía orientarme. Ni mis padres, nadie. Así que lo poco que iba cazando aquí y allá, en el periódico, en algún comentario oído al vuelo, en la TV, lo retenía en la memoria, y en cuanto podía me compraba el disco. Había que ahorrar mucho para comprarse un disco.

Poco a poco fui conociendo autores: Beethoven, Bach... Tuve la suerte de que a Vicente le dio por la música, y algún tiempo después hice una amiga que estudiaba piano y que me conseguía entradas de estudiante del conservatorio para ir al Teatro Real. IIbamos los sábados, arriba del todo, en una galería que los estudiantes llamaban 'los nichos'. La acustica allá arriba era mala, pero sólo estábamos nosotros y nos podíamos tumbar en la moqueta, o acodarnos en los antepechos de los 'nichos', o escuchar sentados.

Así aprendi muchísimo de música clásica. A menudo me aburría, pero perseveré, porque comprendía que la música clásica es como el alpinismo: hay que esforzarse para poder contemplar el mundo desde la cumbre. Hay que educar la sensibilidad. Lo malo es que no hay retroceso posible. Cuando te ha gustado Béla Bartók, o Bruckner, ya nunca te podrá gustar Julio Iglesias, o los éxitos pop. Es una escalera de subida sólo, y para ser feliz necesitas rodearte de personas que hayan subido por esa misma escalera. Si no, eres un marciano.

Con el tiempo descubrí también el jazz, que me apasionó, porque es como yo: improvisador y a contratiempo. Pero yo quería conocerlo todo. Exploré la música folklórica, el blues, el flamenco. Aprendi a amar todas esas músicas, y siempre he tendido a rodearme de gente relacionada con la música.

Durante años insistí en aprender a tocar la guitarra, pero nunca conseguí nada con ella. Un día, en Andorra, pasé por delante de una tienda de música y me compré un teclado electrónico. Vicente me aconsejó aprenderme los acordes de la mano izquierda. Me compré un libro de acordes y los memoricé. A partir de ahí conseguí un libro de partituras y empecé, nota a nota, como un niño de cuatro años. Pero a diferencia de la guitarra el piano era mi instrumento, y poco a poco fui aprendiendo. Ahora puedo tocar aceptablemente cientos de temas de jazz, y me da mucho placer. 

Y ya no tengo un teclado, sino un Clavinova.

Creative Commons License
This work is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 3.0 Unported License.

sábado, 5 de noviembre de 2016

Tierra de lagartos

Entrecruzan los caminos dibujando zigzags. Merodean por los contornos de los restaurantes. Agitan el césped a su paso bajo las ventanas y pueblan las cunetas de las carreteras. Al verte aparecer huyen, pero no tienen miedo de ti, porque saben que son más rápidos y saben dónde esconderse en caso necesario. Ellos son lagartos, y esto es la isla de Bioko, apenas a unos grados de latitud por encima del ecuador.

En los días claros -que en esta isla y en esta época son pocos-, se alcanza a divisar desde mi balcón una mole imponente que se alza al otro lado del mar: Monte Camerún. Desde la ventana opuesta, cuando no llueve, se puede ver también, mucho más cerca y cortejado por jirones de bruma, el cuerpo macizo y oscuro del volcán que, miles o quizá millones de años atrás, engendró esta isla desde las entrañas del océano. A la caída del sol, cuando las espesas nubes lo permiten, el espectáculo es épico.

Según dicen, Bioko era el nombre de uno de dos reyes que gobernaron esta isla. El otro se llamaba Malabo, y es hoy el nombre de la capital que sus pobladores han edificado en el norte de la costa. Han edificado y siguen edificando, porque Malabo es hoy una ciudad muy extensa, en constante expansión, que de un extremo a otro sólo es posible recorrer caminando si uno tiene vocación de peregrino.

Si uno no tiene vehículo y no quiere caminar, siempre encontrará a mano un taxi para llegar a donde desee. El servicio es colectivo, y el precio, hasta cierto punto, negociable. Si el conductor se aviene a llevarte, irá distribuyendo a los pasajeros a lo largo de un itinerario variable, en función de los que vaya recogiendo. Los conductores son casi todos muchachos jóvenes, algunos simpáticos y accesibles, otros herméticos e indiferentes.

Un ingrediente que nunca faltará durante el recorrido es la música. Casi siempre música africana, a veces con alguna concesión electrónica a la música europea, pero en general más alegre y llevadera. El ritmo suave y persistente de la música africana, el empuje del aire húmedo que entra por las ventanillas siempre abiertas y un paisaje salpicado de bananos, ceibas y, a trechos, tramos urbanos festoneados de abacerías, bares, tallercitos y viviendas humildes de una sola planta procuran al viajero esa sensación de libertad que en Europa siempre tiene un gusto amargo: el de quienes, sin ser conscientes de ello, vivimos allí permanentemente militarizados.

El clima es húmedo, pero la presencia casi constante de las nubes impide que el calor llegue a ser sofocante. Hasta bien entrado el mediodía la temperatura es, por lo general, casi perfecta. Y cuando digo el mediodía quiero decir exactamente eso: las doce del mediodía. Aquí el sol sale y se pone siempre a la misma hora y sigue siempre exactamente el mismo recorrido, vertical, de este a oeste, hasta el punto de que, sólo mirando al sol, es imposible distinguir el norte del sur.

Por la noche rara vez he podido ver estrellas en el cielo, a excepción de Venus, que brilla solitaria a la caída del sol, tan intensa como una linterna, muy arriba en la bóveda celeste. El sol aquí marca como un reloj el devenir de la vida cotidiana. De seis de la mañana a seis de la tarde todos los días, trescientos sesenta y cinco días al año. Sin excepciones. Apenas amanece, la ciudad se pone instantáneamente en marcha con su tráfico ronroneante, sus peatones de andar reposado, sus puestecitos de bananas y plátanos y tomates y popó mango y yuca y malanga y, al rato, sus colegiales despreocupados, vestidos de vivos colores, camino de la escuela.

En el extremo sur de la isla, en la costa, hay un lugar que llaman Arena Blanca. La isla es de origen volcánico, y en ella las playas de arena blanca son una excepción. El centro de Arena Blanca es una playa como de un kilómetro de extensión, en el borde mismo de la selva, salpicada de palmeras esbeltas y envuelta en un suave y delicioso perfume de flor de papaya. Frente por frente de la orilla puede verse una pequeña isla, deshabitada, y a su derecha un islote, ambos desbordantes de vegetación. Por la parte derecha, culebreando desde la espesura, asoma un arroyo rápido que viene a desaguar donde lamen las olas, por entre una formación de rocas dispersas en las que no encuentro ni rastro de lapas, erizos o cangrejos. Cangrejos hay, pero están escondidos en estrechas madrigueras que salpican a trechos la arena mojada, hondas y misteriosas.

La marea está alta, y el océano en calma. En la parte izquierda, a lo largo de la playa, hay un breve rosario de casitas de madera, aparentemente de pescadores. Uno de ellos aparece junto a nosotros como por arte de magia, exhibiendo un manojo de peces recién pescados que nos ofrece por un precio razonable. Después de un breve regateo el conductor se los compra, pero le exige una bolsa de plástico para poder llevarlos en el maletero. Cuando el pescador, a regañadientes, retorna por fin con una bolsa negra desastrada, se la entrega, se despide amablemente y se presenta: su nombre es Dionisio. “Cuando quiera comprar pescados, aquí me encontrará. Pregunte por Big Johnny, de Arena Blanca”.

Mi conductor parece dispuesto a hacerme visitar todos los poblados de la isla, pero yo le pregunto si podría llevarme a alguna plantación de cacao. Media hora despues, cuando menos me lo espero, se adentra de pronto en una cuesta empinada, por una vereda angosta cuyo firme son dos franjas no más anchas que una rueda de camión, y en cuyo centro la hierba crece hasta casi la altura de las rodillas. Al cabo de uno o dos kilómetros de bananos, ceibas, cocoteros y fronda de aspecto impenetrable, nos adentramos por fin en el primer bosque de árboles de cacao.

Abro entonces todas las ventanillas y me dejo invadir por el aire húmedo y fresco de la arboleda. Los frutos, de tamaño mediano, compactos y ovalados, penden de los árboles, amarillos o aún verdes o ya marrones, solitarios unos entre las ramas y otros formando racimos verticales que descienden a lo largo del tronco como una cremallera. No huele a cacao, y mucho menos a chocolate. Antes de llegar a ese punto será preciso recolectar los ya maduros, extenderlos el tiempo necesario sobre un secadero protegido de la lluvia y finalmente tostarlos y molerlos antes de convertirlos en exquisitas tabletas sólidas... o en sabroso mole líquido, si uno tiene debilidad por la cocina mexicana.

Ya de regreso, siento aflojar la presión en mis oídos. Hemos subido a gran altitud. Al doblar una curva entreveo en la distancia la superficie metálica del océano, tan lejos allá abajo que casi da vértigo contemplarlo. Según nos acercamos al poblado nos cruzamos con alguna que otra cuadrilla de recolectores, hombres y mujeres, algunos de ellos niños con banastas cargadas de cacao en equilibrio estable sobre sus cabezas. En el poblado, los habitantes -sobre todo las mujeres- llevan puestas prendas de abrigo. Casi hace frío.

Mi avión de regreso sale esta noche. Hago balance mentalmente de mi estancia aquí. No me ha picado ni un solo mosquito, pero tampoco he podido ver muy de cerca ni un solo lagarto. Quizá para desquitarme, he comido estofado de cocodrilo en un restaurante del lugar. El cocodrilo estuvo varios días danzando arriba y abajo por mi tracto digestivo, pero no hasta el punto de hacerme arrepentir de la experiencia. He obsequiado y he sido obsequiado, todo lo generosamente que permitía la economía de cada quién. Y he conocido de cerca las familias africanas, con su sentido de la hospitalidad y sus laberínticos vínculos de parentesco y sus relaciones de poligamia, y sus alegrías y tristezas, y las diferentes melodías de sus formas de hablar.

Y justo ahora, cuando ya sé que mi avión despegará a las once de esta misma noche, me entran unos deseos irrefrenables de no regresar. De seguir camino y explorar otras latitudes y climas y lenguas y costumbres, con mosquitos o sin ellos, en lechos duros o blandos y con lluvias o sequías y gentes duras o amables o indiferentes. No me engaño. Ya sé que eso no es necesariamente la libertad y, cuando llega a serlo, su precio es muy alto. Pero Europa, con sus palos con zanahoria, sus esclavos felices y sus pesadillas pobladas de normas, consignas, señales de tráfico y caminos siempre trazados, es la más burda falsificación de la libertad que ha perpetrado jamás la historia de la civilización.

Hasta pronto, Africa.

Creative Commons License
This work is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 3.0 Unported License.

miércoles, 12 de octubre de 2016

Grietas

“El mejor argumento contra la democracia es una conversación de diez minutos con un votante promedio”.

La frase es de Winston Churchill, y no es fácil de interpretar. La democracia es una forma de gobierno, y gobernar consiste esencialmente en tomar decisiones, a menudo complejas. Los votantes pueden desear que la vivienda sea más asequible, que la asistencia médica sea gratuita o que los sueldos suban hasta el nivel que ellos creen merecer. Sin embargo, el votante promedio no siempre sabe si sus deseos son realizables, cuál es la mejor manera de realizarlos o cuáles serían sus consecuencias. En realidad nadie lo sabe, pero es difícil negar que hay personas más preparadas que otras para tomar decisiones.

Dicho de otro modo: en una sociedad mínimamente compleja, la democracia directa no tiene muchas probabilidades de funcionar. Por eso en las democracias modernas el votante no sólo tiene que manifestar sus deseos. Además, debe decidir quién, según su criterio, aplicará la fórmula más adecuada para hacerlos realidad. Lo cual nos conduce a un territorio más bien inesperado: el éxito de una democracia depende decisivamente del criterio de sus votantes.

Y llegamos al meollo de la cuestión. Nuestro criterio sobre un asunto cualquiera depende, a su vez, de dos elementos clave: la información de que disponemos sobre ese asunto, y la capacidad de nuestras emociones para neutralizar esa información. Por desgracia, ambas cosas son manipulables. Los medios de comunicación pueden omitir información, falsearla, contaminarla más o menos sutilmente de opinión, o apelar a nuestros sentimientos más viscerales. Y los políticos pueden prometer lo que nunca podrán o querrán cumplir, o manejar los medios de comunicación para atraerse las simpatías de los votantes.

Todo eso sucede, día tras día y minuto a minuto, ante nuestros ojos. El votante promedio está manipulado, hasta el punto de que podríamos volver del revés la frase de Churchill:

“El mejor argumento contra la democracia es una conversación de diez minutos con un político promedio”.

Pero todo tiene un límite. La mayoría de los políticos viven en un mundo aparte, escasamente en contacto con la vida real, y cuando el mundo de fantasía que han tejido en torno al votante empieza a chocar con la realidad, el edificio se agrieta. Las grietas pueden ser apenas perceptibles, pero la dinámica interna que revelan puede ser alarmante. Todo el aparato de propaganda oficial, lanzado a toda máquina, no consigue convencer a la mitad más uno de la población. Es lo que ha sucedido en el Reino Unido y en Colombia, y lo que podría suceder próximamente en Estados Unidos, en las próximas elecciones generales.

La primera grieta inesperada fue el Brexit, y el edificio que ya ha empezado a agrietarse es la Unión Europea. La Unión Europea Soviética, como la llaman algunos. Un monstruo burocrático, antidemocrático e intervencionista que se sostiene gracias a unos niveles de deuda insostenibles a largo plazo. Un cuento de hadas que nada tiene ya que ver con la realidad, porque la realidad no son las consignas políticamente correctas de los gobernantes instalados en sus poltronas. La realidad son los barrios y ciudades de Francia, Holanda, Bélgica, Alemania o el Reino Unido que están retornando sigilosamente a la Edad Media, las agresiones sexuales que nunca son noticia en los medios de comunicación, la política de brazos abiertos y subvenciones indiscriminadas, la maraña de normas prescindibles, cada vez más dictadas por la ideología y cada vez más contrarias al sentido común, o la cesión de soberanía de los países miembros.

Esa es la realidad que ha aflorado en el referéndum del Brexit. La realidad de quienes la padecen frente a la realidad de quienes la predican. Si los políticos europeos tuvieran una sensatez –y una honradez– que no tienen, aceptarían que el modelo es inviable y desmontarían buena parte del monstruo que han construido. Los británicos que votaron Brexit sólo quieren dos cosas: control de la inmigración y recuperación de la soberanía. No se oponen a la libertad de mercado, ni al intercambio cultural, profesional o laboral, ni a la mejora de las comunicaciones por tierra, mar y aire con el resto de Europa. No reniegan de Europa, sino de la Unión Europea (soviética). No sería muy difícil complacerlos y llegar a un acuerdo amistoso con ellos, extensible después al resto de países miembros. Pero si los políticos se empeñan en escarmentar a los británicos para tratar de sostener un edificio insostenible, las consecuencias pueden ser nefastas. Y si alguien cree lo contrario, ahí está la historia de Europa para contradecirle.

La segunda sorpresa sobrevino en Colombia. Toda la maquinaria de propaganda del Estado no ha podido convencer a la población de que un acuerdo firmado en La Habana con una banda de comunistas asesinos otorgándoles representación parlamentaria, territorio para cultivar coca y respetabilidad es un acuerdo de paz, y no una rendición. La concesión del premio Nobel de la paz al presidente Santos es una evidencia patética de la desconexión total de la casta políticamente correcta con la realidad del mundo real. O quizá es una evidencia inquietante de hasta dónde puede llegar el poder del dinero.

La tercera sorpresa se llama Donald Trump. La América currante frente a la América exquisita y progresista. Nadie sabe quién ganará las elecciones en Estados Unidos, pero lo que sí sabemos es que todos los medios de comunicación, incluidos los del partido en el que milita Trump, están volcados contra él día y noche, hora tras hora, sin descanso. Y, por extensión, todos los medios de comunicación europeos. Y, aun así, sólo consiguen convencer a los que ya estaban convencidos. Entre todos, sin darse cuenta, lo están convirtiendo en un símbolo. Un símbolo de la realidad tangible frente a la estupidez de los cuentos de hadas oficiales y a la manipulación informativa del establishment.

No sé lo que dicen los periódicos españoles sobre Trump, pero sí sé lo que dice Trump. He escuchado muchas declaraciones suyas y he visto los dos debates que ha mantenido con Hillary Clinton. Contra lo que dan a entender los periodistas omitiendo la mitad de la información, Trump nunca ataca si no ha sido atacado. Es mucho más inteligente que Hillary Clinton (lo cual no es difícil), y no sería peor presidente que ella o que Bush hijo (lo cual tampoco es difícil). Si hacemos caso omiso de sus bravuconadas y chistes malos, que le han financiado casi gratis la campaña electoral, lo que Trump propone es:

- acabar con ISIS, para lo cual Rusia sería un aliado excelente
- auditar la Reserva Federal y acabar con su intervencionismo
- reducir el tamaño del Estado y bajar impuestos, en particular a las empresas, para que no se lleven los centros de producción a otros países
- cubrir las futuras vacantes del Tribunal Supremo con jueces que no sean ideólogos progres
- reducir drásticamente la delincuencia siguiendo el modelo de Giuliani en Nueva York
- controlar rigurosamente la entrada en el país de las personas con religiones antidemocráticas o antiamericanas
- controlar la inmigración ilegal proveniente de México, que quita puestos de trabajo a los americanos legalmente establecidos, que pagan impuestos

Para resumir, Hillary Clinton propone más o menos lo contrario. No propone incrementar la delincuencia, naturalmente, pero sus declaraciones sí hacen temer que podría conducir a Occidente a una guerra abierta contra Rusia. Personalmente, no creo que Trump sea racista, y sí creo que dice en voz alta muchas cosas que mucha gente piensa pero no se atreve a manifestar en público, por miedo a ser tildado de racista, islamófobo, machista, antiecologista, antigay o cualquiera de los sambenitos progres que penden sobre nuestras palabras. La izquierda nunca amó la libertad de expresión.

Algunos ejemplos hipotéticos ilustrarán lo que quiero decir:

1 – Lleva usted media hora en la cola del cine, y de pronto se le cuela una persona. Pero, justo cuando le va a decir que se vaya al final de la cola, averigua que esa persona es un inmigrante ilegal. ¿Lo tratará de la misma manera? ¿Y las demás personas que están en la cola? ¿Y si la cola no es para el cine, sino para buscar empleo?

2 – Una persona acude al registro de partidos políticos para registrar el nuevo Partido Nazi. Usted, que es el funcionario que examina la solicitud, lo rechaza enérgicamente. Entonces el solicitante se va al registro de religiones y solicita registrar la religión nazi, con exactamente los mismos estatutos. Usted es el funcionario que examina la solicitud. ¿La aprobará? (Recuerde que hay que respetar escrupulosamente todas las religiones)

3 – Un blanco le estafa. Usted le llama de todo. Al día siguiente, un negro le estafa. ¿Se atreverá usted a proferir los mismos insultos delante de sus amigos? ¿Y en una entrevista ante las cámaras?

4 – Usted cree que el cambio climático es un cuento chino financiado por la casta política occidental para reducir la dependencia del petróleo de los países de Oriente Medio y de paso culpabilizar a la población. ¿Se atreverá a defenderlo con la misma vehemencia que quienes opinan que el cambio climático es una certeza?


Creative Commons License
This work is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 3.0 Unported License.

domingo, 18 de septiembre de 2016

Proteo, dios de Archena

Hay en la Odisea un pasaje fascinante en el que Menelao, esposo de Helena de Troya, relata una de sus peripecias a Telémaco, el hijo de Odiseo que busca infatigablemente a su padre. Durante su regreso de la guerra de Troya, Menelao ha recalado en la isla de Faros, en la que habita un misterioso personaje llamado Proteo. Eidotea, la hija de Proteo, le ha asegurado que, si consigue capturar a su padre, este le revelará la causa de sus infortunios y la manera de conjurarlos para regresar a su hogar.

De modo que, cuando Proteo emerge de las aguas para conciliar el sueño rodeado de sus focas, Menelao emprende su captura. Pero Proteo es un dios prodigioso, que para esquivar a su perseguidor se transforma una y otra vez en las cosas más insospechables: un león, una serpiente, un leopardo, un cerdo, un árbol. Incluso en agua.

Creo recordar todavía los primeros dibujos que vi de VAG. Me los mostró él mismo. Eran una serie de grupos familiares, ataviados a una antigua usanza probablemente imaginada por él, aunque reminiscente de finales del siglo XIX. Estaban dibujados a tinta, y la silueta de las mujeres me recordaba vagamente a alguna de las Meninas de Velázquez.

Perseveró en aquellos temas durante algún tiempo, pero su estilo pronto derivó hacia otras figuras más surrealistas, que sorprendentemente alternaban con dibujos realistas de factura un tanto triste, como descuidada. Incluso le puse un nombre a aquel novedoso estilo, que yo interpretaba como una rebelión absurda frente a la belleza de la forma. Lo bauticé 'tosquismo'. Nunca me gustó el tosquismo de VAG, pero al mismo tiempo percibía en aquellos dibujos desolados una poderosa fuerza interior que tarde o temprano -yo no lo sabía entonces- terminaría saliendo a la luz.

Aquella fuerza interior se llamaba Proteo. Una noche, en Madrid, VAG me mostró los últimos óleos que había pintado, y entonces comprendí que el dios de la isla había salido por fin del océano y se había empezado a transformar.

Nunca se lo he dicho, pero siempre he intuido que toda la obra pictórica de VAG es una irreparable añoranza de sus primeros años en aquel pueblo suyo de la vera del Segura. Un pueblo muy singular, en el que coexisten pacíficamente vahos tropicales de oasis con pedregales despiadados, eternamente ignorados por la lluvia. Una especie de Islandia mediterránea capaz de generar pintamonas sin lustre o genios torturados.

El genio de VAG ha ido cobrando forma poco a poco, con el paso de los años. Junto a su proteica creatividad musical y didáctica ha discurrido siempre, lombriceante como un Guadiana, una atracción creciente hacia la expresión plástica, que no se ha manifestado sólo en dibujos, óleos o acuarelas, sino en un universo de experimentación infatigable. Desde aquel primer corto en super 8 hasta la programación en 3D, pasando por la animación, el comic, la fotografía o los botijos, pocos territorios visuales hay que VAG no haya explorado.

Tengo en mis paredes varios óleos suyos, todos ellos de estilos y trasfondos emocionales muy diversos. Y tendría más, muchos más. Pero necesitaría tantas paredes que prefiero refugiarme en una vieja ilusión, siempre incumplida por falta de medios materiales: habilitar un museo que recoja y realce debidamente toda su producción artística, hasta hoy lamentablemente alejada del foco de la 'cultura' oficial.

Porque VAG es mucho más que un ilustre hijo de su amada Archena, y también mucho más fácil de describir. VAG, sencillamente, es un genio.

Creative Commons License
This work is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 3.0 Unported License.

miércoles, 14 de septiembre de 2016

Freaks subpirenaicos: 1955MR

El Freak subpirenaico 1955MR nació en una región subpirenaica lluviosa, conocida por la habilidad de sus habitantes para mantener una conversación indefinidamente sin decir jamás ni sí, ni no, ni qué se yo. Por lo demás, el Freak que nos ocupa hoy apenas se diferencia de tantos otros Freaks subpirenaicos, cortados todos casi siempre por el mismo patrón. Algo así como el eterno retorno. Para empezar, como en todas las buenas familias, uno de sus antepasados pertenecía a la farándula tribalista, naturalmente en el sector de los señoritos, donde había descollado por sus logros como pendolista legislativo.

Sus primeros estudios los cursó, por supuesto, con una congregacion religiosa, concretamente los jesuitas, y a nadie sorprenderá saber que a continuación se matriculó en la Facultad de Derecho. Las ciencias nunca fueron el punto fuerte del país subpirenaico, y mucho menos si lo que uno se propone es vivir bien sin dar ni golpe. Su meta, naturalmente, era ser funcionario del Estado, que en provincias está considerado como un destino de muchísima pompa y circunstancia.

Sin embargo, la política llamó un día a su puerta –o él llamó un día a la puerta de la política-, y en tales menesteres, con el tiempo y una caña, fue escalando puestos en niveles de mangoneo crecientes. He usado la palabra ‘mangoneo’ porque, como veremos en seguida, no tiene sentido hablar de ‘responsabilidad’ en el caso del Freak 1955MR. O bien porque supo tener paciencia, o porque su mediocridad fue una virtud muy apreciada por sus superiores, o por su proverbial habilidad para no decir nunca ni sí, ni no, ni qué sé yo, el Freak que hoy nos ocupa desempeñó puestos variopintos en la administración regional y, con el tiempo, incluso en la nacional. En todos ellos supo pasar sabiamente inadvertido, aunque la clave de su éxito fue posiblemente otra habilidad aún más meritoria.

A saber: escurrir el bulto. Sea cual sea la decisión que esté obligado a tomar en virtud de su cargo, el Freak se las arregla siempre para que la tome otro. De manera que él nunca será responsable de nada. Brillante, ¿verdad? Las decisiones técnicas las tomarán los técnicos, las económicas los economistas, las judiciales los jueces y fiscales, y en los asuntos conflictivos mejor no complicarse la vida y dejarlos como estaban. Con una salvedad: si la decisión tiene éxito, el mérito será sólo suyo, que para eso es el titular del cargo.

Este tipo de personaje sólo puede llegar a medrar en regiones subpirenaicas, y no es un modelo exportable a países civilizados. La razón es muy simple: hace falta una población de imbéciles para que, con artimañas tan birriosas, alguien así sea capaz de salirse con la suya.


Creative Commons License
This work is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 3.0 Unported License.

sábado, 10 de septiembre de 2016

Freaks supirenaicos: 1885BI

El Freak supirenaico 1885BI nació a finales del siglo XIX en tierra de toros, caballos y señoritos. Su padre era secretario de juzgado, y su madre procedía de una familia de labradores de clase media. Parte de sus estudios los cursó en los escolapios. Como el lector estará empezando a observar, las congregaciones religiosas aparecen a menudo en las biografías de nuestros Freaks, por lo que no es de extrañar que muchos las vean como la mosca en la sopa del país subpirenaico.

Apenas estuvo en edad de ganarse el pan, el Freak 1885BI entró a trabajar como escribiente en el juzgado de su pueblo hasta que terminó la carrera de Derecho, que estudió con dudoso aprovechamiento (o con lamentables profesores), como en seguida veremos.

Sólo unos años después obtuvo por oposición una plaza de notario, que lo instaló de lleno en el selecto mundo de los señoritos subpirenaicos. La crème de la crème. Inmerso en tan fértil caldo de cultivo, probablemente no pudo evitar sentirse atraído por el prêt-à-porter de la moda ideológica que por entonces hacía furor en aquellas latitudes: el federalismo tribal.

A los 39 años emprendió una gira por el norte de Africa. En pocos meses, impresionado seguramente por los logros de aquella civilización tan superior a la suya, abrazó la religión musulmana y cambió su nombre de pila por otro en consonancia. Era un hombre nuevo. Su familia, pese a todo, se apresuró a negar tal conversión, atribuyendo al Freak 1885BI gran admiración por Santa Teresa y San Juan de la Cruz, y encareciéndolo como benefactor de un convento de religiosas.

Viajó después por otras regiones subpirenaicas para intercambiar impresiones -o quizá para intrigar- con ideólogos tribales como él, y colaboró en una revista de similar filiación. Pese a haberse presentado una y otra vez a las elecciones de la nación opresora con su programa tribalista, nunca llegó a obtener representación parlamentaria. Mortificado por tan pertinaz fracaso, exhumó la bandera de una taifa del siglo XI y compuso la letra del futuro himno de aquella tribu incontestable que, sin embargo, las urnas se empeñaban en ignorar.

Lastrado por su desconocimiento de la civilización transpirenaica, el Freak 1885BI estaba convencido de que el problema de aquel país de toros, caballos y señoritos era la distribución de las tierras. Como muchos intelectuales y revolucionarios antes -y después- que él, no parecía haberse enterado de que, en el transcurso de la Historia, el ingenio humano había hecho algo más que inventar la pala y el azadón.

Pero, como sucede siempre con los señoritos de izquierdas, había algo que no acababa de encajar en aquellas utopías justicieras: si los desposeídos dejaran de serlo, la clase alta -y en particular los notarios de provincias- afrontarían un futuro incierto. Los sirvientes podrían ponerse farrucos, los colectivistas les requisarían las calesas, y a lo peor hasta les cerraban el Casino. Entonces, ¿por qué perder tanto tiempo en metafísicas, siempre a vueltas con el tostón de las patrias? En resumen: ¿para qué podía querer el poder el Freak 1885BI?

Sólo se me ocurre una respuesta: para liquidar a los caciques de turno y colocar a los suyos.

Creative Commons License

This work is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 3.0 Unported License.

Aleppo

Hace un par de días, el gobernador de Nuevo México, Gary Johnson, candidato libertario a la presidencia de USA, acudió a una entrevista en los estudios de la NBC. En el transcurso de la entrevista, uno de los periodistas -probablemente con ambigüedad calculada- preguntó a Johnson: "¿Qué haría usted en relación con Aleppo?", a lo que el candidato repuso cándidamente "¿Y qué es Aleppo?"

Posteriormente, Johnson justificó el patinazo diciendo que en un primer momento había pensado en unas siglas. Sin embargo, si observamos el vídeo de la entrevista, veremos que la expresión facial de Johnson siguió en blanco mientras el entrevistador le explicaba que Aleppo estaba en Siria, y sólo salió de la inopia cuando el periodista añadió que Aleppo era "el epicentro de la crisis de refugiados".

Los periodistas americanos son monstruos desalmados capaces de vender a su abuela para trepar media pulgada en el organigrama, pero saben hacer su trabajo. De modo que el entrevistador no desaprovechó el flanco que acababa de quedar al descubierto y atacó: "¿Tan poca importancia le merecen los conflictos internacionales a alguien que quiere ser presidente de los Estados Unidos?" Como buen político, Johnson se salió en seguida por la tangente, pero su respuesta era ya irrelevante, porque la carga de profundidad era la pregunta, y la pregunta había sido lanzada.

Gary Johnson no ha sido el único político americano que ha dejado en evidencia sus limitaciones. En 2011, también durante una entrevista, el candidato a las primarias Rick Perry empezó a enumerar los tres ministerios que suprimiría si llegara a ser elegido presidente. A saber: Comercio, Educación, y... hum..., esto..., a ver..., vaya, lo tengo en la punta de la lengua...

En 2008, la entrevistadora Katie Couric preguntó a Sarah Palin, candidata a vicepresidente en aquellas elecciones, qué periódicos leía para para mantenerse informada y para entender lo que sucedía en el mundo. Sin mover un músculo innecesario de la cara, Palin respondió: "La mayoría de ellos... ¡Todos...!" La periodista insistió: "Nómbreme alguno". Pero la entrevistada no especificó. "Tengo una inmensa variedad de fuentes de noticias", aseguró. Y a continuación, como era de esperar tratándose de un político, se fue por las ramas: "No vaya a creer que Alaska es un país lejano. Aquí estamos al corriente de todo..."

Mucho más hilarante (en realidad, patética) fue la metedura de pata de Joe Biden ese mismo año con la misma periodista. "Cuando la Bolsa se desplomó", afirmó Biden, refiriéndose al crack de 1929, "el presidente Roosevelt salió por televisión y...". Sólo que en 1929 Roosevelt todavía no era presidente de los Estados Unidos, y la televisión... ni siquiera había sido inventada.

En 1992, el vicepresidente Dan Quayle corrigió públicamente a un estudiante la grafía de la palabra 'potato' [patata], asegurándole cariñosamente que "le faltaba una letra al final". Pero lo cierto es que 'potatoe' no el singular de 'potato', sino el resultado de quitarle una s al plural 'potatoes'. Lo que Quayle estaba sugiriendo era algo así como decir 'el amoto' o 'el arradio' en español ¿Cuantos libros o periódicos (¡o comics!) podemos suponer que había leído el Sr. Quayle cuando se permitió corregir a aquel estudiante?

El blindaje verbal de los políticos (lo que entre nosotros llamamos 'cara dura') es proverbial, pero a veces pequeños detalles como éstos nos revelan la verdadera dimensión de tales personas, la mayoría de ellas vacías de cultura, de principios y de convicciones. Si alguna vez la política tuvo un componente moral, hace mucho tiempo que lo perdió. Los políticos de hoy son, simplemente, vividores a cuenta de la Administración.

Pero no nos pongamos estupendos. La democracia es representativa, en el sentido más lato de la palabra. ¿Cuántos ciudadanos consideran hoy que la cultura es un valor? Hasta hace muy poco tiempo lo ha sido, pero ahora las tornas han cambiado. Lo que importa hoy es el cultivo del cuerpo, no de la mente. Era el ideal de las juventudes hitlerianas y, como en los tiempos del nazismo, también hoy este nuevo modelo de ciudadano es el resultado de un adoctrinamiento concienzudo.

No estoy hablando por hablar, pero nos adentramos en un tema mucho más amplio, que me reservaré para otro día.

Creative Commons License
This work is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 3.0 Unported License.

viernes, 26 de agosto de 2016

Freaks subpirenaicos: 1865SA

El Freak 1865SA nació en pleno siglo XIX en una lluviosa localidad subpirenaica. Su padre era propietario de unos astilleros y ferviente partidario de la causa carlista, hasta el punto de que destinó parte de su fortuna a comprar armas en Inglaterra para el ejército rebelde. Tras el alzamiento carlista de 1872, la familia puso pies en polvorosa y se refugió en Francia, donde el Freak protagonista de esta semblanza pasó sin pena ni gloria algunos de sus tiernos años infantiles.

Tras la segunda sublevación de los pertinaces carlistas, el Freak 1865SA acudió por fin a estudiar a una escuela jesuita de las tierras lluviosas. En algún momento que las crónicas no especifican contrajo la tisis, de la que lamentablemente se repuso tras una larga convalecencia. Entonces, a los 17 años, una conversación con un hermano suyo lo indujo a abandonar la causa carlista para abrazar una doctrina no menos pintoresca: el nacionalismo racista. Fue, más que una revelación, un trance místico, que aconteció precisamente durante una Semana Santa.

Un año después, embargado de entusiasmo, se matriculó al mismo tiempo en tres Facultades distintas de otra Universidad subpirenaica pero, siendo persona de limitadas luces, abandonó los estudios poco tiempo después. Quien mucho abarca, poco aprieta.

De regreso a su lluviosa tierra, habitada desde el día de la revelación por seres superiores (como él), escribió y publicó varios libros sobre etimología y gramática de la lengua de aquellos seres superiores. Lengua que, por lo demás, él desconocía. En tanto que así se afanaba, opositó a una cátedra en un instituto local. Afortunadamente, sin éxito.

Casó después con una mujer del medio rural, cuyo apellido él tuvo que amañar para adaptarlo a su condición de esposa de raza superior, y la feliz pareja, debidamente bendecida por la Santa Madre Iglesia, celebró su viaje de bodas en la muy milagrosa y cosmopolita localidad de Lourdes.

Gracias a la fortuna de su padre, el Freak 1865SA no necesitaba trabajar, pero a condición de rentabilizar adecuadamente el capital obtenido de los astilleros. Las razas superiores son extremadamente tolerantes, y no se oponen a invertir en tierras habitadas por razas primitivas, por lo que el Freak 1865SA y su hermano se decidieron a comprar acciones de una empresa minera subpirenaica con explotaciones en territorio bárbaro.

Entre tanto, al otro lado del Atlántico, una isla caribeña que todavía formaba parte del país subpirenaico estaba en plena efervescencia. La efervescencia acabó en guerra, y la isla terminó independizándose de la opresora madre patria. En esta, tan aciago suceso desmoralizó a todos sus habitantes, salvo a algunos exóticos Freaks de las tierras lluviosas que, al ser de raza superior, vieron en la secesión atlántica un modelo a seguir y un motivo de bendita ilusión.

Quizá por esa razón, y con el loable propósito de llamar la atención del indiferente planeta Tierra, el hermano del Freak 1865SA se presentó un día ante el vicecónsul de Estados Unidos de América y le entregó un telegrama felicitando a su Presidente por haber consumado la secesión de aquella isla. Como Estados Unidos acababa de infligir una humillante derrota al país subpirenaico, el Freak 1865SA dio con sus huesos en la cárcel, donde permaneció cinco oprobiosos meses hasta que, absuelto por un jurado popular, fue puesto en libertad.

En sus últimos escritos, el Freak 1865SA dio señas de haber perdido la razón, ya que renunciaba a la independencia de la raza superior en favor de una postura regionalista y, por lo tanto, humillante. Juzgue el lector por sí mismo. Un hombre que en sus momentos más lúcidos alentaba a expulsar de los pueblos a pedradas a los maestros de raza inferior, que contraponía el asqueroso y cínico abrazo del pasodoble frente a las púdicas y aéreas danzas del pueblo elegido, o que comparaba a los salvajes librepensadores ocupantes con las tribus zulúes, desistía ahora de sus grandiosos ideales para aspirar a ser simplemente uno más en la grosera cacofonía subpirenaica.

Sin duda había contraído la enfermedad de Alzheimer.

Creative Commons License
This work is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 3.0 Unported License.

domingo, 14 de agosto de 2016

Un libertarismo diferente

Percibir tu propio 'yo' proporciona placer. Delegar en otras personas, también. Estos dos extremos son el yin y el yang de los modelos de sociedad, y la combinación de uno y otro en diferentes grados genera híbridos variopintos, en uno de los cuales estamos metidos usted y yo. ¿Por qué estoy diciendo esto?

More input! More input!

Somos lo que somos porque podemos conseguir fines. Si nuestro fin es alcanzar una cuchara, alargamos el brazo y nos hacemos con ella. Si nuestro fin es llegar a presidente de los Estados Unidos o matar N marcianitos en una pantalla y lo conseguimos, nuestro 'yo' se refuerza, y en consecuencia nuestro cerebro genera endorfinas: ¡bingo!

El problema de esta vía hacia la felicidad son los fracasos, que son dolorosos para el ego. O, más exactamente, el riesgo de fracasar. Quién sabe, tal vez uno puede llegar hasta donde se lo proponga. El cielo es el límite. Pero, cuanto más codiciado sea el objetivo, más duro podrá ser después el batacazo.

Siempre hay quienes se arriesgan. Sus herramientas para conseguir el poder -porque a estas alturas ya se habrá imaginado usted que estoy hablando del poder- son tan variadas como la naturaleza humana. Uno puede picar piedras para prosperar, o puede hacerlo más aprisa o mejor que su colega. Pero también puede idear o fabricar una máquina que pique piedras sin intervención humana, crear un banco que explote los beneficios de tales fábricas, o entrar en política para favorecer los intereses de ese banco o para ponerle límites. No es cuestión de ser buenos o malos. Igual podríamos despertar admiración que manipular o adular como medio para conseguir nuestros fines. Cualquiera de esas vías nos puede servir para controlar el mundo exterior. Es decir, para tener poder.

Querámoslo o no, todos tenemos al menos alguna dosis de ese ingrediente. Desde el porquero que controla su pequeña porqueriza hasta Mahatma Gandi, que consiguió controlar él solo a millones de personas predicando la perfidia del control de las mayorías por las minorías.

La Venus de las pieles paga con tarjeta

En el otro extremo de esa tendencia innata hacia la felicidad están los que delegan. Para ellos, la felicidad no consiste en controlar las cosas, sino en dejar que otro las controle por ti. Es la vía adoptada por el creyente, el votante, el manipulador, el paciente o el hipnotizado, por poner sólo algunos ejemplos. Y tampoco tiene nada que ver con la moral. Uno puede ser mantenido de buen grado por una persona amada o estropearle los frenos del coche para cobrar el seguro.

Naturalmente, sólo somos humanos. Hay muchas cosas que ni podemos ni podremos nunca hacer, y el éxito de una sociedad se medirá por el grado de equilibrio entre los que controlan y los que delegan. Cuando el equilibrio se rompe, las sociedades podrían terminar derivando hacia el extremo más temido: el control total de unos y el abandono incondicional de todos los demás. Es un imán que siempre tiene dos polos: no puede haber controladores si no hay controlados. Y es un extremo absoluto: si al menos una minoría se resiste, el equilibrio no será del todo estable.

Extasis junto a St. Paul Cathedral, London, UK

Era una mañana del mes de julio y yo acababa de sentarme en unas escaleras frente a St. Paul's Cathedral. Hacía apenas unos meses que había decidido renegar de toda religión cuando, en una réplica involuntaria del rayo celestial que derribó a San Pablo del caballo, un joven barbudo que pasaba por allí depositó un panfleto entre mis manos. Bajo una bandera negra artesanalmente dibujada en la cabecera, los autores de aquel texto resumían en sólo tres palabras las tres cosas que a mí más me molestaban de la vida: la familia, la religión y el Estado.

Fue una revelación. Aquel panfleto verbalizaba mis ansias de libertad, hasta aquel momento crepusculares. Mi familia era un quilombo, la religión católica en España era por entonces un forúnculo en el trasero, y el Estado eran unos burócratas remotos que sustentaban una oprobiosa dictadura.

Pero la vida, como dicen, da muchas vueltas. Durante años alimenté mi hostilidad a aquel monstruo de tres cabezas, hasta que un día tuve que reconocer que, en el fondo, anhelaba tener una familia. Por otra parte, la iglesia católica había dejado de entrometerse en mis costumbres. El Estado, en cambio, simplemente había cambiado de manos, y había sustituido aquella vieja ideología, rancia e impopular, por otra mucho más convincente. Y peligrosa.

La nueva ideología había ido mucho más allá que el ideario de la dictadura, porque en su afán por tenernos a todos satisfechos -es decir, controlados- había erradicado la noción de riesgo. Liberado de la responsabilidad de prever el futuro, el ciudadano medio se lanzó a endeudarse, paradójicamente, como si el mundo se fuera a terminar mañana. Carpe diem. Vivir es hermoso. Eran los primeros síntomas...

Bailando el surf (en la cubierta del Titanic)

Hasta que la ola descargó. No, el futuro nunca había estado asegurado. Unicamente había remoloneado más de la cuenta, y ahora estaba pasándonos de una sola vez todas las facturas atrasadas. El mundo se encontraba en estado de shock. ¿Qué había sucedido?

En asuntos tan complejos como la realidad, es de idiotas simplificar. Habían sucedido muchas cosas, pero uno tenía la impresión de que ninguna de las argumentaciones que leía las explicaba realmente. Al fin y al cabo, la economía es esa pseudociencia que me permite explicar hoy por qué ayer mi teoría estaba equivocada.

Por eso, razoné yo, para entender lo que estaba pasando, a quienes había que escuchar era no a los pregoneros oficiales, sino a los que previeron que la burbuja estallaría. Y así fue como descubrí la denominada 'escuela austriaca' de economía. El resultado fue una segunda revelación: aquellos pensadores amaban la libertad tanto como yo, y sus teorías estaban basadas en un principio inamovible: la dignidad del ciudadano frente al Estado.

La sombra de Proudhon se invierte al atardecer

Fue una buena noticia. Las ideas libertarias tradicionales siempre me parecieron demasiado utópicas, y en la actualidad se han vuelto tan siniestras como las consignas y métodos de la izquierda, que han terminado adoptando. Los viejos libertarios eran individualistas y generosos. Los de hoy son igualitaristas y sectarios.

Todo esto no quiere decir que uno deba adoptar a pies juntillas las explicaciones de los 'austriacos'. Es un mundo variopinto, en el que coexisten intelectuales profundos como Hayek o von Mises, pensadores lúcidos como Ayn Rand, y algún que otro personaje estrafalario que cree en la astrología o que interpreta la torpeza cortoplacista de la economía oficial como una conspiración secreta fraguada en las cumbres de Davos.

Pero los austriacos predijeron el estallido de las dos burbujas: la de 2001 y la de 2008. Frente al dogma keynesiano imperante, los austriacos creen en la responsabilidad del individuo y en su capacidad de iniciativa, defienden el juego limpio y el valor real de las cosas, y se oponen a distorsionar la percepción de riesgo, que tan nefastas consecuencias está teniendo todavía hoy en nuestras economías.

Algo de credibilidad se merecerán, diría yo.


This work is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 3.0 Unported License.

sábado, 9 de julio de 2016

El palo y la zanahoria

Leo en el sitio web de Mish algunos datos económicos de USA del mes de junio pasado. El empleo en ese país ha aumentado en más de 280 000 puestos de trabajo en un solo mes. Una cifra sin precedentes desde hace mucho tiempo. Seguramente un triunfo del que el gobierno USA -y los medios de comunicación afines- se va a vanagloriar. Sin embargo, sigo leyendo. Como el número de personas en edad de trabajar también ha aumentado (debido al crecimiento de la población) y lo ha hecho más aprisa que el número de empleados, resulta que el desempleo en realidad ha aumentado. ¿Nos suena?

La desconcertante constatación de que el empleo y el desempleo pueden aumentar al mismo tiempo es una razón de peso para desconfiar de las simplificaciones. La realidad es compleja. La propaganda, no. Un titular de prensa objetivo podría resumir estos datos así: "Ni siquiera un espectacular aumento del empleo consigue detener el aumento del desempleo". Lo importante no es que el vaso esté medio lleno o medio vacío, sino en qué dirección progresa el nivel del agua.

¿Y en qué sectores económicos ha aumentado el empleo? Los datos son reveladores. Ocio, hostelería, atención médica, asistencia social y finanzas. Si excluimos las finanzas, que son de ámbito internacional, tenemos que deducir que la población de USA está aumentando sus gastos en divertirse más y recibir más prestaciones de la Administración. En un libro de historia, una frase así referida a un imperio (y los USA lo son) evocaría inmediatamente la palabra 'decadencia'. El tiempo dirá lo que pensarán nuestros descendientes cuando la lean en algún capítulo dedicado a la historia del siglo XXI.

Para entender las dimensiones históricas de la crisis que comenzó en 2008 hay que comparar estos datos con otros periodos económicos del pasado. Difícilmente encontraremos un periodo histórico en que la industria del ocio y el turismo haya tenido siquiera un peso mínimo en la economía de un país, y no digamos ya que haya tirado de la economía. Los avances tecnológicos han eliminado puestos de trabajo, pero también han creado las condiciones para crear nuevas modalidades de empleo que los reemplacen.

Desde que se inventó la máquina de vapor se vienen oyendo voces contra las innovaciones tecnológicas que simplifican el trabajo. Hace de eso ya tres siglos, y no parece que pasemos hoy más hambre que entonces. En el siglo XVIII ni siquiera los emperadores tenían aire acondicionado, el agua corriente era un lujo inalcanzable y las calles estaban mucho más sucias que antes de construir las redes de alcantarillado (aunque probablemente menos sucias que después de inventarse los perros). La economía superflua a nivel del ciudadano medio es un fenómeno histórico muy reciente.

Esta afirmación la podemos comprobar con sólo darnos una vuelta por el barrio y leer los rótulos de los comercios. Yo lo he hecho. Donde antes había tiendas de artesanos, barridos por la mecanización de los procesos industriales, hoy hay farmacias que venden infinitos productos para el cutis, la regeneración capilar, el balance vitamínico, la reducción del colesterol, el cuidado de las encías, las dietas de adelgazamiento o la sudoración de los pies; tiendas de vinos o cervezas de procedencias caprichosas; locales de piercing y tatuaje; gimnasios; peluquerías sofisticadas; dispensarios para animales domésticos; locales para tratamientos de belleza; despachos de coaching, psicología y consultorías varias; oficinas de interiorismo; tiendas de productos ecológicos; escuelas de danza y música; tiendas de telefonía móvil o de informática; empresas de colocación en empleos de atención a ancianos; y no pare usted de contar, porque hay muchas, muchas más.

La inmensa mayoría de estos negocios no existían hace sólo 30 años, y pocos podían imaginar entonces que puestos de trabajo así llegarían a existir siquiera, igual que sus abuelos no podían imaginar que aquellos niños necesitarían un día un televisor o un horno de microondas. Es difícil saber lo que necesitarán los consumidores del siglo XXII, pero da la impresión de que no se conformarán con lo que nosotros tenemos ahora.

Naturalmente, todo es relativo, y no parece justo comparar a un pobre de hoy con el ciego sarnoso del Lazarillo de Tormes. Las personas necesitan más porque ven que otras personas disfrutan de más. Llámelo usted envidia si quiere, pero esa comparación es el motor de las economías. Suprima usted las clases sociales... y el motor se para.


Creative Commons License
This work is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 3.0 Unported License.

 
Turbo Tagger