jueves, 15 de noviembre de 2018

¿Izquierda o derecha?

(Introducción)

No es fácil definir de manera inequívoca lo que en política suele llamarse 'izquierda' y 'derecha', o sus dos sinónimos habituales: 'conservador' y 'progresista'. Los dos primeros términos son puramente convencionales, y provienen de la Asamblea Constituyente de Francia en los tiempos de la Revolución, en que los representantes leales al rey ocupaban los asientos de la parte derecha, mientras que los revolucionarios se sentaban en la mitad izquierda.

Sin embargo, a lo largo de la Historia ha habido muchas variantes de aquella distribución. En la Unión Soviética o en la República Popular China, por ejemplo, los diputados de izquierda ocupaban la totalidad del parlamento y, aunque en los primeros años todos ellos eran revolucionarios, con el paso del tiempo terminaron representando el inmovilismo más recalcitrante. En el siglo XIX, tanto los liberales como los colectivistas eran radicalmente opuestos al régimen establecido, pero las diferencias entre ellos eran mucho mayores que las diferencias entre cualquiera de ellos y los conservadores.

En realidad, todas estas confusiones se deben a que hay dos criterios diferentes para diferenciar entre izquierda y derecha. Uno de ellos es moral, mientras que el otro es económico. Por lo general, los conservadores morales defienden las tradiciones, la familia y la religión, suelen ser contrarios al aborto y a la eutanasia, y se sienten cómodos con los regímenes monárquicos. Los izquierdistas morales, naturalmente, defienden todo lo contrario. Desde la perspectiva económica, hay una derecha que propugna la libertad de comercio y la libre competencia, mientras que la intervención del Estado en la economía es defendida tanto por la izquierda como por una parte de la derecha, con argumentos esencialmente similares.

En los últimos cincuenta años, tanto la derecha como la izquierda han evolucionado, aunque en grado diferente. La derecha se ha vuelto menos nacionalista y menos ostensiblemente vinculada a la iglesia católica, mientras que la izquierda, tras el hundimiento de la Unión Soviética, ha ido abandonando los esquemas del proletario explotado por el capitalista para apoyarse en distintas minorías con fuerte carga ideológica, fundamentalmente ecologistas, feministas y defensores del llamado 'multiculturalismo'. Además, la izquierda parece estar abandonando el internacionalismo del que se enorgullecía hasta mediados del siglo XX.

Pero la cosa puede complicarse más todavía. Uno puede sentirse fuertemente vinculado a la religión y a la familia sin pretender imponer a nadie esas dos instituciones, del mismo modo que uno puede ser ateo y partidario del amor libre sin desear que toda la sociedad lo sea. Dos personas así pueden convivir perfectamente sin necesidad de enfrentamientos ni de partidos políticos. Sin embargo, una persona que desee libertad para hacer negocios y otra que pretenda limitar esa libertad necesitarán algún tipo de acuerdo para no entrar en conflicto.

El problema, por lo tanto, no es la diferencia de ideas o de visiones del mundo, sino la libertad para ponerlas en práctica. Desde ese punto de vista, una persona que prohiba el adulterio o que imponga una religión al conjunto de la sociedad no es diferente de otra que proscriba la religión o que imponga el amor libre a todos sus semejantes. Derecha o izquierda, el problema no son las ideas, sino en qué medida una parte de la sociedad consigue imponerlas o prohibirlas al resto de sus conciudadanos. El verdadero problema, pues, es el poder.

La solución más simple a este problema son las sectas. En el seno de una secta nadie cuestiona el comportamiento de los demás porque todos se rigen voluntariamente por las mismas normas. Por desgracia, las sectas requieren una uniformidad de pensamiento que choca con la diversidad habitual en las sociedades normales. Algunas sectas, como los mormones, los amish o las monjas carmelitas, han resuelto el problema fundando comunidades a las que uno puede -al menos en teoría- decidir libremente incorporarse o no. Pero difícilmente podemos esperar que una sociedad se divida espontáneamente en sectas de individuos afines y, en cualquier caso, estaría por ver en qué manera conseguirían convivir unas con otras.

Otra solución es el totalitarismo. Los experimentos nazis y comunistas son suficientemente conocidos, de modo que no vale la pena extenderse mucho en ellos. Están basados en la coerción, e incluso el exterminio en masa, de los disidentes, y sólo son satisfactorios para quienes detentan el poder.

La democracia es un sistema intermedio, que trata de conseguir un equilibrio inestable entre quienes no se conforman con sus propias ideas, sino que quieren que sean adoptadas por todos sin distinción. Las democracias son tanto más eficaces cuantos más controles y contrapesos tienen, no respecto de los individuos, sino de las instituciones que ejercen el poder. La finalidad de una democracia es lograr que un grupo de personas específico no pueda excederse más allá de cierto punto y que, cuando lo intente, se vea obligada a ceder el poder a alguno o algunos de sus adversarios.

De manera que, contra lo que habitualmente se piensa, la clave de una democracia no radica en que los gobernantes sean de izquierda o de derecha, sino en hasta qué punto consiguen imponer su visión del mundo al conjunto de la sociedad. En particular, una visión del mundo que afecta a todos sin excepción es el modelo económico. Pero ese es un tema que merece un capítulo aparte.


Creative Commons License
This work is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 3.0 Unported License.

domingo, 11 de noviembre de 2018

Izquierda, derecha y libertad

El 15 de mayo de 2011 recibí una llamada telefónica inesperada. Mi amigo más antiguo -llamémoslo G.- había acudido a la Puerta del Sol de Madrid y en aquel momento, para él emocionante, se había acordado de mí. Quería compartir conmigo su entusiasmo por un movimiento social en cuyo nacimiento estaba participando. En directo. Me pilló tan de sorpresa que apenas supe responderle con un comentario escéptico, para salir del paso. Mi gran amigo, el que siempre había sido más sensato que yo, había perdido la cabeza y se había pasado al enemigo. ¿Cómo podía estar sucediendo una cosa así?

Aquella llamada me trastornó profundamente. Tengo una gran intuición, pero razonando soy lento. Necesito darle muchas vueltas a las cosas, analizarlas desde todos los puntos de vista y descartar todas las posibles alternativas antes de estar seguro de lo que argumento. Y detrás de aquella llamada había mucha tela para cortar. Lo que estaba sucediendo en mi país era un cambio cualitativo que yo me resistía a aceptar, y aquella llamada me obligaba a mirar de frente a la realidad.

El caso de G. no era el único que yo había conocido. A bote pronto, me vienen a la mente dos más. Los dos eran amigos muy queridos. Muy buena gente, como suele decirse. Los dos se pasaron al bando de los malos. No espero que ninguno de ellos se asome nunca a este blog, pero aun así los mencionaré sólo por sus iniciales.

Conozco a M. desde la más tierna infancia. Su familia y la mía veraneaban en la misma playa. Tenía cuatro hermanos varones, y el mayor de todos ellos era el alevín de mi grupo de amigos. Con los años, las diferencias de edades se difuminaron, y de todos los hermanos él fue el único con el que mantuve contacto durante muchos años, a pesar de mis idas y venidas de uno a otro país. El era un hombre de derecha, con las ideas claras. Yo entonces todavía coqueteaba con la izquierda, pero siempre sentí admiración por la nobleza que traslucían sus convicciones. M. no era sectario, se sentía unido al resto de los españoles, defendía a su familia, no era envidioso y siempre estaba dispuesto a echarte una mano.

Cuando dejó su trabajo en una notaría de Valencia, perdimos el contacto. El estaba cambiando. Se separó de su mujer, empezó a renegar de sus antiguas ideas y, finalmente, hace unos años -la última vez que nos encontramos- vi en él el polo opuesto del M. que yo había conocido. Hacía poco que había estallado la burbuja inmobiliaria, y él ahora repetía como un loro las manidas consignas izquierdistas. Se había vuelto envidioso y sectario. Quizá no es casualidad que, a pesar de mis intentos, no nos hayamos vuelto a ver.

J. era uno de los amigos que hice en aquel pueblo de Valencia, cuando fui a parar allí con mi vieja furgoneta en el año 80. Le gustaba conocer mundo y le agobiaba el provincianismo circundante. No sólo la mentalidad provinciana, sino la ideología provinciana, que por aquel entonces todavía no merecía el nombre de nacionalismo. Fue a trabajar a la vendimia francesa en varias ocasiones y, posiblemente en uno de aquellos viajes, se presentó en Ginebra, donde yo vivía por entonces.

Siempre vi con benevolencia su ecologismo convencido. Incluso, en una época, compartí con él algunas de sus inquietudes en ese sentido, sobre todo el amor por la naturaleza. Cuando yo me distancié de la ideología ecologista, solíamos argumentar acaloradamente tanto a favor como en contra, pero él nunca dejó de ser mi amigo por esas diferencias. Sin duda como consecuencia de sus lecturas, sus posturas se fueron radicalizando, mientras que las mías se fueron haciendo cada vez más escépticas. Nuestros encuentros habían terminado convirtiéndose en un agotador diálogo de sordos, pero la amistad seguía estando por encima de todo.

Hace sólo unos meses, sin embargo, en una cena con él y con su mujer las diferencias ideológicas habían dejado de ser impersonales. Para mi sorpresa, su mujer había asumido íntegramente el ideario nacionalista, hasta el punto de defender la inmersión lingüística en valenciano, aun sabiendo que afectaba a un niño de mi propia familia. J. callaba. Trataba de mantenerse equidistante, pero ya no era el J. que yo había conocido. Ya no aborrecía el provincianismo. Ponía reparos a los desmanes del nacionalismo catalán, pero ya no eran objeciones de fondo. Y sus ideas políticas, cada vez más descabelladas, habían traspuesto ya la frontera del sectarismo. El también había sido abducido por el bando enemigo.

Sí, he dicho 'bando'. Eso es lo que ha cambiado en España. Una cosa son las ideas, y otra muy distinta son los bandos. Un amigo puede tener ideas opuestas a las tuyas, pero cuando esas ideas se materializan en un bando tenemos un problema. Yo he tenido buenos amigos que, en algunos aspectos, consideraba inferiores a mí, pero nunca se me ha pasado por la cabeza unirme a un movimiento que proponga exterminarlos, someterlos a mis ideas u obligarlos a cambiar sus costumbres.

Me dolió la abducción de M., aunque nuestro distanciamiento había sido progresivo y, por lo tanto, el desenlace no fue traumático. Me dolió mucho más la transformación de J., que a lo largo de muchos años había demostrado ser el amigo más fiel de cuantos he tenido en aquel pueblo de Valencia. Me distancié también irremediablemente de B., otro amigo entrañable del mismo pueblo, que se había ido radicalizando hasta formar parte del bando enemigo. Otros dos antiguos amigos de aquella época ya se habían negado explícitamente, años atrás, a que siguiéramos viéndonos. Todo eso me dolió. Todavía me duele. Pero la transformación de G. es mucho peor: me tortura.

Desde hace ya años, me tortura una y otra vez pensar que G., una persona extraordinariamente inteligente, que siempre tuvo un corazón de oro y que siempre ha tenido un sentido común muy superior al mío, se haya convertido en un zombie ideológico. No es que yo no sepa cómo se llega a eso. Lo sé perfectamente, porque lo he vivido en mis carnes desde mis primeros años en la Facultad. A ese estado se llega por la vía emocional y por la falta de información. Precisamente los dos ingredientes típicos de los dos grandes sistemas totalitarios: el comunismo y el fascismo.

Cuando he dicho “falta de información” he sido benévolo. Lo que en realidad quería decir era “una combinación de información selectiva y de información falsa, o tendenciosa”, todas ellas al servicio de los fines totalitarios de turno. Los monopolios siempre son nefastos, y en España, en los últimos años, han convergido dos monopolios de los medios de comunicación: el de la extrema derecha en manos de los bandos independentistas, y el de la extrema izquierda en manos de los bandos socialistas.

La tenaza es formidable, y me temo que ya no va a ser posible contrarrestarla, al menos pacíficamente. Lo único que puedo hacer, a ese respecto, es prepararme para que, cuando estalle el pandemónium, no me pille en medio. De hecho, si pudiera, ya me habría marchado. La dictadura que se está gestando aquí empieza a ser ya más insoportable que el franquismo.

Pero la idea de que G. continúe obnubilado por la propaganda de unos canallas me torturará hasta el fin de mis días. No sólo por él. Estoy seguro de que hay muchos más como él, buenas personas que viven engañados por una visión del mundo totalitaria y tendenciosa y, lo que es peor, que podrían terminar siendo víctimas de su propia ingenuidad. Recuerdo a menudo a una amiga de simpatías izquierdistas que vivía en Caracas. Era compañera de trabajo, y solíamos encontrarnos cada dos o tres años en algún lugar del Caribe para alguna conferencia internacional. Con el paso del tiempo fui viendo su evolución. Al principio veía con buenos ojos la presidencia de Hugo Chávez. Años después, se mostraba crítica con él, aunque siempre desde posiciones de izquierda. En nuestros últimos encuentros estaba ya aterrorizada, y ni siquiera me permitió que viajara a Caracas para pasar unos días con ella y con su familia. Ahora, hace ya un par de años que no sé nada de ella.

Sé que yo solo no puedo hacer frente a un tsunami, y no otra cosa es el fenómeno de masas que está devorando mi país. Ante un tsunami que se te viene encima, es absurdo ponerse a rezongar contra el servicio meteorológico. Lo único que se puede hacer es echar a correr. Yo ya lo hice en Barcelona y lo tendré que volver a hacer pronto otra vez. Pero no por huir dejará de torturarme la idea de que hay ahí afuera mucha buena gente que, por falta de información real, o nada entre dos aguas o se deja llevar por la corriente. Por eso he decidido hacer algo que desde hace algún tiempo vengo rumiando. No puedo luchar yo solo contra los grandes medios de comunicación que manipulan a las masas, pero tal vez pueda aportar a un puñado de buenas personas la información que esos medios les hurtan o les presentan deformada en aras de sus perversos intereses.

No soy la persona más adecuada para ello. No soy economista, ni jurista, ni historiador, pero sé ser objetivo, he pensado mucho en todos los temas que quiero abordar, y en largos años de búsqueda de la verdad he accedido a fuentes de información que, aunque están al alcance de todos, los monopolios de la verdad ocultan concienzudamente, trocean a su conveniencia, vetan o convierten en anatema para que nadie, accediendo a ellas, descubra cómo arrancarles a ellos la careta.

He dudado mucho antes de decidirme. No sólo porque no soy un experto, sino porque no tengo mucho tiempo libre. Pero es la única manera en que podré librarme de mis demonios y sentirme en paz conmigo mismo. Cuando todos los que me lean estén informados, podrán tomar partido con conocimiento de causa. Quizá contra mí de todas formas, pero mi compromiso es sólo con la información. Contra la maldad de los seres humanos no hay antídoto posible.

(Capitulo siguiente ¿Izquierda o derecha?)

Creative Commons License
This work is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 3.0 Unported License.

martes, 6 de noviembre de 2018

A vueltas con Aquiles

El problema de Aquiles y la tortuga, como hemos visto, parece ser que la operación de división nos proporciona una representación excelente para medir, pero no para describir ciertos aspectos de la realidad. Son cosas distintas. Para describir la realidad de que Aquiles consigue adelantar a la tortuga necesitamos una representación de la realidad basada en la multiplicación, es decir, en la suma. La única posibilidad que se me ocurre -que muy probablemente no es la única- consistiría en sustituir el concepto de punto por el de presencia. Veamos cómo.

En lugar de asociar la presencia de un objeto  a un punto, podríamos asociarla a una función de densidad, de modo que la presencia de Aquiles y la de la tortuga fueran más bien algo parecido a una onda. Para visualizar mejor esta idea, avancemos un trecho por delante de la tortuga, provistos de un aparato que nos permita medir la amplitud de las ondas de Aquiles y de la tortuga. Si Aquiles y la tortuga estuvieran quietos, las dos amplitudes tendrían el mismo valor. Si Aquiles y la tortuga estuvieran en movimiento uniforme, la amplitud de la onda de Aquiles sería mayor, ya que Aquiles iría más aprisa. Con esta representación, no sería necesario suponer que Aquiles adelanta a la tortuga porque, si se mueve más aprisa, siempre está por delante de ella. A medida que se le vaya acercando, la diferencia de las amplitudes aumentará, y no tendremos nada que dividir.

En otras palabras, cuando Aquiles ha recorrido la mitad de la distancia que lo separa de la tortuga, su onda de presencia ha aumentado respecto de la onda de presencia de la tortuga. Incluso aunque nos empeñemos en dividir esa amplitud hasta el infinito, dará igual, porque, al avanzar, Aquiles no recorre subunidades, sino que las incrementa. Y, como hemos visto, en nuestra representación de las distancias mediante números la suma es perfectamente admisible.

Lo que no es admisible, si queremos representar conceptos como el movimiento, la ruptura o la conexión, es usar la misma representación que usamos para medir distancias, porque, si usamos la operación de división para medir, no tenemos manera de representar ninguno de esos conceptos.

La representación de Aquiles y de la tortuga como ondas, y no como objetos finitos, significaría que todo objeto estaría presente en todo el espacio simultáneamente, aunque su presencia más allá de su entorno más inmediato sería muy pequeña. Algo así como si las ondas de presencia fueran aproximaciones a la delta de Dirac. Esta idea es coherente con nuestras observaciones de la realidad a nivel cuántico y, en particular, con el fenómeno cuántico de la acción a distancia.

Lo cual nos conduce a otra pregunta, quizá la más peliaguda de todas: ¿cómo representar el tiempo sin introducir la operación de división?

Pensaremos en ello.

Creative Commons License
This work is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 3.0 Unported License.

miércoles, 10 de octubre de 2018

Zenón y Newton

Ya he escrito en muchas ocasiones sobre Zenón, uno de los poquísimos filósofos que admiro. También le he dado muchas vueltas a sus aporías, en particular la de la flecha y la de Aquiles.

Creo que Zenón se adelantó a Newton descubriendo las leyes de la inercia, aunque no llegó a enunciarlas. Sin embargo, están implícitas en sus razonamientos. Veamos. Cuando dice que una flecha está o quieta o en movimiento, hemos de entender, con Zenón, que 'quieto' significa que no se mueve nunca, mientras que 'en movimiento' significa que no se detiene nunca. En otras palabras, que sus estados son, respectivamente, esos dos. Precisamente los dos estados que forman parte de la definición de inercia: si un cuerpo está quieto, permanecerá quieto a menos que una fuerza actúe sobre él, y si está en movimiento (uniforme) se mantendrá en movimiento mientras ninguna fuerza actúe sobre él.

Pero Zenón no pensaba en términos de fuerzas, sino de estados. Para que un cuerpo llegue a ponerse en movimiento y recorrer una distancia D deberá recorrer primero la mitad de D. Pero antes de eso deberá recorrer la mitad de la mitad de D, y así sucesivamente hasta el infinito. El problema se resolvería si no hubiera un número infinito de mitades que recorrrer, pero en el modelo que hemos escogido para representar nuestras percepciones lo hay, lo cual quiere decir que no hay una primera mitad que el cuerpo pueda seleccionar y, por lo tanto, recorrer.

En otras palabras, los números racionales no son ordenables. Sea cual sea el número que escojamos, no hay una fracción numérica que podamos decir que está a continuación de él. Imaginemos una cola de un cine en la que hay infinitas personas detrás de nosotros pero ninguna de ellas está a continuación de nosotros. Si estamos esperando a un amigo y queremos ceder el puesto al siguiente en la cola, no nos será posible. Hay infinitas personas detrás de nosotros, pero no podemos pasarle el turno a ninguna de ellas.

Es una situación bien extraña, porque si seleccionáramos dos personas cualesquiera en la cola, siempre podríamos decir cuál de las dos está delante de la otra. Pero entre ellas dos siempre habrá un número infinito de personas, y ninguna de ellas será la anterior o la siguiente a nadie.

Nunca sabremos lo que pasaba por la mente de Zenón cuando enunció sus aporías. Quiero decir que nunca sabremos si para él eran simplemente un ejercicio de malabarismo mental o algo más profundo -que es lo que creo yo-, pero me parece evidente que sus razonamientos ponen en cuestión una representación de la realidad que es deficiente.

El problema, en mi opinión, es la operación de división. Mientras la división sea la operación inversa de la multiplicación no tendremos problema, porque nos bastará con retroceder en el tiempo. Si queremos saber cuál es la mitad de 6, construimos una tabla de multiplicar suficientemente grande y después buscamos en ella el número que multiplicado por 2 nos había dado 6. Pero ¿cuál será entonces la mitad de 3?

Para responder a esta pregunta el método de la tabla de multiplicar no nos sirve. Multiplicar es en realidad una forma de sumar más aprisa. Es decir, de recorrer un camino añadiendo una nueva serie de nombres a los mojones por los que pasamos. Así, en lugar de llamar 1 al primer mojón, 2 al segundo, 3 al tercero y así sucesivamente, nos vamos directamente al segundo y le añadimos el nombre 1. Al primero lo llamaremos, por tanto, 'entre 0 y 1'. Nos vamos después al cuarto, lo llamamos 2, y al pasar por el tercero lo llamamos 'entre 1 y 2'. Por último, nos vamos al sexto, lo llamamos 3 y, de camino, llamamos al quinto 'entre 2 y 3'. Ahora leemos el nombre del mojón al que hemos llegado y observamos que se llama 6. Definimos, por tanto, A x B como:

A x B = nombre del mojón al que llegaremos saltándonos B veces (A - 1) mojones.

Además, observamos que el resultado será el mismo si intercambiamos A con B:

A x B = nombre del mojón al que llegaremos saltándonos A veces (B - 1) mojones.

Por ejemplo, si nos saltamos 3 veces 5 - 1 mojones, el nombre el mojón terminal será 15. Haced la prueba.

Pero si queremos llegar, por ejemplo, al 1 saltándonos un mojón, no encontraremos ninguno que saltarnos. Para conseguirlo, tendríamos que colocar una nueva serie de mojones que tuviera uno nuevo entre cada dos existentes. Ahora bien, ¿cómo encontraremos el lugar que deberá ocupar, por ejemplo, nuestro primer mojón, que queremos colocar entre el punto de partida (es decir, el 0) y el 1? Para instalar los mojones iniciales hemos usado una unidad de longitud, con la que hemos ido marcando tramos sobre el camino, uno a continuación de otro. En cada extremo de uno de esos tramos hemos colocado un mojón.

Ahora, pues, tendremos que encontrar una unidad de longitud que nos permita colocar un mojón entre el punto de partida y el 1 y, a continuación, asegurarnos de que nuestro segundo mojón coincide exactamente con el 1. Podemos ir probando con unidades de distinta longitud, pero si queremos conseguir una coincidencia absolutamente exacta lo mejor será que doblemos la unidad original en dos mitades iguales.

¿Qué le sucede a nuestra unidad cuando la doblamos en dos mitades? Sucede que sus extremos coincidirán exactamente uno con otro en el nuevo extremo, mientras que el punto de doblez se convertirá en el otro nuevo extremo. Tenemos ahora un segmento con dos extremos. Uno de ellos tendrá dos nombres -los de los dos extremos iniciales-, mientras que el otro, el punto de doblez, sólo tendrá un nombre.

Pero ¿qué clase de punto es el punto de doblez? Supongamos que después de haber doblado el segmento original lo rompemos por el punto de doblez. ¿Qué obtenemos? Obtenemos dos mitades, cada una con sus dos extremos. Y, si queremos diferenciarlos, cada extremo tendrá que tener un nombre diferente del otro. Centrémonos en los extremos que antes eran el punto de doblez. Lo que antes era un solo punto, ahora son dos. ¿Tenemos que interpretar que había un punto que se ha desdoblado? Como somos capaces de doblar un segmento por el punto que queramos, eso querrá decir que cada punto de un segmento puede desdoblarse. Pero por definición un punto no tiene partes. Tenemos un problema.

Una solución consistiría en conceptuar una línea no como un conjunto de puntos, sino como una superposición ilimitada de segmentos potenciales. De ese modo, cuando rompemos una línea lo que estamos haciendo es convertir dos mitades potenciales en dos mitades reales, y por lo tanto dos extremos potenciales en dos extremos reales. Del mismo modo, cuando atravesamos una línea con otra, convertimos cuatro segmentos potenciales en segmentos reales, y creamos un punto de intersección, que será el extremo común de esos cuatro segmentos.

Esa misma idea nos sirve para conceptuar una superficie como una superposición ilimitada de 'recortes', es decir, de áreas bidimensionales con borde, o un volumen como una superposición ilimitada de cuerpos con superficie.

En otras palabras, el concepto de punto como un objeto de dimensión cero quedaría sustituido por el concepto de extremo de un objeto de dimensión 1, y así sucesivamente.

Las implicaciones de este punto de vista, en una próxima entrega.

Creative Commons License
This work is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 3.0 Unported License.

domingo, 12 de agosto de 2018

¿Democracia absolutista o democracia subsidiaria?

Los enemigos de la libertad que gobiernan esta comunidad autónoma parecen haber emprendido una cruzada contra los centros de enseñanza concertados. Es natural. La izquierda siempre ha confundido el gobierno con el estado, y la libertad con sus pulsiones represoras. La cantinela de fondo es siempre la misma: lo público es bueno.

Cuando dicen "lo público" en realidad quieren decir "lo estatal", es decir, lo que controlan ellos con nuestro dinero. Por desgracia para ellos, las sociedades han evolucionado hacia un grado de totalitarismo tolerable -no mucho más, y actualmente en retroceso-, y la izquierda no se atreve a hablar de supermercados públicos, líneas aéreas públicas, marcas de ropa públicas, bares públicos o alcobas públicas (aunque últimamente estén un tanto ansiosos por controlar no sólo lo público, sino incluso lo púbico). Lástima. Ya se sabe que las cartillas de racionamiento son el sueño supremo de todo izquierdista que se precie.

El tema de la enseñanza concertada plantea muchos interrogantes. Su finalidad es permitir a los padres escoger para sus hijos un colegio privado a un coste asequible. Naturalmente, el coste es asequible porque los colegios concertados reciben un subsidio estatal con cargo a nuestros impuestos. Aun así, subsidiar un colegio concertado nos sale más barato que mantener uno 'público', dado que los colegios estatales no compiten con nadie, y por lo tanto son más ineficaces. Desde el punto de vista práctico, la enseñanza concertada mata dos pájaros de un tiro: ahorra dinero a los contribuyentes y otorga libertad a los padres para la educación de sus hijos.

Entonces, ¿por qué no suprimir todos los colegios 'públicos' y sustituirlos por otros 'concertados'? Por una parte, habría más diversidad de colegios entre los que escoger. Y, por otra, nos ahorraríamos mucho dinero, que por lo tanto podría permanecer en nuestros bolsillos y nos permitiría vivir más desahogadamente. La respuesta es compleja. La enseñanza estatal es un fósil de un pasado en el que un alto porcentaje de la población era analfabeta y no tenía recursos ni para pagar una escuela. Si el Estado se resiste a soltarla es porque le permite un mayor control ideológico sobre sus futuros vasallos y porque, para un político, adelgazar el Estado significa perder parcelas de poder y, por lo tanto, acrecienta el riesgo de tener que trabajar para ganarse la vida.

Sin embargo, los supermercados, las marcas de automóviles o las cafeterías no reciben ningún subsidio estatal. Simplemente, compiten entre sí para ofrecernos las mejores prestaciones posibles al menor precio posible. ¿Por qué no suprimir completamente los subsidios y permitir que todos los centros de enseñanza compitan entre sí? Es cierto que los colegios privados son hoy muy caros, pero ello se debe, en gran parte, a que son un oligopolio para ricos. La libre competencia los obligaría a mantener la calidad abaratando los precios, y nosotros tendríamos también más dinerito en el bolsillo gracias a la merma de nuestros impuestos.

Naturalmente, la educación es algo demasiado importante para arriesgarse a que un niño se quede sin ella, o a que reciba una enseñanza defectuosa. Sin embargo, más importante todavía es la alimentación, y no por ello hay supermercados estatales o 'concertados'. Puedes estar un mes sin ir al colegio, pero si te quedas un mes sin comer no hay duda: te mueres.

Pero hay otro interrogante todavía más profundo: ¿por qué es obligatoria la educación infantil? Damos por supuesto que la educación es un valor universal, pero tal vez haya personas que no lo entiendan así. Me dirán ustedes que no hay ni un solo progenitor que no desee la educación de sus hijos. Si eso es cierto, entonces ¿por qué hacerla obligatoria?

La verdadera pregunta de fondo es: ¿hasta qué punto es lícito que la sociedad imponga a todos sin excepción la escala de valores de una mayoría? Este es uno de los puntos más débiles de la democracia, del que sin embargo nadie habla nunca. En un futuro, quizá lejano, es posible que esa situación cambie, posiblemente para bien de todos.

La democracia ateniense funcionaba muy bien, pero en Atenas los esclavos no tenían derecho a votar. Los seres humanos han practicado la esclavitud durante milenios, y es poco probable que en alguna de aquellas sociedades un referéndum hubiese otorgado la libertad a los pobres esclavos. En el sur de los Estados Unidos, los negros estaban mayoritamente considerados inferiores, y Hitler accedió al Parlamento alemán gracias a unas elecciones democráticas en el que por entonces era, probablemente, el país más culto del mundo.

Situaciones así habrían sido evitables si los oprimidos hubieran tenido la posibilidad de cambiar de sociedad. Los judíos, durante siglos marginados en casi toda Europa, pudieron en el siglo XVII emigrar a Holanda, donde a nadie le importaba un comino su religión o sus orígenes, y en el siglo XX los más afortunados consiguieron emigrar a Palestina, donde un naciente Estado los protegía del exterminio.

Desde luego, no es fácil tomar la decisión de emigrar, mucho menos con toda una familia a cuestas. Por salvar el pellejo uno está dispuesto a todo, pero no es fácil abandonar bienes, amigos, fuentes de ingresos, paisajes y recuerdos simplemente para mejorar nuestra vida, incluso cuando la mejora que esperamos pudiera ser sustancial. Peor todavía: la democracia absolutista está considerada hoy como el bien supremo, y difícilmente encontraremos un país que tenga siquiera intención de mejorarla.

Actualmente, sin embargo, la tecnología puede resolver ese problema.

Otra cosa es que lo resuelva pronto. Las sociedades, por lo general, evolucionan lentamente, y los conceptos innovadores pueden tardar siglos en ser siquiera perceptibles para la mayoría de la población. Además, como ya hemos visto, lo último que un político desea es ganarse el pan con el sudor de su frente, y hará todo lo que esté en su mano -que es mucho- para mantener el status quo.

Pero los cambios que acarrean las innovaciones tecnológicas son irreversibles, y tarde o temprano se acaban imponiendo. Pudiendo evitarlo, a nadie en su sano juicio se le ocurre hoy comprarse un burro para ir al trabajo, lavar a mano en el río más cercano o curarse la fiebre con sanguijuelas. Con una puntualización: no estoy dando a entender que esas innovaciones sean exclusivamente positivas, sino que el balance de esos cambios es positivo. Adoro el botijo, pero en mi cocina tengo un frigorífico.

Volviendo a la democracia absolutista, ¿cómo podríamos mejorarla gracias a la tecnología? Ha habido ya algunos atisbos en ese sentido, pero nadie les ha dado la importacia que realmente tienen. La famosa X de los impuestos destinados a la iglesia católica [ver nota de pie de página] es probablemente la primera grieta en el edificio del Antiguo Régimen. ¿Qué quiere decir esa X? Que la iglesia católica está suficientemente organizada para conseguir sustraerse a la voluntad del Estado. De haber podido, los gobiernos de izquierda la habrían privado completamente de ingresos, pero la iglesia católica no es una institución cualquiera, y el Gobierno ha tenido que conformarse con una solución de compromiso. Desde mi punto de vista, perfecta.

El precedente que han sentado, probablemente sin saberlo, es cualitativo. Por primera vez en la historia -que yo sepa-, la potestad del Estado para administrar los impuestos como le encomiende una mayoría de votantes -en la práctica, como le dé la gana- ha sido puesta en tela de juicio. ¿Por qué no asociarnos los ciudadanos en otros respectos y seguir el ejemplo de la iglesia católica? Yo no tengo automóvil y apenas hago uso de la red de carreteras. Preferiría que mis impuestos estuvieran destinados en menor medida a las carreteras y en mayor medida a la limpieza de las aceras, o a la repoblación forestal.

Lo fascinante del sistema de las X es que permitiría la coexistencia de Estados alternativos en un mismo territorio. Si se implantara, no haría ya falta emigrar, o simplemente aguantarse frente a los abusos absolutistas de las mayorías democráticas. Nuestra libertad aumentaría cualitativamente, y no perjudicaríamos a nadie, ya que nos limitaríamos a promover nuestros intereses.

Recordemos que los progresos que nos proporciona la tecnología suelen ser en balance positivos. La gran amenaza de Internet, hoy en día, es Big Brother, y no será fácil protegerse frente a él. Pero ya conocemos el dicho: "hecha la ley, hecha la trampa". Los intentos de controlar nuestra actividad en la Red tienen ya un adversario formidable en la tecnología de 'blockchain', y sin duda aparecerán otras nuevas que seguirán desafiando los afanes totalitarios. Hemos de confiar en el ingenio humano y, sobre todo, en el anhelo de libertad, si no de todos, al menos de una minoría.

En cualquier caso, la propuesta de las X -que podríamos denominar 'democracia subsidiaria'- es de momento sólo una idea a explorar, y en la práctica seguramente no será tan simple como en la teoría, pero en mi opinión el camino está ya trazado. Y, sobre todo, es irreversible.


*La X de la Iglesia Católica hace referencia a una casilla que figura en las declaraciones de impuestos de España. Marcándola con una X, el contribuyente decide que quiere destinar un porcentaje de sus impuestos a esa institución. Cuando la casilla se queda en blanco, el mismo porcentaje irá destinado a ONGs y organizaciones similares.

Creative Commons License
This work is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 3.0 Unported License.

viernes, 10 de agosto de 2018

La rabia del perro

Es difícil encontrar algún vestigio de cultura -o de interés por la cultura- en la sociedad española hoy. No siempre fue así, aunque el peso de la cultura en la vida cotidiana de los españoles ha sido siempre, al menos hasta donde mis recuerdos alcanzan, liviano. La cháchara banal, el football y los temas que van poniendo de moda los generadores de información copan hoy los intereses del país: la moda, la salud, el sectarismo político, los famosos. Ideas cogidas con pinzas, rara vez fundamentadas, exploradas o puestas en tela de juicio. Intelectualmente hablando, España es un país de electroencefalograma plano.

Hubo un tiempo en que teníamos intelectuales -no sólo en España-, aunque muchos de ellos eran ideólogos sectarios. Quizá mejor que hayan desaparecido de la actualidad. Hoy las pocas ideas abstractas que uno consigue rascar en el mundo escrito son expuestas por periodistas, cantantes, deportistas o actores de cine, y tienen la consistencia que uno se puede imaginar.

Lo que yo echo en falta en España es interés por la cultura y espíritu crítico. Hace tiempo que he desistido de encontrarlo, en esta cuesta abajo vertiginosa que parece conducir a una sociedad de sólo dos castas: manipuladores y manipulados. Titiriteros y zombies.

Hace algún tiempo descubrí un sitio web de un periodista español que, harto probablemente de los tejemanejes del mundo periodístico, decidió un buen día establecerse por su cuenta. Sostenido por pequeñas aportaciones de sus oyentes en todo el mundo, emite audios de media hora sobre actualidad política o social y sobre episodios de historia. Emite también programas sobre cine, libros o música, con participación de sus oyentes.

Cierto número de sus oyentes tienen un nivel intelectual sorprendentemente por encima de lo común, pero muchos otros no llegan. Estaba yo escuchando esta mañana uno de esos programas, en esta ocasión sobre libros. Es enternecedor, más que alentador, constatar que todavía hay jóvenes que leen libros, aunque sus comentarios responden a un solo criterio: o me gusta o no me gusta. Pero no saben decir por qué.

Nadie les ha enseñado a analizar un texto. En otras palabras: a aclarar sus ideas. Nadie les ha enseñado a poner una idea en perspectiva, a verificar su coherencia o su fiabilidad. Elementos básicos del razonamiento. Me recuerdan mis largos años de natación solitaria en busca de faros. No es fácil.

Lo que me entristece de todo esto es el desperdicio. El desperdicio de un potencial humano del que sólo llega a aprovecharse una pequeña fracción. Rivalizando con Ortega y Gasset, podríamos definir al ser humano diciendo más bien que "yo soy yo sin mi potencial". Cuanto más desarrollamos nuestro potencial más yo somos. Cuanto más lo desaprovechamos, más borregos, manipulables y simplemente mamíferos somos.

Pero la pobreza espiritual no es lo mismo que la pobreza material. Hay una economía de bienes y servicios, simplemente porque las personas desean esos bienes y servicios. Hubo un tiempo en que esos deseos estaban movidos por la necesidad, pero actualmente aspiramos a muchísimas cosas que, si bien lo miramos, son prescindibles. A condición de que tengamos otras fuentes de satisfacción. Leer un buen libro o escuchar una buena música en lugar de ver un espectáculo deportivo o emborracharse de madrugada. Pintar tú tu propia acuarela en lugar de hacerte un tatuaje. Seleccionar un buen documental en lugar de telenovelas o telebasura.

Abandonar la actitud consumista. Dejarse llevar por la curiosidad. Mover el culo. Acumular dignidad y confianza en uno mismo independientemente del criterio de los demás. Tal vez, incluso, triunfar gracias a tu propio esfuerzo. Todo eso son valores sociales que, si alguna vez existieron, ahora han desaparecido. A diferencia de la moda, el football o la telebasura, nadie pagaría nada por ellos.

Y, sin embargo, son esenciales para que todos seamos más yo. No se me ocurre la manera de cambiar la escala de valores actual. Los manipuladores no quieren quedarse sin manipulados. No tienen ningún interés en fomentar la independencia de criterio, el espíritu crítico, la curiosidad, la capacidad de análisis, la adquisición de conocimientos. ¿Cómo les va a interesar? Si desaparecen los borregos, desaparecen también los pastores.

O, parafraseando a mis abuelos: "Muerto el perro, se acabaría la rabia".

Creative Commons License
This work is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 3.0 Unported License.

domingo, 15 de julio de 2018

¿Para quién escribir?

No sé para quién escribí mi primera novela. Quiero decir, no sé qué tipo de lector esperaba yo que la leyese. No sé si los demás escritores se han hecho alguna vez esa pregunta conscientemente, pero yo no me la hice. Excepto los locos, uno siempre habla o escribe pensando en un destinatario, o en un tipo de destinatario. Quienes escribimos por placer y no por obligación lo hacemos obedeciendo a un impulso interior, pero el tipo de personas para las que escribimos, reales o imaginarias, determinará la manera en que lo relatemos. No sólo en la forma, que puede ser más o menos llana, profunda, familiar o distante, sino en lo que consideramos o no que vale la pena relatar.

Supongo que, en cierta medida, uno siempre escribe para sí mismo. El marqués de Sade probablemente era un caso extremo, aunque en la vida real compartió muchas de sus fantasías con personas que, quizá, las disfrutaron como él. Tal vez ellos habrían disfrutado también leyendo sus relatos más delirantes. Los dadaístas y los surrealistas, probablemente, escribían para sus correligionarios y, de paso, para escandalizar a quienes ellos consideraban la sociedad bienpensante. Góngora escribía para hipotéticos espíritus exquisitos que además supieran latín. Y las intenciones de James Joyce cuando escribió Finnegan's Wake son para mí un misterio, pero tengo que reconcer que no se equivocó pensando que alguien lo leería, e incluso lo comentaría elogiosamente. Es posible que Joyce inaugurara para la literatura un género que en música llevaba ya años circulando: escribir -o componer- sólo para los 'entendidos'.

En el otro extremo se encuentran autores como Stephen King, John Grisham, Dean Koontz y, en general, los autores de superventas americanos. Para ellos, una novela es un producto comercial cuidadosamente diseñado, y para fabricarlo contratarán a los colaboradores que sean necesarios. Como cualquiera puede comprobar, la fórmula funciona.

En el término medio de todos ellos están probablemente los novelistas del siglo XIX. Leyendo a Balzac o a Dickens, uno tiene la nítida impresión de que aquellos autores escribían para sus contemporáneos. Más concretamente, para sus contemporáneos capaces de y aficionados a leer. Pensemos que, para cierto estrato social medianamente culto, las novelas eran por entonces casi el único medio para evadirse de la cruda o aburrida realidad. El cine y la televisión no existían aún, y las palabras tenían un poder de evocación mucho mayor que ahora. Nadie pensaba en imágenes, porque nadie les había contado nunca una historia en imágenes.

Cuando escribí mi primera novela yo sabía escribir, pero aún no sabía narrar. En parte, la novela fue un experimento. Escogí como protagonista a un personaje demasiado simple, porque quería que sus experiencias fueran interpretadas como un descubrimiento. Al mismo tiempo, yo había empezado a leer en inglés las novelas de Raymond Chandler y me preguntaba cómo sería posible reflejar en español, con toda su potencia, aquel estilo conciso, distante y a la vez entrañable. Todavía me lo pregunto, pero la respuesta sigue siendo la misma: no creo que sea posible.

Aun así, lo intenté. Pero no me había planteado la gran interrogación: ¿para quién escribir? Ni lo sabía yo entonces ni lo sé aún hoy, pero voy a tratar de encontrar algunas respuestas parciales.

Yo creía estar escribiendo para un público imaginario, sin rostro, que se reiría de las peripecias de mis personajes simplemente porque yo las encontraba graciosas. Algunas lo eran, y otras no tanto, pero incluso las peripecias interesantes o divertidas tenían que haber estado bien escritas para expresar con justeza lo que yo quería expresar. Para llegar hasta allí, sin embargo, había dos grandes obstáculos que yo tenía que haber sabido vencer.

Uno, los guiños de complicidad. Ahora los detesto, pero en aquel entonces me parecían imprescindibles para conseguir que a uno le hicieran caso. Me ocurría lo que hoy censuro de mis conciudadanos: vivía en tribu, y me comunicaba con mentalidad de tribu. Pero los guiños de complicidad son siempre efímeros y excluyentes, y quizá por eso, en la historia de la literatura, buena parte de la novela española actual terminará, como mucho, bajo el epígrafe del costumbrismo.

El segundo obstáculo era que yo quería decir demasiadas cosas. El arte consiste en expresar con pocos medios mucho más de lo que aparece en el papel o en la pantalla. El cine en colores es mucho menos estimulante que el cine en blanco y negro, y el futuro cine holográfico será probablemente insufrible. La literatura tiene una capacidad expresiva muy superior porque, salvo en chino y lenguas similares, las palabras no tienen ninguna semejanza visual con lo que describen. Las posibilidades de un texto escrito son casi infinitas.

El advenimiento del cine fue, probablemente, el verdadero inspirador del movimiento dadá y, posteriormente, del surrealismo. Entre 1896 y 1913, George Meliès, el verdadero inventor del cine, filmó más de quinientas películas, todas ellas sin argumento propiamente dicho (recordemos que, antes de descubrir el cine, Meliès era ilusionista). Las películas de Meliès eran simplemente concatenaciones de efectos especiales que, sin narrar realmente una historia, sugerían miles de historias posibles en cada escena. La cuna del movimiento dadá, el Cabaret Voltaire, abrió sus puertas en Zurich en 1916. Quien quiera, que ate cabos.

Los escritores habían descubierto la posibilidad de experimentar con el lenguaje escrito, y se lanzaron a ello con entusiasmo. En 1922 James Joyce publicó el Ulises, y en 1953 El innombrable de Samuel Beckett llevó aquel experimento al final del callejón sin salida al que, inevitablemente, conducía la técnica del stream of consciousness, que trataba de engañar al lector por partida doble: haciéndole creer que sus pensamientos discurrían linealmente, y haciendo pasar por 'conciencia' lo que no eran sino unos cuantos pedruscos extraídos de la mina de lo inconsciente.

La experimentación duró todavía hasta los años 70, y consistía básicamente en omitir los signos de puntuación, probablemente por considerarlos 'burgueses'. El resultado es que hoy ya nadie se acuerda de aquellas novelas que, a falta de párrafos propiamente dichos, lo tenían a uno jadeando mentalmente durante páginas y páginas para terminar relatando, en fin de cuentas, el mismo tipo de historias que si las hubieran pasado por un corrector de estilo.

Sin embargo, si no quiere desaparecer, la literatura tendrá que salir del impasse en que la han metido el cine, la televisión y, últimamente, las redes sociales. Antes de la aparición de Internet, yo le argumentaba ya a mi agente literaria que, para conseguir sobrevivir, la literatura tenía que aprender a competir con el lenguaje visual. Ella era escéptica, pero yo hoy sigo pensando lo mismo.

Quizá por eso me matriculé, años después, en un curso de guión de cine. Quería saber en qué se diferencia el lenguaje de los guiones del de las novelas. En los guiones, sobre todo los de las grandes películas americanas, descubrí un filón bastante poco explotado por los novelistas. El guionista no está autorizado a explicar lo que pasa por la cabeza de sus personajes. Sólo puede describir lo que se verá en la pantalla. Esa limitación es un desafío fascinante porque, como todos hemos comprobado, las imágenes pueden evocar todo tipo de sentimientos imaginables sin necesidad de recurrir al lenguaje introspectivo de Flaubert o de Kafka. Y recordemos que el arte nace, precisamente, de las limitaciones...

Esa es la técnica narrativa que yo, sin saberlo, había adoptado en mi primera novela, y que volví a utilizar en la novela siguiente, que se quedó inacabada y que, treinta años después, estoy tratando de terminar ahora. Es una tarea muy dificultosa, porque treinta años son muchos años, y mi visión del mundo hoy es muy distinta, a menudo en aspectos esenciales. Además, hay mucha hojarasca que podar, y a veces me desespero.

Pero todavía no me he respondido a la pregunta esencial: ¿para quién escribo?

De la respuesta a esa pregunta dependen muchas cosas. Por ejemplo, el nivel de abstracción del lenguaje, o la abundancia o no de referencias cultas. Soy consciente de que un alto porcentaje de mis conciudadanos son virtualmente analfabetos, o no tienen ningún interés por leer un libro. También soy consciente de que su nivel cultural es bajísimo y, sumando esto con lo anterior, la sutileza de sus pensamientos no llega mucho más allá del nivel de una conversación por Whatsapp. ¿Debo considerarlos también a ellos mis lectores potenciales?

Si la respuesta es afirmativa, entonces mi novela será tan ramplona que no valdrá la pena escribirla. Pero si escribo para lectores capaces de disfrutar de un texto muy trabajado, entonces probablemente no venderé muchos ejemplares. Terrible dilema.

Entre esas dos aguas me debato. Por una parte, no me gustaría escribir una novela de altos vuelos, pero por otra tampoco me apetece descender al nivel del cerebro de la salamandra. Lo ideal sería escribir para ese lector ideal, parecido a mí mismo, que habría desarrollado el gusto por la literatura hasta el punto de entender todos mis giros, saltos y argucias narrativas. Pero ese lector no existe, y yo me siento como un funambulista que avanza vacilante entre los guiños provincianos, las expectativas de un puñado de 'entendidos' a la violeta y la tabula rasa de memeros y tuiteros, víctimas de bachilleratos de saldo y masters de mecadillo.

Que Zeus me pille confesado.

Creative Commons License
This work is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 3.0 Unported License.

sábado, 16 de junio de 2018

El gran concurso

Por fin lo he entendido. No sé cómo he podido pasar tantos años sin darme cuenta. Quizá porque me he empeñado siempre en tomármelo en serio. Pero finalmente, por muy en serio que uno se lo tome, llega un momento en que la acumulación de situaciones es imposible de ignorar. En ese momento, la conclusión final es inevitable.

Yo estaba empeñado en contemplar mi país encajándolo en distintos esquemas mentales: lo miraba como una democracia, como una nación, como un conglomerado de tribus, como un páramo cultural, como una sociedad refractaria a la ciencia, e incluso como una colección de autistas pintorescos. Pero estaba equivocado. Y, lo peor de todo, me lo tomaba tan en serio que me pasaba la vida amargado. Hasta ayer. Veamos cómo fue la cosa.

Me comentaba ayer Laurita, en un mensaje, su admiración por cierto periodista de brillante oratoria, muy conocido en Twitter y en las tertulias de radio y televisión. "Los tritura a todos", me decía ella con regocijo. Me hacía este comentario porque sabía que el brillante periodista fue, tiempo atrás, amigo mío. "Es cierto. Habla muy bien", respondí yo. "Pero nada más. Le encanta oírse a sí mismo, como a todos los que participan en las tertulias, pero nunca mueven un dedo por las causas que tanto defienden".

Decía yo esto porque poco tiempo atrás le había enviado un mensaje precisamente a aquel periodista, supuestamente amigo mío pese a que hace ya mucho tiempo que no me trata como tal. En mi mensaje, yo le pedía ayuda -ayuda real, no simplemente palabras- para defender cierta causa común, ahora no importa cuál. Nunca me respondió.

Lo mismo me acaba de suceder con otra periodista bastante conocida, con la que estoy en contacto desde hace algún tiempo. En tertulias y reportajes, su beligerancia en favor de la causa común es admirable, pero una semana después de pedirle yo ayuda concreta sigue sin responderme. Esto de no responder es muy español. A los españoles les horroriza decir 'no', y se limitan a dar la callada por respuesta. Lo cual, para mí al menos, es muy irritante, en primer lugar porque me parece una grosería imperdonable, y en segundo lugar porque respuestas así sólo pueden reflejar o cobardía o indiferencia.

Fue en ese momento cuando lo entendí todo. Por desgracia, para expresarlo no tendré más remedio que dejar de lado, por hoy, la corrección política: España no es un país. España es un concurso de gilipollas.

Qué alivio. Visto así, resulta que es divertidísimo, porque ahora, cuando uno empieza a leer las noticias, ya no tiembla pensando en qué nueva maldad, latrocinio o imbecilidad va a terminar amargándole el día. No, no. Lo que realmente sucede es que están todos disputándose el honor de ser más gilipollas que el gilipollas más reciente. Y la cosa va muy aprisa, no crean.

Por ejemplo: unos neanderthales boicotean un acto público en honor de Cervantes. Como gilipollas, tienen mérito. Hay que echarle mucha cara para evidenciar sin avergonzarse la incultura abismal de semejantes concursantes. Pero que no canten victoria, porque pocos días después los concursantes adversarios contraatacan. Han conseguido que el ayuntamiento les permita poner una pantalla gigante no sé dónde para ver los partidos de football de la selección española. Si consideramos el interés por la cultura de ambos equipos, ¿cuál de los dos es más gilipollas? Difícil decidir. Yo lo dejaría en empate.

Otro ejemplo. Una embarcación de una ONG que transporta regularmente centenares de inmigrantes ilegales desde las costas libias a las italianas, a razón de seis mil euros por pasajero, se encuentra un día con que en Italia ya no les dejan desembarcar. Para los concursantes españoles, la ocasión la pintan calva: ¡que vengan a España! Aquí les daremos alojamiento, comida, sanidad gratuita de por vida y un sueldo fijo a cambio de nada. Considerando que las noticias en Africa corren como la pólvora, da la impresión de que el gilipollas que ha tomado esa decisión se va a llevar el primer premio, ¿verdad?

Pues no. Nada más enterarse, el ministro de Justicia se lo toma a pecho, y anuncia que va a quitar las vallas más disuasorias de las fronteras de Ceuta y Melilla. El gilipollas anterior acaba de hacer el ridículo más espantoso. Ya ni siquiera va a hacer falta echarse al agua en un bote sin saber nadar, ni arriesgarse a ser violada por otro pasajero durante la travesía, ni pagar los ahorros de toda la tribu a un gángster disfrazado de cooperante. Ahora bastará con juntarse unos cuantos en tierra firme y empujar un poco entre todos hasta tirar la valla y atravesar la frontera. Señor ministro, lo ha conseguido: el primer premio es para usted.

De momento. Todavía no he empezado a leer las noticias de hoy. Pero apuesto lo que quieran a que hoy aparece un nuevo gilipollas que consigue quitarle el premio, tan duramente conseguido. Nos vamos a divertir.

Creative Commons License
This work is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 3.0 Unported License.

sábado, 2 de junio de 2018

Mi casa solvente oscila

Leído en un periódico: "el coste de producción de cada barril [de petróleo] oscila entre los 50 y 70 dólares".

No está muy claro qué pinta ahí ese "los", ni por qué aparece delante de "50" y no de "70". Da la impresión de que el redactor se ha limitado a rellenar una plantilla mental, sin molestarse en construir una representación clara de lo que quería expresar. Un productor de petróleo probablemente diría que el coste de un barril es simplemente "65 dólares", del mismo modo que la velocidad de un tren es "90 km/h", pese a que otra plantilla mental nos empuja inconscientemente a decir "de 90 km/h".

Pero ¿qué quiere decir que el coste del petróleo "oscila"? ¿Que sube y baja a lo largo del tiempo, o que tiene distintos valores según el lugar de producción? Si consideramos que oscilar es, propiamente hablando, lo que hacen los péndulos, lo lógico sería usar un verbo diferente para referirse a un intervalo de valores independiente del tiempo. Es la función que desempeña el verbo inglés 'range from ... to...'. En español seríamos mucho más precisos si dijéramos 'el coste fluctúa entre 50 y 70 dólares', pero nos da mucha pereza ir a buscar la caja de herramientas cuando podemos apretar los tornillos con el cuchillo de la cocina.

Es cierto que, a menudo, en la caja de herramientas no encontramos lo que necesitamos, y por eso muchos hablantes están usando ya la palabra 'rango' como equivalente del inglés 'range'. Algunos traductores, imitando a los franceses, usan el término 'gama', pero no es lo mismo. Una gama implica gradación, y los costes del petróleo no están necesariamente distribuidos como los colores del arco iris.

Lo malo de usar 'rango' con el significado de 'range' es que estamos creando una ambigüedad donde no la había. Hasta hace poco, un 'rango' (en inglés, 'rank') era un nivel dentro de una escala de conceptos, y ahora va a significar también la propia escala. Me dirán que en cada contexto está claro lo que significan 'rango', 'oscilar' y lo que al hablante le venga en gana decir, lo cual es cierto si uno piensa en términos tan locales como mis-oyentes-y-yo. Lo mismo cabe decir de las plantillas mentales. Si uno se conforma con semejante mentalidad de corrala, no tengo nada que objetar.

La mentalidad de corrala ha introducido también entre nosotros otra expresión mal traducida. En francés, 'haut de gamme' significa 'la parte alta de una gama', es decir, los modelos de mayor calidad de determinado producto, sean automóviles, teléfonos móviles o pianos de cola. Referirse a ellos como 'de gama alta' implica la existencia de otras gamas, de las que sin embargo nadie habla jamás. Con el tiempo, la palabra 'gama' se terminará anquilosando y se convertirá en... ¿lo adivinan? Exacto. Se convertirá en una plantilla mental.

Como entre tú y yo todo vale a condición de que nos entendamos, no es necesario fatigarse recurriendo a la funesta manía de pensar. Al fin y al cabo, nadie espera encontrarse nunca con alguien diferente. Pongamos un ejemplo imaginario. Zutano no ha leído jamás un libro, y en ese momento acaba de salir del banco (que está abusando de él precisamente por empeñarse en no salir de la corrala y no leer libros). A la puerta del banco, Zutano se topa con su cuñada, y se ponen a hablar de Mengano. Zutano quiere explicarle a su cuñada que Mengano es una persona cabal, pero lo único que lee son noticias sobre football y le falta vocabulario: no encuentra la forma de decirlo. No importa. Su cuñada también lee sólo noticias sobre famosas, pero tanto ella como él acuden con frecuencia al banco, de modo que Zutano sale del paso explicando que Mengano es una persona "solvente". No es lo mismo, y ambos lo saben, pero mira, entre tú y yo nos entendemos.

Finalmente, se despiden y se van a su casa. Ah, pero ¿no vivían en un piso?, dirá usted. Pues sí, pero resulta que en español un piso es también una casa. ¡Diantres!, exclamará usted, rascándose la cabeza. Entonces, ¿cómo diferencian entre una cosa y otra?, preguntará, intrigado. La respuesta es que, normalmente, no hace falta diferenciar. Basta con relacionarse solamente con personas que son como nosotros, que viven como nosotros, que ven la misma televisión que nosotros y que piensan como nosotros. En resumen, basta con... no salir de la corrala.

Mejor que no me diga usted lo que está pensando. Sospecho que estaríamos de acuerdo.


Creative Commons License
This work is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 3.0 Unported License.

domingo, 27 de mayo de 2018

Un bosque impenetrable

No recuerdo muy bien por qué decidí comprarme el libro. Había comprado ya, años atrás, otro del mismo autor que resultó de dificultosa digestión, pero esta vez volví a morder el anzuelo. Un comentario elogioso de Antonio Escohotado y una sinopsis verbal del propio autor habían despertado mi codicia lectora. Aun así no las tenía todas conmigo, de modo que, para asegurarme aún más, me metí en Amazon y eché un vistazo a los comentarios de los lectores. El porcentaje de opiniones elogiosas era abrumador, y sólo un comentarista declaraba el libro "farragoso" y aburrido. No le hice caso. Tratándose de un autor tan polémico, probablemente era una opinión tendenciosa. Y me decidí.

Era una decisión arriesgada. Setecientas veinte páginas son muchas páginas y, considerando mi limitada capacidad de concentración, el libro tenía que ser realmente apasionante para conseguir arrastrarme hasta el final. Pocos textos de esa extensión lo han conseguido, pero la posibilidad de leer setecientas páginas apasionantes era demasiado tentadora.

La intención declarada de Federico Jiménez Losantos en la introducción a su Memoria del comunismo era, precisamente, lo que me había hecho albergar ilusiones. En ella, el autor declara su asombro por la persistencia en el mundo de las ideas comunistas, muchos decenios y muchísimos más millones de muertos después de la revolución rusa. ¿Por qué el comunismo, que ha liquidado alevosamente a unos doscientos millones de seres humanos a lo largo de un siglo y torturado, humillado y sojuzgado a incontables más, sigue siendo aceptado como un ideario legítimo mientras el nazismo, que asesinó a una fracción de esa cifra durante apenas 20 años, está terminantemente prohibido y es aborrecido en todos los países civilizados?

Esa pregunta me la he hecho yo también muchas veces desde que decidí perder el respeto a la secta izquierdista. A mí mismo, que siempre he detestado visceralmente cualquier tipo de opresión, me llevó muchísimo tiempo tomar una decisión que, en el fondo, siempre supe que debía tomar. Aunque quizá lo más intrigante no es por qué me costó tanto esfuerzo salir, sino qué fue lo que me impulsó a entrar.

Mejor dicho: qué fue lo que nos impulsó a entrar a toda una generación universitaria cuyas familias, en muchos casos, habían accedido por primera vez a la clase media gracias al franquismo. Mi respuesta siempre es la misma: la estrategia izquierdista de infiltración, agitación y propaganda, un arma mefistofélica muy difícil de contrarrestar, y en la que ellos siempre han sido auténticos maestros.

Tal como yo lo veo, el poder de atracción de la izquierda es inversamente proporcional a la cantidad de oportunidades que la sociedad ofrece a sus jóvenes. A medida que los adolescentes maduran, van comprendiendo oscuramente que ellos van a ser la fuerza social que reemplazará a sus predecesores, y se sienten impacientes por tomar el relevo. Ese proceso, naturalmente, debería ser progresivo, para ir subsanando lentamente la falta de experiencia. Pero si la sociedad, en lugar de ir ofreciéndoles oportunidades de acceso, les opone un muro infranqueable, la vehemencia natural de los años mozos los abocará irrefrenablemente a la rebelión.

Es sólo una teoría personal. Pero sentía curiosidad por conocer también la explicación de Jiménez Losantos, que, a diferencia de mí, estuvo realmente metido en política y conoce mucho mejor los intríngulis del asunto y los mecanismos psicológicos del militante izquierdista.

Craso error el mío. Decir que el libro es farragoso es benevolente. Desde las primeras páginas, y después de una introducción autobiográfica realmente conmovedora, el texto es repetitivo y mareante, se pierde en vericuetos absolutamente innecesarios y, excepto quizá para el historiador especializado, carece completamente de interés para el lector medio. De un ensayo, uno espera leer una serie de ideas organizadas racionalmente y basadas en datos. Lo que no espera es tener que leerse todos los textos de referencia y las notas de pie de página como si formaran parte del texto. Léaselos usted, hombre, hágame un resumen y dígame al final del libro dónde encontrarlos, por si tuviera la curiosidad de consultarlos.

Si hay un libro que refleja fielmente la idea de los árboles que no dejan ver el bosque, ese libro es éste. El mareo inicial que ocasiona leer una tras otra citas textuales repetitivas de personajes que para el lector son prescindibles da paso a la estupefacción por la ausencia flagrante de conclusiones generales. En ese momento uno, alarmado por la montaña de páginas que aún le quedan por leer, decide cortar por lo sano y saltarse las citas, para abreviar. Efectivamente, la decisión reporta un alivio, pero no duradero. A lo largo de páginas y más páginas, el autor sigue mareando la perdiz bolchevique, y las únicas conclusiones que uno consigue extraer son que fulanito era muy, pero que muy malvado, que menganito era lo mismo, que zutanito era un prodigio de iniquidad, y así sucesivamente sin esperanza de salvación hasta la página setecientos y pico.

De ese modo, a trancas y barrancas, uno consigue llegar a la mitad del libro. En ese momento, harto ya, haces balance y descubres que no has averiguado prácticamente nada. Tú ya sabías que los comunistas son atroces, que Lenin, Stalin, Trotski y tutti quanti eran psicópatas asesinos, y a estas alturas las fotos que ocupan el centro del libro, espantosas y deprimentes, no te van a aportar ninguna sorpresa. Todas esas cosas ya las sabíamos. Lo que yo quiero, señor Jiménez, es averiguar por qué el comunismo ha sido respetado durante tanto tiempo pese a todas esas atrocidades, sin necesidad de que usted me las repita hasta el agotamiento.

Entonces, exhausto ya, se me ocurre una idea brillante. En vista de que prácticamente todo el texto es prescindible, voy a leerme sólo la tabla de contenidos, a ver si por lo menos así me hago una idea de a dónde queremos llegar. Segundo craso error. La tabla de contenidos no me aporta nada. Definitivamente, este señor es incapaz de abstraer. Es simplemente una máquina de vomitar datos, acumulados siguiendo un esquema para mí extraterrestre. Entonces comprendo que tengo que aceptar mi derrota, y tomo la decisión que tanto había postergado: cerrar el libro definitivamente y reconocer que me he equivocado.

No es la primera vez. He cometido ya ese mismo error en varias ocasiones, por ejemplo con la película de Woody Allen (en singular, porque es siempre la misma). Es más o menos el mismo error que cometen, desde que el mundo es mundo, tantas y tantas mujeres cuando piensan en los defectos del hombre amado: "algún día cambiará..."

Pues no. Esta vez lo siento, Sr. Jiménez. Aprenda usted a abstraer, si es tan amable. Hay dos sin tres.

Creative Commons License
This work is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 3.0 Unported License.

 
Turbo Tagger