miércoles, 11 de diciembre de 2019

La espiral - 2


El tono de llamada sonó y sonó, largo rato. Estaba yo ya a punto de colgar cuando oí por fin la voz de Melquiades, que se restregaba en un susurro.

“No podemos hablar ahora”, dijo. “Me han trasladado a otro departamento”.

“Esta vez sólo necesito un nombre y una dirección. Tengo el número de la matrícula”.

“Es que ya no estoy en aquel departamento, ya te lo he dicho. Te tengo que dejar. Lo siento, no te puedo ayudar”.

“¡No, espera un momento! Oye, es muy importante. Es un caso rutinario, pero me pagan muy bien. Un millonario viejo que sospecha de su mujer joven y guapa. Esta mañana, por fin, la pillé saliendo de casa con un menda, pero se me llevó el coche la grúa y le he perdido la pista”.

Melquiades suspiró.

“Ya te lo he dicho. Yo no puedo... Mira, inténtalo con Rosario. Es mi sustituta. Te envío su teléfono por whatsapp. Tengo que colgar. Adiós”.

Y colgó.



Rosario no me conocía de nada, pero aceptó mi invitación a tomar café. Su turno en la comisaría terminaba a las seis. Quedamos a las ocho.

“Melquiades me ha hablado mucho de ti”, dije apenas nos dimos la mano, para romper el hielo.

“¿Ah, sí? Ultimamente no nos veíamos apenas. Yo estaba destinada en el archivo, al otro extremo del pasillo”.

Rosario sonrió, pero en su mirada se leía desconfianza. Si alguna vez me encuentro con una mirada ingenua en un policía, el que desconfiará seré yo. Y mucho.

“Melquiades y yo somos amigos desde el instituto. Soy detective privado, y esta mañana se me ha complicado un caso que tenía entre manos. Estoy en un apuro. El me ha dicho que a lo mejor tú podrías ayudarme”.

Su mirada cambió. Lo había comprendido todo. Su sonrisa se ensanchó y sus hombros se relajaron.

“Pues no sé. Si él te ha dicho eso... Tú dirás”.

Rosario era una mujer de unos treinta y pocos años, más que generosamente alimentada. Su papada tapaba casi completamente una gargantilla fina, orlada de estrellitas de plata, bajo la cual se extendía un escote opulento, abierto en dos mitades como dos sandías. El resto de su cuerpo estaba tapado por la mesa, pero no podía ser mucho más cautivador. En pocas palabras la puse al corriente del caso del millonario celoso, el contratiempo de la grúa y, por último, el soborno del funcionario que me había conseguido un número de matrícula.

“No es una pista muy segura”, añadí, con un gesto de impotencia. “Pero no tengo otra”.

“Tú sabes que eso que me estás pidiendo es... irregular, ¿verdad?”

Bajé mi mirada hacia el café con leche, con aires de sumisión.

“Mira”, dijo. “Vamos a hacer una cosa. No he dicho que sea imposible, pero tengo que pensarlo. ¿Dónde vas a cenar?”

“No sé. En casa, supongo”.

“¿Por qué no te vienes a la mía y lo hablamos tranquilamente? ¿Te gustan los macarrones?”

Antes de que yo pudiera contestar, añadió:

“Son mi especialidad”.

Y su sonrisa se ensanchó en un suspiro telúrico que hizo temblar mi café con leche.

(Continuará)

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martes, 10 de diciembre de 2019

¿Progreso?

Empieza a ser ya demasiado obsesivo el empeño de muchos políticos por invocar constantemente el 'progreso' como panacea universal de todos los males. El progreso es lo único bueno, y todo lo demás es un abuso del fuerte contra el débil, de la injusticia contra la justicia y, en suma, del Mal contra el Bien. Así, con mayusculas. Maltrecha ya la fe religiosa, que compite penosamente con esa plétora de videojuegos, smartphones, discotecas, peluquerías y salones de tatuaje que hacen la vida tan apasionante, las religiones tradicionales están de capa caída y se baten en retirada.

Sin embargo, el cerebro reptiliano no se rinde jamás, y los antiguos tics de la religión cristiana retornan sigilosamente, convenientemente disfrazados de anhelos y terrores 'progresistas'. Nuevos tabúes, herejías y sentimientos de culpabilidad se apresuran a llenar el hueco dejado por sermones y catequesis, ahora tristemente mohosos. ¿Quién dijo cambio? No nos engañemos: Parménides tenía razón.

Sin embargo, el catecismo progresista exalta todo lo contrario de lo que predica. Exactamente igual que su predecesora la institución cristiana. Créanlo o no, las enseñanzas progresistas son incitaciones al abuso, la discriminación, el poder, el supremacismo y la empanada mental. Veamos.

Igualdad

Al menos hasta que el padrecito Stalin descienda de los cielos para instaurar el paraíso socialista, las personas, que yo sepa, somos todas diferentes. Todas. Ni siquiera los hermanos gemelos caminan siempre en la misma dirección, parpadean al mismo tiempo ni comen los mismos menús a la misma velocidad. Unos somos altos, otros bajos. Unos calvos, otros hirsutos. Hay seres humanos trabajadores como los hay perezosos, y como los hay también egoístas y generosos. ¿Por qué empeñarse en igualarnos para evitar que seamos como somos: es decir, irreparablemente diferentes?

Me dirán los feligreses progresistas que lo que ellos pretenden es igualar al rico con el pobre. A todos los ricos con todos los pobres, claro, que para eso los progresistas son totalitarios. Pero eso es discriminatorio. Quitarle su dinero a una persona que quizá se ha hecho rica con su esfuerzo para dárselo a otra que quizá es pobre porque no le da la gana trabajar es un abuso como la copa de un pino. De progreso, nada, oiga. Sería más sensato aspirar a una sociedad en la que el pobre, trabajando, pudiera igualarse al rico, o incluso superarlo, sin molestar a nadie. Y en la que el vago cosechara los frutos de su desidia sin que ningún progresista se escandalizara ni increpara a la humanidad por ello.

Violencia de género

Pobres mujeres agredidas por machos violentos y prepotentes... ¿Mujeres? ¿Por qué sólo mujeres? La testosterona descontrolada no tiene remilgos, y no se ceba sólo en las mujeres. Y si no, que se lo pregunten a Pol Pot, a los responsables del Holocausto o al general Custer. Va a ser difícil contarlos, pero yo diría que el número de varones caídos en guerras desde que Caín descubrió las virtudes de la quijada supera abrumadoramente al de las mujeres, no ya asesinadas, sino siquiera lesionadas por representantes del patriarcado opresor. Al menos, en las sociedades no musulmanas.

Al mismo tiempo, el catecismo progresista declara enfáticamente que las mujeres son, en todo, exactamente iguales a los hombres. Entonces, ¿por qué protegerlas a ellas más que a mí? Es cierto, yo nunca me he emparejado con ningún portador de testosterona, pero sí con portadoras de oxitocina, y supongo que, si alguna de  ellas me hubiera agredido, yo me habría defendido. Lo siento, se llama supervivencia. Y si alguna hubiera sido más dañina que yo (psicológicamente, unas cuantas lo han sido), yo no me habría quedado mucho tiempo a deleitarme con el drama masoquista.

Me sabe mal decirlo, pero si una persona abusa de otra es porque es superior a ella. De manera que, una de dos: o declaramos que el macho es superior a la hembra y la protegemos, o nos declaramos todos iguales, y que la ley proteja sólo al agredido, sea cual sea la hormona que corra por sus venas.

Inmigración

Si yo fuera pobre (no estoy muy lejos de serlo) y se me ocurriera emigrar a otro país para mejorar mi situación, escogería un país en el que pudiera ganarme la vida trabajando. Y si en algún país no tuviera posibilidades de trabajar, entendería que no me dejaran entrar. Cierto, podrían acogerme con los brazos abiertos, mantenerme con cargo a los impuestos de los que sí trabajan, o permitirme fastidiar a los comerciantes que pagan impuestos (y muy altos) vendiendo imitaciones de sus productos a mitad de precio. Pero, para mí, la dignidad consiste en ganarse la vida con el propio esfuerzo, y si consintiera en recibir un trato así me sentiría fatal.

He dicho que no estoy lejos de ser pobre, y no miento. Pero si algún día me encontrara con una mano delante y otra detrás, me iría a vivir a Africa. En el Africa central, al menos, hambre no pasaré. Siempre hay un mango o una banana que coger de una rama, o un pescado que capturar en cualquier orilla. Tampoco hay que pagar calefacción, y tengo entendido que esas plantas que algunos fuman crecen en abundancia. Probablemente no podré pagarme un médico si caigo enfermo, pero trataré de disfrutar de la naturaleza y de las relaciones humanas, y consideraré que lo importante es la calidad, y no la cantidad, de los años que a uno le queden de vida.

Y, desde luego, si fuera progresista no trataría de emigrar a Estados Unidos, donde (según mi catecismo) el capitalismo salvaje explota a los pobres inmigrantes sin piedad. No, no. Me iría a Cuba, a Venezuela o a Corea del Norte, a disfrutar de la riqueza y la libertad del paraíso socialista.

Digo yo.

Referendums

Se oye muy a menudo decir por ahí "yo soy demócrata, sí, pero los referendums son muy peligrosos". O sea, que tú eres demócrata, pero tu opinión vale más que la de la mayoría democrática. Pues no me aclaro. "Pero entonces --les respondo yo-- si piensas eso será que no eres demócrata". "Sí, sí, claro que soy demócrata, pero los referendums son muy peligrosos". Y no hay forma de sacarlos de ahí. O sea, que ellos creen que todos los votos tienen exactamente el mismo valor, pero sólo tienen derecho a votar los que piensan como ellos...

Pues lo siento, pero no son nada originales. Ya se les adelantó George Orwell en Animal Farm, cuando escribió que "todos en la granja somos iguales, pero hay unos que son más iguales que otros". Todo un visionario, aquel hombre.

Cambio climático

Qué tremendo, el cambio climático. Según el catecismo progresista, la hecatombe que los seres humanos estamos causando en el pobre planeta nos obliga a: (a) sentirnos muy culpables, más o menos como nos enseñaba antiguamente el cura en la misa de doce; (b) aunque nosotros ya hemos pecado y tenemos aire acondicionado y agua corriente, a los que aún no lo tienen hay que impedirles que repitan nuestros errores; (c) ah, y también tenemos que vivir angustiados por la huella de carbono, clasificar las basuras y odiar a los herejes negacionistas mientras seguimos usando nuestros teléfonos móviles, viajando en avión y aguardando ansiosos el advenimiento de la tecnología 5G, que multiplicará por diez el consumo de energía mundial para que nuestro frigorífico pueda decirnos en voz alta que está helado de frío.

Pero con todas esas medidas ¿qué esperamos conseguir? Que el clima no cambie, me dirán ustedes. De acuerdo, pero ¿cómo se comportaría si no cambiara? Pues no lo sabemos, porque el clima, por definición, siempre está cambiando. Simplemente, no podemos detenerlo. Y además ¿qué clase de progreso es ese que pretende que todo se quede como estaba? ¿Eso no era cosa de los fachas?

El odio

Cuando oí por primera vez hablar del "delito de odio", se apoderó de mí esa sensación de que algo no encajaba. ¿Cómo puede ser delito un sentimiento que es espontáneo y pertenece a la esfera de la más estricta intimidad? Podrá ser un delito la incitación al odio, pero ¿a qué --insértese un exabrupto-- legislador le incumbe lo que yo sienta o deje de sentir? Hasta ahí podríamos llegar, papacito Stalin. Ni siquiera manifestar odio debería ser un delito, si verdaderamente defendemos la libertad de expresión.

Claro que, en esto, el catecismo progresista distingue muy claramente entre odio y odio. Por ejemplo, declarar una alerta antifascista y salir a la calle a quemar contenedores de basura no es un delito de odio. Y mucho menos de incitación al odio. Y es que, parafraseando a Orwell, todos los odios son odios, pero hay algunos odios que son, en realidad... amor.

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martes, 20 de agosto de 2019

La espiral - 1

"¡Maldita sea! Pero ¿qué...? ¡Eh!, ¡eh!. ¡Esperen!"

El portal desapareció bruscamente de la pantalla de mi teléfono móvil y yo eché a correr hacia el callejón. Demasiado tarde. Cuando llegué a la esquina, un camión grúa con mi coche sobre la plataforma trasera se alejaba sin hacer caso de mis aspavientos. Me detuve.

"¡Maldita sea!", repetí, jadeando. "¡Justo cuando estaban saliendo del portal!"

Eché a correr otra vez hacia la terraza del bar. El camarero, de pie entre las mesas, me miraba con la bandeja en la mano, en actitud vagamente amenazadora. Saqué apresuradamente mi billetera del bolsillo, puse un billete de diez euros bajo mi taza de café con leche y seguí corriendo hasta llegar al portal. Belinda y su acompañante ya no estaban allí. A mis espaldas, arrancó un motor. Di media vuelta, a tiempo para ver alejarse un coche con Belinda en el asiento de pasajeros. El coche dobló una esquina y desapareció. Sólo pude distinguir los tres primeros números de la matrícula. Los anoté en mi teléfono móvil y eché a andar hacia la parada de taxis más cercana.

Ya en el taxi, revisé la grabación del portal de Belinda. En la penumbra del zaguán, las facciones del hombre que la acompañaba eran imposibles de reconocer. Era un tipo alto, trajeado pero con aires deportivos. Sólo pude distinguir un detalle peculiar: parecía llevar calcetines blancos. Belinda, en cambio, había salido delante de él y, a la luz del día, estaba esplendorosa. Un vestido ceñido y unos zapatos de tacón resaltaban su silueta cimbreante, y tras su melena pelirroja se podía adivinar un escote más que generoso. Silbé por lo bajo. En el retrovisor, el taxista me miró un instante.

"Es aquella nave", dijo por fin, señalando con el dedo un enorme hangar con una garita a la entrada. "No puedo acercarle más. Tendrá que caminar un trecho"

Lo miré, incrédulo.

"Tengo pendientes demasiadas multas de aparcamiento. Si me reconocen, tendré que hipotecar el apartamento de Benidorm para pagarles todo lo que les debo".

Le pagué y salí del taxi dando un portazo. La cuneta estaba polvorienta, y la calzada, desierta. Recorrí los quinientos metros que me separaban del hangar y me detuve ante la garita.

"Vengo a recoger mi coche", dije. "Un Ford azul, con una pegatina de la torre Eiffel en el maletero".

El empleado, un tipo indolente de mandíbula ancha y párpados soñolientos, me tendió un formulario sin mirarme.

Lo rellené y lo firmé. "No se ve mucha actividad por aquí hoy", comenté sonriendo mientras se lo entregaba. No me contestó. Repasó los datos de un vistazo, estampó un sello y, por fin, levantó la vista y me miró.

"Son doscientos cincuenta euros", dijo con tono rutinario.

"Pero si lo acaban de traer", protesté. No llevará aquí ni media hora".

"La estancia se cobra por días", replicó con tono fastidioso. "Media hora, aquí, es un día".

Cogí mi copia del formulario, y en el reverso anoté los tres números de la matrícula que había memorizado esa misma mañana. Seguidamente, saqué cuatrocientos euros de mi billetera y los puse ante su vista.

"¿No sabrá por casualidad si alguna vez han traído aquí un coche con estos tres primeros números en la matrícula?"

El empleado leyó los tres números y se me quedó mirando. Luego, sin decir nada, recogió los cuatrocientos euros y tecleó varias veces ante la pantalla de su ordenador.

(Siguiente)

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domingo, 4 de agosto de 2019

Frío, caliente

Cuando todavía no se habían inventado los videojuegos y las personas tenían que usar su propio ingenio para divertirse, había un entretenimiento muy simple, pero no por ello aburrido. El juego consistía en proponer la búsqueda de algo y, seguidamente, ayudar al otro jugador en su búsqueda dándole pistas: frío, frío, frío..., templado ..., caliente..., ¡que te quemas!, hasta que la cosa buscada aparecía. La emoción del juego dependía en gran parte del valor de la recompensa y, según la edad o el sexo de los jugadores, la cosa buscada podía llegar a ser tan subida de tono como usted quiera imaginar.

Es curioso cómo usamos conceptos elementales para expresar conceptos complejos. En el juego que acabo de describir, el frío y el calor indican el grado de proximidad, pero en contextos diferentes la temperatura puede simbolizar ideas mucho menos coherentes. Y, como vamos a comprobar a continuación, hasta contradictorias.

En ocasiones exageramos, y por eso cuando decimos 'estoy helado' o 'me estoy congelando' nadie piensa que nuestra temperatura haya bajado de cero grados, del mismo modo que cuando exclamamos '¡me estoy asando!' todos entienden que lo que tenemos es, simplemente, mucho calor. Sin embargo, cuando una situación es muy conflictiva decimos que está 'que arde', y cuando nos embarga la furia sentimos que estamos 'hirviendo' de rabia. También podemos 'arder' de deseo por conseguir algo, y los deseos más intensos son para nosotros deseos 'ardientes'. O fervientes, que originalmente significaba... 'hirvientes'.

¿En qué quedamos? ¿No acabábamos de decir que el hervor era sinónimo de rabia? En realidad, el hervor o fervor es también sinónimo de entrega devota a una causa o a un sentimiento. ¿Tendremos, pues, que suponer --dirá usted-- que Santa Teresa oraba con tanta dedicación porque estaba muy 'caliente'? 'Absolutamente no', se escandalizarán los lingüistas. 'Se ha salido usted de contexto'. (Ojo: el lector tampoco deberá entender que, por el hecho de haberse 'salido' de lo que sea, el interlocutor esté 'salido').

Volvamos, pues, al contexto, y aceptemos que uno arde sólo de deseo. Pero, entonces, ¿por qué decimos que alguien está 'quemado' cuando está harto de fracasar, y no cuando ha terminado de desear? Peor todavía: cuando uno está 'echando humo' no es porque se acabe de 'quemar', sino porque está muy enfadado. Que es lo mismo que decir... 'hirviendo' de rabia. Sin embargo, aunque a nosotros nos está permitido echar humo, echar vapor sólo les está permitido a las locomotoras. O a las planchas.

El fuego, las brasas y el ardor han estado siempre asociados a la pasión desmedida, del mismo modo que la frialdad significa universalmente distanciamiento o insensibilidad. De ahí que las actitudes 'gélidas' y las miradas 'glaciales' nos inspiren desasosiego. Pero, ¿y el término medio? Tiene su lógica que una persona o una actitud 'tibia' denoten un carácter pusilánime o cierta falta de convencimiento, pero cuando hablamos de una persona 'templada' no nos estamos refiriendo a eso, sino a alguien que controla perfectamente sus impulsos. Casi lo contrario de lo que uno se imaginaría.

Echar 'leña al fuego' puede ser lo contrario que echar 'un jarro de agua fría', pero los psicólogos nos dirán que la 'frigidez' en la mujer no se cura con mucha 'fogosidad', sino con paciencia y 'calidez'. Es cuestión de grado. Ah, y añada usted una cierta dosis de 'temple', hasta que uno consiga 'encandilar' a la cohibida.

No sigo. Creo que voy por mal camino. Si espero que los lectores deparen a este artículo una 'cálida' acogida, no debo internarme en aguas demasiado 'tórridas'. Eso sería... jugar con fuego.

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Periodos

El tiempo y el espacio sólo se diferencian en los instrumentos con que los medimos. Si yo decido ir caminando desde el Big Ben hasta Trafalgar Square, al terminar mi paseo el espacio que habré recorrido será una parte de la circunferencia terrestre, y el tiempo que habré invertido será una fracción del movimiento de la Tierra alrededor del Sol.

Curiosamente, a pesar de habitar sobre un planeta esférico nuestro concepto del espacio está basado en la vertical y en la horizontal, y tuvieron que transcurrir muchos siglos después de Euclides hasta que averiguamos que el Universo, en realidad, aborrece las líneas rectas y los planos. Pero, a la escala en que nos movemos, eso son sutilezas, y medir en línea recta sigue dándonos una buena aproximación.

El tiempo, en cambio, es difícil de concebir sin pensar en ciclos. Al fin y al cabo, dormimos todas las noches, las mareas y los relojes oscilan, la luna llena y la luna nueva se persiguen infatigablemente, y los solsticios y equinoccios se repiten todos los años por las mismas fechas. No es, pues, de extrañar que nuestro lenguaje contenga palabras para todos esos períodos, para sus múltiplos y divisiones, y para otros que nuestras costumbres han ido creando. Mucho más que el espacio, es el tiempo el que realmente marca nuestras vidas.

Con el paso de los siglos, sin embargo, muchas de esas palabras han terminado vinculadas a episodios o tradiciones específicos, y el léxico que mide el tiempo ha ido perdiendo coherencia. La cuaresma es la única 'cuadragésima' que conocemos, y la menstruación es un ciclo 'mensual' específicamente asociado a las mujeres. "Espérame un segundo" y "espérame un minuto" son prácticamente intercambiables, y en México 'ahora', 'ahorita' y 'ahoritita' miden escalas de tiempo tan diferentes como 'posiblemente nunca', 'un día de éstos' y 'en seguida', respectivamente.

En la Grecia contemporánea el tiempo se mide en temporadas turísticas, pero en la Grecia antigua se medía en olimpíadas, que eran los períodos de cuatro años que transcurrían entre unos juegos olímpicos y los siguientes. Para nosotros, sin embargo, 'juegos olímpicos' y 'olimpíadas' son ahora sinónimos, lo cual no es sorprendente, ya que las mónadas son un concepto filosófico, las tríadas son conjuntos de tres cosas, y las lusíadas son un poema épico (bellísimo, por cierto) de Luis de Camoens. Para añadir más leña al fuego de la confusión, en Honduras llaman 'olimpíadas' a los exámenes de recuperación de las asignaturas suspendidas. En España, que cosecha ya una larga tradición de confusiones entre pelo y cabello, vidrio y cristal, paro, huelga y desempleo, etc., se ha perdido también la distinción entre la paga semanal, o salario, y el sueldo, que era hasta no hace mucho lo que los españoles cobraban todos los meses.

Algunas series de conceptos cronológicos se mantienen sólo parcialmente. Se habla de bienios, trienios, cuatrienios, quinquenios, sexenios y septenios pero, dado que nadie parece necesitar los octenios o los nonenios, hay un salto en el vacío que conduce a... las décadas. En algunos nichos lingüísticos particularmente combativos se habla todavía de decenios, pero la batalla está perdida. Por desgracia, tal vez, ya que, según el DRAE, una década puede ser nada menos que un conjunto de diez cosas, diez soldados, diez días, diez años, diez libros o diez capítulos.

Los días de la semana también tienen sus incoherencias. Los primeros cinco están dedicados a la Luna, Marte, Mercurio, Júpiter y Venus, pero el sábado recibe su nombre del sabbath, el día de descanso de los acadios, originalmente, y de los judíos después, y el domingo no es otra cosa que el 'Domenicus' o día del Señor. En inglés, en cambio, el sábado (Saturday) está dedicado a Saturno y el domingo (Sunday) al Sol. Curiosamente, en alemán (como en ruso y en polaco) el miércoles es, nadie sabe muy bien por qué, el Mittwoch o 'día de enmedio' de la semana.

En el siglo XVII, James Ussher, arzobispo de Armagh por aquel entonces, determinó, después de arduas investigaciones (que sin duda no incluyeron una visita a las pirámides de Egipto), que el Universo fue creado exactamente el 23 de octubre del año 4004 antes de Cristo. A partir de esa fecha, Ussher concluyó que Adán y Eva fueron expulsados del Paraíso el 10 de noviembre de ese mismo año, y que el arca de Noé arribó al Monte Ararat unos dos mil quinientos años después, el 5 de mayo de 1491 antes de Cristo.

Y seguidamente, para rizar el rizo, puntualizó: "Era miércoles".

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sábado, 3 de agosto de 2019

Hegel en la papelera

He comentado hace poco que sigo las charlas de Antonio Escohotado en YouTube, aunque no conozco muchos más pensadores de lengua española que me llamen la atención, ni por su originalidad ni por su profundidad. A Escohotado lo admiro por muchos conceptos. No sólo por su capacidad de trabajo y su curiosidad insaciable, sino por su espíritu independiente y libertario. Sin embargo, hay una parte de su pensamiento que me desconcierta: su interés por la filosofía.

Aunque le he oído glosar a menudo a los filósofos de la Grecia clásica, su debilidad absoluta parece ser Hegel. Escohotado se derrite cuando habla de Hegel, y hoy por primera vez le he oído explicar por qué. Mi primera reacción ha sido de estupor. No entiendo nada. No puede ser que este hombre, en general tan lúcido, se rebaje a parlotear en la jerigonza de los filósofos y se crea lo que dice. De modo que, por una vez, la curiosidad ha vencido a mi secular aversión al onanismo mental. He entrado en Wikipedia, he buscado 'Hegel' y me he puesto a leer.

Leer a los filósofos alemanes me parece una pérdida de tiempo en todos los casos, además de ser un acto masoquista generador de manos retorcidas, sudores fríos y jaquecas devastadoras. Para empezar, habría que leerlos en alemán, que es una lengua esencialmente intraducible. Y, para continuar, habría que entender qué demonios quieren decir todas esas frases laberínticas construidas con conceptos enigmáticos. Es sábado por la tarde y no tengo otra cosa que hacer, de modo que me he preparado un café, me he sentado ante la pantalla y, para no abusar de mis ocho o diez lectores, he seleccionado sólo una frase de Wikipedia sobre el pensamiento --es un decir-- del señor Hegel. Vamos a ello.

La frase que he seleccionado dice así:

"No limitándose a rechazar la dualidad kantiana de libertad frente a naturaleza, Hegel aspira a subsumirla en la 'infinidad verdadera', el "Concepto" (o 'Noción': Begriff), el "Espíritu" y la "vida ética" de manera que la dualidad kantiana se haga inteligible, en lugar de seguir siendo algo que viene dado en bruto".

Kantiana o no, la dualidad de la libertad frente a la naturaleza es para mí como la dualidad de la velocidad frente al tocino. ¿Dualidad respecto a qué? ¿Qué relación hay entre ambas cosas? La libertad es lo contrario de la restricción, mientras que la naturaleza es lo contrario del artificio. Tal vez lo que Hegel quería decir era demasiado abstruso para mí, pero suponer a tus lectores más tontos que tú suele ser un síntoma de la vanidad de los imbéciles. De modo que encojámonos de hombros y prosigamos.

Antes de subsumir nada en la 'infinidad verdadera', me temo que deberíamos averiguar lo que Hegel entendía por 'infinidad'. Y, sobre todo, infinidad de qué. Escribámoslo de otro modo:

... subsumir la dualidad [...] en un número infinito verdadero de lo que sea

Confieso que Groucho Marx tenía mucha más gracia que este señor. No tengo ni idea de lo que es un número infinito de lo que sea, ni de cómo subsumir dualidades en números infinitos. Que yo sepa, Herr Hegel no dejó escrito ningún manual de instrucciones al respecto. ¿Y cómo sabremos cuándo una infinidad es verdadera? Una infinidad de unicornios es falsa para un zoólogo pero, si aceptamos que yo existo, tan verdadera como mi imaginación. ¡Y todavía no hemos llegado ni a la mitad de la frase!

Ahora agarrémonos, porque vienen curvas. Tal como está construida la frase, tenemos que suponer que el concepto, el espíritu y la vida ética (!!!) son la infinidad verdadera. A ver, señores filósofos: un concepto es una abstracción, y por lo tanto no puede ser infinito. En cuanto al espíritu, lo único que se me ocurre es el alcohol etílico, que es lo que diferencia las bebidas espirituosas de las demás (tal vez estamos llegando por fin al meollo del pensamiento de Hegel). Con respecto a la 'vida ética', puede significar muchas cosas, pero no se me ocurre ninguna que sea una infinidad. Haciendo un esfuerzo mental realmente generoso, podríamos relacionarla con la libertad y con la naturaleza pero, como las tres cosas son atributos del ser humano, no hay nada que subsumir: o están subsumidas por definición, o no lo están.

De manera que, después de tamaña retahíla de desvaríos --alguien podría decir 'timos'-- intelectuales, la dualidad kantiana debería ahora ser tan inteligible como dos más dos son cuatro. O, considerando que los lectores de Hegel somos tontos, tan inteligible como trescientos cuarenta y cinco, coma dos, más siete mil ochocientos seis. Ojo, y no sólo eso, sino que a partir de ahora ya no será algo que viene dado 'en bruto'. De lo que se entera uno.

En fin, nada más por hoy. Confío en que mi uso de la ironía haya hecho sonreír a alguno de mis dos o tres lectores (a estas alturas del texto, ni siquiera sé si llegarán ya a tantos). Por mi parte, he saboreado mi café, he pasado un rato entretenido y he disfrutado desmenuzando las estupideces del señor Hegel. No era mi intención ofender a nadie, pero es que esto de la filosofía me saca de quicio. Lo mío, como sabrán ya mis escasos lectores, es la ciencia y el sentido común. Lo demás, sencillamente, es cuento.

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sábado, 27 de julio de 2019

Diez mil dólares

En los años 90 leí una noticia que me abrió todo un mundo. Un taxista de Nueva York, venido de India, había conseguido ahorrar en un año diez mil dólares, y con sólo ese dinero había hecho construir una escuela para niñas en su pueblo natal. Para mí, aquella noticia fue una revelación. Diez mil dólares --el precio de un automóvil barato-- es una cantidad al alcance de casi cualquier persona en un país industrializado. En mi cuenta bancaria dormía la posibilidad de crear nada menos que una escuela para niñas en algún pueblo remoto de algún país pobre.

Era un descubrimiento maravilloso, pero inmediatamente comprendí que disponer del dinero no era suficiente. Aquel taxista había conseguido sus fines porque tenía contacto directo con los habitantes de su pueblo, y sus diez mil dólares habían estado rigurosamente destinados a comprar el material y pagar a los trabajadores. La clave de su éxito consistía en no haber pasado por ningún intermediario. Si los habitantes de los países ricos pudiéramos hacer lo mismo, pensé, mucha gente que, como yo, desconfía de las organizaciones 'solidarias' o que no tiene manera de saber a dónde iría a parar su dinero ayudaría con entusiasmo a alcanzar fines tan nobles.

De hecho, la existencia de Internet lo hacía ya viable. Imaginemos un sitio web en el que pudiéramos comprobar en todo momento el importe de las aportaciones recibidas y el destino de cada dólar aportado. Podríamos ver, por ejemplo, que con los veinte dólares que donamos la semana pasada han levantado los tres tabiques que vemos en la foto, o han comprado los tres pupitres que estamos viendo en un vídeo grabado por una niña del lugar, que el curso que viene podrá aprender a leer y a escribir en uno de aquellos pupitres. ¿Quién se resistiría a donar un dólar, veinte o cuatrocientos, pudiendo disfrutar de la satisfacción de ver todo lo que su pequeña aportación es capaz de conseguir?

Como no creo tener el don de la genialidad, supongo que esa idea ya se le habrá ocurrido también a más de una organización 'solidaria'. La triste realidad de que ninguna la haya puesto en práctica me hace desconfiar aún más, si cabe, de tales organizaciones. En Africa, todo el mundo ha visto más de una vez a la venta en el mercado latas de conserva y sacos de arroz marcados con el sello de la ONG de turno. No es posible que las ONG desconozcan esa realidad, pese a lo cual las entregas de alimentos 'gratuitos' prosiguen como si nada, entregando de hecho las donaciones a una legión de funcionarios corruptos, y convirtiendo la iniciativa 'solidaria' en una formidable estafa a los contribuyentes de los países donantes.

Naturalmente, una estafa así sólo es posible si los ingenuos estafados creen estar haciendo un bien a la humanidad, y a eso se dedica día y noche la gigantesca maquinaria de propaganda en que se han convertido los medios de comunicación. En este particular como en muchos otros, la tarea del periodista no consiste tanto en informar como en ahorrarse la parte más inconveniente de la información. En otras palabras, la que incomoda a la ideología dominante, que es en fin de cuentas la que le da de comer.

Las ideologías ocultan partes de la realidad porque son, necesariamente, simplificaciones. Ante una situación compleja, las personas adoptan puntos de vista de lo más diverso en consonancia con su perspectiva personal, sus intereses o su capacidad de raciocinio, y no se adherirán fácilmente a burdos esquemas de capitalistas y proletarios, razas superiores e inferiores, machos contra hembras, alimentos buenos y malos, o la cantinela de que 'cualquier clima pasado fue mejor'. En los regímenes populistas, a menudo presentados como democracias, las ideologías tienen que convencer a los estafados de que están del lado del bien. En las dictaduras, las ideologías no tienen que convencer a nadie, pero son muy útiles para que los ejecutores del poder no tengan que pensar mucho antes de actuar.

Todas estas consideraciones nacen de un par de comentarios que le oí recientemente a Antonio Escohotado sobre el economista Angus Deaton, a quien por lo visto admira. Movido por la curiosidad, he escuchado unas cuantas conferencias de Deaton en YouTube, y no me ha convencido del todo. Explicaré por qué.

Es cierto que el desarrollo económico ha mejorado muchísimo la esperanza de vida y el bienestar material de la humanidad en los últimos tres o cuatro siglos. Pero, enunciado así, ese dato sirve igual para sociedades humanas que para rebaños de ovejas. En comparación con un pasado de hambre, guerras y privaciones, todos esos progresos son buenos. Pero ¿la gente en la Edad Media era desgraciada porque no podía viajar en avión? ¿Los habitantes del siglo XXV tomarán menos antidepresivos que nosotros porque podrán ir a la Luna? Permítanme que lo dude. La idea de progreso no tiene sentido más allá de la vida de cada persona. Nos hace felices instalar agua caliente en nuestro hogar, o enterarnos de que han inventado los antibioticos, pero nuestros hijos estarán en peor situación que nosotros, porque no heredarán nuestra felicidad y, además, serán desgraciados si se quedan sin agua caliente o sin antibióticos.

Incluso a escala de la vida de una persona, el progreso no es necesariamente una bicoca. Nuestra esperanza de vida es ahora más alta, pero en muchas ocasiones eso sólo significa que hemos añadido a nuestra vida, o a la de quienes nos rodean, un tramo de infelicidad y sufrimiento en forma de deterioro físico o mental. Dicho de otra manera, aunque casi nunca se menciona, hay dos criterios diferentes para medir la felicidad: uno es la cantidad, y el otro es... la calidad.

Me dirán ustedes que también la calidad de vida ha mejorado sustancialmente gracias al progreso. No lo negaré, pero también es cierto que, a menudo, la obsesión por la cantidad termina amargándonos la fiesta. Podemos comer o beber exquisiteces que antes sólo estaban al alcance de unos pocos, pero, si queremos vivir muchos años, tendremos que introducir una infinidad de restricciones en nuestra alimentación. Podemos estar en contacto con muchas personas que se encuentran lejos de nosotros. Tantas, que no tenemos tiempo para pensar sobre nosotros mismos, o para meditar sobre lo que otros han dicho o escrito. En las grandes ciudades, las posibilidades de trabajo, ocio y cultura se multiplican, pero millones de personas viajan todos los días por el subsuelo para desplazarse por ellas.

Cuando sentimos compasión por los países pobres, lo primero que nos viene a la mente es compensarles en cantidad. Querríamos darles no lo que creemos que los haría felices, sino lo que a nosotros nos haría infelices si nos lo quitaran. No se nos ocurre que quizá ellos deberían tener la posibilidad de escoger su propio camino hacia el progreso: su propio balance de cantidad y calidad. Las personas pobres no son inferiores a nosotros. No necesitan nodrizas, sino medios.

Pero, aunque se propusieran dotar de medios a los países pobres, las sociedades occidentales están atadas de pies y manos. No sólo porque cualquier intervención suya resucitaría el fantasma de los imperios coloniales, sino porque en esos países la pobreza suele ser inseparable de la corrupción, y la corrupción es incompatible con los modos democráticos. No podemos enviarles alimentos o dinero, porque se quedarán a mitad de camino. No podemos invertir en ellos, porque las mordidas se comerán todos los beneficios. No podemos sancionarlos, porque se enrocarán, y la población será la que salga perdiendo.

Deaton, con mentalidad típicamente occidental, argumenta que no debemos darles dinero porque, al hacerlo, impediremos que sus gobernantes se vean obligados a responder ante sus súbditos. Pero a mí no se me ocurre ninguna razón por la que un gobernante corrupto debiera ser sensible al malestar de su población. En los regímenes corruptos el contrato social no existe, y la supervivencia del régimen depende precisamente de que siga sin existir.

En realidad, los países occidentales no están en condiciones de cambiar la situación de otros países. Ni pueden, ni saben. En Japón, el general McArthur consiguió democratizar el país sólo después de haberlo devastado material y moralmente con dos bombas atómicas, pero en Iraq el presidente Bush (tanto el padre como el hijo) ni siquiera tenía un plan para después de la invasión. Ni siquiera tenían un conocimiento superficial del mundo musulmán.

Lo cual fue una lástima, porque una de las pocas estrategias que podrían encarrilar un país disfuncional consiste en crear modelos. Un Iraq democrático y próspero habría sido un faro difícilmente resistible para muchos países de la región, como en su tiempo lo fue el Egipto laico de Náser. Los gobernantes corruptos comprenderían que el desarrollo económico los beneficiaría también a ellos, aunque terminara generando otros núcleos de poder que, a la larga, acabarían con su monopolio. El poder absoluto es miope, y esa es una de las pocas debilidades que podrían acabar con él.

Quizá la mejor estrategia para dotar de medios a los países pobres es la que ha adoptado China. Transformando una dictadura de izquierda en una dictadura de derecha, China ha conseguido en pocas décadas unos niveles de desarrollo épicos, y sus necesidades de materias primas la han abocado a intervenir en esos países que nosotros no nos atrevemos ni a tocar. China no aspira a democratizarlos. Probablemente, ni siquiera aspira a erradicar la corrupción en ellos. Pero necesita sus recursos, y para acceder a esos recursos necesita infraestructura. Condicionando las entregas de ayuda a la construcción de puentes, canalizaciones, puertos y carreteras está abriendo las puertas del desarrollo en buena parte del planeta. A la larga, todos nos beneficiaremos.

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domingo, 21 de julio de 2019

Eros y Tánatos

Tendría yo once o doce años cuando cayó en mis manos una biografía de Sigmund Freud. No era la primera. La editorial Cid había empezado a publicar en España una colección de biografías traducidas del francés, y yo las leí todas. Aunque la mayoría eran de científicos más o menos conocidos, los editores habían incluido también alguna que otra morcilla desconcertante, como la biografía de Teilhard de Chardin, que sometió a mi imaginación a una prueba de alpinismo mental agotadora.

De los demás títulos, recuerdo los nombres de Claude Bernard, Pasteur, Fermi, Ramón y Cajal, Openheimer o Lavoisier, aunque había bastantes más. Con el paso de los años y el vértigo de las mudanzas, me fui deshaciendo de los más prescindibles, y a día de hoy conservo sólo dos, por motivos únicamente sentimentales. Aquellos dos personajes terminarían teniendo en mi vida una influencia decisiva. Me estoy refiriendo a Albert Einstein y Sigmund Freud.

En realidad, los dos eran complementarios. Uno había explorado el universo exterior, y el otro el universo interior, y pronto descubrí que aquellos dos universos me apasionaban por igual. De pronto, mi pequeño mundo se ensanchaba hasta las estrellas, por un lado, y hasta las misteriosas profundidades del inconsciente, por el otro. Para alguien que detesta el football, eran dos descubrimientos deslumbrantes.

Siguiendo la estela de Einstein, años después me adentré en la física teórica, y siguiendo los pasos de Freud me zambullí en el proceloso oleaje de los actos fallidos, los sueños, los chistes, las neurosis y las especulaciones sobre el funcionamiento de la mente humana. Llegué a saber prácticamente todo sobre las transferencias, la libre asociación, la represión o la sublimación de los instintos. Leí varias biografias más de Freud, visité las teorías de Adler, Jung, Fromm e incluso Wilhelm Reich y, cuando pisé Viena por primera vez, casi lo primero que hice fue acudir al antiguo domicilio de Freud, en la Berggasse.

Con los años, me fui distanciando del psicoanálisis. Al fin y al cabo, no tenía ningún componente objetivo que lo justificase, a diferencia de la neurología, que, aun siendo muy rudimentaria, es en algunos aspectos más realista. O menos prepotente, si se quiere. Las ideas de Freud siguen siendo, todavía hoy, la teoría más atractiva sobre el funcionamiento de los procesos mentales, pero los conceptos que maneja nunca han dejado de ser borrosos, lo cual --siento decirlo-- la aproximan inaceptablemente al abominable terreno de la filosofía.

Uno de los libros de Freud que más me impresionó fue Más allá del principio del placer, en el que introducía por primera vez las pulsiones destructivas como contrapeso del impulso sexual. Cuando lo leí, me incomodó aquella aparicion de Tánatos en el paisaje, hasta entonces lujurioso, de la mente humana. En mi joven visión del mundo, orientada a la búsqueda del desahogo sexual, la importancia de aquel componente destructivo era desproporcionada.

Claro que, a diferencia de Freud, yo no había vivido los horrores de dos guerras mundiales ni el fenómeno nazi, igual que, años después, tampoco conocí en carne propia las purgas de Stalin, los gulags o los años más tenebrosos de China o Camboya. En mi mundo cotidiano la vida no era precisamente una bicoca, pero la agresividad de otros seres humanos era casi siempre evitable, y la búsqueda del placer sólo estaba enturbiada por la mano invisible de la iglesia católica y por mi propia torpeza en el comportamiento con el sexo opuesto.

En el cine, las escenas eróticas nos parecen perfectamente verosímiles, e incluso incitantes, mientras que las escenas de guerra o violencia las vemos como algo remoto o legendario. No sé si ello se debe a un mecanismo de protección o, sencillamente, a la falta de familiaridad con tales situaciones. Por castos que seamos, casi todos practicamos mucho más los revolcones que el boxeo. Pero las sociedades no se comportan exactamente igual que las personas.

No sé si esto se parece mucho a lo que pensaba Freud, pero desde mi punto de vista las fuerzas que mueven las sociedades están más cerca de la física que del psicoanálisis, y son dos: el orden (Eros, o la cohesión) y el desorden (Tánatos, o la destrucción). Si uno lo piensa bien, la historia de la humanidad ha consistido, una y otra vez, en destruir un orden establecido para sustituirlo por otro. En suma: el juego del poder.

Aunque, visto así, Tánatos no sería exactamente un impulso destructivo, sino un medio destructivo para conseguir cambiar el orden establecido. De hecho, las sociedades desordenadas nunca han sido duraderas. Pero tampoco las sociedades ordenadas tienen por qué ser constructivas, y a menudo un orden compulsivo ha obligado a sacrificar a millones de individuos en aras de un supuesto 'bien común'. De hecho, el nazismo y el comunismo estaban inspirados por un sentido del orden extremo. Con alguna excepción patética, como las recientes guerras de Iraq o de Libia, quien emprende una guerra aspira generalmente a imponer su propio orden en el territorio conquistado.

Al fin y al cabo, Edipo no mató a su padre con el propósito de quedarse huérfano, sino de ocupar su lugar. Lo cual podría explicar por qué siempre repetimos los mismos esquemas para cambiar la estructura de la sociedad. Somos más primates que aves o leones, aunque en las sociedades llamadas 'libres' --al menos en teoría-- caben por igual los lobos solitarios y los borregos. Pero, si siente usted un impulso destructivo y no sabe cómo canalizarlo, sea usted sincero: en realidad, lo que usted desea es destronar al macho dominante.

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jueves, 18 de julio de 2019

Abrir los ojos

Acabas de abrir los ojos, por primera vez. Bienvenido. No estarás solo, o al menos ya ha hay otros aquí que han llegado antes que tú. Quizá estás asustado. Lloras. Todavía no entiendes nada. No distingues formas, ni sonidos, y ahora estás respirando. Es una sensación nueva. Descansa un poco. Te duermes.

Aún no lo sabes, pero era casi imposible que existieras. Antes de existir eras sólo una combinación, una sola, entre millones de trillones de combinaciones posibles, pero ahí estás, vivo, llorando, manoteando, buscando un pecho materno, durmiendo. Cualquier mínimo retraso o adelanto en la maquinaria de la realidad, cualquier imprevisto sutil, cualquier otra densa sucesión de acontecimientos macroscópicos y microscópicos habría generado una complejidad diferente a la tuya. O ninguna.

Y sin embargo ahí estás, completo, funcionando igual que millones de semejantes a ti desde tiempo inmemorial. Crecerás, encontrarás una talla de ropa para tu cuerpo, los demás te verán guapa, o distraído, o glotón, pero no tendrás colmillos de elefante, caparazón de tortuga, aletas de delfín.

Al principio, cuando empieces a entender, no podrás comparar. Tu universo será tu única realidad, y de ella te irás desgajando poco a poco cuando empieces a comprender que el placer y el dolor no forman parte de ti. Vienen de afuera, y a veces los puedes perseguir, o evitar.

No siempre. Aunque tú no lo sepas, todavía sigues jugando a la lotería de la vida. Has nacido donde te ha tocado nacer, y eso nunca lo vas a poder cambiar. Ninguno de nosotros hemos podido escoger. Puede que te haya caído en suerte un padre autoritario o ensimismado, una madre posesiva, supersticiosa o amorosa, unos hermanos o unos tíos o unos abuelos divertidos, entrañables o maniáticos. Y todos ellos te depararán placer y dolor, a partes desiguales. Bienvenido al barco de la vida.

Si eres fuerte, conseguirás sobreponerte a los reveses. Si eres débil, sucumbirás, o construirás una fortaleza de actitudes en la que sobrevivir. Pero, durante muchos años todavía, nadie podrá cambiar esa realidad estadísticamente improbable en la que has nacido. Si tienes suerte, te protegerán y te enseñarán a navegar. Si no la tienes, tendrás que aprender tú solo. Puede que tengas que invertir una energía desproporcionada durante parte de tu vida. Incluso es posible que nunca aprendas a manejar bien el timón y embarranques, o naufragues en la más leve tormenta. Todo eso forma parte de la grandeza --y de la miseria-- del viaje de la vida.

Me gustaría tanto ayudarte. Yo también he tenido que aprender muchas cosas que nadie me enseñó, y que a ti ahora te ayudarían a encontrar un rumbo. Pero raras veces podré hacerlo. Esa misma ruleta gigantesca que mueve el mundo tendría que entrecruzar nuestros caminos en el lugar y en el momento propicios, y eso casi nunca ha sucedido. Sí, es cierto, alguna vez ha sucedido, porque yo he jugado ya en muchas mesas de muchos casinos, pero también muy a menudo he perdido después de haber ganado. ¿Sabes? No puedes dejar de apostar porque, si te resistes a nadar, te arrastrará el río de la vida.

Te deseo mucha suerte en ese viaje nuevo que, sin tú quererlo, acabas de emprender. Puedes estar seguro de que no habrá, nunca, ningún otro barco navegando con el mismo rumbo que el tuyo. Y por eso, aunque ahora tal vez no te lo parezca, estarás siempre, esencialmente, solo.

Que los vientos te acompañen.

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miércoles, 5 de junio de 2019

Minorías

Anoche, justo antes de irme a acostar, encontré en la Web unos datos que me parecieron curiosos. Resulta que el porcentaje de transexuales en la población mundial es prácticamente el mismo que el de personas que padecen acondroplastia: 4,5 por cada 100 000 habitantes.

¿Y qué es la acondroplastia?, se preguntarán ustedes. Pues es un trastorno del crecimiento que impide que una persona llegue a alcanzar una estatura razonablemente normal. En otras palabras, lo que siempre hemos llamado 'enanos'. Me fui a la cama pensando en esos datos, y esta mañana he despertado de un curioso sueño.

En mi sueño, el gobierno tomaba conciencia por fin de la terrible discriminación de que son objeto los pobres enanos, y adoptaba medidas radicales para terminar con tan injusta situación. Para empezar, la palabra 'enano' quedaba prohibida. Había que hablar siempre de 'personas de estatura baja'. Al referirse a los ciudadanos, los políticos tenían que decir siempre 'ciudadanos y ciudadanas de estatura alta y baja'. En las empresas, la discriminación por razones de estatura se convertía en una falta grave, y en los presupuestos del Estado se incluía inmediatamente una partida destinada a la defensa de las personas de estatura baja.

Gracias a la nueva partida presupuestaria, se creaban centenares de asociaciones de estudio y promoción de las personas de estatura baja: bufetes de abogados especializados, observatorios, centros de investigación, organizaciones, fundaciones. En los colegios, los libros de texto debían obligatoriamente resaltar la existencia de personas de distintas estaturas, y se promulgaba una ley que obligaba a las asociaciones de personas de estatura baja a acudir a las clases para explicar a los niños esa realidad social. Además, una vez al mes los alumnos debían caminar durante los recreos en cuclillas, para que tomaran conciencia de cómo se veía el mundo desde una altura más baja y del estigma que padecían las personas de esa condición.

Amparadas por la nueva legislación, las primeras personas de estatura baja conseguían por fin acceder a ocupaciones hasta entonces inimaginables. La conquista más sonada la lograban en el mundo del deporte. Tras ganar varios pleitos contra equipos de baloncesto que se resistían a aceptarlas, empezaron a verse personas de estatura baja en la liga de baloncesto. Al principio, algunos espectadores expresaban su descontento con abucheos, ya que las personas de estatura baja entorpecían mucho el desarrollo del juego, pero esos espectadores eran denunciados por delitos de odio y acababan en la cárcel. En poco tiempo, no sólo nadie se quejaba del aburrimiento en que se habían convertido los partidos, sino que todo el mundo --es decir, todos los ciudadanos y ciudadanas de estatura alta y baja-- hablaba elogiosamente de las personas de estatura baja, incluso aunque las conocieran y supieran que eran unos canallas.

El problema se agudizó cuando algunas personas de estatura baja declararon que no se identificaban con la estatura que la sociedad les había asignado. Había, pues, dos tipos de personas: las que se identificaban con su estatura real, y las que se rebelaban contra una imposición social injusta y vejatoria. Estas últimas aseguraban que en realidad ellas eran altas, y no tenían por qué aceptar que las clasificaran como 'de baja estatura'. La sociedad estaba dominada por las personas de estatura alta, que detentaban el poder y desde temprana edad inculcaban en los niños el modelo supremacista de estatura alta.

El gobierno, que gracias a las millonarias subvenciones a la ideología de talla había ganado muchísimos votantes, se envalentonó. Para no ser acusados de fascistas, los partidos de la oposición se subieron rápidamente al carro de la nueva ideología, y defendían acaloradamente en el parlamento el aumento de las subvenciones y la diversidad de estaturas. Llegó así un momento en que la nueva ideología no reportaba ya más votos. Entonces, el gobierno reparó en un colectivo mucho más numeroso que el de las personas de estatura baja: los afectados por el trastorno obsesivo-compulsivo.

Que representan un 1,8 por ciento de la población. Un verdadero filón. Los ministros, frotándose las manos, hacían planes, y preparaban ya una nueva partida presupuestaria para la naciente ideología TOC. Todos los locales públicos tendrían que tener un cuarto de aseo adicional en condiciones rigurosamente asépticas, para que las personas TOC no tuvieran que tocar objetos contaminados por otras personas, se crearían observatorios, nuevos libros de texto, nuevos delitos de discriminación y de odio, cuotas TOC en las empresas... Las próximas elecciones estaban aseguradas.

Menos mal que me desperté.

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