lunes, 23 de marzo de 2020

Avestruces

Nunca le había prestado atención al fenómeno del autoengaño. Sí, todos hemos conocido casos, algunos flagrantes, la mayoría de ellos vinculados al fanatismo ideológico o religioso.

Los agnósticos nos hemos acostumbrado a respetar el autoengaño de los creyentes. Cómo un bípedo racional puede llegar a creer que una mujer normal y corriente dio a luz un niño de carne y hueso, que en realidad era un dios, pero que al mismo tiempo era un espíritu, sin perder su virginidad me sobrepasa. Cómo es posible creer que existía un dios antes de haberse escrito la biblia, y no preguntarse por qué ese dios discriminó caprichosamente a quienes vivieron sin conocerla, me desborda. Y algo parecido cabe decir del tarot, el yemanyá, Laxmi, el hare krishna, los testigos de Jehová o las enseñanzas de Gurdjieff. Un misterio.

En la vertiente ideológica, la extrema izquierda lleva 150 años negándose a aceptar que el Che Guevara era un psicópata de manual, que en los hospitales cubanos no tienen ni esparadrapo o, en los últimos tiempos, que la oxitocina y la testosterona existen, que la bondad innata del ser humano hay que buscarla con lupa en los libros de historia o que la temperatura del próximo siglo es todavía más impredecible que la del próximo invierno.

Bien. Uno ya estaba acostumbrado a todo eso y resignado a convivir con ello. Pero he aquí que, de pronto, se declara una epidemia. Los primeros afectados tardan algún tiempo en comprender la gravedad de lo que está sucediendo, pero cuando lo comprenden se ponen manos a la obra. Y lo atajan. En un mundo global como el actual, todos hemos podido seguir, más o menos al día, lo que estaba sucediendo en China. No sólo los ciudadanos de a pie, sino también los gobernantes.

Cuando empezó a ser evidente que la epidemia se había instalado en Occidente, en China estaban justamente empezando a controlarla. Magnífico, se dirá usted: es la ocasión perfecta para aprender de aquella experiencia.

Pues no. Ante la evidencia de lo que acababa de suceder en China, los gobernantes occidentales miraban a otro lado. Vamos a esperar un poco más a ver cómo evoluciona, parecían decirse. Pero ellos ya sabían como evolucionaba. Los datos estaban ahí. Sólo había que extrapolar y sacar conclusiones.

Durante todo ese tiempo, la obsesión tanto de los gobernantes como de los periodistas no era la velocidad de propagación de la epidemia, sino la cantidad de afectados. ¿Por qué? Es un misterio. La velocidad permite prever, la cantidad no. Que los gobernantes fueran tan miopes es injustificable pero, hasta cierto punto, se entiende. Para quitarse toda responsabilidad, el gobernante incompetente delega sus funciones en 'expertos' y, seguidamente, se lava las manos. Allá los expertos.

Resultó, sin embargo, que los 'expertos' no eran nada expertos, sino todo lo contrario. ¿Qué es lo que ha sucedido?

Ha sucedido que la incompetencia de los 'expertos' ha puesto en evidencia la burocratización agobiante de las universidades europeas. En lo que respecta a las ciencias puras y experimentales, el interés de un trabajo de investigación puede ser discutible, pero el razonamiento matemático o los resultados de un experimento (si están confirmados) son inapelables. El problema aparece cuando la burocracia académica equipara las pseudociencias a las ciencias verdaderas. Sociología, epidemiología, economía, lingüística o psicología no son realmente ciencias, y ya empieza a ser hora de reconocerlo.

Pero lo realmente desconcertante, para mí, ha sido la reacción de una buena parte de la población. Después de que los medios de comunicación hubieran mostrado imágenes terroríficas de ambulancias, mascarillas y ciudades desiertas, y mientras en la propia Europa los hospitales empezaban ya a estar desbordados, los pubs británicos, las terrazas de Montparnasse y los bares de Madrid rebosaban de imbéciles brindando por el coronavirus. ¿Cuántos imbéciles pueden llegar a caber en el planeta Tierra? Un misterio.

A estas alturas del siglo, con un televisor en todos los hogares y una red social en todos los teléfonos, parece difícil alegar que uno no se había enterado de lo que pasaba en Italia, primero, y en su propio país, sólo unos días después. Todavía hoy, cuando la sombra del Apocalipsis empieza a ser demasiado oscura para ser ignorada, los gobernantes tienen que aparecer en la televisión refunfuñando contra todos esos ciudadanos que se ne fregano de la enfermedad que podrían contraer o --lo que es más grave-- contagiar al abuelo más cercano. Autoengaño.

Probablemente más de uno pagará su autoengaño tendido en el suelo de un hospital, ignorado por médicos y enfermeras que pasarán junto a ellos apresurados y agotados, sin tiempo siquiera para almorzar. Cuando eso suceda, ¿se arrepentirán de su cretinismo? Es una pregunta que no puedo dejar de hacerme, más que nada porque, junto a ellos, en ese mismo suelo de un hospital, habrá más de un anciano que otros cretinos como ellos, o quizá ellos mismos, habrán contagiado.

Pero, consideraciones morales aparte, el fenómeno del autoengaño merece un estudio en profundidad. Dudo que en la edad de piedra nuestros antepasados pudieran darse el lujo de ignorar la serpiente, el león o la tempestad que amenazaba sus vidas y las de sus familias. Pero el mundo ha cambiado. Cómo, cuánto, cuándo, por qué, no lo sabemos.

Tal vez eso es lo que tendría que estudiar más de un reputado 'científico', en lugar de recorrer ansiosamente día y noche los pasillos de los ministerios.

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lunes, 16 de marzo de 2020

La Ciencia lo dijo y yo no miento

Basta ya de trucos. Igual que censuramos la adulteración de los alimentos, tenemos que censurar la adulteración de los significados. Hay que poner las cosas en su sitio, no sea que, en un descuido, se nos vayan de las manos.

Llevamos ya quizá demasiado tiempo oyendo invocar machaconamente a 'la ciencia' como diosa suprema con la que se justifican argumentos, decisiones, leyes o proclamas ideológicas de todos los colores. Ciencia es, presumiblemente, la distinción entre alimentos 'buenos' y 'malos', la necesidad de correr como un demente sin que a uno se le esté escapando ningún autobús, las teorías económicas fallidas que todos los años reciben algún premio Nobel, o la pretensión de saber qué tiempo hará dentro de cien años sin saber el que hará dentro de dos semanas.

Ciencia por aquí, ciencia por allá. Ciencia hasta en la sopa. Personalmente, la gota que ha colmado mi vaso ha sido el reciente ascenso al estrellato de la epidemiología, otra 'ciencia' infalible que, supuestamente, permitirá a algún que otro país minimizar los efectos de cierto virus rampante. Aunque a la hora de la verdad cada país termine enarbolando su propia teoría 'científica', que viene a ser como decir que cada planeta obedece a su propia ley de la gravedad. Sobre gustos no hay nada escrito.

Empecemos, pues, por el principio: querido público, la ciencia es experimental, y no puede haber ciencia si no hay confirmación experimental. Las teorías de Galileo, Newton, Darwin, Planck o Lavoisier no habrían pasado de especulaciones más o menos ingeniosas (generalmente, más) si no hubieran sido confirmadas experimentalmente.

En segundo lugar, la ciencia es predictiva. Esto quiere decir que sus predicciones se cumplen siempre. Y, cuando no se cumplen exactamente, sus resultados están siempre rigurosamente dentro del margen de error predicho por la teoría.

Estos dos principios básicos nos permiten, ya de entrada, apear del altar de los altares a unas cuantas teorías cacareadamente 'científicas' y relegarlas a la estantería de los crecepelos. Ahora veremos por qué.

 Con respecto a la economía, circula por ahí una definición humorística (pero acertada) que me ahorrará entrar en mayores digresiones: "La economía es esa ciencia que nos permitirá explicar mañana por qué estábamos equivocados hoy". Nada que objetar, y por lo tanto paso al párrafo siguiente.

 La 'ciencia' de los alimentos, en cambio, ni siquiera nos permite explicar mañana por qué hemos hecho el ridículo hoy. Está basada en estadísticas, sí, pero ignorando olímpicamente cientos de factores que no son reproducibles: estado de ánimo, recuerdos infantiles, gustos estéticos, calidad del sueño, fuerza de voluntad, manías personales, frecuencia e intensidad de disgustos o alegrías, grado de satisfacción sexual, procedencia o autenticidad de los alimentos, sabores o aromas preferidos... El resultado son conclusiones contradictorias. ¿El aceite de oliva es bueno o malo? Según...

Un tercer grupo de 'ciencias' está basado en modelos. Sí, me dirán ustedes que también la teoría de la gravitación universal es un modelo. Cierto, pero es un modelo que funciona. Siempre. Siglos después, la teoría de la relatividad delimitó el alcance de la teoría de Newton, pero no la invalidó. Ahora bien, un modelo del clima futuro basado en datos escandalosamente incompletos, en parámetros subjetivos y a menudo ocultos, decidido por consenso (!) y publicado escamoteando los datos que no concuerdan con unos fines políticos no es realmente un modelo, ¿verdad?

Yo diría que no.

Y llegamos ya a la estrella más reciente del firmamento de las 'ciencias': la epidemiología. ¿Qué podemos decir de la epidemíología? ¿Es o no una verdadera ciencia?

Tal vez. Acaso. Quizá. Quién sabe. De los modelos epidemiológicos se puede decir lo mismo que de las estadísticas: les faltan datos y, por lo tanto, son simplificaciones groseras de fenómenos reproducibles sólo a medias. Todo esto, sin embargo, no sería grave si sus modelos tuvieran la virtud de predecir con cierta exactitud la evolución de una epidemia. No tengo información suficiente para saber si, hasta la fecha, tales predicciones han sido o no correctas, pero sospecho que no mucho.

En primer lugar porque, ante una pandemia como la del COVID-19, cada país está aplicando su propia receta. A diferencia de los planetas, que parecen estar todos de acuerdo en obedecer la fórmula de Newton. Y, en segundo lugar, porque la complejidad de las situaciones reales hace que cualquier modelo epidemiológico sea impredecible. A esto añadiré una consideración moral: ¿hasta qué punto está justificado experimentar con las vidas de seres humanos?

Difícil decisión. No les arriendo la ganancia. Pero, por favor, no invoquemos con entonación grandilocuente a la diosa Ciencia para justificar nuestras decisiones. Es un truco muy manido ya.

Y, si no me creen, échenle un vistazo a las etiquetas de las botellas de Anís del Mono.

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domingo, 15 de marzo de 2020

Bob

Queridos paranoicos anónimos que publicáis vídeos revelando las causas ocultas de la caída de la bolsa, del COVID-19, del precio del petróleo, del hundimiento de las Torres Gemelas o de las estelas blancas que vemos en el cielo las tardes de aburrimiento:

No, la pandemia de coronavirus no es exactamente un complot de la burguesía mundial para monopolizar el mercado financiero y explotar aún más al pobre proletariado. Ni un contubernio de las fuerzas progresistas para castigar a China por renegar del ectoplasma de Mao. Tampoco es una confabulación del gobierno chino para acabar con la hegemonía de Estados Unidos en el mundo, ni una fuga de armas biológicas de algún laboratorio cercano a Wuhan. No, no, no. La pandemia de coronavirus tiene otras causas secretas que voy a revelaros a continuación, si tenéis la paciencia de seguir leyendo.

Nuestra historia comienza no hace mucho tiempo, en el fondo del mar. Todos habéis oído hablar del famoso restaurante El Crustáceo Crujiente, sin duda. Pues bien, en ese restaurante se encontraba aquel día el malévolo Plankton comiendo una cangrebúrguer tan tranquilamente cuando en su diminuto cerebro brotó una idea. Una idea mefistofélica, como todas las que él urdía.

La única posibilidad de conseguir la fórmula de sus sueños, se dijo, era neutralizar a todos los ocupantes de la hamburguesería y acceder a la caja fuerte de Don Cangrejo sin ser estorbado. Pero, ¿cómo?, se preguntarán ustedes. Pues muy fácil: fabricando un brebaje que sumiera a sus portadores en un profundo sueño. Así que se puso a trabajar. Por fin, tras varias semanas de experimentación en su laboratorio secreto, Plankton agitó en lo alto una probeta verde y sonrió pérfidamente. Lo había conseguido.

O eso creía él. Lo primero que hizo fue probarlo con Calamardo. Mientras éste contemplaba las curvas de una provocativa sardina que acababa de entrar contoneándose a la hamburguesería, Plankton deslizó una gotita verde en la cangreburguer que Calamardo se estaba comiendo. Fue infalible. Calamardo se durmió al instante.

Probó después su brebaje con Arenita, con Patricio y con Gary, el caracol. ¡Oh, maravilla! ¡Todos se durmieron! Poco a poco, todos los personajes a su alrededor empezaron a roncar. Por fin, en el local sólo quedaba ya en pie Bob Esponja, que en aquel momento estaba distraído leyendo un periódico con una foto de una ballena en la portada. Plankton se estremeció de placer. ¡La ansiada fórmula pronto, muy pronto sería suya!

De modo que se acercó a Bob sigilosamente y dejó caer una gota de su poción sobre el esponjoso cuerpo de nuestro amigo. Pero, justo en aquel instante, Bob se dio media vuelta y cerró el periódico. "Hola, Plankton", saludó. La gota de verde líquido había quedado atrapada entre las páginas de deportes de La Ola Procelosa. (Ya, ya sé que no os gusta ese nombre, pero así se llamaba el periódico). Concretamente, entre el ojo de un besugo surfista y el anuncio de los Juegos Ondulímpicos de verano.

Cuando Bob se dio cuenta de que a su alrededor todos estaban dormidos --Plankton, atemorizado, acababa de salir corriendo--, los intentó despertar pero, como no lo conseguía, se puso el periódico bajo el brazo y corrió al hospital más cercano. Apenas había avanzado unos metros cuando una lamprea hambrienta se apoderó de su periódico y huyó con él entre los dientes.

"¡Eh!", exclamó Bob. "¡Mi periódico!" Pero era inútil. La lamprea nadaba muy rápidamente, y desapareció ondulando entre unos corales. En ese momento, un anzuelo que pasaba por allí se clavó en su cola y la arrastro hacia la superficie.

Os preguntaréis qué tiene que ver todo esto con los coronavirus. Pues bien, resulta que el brebaje de Plankton contenía un virus oceánico que, aunque adormece a las sardinas y a los calamares, fuera del agua se comporta de manera bien distinta, como habréis leído ya, supongo, en los periódicos terrestres.

Resumiendo: el verdadero causante de la epidemia de COVID-19 fue... ¡Bob Esponja!

Claro, que tenemos que reconocer que fue sin querer.


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miércoles, 25 de diciembre de 2019

Democracia informada

Hace poco escribí un comentario sobre todos esos que se declaran 'demócratas' pero, sorprendentemente, consideran que los referendums son 'peligrosos'. En realidad, mi comentario no iba al fondo de la cuestión. Por supuesto, si uno se declara demócrata tiene que aceptar que los referendums son la expresión suprema de la democracia. Un referéndum es un ejercicio de democracia directa, que por definición siempre será más legítima que la democracia llamada 'representativa'.

Aun así, uno no puede ignorar la sensación de que la opinión de los falsos demócratas contiene un grano de verdad. Precisamente por eso, uno está obligado, por honestidad personal, a no quedarse en la superficie de las cosas y llegar al fondo de la cuestión.

Efectivamente, todos conocemos situaciones en que las mayorías toman decisiones que, al cabo de un tiempo, se demuestran insensatas. Las estampidas de bisontes interceptadas por un precipicio son un buen ejemplo, aunque aparentemente impropio de una especie que se hace llamar Homo sapiens. Desde luego, las situaciones de pánico en espectáculos de masas no son muy diferentes, pero tampoco son del todo ilustrativas. Es cierto, son casos extremos en que los individuos apenas tienen alternativas, o no tienen tiempo para pensar en ellas (aunque también cabría preguntarse por qué no las han sabido prever).

Naturalmente, en la mente de todos los que están leyendo esto flotan ya, desde hace por lo menos un párrafo, fenómenos como el nazismo, las cazas de brujas o las lapidaciones, que reflejan decisiones mucho más deliberadas, en la medida en que los insensatos han tenido tiempo para sopesar otras alternativas y demostrar al mundo que realmente son diferentes de los estúpidos bisontes.

Pero las votaciones democráticas son, en general, mucho más sosegadas que todo eso. Las elecciones, o los referendums, son convocados con antelación suficiente, y lo normal es que los votantes tengan la oportunidad de informarse adecuadamente sobre lo que les proponen votar. ¿Hay algún peligro en esto? Creo que todos estaremos de acuerdo en que no.

Se podría argumentar que las elecciones son peligrosas porque la mayoría de los partidos políticos casi nunca cumplen ni la mitad de lo prometido, pero ese peligro no es del todo imputable a los votantes, o por lo menos a los votantes medianamente avispados. No. El verdadero peligro de las votaciones, sean o no referendums, es que los votantes no sepan realmente lo que están votando.

Eso es lo que yo, al menos, considero un peligro. El peligro de las elecciones y de los referendums estriba en que los ciudadanos no se tomen el tiempo necesario para evaluar en detalle las consecuencias de su voto. ¿Cuántos españoles que votaron el Tratado de la Unión Europea se habían leído el texto del tratado? ¿Con cuántos dedos de una mano se pueden contar los que siempre se leen el programa electoral de todos los partidos que se presentan a las elecciones? Vaya, seamos un poco menos exigentes: ¿cuántos se leen de cabo a rabo el programa electoral del partido al que terminan votando? Creo que todos conocemos la respuesta.

El peligro, por lo tanto, no radica en que los votantes tomen o no decisiones insensatas, sino en que rara vez saben realmente lo que están votando. Todos sabemos cuáles son nuestros intereses pero, si no nos molestamos en informarnos, podemos perfectamente votar en contra de ellos y quedarnos tan tranquilos. ¿Es eso realmente una democracia?

Las votaciones en España no me interesan mucho más que las estampidas de los bisontes, pero en los últimos tiempos he seguido muy de cerca el proceso del Brexit, aquel gran 'error' del 'insensato' Cameron en 2016, según esa élite de seres superiores que siempre son más sabios que la plebe. Pues bien, aunque en España no todos lo saben, los votantes del Reino Unido fueron informados exhaustivamente, durante meses, por radio, prensa, televisión y medios online. Asistieron a debates en los que se analizaron una y otra vez los argumentos a favor y en contra, y las consecuencias de cada argumentación. Y, finalmente, decidieron. Creo no equivocarme si afirmo que ni un solo británico votó en aquel referéndum sin saber perfectamente lo que estaba votando. Eso, amigos lectores, sí es democracia. ¿Peligros? Cero.

Pero no todos los países son el Reino Unido. En algunos países, los medios de comunicación no se esfuerzan por aportar información objetiva a los futuros votantes, o bien ocultan o deforman datos por razones ideológicas, o ponen la lupa sobre temas de actualidad mucho menos relevantes. Entonces, ¿cómo conseguir que las votaciones sean siempre realmente democráticas? Hasta hace unos años el problema no tenía solución fácil, pero la aparición de Internet podría cambiar las cosas... si realmente hay voluntad política para ello. Veamos.

Si tiene usted automóvil no le extrañará leer que para poder circular por las carreteras es necesaria una licencia expedida por las autoridades pertinentes. ¿Por qué las votaciones no pueden estar sujetas a ese mismo requisito? ¿Conoce usted todas las señales de tráfico? Adelante. ¿Conoce usted todas las propuestas económicas de todos los partidos que se presentan? Vote democráticamente. En caso contrario, no tendrá usted derecho ni a conducir un automóvil ni a votar, sencillamente porque su decisión podría afectar a personas inocentes, que no tienen por qué asumir las consecuencias de su irresponsabilidad.

Leyendo esto, siempre habrá quien invoque exaltadamente los derechos humanos y me atribuya algún que otro adjetivo políticamente correcto. De acuerdo, entonces. Dejemos que los conductores se lancen libremente a las autopistas sin pasar antes por un examen, y veamos las consecuencias. ¿Serán de nuestro agrado?

Puede que no mucho. Pero al menos nadie nos acusará de no ser demócratas.

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martes, 24 de diciembre de 2019

La espiral - 3

(Comienzo)

Cuando Rosario, suspirando, se desabotonó la blusa y mi mano palpó aquellas carnes desbordantes tras una faja dos tallas demasiado estrecha, mi cerebro entró en modo supervivencia. Cobrar la generosa recompensa prometida por el millonario se convertía automáticamente en prioridad dos. Lo único importante ahora era mantenerme en todo momento encima de Rosario para no perecer por asfixia.

Además, tenía que estar preparado para todo. Más pronto que tarde, aquella faja daría rienda suelta a todos sus secretos, y yo no podía permitir que mi virilidad me abandonase frente a un destino que parecía ya inevitable. Hay héroes anónimos que nunca saldrán en los periódicos.

"Ven, cariño, vamos a la cama", susurró por fin Rosario con voz melosa. Apartó mi mano de su entrepierna, la tomó entre las suyas y me guió hasta su dormitorio.

Quizá habría sido más erótico hacer el amor con un solomillo. Nunca lo sabré, pero aquella noche los dioses me ayudaron. Mi virilidad resistió hasta el final, y Rosario aprovechó con avaricia la bendita circunstancia. Debía de hacer mucho tiempo que no metía a un hombre en su cama.

"Uff. Te lo has ganado, y bien ganado", exclamó al fin, casi sin aliento. "El nombre de ese tipo, su dirección, el nombre de su abuela y, si los encuentro, hasta los apellidos de su dentista". En seguida, con tono mimoso, añadió:

"¿Vendrás a verme el sábado que viene? Esta semana no puedo. Tengo guardia".

Cerré los párpados y tragué saliva. Allá en el fondo, los macarrones se rebelaban contra los intentos de mi estómago por digerirlos. Dramática situación, pensé. Ni siquiera la policía podía ayudarme.

Miré de reojo a Rosario. No sé si conseguí sonreír.

"¡Claro! Cuenta conmigo", respondí.

(Continuará).

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miércoles, 11 de diciembre de 2019

La espiral - 2


El tono de llamada sonó y sonó, largo rato. Estaba yo ya a punto de colgar cuando oí por fin la voz de Melquiades, que se restregaba en un susurro a escasos milímetros de mi oreja.

“No podemos hablar ahora”, dijo. “Me han trasladado a otro departamento”.

“Esta vez sólo necesito un nombre y una dirección", imploré. "Tengo el número de la matrícula”.

“Es que ya no estoy en aquel departamento, ya te lo he dicho. Te tengo que dejar. Lo siento, no te puedo ayudar”.

“¡No, espera un momento! Oye, es muy importante para mí. Es un caso rutinario, pero me pagan muy bien. Un millonario viejo que sospecha de su mujer joven y guapa. Esta mañana, por fin, la pillé saliendo de casa con un fulano, pero se me llevó el coche la grúa y le he perdido la pista”.

Melquiades suspiró.

“Pero es que ya te lo he dicho. Yo no puedo... Mira, inténtalo con Rosario. Es la que me sustituye ahora. Te envío su teléfono por whatsapp. Tengo que colgar. Adiós”.

Y colgó.



Rosario no me conocía de nada, pero aceptó mi invitación a tomar café. Su turno en la comisaría terminaba a las seis. Quedamos a las ocho.

“Melquiades me ha hablado mucho de ti”, mentí apenas nos dimos la mano, para romper el hielo.

“¿Ah, sí?", dijo con indiferencia. "Ultimamente casi no nos veíamos. Yo estaba destinada en el archivo, al otro extremo del pasillo”.

Rosario sonrió, pero en su mirada se leía desconfianza. Si alguna vez me encuentro con una mirada ingenua en un policía, el que desconfiará seré yo. Y mucho.

“Melquiades y yo somos amigos desde el instituto", dije. "Soy detective privado, y esta mañana se me ha complicado un caso que tenía entre manos. Estoy en un apuro. El me ha dicho que a lo mejor tú podrías ayudarme”.

Su mirada cambió. Lo había comprendido todo. Su sonrisa se ensanchó y sus hombros se relajaron.

“Pues no sé. Si él te ha dicho eso... Tú dirás”.

Rosario era una mujer de unos treinta y pocos años, más que generosamente alimentada. Su papada tapaba casi completamente una gargantilla fina, orlada de estrellitas de plata, bajo la cual se extendía un escote opulento, abierto en dos mitades como dos sandías. El resto de su cuerpo estaba tapado por la mesa, pero no podía ser mucho más cautivador. En pocas palabras la puse al corriente del caso del millonario celoso, el contratiempo de la grúa y, por último, el soborno del funcionario que me había conseguido un número de matrícula.

“No es una pista muy segura”, añadí, con un gesto de impotencia. “Pero no tengo otra”.

“Tú sabes que eso que me estás pidiendo es... irregular, ¿verdad?”

Bajé mi mirada hacia el café con leche, con aires de sumisión.

“Mira”, dijo. “Vamos a hacer una cosa. No he dicho que sea imposible, pero déjame pensarlo. ¿Dónde vas a cenar?”

“No sé. En mi casa, supongo”.

“¿Por qué no te vienes a la mía y lo hablamos tranquilamente? ¿Te gustan los macarrones?”

Antes de que yo pudiera contestar, añadió:

“Son mi especialidad”.

Y su sonrisa se ensanchó en un suspiro telúrico que hizo temblar mi café con leche.

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martes, 10 de diciembre de 2019

¿Progreso?

Empieza a ser ya demasiado obsesivo el empeño de muchos políticos por invocar constantemente el 'progreso' como panacea universal de todos los males. El progreso es lo único bueno, y todo lo demás es un abuso del fuerte contra el débil, de la injusticia contra la justicia y, en suma, del Mal contra el Bien. Así, con mayusculas. Maltrecha ya la fe religiosa, que compite penosamente con esa plétora de videojuegos, smartphones, discotecas, peluquerías y salones de tatuaje que hacen la vida tan apasionante, las religiones tradicionales están de capa caída y se baten en retirada.

Sin embargo, el cerebro reptiliano no se rinde jamás, y los antiguos tics de la religión cristiana retornan sigilosamente, convenientemente disfrazados de anhelos y terrores 'progresistas'. Nuevos tabúes, herejías y sentimientos de culpabilidad se apresuran a llenar el hueco dejado por sermones y catequesis, ahora tristemente mohosos. ¿Quién dijo cambio? No nos engañemos: Parménides tenía razón.

Sin embargo, sorpréndase usted: el catecismo progresista exalta todo lo contrario de lo que predica. Exactamente igual que su predecesora la institución cristiana. Créanlo o no, las enseñanzas progresistas son incitaciones al abuso, la discriminación, el poder, el supremacismo y la empanada mental. Veamos.

Igualdad

Al menos hasta que el padrecito Stalin descienda de los cielos para instaurar el paraíso socialista, las personas, que yo sepa, somos todas diferentes. Todas. Ni siquiera los hermanos gemelos caminan siempre en la misma dirección, parpadean al mismo tiempo ni comen los mismos menús a la misma velocidad. Unos somos altos, otros bajos. Unos calvos, otros hirsutos. Hay seres humanos trabajadores como los hay perezosos, y como los hay también egoístas y generosos. ¿Por qué empeñarse en igualarnos para evitar que seamos como somos: es decir, irreparablemente diferentes?

Me dirán los feligreses progresistas que lo que ellos pretenden es igualar al rico con el pobre. A todos los ricos con todos los pobres, claro, que para eso los progresistas son totalitarios. Pero eso es discriminatorio. Quitarle su dinero a una persona que quizá se ha hecho rica con su esfuerzo para dárselo a otra que quizá es pobre porque no le da la gana trabajar es un abuso como la copa de un pino. De progreso, nada, oiga. Sería más sensato aspirar a una sociedad en la que el pobre, trabajando, pudiera igualarse al rico, o incluso superarlo, sin molestar a nadie. Y en la que el vago cosechara los frutos de su desidia sin que ningún progresista se escandalizara ni increpara a la humanidad por ello.

Violencia de género

Pobres mujeres agredidas por machos violentos y prepotentes... ¿Mujeres? ¿Por qué sólo mujeres? La testosterona descontrolada no tiene remilgos, y no se ceba sólo en las mujeres. Y si no, que se lo pregunten a Pol Pot, a los responsables del Holocausto o al general Custer. Va a ser difícil contarlos, pero yo diría que el número de varones caídos en guerras desde que Caín descubrió las virtudes de la quijada supera abrumadoramente al de las mujeres, no ya asesinadas, sino siquiera lesionadas por representantes del patriarcado opresor. Al menos, en las sociedades no musulmanas.

Al mismo tiempo, el catecismo progresista declara enfáticamente que las mujeres son, en todo, exactamente iguales a los hombres. Entonces, ¿por qué protegerlas a ellas más que a mí? Es cierto, yo nunca me he emparejado con ningún portador de testosterona, pero sí con portadoras de oxitocina, y supongo que, si alguna de  ellas me hubiera agredido, yo me habría defendido. Lo siento, se llama supervivencia. Y si alguna hubiera sido más dañina que yo (psicológicamente, unas cuantas lo han sido), yo no me habría quedado mucho tiempo a deleitarme con el drama masoquista.

Me sabe mal decirlo, pero si una persona abusa de otra es porque es superior a ella. De manera que, una de dos: o declaramos que el macho es superior a la hembra y la protegemos, o nos declaramos todos iguales, y que la ley proteja sólo al agredido, sea cual sea la hormona que corra por sus venas.

Inmigración

Si yo fuera pobre (no estoy muy lejos de serlo) y se me ocurriera emigrar a otro país para mejorar mi situación, escogería un país en el que pudiera ganarme la vida trabajando. Y si en algún país no tuviera posibilidades de trabajar, entendería que no me dejaran entrar. Cierto, podrían acogerme con los brazos abiertos, mantenerme con cargo a los impuestos de los que sí trabajan, o permitirme fastidiar a los comerciantes que pagan impuestos (y muy altos) vendiendo imitaciones de sus productos a mitad de precio. Pero, para mí, la dignidad consiste en ganarse la vida con el propio esfuerzo, y si consintiera en recibir un trato así me sentiría fatal.

He dicho que no estoy lejos de ser pobre, y no miento. Pero si algún día me encontrara con una mano delante y otra detrás, me iría a vivir a Africa. En el Africa central, al menos, hambre no pasaré. Siempre hay un mango o una banana que coger de una rama, o un pescado que capturar en cualquier orilla. Tampoco hay que pagar calefacción, y tengo entendido que esas plantas que algunos fuman crecen en abundancia. Probablemente no podré pagarme un médico si caigo enfermo, pero trataré de disfrutar de la naturaleza y de las relaciones humanas, y consideraré que lo importante es la calidad, y no la cantidad, de los años que a uno le queden de vida.

Y, desde luego, si fuera progresista no trataría de emigrar a Estados Unidos, donde (según mi catecismo) el capitalismo salvaje explota a los pobres inmigrantes sin piedad. No, no. Me iría a Cuba, a Venezuela o a Corea del Norte, a disfrutar de la riqueza y la libertad del paraíso socialista.

Digo yo.

Referendums

Se oye muy a menudo decir por ahí "yo soy demócrata, sí, pero los referendums son muy peligrosos". O sea, que tú eres demócrata, pero tu opinión vale más que la de la mayoría democrática. Pues no me aclaro. "Pero entonces --les respondo yo-- si piensas eso será que no eres demócrata". "Sí, sí, claro que soy demócrata, pero los referendums son muy peligrosos". Y no hay forma de sacarlos de ahí. O sea, que ellos creen que todos los votos tienen exactamente el mismo valor, pero sólo tienen derecho a votar los que piensan como ellos...

Pues lo siento, pero no son nada originales. Ya se les adelantó George Orwell en Animal Farm, cuando escribió que "todos en la granja somos iguales, pero hay unos que son más iguales que otros". Todo un visionario, aquel hombre.

Cambio climático

Qué tremendo, el cambio climático. Según el catecismo progresista, la hecatombe que los seres humanos estamos causando en el pobre planeta nos obliga a: (a) sentirnos muy culpables, más o menos como nos enseñaba antiguamente el cura en la misa de doce; (b) aunque nosotros ya hemos pecado y tenemos aire acondicionado y agua corriente, a los que aún no lo tienen hay que impedirles que repitan nuestros errores; (c) ah, y también tenemos que vivir angustiados por la huella de carbono, clasificar las basuras y odiar a los herejes negacionistas mientras seguimos usando nuestros teléfonos móviles, viajando en avión y aguardando ansiosos el advenimiento de la tecnología 5G, que multiplicará por diez el consumo de energía mundial para que nuestro frigorífico pueda decirnos en voz alta que está helado de frío.

Pero con todas esas medidas ¿qué esperamos conseguir? Que el clima no cambie, me dirán ustedes. De acuerdo, pero ¿cómo se comportaría si no cambiara? Pues no lo sabemos, porque el clima, por definición, siempre está cambiando. Simplemente, no podemos detenerlo. Y además ¿qué clase de progreso es ese que pretende que todo se quede como estaba? ¿Eso no era cosa de los fachas?

El odio

Cuando oí por primera vez hablar del "delito de odio", se apoderó de mí esa sensación de que algo no encajaba. ¿Cómo puede ser delito un sentimiento que es espontáneo y pertenece a la esfera de la más estricta intimidad? Podrá ser un delito la incitación al odio, pero ¿a qué --insértese un exabrupto-- legislador le incumbe lo que yo sienta o deje de sentir? Hasta ahí podríamos llegar, papacito Stalin. Ni siquiera manifestar odio debería ser un delito, si verdaderamente defendemos la libertad de expresión.

Claro que, en esto, el catecismo progresista distingue muy claramente entre odio y odio. Por ejemplo, declarar una alerta antifascista y salir a la calle a quemar contenedores de basura no es un delito de odio. Y mucho menos de incitación al odio. Y es que, parafraseando a Orwell, todos los odios son odios, pero hay algunos odios que son, en realidad... amor.

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martes, 20 de agosto de 2019

La espiral - 1

"¡Maldita sea! Pero ¿qué...? ¡Eh!, ¡eh! ¡Esperen!"

El portal desapareció bruscamente de la pantalla de mi teléfono móvil y yo eché a correr hacia el callejón. Demasiado tarde. Cuando llegué a la esquina, un camión grúa con mi coche sobre la plataforma trasera se alejaba sin hacer caso de mis aspavientos. Me detuve.

"¡Maldita sea!", repetí, jadeando. "¡Justo cuando estaban saliendo del portal!"

Eché a correr otra vez hacia la terraza del bar. El camarero, de pie entre las mesas, me miraba con la bandeja en la mano, en actitud vagamente amenazadora. Saqué apresuradamente mi billetera del bolsillo, puse un billete de diez bajo mi taza de café con leche y seguí corriendo hasta llegar al portal. Belinda y su acompañante ya no estaban allí. A mis espaldas arrancó un motor. Di media vuelta, a tiempo para ver alejarse un coche con Belinda en el asiento de pasajeros. El coche dobló una esquina y desapareció. Sólo pude distinguir los tres primeros números de la matrícula. Los anoté en mi teléfono móvil y eché a andar hacia la parada de taxis más cercana.

Ya en el taxi, revisé la grabación del portal de Belinda. En la penumbra del zaguán, las facciones del hombre que la acompañaba eran imposibles de reconocer. Era un tipo alto, trajeado pero con aires deportivos. Sólo pude distinguir un detalle peculiar: parecía llevar calcetines blancos. Belinda, en cambio, había salido delante de él y, a la luz del día, estaba esplendorosa. Un vestido ceñido y unos zapatos de tacón resaltaban su silueta cimbreante, y tras su melena pelirroja se podía adivinar un escote más que generoso. Silbé por lo bajo. En el retrovisor, el taxista me miró un instante.

"Es aquella nave", dijo por fin, señalando con el dedo un enorme hangar con una garita a la entrada. "No puedo acercarle más. Tendrá que caminar un trecho"

Lo miré, incrédulo.

"Tengo pendientes demasiadas multas de aparcamiento. Si me reconocen, tendré que hipotecar el apartamento de Benidorm para pagarles todo lo que les debo".

Le pagué y salí del taxi dando un portazo. La cuneta estaba polvorienta, y la calzada, desierta. Recorrí los quinientos metros que me separaban del hangar y me detuve ante la garita.

"Vengo a recoger mi coche", dije. "Un Ford azul, con una pegatina de la torre Eiffel en el maletero".

El empleado, un tipo indolente de mandíbula ancha y párpados soñolientos, me tendió un formulario sin mirarme.

Lo rellené y lo firmé. "No se ve mucha actividad por aquí hoy", comenté sonriendo mientras se lo entregaba. No me contestó. Repasó los datos de un vistazo, estampó un sello y, por fin, levantó la vista y me miró.

"Son doscientos cincuenta euros", dijo con tono rutinario.

"Pero si lo acaban de traer", protesté. No llevará aquí ni media hora".

"La estancia se cobra por días", replicó con tono fastidioso. "Media hora, aquí, es un día".

Cogí mi copia del formulario, y en el reverso anoté los tres números de la matrícula que había memorizado esa misma mañana. Seguidamente, saqué cuatrocientos euros de mi billetera y los puse ante su vista.

"¿No sabrá por casualidad si alguna vez han traído aquí un coche con estos tres primeros números en la matrícula?"

El empleado leyó los tres números y se me quedó mirando. Luego, sin decir nada, recogió los cuatrocientos euros y tecleó varias veces ante la pantalla de su ordenador.

(Siguiente)

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domingo, 4 de agosto de 2019

Frío, caliente

Cuando todavía no se habían inventado los videojuegos y las personas tenían que usar su propio ingenio para divertirse, había un entretenimiento muy simple, pero no por ello aburrido. El juego consistía en proponer la búsqueda de algo y, seguidamente, ayudar al otro jugador en su búsqueda dándole pistas: frío, frío, frío..., templado ..., caliente..., ¡que te quemas!, hasta que la cosa buscada aparecía. La emoción del juego dependía en gran parte del valor de la recompensa y, según la edad o el sexo de los jugadores, la cosa buscada podía llegar a ser tan subida de tono como usted quiera imaginar.

Es curioso cómo usamos conceptos elementales para expresar conceptos complejos. En el juego que acabo de describir, el frío y el calor indican el grado de proximidad, pero en contextos diferentes la temperatura puede simbolizar ideas mucho menos coherentes. Y, como vamos a comprobar a continuación, hasta contradictorias.

En ocasiones exageramos, y por eso cuando decimos 'estoy helado' o 'me estoy congelando' nadie piensa que nuestra temperatura haya bajado de cero grados, del mismo modo que cuando exclamamos '¡me estoy asando!' todos entienden que lo que tenemos es, simplemente, mucho calor. Sin embargo, cuando una situación es muy conflictiva decimos que está 'que arde', y cuando nos embarga la furia sentimos que estamos 'hirviendo' de rabia. También podemos 'arder' de deseo por conseguir algo, y los deseos más intensos son para nosotros deseos 'ardientes'. O fervientes, que originalmente significaba... 'hirvientes'.

¿En qué quedamos? ¿No acabábamos de decir que el hervor era sinónimo de rabia? En realidad, el hervor o fervor es también sinónimo de entrega devota a una causa o a un sentimiento. ¿Tendremos, pues, que suponer --dirá usted-- que Santa Teresa oraba con tanta dedicación porque estaba muy 'caliente'? 'Absolutamente no', se escandalizarán los lingüistas. 'Se ha salido usted de contexto'. (Ojo: el lector tampoco deberá entender que, por el hecho de haberse 'salido' de lo que sea, el interlocutor esté 'salido').

Volvamos, pues, al contexto, y aceptemos que uno arde sólo de deseo. Pero, entonces, ¿por qué decimos que alguien está 'quemado' cuando está harto de fracasar, y no cuando ha terminado de desear? Peor todavía: cuando uno está 'echando humo' no es porque se acabe de 'quemar', sino porque está muy enfadado. Que es lo mismo que decir... 'hirviendo' de rabia. Sin embargo, aunque a nosotros nos está permitido echar humo, echar vapor sólo les está permitido a las locomotoras. O a las planchas.

El fuego, las brasas y el ardor han estado siempre asociados a la pasión desmedida, del mismo modo que la frialdad significa universalmente distanciamiento o insensibilidad. De ahí que las actitudes 'gélidas' y las miradas 'glaciales' nos inspiren desasosiego. Pero, ¿y el término medio? Tiene su lógica que una persona o una actitud 'tibia' denoten un carácter pusilánime o cierta falta de convencimiento, pero cuando hablamos de una persona 'templada' no nos estamos refiriendo a eso, sino a alguien que controla perfectamente sus impulsos. Casi lo contrario de lo que uno se imaginaría.

Echar 'leña al fuego' puede ser lo contrario que echar 'un jarro de agua fría', pero los psicólogos nos dirán que la 'frigidez' en la mujer no se cura con mucha 'fogosidad', sino con paciencia y 'calidez'. Es cuestión de grado. Ah, y añada usted una cierta dosis de 'temple', hasta que uno consiga 'encandilar' a la cohibida.

No sigo. Creo que voy por mal camino. Si espero que los lectores deparen a este artículo una 'cálida' acogida, no debo internarme en aguas demasiado 'tórridas'. Eso sería... jugar con fuego.

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Periodos

El tiempo y el espacio sólo se diferencian en los instrumentos con que los medimos. Si yo decido ir caminando desde el Big Ben hasta Trafalgar Square, al terminar mi paseo el espacio que habré recorrido será una parte de la circunferencia terrestre, y el tiempo que habré invertido será una fracción del movimiento de la Tierra alrededor del Sol.

Curiosamente, a pesar de habitar sobre un planeta esférico nuestro concepto del espacio está basado en la vertical y en la horizontal, y tuvieron que transcurrir muchos siglos después de Euclides hasta que averiguamos que el Universo, en realidad, aborrece las líneas rectas y los planos. Pero, a la escala en que nos movemos, eso son sutilezas, y medir en línea recta sigue dándonos una buena aproximación.

El tiempo, en cambio, es difícil de concebir sin pensar en ciclos. Al fin y al cabo, dormimos todas las noches, las mareas y los relojes oscilan, la luna llena y la luna nueva se persiguen infatigablemente, y los solsticios y equinoccios se repiten todos los años por las mismas fechas. No es, pues, de extrañar que nuestro lenguaje contenga palabras para todos esos períodos, para sus múltiplos y divisiones, y para otros que nuestras costumbres han ido creando. Mucho más que el espacio, es el tiempo el que realmente marca nuestras vidas.

Con el paso de los siglos, sin embargo, muchas de esas palabras han terminado vinculadas a episodios o tradiciones específicos, y el léxico que mide el tiempo ha ido perdiendo coherencia. La cuaresma es la única 'cuadragésima' que conocemos, y la menstruación es un ciclo 'mensual' específicamente asociado a las mujeres. "Espérame un segundo" y "espérame un minuto" son prácticamente intercambiables, y en México 'ahora', 'ahorita' y 'ahoritita' miden escalas de tiempo tan diferentes como 'posiblemente nunca', 'un día de éstos' y 'en seguida', respectivamente.

En la Grecia contemporánea el tiempo se mide en temporadas turísticas, pero en la Grecia antigua se medía en olimpíadas, que eran los períodos de cuatro años que transcurrían entre unos juegos olímpicos y los siguientes. Para nosotros, sin embargo, 'juegos olímpicos' y 'olimpíadas' son ahora sinónimos, lo cual no es sorprendente, ya que las mónadas son un concepto filosófico, las tríadas son conjuntos de tres cosas, y las lusíadas son un poema épico (bellísimo, por cierto) de Luis de Camoens. Para añadir más leña al fuego de la confusión, en Honduras llaman 'olimpíadas' a los exámenes de recuperación de las asignaturas suspendidas. En España, que cosecha ya una larga tradición de confusiones entre pelo y cabello, vidrio y cristal, paro, huelga y desempleo, etc., se ha perdido también la distinción entre la paga semanal, o salario, y el sueldo, que era hasta no hace mucho lo que los españoles cobraban todos los meses.

Algunas series de conceptos cronológicos se mantienen sólo parcialmente. Se habla de bienios, trienios, cuatrienios, quinquenios, sexenios y septenios pero, dado que nadie parece necesitar los octenios o los nonenios, hay un salto en el vacío que conduce a... las décadas. En algunos nichos lingüísticos particularmente combativos se habla todavía de decenios, pero la batalla está perdida. Por desgracia, tal vez, ya que, según el DRAE, una década puede ser nada menos que un conjunto de diez cosas, diez soldados, diez días, diez años, diez libros o diez capítulos.

Los días de la semana también tienen sus incoherencias. Los primeros cinco están dedicados a la Luna, Marte, Mercurio, Júpiter y Venus, pero el sábado recibe su nombre del sabbath, el día de descanso de los acadios, originalmente, y de los judíos después, y el domingo no es otra cosa que el 'Domenicus' o día del Señor. En inglés, en cambio, el sábado (Saturday) está dedicado a Saturno y el domingo (Sunday) al Sol. Curiosamente, en alemán (como en ruso y en polaco) el miércoles es, nadie sabe muy bien por qué, el Mittwoch o 'día de enmedio' de la semana.

En el siglo XVII, James Ussher, arzobispo de Armagh por aquel entonces, determinó, después de arduas investigaciones (que sin duda no incluyeron una visita a las pirámides de Egipto), que el Universo fue creado exactamente el 23 de octubre del año 4004 antes de Cristo. A partir de esa fecha, Ussher concluyó que Adán y Eva fueron expulsados del Paraíso el 10 de noviembre de ese mismo año, y que el arca de Noé arribó al Monte Ararat unos dos mil quinientos años después, el 5 de mayo de 1491 antes de Cristo.

Y seguidamente, para rizar el rizo, puntualizó: "Era miércoles".

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