domingo, 8 de febrero de 2009

Charlas con nadie

La cosa viene de antiguo. Todo arrancó, quizá, con mi viaje a Cuba en 1984. El año de Orwell. Antes de aquello, yo había conocido varios países socialistas del este de Europa. Pero mi horror ante aquellas sociedades de pesadilla se había quedado aletargado, en un compartimento estanco, de tal modo que no me impedía seguir perteneciendo a la gran 'famila' de la izquierda. Aunque yo no era consciente de ello, en algún lugar de mi bulbo raquídeo sabía que la disidencia, el Gran Tabú, significaba simple y llanamente la postración: quedarse solo. Exactamente igual que sucede en el seno de los hare krishna, de los testigos de Jehová o de la secta Moon.
Estuve en Praga en 1971, sólo tres años después de la invasión de los tanques rusos que yuguló la tímida 'primavera de Praga'. Que nadie crea que la primavera de Praga era un experimento capitalista. Ni mucho menos. Fue, simplemente, un intento de humanizar el socialismo con un pequeño margen de libertad y una cierta dosis de reformas. Algo así como una perestroika veinte años antes de tiempo. Yo estaba todavía muy poco politizado por aquel entonces, pero mis dos acompañantes no. Uno tenía simpatías maoístas, y el otro, trotskistas. Si mal no recuerdo.
Antes de emprender el viaje, ellos habían escrito a algún organismo oficial checo solicitando información y, tal vez, ayudas para nuestra estancia en Praga, alegando que éramos estudiantes. Los países socialistas, me decían, daban todo tipo de ayudas a los estudiantes. Al cabo de un tiempo, recibieron una carta escueta en la que se nos remitía a una dirección en Praga, sin especificar demasiado.
Cuando llegamos a aquella dirección, resultó que era una oficina de turismo como cualquier otra. Un funcionario avinagrado nos informó de que el hecho de ser estudiantes no significaba nada para él, y nos ofrecía dos alternativas: o un camping en las afueras de la ciudad, o el Interhotel Flora, un hotel de cuatro estrellas en el centro de Praga. No recuerdo por qué, no tuvimos más remedio que alojarnos en el hotel, cuya tarifa durante tres o cuatro días equivalía a todo el dinero que llevábamos ahorrado para pasar allí dos semanas.
De modo que acortamos la estancia. Por lo que a mí respectaba, un solo día era ya demasiado tiempo en aquel país de pesadilla. Repito lo de 'pesadilla' porque no encuentro otra palabra que describa el horror cotidiano de aquella Checoslovaquia socialista. Todo allí era gris: las fachadas, el cielo, el Moldava, los rostros de los transeúntes. Era un mundo kafkiano. No había cines ni teatros ni terrazas. Los únicos lugares públicos que pudimos frecuentar eran una especie de bares, allí llamados 'restaurace', lóbregos y desaliñados, con los manteles llenos de lámparas, donde solamente servían cerveza en grandes jarras. Eso sí, la cerveza era excelente. Pero tal vez no era sólo la calidad de la cerveza lo que llenaba las calles de borrachos a cualquier hora del día. La sensación que se apoderó de mí desde el instante en que traspuse la frontera fue de totalitarismo sin piedad. El Estado estaba presente en la vida pública y privada hasta unos extremos que en la España de Franco -de la que nosotros veníamos- habrían parecido delirantes.
Tal era la opresión que allí se vivía, incluso para un extranjero inocente como yo, que a los pocos días de llegar entré en un estado mental paranoide. Se apoderó de mí la obsesión de que 'nunca saldríamos de allí', y así se lo comenté a mis dos compañeros. Ellos intentaban tranquilizarme, pero yo no respiré realmente hasta que cruzamos de nuevo la frontera y volvimos a pisar el mundo libre. Lo pasé fatal.
En la televisión española se veían con frecuencia noticias del Muro de Berlín. Cada dos por tres, algún ciudadano del 'paraíso socialista' intentaba huir del país por métodos más o menos desesperados o ingeniosos. La mayoría no lo conseguía. Lo normal era que fueran ametrallados como ratas, in situ, por alguno de los policías/militares de guardia. Era terrorífico, sí, que un ciudadano fuera asesinado por intentar salir de su propio país, pero ello no era ni había sido óbice para que en mayo del 68 o en las manifestaciones habituales de las grandes ciudades europeas se enarbolara con entusiasmo la bandera roja junto con grandes carteles de Mao, Lenin o el Che Guevara. Mirando ahora hacia atrás, la efervescencia política de aquellos años me parece uno de los episodios más absurdos de la historia de la Humanidad. Y me temo que Europa no ha terminado todavía de pagar las consecuencias.
Pero la izquierda siempre ha sido maestra en el arte de la propaganda. Es lo único que saben hacer, pero en ese menester nadie los ha superado todavía jamás. Grandes multinacionales como Coca Cola mantienen ejércitos de publicistas que alimentan permanentemente la presencia de sus productos en la sociedad, pero lo que Coca Cola vende es una bebida real, refrescante, barata y de agradable sabor. El izquierdismo, en cambio, lleva siglos vendiendo sangre, miseria y esclavitud como si fueran las frutas prohibidas del paraíso original.
Después de aquel viaje, yo me fui politizando. Los amigos que hice en la Facultad eran todos de izquierdas, aunque ninguno de ellos estaba afiliado a partido político alguno. Yo odiaba, sobre todo, a los comunistas, que tenían montada una evidente maquinaria de agitación en toda la Universidad, y cuyo discurso serpenteaba en función de unas misteriosas consignas que los agitadores obedecían ciegamente.
Yo me sentí siempre anarquista. Lo cual, por otra parte, era la única manera de nadar y guardar la ropa. En efecto, la 'familia' de izquierdas y yo nos aceptábamos a regañadientes, en la premisa de que estábamos en el mismo bando. Según aquella visión del mundo, maniquea y pueril, las personas se dividían exclusivamente en opresores y oprimidos, y nosotros luchábamos en el bando de los oprimidos. Desde luego, era difícil imaginar cómo un funcionario de policía del Berlín oriental podía estar en el mismo bando que yo, pero aquella incongruencia me permitía seguir teniendo una 'familia'. Sin saberlo, mis 'camaradas' jugaban con ventaja. Desde niño, el abandono y la soledad han sido los dos estados de ánimo que más dolorosamente he sufrido. Por aquel entonces, ser de izquierdas, para mí, significaba sencillamente no estar solo.
Mi viaje a Cuba me volvió mucho más beligerante. Antes de emprender el vuelo yo me había dejado influenciar por la propaganda pro-castrista, y acudía con una cierta simpatía por el régimen de Castro. Pero lo que vi desde el primer momento me encogió el corazón. Era la misma miseria material y moral que había conocido en Praga trece años antes, la misma opresión, la misma desidia. Yo había conocido el Haití de Duvalier, pero aquello era peor, porque en Cuba volví a experimentar otra vez la angustia paranoica del ciudadano indefenso ante un Estado todopoderoso y sin escrúpulos.
Cuando regresé de Cuba a Ginebra, proclamé a los cuatro vientos lo que acababa de presenciar. Una noche, recuerdo que me enzarcé en una acalorada discusión con dos compañeros de trabajo sobre la vida cotidiana en Cuba. Ambos eran viejos izquierdistas. Uno, peruano, el otro argentino. Y ambos negaban con vehemencia las realidades que yo había visto con mis propios ojos sólo unas semanas antes. Mi indignación no tenía límites: aquellos dos tipos estaban dispuestos a defender, con la mentira si fuera necesario, el sufrimiento de muchos millones de personas. Y, con ellos, otros millones de izquierdistas estaban sosteniendo, a lo largo y a lo ancho del planeta, aquella gigantesca máquina de propaganda que se derrumbaba estrepitosamente en cuanto uno pisaba el suelo de La Habana.
Pero yo seguía teniendo miedo de romper con la 'familia', y me negué aún durante muchos años a resolver las incoherencias que subsistían en mi mente. Seguía teniendo miedo a la soledad. Al fin y al cabo, mientras uno se siguiese burlando de los americanos la ruptura no se consumaría. Eran los tiempos de Ronald Reagan, y el odio a Estados Unidos era ya el único pegamento que podía mantenernos unidos. Porque la pasta que cohesiona a los izquierdistas es, muchó más que la supuesta solidaridad o la simpatía hacia los oprimidos, el odio visceral.
Cuando me fui a vivir a Barcelona, comprendí que el fenómeno era mucho más profundo todavía. En la España de finales del siglo XX, la izquierda había asumido las tesis de los nacionalismos regionales. El odio al general Franco los había unido, y la histeria nacionalista fue creciendo hasta el punto de que declararse español equivalía a ser tratado como un franquista. El resultado de aquella aberración era que, después de haber sufrido 23 años de dictadura franquista, yo me veía ahora abocado a padecer otra dictadura igual o peor: la dictadura de todos aquellos falangistas de provincias que, sin que nadie opusiese resistencia, se iban apoderando lentamente de la región.
En aquel estado de ánimo llegó el 11 de septiembre de 2001, con aquel terrible atentado que cambió el rumbo de la Historia. Cuando, con el horror aún fresco en mi memoria, empezaron a llegar a mi buzón de correo electrónico los primeros chistes de mal gusto enalteciendo a bin Laden, yo no me lo podía creer. Entonces, de golpe, se hizo la luz. Fue la catarsis. La revelación. La izquierda era una secta maligna, y el atentado de las Torres Gemelas había trazado una divisoria entre sus vidas y la mía. Todo en las relaciones humanas tenía un límite y yo, aquél, no podía trasponerlo.
De modo que empecé a responder sin reparos a todos los emails chistosos y a rebatir vehementemente a los sardónicos defensores del asesinato de 3000 personas indefensas. En poco tiempo, mi lista de amistades se redujo ostensiblemente. El 13 de septiembre llegué a Ginebra, a casa de mi amiga Petra, donde solía alojarme. Esa misma noche discutimos acaloradamente a cuenta de la noticia. Sus argumentos me llenaron de amargura. A la mañana siguiente, hice mi maleta y me fui a un hotel. Nunca más volví a darle noticias mías. Después, reconvine a Teresa R. por enviarme unos chistecitos de muy mal gusto, y Teresa desapareció del mapa.
Atrás fueron quedando las cenas en casa de Pedro y Sigrid, y las tertulias en Los Inmortales con el grupo de Antonia y Ricardo. Unos pocos (Andrés, Carlos) llegaron al punto de hacerme daño deliberadamente, y en México las amistades de Carilú me dispensaron una acogida glacial. En algunos casos, fui yo quien decidió distanciarse (Irene, Amparo, Mercedes), pero fueron muchos más los que, uno a uno, se distanciaron de mí, dejaron de llamarme o me retiraron la palabra: Cami, Vicente, Gonzalo, Sebas, Susana, Pau, Miguel C., Albert, Mariano, Javier, Isabel, Pepe, Muriell, y hasta mi propio hermano.
La vida está hecha de olas, y en esta etapa de nuestra vida tanto Manolo Zanzón como yo, que soy su autor, estamos en la bajada de la ola. Es lo más parecido a un exilio. Yo no soy ya aquel joven provocador que tanto temía la soledad, y es cierto que algunos -contadísimos- amigos han sobrevivido a la marejada, pero están lejos. Y confieso que muchos días echo en falta todavía un buen amigo cercano con quien poder explayarme, reír o rememorar. Precisamente por eso bauticé este blog con el subtítulo que puede leerse en la cabecera, y que me recuerda, un poco literariamente, al tenaz Odiseo, acorralado en una cueva oscura de una isla habitada por gigantescos cíclopes (de la que, por cierto, consiguió salir):
Charlas con nadie.
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sábado, 31 de enero de 2009

El pueblo

Cuando despertó, los dos vagabundos ya no estaban. En el cielo, las nubes eran todavía turbias y amenazadoras, pero no llovía. Se incorporó, se sacudió la tierra de los pantalones y, pausadamente, echó a andar hacia el pueblo.

Mientras caminaba, los recuerdos acudían a su memoria, agolpados y confusos. Parecía como si la riada los hubiera arrastrado también a ellos, emborronando las fronteras entre los más antiguos y los más recientes. En medio de aquel maremágnum, el Manolito Zanzón de su infancia y el Zanzón ministro, los huéspedes de la pensión y los conspiradores masónicos, la prostituta de los kimonos y la valerosa Remedios Raposo, todos navegaban ahora en una misma barca, protagonistas por igual de un único aquelarre lejano en el tiempo en el que era imposible discernir años, días o minutos.

Las primeras calles del pueblo estaban desiertas. Continuó caminando hacia la iglesia, cuya torre veía asomar por encima de los tejados. Desde las ventanas, ninguna mirada parecía vigilar sus movimientos. La calzada, de tierra, estaba todavía salpicada de charcos, pero entre sus dientes la sensación era de polvo. Polvo, o arena de desierto. Entrecerró los ojos. Nunca había estado en un pueblo fantasma.

En la plaza principal sólo había un carro abandonado. Silbaba el viento. En la oscuridad de un zaguán le pareció ver por un instante, fulgurando, los ojos de un gato. Se detuvo en mitad de la plaza y miró a su alrededor. En aquel lugar del espacio y del tiempo, sin seres humanos ni referencias, todas las direcciones le parecían iguales. Se sentía como una veleta empujada a capricho por el viento. ¿A dónde ir? Entonces reparó en un detalle: la puerta de la iglesia estaba abierta. Y echó a andar.

Allí dentro la única luz que había, débil y cenizosa, descendía de los vitrales. Avanzó casi a ciegas hasta llegar a la última fila de bancos, y se sentó. Sus ojos tardaron un rato en acostumbrase a la penumbra. Distinguió primero el rectángulo del altar recortándose en las sombras, y después, colgando a ambos lados, cuatro faroles apagados, como botafumeiros, que descendían del techo. Las paredes estaban desnudas. Al fondo, en uno de los ángulos, distinguió borrosamente el bulto de un confesionario y, tras él, una escalera de caracol que ascendía hasta una puerta de madera, cerrada. Se levantó.

La escalera no era más ancha que el cuerpo de una persona. Mientras subía por ella, allá afuera el sonido del viento se hacía más agudo, casi como el de un gato enfurecido. ¿Cómo se llamaba aquel pueblo?

Hizo girar el picaporte, y la puerta se abrió a un corredor oscuro que discurría paralelamente al muro lateral de la nave. Avanzó tanteando las paredes. Su brazo tropezó con un perchero del que colgaba una sotana. Se apartó. El frío de las baldosas atravesaba las suelas de sus zapatos. Unos veinte pasós más adelante, se detuvo. El pasillo doblaba a la izquierda. El ruido del viento había desaparecido. De pronto, se topó con otra puerta. Giró el picaporte y, al empujar la hoja de madera, la luz de la nave principal iluminó una pequeña habitación que daba directamente sobre el altar. Ante él, tal como había supuesto, reconoció inmediatamente el marfil amarillento de las teclas del órgano.

Sus dedos se posaron sobre ellas. Todavía no había aprendido a tocar. Cerró los párpados, y sintió dos lágrimas calientes deslizarse sobre sus mejillas. Aquella encrucijada, pensó, era exactamente su vida: un itinerario sin rumbo, un órgano sin voz en un pueblo deshabitado. Algo tenía que estar fallando.

Años atrás, aquel Manolo aún adolescente había abandonado a su familia en busca de nuevos horizontes. Desde entonces, todos los caminos que emprendía habían terminado desviándose. ¿Qué era lo que había hecho mal? Tal vez no había entrado a Madrid por el lugar adecuado.

Tendría que intentarlo de nuevo.

Pero, ¿por dónde?

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domingo, 25 de enero de 2009

Meta-Física

Ignoro si la palabra 'metafísica' tiene algo que ver con la caverna de Platón. El prefijo 'meta' significa 'más allá de', y la idea de que las cosas tienen una explicación más allá de la realidad tangible sintoniza bastante con la idea de que estas patatas fritas que estoy ensartando en mi tenedor son, en realidad, un simple reflejo de unas 'metapatatas fritas', y lo que yo creía mi apartamento es en realidad una cueva.

Lo cierto es que, después de unos cuantos siglos de filosofía incrédula -que no otra cosa es la ciencia-, las explicaciones de la realidad que leemos en los libros de divulgación científica distan mucho de la sensación inmediata que nos producen el olor, el color y el sabor de unas patatas fritas humeando en nuestro plato. El gemelo de Einstein que viajaba a la velocidad de la luz regresó a un planeta en el que su propio tataranieto había pasado a los libros de historia, y el solo pensamiento de que un enano microscópico no pueda predecir cuándo su pelota atravesará la pared del frontón en lugar de rebotar en una dirección impredecible desafía al más sensato.

¿Estoy haciendo trampa? Sólo aparentemente. Es cierto que la teoría de la relatividad y la mecánica cuántica son construcciones matemáticas rigurosas y -lo que es más importante- verificadas experimentalmente. Pero la lógica cotidiana, la que usamos para sobrevivir y tomar decisiones todos los días, está mucho más vinculada a nuestras percepciones. Todas las mañanas esperamos que el sol salga y se ponga a una hora predecible, que los relojes no se aceleren ni se detengan, y que la lluvia caiga desde lo alto y no al revés. Más allá de estas expectativas, lo que pudiera o no suceder pertenece, en la práctica, al reino de la fantasía.

Con todo, nos hemos ido acostumbrando a la idea de que la lógica cambia a medida que aumenta o disminuye el tamaño de sus súbditos. Lo cual, por cierto, parece absurdo: ¿acaso la lógica no es un concepto abstracto, independiente del espacio y del tiempo? Sería lógico pensar que sí. (¿Lógico, he dicho?)

Pero, en fin, nos hemos acostumbrado, y de hecho todas esas lógicas 'ilógicas' nos han permitido materializar viajes a planetas lejanos, microscopios de una potencia casi inimaginable o imágenes de nuestro reciente esguince mediante resonancia magnética nuclear. La cueva de Platón, en cambio, sólo nos ha servido hasta ahora para subvencionar a una larga saga de filósofos más o menos imaginativos: Galileo, 1 - Platón, 0.

La diferencia decisiva entre Galileo y Platón es que Galileo no se limitó a conjeturar, sino que construyó un telescopio para poner a prueba sus conjeturas. Aquel primer paso de Galileo abrió las puertas a la astrofísica moderna, y desde entonces nuestro conocimiento del Universo no ha hecho más que avanzar.

Sin embargo, la Luna y el Sol y los planetas están tan cerca de nosotros -astronómicamente hablando- que no necesitamos abjurar de nuestra lógica ordinaria para explicarlos. Tenemos que hacer un zoom gigantesco con nuestro telescopio para empezar a observar fenómenos extraños que nos obligan a echar mano de esas otras lógicas 'ilógicas'. Así, poco a poco, hemos ido concibiendo ideas aparentemente tan descabelladas como el big bang, el vacío virtual, los agujeros negros o, más recientemente, la materia oscura. Y verificándolas.

¿O no?

No del todo. De hecho, nadie está seguro de haber visto alguna vez un agujero negro o una evidencia irrefutable de su existencia. Y mucho menos de la materia oscura, de la energía oscura o de otros nuevos conceptos que están irrumpiendo últimamente en el vocabulario de los astrofísicos.

Por ejemplo, el 'flujo oscuro', cuyas causas habría que situar más allá del mismísimo horizonte de nuestro universo. O la 'inflación eterna', según la cual nuestro universo sería simplemente una burbuja más de un multiverso en perpetuo burbujeo. O el modelo de 'universo fractal', infinitamente complejo y siempre similar a sí mismo en todas las escalas. O la fantástica idea de que -como sucede en el horizonte de los agujeros negros- nuestro universo es, en realidad, nada más que un holograma.

El caso es que cuanto más grande y más lejano sea el fenómeno que pretendemos explicar, menor cantidad de información podremos sacar de él, y más inciertas serán forzosamente nuestras explicaciones. En otras palabras: a menos que el universo tenga un límite, el número de explicaciones posibles se multiplicará hasta el infinito. Ay, Galileo. No estamos tan lejos de la metafísica.

Peor aún: todas las conjeturas que podemos llegar a construir son andamiajes ensamblados por nuestro raciocinio con sus propios materiales, pero también es concebible que los tubos y tuercas necesarios para explicar las leyes de la realidad 'real' ni siquiera existan en nuestra mente. Si aumentamos suficientemente la escala de nuestras pretensiones, ¿habrá algún 'más allá' cuya lógica 'real' nuestro intelecto, por naturaleza, es incapaz siquiera de concebir?

Es cierto que Ícaro se quemó las alas por acercarse demasiado al sol, pero nuestro problema es justamente el contrario. Nuestras alas no son de cera. Aherrojados en una cueva de Platón, fabricamos sin cesar magníficos plumajes de faisán, quizá para no reconocer que nunca volaremos más alto que una gallina.

viernes, 16 de enero de 2009

El secreto de Shakespeare

Estoy leyendo una novela titulada "The Shakespeare Secret". La compré en una librería de aeropuerto, y no le pedía mucho más que entretenimiento. De todos los thrillers que hojeé, éste parecía diferente, tal vez un poco más culto que los superventas habituales en aquel tipo de librerías. El título hacía referencia a Shakespeare, y me gustó el comienzo: "Desde el río, parecía como si hubiera dos soles poniéndose sobre Londres."

Está muy bien escrita -o tal vez debería decir 'construida'- mediante una eficaz concatenación de sustantivos, verbos y citas de Shakespeare. Adjetivos, los justos. En general, los libros anglosajones parecen estar más bien construidos que escritos, lo cual no es un demérito ni mucho menos. Yo creo más en la artesanía que en el arte. En seguida he comprendido que la novela está escrita siguiendo la estela del "Código da Vinci", no sé si por contagio temático de la autora o con la secreta esperanza de verla algún día en una pantalla.

Desde que comenzó el trasiego entre la literatura y el cine, muchos autores escriben sus historias como si estuvieran contándonos una película. Esto es casi una definición de thriller pero, en general, las relaciones entre la literatura y el cine son bastante más complejas y merecerían dedicarles, más que un libro, toda una enciclopedia.

El caso es que, pese a su eficacia narrativa, "The Shakespeare Secret" me aburre a ratos, y por las noches, en la cama, no me roba ninguna hora de sueño. Curiosamente, la trama se parece mucho a la de mi primera novela. Que, por cierto, quedó impublicada. Posiblemente con toda la razón del mundo, pero también por haber sido escrita veinte años antes de que comenzase la moda 'da Vinci'.

Antes de decidir si compro o no una novela, yo tengo que hojearla y, sobre todo, leer su primera frase. Ésta de los dos soles poniéndose sobre Londres me pareció bastante atractiva. Al atardecer, un incendio que compite gongorinamente con el sol nos da una idea previa del grado de maldad del incendiador. Y, al aclararnos que estamos en Londres, la autora nos prepara para un rocambolesco periplo por distintos continentes, bibliotecas universitarias y paisajes tan cinematográficos como Las Vegas o el desierto de Mojave.

Los primeros párrafos de una novela, sobre todo si es contemporánea, me suelen dar la clave para decidir si la compraré o no. Generalmente, el dictamen es No. Todavía recuerdo aquel voluminoso mamotreto de un tal Ruiz Zafón que me regalaron hace años, y que abandoné antes de la página 10. Me daba incluso vergüenza ajena recorrer aquella cáfila de adjetivos adolescentes para públicos poco leídos. Es el tipo de literatura que yo escribía cuando tenía 17 años.

Las primeras frases de una novela son, de hecho, un género por sí solas. Un género fascinante. Animado por esta revelación, he rebuscado en mi biblioteca algunos de mis libros favoritos, y he releído únicamente su primera frase, a veces su primer párrafo. Desde luego, pocas primeras frases como aquel "Aujourd'hui, maman est morte" de Albert Camus en "L'étranger", que en sólo cuatro palabras condensa las doscientas o trescientas páginas que vienen después.

Uno de mis thrillers favoritos de todos los tiempos es "The postman always rings twice", de James M. Cain. Comienza así: "They threw me off the hay truck about noon". Casi un telegrama. En español no queda exactamente igual: "Me echaron del camión de heno a eso del mediodía". Le falta todo el ritmo. En inglés, todas las palabras de la frase excepto una son monosílabos. Uno detrás de otro, como puñetazos. Y ese 'off' intraducible -una sola sílaba, tres letras- es, en realidad, el resumen completo de toda la novela. ¿Cómo resistirse a devorar una novela que empieza con una frase así?

Entusiasmado con el nuevo género que acababa de descubrir, he releído también primeras frases de Stendhal, de Dostoievsky, de Maupassant, de Valle-Inclán, de Chloderlos de Laclos, de Chandler. Todas tenían un no sé qué que impulsaba a leer, como mínimo, el primer párrafo completo. Pero algunas hacían innecesario el resto del párrafo. De todas éstas, me he quedado con dos.

Una, el comienzo de "A Confederacy of Dunces", del malogrado John Kennedy Toole, neciamente traducida como "La conjura de los necios". ¿Por qué 'conjura'? ¿Qué tiene de malo "Una confederación de mentecatos"? La primera frase de esta novela, desnaturalizada por la conjura de los editores españoles, dice así: "A green hunting cap squeezed the top of the fleshy balloon of a head". Es decir, "Una gorra de cazador verde estrujaba la cima del carnoso globo de una cabeza". Difícil resisitirse a seguir leyendo, ¿no?

Y, por último, una de las más espléndidas. Es la frase que da comienzo a "La Regenta", de Leopoldo Alas. Abrimos la primera página y leemos: "La heroica ciudad dormía la siesta".

Chapeau. En esta frase está todo. La ironía de ese 'heroica' nos anuncia ya la amargura del tema ("dormía la siesta": la decadencia de todo un país) y el humor indoloro con que don Leopoldo nos va a dorar la píldora. Desde luego, hay que seguir leyendo hasta el final. Pero, al terminar la novela, cuando el repugnante Celedonio termina de besar en los labios a la impresionable Ana de Ozores ("Había creído sentir sobre la boca el vientre frío y viscoso de un sapo". Punto. Fin.), hay que regresar a la primera frase y retenerla en el recuerdo, más que como un resumen, como un símbolo. Porque sintetiza no sólo una de las mejores novelas en lengua española, sino también una de las épocas más lamentables de la historia de España.

O quizá uno de los eternos retornos de la historia de España.

El otro es la guerra civil.

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martes, 6 de enero de 2009

Leer, viajar

No recuerdo cuándo fue la primera vez que oí ponderar la importancia de los libros. Debió de ser hace ya muchos años. Cuando yo era niño no existían los videojuegos ni las dislexias. Mal que bien, todos los niños aprendían a leer y a escribir correctamente, e incluso a redactar frases coherentes con los puntos y comas en su sitio. Las imágenes no ocupaban tantas horas de nuestras vidas. Con suerte, íbamos al cine una vez por semana, y al lunes siguiente, en clase, explicábamos con entusiasmo la película a quienes no la habían visto. Era todavía la era de la palabra.

En la época actual, la palabra está muy devaluada. Ayer mismo, un amigo me recordaba los tiempos en que acudíamos a las citas con las chicas llevando un libro en la mano. Sólo con ese detalle, uno ganaba puntos. Si además dejabas caer que escribías poesías, el prestigio se multiplicaba. Pero las cosas fueron cambiando. Cierto día, mi amigo se dio cuenta de que, para ligar, declararse poeta era más bien contraproducente.

Con la decadencia de la palabra, el prestigio de los libros como vehículo de cultura fue también marchitándose. Todavía se oye, de vez en cuando, exaltar el valor de la lectura, como si los libros contuvieran algún elixir mágico que transformase el cerebro de sus lectores en pozos de ciencia infusa. Extinguida hace ya años la era de la palabra, únicamente ha quedado el mito.

La invención de la imprenta no relegó del todo al olvido la palabra hablada. Desde luego, tenía también sus inconvenientes. Las historias quedaban fijadas en un papel, y no se transmitían de boca en boca. No podían ya deformarse con el paso del tiempo, por fallos de la memoria o por interferencias de la fantasía de quienes las contaban. La imprenta asestó un golpe brutal a las leyendas, pero los libros seguían estando hechos de palabras. Muchos de ellos contenían también imágenes, pero sus lectores seguían leyendo, pensando y razonando en palabras.

Todo esto ha cambiado. Estamos en la era de la imagen, y desde hace ya dos generaciones cada vez más seres humanos piensan, básicamente, en imágenes. Cuando uno piensa en imágenes, los nombres de las cosas y la sintaxis pierden importancia. Una imagen evoca sensaciones, recuerdos o metáforas: nunca ideas. Quizá estamos volviendo a los primeros tiempos de la Humanidad, cuando el lenguaje, aún rudimentario, no era todavía un medio para comunicarse, sino simplemente una ayuda, y algunos se entretenían dibujando bisontes en las paredes como sus sucesores se entretienen hoy rascando signos inconexos en los vidrios de las ventanillas del metro.

Hace ya unos veinte años que las novelas de autores contemporáneos se me caen de las manos en la página 5. Existiendo antecedentes como Bocaccio, Flaubert, Conrad o Pío Baroja, hay que tener un cierto déficit de vergüenza para publicar según qué novelas. Pero todo esto no importa ya mucho. El libro es ahora un producto de consumo, uno más, y el nuevo lector de hoy no ha oído siquiera hablar de Bartleby o de Ana Ozores. De comprar algo, se compra el último libro de ese periodista o famoso que ha visto en la televisión o que le cuenta historias 'a la moda': los nuevos libros de caballerías.

Por eso no tiene ya mucho sentido decir simplemente que hay que leer libros. Hay libros provechosos y hay libros maravillosos, pero también hay libros basura, del mismo modo que hay hamburguesas basura o programas de televisión (aquí añadir 'basura' sería redundante). Y, de todos modos, qué sentido tiene cultivar la narración coherente cuando uno lo único que quiere es hablar de futbolistas o de videojuegos.

Otro mito que todavía se oye es aquello de que el nacionalismo se cura viajando. Hay una frase célebre que no sé quién pronunció, en respuesta a alguien que le había preguntado si tenía raíces. La respuesta fue algo así como "No. Yo no tengo raíces. Yo lo que tengo son piernas." Para caminar, se entiende.

El caso es que viajar en el siglo XXI no es lo mismo que viajar en tiempos pretéritos. El viaje del Beagle duró 18 meses, y Ulises tardó 10 años en regresar a Itaca. El mayor interés de "La vuelta al mundo en 80 días" radicaba en la dificultad de conseguir lo que el título proponía, y Álvar Núñez Cabeza de Vaca tardó 11 años, desde su naufragio frente a las costas de Florida, en encontrar nuevamente cristianos en lo que hoy es territorio mexicano.

Por eso, viajar era antiguamente una experiencia que cambiaba radicalmente la mentalidad del viajero. Los viajes por tierra eran a caballo o andando, y las distancias se median en leguas. Había posadas donde uno se encontraba con otros viajeros de lugares remotos, y en invierno el frío obligaba a juntarse en torno al fuego y conversar. Lo que le cambiaba a uno la vida no era tanto el conocer nuevas costumbres, sino el descubrir personajes singulares, con sus propias manías y mitos y noticias y experiencias originales. Excepto en el ejército, el concepto de 'standard' aplicado a los seres humanos carecía todavía de significado.

Hoy los aviones lo depositan a uno en Atenas en unas pocas horas, y ningún turista tiene intención de quedarse en el lugar más tiempo del suficiente para tomar unas fotos y ver el Partenón desde un autocar, explicado por un guía en su propio idioma. Las comidas, los bailes y los productos 'típicos' son en realidad estereotípicos, y poco tienen ya que ver con el original. Y en las calles principales de casi cualquier ciudad del mundo uno se encuentra ya con las mismas tiendas, marcas y modas que dejó atrás en su propia ciudad. ¿Qué interés puede tener hoy en día viajar? Y, sobre todo, ¿en qué puede ayudarnos a ese sano ejercicio mental de relativizar nuestras propias costumbres?

Leer, viajar. Atrás van quedando aquellos tiempos en que estas dos actividades enriquecían a los seres humanos. Ahora sólo el dinero proporciona riqueza.

Son otros tiempos, sí. Ahora somos pobres.
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sábado, 3 de enero de 2009

Lingüística para tontos VII - Mi primera estructura

(Comienzo)

En nuestro esfuerzo por explicar el lenguaje a los lingüistas tontos, hemos tenido que empezar la casa por el tejado. Parecería más sensato comenzar por los cimientos, pero la experiencia, esa despiadada consejera, me ha demostrado que no es un método particularmente eficaz. Los usuarios de un lenguaje, como los clientes de los bancos, manejan sus recursos con soltura, pero no tienen ni idea de qué cosa es exactamente eso que unos llaman dinero, y otros, significados. Tal vez ahora, que entendemos un poco mejor el lenguaje como vehículo de información, nos sea más fácil regresar a los cimientos y colocar los primeros pilares.

Ya habíamos visto en los primeros capítulos que las categorías, esas cajas de ladrillos que utilizamos para transmitir información, no son conceptos amorfos. Tienen estructura, y la diversidad de las estructuras que descubrimos en aquellos capítulos (sabores, colores, sucesos cronológicos, dibujos animados) nos suscita algunas preguntas:

¿Cuántas estructuras distintas utilizan nuestros lenguajes?
¿Es finito el número de estructuras que podemos llegar a utilizar?
¿Todos los lenguajes utilizan las mismas estructuras?

Es fácil sospechar que las respuestas a estas preguntas están determinadas en gran medida por nuestros sentidos. Al fin y al cabo, son nuestros sentidos los que nos dicen que el espacio tiene tres dimensiones, que los colores forman un continuum o que las notas musicales suenan una a continuación de otra. Sin embargo, un ciego de nacimiento puede aprender a desenvolverse sin problemas por el interior de un edificio. Es más, estableciendo previamente una correlación, por ejemplo con una gama de rugosidades, puede mantener con normalidad una conversación relacionada con colores. Por otra parte, un sordo de nacimiento puede entender perfectamente que un concierto es una sucesión de acontecimientos sonoros, del mismo modo que una exhibición de fuegos de artificio es una sucesión de acontecimientos cromáticos.

Parece, pues, que las estructuras que asociamos a nuestros sentidos dimanan de una realidad más abstracta todavía: ¿acaso, como estamos empezando a sospechar, las configuraciones topológicas? Sería una buena noticia. Si los conceptos con que nos expresamos están asentados en realidades absolutas, entonces seremos capaces de sistematizarlos, estudiarlos y compararlos aplicando criterios objetivos. Se acabarán para siempre las teorías, las interpretaciones y los gurús. Sólo habrá una lingüística, y esa lingüística tendrá, inevitablemente, un componente experimental. En otras palabras: la lingüística será, por fin, una ciencia.

Quizá la estructura semántica que a todos nos resulta más familiar es la que asociamos al tiempo. Esto no quiere decir que sea la estructura más simple pero, una vez más, quizá sea más conveniente empezar por lo más complicado. En nuestra mente, el tiempo se compone de dos elementos complementarios: los instantes, y los lapsos. Entre cada dos instantes, nosotros suponemos la existencia de un lapso. Así es como lo concebimos, aunque en la realidad tal vez las cosas no sean exactamente así. Zenón de Elea expuso varias paradojas derivadas de esta forma de entender el tiempo, y en la física contemporánea empieza a argüirse la necesidad de redefinir este concepto de manera que las leyes físicas macroscópicas y las microscópicas sean compatibles.

Una de las aporías de Zenón reflexiona sobre el movimiento de una flecha. Si en un instante cualquiera nuestra flecha está quieta, entonces estará también quieta en todos los demás instantes… y, por lo tanto, es imposible que se mueva. Pero, si preferimos pensar que está en movimiento, ¿dónde está exactamente la flecha en ese instante? Desde nuestro punto de vista lo importante no es la paradoja, sino el hecho de que, para enunciarla, Zenón utilizó los dos elementos básicos de la estructura del tiempo: los instantes, y los lapsos. Si denotamos los instantes mediante el símbolo i y los lapsos mediante el símbolo e, una serie cualquiera de instantes adoptaría la forma:
… e i e i e i e i e i e …
Es importante que no confundamos los conceptos de categoría y de estructura. Cuando decimos que tomaremos el tren de las 09.10 para viajar a Lisboa, una posible categoría que estamos utilizando es el horario de los trenes que parten hacia Lisboa:

L = {06.03, 07.30, 08.45, 09.10, 10.35, …}

En ningún sitio está escrito que esta lista de números deba tener una estructura. Si la enunciáramos tal cual, sin especificar de qué estamos hablando, alguien podría suponer que es una lista de pesos, de ángulos, de coordenadas o, simplemente, una acumulación caprichosa de cifras. Para indicar que entre cada dos de esos números hay un lapso y que cada lapso sólo puede estar relacionado con dos de esos números, tendremos que asegurarnos de que nuestro interlocutor asocia específicamente estas propiedades a la categoría L. Por lo general, no tendremos que hacer demasiados esfuerzos. Aparentemente, las palabras 'tren' y 'viajar' contienen ya información suficiente para ello.

Hasta ahora hemos hablado de series de instantes, pero todavía no hemos definido la estructura propiamente dicha de la categoría 'Tiempo'. No es tan fácil como parece. Para definir la estructura de un cuadrado nos bastaría, por ejemplo, la representación
i e i
e e
i e i
donde los símbolos i representan los vértices, y los símbolos e, los lados. Esta representación es finita, y contiene toda la información necesaria para construir un cuadrado. Pero el número de horas de salida de trenes que puede contener la categoría Tiempo es ilimitado, de modo que no nos bastará con representar el elemento básico de su estructura, i e i. Necesitaremos además una regla que nos indique lo que sucederá cuando incorporemos un nuevo ejemplar a nuestra categoría. Esta regla la escribiremos así:
e -> e i e
Con esta expresión queremos indicar que un nuevo instante (por ejemplo, un nuevo tren a Lisboa que salga a las 07.55) sólo puede entrar a formar parte de nuestra lista de instantes insertándose en mitad de un lapso y 'partiéndolo' en otros dos. En resumidas cuentas, podemos definir ya nuestra primera estructura asociada a una categoría, como sigue:

i e i
e -> e i e

A esta estructura la llamaremos S1, o 'estructura lineal'. Así pues, en el sistema de notación que estamos definiendo, la categoría 'tiempo' se escribirá a partir de ahora en la forma:
T(i)S1
Así, los horarios de trenes en dirección a Lisboa (una subcategoría de T) estarían representados en la forma L(i)S1, es decir:
{06.03, 07.30, 08.45, 09.10, 10.35}(i)S1
que es una notación abreviada para representar:
06.03 e 07.30 e 08.45 e 09.10 e 10.35
En el siguiente capítulo, retrocederemos nuevamente un paso y regresaremos otra vez a los cimientos. Supongo que ya os lo esperábais.

(Continuación)

jueves, 25 de diciembre de 2008

Capitalismo

Aún recuerdo la crisis de los 70. El precio del petróleo subió y subió, y la actividad económica mundial se quedó agarrotada. Hubo despidos masivos, efervescencia sindical y noticias sombrías en los periódicos. Y los Simca 1000 y los Citroën 2CV de la clase media de entonces se quedaron aparcados más tiempo del que sus dueños seguramente habrían deseado.

Yo ni me enteré de aquella crisis, porque de todos modos era pobre de solemnidad. Mis clases particulares me daban para ir a los cines del barrio, no fumaba ni bebía, nunca me gustaron las discotecas, y bajaba a la Facultad andando, a través de la Dehesa de la Villa.

Acabo de leer que, a pesar de las recientes reducciones de la producción decididas por la OPEP, el precio del petróleo ha descendido por debajo de 35 dólares. Es decir, la demanda sigue disminuyendo. En los años 70, el problema era que nadie podía prescindir de un solo litro sin que la economía se gripase. Ahora, por lo visto, el grado de superfluidad a que habíamos llegado permite a muchos millones de usuarios renunciar a millones de galones de gasolina diarios sin que, aparentemente, el mundo tiemble sobre sus cimientos.

Es una crisis muy rara, y nadie sabe muy bien cómo diagnosticarla. No digamos ya tratarla. El enfermo de repente tose, tiene fiebre y se marea para, pocas semanas después, hiperventilar, padecer hipotermia y sufrir una ataque de catatonia. El petróleo sube y sube, pero en seguida baja y baja. La amenaza de hiperinflación alarma a los economistas hoy, pero mañana nos despertaremos oyendo oscuros tambores de deflación. La Bolsa es una montaña rusa, las catedrales de la banca mundial se desintegran como castillos de naipes, y un día descubrimos que en Wall Street avezados expertos financieros se han dejado estafar por un vendedor de tocomochos que vivía en el Upper East Side.

Desde luego, los síntomas son alarmantes. Y lo más grave de todo, a efectos prácticos: imprevisibles. Sin embargo a mí, que he sido un gran hipocondríaco, todos esos síntomas me resultan vagamente familiares. Una pregunta me viene a los labios: ¿hasta qué punto es esta crisis psicosomática?

A primera vista, puede sorprender una sospecha así. Pero reflexionemos. El crecimiento de la 'burbuja' se debió a un acceso de euforia colectiva. El dólar baja y sube a impulsos de la aversión al riesgo. Y la Bolsa está en mínimos porque millones de personas han sacado de ella su dinero y lo han depositado en bonos del Tesoro (o debajo de un colchón): también tienen miedo. Pero la euforia y el miedo son emociones; son ajenas a la razón. ¿Bastaría con que todas esas personas reinyectasen su dinero en el mercado y se lanzasen a la calle a consumir para que la economía se recuperase? Al fin y al cabo, algo parecido es lo que sucedía hasta hace sólo un año, mientras la burbuja crecía y crecía. ¿Por qué no podría volver a suceder?

Hay algo misterioso en todo esto del dinero. Y es que el capitalismo ha evolucionado. El capitalismo es un sistema económico basado, por definición, en la acumulación de capital. Al menos, así fue en sus comienzos. Uno trabaja duramente, ahorra, y utiliza las ganancias acumuladas para generar más riqueza. Hasta aquí, ninguna objeción. Pero ¿qué tiene que ver el crédito en todo esto? El crédito no es dinero, sino expectativa de dinero. Si yo he acumulado un capital y se lo presto a mi cuñado, mi dinero deja de ser contante y sonante para convertirse en una incertidumbre. Algo así como las magnitudes de la física cuántica: dependiendo de que mi cuñado tenga éxito en su empresa o de que haya dilapidado mi fortuna en las islas Caimán, el capital que yo le he prestado existe y, al mismo tiempo, no existe. Sólo una auditoría de las cuentas de mi cuñado permitirá determinar la función de onda de mi dinero.

Tal vez habría que introducir la mecánica cuántica en la economía. Y, para las sintomatologías maníaco-depresivas del 'nuevo' capitalismo, las terapias psicoanalíticas. Porque, desgraciadamente, para este tipo de dolencias originadas al margen de la razón no se han descubierto todavía medicamentos.

martes, 23 de diciembre de 2008

Fiascos

Puede que yo esté equivocado, pero el siglo XXI podría pasar a la Historia como el siglo de los grandes fiascos.

El cambio climático, falsa denominación que en realidad debería enunciarse como 'cambio climático antropogénico' (el clima nunca ha sido estático) podría ser el más estruendoso. Para empezar, no es una realidad comprobada, sino el resultado de ciertas proyecciones. Y estas proyecciones están basadas en un volumen de datos inaceptablemente representativo, y en un ramillete de escenarios no mucho más fundamentados que las profecías de Nostradamus. Es más: el generoso volumen de fondos destinado a estas investigaciones y, cerrando el círculo, el sospechoso empeño de los investigadores por influir en los responsables de políticas y en los medios de comunicación ponen seriamente en duda la objetividad de esas proyecciones. Por no hablar ya de las simpatías allegadas de organizaciones de izquierdas, huérfanas de causas que justifiquen su empeño en llevar sistemáticamente la contraria a quienes les disputan el poder.

¿Cambia el clima? Desde que el mundo es mundo. ¿Lo estamos alterando con nuestra proliferación fabril de especie sin predadores? Existiendo el efecto mariposa, sería absurdo pensar que no. Pero ¿cómo identificar ese cambio? ¿Alguien puede explicarme cómo habría sido el planeta sin nosotros? ¿Cómo nos abasteceremos de energía cuando se acabe el petróleo? ¿Cuántas burbujas económicas volverá a haber? ¿Con qué frecuencia? ¿Cuántos meteoritos gigantes caerán, y cuándo? Etcétera, etcétera. Demasiados etcéteras y demasiadas incógnitas para no recordar desalentadoramente las predicciones de Nostradamus.

Recientemente, Lee Smolin ha observado también síntomas sospechosos, y en ciertos aspectos similares, en el terreno de la física teórica. ¿Es verificable la teoría de cuerdas? Nunca antes tantos cerebros brillantes se habían centrado al mismo tiempo en un problema específico. Treinta años de empeño de los mejores cerebros del planeta son muchos años, y también muchos cerebros. El antecedente histórico más evidente fue la búsqueda de la piedra filosofal. Y todos sabemos cómo terminó. La ciencia nunca dio sus pasos más gloriosos con zapatos de funcionario. Einstein lo fue, pero la teoría de la relatividad nació no de la Oficina de Patentes de Zurich, sino a pesar de ella.

Otro empeño tan ambicioso como la búsqueda del Santo Grial: el esfuerzo de las ciencias cognitivas por reproducir el funcionamiento del cerebro, e incluso -sea lo que sea tal concepto- la conciencia. No me parece mal. Lo que me parece más desencaminado es la vía emprendida para alcanzar ese fin. El psiquiatra Giulio Tononi asegura haber construido una definición de 'complejidad' que permite medir objetivamente "en qué medida el funcionamiento del cerebro está compuesto de funciones". La escuela anglosajona, siempre empeñada en clasificar los conceptos en cajitas... ¿Cómo definir la 'funcionalidad' del cerebro sin caer en interpretaciones? ¿No sería más objetivo hablar simplemente de 'procesos'? Queridos psico-clasificólogos: ya es poco digerible que el hijo de la araña A nazca de repente sabiendo tejer complejas redes simétricas que A era incapaz de tejer. Pero menos digerible todavía es la idea de que, accidentalmente, sus genes han sacado esa 'funcion' de una chistera llena de casualidades.

Un análisis mucho más profundo de los procesos mentales ayudaría quizá a encontrar unas bases más elementales y más objetivas (¿alguien ha dicho 'la geometría'?) con las que explicar, de una misma tacada, la semántica y la sintaxis del lenguaje natural, y la estructura del pensamiento en la mente humana (¿y por qué no, generalizando aún más, en la mente animal?). Y, de paso, quizá incluso la teoría de Darwin. En otras palabras, cómo es posible aprender, dando palos de ciego, a urdir una tela de araña.

Pero, atención: tendremos que explicar también por qué nos cuesta tanto creer que un chimpancé inmortal golpeando un teclado llegue algún día a escribir la ley de arrendamientos urbanos.

Hay algo que conviene no olvidar. La ciencia es simplemente un iceberg, bajo cuya cúspide se oculta una ingente acumulación de palos de ciego que raramente afloran a la superficie. ¿La historia del pensamiento no será en realidad un péndulo que oscila eternamente entre el racionalismo intransigente y la metafísica sufí?

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jueves, 20 de noviembre de 2008

Lingüística para tontos VI - Estructuras semánticas

(Comienzo)

Los ejemplos más simples de conceptos ambiguos son las categorías. Desambiguar una categoría es fácil: basta con decidirse por uno de sus ejemplares. Y la ganancia de información es también inmediata:

color azul/rojo/verde/… -> color rojo

Conforme a la simbología que venimos utilizando, ¿deberíamos, pues, escribir 'color + rojo' para representar este proceso? No, porque 'rojo' es un caso particular de 'color', y no una cualidad, como sucedería si escribiéramos 'color + alegre'. La palabra ‘alegre’ nos sirve para desambiguar la categoría ‘color’, pero no es en sí misma un color, sino que pertenece a una categoría diferente (alegre/triste/…). Al escribir la palabra 'rojo' a continuación de 'color' estamos invocando directamente la relación entre una categoría y uno de sus ejemplares. Para diferenciar esta nueva relación de la anterior utilizaremos un nuevo símbolo, δ.

En resumidas cuentas, hemos identificado ya dos procesos diferentes:

C δ I desambiguación directa de una categoría (color δ rojo)
C + I desambiguación indirecta mediante una categoría ajena (color + alegre)

En la práctica, sin embargo, pronto tendremos que hacer frente a fórmulas muy complejas. De modo que, por razones simplemente prácticas, escribiremos preferentemente C(I) para designar la relación -o, dinámicamente hablando, el proceso- de desambiguación ‘categoría δ ejemplar’. Por lo tanto, a partir de ahora color δ rojo y color(rojo) describirán exactamente la misma relación.

Es importante señalar que en estas dos expresiones C(I), C + I, cualquiera de los símbolos C o I pueden estar ‘vacíos’. Si escribimos simplemente C(rojo), nuestro interlocutor deberá recurrir a su propia estructura de conceptos para decidir si esa C denota colores o adscripciones políticas. Por otra parte, escribiendo color(x), o color + x, estamos invocando la posibilidad de desambiguar la categoría ‘color’. En otras palabras, estamos dando a entender que los símbolos que emitimos (y en particular los símbolos que denotan relaciones) se enmarcan en un proceso de desambiguación, Es decir, de información. Es decir, de comunicación.

Naturalmente, no todos los conceptos son tan simples como las categorías. La mayoría de los conceptos son, en realidad, una combinación de categorías. Es decir, una supercategoría.

Imaginemos un ejemplo. Acabamos de acudir a la asociación de padres solteros de nuestra ciudad con la intención de afiliarnos. El recepcionista nos entrega amablemente un formulario, y nosotros nos disponemos a rellenarlo allí mismo. Entre tanto, a un lado del mostrador, vemos amontonados una pila de formularios iguales al nuestro, que otros afiliados han rellenado ya. ¿Podríamos considerar que nuestro formulario en blanco es una categoría y que aquellos otros, ya rellenados, son ejemplares de esa categoría? Podríamos. De hecho, nos bastaría con señalar uno cualquiera de ellos para 'desambiguar' inmediatamente el contenido del formulario en blanco.

Pero, en cuanto empezamos a rellenarlo, comprendemos que nuestro formulario es en realidad una combinación de diferentes categorías: Nombre, Edad, Dirección, Teléfono, Fecha… Utilizando la notación que acabamos de definir, podríamos representar el formulario en blanco mediante la expresión:

Formulario(x) = Nombre(n) · Edad(e) · Dirección(d) · Teléfono(t) … (3)

donde hemos utilizado el símbolo ‘·’ para representar el ‘pegamento’ que une todas estas categorías como elementos de los que se compone nuestro formulario.

Una vez rellenado, lo entregamos al recepcionista, que lo añade a la pila de solicitudes de inscripción. Si todos los datos que figuran en aquellas solicitudes son fidedignos, será imposible que haya dos formularios exactamente iguales. Es decir, no podrá haber dos formularios que contengan exactamente las mismas 'cualidades'. Por consiguiente, para referirnos a cualquiera de ellos podemos tomar como punto de partida el formulario en blanco para, a continuación, ir añadiendo, una a una, diferentes 'cualidades' –en el peor de los casos, todas-, hasta que la ambigüedad desaparezca:

Formulario(x) + Nombre(Luis López Smith)
Formulario(x) + Edad(42) + Profesión(pintor) + …

Si analizamos estas expresiones veremos que, en realidad, hemos utilizando el símbolo + en un sentido genérico. Realmente, lo que queríamos denotar mediante este símbolo es algo así como: "Toma el formulario en blanco, dirígete a la casilla que te voy a indicar a continuación, y rellénala con el dato que también te indicaré a continuación". Y es que para poder desambiguar un formulario necesitamos una instrucción que nos permita localizar una u otra de sus casillas antes de rellenarlas.

Es evidente que las instrucciones para localizar, por ejemplo, la casilla Edad no pueden ser las mismas que para localizar la casilla Nombre. Hay, pues, tantos casos particulares del símbolo + como casillas contiene nuestro formulario, y a cada uno de esos casos podemos asociar un único símbolo (r1, r2, r3, etc.) que relaciona la supercategoría Formulario(x) con cada una de las categorías que la componen. De hecho, el conjunto de esas relaciones es precisamente lo que define la estructura del formulario:

Formulario r1 Nombre
Formulario r2 Edad
Formulario r3 Profesión


Estas expresiones son unidimensionales pero, si las ensamblamos sobre la superficie de un papel, veremos que describen también una compleja red de relaciones. Ésta es precisamente la dualidad que permite al lenguaje transmitir información. Por una parte, necesitamos un 'paisaje' que congregue todos los elementos de información que vamos acumulando. Y, por otra parte, necesitamos ser capaces de localizar, con unas pocas instrucciones, cualquiera de esos elementos para agregarles nueva información (recordemos: dónde colocar nuevos ladrillos, y qué ladrillos colocar).

Topológicamente hablando, un formulario -es decir, un dibujo esquemático sobre una hoja de papel- no es otra cosa que una estructura en dos dimensiones. Al funcionario que lo tramite tal vez no le haga mucha gracia pero, si cuidamos de que las líneas del formulario no se fundan unas con otras ni se rompan, podemos deformar el dibujo tanto como queramos sin que nuestra representación del formulario pierda esencialmente validez: aquello que lo diferencia de cualquier otro formulario es, además de sus categorías, su estructura.

De este análisis se desprende que la expresión (3) no está suficientemente definida, ya que no nos permite saber, por ejemplo, si la casilla Nombre(x) está situada en la cabecera del formulario o en otro lugar diferente. Para describir un formulario necesitamos, además de un conjunto de categorías, un conjunto de instrucciones -visuales, táctiles o geométricas- que nos permita construir sin ambigüedad el formulario que tenemos en mente, o cualquier otro topológicamente idéntico a él. En otras palabras, necesitamos conocer la estructura del formulario.

Tenemos, pues, que ampliar la definición de una supercategoría F. La representaremos ahora en la forma:

F = C·C'·C''…(x, x, x, …)S (4)

donde S es la estructura de F (o, lo que es lo mismo, cualquier conjunto de instrucciones que nos permita construir F u otra supercategoría topológicamente idéntica a ella). Si desambiguamos ahora F mediante un ejemplar I de la categoría C'', obtendremos un 'formulario' un poco más específico que el formulario en blanco:

Nombre·Edad·Profesión(x, x, x, …)S + Edad(42) = Nombre·Edad·Profesión(x, 42, x, …)S

lo cual equivaldría a rellenar el dato 42 en la casilla Edad. En términos generales:

C'·C''·C'''…(x, x, x, …)S + C''(I) = C'·C''·C'''…(x, I, x, …)S

En otras palabras, cuando C'' es una de las categorías componentes de la supercategoría F(…, x, …)S, el ejemplar C''(I) desambigua F integrándose en ésta, y produce una expresión F(…, I, …)S menos genérica, es decir, más 'localizada'.

Hasta ahora hemos hablado únicamente de relaciones entre una supercategoría y las categorías que la componen. Sin embargo, podemos desambiguar también la supercategoría F utilizando categorías ‘extrínsecas’. Si suponemos, por ejemplo, que F es la categoría de todos los formularios rellenados por los afiliados a nuestra asociación, podríamos desambiguarla también escribiendo:

F + C1(arrugado)
F + C2(París)

Aquí, las categorías C1 y C2 son decididamente categorías ‘externas’ a F. Es evidente que, si a F le quitamos la casilla Edad, no podrá ser el mismo formulario que nosotros acabamos de firmar. Pero, si todas las casillas están en su sitio, no dejará de ser F por mucho que lo arruguemos o que lo traslademos de una ciudad a otra.

El símbolo + no representará ahora una relación entre F y una de sus categorías componentes, sino una relación entre F y una categoría que no pertenece a F. Por lo tanto, C no puede ya integrarse en la estructura de F.

Sin embargo, nada nos impide combinarla con F y construir, de ese modo, una nueva supercategoría:

F·C(x, París)S'

donde S' representará ahora la combinación de S con la estructura de la categoría C.

Hasta ahora hemos manejado únicamente estructuras asociadas a supercategorías. Es decir, estructuras complejas. Pero, ¿qué tipo de estructura tienen las categorías simples?

Me temo que la respuesta a esta pregunta se va a quedar para el próximo capítulo. La experiencia me ha demostrado que algunas comidas hay que digerirlas lentamente.

(Continuación)


martes, 4 de noviembre de 2008

Bulbos de tulipán


En sólo tres años (1634-1637), Holanda vivió un episodio de fe demoledor.

Todas las religiones tienen un componente de fe: Dios nos premiará o nos castigará según nos comportemos. Pero lo hará en un futuro imposible de verificar: el más allá. Tal vez por eso las religiones han sobrevivido tantos siglos: la fe que las sostiene es, por definición, una expectación constante. Un tantra yoga que estira interminablemente el ascenso a la cumbre y, al hacerlo, convierte un golpe de percepción en un estado.

Pero la fe de Holanda era a corto plazo. Se trataba, simplemente, de enriquecerse.

Los tulipanes llegaron a los Países Bajos en 1593. Eran un producto exótico que venía de Turquía. Un capricho caro. Cierto día, alguien descubrió entre sus tulipanes una variedad especialmente original: sus pétalos aparecían vistosamente flameados con manchas de colores. En realidad, aquellos tulipanes habían contraído una enfermedad benigna causada por un virus que afecta a especies vegetales tan diversas como el tabaco, la lechuga o la rosa: 'el virus del mosaico'.

Era un capricho dentro de otro capricho. El precio de los tulipanes 'flameados' subió, y los vendedores empezaron a ver en aquellas flores vistosas una oportunidad de enriquecerse. No sólo los vendedores. Al ver la rapidez con que subían los precios, muchos otros holandeses empezaron a comprar bulbos de tulipán. Parecía una buena inversión.

El empujón final vino con el invierno. Terminada la temporada de cultivo, había que acumular bulbos para la primavera, y en el mercado especulativo el preciado producto empezó a escasear. Los precios se dispararon. Ahora ya todo el país se lanzaba a una compra frenética del nuevo oro. Hasta los más prudentes dudaban. Se vendían casas y terrenos para comprar los codiciados bulbos, se invertían los ahorros de toda una vida. En un solo mes, el precio de un bulbo de tulipán se multiplicó por veinte. El mercado interior se quedaba pequeño. Ahora Holanda exportaría sus bulbos a otros países y en pocos años, tal vez, el nuevo imperio económico neerlandés dominaría el mundo. Los castillos de naipes crecían y crecían en la fantasía de los compradores. La fe se hizo endémica, y llegó un momento en que con un solo tulipán era posible comprar una casa.

Hasta que, un día, los más sensatos empezaron a sentirse incómodos con todo aquel dinero nominal que nadie quería convertir en moneda por temor a perderse la siguiente subida. Más valía pájaro en mano que ciento volando. Y empezaron a vender.

El aumento de los precios no era ya vertiginoso, y algunos empezaron a sentir miedo. Tal vez, al fin y al cabo, su riqueza no aumentaría eternamente. Más valía, pues, vender ahora, por lo que pudiera pasar. Pero el cambio de tendencia se convirtió en estampida. Cuantos más acudían a vender, más aprisa caía el valor de los tulipanes. Y pocos estaban ya dispuestos a comprar.

La realidad volvía a ser nítida, y muchos se dieron cuenta de que habían cambiado todas sus posesiones por un puñado de cebollas. De hecho, al final de la caída un bulbo de tulipán no valía en el mercado ni más ni menos que eso: una cebolla. De la mano del pánico venía la ruina.

Fue una ruina que se extendió por todo el país, y que afectó también no sólo a quienes habían sabido vender a tiempo, sino a los pocos que se habían resistido a creer en el milagro y habían preferido conservar sus bienes. La economía nacional se vino abajo, y la triste consecuencia de aquel espejismo fue… una depresión económica.

Lo cual parece sugerir que la fe no siempre es recomendable. Pero, ¿cuándo lo es? Es evidente que, en nuestro cerebro, la fe no está relacionada con el sentido crítico, y que las creencias de la masa influyen fuertemente en las convicciones personales. En mayor o menor medida, querámoslo o no, todos los seres humanos somos en parte persona, y en parte masa. Y, cuando nuestro entorno es un río poderoso que fluye en una dirección, nadar contra la corriente puede llegar a ser un calvario.

Galileo sabía mucho de esto, pero no fue el único. Stefan Zweig se opuso vehementemente a la primera guerra mundial para, seguidamente, ver desaparecer de su vida, uno a uno, a aquellos que hasta entonces había creído sus amigos. Y en Europa la sentencia 'Aristoteles dixit' tardó siglos en dejar de ser la demostración irrefutable de muchas teorías (falsas). El concepto de 'ateo' apareció en la Grecia clásica tarde, en el siglo V antes de nuestra era, y significa 'el que no cree'. Se supone, pues, que lo natural es creer.

Es cierto que, si nunca hubiera habido 'ovejas negras' que se negaran a comulgar con ruedas de molino, probablemente yo estaría ahora escribiendo esto con un trozo de sílex en las paredes de una cueva, pero también los rebeldes se han equivocado muchas veces. Goethe creyó haber refutado a Newton cuando lo único que estaba haciendo era un ridículo grotesco. Y el propio Newton, primer gran ariete que consiguió resquebrajar la temible fortaleza aristotélica, escribió muchas más páginas sobre alquimia que sobre óptica, teoría gravitatoria o análisis matemático juntas.

Vistas así las cosas, las convicciones de los seres humanos parecen moverse en un terreno mucho más pantanoso de lo que uno a primera vista creería. Contagiados sin querer de la fiebre posesiva de bulbos de tulipán, de la 'ola' humana que recorre las gradas de los estadios de football, de paradas militares que podrían preludiar incluso nuestra propia destrucción, de los gritos desaforados de parranderos borrachos que se creen los amos del mundo, o fascinados por una falsa intuición matemática, por las resonancias ocultas de la cábala, por códigos da Vinci o por relatos de extraterrestres, tal vez ninguno estamos libres de esa necesidad incomprensible que llamamos fe.

Tal vez por eso el sentido crítico, apasionado y absurdo cuando está movido por emociones pero inmutable y despiadado cuando -quizá por un golpe de suerte- coincide con la realidad, es una de las verdaderas marcas distintivas del verdadero ser humano.
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