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Charlas con nadie

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Cantando bajo la lluvia
De repente uno mira a su alrededor y se da cuenta de que el mundo, imperceptiblemente, ha ido cambiando hasta volverse grotesco y absurdo.
Y lo peor de todo: llueve.
Es mucho peor que un aguacero, o una tempestad. Es un túnel de lavado permanente. Llueve, y ni siquiera se nos había ocurrido ponernos impermeable. Llueve cuando encendemos el televisor, cuando nos conectamos a Internet. Llueve en las galerías de los centros comerciales y en los pasillos abarrotados de los bazares made in China, bajo la maraña de cámaras de circuito cerrado que acechan el paisaje urbano, en las noticias de la radio, en las bibliografías académicas. Diluvia en las pantallas de los teléfonos móviles, en las colas de los aeropuertos, en las carreteras repletas de vehículos y señales y controles, caen chuzos de punta en las calles llenas de perros, en las banalidades cotidianas, en las creencias irreflexivas empapadas de ideología. Llueve y llueve día y noche, hora tras hora y minuto tras minuto, dentro de mis fronteras y fuera de ellas, y con tal intensidad que cada día es más difícil distinguir las siluetas que nos rodean. Estamos en la era del ruido.
Panem, android et circenses
Hace ya tiempo que soy incapaz de creerme ninguna noticia, y hace más tiempo aún que siento que he perdido la libertad. Irremediablemente. Veo una película inteligente de cada cien. Hace poco era una de cada diez, y dentro de nada será una de cada mil, de cada millón. Y toda esta noria gigantesca que da vueltas vertiginosamente es hoy el sucedáneo de la libertad. Un tambor de lavadora. Un túnel de lavado.
Hace sólo unos años creía en las botellas con mensajes arrojadas al océano, pero ya nadie busca botellas con mensajes, y de cualquier modo los mensajes tampoco pueden exceder de 140 caracteres. Así, cualquier mentecato sin neuronas puede ahora añadir gotas a la tempestad, estrépito a la noria: ruido.
Un carnaval permanente
Cúbrase usted de tatuajes, envíe montañas de selfies, escriba jajaja. Regale porque ya es primavera. Culpabilícese por el cambio climático y tiemble frente al colesterol. Sea solidario, de palabra nada más, claro. Rechace la violencia machista, póngase casco hasta en la bicicleta y no olvide nunca el cinturón de seguridad. Compréndalo, es por su bien. Y beba litros de agua. Mineral, por supuesto; faltaría más.
Este es mi mundo hoy. Un mundo conformista en lo importante, de slogans en lo sectario. Un mundo de apariencias y tabúes, de espejos donde mirarse y de espejismos con que engañarse. Un universo sin horizontes, vaciado de dignidad, superficial y medroso. ¡Bienvenidos al carnaval! (en la cubierta del Titanic).
Las estatuas de sal nuncan da la espalda
Los dictadores del siglo XX fueron idealistas. Terrible error. Prometer la eternidad sin entender que el mundo se acabará mañana. La eternidad, naturalmente, acabó en tragedia, y desde entonces el mensaje que subyuga a las masas es: seguridad.
Ese es el mensaje. Pero está disfrazado. De libertad.
Un disfraz grotesco en un mundo de avestruces.
Pero a quién le podría importar. Hagamos lo que hagamos, el mundo siempre se acabará mañana.

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Palabras clave: acrítico, conformismo, grotesco, individualidad, manipulación
Unhappiness in a child accumulates because he sees no end to the dark tunnel. The thirteen weeks of a term might just as well be thirteen years.
Graham Greene
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Palabras clave: child, Greene, unhappiness
En el mes de agosto pasado, un grupo de astrónomos rusos detectó una señal de radio que, según ellos, podría haber sido emitida por seres inteligentes. El origen de la señal es un sistema estelar situado a unos 94 años-luz de nosotros. El único planeta detectado hasta ahora por aquellas latitudes, pequeño y ardiente, no parece muy apropiado para albergar geranios, jilgueros o delfines, y no digamos ya descendientes de Pitágoras. Sin embargo, nunca se sabe. Tal vez haya en sus proximidades otro planeta más fresquito con flores, piscinas y extraños laboratorios en los cuales criaturas de aspecto inimaginable se entretienen enviando mensajes hacia el espacio exterior.
Quién sabe. Ni siquiera los científicos rusos lo saben porque, para que su conjetura fuera cierta, tendrían que explicar de dónde han sacado aquellos científicos remotos la energía descomunal necesaria para enviarnos un mensaje que, hasta donde nosotros alcanzamos a entender, igual podría ser un tratado de álgebra que una receta de cocina.
Tal vez en el planeta aquel, si existe, las dimensiones son tan enormes que sus científicos necesitan la energía de un volcán o de un tsunami para cargar su teléfono móvil. O quizá su civilización es muchísimo más avanzada que la nuestra y se pasean por la calle con generadores de fusión nuclear en el bolsillo para encender cigarrillos balsámicos que emiten aroma de rosas en lugar de CO2.
Puestos a imaginar, todo es posible.
Pero -al menos razonando con nuestra limitada lógica terráquea- lo más probable es que un científico extraterrestre tuviera una tarde aburrida y estuviera enviándonos un crucigrama o una sopa de letras. En caso contrario, tendríamos que aceptar una larga lista de suposiciones difíciles de aceptar.
Por ejemplo, que los habitantes de aquel planeta tuvieran la paciencia y la expectativa de vida suficientes para esperar como mínimo 188 años (94 de ida y otros tantos de vuelta) hasta recibir nuestra respuesta. Y el grado de optimismo suficiente para creer que tanto sus mensajes como los nuestros serían inteligibles. De hecho, ni siquiera estamos seguros de que usen mensajes para comunicarse, de que su realidad esté basada en la vista o en el oído, o de que tengan el más mínimo interés en comunicarse con civilizaciones aficionadas a las guerras, el football o el hip hop.
Pero, una vez establecido que los extraterrestres no nos van a enviar recetas de aminoácidos en salsa de metano, nos queda el problema teórico que a los descreídos de las guerras, el football y el hip hop a veces nos hace meditar. A saber: ¿existiría algún tipo de mensaje que al menos algún extraterrestre pudiera descifrar?
Una iniciativa reciente, llamada Breakthrough Message, está ofreciendo un millón de dólares en premios a quienes propongan el tipo de mensaje más apto para enviar por esos mundos de Dios. Lo he tenido que leer varias veces para creerlo. La idea, desde luego, es teóricamente interesante, pero tropieza como mínimo con un par de obstáculos.
En primer lugar, ¿cuál será el criterio para determinar el mensaje más apropiado? Los únicos que podrían determinarlo serían los propios extraterrestres, y es dudoso que los patrocinadores consigan incluir por lo menos uno en el jurado. En segundo lugar, las bases del premio establecen que el mensaje deberá ser digital.
Eramos pocos, y parió la abuela.
Digital, ¿por qué? ¿Cómo demonios puede uno explicarle a un científico indescriptible que los ceros y unos hay que colocarlos así o asá para terminar construyendo una frase de Leon Tolstoi en ruso o la ecuación de una circunferencia? ¿Mediante ceros y unos? Es decir, ¿usando el cero y el uno para explicar cómo interpretar el cero y el uno? Tal vez los patrocinadores esperan milagros de los habitantes de Alfa Centauri.
Pero, incluso aunque estuvieran en lo cierto, lo más sensato sería enviar señales analógicas, no digitales. Lo cual sólo puede querer decir señales luminosas; es decir, imágenes. Y aun así, tendríamos que suponer que los extraterrestres poseen ojos, que su campo visual es uniforme (el de los pájaros o las moscas, por ejemplo, no lo es) y que sus ojos perciben un espectro de frecuencias similar al nuestro. Ninguna de las tres cosas es evidente.
Incluso aunque cumplieran esas condiciones, sus cerebros tendrían que ser capaces de interpretar las imágenes de la misma manera que nosotros. Los ciegos de nacimiento que, gracias a los avances de la medicina, han conseguido ver no han sido capaces de interpretar lo que veían, más allá de una acumulación de manchas de colores.
Pero para que nuestras imágenes fueran visibles a distancias medibles en años-luz, tendrían que estar enormemente aumentadas, quizá aprovechando el efecto de lentes gravitacionales existentes en el Universo. Naturalmente, no tenemos ni idea de cómo desarrollar una tecnología así, en comparación con la cual matar moscas a cañonazos sería un prodigio de eficacia. Claro que, si la tecnología extraterrestre estuviera realmente avanzada, ellos mismos podrían vernos con todo detalle sin necesidad de que nosotros aumentáramos nada.
Se me ocurre una última posibilidad, quizá la más imaginativa: enviar paquetes de señales algorítmicas que se activen en respuesta a determinadas interacciones. Por ejemplo, algoritmos que, en contacto con campos magnéticos o estructuras moleculares específicas, se conviertan en máquinas virtuales capaces de hacer visibles las imágenes deseadas. Tampoco tengo ni idea de cómo construir este tipo de mensajes y, para ser sincero, me trae sin cuidado. Por suerte, hay muchas otras cosas en la vida a las que dedicar provechosamente la atención.
Incluidos, por supuesto, los crucigramas y las sopas de letras.

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Palabras clave: astronomía, extraterrestres, formas de vida, mensajes

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Palabras clave: Beethoven, claro de luna, el barberillo de Lavapiés, ich habe genug

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Palabras clave: arena negra, cacao, cocodrilo, flor de papaya, volcán

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Palabras clave: Brexit, corrección política, democracia, inmigración, manipulación, mass media, referéndum
Hay en la Odisea un pasaje fascinante en el que Menelao, esposo de Helena de Troya, relata una de sus peripecias a Telémaco, el hijo de Odiseo que busca infatigablemente a su padre. Durante su regreso de la guerra de Troya, Menelao ha recalado en la isla de Faros, en la que habita un misterioso personaje llamado Proteo. Eidotea, la hija de Proteo, le ha asegurado que, si consigue capturar a su padre, este le revelará la causa de sus infortunios y la manera de conjurarlos para regresar a su hogar.
De modo que, cuando Proteo emerge de las aguas para conciliar el sueño rodeado de sus focas, Menelao emprende su captura. Pero Proteo es un dios prodigioso, que para esquivar a su perseguidor se transforma una y otra vez en las cosas más insospechables: un león, una serpiente, un leopardo, un cerdo, un árbol. Incluso en agua.
Creo recordar todavía los primeros dibujos que vi de VAG. Me los mostró él mismo. Eran una serie de grupos familiares, ataviados a una antigua usanza probablemente imaginada por él, aunque reminiscente de finales del siglo XIX. Estaban dibujados a tinta, y la silueta de las mujeres me recordaba vagamente a alguna de las Meninas de Velázquez.
Perseveró en aquellos temas durante algún tiempo, pero su estilo pronto derivó hacia otras figuras más surrealistas, que sorprendentemente alternaban con dibujos realistas de factura un tanto triste, como descuidada. Incluso le puse un nombre a aquel novedoso estilo, que yo interpretaba como una rebelión absurda frente a la belleza de la forma. Lo bauticé 'tosquismo'. Nunca me gustó el tosquismo de VAG, pero al mismo tiempo percibía en aquellos dibujos desolados una poderosa fuerza interior que tarde o temprano -yo no lo sabía entonces- terminaría saliendo a la luz.
Aquella fuerza interior se llamaba Proteo. Una noche, en Madrid, VAG me mostró los últimos óleos que había pintado, y entonces comprendí que el dios de la isla había salido por fin del océano y se había empezado a transformar.
Nunca se lo he dicho, pero siempre he intuido que toda la obra pictórica de VAG es una irreparable añoranza de sus primeros años en aquel pueblo suyo de la vera del Segura. Un pueblo muy singular, en el que coexisten pacíficamente vahos tropicales de oasis con pedregales despiadados, eternamente ignorados por la lluvia. Una especie de Islandia mediterránea capaz de generar pintamonas sin lustre o genios torturados.
El genio de VAG ha ido cobrando forma poco a poco, con el paso de los años. Junto a su proteica creatividad musical y didáctica ha discurrido siempre, lombriceante como un Guadiana, una atracción creciente hacia la expresión plástica, que no se ha manifestado sólo en dibujos, óleos o acuarelas, sino en un universo de experimentación infatigable. Desde aquel primer corto en super 8 hasta la programación en 3D, pasando por la animación, el comic, la fotografía o los botijos, pocos territorios visuales hay que VAG no haya explorado.
Tengo en mis paredes varios óleos suyos, todos ellos de estilos y trasfondos emocionales muy diversos. Y tendría más, muchos más. Pero necesitaría tantas paredes que prefiero refugiarme en una vieja ilusión, siempre incumplida por falta de medios materiales: habilitar un museo que recoja y realce debidamente toda su producción artística, hasta hoy lamentablemente alejada del foco de la 'cultura' oficial.
Porque VAG es mucho más que un ilustre hijo de su amada Archena, y también mucho más fácil de describir. VAG, sencillamente, es un genio.

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Palabras clave: burócrata, escurrir el bulto, político
El Freak supirenaico 1885BI nació a finales del siglo XIX en tierra de toros, caballos y señoritos. Su padre era secretario de juzgado, y su madre procedía de una familia de labradores de clase media. Parte de sus estudios los cursó en los escolapios. Como el lector estará empezando a observar, las congregaciones religiosas aparecen a menudo en las biografías de nuestros Freaks, por lo que no es de extrañar que muchos las vean como la mosca en la sopa del país subpirenaico.
Apenas estuvo en edad de ganarse el pan, el Freak 1885BI entró a trabajar como escribiente en el juzgado de su pueblo hasta que terminó la carrera de Derecho, que estudió con dudoso aprovechamiento (o con lamentables profesores), como en seguida veremos.
Sólo unos años después obtuvo por oposición una plaza de notario, que lo instaló de lleno en el selecto mundo de los señoritos subpirenaicos. La crème de la crème. Inmerso en tan fértil caldo de cultivo, probablemente no pudo evitar sentirse atraído por el prêt-à-porter de la moda ideológica que por entonces hacía furor en aquellas latitudes: el federalismo tribal.
A los 39 años emprendió una gira por el norte de Africa. En pocos meses, impresionado seguramente por los logros de aquella civilización tan superior a la suya, abrazó la religión musulmana y cambió su nombre de pila por otro en consonancia. Era un hombre nuevo. Su familia, pese a todo, se apresuró a negar tal conversión, atribuyendo al Freak 1885BI gran admiración por Santa Teresa y San Juan de la Cruz, y encareciéndolo como benefactor de un convento de religiosas.
Viajó después por otras regiones subpirenaicas para intercambiar impresiones -o quizá para intrigar- con ideólogos tribales como él, y colaboró en una revista de similar filiación. Pese a haberse presentado una y otra vez a las elecciones de la nación opresora con su programa tribalista, nunca llegó a obtener representación parlamentaria. Mortificado por tan pertinaz fracaso, exhumó la bandera de una taifa del siglo XI y compuso la letra del futuro himno de aquella tribu incontestable que, sin embargo, las urnas se empeñaban en ignorar.
Lastrado por su desconocimiento de la civilización transpirenaica, el Freak 1885BI estaba convencido de que el problema de aquel país de toros, caballos y señoritos era la distribución de las tierras. Como muchos intelectuales y revolucionarios antes -y después- que él, no parecía haberse enterado de que, en el transcurso de la Historia, el ingenio humano había hecho algo más que inventar la pala y el azadón.
Pero, como sucede siempre con los señoritos de izquierdas, había algo que no acababa de encajar en aquellas utopías justicieras: si los desposeídos dejaran de serlo, la clase alta -y en particular los notarios de provincias- afrontarían un futuro incierto. Los sirvientes podrían ponerse farrucos, los colectivistas les requisarían las calesas, y a lo peor hasta les cerraban el Casino. Entonces, ¿por qué perder tanto tiempo en metafísicas, siempre a vueltas con el tostón de las patrias? En resumen: ¿para qué podía querer el poder el Freak 1885BI?
Sólo se me ocurre una respuesta: para liquidar a los caciques de turno y colocar a los suyos.