Entrecruzan los
caminos dibujando zigzags. Merodean por los contornos de los restaurantes.
Agitan el césped a su paso bajo las ventanas y pueblan las cunetas de las carreteras. Al verte aparecer huyen, pero no tienen miedo de ti, porque saben que
son más rápidos y saben dónde esconderse en caso necesario. Ellos son lagartos,
y esto es la isla de Bioko, apenas a unos grados de latitud por encima del
ecuador.
En los días
claros -que en esta isla y en esta época son pocos-, se alcanza a divisar desde mi balcón una
mole imponente que se alza al otro lado del mar: Monte Camerún. Desde la ventana
opuesta, cuando no llueve, se puede ver también, mucho más cerca y cortejado
por jirones de bruma, el cuerpo macizo y oscuro del volcán que, miles o quizá
millones de años atrás, engendró esta isla desde las entrañas del océano. A la
caída del sol, cuando las espesas nubes lo permiten, el espectáculo es épico.
Según dicen,
Bioko era el nombre de uno de dos reyes que gobernaron esta isla. El otro se
llamaba Malabo, y es hoy el nombre de la capital que sus pobladores han
edificado en el norte de la costa. Han edificado y siguen edificando, porque
Malabo es hoy una ciudad muy extensa, en constante expansión, que de un extremo
a otro sólo es posible recorrer caminando si uno tiene vocación de peregrino.
Si uno no tiene
vehículo y no quiere caminar, siempre encontrará a mano un taxi para llegar a
donde desee. El servicio es colectivo, y el precio, hasta cierto punto,
negociable. Si el conductor se aviene a llevarte, irá distribuyendo a los
pasajeros a lo largo de un itinerario variable, en función de los que vaya
recogiendo. Los conductores son casi todos muchachos jóvenes, algunos
simpáticos y accesibles, otros herméticos e indiferentes.
Un ingrediente
que nunca faltará durante el recorrido es la música. Casi siempre música
africana, a veces con alguna concesión electrónica a la música europea, pero en
general más alegre y llevadera. El ritmo suave y persistente de la música
africana, el empuje del aire húmedo que entra por las ventanillas siempre
abiertas y un paisaje salpicado de bananos, ceibas y, a trechos, tramos urbanos
festoneados de abacerías, bares, tallercitos y viviendas humildes de una sola
planta procuran al viajero esa sensación de libertad que en Europa siempre tiene un gusto amargo: el de quienes, sin ser conscientes de ello, vivimos allí permanentemente militarizados.
El clima es
húmedo, pero la presencia casi constante de las nubes impide que el calor
llegue a ser sofocante. Hasta bien entrado el mediodía la temperatura es, por
lo general, casi perfecta. Y cuando digo el mediodía quiero decir exactamente
eso: las doce del mediodía. Aquí el sol sale y se pone siempre a la misma hora
y sigue siempre exactamente el mismo recorrido, vertical, de este a oeste,
hasta el punto de que, sólo mirando al sol, es imposible distinguir el norte
del sur.
Por la noche
rara vez he podido ver estrellas en el cielo, a excepción de Venus, que brilla
solitaria a la caída del sol, tan intensa como una linterna, muy arriba en la
bóveda celeste. El sol aquí marca como un reloj el devenir de la vida
cotidiana. De seis de la mañana a seis de la tarde todos los días, trescientos
sesenta y cinco días al año. Sin excepciones. Apenas amanece, la ciudad se pone
instantáneamente en marcha con su tráfico ronroneante, sus peatones de andar reposado,
sus puestecitos de bananas y plátanos y tomates y popó mango y yuca y malanga y, al rato, sus colegiales despreocupados, vestidos de vivos colores, camino
de la escuela.
En el extremo
sur de la isla, en la costa, hay un lugar que llaman Arena Blanca. La isla es
de origen volcánico, y en ella las playas de arena blanca son una excepción. El
centro de Arena Blanca es una playa como de un kilómetro de extensión, en el
borde mismo de la selva, salpicada de palmeras esbeltas y envuelta en un suave
y delicioso perfume de flor de papaya. Frente por frente de la orilla puede
verse una pequeña isla, deshabitada, y a su derecha un islote, ambos
desbordantes de vegetación. Por la parte derecha, culebreando desde la
espesura, asoma un arroyo rápido que viene a desaguar donde lamen las olas, por entre una formación de rocas dispersas en las que no encuentro ni rastro de
lapas, erizos o cangrejos. Cangrejos hay, pero están escondidos en estrechas
madrigueras que salpican a trechos la arena mojada, hondas y misteriosas.
La marea está
alta, y el océano en calma. En la parte izquierda, a lo largo de la playa, hay
un breve rosario de casitas de madera, aparentemente de pescadores. Uno de
ellos aparece junto a nosotros como por arte de magia, exhibiendo un manojo de
peces recién pescados que nos ofrece por un precio razonable. Después de un
breve regateo el conductor se los compra, pero le exige una bolsa de plástico
para poder llevarlos en el maletero. Cuando el pescador, a regañadientes,
retorna por fin con una bolsa negra desastrada, se la entrega, se despide amablemente y se
presenta: su nombre es Dionisio. “Cuando quiera comprar pescados, aquí me encontrará.
Pregunte por Big Johnny, de Arena Blanca”.
Mi conductor
parece dispuesto a hacerme visitar todos los poblados de la isla, pero yo le
pregunto si podría llevarme a alguna plantación de cacao. Media
hora despues, cuando menos me lo espero, se adentra de pronto en una cuesta
empinada, por una vereda angosta cuyo firme son dos franjas no más anchas que
una rueda de camión, y en cuyo centro la hierba crece hasta casi la altura de
las rodillas. Al cabo de uno o dos kilómetros de bananos, ceibas, cocoteros y
fronda de aspecto impenetrable, nos adentramos por fin en el primer bosque de
árboles de cacao.
Abro entonces todas las
ventanillas y me dejo invadir por el aire húmedo y fresco de la arboleda. Los
frutos, de tamaño mediano, compactos y ovalados, penden de los árboles,
amarillos o aún verdes o ya marrones, solitarios unos entre las ramas y otros
formando racimos verticales que descienden a lo largo del tronco como una
cremallera. No huele a cacao, y mucho menos a chocolate. Antes de llegar a ese
punto será preciso recolectar los ya maduros, extenderlos el tiempo necesario
sobre un secadero protegido de la lluvia y finalmente tostarlos y molerlos
antes de convertirlos en exquisitas tabletas sólidas... o en sabroso mole
líquido, si uno tiene debilidad por la cocina mexicana.
Ya de regreso,
siento aflojar la presión en mis oídos. Hemos subido a gran altitud. Al doblar
una curva entreveo en la distancia la superficie metálica del océano, tan lejos allá
abajo que casi da vértigo contemplarlo. Según nos acercamos al poblado nos
cruzamos con alguna que otra cuadrilla de recolectores, hombres y mujeres,
algunos de ellos niños con banastas cargadas de cacao en equilibrio estable
sobre sus cabezas. En el poblado, los habitantes -sobre todo las mujeres-
llevan puestas prendas de abrigo. Casi hace frío.
Mi avión de
regreso sale esta noche. Hago balance mentalmente de mi estancia aquí. No me ha
picado ni un solo mosquito, pero tampoco he podido ver muy de cerca ni un solo
lagarto. Quizá para desquitarme, he comido estofado de cocodrilo en un
restaurante del lugar. El cocodrilo estuvo varios días danzando arriba y abajo
por mi tracto digestivo, pero no hasta el punto de hacerme arrepentir de la
experiencia. He obsequiado y he sido obsequiado, todo lo generosamente que
permitía la economía de cada quién. Y he conocido de cerca las familias
africanas, con su sentido de la hospitalidad y sus laberínticos vínculos de
parentesco y sus relaciones de poligamia, y sus alegrías y tristezas, y las diferentes
melodías de sus formas de hablar.
Y justo ahora,
cuando ya sé que mi avión despegará a las once de esta misma noche, me entran unos
deseos irrefrenables de no regresar. De seguir camino y explorar otras
latitudes y climas y lenguas y costumbres, con mosquitos o sin ellos, en lechos
duros o blandos y con lluvias o sequías y gentes duras o amables o
indiferentes. No me engaño. Ya sé que eso no es necesariamente la libertad y, cuando llega a serlo, su precio es muy alto. Pero Europa, con sus palos con zanahoria, sus esclavos felices y sus pesadillas
pobladas de normas, consignas, señales de tráfico y caminos siempre trazados, es la más burda falsificación
de la libertad que ha perpetrado jamás la historia de la civilización.
Hasta pronto,
Africa.

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