Unhappiness in a child accumulates because he sees no end to the dark tunnel. The thirteen weeks of a term might just as well be thirteen years.
Graham Greene
domingo, 22 de enero de 2017
Childhood
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Palabras clave: child, Greene, unhappiness
sábado, 24 de diciembre de 2016
Extraterrestre
En el mes de agosto pasado, un grupo de astrónomos rusos detectó una señal de radio que, según ellos, podría haber sido emitida por seres inteligentes. El origen de la señal es un sistema estelar situado a unos 94 años-luz de nosotros. El único planeta detectado hasta ahora por aquellas latitudes, pequeño y ardiente, no parece muy apropiado para albergar geranios, jilgueros o delfines, y no digamos ya descendientes de Pitágoras. Sin embargo, nunca se sabe. Tal vez haya en sus proximidades otro planeta más fresquito con flores, piscinas y extraños laboratorios en los cuales criaturas de aspecto inimaginable se entretienen enviando mensajes hacia el espacio exterior.
Quién sabe. Ni siquiera los científicos rusos lo saben porque, para que su conjetura fuera cierta, tendrían que explicar de dónde han sacado aquellos científicos remotos la energía descomunal necesaria para enviarnos un mensaje que, hasta donde nosotros alcanzamos a entender, igual podría ser un tratado de álgebra que una receta de cocina.
Tal vez en el planeta aquel, si existe, las dimensiones son tan enormes que sus científicos necesitan la energía de un volcán o de un tsunami para cargar su teléfono móvil. O quizá su civilización es muchísimo más avanzada que la nuestra y se pasean por la calle con generadores de fusión nuclear en el bolsillo para encender cigarrillos balsámicos que emiten aroma de rosas en lugar de CO2.
Puestos a imaginar, todo es posible.
Pero -al menos razonando con nuestra limitada lógica terráquea- lo más probable es que un científico extraterrestre tuviera una tarde aburrida y estuviera enviándonos un crucigrama o una sopa de letras. En caso contrario, tendríamos que aceptar una larga lista de suposiciones difíciles de aceptar.
Por ejemplo, que los habitantes de aquel planeta tuvieran la paciencia y la expectativa de vida suficientes para esperar como mínimo 188 años (94 de ida y otros tantos de vuelta) hasta recibir nuestra respuesta. Y el grado de optimismo suficiente para creer que tanto sus mensajes como los nuestros serían inteligibles. De hecho, ni siquiera estamos seguros de que usen mensajes para comunicarse, de que su realidad esté basada en la vista o en el oído, o de que tengan el más mínimo interés en comunicarse con civilizaciones aficionadas a las guerras, el football o el hip hop.
Pero, una vez establecido que los extraterrestres no nos van a enviar recetas de aminoácidos en salsa de metano, nos queda el problema teórico que a los descreídos de las guerras, el football y el hip hop a veces nos hace meditar. A saber: ¿existiría algún tipo de mensaje que al menos algún extraterrestre pudiera descifrar?
Una iniciativa reciente, llamada Breakthrough Message, está ofreciendo un millón de dólares en premios a quienes propongan el tipo de mensaje más apto para enviar por esos mundos de Dios. Lo he tenido que leer varias veces para creerlo. La idea, desde luego, es teóricamente interesante, pero tropieza como mínimo con un par de obstáculos.
En primer lugar, ¿cuál será el criterio para determinar el mensaje más apropiado? Los únicos que podrían determinarlo serían los propios extraterrestres, y es dudoso que los patrocinadores consigan incluir por lo menos uno en el jurado. En segundo lugar, las bases del premio establecen que el mensaje deberá ser digital.
Eramos pocos, y parió la abuela.
Digital, ¿por qué? ¿Cómo demonios puede uno explicarle a un científico indescriptible que los ceros y unos hay que colocarlos así o asá para terminar construyendo una frase de Leon Tolstoi en ruso o la ecuación de una circunferencia? ¿Mediante ceros y unos? Es decir, ¿usando el cero y el uno para explicar cómo interpretar el cero y el uno? Tal vez los patrocinadores esperan milagros de los habitantes de Alfa Centauri.
Pero, incluso aunque estuvieran en lo cierto, lo más sensato sería enviar señales analógicas, no digitales. Lo cual sólo puede querer decir señales luminosas; es decir, imágenes. Y aun así, tendríamos que suponer que los extraterrestres poseen ojos, que su campo visual es uniforme (el de los pájaros o las moscas, por ejemplo, no lo es) y que sus ojos perciben un espectro de frecuencias similar al nuestro. Ninguna de las tres cosas es evidente.
Incluso aunque cumplieran esas condiciones, sus cerebros tendrían que ser capaces de interpretar las imágenes de la misma manera que nosotros. Los ciegos de nacimiento que, gracias a los avances de la medicina, han conseguido ver no han sido capaces de interpretar lo que veían, más allá de una acumulación de manchas de colores.
Pero para que nuestras imágenes fueran visibles a distancias medibles en años-luz, tendrían que estar enormemente aumentadas, quizá aprovechando el efecto de lentes gravitacionales existentes en el Universo. Naturalmente, no tenemos ni idea de cómo desarrollar una tecnología así, en comparación con la cual matar moscas a cañonazos sería un prodigio de eficacia. Claro que, si la tecnología extraterrestre estuviera realmente avanzada, ellos mismos podrían vernos con todo detalle sin necesidad de que nosotros aumentáramos nada.
Se me ocurre una última posibilidad, quizá la más imaginativa: enviar paquetes de señales algorítmicas que se activen en respuesta a determinadas interacciones. Por ejemplo, algoritmos que, en contacto con campos magnéticos o estructuras moleculares específicas, se conviertan en máquinas virtuales capaces de hacer visibles las imágenes deseadas. Tampoco tengo ni idea de cómo construir este tipo de mensajes y, para ser sincero, me trae sin cuidado. Por suerte, hay muchas otras cosas en la vida a las que dedicar provechosamente la atención.
Incluidos, por supuesto, los crucigramas y las sopas de letras.

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Palabras clave: astronomía, extraterrestres, formas de vida, mensajes
miércoles, 23 de noviembre de 2016
Ricky Mango y la música
Descubrir la música clásica
En mi época era muy trabajoso, porque los discos y los conciertos costaban caros. Ahora puedes escuchar gratis todo lo que quieras. Es todo un privilegio, y un enorme desperdicio si no lo aprovechas. En mis tiempos, YouTube habría sido no ya un sueño, sino más que una quimera.
Y ya no tengo un pequeño teclado, sino todo un Clavinova.

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Palabras clave: Beethoven, claro de luna, el barberillo de Lavapiés, ich habe genug
sábado, 5 de noviembre de 2016
Tierra de lagartos
En los días claros -que en esta isla y en esta época son pocos-, se alcanza a divisar desde mi balcón una mole imponente que se alza al otro lado del mar: Monte Camerún. Desde la ventana opuesta, cuando no llueve, se puede ver también, mucho más cerca y cortejado por jirones de bruma, el cuerpo macizo y oscuro del volcán que, miles o quizá millones de años atrás, engendró esta isla desde las entrañas del océano. A la caída del sol, cuando las espesas nubes lo permiten, el espectáculo es épico.
Según dicen, Bioko era el nombre de uno de dos reyes que gobernaron esta isla. El otro se llamaba Malabo, y es hoy el nombre de la capital que sus pobladores han edificado en el norte de la costa. Han edificado y siguen edificando, porque Malabo es hoy una ciudad muy extensa, en constante expansión, que de un extremo a otro sólo es posible recorrer caminando si uno tiene vocación de peregrino.
Si uno no tiene vehículo y no quiere caminar, siempre encontrará a mano un taxi para llegar a donde desee. El servicio es colectivo, y el precio, hasta cierto punto, negociable. Si el conductor se aviene a llevarte, irá distribuyendo a los pasajeros a lo largo de un itinerario variable, en función de los que vaya recogiendo. Los conductores son casi todos muchachos jóvenes, algunos simpáticos y accesibles, otros herméticos e indiferentes.
Un ingrediente que nunca faltará durante el recorrido es la música. Casi siempre música africana, a veces con alguna concesión electrónica a la música europea, pero en general más alegre y llevadera. El ritmo suave y persistente de la música africana, el empuje del aire húmedo que entra por las ventanillas siempre abiertas y un paisaje salpicado de bananos, ceibas y, a trechos, tramos urbanos festoneados de abacerías, bares, tallercitos y viviendas humildes de una sola planta procuran al viajero esa sensación de libertad que en Europa siempre tiene un gusto amargo: el de quienes, sin ser conscientes de ello, vivimos allí permanentemente militarizados.
El clima es húmedo, pero la presencia casi constante de las nubes impide que el calor llegue a ser sofocante. Hasta bien entrado el mediodía la temperatura es, por lo general, casi perfecta. Y cuando digo el mediodía quiero decir exactamente eso: las doce del mediodía. Aquí el sol sale y se pone siempre a la misma hora y sigue siempre exactamente el mismo recorrido, vertical, de este a oeste, hasta el punto de que, sólo mirando al sol, es imposible distinguir el norte del sur.
Por la noche rara vez he podido ver estrellas en el cielo, a excepción de Venus, que brilla solitaria a la caída del sol, tan intensa como una linterna, muy arriba en la bóveda celeste. El sol aquí marca como un reloj el devenir de la vida cotidiana. De seis de la mañana a seis de la tarde todos los días, trescientos sesenta y cinco días al año. Sin excepciones. Apenas amanece, la ciudad se pone instantáneamente en marcha con su tráfico ronroneante, sus peatones de andar reposado, sus puestecitos de bananas y plátanos y tomates y popó mango y yuca y malanga y, al rato, sus colegiales despreocupados, vestidos de vivos colores, camino de la escuela.
En el extremo sur de la isla, en la costa, hay un lugar que llaman Arena Blanca. La isla es de origen volcánico, y en ella las playas de arena blanca son una excepción. El centro de Arena Blanca es una playa como de un kilómetro de extensión, en el borde mismo de la selva, salpicada de palmeras esbeltas y envuelta en un suave y delicioso perfume de flor de papaya. Frente por frente de la orilla puede verse una pequeña isla, deshabitada, y a su derecha un islote, ambos desbordantes de vegetación. Por la parte derecha, culebreando desde la espesura, asoma un arroyo rápido que viene a desaguar donde lamen las olas, por entre una formación de rocas dispersas en las que no encuentro ni rastro de lapas, erizos o cangrejos. Cangrejos hay, pero están escondidos en estrechas madrigueras que salpican a trechos la arena mojada, hondas y misteriosas.
La marea está alta, y el océano en calma. En la parte izquierda, a lo largo de la playa, hay un breve rosario de casitas de madera, aparentemente de pescadores. Uno de ellos aparece junto a nosotros como por arte de magia, exhibiendo un manojo de peces recién pescados que nos ofrece por un precio razonable. Después de un breve regateo el conductor se los compra, pero le exige una bolsa de plástico para poder llevarlos en el maletero. Cuando el pescador, a regañadientes, retorna por fin con una bolsa negra desastrada, se la entrega, se despide amablemente y se presenta: su nombre es Dionisio. “Cuando quiera comprar pescados, aquí me encontrará. Pregunte por Big Johnny, de Arena Blanca”.
Mi conductor parece dispuesto a hacerme visitar todos los poblados de la isla, pero yo le pregunto si podría llevarme a alguna plantación de cacao. Media hora despues, cuando menos me lo espero, se adentra de pronto en una cuesta empinada, por una vereda angosta cuyo firme son dos franjas no más anchas que una rueda de camión, y en cuyo centro la hierba crece hasta casi la altura de las rodillas. Al cabo de uno o dos kilómetros de bananos, ceibas, cocoteros y fronda de aspecto impenetrable, nos adentramos por fin en el primer bosque de árboles de cacao.
Abro entonces todas las ventanillas y me dejo invadir por el aire húmedo y fresco de la arboleda. Los frutos, de tamaño mediano, compactos y ovalados, penden de los árboles, amarillos o aún verdes o ya marrones, solitarios unos entre las ramas y otros formando racimos verticales que descienden a lo largo del tronco como una cremallera. No huele a cacao, y mucho menos a chocolate. Antes de llegar a ese punto será preciso recolectar los ya maduros, extenderlos el tiempo necesario sobre un secadero protegido de la lluvia y finalmente tostarlos y molerlos antes de convertirlos en exquisitas tabletas sólidas... o en sabroso mole líquido, si uno tiene debilidad por la cocina mexicana.
Ya de regreso, siento aflojar la presión en mis oídos. Hemos subido a gran altitud. Al doblar una curva entreveo en la distancia la superficie metálica del océano, tan lejos allá abajo que casi da vértigo contemplarlo. Según nos acercamos al poblado nos cruzamos con alguna que otra cuadrilla de recolectores, hombres y mujeres, algunos de ellos niños con banastas cargadas de cacao en equilibrio estable sobre sus cabezas. En el poblado, los habitantes -sobre todo las mujeres- llevan puestas prendas de abrigo. Casi hace frío.
Mi avión de regreso sale esta noche. Hago balance mentalmente de mi estancia aquí. No me ha picado ni un solo mosquito, pero tampoco he podido ver muy de cerca ni un solo lagarto. Quizá para desquitarme, he comido estofado de cocodrilo en un restaurante del lugar. El cocodrilo estuvo varios días danzando arriba y abajo por mi tracto digestivo, pero no hasta el punto de hacerme arrepentir de la experiencia. He obsequiado y he sido obsequiado, todo lo generosamente que permitía la economía de cada quién. Y he conocido de cerca las familias africanas, con su sentido de la hospitalidad y sus laberínticos vínculos de parentesco y sus relaciones de poligamia, y sus alegrías y tristezas, y las diferentes melodías de sus formas de hablar.
Y justo ahora, cuando ya sé que mi avión despegará a las once de esta misma noche, me entran unos deseos irrefrenables de no regresar. De seguir camino y explorar otras latitudes y climas y lenguas y costumbres, con mosquitos o sin ellos, en lechos duros o blandos y con lluvias o sequías y gentes duras o amables o indiferentes. No me engaño. Ya sé que eso no es necesariamente la libertad y, cuando llega a serlo, su precio es muy alto. Pero Europa, con sus palos con zanahoria, sus esclavos felices y sus pesadillas pobladas de normas, consignas, señales de tráfico y caminos siempre trazados, es la más burda falsificación de la libertad que ha perpetrado jamás la historia de la civilización.

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Palabras clave: arena negra, cacao, cocodrilo, flor de papaya, volcán
miércoles, 12 de octubre de 2016
Grietas

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Palabras clave: Brexit, corrección política, democracia, inmigración, manipulación, mass media, referéndum
domingo, 18 de septiembre de 2016
Proteo, dios de Archena
Hay en la Odisea un pasaje fascinante en el que Menelao, esposo de Helena de Troya, relata una de sus peripecias a Telémaco, el hijo de Odiseo que busca infatigablemente a su padre. Durante su regreso de la guerra de Troya, Menelao ha recalado en la isla de Faros, en la que habita un misterioso personaje llamado Proteo. Eidotea, la hija de Proteo, le ha asegurado que, si consigue capturar a su padre, este le revelará la causa de sus infortunios y la manera de conjurarlos para regresar a su hogar.
De modo que, cuando Proteo emerge de las aguas para conciliar el sueño rodeado de sus focas, Menelao emprende su captura. Pero Proteo es un dios prodigioso, que para esquivar a su perseguidor se transforma una y otra vez en las cosas más insospechables: un león, una serpiente, un leopardo, un cerdo, un árbol. Incluso en agua.
Creo recordar todavía los primeros dibujos que vi de VAG. Me los mostró él mismo. Eran una serie de grupos familiares, ataviados a una antigua usanza probablemente imaginada por él, aunque reminiscente de finales del siglo XIX. Estaban dibujados a tinta, y la silueta de las mujeres me recordaba vagamente a alguna de las Meninas de Velázquez.
Perseveró en aquellos temas durante algún tiempo, pero su estilo pronto derivó hacia otras figuras más surrealistas, que sorprendentemente alternaban con dibujos realistas de factura un tanto triste, como descuidada. Incluso le puse un nombre a aquel novedoso estilo, que yo interpretaba como una rebelión absurda frente a la belleza de la forma. Lo bauticé 'tosquismo'. Nunca me gustó el tosquismo de VAG, pero al mismo tiempo percibía en aquellos dibujos desolados una poderosa fuerza interior que tarde o temprano -yo no lo sabía entonces- terminaría saliendo a la luz.
Aquella fuerza interior se llamaba Proteo. Una noche, en Madrid, VAG me mostró los últimos óleos que había pintado, y entonces comprendí que el dios de la isla había salido por fin del océano y se había empezado a transformar.
Nunca se lo he dicho, pero siempre he intuido que toda la obra pictórica de VAG es una irreparable añoranza de sus primeros años en aquel pueblo suyo de la vera del Segura. Un pueblo muy singular, en el que coexisten pacíficamente vahos tropicales de oasis con pedregales despiadados, eternamente ignorados por la lluvia. Una especie de Islandia mediterránea capaz de generar pintamonas sin lustre o genios torturados.
El genio de VAG ha ido cobrando forma poco a poco, con el paso de los años. Junto a su proteica creatividad musical y didáctica ha discurrido siempre, lombriceante como un Guadiana, una atracción creciente hacia la expresión plástica, que no se ha manifestado sólo en dibujos, óleos o acuarelas, sino en un universo de experimentación infatigable. Desde aquel primer corto en super 8 hasta la programación en 3D, pasando por la animación, el comic, la fotografía o los botijos, pocos territorios visuales hay que VAG no haya explorado.
Tengo en mis paredes varios óleos suyos, todos ellos de estilos y trasfondos emocionales muy diversos. Y tendría más, muchos más. Pero necesitaría tantas paredes que prefiero refugiarme en una vieja ilusión, siempre incumplida por falta de medios materiales: habilitar un museo que recoja y realce debidamente toda su producción artística, hasta hoy lamentablemente alejada del foco de la 'cultura' oficial.
Porque VAG es mucho más que un ilustre hijo de su amada Archena, y también mucho más fácil de describir. VAG, sencillamente, es un genio.

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miércoles, 14 de septiembre de 2016
Freaks subpirenaicos: 1955MR

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Palabras clave: burócrata, escurrir el bulto, político
sábado, 10 de septiembre de 2016
Freaks subpirenaicos: 1885BI
El Freak supirenaico 1885BI nació a finales del siglo XIX en tierra de toros, caballos y señoritos. Su padre era secretario de juzgado, y su madre procedía de una familia de labradores de clase media. Parte de sus estudios los cursó en los escolapios. Como el lector estará empezando a observar, las congregaciones religiosas aparecen a menudo en las biografías de nuestros Freaks, por lo que no es de extrañar que muchos las vean como la mosca en la sopa del país subpirenaico.
Apenas estuvo en edad de ganarse el pan, el Freak 1885BI entró a trabajar como escribiente en el juzgado de su pueblo hasta que terminó la carrera de Derecho, que estudió con dudoso aprovechamiento (o con lamentables profesores), como en seguida veremos.
Sólo unos años después obtuvo por oposición una plaza de notario, que lo instaló de lleno en el selecto mundo de los señoritos subpirenaicos. La crème de la crème. Inmerso en tan fértil caldo de cultivo, probablemente no pudo evitar sentirse atraído por el prêt-à-porter de la moda ideológica que por entonces hacía furor en aquellas latitudes: el federalismo tribal.
A los 39 años emprendió una gira por el norte de Africa. En pocos meses, impresionado seguramente por los logros de aquella civilización tan superior a la suya, abrazó la religión musulmana y cambió su nombre de pila por otro en consonancia. Era un hombre nuevo. Su familia, pese a todo, se apresuró a negar tal conversión, atribuyendo al Freak 1885BI gran admiración por Santa Teresa y San Juan de la Cruz, y encareciéndolo como benefactor de un convento de religiosas.
Viajó después por otras regiones subpirenaicas para intercambiar impresiones -o quizá para intrigar- con ideólogos tribales como él, y colaboró en una revista de similar filiación. Pese a haberse presentado una y otra vez a las elecciones de la nación opresora con su programa tribalista, nunca llegó a obtener representación parlamentaria. Mortificado por tan pertinaz fracaso, exhumó la bandera de una taifa del siglo XI y compuso la letra del futuro himno de aquella tribu incontestable que, sin embargo, las urnas se empeñaban en ignorar.
Lastrado por su desconocimiento de la civilización transpirenaica, el Freak 1885BI estaba convencido de que el problema de aquel país de toros, caballos y señoritos era la distribución de las tierras. Como muchos intelectuales y revolucionarios antes -y después- que él, no parecía haberse enterado de que, en el transcurso de la Historia, el ingenio humano había hecho algo más que inventar la pala y el azadón.
Pero, como sucede siempre con los señoritos de izquierdas, había algo que no acababa de encajar en aquellas utopías justicieras: si los desposeídos dejaran de serlo, la clase alta -y en particular los notarios de provincias- afrontarían un futuro incierto. Los sirvientes podrían ponerse farrucos, los colectivistas les requisarían las calesas, y a lo peor hasta les cerraban el Casino. Entonces, ¿por qué perder tanto tiempo en metafísicas, siempre a vueltas con el tostón de las patrias? En resumen: ¿para qué podía querer el poder el Freak 1885BI?
Sólo se me ocurre una respuesta: para liquidar a los caciques de turno y colocar a los suyos.
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Aleppo
Hace un par de días, el gobernador de Nuevo México, Gary Johnson, candidato libertario a la presidencia de USA, acudió a una entrevista en los estudios de la NBC. En el transcurso de la entrevista, uno de los periodistas -probablemente con ambigüedad calculada- preguntó a Johnson: "¿Qué haría usted en relación con Aleppo?", a lo que el candidato repuso cándidamente "¿Y qué es Aleppo?"
Posteriormente, Johnson justificó el patinazo diciendo que en un primer momento había pensado en unas siglas. Sin embargo, si observamos el vídeo de la entrevista, veremos que la expresión facial de Johnson siguió en blanco mientras el entrevistador le explicaba que Aleppo estaba en Siria, y sólo salió de la inopia cuando el periodista añadió que Aleppo era "el epicentro de la crisis de refugiados".
Los periodistas americanos son monstruos desalmados capaces de vender a su abuela para trepar media pulgada en el organigrama, pero saben hacer su trabajo. De modo que el entrevistador no desaprovechó el flanco que acababa de quedar al descubierto y atacó: "¿Tan poca importancia le merecen los conflictos internacionales a alguien que quiere ser presidente de los Estados Unidos?" Como buen político, Johnson se salió en seguida por la tangente, pero su respuesta era ya irrelevante, porque la carga de profundidad era la pregunta, y la pregunta había sido lanzada.
Gary Johnson no ha sido el único político americano que ha dejado en evidencia sus limitaciones. En 2011, también durante una entrevista, el candidato a las primarias Rick Perry empezó a enumerar los tres ministerios que suprimiría si llegara a ser elegido presidente. A saber: Comercio, Educación, y... hum..., esto..., a ver..., vaya, lo tengo en la punta de la lengua...
En 2008, la entrevistadora Katie Couric preguntó a Sarah Palin, candidata a vicepresidente en aquellas elecciones, qué periódicos leía para para mantenerse informada y para entender lo que sucedía en el mundo. Sin mover un músculo innecesario de la cara, Palin respondió: "La mayoría de ellos... ¡Todos...!" La periodista insistió: "Nómbreme alguno". Pero la entrevistada no especificó. "Tengo una inmensa variedad de fuentes de noticias", aseguró. Y a continuación, como era de esperar tratándose de un político, se fue por las ramas: "No vaya a creer que Alaska es un país lejano. Aquí estamos al corriente de todo..."
Mucho más hilarante (en realidad, patética) fue la metedura de pata de Joe Biden ese mismo año con la misma periodista. "Cuando la Bolsa se desplomó", afirmó Biden, refiriéndose al crack de 1929, "el presidente Roosevelt salió por televisión y...". Sólo que en 1929 Roosevelt todavía no era presidente de los Estados Unidos, y la televisión... ni siquiera había sido inventada.
En 1992, el vicepresidente Dan Quayle corrigió públicamente a un estudiante la grafía de la palabra 'potato' [patata], asegurándole cariñosamente que "le faltaba una letra al final". Pero lo cierto es que 'potatoe' no el singular de 'potato', sino el resultado de quitarle una s al plural 'potatoes'. Lo que Quayle estaba sugiriendo era algo así como decir 'el amoto' o 'el arradio' en español ¿Cuantos libros o periódicos (¡o comics!) podemos suponer que había leído el Sr. Quayle cuando se permitió corregir a aquel estudiante?
El blindaje verbal de los políticos (lo que entre nosotros llamamos 'cara dura') es proverbial, pero a veces pequeños detalles como éstos nos revelan la verdadera dimensión de tales personas, la mayoría de ellas vacías de cultura, de principios y de convicciones. Si alguna vez la política tuvo un componente moral, hace mucho tiempo que lo perdió. Los políticos de hoy son, simplemente, vividores a cuenta de la Administración.
Pero no nos pongamos estupendos. La democracia es representativa, en el sentido más lato de la palabra. ¿Cuántos ciudadanos consideran hoy que la cultura es un valor? Hasta hace muy poco tiempo lo ha sido, pero ahora las tornas han cambiado. Lo que importa hoy es el cultivo del cuerpo, no de la mente. Era el ideal de las juventudes hitlerianas y, como en los tiempos del nazismo, también hoy este nuevo modelo de ciudadano es el resultado de un adoctrinamiento concienzudo.
No estoy hablando por hablar, pero nos adentramos en un tema mucho más amplio, que me reservaré para otro día.

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Palabras clave: ignorante, incompetente, político
viernes, 26 de agosto de 2016
Freaks subpirenaicos: 1865SA
