domingo, 29 de junio de 2014

Los imbéciles felices

En realidad, el título de la canción es La ballade des gens qui sont nés quelque part. Cualquier día es bueno para acordarnos de los que han nacido en algún sitio. La canción de Brassens decía:

Es cierto, son agradables todos esos pueblitos,
esos burgos, aldeas, lugares y ciudades,
con sus altos castillos, sus iglesias, sus playas.
Tienen sólo un defecto, y es que están habitados,
y es que están habitados por personas que miran
al resto con desprecio desde allá en sus murallas,
la raza de los calvinos, de los que llevan escarapela,
los imbéciles felices que han nacido en algún sitio.

Malditos sean esos hijos de su madre patria
empalados de una vez por todas en su campanario,
que os muestran sus torres, sus museos, su alcaldía,
que os hacen ver terruño hasta bizquear.
Ya sean de Paris, de Roma o de Sète,
o de la quinta porra, o de Zanzíbar,
o incluso de Villaculos, se enorgullecen, canastos,
los imbéciles felices que han nacido en algún sitio.

La arena en que, hogareños, sus avestruces
entierran la cabeza, más fina no la hay,
y el aire que utilizan para inflar sus andorgas,
sus pompas de jabón, es un soplo divino.
Ved cómo, poco a poco, se les va subiendo el pavo
hasta pensar que la bosta que sueltan sus caballos,
aunque sean de madera, es la envidia del mundo,
los imbéciles felices que han nacido en algún sitio.

No es un lugar común el de su nacimiento,
sufren de corazón por esos infelices,
esos patosos nimios que no tuvieron la presencia,
la presencia de ánimo de nacer entre los suyos.
Cuando tocan a rebato en su precaria felicidad
contra los extranjeros más o menos bárbaros,
salen de su agujero para morir en la guerra,
los imbéciles felices que han nacido en algún sitio. 

Dios, cuánto mejoraría la tierra de los hombres
si no hubiese ni rastro de esa raza incongruente,
de esa raza importuna que medra por doquier:
la raza del terruño, de los apegados a su tierra.
Qué bella sería la vida en toda circunstancia
si no hubieseis sacado de la nada a esos lelos,
prueba tal vez cabal de vuestra inexistencia:
los imbéciles felices que han nacido en algún sitio.

(Traducción: Ricky Mango)

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miércoles, 25 de junio de 2014

La dictadura del software

El otro día me topé en un sitio web con una tira cómica muy enjundiosa. En la primera de sus dos viñetas, una persona se dirige a su teléfono móvil con ademán tiránico:

'¡Muéstrame mis correos electrónicos!
'¡Navégame hasta la casa de Juan!
'¡Quiero ver las noticias!'
'¡Envía esta foto a Lolita!'

Pero, en la segunda viñeta, descubrimos que también el teléfono le imparte órdenes a él:

'¡Cárgame!'
'¡Búscame una wifi! ¡Rápido!'
'¡Hazme un backup!'
'¡Responde a esta llamada!'

Etcétera. Lo que nos hace sonreír es descubrir que los teléfonos móviles no son tan esclavos nuestros como fantaseamos. Naturalmente, el dibujante de la tira cómica exagera. Todas esas obligaciones que nos ha creado el teléfono móvil son, en parte, el precio que hay que pagar por todo lo que nos permite hacer.

Siempre que lo necesitemos, claro. Si no necesitamos estar en contacto permanente con nuestra cuñada, sus amigas, sus hijos, los nuestros y aquel rapero tatuado que ha visto la foto de una amiga de nuestra sobrina, incluso un teléfono de un euro nos parecerá demasiado caro. Pero, aunque ese no sea nuestro caso, ¿necesitamos realmente un teléfono móvil?

El humo ciega tus ojos

Supongamos que compramos un teléfono que, cada vez que tocamos el iconito aquel en su pantalla, nos administra una dosis de cocaína nebulizada. Parece que la cosa es agradable, así que cuando se nos pasa el efecto volvemos a tocar el iconito. Zas. Otra dosis de nebulizador. Más que agradable, resulta que la cosa engancha. (Por supuesto, nuestra factura de teléfono aumenta en consonancia).

Al cabo de no mucho tiempo, parece evidente que necesitaremos nuestro teléfono móvil. Como el fabricante ha vendido millones de ejemplares, podemos felicitarnos. No sólo formamos parte de la sociedad, sino que además ¡estamos en la moda!

Los fabricantes de teléfonos están sometidos a la ley y, por lo tanto, ni se les pasa por la cabeza vender un modelo que los llevaría directamente a prisión, pero nuestro teléfono imaginario retrata vívidamente el comportamiento de muchas personas con su smartphone. Sí: es adictivo.

Fregar platos y montar en bicicleta

La adicción no es necesariamente perniciosa. Todos somos adictos a comer tres veces al día y a vestirnos para relacionarnos con (la mayoría de) nuestros semejantes. Lo que a mí me inquieta de la adicción a los teléfonos móviles es otra cosa. Mucho más abstracta.

Los primeros PCs u ordenadores tenían también algo de adictivo, pero era una adicción diferente. El placer de habérselas frente a una pantalla de fósforo verde radicaba en las posibilidades que ofrecía de multiplicar nuestro cerebro. Delegando en el computer las farragosas tareas de guardar y mantener datos, liberábamos nuestra mente para menesteres más nobles. Algo así como cocinar sin tener que fregar los platos. Al principio, el lenguaje de nuestros PCs era un tanto difícil de aprender pero, una vez aprendido, compensaba con creces nuestro esfuerzo. Algo así como aprender a montar en bicicleta.

Cuando por fin conseguíamos comunicarnos con nuestro PC, descubríamos una estructura de datos lógica y coherente, a la que nos adaptábamos sin dificultad y en la que íbamos integrando nuestros datos más o menos como estaban organizados en nuestro pensamiento. Pero esa era sólo una cara de los PCs. La otra eran los juegos. Y, desde los años 90, Internet.

Por los mares del Sur

Vayamos por partes. Los juegos de software son adictivos no porque potencien las funciones nobles de nuestro cerebro, sino porque tienen la estructura de las novelas de aventuras. He dicho la estructura. Sus personajes son mucho más pobres que en las novelas, pero la raspa de las novelas de aventuras es esencialmente un videojuego: el protagonista supera una serie de dificultades imprevistas para rescatar a su amada, conseguir un tesoro, destruir a todos sus enemigos o alcanzar una meta.

Algunas novelas de aventuras son atractivas también por la psicología de sus personajes, pero el atractivo de los videojuegos es mucho más inmediato y mucho más condensado y, por lo tanto, probablemente genera muchas más endorfinas. Tal vez no es casualidad que el auge de los videojuegos haya ido en paralelo con la desalfabetización de las nuevas generaciones.

Por otra parte, la aparición de Internet ha multiplicado masivamente la conectividad entre los seres humanos. Al principio había que tener un PC para acceder a Internet, pero pronto se vio que la mayoría de los usuarios de Internet no tenían ninguna necesidad de usar bases de datos, procesadores de texto ni cosas parecidas. Querían, simplemente, intercambiar información a un nivel muy elemental, y para eso la estructura de archivos de los PCs les venía enormemente grande. Tan grande como el propio PC, que con dificultad cabía en una maleta, y no digamos ya en un bolsillo.

Angelitos en la Nube

Al aparecer los smartphones, los PCs quedaron poco a poco relegados a quienes necesitaban estructuras de datos y herramientas para procesarlos: básicamente, profesionales. Pero muchos fabricantes de PCs no supieron subirse a tiempo al tren de los smartphones y empezaron a perder dinero. Por otra parte, los dispositivos de memoria eran cada vez más baratos y la velocidad de acceso a Internet aumentaba rápidamente. Se llegó así a un punto en que las funciones de almacenamiento y procesamiento de datos podían residir en la Red, y los usuarios quedaban liberados de muchas operaciones para las que hasta entonces habían necesitado un PC.

Estaba claro que una parte sustancial de los antiguos PCs empezaba a ser innecesaria. En la práctica, bastaba con tener un buen acceso a Internet, un procesador potente y una pantalla de tamaño suficiente para introducir datos y examinar resultados. Con una diferencia esencial: la estructura de los datos no la decidía ya el usuario, sino que ahora la proporcionaba el proveedor.

Un vuelco tan radical y tan rápido como el de los smartphones ha puesto a los fabricantes de PCs en una situación difícil. Convertir los barrocos PCs en simples procesadores con pantalla implicará probablemente una transformación dolorosa de las empresas fabricantes, y posiblemente su desaparición, ya que conectando un smartphone a una pantalla grande se puede conseguir exactamente el mismo resultado. De ahí el intento desesperado de algunos fabricantes de software (sí, me estoy refiriendo a Windows 8) por incorporar el lenguaje de los teléfonos móviles a sus programas. Adaptarse o morir. O adaptarse y, después, de todos modos, morir.

De modo que la estructura de los juegos, los lenguajes de pantalla pequeña y los proveedores de datos en línea han arrinconado a los primitivos PCs. ¿Qué consecuencias tienen esas tres novedades? Muchas. Y todas ellas deletéreas.

El mordisco del cocodrilo

Los usuarios de videojuegos son individuos libres, pero los videojuegos son algorítmicos. Un algoritmo es una serie de pasos que uno da siguiendo unas instrucciones. Cabe sospechar que el comportamiento de los animales irracionales es abrumadoramente algorítmico, pero también los seres humanos obedecemos algoritmos desde tiempos inmemoriales. Desde los antiguos senderos para atravesar el bosque hasta el enlatado de atún a que lo someten a uno en cuanto entra a un aeropuerto, una buena parte de nuestro comportamiento cotidiano es y ha sido siempre algorítmico.

No nos alarmemos todavía. Las novelas de aventuras tienen también una estructura algorítmica. Cuando el protagonista se encuentra con los malos, los vence, cuando se tiene que enfrentar a un temporal, lo capea, y cuando se estropea la hélice del barco en el que huye de los piratas, la repara. Al final, la amada se arroja en sus brazos y el algoritmo se termina. Fin.

Pero las novelas de aventuras están hechas para disfrutar, no para razonar. La realidad que describen no tiene estructura. No hay ninguna relación mínimamente compleja entre la granada que alguien tira a tu barco y el cocodrilo que se intenta comer tu pierna. Son cosas que suceden porque sí. Naipes que el escritor se va sacando de la manga.

Despacito y buena letra

También la vida es un algoritmo, como saben perfectamente las hormigas, las pirañas y los aficionados al football. Pero en el algoritmo de la vida real es conveniente pensar, a veces mucho, para sobrevivir. Hay que saber encontrar relaciones entre las cosas, porque si no lo hacemos nadie nos va a regalar los recursos de Indiana Jones, la varita del mago de Oz ni los misiles de la tecla Ctrl-J para matar extraterrestres. ¿O eso era antes?

Es tentador pensar que sí. Pero la conversión del ser humano en un animal algorítmico sólo es posible en sociedades hiperprotegidas, en las que el Estado asume nuestros riesgos y nos libera de esa fatigosa manía de pensar. Cada vez más, basta con obedecer el color de los semáforos, las indicaciones del navegador GPS, las flechas en las paredes del museo, las instrucciones de la empresa... y, por supuesto, las leyes.

Las leyes -los algoritmos en general- son uno de los dos elementos básicos que utiliza el poder para perdurar. El otro elemento es la ideología.

Una ideología es una estructura de ideas que justifica unas leyes. Todas las religiones tienen su ideología, y todas las dictaduras, y hasta todos los ministerios de hacienda. Incluso las personas tienen ideología. Pero, aunque una mayoría de la población probablemente opta por lo más cómodo y adopta ideas prefabricadas, todos tenemos -al menos en teoría- la libertad de estructurar nuestras ideas como más nos plazca. ¿O eso era antes?

No lo sé. Y no sé durante cuanto tiempo todavía tendremos libertad para razonar como seres individuales. En la Historia el poder ha cambiado muchas veces de manos, y no hay por qué pensar que no va a volver a suceder. Quizá ni ellos mismos lo sepan, pero los creadores de algoritmos y de estructuras de datos -los amos del software- tienen hoy en sus manos una escalera perfecta para ascender los peldaños del poder. Hasta la cima. ¿Terminarán usándola?


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viernes, 16 de mayo de 2014

La nueva generación

Domingo. En Internet he encontrado un sitio web que me intriga. Se trata de una asociación de "educadores de museos". No sabía que hubiera museos necesitados de educación. Incluso suponiendo que quieran decir 'educadores de museo', en singular, es difícil imaginar en qué puede consistir esa profesión, teniendo en cuenta que tan sesudos educadores ni siquiera saben usar su propio idioma.

El nombre de esa sorprendente profesión me recuerda un nuevo producto que estoy viendo desde hace algún tiempo en los supermercados: "tacos de bacalaos". Así, en plural. Ya se imagina uno que todos los tacos del envoltorio no provienen necesariamente del mismo bacalao, pero ¿realmente es necesario aclararlo? ¿O el problema es más bien la incapacidad de abstraer? Al paso que va esto, el día menos pensado me encuentro con los grandes almacenes llenos de relojes de paredes, libros de bolsillos, prendas de veranos, cubiertos de cocinas, bolsos de manos y lindezas por el estilo (¿lindezas por los estilos?).

El caso es que, créanselo o no, todos esos 'educadores' son titulados universitarios, según averiguo en las páginas de la propia asociación. Como mi curiosidad no se sacia, sigo investigando. En la página 'Objetivos' leo que los fundadores fueron un grupo de estudiantes "avalados" por profesores universitarios. ¿Avalados? ¿El objetivo de la asociación es suscribir una hipoteca? A renglón seguido, averiguo que los estudiantes pertenecen a la "onceava edición del posgrado en Educación artística". No nos explican cómo hicieron esos estudiantes para aprobar, no ya una carrera universitaria, sino simplemente el bachillerato, teniendo en cuenta que confunden la 'onceava edición' con la undécima promoción. Pero, a estas alturas, creo que estoy ya preparado para todo (craso error, como veremos). De modo que sigo leyendo:

"El porqué de la creación de esta sociedad, responde a varios factores. El primer factor, alega a la sencilla necesidad de unión..."

Espero sinceramente que a estos 'educadores' profesionales no les dejen enseñar gramática, ni en los museos ni en la boca del metro, al menos hasta que aprendan a redactar, a colocar las comas en su sitio y a distinguir entre 'alegar' y 'apelar'. El resto de la página es igual de deprimente, de modo que paso a la sección de "Actividades".

Y aquí viene el pasmo final. Las dos actividades más recientes han consistido en... pero mejor reproduzco literalmente lo que me he encontrado:

"Propuestas de intervención de los proyectos expositivos desde la perspectiva de la educación artística, todo esto, en colaboración con los mismos creadores".

Olvidémonos por un momento de esas comas dejadas caer a la buena de Dios: ¿qué demonios significa esta frase? No nos lo aclaran. Pero sí nos regalan algunos ejemplos de cómo hay que explicar las cosas a los alumnos para que las entiendan con claridad meridiana. Selecciono el primero de todos:

"Lavoisier comprobó la naturaleza oxidativa del proceso respiratorio, esto es, determinó que el 'oxígeno' es la sustancia presente en el aire, responsable de la combustión que se da en la respiración". Tremenda responsabilidad, la del pobre oxígeno. Pero, minucias aparte, ¡por fin he comprendido lo que es la respiración! Gracias, gracias, clarividentes educadores de museos.

Otra de las actividades de que se jacta la asociación consistía en una exposición... de recetas médicas, bajo el enigmático nombre de "Talleres Caligrafías de la Enfermedad". Como complemento de tan didáctica exposición, proponían resolver una sopa de letras y, a continuación, invitaban al público a ponerse una bata blanca y pasar una consulta imaginaria. Cosa que debía de resultar facilísima, gracias al bagaje de conocimientos recién adquiridos en la propia exposición.

Me pongo al habla con su presidenta, que me explica la elevada misión de los 'educadores de museos' con un batiburrillo de ideas inconexas, todas incomprensibles, pero convenientemente aderezadas con palabras tan tremendas como 'empoderamiento' o 'dinamización'. Así que ya lo saben ustedes: si alguna vez acuden a un museo y quieren ser dinamizados, no hay nada más fácil: acérquense a la ventanilla de información y pregunten por 'el educador'.

Miércoles. En la Facultad de Filología hay un ciclo de cine temático. Este mes el tema será la obra de Shakespeare. Antes de proyectarnos una película soporífera de Akira Kurosawa, uno de los organizadores se sube a la tarima y nos hace la presentación. La primera vez que le oigo referirse a las "novelas" de William Shakespeare doy un respingo. Seguramente me he quedado traspuesto y he oído mal. Pero presto más atención y, sí, el orador repite no una, sino varias veces que la película está basada en una de las "novelas de Shakespeare", concretamente 'Macbeth'. Dudo entre echarme a reír o a llorar. A mitad de la película, desmoralizado, abandono la sala. La depresión me durará hasta el viernes.

Viernes. A falta de otra cosa, encuentro en la tele una película que parece entretenida. Pero a medida que avanza la historia el guión se va cayendo a pedazos. Desde hace algunos años, muchas películas no pertenecen ya al género dramático, sino al género 'videojuego'. El videojuego es una trama en la que las cosas suceden porque sí y los personajes tienen la profundidad psicológica de una ameba. En la escena culminante de la película, el protagonista entra a rescatar a su amada de un incendio pavoroso y, en mitad de las llamas, exclama: "¡Tenemos que salir de aquí!" Ni Truman Capote habría escrito una frase tan memorable.

Vienen pegando fuerte. Son la generación que dentro de poco nos va a reemplazar. Que Zeus nos pille a todos confesados.

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jueves, 1 de mayo de 2014

La paradoja de Russell

La teoría de conjuntos aspira a sentar unas bases inamovibles para las matemáticas pero, paradójicamente, lo hace basándose en varios conceptos que no define. Los más llamativos son el concepto de conjunto y los cuantificadores 'para todo' y 'existe un'. En concreto, la definición intensiva de conjunto depende crucialmente del cuantificador 'para todo', pero nadie lo define en términos objetivos. Implícitamente, se supone que los cuantificadores lógicos son ‘primitivas’, es decir, conceptos elementales e irreducibles en los que todos estamos de acuerdo. Me parece mucho suponer, sobre todo si lo que se quiere es sentar las bases de las matemáticas.

La existencia de primitivas, como tal, parece irrefutable. Los diccionarios en realidad son circulares. Describen taxonómicamente conceptos, pero no permiten identificar nada que el lector no conozca de antemano. Una motocicleta, ciertamente, es un vehículo. Un vehículo es un objeto físico que sirve para desplazarse. Desplazarse es cambiar de lugar a lo largo del tiempo. Si el lector no tiene una idea previa de lo que es un objeto, un lugar y el tiempo, nunca podrá construir el concepto de ‘motocicleta’, y perderá el tiempo buscando esas tres palabras en el diccionario, porque cada una de ellas terminará remitiéndose a sí misma.

Me parece pues evidente que las primitivas tienen que ser conceptos que no podemos describir con palabras, sino mediante otro sistema de referencia que esté en la esencia misma de nuestras percepciones sensoriales. Por ejemplo, la imposibilidad de transformar una taza con asa en una bola de billar es incontrovertible, al menos en la geometría euclídea, y genera dos categorías de objetos físicos inequívocamente diferenciados: los que son transformables en una taza con asa y los que son transformables en una bola de billar. Entendidos en ese sentido, yo no tendría inconveniente en usar los conceptos taza-con-asa y bola-de-billar como primitivas, al menos mientras nadie consiga transformar una en la otra.

Tratemos de profundizar en el significado de los cuantificadores. La expresión "para todo x" implica la posibilidad de escoger sin restricciones, mientras que "existe un x" designa el resultado de una selección. Solemos expresar el cuantificador universal 'para todo' mediante las expresiones "para todo x" o "sea cual sea x" pero, al hacerlo, estamos aceptando implícitamente que las definiciones extensiva e intensiva de un conjunto coinciden, lo cual es debatible.

Si decimos "ayer vi un gato", estamos refiriéndonos a algo inequívocamente localizable en el espacio y en el tiempo. O en aquel lugar y en aquel momento precisos había un gato, o no lo había. Dado que siempre podemos referirnos a cualquier punto del espacio o del tiempo, aunque sea simplemente señalándolo en un gráfico, podemos también construir un algoritmo que los genere. Cada algoritmo de esas características equivaldría a la definición extensiva de un conjunto, y podríamos definir la relación conjuntiva AND como la relación entre dos pasos cualesquiera de un tal algoritmo.

Pero supongamos ahora que alguien dice "un gato no ladra". En tales casos, no parece posible encontrar un algoritmo que nos permita referirnos a ese gato. Todo lo que podemos decir es que si nos encontramos con uno, observaremos que no ladra. En otras palabras, si escogemos un gato presente, pasado o imaginario, verificaremos que no ladra. Podemos definir el concepto de selección a semejanza de una plantilla que, aplicada a una multiplicidad de cosas, oculte todo lo que no seleccionamos y deje visible lo que seleccionamos. A esa plantilla podríamos llamarla XOR.

Ahora consideremos una multiplicidad de referentes enumerable (por ejemplo, varios números, o varias macetas). ¿Podemos describirla mediante AND o mediante XOR? Es evidente que podemos construir un algoritmo que dé como resultado los distintos referentes (números, macetas) de la multiplicidad, pero también podemos construir una plantilla que, cada vez que la apliquemos, nos permita seleccionar cualquiera de esos referentes. Sin embargo, ¿obtendremos el mismo resultado?

No si el algoritmo traza bucles. Un algoritmo equivale a un criterio que proporciona resultados y, por lo tanto, podría suceder que dos referentes distintos según un algoritmo sean el mismo referente si usamos una plantilla:


En esta figura, el algoritmo identifica un conjunto en el que N y N + k son diferentes, mientras que una plantilla considerará estos dos referentes como el mismo, es decir, nos obligará a usar un único símbolo. Si interpretamos el algoritmo como una definición extensiva y la plantilla como una definición intensiva, tendremos:

N ≠ N + k        extensivo
N = N + k        intensivo

Si entendemos las definiciones intensivas como un criterio de selección (las propiedades específicas de una rana me permiten seleccionar una), entonces el conjunto A de todos los números naturales que son múltiplos de 4 sería el resultado de una selección y, por consiguiente, deberíamos definirlo diciendo "si seleccionamos un número natural y verificamos que es múltiplo de 4, podemos utilizar el símbolo A para referirnos a él". El grado de ambigüedad del símbolo A coincidiría con el alcance de nuestro concepto mental del conjunto A, y esta definición sería la única posible, ya que no podemos verificar en su totalidad la infinidad de resultados R del algoritmo

x = 0
Loop:
x= N+1
R = x * 4
Goto Loop

Del mismo modo, cuando decimos:

todos los delincuentes serán arrestados

podemos estar refiriéndonos o bien a todos los que demostrablemente han delinquido, o bien a todos los que hayan cometido o lleguen a cometer alguna vez un delito. En el primer caso estaríamos utilizando la definición extensiva de delincuente, mientras que en el segundo caso estaríamos utilizando la definición intensiva. En matemáticas se trabaja casi siempre con definiciones intensivas, pero no se tiene en cuenta que su alcance coincide CASI siempre –no siempre- con el alcance de las definiciones extensivas. La paradoja de Russell es, en mi opinión, una de esas excepciones.

Acudamos, para verlo más claro, al famoso ejemplo del barbero, e imaginemos un escenario en el que, si seleccionamos a un varón adulto que no se afeita a sí mismo, ese varón es afeitado por el barbero. ¿Qué sucede con el barbero? Depende. Si el barbero se afeita a sí mismo, entonces no lo seleccionaremos. Si no se afeita a sí mismo y lo seleccionamos, entonces él no puede ser el barbero y nuestro escenario está mal construido. Es decir, pertenece a la categoría de los conceptos inconstruibles, del mismo modo que ‘el conjunto de todas las toses en el plano’, o ‘el comienzo de una circunferencia’.

Si la definición de barbero fuera extensiva, el barbero afeitaría a una multiplicidad de varones con nombre propio, es decir, perfectamente localizables, de los que sabríamos previamente con certeza que no se afeitan a sí mismos. Como estaríamos enumerando casos específicos, no habría generalización posible, y el barbero podría hacer lo que le viniera en gana, porque no estaría incluido en el alcance de su propia definición. Podemos definir al barbero como aquel que afeita a todos aquellos (Pedro, Juan, etc.) que no se afeitan a sí mismos y, además, a sí mismo, pero si lo definimos como aquel que se afeita a sí mismo y que no se afeita a sí mismo nuestra definición carecerá de validez.

Si el barbero forma parte de una multiplicidad no abstracta, sino denominable (Pedro, Juan, el barbero, etc.), entonces podremos comprobar si se afeita o no antes de construir cualquier definición. En otras palabras, la pregunta ‘¿se afeita el barbero a sí mismo?’ tiene que tener una respuesta concreta, que llamaremos B. Si nuestra definición de barbero implica la negación de B, que es un dato preexistente, entonces la definición no será aceptable. Sería algo así como definir ‘rojo’ como el color de todas las rosas a sabiendas de que hay rosas amarillas.

Por otra parte, es también debatible el concepto de ‘conjunto que pertenece a sí mismo’. En el sentido extensivo, no parece viable construir un único algoritmo que además de recorrer uno por uno diversos referentes recorra también el referente que designa su totalidad (o cómo viajar desde Madrid hasta Sevilla y desde Sevilla hasta la lista de estaciones del AVE Madrid-Sevilla). En el sentido intensivo tampoco parece viable construir una plantilla capaz de seleccionar no sólo diversos referentes individuales sino, además, su totalidad (con la mira de un fusil podemos apuntar a un soldado, pero no a un batallón). Además, si seleccionar es lo mismo que desambiguar, una multiplicidad de posibilidades no puede desambiguarse en ella misma (algo así como decir que un árbol es una rama de sí mismo).

Después de años buscando, todos los ejemplos que he encontrado de conjunto que pertenece a sí mismo me parecen o incorrectos o imprecisos. La lista de todas las listas pretende ser una definición intensiva de un concepto exclusivamente extensivo, y las definiciones de tipo ‘negativo’ (por ejemplo, el conjunto de los ‘no triángulos’) pretenden definir un conjunto complementario sin especificar con respecto a qué. Me temo que los matemáticos se dejan a veces hipnotizar por los símbolos en la medida en que ven que funcionan, sin plantearse antes ponerse de acuerdo en su significado.

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sábado, 26 de abril de 2014

Frases y libros

Salvo alguna que otra frase suelta que en su momento se me quedó grabada, no recuerdo ninguno de los libros que he leído en mi vida.

Al son de la Marcha Turca

Quiero decir que no los recuerdo del mismo modo que recuerdo la sonata para piano en A mayor de Mozart, el bolero Noche de ronda o el 'Round midnight de Thelonius Monk, cuyas melodías podría reproducir prácticamente nota por nota. A menos que uno sea opositor a abogado del Estado, personaje de Farenheit 451 o autista, ningún ser humano normal es capaz de retener libros enteros en la memoria. Mientras las leemos, vivimos las novelas como recuerdos o fantasías de la propia vida, y de los libros de ciencia, ensayo o historia nos quedamos con lo esencial.

Calisto y Sempronio

Realmente recuerdo pocas frases de todas las novelas que he leído en mi vida, y no estoy seguro de que las recuerde tal como fueron escritas. Hace poco tiempo, por ejemplo, me acordé de una de ellas y la anduve buscando. Primero en papel, y después por Internet. Era una frase de Calisto en La Celestina. 

Calisto está decidido a fugarse con Melibea, y acude una noche con Sempronio a la casa paterna de su amada. La calle está oscura y desierta, y la puerta de la casa, cerrada a cal y canto. Entonces Sempronio susurra a Calisto algo así como "cata, señor, que esta puerta está cerrada y aquí no se puede ni entrar ni salir". A lo que Calisto, airadamente, responde: "¡Cómo! ¿Pretendes que un trozo de madera se interponga entre mi amada y yo?" Aquella vehemencia de Calisto me entusiasmó, igual que por aquellas mismas fechas la escena final de la película El graduado, en la que el protagonista arranca a su amada del altar mismo ante el que está siendo casada con un competidor convenientemente más insulso.

Hojas de clavel

Ni siquiera recuerdo una sola frase de cada una de las novelas que más me han gustado. En la Vida del escudero Marcos de Obregón, que fue la novela picaresca que más me hizo reír, una mujer casada se enamora locamente de un estudiante que toca la vihuela, y la criada, tratando de disuadir a su ama de sus lascivas intenciones, le va enumerando los defectos de aquel estudiante zarrapastroso. Naturalmente, en vano.

En cierto momento de la enumeración le recuerda que el estudiantillo, además, tiene sarna. Y la enamorada replica "¿Llamáisle sarnoso por unas rascadurillas que tienen las muñecas, que parecen hojas de clavel? ¿No echáis de ver aquella honestidad de rostro, la humildad de sus ojos, la gracia con que mueve aquella voz y garganta?" Esta frase la he encontrado fácilmente en Internet y es literal, pero la frase de Calisto me costó mucho encontrarla, quizá porque no se parecía apenas a la que yo recordaba, y finalmente la he vuelto a perder.

Humor grueso

No importa. La Celestina sigue siendo el clásico español que más me ha apasionado. Mucho más que el Quijote, cuyo sentido del humor, basado en la fórmula repetitiva de maltratar a un pobre loco, siempre me ha parecido estúpidamente cruel. El Quijote refleja una visión del mundo muy extendida por estas latitudes. Usando un símil taurino, podríamos decir que los españoles son como el toro resabiado que, ignorando la capa, embiste directamente al torero. Cuando se trata de argumentar, el español busca el bulto de la persona, su forma de vestir o su posición social antes que sus ideas. Tendemos a una visión del mundo costumbrista, hecha de estereotipos. Y, si alguien lo duda, bástele echar un vistazo a las series de televisión aborígenes, siempre más parecidas a una corrala de gigantes y cabezudos que a una historia inteligente de detectives o a un buen drama psicológico. Ah, y olvídese usted del humor fino.

Con diez cañones por banda

La poesía es diferente. Quizá la musicalidad de los versos y la rima hacen mucho más fácil -y, por alguna razón, más tentador- memorizar un poema, incluso de gran longitud. De niño me aprendí de cabo a rabo la Canción del pirata, de Espronceda, y más tarde largos pasajes de Don Juan Tenorio y no pocos sonetos de Góngora, Quevedo y otros autores que estudiábamos en el bachillerato. De todos aquellos, no sé por qué, el único comienzo que se quedó en mi memoria fue el de una poesía insignificante y pomposa: A las ruinas de Itálica, de Rodrigo Caro.

"Estos, Fabio, ¡ay, dolor!, que ves ahora
campos de soledad, mustio collado,
fueron un tiempo Itálica famosa"

En campos de zafiro

Góngora retornó a mi vida años después, después de leer una magnífica conferencia pronunciada por Federico García Lorca en los comienzos de la generación del 27. A Góngora lo he leído de la única manera que es posible hacerlo: palabra por palabra, y con devoción. Cuando por fin decidí hincar el diente a las Soledades, rara vez leí de ellas más de tres o cuatro versos al día.

La poesía de Góngora y los ensayos de Brodsky en Less than one son, probablemente, los textos que con más placer he saboreado en toda mi vida. Pese a ello, tampoco de Góngora recuerdo mucho más que versos sueltos, que flotan en mi memoria como destellos de un universo sensual al que es imposible acceder por cualquier otro medio.

Recuerdo, por ejemplo, la imagen de aquellos neblíes graznando al comienzo de una cacería:

"Quejándose venían sobre el guante
los raudos torbellinos de Noruega"

O algunos versos sueltos de una musicalidad inigualable, como

"... oscura turba de nocturnas aves..."

O aquella descripción del náufrago recién llegado, exhausto, a la playa amiga en la que el sol seca lentamente sus ropas:

"... lamiéndolo apenas
su dulce lengua de templado fuego,
lento lo embiste, y con süave estilo
la menor onda chupa al menor hilo."

A pesar de tener un cargo eclesiástico y a diferencia de sus contemporáneos, Góngora jamás invocaba la religión en su poesía. Sólo en uno de sus sonetos menciona una sola vez a la Virgen María, y de pasada, porque el protagonista del soneto en realidad es... un cirio. En el siglo XVII era muy difícil ser agnóstico pero, si alguno hubo, don Luis de Góngora y Argote es un candidato firme a esa variante del escepticismo religioso.

Aureliano Buendía

¿Y por qué estoy escribiendo esto hoy? Pues porque la muerte de García Márquez me ha hecho pensar en todas estas cosas. Leí Cien años de soledad al poco de ser publicada, y me atrapó desde la primera línea. La leí en un solo día. Al terminar el libro era incapaz de distinguir entre Aureliano Buendía, Aureliano Buendía y Aureliano Buendía, pero la lectura me dejó boquiabierto, deslumbrado.

Desde entonces han pasado años, y ahora me temo que si la releyera no me entusiasmaría ya tanto. De hecho, además de sus cuentos, sólo otra novela suya -El otoño del patriarca- me gustó casi tanto como aquella, y ahora sospecho que mi deleite no le debía tanto a García Márquez como a la circunstancia de vivir yo mismo bajo una dictadura. Por lo demás, la novela que el propio Gabo más apreciaba, El amor en los tiempos del cólera, no me dejó huella, y la Crónica de una muerte anunciada no la terminé de leer porque me aburría.

García Márquez sabía atrapar al lector, de eso no hay duda, pero su uso de los adjetivos era quizá demasiado colorista. El título Ojos de perro azul se acerca bastante a una imagen gongorina, pero no antes de haber pasado por Chagall y los impresionistas. Quizá el ejemplo más significativo, que son las únicas palabras que recuerdo de la obra de García Márquez y precisamente las que han inspirado este texto, es un pasaje de El coronel no tiene quien le escriba, en el que su autor nos dice del coronel que tenía una respiración "pedregosa". Cuando leí aquel adjetivo, me pareció un hallazgo genial. Hoy, ya no estoy tan seguro.

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miércoles, 16 de abril de 2014

Andalucía

Bajo una luz bíblica

“El cuerpo me pide Andalucía”, escribí hace algunas semanas, y con esta frase dio comienzo mi reciente viaje al Sur. Primero, en expectativa sólo, y por fin, hace apenas cuatro días, en la vida real.

Cádiz es una celda de panal de abejas entremetida en el mar y conectada con el continente por una larga recta desnuda. Sin árboles. Trenes y coches yendo y viniendo en incesante lanzadera. Pero la luz que baja del cielo no es aquí de miel, ni reside en lo alto, como en el Mediterráneo, sino que se vierte en cascada, directa y violenta sobre las cabezas. El adjetivo que mejor la describe es seguramente, sobre todo en estos días de semana santa, ‘bíblica’.

Una vez traspuesta la muralla que delimita el casco antiguo se adentra uno en las callejas de la vieja Cádiz. Llegados a este punto, es absurdo proveerse de un mapa. Uno comprende inmediatamente que se perderá, que tarde o temprano se topará con el océano, y que al cabo de un par de horas de vagar sin rumbo acabará encontrando el camino de retorno. Es así como viaja el verdadero viajero, el que va a la caza no de catedrales o monumentos de guía turística, sino de paisajes habitados por seres humanos. La historia, el arte y el encuadre fotográfico ya irán apareciendo por el camino. O no.

Cuentan las crónicas que Cartagena de Indias fue construida por marineros arribados de la vieja Cartagena ibérica, pero si a alguna ciudad se parece Cartagena de Indias es a Cádiz. Es imposible pasear por estas calles gaditanas y no recordar a la distante hermana gemela cuyos contrafuertes parecen desafíar al Mar Caribe.  También allá el sol se derrama vertical y sin misericordia, aunque con una diferencia: en la pariente americana, los rayos bíblicos descienden del norte. Simetría.

Churros y ramos

Es domingo de Ramos, y la plaza del Consistorio es una fiesta de colores. Son las doce del mediodía, pero en las terrazas de los bares todavía hay más de un ocupante tomando churros. Para mí, la tentación es irresistible. En el mapa antropológico de Europa, España se termina donde se terminan los churros. Ante mi mesa discurren ahora sin prisa paseantes endomingados, algún que otro turista poco estridente y, de cuando en cuando, alguna familia portando ramos para la procesión. Me conforta y me alegra haber venido a Cádiz. Es un reconstituyente que los médicos deberían recetar por lo menos una vez al año.

Quizá el único monumento que tengo querencia por ver es el dedicado a ‘La Pepa’. En otras palabras, a la Constitución de 1812. Ahora está rodeado de jardines, aunque yo lo recordaba solitario, erigido en mitad de una gran explanada apenas frecuentada por los viandantes, y aparentemente desconocido de los turistas. En el extremo más meridional de España, en el siglo XIX y mucho más cerca de Africa que de Madrid, Cádiz parecería el sitio menos apropiado para convocar unas Cortes constituyentes, lo cual probablemente vaticinaba ya su futuro en las páginas de la Historia. Comenzaba por aquellas fechas un largo siglo de conspiraciones, de cantones y de caciques. ¿Nos suena de algo esta descripción? A mí, sí.

La línea de Palermo

El Puerto de Santa María no es Europa. Es un centauro en el que se amalgaman a partes iguales Europa y Africa. No hace falta pasearlo mucho rato para darse cuenta de que sus habitantes están vivos, y recorriendo sus calles es imposible no acordarse de otro centauro de esa misma familia: Palermo.

Y cuando digo ‘vivos’ no estoy diciendo ninguna perogrullada porque, en comparación, los habitantes de Valencia son zombies musgosos, aburridamente previsibles, y hasta sospechosos de reproducirse por esporas. Valencia no es un caso único de sonambulismo vegetativo, y la evidencia más llamativa, como en buena parte de España, son los camareros. En esta parte de Andalucía los camareros son todavía los camareros que yo recuerdo de mi infancia: animosos, amables y dicharacheros.  Se entiende que servir cañas y tapas no es el trabajo más glamouroso del mundo pero, ya que es lo que toca, por lo menos vívelo con alegría, carajo.

He paseado por el Puerto de Santa María conducido por Ernesto, otro de los blogueros de ‘A propósito’, a quien hasta ayer mismo no conocía en persona. Ernesto, a quien yo imaginaba como la versión andaluza de Bertrand Russell, es en la vida real mucho menos trascendente de lo que yo pensaba. Probablemente él esperaba también encontrarse con alguien más epicúreo que yo, por lo que hemos terminado charlando animadamente ante una procesión de tapas en una de sus tascas preferidas. Gracias a él he saboreado, entre otros, manjares tan sorprendentes como las ortiguillas, los pinchos de rabo de toro y una receta secreta de changurro única en Andalucía. Un detalle anecdótico: si el camarero hubiera hablado en húngaro yo no habría entendido mucho menos de lo que aquel hombre decía. Por fortuna, mi acompañante era el perfecto intérprete gaditano-español. Gracias por todo, Ernesto.

Niños

Estoy escribiendo estas líneas en una pequeña terraza soleada, cerca de la piscina de un hotel, y en la piscina hay varias docenas de niños, pero ninguno de ellos es psicópata. Quiero decir que ninguno de los niños que oigo jugar y chapotear en el agua grita para llamar la atención: en otras palabras, para sacar de quicio a cualquiera que no sean sus padres. Estos niños de aquí, milagrosamente, son normales, y sus gritos no molestan, porque expresan únicamente eso: la felicidad de ser niño. Si desea usted vivir rodeado de seres humanos, busque un país en el que los niños sean felices, y se note.

Churros, caballos y toros

Jerez de la Frontera también es un centauro, aunque le falta un punto de sal. Atrapado en mitad de la algarabía una mañana de mercado, no podría afirmar, aunque quisiera, que Jerez es una ciudad de señoritos andaluces, pero esas pinceladas ecuestres y taurinas en algunos carteles callejeros y esos apellidos ingleses en las fachadas de algunas bodegas parecen evocar un mundo que se me antoja distante de los humildes paisajes del Puerto de Santa María. Aun así, todas las personas con las que he tenido ocasión de hablar eran igual de alegres y amables que las que he conocido desde que llegué a Andalucía.

Estamos ya a martes y mi excursión toca a su fin. La felicidad, por definición, no es eterna, y el país de los zombies me espera mañana de nuevo, allá en el Mediterráneo, palpitante como un corazón de escayola, para reanudar mi rutina cotidiana. Pero, durante muchos días todavía, saborearé el recuerdo de un país real que se podía tocar, donde el sol caía a plomo desde lo alto del Atlántico y cuyos habitantes estaban, en el verdadero sentido de la palabra, vivos.

Hasta siempre, Cádiz.


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martes, 25 de marzo de 2014

Crimea

En el año 1971 crucé por primera vez el telón de acero. Fue en Checoslovaquia. Hacía sólo tres años que tanques rusos habían sofocado en Praga un intento de distanciarse de la Unión Soviética. La ciudad, una de las más bellas del mundo, me pareció entonces sórdida y kafkiana. Sus edificios y monumentos tenían un aspecto triste y descuidado, apenas había cines o espacios de diversión, y la presencia del Estado era ominpresente. Yo venía de la España franquista, y todavía ahora les explico a quienes se quejan de Franco que no tienen ni idea de lo que es una verdadera dictadura.

Después conocí otros países de la órbita soviética: Croacia, Hungría, Eslovenia, Cuba y Bulgaria. Tras la desintegración de la Unión Soviética en 1991, las prisas de la Europa oriental por aproximarse a la UE y a la OTAN me parecieron perfectamente comprensibles, y durante todo este tiempo me he preguntado cómo se sentirían muchos rusos después de pertenecer a un imperio venido a menos que, durante medio siglo, dominó aproximadamente la mitad del planeta.

Parecía que con la nueva ola de democracia el mundo se convertiría en una balsa de aceite. Un tal Fukuyama se apresuró a vaticinarlo, y algún que otro intelectual poco aficionado a los libros de historia se sumó con entusiasmo. Al fin y al cabo, también el Imperio Británico se desintegró no hace tanto tiempo y los British supieron resignarse y prosperar pacíficamente. Pero lo cierto es que, si en el mundo no hubiera habido guerras, los libros de Historia tendrían quince o veinte páginas solamente.

En pocos años, la OTAN y la UE avanzaron hasta las puertas mismas de Rusia: no sólo la Alemania oriental, sino también Polonia, la República Checa, Eslovaquia, Rumanía, Bulgaria y los países bálticos se apresuraron a integrarse en el bloque 'occidental'. En pocos años, Rusia era ya sólo la sombra de un imperio, y tal vez esa fue una de las razones por las que Putin llegó democráticamente al poder: la recuperación del maltrecho orgullo nacional.

En el mundo siguieron pasando cosas, y durante un cuarto de siglo Rusia se mantuvo en segundo plano de la actualidad política. La intervención en Georgia causó un cierto revuelo, pero en poco tiempo las aguas volvieron a su cauce. Parecía que el mundo había aceptado que Rusia, como Estados Unidos o China, tenía también su área de influencia y, más o menos a regañadientes, se fueron calmando.

Pero nadie contaba con la burocracia de la Unión Europea. Esa especie de Politburó jurásico instalado en Bruselas y centrado miopemente en ampliar mercados y especificar con pelos y señales cómo deberá ser el bienestar de los ciudadanos. Es decir, el de usted y el mío. El nombramiento de los oscuros funcionarios van Rompuy y Catherine Ashton como Presidente y encargada de asuntos exteriores, respectivamente, parecía una buena idea, excepto por algún pequeño detalle: no sólo no habían sido elegidos democráticamente, sino que pronto se vio que no le hacían la menor sombra a los dirigentes de Francia, Alemania o Reino Unido, que seguían protagonizando la escena internacional. De eso se trataba, dirá algún mal pensado.

El caso es que la UE no tiene una política internacional que conjugue las de sus países integrantes, y que debería abarcar desde Africa hasta Australia pasando, inevitablemente, por Ucrania. A sus mismas puertas dejaron desangrarse a Yugoslavia, y tuvieron que venir los Estados Unidos a resolverles el problema. A la sombra del primo forzudo americano enviaron algunas tropas a Iraq y a Afganistán, y si intervinieron en Libia fue, cabe sospechar, por el petróleo y porque era facilito.

Mientras la OTAN liberaba Kuwait, intervenía en Iraq e imponía la paz en Yugoslavia el gobierno ruso se mantuvo a distancia de los acontecimientos. Todas aquellas intervenciones estaban fuera de su área de influencia, y el proverbial oso ruso parecía dormitar junto a la llave de los gasoductos que abastecen Europa. Hasta que Europa empezó a hacerle cosquillas.

Tan recientemente como 2013, la negativa de Merkel a rescatar Chipre debió de hacer pupa a más de un ruso adinerado, cuyo capital en los bancos chipriotas se volatilizó de la noche a la mañana. Sin embargo, no contenta con eso, la Unión Europea propuso a Ucrania un acuerdo que, a medio plazo, podía significar la ruptura de ese país con Rusia y su pase 'al otro bando'.

El concepto de 'otro bando' tiene, sospecho, significados distintos para unos y otros. Para Rusia, Ucrania tiene un alto valor estratégico. Ucrania es el granero de Europa, y las bases rusas en Crimea son la única salida de Rusia al Mediterráneo y la única cuyas aguas no se congelan durante nueve meses al año. Para el resto del mundo, Crimea es una península difícil de localizar en el mapa que vive, o vivió, del turismo y que no amenaza la seguridad de nadie en su sano juicio.

Leyendo las declaraciones de algunos políticos americanos y europeos, sin embargo, me ha sorprendido descubrir que todavía hay quien identifica a Rusia con la Unión Soviética. Dejemos las cosas claras: el verdadero enemigo de Occidente era el régimen soviético, no Rusia como país. El régimen soviético ya no existe, y Rusia ahora es una democracia. Le podemos poner muchos peros a la democracia rusa, como se los podemos poner a la democracia española, pero los tiempos en que Stalin colectivizó por la fuerza y exterminó a los campesinos ucranianos son ya historia.

Leyendo las noticias sobre Ucrania y los comentarios de sus lectores estoy descubriendo que, en las mentes de muchos, la guerra fría todavía no ha terminado. Supongo que es un fenómeno de histéresis colectiva, pero no ayuda mucho a la causa de la paz internacional. Tanto más cuanto que va acompañada de un cierto sentimiento de superioridad de los países occidentales, que parecen tratar de dar lecciones a los dirigentes rusos sobre cómo comportarse en sociedad.

Toda esta retórica mohosa evidencia un doble rasero. Occidente no cuestiona su derecho a invadir Iraq y a anexionarse la Europa oriental, pero acusa a Rusia de imperialismo por asegurarse un pequeño bastión de población mayoritariamente rusa. Ese tipo de actitudes, aunque no fueran más que palabrería, tienden a levantar ampollas en los acusados. La política internacional debe regirse por intereses racionales, y la irracionalidad es un ingrediente muy peligroso, que puede terminar empujando a los países a actuar contra sus verdaderos intereses.

Es posible que todo sea mera retórica y que, entre bastidores, las grandes potencias hayan llegado ya a un acuerdo sobre el reparto de áreas de influencia. Es posible. Pero, si no es así, el juego de fuerzas es complejísimo, y es muy difícil vaticinar lo que sucederá a continuación.

Rusia podría cerrar la llave del gas a Europa, pero su economía sería la primera perjudicada, ya que depende de unos gasoductos que, además de representar una enorme inversión, no son transportables. Europa no saldría tampoco bien parada, porque tendría que importar el gas de Estados Unidos a un precio mucho mayor, y la Unión Europea se hundiría en otra gran recesión. Y, en cuanto a Ucrania, podría conformarse con el status quo, pero también podría entrar en una dinámica beligerante.

Ucrania es un país que, en realidad, no existe. Es un patchwork hecho de trozos de Polonia, Austria, Rusia, Bulgaria, Hungría, Rumanía, Moldavia, Bielorrusia, Armenia e incluso Grecia, y sus héroes nacionalistas fueron pro-nazis durante la segunda guerra mundial. Si el gobierno ucraniano se empeña en ponerse emocional, puede crear serios problemas.

La Historia nos enseña que el componente irracional ha sido el principal desencadenante de los peores conflictos que el mundo ha conocido. Esperemos, pues, que prevalezca el sentido común en el 'bando' occidental. Y, puestos a escribir a los Reyes Magos, que el Politburó de Bruselas sea sustituido por verdaderos dirigentes con carácter y con visión de la Historia. A ser posible, elegidos democráticamente.

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martes, 18 de marzo de 2014

Palabras que aborrezco: emprendedor

Cada vez que oigo o leo la palabra 'emprendedor' me imagino a un señor con una mochila a la espalda, un odre en bandolera y un báculo en la mano emprendiendo el camino de Santiago. ¿Realmente era necesario adoptar esta palabrita?

Hace algún tiempo me enteré de que en Francia habían rebautizado algunos oficios escasamente especializados para darles una pátina de respetabilidad. Sólo recuerdo uno: el de barrendero, cuyo nombre oficial había sido sustituido por 'technicien de surface'. Ya se sabe que en Francia ninguna mistificación será jamás suficiente pero, desde hace algún tiempo, en España hemos caído también en esa cursilería de adornar algunas denominaciones con el lazo y el envoltorio de regalo de los grandes almacenes.

Hubo un tiempo en que había porteros y -¡horror!- porteras. Durante algún tiempo, se probó a llamarlos 'empleados de finca urbana', pero parece que el nombrecito era demasiado largo, y finalmente se decantaron por 'conserje', que suena más a ministerio, librea desabotonada y cafelito de las 10 de la mañana. Todavía hay clases, hombre.

El sector del transporte ha encontrado también su salvación en la palabra 'logística', de modo que los camioneros no tienen ya que preocuparse por su prestigio, porque ahora trabajan en un sector de exquisitas resonancias atenienses. Y, si paran en un bar de carretera -perdón: de la 'red viaria'-, una 'trabajadora del sexo' se encargará de resolver técnicamente sus problemas con la testosterona.

Otro hito importante en esta ceremonia del ridículo ha sido la dignificación de los camareros, que ahora son 'empleados de hostelería'. No me pregunten a mí qué tiene que ver el tipo aquel que espanta las moscas del chiringuito de playa, o el que grita '¡oído cocina!' rodeado de sartenes humeantes, con alojarse en un hotel. Por cierto, aguardo ansioso el momento en que esa chabacana expresión sea sustituida por un mucho más elegante '¡escuchado cocina!'.

En otro orden de cosas, hemos hecho también una gran labor por el tercer mundo (nunca he sabido cuáles son los otros dos). Después de un tiempo en que los negros eran 'personas de color' (¿de qué color?), ahora son 'subsaharianos'. Nos hemos ahorrado una sílaba. No está muy claro hasta qué punto un negro de Libia o un nubio de Sudán son subsaharianos, y en cualquier caso los podían haber llamado 'sudsaharianos' en lugar de situarlos erróneamente en el subsuelo del Sáhara, pero los eufemismos tienen ese encanto, y ya se sabe que la ignorancia es osada.

Y ahora, atención: si el 'subsahariano' entrase en España ilegalmente, nunca será un inmigrante ilegal, sino un 'migrante' 'sin papeles'. Hace ya tiempo que la gente no emigra ni inmigra. Simplemente, se dedican a ir de acá para allá sin rumbo fijo, un tanto despistados.

Pero volvamos a los emprendedores. El problema que tenían los pobres empresarios es que en España está muy mal visto serlo. Esto no sucedería si el abyecto empresario, después de cargar con todos los riesgos de crear una empresa, cobrase lo mismo que el recepcionista, pero los empresarios son incorregibles, y tienen la arrogancia de querer ganar más. Qué cosa más rara, ¿verdad? Usted y yo sabemos que el ser humano normal, como san Francisco de Asís, a lo que aspira es a apañarse con unas alcachofas y un botijo.

En fin, que no ha habido manera y han tenido que cambiarles el nombre para darles una imagen más dinámica y moderna, como si en lugar de llevar una empresa estuvieran haciendo jogging o yendo al gimnasio. Y, de paso, con ciertas reminiscencias espirituales de peregrino arrepentido.

Una de las pocas instituciones que quedan por rebautizar son los sindicatos. Voy a arriesgarme a proponer algunas alternativas. ¿Qué tal 'Asociación de piqueteros informativos'? ¿O 'Confederación de amigos del bogavante'? Ya, ya sé que no abarcan todas las facetas de estas miríficas organizaciones. Pero, al fin y al cabo, tampoco está muy claro qué demonios es lo que emprende un emprendedor.

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sábado, 21 de diciembre de 2013

La máquina de Ramírez

Después de veintiocho años de matrimonio, la rutina había engullido su vida en común. De lunes a viernes, él se levantaba invariablemente a las siete y diez, se aseaba, se vestía y se despedía de ella con un beso en la dormida mejilla. Por la tarde, cuando ella regresaba del estudio (era arquitecta), él estaba ya en pantuflas leyendo las noticias en el sillón de siempre, bajo la lámpara de pie, junto a la vieja foto de recién casados.

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sábado, 14 de diciembre de 2013

Los espíritus de Dulumba

En el momento en que se llevó la magdalena a la boca se sintió sumergir, toda ella, en el recuerdo de aquel último beso. De él. La empresa que lo había contratado meses atrás estaba en Africa, y ella había tenido que quedarse cuidando de aquel anciano tío suyo millonario.

(No fuera que la herencia terminase yendo a parar a la Sociedad para la Protección de los Huérfanos de la Armada.)

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"I started smoking because
I miss the taste of your mouth"
(Post Secret)

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