sábado, 21 de diciembre de 2013

La máquina de Ramírez

Después de veintiocho años de matrimonio, la rutina había engullido su vida en común. De lunes a viernes, él se levantaba invariablemente a las siete y diez, se aseaba, se vestía y se despedía de ella con un beso en la dormida mejilla. Por la tarde, cuando ella regresaba del estudio (era arquitecta), él estaba ya en pantuflas leyendo las noticias en el sillón de siempre, bajo la lámpara de pie, junto a la vieja foto de recién casados.

El era ingeniero agrónomo, y algunos días regresaba más tarde de lo habitual. Ella no preguntaba. El se encargaba de relatarle sus excursiones de trabajo por campos de tomates, praderas, olivares, trochas y cañadas. En tales ocasiones, sus botas llegaban llenas de polvo y su cabello despeinado por el viento. Pero, apenas terminada la cena, el rito se repetía. Ella bostezaba, encendía el televisor y, sin molestarse en mirar a la pantalla, escrutaba planos, maquetas o cuadernos llenos de fórmulas antes de sentir la primera pesadez en los párpados, despedirse de él con un beso de trámite y marcharse a dormir.

A él, en cambio, le gustaba trasnochar. Nunca se lo había confesado a nadie, pero aquellas horas tardías de la madrugada encendían su fantasía. En aquellos momentos repasaba mentalmente las mujeres con las que había hablado durante la jornada y las desvestía despacio, besaba con devoción sus cuerpos imaginados y las poseía hasta que la pasión de ambos se deshacía en jadeos y gemidos. Jóvenes o menos jóvenes, todas tenían para él algún encanto secreto en su forma de sonreír o de cruzar las piernas, el timbre de su voz, el quiebro juguetón de sus pendientes o la promesa fantaseada de un orgasmo tempestuoso.

En esas estaba aquella noche de verano cuando unos nudillos repiquetearon suavemente en el vidrio de la ventana de su balcón. Ni siquiera miró. No era la primera vez que el aleteo cercano de un pájaro lo sacaba de su ensimismamiento. Pero los nudillos insistían y, cuando empezó a ser evidente que no era ningún pájaro, su corazón empezó a golpear con fuerza. Vivía en un séptimo piso, y los golpecitos venían del exterior. Por un instante, pensó en la llegada de los Reyes Magos como pretexto para no mirar. Pero el tamborileo no cesaba, y por fin, conteniendo el aliento, se atrevió a girar la cabeza.

Su párpados se abrieron desmesuradamente.

"¡Elena!", exclamó.

Efectivamente, en el otro lado de la ventana su mujer, la misma que acababa de irse a dormir pero treinta años más joven, lo saludaba con la mano, sonriente. "Abreme", leyó en sus labios.

Pero él no se movía. Estaba paralizado por el estupor. ¿Era un sueño?

"¡Sí, sí, soy yo!", acertó a oír tras el vidrio de la ventana. "Abreme y te explico".

La mano de él temblaba mientras trataba de hacer girar el picaporte. Por fin, la ventana se abrió y la joven Elena se echó en sus brazos.

"Eres el mismo", murmuró, exhalando un suspiro de alivio. Se apretó a él con todas sus fuerzas. "Estaba tan insegura... No sabía lo que me iba a encontrar".

El abrió la boca para decir algo, pero no encontraba las palabras.

"Ven. Siéntate conmigo", dijo ella. "Y habla bajito. Me imagino que yo estaré durmiendo allá, al final del pasillo.

Los párpados de él se abrieron todavía más. De la mano de ella, se sentó en el sofá. Bajo la minifalda, las esbeltas piernas de la joven no dejaron de llamar su atención.

"¿Te acuerdas de Ramírez, el rubio aquel con flequillo que estudiaba telecomunicaciones?"

El asintió.

"Pues inventó una máquina del tiempo, y me propuso a mí probarla. Tú y yo todavía éramos novios. Fue el año de la huelga de camioneros. ¿Te acuerdas?"

Pero él no estaba realmente en condiciones de responder. Elena prosiguió.

"¿No me crees? Ayer mismo, antes de venir, me guardé este anillo tuyo. Te lo quité mientras dormías".

En la palma de su mano apareció entonces un anillo plateado con una E grabada en su centro.

"¡El anillo...! ¡Creí que lo había perdido!", exclamó él.

"Mientras nos bañábamos en aquella cala, ¿verdad? Pues fui yo. No te lo quise decir, pero el viaje en la máquina de Ramírez era al día siguiente. Yo no sabía qué fecha del futuro escoger. En el fondo, me daba igual el futuro. Lo único que quería era estar contigo. Así que le dije que moviera la aguja veinte años hacia adelante y apuntara hacia ti". Rió con aquella risa fresca y joven que él recordaba. "Y ha acertado. Por poco no aparezco encima de tus rodillas".

El dejó su mano entre las de ella. Si todo aquello que estaba sucediendo era verdad, sólo podía ser un regalo de los dioses. Miró otra vez la minifalda de Elena, que era exageradamente corta.

"Pero... mi mujer... quiero decir, tú... estás allá ahora, durmiendo. ¿Qué sucederá cuando se despierte?"

"No estoy segura. Según Ramírez, no somos incompatibles. Pero podemos probar".

"¡No! No la despiertes todavía. Si esto es un sueño, no quiero que se termine".

"¡Enrique, mi amor!", susurró ella, acercando sus labios a los del hombre mientras desabotonaba su camisa.



El problema, a la mañana siguiente, fue explicárselo a su mujer. Cuando el asombro inicial dio paso a la aceptación de la realidad, Elena (la actual) miró la minifalda de Elena (la joven) con un punto de desdén y le espetó:

"¿Y cuándo piensas volver?"

"Ramírez y yo hemos quedado en que me devolverá al presente mañana a las 12 de la noche".

"No sabía yo que Ramírez y tú os llevabais tan bien", terció Enrique con un punto de sarcasmo.

Las dos mujeres lo miraron al mismo tiempo.

"Entre Ramírez y yo no ha habido nunca nada", protestó Elena la joven.

"Ni lo habrá", añadió Elena la actual. "Por desgracia".

Y, a renglón seguido, apostilló:

"Para que no haya confusiones, mientras esté con nosotros la llamaremos Elenita".

Elenita miró a Elena como había mirado a su madre el día en que la llevó al dentista a que le pusieran el corrector en los dientes.

"¿Y si yo no quiero?", replicó sin pensar, suavemente desafiante.

Elena no respondió. Se dio media vuelta y se alejó por el pasillo.



¿Cómo describir la intensidad de las veinticuatro horas siguientes? Enrique pretextó una gripe para no ir a trabajar, y en cuanto Elena desapareció tras la puerta del ascensor corrió en pijama al cuarto de los invitados y se metió en la cama de Elenita.

"¿Ya me he ido a trabajar?", dijo entre dientes Elenita, todavía medio dormida.

"Sí, mi amor", dijo Enrique junto a su oído, mientras sus manos desabrochaban el pijama de Elenita.

Cuando terminaron de hacer el amor era ya casi la hora de comer. Enrique se sentía pletórico, inesperadamente joven. Decidieron acudir a un restaurante italiano, pasablemente romántico pese a las redes de pesca y a las ristras de guindillas secas que colgaban del techo. Les costó trabajo desenlazar sus manos para coger el cuchillo y el tenedor, pero sus miradas siguieron enlazadas.

"¿Por qué no te quedas más tiempo? Ya has visto que en casa tienes sitio".

"¿Qué tal os lleváis vosotros?", cambió de tema Elenita. "Me interesa mucho la respuesta. Es mi futuro".

"Y mucho mejor que consultar a un astrólogo", sonrió Enrique. Su cuchillo resbaló varias veces sobre la pizza hasta que consiguió recortar un triángulo de anchura aceptable. "Nos llevamos bien".

"¿Eso es todo? ¿Todavía os queréis?"

"Claro. Si no, a estas alturas, no estaría con ella".

"¿Conmigo sí?"

"Contigo estoy".

"Pero ¿te aburrirás de mí?"

"Igual que tú de mí. Es la vida..."

Elenita hizo un mohín. Enrique sintió un pie descalzo de ella acariciando su entrepierna.

"Pues no me hables más de ella... ¿A qué hora vuelve? ¿Tendremos tiempo de dormir la siesta juntos?"



Elena llegó a casa antes de lo habitual. Sentada en el sofá, Elenita miraba atentamente un álbum de fotos mientras Enrique le iba dando explicaciones.

"Es guapísima", dijo Elenita, señalando a una jovencita que posaba en bikini junto a una barca de pescadores. "Me gustaría tanto conocerla..."

"Ya tendrás tiempo", suspiró Elena. "Primero tendrás... tendréis que engendrarla".

Elenita, entusiasmada, miró a Enrique.

"Estoy tan impaciente... ¿Cuanto tiempo falta para que nos casemos?"

Elena lanzó a Elenita una mirada terrible, de soslayo.




A las doce menos un minuto de la noche, Elenita salió al balcón y esperó. Elena se despidió de ella con un suspiro y un beso en la mejilla. Enrique la besó en los labios, inacabablemente, hasta que Elena los separó.

"Venga, apártate ya. Es casi la hora", dijo.

Era cierto. A doscientos metros de ellos, en el reloj del Ayuntamiento, el minutero retemblaba levemente, a punto ya de atrapar la medianoche. Enrique consultó su reloj de pulsera.

"Siete..., seis..., cinco..., cuatro..." fue contando entre dientes. De improviso, con un solo movimiento calculado, tiró del brazo de Elenita y empujó a Elena al lugar que acababa de quedar desocupado. Antes de que Elena tuviera tiempo de reaccionar, su silueta empezó a desdibujarse y, como una gota de leche en el café, se fue diluyendo en el espacio hasta desaparecer.

Enrique cerró los ojos y respiró hondo. No se sentía en absoluto culpable. Simplemente, se acababa de regalar una oportunidad que ya había -legítimamente- disfrutado. Pero, ah, esta vez, se prometió a sí mismo, sería distinto. Y se dio media vuelta.

En el sofá, temblorosa y encorvada, una anciana en minifalda lo miraba, atónita todavía, tratando de comprender.


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