martes, 18 de marzo de 2014

Palabras que aborrezco: emprendedor

Cada vez que oigo o leo la palabra 'emprendedor' me imagino a un señor con una mochila a la espalda, un odre en bandolera y un báculo en la mano emprendiendo el camino de Santiago. ¿Realmente era necesario adoptar esta palabrita?

Hace algún tiempo me enteré de que en Francia habían rebautizado algunos oficios escasamente especializados para darles una pátina de respetabilidad. Sólo recuerdo uno: el de barrendero, cuyo nombre oficial había sido sustituido por 'technicien de surface'. Ya se sabe que en Francia ninguna mistificación será jamás suficiente pero, desde hace algún tiempo, en España hemos caído también en esa cursilería de adornar algunas denominaciones con el lazo y el envoltorio de regalo de los grandes almacenes.

Hubo un tiempo en que había porteros y -¡horror!- porteras. Durante algún tiempo, se probó a llamarlos 'empleados de finca urbana', pero parece que el nombrecito era demasiado largo, y finalmente se decantaron por 'conserje', que suena más a ministerio, librea desabotonada y cafelito de las 10 de la mañana. Todavía hay clases, hombre.

El sector del transporte ha encontrado también su salvación en la palabra 'logística', de modo que los camioneros no tienen ya que preocuparse por su prestigio, porque ahora trabajan en un sector de exquisitas resonancias atenienses. Y, si paran en un bar de carretera -perdón: de la 'red viaria'-, una 'trabajadora del sexo' se encargará de resolver técnicamente sus problemas con la testosterona.

Otro hito importante en esta ceremonia del ridículo ha sido la dignificación de los camareros, que ahora son 'empleados de hostelería'. No me pregunten a mí qué tiene que ver el tipo aquel que espanta las moscas del chiringuito de playa, o el que grita '¡oído cocina!' rodeado de sartenes humeantes, con alojarse en un hotel. Por cierto, aguardo ansioso el momento en que esa chabacana expresión sea sustituida por un mucho más elegante '¡escuchado cocina!'.

En otro orden de cosas, hemos hecho también una gran labor por el tercer mundo (nunca he sabido cuáles son los otros dos). Después de un tiempo en que los negros eran 'personas de color' (¿de qué color?), ahora son 'subsaharianos'. Nos hemos ahorrado una sílaba. No está muy claro hasta qué punto un negro de Libia o un nubio de Sudán son subsaharianos, y en cualquier caso los podían haber llamado 'sudsaharianos' en lugar de situarlos erróneamente en el subsuelo del Sáhara, pero los eufemismos tienen ese encanto, y ya se sabe que la ignorancia es osada.

Y ahora, atención: si el 'subsahariano' entrase en España ilegalmente, nunca será un inmigrante ilegal, sino un 'migrante' 'sin papeles'. Hace ya tiempo que la gente no emigra ni inmigra. Simplemente, se dedican a ir de acá para allá sin rumbo fijo, un tanto despistados.

Pero volvamos a los emprendedores. El problema que tenían los pobres empresarios es que en España está muy mal visto serlo. Esto no sucedería si el abyecto empresario, después de cargar con todos los riesgos de crear una empresa, cobrase lo mismo que el recepcionista, pero los empresarios son incorregibles, y tienen la arrogancia de querer ganar más. Qué cosa más rara, ¿verdad? Usted y yo sabemos que el ser humano normal, como san Francisco de Asís, a lo que aspira es a apañarse con unas alcachofas y un botijo.

En fin, que no ha habido manera y han tenido que cambiarles el nombre para darles una imagen más dinámica y moderna, como si en lugar de llevar una empresa estuvieran haciendo jogging o yendo al gimnasio. Y, de paso, con ciertas reminiscencias espirituales de peregrino arrepentido.

Una de las pocas instituciones que quedan por rebautizar son los sindicatos. Voy a arriesgarme a proponer algunas alternativas. ¿Qué tal 'Asociación de piqueteros informativos'? ¿O 'Confederación de amigos del bogavante'? Ya, ya sé que no abarcan todas las facetas de estas miríficas organizaciones. Pero, al fin y al cabo, tampoco está muy claro qué demonios es lo que emprende un emprendedor.

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1 comentario:

Esperanza dijo...

"Emprendeduría" todavía es peor. Sin resonancias de trayectos épicos lo deja a uno completamente en la inopia.

 
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