sábado, 28 de abril de 2018

Pithecanthropus hispanicus

Estuve en Pamplona una sola vez en tiempo de sanfermines. Era bastante joven, y estaba ansioso por exprimir la naranja de la vida. Habría preferido que los amigos con los que viajé, en lugar de emprender aquella aventura, se hubieran reunido en casa de alguno de nosotros, o en algún salón social, para hablar de poesía, de arte o de astrofísica. Quizá también para bailar, bromear, cantar y mirar las estrellas con chicas dispuestas a ello, y dispuestas incluso a llegar más lejos con los chicos que les gustaran.

Ahora sé que eso es lo que habría preferido, pero en aquellos días era impensable. Si querías sentirte aceptado, no había muchos caminos por los que transitar, y aquél era uno de los pocos que yo tenía a mi alcance. Era joven, me hervía la sangre y quería divertirme.

Divertirse en grupo es relativamente fácil. Basta con ceder un poco de individualidad y un mucho de raciocinio. Se trata de hacer reír al resto del grupo profiriendo variaciones de cuatro o cinco ideas elementales que uno ha aceptado tácitamente que tienen mucha gracia. Si además uno grita, se les supone más gracia todavía. Así ocurre con los hinchas futboleros, las excursiones de colegio, los cotillones de nochevieja, los ágapes colectivos, las fiestas de pueblo... y, naturalmente, los sanfermines.

Exceptuando la machada oligofrénica de correr los encierros, divertirse en los sanfermines no tiene ningún misterio. Todo consiste en empezar a beber alcohol en el minuto uno y no parar hasta que desde algún balcón vidrioso se decrete borrosamente el final del aquelarre. Si entre tanto uno se desmaya víctima de una intoxicación etílica, no hay que preocuparse. Sólo tendrá que dormir la mona hasta despertar junto a alguna farola orinada o en la UCI de algún hospital. Y, por supuesto, seguir bebiendo.

El lector que nunca haya estado en sanfermines ya se puede imaginar que allí todo, absolutamente todo, es posible. El alcohol tiene la virtud de sacar a flote el Pithecanthropus erectus que todos llevamos dentro. El cerdo, el patoso, el bocazas, el matón, el robaperas, la hembra y el macho hambrientos. En algún momento temprano de nuestra vida, todos hemos aprendido lo que es un borracho. Y, si alguna vez hemos decidido tomar esa primera copa de más, a estas alturas ya sabemos lo que viene después.

Lo que viene después no siempre son comportamientos de Homo sapiens. Bajo los efectos del alcohol uno puede revelar secretos propios o ajenos, insultar o agredir a otras personas, impedir dormir a los vecinos, estrellarse al volante de un vehículo, robar las toallas del hotel o abandonarse a la llamada de la carne. Lo que difícilmente puede esperar es que el insultado no le arree un paraguazo, que el hotel no le cobre las toallas o que la ancianita del segundo izquierda no le arroje un cubo de agua aderezado con escupitajos.

Sucede que, a partir de cierta edad, todos somos responsables de nuestros actos. Si nos lanzamos al agua sin saber nadar, nadie más será responsable de que nos ahoguemos. Incluso si sabemos nadar, la simple decisión de adentrarnos en el mar implica la aceptación de un riesgo. Por eso, la responsabilidad implica la capacidad para informarse, y una sociedad de individuos libres debería preocuparse mucho más por informar que por prohibir.

Nos tratan como individuos libres las empresas farmacéuticas, que incluyen prospectos detallados en todos sus medicamentos. Nos tratan como imbéciles los mandamases de turno, que prohiben la venta de ciertos fármacos sin receta, o que fuerzan a millones de personas a comprar sustancias psicotrópicas en el mercado negro, sin poder estar seguros de lo que van a consumir.

Aun así, hay unas cuantas cosas básicas que todos sabemos. Los aviones, a veces, se caen. Los alpinistas también. En mitad de una tormenta nos puede fulminar un rayo, los pimientos de noche repiten, y hay barrios en los que, a ciertas horas, no es conveniente internarse.

No sólo barrios. A veces, ciudades enteras, y un buen ejemplo de ello son los sanfermines. Si alguien tiene dudas sobre lo que es una ciudad tomada por borrachos, sólo tiene que acercarse por allí a darse un paseo. En muy poco tiempo tendrá una idea bastante clara de lo que le puede suceder en un lugar así. Si a partir de ese momento decide continuar, será bajo su propia responsabilidad. Y, si además decide emborracharse también, serán dos decisiones por el precio de una. Doblemente responsable.

El problema aparece cuando esas cosas suceden en una sociedad que no entiende qué es eso de la responsabilidad. Al fin y al cabo, siempre hay otros que se encargan de evitarle a uno los riesgos. Está prohibido montar en bicicleta --¡sí, en bicicleta!-- sin llevar casco. Las áreas de juego para niños tienen el suelo blando. Los coches pitan agresivamente si uno no se abrocha el cinturón de seguridad. Cuando se avecinan fuertes lluvias, las autoridades declaran inmediatamente alertas rojas y amarillas que nos aconsejan salir a la calle vestidos de hombre rana. Incluso se ha inventado la mermelada sin azúcar...

¿Qué sucede entonces en esa sociedad cuando una chica se va de sanfermines ella sola, ingiere sustancias diversas hasta entrar en estado de estupor y se junta con una manada de machos en el mismo estado que ella? Pues sucede que ella no será responsable de nada, en tanto que los machos serán llevados a juicio y condenados. Pero, ay, se alzan voces: la condena es insuficiente. Y el gallinero español se entrega a su pasión favorita: la polémica.

Como era de esperar, todos los comentarios que uno oye al respecto son refractarios a la idea de responsabilidad. Algunos ejemplos: "Habría que enseñar a las chicas con quién se pueden juntar y con quién no". "Y a los chicos lo que está permitido hacer y lo que no". "Hay que cambiar las leyes para que sean mucho más estrictas". "Los jueces eran machistas y prevaricadores". "Mientras la mujer no diga que sí, el varón es un violador (presumiblemente, de nacimiento)". "Quién no se ha tomado una copa de más alguna vez en su vida" (argumento que, por lo visto, sólo sirve para el sexo femenino). Entre perogrulladas, linchamientos y juicios paralelos, resulta que la sentencia tiene trescientos folios y nadie se la ha leído. No sólo eso, sino que tampoco han podido ver la grabación de la penosa escena, registrada por el móvil de uno de los Pithecanthropus.

Ya dijo Ramón y Cajal que el problema de España es la incultura. Si a los niños no los educaran en el aborregamiento irracional, probablemente no habría cazas de brujas en España. Si los españoles, en lugar de picotearse en su gallinero, hubieran leído a Góngora o a Alejo Carpentier, no habría palurdos nacionalistas regionales. Si no existieran los Reyes Magos, quizá los adultos entenderían el valor del esfuerzo personal, y los políticos la gravedad de la mentira. Y si en la escuela explicaran quiénes fueron Mao, el Che, Stalin y Pol Pot, España sería, tal vez, un país realmente civilizado. Y habitable.

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domingo, 15 de abril de 2018

Pasos de un peregrino

Uno de los actos más estúpidos que puede cometer un ser humano es lo que se conoce como 'hacer la ola'. En primer lugar, porque no significa nada. Es igual de absurdo que decir '¡Jesús!' cuando alguien estornuda, o 'buen apetito' al empezar una comida. O que hacer un regalo en determinadas fechas que uno no ha escogido. Hay cosas que uno hace sólo para no quedar mal.

Circula por los mentideros, hace ya tiempo, el relato de un experimento que nadie sabe en qué laboratorio sucedió, pero que es muy revelador de la estulticia del Homo ondulensis. Metes a un grupo de monos en una jaula con una escalera en el centro, y en lo alto de la escalera pones una banana. Cada vez que un mono llega a tocar la banana, un chaparrón helado descarga sobre todos los monos de la jaula.

Después de dos o tres mojaduras, ninguno se atreve ya a subir a la escalera. Ahora sacas de la jaula a uno de los monos escarmentados y lo sustituyes por otro nuevo. En cuanto el novato hace ademán de acercarse a la banana, todos los demás se arrojan sobre él y le propinan una paliza. La banana acaba de convertirse en un tabú. Si ahora continuamos sustituyendo a los monos iniciales por otros, llegará un momento en que todos serán novatos, y ninguno sabrá ya por qué está linchando con saña al recién llegado que se acerca a la escalera. Simplemente, lo hará porque 'es lo que hacen todos'.

Todo un símbolo de la historia de la humanidad.

¡Hola, hola, hola, hola! No vengas sola

Además, hacer la ola es de idiotas porque a la ola le da igual. En una multitud de miles de imbéciles levantándose y agachándose al mismo tiempo, el hueco que pueda dejar Pepe Pérez quedándose sentado ni se nota. Es verdad que, si todos se quedaran sentados, no habría ola. Pero el caso es que, nos pongamos como nos pongamos, todos los que están a nuestro alrededor harán la ola. Para el ser humano, la llamada de las masas es un imán muy difícil de resistir.

¿Quiere eso decir que Pepe Pérez se va a quedar tan tranquilo sentado en su grada mientras a su alrededor todos rinden culto al gorila primigenio? Tal vez. Pero lo más probable es que, de una u otra forma, se sienta algo incómodo. ¿Estará siendo un aguafiestas? ¿Y si a las masas les diera por linchar a los que se han quedado sentados? No, claro, no tienen ningún motivo para hacerlo, pero tampoco tenían ningún motivo para hacer la ola.

Y lo peor de todo: en esos momentos de paroxismo general, a Pepe Pérez el cerebro no le sirve para nada. Podría sustituirlo por una patata, y a su alrededor nadie notaría la diferencia.

Corrientes, 348. Segundo piso, ascensor

En la vida cotidiana hay muchas olas, y el que se empeña en nadar a contracorriente lo puede pasar mal. ¿Te acuerdas de cuando descubriste la novena sinfonía de Beethoven? ¿Recuerdas que te acercabas a los corrillos de estudiantes, en los recreos del instituto, y en cuanto mencionabas el tema se iniciaba una desbandada? ¿Recuerdas la alegría obligatoria en las fiestas de nochevieja, las ovaciones al final de espectáculos lamentables, las playas abarrotadas, las consignas de aquellas manifestaciones juveniles, los conciertos con megafonía al pie de tu ventana?

Me dirás que eso no es la vida cotidiana. Es cierto, pero en algunas sociedades la vida cotidiana no es mucho más que eso. De hecho, quizá podríamos medir el nivel de civilización dividiendo la frecuencia del individuo por la frecuencia con que las olas lo zarandean. Al menos en una sociedad, de cuyo nombre no quiero acordarme, el resultado sería desolador.

Por eso comunicarse con los demás es, demasiado a menudo, como hablar con una pared. Tú puedes intercambiar ideas con un individuo, pero no con una masa. Para qué desgañitarte. Mejor apartarte a tiempo, antes que despertarte una mañana y descubrir que eres un náufrago. Mejor sentarte en la orilla y contemplar a distancia las olas entrecruzándose, chocando.

¿No quieres tirar la toalla? Como quieras. Inténtalo si puedes, pero desde esta orilla el mar que yo estoy viendo es asi:

Apenas cuatro meses, y ya da pataditas

Sucede que los pies son el extremo opuesto al cerebro. Por eso no es de extrañar que los aguerridos portadores de testosterona hayan hecho de las patadas una religión. Patadas al balón, patadas al adversario cuando el árbitro no mira, patadas de rabia cuando la pierna falla, patochadas cada vez que abren la boca... Los sacerdotes de esta religión ofician el espectáculo más primitivo, marrullero y soporífero jamás inventado.

Sus seguidores dicen "perdimos" o "ganamos" sin haber pisado el césped. ¿Qué imparcialidad puede uno esperar de una persona así? ¿Qué valores humanos puede tener alguien que glorifica la patada como medio para triunfar en la vida? ¿Qué es lo que sabe hacer un futbolista, además de patear un balón, zancadillear al adversario y dar saltos de primate delante de todo el mundo?

Sin pecada concebida

Nadie lo ha escrito todavía, pero es un mantra del que es imposible escapar. Ciudadanos y ciudadanas, el cambio climático, el heteropatriarcado opresor, el comercio justo o el derecho de autodeterminación son capítulos de un catecismo doctrinario repetido machaconamente por autómatas disfrazados de personas y personos de aspecto casi siempre normal. Con zombies así es imposible razonar. Los mensajes subliminales con que los bombardean diariamente les han proporcionado un arsenal formidable de argumentos pueriles destinados exclusivamente a evidenciar la paja en el ojo ajeno.

Los mitos y leyendas que han creado han terminado convenciendo incluso a sus adversarios, y no está ya lejano el día en que los políticos de derechas, ataviados con piercings, pantalones rasgados y camisetas del Che Guevara, asalten el palacio de invierno para implantar las chekas, el control de precios y el salario universal. Naturalmente en vano, porque nunca comprenderán que el catecismo progre es sólo una artimaña para que ellos hagan el trabajo sucio de sus enemigos.

La ciencia lo dijo y yo no miento

Después de excluir a los forofos del balompié y a los feligreses progres, le queda a uno muy poco margen para la vida social. Pero todavía es posible avanzar una vuelta de tuerca invocando la bandera de la diosa Salud. Está en todas partes. Bebidas light, leches desnatadas, soja, áloe, quínoa, verduras y frutas 'ecológicas', corredores sudorosos infestando parques y jardines, ciclistas disfrazados de pescadilla, edulcorantes, vitaminas, omega 3, ancianos atentando contra su ciática en extraños aparatos al aire libre, adictos al agua mineral... La industria de la diosa Salud es ya uno de los motores de la economía, y no hay tema de conversación en que no salga a relucir. Y con razón. La salud es tan importante...

En realidad, lo que encubren todos esos amuletos y rituales es miedo. Sus usuarios viven en una sociedad asustada, pero no de la enfermedad ni de la decrepitud, sino de su propia ignorancia y carencia de espíritu crítico. En la historia del mundo, nunca han tenido tal cantidad de información al alcance de los dedos, pero si quisieran poner en duda lo que les cuentan no sabrían por dónde empezar. Para ser sinceros: ni siquiera sienten curiosidad.

El modelo de Corea del Norte nos puede parecer espeluznante pero, para mucha más gente de lo que pensamos, los caminos trazados son una tentación irresistible. Lo peor del Big Brother no es el ojo que nos vigila, sino la cantidad de vigilados que se encogen de hombros.

To boldly go where no one has gone before

De todas estas cosas no puedes hablar con tus contemporáneos. Pero hay cosas de las que sí te gustaría hablar. Te gustaría hablar de música, aunque no de éxitos pop. Te gustaría despedazar, analizar, escudriñar el interior de la música para comprender por qué te gusta, escuchar mil veces las composiciones más sublimes, comparar, sacar conclusiones. No quieres acumular conocimientos en baúles de la memoria. Nunca has querido ser un erudito, y los eruditos te aburren. Te gustaría hablar de literatura, de ciencia, de arte, del pasado y del futuro, hacerte preguntas y buscar respuestas, intentar tú mismo componer, aprender, escribir, entender, fantasear. Te gustaría ser un niño mayor y seguir jugando con juguetes de adulto.

Eres realista. No tienes afanes trascendentes ni ansias de eternidad. Para ti, la vida es sólo una oportunidad. Una oportunidad de abrirse paso a codazos, a empujones, cayendo y levantándote una y otra vez, perdiendo la ilusión y rescatándola, tratando de encontrar tu propio camino en un bosque sin senderos, sorteando cepos y trampas, luchando por ver la luz del día bajo una espesura de conformismo y abulia.

Lo sé. No es fácil. Nadie te prometió nunca un camino de rosas.


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sábado, 7 de abril de 2018

Carilda

Eran los primeros años de Internet. Los buscadores apenas alcanzaban a rastrillar un puñado de direcciones, los modems transmitían a velocidades de caracol soñoliento y los blogs ni siquiera habían sido inventados. En una de aquellas búsquedas me topé con ella.

Carilda Oliver. Nunca había leído aquel nombre antes. Sus poesías me fascinaron. Habrían encajado perfectamente en cualquier antología de la generación del 27. ¿De dónde había salido? ¿Por qué a mí nunca me había llegado aquella voz evocadora y potente de mujer enamorada mil veces y mil veces despechada? La respuesta era muy simple: aquellos versos que me acababan de deslumbrar venían de Cuba.

Ya era milagro que de Cuba saliese siquiera un átomo de información, y debí haberme conformado, pero quise saber más. Escribí a quienes habían publicado aquellos versos, les pedí más información, les manifesté mi admiración. El silencio fue la única respuesta. Pasaron los años, sus versos desaparecieron de un disco duro que un buen día me dejó tirado, y con él se fue mi recuerdo de Carilda Oliver.

Hace unas horas, leyendo la biografía de Humberto Costantini en Wikipedia, de pronto el nombre de ella reaparece en mi memoria. ¿Por qué? No tengo ni idea. Primero, borrosamente, el nombre propio (resultó que no era Casilda). Después, en seguida, el apellido. Misterios de la mente humana.

Han pasado muchos años desde que la antología de Gerardo Diego despertó mi pasión por la poesía. De todos aquellos autores, sólo Vicente Aleixandre perdura en mi biblioteca. Hace un cuarto de siglo que no escribo poesía, porque creo que ya expresé en ese género todo lo que tenía que expresar, y cuando un autor llega a ese punto lo mejor que puede hacer es callarse. Pero sigo siendo capaz de degustar unos versos bien escritos. No en vano soy admirador incondicional de Góngora.

La poesía de Góngora es muy difícil. Hay que leerla palabra a palabra, a ser posible cotejándola constantemente con la 'traducción' de Dámaso Alonso para desentrañar las incomparables imágenes que encierra. Pero incluso sin entender nada, la musicalidad de sus vocales y consonantes y el poder evocador de sus imágenes fulgurantes son un regalo para el oído. Si uno no entiende qué demonios quiere decir, por ejemplo, aquello de "la menor onda chupa al menor hilo", debe saber que la poesía de Góngora, como muchas otras, tiene dos niveles: el de la forma y el del contenido. Y los dos son excelsos.

Los poemas de Carilda Oliver, como buena parte de la poesía mundial, no siempre se entienden. Combinando palabras, ritmos y rimas, uno llega a percibir sospechas de erotismo, de emoción o de autobiografía, pero las combinaciones son deslumbrantes. También los cuadros de Kandinski tienen dos niveles, y para disfrutar de ellos no es necesario desentrañar las banalidades del punto y la línea en el plano, que para el pintor eran la justificación de la belleza.

Carilda Oliver no es Góngora. Cuando uno no entiende bien qué es lo que le hizo a aquella señora aquel amante pasajero aquella noche de luna menguante, la lectura se hace un tanto tediosa, pero de cuando en cuando un soneto o un poema brillantemente escritos y que, además, se entienden (no siempre del todo) lo dejan a uno extasiado. Como muestra, reproduzco aquí hoy unos poemas breves suyos que me han parecido magistrales. Feliz lectura.


Me lo aprendí una noche de azul lento,
bajo la luna abierta encaramada
como niña de luz, en la portada
sonámbula oficial del firmamento.

Me lo aprendí esa noche. De su acento
salía una caricia inusitada;
y en la esquina tenaz de su mirada
me tropecé desnuda con el viento.

Desde entonces anuncia cada cosa
que ha tirado a mis pies, como una rosa,
el corazón absurdo en que vivía.

Y no sé si por eso me persiste
este alegre dolor de ser tan triste
con que sigo durando todavía.



        Error de magia

¿Sería aquel beso
ya clavándose
sin que supieras darle cuerda
para que saliese a bailar con el domingo?

¿Sería aquel beso
que no quiso mirar el mediodía
y tú, alarmado,
le echaste muchas cosas a ver si lo arrastrabas:
una corriente de merluzas,
el humo del tabaco,
la saliva?

Un beso, nada más que un beso,
sólo un beso,
el simple juego de los labios,
que huyó una noche como perdido de otra alma
y sin saberlo fue tu penitencia.

Todo por un malabarismo sin fortuna,
por un error de magia,
por un ángel hirviendo en la redoma
que al fin se volvió malo
y te tapó la boca.
¿Así que te moriste, mi amor, de pura hambre,
ahogado por un beso
que nunca supo que tenía alas?



   Que yo era una mentira de la luna

No vuelvas, no, porque la noche es una
hechicera cordial que te ha perdido;
verás que ya no soy milagro ardido:
que yo era una mentira de la luna.

No vuelvas, no, porque será importuna
tu palabra de amor contra mi oído;
verás que no es de besos mi vestido:
que yo era una mentira de la luna.

Quédate como el sueño, desasido.
No vuelvas, no, porque tal vez alguna
maldición se descuelgue del olvido

y te toque en un ímpetu de tuna.
Verás, amor, verás que no he vivido:
que yo era una mentira de la luna.


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sábado, 24 de marzo de 2018

Teología experimental

Por lo general, tengo cosas más importantes que hacer que ocuparme de la filosofía. Exceptuando a Zenón de Elea y a su maestro Parménides, todas mis lecturas filosóficas terminan invariablemente en una combinación de bostezos, hartazgo y estupefacción. ¿Cómo es posible que los filósofos se líen tanto para no decir nada? Todos podemos llegar a entender lo que es un electrón, un campo gravitacional, un cromosoma o un número primo, pero ¿por qué los filósofos no definen los conceptos que usan de manera que cualquier ser pensante pueda entenderlos?

A lo largo de mi vida, le he dado muchas vueltas a esas preguntas. Encuentro asombroso que la filosofía sea una disciplina universitaria, que haya personas que se ganen la vida dedicándose a ella, y que grandes pensadores de todas las épocas le hayan dedicado tal cantidad de páginas sin llegar jamás a alguna conclusión verificable o mínimamente sólida. El cerebro humano, por lo visto, es así.

Sucede que hay dos tipos de conceptos en la mente humana. Uno, de alcance universal, es el resultado de una abstracción. Nos fijamos en cierto número de ejemplares de cualquier cosa, y de ellos extraemos una conclusión que vale para todos. Si observamos, por ejemplo, que el número 7, el 11 y el 31 sólo son divisibles por sí mismos y por el número 1, podemos definir un concepto basado en esas dos propiedades, que los matemáticos han llamado 'número primo'. A partir de ese momento, si escogemos un número al azar no habrá posibilidad de duda: o es primo o no lo es, y no tendrá ningún sentido hablar de números 'medio primos', o distinguir entre números más primos o menos primos.

En cambio, hay otro tipo de conceptos que construimos en torno a un prototipo. Una colina, un adolescente o una borrasca son conceptos claros, pero borrosos en las fronteras. Cualquier afirmación que hagamos sobre ellos será más o menos válida según lo cerca o lejos que estemos del prototipo. Rara vez nos pondremos de acuerdo sobre dónde empieza una colina, y no todos los adolescentes tienen acné. Además, a menudo podemos definir nuevos prototipos que transforman nuestro paisaje conceptual: ¿la pirámide de Keops es una colina? ¿en qué momento una borrasca se convierte inequívocamente en un ciclón?

La filosofía juega en gran medida con conceptos derivados de prototipos, y vende como generalizaciones lo que son sólo áreas conceptuales más o menos difusas que cada filósofo puede interpretar a su antojo. Prueba de ello es que, en la práctica, así sucede. La historia de la filosofía es una larga enumeración de controversias, cismas, delirios, narcisismos y, sobre todo, pereza.

Pereza de verificar los conceptos y de marcarse una dirección y un método. En filosofía, los fracasos no son relegados, sino que se acumulan. Las tonterías que afirmaron Aristóteles, Platón, Kant, Bergson o Hegel siguen en los libros, inamovibles. Si la ciencia hiciera lo mismo, los científicos estudiarían hoy el móvil perpetuo o la generación espontánea en pie de igualdad con la termodinámica y la microbiología.

Hay además un tercer tipo de conceptos que han dado pie a buena parte del corpus filosófico. Me estoy refiriendo a lo que podríamos llamar 'lógica exhibicionista' o 'lógica justificativa'. En esa línea, por ejemplo, la pregunta "¿dónde empieza una circunferencia?" podría dar lugar a un voluminoso tratado filosófico sobre los orígenes del devenir, la esencia de la continuidad o el eterno retorno, aunque por supuesto sólo a un filósofo se le podría ocurrir tamaña pérdida de tiempo.

La lógica exhibicionista ha sido usada muy a menudo en filosofía para justificar las propias creencias o para inflar la vanidad personal de más de un autor. Las cinco vías de Santo Tomás son un buen ejemplo de piruetas mentales concebidas únicamente para justificar la sumisión a un dogma religioso. Como acrobacias intelectuales son muy brillantes, pero sólo han servido para convencer a los ya convencidos. Santo Tomás tal vez habría hecho mejor dedicándose a componer música para la Corte, o estudiando la germinación de la habichuela.

Quizá la rama de la filosofía con que más familiarizados estamos la mayoría de nosotros es la teología. Todo el edificio conceptual de la teología está construido sobre un único concepto, que simplificando podríamos llamar 'Dios'. Todo el mundo entiende el significado de 'Polo Norte', 'Everest' o 'Torre Eiffel', pero ¿qué cosa es 'Dios'? Difícil averiguarlo. Ni siquiera los diccionarios coinciden en sus definiciones. Para aclarar ideas, voy a tratar de resumir los resultados de mi búsqueda en unos cuantos diccionarios.

Casi todos los diccionarios definen 'Dios' como "ser supremo", aunque algunos (Collins) hablan de 'espíritu' y Wordnet lo califica de 'sobrenatural'. Mal empezamos. Pero hay más versiones. Wiktionary lo define como "presencia o fuerza espiritual impersonal y universal", que es algo así como decir 'todo y nada', mientras que Merriam-Webster lo define como "realidad suprema o última". ¿En qué quedamos? ¿Suprema, o última? Me parece a mí que no es lo mismo.

Esta era sólo la presentación. En cuanto a los atributos, los hay para todos los gustos. Muchos lo califican de "creador" y "gobernante" del Universo. Al menos uno (Oxford) añade "fuente de autoridad moral". Casi todos coinciden en que es 'venerado' u 'objeto de fe', y Merriam-Webster, siempre en su línea particular, añade: "perfecto en términos de poder, sabiduría y bondad". Curiosamente, ninguno de ellos atribuye a Dios la cualidad de 'eterno'.

Vayamos por partes, y limitémonos a lo que el sentido común nos permite interpretar. Hablar de un ser 'supremo' implica una escala de menor a mayor, pero ninguno de los diccionarios nos aclara cuál es esa escala. Si lo que queremos decir es que Dios creó el Universo, entonces el adjetivo 'supremo' sobra. ¿Puede haber algo más supremo que crear el Universo? Me pregunto.

Más problemática se pone la cosa cuando intentamos desentrañar el significado de 'espíritu' o 'sobrenatural'. Para mí, un espíritu es un estado de ánimo, y ninguno de los que yo he experimentado me ha permitido jamás crear un universo. Quizá no he perseverado lo suficiente. En cuanto a 'sobrenatural', es un adjetivo que asocio únicamente a ciertas películas de terror o a ciertas alucinaciones. Por ejemplo, a causa de la sed en el desierto o de la ingestión de sustancias psicoactivas.

Nos quedan tres sustantivos que hacen referencia a Dios: 'presencia', 'fuerza' y 'realidad'. La idea de que Dios es real o está presente, sin que nos aclaren cuándo o dónde, me sume en profunda confusión. En toda mi vida, jamás he podido ver ni me han presentado a ningún ser supremo sospechoso de haber creado el mundo. ¿Debería intensificar mi vida social?

Pero tengo que confesar que, después de tal cúmulo de confusiones, me topo por fin con una palabra tranquilizadora: 'fuerza'. La idea de que Dios es una fuerza es providencial, porque, como casi todos sabemos, la fuerza es el producto de la masa por la aceleración, y ambas son medibles. De modo que sólo tendríamos que averiguar la masa de Dios y hacia dónde se mueve para conocer su magnitud e incluirla en los diccionarios. ¿Hay algún teólogo por ahí dispuesto a trasponer los umbrales de la filosofía experimental? Se admiten apuestas.

Nos quedan todavía unos cuantos atributos más bien pomposos, pero difíciles de verificar experimentalmente. Si nos fiamos de la teoría del big bang, que por el momento es la que mejor explica nuestras observaciones, podríamos concluir que Dios es la fluctuación cuántica del vacío que dio lugar al universo que habitamos, y podríamos conjeturar que las mismas leyes que causaron tal fluctuación son las que aún hoy gobiernan las galaxias y sus componentes. Pero, francamente, de ahí a que el big bang sea una "fuente de autoridad moral" media un abismo.

Para terminar, los atributos más peliagudos son los que meten al infinto de por medio. Si Dios ha creado el Universo, sin duda es muy poderoso, pero para ser 'infinitamente poderoso' tendría que estar creando infinitos universos en infinitos instantes y sujetos a infinitas leyes físicas. No digo que no, pero yo cuando miro al cielo no alcanzo a ver nada ni remotamente parecido. De dónde ha sacado Merriam-Webster esa información es un misterio, sin duda teológico.

Hasta aquí nos hemos mantenido en el terreno de la duda, por decirlo con ánimo indulgente. Pero, ay, las dos cualidades que nos quedan chocan frontalmente con el sentido común. Si Dios es infinitamente sabio e infinitamente bondadoso, entonces el mundo que habitamos es el mejor de los mundos posibles, afirmación fácilmente refutada por cualquier programador de videojuegos dispuesto a crear un universo en el que no existan la envidia, la guerra, el fracaso, la soledad ni el dolor. Y en el que se paguen menos impuestos.

No haría falta ir muy lejos. Si los teólogos me dan a mí los fondos necesarios, yo mismo lo puedo programar. Palabra.

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domingo, 31 de diciembre de 2017

Carretera al cielo

Regresó del via crucis, agotada. No tenía ganas de cenar. Se dejó caer encima de la cama, cerró los párpados y exhaló un suspiro hondo. En pocos segundos, las tinieblas del sueño la envolvieron. Se quedó dormida.

Descubrió que flotaba en lo alto de una nube azul, rodeada de querubines. En sus manos, una lira. Era maravilloso, porque sus dedos sabían exactamente cómo tañer las cuerdas para arrancarle aquellas armonías sublimes, sobrehumanas. Cerró sus párpados también en el sueño y se dejó embelesar por su propia música. Con los párpados cerrados no veía. Como Cupido... ¿También ella sería capaz de disparar una flecha sin mirar, y acertar? Y quien recibiera la flecha, ¿de quién se enamoraría?

...

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miércoles, 27 de diciembre de 2017

El Fénix catalán

La Cataluña que yo amé no ha muerto. A pesar del intento de incinerarla perpetrado por una pandilla de palurdos medievales autodenominados 'nacionalistas', la verdadera Cataluña, la Cataluña que no ha perdido el tren de la historia, creativa y sensata, rauxa y seny al mismo tiempo, ha resurgido de sus cenizas. Héla aquí:

http://www.bcnisnotcat.es/

Ojalá que algún día ellos lleguen a ser el verdadero motor de una España demasiado enquistada también en el provincianismo y en el conformismo suicida. Muchos ánimos, tabarneses. Desde la distancia del exilio os deseo lo mejor, de todo corazón.

Mucho mejor así:



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lunes, 25 de diciembre de 2017

Viajar en el tiempo

Todos hemos deseado alguna vez viajar en el tiempo. Y lo hemos hecho. Rebobinando las películas en videocassette, en los años 90, o apretando la tecla 'Deshacer' en nuestra pantalla, todos o casi todos hemos viajado en el tiempo. Pero, incluso aunque no hiciéramos nada o nos quedáramos dormidos, estaríamos también viajando en el tiempo, querámoslo o no, a la inexorable velocidad de 60 minutos por hora. El problema es que, hagamos lo que hagamos, el tiempo siempre termina arrastrándonos en una única dirección.

El tiempo es también un viaje desde el orden hacia el desorden. Un vaso puede romperse en mil pedazos, pero esos mil pedazos nunca se levantarán solos del suelo para volver a juntarse en el vaso y dejarlo como estaba. Es cierto, podemos recogerlos uno por uno y después pegarlos, pero para eso tendremos que mover unos cuantos músculos, y para mover esos músculos necesitaremos una energía que sólo podemos conseguir desordenando alimentos en nuestro estómago. No hay escapatoria. Y, por si esto fuera poco, la teoría de la relatividad nos dice que para viajar en el tiempo hay que conseguir moverse más aprisa que la luz.

La velocidad de la luz es una barrera que divide dos mundos. En el nuestro, por mucho que aceleremos no podremos jamás alcanzarla, porque necesitaríamos una cantidad de energía infinita. Al otro lado de la barrera, un objeto podría moverse más aprisa que la luz, pero nunca podría frenar hasta alcanzar la velocidad de la luz, porque para ello necesitaría también una energía infinita. Cosas de la física.

En realidad, ni siquiera sabemos lo que es el tiempo. No sabemos si es infinitamente continuo o si está hecho de átomos, como la materia. No sabemos si en algún confín remoto del universo, o en algún futuro o pasado lejanísimos, el tiempo se curva sobre sí mismo y un paseante podría encontrarse con su bisabuelo a la vuelta de la esquina. En el interior de un agujero negro, si se dieran las condiciones adecuadas, retroceder en el tiempo sería posible, pero entonces no sería posible retroceder en el espacio.

Muchos físicos se han devanado los sesos con la teoría de la relatividad para encontrar soluciones que permitan viajar en el tiempo. El problema no es que tales soluciones no existan, sino que en nuestro universo no parecen realizables. Quizá la más interesante es la que propuso el físico mexicano Miguel Alcubierre en 1994, que consistiría en contraer el espacio por delante de nuestra nave y expandirlo por detrás. Pero ni siquiera sabemos si sería materialmente posible construir un aparato que hiciera eso.

Otra solución es la que propuso el físico ruso Serguéi Krasnikov en 1995, y que es conocida como el “tubo de Krasnikov”. El tubo de Krasnikov es algo así como un agujero de gusano, cuyas paredes no estarían hechas de materia, sino que serían una distorsión del espacio-tiempo. Si fuera posible viajar en un tubo de Krasnikov, un astronauta tardaría sólo un año y medio en recorrer 3000 años-luz. El único problema es que, a su regreso, en nuestro planeta habrían transcurrido 6000 años, y su novia probablemente se habría cansado de esperar.

En teoría al menos, también sería posible viajar en el tiempo si pudiéramos construir un cilindro de longitud infinita y hacerlo girar muy aprisa, tal como propuso Frank Typler en 1974. Pero ¿cómo vamos a construir un cilindro infinito si ni siquiera sabemos si nuestro universo tiene fin? Además, no debemos olvidar el problema más grave: si un crononauta malvado viajara al pasado y consiguiera matar a su tatarabuelo antes de que tuviera descendientes, entonces el asesino no podría haber nacido, y por lo tanto desaparecería al instante. Justicia poética... Para resolver esta paradoja, algunos físicos argumentan que los viajes en el tiempo en realidad nos llevarían a un universo paralelo, donde el malvado crononauta podría hacer de las suyas sin por ello dejar de existir.

La fantasía de viajar en el tiempo existe desde hace milenios. Aparece ya en el Mahabárata, el libro sagrado de la religión hindú, que fue escrito hace casi 3000 años. Fue evocada también por un discípulo de Buda, en el siglo VI antes de nuestra era. Y una leyenda japonesa del siglo VIII nos cuenta la historia de Urashima Taró, un pescador que habría viajado 300 años hacia el futuro. En literatura, la novela más conocida es La máquina del tiempo, de Herbert George Wells, pero muy pocos saben que un español se le adelantó en ocho años. Aquel pionero de la ciencia ficción fue un diplomático madrileño llamado Enrique Gaspar y Rimbau, y su novela se titulaba El anacronópete.

Gaspar y Rimbau fue un niño prodigio. Era hijo de actores, y escribió su primera zarzuela a los 13 años. Un año después era ya columnista de La ilustración valenciana, y al año siguiente su madre llevó a la escena su primera comedia. Gaspar se casó con una aristócrata, y a los 27 años entró en el cuerpo diplomático, que lo llevó a lugares del mundo tan diversos como Grecia, Francia, China, Macao y Hong Kong.

El anacronópete, que significa algo así como 'aquello que vuela al revés que el tiempo', era una caja de hierro movida por energía eléctrica. La energía servía no sólo para propulsar la nave, sino también para generar un fluido -el 'fluido García'- que rejuvenecía a los pasajeros a medida que viajaban hacia el pasado. En el interior de la nave había maravillas tecnológicas tan sorprendentes como una escoba que barría sola. El inventor de aquella extraña nave era el científico zaragozano Sindulfo García, y entre los pasajeros había varias ancianas francesas de 'moral reprobable' que el alcalde de París había enviado para que se rejuvenecieran, a ver si así retornaban a las buenas costumbres.

La trama de la novela es rocambolesca. El viaje en el tiempo los lleva primero a la batalla de Tetuán, y después a Granada en el año 1492. La expedición se aleja después hasta el año 220 en China, donde el emperador explica a los viajeros que los chinos por aquellas fechas ya habían inventado la imprenta. Entre tanto, mientras el emperador les pide que le entreguen a la pasajera Clarita a cambio del secreto de la inmortalidad, la momia de la emperadora, que don Sindulfo había metido en la nave al emprender el viaje, rejuvenece tanto que resucita, y le pide a Sindulfo que se case con ella. Pero Sindulfo en realidad ama a Clarita, que a su vez... está enamorada del capitán. El enredo está servido.

Finalmente, después de visitar Pompeya durante la erupción del Vesubio y seguir alejándose en el tiempo hasta los días del diluvio universal, el enloquecido don Sindulfo aprieta al máximo el acelerador, y al llegar al origen del universo la nave termina... explotando.

* En agosto pasado, cuando escribí mi cuento 'La caja fuerte', no tenía ni idea de la existencia de la novela de Gaspar y Rimbau. Anoche, cuando leí la descripción del anacronópete, me faltó poco para dar un respingo: una caja de hierro que viaja en el tiempo... ¿Sorprendente coincidencia, o recuerdos del futuro? Se me ocurre que quizá ninguna de las dos cosas. ¿Es posible que yo en realidad sí hubiera leído alguna vez algo sobre aquella novela y, simplemente, lo hubiera olvidado? Es lo mas probable. Pero lo cierto es que no recuerdo absolutamente nada, maldita sea.

martes, 19 de diciembre de 2017

Enfermos de fanatismo (II)

"Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla", escribió Antonio Machado.

La mía, no. Mi infancia son recuerdos de una ciudad inhóspita, con habitantes inaccesibles como coches de choque y cielos de acero hasta donde alcanzaba el horizonte. Sólo que, una vez al año, allá por las últimas canículas de junio, mi horizonte se ensanchaba hasta llegar al mar.

De aquel mar recuerdo pocas cosas, pero todas intensas y balsámicas. Era la cura de diez meses fríos y adoquinados, inacabables. Recuerdo bandadas de peces plateados a pocos pasos de la orilla, diminutos cangrejos de color de arena y huellas de pájaros en zigzags caprichosos que llegaban hasta las dunas. Allí no había luz eléctrica ni agua corriente, pero había seres humanos, y entre los juncos zumbaban las libélulas. Y, por las noches, allá en lo alto, un océano mágico de estrellas.

Ya te he relatado alguna vez la llegada de los alcoyanos. Aparecieron una mañana, en la playa, acompañados de un carro tirado por un caballo y cargado de enseres. Mis recuerdos son borrosos, porque yo era muy pequeño, pero tengo la certeza de que no se alojaban en ninguna de las casas del lugar. Con cañas cortadas y atadas entre sí, construyeron sobre la misma arena varias empalizadas rectangulares, y allí dentro echaron los colchones que habían traído de casa para pasar las vacaciones de verano en la playa. No necesitaban más.

Eran varias familias, y venían de Alcoy. No recuerdo sus rostros ni sus edades. Recuerdo sólo su alegría contagiosa, su sentido del humor indestructible, y aquella lengua vernácula que me fascinó desde el primer instante. Era imposible no amar aquel habla valenciana melodiosa y certera, que desbordaba de ingenio y alegría de vivir.

Los alcoyanos venían todos los veranos, y se quedaban en la playa casi todo el mes de julio. Con el paso del tiempo, el añoso carro fue sustituido por un automóvil, y las cabañas en la playa por viviendas de alquiler. Incluso hubo quien se compró su propio chalecito, no lejos de donde nosotros veraneábamos. Años después, algunos de los hijos de aquellos alcoyanos se hicieron amigos mios. Fue un privilegio.

Muchos de los días más felices de mi vida los he vivido en valenciano, y la región valenciana ha sido para mí la quintaesencia del Mediterráneo. Sí, del mismo Mediterráneo en el que Zenón concibió la paradoja de la flecha y en el que Odiseo supo burlar al gigante Polifemo. En cuanto pude, ya en los primeros años de la Universidad, me escapaba a menudo de Madrid para ir a visitar a mis amigos alcoyanos, que por aquel entonces estudiaban en Valencia.

Cuando acabé la carrera, un día, harto ya de aquel esperpento medieval al que sus habitantes llaman Madrid, me subí a mi furgoneta desvencijada y, después de muchas vicisitudes, terminé instalándome en un pueblo de Valencia. Allí me curé de mi mal de amores y reuní fuerzas para emprender la que sería la principal etapa de mi vida. Todavía conservo algunos buenos amigos de aquella parada y fonda, pero de entonces acá el mundo ha dado muchas vueltas, y la Valencia que yo amé es ahora ya un espantajo irreconocible.

Siguiendo las huellas de Cataluña, el nacionalismo regional ha secuestrado la lengua y el espíritu valencianos, los ha pervertido y los ha convertido en un instrumento de poder. La región valenciana ya no es el Mediterráneo de Homero y de Parménides. Ahora todo en ella está impregnado de ideología. Ideología xenófoba y ridícula, acunada en fantasías totalitarias. Valencia no es un imperio. Ni siquiera un Estado. Valencia ahora no es nada, o apenas nada. Apenas un aspirante a gulag, una caricatura de la Inquisición, un Quijote sin Rocinante. Un páramo cultural gobernado por psicópatas.

Ya no amo la lengua valenciana. Ahora detesto todo lo valenciano, porque detrás de todo aquello que un día amé sólo veo a unos nazis grotescos moviendo los hilos de su propia vanidad. No tienen futuro, pero están tan pagados de sí mismos que ni siquiera se dan cuenta. Son un tren lanzado hacia el abismo, y con él arrastrarán a los nietos embrutecidos de aquellos valencianos maravillosos que yo amé y admiré, y con los que he vivido algunos de los mejores momentos de mi vida.


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sábado, 11 de noviembre de 2017

El asalto final

Viento del este, viento del oeste

Animado por la reciente iniciativa Hablamos Español, he acudido esta mañana a una manifestación, aunque he de confesar que no sé exactamente qué era lo que se reivindicaba. Lo que yo quería manifestar era que la política lingüística de esta comunidad autónoma me impide el uso normal del español en España. Suena raro, ¿verdad?

Suena raro, y lo es. Pero los motivos de quienes se han manifestado esta mañana no eran exactamente los mismos que los míos. De hecho, había una alarmante confusión al respecto. Para empezar, la inmensa mayoría de los manifestantes enarbolaban banderas. Es cierto, la bandera de España representa un territorio en el que rige una Constitución, que en particular ampara el derecho de sus ciudadanos a usar libremente la lengua nacional. Pero una bandera puede simbolizar muchísimas más cosas, y no todos tenemos por qué coincidir en ellas.

Tal vez estoy siendo demasiado inflexible. Descenderé, pues, un peldaño y supondré que la bandera española representaba el anhelo de unidad de la patria frente al secesionismo de una parte de Cataluña y a los designios de los gobernantes valencianos de ser anexionados por Cataluña mediante la implementación de un plan cuidadosamente diseñado. Pero, si lo que se reivindicaba era la unidad de la patria, ¿por qué la inmensa mayoría de los manifestantes enarbolaban también la bandera autonómica?

Es más, muchas de las pancartas estaban escritas en valenciano, otras hablaban de bilingüismo, y otras se referían al español como 'castellano'. No era eso lo que yo quería reivindicar, pardiez.

Los argumentos de los manifestantes con los que pude hablar eran también de lo más pintoresco. Una señora acusaba nada menos que a Rusia del independentismo catalán, simplemente porque se lo había dicho una hija suya que vive en Washington. Otra señora clamaba que lo que había que hacer era votar a Vox, un partido que no ha obtenido todavía ni un solo diputado en el parlamento español. Alguno que otro pedía el consabido "Puigdemont a prisión", y más de uno clamaba contra la 'catalanización' de la región valenciana.

Lo más alarmante de todo era la ausencia casi absoluta de jóvenes. A ojo, calculo que menos del uno por ciento de los manifestantes tenían menos de 30 años, y de ellos prácticamente todos eran niños que acompañaban a sus padres. Que nadie piense que en esta ciudad no hay jóvenes. Sin duda muchos estaban durmiendo la mona después de una noche de viernes apoteósica, pero Zara, la tienda de Apple o los grandes almacenes hervían de gente joven a la que, aparentemente, les trae sin cuidado en qué idioma los manipulan, los adoctrinan o los desalfabetizan.

Ante aquel desfile de clases pasivas con banderas contradictorias, en buena parte venidas en autocar desde pueblos circundantes, me embargó una desolación difícil de describir. Durante décadas nadie los ha defendido, y durante décadas ellos tampoco han sabido o se han molestado en defenderse. Todo lo que se les ocurre ahora, cuando ya es demasiado tarde, es manifestarse con sus vísceras y sus banderas. No son conscientes de que lo que tienen enfrente es un verdadero ejército en la sombra, perfectamente organizado. Un ejército que tiene ya argumentos, intelectuales, estrategia, poder y un sofisticado aparato de propaganda. Y que está determinado a usar todas esas armas hasta salirse con la suya.

Esta pobre gente cree que la bondad puede derrotar a la maldad por las buenas. Ellos son incapaces de cortar carreteras o vías de tren, de manipular a sus hijos ante las cámaras, de verter falsas acusaciones, de hacerse golpear por un policía blandiendo su bandera para después difundir la instantánea en los medios de comunicación internacionales. No tienen líderes. No tienen planes. No tienen estrategia. No son conscientes de su propia inferioridad, y ni siquiera saben claramente lo que quieren. Tienen la batalla perdida de antemano y, si tienen suerte, dentro de diez años la destrucción de España quedará consumada sin más violencia de la estrictamente necesaria.

Claro, que tendrán que tener mucha suerte. Para entonces, yo espero no estar ya aquí.

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sábado, 14 de octubre de 2017

Enfermos de fanatismo (I)

Ya te he hablado alguna vez de aquellos meses que pasé en Inglaterra. Yo no había cumplido aún los diecinueve años, y para mí todo era nuevo.

La familia con la que vivía era muy buena gente. Casi lo primero que me preguntaron a mi llegada fue si yo era católico. Ellos eran protestantes y, sabiendo que yo venía de un país católico, seguramente les preocupaba la circunstancia de que, ni en Warrington ni en muchas millas a la redonda, había una sola iglesia de aquella confesión.

Les escandalizó oírme responder que yo "no tenía ninguna religión", pero no por ello me juzgaron, y nunca más volvieron a sacar el tema a colación, salvo quizá en algún que otro comentario suavemente irónico contra el Papa de Roma.

Como yo era nuevo en la ciudad, Irene se apresuró a presentarme a otros jóvenes de mi edad. Durante días, desfilaron por 105 Hallfields Road chicos y chicas de distintas aficiones y formas de pensar. Supongo que yo era para ella un enigma. Viniendo yo de un país por aquel entonces tan desconocido, ni Irene ni sus padres tenían referencias para averiguar cómo acomodarme en aquella sociedad, en una ciudad en la que yo era el único extranjero. Cuando supieron que yo no fumaba ni bebía alcohol, llegaron incluso a proponerme que visitara la YMCA, una asociación de jóvenes cristianos en la que yo habría encajado más o menos como una cigarra en un hormiguero. Con el tiempo comprendieron que lo que yo más detestaba de mi país de origen era la omnipresencia de la religión católica y su cruzada enfermiza contra la sexualidad.

De todos aquellos muchachos que me presentaron, sólo dos terminaron siendo amigos míos. Ellos eran amigos entre sí, y de carácter completamente opuesto. Brian era un vividor, amante de las fiestas y de las faldas, mientras que John era tranquilo y reflexivo. John era el que más a menudo me llamaba o me venía a visitar. Formaba parte de un grupo de teatro, y tenía una pronunciación exquisita, que era para mí un recurso valiosísimo en aquella ciudad en la que todos hablaban con un tremendo acento "Lancashire".

Nos hicimos muy amigos. Una mañana, me llamó por teléfono. Sus padres estarían fuera todo el día y me invitaba a comer en su casa. El mismo cocinaría. Cuando me presenté ante su puerta, John, efectivamente, me recibió con un delantal a la cintura y una espumadera en una mano. Estaba ya preparando la comida. Charlamos animadamente y, cuando la comida estuvo lista, nos sentamos a comer.

A los postres, John se las arregló para sacar el tema de la homosexualidad, del que yo por entonces no sabía gran cosa. Mientras hablaba, me miraba con arrobo. Cuando finalmente me dijo que él era homosexual, comprendí. John no era un hombre promiscuo. Probablemente se había enamorado de mí, y abrigaba esperanzas de ser correspondido. Pero no pudo ser. Respondí que, lamentándolo mucho, yo no era homosexual, y seguimos tan amigos. Nadie juzgó a nadie, y él siguió visitándome y llamándome para salir exactamente igual que antes. John era un gran tipo, y todavía guardo un recuerdo muy afectuoso hacia él.

Tiempo después, ya de regreso en España, se empezó a hablar en público de la realidad homosexual. Nunca he entendido que haya personas que desprecien a los homosexuales, del mismo modo que nunca he entendido cómo a alguien le pueden repugnar los negros por el hecho de serlo. El cerebro humano es complejo pero, aun así, una cosa es la repugnancia personal y otra el rechazo social. Yo acogí con entusiasmo aquellas primeras reivindicaciones, hasta el punto de que en mi primer trabajo tardaron algún tiempo en darse cuenta de que yo no era homosexual.

Antes de continuar, tengo que decir que en ninguno de mis múltiples trabajos en distintos países he tenido conocimiento de que alguien fuera discriminado por ser homosexual, negro, judío o imbécil, aunque a veces me he preguntado por qué los imbéciles representan un porcentaje tan alto del contingente laboral. Tal vez es simplemente un reflejo de la propia sociedad.

Pero llegó 1989 y cayó la Unión Soviética. En pocos meses, la izquierda mundial quedó desarbolada y huérfana. A la vista de los aires de libertad que empezaron a correr por tantos países hasta entonces sojuzgados, uno pensaba que el modelo socialista había quedado -¡por fin!- definitivamente desacreditado. Pero parece haber una ley genética inexorable que dicta que la maldad nunca desaparezca de las interacciones humanas.

Desde luego, lo que habían quedado desacreditadas eran las consignas del obrero explotado por el capitalista explotador. En Europa la clase media vivía bien -espléndidamente, en comparación con los países más pobres-, y el primero de mayo se había convertido simplemente en un día de excursión. El socialismo, tal como lo habían idealizado quienes no lo conocían, era ya imposible. Pero las ansias totalitarias del ser humano son una hidra, y por cada cabeza que le cortan le crecen dos.

En contra de lo que muchos piensan, las revoluciones no tienen nada que ver con la justicia, sino con el poder. La justicia social es sólo una de las muchas coartadas de quienes, en el fondo, lo único que pretenden es mangonear sin límites. Es el viejo arquetipo freudiano de matar al padre. Por eso, a partir de los años 90, el énfasis de las reivindicaciones se fue desplazando poco a poco hacia grupos que hasta entonces habían sido marginales. Así surgió el movimiento 'gay', que los políticos de izquierda decidieron adoptar como aliado para no desaparecer de la escena política. El precio a pagar fue una ideología que, a medida que se consolidaba en el poder, se fue radicalizando hasta llegar a extremos delirantes. Y alarmantes.

Ahora ya no basta con reconocer la obviedad de que hay personas homosexuales. Además, hay que desdibujar las diferencias entre hombres y mujeres, poner en duda la familia tradicional (que es la que nos permite sobrevivir como especie) y otorgar a los homosexuales el 'derecho' a adoptar un niño (pero no a los niños el derecho a tener un padre y una madre, como en el resto del reino animal). Si yo aseguro ser un millonario en el cuerpo de un pobre, lo más que voy a conseguir es que se rían de mí, pero si declaro ser una mujer en un cuerpo de hombre la sanidad estatal tiene la obligación de dispensarme un costoso tratamiento con cargo, en parte, al bolsillo de los millonarios injustamente clasificados como pobres.

Pero cuando los fascismos llegan realmente a su apogeo es cuando involucran a los niños. La idea de que unos individuos puedan entrar a una clase infantil a predicar tales ideas y sembrar la confusión entre unos niños indefensos cuya mente está aún en proceso de formación me produce náuseas.

A John lo perdí de vista hace muchos años, pero todavía tengo una buena amiga que es lesbiana. Sigo sin tener nada contra las personas homosexuales, gordas, hermafroditas o calvas, pero el movimiento LGTBIJKXYZ me produce repugnancia. No le doy muchos años de vida. Justo el tiempo que tarde nuestra civilización en terminar como tantas otras civilizaciones que pasaron a los libros de historia.

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