domingo, 31 de diciembre de 2017

Carretera al cielo

Regresó del via crucis, agotada. No tenía ganas de cenar. Se dejó caer encima de la cama, cerró los párpados y exhaló un suspiro hondo. En pocos segundos, las tinieblas del sueño la envolvieron. Se quedó dormida.

Descubrió que flotaba en lo alto de una nube azul, rodeada de querubines. En sus manos, una lira. Era maravilloso, porque sus dedos sabían exactamente cómo tañer las cuerdas para arrancarle aquellas armonías sublimes, sobrehumanas. Cerró sus párpados también en el sueño y se dejó embelesar por su propia música. Con los párpados cerrados no veía. Como Cupido... ¿También ella sería capaz de disparar una flecha sin mirar, y acertar? Y quien recibiera la flecha, ¿de quién se enamoraría?

Intentó sumergirse de lleno en aquella fantasía de amores y destinos, pero como estaba dormida los personajes que evocaba se le escapaban. Tenían formas huidizas, personalidades volubles, comportamientos impredecibles. Ahora se fundían en un beso emborronado, como dos tartas que chocan, ahora reían de despecho, lloraban de deseo o adoptaban posturas incompatibles, como peces borrachos en una pecera.

Pero no era eso lo que la hacía sentirse incómoda, sino la transformación que estaba sintiendo bajo sus pies. En efecto, la nube que tenía debajo ya no era una ingrávida voluta azul, sino que se estaba volviendo roja y parecía cada vez más una caldera de arenas movedizas. Una voz de hombre, grave y aterciopelada, le hizo abrir los párpados. Frente a ella, todavía en sueños, un demonio rojo como una granada madura la miraba plácidamente.

Despertó sobresaltada, pero el demonio seguía allí. Se incorporó en la cama, aterrorizada. Un sudor frío perlaba su frente y su nuca.

"¿Quién eres?", exclamó.

"Soy exactamente quien tú crees que soy, querida"

Los labios de ella dibujaron un nombre que no llegó a salir de su garganta.

"No tienes por qué espantarte. Tú sabes que siempre he existido. Sólo que hasta hoy he sido invisible para ti"

"¿Y por qué has escogido precisamente hoy para aparecerte? Vengo de un via crucis, y estoy en gracia de Dios"

"Humm", sonrió Satanás. "Los creyentes no sois muy rigurosos con vosotros mismos. ¿Tan segura estás de que en ningún recoveco de tus pensamientos hay siquiera un asomo de pecado?"

Ella asintió con la cabeza, con vehemencia.

"¿Recuerdas cuando ibas a entrar en la iglesia junto al sacerdote y has tenido que apartarte porque el obispo tenía preferencia?"

Ella titubeó. "Eso ha sido sólo una contrariedad..."

Satanás chascó su lengua, feliz y apacible al mismo tiempo.

"No, querida. Ahonda sinceramente en tus sentimientos. Un poquito de envidia, reconócelo... Soberbia, también"

La mujer bajó la vista. El demonio, pensativo, examinó un anillo que brillaba en el dedo corazón de su mano izquierda.

"Y cuando ha sonado ese teléfono móvil en mitad de la cuarta estación, ¿qué le has deseado al dueño de aquel teléfono?"

"No ha sido más que un impulso", exclamó ella.

"Un impulso de odio, reconócelo. Te has arrepentido al instante, pero no has podido impedir que sucediera. Y en la décima estación, cuando Jesucristo era despojado de sus vestiduras, ¿no ha cruzado por tu mente una fugaz imagen.... lujuriosa?"

La mujer enrojeció.

"Bien. Ahora estamos en sintonía. Quiero decir, del mismo color tú y yo. De modo que iré al grano. He venido a hacerte una propuesta"

Entre las manos del diablo apareció de repente una bola de cristal.

"Acércate, no temas. Soy inofensivo. Esto que vas a ver aquí es tu futuro"

Ella adelantó su cabeza apenas unos centímetros. Evidentemente, le repugnaba la presencia del Príncipe de las Tinieblas. En el interior de la bola de cristal una niebla oscura se fue disipando, y en un paisaje de llamas retorcidas se vio entonces a sí misma trasponiendo un portón orlado de espinas y vidrios rotos. Su imagen aparecía desnuda y encorvada, y por su rostro angustiado se deslizaban lágrimas gruesas y ardientes.

"¡Qué horror!", exclamó, y se apartó instintivamente.

"Así es, querida. Está escrito. Algún día tú serás de los míos, y en mi Reino padecerás eternamente la furia del fuego y el hielo, la lascivia inextinguible de los sátiros telúricos, y los dolores del parto... sin llegar jamás a alumbrar criatura alguna.

La mujer estaba pálida, paralizada.

"Pero, ¿por qué tiemblas? Todavía no has escuchado mi propuesta"

"¿Qué propuesta?", musitó ella desmayadamente.

"Verás. Las cosas en el otro mundo no son exactamente como vosotros creéis. La frontera entre el cielo y el infierno no es tan terminante como os han contado. En realidad, según el día o las circunstancias, ellos y nosotros a veces podemos... negociar. ¿Me entiendes?"

Ella meneó la cabeza. No entendía.

"A ver, ¿cuál es el pecado más grave que has cometido jamás? Vamos, a mí me lo puedes contar..."

Atragantándose, la mujer dijo casi sin voz: "A veces le siso dinero de la compra a mi marido, para comprarme zapatos"

El diablo sonrió suavemente, enternecido. "Pero siempre le has sido fiel, ¿verdad? No, no hace falta que digas nada. Lo sé, lo sé. Pues bien, basta ya de rodeos. Para librarte del infierno sólo necesitas hacer una cosa: cometer adulterio. Si lo consigues, yo me encargaré de arreglar las cosas para que te cambien de destino. ¿Qué te parece?"

"Pero el adulterio es un pecado. ¿Cómo voy a ir después al cielo?"

"Verás. Allá arriba, si uno hace las gestiones adecuadas, hay un cierto grado de... digamos, manga ancha. No te extrañes. Al fin y al cabo, Dios es infinitamente bondadoso, ¿no es cierto?"

"Pero yo amo a mi marido. No podría irme a la cama con otro hombre aunque quisiera"

Satanás guardó la bola de cristal en un cuerno de rinoceronte que apareció de pronto en su mano derecha. "Entonces, querida mía, en mi Reino nos veremos. Entre tanto, disfruta. Te quedan todavía muchos años de vida"

"¡No! ¡Espera!"

El la miró con aires interrogantes. La fiel esposa se retorcía las manos. Respiraba con fuerza.

"Creo... creo que lo intentaré. Déjame intentarlo. No te prometo nada, pero lo intentaré. ¿Te parece?"

Satanás se encogió de hombros.

"Como comprenderás, a mí me da exactamente igual. En el infierno cabéis tú y mil millones como tú"

"Entonces... ¿por qué lo haces?"

El visitante enarcó las cejas sin darle importancia, en un gesto de cinismo impenitente.

"Es parte de mi oficio. Yo soy el espíritu del Mal, recuerda"





Faustina no sabía por dónde empezar. Del mismo modo que un fotógrafo, al mirar por el visor de su cámara, convierte la realidad cotidiana en paisajes llenos de significado, los hombres eran ahora de pronto un mundo nuevo para ella. Ahora había hombres de voz varonil y persuasiva, y hombres incapaces de venderte un bolígrafo. Había viejos dandis y jóvenes desgarbados, militares atléticos y oficinistas barrigudos, hombres sensuales y acicalados y hombres sin alma, pálidos e inexpresivos. Pero, cuando empezó a sentirse guapa otra vez y a vestirse como tal, lo que más se encontraba a todas horas eran hombres insinuantes. Y, a menudo, insistentes hasta el agotamiento.

Se decidió por el más insistente de todos. Más que nada, por ver si así la dejaba en paz. Se llamaba Mauricio, y lo había conocido en un café. Después de un larguísimo tira y afloja en torno a una mesa de la cafetería, Mauricio le abrió por fin la portezuela de su coche y se la llevó por una carretera serpenteante hasta un apartamento frente a una playa. El día estaba desapacible y la playa estaba desierta. Mauricio abrió las ventanas de par en par.

"¡Mira: el mar!", exclamó, eufórico por el trofeo femenino que estaba a punto de conseguir. Pero después de tantas curvas como habían recorrido, Faustina no se encontraba bien. Se había mareado, y todos los intentos de Mauricio por conducirla a su terreno fracasaron. Finalmente, a petición de ella, la dejó en una parada de autobús y se marchó. Ella compró unas pastillas para el mareo en una farmacia y regresó en el primer autobús.

Esa noche, la noticia más destacada en la televisión fue un pavoroso incendio en una pequeña localidad de los Alpes. Las llamas habían engullido varios edificios y los bomberos no conseguían reducir el fuego. Cuando la imagen se detuvo frente a la puerta principal del hotel Hellbrunn, que ardía por los cuatro costados, Faustina se estremeció. Había creído ver en aquella imagen las mismas puertas del infierno que vaticinaba la bola de cristal de su diabólico visitante. Procurando que su marido no se percatara apretó los puños, angustiada. Ya no dudaba. Tenía que sacar fuerzas de flaqueza y alcanzar su salvación.

Repasó mentalmente su lista de candidatos. No eran tantos. El repartidor de butano no le parecía tan repelente, pero llegaba siempre jadeando y sudoroso con su bombona a cuestas. Los amigos de su marido estaban descartados. No era que no se le insinuasen, sino que ella todavía conservaba un ápice de decencia. Por la misma razón, excluyó también de su lista a los maridos de sus amigas. Había también otros hombres que había conocido yendo de compras, o en el autobús. Pero todos le daban exactamente igual, y decidirse por uno de ellos era como deshojar eternamente una margarita. Necesitaba ampliar su lista. Se acercaba ya el verano y empezaba a hacer calor, así que tomó una decisión: a la mañana siguiente iría a la piscina.

Escogió un bikini muy atrevido, que realzaba sus encantos. Antes de salir de casa, se lo probó ante el espejo y contempló su figura en todas las posiciones. Se veía irresistible. ¿Algún hombre en la piscina podría no fijarse en ella? Pronto lo averiguaría.

De camino a la piscina, en el autobús, le sorprendió descubrir que estaba fantaseando. Pero su fantasía no tenía cuerpo ni rostro. Sólo sabía que aquella misma mañana un hombre, uno muy especial, se le acercaría y le pediría conversación. Y a ella, por primera vez en su vida, le encantaría sentirse deseada. A partir de allí, la fantasía se perdía en laberintos sin forma, agitados por pasiones profundas que ella nunca antes había sospechado. Se asustó. Satanás lo estaba consiguiendo, se dijo. Y se puso en guardia.




Mientras su lengua recorría gozosamente los contornos de aquel helado de fresa, sus ojos percibían las miradas, no siempre disimuladas, de los varones que habían advertido su presencia en el césped de la piscina. No eran pocos. Se encogió levemente de hombros. "Si tanto me desean, que compitan por mí", se dijo. Y aquel pensamiento le produjo un cosquilleo delicioso que recorrió su espalda desde la nuca hasta la rabadilla. Se tumbó en la hierba y abrió la revista de moda que traía en el bolso.

"Disculpa", dijo una voz de hombre junto a ella. ¿Sabrías decirme a qué hora empiezan las clases de natación?"

Faustina cerró la revista y lo miró, aparentando indiferencia.

"Lo siento. No tengo ni idea", respondió. "Es el primer día que vengo a esta piscina"

No era ni guapo ni feo, pero el tono de su voz tenía algo especial que la atraía y, al mismo tiempo, la ponía a la defensiva. ¿Será él?, se preguntó.

"Bueno. Esperaré un poco más, a ver si viene el monitor", repuso el hombre. "Me llamo Tomás, y soy italiano", añadió. Y, sin pedir permiso siquiera, se sentó junto a ella.

Ella se dejó estrechar la mano. A continuación, hizo visera con la otra mano y oteó el horizonte.

"Faustina", se presentó ella por fin. "Mucho gusto"

"¿Estás esperando a alguien?", preguntó él.

Ella dudó unos instantes.

"Pues sí", contestó. "Pero... no estoy segura de que venga hoy"





Nunca había experimentado lo que sintió cuando Tomás, con dedos trémulos, desprendió de su cuerpo la pieza inferior de su bikini. El balcón estaba abierto de par en par, y a través de él el sol acariciaba sus cuerpos desnudos sobre las sábanas. No sentía pudor. Una vez más, se abandonó a un beso apasionado y dejó que la mano del hombre guiara la suya hasta el cuerpo de él. Un volcán interior se apoderaba de ella. ¿Cómo era posible? ¡Se sentía tan viva...! Hasta aquella mañana, jamás había sospechado que hubiera también un cielo en la tierra.

Y el volcán creció, y creció, hasta que Faustina perdió la noción del tiempo y del espacio, engullida por sus llamas. Y en aquel instante el cielo y el infierno se fundieron en una única marejada de gozo terrenal.

No había duda. Era él.





"Me has sorprendido, querida. Lo has conseguido en menos tiempo del que yo esperaba"

Desde lo alto de la biblioteca, donde aparecía sentado ahora, Satanás la miraba con ternura y un punto de ironía.

"¿De verdad te ha sorprendido? Creí que eras capaz de adivinar el futuro", dijo Faustina.

"No exactamente", repuso el diablo. "En realidad, puedo inventar cuantos futuros quiera, pero no puedo estar seguro de que se cumplan"

"Entonces ¿el destino no existe?"

"No, que yo sepa. Verás. Tengo que confesarte algo terrible: te he mentido"

"Raro sería que el demonio dijera la verdad"

Ella se ajustó el escote de la bata. Por un instante, le pareció que Satanás la miraba con ojos lascivos.

"Es que yo no soy el demonio, querida"

Faustina dejó de cepillarse el cabello y lo miró fijamente.

"Bromeas"

"No. Yo no soy el demonio, porque el demonio no existe"

"¿Estás jugando conmigo?"

Satanás observaba ahora con gran interés las oscilaciones de un yoyó que había aparecido de improviso en su mano.

"En absoluto"

"¿Quién eres tú, entonces?"

"Dios"

Al decir esto, Satanás cambió de color y se tornó de un azul maravilloso. Faustina entonces sintió una música celestial que invadía la habitación y penetraba hasta sus huesos. Era tan relajante como el sonido de la lira en la nube de aquel antiguo sueño. Sus párpados se entornaron, y el cepillo que sujetaba su mano cayó al suelo.

"Yo solamente creé el universo. No tengo ningún poder sobre los humanos", dijo Dios. "Aunque, naturalmente... puedo tratar de convencerlos". Y sonrió.

"Pero... el bien y el mal... El cielo y el infierno...", balbució Faustina, desconcertada.

"Hay un cielo en la tierra: el que tú acabas de conocer. Y también hay un infierno, y harías bien guardándote de él. En cuanto al bien y el mal, yo sólo he creado los átomos y la luz, y todas esas cosas". Sus cejas se curvaron como implorando piedad. "Quizá me salió mal el experimento"

"Pero entonces has creado un mundo absurdo. No hay nadie que premie a los buenos o castigue a los malos"

"A veces sí, y a veces no, tú misma lo sabes. Yo no tengo nada que ver en eso"

"De modo que no eres ese Padre infinitamente bondadoso del que hablaban los profetas"

"A alguien se le ocurrió esa idea, hace muchos años. Una idea brillante, lo reconozco"

El yoyó ascendió velozmente por el bramante que lo sujetaba y Dios cerró la mano sobre él.

"Ahora tendrás que disculparme", se excusó. "Hay todavía unas cuantas galaxias por ahí que aún no se han enterado de estas cosas. Ha sido un placer hablar contigo"

"¡No, espera!", exclamó Faustina. Dios sonreía aún, aunque inmóvil, como una estatua del Buda.

"Hay una cosa más que necesito saber", imploró ella. "¿Existe el más allá?"

Su pregunta resonó como un eco por la habitación, largo rato. Pero Dios había desaparecido.


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