domingo, 27 de agosto de 2017

¿Sano o malsano?

Recuerdo vagamente que, allá por los años 70, algunas publicaciones empezaron a 'informar' de estudios científicos que indicaban que el aceite de oliva era nefasto para la salud. Eran los tiempos en que el mundo se encaminaba todavía hacia una glaciación, y sólo diez años antes muchos médicos habían instalado en sus consultas aparatos de rayos X para atisbar mejor las interioridades de los pacientes. A mí me metieron varias veces en uno de aquellos aparatos, durante periodos de tiempo que hoy estarían considerados alarmantes.

Un día, mi médico de cabecera se puso un peto de protección para examinarme por rayos X, y algún tiempo después el aparato había desaparecido de la consulta. Aquel médico no vivió muchos años, y apostaría a que no fue el único de los que se fiaron de los 'avances' de la medicina.

Cuando yo era niño, las moscas y los mosquitos los combatíamos con DDT. Mi madre rociaba la habitación usando un pulverizador que había que accionar empujando un émbolo en su parte trasera, y las moscas caían.. como moscas. Todos los objetos de la habitación quedaban impregnados de DDT, y el depósito del insecticida, que había que rellenar de cuando en cuando, solía rezumar DDT, que iba a parar a nuestras manos, sin que nadie corriera inmediatamente a lavárselas con celo de cirujano.

De hecho, algún que otro barman de Estados Unidos añadía DDT a ciertos cócteles para darles un toque exótico. Nunca tuve noticia de intoxicaciones por DDT, y en muchos países de Africa y Asia aquel insecticida había conseguido erradicar o reducir radicalmente el paludismo.

Hasta que, un día, los primeros ecologistas descubrieron inesperadamente DDT en la grasa de no sé qué focas del Polo Norte. Las focas se encontraban estupendamente, pero se consideró que el hallazgo era deletéreo para la especie humana, y la Organización Mundial de la Salud recomendó enérgicamente (es decir, metiendo mucho miedo) dejar de usar el DDT. En pocos años, el paludismo recuperó el terreno perdido, y gracias a la OMS muchos millones de seres humanos han muerto desde entonces por falta de DDT.

A medida que las Universidades se han ido burocratizando y convirtiendo a sus investigadores en simples paniaguados, el fenómeno de la ciencia de pacotilla ha ido en aumento. El científico paniaguado está obligado a publicar cuantos más artículos mejor, y a menudo tiene que estrujarse las meninges para encontrar un tema que revista al menos la apariencia de avance científico. Un truco habitual para dar a los artículos apariencia científica consiste en buscarles un título pomposo, trufado de palabras abstrusas que en realidad designan conceptos absolutamente banales. Otro truco también muy usado son los estudios estadísticos.

Para entender mejor este último truco, consideremos un ejemplo imaginario: De una muestra de 500 sujetos que viajan diariamente en autobús, un 57 por ciento declara estar más satisfecho de su vida sexual en una escala de 1 a 10. Conclusión: viajar en autobús podría estimular el deseo sexual. El estudio, realizado en el marco de una universidad prestigiosa, es publicado por una prestigiosa publicación científica, y gracias a ello el investigador paniaguado está ya un poquito más cerca de su ascenso en el escalafón.

Pero la historia no se acaba ahí. Los periodistas, ávidos de historias sensacionalistas, encuentran el artículo rastreando la Web y se apresuran a publicarlo, convenientemente 'adaptado' para despertar el interés de los lectores. Seguidamente, los lectores relatan a su manera la historia en su página de facebook, y el proceso se reproduce en las redes sociales. En poco tiempo, lo que había empezado siendo una investigación estúpida se acaba convirtiendo en un artículo de fe para millones de imbéciles sin la menor cultura ni -lo que es peor- el menor espíritu crítico.

Un momento. Tampoco aquí acaba la historia, porque las compañías de transporte por autobús y los fabricantes de autobuses acaban de descubrir un argumento excelente para hacerse publicidad. Es más, no contentos con proclamar los resultados de la investigación, deciden crear una fundación que estudie los efectos del viaje en autobús sobre la libido humana. Como ya se imaginará usted, los investigadores de esa fundación difícilmente llegarán a la conclusión 'científica' de que el autobús favorece la frigidez. Les va en ello el pan de sus hijos. En todos los estudios estadísticos hay muchos parámetros que combinar de modo que el resultado final sea el que uno espera.

Lo que acabo de describir es más o menos lo que sucede con el cambio climático, el colesterol, la ingesta de grandes cantidades de agua, el aceite de oliva, los edulcorantes, los productos 'ecológicos', la leche entera, los alimentos 'enriquecidos', y un enorme etcétera que todos los días aumenta exponencialmente.

El arroz integral es muy bueno para el intestino, pero contiene arsénicos. Las proteínas son indispensables para los músculos, pero su supresión en la dieta alarga la vida. El chocolate alivia la depresión, pero engorda. Los quesos son malos para la circulación, pero el país europeo con mayor esperanza de vida es Francia. Y, en términos mundiales, la población del planeta con mayor esperanza de vida ni siquiera prueba el aceite de oliva. Hace años, los huevos aumentaban la concentración de colesterol en la sangre. Hoy, son inocuos. Según unos autores, el fluoruro en el agua es bueno; según otros, es malo. Investigue usted un poco en Google Scholar, y podrá alargar esta lista hasta que se le acaben los alimentos.

Como muestra de todo esto, he reunido unos cuantos datos sobre algunos de los mitos actuales más extendidos. Siga usted leyendo.

El agua

Tan inocua en apariencia, tan saludable según las embotelladoras (y sus acólitos de la universidad y de la prensa), resulta que el consumo abundante de agua se ha llevado ya por delante ya a más de un infeliz creyente. Según el estudio 'científico' que uno escoja, beber mucha agua:

- Adelgaza y mejora la concentración mental
- No sirve para adelgazar y disminuye la concentración mental
- Sanea los riñones
- Perjudica los riñones forzando las funciones de los glomérulos renales
- Contiene sustancias esterilizantes dañinas para la salud
- Puede causar hiponatremia (dilución del sodio en la sangre): vómitos, desorientación y jaquecas
(El actor Anthony Andrews murió en 2003 por beber agua en grandes cantidades)
- Aumenta el volumen de la sangre, sometiendo al corazón a un esfuerzo innecesario
- Diluye los electrolitos en sangre, causando inflamación celular y trastornos estomacales
- En particular, puede causar la inflamación del cerebro, con graves consecuencias
- Altera también la concentración de potasio en la sangre, que es causa de inflamaciones y dolores

Los huevos

- Comer un huevo al día no altera la concentración de colesterol en la sangre
- La yema de huevo contiene una plétora de nutrientes, desde vitaminas hasta yodo, calcio y hierro
- Comer huevos favorece la actividad cerebral
- El selenio que contienen los huevos es beneficioso para la glándula tiroides
- Fortalecen el cabello y son buenos para la vista
- Ayudan a prevenir el cáncer de mama, y posiblemente la enfermedad de Alzheimer
- Fortalecen los huesos y el sistema inmunitario

Los aceites y grasas

- Las grasas saturadas podrían ser buenas para la salud
- La mantequilla protege el estómago
- Los triglicéridos del aceite de coco son buenos para quemar grasas
- Dos cucharadas de aceite de oliva contienen más del triple de grasas saturadas que 80 g de pechuga de pollo
- Según un estudio efectuado en Creta, los enfermos del corazón estudiados ingerían mucho más aceite de oliva que los de corazón sano
- Según un estudio basado en 90 000 enfermeras, el consumo de aceite de oliva apenas mejoró la salud de sus consumidoras
- Según dos estudios diferentes, el consumo de aceite de oliva constriñe notablemente las arterias
- Una ración de lechuga contiene tantos polifenoles como una de aceite de oliva virgen, y no engorda
- Los habitantes de Okinawa, que poseen el corazón más sano del mundo, tienen unos niveles de colesterol 'bueno' lamentables

Supongo que no es necesario seguir. ¿Le ha parecido interesante? Pues saque usted mismo sus conclusiones. Y, por favor, cultive su sentido crítico. La dignidad humana consiste, en parte, en no dejarse engañar.


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domingo, 20 de agosto de 2017

Borricofobia

No, no tengo nada contra los borricos, aunque sí contra los que se comportan como ellos. A saber: deteniéndose de repente en mitad del camino y empecinándose en no mover una pezuña por muchos improperios que uno profiera y por muchos correazos que uno --metafóricamente-- les arree. No es un prejuicio. Es que si los borricos se empeñan, por ejemplo, en cerrarme el paso cuando es evidente que se nos acerca un huracán, pues el disgusto será malo, pero peor será el huracán.

Según el DRAE, el sufijo '-fobia' significa 'aversión' o 'rechazo', lo cual en teoría me permitiría acuñar no sólo términos muy personales, como 'gazpachofobia', 'facebookfobia', 'caninofobia', 'burocratofobia' o 'twitterfobia', sino muchísimos más que son simplemente de sentido común, como 'seismofobia', 'ladronfobia', 'rayofobia', 'chichonfobia', 'estafofobia', 'naufragiofobia', 'infartofobia' y un largo etcétera, incluido por supuesto el título de esta digresión.

En resumen, tenemos aversión o rechazo a todo lo que nos disgusta o amenaza directamente. Un terremoto en la Conchinchina, sí, nos puede mover a compasión, pero en el fondo --seamos sinceros-- nos trae bastante sin cuidado. Aun así, ha habido en la historia episodios tan horripilantes que uno no puede permanecer indiferente aunque los considere irrepetibles (quizá porque un sexto sentido nos dice que no lo son). Dos de los más conocidos son el nazismo y el comunismo.

Como hablar de 'comunistofobia' puede ser --por desgracia-- controvertido, centrémonos en la que es probablemente la más universal de todas las fobias, que podríamos bautizar desde ahora mismo como 'nazifobia'. (De nada, DRAE).

No hace falta ser judío para ser nazífobo. Basta con ponerse en el pellejo --nunca mejor dicho-- de los ocupantes de los barracones de Auschwitz. Desde luego, los militares alemanes eran realmente malvados, y prueba de ello es que, en las películas, nos alegramos muchísimo cuando mueren. Rara vez se nos ocurre pensar que, del sargento para abajo, muchos de aquellos soldados estaban allí contra su voluntad. Por simple cálculo de probabilidades, es prácticamente seguro que en la segunda guerra mundial más de un americano del Ku-Klux-Klan causó la muerte de más de un alemán demócrata y bondadoso. Pero cuando a uno le declaran la guerra no se puede andar con pamplinas. Salvar el pellejo es prioritario.

Sin embargo, parece evidente que aquí falla algo. Analicemos bien el signifcado de las palabras que usamos. ¿Desear la muerte de aquel bondadoso alemán es nazifobia? Una cosa es que aquel pobre hombre formara parte del ejército nazi, y otra muy distinta es que él mismo lo fuera. De modo que haríamos bien en distinguir las dos cosas. Yo tengo aversión a las ideas nazis. Y, si alguien me las trata de imponer, lo que tengo que hacer es defenderme. Aun sabiendo que podría estar aliándome a un cerdo supremacista blanco para liquidar a un infortunado pacifista angelical.

Tamaños horrores son imposibles de evitar cuando la guerra ha sido declarada. Precisamente por eso nos conviene tener las ideas muy claras. La nazifobia --al igual que otras fobias que está mal visto mencionar-- es esencial para nuestra supervivencia. Implica combatir --y, a ser posible, erradicar-- las ideas que nos amenazan, que es la manera más civilizada de evitar una guerra. Si, por un error conceptual, nos avergonzamos de nuestra nazifobia y la convertimos en un tabú, podríamos terminar paralizados ante el enemigo.

Efectivamente: como los borricos.

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miércoles, 2 de agosto de 2017

La caja fuerte

Después de treinta y cinco años de oficio la burocracia no tenía secretos para él. Había trabajado en todos los negociados de todos los ministerios, había acumulado pluses, prebendas, trienios y menciones honoríficas, y era capaz de leer -¡y hasta de entender!- la letra pequeña de todas las cláusulas contractuales. Había participado en intrigas de cafetería y en linchamientos verbales bajo la luz mortecina de los despachos, y había concebido y puesto en práctica sofisticadas maniobras para ascender por el escalafón a costa de los más débiles. Y, lo más meritorio de todo, había salido indemne.

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domingo, 25 de junio de 2017

Una crítica desinteresada

ACTO PRIMERO

"¿Le puedo tomar nota ya, caballero?"

"Sí, muchas gracias... De entrada, creo que tomaré una rillette de caviar iraní gelificada con humo líquido y emulsión de trufas salvajes"

"Por supuesto, señor. ¿Lo aderezamos con aceite balsámico de Rajastán, o prefiere polvo helado de rabanitos Caducifolius?"

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viernes, 16 de junio de 2017

Contrastes

Prohibido fumar, decir palabrotas y hablar con el conductor

Hace algunos meses tuve ocasión de conversar con el hijo de unos amigos sobre ciertos aspectos de la vida moderna. El no entendía mi aversión a los viajes en avión, y le tuve que explicar que hubo un tiempo en que, a diferencia de ahora, los aeropuertos no se parecían en nada a un campo de concentración. No había aglomeraciones, ni controles, ni cámaras. Uno, simplemente, se iba caminando desde el mostrador de facturacion hasta la puerta de embarque y, al rato, en un asiento espacioso de un avión le servían una comida generosa con cubiertos de metal y una botellita de vino. En clase turista. Y se podía fumar. Sí, en el avión.

Viendo la expresión de sorpresa de aquel muchacho, por un instante tuve la sensación de estar contando un cuento de hadas.

"Pero ahora los controles son necesarios", replicó él. "Si no los hubiera ..."

Efectivamente, ahora los controles son necesarios. Pero digamos con todas las letras lo que eso significa: no sólo hemos perdido calidad de vida. Hemos perdido libertad. Y mucha. ¡Bien por el progreso!

Rebelión en la granja (pero sin huevos)

Aquella conversación me recordó otra que mantuve hace algunos años con un sobrino. El veía con simpatía la gestación de un 'nuevo' partido político de ideas más rancias que Carracuca. Mi sobrino no tenía ni idea de que aquel ideario politico ya había sido ensayado en muchos paises, con un saldo aproximado de cien millones de muertos y muchos más millones de horas de colas, penuria, escasez, hambre, torturas y control despiadado del individuo por el Estado.

En algún momento, inevitablemente, la conversación derivó hacia los años del franquismo. Su idea de aquel periodo histórico era más o menos la que predica machaconamente la propaganda bienpensante. A saber: Franco fue un psicópata sanguinario que se dedicó a empobrecer y hacer todo el daño que pudo a los españoles durante cuarenta años, y la represión del franquismo fue...

Lo interrumpí. "¿Sabes una cosa? Yo estuve en Praga en 1971", dije. "Y allí el control del Estado sobre las personas era tan monstruoso que entré en estado paranoico. Literalmente. Llegué a creer que nunca me dejarían salir. Aquello no era un país; era una cárcel gigantesca, y cuando regresé a la España de Franco me sentí libre, ¡libre!, como un pajarillo silvestre".

Así fue. En mi país no me sentía vigilado. A nadie le importaba cuánto dinero gastaba, qué compraba, cuánta gasolina consumía o dónde pasaba cada noche. Podía comprar infinidad de libros inencontrables en la Checoslovaquia socialista y, excepto los estancos, ninguna tienda estaba controlada por el Estado. Además, en comparación, las tiendas españolas estaban abarrotadas de productos, en cantidad y en variedad. Mi sobrino me miraba con cara de incredulidad.

No te vayas, rianxeira, que te vas a marear

"¿Y la represión?", leí en su mirada. "El régimen de Franco no tuvo oposición democrática", le expliqué. "La represión recaía sobre los grupos de extrema izquierda, que pretendían derrocar aquel régimen para sustituirlo por una democracia 'popular'. Es decir: Checoslovaquia. El horror".

Y era cierto. En aquellos años -igual que ahora-, había que ser un ignorante imperdonable o tener realmente muy mala entraña para ser maoísta, leninista, trotskista o prosoviético. Pero si uno defendía ideas democráticas, la represión que padecía era entre benévola y nula. Peor lo tenemos hoy los que no creemos en el calentamiento global.

En mi experiencia personal, la única represión que viví con rabia y desesperanza durante el franquismo fue la que ejercía la iglesia católica. En nuestros días, la obsesión por el colesterol y el cambio climático es un auténtico tostón, pero en aquellos tiempos la obsesión por la castidad femenina era, para un adolescente como yo, sencillamente insufrible.

Sin embargo, la iglesia católica ha sentido siempre una atracción satánica por las fuerzas del Mal, y con el Concilio Vaticano II se pasó de la Inquisición al marxismo-leninismo sin emitir un suspiro. Aquel cambio de chaqueta espectacular puso en marcha la inexorable ley del péndulo, hasta el punto de que hoy en día está ya mal visto no ser hermafrodita, o tener ideas propias, o criar hijos en lugar de perros. Y, por supuesto, añorar la libertad de hace medio siglo.

Debajo de los adoquines está la playa

Una libertad que, idependientemente del país o del régimen político, era mucha. Eran los tiempos en que uno sólo tenía obligación de enseñar el DNI a la policía, y nunca a la cajera del supermercado o a la secretaria del dentista. Tampoco había cámaras de vigilancia por ninguna parte, y la delincuencia era mucho menor que ahora. Uno podía entrar a cualquier edificio oficial sin pasar por ningún control de metales, y había libertad para ponerse o no el casco en las motos o el cinturón de seguridad.

Como había muchos menos funcionarios y muchos menos políticos, tampoco había que pagar impuestos. En los autobuses, ninguna autoridad tenía que reservar asientos para los ancianos, porque los propios pasajeros les cedían el suyo. Y cuando uno quería apearse en la próxima pedía amablemente pasar en lugar de emprenderla a empujones como los gorilas.

En aquellos tiempos todos sabían redactar, y escribían con pocas o ninguna falta de ortografía. Todos sabíamos por dónde pasaba el Ebro y dónde estaba Albacete. En las cartas nadie escribía jajajaja, y en los telegramas uno ponía lo estrictamente necesario. Quienes aprobaban unas oposiciones podían pedir plaza en cualquier rincón del país sin necesidad de aprender ninguna lengua local. El tomate sabía a tomate, los huevos sabían a huevo y el pan sabía a pan. Todas las noches regaban las aceras, y sólo los locos hablaban solos por la calle.

Además, los parques eran sólo para pasear y disfrutar apaciblemente del aire libre. Las playas eran playas, y no calles, como ahora. La Tierra no se estaba calentando, sino que se encaminaba a una glaciación, pero a nadie le importaba un comino. Como no había videojuegos y apenas había televisión, la gente tenía ingenio y mucho sentido del humor. Y, como todos teníamos ideas propias, no teníamos necesidad de tatuarnos para distinguirnos unos de otros.

En el balneario de Parménides

Las argollas en la nariz, en los pezones o en el clítoris eran sólo cosa de los aborígenes de selvas remotas. Los jóvenes sabían bailar, y nadie tenía necesidad de acarrear botellas de agua por la calle, y mucho menos de agua mineral. Los escritores sabían redactar y no escribían lo primero que les pasaba por la cabeza, como ahora. Los juguetes eran escasos, y la imaginación, por consiguiente, desbordante. Las películas en blanco y negro eran en blanco y negro, y no coloreadas.

Pese a todo, hay cosas que no han cambiado. Antes todos los informativos contaban las mismas patrañas. Ahora, también. Antes se podía votar entre dos o tres opciones prácticamente indistinguibles. Ahora, también. Antes, la moral la dictaban los paniaguados del clero. Ahora, los paniaguados de la política. Antes había que respetar una religión que menospreciaba a las mujeres. Ahora, también. Antes había caciques. Ahora hay comunidades autónomas.

Es cierto, también hemos progresado. Hoy en día todos los automóviles tienen aire acondicionado. Hay aspiradoras que funcionan solas, y dentro de poco los frigoríficos encargarán el salchichón en bable a la tienda de ultramarinos. Todas esas maravillas nos liberan, y con su libertad cada uno hace lo que le viene en gana, pero para mí el progreso no es un fin en sí mismo, sino simplemente un medio. Un medio para desarrollar al máximo nuestro potencial como personas. Para ser más creativos, más autónomos, más generosos. Ese es el baremo con el que deberíamos medir los cambios históricos, porque es el criterio que mide ni más ni menos que la dignidad humana.


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sábado, 10 de junio de 2017

Horteras

Oí por primera vez la palabra 'hortera' allá por los años 70. Es sorprendente la capacidad del ser humano para captar instantáneamente, a veces ante un solo ejemplo de la vida real, el significado de una palabra. En aquellos años de patillas de hacha, jersey exageradamente corto y transistor debajo del brazo, no era difícil reconocer un cierto tipo de personaje callejero que se distinguía del resto, no tanto en la forma de las patillas o en la longitud de la melena, sino más bien en la falta de estilo.

No he dicho esto en sentido despectivo. Muchos de los horteras de aquella época me caían bien, y algunos fueron incluso buenos amigos míos. Pero, del mismo modo que un actor malo no nos conseguirá convencer interpretando a Shakespeare, un hortera nunca nos convencerá de que el buen gusto es una de sus virtudes. Naturalmente, parto de la base de que las tragedias de Shakespeare son dramas más sutiles que las telenovelas. Si usted cree lo contrario, entonces este no es su blog, y yo en su lugar no perdería más el tiempo leyéndolo.

Algunos años después llegó a mis oídos la palabra 'kitsch', más o menos indirectamente importada del alemán. Pero no es lo mismo. El kitsch es de interiores. El hortera, no. El hortera se lanza a la calle sin pudor ni afectación, simplemente convencido de que, con arreglo a un criterio indefiniblemente esotérico, va a la moda.

Como todo en la vida, hubo y hay horteras entrañables y horteras abominables. Y también horteras controvertidos. En nuestro tiempo, el presidente Trump es uno de los más polémicos, pero ser hortera no tiene nada que ver con ser bueno o malo, excepto quizá en las reminiscencias. Los penitentes de la Semana Santa serán tétricos, si usted se empeña, pero los miembros del Ku-Klux-Klan son unos horteras. El sombrero floreado de ciertas damas inglesas puede ser simplemente el atuendo de boda de una madre bondadosa, pero los fascistas de camisa negra eran unos canallas.

En los años 60 y 70, los horteras eran más bien inofensivos. Amaban el rock and roll, la ganja, las canciones italianas o el intercambio de parejas. El hortera moderno, con sus tatuajes de borrachera tabernaria y sus piercings de tribu africana en pie de guerra, parece anunciar un Armagedón no tan inverosímil como muchos piensan. Cada época tiene su impronta.

Como todas las demás modas, la moda hortera ha conocido los extremos del péndulo en más de una ocasión. Compárese, si no, la voluminosa permanent de las chachas de los 60, o las melenas a imitación del siglo XVIII, con el cráneo rasurado de los jadeantes joggers que infestan hoy los parques públicos, antaño parajes de apacible deleite y contemplación. O las faldas floreadas de las hippies, reminiscentes de la mesa camilla, con las más intrépidas minifaldas o los tangas de cordoncillo, que dejan al varón paseante sin aire en los pulmones y sin apenas margen para la imaginación.

Algunos estereotipos de hortera son específicamente de ámbito nacional. Por ejemplo, los gordos desbordantes o los émulos de Buffalo Bill o de Elvis Presley, en Estados Unidos. Pero también algunos millonarios de países petroleros, con sus parachoques de oro y sus propinas de tres ceros en hoteles suizos. En España tenemos dos tipologías excepcionales: los tunos y los toreros, que más que horteras se sitúan ya en la frontera con lo extraterrestre.

Lo hortera no entiende de clases sociales. Hay horteras adinerados, como los nacionalistas catalanes de gafapasta, las aristócratas con implantes de silicona o los intelectuales de perilla verde y corbata imposible, y horteras lumpen, como el macarra de pechera abierta y camisa de colores, el cachas bien dotado en camiseta sin mangas, o la discotequera de zapatos con plataforma y vaquero desgarrado marcando hucha.

Un cierto porcentaje de horteras, en realidad no lo son. Simplemente, compran la ropa más barata que encuentran en el bazar chino de la esquina, y les importa un pepino la impresión que puedan causar en el observador tiquismiquis.

Si uno se propone hablar de horteras, tarde o temprano deberá adentrarse en el terreno de la incorrección política, porque es imposible no mencionar a los esperpentos que abarrotan los desfiles del orgullo gay, a las feministas de ubres pintarrajeadas o a las góticas hijas de cierto expresidente español que, para bien o para mal, todos recuerdan todavía.

El hortera tradicional pretende ser elegante, pero el hortera moderno aspira a todo lo contrario. Puestos a escoger, entre los anillos despampanantes o los zapatos de charol blanco de los años 30 y los pantalones caídos de los hipsters o los cabellos en cresta de los punk yo no dudaría ni un instante.

También ha habido horteras geniales, no crean. Con sus abrigos extravagantes, sus bigotes en compás astrológico y su pronunciación amanerada, Salvador Dalí conquistó a ricos y pobres de medio mundo. Pero él se lo podía permitir, porque... sabía pintar. Justo al contrario que Picasso, que tuvo el honor de introducir el mal gusto en la historia de la pintura.

Aunque, si me preguntan, para mí el hortera más hortera de todos los horteras del universo es... Manolo el del bombo.

Sin discusión.


* Hortera:
1. Escudilla o cazuela de palo
2. En Madrid, apodo del mancebo de ciertas tiendas [farmacias]


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domingo, 4 de junio de 2017

Microcosmos

Sí. Ya sé que es el título de una composición de Béla Bartók, pero es la palabra que acudió a mi mente ayer, mientras escuchaba esta otra composición:


Los años pasan, pero las obras no siempre perviven. La fama universal no es necesaria. No es necesario recibir el nombre de una calle, o figurar en los libros de texto o en algún museo, renombrado o no. Pero a uno sí le gustaría que su obra perviviera, aunque fuese en un diminuto microcosmos integrado por personas que vienen e, inevitablemente, se van con el paso de los años. Familiares, amigos, admiradores, curiosos, aprendices. Un microcosmos con memoria que recuerde, inspire y -quizá también- emocione a futuras generaciones. Exactamente igual que fuera del microcosmos.

La dimensión verdadera del ser humano no es cósmica, sino microcósmica, y tal vez el mundo sería más habitable si en lugar de grandes palabras usáramos simplemente palabras cotidianas, y si en lugar de clamar por el orden y la justicia universal nos limitáramos a buscar la armonía con quienes nos rodean. La belleza o la justicia, la compasión, el amor o el orden social, todo es siempre más fácil a escala microcósmica. Goethe lo llamó "afinidades electivas". Las aspiraciones universales, y más en los tiempos que corren, llevan siempre en su seno la tentación del totalitarismo.

La jornada que viví ayer -concierto en familia, comida y música entre amigos- fue una modesta aportación a esa visión utópica de una armonía universal a escala humana. Una armonía desigual, desordenada y subversiva, en perpetuo reajuste y -quizá lo más importante de todo- con microhistorias colectivas. La armonía de las esferas: un mundo con capacidad para sorprender, compuesto de seres humanos y de microcosmos por descubrir.

[La grabación reproduce una composición de Vicente Gil, interpretada por miembros y amigos de la familia Gil Arráez el 3 de junio de 2017 en un pequeño escenario de un almacén de pianos, en la localidad de Griñón, cerca de Madrid]

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sábado, 27 de mayo de 2017

Sin respuesta

En los últimos años, el número de visitas y visitantes a este blog no ha hecho más que disminuir, probablemente acaparados por una revista del corazón llamada Facebook y un mercadillo de baratijas llamado Twitter. Gracias a ellos, el zen que se respira en este espacio es ahora impagable y, al ahorrarme la necesidad de pensar en mis lectores, me anima a publicar, simplemente, lo que me da la gana.

En mi ya dilatada búsqueda de interlocutores acerca de mis divagaciones, han sido muchos los que ni siquiera se han molestado en contestarme, o me han contestado con una arrogancia que delataba su paupérrimo nivel intelectual y humano. De todas las preguntas que he enviado en estos últimos lustros, hay cuatro cuya ausencia de respuesta me parece particularmente intrigante. Uno está tentado de pensar que no han respondido porque uno ha dado en el clavo, pero quién sabe. Tal vez mis interlocutores se murieron de repente, o tal vez mis preguntas eran dignas de un oligofrénico o de un principiante. Por si a alguno de mis inverosímiles lectores le interesa, aquí va mi botella arrojada al proceloso océano:

Carlos París, catedrático de topología – noviembre 2010

[Ciertas estructuras semánticas] están descritas en términos de denominabilidad: puedo representar una categoría sólo en la medida en que contiene rasgos que yo puedo denominar. Por ejemplo, un segmento sólo contiene tres rasgos que puedo denominar: el segmento propiamente dicho, y sus dos extremos. Si uno esos dos extremos para formar una circunferencia, sólo necesitaré un símbolo para denominarlos y, en el momento en que la circunferencia esté construida, el punto en que se han fundido los dos extremos no será ya un punto privilegiado de la circunferencia, y no tendré razones para denominarlo.

Esta manera de representar categorías parece reflejar muy bien el criterio utilizado en topología para clasificar las formas geométricas: podemos deformar cuanto queramos un toro, pero en el momento en que su circunferencia interior se funde en un punto nos encontraremos en la frontera entre un toro y una esfera. Sin embargo, hay formas que son conceptualmente diferentes aunque topológicamente idénticas: un triángulo, por ejemplo, es topológicamente idéntico a una circunferencia, pero no es denominable como circunferencia, ya que advertimos en él tres puntos privilegiados o vértices. Por lo demás, podemos deformarlo cuanto queramos sin que su estructura experimente un cambio cualitativo hasta el momento en que aparezca un vértice adicional, o hasta que uno de los vértices deje de formar un ángulo.

Los conceptos de conjunto cerrado y abierto describen satisfactoriamente el concepto de adyacencia pero, si rompemos una circunferencia, el objeto resultante será un conjunto abierto en un extremo (es decir, sin punto de acumulación), mientras que conceptualmente seguirá teniendo dos extremos privilegiados, tanto si son abiertos como si no.

Todo esto me intriga. Para el tratamiento de las categorías y de sus estructuras he desarrollado un formalismo de composición y descomposición simbólica que explica tanto la sintaxis como la semántica del lenguaje, pero me gustaría poder utilizar conceptos de la matemática ya existentes. De otro modo, los referees que lean mis artículos me seguirán considerando un freaky y seguirán rechazándolos, ya que utilizo un formalismo que no entienden. ¿Se te ocurre alguna sugerencia al respecto?

[Nunca me contestó]

**************

Ray Jackendoff, renombrado lingüista - febrero 2011

In the first chapter of your book Foundations of Language, the term "conditions" refers rather to *conventions* implicitly established by the users of languages. However, if the sentence (b) below is the agreed way to inquire about the object of the verb in (a):

(a) Beth ate bread
(b) What did Beth eat?

there is no reason for the second sentence below to be ungrammatical:

(1) Beth ate peanut butter and bread
(2) What did Beth eat peanut butter and for dinner?

except for the fact that it has never been used (before you), and is therefore a construction not expected by the receiver. Besides, (2) is the *only* way to ask about the word 'bread' in (1). A remedial construction such as:

Beth ate peanut butter and what?

follows the rule implied by

Beth ate what?

and not the rule used to consistently construct (b) and (2). An important thing to be aware of is the fact that languages are incomplete and conventional. Languages evolve, and not only morphologically. In Footnote 2 to Chapter 5 of his "Syntactic Structures", Chomsky wrote in 1975 "...many would question the grammaticalness of, e.g., 'John enjoyed and my friend liked the play'". Such constructions are nowadays generally accepted, as were passive English forms at some point in time, but not before the end of the eighteenth century. More complex constructions such as "he was given a book" were also for a long time inexistent and, therefore, deemed ungrammatical in the past.

The incompleteness of natural languages is an essential fact that may make appear as objective certain concepts about language that are actually subjective or merely conventional. Human languages are very effective compressors of information, which makes formal syntax relatively irrelevant, except as a tool to disambiguate and predicate by combining individual words and word groups. Expressions such as "place cheap eat" (as asked, for example, by a foreigner) are perfectly understandable English. They are still language, and they can be analysed in terms of information, but not so much as a grammatical production, whatever the grammar rules may be, given that such rules can be almost arbitrarily changed. That different approach of you may be the reason for your skepticism.

[Nunca me contestó]

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Sándor Darányi, investigador en semántica distribucional - abril 2017

Expressing B as a particular case of A implies a relation between A and B. Or, if you do not like the wording, just define the relation that links A and B as the pair (A, B). In any case, such a relation can always be labelled with a symbol. In natural language, however, relations are expressed not only as words, but also in terms of order (e.g. blue ball) or as morphological features (e.g. via Romae). How does [the distributional semantics] model account for such denotational disparity?

Besides, the apparent differences between nouns, verbs, prepositions, etc., can be questioned at a semantic level. Is the word 'through' in 'a through person' a noun or a preposition? You may refer to A as being strong, but you can also refer to the strength of A, implying the same meaning. And how is the occurrence of a travel in the past different from the meaning of 'traveled'?

Does [the distributional semantics] model account for both the above polymorphy and the denotational disparity, or is it based on a formal proof that such features are implied in word clustering relations?

[respondió que no tenía respuestas a mis preguntas]

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Gert Korthof, biólogo molecular - mayo 2017

After a number of mutations, a species U with no stinger evolves into a species W. The species W has: (a) a stinger, (b) a very specific venom, and (c) an area A of its neural circuitry that can use the stinger in a very specific way, i.e. implementing a complex algorithm that involves external and internal sensory input, and spatial orientation. Both the chemical composition of the venom and the precision of the algorithm are vital, as otherwise the species W would most likely not survive. My question is: did there exist a number of intermediate *surviving* species having a rudimentary stinger, producing a poorly effective venom and implementing an inaccurate algorithm? Or are those features just the result of a single concurrent mutation that just happened to hit the target?

Because my second question is tantamount to the problem of the chimp randomly writing 'A tale of two cites', I am left to wonder how a (presumably very long) series of *unsuccessful* mutations could consistently lead to a successful one. Could this question be answered by decoding the DNA of the species W? Is it scientifically established that there is no epigenetics mechanism at a macroscopic level to explain such an unlikely transition? I don't know the answers to any of the above questions, but am sincerely intrigued about them.

[Hasta la fecha no ha contestado]

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(Sin duda, continuará).

domingo, 7 de mayo de 2017

La moral como meteorología

Erase una vez un libro sagrado que predicaba la bondad... y, al mismo tiempo, la maldad.

No sé si algún lector se habrá escandalizado al leer un comienzo como éste, pero no debería. Señalar las contradicciones de un libro sagrado no tiene mayor trascendencia que exclamar '¡abracadabra!', o que evocar aquella enigmática frase que traía de cabeza a los filósofos españoles en el siglo XVII: "¿Acaso una quimera zumbando en el vacío puede comer segundas intenciones?" Hasta qué punto un libro sagrado es congruente o incongruente, es irrelevante. Lo único que debería importarnos, en realidad, es hasta qué punto esas coherencias e incoherencias determinan nuestra realidad, nuestra felicidad y nuestra libertad.

Las religiones no son distintas ni de sus creyentes ni de sus descreídos. Son, simplemente, como ellos. La Grecia antigua tuvo la lucidez de entender esto, y construyó un complejo universo religioso cuyos dioses albergaban pasiones variopintas y, no pocas veces, contrapuestas: exactamente las mismas que sus creadores. Porque han sido los humanos quienes han creado a los dioses, y no a la inversa. Lo malo es que los dioses, siendo algo tan íntimo e intransferible como la ropa interior, no existen sólo en la mente de sus creyentes. Los dioses pueden llegar a cobrar realidad cuando son muchos los fieles que creen en ellos. Me explicaré.

A lo largo de la historia, centenares de millones de personas han leído el libro sagrado al que me estoy refiriendo. Sin embargo, si preguntamos a una de ellas al azar, con toda probabilidad nos hablará de palabras hermosas: amor, respeto, piedad, honradez. Difícilmente oiremos de ella que, en ese mismo libro sagrado, su Dios ordenaba dar muerte a quienes desobedecían sus mandamientos y, según las circunstancias, ordenaba a sus fieles perpetrar saqueos o violaciones, esclavizar a otros seres humanos o abusar de criaturas indefensas.

Según las circunstancias. Si algo es el alma humana, es una violenta tempestad de pasiones enfrentadas, disimuladas bajo una delgadísima pátina de civilidad. Ocultamos el alma del mismo modo que ocultamos la ropa interior, y para mostrarnos a los demás necesitamos una vestimenta. O, por lo menos, unos ritos. En una playa podemos exhibirnos con mucho menos pudor que si nos desnudáramos en mitad del autobús, pero no nos sentimos ni la mitad de incómodos, porque estamos cumpliendo un rito. Para adoptar una apariencia de orden, el alma humana necesita ritos. Ni siquiera importa que sean incoherentes si a nuestro alrededor los han adoptado también nuestros semejantes. Eso es la religión.

El libro sagrado al que me estoy refiriendo es la Biblia. Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento. El dios de los judíos y el dios de Jesucristo, si es que eran el mismo, ordenaron asesinar, violar, lapidar, sacrificar, saquear y sojuzgar a miles de seres humanos, y para constatarlo lo único que hay que hacer es leer a sus profetas. Simplemente eso: leerlos. Sin hacer la vista gorda cuando no nos conviene.

Pero no serviría de nada. Dios podría bajar mañana del cielo, liarse a botellazos en una casa de lenocinio y disparar borracho contra los demás clientes, y sus creyentes encontrarían siempre la forma de justificarlo. "Es una parábola", o "hay que interpretar los hechos en su contexto histórico", o "no era El, sino una visión engañosa inspirada por Satán". Cualquier explicación sería aceptable para quien desea creer. O tal vez sea más correcto decir "para quien necesita creer". Las pasiones son una meteorología demasiado compleja para afrontarlas sin prejuicios.

Lo malo es que, como seres humanos, esos prejuicios colectivos nos afectan a todos, incluso a quienes somos incapaces de refugiarnos bajo su paraguas. No nos engañemos: la realidad no es lo que usted o yo creamos o dejemos de creer, sino lo que la mayoría de nuestros congéneres entiende por realidad. Ha habido épocas de la historia en que la Tierra era plana, en que unas pobres mujeres sugestionables eran brujas malevolentes, o en que los médicos podían asistir a una parturienta sin lavarse las manos. No importaba lo que creyera una minoría de sensatos irrisorios: la realidad era esa. O, al menos, esa era la realidad que los afectaba a ellos. La que podía aislarlos social, profesional o sexualmente, privarlos de sustento o dar con sus huesos en la hoguera.

Conclusiones como esta son demoledoras. Por más esfuerzos que hagamos, la meteorología de las emociones es imposible de estructurar, y a lo largo de la vida los vaivenes de la realidad --de lo que las mayorías entienden por realidad-- son tan imprevisibles como las borrascas y anticiclones de la meteorología atmosférica. Lamento no poder ser más optimista, pero el único consejo moral que soy capaz de ofrecer a mis lectores desnortados es una vieja consigna, tan antigua como el mundo: sálvese quien pueda.

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jueves, 27 de abril de 2017

Bla bla bla

Uno había olvidado ya las históricas meteduras de pata del pobre presidente Carter. Uno después creyó que los balbuceos de George W. Bush terminarían siendo un caso aislado en la historia de la humanidad. En realidad, uno nunca entendió cómo era posible que existiera un solo ser humano capaz de votar a semejante cenutrio --salvo para evitar la catástrofe de que ganara Al Gore--. Pero después vino el gran Zapatero, el fantoche supremo, capaz de farfullar durante horas sin decir absolutamente nada, aunque seguido muy de cerca por el plúmbeo Obama, terapia pluscuamperfecta para las noches de insomnio.

De verdad, uno creía que estaba ya curado de espanto. Pero hete aquí que, casi de la nada, aparece repentinamente un brillante continuador de la saga, un nuevo genio de la estirpe de vendedores de crecepelo: Emmanuel Macron. Con sus aires trascendentes y su retórica embrollada, Macron, licenciado en filosofía, político de ocasión y ex paniaguado de la banca Rothschild, promete ser el deslumbrante Zapatero 2.0 de la vecina República Francesa. En el blog Acting Man acabo de leer un florilegio de declaraciones suyas dignas de figurar en el Guinness. Las reproduzco a continuación:

"La identidad es: 'A igual a A'. Existen como mínimo 'A's y 'B's. Yo no quería que A fuera igual a B"

"Usted no quiere vivir en una caja, ¿verdad? Yo, no. De modo que nuestra vida siempre sucede 'al mismo tiempo'. Es más compleja que aquello a lo que queremos reducirla"

"Siempre he aceptado la dimensión vertical, la trascendencia. Pero, al mismo tiempo, debe estar enteramente anclada en lo inmanente, en lo material"

"Yo, mi vida, mis recuerdos, están hechos de recuerdos infantiles de mi abuela y de aquel profesor de filosofía a quien nunca he visto... y sin embargo tengo la sensación de que conozco su cara"

"Lo que constituye el espíritu francés es una aspiración constante a lo universal. Es decir, esa tensión entre lo que ha sido y la parte de identidad... esa estricta mismidad, y la aspiración a un universal, que es como decir: lo que se nos escapa"

"Todos tenemos nuestras raíces. Y porque estamos profundamente enraizados, hay árboles junto a nosotros... hay ríos, hay peces... Hay hermanos y hermanas"

Es difícil evitar la impresión de que tanto Macron como sus antecesores en la retórica sonámbula son simplemente idiotas útiles, marionetas con boca de trapo. Marionetas de quién, probablemente nunca lo sabremos. Lo más a lo que podemos aspirar es lo que nos sugiere la vieja frase bíblica: "Por sus obras los conoceréis". En cualquier caso, estamos de enhorabuena: el tiempo se está deteniendo. Cada año que pasa se parece más que el anterior a 1984. ¿Por cuanto tiempo todavía? Nadie lo sabe. Habrá que preguntárselo a un tal Dorian Gray.

Chapeau, Monsieur Macron.

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