miércoles, 2 de agosto de 2017

La caja fuerte

Después de treinta y cinco años de oficio la burocracia no tenía secretos para él. Había trabajado en todos los negociados de todos los ministerios, había acumulado pluses, prebendas, trienios y menciones honoríficas, y era capaz de leer -¡y hasta de entender!- la letra pequeña de todas las cláusulas contractuales. Había participado en intrigas de cafetería y en linchamientos verbales bajo la luz mortecina de los despachos, y había concebido y puesto en práctica sofisticadas maniobras para ascender por el escalafón a costa de los más débiles. Y, lo más meritorio de todo, había salido indemne.

En suma, el funcionario Honorato Mezzanín era el Maquiavelo de la cosa administrativa, y todos lo sabían. En la oficina, nadie se atrevía a alzar la vista cuando él extendía su mirada de águila real por las superficies de las mesas colmadas de expedientes, sellos de caucho, carpetas entreabiertas y tazones de café con leche. Aquel hombre era intocable, y el único consuelo de sus compañeros era que pronto le llegaría la edad de jubilación. En lo que a aquel superhombre se refería, las hachas de guerra estaban enterradas, y sólo cabia esperar.

No era grave. La mayor virtud del funcionario es la paciencia.

Lo que nadie esperaba ni remotamente era que aquel rayo de sol entrara una mañana por la ventana del dormitorio de Honorato y lo despertase de un sueño más agitado de lo habitual. Sudoroso, con los cabellos revueltos, Honorato se incorporó de golpe y se llevó la mano al pecho. Su corazón palpitaba con tanta fuerza como si quisiera salirse de la caja torácica. ¿Qué había sucedido?

En realidad, nada del otro mundo. La noche anterior acababa de comenzar la primavera, y aquel rayo nuevo del sol sobre sus párpados se limitaba a proclamar, puntualmente, la llegada del equinoccio. Honorato, jadeando todavía, se levantó, caminó en pantuflas hasta el cuarto de baño y se miró en el espejo. No había dormido bien. En aquel rostro sin afeitar las ojeras, más pronunciadas de lo normal, le daban un aspecto demacrado y cansino.

Pero no tenía sueño. Es más, la idea que había penetrado en su mente al contacto con el rayo de sol lo hacía sentirse extrañamente joven y animoso. De pronto, un horizonte nuevo se abría ante él. No sólo un horizonte, sino todo un paisaje que él columbraba ya en todos sus detalles, allá en el futuro. Acababa de decidir cambiar de profesión y hacerse mago. Pero, cuidado, no un mago del montón, sino algo completamente nuevo, nunca antes visto sobre la faz de la tierra. El nombre artístico destellaba ya en su fantasía con grandes letras doradas, como un luminoso de neón: Mezzanín, el Mago Burócrata.

Ideó decenas de trucos para representar en los escenarios. La secretaria flotante, la chistera de la que salían siete tomos del Boletín Oficial del Estado, la circular que reaparecía en los bolsillos de sucesivos espectadores, la grapadora que se transformaba en murciélago o el archivador que arrojaba fuego cada vez que uno lo intentaba abrir eran sólo algunas de las muchas escenas que su imaginación iba forjando día a día, en ocasiones consumiendo largas noches en vela hasta dar con el mecanismo secreto, el ángulo de luz, el giro hábil de la muñeca o la sustancia química certera que dejarían al público boquiabierto y, a la postre, el mundo rendido a sus pies.

Pero en aquel repertorio faltaba algo. El necesitaba una actuación decisiva, un número estremecedor que lo consagrase sin disputa como el mayor mago de todos los tiempos. Hasta que por fin una mañana, en el autobús, vio de pronto la luz. Quizá no fuese casualidad que dos noches antes acabase de comenzar otra vez la primavera. La criatura había necesitado un año y un día para venir a este mundo. Pero todos los desvelos habían valido la pena. Como nadie tiene la obligación de ser modesto consigo mismo, la idea le pareció genial.

Se apeó en la primera parada y salió corriendo por la avenida como un nuevo Arquímedes hasta llegar al teatrillo, un local que había alquilado en los bajos de una panadería para ensayar sus actuaciones una y otra vez hasta la perfección absoluta. Apenas entró, sin cerrar siquiera la puerta, buscó papel y lápiz, se sentó en la tarima del pequeño escenario y con mano temblorosa comenzó a trazar el croquis de una caja fuerte.

Las paredes tenian que ser absolutamente indestructibles, y la combinación de la cerradura, a prueba de los más sofisticados ladrones profesionales. Su mano dibujaba febrilmente. Allí dentro se alojaría él, en posición fetal, ataviado con un frac y una larga capa roja y provisto de una carpeta con quince formularios en blanco. En el exterior de la caja fuerte, un gran reloj de pared marcaría los segundos. Si él no conseguía rellenar correctamente todos los formularios antes de un minuto, la cerradura se bloquearía para siempre, y ya no podría salir.

Era un desafío supremo, sin parangón en la historia de la magia. Para poner las cosas aún más difíciles, seleccionó nueve formularios de las Naciones Unidas, legendarios en su género como los más enrevesados jamás concebidos por la mente humana. Un censo municipal, tres encuestas sobre intención de voto y dos solicitudes de beca de una fundación alemana completarían el lote.

Ensayó el número durante meses. No podía permitirse ni el más mínimo fallo. Memorizó milimétricamente cada uno de sus movimientos y su duración, revisó el dispositivo electrónico que sentenciaría la exactitud (o no) de los formularios rellenados, se aseguró de que el volumen de aire disponible le permitiría respirar durante la actuación y, cuando todo estuvo a punto, se llevó el teléfono a la oreja y, con voz exultante, instó al gerente del Teatro Ondina a que fijara ya la fecha del grandioso espectáculo.

Que fue el 23 de noviembre de aquel mismo año. Desde primeros de octubre la noticia corría ya como la pólvora por las televisiones y las redes sociales. La expectación iba en aumento, y las entradas se agotaron en un santiamén. La noche en que por fin abrieron las puertas del teatro, la cola llegaba hasta el Ministerio de la Función Pública, que estaba a dos manzanas de allí. Un augurio excelente, se dijo Honorato.

Cuando el telón se levantó por fin y El Gran Mezzanín apareció levitando en mitad del escenario, envuelto en unas sombras fantasmagóricas, a los espectadores se les cortó el aliento. Iba a ser una noche de emociones fuertes. La capa roja del mago flotaba también majestuosa a sus espaldas, e incluso su chistera oscilaba suavemente varios centímetros por encima de su cabeza. De improviso, a una señal de su varita mágica, Honorato se deslizó hasta el suelo y dio comienzo la actuación.

Los primeros números fueron, hasta cierto punto, convencionales. La bella ayudante del mago, enfundada de pies a escote en una malla de lentejuelas, se metía en uno de los cajones de un gigantesco archivador y salía por cualquier otro cajón que los espectadores señalaran. En los trucos de naipes, las cartas habían sido sustituidas por escrituras notariales, y cuando la ayudante se encerraba en una caja y la caja era después laminada por dos rodillos implacables, el resultado no era un delgado tablero de madera, sino una convocatoria de oposiciones a abogado del Estado.

Mientras el mago mostraba al asustado público la hoja de papel, un bedel que había acudido a presenciar la escena se desvestía, y bajo su uniforme reaparecía la ayudante, sana y salva, con su atavío de lentejuelas.

Un fuerte redoble de tambor acalló los aplausos del público. Todos enmudecieron. Había llegado el momento. En medio de un silencio electrizante, dos tipos corpulentos en traje y corbata depositaron en el centro del escenario una caja fuerte de aspecto imponente. Al contacto con ella el suelo del teatro, y con él los respaldos de las butacas de patio, retemblaron levemente.

El mago burócrata avanzó entonces hasta la caja fuerte, hizo una reverencia, y la ayudante explicó en qué consistiría el ya famoso número. Al fondo del escenario, el fatídico reloj estaba listo. Para Honorato, aquel iba a ser el minuto de gloria o de perdición, la prueba decisiva que le compensaría los largos meses de desvelos o lo condenaría para siempre a un universo cerrado y opresivo, del que ya nunca podría regresar.

Todo se desarrolló con precisión cronométrica. La ayudante entregó al mago los quince formularios y abrió la caja fuerte. Mezzanín se acomodó en su interior y la ayudante cerró la puerta tras él. La cerradura entonces hizo ¡clic!, y un estremecimiento recorrió las butacas. En aquel mismo instante el reloj de pared empezó a marcar los segundos. Uno, dos, tres, cuatro …

En cuanto el dispositivo diese el visto bueno al último de los formularios, el reloj se detendría. Pero llegó el segundo 55 y las manecillas seguían avanzando. Entre el público se abría paso un murmullo de inquietud. Cuando la manecilla marcó el segundo 59 se oían ya gritos ahogados de angustia, y un segundo más tarde el reloj de pared se detuvo y emitió un zumbido sordo. La prueba había fracasado.

En pocas horas, la noticia dio la vuelta al mundo. El Mago Burócrata, la gran revelación del mundo del espectáculo, no había conseguido superar su propio desafío y estaba atrapado en el interior de una caja fuerte. Peor aún: de una caja fuerte inexpugnable. El teatro fue desalojado, y el escenario se fue llenando de policías, bomberos, enfermeros y ayudantes vestidos de mecánico. Nadie sabía cómo abrir aquella caja fuerte sin dañar a su ocupante. Por supuesto, los explosivos y los sopletes estaban descartados, y el mecanismo de cierre era tan firme como si la puerta estuviese soldada al marco.

A la mañana siguiente apareció en el escenario un equipo de bomberos de Ottawa, que eran especialistas en la materia, pero después de un detenido examen declararon que no sabían cómo proceder. El mundo, estremecido, se preguntaba qué estaría sucediendo dentro de la caja fuerte. Las paredes de aquel habitáculo eran tan gruesas que ni siquiera se podía oír a Honorato, y todo eran conjeturas.

A eso del mediodía, se presentó ante las autoridades un renombrado físico de cabellos grises y hombros encorvados.

“Una cosa sabemos con certeza”, diagnosticó el físico. “No es posible sacarlo a través del espacio”.

“¿Y qué quiere decir con eso?”, replicó la más alta de las autoridades, un tanto escamado.

“Quiero decir que la única solución es sacarlo a través del tiempo”, sentenció el cientíico.

“¿Quéee?”, exclamaron todas las autoridades al unísono.

El científico sacó de su bolsillo un bloc de notas y comenzó a garrapatear fórmulas incomprensibles.

“Al ocupante de la caja fuerte no podemos acceder, pero sí a su dispositivo. Si conseguimos configurarlo desde el exterior como un solenoide cuántico, creo que podríamos enviarlo al futuro… o al pasado. Naturalmente, la caja fuerte se quedaría aquí”

“Entonces ¿cómo sabremos que ha salido?”, preguntó la segunda autoridad, que era muy perspicaz.

“Si lo enviamos a un futuro cercano, él mismo acudirá a su casa y nos esperará allí. Claro, que también podríamos enviarlo al siglo pasado y buscarlo después en los periódicos”

Las autoridades, y un bombero de Ottawa que había entrado a preguntar dónde estaban los aseos, se quedaron atónitos.

“¿Usted sería capaz de hacer eso?”

“Lo puedo intentar. Veamos. Tendría que polarizar un láser de spin ½ … y después, generando una pulsación de bosones a través de un campo electromagnético, invertiría la carga del circuito secundario. El único peligro sería …”

Levantó la vista. Todas las autoridades habían desaparecido. Sólo el bombero de Ottawa lo miraba con ojos espantados. El científco se encogió de hombros y concluyó.

“… El peligro sería crear un agujero negro. Que lo transportaría a otro universo”

Y se quedó pensativo contemplando sus fórmulas.




Alrededor de la caja fuerte los aparatos estaban listos para el experimento. El profesor Smith -que así se llamaba el físico teórico-, también. Poco a poco, los focos del escenario disminuyeron de intensidad, y en la oscuridad sólo se distinguían ahora las lucecitas del láser cuántico y la red de generadores de bosones, que dibujaban sobre el escenario un extraño paisaje luminoso, algo así como un belén electrónico. El patio de butacas estaba ocupado por centenares de periodistas de todo el mundo, con sus cámaras y sus pantallas portátiles. Era absurdo. Esa noche no habría noticia, y ellos lo sabían. Aunque el experimento llegase a tener éxito, tardarían por lo menos varias semanas en averiguarlo. Pero así es el periodismo.

Con un gesto, el profesor Smith pidió silencio. Consultó varias veces el monitor de quarks, se limpió los vidrios de las gafas y, sin pensarlo dos veces, apretó un interruptor rojo que decía “ON”. Un ronroneo monótono se extendió por el espacio del recinto, y al cabo de varios minutos Smith dijo:

“Ya está”





Honorato abrió los ojos. A su alrededor la oscuridad seguía siendo total, pero ahora al menos podía respirar. En seguida cayó en la cuenta de que también podía estirar las piernas y los brazos a su antojo. ¿A su antojo? Sí. Flotaba en el vacío, y experimentaba la sensación de estar viajando a gran velocidad. En su cabeza todo eran preguntas. Si podía moverse, ¿por qué no podía tocar nada a su alrededor? ¿A dónde lo estarían llevando, y para qué? ¿Aún seguía vivo, o acaso todo aquello era un sueño? Y, sobre todo, ¿qué estaría sucediendo allá afuera?

En realidad es mejor así, pensó. En el fondo, se encontraba a gusto en aquella oscuridad. No tenía que dar explicaciones por su fracaso, y tampoco se sentía ya obligado a demostrar nada a nadie. En tales pensamientos estaba cuando, sin saber muy bien cómo, aterrizó.

La calle estaba desierta. Una única farola la iluminaba, y en las ventanas de los edificios todas las luces estaban apagadas. Abandonó la capa y la chistera en un portal y echó a andar. Sus pisadas resonaban en el silencio de la noche. Cruzó varias calles, todas igual de desiertas y mal iluminadas. En aquel cielo no había luna ni estrellas, pero a sus espaldas un leve claror entre los tejados anunciaba ya la llegada del amanecer. Se detuvo y aguzó la vista. Le había parecido ver, unos doscientos metros más adelante, una luz lateral que iluminaba la acera. ¿Sería una tienda? Reemprendió la marcha y avivó el paso. Sentía hambre.

La luz provenía de una panadería. Se parecía mucho a la de su teatrillo, pero la empleada no era la misma. Esta de ahora era una mujer gruesa y risueña, con gafas de media luna y un delantal a rayas blancas y grises.

“Usted dirá”, dijo desenfadadamente la panadera.

Honorato recorrió con la mirada la vitrina del mostrador. Los dulces allí expuestos eran muy parecidos a los que él conocía, pero no exactamente iguales. Los croissants, por ejemplo, tenían forma de Z.

“Un croissant, por favor”, dijo sin pensarlo más tiempo. Le daba igual lo que le vendiesen, con tal de que fuera comestible.

“¿Se lo envuelvo?”

“No, no hará falta. Me lo voy a comer en seguida”

La mujer apresó el croissant con unas pinzas metálicas y lo depositó sobre una servilleta de papel, encima del mostrador.

“Serán doce créditos”, informó, dejando caer los brazos.

“¿Créditos?”

“Sí. No me diga que se le han terminado”

Honorato abrió un tanto la boca, pero no para morder el croissant.

“Disculpe, pero es que yo vengo de muy lejos y acabo de llegar. ¿Me puede explicar lo que son los créditos?

La mujer suspiró.

“No sé de dónde viene usted, pero todo el mundo sabe lo que son los créditos. Tiene que ir al Ministerio de Créditos y solicitar su cupo semanal. De diez a una, de martes a jueves”

“¿Y no me aceptaría un billete de cincuenta? Tengo bastante hambre”, balbució, exhibiendo ante sus ojos el billete anunciado. La empleada lo tomó, lo examinó con curiosidad y se lo devolvió con aires displicentes.

“Mire, no estoy para bromas. Vaya al Ministerio y solicite su cupo, como todo el mundo”, replicó. Mientras esto decía, devolvió el croissant a la vitrina y puso los brazos en jarras, con las pinzas todavía reluciendo en su mano derecha.

Honorato salió a la calle. Su estomago se rebelaba contra las normas del Ministerio de Créditos, pero no tendría más remedio que aguantarse hasta que se aclarase la situación. En las aceras se empezaban a ver ya viandantes, e incluso algunos vehículos circulando por la calzada. Estaba a punto de salir el sol, y la mayoría de las tiendas abrían también sus puertas. Al doblar la primera esquina se cruzó con una anciana que empujaba trabajosamente un carrito de la compra.

“Disculpe. ¿Me podría decir por dónde se va al Ministerio de Créditos?”

La mujer lo miró de abajo a arriba, como si sospechara que venía de otro planeta.

“En mis treinta y cuatro años de vida jamás me habían preguntado una cosa así”, exclamó con voz achacosa. “Diríjase hacia el suroeste”, dijo, señalando la salida del sol. “Siete manzanas. Luego doble a la izquierda en la gasolinera. Un poco más adelante verá la plaza de los cactus. Allí es”

¿El suroeste?, se preguntó Honorato mirando hacia el horizonte. Pero no hizo ningún comentario. “Muchas gracias”, dijo. La anciana se encogió de hombros, y los dos reemprendieron su camino.




El Ministerio de Créditos era un edificio azul, con un gran balcón central rodeado de guirnaldas en la última planta. En la puerta principal, el conserje le dio el alto.

“¿Tiene número?”

“¿Cómo?”

“Ya sabe que sin número aquí no se puede entrar”

“Yo sólo quería mi cupo semanal”, dijo Honorato, casi atragantándose.

“Tiene que pedir su número, hombre. Oficina siete, a la vuelta de la esquina. Y no olvide las dos pólizas de sesenta céntimos”, apostilló el conserje con tono expeditivo. “Ahora apártese, por favor, que ha llegado el autocar de jubilados del Ministerio de Ruegos y Preguntas.

En efecto, un autocar acababa de detenerse junto a ellos, y de él salía ya una larga hilera de jubilados renqueantes acarreando pesadas carpetas. Honorato se alejó sin despedirse. La irrupción de los jubilados le había impedido preguntar dónde se compraban las malditas pólizas. Miró a su alrededor. Frente por frente al Ministerio, más allá de los cactus, un rótulo en letras amarillas reclamó su atención.

“ESTANCO”, leyó. Y debajo, en letra más pequeña: “DILIGENCIAS, PÓLIZAS, INSTANCIAS, CERTIFICADOS, RECURSOS JUDICIALES, TABACO”

Dudó unos instantes, pero el recuerdo del croissant fue más poderoso que su raciocinio. A grandes zancadas, recorrió el medio triángulo de la plaza y empujó la puerta del estanco.

“Buenos días”, saludó.

“Buenos días”, le respondieron al unísono las diecisiete personas que aguardaban en cola ante la ventanilla. Honorato consultó su reloj de pulsera, y suspiró.

Veinticinco minutos más tarde, el empleado de la ventanilla respondía entre dientes a su saludo.

“Dígame”, le espetó acto seguido, sin mirarle siquiera.

“Dos pólizas de sesenta, por favor”

“¿De sesenta céntimos?”

“Sí, claro”

“¿Y la solicitud?”

Al oír la pregunta, Honorato sintió una punzada en el hígado.”¿Qué solicitud?”, inquirió débilmente, temiéndose lo peor.

“Oiga, yo no estoy aquí para perder el tiempo”, refunfuñó el empleado. “O me trae la solicitud rubricada y sellada, o no vuelva a entrar por esa puerta. Aquí no se regala nada, joven”

“Pero yo …”

“Deje pasar al siguiente, hombre. ¿No ve que está estorbando?”

Hambriento y abatido, Honorato salió del estanco y se sentó en el bordillo de la acera. ¿Qué hacer? No entendía nada. Ni siquiera sabía por qué había ido a parar a aquel lugar. Lo único que sabía con certeza era que tenía hambre. Además, empezaba a hacer calor. Miró el frac que aún llevaba puesto. Desde luego, no era fácil que alguien lo tomase en serio con aquella indumentaria. Desganadamente, se llevó las manos a las solapas y empezó a desabotonarlo. Entonces se acordó del sable.

El sable de las actuaciones no era propiamente un sable, sino una imitación que, al empujarla contra un objeto duro, se plegaba hasta la empuñadura. Lo llevaba en uno de los bolsillos secretos de su frac. De pronto, su mente se iluminó. A grandes males, grandes remedios, se dijo. Se incorporó y, sin pensarlo dos veces, se dirigió a buen paso hacia la panadería.




Al ver entrar a aquel hombre con un sable en la mano, la panadera dio un grito.

“¡Venga! ¡El croissant!”, conminó el mago, esgrimiendo el falso sable a la altura del cuello de la buena mujer.

“Pero… ¿este es un robo certificado, o …?”, acertó a articular la panadera.

“Pensándolo mejor, deme la bandeja entera”, se envalentonó Honorato. “Me la envuelve para llevar, si es tan amable”

“Entonces no es certificado”, murmuró ella. “Dios mío de mi vida…”

Y le envolvió los croissants.





El profesor Smith tomó la palabra y se sacudió la tiza del guardapolvo. Sus fórmulas llenaban completamente la pizarra del aula magna.

“Señores, la mecánica cuántica nos ha jugado una mala pasada. El experimento de la caja fuerte funcionó a la perfección, pero el mago no aparece por ningún lado, y nos tememos que haya experimentado un desdoblamiento”

Un largo murmullo acogió sus palabras.

“En otras palabras, pensamos que el sujeto se encuentra en dos universos simultáneamente. En qué forma está viviendo esas dos realidades paralelas, no lo sabemos. Pero, según mis cálculos, si reconfiguramos el solenoide fotónico como una fuente de neutrinos gamma podríamos suprimir el universo espurio y descuantificar a ese señor. Quiero decir, traérnoslo de nuestro lado”

El murmullo retornó con mayor intensidad, esta vez acompañado de cabeceos aprobatorios.

“De manera que, si las autoridades nos dan su beneplácito, podemos iniciar el segundo experimento ahora mismo. Tengo ya todo preparado”

Tras deliberar largo rato, las autoridades por fin asintieron. El profesor entonces carraspeó, se limpió cuidadosamente las gafas y, antes de apretar el interruptor rojo, comentó:

“El único peligro es… “. Carraspeó de nuevo. “Quiero decir, si la ecuación de Schrödinger genera un término relativista, podría ocurrir lo contrario. Es decir, que lo sacáramos de este universo y lo dejáramos en el otro. Para siempre”.

Se rascó la cabeza, pensativo. “Aunque es poco probable”, añadió.

Y apretó el botón.





Con el hambre que traía, los croissants le supieron a gloria. Mientras los engullía ávidamente, Honorato cerró los ojos. Aquel relleno de chocolate era delicioso. Y diferente de todo lo que él recordaba haber comido.

Había encontrado un banco en un parque, medio escondido entre unos arbustos, y ahora se entregaba a la glotonería comprensible en quien ha atravesado varios universos sin comer. Pero, ay, cuando volvió a abrir los párpados estaba oscuro otra vez y a su alrededor todo se movía.

Esta vez aterrizó en un bulevar muy concurrido. Era casi el mediodía y en el cielo brillaba el sol. La gente y los edificios no parecían diferentes de los anteriores. La única diferencia que encontró fue que todas las plantas que se veían en las calles eran cactus.

Al menos ya no tenía hambre. Caminó largo rato por entre la multitud, entreteniéndose frente a los escaparates de las tiendas, que mostraban artículos de formas extrañas y sorprendentes. Todos los transeúntes llevaban puestas unas gafas triangulares a las que parecían muy atentos, y nadie se fijaba en él.

De pronto, un policía lo agarró por un brazo y lo obligó a detenerse.

“Eh, tú. ¿Dónde están tus gafas?”, le espetó.

Honorato se lo quedó mirando. Buscaba desesperadamente un pretexto que lo sacase de aquel lío.

“Me las he dejado en casa”, respondió sin mucha convicción.

“¿Y cómo esperas encontrar el camino a tu casa si te has olvidado las gafas?” Antes de que el mago respondiera, el policia prosiguió. “A ver, tu documentación. Matrícula de gafas. Cédula de identidad, permiso de conducir, permiso peatonal, certificado de existencia, contabilidad de CO2, inscripción de género, bono bus. No me digas que también te los has dejado en casa”

Honorato entonces comprendió. Cerró los ojos y sonrió para sus adentros. Tal vez había llegado el momento de renunciar a ser mago y volver a ser, simplemente, burócrata. En aquel mundo nuevo al que la ciencia lo había enviado, su porvenir no tenía límites. A nada que se esforzase, en pocos meses todos aquellos aprendices le comerían en la mano.

Miró al policía fijamente a los ojos y, con voz monocorde, salmodió de un tirón:

“Ley 237/2017. Antes de proceder a la verificación de la documentación, la autoridad requiriente tomará particularmente en consideración los siguientes criterios: a) El menor perjuicio a los requeridos derivado del transcurso de los plazos establecidos en el artículo 57 de la Ley 1016/1995. b) La justificación por la autoridad solicitante de su petición en el ejercicio de un derecho o la circunstancia de que el requerido tuviere la condición de transeúnte, necesitando en cualquier caso su aquiescencia para fines investigativos, estadísticos o de orden público. c) El menor perjuicio posible a los derechos de los requeridos cuando los documentos acreditables contuvieren únicamente datos de carácter identificativo de aquéllos que se le pudieren formalmente solicitar. d) La máxima garantía posible de los derechos de los afectados cuando los datos contenidos en el documento pudieren afectar a su privacidad o a su seguridad…”

No necesitó seguir. A medida que las palabras salían de su boca, vio cómo el policía se relajaba. En pocos segundos, la tensión de aquel rostro cedió. El policía empezó a respirar hondo, y sus párpados se entrecerraron.

Un minuto exacto después estaba dormido.

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