No recuerdo muy bien por qué decidí comprarme el libro. Había comprado ya, años atrás, otro del mismo autor que resultó de dificultosa digestión, pero esta vez volví a morder el anzuelo. Un comentario elogioso de Antonio Escohotado y una sinopsis verbal del propio autor habían despertado mi codicia lectora. Aun así no las tenía todas conmigo, de modo que, para asegurarme aún más, me metí en Amazon y eché un vistazo a los comentarios de los lectores. El porcentaje de opiniones elogiosas era abrumador, y sólo un comentarista declaraba el libro "farragoso" y aburrido. No le hice caso. Tratándose de un autor tan polémico, probablemente era una opinión tendenciosa. Y me decidí.
Era una decisión arriesgada. Setecientas veinte páginas son muchas páginas y, considerando mi limitada capacidad de concentración, el libro tenía que ser realmente apasionante para conseguir arrastrarme hasta el final. Pocos textos de esa extensión lo han conseguido, pero la posibilidad de leer setecientas páginas apasionantes era demasiado tentadora.
La intención declarada de Federico Jiménez Losantos en la introducción a su Memoria del comunismo era, precisamente, lo que me había hecho albergar ilusiones. En ella, el autor declara su asombro por la persistencia en el mundo de las ideas comunistas, muchos decenios y muchísimos más millones de muertos después de la revolución rusa. ¿Por qué el comunismo, que ha liquidado alevosamente a unos doscientos millones de seres humanos a lo largo de un siglo y torturado, humillado y sojuzgado a incontables más, sigue siendo aceptado como un ideario legítimo mientras el nazismo, que asesinó a una fracción de esa cifra durante apenas 20 años, está terminantemente prohibido y es aborrecido en todos los países civilizados?
Esa pregunta me la he hecho yo también muchas veces desde que decidí perder el respeto a la secta izquierdista. A mí mismo, que siempre he detestado visceralmente cualquier tipo de opresión, me llevó muchísimo tiempo tomar una decisión que, en el fondo, siempre supe que debía tomar. Aunque quizá lo más intrigante no es por qué me costó tanto esfuerzo salir, sino qué fue lo que me impulsó a entrar.
Mejor dicho: qué fue lo que nos impulsó a entrar a toda una generación universitaria cuyas familias, en muchos casos, habían accedido por primera vez a la clase media gracias al franquismo. Mi respuesta siempre es la misma: la estrategia izquierdista de infiltración, agitación y propaganda, un arma mefistofélica muy difícil de contrarrestar, y en la que ellos siempre han sido auténticos maestros.
Tal como yo lo veo, el poder de atracción de la izquierda es inversamente proporcional a la cantidad de oportunidades que la sociedad ofrece a sus jóvenes. A medida que los adolescentes maduran, van comprendiendo oscuramente que ellos van a ser la fuerza social que reemplazará a sus predecesores, y se sienten impacientes por tomar el relevo. Ese proceso, naturalmente, debería ser progresivo, para ir subsanando lentamente la falta de experiencia. Pero si la sociedad, en lugar de ir ofreciéndoles oportunidades de acceso, les opone un muro infranqueable, la vehemencia natural de los años mozos los abocará irrefrenablemente a la rebelión.
Es sólo una teoría personal. Pero sentía curiosidad por conocer también la explicación de Jiménez Losantos, que, a diferencia de mí, estuvo realmente metido en política y conoce mucho mejor los intríngulis del asunto y los mecanismos psicológicos del militante izquierdista.
Craso error el mío. Decir que el libro es farragoso es benevolente. Desde las primeras páginas, y después de una introducción autobiográfica realmente conmovedora, el texto es repetitivo y mareante, se pierde en vericuetos absolutamente innecesarios y, excepto quizá para el historiador especializado, carece completamente de interés para el lector medio. De un ensayo, uno espera leer una serie de ideas organizadas racionalmente y basadas en datos. Lo que no espera es tener que leerse todos los textos de referencia y las notas de pie de página como si formaran parte del texto. Léaselos usted, hombre, hágame un resumen y dígame al final del libro dónde encontrarlos, por si tuviera la curiosidad de consultarlos.
Si hay un libro que refleja fielmente la idea de los árboles que no dejan ver el bosque, ese libro es éste. El mareo inicial que ocasiona leer una tras otra citas textuales repetitivas de personajes que para el lector son prescindibles da paso a la estupefacción por la ausencia flagrante de conclusiones generales. En ese momento uno, alarmado por la montaña de páginas que aún le quedan por leer, decide cortar por lo sano y saltarse las citas, para abreviar. Efectivamente, la decisión reporta un alivio, pero no duradero. A lo largo de páginas y más páginas, el autor sigue mareando la perdiz bolchevique, y las únicas conclusiones que uno consigue extraer son que fulanito era muy, pero que muy malvado, que menganito era lo mismo, que zutanito era un prodigio de iniquidad, y así sucesivamente sin esperanza de salvación hasta la página setecientos y pico.
De ese modo, a trancas y barrancas, uno consigue llegar a la mitad del libro. En ese momento, harto ya, haces balance y descubres que no has averiguado prácticamente nada. Tú ya sabías que los comunistas son atroces, que Lenin, Stalin, Trotski y tutti quanti eran psicópatas asesinos, y a estas alturas las fotos que ocupan el centro del libro, espantosas y deprimentes, no te van a aportar ninguna sorpresa. Todas esas cosas ya las sabíamos. Lo que yo quiero, señor Jiménez, es averiguar por qué el comunismo ha sido respetado durante tanto tiempo pese a todas esas atrocidades, sin necesidad de que usted me las repita hasta el agotamiento.
Entonces, exhausto ya, se me ocurre una idea brillante. En vista de que prácticamente todo el texto es prescindible, voy a leerme sólo la tabla de contenidos, a ver si por lo menos así me hago una idea de a dónde queremos llegar. Segundo craso error. La tabla de contenidos no me aporta nada. Definitivamente, este señor es incapaz de abstraer. Es simplemente una máquina de vomitar datos, acumulados siguiendo un esquema para mí extraterrestre. Entonces comprendo que tengo que aceptar mi derrota, y tomo la decisión que tanto había postergado: cerrar el libro definitivamente y reconocer que me he equivocado.
No es la primera vez. He cometido ya ese mismo error en varias ocasiones, por ejemplo con la película de Woody Allen (en singular, porque es siempre la misma). Es más o menos el mismo error que cometen, desde que el mundo es mundo, tantas y tantas mujeres cuando piensan en los defectos del hombre amado: "algún día cambiará..."
Pues no. Esta vez lo siento, Sr. Jiménez. Aprenda usted a abstraer, si es tan amable. Hay dos sin tres.

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domingo, 27 de mayo de 2018
Un bosque impenetrable
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Palabras clave: árboles, bosque, comunismo, Jiménez Losantos, memoria
martes, 1 de mayo de 2018
Propaganda
¿Qué es propaganda?, me preguntas
clavando en mis verdades tu mentira azul.
¿Qué es propaganda? ¿Y tú me lo preguntas?
Propaganda eres tú.
Pues sí. El mundo se empeña en seguir cambiando. Desde que se inventaron las guerrillas, los ejércitos tradicionales han tenido que afrontar tremendos quebraderos de cabeza, y desde la invención de Internet algunos empezamos a preguntarnos si todos esos tanques, acorazados, rayos láser y aviones supersofisticados están de verdad preparados para la vida moderna. ¿La batalla de Stalingrado? Olvídese. Hoy en día, uno puede ya dar un golpe de estado como quien compra un libro en Amazon. A saber: sin levantarse del asiento.
No, no es una boutade. Hablo en serio. La nueva arma que está haciendo posibles tales hazañas se llama 'redes sociales', y la munición, 'propaganda'. Lo que está sucediendo hoy en España no es realmente una guerra entre dos bandos, a menos que uno piense que los espantapájaros son capitanes generales y se comunican por twitter. No. Ni siquiera hay una batalla de propaganda. Simplemente, lo que hay es... cómo decirlo. Sí, creo que lo que hay es un alzamiento.
Sólo que, en este capítulo de la historia que nos está tocando vivir, el alzamiento no es 'nacional', sino más bien antinacional. Paradojas de la vida. Pero un alzamiento... ¿contra quién? ¿Quién se opone en esta ocasión a ese siniestro alzamiento?, se preguntará usted. Pues, para ser sinceros, nadie o casi nadie. Los enemigos proliferan como setas, y el alzamiento empieza a ser un paseo triunfal.
Entiéndame usted bien. He dicho que nadie se opone, no que no quieran oponerse. El problema es que los que padecemos el alzamiento, los futuros vencidos, no tenemos munición. Sí, quien más quien menos tiene en su casa también unos cuantos aparatos conectados a Internet, tiene una agenda con una lista de contactos y los usa, pero sólo para intercambiar fotos de los nenes o para felicitarse las pascuas. La mayoría no viven del cuento, tienen que trabajar para ganarse el sustento y ni se les pasa por la cabeza asaltar palacios de invierno. Hay que tener muy mala entraña --y mucho tiempo libre-- para llegar a ese grado de perversión.
O eso, o ser un amargado. O las dos cosas a la vez. Sea como fuere, habiéndose percatado de que nada se opone realmente a su avance, el alzamiento crece y crece como un tsunami, y está empezando ya a sumergirnos en una extraña realidad. Los molinos son gigantes. Bienvenidos a Matrix.
Efectivamente, la propaganda está suplantando a la realidad, y a marchas forzadas. Abre uno los ojos y se encuentra con una calle que ha cambiado de nombre, un anuncio de un banco en un idioma extraño o una bandeja de pollo que ahora se llama pollastre. Extranjero en tu propio país. Lee uno el periodico y se entera de una sentencia surreal, un homenaje a unos asesinos o un linchamiento online. El mundo al revés. Hasta el punto de que uno se pregunta si el fenómeno de la propaganda es una de esas lacras inmutables del genoma humano o si, en realidad, depende de según y cómo.
Para aclararme al respecto, se me ha ocurrido --ya que, por desgracia, no pertenezco a ninguna red social con la que hacer contrapropaganda-- buscar por Internet una lista de las técnicas más empleadas por mis futuros --inminentes, más bien-- sacamantecas. Si la angustia existencial me lo permite, después de reproducir aquí esa lista trataré de sacar alguna conclusión comparando lo que estoy viendo a mi alrededor con lo que ya sucedió. Que Zeus nos pille confesados. Ahí va.
Repetir machaconamente unas cuantas frasecitas hasta que se conviertan en verdades.
("España nos roba")
Recurso al miedo
Suscitar ansiedad y pánico entre la población.
("¡Nuestra lengua y nuestras esencias patrias, en peligro de extinción!")
Dónde va Vicente
Donde va la gente. O porque a uno le gusta formar parte del rebaño, o por miedo al qué dirán. De todo hay en esta vida.
("Todo el mundo sabe que nuestra región es una nación")
La atracción por lo exquisito
Hay seres infinitamente cultos y elegantes, y otros toscos y rudos que hasta bailan agarrado.
(Según que la mona se vista o no de seda)
Maniqueísmo
El mundo se divide en buenos y malos. Nosotros somos los buenos.
(Y engatusamos a periodistas extranjeros para que lo difundan)
Información selectiva
Por supuesto, ocultando también lo que no interesa.
(Los manifestantes recibieron cuatro manotazos
El hombre de la calle
Ojo, y la mujer. El hombre de la calle siempre --siempre, siempre-- tiene razón. Más que los jueces, por supuesto. Por eso nuestro telediario los entrevista sólo a ellos.
(¿Qué más prueba de poseer la verdad que salir a la calle montado en un tractor?)
Culto a la personalidad
Uso de los medios y de la escuela para crear una imagen pública idealizada o heroica.
(Un
Demonizar al enemigo
Pretender que los componentes de cierto grupo social son inferiores, inmorales o inútiles.
(¡Que viene la 'derechona'!)
No pienses: actúa
Simplificar el proceso de decisión explicando pasito a pasito lo que los feligreses tienen que hacer.
(Por ejemplo, un referéndum democrático sobre la importancia de la butifarra)
Euforia
Capitalizar un evento que genere entusiasmo en favor de la causa.
(¡Todos al football!)
Ingeniería social
Transformación planificada de la sociedad en beneficio exclusivo de los propagandistas.
(O heteropatriarcado hasta en la sopa)
Generalidades deslumbrantes
Uso de palabras cargadas de emoción --libertad, patria-- como único argumento.
(El 'derecho de autodeterminación')
Reductio ad Hitlerum
Persuadir a las masas de que unas ideas son nefastas porque las sustentan seres despreciables.
(¿Habría cambio climático si no hubiera 'negacionistas'?)
Etiquetado
Adjetivando adecuadamente a la facción enemiga todo se ve mucho más claro.
(¡Ah, esa derecha casposa, capitalista y neoliberal...!)
Margen de tolerancia
Si un mensaje es tan contrario al sentido común que no cuela, muéstrate más radical todavía para después ir suavizando tu postura. O al revés, vístete con piel de cordero y poco a poco ve mostrando el lobo que llevas dentro.
(¡Ay, aquellos tiempos en que el PP estaba a la derecha de Izquierda Unida...!)
Tormenta de afecto
Aislar a la víctima de su entorno social y prodigarle atenciones sin límite hasta que se incorpore a la secta.
(...o hasta que se atreva a disentir)
En brazos de terceros
Es más fácil comulgar con ruedas de molino cuando el sacerdote es 'independiente'.
(Sobre todo si le pagamos el viaje y el hotel de cinco estrellas)
Palabras hermosas
Paz, esperanza, futuro, felicidad, libertad.
(Para justificar agresiones, insultos, lágrimas, opresión)
¡Y tú más!
Argumento favorito de los políticos de cualquier signo para evitar dejar el cargo y tener que ponerse a buscar trabajo.
(Cualquier frase de cualquier político sirve como ejemplo)
Ahora, la comparación de los fanáticos que todos conocemos con el partido nazi en los años 30. ¿Alguien ve similitudes? Que cada quién saque sus conclusiones. Extraído de la biografía de Goebbels:
Propósito: Incrementar el apoyo popular partiendo de un porcentaje de votantes muy bajo.
Medios para controlar la sociedad: Interferir en los negocios de los enemigos de la patria. Marginar a un sector de la sociedad: Impedir que los profesionales 'enemigos' ejerzan su profesión. Controlar la inmensa mayoría de las organizaciones civiles.
Mensajes: Acusar de atrocidades al enemigo. Explotar el victimismo. Derrotar al enemigo como único medio para salvar la patria.
Cultura: Controlar totalmente la cultura en todas sus vertientes. Promover teatro, cine, literatura, etc. de contenido patriótico y propagandístico.
Prensa: Controlar la prensa, favoreciendo a los órganos fieles al régimen. Promover una imagen internacional idealizada.
Medios: Controlar los medios, tratando de llegar al mayor número de destinatarios posible. Prohibir los medios pertenecientes a enemigos de la patria. Crear un órgano 'regulador' (con capacidad efectiva de censura)
Entretenimiento: Difundir producciones visuales que denosten y calumnien al enemigo y exalten la historia (falsa) de la patria.
En resumen, como dijo Albert Speer: "Hicieron un uso exhaustivo de todos los medios tecnológicos para dominar el país. Gracias a ello, 80 millones de personas fueron desprovistas de criterio propio".
Que se lo digan, si no, a mis amigos zombies.

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Palabras clave: patria, propaganda, técnicas
sábado, 28 de abril de 2018
Pithecanthropus hispanicus
Estuve en Pamplona una sola vez en tiempo de sanfermines. Era bastante joven, y estaba ansioso por exprimir la naranja de la vida. Habría preferido que los amigos con los que viajé, en lugar de emprender aquella aventura, se hubieran reunido en casa de alguno de nosotros, o en algún salón social, para hablar de poesía, de arte o de astrofísica. Quizá también para bailar, bromear, cantar y mirar las estrellas con chicas dispuestas a ello, y dispuestas incluso a llegar más lejos con los chicos que les gustaran.
Ahora sé que eso es lo que habría preferido, pero en aquellos días era impensable. Si querías sentirte aceptado, no había muchos caminos por los que transitar, y aquél era uno de los pocos que yo tenía a mi alcance. Era joven, me hervía la sangre y quería divertirme.
Divertirse en grupo es relativamente fácil. Basta con ceder un poco de individualidad y un mucho de raciocinio. Se trata de hacer reír al resto del grupo profiriendo variaciones de cuatro o cinco ideas elementales que uno ha aceptado tácitamente que tienen mucha gracia. Si además uno grita, se les supone más gracia todavía. Así ocurre con los hinchas futboleros, las excursiones de colegio, los cotillones de nochevieja, los ágapes colectivos, las fiestas de pueblo... y, naturalmente, los sanfermines.
Exceptuando la machada oligofrénica de correr los encierros, divertirse en los sanfermines no tiene ningún misterio. Todo consiste en empezar a beber alcohol en el minuto uno y no parar hasta que desde algún balcón vidrioso se decrete borrosamente el final del aquelarre. Si entre tanto uno se desmaya víctima de una intoxicación etílica, no hay que preocuparse. Sólo tendrá que dormir la mona hasta despertar junto a alguna farola orinada o en la UCI de algún hospital. Y, por supuesto, seguir bebiendo.
El lector que nunca haya estado en sanfermines ya se puede imaginar que allí todo, absolutamente todo, es posible. El alcohol tiene la virtud de sacar a flote el Pithecanthropus erectus que todos llevamos dentro. El cerdo, el patoso, el bocazas, el matón, el robaperas, la hembra y el macho hambrientos. En algún momento temprano de nuestra vida, todos hemos aprendido lo que es un borracho. Y, si alguna vez hemos decidido tomar esa primera copa de más, a estas alturas ya sabemos lo que viene después.
Lo que viene después no siempre son comportamientos de Homo sapiens. Bajo los efectos del alcohol uno puede revelar secretos propios o ajenos, insultar o agredir a otras personas, impedir dormir a los vecinos, estrellarse al volante de un vehículo, robar las toallas del hotel o abandonarse a la llamada de la carne. Lo que difícilmente puede esperar es que el insultado no le arree un paraguazo, que el hotel no le cobre las toallas o que la ancianita del segundo izquierda no le arroje un cubo de agua aderezado con escupitajos.
Sucede que, a partir de cierta edad, todos somos responsables de nuestros actos. Si nos lanzamos al agua sin saber nadar, nadie más será responsable de que nos ahoguemos. Incluso si sabemos nadar, la simple decisión de adentrarnos en el mar implica la aceptación de un riesgo. Por eso, la responsabilidad implica la capacidad para informarse, y una sociedad de individuos libres debería preocuparse mucho más por informar que por prohibir.
Nos tratan como individuos libres las empresas farmacéuticas, que incluyen prospectos detallados en todos sus medicamentos. Nos tratan como imbéciles los mandamases de turno, que prohiben la venta de ciertos fármacos sin receta, o que fuerzan a millones de personas a comprar sustancias psicotrópicas en el mercado negro, sin poder estar seguros de lo que van a consumir.
Aun así, hay unas cuantas cosas básicas que todos sabemos. Los aviones, a veces, se caen. Los alpinistas también. En mitad de una tormenta nos puede fulminar un rayo, los pimientos de noche repiten, y hay barrios en los que, a ciertas horas, no es conveniente internarse.
No sólo barrios. A veces, ciudades enteras, y un buen ejemplo de ello son los sanfermines. Si alguien tiene dudas sobre lo que es una ciudad tomada por borrachos, sólo tiene que acercarse por allí a darse un paseo. En muy poco tiempo tendrá una idea bastante clara de lo que le puede suceder en un lugar así. Si a partir de ese momento decide continuar, será bajo su propia responsabilidad. Y, si además decide emborracharse también, serán dos decisiones por el precio de una. Doblemente responsable.
El problema aparece cuando esas cosas suceden en una sociedad que no entiende qué es eso de la responsabilidad. Al fin y al cabo, siempre hay otros que se encargan de evitarle a uno los riesgos. Está prohibido montar en bicicleta --¡sí, en bicicleta!-- sin llevar casco. Las áreas de juego para niños tienen el suelo blando. Los coches pitan agresivamente si uno no se abrocha el cinturón de seguridad. Cuando se avecinan fuertes lluvias, las autoridades declaran inmediatamente alertas rojas y amarillas que nos aconsejan salir a la calle vestidos de hombre rana. Incluso se ha inventado la mermelada sin azúcar...
¿Qué sucede entonces en esa sociedad cuando una chica se va de sanfermines ella sola, ingiere sustancias diversas hasta entrar en estado de estupor y se junta con una manada de machos en el mismo estado que ella? Pues sucede que ella no será responsable de nada, en tanto que los machos serán llevados a juicio y condenados. Pero, ay, se alzan voces: la condena es insuficiente. Y el gallinero español se entrega a su pasión favorita: la polémica.
Como era de esperar, todos los comentarios que uno oye al respecto son refractarios a la idea de responsabilidad. Algunos ejemplos: "Habría que enseñar a las chicas con quién se pueden juntar y con quién no". "Y a los chicos lo que está permitido hacer y lo que no". "Hay que cambiar las leyes para que sean mucho más estrictas". "Los jueces eran machistas y prevaricadores". "Mientras la mujer no diga que sí, el varón es un violador (presumiblemente, de nacimiento)". "Quién no se ha tomado una copa de más alguna vez en su vida" (argumento que, por lo visto, sólo sirve para el sexo femenino). Entre perogrulladas, linchamientos y juicios paralelos, resulta que la sentencia tiene trescientos folios y nadie se la ha leído. No sólo eso, sino que tampoco han podido ver la grabación de la penosa escena, registrada por el móvil de uno de los Pithecanthropus.
Ya dijo Ramón y Cajal que el problema de España es la incultura. Si a los niños no los educaran en el aborregamiento irracional, probablemente no habría cazas de brujas en España. Si los españoles, en lugar de picotearse en su gallinero, hubieran leído a Góngora o a Alejo Carpentier, no habría palurdos nacionalistas regionales. Si no existieran los Reyes Magos, quizá los adultos entenderían el valor del esfuerzo personal, y los políticos la gravedad de la mentira. Y si en la escuela explicaran quiénes fueron Mao, el Che, Stalin y Pol Pot, España sería, tal vez, un país realmente civilizado. Y habitable.

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Palabras clave: alcohol, cultura, información, responsabilidad
domingo, 15 de abril de 2018
Pasos de un peregrino
Uno de los actos más estúpidos que puede cometer un ser humano es lo que se conoce como 'hacer la ola'. En primer lugar, porque no significa nada. Es igual de absurdo que decir '¡Jesús!' cuando alguien estornuda, o 'buen apetito' al empezar una comida. O que hacer un regalo en determinadas fechas que uno no ha escogido. Hay cosas que uno hace sólo para no quedar mal.
Circula por los mentideros, hace ya tiempo, el relato de un experimento que nadie sabe en qué laboratorio sucedió, pero que es muy revelador de la estulticia del Homo ondulensis. Metes a un grupo de monos en una jaula con una escalera en el centro, y en lo alto de la escalera pones una banana. Cada vez que un mono llega a tocar la banana, un chaparrón helado descarga sobre todos los monos de la jaula.
Después de dos o tres mojaduras, ninguno se atreve ya a subir a la escalera. Ahora sacas de la jaula a uno de los monos escarmentados y lo sustituyes por otro nuevo. En cuanto el novato hace ademán de acercarse a la banana, todos los demás se arrojan sobre él y le propinan una paliza. La banana acaba de convertirse en un tabú. Si ahora continuamos sustituyendo a los monos iniciales por otros, llegará un momento en que todos serán novatos, y ninguno sabrá ya por qué está linchando con saña al recién llegado que se acerca a la escalera. Simplemente, lo hará porque 'es lo que hacen todos'.
Todo un símbolo de la historia de la humanidad.
¡Hola, hola, hola, hola! No vengas sola
Además, hacer la ola es de idiotas porque a la ola le da igual. En una multitud de miles de imbéciles levantándose y agachándose al mismo tiempo, el hueco que pueda dejar Pepe Pérez quedándose sentado ni se nota. Es verdad que, si todos se quedaran sentados, no habría ola. Pero el caso es que, nos pongamos como nos pongamos, todos los que están a nuestro alrededor harán la ola. Para el ser humano, la llamada de las masas es un imán muy difícil de resistir.
¿Quiere eso decir que Pepe Pérez se va a quedar tan tranquilo sentado en su grada mientras a su alrededor todos rinden culto al gorila primigenio? Tal vez. Pero lo más probable es que, de una u otra forma, se sienta algo incómodo. ¿Estará siendo un aguafiestas? ¿Y si a las masas les diera por linchar a los que se han quedado sentados? No, claro, no tienen ningún motivo para hacerlo, pero tampoco tenían ningún motivo para hacer la ola.
Y lo peor de todo: en esos momentos de paroxismo general, a Pepe Pérez el cerebro no le sirve para nada. Podría sustituirlo por una patata, y a su alrededor nadie notaría la diferencia.
Corrientes, 348. Segundo piso, ascensor
En la vida cotidiana hay muchas olas, y el que se empeña en nadar a contracorriente lo puede pasar mal. ¿Te acuerdas de cuando descubriste la novena sinfonía de Beethoven? ¿Recuerdas que te acercabas a los corrillos de estudiantes, en los recreos del instituto, y en cuanto mencionabas el tema se iniciaba una desbandada? ¿Recuerdas la alegría obligatoria en las fiestas de nochevieja, las ovaciones al final de espectáculos lamentables, las playas abarrotadas, las consignas de aquellas manifestaciones juveniles, los conciertos con megafonía al pie de tu ventana?
Me dirás que eso no es la vida cotidiana. Es cierto, pero en algunas sociedades la vida cotidiana no es mucho más que eso. De hecho, quizá podríamos medir el nivel de civilización dividiendo la frecuencia del individuo por la frecuencia con que las olas lo zarandean. Al menos en una sociedad, de cuyo nombre no quiero acordarme, el resultado sería desolador.
Por eso comunicarse con los demás es, demasiado a menudo, como hablar con una pared. Tú puedes intercambiar ideas con un individuo, pero no con una masa. Para qué desgañitarte. Mejor apartarte a tiempo, antes que despertarte una mañana y descubrir que eres un náufrago. Mejor sentarte en la orilla y contemplar a distancia las olas entrecruzándose, chocando.
¿No quieres tirar la toalla? Como quieras. Inténtalo si puedes, pero desde esta orilla el mar que yo estoy viendo es asi:
Apenas cuatro meses, y ya da pataditas
Sucede que los pies son el extremo opuesto al cerebro. Por eso no es de extrañar que los aguerridos portadores de testosterona hayan hecho de las patadas una religión. Patadas al balón, patadas al adversario cuando el árbitro no mira, patadas de rabia cuando la pierna falla, patochadas cada vez que abren la boca... Los sacerdotes de esta religión ofician el espectáculo más primitivo, marrullero y soporífero jamás inventado.
Sus seguidores dicen "perdimos" o "ganamos" sin haber pisado el césped. ¿Qué imparcialidad puede uno esperar de una persona así? ¿Qué valores humanos puede tener alguien que glorifica la patada como medio para triunfar en la vida? ¿Qué es lo que sabe hacer un futbolista, además de patear un balón, zancadillear al adversario y dar saltos de primate delante de todo el mundo?
Sin pecada concebida
Nadie lo ha escrito todavía, pero es un mantra del que es imposible escapar. Ciudadanos y ciudadanas, el cambio climático, el heteropatriarcado opresor, el comercio justo o el derecho de autodeterminación son capítulos de un catecismo doctrinario repetido machaconamente por autómatas disfrazados de personas y personos de aspecto casi siempre normal. Con zombies así es imposible razonar. Los mensajes subliminales con que los bombardean diariamente les han proporcionado un arsenal formidable de argumentos pueriles destinados exclusivamente a evidenciar la paja en el ojo ajeno.
Los mitos y leyendas que han creado han terminado convenciendo incluso a sus adversarios, y no está ya lejano el día en que los políticos de derechas, ataviados con piercings, pantalones rasgados y camisetas del Che Guevara, asalten el palacio de invierno para implantar las chekas, el control de precios y el salario universal. Naturalmente en vano, porque nunca comprenderán que el catecismo progre es sólo una artimaña para que ellos hagan el trabajo sucio de sus enemigos.
La ciencia lo dijo y yo no miento
Después de excluir a los forofos del balompié y a los feligreses progres, le queda a uno muy poco margen para la vida social. Pero todavía es posible avanzar una vuelta de tuerca invocando la bandera de la diosa Salud. Está en todas partes. Bebidas light, leches desnatadas, soja, áloe, quínoa, verduras y frutas 'ecológicas', corredores sudorosos infestando parques y jardines, ciclistas disfrazados de pescadilla, edulcorantes, vitaminas, omega 3, ancianos atentando contra su ciática en extraños aparatos al aire libre, adictos al agua mineral... La industria de la diosa Salud es ya uno de los motores de la economía, y no hay tema de conversación en que no salga a relucir. Y con razón. La salud es tan importante...
En realidad, lo que encubren todos esos amuletos y rituales es miedo. Sus usuarios viven en una sociedad asustada, pero no de la enfermedad ni de la decrepitud, sino de su propia ignorancia y carencia de espíritu crítico. En la historia del mundo, nunca han tenido tal cantidad de información al alcance de los dedos, pero si quisieran poner en duda lo que les cuentan no sabrían por dónde empezar. Para ser sinceros: ni siquiera sienten curiosidad.
El modelo de Corea del Norte nos puede parecer espeluznante pero, para mucha más gente de lo que pensamos, los caminos trazados son una tentación irresistible. Lo peor del Big Brother no es el ojo que nos vigila, sino la cantidad de vigilados que se encogen de hombros.
To boldly go where no one has gone before
De todas estas cosas no puedes hablar con tus contemporáneos. Pero hay cosas de las que sí te gustaría hablar. Te gustaría hablar de música, aunque no de éxitos pop. Te gustaría despedazar, analizar, escudriñar el interior de la música para comprender por qué te gusta, escuchar mil veces las composiciones más sublimes, comparar, sacar conclusiones. No quieres acumular conocimientos en baúles de la memoria. Nunca has querido ser un erudito, y los eruditos te aburren. Te gustaría hablar de literatura, de ciencia, de arte, del pasado y del futuro, hacerte preguntas y buscar respuestas, intentar tú mismo componer, aprender, escribir, entender, fantasear. Te gustaría ser un niño mayor y seguir jugando con juguetes de adulto.
Eres realista. No tienes afanes trascendentes ni ansias de eternidad. Para ti, la vida es sólo una oportunidad. Una oportunidad de abrirse paso a codazos, a empujones, cayendo y levantándote una y otra vez, perdiendo la ilusión y rescatándola, tratando de encontrar tu propio camino en un bosque sin senderos, sorteando cepos y trampas, luchando por ver la luz del día bajo una espesura de conformismo y abulia.
Lo sé. No es fácil. Nadie te prometió nunca un camino de rosas.

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sábado, 7 de abril de 2018
Carilda
Eran los primeros años de Internet. Los buscadores apenas alcanzaban a rastrillar un puñado de direcciones, los modems transmitían a velocidades de caracol soñoliento y los blogs ni siquiera habían sido inventados. En una de aquellas búsquedas me topé con ella.
Carilda Oliver. Nunca había leído aquel nombre antes. Sus poesías me fascinaron. Habrían encajado perfectamente en cualquier antología de la generación del 27. ¿De dónde había salido? ¿Por qué a mí nunca me había llegado aquella voz evocadora y potente de mujer enamorada mil veces y mil veces despechada? La respuesta era muy simple: aquellos versos que me acababan de deslumbrar venían de Cuba.
Ya era milagro que de Cuba saliese siquiera un átomo de información, y debí haberme conformado, pero quise saber más. Escribí a quienes habían publicado aquellos versos, les pedí más información, les manifesté mi admiración. El silencio fue la única respuesta. Pasaron los años, sus versos desaparecieron de un disco duro que un buen día me dejó tirado, y con él se fue mi recuerdo de Carilda Oliver.
Hace unas horas, leyendo la biografía de Humberto Costantini en Wikipedia, de pronto el nombre de ella reaparece en mi memoria. ¿Por qué? No tengo ni idea. Primero, borrosamente, el nombre propio (resultó que no era Casilda). Después, en seguida, el apellido. Misterios de la mente humana.
Han pasado muchos años desde que la antología de Gerardo Diego despertó mi pasión por la poesía. De todos aquellos autores, sólo Vicente Aleixandre perdura en mi biblioteca. Hace un cuarto de siglo que no escribo poesía, porque creo que ya expresé en ese género todo lo que tenía que expresar, y cuando un autor llega a ese punto lo mejor que puede hacer es callarse. Pero sigo siendo capaz de degustar unos versos bien escritos. No en vano soy admirador incondicional de Góngora.
La poesía de Góngora es muy difícil. Hay que leerla palabra a palabra, a ser posible cotejándola constantemente con la 'traducción' de Dámaso Alonso para desentrañar las incomparables imágenes que encierra. Pero incluso sin entender nada, la musicalidad de sus vocales y consonantes y el poder evocador de sus imágenes fulgurantes son un regalo para el oído. Si uno no entiende qué demonios quiere decir, por ejemplo, aquello de "la menor onda chupa al menor hilo", debe saber que la poesía de Góngora, como muchas otras, tiene dos niveles: el de la forma y el del contenido. Y los dos son excelsos.
Los poemas de Carilda Oliver, como buena parte de la poesía mundial, no siempre se entienden. Combinando palabras, ritmos y rimas, uno llega a percibir sospechas de erotismo, de emoción o de autobiografía, pero las combinaciones son deslumbrantes. También los cuadros de Kandinski tienen dos niveles, y para disfrutar de ellos no es necesario desentrañar las banalidades del punto y la línea en el plano, que para el pintor eran la justificación de la belleza.
Carilda Oliver no es Góngora. Cuando uno no entiende bien qué es lo que le hizo a aquella señora aquel amante pasajero aquella noche de luna menguante, la lectura se hace un tanto tediosa, pero de cuando en cuando un soneto o un poema brillantemente escritos y que, además, se entienden (no siempre del todo) lo dejan a uno extasiado. Como muestra, reproduzco aquí hoy unos poemas breves suyos que me han parecido magistrales. Feliz lectura.
Me lo aprendí una noche de azul lento,
bajo la luna abierta encaramada
como niña de luz, en la portada
sonámbula oficial del firmamento.
Me lo aprendí esa noche. De su acento
salía una caricia inusitada;
y en la esquina tenaz de su mirada
me tropecé desnuda con el viento.
Desde entonces anuncia cada cosa
que ha tirado a mis pies, como una rosa,
el corazón absurdo en que vivía.
Y no sé si por eso me persiste
este alegre dolor de ser tan triste
con que sigo durando todavía.
Error de magia
¿Sería aquel beso
ya clavándose
sin que supieras darle cuerda
para que saliese a bailar con el domingo?
¿Sería aquel beso
que no quiso mirar el mediodía
y tú, alarmado,
le echaste muchas cosas a ver si lo arrastrabas:
una corriente de merluzas,
el humo del tabaco,
la saliva?
Un beso, nada más que un beso,
sólo un beso,
el simple juego de los labios,
que huyó una noche como perdido de otra alma
y sin saberlo fue tu penitencia.
Todo por un malabarismo sin fortuna,
por un error de magia,
por un ángel hirviendo en la redoma
que al fin se volvió malo
y te tapó la boca.
¿Así que te moriste, mi amor, de pura hambre,
ahogado por un beso
que nunca supo que tenía alas?
Que yo era una mentira de la luna
No vuelvas, no, porque la noche es una
hechicera cordial que te ha perdido;
verás que ya no soy milagro ardido:
que yo era una mentira de la luna.
No vuelvas, no, porque será importuna
tu palabra de amor contra mi oído;
verás que no es de besos mi vestido:
que yo era una mentira de la luna.
Quédate como el sueño, desasido.
No vuelvas, no, porque tal vez alguna
maldición se descuelgue del olvido
y te toque en un ímpetu de tuna.
Verás, amor, verás que no he vivido:
que yo era una mentira de la luna.

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Palabras clave: amor, Carilda Oliver, despecho, Gerardo Diego, Góngora, Internet, poesía
sábado, 24 de marzo de 2018
Teología experimental
Por lo general, tengo cosas más importantes que hacer que ocuparme de la filosofía. Exceptuando a Zenón de Elea y a su maestro Parménides, todas mis lecturas filosóficas terminan invariablemente en una combinación de bostezos, hartazgo y estupefacción. ¿Cómo es posible que los filósofos se líen tanto para no decir nada? Todos podemos llegar a entender lo que es un electrón, un campo gravitacional, un cromosoma o un número primo, pero ¿por qué los filósofos no definen los conceptos que usan de manera que cualquier ser pensante pueda entenderlos?
A lo largo de mi vida, le he dado muchas vueltas a esas preguntas. Encuentro asombroso que la filosofía sea una disciplina universitaria, que haya personas que se ganen la vida dedicándose a ella, y que grandes pensadores de todas las épocas le hayan dedicado tal cantidad de páginas sin llegar jamás a alguna conclusión verificable o mínimamente sólida. El cerebro humano, por lo visto, es así.
Sucede que hay dos tipos de conceptos en la mente humana. Uno, de alcance universal, es el resultado de una abstracción. Nos fijamos en cierto número de ejemplares de cualquier cosa, y de ellos extraemos una conclusión que vale para todos. Si observamos, por ejemplo, que el número 7, el 11 y el 31 sólo son divisibles por sí mismos y por el número 1, podemos definir un concepto basado en esas dos propiedades, que los matemáticos han llamado 'número primo'. A partir de ese momento, si escogemos un número al azar no habrá posibilidad de duda: o es primo o no lo es, y no tendrá ningún sentido hablar de números 'medio primos', o distinguir entre números más primos o menos primos.
En cambio, hay otro tipo de conceptos que construimos en torno a un prototipo. Una colina, un adolescente o una borrasca son conceptos claros, pero borrosos en las fronteras. Cualquier afirmación que hagamos sobre ellos será más o menos válida según lo cerca o lejos que estemos del prototipo. Rara vez nos pondremos de acuerdo sobre dónde empieza una colina, y no todos los adolescentes tienen acné. Además, a menudo podemos definir nuevos prototipos que transforman nuestro paisaje conceptual: ¿la pirámide de Keops es una colina? ¿en qué momento una borrasca se convierte inequívocamente en un ciclón?
La filosofía juega en gran medida con conceptos derivados de prototipos, y vende como generalizaciones lo que son sólo áreas conceptuales más o menos difusas que cada filósofo puede interpretar a su antojo. Prueba de ello es que, en la práctica, así sucede. La historia de la filosofía es una larga enumeración de controversias, cismas, delirios, narcisismos y, sobre todo, pereza.
Pereza de verificar los conceptos y de marcarse una dirección y un método. En filosofía, los fracasos no son relegados, sino que se acumulan. Las tonterías que afirmaron Aristóteles, Platón, Kant, Bergson o Hegel siguen en los libros, inamovibles. Si la ciencia hiciera lo mismo, los científicos estudiarían hoy el móvil perpetuo o la generación espontánea en pie de igualdad con la termodinámica y la microbiología.
Hay además un tercer tipo de conceptos que han dado pie a buena parte del corpus filosófico. Me estoy refiriendo a lo que podríamos llamar 'lógica exhibicionista' o 'lógica justificativa'. En esa línea, por ejemplo, la pregunta "¿dónde empieza una circunferencia?" podría dar lugar a un voluminoso tratado filosófico sobre los orígenes del devenir, la esencia de la continuidad o el eterno retorno, aunque por supuesto sólo a un filósofo se le podría ocurrir tamaña pérdida de tiempo.
La lógica exhibicionista ha sido usada muy a menudo en filosofía para justificar las propias creencias o para inflar la vanidad personal de más de un autor. Las cinco vías de Santo Tomás son un buen ejemplo de piruetas mentales concebidas únicamente para justificar la sumisión a un dogma religioso. Como acrobacias intelectuales son muy brillantes, pero sólo han servido para convencer a los ya convencidos. Santo Tomás tal vez habría hecho mejor dedicándose a componer música para la Corte, o estudiando la germinación de la habichuela.
Quizá la rama de la filosofía con que más familiarizados estamos la mayoría de nosotros es la teología. Todo el edificio conceptual de la teología está construido sobre un único concepto, que simplificando podríamos llamar 'Dios'. Todo el mundo entiende el significado de 'Polo Norte', 'Everest' o 'Torre Eiffel', pero ¿qué cosa es 'Dios'? Difícil averiguarlo. Ni siquiera los diccionarios coinciden en sus definiciones. Para aclarar ideas, voy a tratar de resumir los resultados de mi búsqueda en unos cuantos diccionarios.
Casi todos los diccionarios definen 'Dios' como "ser supremo", aunque algunos (Collins) hablan de 'espíritu' y Wordnet lo califica de 'sobrenatural'. Mal empezamos. Pero hay más versiones. Wiktionary lo define como "presencia o fuerza espiritual impersonal y universal", que es algo así como decir 'todo y nada', mientras que Merriam-Webster lo define como "realidad suprema o última". ¿En qué quedamos? ¿Suprema, o última? Me parece a mí que no es lo mismo.
Esta era sólo la presentación. En cuanto a los atributos, los hay para todos los gustos. Muchos lo califican de "creador" y "gobernante" del Universo. Al menos uno (Oxford) añade "fuente de autoridad moral". Casi todos coinciden en que es 'venerado' u 'objeto de fe', y Merriam-Webster, siempre en su línea particular, añade: "perfecto en términos de poder, sabiduría y bondad". Curiosamente, ninguno de ellos atribuye a Dios la cualidad de 'eterno'.
Vayamos por partes, y limitémonos a lo que el sentido común nos permite interpretar. Hablar de un ser 'supremo' implica una escala de menor a mayor, pero ninguno de los diccionarios nos aclara cuál es esa escala. Si lo que queremos decir es que Dios creó el Universo, entonces el adjetivo 'supremo' sobra. ¿Puede haber algo más supremo que crear el Universo? Me pregunto.
Más problemática se pone la cosa cuando intentamos desentrañar el significado de 'espíritu' o 'sobrenatural'. Para mí, un espíritu es un estado de ánimo, y ninguno de los que yo he experimentado me ha permitido jamás crear un universo. Quizá no he perseverado lo suficiente. En cuanto a 'sobrenatural', es un adjetivo que asocio únicamente a ciertas películas de terror o a ciertas alucinaciones. Por ejemplo, a causa de la sed en el desierto o de la ingestión de sustancias psicoactivas.
Nos quedan tres sustantivos que hacen referencia a Dios: 'presencia', 'fuerza' y 'realidad'. La idea de que Dios es real o está presente, sin que nos aclaren cuándo o dónde, me sume en profunda confusión. En toda mi vida, jamás he podido ver ni me han presentado a ningún ser supremo sospechoso de haber creado el mundo. ¿Debería intensificar mi vida social?
Pero tengo que confesar que, después de tal cúmulo de confusiones, me topo por fin con una palabra tranquilizadora: 'fuerza'. La idea de que Dios es una fuerza es providencial, porque, como casi todos sabemos, la fuerza es el producto de la masa por la aceleración, y ambas son medibles. De modo que sólo tendríamos que averiguar la masa de Dios y hacia dónde se mueve para conocer su magnitud e incluirla en los diccionarios. ¿Hay algún teólogo por ahí dispuesto a trasponer los umbrales de la filosofía experimental? Se admiten apuestas.
Nos quedan todavía unos cuantos atributos más bien pomposos, pero difíciles de verificar experimentalmente. Si nos fiamos de la teoría del big bang, que por el momento es la que mejor explica nuestras observaciones, podríamos concluir que Dios es la fluctuación cuántica del vacío que dio lugar al universo que habitamos, y podríamos conjeturar que las mismas leyes que causaron tal fluctuación son las que aún hoy gobiernan las galaxias y sus componentes. Pero, francamente, de ahí a que el big bang sea una "fuente de autoridad moral" media un abismo.
Para terminar, los atributos más peliagudos son los que meten al infinto de por medio. Si Dios ha creado el Universo, sin duda es muy poderoso, pero para ser 'infinitamente poderoso' tendría que estar creando infinitos universos en infinitos instantes y sujetos a infinitas leyes físicas. No digo que no, pero yo cuando miro al cielo no alcanzo a ver nada ni remotamente parecido. De dónde ha sacado Merriam-Webster esa información es un misterio, sin duda teológico.
Hasta aquí nos hemos mantenido en el terreno de la duda, por decirlo con ánimo indulgente. Pero, ay, las dos cualidades que nos quedan chocan frontalmente con el sentido común. Si Dios es infinitamente sabio e infinitamente bondadoso, entonces el mundo que habitamos es el mejor de los mundos posibles, afirmación fácilmente refutada por cualquier programador de videojuegos dispuesto a crear un universo en el que no existan la envidia, la guerra, el fracaso, la soledad ni el dolor. Y en el que se paguen menos impuestos.
No haría falta ir muy lejos. Si los teólogos me dan a mí los fondos necesarios, yo mismo lo puedo programar. Palabra.

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Palabras clave: Aristóteles, Dios, filosofía, física, Platón, santo Tomás, sentido común, teología, Universo
domingo, 31 de diciembre de 2017
Carretera al cielo
Regresó del via crucis, agotada. No tenía ganas de cenar. Se dejó caer encima de la cama, cerró los párpados y exhaló un suspiro hondo. En pocos segundos, las tinieblas del sueño la envolvieron. Se quedó dormida.
Descubrió que flotaba en lo alto de una nube azul, rodeada de querubines. En sus manos, una lira. Era maravilloso, porque sus dedos sabían exactamente cómo tañer las cuerdas para arrancarle aquellas armonías sublimes, sobrehumanas. Cerró sus párpados también en el sueño y se dejó embelesar por su propia música. Con los párpados cerrados no veía. Como Cupido... ¿También ella sería capaz de disparar una flecha sin mirar, y acertar? Y quien recibiera la flecha, ¿de quién se enamoraría?
...

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Palabras clave: adulterio, cielo, cupido, Dios, infierno, satanás, via crucis
miércoles, 27 de diciembre de 2017
El Fénix catalán
La Cataluña que yo amé no ha muerto. A pesar del intento de incinerarla perpetrado por una pandilla de palurdos medievales autodenominados 'nacionalistas', la verdadera Cataluña, la Cataluña que no ha perdido el tren de la historia, creativa y sensata, rauxa y seny al mismo tiempo, ha resurgido de sus cenizas. Héla aquí:
http://www.bcnisnotcat.es/
Ojalá que algún día ellos lleguen a ser el verdadero motor de una España demasiado enquistada también en el provincianismo y en el conformismo suicida. Muchos ánimos, tabarneses. Desde la distancia del exilio os deseo lo mejor, de todo corazón.
Mucho mejor así:

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Palabras clave: Cataluña, España, provincianismo, Tabarnia
lunes, 25 de diciembre de 2017
Viajar en el tiempo
Todos hemos deseado alguna vez viajar en el tiempo. Y lo hemos hecho. Rebobinando las películas en videocassette, en los años 90, o apretando la tecla 'Deshacer' en nuestra pantalla, todos o casi todos hemos viajado en el tiempo. Pero, incluso aunque no hiciéramos nada o nos quedáramos dormidos, estaríamos también viajando en el tiempo, querámoslo o no, a la inexorable velocidad de 60 minutos por hora. El problema es que, hagamos lo que hagamos, el tiempo siempre termina arrastrándonos en una única dirección.
El tiempo es también un viaje desde el orden hacia el desorden. Un vaso puede romperse en mil pedazos, pero esos mil pedazos nunca se levantarán solos del suelo para volver a juntarse en el vaso y dejarlo como estaba. Es cierto, podemos recogerlos uno por uno y después pegarlos, pero para eso tendremos que mover unos cuantos músculos, y para mover esos músculos necesitaremos una energía que sólo podemos conseguir desordenando alimentos en nuestro estómago. No hay escapatoria. Y, por si esto fuera poco, la teoría de la relatividad nos dice que para viajar en el tiempo hay que conseguir moverse más aprisa que la luz.
La velocidad de la luz es una barrera que divide dos mundos. En el nuestro, por mucho que aceleremos no podremos jamás alcanzarla, porque necesitaríamos una cantidad de energía infinita. Al otro lado de la barrera, un objeto podría moverse más aprisa que la luz, pero nunca podría frenar hasta alcanzar la velocidad de la luz, porque para ello necesitaría también una energía infinita. Cosas de la física.
En realidad, ni siquiera sabemos lo que es el tiempo. No sabemos si es infinitamente continuo o si está hecho de átomos, como la materia. No sabemos si en algún confín remoto del universo, o en algún futuro o pasado lejanísimos, el tiempo se curva sobre sí mismo y un paseante podría encontrarse con su bisabuelo a la vuelta de la esquina. En el interior de un agujero negro, si se dieran las condiciones adecuadas, retroceder en el tiempo sería posible, pero entonces no sería posible retroceder en el espacio.
Muchos físicos se han devanado los sesos con la teoría de la relatividad para encontrar soluciones que permitan viajar en el tiempo. El problema no es que tales soluciones no existan, sino que en nuestro universo no parecen realizables. Quizá la más interesante es la que propuso el físico mexicano Miguel Alcubierre en 1994, que consistiría en contraer el espacio por delante de nuestra nave y expandirlo por detrás. Pero ni siquiera sabemos si sería materialmente posible construir un aparato que hiciera eso.
Otra solución es la que propuso el físico ruso Serguéi Krasnikov en 1995, y que es conocida como el “tubo de Krasnikov”. El tubo de Krasnikov es algo así como un agujero de gusano, cuyas paredes no estarían hechas de materia, sino que serían una distorsión del espacio-tiempo. Si fuera posible viajar en un tubo de Krasnikov, un astronauta tardaría sólo un año y medio en recorrer 3000 años-luz. El único problema es que, a su regreso, en nuestro planeta habrían transcurrido 6000 años, y su novia probablemente se habría cansado de esperar.
En teoría al menos, también sería posible viajar en el tiempo si pudiéramos construir un cilindro de longitud infinita y hacerlo girar muy aprisa, tal como propuso Frank Typler en 1974. Pero ¿cómo vamos a construir un cilindro infinito si ni siquiera sabemos si nuestro universo tiene fin? Además, no debemos olvidar el problema más grave: si un crononauta malvado viajara al pasado y consiguiera matar a su tatarabuelo antes de que tuviera descendientes, entonces el asesino no podría haber nacido, y por lo tanto desaparecería al instante. Justicia poética... Para resolver esta paradoja, algunos físicos argumentan que los viajes en el tiempo en realidad nos llevarían a un universo paralelo, donde el malvado crononauta podría hacer de las suyas sin por ello dejar de existir.
La fantasía de viajar en el tiempo existe desde hace milenios. Aparece ya en el Mahabárata, el libro sagrado de la religión hindú, que fue escrito hace casi 3000 años. Fue evocada también por un discípulo de Buda, en el siglo VI antes de nuestra era. Y una leyenda japonesa del siglo VIII nos cuenta la historia de Urashima Taró, un pescador que habría viajado 300 años hacia el futuro. En literatura, la novela más conocida es La máquina del tiempo, de Herbert George Wells, pero muy pocos saben que un español se le adelantó en ocho años. Aquel pionero de la ciencia ficción fue un diplomático madrileño llamado Enrique Gaspar y Rimbau, y su novela se titulaba El anacronópete.
Gaspar y Rimbau fue un niño prodigio. Era hijo de actores, y escribió su primera zarzuela a los 13 años. Un año después era ya columnista de La ilustración valenciana, y al año siguiente su madre llevó a la escena su primera comedia. Gaspar se casó con una aristócrata, y a los 27 años entró en el cuerpo diplomático, que lo llevó a lugares del mundo tan diversos como Grecia, Francia, China, Macao y Hong Kong.
El anacronópete, que significa algo así como 'aquello que vuela al revés que el tiempo', era una caja de hierro movida por energía eléctrica. La energía servía no sólo para propulsar la nave, sino también para generar un fluido -el 'fluido García'- que rejuvenecía a los pasajeros a medida que viajaban hacia el pasado. En el interior de la nave había maravillas tecnológicas tan sorprendentes como una escoba que barría sola. El inventor de aquella extraña nave era el científico zaragozano Sindulfo García, y entre los pasajeros había varias ancianas francesas de 'moral reprobable' que el alcalde de París había enviado para que se rejuvenecieran, a ver si así retornaban a las buenas costumbres.
La trama de la novela es rocambolesca. El viaje en el tiempo los lleva primero a la batalla de Tetuán, y después a Granada en el año 1492. La expedición se aleja después hasta el año 220 en China, donde el emperador explica a los viajeros que los chinos por aquellas fechas ya habían inventado la imprenta. Entre tanto, mientras el emperador les pide que le entreguen a la pasajera Clarita a cambio del secreto de la inmortalidad, la momia de la emperadora, que don Sindulfo había metido en la nave al emprender el viaje, rejuvenece tanto que resucita, y le pide a Sindulfo que se case con ella. Pero Sindulfo en realidad ama a Clarita, que a su vez... está enamorada del capitán. El enredo está servido.
Finalmente, después de visitar Pompeya durante la erupción del Vesubio y seguir alejándose en el tiempo hasta los días del diluvio universal, el enloquecido don Sindulfo aprieta al máximo el acelerador, y al llegar al origen del universo la nave termina... explotando.
* En agosto pasado, cuando escribí mi cuento 'La caja fuerte', no tenía ni idea de la existencia de la novela de Gaspar y Rimbau. Anoche, cuando leí la descripción del anacronópete, me faltó poco para dar un respingo: una caja de hierro que viaja en el tiempo... ¿Sorprendente coincidencia, o recuerdos del futuro? Se me ocurre que quizá ninguna de las dos cosas. ¿Es posible que yo en realidad sí hubiera leído alguna vez algo sobre aquella novela y, simplemente, lo hubiera olvidado? Es lo mas probable. Pero lo cierto es que no recuerdo absolutamente nada, maldita sea.
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Palabras clave: Alcubierre, Buda, ficción, Krasnikov, Mahabárata, Rimbau, Sindulfo, tiempo, Typler, Vesubio, viaje, Wells
martes, 19 de diciembre de 2017
Enfermos de fanatismo (II)
"Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla", escribió Antonio Machado.
La mía, no. Mi infancia son recuerdos de una ciudad inhóspita, con habitantes inaccesibles como coches de choque y cielos de acero hasta donde alcanzaba el horizonte. Sólo que, una vez al año, allá por las últimas canículas de junio, mi horizonte se ensanchaba hasta llegar al mar.
De aquel mar recuerdo pocas cosas, pero todas intensas y balsámicas. Era la cura de diez meses fríos y adoquinados, inacabables. Recuerdo bandadas de peces plateados a pocos pasos de la orilla, diminutos cangrejos de color de arena y huellas de pájaros en zigzags caprichosos que llegaban hasta las dunas. Allí no había luz eléctrica ni agua corriente, pero había seres humanos, y entre los juncos zumbaban las libélulas. Y, por las noches, allá en lo alto, un océano mágico de estrellas.
Ya te he relatado alguna vez la llegada de los alcoyanos. Aparecieron una mañana, en la playa, acompañados de un carro tirado por un caballo y cargado de enseres. Mis recuerdos son borrosos, porque yo era muy pequeño, pero tengo la certeza de que no se alojaban en ninguna de las casas del lugar. Con cañas cortadas y atadas entre sí, construyeron sobre la misma arena varias empalizadas rectangulares, y allí dentro echaron los colchones que habían traído de casa para pasar las vacaciones de verano en la playa. No necesitaban más.
Eran varias familias, y venían de Alcoy. No recuerdo sus rostros ni sus edades. Recuerdo sólo su alegría contagiosa, su sentido del humor indestructible, y aquella lengua vernácula que me fascinó desde el primer instante. Era imposible no amar aquel habla valenciana melodiosa y certera, que desbordaba de ingenio y alegría de vivir.
Los alcoyanos venían todos los veranos, y se quedaban en la playa casi todo el mes de julio. Con el paso del tiempo, el añoso carro fue sustituido por un automóvil, y las cabañas en la playa por viviendas de alquiler. Incluso hubo quien se compró su propio chalecito, no lejos de donde nosotros veraneábamos. Años después, algunos de los hijos de aquellos alcoyanos se hicieron amigos mios. Fue un privilegio.
Muchos de los días más felices de mi vida los he vivido en valenciano, y la región valenciana ha sido para mí la quintaesencia del Mediterráneo. Sí, del mismo Mediterráneo en el que Zenón concibió la paradoja de la flecha y en el que Odiseo supo burlar al gigante Polifemo. En cuanto pude, ya en los primeros años de la Universidad, me escapaba a menudo de Madrid para ir a visitar a mis amigos alcoyanos, que por aquel entonces estudiaban en Valencia.
Cuando acabé la carrera, un día, harto ya de aquel esperpento medieval al que sus habitantes llaman Madrid, me subí a mi furgoneta desvencijada y, después de muchas vicisitudes, terminé instalándome en un pueblo de Valencia. Allí me curé de mi mal de amores y reuní fuerzas para emprender la que sería la principal etapa de mi vida. Todavía conservo algunos buenos amigos de aquella parada y fonda, pero de entonces acá el mundo ha dado muchas vueltas, y la Valencia que yo amé es ahora ya un espantajo irreconocible.
Siguiendo las huellas de Cataluña, el nacionalismo regional ha secuestrado la lengua y el espíritu valencianos, los ha pervertido y los ha convertido en un instrumento de poder. La región valenciana ya no es el Mediterráneo de Homero y de Parménides. Ahora todo en ella está impregnado de ideología. Ideología xenófoba y ridícula, acunada en fantasías totalitarias. Valencia no es un imperio. Ni siquiera un Estado. Valencia ahora no es nada, o apenas nada. Apenas un aspirante a gulag, una caricatura de la Inquisición, un Quijote sin Rocinante. Un páramo cultural gobernado por psicópatas.
Ya no amo la lengua valenciana. Ahora detesto todo lo valenciano, porque detrás de todo aquello que un día amé sólo veo a unos nazis grotescos moviendo los hilos de su propia vanidad. No tienen futuro, pero están tan pagados de sí mismos que ni siquiera se dan cuenta. Son un tren lanzado hacia el abismo, y con él arrastrarán a los nietos embrutecidos de aquellos valencianos maravillosos que yo amé y admiré, y con los que he vivido algunos de los mejores momentos de mi vida.

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