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Charlas con nadie

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Palabras clave: burócrata, escurrir el bulto, político
El Freak supirenaico 1885BI nació a finales del siglo XIX en tierra de toros, caballos y señoritos. Su padre era secretario de juzgado, y su madre procedía de una familia de labradores de clase media. Parte de sus estudios los cursó en los escolapios. Como el lector estará empezando a observar, las congregaciones religiosas aparecen a menudo en las biografías de nuestros Freaks, por lo que no es de extrañar que muchos las vean como la mosca en la sopa del país subpirenaico.
Apenas estuvo en edad de ganarse el pan, el Freak 1885BI entró a trabajar como escribiente en el juzgado de su pueblo hasta que terminó la carrera de Derecho, que estudió con dudoso aprovechamiento (o con lamentables profesores), como en seguida veremos.
Sólo unos años después obtuvo por oposición una plaza de notario, que lo instaló de lleno en el selecto mundo de los señoritos subpirenaicos. La crème de la crème. Inmerso en tan fértil caldo de cultivo, probablemente no pudo evitar sentirse atraído por el prêt-à-porter de la moda ideológica que por entonces hacía furor en aquellas latitudes: el federalismo tribal.
A los 39 años emprendió una gira por el norte de Africa. En pocos meses, impresionado seguramente por los logros de aquella civilización tan superior a la suya, abrazó la religión musulmana y cambió su nombre de pila por otro en consonancia. Era un hombre nuevo. Su familia, pese a todo, se apresuró a negar tal conversión, atribuyendo al Freak 1885BI gran admiración por Santa Teresa y San Juan de la Cruz, y encareciéndolo como benefactor de un convento de religiosas.
Viajó después por otras regiones subpirenaicas para intercambiar impresiones -o quizá para intrigar- con ideólogos tribales como él, y colaboró en una revista de similar filiación. Pese a haberse presentado una y otra vez a las elecciones de la nación opresora con su programa tribalista, nunca llegó a obtener representación parlamentaria. Mortificado por tan pertinaz fracaso, exhumó la bandera de una taifa del siglo XI y compuso la letra del futuro himno de aquella tribu incontestable que, sin embargo, las urnas se empeñaban en ignorar.
Lastrado por su desconocimiento de la civilización transpirenaica, el Freak 1885BI estaba convencido de que el problema de aquel país de toros, caballos y señoritos era la distribución de las tierras. Como muchos intelectuales y revolucionarios antes -y después- que él, no parecía haberse enterado de que, en el transcurso de la Historia, el ingenio humano había hecho algo más que inventar la pala y el azadón.
Pero, como sucede siempre con los señoritos de izquierdas, había algo que no acababa de encajar en aquellas utopías justicieras: si los desposeídos dejaran de serlo, la clase alta -y en particular los notarios de provincias- afrontarían un futuro incierto. Los sirvientes podrían ponerse farrucos, los colectivistas les requisarían las calesas, y a lo peor hasta les cerraban el Casino. Entonces, ¿por qué perder tanto tiempo en metafísicas, siempre a vueltas con el tostón de las patrias? En resumen: ¿para qué podía querer el poder el Freak 1885BI?
Sólo se me ocurre una respuesta: para liquidar a los caciques de turno y colocar a los suyos.
Hace un par de días, el gobernador de Nuevo México, Gary Johnson, candidato libertario a la presidencia de USA, acudió a una entrevista en los estudios de la NBC. En el transcurso de la entrevista, uno de los periodistas -probablemente con ambigüedad calculada- preguntó a Johnson: "¿Qué haría usted en relación con Aleppo?", a lo que el candidato repuso cándidamente "¿Y qué es Aleppo?"
Posteriormente, Johnson justificó el patinazo diciendo que en un primer momento había pensado en unas siglas. Sin embargo, si observamos el vídeo de la entrevista, veremos que la expresión facial de Johnson siguió en blanco mientras el entrevistador le explicaba que Aleppo estaba en Siria, y sólo salió de la inopia cuando el periodista añadió que Aleppo era "el epicentro de la crisis de refugiados".
Los periodistas americanos son monstruos desalmados capaces de vender a su abuela para trepar media pulgada en el organigrama, pero saben hacer su trabajo. De modo que el entrevistador no desaprovechó el flanco que acababa de quedar al descubierto y atacó: "¿Tan poca importancia le merecen los conflictos internacionales a alguien que quiere ser presidente de los Estados Unidos?" Como buen político, Johnson se salió en seguida por la tangente, pero su respuesta era ya irrelevante, porque la carga de profundidad era la pregunta, y la pregunta había sido lanzada.
Gary Johnson no ha sido el único político americano que ha dejado en evidencia sus limitaciones. En 2011, también durante una entrevista, el candidato a las primarias Rick Perry empezó a enumerar los tres ministerios que suprimiría si llegara a ser elegido presidente. A saber: Comercio, Educación, y... hum..., esto..., a ver..., vaya, lo tengo en la punta de la lengua...
En 2008, la entrevistadora Katie Couric preguntó a Sarah Palin, candidata a vicepresidente en aquellas elecciones, qué periódicos leía para para mantenerse informada y para entender lo que sucedía en el mundo. Sin mover un músculo innecesario de la cara, Palin respondió: "La mayoría de ellos... ¡Todos...!" La periodista insistió: "Nómbreme alguno". Pero la entrevistada no especificó. "Tengo una inmensa variedad de fuentes de noticias", aseguró. Y a continuación, como era de esperar tratándose de un político, se fue por las ramas: "No vaya a creer que Alaska es un país lejano. Aquí estamos al corriente de todo..."
Mucho más hilarante (en realidad, patética) fue la metedura de pata de Joe Biden ese mismo año con la misma periodista. "Cuando la Bolsa se desplomó", afirmó Biden, refiriéndose al crack de 1929, "el presidente Roosevelt salió por televisión y...". Sólo que en 1929 Roosevelt todavía no era presidente de los Estados Unidos, y la televisión... ni siquiera había sido inventada.
En 1992, el vicepresidente Dan Quayle corrigió públicamente a un estudiante la grafía de la palabra 'potato' [patata], asegurándole cariñosamente que "le faltaba una letra al final". Pero lo cierto es que 'potatoe' no el singular de 'potato', sino el resultado de quitarle una s al plural 'potatoes'. Lo que Quayle estaba sugiriendo era algo así como decir 'el amoto' o 'el arradio' en español ¿Cuantos libros o periódicos (¡o comics!) podemos suponer que había leído el Sr. Quayle cuando se permitió corregir a aquel estudiante?
El blindaje verbal de los políticos (lo que entre nosotros llamamos 'cara dura') es proverbial, pero a veces pequeños detalles como éstos nos revelan la verdadera dimensión de tales personas, la mayoría de ellas vacías de cultura, de principios y de convicciones. Si alguna vez la política tuvo un componente moral, hace mucho tiempo que lo perdió. Los políticos de hoy son, simplemente, vividores a cuenta de la Administración.
Pero no nos pongamos estupendos. La democracia es representativa, en el sentido más lato de la palabra. ¿Cuántos ciudadanos consideran hoy que la cultura es un valor? Hasta hace muy poco tiempo lo ha sido, pero ahora las tornas han cambiado. Lo que importa hoy es el cultivo del cuerpo, no de la mente. Era el ideal de las juventudes hitlerianas y, como en los tiempos del nazismo, también hoy este nuevo modelo de ciudadano es el resultado de un adoctrinamiento concienzudo.
No estoy hablando por hablar, pero nos adentramos en un tema mucho más amplio, que me reservaré para otro día.

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Palabras clave: ignorante, incompetente, político

Percibir tu propio 'yo' proporciona placer. Delegar en otras personas, también. Estos dos extremos son el yin y el yang de los modelos de sociedad, y la combinación de uno y otro en diferentes grados genera híbridos variopintos, en uno de los cuales estamos metidos usted y yo. ¿Por qué estoy diciendo esto?
More input! More input!
Somos lo que somos porque podemos conseguir fines. Si nuestro fin es alcanzar una cuchara, alargamos el brazo y nos hacemos con ella. Si nuestro fin es llegar a presidente de los Estados Unidos o matar N marcianitos en una pantalla y lo conseguimos, nuestro 'yo' se refuerza, y en consecuencia nuestro cerebro genera endorfinas: ¡bingo!
El problema de esta vía hacia la felicidad son los fracasos, que son dolorosos para el ego. O, más exactamente, el riesgo de fracasar. Quién sabe, tal vez uno puede llegar hasta donde se lo proponga. El cielo es el límite. Pero, cuanto más codiciado sea el objetivo, más duro podrá ser después el batacazo.
Siempre hay quienes se arriesgan. Sus herramientas para conseguir el poder -porque a estas alturas ya se habrá imaginado usted que estoy hablando del poder- son tan variadas como la naturaleza humana. Uno puede picar piedras para prosperar, o puede hacerlo más aprisa o mejor que su colega. Pero también puede idear o fabricar una máquina que pique piedras sin intervención humana, crear un banco que explote los beneficios de tales fábricas, o entrar en política para favorecer los intereses de ese banco o para ponerle límites. No es cuestión de ser buenos o malos. Igual podríamos despertar admiración que manipular o adular como medio para conseguir nuestros fines. Cualquiera de esas vías nos puede servir para controlar el mundo exterior. Es decir, para tener poder.
Querámoslo o no, todos tenemos al menos alguna dosis de ese ingrediente. Desde el porquero que controla su pequeña porqueriza hasta Mahatma Gandi, que consiguió controlar él solo a millones de personas predicando la perfidia del control de las mayorías por las minorías.
La Venus de las pieles paga con tarjeta
En el otro extremo de esa tendencia innata hacia la felicidad están los que delegan. Para ellos, la felicidad no consiste en controlar las cosas, sino en dejar que otro las controle por ti. Es la vía adoptada por el creyente, el votante, el manipulador, el paciente o el hipnotizado, por poner sólo algunos ejemplos. Y tampoco tiene nada que ver con la moral. Uno puede ser mantenido de buen grado por una persona amada o estropearle los frenos del coche para cobrar el seguro.
Naturalmente, sólo somos humanos. Hay muchas cosas que ni podemos ni podremos nunca hacer, y el éxito de una sociedad se medirá por el grado de equilibrio entre los que controlan y los que delegan. Cuando el equilibrio se rompe, las sociedades podrían terminar derivando hacia el extremo más temido: el control total de unos y el abandono incondicional de todos los demás. Es un imán que siempre tiene dos polos: no puede haber controladores si no hay controlados. Y es un extremo absoluto: si al menos una minoría se resiste, el equilibrio no será del todo estable.
Extasis junto a St. Paul Cathedral, London, UK
Era una mañana del mes de julio y yo acababa de sentarme en unas escaleras frente a St. Paul's Cathedral. Hacía apenas unos meses que había decidido renegar de toda religión cuando, en una réplica involuntaria del rayo celestial que derribó a San Pablo del caballo, un joven barbudo que pasaba por allí depositó un panfleto entre mis manos. Bajo una bandera negra artesanalmente dibujada en la cabecera, los autores de aquel texto resumían en sólo tres palabras las tres cosas que a mí más me molestaban de la vida: la familia, la religión y el Estado.
Fue una revelación. Aquel panfleto verbalizaba mis ansias de libertad, hasta aquel momento crepusculares. Mi familia era un quilombo, la religión católica en España era por entonces un forúnculo en el trasero, y el Estado eran unos burócratas remotos que sustentaban una oprobiosa dictadura.
Pero la vida, como dicen, da muchas vueltas. Durante años alimenté mi hostilidad a aquel monstruo de tres cabezas, hasta que un día tuve que reconocer que, en el fondo, anhelaba tener una familia. Por otra parte, la iglesia católica había dejado de entrometerse en mis costumbres. El Estado, en cambio, simplemente había cambiado de manos, y había sustituido aquella vieja ideología, rancia e impopular, por otra mucho más convincente. Y peligrosa.
La nueva ideología había ido mucho más allá que el ideario de la dictadura, porque en su afán por tenernos a todos satisfechos -es decir, controlados- había erradicado la noción de riesgo. Liberado de la responsabilidad de prever el futuro, el ciudadano medio se lanzó a endeudarse, paradójicamente, como si el mundo se fuera a terminar mañana. Carpe diem. Vivir es hermoso. Eran los primeros síntomas...
Bailando el surf (en la cubierta del Titanic)
Hasta que la ola descargó. No, el futuro nunca había estado asegurado. Unicamente había remoloneado más de la cuenta, y ahora estaba pasándonos de una sola vez todas las facturas atrasadas. El mundo se encontraba en estado de shock. ¿Qué había sucedido?
En asuntos tan complejos como la realidad, es de idiotas simplificar. Habían sucedido muchas cosas, pero uno tenía la impresión de que ninguna de las argumentaciones que leía las explicaba realmente. Al fin y al cabo, la economía es esa pseudociencia que me permite explicar hoy por qué ayer mi teoría estaba equivocada.
Por eso, razoné yo, para entender lo que estaba pasando, a quienes había que escuchar era no a los pregoneros oficiales, sino a los que previeron que la burbuja estallaría. Y así fue como descubrí la denominada 'escuela austriaca' de economía. El resultado fue una segunda revelación: aquellos pensadores amaban la libertad tanto como yo, y sus teorías estaban basadas en un principio inamovible: la dignidad del ciudadano frente al Estado.
La sombra de Proudhon se invierte al atardecer
Fue una buena noticia. Las ideas libertarias tradicionales siempre me parecieron demasiado utópicas, y en la actualidad se han vuelto tan siniestras como las consignas y métodos de la izquierda, que han terminado adoptando. Los viejos libertarios eran individualistas y generosos. Los de hoy son igualitaristas y sectarios.
Todo esto no quiere decir que uno deba adoptar a pies juntillas las explicaciones de los 'austriacos'. Es un mundo variopinto, en el que coexisten intelectuales profundos como Hayek o von Mises, pensadores lúcidos como Ayn Rand, y algún que otro personaje estrafalario que cree en la astrología o que interpreta la torpeza cortoplacista de la economía oficial como una conspiración secreta fraguada en las cumbres de Davos.
Pero los austriacos predijeron el estallido de las dos burbujas: la de 2001 y la de 2008. Frente al dogma keynesiano imperante, los austriacos creen en la responsabilidad del individuo y en su capacidad de iniciativa, defienden el juego limpio y el valor real de las cosas, y se oponen a distorsionar la percepción de riesgo, que tan nefastas consecuencias está teniendo todavía hoy en nuestras economías.
Algo de credibilidad se merecerán, diría yo.
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Palabras clave: Ayn Rand, beneficios, capitalismo, competencia, libertad, von Mises
Leo en el sitio web de Mish algunos datos económicos de USA del mes de junio pasado. El empleo en ese país ha aumentado en más de 280 000 puestos de trabajo en un solo mes. Una cifra sin precedentes desde hace mucho tiempo. Seguramente un triunfo del que el gobierno USA -y los medios de comunicación afines- se va a vanagloriar. Sin embargo, sigo leyendo. Como el número de personas en edad de trabajar también ha aumentado (debido al crecimiento de la población) y lo ha hecho más aprisa que el número de empleados, resulta que el desempleo en realidad ha aumentado. ¿Nos suena?
La desconcertante constatación de que el empleo y el desempleo pueden aumentar al mismo tiempo es una razón de peso para desconfiar de las simplificaciones. La realidad es compleja. La propaganda, no. Un titular de prensa objetivo podría resumir estos datos así: "Ni siquiera un espectacular aumento del empleo consigue detener el aumento del desempleo". Lo importante no es que el vaso esté medio lleno o medio vacío, sino en qué dirección progresa el nivel del agua.
¿Y en qué sectores económicos ha aumentado el empleo? Los datos son reveladores. Ocio, hostelería, atención médica, asistencia social y finanzas. Si excluimos las finanzas, que son de ámbito internacional, tenemos que deducir que la población de USA está aumentando sus gastos en divertirse más y recibir más prestaciones de la Administración. En un libro de historia, una frase así referida a un imperio (y los USA lo son) evocaría inmediatamente la palabra 'decadencia'. El tiempo dirá lo que pensarán nuestros descendientes cuando la lean en algún capítulo dedicado a la historia del siglo XXI.
Para entender las dimensiones históricas de la crisis que comenzó en 2008 hay que comparar estos datos con otros periodos económicos del pasado. Difícilmente encontraremos un periodo histórico en que la industria del ocio y el turismo haya tenido siquiera un peso mínimo en la economía de un país, y no digamos ya que haya tirado de la economía. Los avances tecnológicos han eliminado puestos de trabajo, pero también han creado las condiciones para crear nuevas modalidades de empleo que los reemplacen.
Desde que se inventó la máquina de vapor se vienen oyendo voces contra las innovaciones tecnológicas que simplifican el trabajo. Hace de eso ya tres siglos, y no parece que pasemos hoy más hambre que entonces. En el siglo XVIII ni siquiera los emperadores tenían aire acondicionado, el agua corriente era un lujo inalcanzable y las calles estaban mucho más sucias que antes de construir las redes de alcantarillado (aunque probablemente menos sucias que después de inventarse los perros). La economía superflua a nivel del ciudadano medio es un fenómeno histórico muy reciente.
Esta afirmación la podemos comprobar con sólo darnos una vuelta por el barrio y leer los rótulos de los comercios. Yo lo he hecho. Donde antes había tiendas de artesanos, barridos por la mecanización de los procesos industriales, hoy hay farmacias que venden infinitos productos para el cutis, la regeneración capilar, el balance vitamínico, la reducción del colesterol, el cuidado de las encías, las dietas de adelgazamiento o la sudoración de los pies; tiendas de vinos o cervezas de procedencias caprichosas; locales de piercing y tatuaje; gimnasios; peluquerías sofisticadas; dispensarios para animales domésticos; locales para tratamientos de belleza; despachos de coaching, psicología y consultorías varias; oficinas de interiorismo; tiendas de productos ecológicos; escuelas de danza y música; tiendas de telefonía móvil o de informática; empresas de colocación en empleos de atención a ancianos; y no pare usted de contar, porque hay muchas, muchas más.
La inmensa mayoría de estos negocios no existían hace sólo 30 años, y pocos podían imaginar entonces que puestos de trabajo así llegarían a existir siquiera, igual que sus abuelos no podían imaginar que aquellos niños necesitarían un día un televisor o un horno de microondas. Es difícil saber lo que necesitarán los consumidores del siglo XXII, pero da la impresión de que no se conformarán con lo que nosotros tenemos ahora.
Naturalmente, todo es relativo, y no parece justo comparar a un pobre de hoy con el ciego sarnoso del Lazarillo de Tormes. Las personas necesitan más porque ven que otras personas disfrutan de más. Llámelo usted envidia si quiere, pero esa comparación es el motor de las economías. Suprima usted las clases sociales... y el motor se para.

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Palabras clave: automatización, economía, empleos, futuro, progreso, tecnología
Hace ya algún tiempo que los neoprogresistas están en guerra contra los neoliberales. Sea cual sea el significado de esta palabra...
Clavando en mi pupila tu pupila azul
Hasta la fecha, no he dado con nadie que me sepa explicar la diferencia entre un liberal y un neoliberal, aunque deduzco que el prefijo 'neo' viene a querer decir algo así como 'creíamos que os habíamos erradicado, y volvéis a la carga'. La izquierda tiene esas cosas. Ellos siempre han sido los buenos, y todos los demás, los malos. Más o menos como los harekrishnas, los hinchas de los estadios o los miembros de la secta Moon.
Ni siquiera he dado con alguien que me sepa explicar lo que es el liberalismo. En español, quiero decir. En inglés, que es la fuente a la que hay que acudir para beber agua clara, hay muchos y muy buenos expositores, no sólo de las ideas liberales, sino de conceptos tan necesarios como 'capitalismo', 'libre competencia' o 'libertad de mercado'.
Es sabido que la izquierda ensalza constantemente la palabra 'libertad', pero en la práctica aborrece su significado. Le disgusta la libertad, por ejemplo para ser o no 'solidario', para relatar objetivamente la guerra civil, para creer o no en el cambio climático, para ser o no católico... o lo más nefando de todo: para crear riqueza mediante el esfuerzo y el trabajo. Sí, como suena. Pero vayamos por partes.
Marcando hucha
Quizá el sinónimo que más se usa para referirse al (presunto) apocalipsis neoliberal es la expresión 'capitalismo salvaje'. Naturalmente, 'salvaje' quiere decir que es muy malo, pero antes de hablar del adjetivo convendría aclarar lo que significa 'capitalismo'. ¿Nos hemos detenido alguna vez a pensar en eso? Pues ya va siendo hora.
Capitalismo significa acumulación de capital. Ya, ya sé que suena horroroso, pero lo cierto es que nuestros armarios acumulan ropa, nuestro frigorífico acumula comida, el depósito de nuestro coche acumula combustible y nuestro disco duro acumula información. ¿Por qué? Sencillamente, porque el futuro es incierto, y si viviéramos rigurosamente al día y no acumuláramos nos pareceríamos mucho más a un animal salvaje que a una persona racional. Sí, he dicho 'salvaje'. La primera, en la frente.
Dinner is ready, Sir
Lo cual nos permite ya definir dos tipos de sociedad: una sociedad de previsores, y una sociedad de vagabundos. Pero no son las únicas, porque existe también la posibilidad -y es una posibilidad muy real- de que alguien prevea por nosotros. Como hacían nuestros padres cuando éramos niños, ¿recuerdan? Si gana usted lo suficiente para pagarse un mayordomo, no tendrá que preocuparse por mantener la despensa abastecida, pero si no es ese el caso todavía le queda una alternativa para disfrutar de un mayordomo: colectivizarlo.
Como ya estará usted sospechando, ese mayordomo colectivo se llama Estado, y es la opción preferida por los neoprogresistas. Así que relájese. El Estado se ocupa de todo para que usted no tenga que inquietarse por el futuro. Por desgracia, sin embargo, los cuentos de hadas son sólo eso: cuentos. Y la existencia del Estado acarrea unos cuantos inconvenientes.
Para empezar, el precio que nos cobra el Estado por ocuparse de todas esas cosas es el poder. Y, como el poder es un arma muy peligrosa, ha habido que inventar la democracia para controlarlo. Si lo estamos consiguiendo o no, es cosa que cada uno debe juzgar según su criterio. Pero hay más. Nadie acumula al azar, y todos tenemos nuestra forma peculiar de prever el futuro. El Estado, sin embargo, no entiende de individualidades. Para él, las personas son números abstractos, y si queremos que decida lo que es bueno para nosotros lo hará según su propio criterio.
Todos contra Shylock
Las reglas de la democracia dictan que ese criterio será el del partido gobernante... a menos que el partido gobernante se limite a defender nuestra libertad y deje que cada uno acumule o no lo que le dé la gana sin molestar a nadie. ¿Sabe usted cómo se llaman los que no quieren que el Estado se entrometa en la vida del individuo? No se lo va a creer: liberales. Es decir, lo contrario que los progresistas.
Pero todavía no hemos respondido a una pregunta fundamental: ¿acumular capital es malo?
Tal vez sí, si el capital que usted acumula lo guarda debajo del colchón. Si decide no guardarlo y ponerlo en circulación, entonces quien le venda a usted esa barra de pan o ese yate estará obteniendo riqueza de su trabajo y, por lo tanto, podrá mejorar su calidad de vida. Ya sé que los neoprogresistas no lo llaman así, pero yo a eso lo llamaría 'progreso'.
Gastar el dinero no es la única manera de ponerlo en circulación. Si usted es una persona inquieta, tal vez se le ocurra que ese capital que ha ido acumulando gracias a su trabajo le permitiría comprar unos telares y fabricar calcetines. De ese modo, mataría tres pájaros de un tiro: (1) crearía un producto útil para muchas personas; (2) daría trabajo a otros; (3) ganaría usted dinero.
Esta modalidad se llama inversión, y no hay otra forma concebible de crear riqueza en una sociedad. Incluso los Estados socialistas tienen que acumular capital para pagar a los obreros que construirán la fábrica de calcetines.
Negociete en el negociado
Invertir -es decir, crear empresas- puede ser una actividad filantrópica. Muchas fundaciones benefactoras, y muchas de las mejores universidades del mundo, son de origen filantrópico. Pero generalmente uno se mete en negocios para ganar más. Si usted es neoprogresista, probablemente piense -como predica el Nuevo Testamento- que ganar más es malo. Allá usted, pero en todo caso nada en la vida es gratis, y esa mayor riqueza sólo se consigue a costa de un mayor riesgo. La fábrica de calcetines podría quebrar, y usted podría perder el capital acumulado y quedarse en la calle. El futuro es incierto.
A estas alturas, seguro que ya se le han ocurrido a usted unos cuantos casos de personas que se han enriquecido sin dar ni golpe. Está en la naturaleza humana. Yo te hago unos cuantos favores, y tú me adjudicas la contrata para pintar las farolas del pueblo, o simplemente me pasas un sobre sin que nadie se entere, en concepto de comisión. Cosas así suceden cuando el modelo de capitalismo no es 'salvaje', sino domesticado.
Cuando el capitalismo es salvaje, usted tiene que hacer frente siempre a la competencia, y por lo tanto no puede poner los precios que le dé la gana. Hágalo, y sus clientes se pasarán ipso facto a la empresa que ofrezca la mejor relación calidad/precio.
El sobre sobra
A menos... que la competencia no exista, replicará usted con una sonrisa burlona. Efectivamente. Pero si una empresa es un monopolio es porque el Estado no defiende la libertad de mercado. Si el Estado, en lugar de dedicarse a dictaminar que tenemos que ponernos el cinturón de seguridad o coger la fruta con guantes de plástico, nos dejara en paz y se ocupara de luchar contra los monopolios o se abstuviera de adjudicárselos a sus amiguetes, cualquier persona con las ideas claras podría crear una empresa y entrar en liza con las empresas existentes.
¿Por qué? Porque, cuando las ideas están suficientemente claras, siempre habrá inversores que se atreverán a correr el riesgo de financiar esa nueva empresa. Evidentemente, para ganar más.
¿Y qué sucede cuando una nueva empresa accede al mercado? Que los clientes de las otras disminuyen, y para no perderlos la única solución es mejorar la relación calidad/precio del producto.
¿Quién se beneficia de todo esto? (1) Los consumidores, que pueden comprar mejor y más barato. (2) Las personas que contrata la nueva empresa. (3) El empresario, si hace las cosas bien y consigue que la empresa no quiebre.
Todo esto se llama capitalismo salvaje. Cuando el capitalismo es salvaje no hay monopolios, y todos ganan.
Una empresa llamada Diógenes
Pero los neoprogresistas tienen argumentos para todo, y lo primero que me dirán es que la libre competencia genera unos sueldos de miseria.
Pues no. Los sueldos son de miseria cuando muchas personas aspiran a pocos puestos de trabajo. La libre competencia crea nuevas empresas, que a su vez crean nuevos puestos de trabajo hasta llegar al pleno empleo. A partir de ese momento, los trabajadores escasean y hay que pagarles más para retenerlos en la empresa.
No es sólo una teoría. Siempre ha habido países en situación de pleno empleo, donde los sueldos eran, por consiguiente, altos. Y en determinados sectores esa situación es real, incluso en países con altos niveles de desempleo.
El Estado nunca genera riqueza, ni crea realmente puestos de trabajo. Sólo crean riqueza la iniciativa humana y el libre intercambio de productos y servicios. El Estado mangonea, hace favores, distorsiona el mercado, desincentiva el esfuerzo y crea una población gregaria, acomodaticia y miedosa. Y la ideología que sustenta ese modelo no es precisamente la ideología neoliberal.
No, ciertamente. Es la ideología neoprogresista.

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Palabras clave: capital, competencia, control, corrupción, invertir, monopolios, poder
"Ya había observado yo que ningún periódico relata nunca correctamente lo sucedido, pero en España, por primera vez, vi crónicas periodísticas sin ninguna relación con los hechos; ni siquiera la relación que debería haber en una mentira ordinaria. Vi noticias de batallas cuando no había habido enfrentamientos, y un silencio absoluto cuando había habido centenares de muertes. (...) Vi periódicos en Londres reproduciendo aquellas mentiras, y a intelectuales ávidos construyendo superestructuras emocionales sobre sucesos que nunca habían ocurrido. Es más, vi que la Historia estaba siendo escrita en términos no de lo que había sucedido, sino de lo que debería haber sucedido según distintas ‘líneas de partido’".

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Palabras clave: comparación, falso, Historia, ideología, izquierda, Orwell, república
No sé cómo he venido a parar aquí. Friedrich Gulda. Claro de luna. No importa cómo imaginó Beethoven esta sonata. La magia de los grandes intérpretes está en hacernos olvidar la técnica para flotar con ellos en un mar de olas que se acompasan bajo la superficie de la melodía y que, en sus detalles más sutiles, expresan la sensibilidad del artista. Así es como Gulda imaginaba esta sonata, y hoy me lo ha conseguido transmitir. No soy pianista profesional, y no necesito más.
Mi prima Garbiñe, que era pianista, descubrió conmigo un día a Glenn Gould. Cediendo a mi insistencia, escuchó pacientemente aquella versión delirante de la Marcha Turca, y al terminar hizo un ademán escéptico. "No me ha gustado nada el staccato. El legato, sí, era magnífico, pero lo demás, no". Argumenté vehementemente que a quien habíamos escuchado no era a Mozart, sino a Gould, pero fue inútil. De todos modos, ella era así.
De todas las interpretaciones que he oído del Claro de luna, esta es la segunda que más me gusta. La primera ya no recuerdo de quién era. Yo tenía quizá diecisiete años, y había descubierto aquel disco de vinilo (33 revoluciones por minuto) en casa de mi amigo Fernando, que vivía todavía con sus padres. Tampoco recuerdo cuándo lo escuché por primera vez, ni cuántas veces o centenares de veces lo escuché. Creo recordar que se lo pedí prestado y que lo atesoré entre mis discos durante mucho tiempo, quizá meses o años. En mi recuerdo yo apagaba la luz, cerraba suavemente los párpados y me abandonaba a las notas de aquel piano. Era verano, y por la ventana abierta entraba a ráfagas el aire cálido de la noche. Quizá incluso compartí aquellas notas con alguna chica, echados los dos en alguna cama, quizá acariciándonos, escuchando.
Era una versión distinta de todas las que he oído después. Comenzaba muy quedo, desafiantemente despacio, y muy despacio también crecía en intensidad. Hasta niveles casi enervantes. Aquella lentitud deliberada creaba en mi ánimo una tensión arrebatadora. Quizá yo abría de vez en cuando los párpados, en éxtasis, y veía una luna quieta iluminando la noche oscura al otro lado de la ventana. O quizá sólo lo imaginaba. Entre nota y nota, los silencios estaban entrecruzados por diminutas cicatrices del microsurco de aquel disco desgastado que tal vez había pertenecido al padre de mi amigo, pero la magia de la música podía más que aquellos cuchicheos sin significado. Eran sólo motas de polvo en el silencio.
No sé qué fue de aquel disco. Con el paso de los años llegué a olvidarlo, porque sobre su recuerdo se fueron acumulando muchas otras interpretaciones de muchos otros compositores. Cuando descubrí a Brahms, Beethoven empalideció, y sobre las ascuas de Brahms se fueron depositando, en sucesivos estratos arqueológicos, la Música para orquesta, percusión y celesta, el Stabat Mater de Pergolesi, la Novena de Bruckner, las Gymnopédies, la Pavane de Fauré, el adagio de Barber. Y tantas otras.
Bajo el vídeo de Gulda, en YouTube, uno de los comentarios que leí mencionaba, entre otras, la versión de Wilhelm Kempf. Al leer aquel nombre me ilusioné. Por un instante creí reconocer aquellas dos palabras que tantas veces había releído en la funda del viejo disco, pero en seguida descubrí que tampoco era él. Es terrible pensar que con tus recuerdos se va un trozo de tu vida, un trozo que nadie más que tú recordará ya nunca, hasta el fin de los tiempos. El vacío en la memoria. Sin susurros siquiera de un viejo disco rayado.
Años después, en las rebajas de unos grandes almacenes compré cuatro discos, no todos de música clásica. Uno de ellos era una versión de una de las cantatas de Bach más conocidas, Ich habe genug. Era la primera vez que escuchaba aquella obra, que me emocionó más allá de lo descriptible. El disco permaneció en mi colección hasta que me marché de Barcelona, y para entonces un disco de vinilo era ya una simple reliquia. Mi colección era demasiado voluminosa para cargar con ella, de modo que la abandoné en el piso de la que había sido mi compañera, que a su vez terminó regalándola o tirándola a la basura.
Años después Ich habe genug retornó a mi memoria, y decidí volver a comprarla, esta vez en compact disc. Pero ninguna de las versiones que encontré a la venta me emocionaba como aquel primer disco de vinilo comprado en unas rebajas. Todo lo que recuerdo es que el nombre del intérprete era anglosajón. He invertido horas enteras en muchas tiendas de distintos países escuchando versiones de aquella cantata, pero todas me han defraudado. Con el auge de la ópera, se ha puesto de moda cantar la música lírica con gorgoritos operísticos, y la mayoría de las versiones que escucho me parecen insufribles. Para mi gusto, la música religiosa tiene que ser sobria y contenida, porque lo que se pretende no es un florilegio exhibicionista, sino una experiencia personal, íntima y profunda.
A falta de aquel oscuro intérprete que nunca reencontraré, me consuelo con una versión razonablemente hermosa de Janet Baker. Pero la orquesta se empeña siempre en ir demasiado aprisa.
A mi madre le gustaba mucho la zarzuela, que yo siempre he detestado. Pero entre sus discos de zarzuela, que durante años ella cantaba infatigablemente por toda la casa, había uno que sí me gustaba: El barberillo de Lavapiés. Incluso la letra me hacía mucha gracia, hasta el punto de que llegué a memorizar largos pasajes de aquella pieza, que más que una zarzuela en realidad era una opereta. Hace tantos años de aquello que ni siquiera tiene sentido ahora preguntarse qué fue de aquel disco, desaparecido en algún recodo remoto de la memoria.
Y sucedió con él lo mismo que con la cantata de Bach. Por mucho que busqué, nunca conseguí encontrar aquella versión gozosa de mi infancia. Durante años recordé incluso el nombre del barítono que tanto me gustaba, y di incluso con una versión suya del mismo Barberillo, pero con el paso del tiempo aquel hombre había envejecido, y su voz era ya sólo un espectro tembloroso de la voz firme y airosa que yo había conocido.
Todos estos recuerdos, con la música de Bach de fondo, me embargan de una sosegante mezcla de tristeza y ternura. Una buena terapia para un achaque de nada, una tarde como otra cualquiera.

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26 de diciembre - De repente, por una rendija de la memoria se cuela un nombre propio: Mark ... No recuerdo el apellido. Escibo en YouTube "Ich habe genug Mark"... y el primer resultado que aparece ¡es él! Mack Harrell, 1958. Para quien quiera deleitarse con mi versión preferida:
Dos de las cosas que más temen las empresas financieras son lo que en inglés se conoce como fat finger y fat tail.
Ponga usted a un novato ante una pantalla repleta de gráficos en zigzag, explíquele que apostando -¡ehém!, quiero decir invirtiendo- en aquellos gráficos se ganará un sueldo sustancial más unos incentivos tentadores, y la teoría de la probabilidad predice que, tarde o temprano, el novato apretará un día nerviosamente la tecla 9 y la empresa perderá 200 000 millones de dólares en lugar de simplemente 200 000 en una transacción mal calculada. Sin él darse cuenta, su fat finger habrá invadido la tecla 0 y la habrá apretado durante esas décimas de segundo deletéreas que separan las pérdidas tolerables de la quiebra financiera internacional.
Para entender lo que es una fat tail, imaginemos que acudimos a un concierto de rock multitudinario. Situémonos a la entrada y midamos la altura de cada uno de los asistentes (exceptuando los menores de edad). A continuación, clasifiquemos todos esos datos por alturas y representémoslos en coordenadas cartesianas. Podríamos encontrarnos, por ejemplo, con que sólo había un aficionado al rock que medía 143 cm y otro que medía 205 cm. Entre esos dos valores, el número de personas aumentaría progresivamente hasta alcanzar un máximo central: por ejemplo, 15.435 personas que medían 174 cm. Si representamos de ese modo todos los datos obtenidos, la figura resultante será una campana boca abajo. Ahora, simplemente echando un vistazo a nuestra curva, ya podemos afirmar que la mayor parte de los asistentes medían entre 156 cm y 189 cm (la parte central de la campana), y la probabilidad de encontrarnos con alguien más alto o más bajo (los bordes de la campana) será a todas luces pequeña.
Acabamos de representar la 'campana de Gauss'. La campana de Gauss -y otras distribuciones de probabilidad no tan elegantes- permite, por ejemplo, a los ingenieros diseñar presas que resistirán lluvias cercanas al diluvio universal, o -¡ehem!- centrales nucleares japonesas que resistirán tsunamis cercanos al Apocalipsis. Pero olvidémonos piadosamente de los ingenieros y démonos un paseo por Wall Street. O, mejor todavía, construyamos nosotros mismos otra campana de Gauss sustituyendo la altura de las personas por el porcentaje de subida o bajada del Dow Jones y el número de personas por el número de veces que ha sucedido cada una de esas oscilaciones. A la vista de nuestra flamante campana, ¿qué probabilidades hay de que el Dow Jones caiga un 70 por ciento en tres meses dos veces seguidas en tan sólo ocho años? Más nos habría valido consultar el oráculo de Delfos: la probabilidad es de un suceso cada varias decenas de miles de años. Fiasco.
Esto es lo que los inversores profesionales llaman fat tail: una probabilidad en los bordes de la campana mucho más alta de lo que la campana predice. Una empresa inversora que fundamente sus compras y ventas en la campana de Gauss está abocada, tarde o temprano, a la ruina más estrepitosa.
El problema es que, durante un tiempo que puede ser muy largo, el inversor puede engañarse pensando que sus probabilidades son las que le indican la campana de Gauss y el sentido común. Si Mr. Smith ha nacido después de 1930 y se ha jubilado antes de 2001, sus pérdidas y ganancias habrán sido estadísticamente previsibles, y Mr. Smith habrá podido retirarse con una pensión desahogada y una tensión arterial aceptable. Pero ¿podrán hacerlo también sus hijos?
La respuesta, evidentemente, es 'no'. Y la respuesta es 'no' porque, en la realidad del mundo real, los bordes de la campana de Gauss son más gruesos de lo que la teoría predice. ¿Qué quiero decir con esto? Quiero decir que, al igual que las centrales nucleares de algunos ingenieros, hay sistemas que han sido pensados para durar eternamente pero que están basados en una experiencia insuficiente. Uno de esos sistemas es la democracia.
Veamos un par de ejemplos de la vida corriente. En la barra de un bar no suele ser habitual que el camarero cobre las consumiciones antes de servirlas. Hay una convención tácita en virtud de la cual el cliente no saldrá corriendo en cuanto se beba su cerveza. Es cierto, siempre habrá algún que otro listillo que se escabullirá sin pagar su consumición, pero el número de tales clientes será aceptablemente pequeño (los bordes de la campana) y no valdrá la pena convertir los bares en campos de concentración para rebañar tan magras pérdidas.
También en los aeropuertos la campana de Gauss fue válida durante muchos años. ¿Quién iba a pensar que a un desaprensivo se le podía ocurrir secuestrar un avión para llevárselo a Cuba, o convertirse en una granada humana y tirar de la anilla en uno de los asientos de la clase turista? Sin embargo, empezó a suceder, y la libertad en los aeropuertos tuvo una existencia más efímera que en los bares. Poco a poco, la paranoia que había empezado en los aeropuertos se fue extendiendo a edificios oficiales, cajeros automáticos, túneles de metro, urbanizaciones, autopistas o discotecas, y empieza a haber ya muchos establecimientos que sí cobran la consumición antes de servirla. No nos damos cuenta, pero nuestras sociedades, todavía nominalmente democráticas, se van haciendo cada vez más totalitarias.
Es más, muchos ciudadanos están asumiendo de buen grado funciones hasta hace poco reservadas a la policía. La recepcionista del podólogo o la cajera del supermercado te exigen el documento de identidad, el empleado del banco recaba celosamente tu fecha de nacimiento, dirección, situación laboral y otros datos hasta hace poco intransferibles, y hasta el peluquero quiere conocer tu teléfono y tu dirección de correo electrónico. Allá en el fondo de las tinieblas, atisbando tras la mirilla de las puertas del infierno, el padrecito Stalin no cabrá en sí de gozo.
Si uno lo piensa un poco, la única diferencia entre la dictadura y el fascismo estriba en que la dictadura es impopular. Por eso el fascismo no es incompatible con la democracia, que es -por definición- el gobierno de la mayoría. Ciertamente, la separación de poderes es también un rasgo insustituible de las democracias, pero hay países, como España, en los que la separación de poderes es una entelequia y nadie en la comunidad internacional parece darse por enterado. En cualquier caso, el verdadero problema ahora no es votar o no votar. El verdadero problema ahora es la libertad.
En los último tiempos he oído todo tipo de comentarios, generalmente desatinados, sobre la proliferación de atentados en Europa. El más desconcertante de todos afirmaba que tenemos que aceptar un aumento masivo de los controles policiales "para asegurar nuestra libertad". Es decir, tenemos que perder nuestra libertad para asegurar nuestra libertad. A ver cómo se come eso.
Una sociedad que confunde seguridad con libertad es, como mínimo, una sociedad enferma, y a eso es a lo que estamos llegando. En parte, es una consecuencia natural de medio siglo de socialdemocracia. La socialdemocracia es la variante 'presentable' del populismo en nuestros días, y está basada en tres principios:
1 - Hay ciudadanos inferiores a otros ciudadanos. Los ciudadanos inferiores son aquellos que no son capaces de ganarse la vida por sí solos y, por lo tanto, no son responsables de sus propios actos. Es el mismo argumento que esgrimen implícitamente las feministas (la mujer no puede ser responsable de su propia defensa porque es un ser inferior) y que en su momento esgrimieron los esclavistas (los negros no pueden ser dueños de sus vidas porque son inferiores a los blancos).
2 - Los votos de los ciudadanos inferiores se consiguen gastando en ellos más de lo permisible. Es decir, endeudándose. En la práctica, estos dos principios se resumen en una política muy simple: quitar dinero a los que más se esfuerzan para dárselo a los que menos se esfuerzan. Al desalentar el esfuerzo y la responsabilidad individual, esta política genera un número creciente de ciudadanos inferiores, que a su vez se traduce en un número creciente de votos.
3 - Para pagar la deuda que permitirá comprar votos de los ciudadanos inferiores es necesario recaudar los impuestos suficientes, y para eso hay que aumentar perpetuamente el gasto total. En términos más técnicos, lo que los economistas llaman la demanda agregada. En la economía socialdemócrata no se trata tanto de que las empresas inviertan adecuadamente como de que los ciudadanos consuman sin tregua. Y es esa enorme posibilidad de consumir a troche y moche lo que los ciudadanos confunden con la libertad.
Pero en la realidad del mundo real cada vez somos menos libres. La campana de Gauss es válida para un mundo ideal, un mundo rousseauniano en el que todos somos buenos excepto los cuatro o cinco descarriados que ocupan los extremos de la campana. Para controlar a esos pocos basta con unas cuantas cárceles y un cuerpo de policía de tamaño regular. Para controlar a cinco mil extremistas dispuestos a todo se necesita, simplemente, un Estado policial.
Y en eso estamos.

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a las
18:11
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Palabras clave: dignidad, libertad, miedo, predecibilidad, probabilidades, seguridad, totalitario