miércoles, 11 de septiembre de 2013

Cataluña

Algún día tenía que ser. He tardado mucho tiempo en decidirme porque esperaba que, con el paso de los años, el mal sabor de boca se fuera convirtiendo en indiferencia. Pero las humillaciones son un tipo de situación que siempre me ha sublevado, y no espero ya que ese rasgo de mi carácter vaya a cambiar en algún futuro.

Mi infancia en Madrid no fue una bicoca pero, dentro de lo malo, tenía un aliciente que me dejó huella para bien. Eran los años de la inmigración -sí, esa misma que pobló la periferia de Barcelona para que los habitantes de Cataluña se ahorraran los callos en las manos y prosperaran como lo hicieron-. En mi colegio, en Madrid, casi todos mis compañeros provenían de alguna región de España, y yo desde niño me acostumbré a aquella variopinta fauna, que era algo así como un zoológico de regiones.

La diversidad, naturalmente, era de costumbres y formas de pensar. Madrid era por aquel entonces, dentro del aislamiento que atenazaba a España, un microcosmos cosmopolita. Sí, he dicho cosmopolita. Porque, en aquel melting pot de idiosincrasias regionales, uno crecía con una visión del mundo mucho más abierta que la de muchos, muchísimos españoles criados -y adoctrinados- hoy en alguna de las 17 Comunidades Autónomas.

Eran tiempos en que muchos padres evitaban hablar con sus hijos en la lengua local, con el bienintencionado propósito de ensanchar su horizonte para el día de mañana. Hoy esa forma de pensar está muy mal vista pero, qué quieren ustedes, a mí no me parece mal. España, tal como se concebía hace 40 años, tiene tras de sí una densa cultura literaria, histórica y artística. Deleznable, en algunos aspectos, pero sólida y, sobre todo, abierta al resto del mundo gracias, principalmente, a una lengua en común con otros muchos millones de habitantes de países lejanos.

El latín en Europa, el inglés en India o el pidgin en Africa han sido un excelente pegamento sin el cual una mínima cohesión social y cultural habría sido dudosa. Una cohesión enriquecedora, como sabrán perfectamente quienes se han comunicado en inglés alguna vez con habitantes de países muy diferentes al suyo.

No es que sea yo partidario de abolir las lenguas locales. Todo lo contrario. Siendo también niño, mis veraneos en un pueblo de Alicante me permitieron aprender de primera mano el valenciano, lengua que adoré durante muchos años... hasta que se estandarizó y se hizo prácticamente obligatoria. Qué le vamos a hacer. El valenciano que se hablaba en los pueblos me parecía maravilloso: chispeante, imaginativo y lleno de encanto. El valenciano oficial hoy, y el que enseñan a los niños en las escuelas, me parece sórdido y abominable.

No sé si en Cataluña ha sucedido algo semejante, aunque durante el tiempo que viví en Barcelona oí a algún catalán quejarse de las imposiciones 'Pompeu i Fabra'. Supongo que, si a día de hoy todavía no se han contagiado del paroxismo antiespañol, no se atreverán ya a decirlo en voz alta por temor al linchamiento.

He dicho 'antiespañol', sí. No 'catalanista'. Porque lo que quiero explicar hoy aquí es que el nacionalismo catalán, como los demás nacionalismos regionales de España, no se nutre de un ferviente amor a la patria local, sino de un odio cerval a ese ente más o menos ficticio que ellos llaman 'Espanya'.

Ha sucedido incontables veces a lo largo de la Historia: los enemigos unen. Desde los antagonismos entre pueblos colindantes hasta el fanatismo futbolero, la Inquisición, el ascenso del nazismo o la unidad frente a la Unión Soviética durante la Guerra Fría, la creencia -real o imaginada- de hallarse ante un enemigo 'diferente' ha cohesionado a los seres humanos mucho más que las más ardorosas proclamas patrióticas. Debe ser inseparable de la naturaleza humana.

Lo malo de esa cohesión es que, con demasiada frecuencia, es irracional. Y contagiosa: eso que habitualmente llaman 'psicología de masas'. Por supuesto, siempre subsistirán descreídos o rebeldes que no comulgan con ruedas de molino pero, rebasado cierto punto de histeria colectiva -por la cuenta que les trae- callan. Después de los trece años que pasé en Barcelona, tengo que decir que el nacionalismo catalán, tal como está planteado actualmente, me parece sólo borrosamente distinguible del nazismo.

No, no exagero. Déjenme explicarme.

Decidí instalarme en Barcelona a finales de los años 80. Yo por aquel entonces vivía en Suiza, y añoraba con todas mis fuerzas la luz mediterránea, la cercanía del mar y la alegría de las calles bulliciosas, con sus comercios abiertos hasta muy tarde y sus terrazas de bar soleadas en invierno. En pocas palabras: añoraba España y, por supuesto, encontraba a Barcelona mucho -muchísimo- más parecida a Valencia, Alicante o Cádiz que a París, Londres o Berlín.

Con una diferencia, que para mí fue decisiva: en Cataluña, la gente parecía más civilizada. Esta impresión provenía, en parte, de mis recuerdos de la mítica Barcelona de los años 70 y, en parte, de mi relación con catalanes que vivían o habían vivido fuera de Cataluña. El seny a secas me infunde aburrimiento existencial, pero combinado con la rauxa, esa veta provocadora, imaginativa y sensual, produce un tipo de personalidad absolutamente recomendable.

Mi visión de Barcelona como una ciudad realmente europea se reveló muy imperfecta. Acostumbrado a la eficiencia y seriedad de la Europa central -no digamos ya de la nórdica-, en Barcelona todo funcionaba fatal. Las reparaciones eran chapuceras, los plazos anunciados se retrasaban eternidades, las reclamaciones por productos o servicios defectuosos me robaban larguísimas horas y nunca servían para nada, y el piso que tuve el desacierto de comprar tenía unos tabiques completamente transparentes al ruido. En comparación, las gestiones que yo recordaba haber hecho en México DF habían sido mucho más eficaces (me estoy refiriendo a las empresas privadas; las gestiones de la Administración mexicana eran dignas del Kafka más tenebroso).

Con todo eso, mi imagen de Barcelona como una pequeña europa mediterránea se empezó a resquebrajar. Pero a esa decepción inicial vino a sumarse un ingrediente que, por aquel entonces, era todavía incipiente. Iré por partes.

Lo primero que me sorprendió cuando empecé a hacer vida social en Barcelona fue el comportamiento de las personas a las que era presentado. Todas ellas, sin excepción, seguían un patrón invariable, consistente en dos preguntas. La primera, "de dónde eres", y la segunda, "en qué barrio vives". Poco imaginaba yo, al principio, que aquellas dos preguntas tenían como único objetivo averiguar cuánto dinero ganaba. La primera era sólo un filtro: si uno respondía, por ejemplo, que era de Sevilla, se producía un estado de suspensión hasta que una eventual declaración de vivir en San Gervasio o en Sarrià lo redimía a uno de la sospecha de ser tercermundista.

Todo esto no lo supe el primer día, desde luego. Tardé años en percibir esa sutil, pero inequívoca y, con los años, creciente discriminación de todo aquel que no diera pruebas inequívocas de catalanidad. Al principio, era solamente molesto preguntar a alguien por una calle o una tienda y ser respondido en catalán. Al fin y al cabo, sucedía muy raramente. Una vez de cada veinte, digamos. Era molesto, pero tolerable.

Mi primera experiencia de esa actitud estúpida debió haberme prevenido, pero yo estaba todavía obnubilado por el sol y las tapas. Fue en un taxi. Cuando indiqué al conductor la calle a la que quería ir, el tipo empezó a pedirme aclaraciones en catalán. Aclaraciones innecesarias, porque yo conocía perfectamente el trayecto, y era tan sencillo como seguir la calle Muntaner en línea recta. Así se lo dije, pero él siguió haciendo patria, con el evidente propósito de demostrarme quién era quién. De modo que recogí el guante, y comencé a hablarle en alemán. Al principio, le daba sólo explicaciones sobre la calle a la que íbamos, pero cuando se me acabó la cuerda continué hablando de lo primero que se me ocurría. Algo así como "my tailor is rich", pero en la lengua de Goethe.

Creo que di en la diana. Al verse humillado por quien tenía que haber sido su víctima, el taxista exclamó: "senyor, la llengua que es parla a Catalunya es el català". A lo que yo respondí "na ja, aber wir sind in Europa, und eine Sprache die in Europa auch gesprochen wird ist die Deutsche Sprache". No paré de hablar hasta que el taxi llegó a su destino y se detuvo. Entonces el conductor me dijo "son duescentes pessetes, i si no vol, no em pagui". A lo que yo respondí (en alemán) "por supuesto que le voy a pagar; esto es un servicio, y usted ha cumplido". Explicablemente, quizá, su patriotismo no lo llevó al punto de rechazar mi dinero.

Protagonicé algún que otro incidente parecido, aunque no perseveré porque comprendí que enfadarme era seguirles el juego, y yo no tenía nada que demostrar. Sólo en una ocasión, en una oficina de relaciones con Europa, de la Generalitat -¡nada menos que en Las Ramblas, a pie de calle!- perdí los estribos y le pregunté al apesebrado de turno "do you know what a prick is?" "No", me respondió aquel hombre, muy a su pesar. "You are a prick", le espeté, justo antes de volverle la espalda y marcharme.

Entre mis amistades en Barcelona se contaba, por aquella época, una antigua amiga gallega que se había casado con un catalán simpatiquísimo y cumplidor (esa mezcla ideal de seny y rauxa). Yo estaba recién llegado a Barcelona e, igual que me había sucedido con el taxista, no percibí las señales de alarma. En un momento de sinceridad, mi amiga me refirió un día un comentario que le había hecho, sin reparo alguno, uno de los amigos de su marido: "tú has tenido mucha suerte casándote con un empresario catalán".

Toma ya. Mi amiga, resentida, exclamó a continuación "¡Es que nunca me aceptarán!" Tenía razón, pero yo todavía no quería escuchar. De modo que me compré un piso en el Ensanche y, algún tiempo después, me instalé en él.

En seguida comprendí que mis ilusiones europeístas no tenían nada que ver con la realidad. El comportamiento de mis vecinos tenía todos los ingredientes que yo detesto de los españoles... más uno específico. Me estoy refiriendo a esa capacidad de los catalanes para ignorar a quien no les interesa. La sensación que produce en el ignorado es la de ser transparente, y créanme que no es nada agradable.

Había en la calle Tuset un bar de copas al que yo solía acudir con unos amigos los viernes por la noche. Por si alguien no se sitúa, estoy hablando de uno de los barrios más pijos de Barcelona. El bar estaba -estará todavía, supongo- frecuentado por personajes de la cultura, no sólo catalana. A él acudía todos los viernes, más o menos a la misma hora que nosotros, el editor Herralde acompañado de sus acólitos, casi todos escritores de su propia ganadería. Dejando aparte el estado etílico permanente de alguno de ellos, que por pudor no identificaré, estuvimos acudiendo al mismo bar durante años. Ellos hablaban en ocasiones con mis amigos, pero ni una sola vez se dirigieron a mí. Y, si alguna vez yo intenté trabar conversación, la frialdad de las respuestas me disuadía de seguir intentándolo.

Esa sensación de transparencia, de no existir para otros seres humanos, me acompañó durante los trece años que viví en esa ciudad, agravada por la circunstancia de que rara vez alguien se molestaba siquiera en preguntarme si yo entendía el catalán. La respuesta habría sido "sí", pero eso no importaba. De lo que se trataba era de definir territorios, y estaba claro que yo tenía que quedarme fuera.

Todo eso para mí era incomprensible. En una ocasión, en Viena, recuerdo haber asistido a una cena con otras siete personas, una de las cuales no hablaba español. Y la cena, naturalmente, transcurrió en alemán, que no es precisamente la lengua que más fluidamente hablo. Pero es una cuestión de principios... y, por supuesto, de respeto a otros seres humanos que no le han dado a uno motivos para ser humillados.

Humillación es la palabra que describe exactamente cómo se siente uno en esas situaciones. "No seas así, hombre. Lo hacen sin darse cuenta", me han comentado alguna vez cuando menciono el tema. Puede ser. Pero en ese caso no entiendo por qué, estando cierto día en la terraza de un bar con varios peruanos, el camarero hablaba a los peruanos en español, y sólo a mí en catalán. ¿Me quería castigar por ser español?

A esa conclusión llega uno cuando la gota malaya termina agujereándole el cráneo. No hay nada patriótico en el nacionalismo catalán. El nacionalismo catalán es, simplemente, una caza de brujas, en virtud de la cual todo vestigio de cultura española debe ser erradicado. De la universidad, de la enseñanza media y primaria, de las guarderías, de los organismos oficiales, de las plazas de toros, de los rótulos de las tiendas y de las cajeras de los supermercados, en cuyo distintivo es habitual leer los apellidos López, García, Pérez o Martínez. ¿Era muy diferente la actitud de los nazis hacia los judíos en los años 30?

Nos vamos entendiendo.

La sociedad barcelonesa es una sociedad de castas, perfectamente definidas en función del barrio en que uno reside. Como en el resto de España, eso no significa que quienes viven en un barrio rico sean ricos. Ni mucho menos. Lo que importa, amigo, son... las apariencias. Recuerdo algunos casos cómicos.

Por ejemplo, una chica ostensiblemente pija que, preguntada dónde vivía -la pregunta inevitable-, respondió que en "Balmes con Ronda de San Pedro". La Ronda de San Pedro está muy próxima a las Ramblas y es, por consiguiente, un barrio de clase media-baja. Pero la mención de la calle Balmes es redentora, y el interpelante tiene así un pretexto para quedarse satisfecho de la respuesta.

La calle Balmes, por cierto, es horrorosa: fea, ruidosa y desarbolada. Pero tiene un efecto mágico en los interlocutores cuando uno afirma vivir en ella. A la postre, lo que realmente importa no es que uno tenga dinero, sino que viva en un barrio en el que se supone que tienes dinero. El buscón don Pablos sabía mucho de esto, y no era precisamente catalán.

Cierta amiga mía me hablaba muy a menudo, y con arrobo, de su casita cerca de La Bisbal, en el Ampurdán. Los árboles, los pajaritos, la naturaleza... Finalmente, un fin de semana, decidió invitarme. La 'casita' en cuestión era un chalet pareado, y debía de estar situado junto a alguna porqueriza, porque en cuanto uno abría la ventana por las mañanas era abofeteado por un violento olor a estiércol que venía de "la naturaleza".

Tal vez mi amiga, nacida en Cuenca pero ferviente conversa a la prepotencia nacionalista, no le daba importancia a esos detalles. Al fin y al cabo, en Cataluña hay una extraña fijación por los temas escatológicos. Nunca entendí la alegría que se encendía en los rostros cuando me explicaban las tradiciones del 'cagatió' y del 'caganer'. La cosa es tanto más curiosa cuanto que es prácticamente imposible hacer reír a un catalán con un chiste. Es más, en sociedad es de mal tono contar chistes. Si alguien tiene la osadía de atreverse a contar uno, la gélida acogida que recibe le advierte ya de cuál es el camino.

En fin, para qué seguir. Así fueron pasando los años y, con ellos, la asfixia de sentirse marginado en un mundo de seres, por definición, superiores a uno, no matter what. Sólo faltaba ya la imposición del brazalete obligatorio con la bandera española. Poco a poco fui comprendiendo que yo no tenía futuro en aquella ciudad. Todos los días alguien me recordaba, de una u otra manera, el pecado original de ser español. Las tiendas abrían el 12 de octubre, los colegios practicaban la inmersión lingüística contra viento y marea (incluso en los recreos), el teatro o las conferencias en español habían desaparecido del paisaje, y todo lo que uno habría deseado llamar 'cultura' estaba subvencionado para exaltar sin límite las glorias inefables de la Patria y el expolio a manos de los odiosos vagos y maleantes españoles.

Una noche, tras unas elecciones autonómicas, apareció en la pantalla de mi televisor un hortera llamado Carod Rovira proponiendo una ambiciosa alianza con un pijo llamado Maragall para 'consolidar' el nacionalismo en Cataluña.

En ese mismo instante decidí emigrar.

Creative Commons License
This work is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 3.0 Unported License.

domingo, 21 de julio de 2013

Sociología web

Se me acaba de ocurrir el título que encabeza este texto, que sintetiza en dos palabras un nuevo marco de estudio o maná que acaba de caerles a los sociólogos out of nowhere: la Web.

Sólo falta que lo sepan digerir. Porque mi tesis es que la semántica dará algún día a los sociólogos una formidable herramienta cualitativa para estudiar las sociedades, aunque la formalización científica de nuestra humana semántica (web o no) aguarde todavía en algún kilómetro futuro del túnel del tiempo.

Cuando digo 'científica' me estoy refiriendo a un tipo de ciencia distinta de lo conocido. Una ciencia acatadora de sus propias leyes, coherente y predictiva, pero distinta. ¿En qué?

La sociología actual coquetea con el rigor científico. El análisis del individuo es (cada vez en menor medida) individual, pero el análisis de un grupo o estrato social es esencialmente estadístico. No tengo objeciones lógicas (viscerales, sí) contra la estadística aplicada al individuo, pero ¿quién decide el universo de muestras antes y después de hacer qué experimento?

En otras palabras: ¿quién decide dónde termina y dónde empieza el fenómeno social? Una encuesta puede ser estadísticamente intachable, pero ¿cómo la leemos? Es más: ¿qué debemos entender por 'fenómeno', y cómo identificaremos uno? A primera vista, la atracción gravitatoria es más predecible que la asistencia a un oficio religioso, la tasa de divorcios o el porcentaje de abandono escolar. La distribución estadística de los colores de todos los cuadros abstractos del siglo XX podría informarnos de que el amarillo fue el color predominante, pero ¿nos induciría eso a clasificar las etapas pictóricas en términos de colores predominantes?

Puede parecer que exagero. Al fin y al cabo, existe el sentido común y, para una mayoría estadística de la sociedad, unas rutinas cotidianas y unas convenciones sociales. Habría que argumentar denodadamente para convencer a una agencia publicitaria de que los simpatizantes del amarillo se merecen un anuncio aparte, pero no tanto de que los perfumes femeninos tienen que ser esencialmente distintos de los masculinos. Hasta hace sólo una generación, el sentido común y, en muchos casos, una cómoda mansedumbre frente a los dictados de la moda han permitido a los sociólogos salvar la cara. Pero ahora existe Internet.

Si la sociología estudia las interacciones de los individuos, no hay mejor sitio que Internet para codificar esas interacciones y para dejar constancia de ellas. Ya sea en palabras, iconos, pinchazos o teclazos, todos degustamos ya cotidianamente el sabor dulce de "Tiene usted un mensaje" (de esa persona amada) y el amargo de "Error fatal - Rellene el formulario de nuevo". Todo en código ASCII. Registrable. Copiable. Interpretable. Utilizable.

Es verdad que en la comunicación cara a cara hay mensajes que no son fácilmente codificables. Pero para la sociología esos mensajes son individuales y, por lo tanto, irrelevantes. Todo lo demás está en Internet. Codificado. Clasificable. Procesable.

Sin embargo, además de ser una herramienta formidable para controlar la sociedad, Internet nos pone también en las manos la posibilidad de practicar la democracia directa. Sin calificativos. Un voto es un contrato en virtud del cual el ganador se compromete a cumplir las cláusulas convenidas (su programa electoral). Desde antiguo, nuestros representantes aseguran defender nuestros intereses, y hasta hace poco tenían una buena coartada para incumplir su palabra: no podían conocerlos en tiempo real. Ahora pueden.

Nuestros representantes de hoy luchan contra el futuro, y perderán. Querámoslo o no, la instantaneidad de las comunicaciones va a demoler los cimientos del viejo mundo y sustituirlos por otros radicalmente distintos. No sé si mejores, y sospecho que ese nuevo mundo no me va a gustar, pero eso es ley de vida.

Me consuelo pensando que, probablemente, lo que nunca va a cambiar es la distribución de ángeles y demonios. Puede que en el nuevo mundo haya menos ángeles, pero mucho más luminosos. Y también podría ser que, como ya sucedió en siglos pasados, los demonios tomen el control en grandes extensiones geográficas e incluso en largos periodos de tiempo. Pero, hasta el presente -y son ya muchos milenios- ni unos ni otros han conseguido ganar la batalla.

En fin de cuentas, nuestra capacidad para ser felices seguirá dependiendo de nuestra capacidad para conformarnos... o de nuestra energía para seguir buscando. Entre el clavel y la rosa, Su Majestad escoja.

Creative Commons License
This work is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 3.0 Unported License.

sábado, 13 de julio de 2013

Tolerancia

Había en París hace algunos años unas señales de aparcamiento que yo nunca había visto en ningún otro país. Cuando lean el texto que aparecía en aquellas señales, pocos viajeros se sorprenderán:

                  STATIONNEMENT TOLÉRÉ

Con independencia de lo que diga el pintoresco DRAE, la palabra 'tolerar' me sugiere inescapablemente la idea de que alguien se ha pasado de la raya: el tolerado. Centrémonos. Usted permite o no permite estacionar, pero si lo permite no me venga con monsergas.

Supongo que los que no pertenecemos a esta generación aprendimos ese verbo en nuestra infancia, como preludio de algún rapapolvos doméstico. En aquellos tiempos, "No te tolero que..." significaba con bastante aproximación que alguien poderoso estaba al límite de su paciencia. Era un grito de guerra, no una admonición. Por eso, cada vez que yo pasaba junto a aquella señal parisina de camino al trabajo sentía, en profundidades abisales de mi conciencia, que una Autoridad lóbrega, algún funcionario oscuro rodeado de archivadores descoloridos, me estaba perdonando la vida. Y, sutilmente pero que quede constancia, intimidando. Y además en francés, que es más rococó.

Al empezar a escribir esto no tenía ninguna intención de fustigar la grandeur. Fustigar lo galo no tiene mucho mérito, pero es que aquélla fue probablemente la última vez que interpreté la palabra 'tolerar' en sentido negativo. En poco tiempo, se infiltró en nuestra sociedad (empezando, naturalmente, por sus medios de comunicación) un nuevo dogma apostólico posmoderno: la tolerancia. La conciencia de que, si alguien piensa sinceramente que Menganito es un miserable, tiene libertad para decírselo a la cara excepto si Menganito es negro, homosexual, discapacitado, transexual, menor, nacionalista, mendigo, laico, inmigrante o Menganita. O sea, casi siempre.

He oído rumores (probablemente, en algún telediario) de que estamos en la era de la libertad sin restricciones. Yo siempre había creído que mis derechos terminaban donde empezaban los de los demás, pero cuán equivocado estaba. En un mundo tan políticamente exquisito como el nuestro, la libertad de los demás empieza precisamente donde termina la mía. Me explico: uno está tranquilamente en su terraza tratando de no perder el hilo de sus pensamientos, y de repente una voz humana como de subasta de pescado lo jalea enérgicamente para que aplauda a unos delfines. Como lo leen. A ojo de buen cubero, los delfines de marras están como a dos kilómetros de mi terraza y, aun así, no puedo evitar la sensación de que el portador de esa voz está en mi propia casa, a pocos centímetros de mi oído.

Me dirán que gritar en un lugar público no es para rasgarse las vestiduras. Es cierto, sucede desde los tiempos del hacha de sílex, y se terminará cuando salgamos del paleolítico. No importa mucho en la medida en que uno puede huir, aunque sea a costa de un disgusto con Lolita o de un camarero raudo que quiere cobrar la cuenta. Si yo no soy persona que soporte los gritos, el mundo ciertamente es muy ancho pero, en último término, me reconfortará saber que siempre puedo refugiarme en mi casa. Lo malo es cuando ya estoy en mi casa.

No terminaría nunca de relatar todos los episodios de mi enemistad con el ruido. Desde un perrito vecino capaz de ladrar las 72 horas completas de cada fin de semana hasta una galopada de niños permanente en el piso de arriba. Pasando, naturalmente, por el camión de la basura, las obras en la calle, las broncas del vecino, la música que traspasa los tabiques, los pitidos de los semáforos para sordos, la tabarra pastosa de los altavoces de los aeropuertos, las conversaciones con el móvil en el tren, la música ambiental a volumen de discoteca, los niños histéricos, las radios de los taxis, las máquinas de barrer supermercados, los acordeonistas junto al oído en las terrazas frente al mar, las sirenas taladrantes de las ambulancias o el volumen de las películas en los cines. Y, en el campo, los perros insomnes.

En estos lares en que vivo yo tenemos, además, unas cuantas fuentes de ruido autóctonas. Las fallas, por supuesto, más los festejos nupciales trasnochantes, la indescriptible Fórmula 1, las machaconas capoeiras de los jardines públicos, los jolgorios nocturnos a 200 dB en la Ciudad de las Ciencias (el lugar más apropiado, ¿verdad?), o la música ambiental del Mercadona. Tierra, trágame.

Tampoco tenía intención hoy de hablar del ruido, aunque es cierto que tarde o temprano tenía que salir. A trueque de que me envíen a un gulag, confieso no sólo que no soporto el ruido, sino que amo el silencio y los rumores de la naturaleza. Y, a trueque de tener que acarrear los pedruscos más gruesos del gulag, confesaré también, ya puestos, que no tolero que me toleren. Si alguna vez llego a ser una lesbiana coja de nueve años que mendiga limosna para la secesión de Uganda del Norte, por favor, no se molesten en tolerarme. Y, si son tan amables, sigan llamándome Ricky.

Creative Commons License
This work is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 3.0 Unported License.

domingo, 7 de julio de 2013

Las risas, las misas

Hacía poco tiempo que vivía yo instalado en Barcelona. Había oído hablar mucho de un grupo teatral que estaba teniendo gran éxito, y una amiga me propuso un día acudir a verlos. Así hicimos. El teatro era muy grande, y estaba completamente lleno. El grupo tenía un nombre extrañamente infantil que debió hacerme sospechar: El Tricicle. Eran tres mimos, y el espectáculo era cómico. Cuando por fin se apagaron las luces, se hizo un silencio vagamente religioso.

Entonces se levantó el telón. En el centro del escenario estaba uno de los tres componentes del grupo, de pie, quieto. Sonaron ya las primeras risas. Al cabo de unos segundos, el personaje se rascó una oreja. El público rompió a reír estrepitosamente. Lo que sucediera después no importa mucho porque, tuvieran o no gracia aquellos gags (en general, eran muy pueriles), era evidente que el público iba a reír de buena gana cualquier situación que les propusieran aquellos tres personajes.

Recordé entonces las películas españolas que veía de niño en el cine. Había en aquellos años unos cuantos actores cómicos que el público adoraba y que representaban siempre el mismo papel, siempre muy histriónico y gesticulante. Bastaba que uno de ellos apareciera en la pantalla para que el público estallara en carcajadas. Olvídese usted del humor inteligente. Aquello era un trato. Los espectadores habían ido allí a reírse, y les estaban dando la misma receta que les había hecho reír la vez anterior.

Para mí, el humor es inseparable del efecto sorpresa pero, como El Tricicle y José Luis López Vázquez me han demostrado, hay otro tipo de humor que consiste en repetir siempre las mismas 'gracias'. De nada. Cuando he dicho que en aquel teatro de Barcelona se hizo un silencio religioso, no estaba usando una metáfora. Tanto aquella representación como las películas de José Luis López Vázquez y Gracita Morales eran lo más parecido a una misa: los feligreses sabían previamente lo que iba a suceder, y querían estar todos juntos para compartir aquel guión previsible.

Supongo que no todos los seres humanos estamos hechos de la misma pasta. A mí, las misas fueron el motivo que más me empujó a abandonar la religión. La sola idea de que tenía que asistir a un espectáculo que había visto ya docenas de veces era disuasoria, y aquel desprestigio semanal de sus organizadores iba erosionando mi nunca muy arraigada fe. Nunca he entendido por qué unas personas pueden necesitar juntarse todos los domingos para repetir exactamente la misma representación. ¿No se aburren?

Hubo una época en que consideré seriamente la posibilidad de instalarme en Ibiza, y así se lo comenté a una amiga que llevaba muchos años viviendo allí. En uno de mis frecuentes viajes a aquella amada isla, vine a pasar una noche en su casa, que estaba en mitad del campo. Desde Santa Eulalia hasta allí había sólo unos pocos kilómetros, y la carretera serpenteaba plácidamente a través de un bellísimo paisaje. No teníamos necesidad de usar dos coches, porque ella debía acudir a la mañana siguiente a Santa Eulalia, de modo que me llevó por la tarde a su casa y me depositó al otro día en el mismo lugar en que me había recogido. Estábamos ya de regreso cuando el coche llegó a una bifurcación.

"¿No podríamos ir por la derecha, mejor?", sugerí yo, levemente angustiado.

"¿Por qué? Se tarda un poco más, y por la izquierda el camino es más bonito".

"Es que por ahí ya pasamos ayer", respondí yo. "Es por no repetir".

Mi amiga se echó a reír.

"¿Y tú te quieres venir a vivir a Ibiza?"

Tenía razón, y en aquel mismo instante yo abandoné mis fantasías de vivir permanentemente en una isla de quince por veinte kilómetros cuadrados.

Hay, pues, dos tipos de seres humanos. No entraré en juicios, aunque los hechos demuestran que hacer reír con receta es mucho más fácil que sin ella. Por eso mis humoristas favoritos han sido siempre los más imprevisibles: los hermanos Marx, Buster Keaton, Bugs Bunny.

Me dirán que los dibujos animados son el más repetitivo de todos los géneros, pero yo no lo veo así. El zorro perseguidor siempre termina laminado por algún yunque caído del cielo, pero el ingenio que despliega en cada ocasión para tender esa nueva trampa que, irremisiblemente, se volverá contra él es el ingrediente clave de esos guiones. Si Bugs Bunny fuera descubierto por su mujer con una coneja en la cama o la amante tuviera que esconderse en un armario dejándose el sujetador en la consola, creo que sus películas no me interesarían.

Pese a que todos la experimentamos con gusto, no es mucho lo que sabemos de la risa. Uno estaría tentado de clasificarla con el estornudo o el bostezo, si no fuera porque la risa tiene, además, un ingrediente mental que nadie ha sabido exactamente explicar. Según el psicoanálisis, reírse es la forma en que manifestamos el placer de la transgresión. La cultura es, por definición, represiva, y el humor sería la espita que nos aliviaría la incomodidad de esa camisa de fuerza. En algún recoveco de nuestros anhelos, una parte de nosotros siempre desea retornar a aquel pasado en el que todo nos lo daban hecho y nada estaba prohibido. Visto así, los paraísos prometidos por algunas religiones quizá no son más que una comedia que, supuestamente, algún día nos hará reir.

Que yo sepa, sólo hubo un filósofo que escribió sobre la risa. Me parece encomiable que los filósofos, esos seres narcisistas que se esfuerzan por convencernos de la seriedad de sus divagaciones, dediquen una parte de su obra al sentido del humor. Este en concreto se llamaba Henri Bergson, y mi curiosidad por la risa me ha llevado a leer algún texto suyo, concretamente El tiempo y el libre albedrío. Los filósofos tienen algo que para mí es fascinante: son probablemente los únicos seres humanos a los que se permite ser prepotentes, y cuya prepotencia es incluso premiada, en muchos casos, con una cátedra universitaria. En el caso de Bergson, además, con el premio Nobel.

La condición humana está llena de sorpresas. Pero yo no me dejo deslumbrar por los abalorios. Mis incursiones en la filosofía siempre han terminado, si no con carcajadas, sí con largos bostezos, y en algún momento, inevitablemente, termino regresando a Zenón de Elea. Sus aporías, ésas sí, me producen un placer mucho más estimulante -y más inquietante- que la risa.

Creative Commons License
This work is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 3.0 Unported License.

sábado, 29 de junio de 2013

Screenplay 0

INT. VIVIENDA DE RICK - NOCHE

RICK, 12, abre la puerta de entrada. Aires vagamente clumsy. Es impaciente. despistado. No todo el mundo sabe cuándo bromea. Tal vez es miope, también. 

Entra el CAPITÁN PICARD, 61, de uniforme. Acaba de llegar del Enterprise, donde ha discutido con Data un dilema de física relativista perfectamente posible: entrar en una distorsión del espacio-tiempo: regresar al pasado: encontrarse consigo mismo cara a cara.

Rick y él se dan la mano. Sin pronunciar palabra, Picard se adentra en la vivienda y sale a la terraza. Camina lentamente, brazos en jarras. 

Hace sólo dos días ha sido la luna llena más grande del año. Noche de San Juan. 

EXT. PLAYA - NOCHE

Una multitud, en su mayoría jóvenes, llena la playa. Hay hogueras encendidas. Se oyen petardos. Una botella vacía abandonada junto a una farola.

EXT. TERRAZA DE LA VIVIENDA - NOCHE

Hay una hamaca tendida en un ángulo. En ella está tumbado POPEYE, 34, con las manos enlazadas detrás de la nuca. Es un dibujo animado. Mira las estrellas. Su pipa humea. Tal vez medita. 

INT. SALÓN DE LA VIVIENDA - NOCHE

CIRO, 44, escruta un mapa extendido sobre la mesa. 

                           CIRO
                     (hablando para sí)
                Veintitrés grados norte. Probablemente.  
                Y sólo océano. Océano...
                     (pausa)
                Necesitaremos, mínimo, cuatro metros 
                de eslora.

Oímos abrirse la puerta de entrada. Risas y voces de un grupo de personas en el rellano. Muy ruidosos.

INT. RELLANO DE ESCALERA . NOCHE

Un tipo rechoncho con una botella de Moet Chandon en los brazos espera que lo dejen entrar. Junto a él, tres chicas estrepitosas, vestidas provocativamente. Dos de ellas son travestis. La tercera está vuelta de espaldas, mirándose la caída de la falda sobre su trasero. Al volver la cabeza vemos que tiene cara de caballo.

                          TIPO RECHONCHO
                 ¿Cómo que no podemos entrar? ¿Vosotros 
                 sabéis quién soy yo?

                          RICK
                 Precisamente.

Rick cierra la puerta. No entran.

INT. SALÓN - NOCHE

Una taza de café se levanta de la mesa -cincuenta centímetros- y se inclina. En su borde aparece la marca de carmín de unos labios. Rojo intenso. El nivel del café desciende. Es la MUJER INVISIBLE, 28. Poco se sabe de ella. Todos sospechamos que está desnuda.

Rick levanta un brazo para detener las conversaciones. Todos callan.

                            RICK
                 Os preguntaréis -o no- por qué 
                 os he invitado aquí hoy, esta noche... 
                        (medita unos instantes)
                 Yo mismo no lo sé. 
                        (carraspea)
                 Ha sido como parpadear. 
                        (parpadea)
                 O como estornudar.

Se acerca a la mesa, se sirve un centímetro de Glenlivet y enarbola su copa.

                            RICK
                 En cualquier caso, creedme que 
                 celebro vuestra presencia. ¡Salud!

Moja sus labios en la copa y deja caer el brazo sin derramar el líquido. Milagro. Lentamente, sus ropas se comprimen contra su cuerpo. Sin duda, es la Mujer Invisible, abrazándolo.

(Continuará).


Creative Commons License
This work is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 3.0 Unported License.

miércoles, 26 de junio de 2013

Por si alguien quiere

Uno no habla para que lo escuchen. Abrigamos íntimamente la ficción de que nos comunicamos mediante el lenguaje, pero no es exactamente así. Uno no habla o escribe para que el otro se entere. Uno habla o escribe por si alguien se entera. El empeño por hacer llegar el mensaje es el coste de la lucha del ser humano contra la soledad. A veces hay comunicación, y sin duda por eso luchamos. Pero en el camino que conduce a ese feliz evento hay varias etapas.

Primero, expresar bien. Nadie nace enseñado, y muchos, quizá la mayoría, mueren no aprendidos. Todos tenemos a mano un amplio repertorio de ideas adquiridas con las que alimentar la ficción de ser escuchados. Con los años, sí, uno tiende a discernir entre las ideas-moneda y las que reflejan la realidad, pero es un proceso lento.

Ese proceso puede ser -o no- más rápido si nos esforzamos -o no- por perfeccionarlo. No estoy hablando sólo del lenguaje verbal. Otras formas de expresión del ser humano llegan en mayor o menor medida a sus destinatarios, dependiendo de la apertura o cerrazón frente a las convenciones sociales. Y no estoy hablando sólo de música o pintura. Entre decir que la manzana se ha caído del árbol y decir que la masa de la manzana está sujeta a la fuerza del campo gravitatorio media un trabajoso proceso de replanteamientos, de insistencia obsesiva y, cuando la chispa finalmente salta, de formalización.

¿Por qué perfeccionar? Mejor dicho: ¿por qué hacer el esfuerzo de perfeccionar? Hay dos respuestas a esta pregunta. Una, porque la vida empuja a uno por ese callejón, tal vez para alcanzar otras metas. Escribo poesías para que Lolita se enamore de mí. Aprendo a redactar artículos del Boletín Oficial del Estado porque aspiro a ocupar un puesto en la Administración.

Dos, porque aprender, descubrir, elaborar, romper moldes me hace feliz y necesito ser feliz. Los niños inventan historias y personajes sin esperar recompensa. Es como estornudar o parpadear. En algún momento, ese impulso espontáneo se amortigua. Las convenciones son la llave que nos abre la puerta a la sociedad, y también necesitamos rodearnos de un mundo comprensible, aunque sea a trueque de llevar una vida convencional.

Cuando somos niños, los animales pueden ser mitológicos. Las hidras pueden tener muchas cabezas, y los centauros pueden ser al mismo tiempo hombre y caballo. Cuando la realidad nos muerde y nos obliga a prestarle atención, el niño se deja la mitología por el camino. Tiene algo la realidad real que puede más que la fantasía.

No siempre, sólo casi siempre. La naturaleza ha dotado a las mujeres de capacidad para competir con los varones, pero también ha moldeado su cuerpo y su mente para la maternidad, y esa dualidad no siempre se resuelve a gusto de su poseedora. La naturaleza es mitológica. La realidad, no. Al menos, a escala macroscópica.

Tampoco todos los adultos son felices habiendo relegado la curiosidad infantil al baúl de los recuerdos. Hay quien se conforma con las fantasías colectivas, y hay quien no. Para estos últimos, el camino puede estar sembrado de abrojos, y puede terminar conduciendo a una cima o a una sima. En la historia del mundo ha habido de todo. Cole Porter saboreó las mieles del éxito, pero John Kennedy Toole se suicidó porque nadie publicaba su novela.

En cualquier caso, seguid mi consejo, infortunados humanos mitológicos: no abandonéis nunca a la madre que lleváis dentro, si la reconocéis como propia. No reneguéis nunca del niño que lleváis dentro, si os reconocéis en él. Sin la felicidad de ellos, la vuestra es imposible.


Creative Commons License
This work is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 3.0 Unported License.

lunes, 22 de abril de 2013

Un fin de semana

Viernes

Leo en Yahoo! Finance que un tal Douglas Rushkoff acaba de publicar un libro llamado Present Shock. Según él, en los años 70 se hablaba con aprensión de un futuro en el que la tecnología avanzaría tan aprisa que las personas no podrían seguirle el ritmo. Treinta años después se comprobó que aquellos temores eran proféticos, como puede atestiguar cualquier sufrido penitente a quien se le haya estropeado alguna vez el teléfono móvil, o que haya intentado localizar por Internet la dirección de su dentista. De haber sido consciente del grado de estulticia de la mayoría de la Humanidad, yo mismo habría creado una empresa de diseño de interfaces y me habría forrado. Es bueno ser exigente con uno mismo, pero pensar que todos los demás lo son es pernicioso.

Según Rushkoff, ese estado de comunicación casi permanente con otras personas nos mantiene frenéticamente atados al presente. No nos deja tiempo para pensar, o para planificar. Los adictos a Twitter o a Facebook viven a ritmo de controlador aéreo. Nos los encontramos absortos en la pantallita de su smartphone en los andenes del metro, en los asientos del autobús, en el interior de los automóviles cada vez que un semáforo se pone en rojo, e incluso caminando por la calle, totalmente ajenos a lo que sucede a su alrededor. En la Edad Media, el mundo era plano y se terminaba en Finisterre. En nuestros días, el futuro se mide en días y se acaba el próximo fin de semana.

En buena parte del mundo, los políticos parecen haberse abandonado también a esa corriente. Cada dos o tres meses, infaliblemente vaticinan la recuperación económica para el semestre que viene, probablemente conscientes de que dentro de seis meses nadie se acordará de sus predicciones y podrán repetirlas con el mismo aplomo fingido. Nadie en el poder parece inclinado siquiera a replantearse los fundamentos de nuestro sistema económico o monetario. ¿Acaso podría resultar que, ejem, el motor se gripa cíclicamente y convendría cambiar de modelo? Los políticos silban a los pajaritos, como si no fuera con ellos. Quién sabe; quizá peco de optimismo, y en realidad sus cuatro o cinco neuronas no dan más de sí.

Sábado

Excepcionalmente, me subo a un transporte público para ir al centro. Es sábado, son las cinco de la tarde y el autobús va lleno. Esto sí que no me lo esperaba. Tendré que ir de pie, cosa que detesto. Como el centro de gravedad está a una altura proporcional a la estatura, el mío está bastante más alto que el de los demás pasajeros, y en las curvas tengo que hacer esfuerzos atléticos para que los vaivenes no me desprendan de la barra. Y qué vaivenes. El conductor parece totalmente insensible al cargamento que transporta. Con un tono de familiaridad que recuerda al de un pastor conduciendo su rebaño, nos apremia a avanzar hacia el fondo, que según él está totalmente vacío, pero que en realidad es intransitable y está ocupado por un minizoológico de turistas de todas las edades y varios cochecitos de niño.

El conductor, además, nos tutea. Este hombre, pienso, debe ser comunista. Me recuerda a una conductora de autobuses con cara de bulldog que conocí en la antigua Yugoslavia. Y no sólo a ella. De hecho, me recuerda a todos los funcionarios con los que llegué a cruzarme en los países de la extinta Unión Soviética o en Cuba o, sin ir más lejos, a algunas enfermeras de la Seguridad Social española. En los países comunistas lo normal era encontrarse con gente así. Burócratas de gulag, para quienes los seres humanos somos siempre masa, incluso considerados de uno en uno.

Domingo

Paseando por una calle céntrica, veo a mi derecha un establecimiento de comida rápida. Mi mirada recorre fugazmente los letreros que invitan a entrar en él para consumir pollo asado en bandejas de plástico. Uno de aquellos textos se queda flotando una fracción de segundo en mi retina, y donde dice "Banquetazo para dos" yo creo leer "Braguetazo para dos". Me río interiormente, y se me ocurre que sería un buen título para un cuento.

Por ejemplo. Luciano y Luchino son buenos amigos. Por un azar de la vida, conocen en la recepción de un hotel a la marquesa de Serenghetti y deciden conquistarla. Todo parece indicar que la marquesa tiene mucho dinero, y ninguno de los dos amigos está dispuesto a renunciar a las mieles del triunfo. Echan una moneda al aire para decidir si cara o cruz, pero la moneda se queda atrapada entre las ramas de un árbol. La suerte ha decidido por ellos: tratarán de compartir a la marquesa.

Pero la marquesa, que está casada con un achacoso barón de bigote cano, se enamora sólo de Luciano. Luchino los acompaña a todas partes con el consentimiento de ella, que encuentra a Luchino caballeroso y elegante. Luciano, en cambio, es vulgar. Cuenta chistes verdes, come patatas fritas en el cine y da palmaditas en el culo a la marquesa mientras la pasea por el parque de atracciones. Pero así es el amor.

Se acerca el verano, y la marquesa se dispone a emprender un crucero de lujo con su marido, como todos los años. Esta vez visitarán Santorini, Mikonos, Rodas y la isla de Lesbos. Con su habitual generosidad, la marquesa invita a los dos amigos al crucero, con el propósito de encontrarse clandestinamente con Luciano por las mañanas, mientras su marido juega al bridge. Los dos amantes apenas pueden esperar. Mientras el velero se aleja de Civitavecchia, Luchino oye ya en el camarote contiguo el traqueteo de la litera y los gemidos de amor de la marquesa en brazos de Luciano. En ese momento decide asesinarlo.

Entre tanto, Luciano y la marquesa han decidido asesinar al barón. Una vez enviudada, ella cobrará la herencia y se instalará con su amante en la mansión de la Toscana. Sólo falta encontrar la ocasión. Mientras el barco navega hacia Santorini, los dos amantes discuten el plan. Lo más fácil, naturalmente, será empujarlo por la borda al anochecer. Después, esperarán quince o veinte minutos antes de dar la alarma. Esa misma noche podrán ya hacer el amor hasta el amanecer.

La estrategia de Luchino consistirá en hacerse amigo del barón y, a una hora en que los amantes estén desfogando sus pasiones, buscar algún pretexto para que el barón acuda al camarote y los pille in fraganti. Tiempo atrás, la marquesa le había revelado que su marido llevaba siempre consigo un revólver cargado, con el que Luchino confía en que el barón lavará su honor... y le dejará a él vía libre.

Mientras el timonel avista en el horizonte la costa de Creta, Luchino interrumpe repentinamente la partida de bridge y se lleva las manos al estómago. El barón se ofrece para llamar al médico de a bordo, pero Luchino le explica que aquel dolor sólo se calma con unas pastillas de magnesia de Manchuria que el barón guarda en su botiquín personal, en el camarote. Caminando encorvado a causa del fingido dolor, Luchino lo acompaña por los pasillos. Cuando comparezca como testigo en el juicio, dosificará su testimonio para que sentencien al anciano barón a diez o quince años de cárcel. La marquesa será suya para siempre.

Cuando la marquesa descorre el pestillo y deja pasar a su marido, sus cabellos aparecen revueltos y ella, en camisón, jadea ligeramente, pero Luciano ha conseguido esconderse a tiempo, y el barón ni siquiera parece sospechar nada. "Hoy me duele la cabeza, Hans", dice ella. "Descansa, querida. Luchino y yo estamos en la salle des loisirs, jugando al bridge". En el mar, hacia el este, las laderas oliváceas de Sfinari desaparecen lentamente, enturbiadas por la calima.

Esa tarde, en la toldilla de babor, la marquesa y su marido fuman en sendas tumbonas aguardando la hora de la cena. La temperatura es deliciosa, y ella invita al barón a acodarse en la borda y contemplar la puesta de sol. Pero la cubierta está resbalosa y, apenas se ha incorporado, el barón pierde el equilibro y cae, fracturándose el fémur. Habrá que esperar. A la mañana siguiente el velero atracará en Santorini, y el barón podrá ser ingresado en un hospital. Entre tanto es trasladado a la enfermería, donde ella, desoyendo las instrucciones del médico, le administra una dosis triple de sedante.

En el camarote contiguo al de Luciano, Luchino cree volverse loco. Sus planes han fracasado, y a pocos centímetros de su oído la anhelada marquesa se abandona al placer con desenfreno entre los brazos de su amigo. No consigue dormir. Se levanta, y sale a fumar a la cubierta.

"¿No puede dormir, señor?", dice entonces una voz a sus espaldas. Es uno de los camareros del restaurante. "Tal vez yo pueda ayudarle". "¿De qué me está hablando?", responde Luchino. "Tengo ojos  y oídos, señor". Luchino empalidece. "Por diez mil libras esterlinas, la marquesa puede ser sólo suya". "Eso es mucho dinero", acierta a decir Luchino. "Quizá la señora marquesa podría... hacerle un préstamo. Estoy seguro de que usted no tendrá dificultad para devolvérselo". En la negrura de la noche, Luchino se lo queda mirando.

Al amanecer, la sirena de una ambulancia asciende por la escarpada ladera y se pierde entre las casas blancas de Firostefani. De pie en el muelle, Luchino y Luciano la miran desaparecer y hacen una seña a uno de los taxis aparcados a pocos metros de distancia. Sobre la cresta del acantilado, orlada de fachadas diminutas como dientes de tiburón, destellan los primeros rayos del sol de junio, que emerge en aquel instante de la montaña.


Bajo el calor de finales de agosto, el sonido de las cigarras es ensordecedor. Luchino sale de la piscina y se envuelve indolentemente en un albornoz bordado con el escudo nobiliario de los marqueses de Serenghetti. Los cipreses se inclinan suavemente con la brisa, y la quietud del atardecer en la Toscana transmite a Luchino una serenidad balsámica. La necesita. Desde la ventana de la alcoba, abierta de par en par, las risas de la marquesa y un entrechocar de copas de cristal se confunden con las chocarrerías de otro hombre, que ríe con ella a carcajadas.

Luchino aprieta los dientes. Acaba de decidir asesinar al camarero.

Creative Commons License
This work is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 3.0 Unported License.

domingo, 10 de marzo de 2013

El lapicero

Enhorabuena. El lapicero que acaba usted de adquirir es un producto de la máxima calidad. Lea detenidamente las instrucciones de uso. Al comprar este artículo ha declarado usted su conformidad con las cláusulas de la licencia de usuario adjunta (27 páginas), en cumplimiento de la directiva ZZM56/2012 de la Unión Europea.

ADVERTENCIA

Contiene grafito. Mantener fuera del alcance de los niños. No ingerir. No introducir en el microondas. Aunque este lapicero no supera el nivel de grafito máximo admisible establecido por la Organización Mundial de la Salud, se recomienda no utilizarlo durante más de 100 horas anuales. Si accidentalmente se rompiera la mina, no la toque con los dedos y deséchela en un contenedor apropiado. Varios estudios científicos han evidenciado un aumento significativo (0.00001%) del nivel de grafito en las agallas de los salmonetes del Estrecho de Bering desde 1903.

Contiene lacas. Contiene pigmentos sólidos. Evite el contacto de las lacas con los labios, la lengua, los ojos y otras partes del cuerpo sensibles. No morder. Si el lapicero permanece más de tres días en un lugar cerrado, ventile frecuentemente el recinto. Utilice el lapicero únicamente conforme a las instrucciones del Manual de Usuario. El fabricante no se hace responsable de los accidentes a que pudiera dar lugar su utilización incorrecta.

Este lapicero es un producto apto para zurdos (directiva MMX45J/07 de la UE). Está fabricado exclusivamente con madera ecológica y biodegradable (norma BG77910/98 de la Comisión Europea y recomendación 444OFR36 de la OMS). Evite el contacto de la mina con los ojos, la nariz y los oídos. Si accidentalmente ingiriera usted un trozo de la mina, consulte a su médico.

No romper. Las astillas del lapicero roto pueden causarle lesiones. Si accidentalmente las astillas ocasionaran alguna lesión en su piel, consulte a su médico. No introducir el extremo del lapicero en las tomas de corriente. El grafito es conductor de la electricidad. Para evitar cualquier accidente relacionado con la corriente eléctrica, utilice siempre un calzado con suelas aislantes.

Este artículo no es lavable. En contacto con los tejidos puede dejar marcas difíciles de eliminar. Si desea difuminar un trazo marcado con el lapicero, proteja sus dedos previamente con guantes de látex. Para borrar los trazos, utilice siempre una goma de borrar apropiada (directiva HHH666j/87 de la UE) fabricada con material biodegradable. Deseche los restos de la goma de borrar en el contenedor adecuado para ello.

No utilice nunca cuchillos, cuchillas, cutters, hojas de afeitar u otros objetos cortantes para afilar el lapicero. Utilice siempre sacapuntas conformes a la directiva GGHUYmmxZ877/35.bis de la UE. El fabricante no se hace responsable de los desperfectos ocasionados por la utilización de un afilalápices inadecuado o defectuoso. El uso de objetos cortantes puede causar lesiones en su piel. Si su piel se lesiona, consulte a su médico.

Muchas gracias por su compra. Le deseamos una feliz escritura.

Creative Commons License
This work is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 3.0 Unported License.

jueves, 28 de febrero de 2013

Solidaridad


Después de darle muchas vueltas, he llegado a la conclusión de que la palabra 'solidaridad' no significa nada. Sucede con esta palabra lo mismo que con todos los términos políticamente correctos: que se usa para expresar una afiliación, no un significado. Está muy bien declararse solidario con las mujeres maltratadas, siempre y cuando ello no comprometa a recibir solidariamente una parte de los mamporros, y lo mismo cabe decir de las demás solidaridades. Uno puede ser solidario, por ejemplo, con el pueblo palestino sin necesidad de subirse a un autobús en Tel-Aviv con una bomba bajo los calzoncillos, o con la revolución cubana a condición de tener al lado de casa un supermercado con siete marcas de yogurt. Así da gusto.

El uso más antiguo que he identificado de la palabra 'solidaridad' está vinculado al nombre del viejo sindicato anarquista, precursor de la CNT: Solidaridad Obrera. Era el año 1907, y por aquel entonces los trabajadores manuales no luchaban por la dación en pago, sino solamente por la jornada laboral de ocho horas. A pesar de que el sindicato tenía todos sus afiliados en Cataluña, en aquellos tiempos la izquierda era internacionalista, y una proclama patriótica de Jordi Pujol les habría inspirado probablemente más carcajadas que ganas de replicar.

Creo que oí por primera vez una exhortación a la 'solidaridad' en alguna asamblea universitaria. El régimen del general Franco se acercaba a su fin, y en aquel río revuelto, tan inocente como nuestra tierna edad, futuros altos cargos de partidos hoy acusados de corrupción, que por entonces eran todavía de izquierda revolucionaria, se infiltraban poco a poco en fábricas, periódicos, institutos de enseñanza media, regimientos del ejército... y, por supuesto, en mi Facultad. Allí, desde tribunas improvisadas en clase de álgebra o termodinámica, y en el breve tiempo que tardaban los agentes de la brigada político-social en aparecer y disolver la asamblea, aquellos barbudos matriculados de una sola asignatura nos instaban a ser solidarios con cosas rarísimas. No sólo con los empleados de banca o los obreros de la SEAT, que para nosotros eran un mundo desconocido, sino también con las homilías de tal o cual cardenal, que sólo tres asambleas antes ellos mismos habían denunciado como aviesos proveedores de 'opio del pueblo'.

Después, en sólo veinte años, sucedieron muchas cosas. El Sr. Carrillo se quitó por fin aquella peluca ye-yé que tanto le favorecía, la izquierda republicana aceptó la Monarquía, el señor Berlinguer no consiguió el sorpasso y pasó a mejor vida, cayó el Muro de Berlín, y Dolores Ibárruri, como su odiado enemigo el general Franco, murió en la cama. Parecía que la palabra 'solidaridad' iba también camino del cementerio léxico cuando, impensadamente, un extraño conglomerado de ecologistas, altos cargos de las Naciones Unidas (dictaduras incluidas), viejos comunistas salvados por el Prozac, militantes de ONGs subvencionadas y, con un poco de retraso, los políticos de la derecha, resucitaron entre todos la palabreja de entre los muertos. ¡Oh, milagro!

Para entender hasta qué punto la solidaridad es un concepto chic, basta con asomarse a un buscador de Internet (por ejemplo, Startpage, que funciona igual que Google pero no registra la dirección IP de sus visitantes). Además de las previsibles invocaciones a la solidaridad con tal o cual pueblo oprimido, nos encontramos también con peticiones de solidaridad con los animales, las Malvinas argentinas, Benedicto XVI, la peña futbolística Bukaneros, los ciudadanos europeos, los imputados por los tartazos a la presidenta navarra, Fukushima o la flota de la caballa. En la variante adjetival encontramos, por ejemplo, el programa "Talento solidario" (Fundación Botín) o el 'alquiler solidario' (La Caixa), o curiosidades solidarias tales como los paddle, bonobús, bolígrafo, mantecado, recreo, deudor, cerdo, vino, arroz, surf, jabón o preservativo solidarios. ¿Quién da más?

Como todas las modas doctrinarias, tampoco ésta carece de consecuencias. La paranoia del cambio climático nos insta a separar las basuras en sofisticadas categorías medievales, y el terror al colesterol a ingerir toda una diversidad de alimentos más o menos tan sabrosos como el papel de periódico, pero la moda de la 'solidaridad' tiene a veces amargas consecuencias que el izquierdista de salón ignora o prefiere ignorar. Por ejemplo, los paquetes de alimentos 'solidarios' que cualquiera puede comprar en muchos mercados de Africa y que, naturalmente, nunca han llegado a su destino.

Actos de verdadera solidaridad los hubo, y seguramente todavía los hay, pero difícilmente lo sabremos, porque su objetivo principal no es salir en los telediarios. ¡Qué lejos en el tiempo queda ya la columna Durruti...!


Creative Commons License
This work is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 3.0 Unported License.

domingo, 24 de febrero de 2013

Babel

Siempre me ha fascinado la historia bíblica de la Torre de Babel. Es para mí una alegoría del choque inevitable entre la ambición del ser humano, ciega y sorda por naturaleza, y sus inevitables consecuencias cuando la realidad finalmente impone su ley. La reciente burbuja inmobiliaria y financiera ha sido un buen ejemplo de torre de Babel. Toda una generación de seres humanos ha aprendido, the hard way, que no es posible llegar al cielo simplemente porque lo estemos viendo cada vez más cerca, aunque me temo que tan amargas enseñanzas no sean garantía de que otra generación venidera, o incluso esta misma dentro de unos años, no volverá a intentar otra vez la misma hazaña.

Dice el Génesis bíblico que Dios dispersó a los seres humanos y confundió sus lenguas porque temió que "todos juntos podrían conseguir lo que se propusieran". El Dios del Génesis era posiblemente demasiado optimista, pero había en sus temores un punto de sensatez. En cualquier caso, se le puede excusar por no haber dado exactamente en el clavo, si pensamos que en los lejanos tiempos de Yahvéh la idea de Internet era inconcebible hasta para el más febril de los iluminados.

Y, sin embargo, aquí estamos. En septiembre de 2012, Facebook tenía casi mil millones de usuarios, y a día de hoy más de 400 millones de mensajes atraviesan el planeta todos los días a través de Twitter. No todos esos usuarios están juntos y no todos hablan la misma lengua, pero la situación empieza a recordar demasiado a la Babel bíblica poco antes de que sobreviniera la catástrofe. Lo que parece claro es que, en muy pocos años, las redes sociales han generado un cambio cualitativo de la sociedad mundial, y sería sorprendente que un vuelco de esa magnitud no tuviera consecuencias.

Los primeros síntomas, de hecho, empiezan a ser perceptibles. Hasta hace muy poco tiempo, la transimisión de noticias estaba en manos de profesionales. Siendo la información un bien tan goloso para el Poder, sería mucho pedir que los periodistas fueran inasequibles a la influencia de los poderosos, pero por lo menos tenían unos criterios para la selección de sus fuentes y la redacción de las noticias, respetaban unas ciertas normas éticas y, en los países más civilizados, la libertad de prensa aseguraba un cierto equilibrio entre unos y otros bandos, en cuyo centro uno podía presumir que se encontraba algo parecido a la realidad.

Todo ese edificio se está hundiendo a pasos agigantados. Los exiguos 140 caracteres de los mensajes de Twitter empiezan a ser ya una fuente de información aceptada, incluso por profesionales del periodismo. Basta con que alguien cree, por ejemplo, la cuenta @rickymango para que sus mensajes le sean atribuidos al autor de este blog, y las nuevas generaciones de periodistas, en su mayoría becarios sin experiencia de la vida, mal pagados, analfabetos y nacidos con un iPad entre los dientes, le otorguen una credibilidad suficiente. El autor de este blog es un don nadie leído por cuatro pelagatos, pero vaya usted a desmentir un tweet en el que Benedicto XVI, por ejemplo, declare que los sacerdotes finalmente podrán contraer matrimonio sin ir al infierno.

Peor aún: vaya usted a desmentir un tweet en el que el cardenal Bertone desmienta un tweet de Benedicto XVI desmintiendo una información anónima aparecida en Wikileaks según la cual la mafia homosexual está controlando la curia vaticana. Es una situación imaginaria, por supuesto, pero no absolutamente inverosímil, considerando el punto al que estamos llegando. ¿A alguien le recuerda esto los comienzos de la confusión que terminó con la torre de Babel? Confieso que a mí, sí.

Pero hay otra faceta de esta demoníaca torre de Babel que está siendo erigida gracias a Internet. La gratuidad de los servicios que media Humanidad está usando en la Web es un espejismo en el que pocos se han parado a pensar. Hay un viejo refrán que dice que nadie vende un duro a cuatro pesetas pero, gracias a la propaganda de medio siglo de socialdemocracia, la idea de que los servicios gratuitos son una realidad ha calado subliminalmente en la mayoría de la población. No sólo son gratuitos, se afirma vehementemente, sino que además son un derecho. No sólo eso, sino que se trata de conquistas sociales: la gratuidad, por lo visto, es sinónimo de progreso.  

En esa atmósfera de País de las Maravillas se ha criado ya toda una generación de jóvenes para los que un párrafo de cinco líneas, una frase con puntos y comas o una idea estructurada son tan inconcebibles como para Caín mantener una videoconferencia con Abel. Para esos jóvenes, además, la privacidad es un concepto más o menos tan extraterrestre como la galaxia Andrómeda, y la consecuencia de esa borrachera de gratuidad es que unas cuantas empresas cuyos escrúpulos desconocemos se han apoderado ya de prácticamente toda la información que es posible reunir sobre los habitantes de este planeta. Pero no sólo de la información estática, porque gracias al GPS una compañía telefónica, un detective privado o un agente de los servicios de inteligencia puede saber instantáneamente dónde se encuentra cada portador de un teléfono móvil. O sea, usted y yo. La fantasía de George Orwell no llegó nunca a tales alturas.

Movido por tales consideraciones (y por el alud de spam que entra todos los días en mi correo electrónico), esta misma mañana he borrado mis cuentas de Facebook, Twitter, Google+ y Linkedin. No ha sido fácil, no crean, y la experiencia no ha estado exenta de desagradables sorpresas. He descubierto, por ejemplo, que entre mis 'contactos' figuraban direcciones de personas que yo nunca he autorizado a incluir, y -la mayor sorpresa de todas- he encontrado, en un sitio web llamado Picasa, literalmente centenares de imágenes y fotografías mías que ni siquiera sospechaba haber subido a la red. Algunas de ellas, francamente privadas.

Que mis escasos lectores no se extrañen, pues, de los cambios que seguramente notarán en mis blogs. Han desaparecido de ellos todas las ilustraciones que en su momento inserté, y todos los contactos personales o enlaces a sitios que gozan de mis simpatías. No es éste el mundo en red que yo habría deseado, pero prefiero el anonimato franciscano a ser pasto de los tiburones en un futuro no muy lejano. El día en que pueda pagar con dinero el valor real de los servicios que me ofrecen volveré a intentarlo, porque sigo creyendo en el futuro de Internet. Pero, sinceramente, no quiero encontrarme debajo cuando se derrumbe la próxima torre de Babel.

Creative Commons License
This work is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 3.0 Unported License.

 
Turbo Tagger