miércoles, 12 de diciembre de 2007

El thriller

No soy un experto en thrillers, pero me apasiona el género. No entiendo por qué tiene que estar considerado como un género de segunda. La historia oficial de la literatura la deciden unos cuantos mandarines de la cultura, de esos que recortaron Madame Bovary para hacerla más "entretenida", que rechazaron el manuscrito de Cien años de soledad o que indujeron a John Kennedy Toole a suicidarse con un original de A Confederacy of Dunces pudriéndose en un cajón. Como bien dijo de Kafka la flirto-filósofa Hannah Arendt: "Mientras vivió, no consiguió tener un nivel de vida decente, pero ahora mantendrá a generaciones de intelectuales bien colocados y bien alimentados".

Digan lo que digan los mandarines, ciertas piezas del género negro me han apasionado tanto o más que muchos clásicos 'oficiales'. Las novelas de Raymond Chandler sobrevivirán a las de Jean-Paul Sartre, y en The Postman Always Rings Twice James M. Cain nos habla del destino con no menos fuerza que el Rasumov de Joseph Conrad en Under Western Eyes.

He llegado a la conclusión de que Raymond Chandler es intraducible. Muy a mi pesar. Mi primera novela fue un intento -fallido- de reproducir ese estilo de boxeador sintáctico que, probablemente, sólo es posible conseguir escribiendo en inglés. El idioma español es demasiado costumbrista, demasiado cómplice. Nunca ha sido una herramienta muy utilizada para ir al grano.

Con honrosas excepciones. Pero el Lazarillo de Tormes era demasiado autobiográfico, y La Celestina, excesivamente apasionado. Quevedo era sinóptico, pero retorcido. A Gracián le faltaba color e imaginación. Juan de la Cruz superaba a Chandler, por supuesto, en capacidad expresiva, pero en el ambiente espeso de una taberna no habría sido capaz de ver más que blancos corderitos. Juan Carlos Onetti se entretenía demasiado en las descripciones. Alfanhuí era una obra genial, pero alucinada. Y Emilia Pardo Bazán no sabía hacer caricaturas. Quizá el autor en español que más se aproxima a Chandler es Leopoldo Alas, con esa maravillosa Regenta en la que ninguno de los personajes sale bien parado.

Muchos años después de aquella novela mía fallida escribí Huracán, una de mis novelitas bonsai, aunque más como divertimento que con pretensiones literarias. O quizá era simplemente una evocación de Raymond Chandler, hacia quien, no sé exactamente por qué, tuve un momento de ternura aquel día soleado de julio en que una amiga me llevó a comer a un restaurante de Long Beach. Tal vez fue solamente por eso, por rememorar a Philip Marlowe, por lo que yo había decidido emprender aquel épico viaje desde Las Vegas hasta California, atravesando un desierto amarillo cadmio salpicado de Joshua trees.

Mientras, arrellanado en mi asiento de copiloto, esuchaba una y otra vez la música perfecta para acompañar aquella travesía: Buena Vista Social Club.

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