En los últimos años, el número de visitas y visitantes a este blog no ha hecho más que disminuir, probablemente acaparados por una revista del corazón llamada Facebook y un mercadillo de baratijas llamado Twitter. Gracias a ellos, el zen que se respira en este espacio es ahora impagable y, al ahorrarme la necesidad de pensar en mis lectores, me anima a publicar, simplemente, lo que me da la gana.
En mi ya dilatada búsqueda de interlocutores acerca de mis divagaciones, han sido muchos los que ni siquiera se han molestado en contestarme, o me han contestado con una arrogancia que delataba su paupérrimo nivel intelectual y humano. De todas las preguntas que he enviado en estos últimos lustros, hay cuatro cuya ausencia de respuesta me parece particularmente intrigante. Uno está tentado de pensar que no han respondido porque uno ha dado en el clavo, pero quién sabe. Tal vez mis interlocutores se murieron de repente, o tal vez mis preguntas eran dignas de un oligofrénico o de un principiante. Por si a alguno de mis inverosímiles lectores le interesa, aquí va mi botella arrojada al proceloso océano:
Carlos París, catedrático de topología – noviembre 2010
[Ciertas estructuras semánticas] están descritas en términos de denominabilidad: puedo representar una categoría sólo en la medida en que contiene rasgos que yo puedo denominar. Por ejemplo, un segmento sólo contiene tres rasgos que puedo denominar: el segmento propiamente dicho, y sus dos extremos. Si uno esos dos extremos para formar una circunferencia, sólo necesitaré un símbolo para denominarlos y, en el momento en que la circunferencia esté construida, el punto en que se han fundido los dos extremos no será ya un punto privilegiado de la circunferencia, y no tendré razones para denominarlo.
Esta manera de representar categorías parece reflejar muy bien el criterio utilizado en topología para clasificar las formas geométricas: podemos deformar cuanto queramos un toro, pero en el momento en que su circunferencia interior se funde en un punto nos encontraremos en la frontera entre un toro y una esfera. Sin embargo, hay formas que son conceptualmente diferentes aunque topológicamente idénticas: un triángulo, por ejemplo, es topológicamente idéntico a una circunferencia, pero no es denominable como circunferencia, ya que advertimos en él tres puntos privilegiados o vértices. Por lo demás, podemos deformarlo cuanto queramos sin que su estructura experimente un cambio cualitativo hasta el momento en que aparezca un vértice adicional, o hasta que uno de los vértices deje de formar un ángulo.
Los conceptos de conjunto cerrado y abierto describen satisfactoriamente el concepto de adyacencia pero, si rompemos una circunferencia, el objeto resultante será un conjunto abierto en un extremo (es decir, sin punto de acumulación), mientras que conceptualmente seguirá teniendo dos extremos privilegiados, tanto si son abiertos como si no.
Todo esto me intriga. Para el tratamiento de las categorías y de sus estructuras he desarrollado un formalismo de composición y descomposición simbólica que explica tanto la sintaxis como la semántica del lenguaje, pero me gustaría poder utilizar conceptos de la matemática ya existentes. De otro modo, los referees que lean mis artículos me seguirán considerando un freaky y seguirán rechazándolos, ya que utilizo un formalismo que no entienden. ¿Se te ocurre alguna sugerencia al respecto?
[Nunca me contestó]
**************
Ray Jackendoff, renombrado lingüista - febrero 2011
In the first chapter of your book Foundations of Language, the term "conditions" refers rather to *conventions* implicitly established by the users of languages. However, if the sentence (b) below is the agreed way to inquire about the object of the verb in (a):
(a) Beth ate bread
(b) What did Beth eat?
there is no reason for the second sentence below to be ungrammatical:
(1) Beth ate peanut butter and bread
(2) What did Beth eat peanut butter and for dinner?
except for the fact that it has never been used (before you), and is therefore a construction not expected by the receiver. Besides, (2) is the *only* way to ask about the word 'bread' in (1). A remedial construction such as:
Beth ate peanut butter and what?
follows the rule implied by
Beth ate what?
and not the rule used to consistently construct (b) and (2). An important thing to be aware of is the fact that languages are incomplete and conventional. Languages evolve, and not only morphologically. In Footnote 2 to Chapter 5 of his "Syntactic Structures", Chomsky wrote in 1975 "...many would question the grammaticalness of, e.g., 'John enjoyed and my friend liked the play'". Such constructions are nowadays generally accepted, as were passive English forms at some point in time, but not before the end of the eighteenth century. More complex constructions such as "he was given a book" were also for a long time inexistent and, therefore, deemed ungrammatical in the past.
The incompleteness of natural languages is an essential fact that may make appear as objective certain concepts about language that are actually subjective or merely conventional. Human languages are very effective compressors of information, which makes formal syntax relatively irrelevant, except as a tool to disambiguate and predicate by combining individual words and word groups. Expressions such as "place cheap eat" (as asked, for example, by a foreigner) are perfectly understandable English. They are still language, and they can be analysed in terms of information, but not so much as a grammatical production, whatever the grammar rules may be, given that such rules can be almost arbitrarily changed. That different approach of you may be the reason for your skepticism.
[Nunca me contestó]
*****************
Sándor Darányi, investigador en semántica distribucional - abril 2017
Expressing B as a particular case of A implies a relation between A and B. Or, if you do not like the wording, just define the relation that links A and B as the pair (A, B). In any case, such a relation can always be labelled with a symbol. In natural language, however, relations are expressed not only as words, but also in terms of order (e.g. blue ball) or as morphological features (e.g. via Romae). How does [the distributional semantics] model account for such denotational disparity?
Besides, the apparent differences between nouns, verbs, prepositions, etc., can be questioned at a semantic level. Is the word 'through' in 'a through person' a noun or a preposition? You may refer to A as being strong, but you can also refer to the strength of A, implying the same meaning. And how is the occurrence of a travel in the past different from the meaning of 'traveled'?
Does [the distributional semantics] model account for both the above polymorphy and the denotational disparity, or is it based on a formal proof that such features are implied in word clustering relations?
[respondió que no tenía respuestas a mis preguntas]
****************
Gert Korthof, biólogo molecular - mayo 2017
After a number of mutations, a species U with no stinger evolves into a species W. The species W has: (a) a stinger, (b) a very specific venom, and (c) an area A of its neural circuitry that can use the stinger in a very specific way, i.e. implementing a complex algorithm that involves external and internal sensory input, and spatial orientation. Both the chemical composition of the venom and the precision of the algorithm are vital, as otherwise the species W would most likely not survive. My question is: did there exist a number of intermediate *surviving* species having a rudimentary stinger, producing a poorly effective venom and implementing an inaccurate algorithm? Or are those features just the result of a single concurrent mutation that just happened to hit the target?
Because my second question is tantamount to the problem of the chimp randomly writing 'A tale of two cites', I am left to wonder how a (presumably very long) series of *unsuccessful* mutations could consistently lead to a successful one. Could this question be answered by decoding the DNA of the species W? Is it scientifically established that there is no epigenetics mechanism at a macroscopic level to explain such an unlikely transition? I don't know the answers to any of the above questions, but am sincerely intrigued about them.
[Hasta la fecha no ha contestado]
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(Sin duda, continuará).
sábado, 27 de mayo de 2017
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Palabras clave: Darwinism, distributional semantics, Jackendoff, linguistics, preguntas. topología, questions
domingo, 7 de mayo de 2017
La moral como meteorología
Erase una vez un libro sagrado que predicaba la bondad... y, al mismo tiempo, la maldad.
No sé si algún lector se habrá escandalizado al leer un comienzo como éste, pero no debería. Señalar las contradicciones de un libro sagrado no tiene mayor trascendencia que exclamar '¡abracadabra!', o que evocar aquella enigmática frase que traía de cabeza a los filósofos españoles en el siglo XVII: "¿Acaso una quimera zumbando en el vacío puede comer segundas intenciones?" Hasta qué punto un libro sagrado es congruente o incongruente, es irrelevante. Lo único que debería importarnos, en realidad, es hasta qué punto esas coherencias e incoherencias determinan nuestra realidad, nuestra felicidad y nuestra libertad.
Las religiones no son distintas ni de sus creyentes ni de sus descreídos. Son, simplemente, como ellos. La Grecia antigua tuvo la lucidez de entender esto, y construyó un complejo universo religioso cuyos dioses albergaban pasiones variopintas y, no pocas veces, contrapuestas: exactamente las mismas que sus creadores. Porque han sido los humanos quienes han creado a los dioses, y no a la inversa. Lo malo es que los dioses, siendo algo tan íntimo e intransferible como la ropa interior, no existen sólo en la mente de sus creyentes. Los dioses pueden llegar a cobrar realidad cuando son muchos los fieles que creen en ellos. Me explicaré.
A lo largo de la historia, centenares de millones de personas han leído el libro sagrado al que me estoy refiriendo. Sin embargo, si preguntamos a una de ellas al azar, con toda probabilidad nos hablará de palabras hermosas: amor, respeto, piedad, honradez. Difícilmente oiremos de ella que, en ese mismo libro sagrado, su Dios ordenaba dar muerte a quienes desobedecían sus mandamientos y, según las circunstancias, ordenaba a sus fieles perpetrar saqueos o violaciones, esclavizar a otros seres humanos o abusar de criaturas indefensas.
Según las circunstancias. Si algo es el alma humana, es una violenta tempestad de pasiones enfrentadas, disimuladas bajo una delgadísima pátina de civilidad. Ocultamos el alma del mismo modo que ocultamos la ropa interior, y para mostrarnos a los demás necesitamos una vestimenta. O, por lo menos, unos ritos. En una playa podemos exhibirnos con mucho menos pudor que si nos desnudáramos en mitad del autobús, pero no nos sentimos ni la mitad de incómodos, porque estamos cumpliendo un rito. Para adoptar una apariencia de orden, el alma humana necesita ritos. Ni siquiera importa que sean incoherentes si a nuestro alrededor los han adoptado también nuestros semejantes. Eso es la religión.
El libro sagrado al que me estoy refiriendo es la Biblia. Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento. El dios de los judíos y el dios de Jesucristo, si es que eran el mismo, ordenaron asesinar, violar, lapidar, sacrificar, saquear y sojuzgar a miles de seres humanos, y para constatarlo lo único que hay que hacer es leer a sus profetas. Simplemente eso: leerlos. Sin hacer la vista gorda cuando no nos conviene.
Pero no serviría de nada. Dios podría bajar mañana del cielo, liarse a botellazos en una casa de lenocinio y disparar borracho contra los demás clientes, y sus creyentes encontrarían siempre la forma de justificarlo. "Es una parábola", o "hay que interpretar los hechos en su contexto histórico", o "no era El, sino una visión engañosa inspirada por Satán". Cualquier explicación sería aceptable para quien desea creer. O tal vez sea más correcto decir "para quien necesita creer". Las pasiones son una meteorología demasiado compleja para afrontarlas sin prejuicios.
Lo malo es que, como seres humanos, esos prejuicios colectivos nos afectan a todos, incluso a quienes somos incapaces de refugiarnos bajo su paraguas. No nos engañemos: la realidad no es lo que usted o yo creamos o dejemos de creer, sino lo que la mayoría de nuestros congéneres entiende por realidad. Ha habido épocas de la historia en que la Tierra era plana, en que unas pobres mujeres sugestionables eran brujas malevolentes, o en que los médicos podían asistir a una parturienta sin lavarse las manos. No importaba lo que creyera una minoría de sensatos irrisorios: la realidad era esa. O, al menos, esa era la realidad que los afectaba a ellos. La que podía aislarlos social, profesional o sexualmente, privarlos de sustento o dar con sus huesos en la hoguera.
Conclusiones como esta son demoledoras. Por más esfuerzos que hagamos, la meteorología de las emociones es imposible de estructurar, y a lo largo de la vida los vaivenes de la realidad --de lo que las mayorías entienden por realidad-- son tan imprevisibles como las borrascas y anticiclones de la meteorología atmosférica. Lamento no poder ser más optimista, pero el único consejo moral que soy capaz de ofrecer a mis lectores desnortados es una vieja consigna, tan antigua como el mundo: sálvese quien pueda.

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jueves, 27 de abril de 2017
Bla bla bla
Uno había olvidado ya las históricas meteduras de pata del pobre presidente Carter. Uno después creyó que los balbuceos de George W. Bush terminarían siendo un caso aislado en la historia de la humanidad. En realidad, uno nunca entendió cómo era posible que existiera un solo ser humano capaz de votar a semejante cenutrio --salvo para evitar la catástrofe de que ganara Al Gore--. Pero después vino el gran Zapatero, el fantoche supremo, capaz de farfullar durante horas sin decir absolutamente nada, aunque seguido muy de cerca por el plúmbeo Obama, terapia pluscuamperfecta para las noches de insomnio.
De verdad, uno creía que estaba ya curado de espanto. Pero hete aquí que, casi de la nada, aparece repentinamente un brillante continuador de la saga, un nuevo genio de la estirpe de vendedores de crecepelo: Emmanuel Macron. Con sus aires trascendentes y su retórica embrollada, Macron, licenciado en filosofía, político de ocasión y ex paniaguado de la banca Rothschild, promete ser el deslumbrante Zapatero 2.0 de la vecina República Francesa. En el blog Acting Man acabo de leer un florilegio de declaraciones suyas dignas de figurar en el Guinness. Las reproduzco a continuación:
"La identidad es: 'A igual a A'. Existen como mínimo 'A's y 'B's. Yo no quería que A fuera igual a B"
"Usted no quiere vivir en una caja, ¿verdad? Yo, no. De modo que nuestra vida siempre sucede 'al mismo tiempo'. Es más compleja que aquello a lo que queremos reducirla"
"Siempre he aceptado la dimensión vertical, la trascendencia. Pero, al mismo tiempo, debe estar enteramente anclada en lo inmanente, en lo material"
"Yo, mi vida, mis recuerdos, están hechos de recuerdos infantiles de mi abuela y de aquel profesor de filosofía a quien nunca he visto... y sin embargo tengo la sensación de que conozco su cara"
"Lo que constituye el espíritu francés es una aspiración constante a lo universal. Es decir, esa tensión entre lo que ha sido y la parte de identidad... esa estricta mismidad, y la aspiración a un universal, que es como decir: lo que se nos escapa"
"Todos tenemos nuestras raíces. Y porque estamos profundamente enraizados, hay árboles junto a nosotros... hay ríos, hay peces... Hay hermanos y hermanas"
Es difícil evitar la impresión de que tanto Macron como sus antecesores en la retórica sonámbula son simplemente idiotas útiles, marionetas con boca de trapo. Marionetas de quién, probablemente nunca lo sabremos. Lo más a lo que podemos aspirar es lo que nos sugiere la vieja frase bíblica: "Por sus obras los conoceréis". En cualquier caso, estamos de enhorabuena: el tiempo se está deteniendo. Cada año que pasa se parece más que el anterior a 1984. ¿Por cuanto tiempo todavía? Nadie lo sabe. Habrá que preguntárselo a un tal Dorian Gray.
Chapeau, Monsieur Macron.

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lunes, 24 de abril de 2017
Palabras, palabras
'Semántica distribucional' es el pomposo nombre aplicado a un área de investigación que desde hace veinte años acapara prácticamente todas las publicaciones en el terreno de la lingüística. Para no haber conseguido nada en todo este tiempo, veinte años son muchos años, pero ello no impide que la teoría haya alcanzado unos niveles de complejidad desproporcionados. Y el proceso parece imparable.
No es difícil entender cómo se ha llegado a este punto. En los años 90, cuando Internet empezó a llegar a los usuarios no especializados, se hizo evidente que la futura Web no serviría de mucho sin una herramienta de búsqueda radicalmente nueva. Hasta entonces, Pepe podía llamar por teléfono a Lolita sólo si conseguía su número, o si conocía sus apellidos y consultaba el listín. En los casos dudosos la dirección de Lolita era una pista importante pero, a falta de un detective privado, Pepe no tenía manera de localizarla sabiendo sólo que era "aquella rubia alta que estudia biológicas y que el sábado pasado bebía daikiri en una discoteca de Ibiza".
La Web era cualitativamente distinta de la red telefónica. Muy pronto fue evidente que en pocos años se extendería por todo el planeta, y que ofrecería datos de cualquier tipo imaginable en todo tipo de formatos y soportes y en todos los idiomas conocidos. La pregunta inevitable era: ¿cómo estructurar tal avalancha de datos?
Antes de existir la Web, lo más parecido que conocíamos eran las bibliotecas. Para que los usuarios pudieran orientarse, el bibliotecario clasificaba los ejemplares en secciones o departamentos atendiendo a ciertos criterios, en ocasiones borrosos. ¿La Celestina es una obra de teatro o una novela? ¿Encajarán bien Corín Tellado y Finnegans Wake en una misma estantería? ¿Los ejemplares de autoayuda son libros de psicología o de humor? ¿Deberíamos poner juntos Das Kapital y Mein Kampf? ¿En qué momento empezó a ser un clásico La Montaña Mágica?
Desde luego, la estructura de las bibliotecas es más útil que la de un listín telefónico, pero aún insuficiente. En La Celestina, ya que hablamos de ella, hay una frase que exclama Calisto una noche ante la puerta de Melibea y que a mí me emocionó mucho cuando la leí. Recuerdo su contenido, pero no las palabras concretas. Ni siquiera recuerdo si el interlocutor de Calisto es Parmeno o Sempronio. Es de noche. Calisto quiere reunirse con su amada, pero la puerta de ella está cerrada y el criado así se lo hace ver. Entonces Calisto, encolerizado, exclama que un simple trozo de madera no puede ser un obstáculo para que su amor se consume. (En realidad la cosa es más sutil todavía porque, aunque nadie lo dice explícitamente, el verdadero problema no es la puerta, sino el padre de Melibea, que duerme en una de las habitaciones). Ahora explíqueme usted cómo localizo yo esa frase en una biblioteca sin necesidad de leerme el libro entero otra vez.
De hecho, ni siquiera en la Web conseguí localizarla hace algunos años. Tuve que leer de nuevo el libro -no hay mal que por bien no venga-, y fue así como descubrí que, en lugar de 'madera', Calisto había hablado de 'palo'. Hoy, varios años después de aquella búsqueda, he tardado mucho menos, pero aun así he necesitado leerme varias páginas del Acto XII hasta encontrar la frase (y averiguar, de paso, que el interlocutor de Calisto no es Parmeno ni Sempronio, sino la propia Melibea). El pasaje es el siguiente:
MELIBEA.- Las puertas impiden nuestro gozo, las cuales yo maldigo y sus fuertes cerrojos, y mis flacas fuerzas, que ni tú estarías quejoso ni yo descontenta.
CALISTO.- ¿Cómo, señora mía? ¿Y mandas que consienta a un palo impedir nuestro gozo? Nunca yo pensé que, demás de tu voluntad, lo pudiera cosa estorbar. ¡Oh molestas y enojosas puertas!, ruego a Dios que tal fuego os abrase como a mí da guerra, que con la tercia parte seríais en un punto quemadas.
Para localizar hoy estas frases no he necesitado consultar mi biblioteca, ni me he tenido que poner a hojear el libro sin saber por dónde empezar, y si hubiera recurrido a mi memoria habría fracasado estrepitosamente. Esta vez lo único que he necesitado ha sido un buscador. O, hablando en términos técnicos, un motor de búsqueda.
¿Cómo funciona un motor de búsqueda? En el caso de la frase de Calisto, no es difícil imaginarlo. En respuesta a las palabras "calisto melibea noche puerta", la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, que ha sido el primer resultado de mi indagación, me ha permitido acceder a un texto que contenía 8 veces la palabra 'noche', 12 veces 'puerta', 43 veces 'Calisto' y 31 veces 'Melibea'. No creo que haya otro documento en el planeta Tierra que contenga esas cuatro palabras con tal generosidad. Así pues, el único mérito del buscador ha sido, en este caso, la rapidez de la respuesta.
Sin embargo, si sustituyo 'puerta' por 'madera' el Acto XII desaparece de los resultados, que me remiten en cambio a los Actos XIV, VI, VII y IX. Aparentemente, el buscador desconoce algo para nosotros tan elemental como la relación entre el palo y la madera. Sin embargo, si pregunto sólo "palo madera", ese mismo buscador me ofrece diez millones de resultados. Lo que sucede, pues, no es que el buscador desconozca esa relación: sabe que existe, pero no lo que significa. Dicho de otro modo, los motores de búsqueda saben cuándo y cuánto usamos las palabras, pero no cómo ni por qué.
Tal vez estoy equivocado al hacer una afirmación así, pero el caso es que hasta la fecha nadie, que yo sepa, ha emprendido experimento alguno para demostrarla o refutarla de una vez por todas. ¿Cómo es posible eso?, se preguntará el cándido lector.
Se me ocurren dos respuestas, que en realidad son la misma: una ausencia palmaria de espíritu científico, compensada con creces por las ventajas de ser funcionario. Dame pan y dime tonto. Hubo un tiempo en que los científicos eran, simplemente, personas que se hacían preguntas y no se conformaban con cualquier respuesta, con independencia de que una universidad los acogiera o no en su seno. Lo que realmente contaba era la validez y solidez de sus argumentos. Es cierto, muchos de ellos tropezaron también con dificultades, y algunos tardaron incluso siglos en ser reconocidos pero, en lingüística al menos, el mundo académico actual es una fortaleza inexpugnable. Y subsidiada.
De modo que, deslumbrados por la posibilidad de juguetear con el ingente acervo de palabras que les ha empezado a ofrecer la tecnología digital, los burócratas/investigadores han aceptado sin discusión que la proximidad entre las palabras de un texto encierra el secreto de su significado. Así que, para descubrir ese secreto, lo único que hay que hacer es acumular una cantidad enorme de textos, convertirlos en vectores (en realidad, matrices o tensores), reducir su dimensión para hacerlos manejables y representar los resultados en forma de enigmáticas superficies o volúmenes, o tablas estadísticas.
Naturalmente, y pese al aspecto impresionante de tales resultados, nadie ha conseguido realmente mucho más que constatar que el burro y la serpiente pertenecen al reino animal, o que perder el tranvía tiene una cierta relación con llegar tarde al trabajo.
¿Estoy siendo demasiado sarcástico? Tal vez, pero llevo muchos años pensando en todas esas cosas, y todavía no he conseguido que nadie acuse recibo, no ya de mis respuestas, sino simplemente de mis preguntas. Yo creía que la ciencia era otra cosa, lo confieso.
¿Qué tipo de preguntas? Por ejemplo, si la proximidad entre palabras encierra el secreto de su significado ¿por qué las figuras que construimos durante una partida de dominó no tienen ningún significado? Dicho de otro modo, si reuniéramos un millón de configuraciones resultantes de otras tantas partidas de dominó y les aplicáramos un modelo de semántica distribucional, ¿alguien esperaría obtener algún mapa de significados mínimamente aceptable?
Otro ejemplo: en un artículo de los años 50 que es ya un clásico en ingeniería de la información, Claude E. Shannon explica cómo construir frases artificiales basándose no en el significado de las palabras, sino simplemente en la frecuencia con que escribimos unas a continuación de otras. El resultado es algo así como trocear tres mil telegramas y construir después un mensaje juntando unos cuantos trozos escogidos al azar. ¿Alguien esperaría encontrar algún significado o cosa similar después de procesar estadísticamente un millón de frases de ese tipo? Y, sin embargo, bastaría con llevar a cabo cualquiera de esos dos experimentos para refutar (o, cosa que dudo, validar) las bases teóricas de la semántica distribucional.
De hecho, si los delirios de la semántica distribucional tuvieran algún fundamento el manuscrito de Voynich habría sido ya descifrado hace mucho tiempo. Wilfrid Woynich, un librero polaco con un pasado revolucionario y una mente un tanto fantasiosa, compró a finales del siglo XIX un curioso manuscrito a un miembro de la orden jesuita, cuyas propiedades estaban siendo confiscadas por el nuevo Estado italiano. El manuscrito está escrito en un idioma hasta ahora indescifrable, contra el que se han estrellado algunos de los más brillantes expertos mundiales en criptografía.
Sus dos precedentes más conocidos fueron la piedra de Rosetta, una roca en la que pueden leerse tres versiones distintas de un edicto egipcio contemporáneo de Ptolomeo V, y lineal B, un sistema silábico de escritura micénica hablado en el siglo XV antes de nuestra era. Ambas lenguas fueron descifradas -tras ímprobos esfuerzos- gracias a los nombres propios que los investigadores consiguieron identificar en ellas, pero el manuscrito de Voynich no contiene ninguna referencia reconocible, y los estudiosos no han conseguido ponerse de acuerdo ni en una sola de las especies botánicas dibujadas en sus páginas. Sería el material perfecto para que un semántico distribucional se cubriera de gloria. Pues nada.
En los últimos tiempos, algunos investigadores han empezado a abordar la semántica distribucional desde una perspectiva más sensata. En lugar de buscar significados más o menos esotéricos en las estadísticas, hacen lo que cualquier persona con sentido común haría en su lugar: recurrir a referentes externos para calibrar los resultados. Es decir, a estructuras de conceptos lo más objetivas posible, externas al material con el que experimentan.
Inevitablemente -en mi opinión-, la única estructura de conceptos que terminará validando los experimentos será un modelo que explique correctamente el intrincado universo de la semántica. Para entender lo que quiero decir, imaginemos que un astrofísico provisto de un telescopio reúne un millón de fotografías del sistema solar. ¿Conseguirá deducir la ley de la gravitación universal procesando estadísticamente las fotografías? Es dudoso, pero lo que es indiscutible es que, si averiguamos la expresión matemática de esa ley, como hizo Newton, todas las fotografías del hacendoso astrofísico concordarán perfectamente con la fórmula de Newton.
Y lo que es más bochornoso: serán innecesarias.

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martes, 18 de abril de 2017
Personajes
Madame Bovary c'est moi!
¿Por qué razón querría un autor crear un personaje anodino? Más concretamente: un personaje anodino como protagonista de una novela. Me he hecho esa pregunta muchas veces, pero todavía no he encontrado una respuesta. En mis cuentos, los personajes son a veces un poco excesivos, y en ocasiones rayan en la caricatura. Según se mire, aspirar a penetrar en la mente humana puede ser una intromisión impúdica o un acto de arrogancia intelectual condenado, a largo plazo, al fracaso. Quizá por eso prefiero en ocasiones el trazo grueso, que también puede ser una forma de burlarse de todo. Un modesto acto de insolencia.
En mis dos novelas, en cambio, los protagonistas son desesperantemente insulsos. No tienen verdadera personalidad. Existen más bien como reflejo de su entorno, como la justificación pasiva de lo que sucede a su alrededor. Ni Elías Perera ni Manolo Zanzón son personajes con los que uno desearía quedarse varias horas atrapado en un ascensor. ¿De qué hablar con ellos? Y, sin embargo, para mí la tentación de crearlos fue irresistible.
... e la nave va
Ellos dos nacieron hace muchos años ya, en los 80. Elías terminó su viaje a Venecia, averiguó lo que su autor tramposamente quería que averiguara y, finalmente, desapareció en la última página con paradero desconocido. Nunca más volví a saber de él. Su coprotagonista, Hermann Segré, tuvo una presencia un poco más larga en mi vida. Reapareció en Roma algún tiempo después, en una especie de trío amoroso con su autor y una periodista que realmente existió, y por último mantuvo un rifirrafe unilateral con un editor barcelonés que se había negado a publicar sus andanzas. De resultas de aquella negativa su autor -es decir, yo- creó a Manolo Zanzón y emprendió con él un ambicioso recorrido de un siglo XX que por aquel entonces aún no había terminado. Y que tenía que haber terminado en el mismo lugar en el que había comenzado: la plaza de San Pedro. Concretamente, en el balcón papal.
Abandoné a Manolo a medio camino, en algún lugar de la provincia de Madrid, bruscamente apeado de un puesto de ministro, arrastrado después por una riada y arrancado de los brazos de una mujer que le era indiferente, preguntándose qué era lo que había fallado en su vida. Su autor se había hartado de sus andanzas y no tenía ganas de seguir. Escribir ¿para qué? Otros caminos más tentadores se habían abierto ante él -me refiero al autor-, y poco a poco se fue olvidando de Manolo.
Un mundo de espantapájaros
Pero nunca del todo, porque Manolo ha sido desde entonces uno de tantos proyectos vagamente pendientes de terminar. La cosa no tendría importancia si no fuera porque la historia inacabada de Manolo ocupa cerca de cuatrocientas páginas y le ha costado a su autor largas y penosas horas que podía haber dedicado a menesteres más gratificantes, incluso más banales. Escribir no es gratificante. En todo caso, gratifica el resultado final, la obra acabada, y sólo si uno la encuentra satisfactoria, cosa que no siempre sucede.
Además está el problema de la subjetividad, al que no voy a referirme ahora. De lo que quería hablar hoy es de los personajes insulsos. ¿Acaso son un trasunto de su autor? No me lo parece. Se me puede acusar de cualquier cosa menos de insulso. Quizá lo que sucede es que a ese autor siempre le han hecho sentir que no vale nada, y él ha terminado viéndose a sí mismo como un pelele zarandeado por el viento. Me apearé de la metáfora: zarandeado por personajillos perfectamente olvidables. Personajillos que, sin embargo, tienen mucha más relevancia social, profesional o científica que él.
Visto de esa manera, Elías y Zanzón serían simplemente dos espejos en los que la mediocridad circundante quedaría impresa como en una película fotográfica, y sus historias serían, en el fondo, relatos existenciales. Así, la irrelevancia de Elías y Zanzón serviría para denunciar un mundo absurdo y grotesco en el que los verdaderos valores, las cosas que realmente nos hacen humanos y nos deberían apasionar, brillarían tristemente por su ausencia.
Callejones sin salida
Apasionar es aquí la palabra clave. En Elías el apasionamiento iba germinando poco a poco, hasta terminar llevándolo du côté de chez Sigmund, tal como su autor quería. Justo cuando Elías descubre que no todo en la vida le es indiferente, su historia se termina, y nos deja con dos palmos de narices. Manolo, en cambio, cuatrocientas páginas después de nacer, sigue intelectualmente fofo como una medusa, pero en torno suyo han aparecido y desaparecido, como sombras chinescas, muchos personajes llenos de pasión y de vida: Federico, don Blas, Encarnación, el gran Gorgas, Juan Arveja. ¿Entonces...?
Lo que sucede es que, en la novela, todos esos personajes están fuera de lugar. Han tenido el infortunio de nacer en un mundo romo que se encoge de hombros ante sus anhelos. Ni siquiera ellos lo saben. Ellos son como niños: les apasiona la política, la robótica, el amor, la magia o el cerebro humano, pero ellos no lo consideran trascendente. En la mirada de su autor, su mundo es prístino y triste, y sus ilusiones terminarán siendo asimiladas, simplemente, como extravagancias.
Dos ríos que confluyen
Naturalmente, ese mundo es España, la gran trituradora de valores humanos, pero tampoco de eso quiero hablar hoy. Allá ellos. Lo que quiero dilucidar hoy aquí es si voy a retomar las andanzas de Manolo Zanzón, y por qué. Y para qué.
En realidad, para nada. Escribir, para mí, es ya algo secundario, algo que me sé capaz de hacer pero que no me colma de satisfacción como me colmarían otros anhelos. Quizá lo que sucede es que, muchos años después de Ruede la luna, el autor y Zanzón han confluido en su insignificancia, y esto explicaría el porqué del párrafo anterior. Escribir porque todo lo demás no tiene ya sentido, escribir porque todos los demás caminos están tapiados, porque al menos de vez en cuando, en mitad de la noche, algún fogonazo inesperado, alguna feliz combinación pirotécnica quizá acierte a deslumbrar a algún alma suficientemente cándida. Escribir porque qué más da.
En la historia de la literatura no creo que haya habido muchos autores que hayan escrito porque qué más da, lo cual me convertiría, al menos, en un autor singular.
Menos da una piedra.
Entre tanto, ¿qué es lo que está sucediendo en la vida de Zanzón?
No gran cosa. Se encuentra indeciso. No sabe qué camino tomar, ni por qué ni para qué (me suena). Hay muchos personajes que van a su encuentro, pero todavía no han llegado, y en este momento todavía está solo.
O casi. Porque, para aliviar su soledad frente a aquel órgano que todavía no sabe cómo tocar, en aquella iglesia vacía de aquel pueblo desierto azotado por el viento, he pensado en conseguirle una armónica.

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domingo, 26 de marzo de 2017
Espejos torcidos
El nuevo gobierno de esta comunidad autónoma acaba de promulgar una nueva ley de educación que, en la práctica, conduce a la inmersión lingüística en valenciano por vía acelerada. Si los ciudadanos sensatos no se oponen eficazmente -y tengo serias sospechas de que eso no sucederá-, un niño español hijo de una ecuatoguineana y un francés, cuya familia no sienta ningún apego especial por la paella, los petardos, el idioma valenciano o la anguila en all i pebre, ni tenga intención alguna de que el niño se arraigue de por vida en una región provinciana en que los homínidos son legión, se verá obligado a aprender historia, literatura, geografía y ciencias en una lengua hablada por apenas dos millones de personas, en detrimento de otra lengua, igualmente oficial, hablada por 300 millones en todo el mundo.
No sólo eso, sino que, considerando que la ley es fruto de un movimiento psicopatológico que lleva años copando los puestos clave de la enseñanza en esta irrelevante región del planeta, el niño terminará sus estudios sin saber quiénes eran Góngora, la Malinche, María Pita o Leonardo Torres Quevedo, y algún día se sorprenderá descubriendo que el Duero o el Támesis no son una marca de zapatos o una cadena de comida rápida.
Hace años, cuando me fui de Suiza para instalarme en Barcelona, una de las primeras cosas que hice fue buscar contactos relacionados con la lingüística en aquella ciudad. Al poco tiempo -en los primeros años 90- me conecté a Internet, y en seguida me zambullí en los foros y en los newsgroups para averiguar qué se cocía en el mundo de la lingüística en español. Cuál fue mi sorpresa cuando descubrí que los únicos resultados de mis búsquedas eran intercambios groseros de insultos a favor y en contra del idioma catalán. Ni asomo de interés científico. Mientras en inglés había centenares de newsgroups dedicados a intercambiar conocimientos, los homínidos españoles sólo parecían interesados en arrojarse basura a la cara con argumentos que, siendo benevolente, calificaré de pueblerinos.
Trece años después tiré la toalla y decidí rehacer mi vida en otro lugar en que el poder no estuviera en manos de psicópatas. Me decidí por Valencia, sin ningún entusiasmo. Madrid es una ciudad que detesto visceralmente, y en Valencia tenía al menos algunos viejos amigos que me podían servir de referencia. No era gran cosa, pero Barcelona se había vuelto ya insoportable, no sólo por la arrogancia humillante de los psicópatas, sino por la indiferencia borreguil de los humillados. Una pesadilla.
Otros trece años después, Valencia empieza también a ser insoportable. Es una epidemia. ¿Qué sucede con España? ¿Por qué ese provincianismo obsesivo de los españoles? ¿Por qué esa obsesión permanente por aprender inglés y esa incapacidad enfermiza para aprenderlo? ¿Por qué esa obsesión medieval por el football, las tribus y los territorios? ¿Por qué no me pueden dejar ya en paz con sus lenguas, sus fiestas regionales y sus autonomías? ¿Por qué ese empeño inquisitorial en proscribir las diferencias y en hacer la vida imposible a quienes simplemente pasamos por aquí? ¿Qué carajo les pasa a estos aborígenes?
Llevo años haciéndome esas preguntas. Durante algún tiempo creí que había otros españoles que, como yo, se resistían a la neurosis tribal, pero era un espejismo. Por poner un ejemplo, uno de los más notorios es un narcisista locutor de radio que, un dia sí y otro también, se jacta del frío que hace en su pueblo y exalta machaconamente las hazañas de su equipo de football. Por otra parte, en los medios de comunicación, todos cuantos denuncian el aniquilamiento de la cultura española en Cataluña declaran fervientemente sentirse "catalanes y españoles". Por lo visto, no les parece concebible sentirse sólo español, o lituano, y residir en Cataluña, quizá porque uno ha encontrado trabajo allí o, simplemente, porque ha decidido pasar allí una temporada.
No. El modelo es territorial. Uno nace en una tierra, es de esa tierra, habla la lengua de esa tierra -y el inglés, algún día remoto que nunca termina de llegar-, se alimenta de los embutidos de esa tierra, se regocija con las fiestas patronales, y de la cuna a la sepultura formará parte inseparable del paisaje, como los árboles. En el inconsciente colectivo de este país los españoles no tienen piernas, sino raíces.
Cuando pienso en todas estas cosas me vienen a la mente aquellas casetas de los antiguos parques de atracciones en las que uno podía mirarse en espejos deformados. Los cuellos de jirafa, las papadas de buey o las patitas de enano eran muy graciosas porque uno sabía que, cuando regresara a casa y se volviera a mirar en un espejo, se vería otra vez tal como era. La labor de zapa de los nacionalismos regionales ha consistido en sustituir los espejos normales por espejos de feria, hasta conseguir que la mayoría de la población confunda sinceramente su cráneo con un huevo de avestruz.
Algo parecido sucedió en los regímenes totalitarios del siglo XX. Los nazis consiguieron convencer a muchos alemanes de que pertenecían a una raza superior, y la ciencia soviética produjo aberraciones tan pintorescas como la interpretación determinista de la mecánica cuántica o la burda teoría genética de Lyssenko. Pero, si investigamos un poco, probablemente averiguaremos que ninguna de esas aberraciones fue fruto del azar. El tratado de Versalles, en el caso de Alemania, y un largo pasado zarista en Rusia fueron los factores históricos cuya persistencia terminó deformando los espejos en aquellos dos países. Pero ¿cuándo se torcieron los espejos en España?
Yo no sé mucho de historia, pero sí sé que España es fruto de ocho siglos de guerras territoriales y que la iglesia católica aplastó sistemáticamente toda disidencia en los territorios conquistados. Durante ochocientos años, generación tras generación, los pueblos, las comarcas y las provincias de España se iban definiendo en términos de territorio ganado al enemigo y de pleitesía a la única religión verdadera. El resultado fue un país de tribus aglutinadas por una religión totalitaria.
Por eso los españoles son tribales y totalitarios. A lo largo de su historia moderna, España no ha terminado nunca de regurgitar la reconquista. Cuatro guerras civiles, una explosión cantonalista, un siglo de pronunciamientos y la actual estructura de caciquismos autonómicos son, en el fondo, eructos históricos de un tiempo en que la supervivencia dependía de en qué manos cayera mi pueblo, mi valle o mi comarca. Delirios falangistas aparte, la dictadura de Franco se valió del único aglutinante real que tenía: la vieja iglesia católica del concilio de Trento. Pero, bajo la influencia del turismo, la autoridad de la iglesia católica se fue desmoronando y, para agravar las cosas, en los años 60 el concilio Vaticano II la arrojó en brazos del marxismo militante.
En otras palabras: no sólo la iglesia católica dejó de cohesionar España, sino que una parte de ella se alió con el enemigo. Y el enemigo -la izquierda no democrática, que era la única oposición real a la dictadura-, siguiendo una vieja táctica leninista, se alió con los nacionalistas para derrocar a Franco. El resultado fue un resurgimiento de la España tribal y una glorificación de los nacionalismos locales como vanguardia de la lucha por la libertad. En otras palabras: la Constitución de 1978. Espejos torcidos.
Naturalmente, esto no puede acabar bien. Los espejos están ya demasiado torcidos, y mientras las autonomías conserven las competencias de educación sólo podrán seguir torciéndose. La única solución implicaría recuperar esas competencias y emprender un proyecto de envergadura histórica que enseñe a nuestros futuros ciudadanos dónde están todos los ríos del mundo, que les explique los horrores causados por el socialismo en la historia de la humanidad, que inculque en los niños la curiosidad, el espíritu crítico y el amor por la ciencia, y que les enseñe realmente inglés y los saque de una España enquistada en la Historia y que, pese a las apariencias, apenas ha cambiado desde los tiempos de Vetusta.
Me temo que es mucho pedir.

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Palabras clave: autonomías, caciques, España, Iglesia católica, provincianismo, Reconquista, supremacismo, tribus
domingo, 5 de marzo de 2017
La policía del pensamiento
“Aún estaban aquellas palabras en boca del rey cuando una voz descendió del cielo:
- Nabucodonosor: serás desposeído de tu reino y expulsado de entre los hombres. Habitarás con los animales silvestres, y como a los bueyes te apacentarán. Siete periodos de tiempo pasarán hasta que reconozcas que el Altísimo gobierna el reino de los hombres y lo entrega a quien El quiere.
Al instante se cumplieron aquellas palabras, y Nabucodonosor fue expulsado de entre los hombres. Comía hierba como los bueyes y su cuerpo se mojaba con el rocío del cielo, hasta que su cabello creció como plumaje de águila y sus uñas como uñas de ave.”
Algunos autores han interpretado este pasaje del Antiguo Testamento (Daniel, 4:33) como el primer caso conocido de zoantropía. Es decir, de un raro síndrome consistente en creerse un animal y comportarse como tal.
Un texto tan escueto como este pasaje bíblico difícilmente permite deducir que Nabucodonosor sufriera realmente un acceso de zoantropía. Sin embargo, si atendemos a la tradición persa, en el siglo I el emir Abu Táleb Rostam padeció un trastorno similar, del que fue curado por Avicena. El emir había afirmado ser una vaca, en prueba de lo cual prorrumpía en mugidos y pedía ser sacrificado y entregado a un cocinero.
Medio siglo antes había llegado a Armenia un grupo de monjas huyendo de Roma, donde habían padecido persecución por profesar la fe cristiana. El rey Tiridates III, que había oído ensalzar la belleza de una de aquellas monjas, las mandó llamar y pidió a la bella religiosa en matrimonio. La monja se negó, y entonces el rey ordenó torturar y dar muerte a todas ellas, después de lo cual cayó enfermo y, siempre según la leyenda, se dedicó a merodear por el bosque, donde se comportaba como un oso salvaje.
No tan legendarias fueron las observaciones del médico luterano Johann Weyer, que en el siglo XVI describió por primera vez los síntomas de lo que todavía hoy conocemos como 'licantropía', consistente en que el afectado está convencido de ser un lobo o de transformarse en él. Según Weyer, los afectados por este síndrome presentaban palidez, ojeras, sequedad en la lengua y una intensa sed, y sus ojos aparecían secos y mortecinos.
Ciertamente la medicina de aquella época, basada en sangrías, sanguijuelas y brebajes de dudosa composición, no nos merece hoy mucha credibilidad, pero más recientemente el hospital psiquiátrico McLean, de Massachusetts, ha dado a conocer cierto número de casos en que los pacientes estaban convencidos de ser o haber sido algún animal. No sólo eso, sino que para demostrarlo aullaban a la luna, ladraban o reptaban, y afirmaban tener garras, pelaje, pezuñas, etc. Algunos de ellos, incluso, se habían echado al monte y habían adoptado la dieta del animal que decían encarnar.
Si repasamos la bibliografía médica de 2004 a esta parte encontraremos todavía más casos de zoantropía, en los que el paciente afirma ser un perro, un gato, una hiena, un pájaro, un tigre, una rana, una serpiente, o incluso una abeja. En un curioso caso descrito en 1989, el paciente decía haberse transformado primero en perro, a continuación en caballo y, por último, en gato. Tras el tratamiento, el paciente se declaró curado.
En dos de estos casos se practicaron pruebas de imaginización del tejido cerebral, que evidenciaron una activación inhabitual de las areas del cerebro relacionadas con la forma de los respectivos animales. En otras palabras, los pacientes realmente percibían tener una forma distinta de la suya propia.
Como es evidente, todos estos diagnósticos estaban basados en un principio de sentido común: ninguna de aquellas personas era un perro, un lobo o una serpiente. Por mucho que argumentaran, ladraran, aullaran o reptaran, cualquiera podía comprobar con sus propios ojos que se trataba de seres humanos con sus brazos, sus piernas y su facultad de hablar. Ninguno de ellos respondía a la definición de can o de reptil, y todos ellos encajaban perfectamente en la definición de persona.
Ese mismo criterio es el que aplicamos a los sexos, hoy llamados -confusamente- 'géneros'. Si una persona tiene genitales inequívocamente masculinos al nacer, entonces es un hombre, y si sus genitales son inequívocamente femeninos, será una mujer. No es que nadie le 'asigne' la clasificación de hombre o mujer, sino que encaja perfectamente en la definición de su sexo y no en la otra. Nadie 'asigna' a un calvo el adjetivo 'calvo': definimos como calva a la persona que carece de cabello, y si resulta que usted está en ese caso, pues entonces usted es calvo.
En los últimos tiempos se está extendiendo una ideología consistente en tergiversar los conceptos para culpabilizar a quien los usa, en favor de la ideología del tergiversador. Es la ideología de la corrección política.
La corrección política consiste en hacernos sentir culpables si decimos 'negro', 'gitano', 'moro', '[la] concejal', 'musulmán', 'portera', 'inválido', 'ilegal', 'vagabundo', 'marica', 'tortillera', 'ciego', 'travesti', 'cojo' o 'sirvienta'. Otros términos, en cambio, como 'España', 'nazi, 'capitalista', 'casposo', 'machista', 'facha', 'derechista', 'patriarcal', 'insolidario' o 'liberal', que sí son usados en sentido abiertamente despectivo, no sólo están autorizados por la ideología, sino que son proferidos a todas horas en casi todos los medios de comunicación (y algunos de ellos incluso en las escuelas). La costumbre se va extendiendo, y con ella la ideología, insensiblemente, va calando.
Una ideología es una estructura de conceptos que justifica el poder. Gracias a tales ideologías 'progresistas' y a los medios de comunicación, muchos lobbies han conseguido acceder a parcelas del poder en el último cuarto de siglo, cada uno con su matraca particular: nacionalistas regionales, feministas, ecologistas, defensores de sexualidades alternativas, actores de cine (los intelectuales son ya una especie desaparecida), periodistas, anticlericales, propagandistas de la medicina preventiva. Ellos son la nueva cara del poder, las nuevas tribus que han venido a reemplazar el antiguo cocktail de falangistas, opusdeístas, nacionalcatolicistas y franquistas que hace medio siglo protagonizaba la actualidad nacional.
Los mismos perros con distintos collares. Pero nadie repara en que la realidad y la lógica permitirían sumirlos sin mucho esfuerzo en graves contradicciones. 'Casposa', por ejemplo, es la teoría marxista, que data de hace ya 150 años. Tildar a alguien de 'insolidario' es un insulto al colectivo autista. Atacar a los 'liberales' implica atacar la libertad. Denunciar el 'patriarcado' es una afrenta a muchas -y por lo visto sacrosantas- culturas aborígenes. Defender a los homosexuales, o la separación religión-estado, es un ultraje a los principios musulmanes. Un verdadero ecologista permitiría que la especie humana tuviera predadores, por ejemplo de sus propios hijos. Luchar contra el calentamiento global discrimina injustamente al colectivo de frioleros. Y el voto femenino en España fue posible gracias a la derecha, contra el deseo de la izquierda. Amigos políticamente correctos: ¿de qué estamos hablando?
Pues así están las cosas.

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Palabras clave: confusión, corrección política, hombre lobo, sexualidad
domingo, 5 de febrero de 2017
Inquilinos

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sábado, 4 de febrero de 2017
La era del ruido
Cantando bajo la lluvia
De repente uno mira a su alrededor y se da cuenta de que el mundo, imperceptiblemente, ha ido cambiando hasta volverse grotesco y absurdo.
Y lo peor de todo: llueve.
Es mucho peor que un aguacero, o una tempestad. Es un túnel de lavado permanente. Llueve, y ni siquiera se nos había ocurrido ponernos impermeable. Llueve cuando encendemos el televisor, cuando nos conectamos a Internet. Llueve en las galerías de los centros comerciales y en los pasillos abarrotados de los bazares made in China, bajo la maraña de cámaras de circuito cerrado que acechan el paisaje urbano, en las noticias de la radio, en las bibliografías académicas. Diluvia en las pantallas de los teléfonos móviles, en las colas de los aeropuertos, en las carreteras repletas de vehículos y señales y controles, caen chuzos de punta en las calles llenas de perros, en las banalidades cotidianas, en las creencias irreflexivas empapadas de ideología. Llueve y llueve día y noche, hora tras hora y minuto tras minuto, dentro de mis fronteras y fuera de ellas, y con tal intensidad que cada día es más difícil distinguir las siluetas que nos rodean. Estamos en la era del ruido.
Panem, android et circenses
Hace ya tiempo que soy incapaz de creerme ninguna noticia, y hace más tiempo aún que siento que he perdido la libertad. Irremediablemente. Veo una película inteligente de cada cien. Hace poco era una de cada diez, y dentro de nada será una de cada mil, de cada millón. Y toda esta noria gigantesca que da vueltas vertiginosamente es hoy el sucedáneo de la libertad. Un tambor de lavadora. Un túnel de lavado.
Hace sólo unos años creía en las botellas con mensajes arrojadas al océano, pero ya nadie busca botellas con mensajes, y de cualquier modo los mensajes tampoco pueden exceder de 140 caracteres. Así, cualquier mentecato sin neuronas puede ahora añadir gotas a la tempestad, estrépito a la noria: ruido.
Un carnaval permanente
Cúbrase usted de tatuajes, envíe montañas de selfies, escriba jajaja. Regale porque ya es primavera. Culpabilícese por el cambio climático y tiemble frente al colesterol. Sea solidario, de palabra nada más, claro. Rechace la violencia machista, póngase casco hasta en la bicicleta y no olvide nunca el cinturón de seguridad. Compréndalo, es por su bien. Y beba litros de agua. Mineral, por supuesto; faltaría más.
Este es mi mundo hoy. Un mundo conformista en lo importante, de slogans en lo sectario. Un mundo de apariencias y tabúes, de espejos donde mirarse y de espejismos con que engañarse. Un universo sin horizontes, vaciado de dignidad, superficial y medroso. ¡Bienvenidos al carnaval! (en la cubierta del Titanic).
Las estatuas de sal nuncan da la espalda
Los dictadores del siglo XX fueron idealistas. Terrible error. Prometer la eternidad sin entender que el mundo se acabará mañana. La eternidad, naturalmente, acabó en tragedia, y desde entonces el mensaje que subyuga a las masas es: seguridad.
Ese es el mensaje. Pero está disfrazado. De libertad.
Un disfraz grotesco en un mundo de avestruces.
Pero a quién le podría importar. Hagamos lo que hagamos, el mundo siempre se acabará mañana.

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Palabras clave: acrítico, conformismo, grotesco, individualidad, manipulación
domingo, 22 de enero de 2017
Childhood
Unhappiness in a child accumulates because he sees no end to the dark tunnel. The thirteen weeks of a term might just as well be thirteen years.
Graham Greene
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Palabras clave: child, Greene, unhappiness