domingo, 26 de marzo de 2017

Espejos torcidos

El nuevo gobierno de esta comunidad autónoma acaba de promulgar una nueva ley de educación que, en la práctica, conduce a la inmersión lingüística en valenciano por vía acelerada. Si los ciudadanos sensatos no se oponen eficazmente -y tengo serias sospechas de que eso no sucederá-, un niño español hijo de una ecuatoguineana y un francés, cuya familia no sienta ningún apego especial por la paella, los petardos, el idioma valenciano o la anguila en all i pebre, ni tenga intención alguna de que el niño se arraigue de por vida en una región provinciana en que los homínidos son legión, se verá obligado a aprender historia, literatura, geografía y ciencias en una lengua hablada por apenas dos millones de personas, en detrimento de otra lengua, igualmente oficial, hablada por 300 millones en todo el mundo.

No sólo eso, sino que, considerando que la ley es fruto de un movimiento psicopatológico que lleva años copando los puestos clave de la enseñanza en esta irrelevante región del planeta, el niño terminará sus estudios sin saber quiénes eran Góngora, la Malinche, María Pita o Leonardo Torres Quevedo, y algún día se sorprenderá descubriendo que el Duero o el Támesis no son una marca de zapatos o una cadena de comida rápida.

Hace años, cuando me fui de Suiza para instalarme en Barcelona, una de las primeras cosas que hice fue buscar contactos relacionados con la lingüística en aquella ciudad. Al poco tiempo -en los primeros años 90- me conecté a Internet, y en seguida me zambullí en los foros y en los newsgroups para averiguar qué se cocía en el mundo de la lingüística en español. Cuál fue mi sorpresa cuando descubrí que los únicos resultados de mis búsquedas eran intercambios groseros de insultos a favor y en contra del idioma catalán. Ni asomo de interés científico. Mientras en inglés había centenares de newsgroups dedicados a intercambiar conocimientos, los homínidos españoles sólo parecían interesados en arrojarse basura a la cara con argumentos que, siendo benevolente, calificaré de pueblerinos.

Trece años después tiré la toalla y decidí rehacer mi vida en otro lugar en que el poder no estuviera en manos de psicópatas. Me decidí por Valencia, sin ningún entusiasmo. Madrid es una ciudad que detesto visceralmente, y en Valencia tenía al menos algunos viejos amigos que me podían servir de referencia. No era gran cosa, pero Barcelona se había vuelto ya insoportable, no sólo por la arrogancia humillante de los psicópatas, sino por la indiferencia borreguil de los humillados. Una pesadilla.

Otros trece años después, Valencia empieza también a ser insoportable. Es una epidemia. ¿Qué sucede con España? ¿Por qué ese provincianismo obsesivo de los españoles? ¿Por qué esa obsesión permanente por aprender inglés y esa incapacidad enfermiza para aprenderlo? ¿Por qué esa obsesión medieval por el football, las tribus y los territorios? ¿Por qué no me pueden dejar ya en paz con sus lenguas, sus fiestas regionales y sus autonomías? ¿Por qué ese empeño inquisitorial en proscribir las diferencias y en hacer la vida imposible a quienes simplemente pasamos por aquí? ¿Qué carajo les pasa a estos aborígenes?

Llevo años haciéndome esas preguntas. Durante algún tiempo creí que había otros españoles que, como yo, se resistían a la neurosis tribal, pero era un espejismo. Por poner un ejemplo, uno de los más notorios es un narcisista locutor de radio que, un dia sí y otro también, se jacta del frío que hace en su pueblo y exalta machaconamente las hazañas de su equipo de football. Por otra parte, en los medios de comunicación, todos cuantos denuncian el aniquilamiento de la cultura española en Cataluña declaran fervientemente sentirse "catalanes y españoles". Por lo visto, no les parece concebible sentirse sólo español, o lituano, y residir en Cataluña, quizá porque uno ha encontrado trabajo allí o, simplemente, porque ha decidido pasar allí una temporada.

No. El modelo es territorial. Uno nace en una tierra, es de esa tierra, habla la lengua de esa tierra -y el inglés, algún día remoto que nunca termina de llegar-, se alimenta de los embutidos de esa tierra, se regocija con las fiestas patronales, y de la cuna a la sepultura formará parte inseparable del paisaje, como los árboles. En el inconsciente colectivo de este país los españoles no tienen piernas, sino raíces.

Cuando pienso en todas estas cosas me vienen a la mente aquellas casetas de los antiguos parques de atracciones en las que uno podía mirarse en espejos deformados. Los cuellos de jirafa, las papadas de buey o las patitas de enano eran muy graciosas porque uno sabía que, cuando regresara a casa y se volviera a mirar en un espejo, se vería otra vez tal como era. La labor de zapa de los nacionalismos regionales ha consistido en sustituir los espejos normales por espejos de feria, hasta conseguir que la mayoría de la población confunda sinceramente su cráneo con un huevo de avestruz.

Algo parecido sucedió en los regímenes totalitarios del siglo XX. Los nazis consiguieron convencer a muchos alemanes de que pertenecían a una raza superior, y la ciencia soviética produjo aberraciones tan pintorescas como la interpretación determinista de la mecánica cuántica o la burda teoría genética de Lyssenko. Pero, si investigamos un poco, probablemente averiguaremos que ninguna de esas aberraciones fue fruto del azar. El tratado de Versalles, en el caso de Alemania, y un largo pasado zarista en Rusia fueron los factores históricos cuya persistencia terminó deformando los espejos en aquellos dos países. Pero ¿cuándo se torcieron los espejos en España?

Yo no sé mucho de historia, pero sí sé que España es fruto de ocho siglos de guerras territoriales y que la iglesia católica aplastó sistemáticamente toda disidencia en los territorios conquistados. Durante ochocientos años, generación tras generación, los pueblos, las comarcas y las provincias de España se iban definiendo en términos de territorio ganado al enemigo y de pleitesía a la única religión verdadera. El resultado fue un país de tribus aglutinadas por una religión totalitaria.

Por eso los españoles son tribales y totalitarios. A lo largo de su historia moderna, España no ha terminado nunca de regurgitar la reconquista. Cuatro guerras civiles, una explosión cantonalista, un siglo de pronunciamientos y la actual estructura de caciquismos autonómicos son, en el fondo, eructos históricos de un tiempo en que la supervivencia dependía de en qué manos cayera mi pueblo, mi valle o mi comarca. Delirios falangistas aparte, la dictadura de Franco se valió del único aglutinante real que tenía: la vieja iglesia católica del concilio de Trento. Pero, bajo la influencia del turismo, la autoridad de la iglesia católica se fue desmoronando y, para agravar las cosas, en los años 60 el concilio Vaticano II la arrojó en brazos del marxismo militante.

En otras palabras: no sólo la iglesia católica dejó de cohesionar España, sino que una parte de ella se alió con el enemigo. Y el enemigo -la izquierda no democrática, que era la única oposición real a la dictadura-, siguiendo una vieja táctica leninista, se alió con los nacionalistas para derrocar a Franco. El resultado fue un resurgimiento de la España tribal y una glorificación de los nacionalismos locales como vanguardia de la lucha por la libertad. En otras palabras: la Constitución de 1978. Espejos torcidos.

Naturalmente, esto no puede acabar bien. Los espejos están ya demasiado torcidos, y mientras las autonomías conserven las competencias de educación sólo podrán seguir torciéndose. La única solución implicaría recuperar esas competencias y emprender un proyecto de envergadura histórica que enseñe a nuestros futuros ciudadanos dónde están todos los ríos del mundo, que les explique los horrores causados por el socialismo en la historia de la humanidad, que inculque en los niños la curiosidad, el espíritu crítico y el amor por la ciencia, y que les enseñe realmente inglés y los saque de una España enquistada en la Historia y que, pese a las apariencias, apenas ha cambiado desde los tiempos de Vetusta.

Me temo que es mucho pedir.

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