domingo, 10 de octubre de 2010

(Meta)física recreativa: Hawking y Penrose en el País de las Maravillas

Desde tiempo inmemorial, el ser humano necesita ver signos reveladores en las montañas, en las nubes, en las entrañas de sus víctimas o en las estrellas. Probablemente es una cualidad intrínseca de nuestro cerebro, que sólo la ciencia ha conseguido, a duras penas, mantener a raya. Desde la mirada protectora del Sagrado Corazón de Jesús presidiendo la cama de matrimonio hasta los arcanos del I Ching o el oráculo de Delfos, las 'revelaciones', religiosas o profanas, son para muchos un bálsamo que mitiga la dificultad de coexistir con dos misterios difícilmente soportables: el pasado, y el futuro.

Después de largos siglos de religión y de fantasías aristotélicas, Galileo, Newton y Maxwell asentaron por fin la física en tres sólidos pilares que nos aportaron una visión del mundo coherente y previsible. Hasta tal punto que, en los mismos días en que Max Planck publicaba sus observaciones sobre la radiación del cuerpo negro, los físicos más eminentes declaraban solemnemente que, en física, todo estaba ya descubierto. Después de Planck vino la mecánica cuántica, ese extraño mundo en el que una partícula elemental atraviesa de cuando en cuando la pared contra la que usted y yo rebotaríamos y, por si fuera poco, es capaz de desdoblarse, comportarse como una onda e interferir consigo misma. Al mismo tiempo, la teoría de la relatividad nos explicaba que en realidad las manzanas caen porque, a su alrededor, el espacio está curvado, y que, si uno viaja a una velocidad suficiente, puede sobrevivir a sus tataranietos sin necesidad de preocuparse por el colesterol.

Entusiasmados por todas aquellas innovaciones, los físicos se abandonaron a la tentación de extrapolar: ¿tiene un origen el Universo?, ¿terminará algún día? Hasta los años 20 del siglo XX, se pensaba que no. Un Universo eterno era filosóficamente conveniente, ya que descartaba la necesidad de un Creador, y es sabido que, desde Miguel Servet, la religión y la ciencia estaban a mal traer. Cuando, en 1929, Edwin Hubble descubrió que las galaxias se alejaban unas de otras y, por lo tanto, que el Universo se expande, una nueva teoría fue inevitable: si invertimos el sentido del tiempo, una expansión se convierte en una contracción, y las contracciones, idealmente, terminan en un punto: el origen del Universo era, pues, una explosión puntual. Fred Hoyle, que defendía tenazmente la teoría del Universo perpetuo, se refirió despectivamente a la nueva teoría como el "Big Bang" (el Gran Petardazo).

Sin embargo, el Big Bang se impuso y, con algunas modificaciones, se convirtió en la teoría imperante. Pero la curiosidad humana se crece ante las fronteras, y pronto algunos empezaron a preguntarse lo que había sucedido antes del Big Bang. Si entendemos el Big Bang como una 'singularidad' (en lenguaje matemático, una densidad infinita concentrada en un solo punto), la pregunta carece de sentido, porque las leyes de la física, al menos tal como las conocemos, comienzan con el Big Bang y, sea cual sea la información que pudiera llegar a él desde su pasado, tendría que comprimirse infinitamente para atravesar por un punto y quedaría destruida. ¿Se han arredrado los físicos ante esta consideración?

Más bien al contrario. Como en los aciagos tiempos de la Edad Media, las especulaciones florecen, propician polémicas y se disputan los favores del público en esta nueva era dominada por los mass-media. Stephen Hawking y Roger Penrose no se han quedado al margen de esta pirotecnia y, en sus dos recientes libros (The Grand Design, Bantam Press, 2010, y Cycles of Time, The Bodly Head, 2010), ponen también su granito de arena. En otras palabras: sí, especulan.

Si el Universo comenzó siendo un punto, para estudiar sus orígenes tendremos que basarnos en las leyes de lo infinitamente pequeño. Es decir, de la mecánica cuántica. En particular, tendremos que atribuir al naciente Universo la propiedad de evolucionar siguiendo múltiples caminos al mismo tiempo. ¿Cuantos caminos? Todos. Como parece evidente que nosotros habitamos en un solo Universo, los otros tendrán forzosamente que ser distintos del nuestro. Además, siguiendo los razonamientos de la mecánica cuántica, tendrán que ser infinitos y diferentes entre sí. Es decir, sus leyes físicas serán diferentes, lo cual implica que algunos no conseguirán sobrevivir mucho tiempo, y que en muchos de ellos las estrellas no conseguirán fabricar carbono y, por lo tanto, sus planetas no podrán albergar seres vivos, tal y como nosotros los conocemos. ¿Darwinismo cósmico? El propio Hawking utiliza esta expresión para referirse a este modelo teórico, que más propiamente se denomina 'multiverso'.

Penrose, en cambio, aborda el tema desde un punto de vista radicalmente distinto. En términos simplificados, la segunda ley de la termodinámica dicta que el orden terminará inexorablemente convirtiéndose en desorden (y definiendo, de ese modo, la dirección del tiempo). A pesar de lo que nos pueda parecer, no es absolutamente imposible que al frotar una vieja lámpara el polvo resultante adopte la forma de un genio y nos pida un deseo, pero sí es extremadamente improbable. Tanto que, si alguna vez nos sucede, será mucho más probable que estemos siendo víctimas de una alucinación.

El desorden del Universo tiende, pues, a aumentar irreversiblemente, lo cual tiene dos consecuencias lógicas: en sus comienzos, el orden en el Big Bang era total y, en su estado final, el Universo estará dominado por el desorden total. Pero, sin necesidad de llegar a fechas tan lejanas, hay un tipo de procesos que representa también, en cierta manera, el final de las leyes físicas: los agujeros negros. ¿Qué sucede en el interior de un agujero negro? Nadie que se aventure a averiguarlo podrá explicárnoslo, porque allí dentro la gravedad es tan intensa que las trayectorias rectilíneas son imposibles, y toda información emitida retornará indefectiblemente al punto de partida. Sin embargo, de los agujeros negros sabemos algunas cosas. Por ejemplo, que en su interior el desorden -los físicos lo llaman 'entropía'- es máximo. O que, según demostró Stephen Hawking en 1974, emiten radiación y, por consiguiente, al cabo de millones de años terminarán evaporándose.

Los agujeros negros son, en cierto sentido, todo lo contrario del Big Bang. En el origen del Universo, las condiciones eran, por así decirlo, angelicales: orden perfecto, y ausencia de masa. Los agujeros negros, en cambio, son acumulaciones infernales de masa, posiblemente infinitas, en las que el desorden es prácticamente total. Sin embargo, si los agujeros negros terminan evaporándose, el destino final del Universo será un inmenso océano frío cuya geometría podría ser compatible con el nacimiento de otro Universo. O, más bien, con el renacimiento del que ya conocemos. Dicho de otro modo: el eterno retorno.

Naturalmente, para que esa transición sea posible hay dos grandes escollos que habría que salvar. El desorden total tendría que convertirse en orden total, y la masa tendría que desaparecer. Mediante razonamientos geométricos y una fuerte dosis de especulación, Penrose se las arregla para sugerir que ambas cosas son posibles, e incluso cree advertir en la radiación cósmica de fondo ciertos indicios que confirmarían sus conjeturas. Desde luego, después de un largo siglo de descubrimientos provocativamente contrarios al sentido común, nadie se atreve ya a decir en física que algo es imposible, pero tanto los argumentos de Hawking como los de Penrose suenan demasiado a malabarismo científico.

Galileo, Newton y Maxwell asentaron los cimientos de la física en la observación y en la predicción, y en el momento actual hay muchas incertidumbres con respecto a la realidad observable y muy pocas predicciones verificables. Nadie tiene todavía la certeza absoluta de haber observado un agujero negro. No se ha podido establecer aún si el protón se desintegra, o si el neutrino tiene masa. El bosón de Higgs, que supuestamente confiere la masa a las partículas que la tienen, no ha sido identificado en ningún acelerador. Nadie sabe exactamente qué son, o dónde están, la materia oscura ni la energía oscura. Tampoco se ha detectado jamás ningún gravitón, y la unificación de la gravedad con las otras tres fuerzas conocidas está todavía en el aire. Desde el punto de vista de la predicción, la teoría de cuerdas, la supersimetría, la teoría M y la teoría de membranas (entre otras muchas y variopintas) no han inspirado aún experimento alguno que permita dilucidar su validez ni su superioridad frente a las teorías vigentes.

Esta efervescencia de conjeturas, intuiciones y tentativas es terreno fértil para la física, como para todas las ciencias, pero uno empieza ya a preguntarse si los físicos no están rebasando la frontera del método científico para adentrarse en el terreno de la metafísica. Un pasaje del libro de Penrose permite hacerse una idea del estado actual de cosas a día de hoy (la traducción es mía):

"Wheeler argumentó la posibilidad de que ciertos efectos cuánticos de la gravitación rizasen el espacio-tiempo a la escala de Planck creando complicaciones topológicas que él consideraba como 'espuma cuántica' o 'agujeros de gusano'. Otros han sugerido que podría manifestarse algún tipo de estructura discreta ('bucles' trabados y anudados, espumas de spin, estructura reticular, conjuntos causales, estructura poliédrica, etc.), o que podría intervenir una estructura matemática, modelizada en base a ideas de mecánica cuántica -la denominada 'geometría no conmutativa'-, o que tal geometría de mayor número de dimensiones pudiera desempeñar un papel, con algún tipo de ingredientes semejantes a cuerdas o membranas, o incluso que el propio espacio-tiempo pudiera desvanecerse completamente, de tal modo que nuestra imagen macroscópica normal del espacio-tiempo sería sólo una noción útil derivada de una estructura geométrica más primitiva (como sucede con las teorías de Mach y la teoría de 'twistors'). De esta multitud de sugerencias alternativas tan diferentes se desprende claramente que no hay acuerdo de ningún tipo acerca de lo que podría estar sucediendo en el 'espacio-tiempo' a la escala de Planck".

Como decía aquel paramecio imaginario al que en cierta ocasión citó Ricky Mango: "Dios era un ser todopoderoso que había creado aquella gota de agua que él llamaba Universo".

domingo, 19 de septiembre de 2010

Caza mayor

Por el mismo camino de siempre y a la misma hora de siempre, Ovidio Reminbi regresa a su casa, cansado. Hace ya muchas horas que ha anochecido. Por encima del resplandor de las farolas de la ciudad, la telaraña mal tejida de las estrellas sugiere miríadas de rumbos que apuntan a rutas exóticas. Nunca ha salido de aquel barrio, y ni siquiera conoce la tierra de sus orígenes: la del Sol Naciente. Muchas veces ha soñado con ella. ¡Qué grande es el mundo! Al cruzar una bocacalle se detiene en mitad de la calzada. A esas horas, la calle está desierta, y el aire que viene del mar le llega a pequeñas ráfagas húmedas, salinas. Ovidio mira hacia el este. Por allí amanecerá dentro de poco: el Sol Naciente.

...

lunes, 13 de septiembre de 2010

Retazos de Murcia (II)

Murcia, en agosto, es una cazuela al horno. Pero a mí me gusta el calor tórrido del verano, y a las tres de la tarde, cuando nadie en su sano juicio osa siquiera levantar las persianas, yo disfruto paseando a pleno sol por la anchurosa plaza del Cardenal Beluga. La ciudad antigua de Murcia es una espléndida desconocida, con un fuerte sabor romano que sus habitantes están empezando a descubrir. Lamentablemente, el restaurante argentino donde yo esperaba comer ya no existe, y me tengo que conformar con un tentempié en un bar de franquicia. Lo justo para aguantar hasta la hora de la cena.

Mi hotel está un tanto alejado del núcleo urbano, cerca del Centro de Congresos. Hace sólo tres años, recién inaugurado, era un hotel excelente, pero la falta de mantenimiento se empieza a notar. El mando del aire acondicionado tiene varias posiciones pero, después de experimentar largo rato, llego a la conclusión de que todas ellas se resumen en dos: apagado, y encendido. Tengo que conformarme con encenderlo a ratos solamente, cuando la humedad que entra por la ventana se hace demasiado agobiante, y por la noche lo apago, porque el aire que sale sin tregua por la rejilla es un huracán polar capaz de hospitalizar por neumonía a una morsa. La próxima vez me volveré a alojar en el hotel donde solía, frente a los jardines del río Segura.

El lunes por la mañana me siento al volante y recorro los 15 kilómetros que me separan de Archena. En muy pocos años, la burbuja inmobiliaria ha ido empujando la linde del pueblo hacia el Monte Ope y, después de dudar un rato, me encuentro dando dos o tres vueltas innecesarias hasta dar con la casa de Vicente. En ocasiones anteriores hemos celebrado el encuentro comiendo una paella murciana en Los Torraos, un pueblo cercano, escueto y seco como un sarmiento. Esta vez, sin embargo, Vicente insiste en que comamos en su casa, y yo acepto gustoso. Hace mucho que no nos vemos, y tenemos mucho en que ponernos al día. Lo mejor, pues, será dejar a la familia en casa y emprender una pequeña excursión en coche por los alrededores.

La primera escala es Blanca, un pueblo cercano camino de Cieza, a orillas del Segura. Están en fiestas, y para encontrar dónde aparcar tenemos que dejar atrás la calle principal, ornada de banderitas, hasta salir casi del pueblo. Caminando, regresamos al centro y nos metemos en un bar a tomar unas tapas. Comprendo que por estas latitudes los veranos son muy calurosos, pero un bar de pueblo con aire acondicionado es una experiencia vagamente decepcionante. Me guardo la decepción en el bolsillo, y disfruto de la cerveza y de la conversación. Una cosa tengo que agradecerle al progreso: la filosofía del carpe diem que me ha inculcado. Aprende a disfrutar las cosas auténticas mientras puedas, porque quizá mañana te las encuentres con aire acondicionado, DJ, iPod, fast food, televisor en 3D o muebles de diseño.

Cumplido ya el rito del aperitivo, dejamos atrás Blanca y nos internamos en la vega del Segura. Viendo desde lejos las crestas afiladas de aquellas montañas calizas, es difícil imaginar que al pie de sus laderas hay un vergel exuberante de frutales, flanqueado por higueras y cañaverales y salpicado de palmeras. Un oasis serpenteante que se prolonga mucho más allá de lo que podremos abarcar en un día. Habrá, pues, que continuar camino.

Baños de Mula es un pueblo de apenas cuatro calles, todas ellas desiertas bajo el sol de agosto. Parece casi deshabitado. Bajo su suelo hay aguas termales, y en algún tiempo pasado el negocio de los baños generó cierta prosperidad, ahora venida a menos. Los cuatro o cinco habitantes con que nos encontramos están a la puerta de sus respectivas posadas, dejando pasar las horas como las aguas del río que fluye a poca distancia. Antes de que se les adelante la competencia, se apresuran a preguntar a los viajeros si quieren habitaciones o, simplemente, baños. Por un momento, me siento como una lombriz rodeada de atunes.

Después de tomar un café a la entrada del pueblo, nos asomamos a un portal que se abre a un hermoso patio de estilo colonial. Antiguos baños termales, sin duda. Mientras saco unas fotos, se nos acerca una señora y trabamos conversación. La posada ha sido reformada recientemente, pero no vienen muchos clientes. ¿Y extranjeros? Sí, sí, en una ocasión vinieron unos ingleses, u holandeses, o de no sé qué país de aquéllos. Está claro que el único objeto de la conversación es hablar de lo que sea con alguien. Con los forasteros, en este caso. Quedan ya tan pocos habitantes en el pueblo...

Por alguna razón que desconozco, me fascinan los desiertos, los pueblos deshabitados y las aguas termales. Baños de Mula, con sus fachadas deslavadas y sus aires de pueblo suspendido en el tiempo, tiene exactamente esos ingredientes. Antes de seguir camino, desciendo unos peldaños del pretil que da al río y pongo la mano bajo el agua que mana de unas rocas. Efectivamente, sale caliente. De regreso al coche, me llama la atención un letrero colgado en la puerta de un estanco: "Abierto 25 horas". Lo que no aclara, sin embargo, es si al día o al año. En cualquier caso, a esas horas el establecimiento está cerrado. En decadencia o no, los habitantes de este pueblo al menos no han perdido el sentido del humor.

La última parada antes de regresar a Archena será en Mula. La inclinación de la luz ha cambiado, y algunas montañas, ahora en sombra, han adquirido un tinte vagamente morado. Sus perfiles, picudos y desordenados, se me antojan murciélagos fantásticos. Tal vez echarán a volar al anochecer.

Ya en casa de Vicente, después de comer en la terraza me asomo al interior para ver los botijos. Este hombre tiene el azogue en el cuerpo, y es incapaz de pasarse un día entero sin pintar o componer. En dos veranos ha juntado una colección de botijos pintados por él que ocupan ya varios estantes del cuarto de estar. Los compra a un alfarero en Mula, los pinta a su aire y los va colocando donde puede, con la esperanza de que algún día un visitante se encapriche de alguno y se lo quede. Mi maleta, por desgracia, está ya demasiado llena. Pero tarde o temprano me haré con uno.

En la terraza otra vez, charlamos durante horas hasta que, casi anocheciendo ya, van llegando uno a uno los hermanos de Vicente. Precisamente hoy tenían previsto salir a cenar todos juntos, con las respectivas familias. Yo allí no pinto nada, pero insisten lo suficiente como para convencerme de que los acompañe. Al fin y al cabo, Murcia no queda lejos, y tampoco regresaremos muy tarde. Cenamos animadamente, de tapas, las dos generaciones entreveradas a ambos lados de una larga mesa, en una terraza rodeada de pinos. La brisa es suave, y la noche, espléndida. Hacia la medianoche, en algún lugar del pueblo el cielo se llena de fuegos artificiales. El lugar está en fiestas, y para mí es el final perfecto de mis vacaciones en Murcia. Dos noches, máximo. Era la única condición.

Mañana por la mañana emprenderé el camino de regreso a casa.

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martes, 7 de septiembre de 2010

Retazos de Murcia (I)

París, Barcelona, Valencia. Cuanto más rápidamente se suceden las etapas, más aprisa se esfuman los recuerdos del viaje. Al final, un mes después, el viajero tiene que reconstruir los fragmentos dispersos, no con ánimo de crónica, sino de evocación. Desde la autopista que viene de Alicante hay apenas dos o tres kilómetros hasta Los Narejos, pero es ya noche cerrada y el paisaje es tinta de calamar. Durante el recorrido ha llovido a trechos, con furia de finales de verano. Es tarde, y el conductor está cansado. Por suerte, el hotel ha sido fácil de encontrar y la habitación es cómoda. Estaba ya deseando llegar. Y dormir.

Los Narejos es en realidad una playa de Los Alcázares, a orillas del Mar Menor. El hotel está tierra adentro, en terreno urbanizado, rodeado de un dédalo de viviendas adosadas donde veranean familias polícromas y callejeras. Por la mañana, la primera visita será a Cartagena. No está lejos. Para llegar hay que bordear el Mar Menor, festoneado allá en el horizonte por las edificaciones ininterrumpidas de los dos brazos de La Manga. Parece ser que la familia Trillo se forró vendiendo terrenos en aquellas costas, ahora irremediablemente urbanizadas. Eran otros tiempos. Ahora los caciques están en los parlamentos locales, y profieren diariamente juramentos de amor al terruño que los vio nacer. Probablemente, porque todas las tierras están ya vendidas, y la única manera de forrarse hoy es mediante recalificaciones, permisos de obra, sobres en mano y auditorías imaginarias.

Cartagena ha cambiado mucho en los últimos años. Aquella ciudad polvorienta y desangelada de hace apenas un lustro se muestra ahora limpia y cuidada, con alguna que otra superficie verde aquí y allá, y las inevitables palmeras embelleciendo las grandes avenidas. Quienes han estado en Cartagena de Indias aseguran que ambas ciudades se parecen como madre e hija. No es casualidad. Cartagena de Indias fue fundada en 1533 por Pedro de Heredia, sobre una aldea indígena llamada Calamarí. La mayoría de sus marineros eran de Cartagena.

A veces, perderse sin rumbo fijo tiene recompensa. En las afueras de la ciudad, un viejo polvorín restaurado preside una ensenada amplia, de aguas tranquilas, a cuyas orillas pasan apaciblemente el tiempo cinco o diez pescadores. Sorprendentemente, la chica que vende las entradas conoce la historia del polvorín, que fue construido en los años de la famosa revuelta del Cantón de Cartagena. En España es un milagro encontrarse con una persona que no hable de famosos o de football, de modo que aprovecho para comentar con ella algunas anécdotas de aquel episodio histórico. Durante sus escasos meses de existencia, el Cantón de Cartagena acuñó moneda propia, saqueó la costa desde Barcelona hasta Cádiz con los barcos de la Armada española que había requisado, y declaró la guerra al Kaiser. Como no tenían enseña propia, se apropiaron de una bandera turca que se encontraron por allí. "Todavía hay un cartagenero que iza todos los años en su casa la bandera del Cantón", me dice la muchacha. No quiero ni imaginarme los conflictos diplomáticos que se crearían si el Gobierno turco llegara a enterarse.

La comida de mediodía es en Cabo de Palos, un pueblo áspero y feo con un pequeño puerto delicioso donde uno puede comer el típico caldero de arroz en un ambiente tranquilo aunque, en agosto, quizá demasiado concurrido. Todavía quedan allí casas de vacaciones de las que se usaban hace cincuenta años, a pie de puerto, sin pretensiones, con sus largos pasillos umbríos y su porche espacioso para sentarse a la fresca del atardecer.


Pero el atardecer no será en Cabo de Palos, sino en La Unión. Es el quinto o sexto año que acudo al Concurso del Cante de las Minas, en el que ahora, además de cantaores, participan también guitarristas y bailaores. De todo eso, a mí lo único que me interesa es el cante. Sobre todo, cuando el concursante entona la obligada minera y todos los asistentes contienen la respiración para no perder detalle. Entre cante y cante, uno puede salir a la plaza del Mercado para tomarse una cerveza o un helado. Y cuando termina el espectáculo, ya de madrugada, algunos cantaores se arrancan espontáneamente por bulerías o por seguiriyas en las terrazas de los bares, casi hasta el amanecer. Es lo mejor de todo.

Este año, sin embargo, yo no había querido planificar el viaje, y en el último momento no encontré entradas. Me consolé con unas tapas y un chocolate con churros, y escuché a los concursantes de regreso a Los Alcázares, en la radio del coche. Poco a poco, fui levantando el pie del acelerador hasta avanzar a velocidad de tractor. En mitad de aquellas carreteras secundarias, oscuras y desiertas, los sones quebrados del flamenco y las luces solitarias de mis dos faros componían un paisaje mágico. Dilaté el recorrido todo lo que pude. Era un final de etapa perfecto. Dos noches seguidas en un mismo hotel son el límite. Toca ya levantar el campamento.

Mañana por la mañana estaré en Murcia.

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miércoles, 11 de agosto de 2010

Renfe again

Para los humoristas sobre todo, la Renfe (monopolio estatal de ferrocarriles de España) siempre ha sido una fuente inagotable de material.

Estoy en la sala de espera de la estación de Sants, en Barcelona. Hace unos años era un recinto excesivamente pequeño, pero acogedor. Los sofás y butacas eran cómodos y, cuando el lugar no estaba muy concurrido y el televisor no sonaba a todo volumen -que era casi siempre-, uno podía abrigar la esperanza de aguardar relajadamente un par de horas hasta la salida de su tren.

Eso era antes. Ahora, el enchufado de turno ha cambiado y, como  todos los enchufados de España, ha decidido suplir su ineptitud oligofrénica con un cambio estético. Lo de siempre: nuevo "diseño". Tirar la casa por la ventana... a costa del contribuyente.

Esas copas de metacrilato vacías que ven ustedes en la foto son las sillas de la nueva sala de espera de la estación de Sants. Cursis, ¿verdad? Pues, además, son extraordinariamente incómodas. Ideales para sentarse en ellas dos horas seguidas y levantarse con el esqueleto magullado. Eso se llama rizar el rizo.

El que esto escribe no está sentado en esa sala, sino en otra un poco más tolerable, en un canapé situado a 30 cm del suelo, cuyo respaldo se clava en los omoplatos a los pocos minutos de aposentarse uno en él. Una de las empleadas me comenta que en más de una ocasión han tenido que ayudar a algún anciano que se había quedado empotrado en el canapé y no podía levantarse. Frente al canapé hay una mesita exigua, también de metacrilato, decorativamente agujereada por todas partes, de manera que si se le ocurre a usted dejar algún objeto pequeño encima de ella, tendrá la oportunidad de desentumecer sus omoplatos agachándose a recogerlo del suelo.

Claro que, si en lugar de escuchar la conversación de aquella señora que habla a gritos por el teléfono móvil a diez metros de distancia prefiere usted enchufar su ordenador y consultar su correo electrónico, la salita contigua le ofrece todo lo que podría usted desear. Héla aquí:


Naturalmente, está también vacía. El recuerdo de los campos de concentración subsiste todavía en el inconsciente colectivo europeo, y todo el mundo prefiere abandonarse a su suerte en el sofá-trampa y apoyar el computador en las rodillas, como estoy haciendo yo en este momento.

Ahora ya sabe usted en qué se gastan los funcionarios enchufados una parte de sus impuestos. No es una sala de espera cómoda pero, al menos, es fea. Comprenda usted que todo lo que hacen los enchufados tiene que ser feo. Es la obligación mínima de cualquier funcionario que maneja presupuestos públicos.

Resígnese: más no se puede hacer. Si el funcionario fuera competente, no estaría en la Administración.

Francia: El blanco y el negro

En contra de lo que todo el mundo cree, y más aún incluso que Gran Bretaña, Francia es probablemente el país más peculiar de Europa, circunstancia que suele pasar inadvertida gracias al lugar central que ocupa en el continente y a los largos siglos que los franceses vienen dedicando a hacer propaganda de sí mismos. Si uno lo analiza fríamente, sin embargo, casi todo en Francia es oxímoron y mixtificación. 
En la mitología popular de ese país ocupan un lugar tan prominente las putas como los intelectuales. Su ostentación arquitectónica y monumental es impresionante, pero las mesas de los restaurantes tienen un tamaño apenas suficiente para un guante, y en los vagones del Metro huele por doquier a ducha pasada por alto. Siempre que me paseo por París tengo la impresión de que todas aquellas espléndidas fachadas son en realidad de cartón piedra y, en el momento en que uno se apoye en la pared, el edificio entero se vendrá abajo como en las películas de Buster Keaton. 
¿Busca usted alojamiento? Sea cual sea el criterio de selección, el hotel siempre estará sucio. Sobre todo en el centro de las ciudades, donde los edificios son antiguos, los ventanucos a patios lóbregos son habituales y los tubos del agua caliente se resisten a ser empotrados en las paredes y crean recovecos imposibles de limpiar. Acertadamente, el lector perspicaz habrá deducido ya que, en el momento de escribir esto, estoy en París.
Si hubiera muchas sociedades refinadas en el planeta Tierra, yo despreciaría la cultura francesa, pero no es ése el caso y, muy a mi pesar, no tengo más remedio que admirarla. Tanto como su sofisticada inanidad. Ayer, sin ir más lejos, entré en una librería de Saint Germain y, después de un largo rato curioseando, salí sin comprar nada. Para cualquier conocedor de la mentalidad francesa, los títulos que yo había visto no podían ser sorprendentes, pero deténganse ustedes a pensar unos momentos: ¿qué diantres pueden querer decir frases como “Del animal máquina al alma de las máquinas”, “Lo real y su doble”, “Mitoanálisis de las perversiones”, o “El contrapoder de lo imaginario”? Y es que los franceses son incapaces de explicar llanamente, por ejemplo, que dos y dos son cuatro. Siempre preferirán decir algo así como “la antonomasia del paradigma matemático de simplicidad computable encuentra su expresión más palmaria en la agregación de dos veces dos”. Reconocerán ustedes que, en esas condiciones, es difícil ponerse a leer un libro de lo que sea.
Quizá el problema más agónico que me plantea la estructura mental de los franceses es su manera de clasificar las ideas. Cuando me instalé en Ferney, localidad próxima a la frontera suiza, intenté durante algún tiempo informarme de los programas de televisión comprando una revista publicada en Francia. La búsqueda era desesperante. Los programas venían clasificados no por emisoras, sino por horas y minutos, en colores distintos, y acompañados de los infalibles pictogramas. Agotado, a las pocas semanas me pasé a su homóloga suiza, que contenía exactamente la misma información, pero expuesta con sentido común y austeridad calvinista. 
En una ocasión, recuerdo haberme perdido en el Metro de París por exceso de información. Uno de esos largos túneles que comunican dos estaciones estaba orlado de una maraña interminable de pictogramas de tamaños, formas y colores variopintos, cada uno de los cuales representaba además un tipo de información diferente. Analizar todos aquellos ‘pictogramas’ habría llevado meses al descifrador de la piedra de Rosetta. Al segundo día, después de haberme perdido por intrincados laberintos hasta el punto de llegar tarde al trabajo, comprendí que era mucho más práctico salir a la superficie y recorrer aquel tramo, simplemente, caminando por la calle. 
Pero hay más. Con el prestigio -justificado- de sus quesos y vinos, los franceses han conseguido colar el mito de su gastronomía, consistente en enmascarar el verdadero sabor de la comida hasta hacerlo desaparecer bajo salsas invariablemente más fuertes que el manjar aderezado. Alguien podría alegar que es un tic histórico: ya en tiempos de la monarquía, los cortesanos tenían por costumbre ungirse con profusos perfumes… para no lavarse, claro. 
La historia de Francia es rica en ejemplos. La Revolución de 1789, publicitada -engañosamente- como el nacimiento de la democracia y el triunfo de la razón, terminó zanjando las diferencias con un argumento tan razonable como la guillotina. Y en mayo del 68, en el apogeo del imperio comunista, miles de jóvenes agitaban por las calles de París retratos de Marx, Mao y Che Guevara mientras a pocos kilómetros de allí, en Berlín, alambres de espino y ráfagas de ametralladora impedían la huida del paraíso socialista, y tanques soviéticos machacaban al mismo tiempo los adoquines y la tímida primavera de Praga. 
También en cine debemos a los franceses alguna que otra indigestión. Tras las magníficas películas de la posguerra, que fue una ducha de humildad saludable para todos los europeos, vino Jean-Luc Godard con la nouvelle vague, y las salas de cine ‘intelectual’ se convirtieron en torturantes dormitorios. Peor aún: el ‘mensaje’ de aquellas historias -que uno siempre buscaba en vano- era tan trascendente que incluso la idea de distraerse haciendo manitas con la acompañante infundía remordimiento. 
Pero quiero ser justo. Francia me ha aportado también placeres entrañables. Quesos como el Vieux Pané o Saint Albray, el cine de Truffaut y de Michel Simon, las canciones de Boris Vian, los cuentos de Maupassant, L’Etranger de Albert Camus, Le diable au corps, de Raymond Radiguet, Le Rouge et le Noir, de Stendhal. El Ciel, mon mardi de Christophe Dechavanne, la pintura de Cézanne, las impertinencias de Voltaire. Las aventuras de Jean-Paul Belmondo, las baladas de Charles Aznavour. La baguette recién horneada, el croissant y el café. Las aventuras de Lucky Luke. Las historietas cómicas de Charlie Hebdo. O el recuerdo de algunas noches mágicas en un piso señorial y destartalado de la Avenue de Tourville…
Quizá la anécdota más elocuente a ese respecto me sucedió cierta mañana en París, frente a la estación de Montparnasse. Estaba yo al borde de la acera, esperando para cruzar la calle. Como la calzada estaba despejada, unos cuantos peatones nos decidimos a pasar en rojo pero, apenas lo intentamos, un automóvil a gran velocidad nos hizo retroceder. Junto a mí, un clochard sucio y astroso, con unas barbas de medio metro y una botella de vino en una mano, pronunció entonces en un francés digno de Montaigne: “La prudence exige que nous reculions”. ¿Cómo no amar y odiar un país así?

miércoles, 21 de julio de 2010

Lenguajes desconcertantes

Seguramente todos hemos visto alguna vez a un loco hablando solo. Desde hace algunos años, no es difícil tampoco cruzarse en público con una de esas personas que, o por comodidad o por temor a las radiaciones electromagnéticas del teléfono móvil, nos encontramos a veces por la calle hablando en voz alta como si estuvieran locos.

Tal vez lo están. Incluso aunque lo que digan sea perfectamente coherente. Podrían estarlo incluso si, en lugar de exclamar mirando a las nubes que Loli ha tenido gemelos, pronunciaran esas mismas palabras con un teléfono móvil apoyado en una oreja. Ni siquiera es importante que estén o no hablando con un interlocutor real. Para nosotros, la persona que habla sola estará loca cuando lo que dice no se refiere a la realidad 'convencional', sino a una realidad que nosotros no podemos identificar.

A mitad de camino entre la cordura y la locura está el mundo esotérico. Incontables personas han dedicado años de su vida a interpretar la Cábala, los horóscopos o las 'profecías' de Nostradamus, y los libros sobre ectoplasmas, yoes astrales, auras, karmas y otras hierbas tienen un público fiel que los lee ávidamente y asegura entenderlos. La filosofía y la religión no se libran tampoco de esta clasificación. La filosofía, porque el grado de abstracción de sus afirmaciones nos priva de referentes manejables y, muy a menudo, nos impide entender a ciencia cierta de qué se nos está hablando. Y la religión, porque todo intento de entender sus conceptos básicos está obstaculizado por un requisito: la fe.

Todo esto nos da una idea de la fascinante potencia del lenguaje humano. Desde las instrucciones para ensamblar una estación espacial hasta los limbos inaprehensibles de Wittgenstein, y desde las jergas carcelarias hasta el dogma de la Santísima Trinidad, en el lenguaje humano cabe todo. Aun así, también tiene sus límites. En el siglo XVII, los sesudos catedráticos de la Universidad de Toledo discutían acaloradamente el significado de la expresión "¿Acaso una quimera zumbando en el vacío puede comer segundas intenciones?" Aunque esta polémica fue tristemente cierta, el ejemplo de los sabios varones me parece demasiado tonto. Quizá valdría la pena comentar otros ejemplos más enjundiosos.

"¿Donde empieza una circunferencia?"

Este ejemplo evidencia que hay conceptos que son por naturaleza incompatibles entre sí. Ya de antiguo decía la sabiduría popular que no tiene nada que ver la velocidad con el tocino. En lenguaje más moderno, podríamos decir que una circunferencia y un segmento no son topológicamente equivalentes. En otras palabras, no podemos transformar uno cualquiera de ellos en el otro sin romper la circunferencia o pegar los extremos del segmento. ¿Por qué hemos prohibido estas dos operaciones? Pues porque, una vez pegados, los dos extremos del segmento tendrían que cambiar sus dos nombres respectivos por uno solo. Y una vez rota la circunferencia, necesitaríamos dos nombres en lugar de uno para los dos extremos resultantes.

"Esta afirmación es falsa"

¿También en este caso podríamos hablar de incompatibilidad topológica? Tal vez. Pensemos, por ejemplo, que ninguna mano puede agarrarse a sí misma. Sin embargo, sí podemos decir cosas tales como "esta afirmación está expresada con siete palabras". Bien. Pero una cosa es lo que yo afirmo, y otra muy distinta es la frase que utilizo para expresarme. De modo que lo que en realidad estamos diciendo es "la frase 'esta afirmación está expresada con siete palabras' contiene siete palabras".

Si aplicamos esta consideración a nuestro ejemplo, tendríamos que escribir "el significado de la frase 'esta afirmación es falsa' es falso". Aunque a primera vista puede no parecerlo, estamos en una situación mucho mejor que antes. ¿Cuál es el significado de la frase "esta afirmación es falsa"? Lo acabamos de explicitar. El significado de la frase "esta afirmación es falsa" es:

"el significado de la frase 'esta afirmación es falsa' es falso"

Si repetimos la operación, obtenemos:

"el significado de la frase "el significado de la frase 'esta afirmación es falsa' es falso" es falso"

Cuanto más intentamos acercarnos al significado de nuestro ejemplo, más nos alejamos de él. Este tipo de situaciones se dan también en la vida cotidiana. Pensemos en dos espejos situados el uno frente al otro. Si uno de los espejos pudiera hablar, describiría su situación diciendo "yo reflejo aquello que reflejo" [que retorna a mí gracias al espejo que tengo enfrente]. La imagen efectivamente reflejada será una sucesión infinita de imágenes subsumidas unas en otras, como matrioshkas. Y, aunque la aparición de todas esas imágenes es instantánea, desde el punto de vista del espejo nuestra mente nos obliga a describirla como si fuera un proceso que se desarrolla a lo largo del tiempo.

Infinitamente (im)perfecto

Los filósofos me producen dolor de cabeza. Probablemente los delirios más representativos de esa colección de esperpentos conocida como ‘filosofía’ son los argumentos esgrimidos a lo largo de la Historia para demostrar o refutar la existencia de Dios. La mayor parte de ellos hacen referencia a una de las cualidades generalmente atribuidas a Dios: la perfección infinita. Sí, sí, ha leído usted bien. Yo siempre había pensado que una cosa era o perfecta o imperfecta, sin términos medios. ¿Podemos perfeccionar infinitamente una esfera, o la ecuación 2 + 2 = 4? Que alguien me explique cómo.

Igualmente absurdo, pero más divertido todavía, es el concepto de ‘imperfección infinita’. Ciertamente, las imperfecciones son, hasta cierto punto, comparables. Los mamíferos que regentan Tele 5 son seres humanos moralmente muy deficientes, pero no tanto como Atila (aunque a mí, personalmente, me es difícil apreciar la diferencia). Por otra parte, ¿qué ecuación es más imperfecta: 2 + 2 = 3, o 2 + 2 = 5? Difícil saberlo. De hecho, ni siquiera el azar es infinitamente imperfecto: un sucesión ilimitada de números aleatorios contendrá, tarde o temprano, alguna secuencia ‘ordenada’ (por ejemplo, 4, 4, 4, 4).

La lista de todas las listas

Durante años, le he dado muchas vueltas a la famosa paradoja de Russell. A saber: “El conjunto de todos los conjuntos que no pertenecen a sí mismos es un concepto contradictorio”. El problema es que ni siquiera convengo en la primera parte de su enunciado. ¿Acaso existe algún conjunto que sí pertenezca a sí mismo? “La lista de todas las listas” es un ejemplo frecuentemente mencionado, y el propio Russell propuso uno particularmente original: el conjunto de todos los objetos que es posible describir con diez palabras [en versión española]. Pero ¿acaso todas las descripciones hacen referencia a algún objeto? No necesariamente. ‘Es el extremo de una circunferencia’ es una descripción y, sin embargo, no hace referencia a nada. Y el conjunto de todos los extremos de una circunferencia ni siquiera es el conjunto vacío: es un conjunto que verifica una propiedad absurda. Sería posible, incluso, enunciar teoremas sobre el extremo de una circunferencia, pero esos teoremas sólo se cumplirán si encuentro una circunferencia que tenga un extremo.

Las propiedades son una cosa, y los conjuntos, otra. La propiedad “es expresable con cinco palabras” es expresable con cinco palabras, pero ello no implica ninguna contradicción… a menos que nos empeñemos en representar las propiedades como símbolos disjuntos, sin relaciones entre sí. Si queremos representar el hecho de que una propiedad cumple la propiedad que ella misma enuncia, tenemos forzosamente que representar ese hecho mediante un bucle. Y si, pese a mis advertencias, alguien se empeña en asociar a cada propiedad un conjunto, tendrá que diferenciar entre dos tipos de conjuntos topológicamente diferentes: con bucles, y sin bucles.

De manera semejante a como hizo el propio Russell con su teoría de clases, cuando vio las dificultades que implicaba su paradoja. Pero, a mi modo de ver, la perspectiva topológica le aporta un fundamento mucho más ‘natural’.


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domingo, 18 de julio de 2010

El futuro

De niño, me divertía imaginarme aquella Tierra plana en la que creían los filósofos de la Antigüedad. Si un navegante se alejaba lo suficiente, razonaba yo, tarde o temprano se toparía con el borde. ¿Se caería? ¿Hacia dónde? Absurdo, sí. Pero, si bien se piensa, no mucho más absurdo que nuestro actual modelo de universo infinito. O, a todos los efectos, finito, porque nuestra mente no es capaz de representarse el vacío sin espacio, y por lo tanto tenemos (infructuosamente) que imaginarlo infinito.

Cuando Einstein formuló su teoría de la relatividad, todos los científicos -incluido él- creían que el Universo era estático. Sin embargo, de sus propias ecuaciones se podían deducir muy distintos modelos de Universo, uno de los cuales nacía, se expandía y, finalmente, se contraía hasta desaparecer. Para eliminar esa posibilidad, Einstein introdujo la llamada "constante cosmológica", que contrarrestaba el efecto de la gravedad a escala cósmica. Aunque la idea ha sido recientemente rescatada con el esotérico nombre de "energía oscura", pocos años después Einstein tuvo que arrepentirse de aquel remiendo: en 1931, Edwin Hubble descubrió que nuestro Universo, en realidad, se estaba expandiendo.

Pero, ¿seguirá expandiéndose eternamente, o terminará aplastándose a sí mismo después de haber agotado sus ímpetus juveniles? No lo sabemos. Si la suma de los ángulos de un triángulo es inferior a 180º, ni siquiera la energía oscura será capaz de detener la expansión eterna de nuestro Universo. Los cuerpos celestes, cada vez más alejados entre sí, se irán enfriando hasta apagarse. O quizá, antes de llegar a ese punto, serán despedazados por efecto de la aceleración a que los someterá la energía oscura.

Si, en cambio, la suma de los ángulos de un triángulo es superior a 180º, los frioleros están de suerte: el Universo podría contraerse y, por consiguiente, aumentar de temperatura. El problema, esta vez, lo tendrían los claustrofóbicos. Porque el Universo se contraería inexorablemente hasta caber, todo él, en un solo punto.

¿Qué sucedería después? La pregunta no tiene mucho sentido, porque cuando se termine el Universo se terminará también el tiempo. Aun así, algunos físicos han propuesto un par de ideas que podrían confortar, al menos filosóficamente, a los fabricantes de relojes. Una de ellas es el "Big Bounce", o Gran Rebote. Como su nombre sugiere, el Gran Rebote sería una especie de renacimiento cósmico, por ejemplo para producir un Universo semejante al nuestro. Y el ciclo podría repetirse cuantas veces se nos antoje: el eterno retorno.

Aunque, eterno o no, el retorno sería a la carta. Porque, al fin y al cabo, entre uno y otro ciclo no quedaría nadie para contarlo. Otra teoría a la carta es el llamado "Multiverso", una especie de fiesta pirotécnica perpetua en la que los universos aflorarían como setas en otoño. Claro que, tal vez no en todos ellos las leyes físicas serían tan soportables como las que conocemos. Es lo que se denomina el "principio antrópico": nuestro Universo es como es porque, si fuera uno de los otros, nosotros no existiríamos y, por lo tanto, no podríamos observarlo.

¿Nos hemos librado, pues, de un Universo en el que los gordos flotan y la electricidad es radiactiva? Quizá no. Si el vacío no se encuentra en su nivel de energía más bajo posible, las leyes cuánticas predicen que en cualquier momento podría 'saltar' a un estado inferior y darnos una sorpresa. Una desagradable sorpresa, con toda seguridad.

Por último, hay una teoría tan interesante como imposible de verificar: los múltiples mundos. Para explicarlo en lenguaje llano, si yo enciendo mi televisor y en la pantalla veo aparecer Tele 5, uno de mis yoes cambia de canal, mientras que el otro se sienta ávidamente a contemplar los chismorreos de las folklóricas. Por suerte, entre ese otro yo y mi yo habitual no hay ninguna posibilidad de comunicación, lo cual me ahorra, sin duda, no pocos disgustos existenciales.

Tratando de imaginar lo que nos deparará el futuro, he averiguado algunos datos interesantes. Por ejemplo, que en el año 13.727 la Estrella Polar ya no apuntará al norte. En su lugar, aquellos de nuestros descendientes que sobrevivan a Tele 5 tendrán que guiarse por la estrella Vega, como ya hicieron nuestros antepasados hace 14.000 años. Ah, y he averiguado también que en el año 10.759 expirará el contrato de alquiler de la fábrica de cerveza St. James Gate, concedido por Arthur Guinness en 1759 por un importe de 45 libras esterlinas anuales.

Cuanto más nos adentramos en el futuro, más interesantes son las predicciones. Hacia el año 5.000.000, el Mediterráneo será una inmensa llanura de sal, y la Amazonia no existirá. Noventa y cinco millones de años después, la Antártida se habrá convertido en una selva lujuriante, posiblemente habitada por pulpos anfibios y pájaros con cuatro alas. Si todo esto no nos parece atractivo, nos bastará con esperar cuatrocientos millones de años para emigrar a Venus, que se habrá enfriado lo suficiente como para albergar los primeros seres vivos.

Justo a tiempo. Porque, hacia el año 600.000.000, el Sol se habrá vuelto tan luminoso que todos los océanos se estarán evaporando. Aunque nos perderemos un gran espectáculo. Dentro de un millón de años, la Luna girará ya a una distancia tan grande que, un buen día, se desprenderá de la Tierra y nos abandonará para siempre. Es dudoso que para entonces quede algún enamorado que lo lamente.

Por desgracia, ni siquiera en Venus estaremos seguros. Hacia el año 3.000.000.000, la Vía Láctea chocará con la galaxia Andrómeda. Podría ser una buena oportunidad para conocer mundo. Pero tal vez sería más práctico fabricar naves espaciales que nos saquen del Sistema Solar, porque hacia 7.590.000.000 el Sol habrá aumentado tanto de tamaño que se tragará la Tierra.

Si para entonces hemos conseguido huir, podremos entregarnos al carpe diem durante por lo menos 10 billones de años todavía, antes de que sobrevenga la Gran Congelación del Universo, según los pesimistas, o la Gran Implosión, según los optimistas. Los partidarios de la Gran Implosión aseguran que, cuando sobrevenga ésta, las civilizaciones estarán tan avanzadas que conseguirán estirar el tiempo hasta el infinito. ¿Cómo? Acelerando la velocidad de procesamiento de la información. Todo sucederá tan aprisa, que al paso de cada segundo tendremos la impresión de haber vivido milenios.

En cualquier caso, aunque nos libráramos de esos dos apoteósicos finales de fiesta, nuestras perspectivas no serían tampoco muy halagüeñas. Si nuestra galaxia consigue sobrevivir, dentro de unos 10 trillones de años la fuerza de la gravedad se habrá debilitado tanto que un noventa por ciento de sus estrellas se perderán en el espacio intergaláctico. Por suerte. Porque el diez por ciento restante irán a parar al gran agujero negro que ocupa el centro de la Vía Láctea. Como alojamiento, sería bastante incómodo, pero no eterno. Si Stephen Hawking está en lo cierto, todos los agujeros negros terminarán evaporándose en aproximadamente... 1 googol de años. Es decir, un 1 seguido de 100 ceros. (Por cierto, ¿adivinan ustedes ahora por qué Google se llama 'Google'?)

Todo esto, suponiendo que el protón no posea la propiedad de desintegrarse, cosa que todavía está por dilucidar. Pero, ¿qué posibilidades tiene la especie humana, no ya de crear nuevos universos a los que emigrar, sino de llegar siquiera, digamos, al año 500.000?

No muchas. La probabilidad de que un asteroide de más de 1 km de diámetro choque contra nuestro planeta es exactamente ésa: una cada 500.000 años. Hace 650.000 años, la erupción del gigantesco volcán de Yellowstone cubrió de magma y cenizas casi toda América del Norte al oeste del río Mississippi, y antes de que el Sol se extinga hay un uno por ciento de probabilidad de que el planeta Júpiter altere la órbita de Mercurio y nos lo eche encima. Sin ir más lejos, un acontecimiento tan modestamente apocalíptico como el reciente terremoto de Chile desvió el eje de rotación de la Tierra unos ocho centímetros.

Es de suponer que, mientras llega alguno de esos armagedones, los seres humanos no nos quedaremos de brazos cruzados. Pero, ¿hasta dónde nos puede conducir nuestra tecnología? Es difícil de predecir. Sin duda fabricaremos robots y nanorobots, posiblemente inteligentes, pero ¿conseguiremos mantenerlos a raya? La biogenética nos permitirá fabricar esclavos no humanos adaptados a tareas manuales específicas, e incluso esclavos sexuales, humanos sólo en apariencia. Y, tarde o temprano, nos dará la eterna juventud.

A partir de aquí, sin embargo, todo son interrogantes. ¿Seguiremos procreando y, por lo tanto, incrementando de manera imparable una población mundial de eternos jóvenes? ¿Podremos contratar alas de carne y hueso para volar, o agallas para respirar bajo el agua? ¿Nuestros hijos podrán nacer con cerebro de superdotado (resolviendo así, es de esperar, el problema de Tele 5 y de la afición al football)? ¿Lograremos la teleportación, como los personajes de Star Trek? ¿Naceremos predispuestos para la sumisión a la autoridad? ¿Crearemos una sociedad a semejanza de las hormigas, con la ayuda de Internet?

Son preguntas cuya respuesta, probablemente, ninguno de nosotros conoceremos. Pero estoy convencido de que en los próximos 100 años las sociedades humanas experimentarán cambios radicales que difícilmente podemos vaticinar. A menos que el próximo asteriode se anticipe a las estadísticas...

* * *

viernes, 11 de junio de 2010

En dos dimensiones

Las aleluyas de ciego fueron uno de los primeros intentos de transmitir información en dos dimensiones. Es cierto que las viñetas había que contemplarlas una después de otra, y en ese sentido poco se diferenciaban del lenguaje hablado o de la escritura latina, china o egipcia. Pero cada imagen era una pequeña historia en sí misma, y uno podía entretenerse en sus detalles e interpretarla a su manera. A diferencia de las palabras, las aleluyas de ciego no expresaban información simbólica, sino resumida.

Es curioso que fueran precisamente los ciegos los precursores del cine. Desde luego, las representaciones visuales son tan antiguas como los palitos y las superficies de arena. Uno puede imaginar sin dificultad que, faltos de pluma y pergamino o arrebatados de inspiración, Euclides o Pitágoras garabatearan alguno de sus teoremas en una playa del Mar Egeo. En Mesoamérica, los mayas desarrollaron el único lenguaje conocido que representa relaciones sintácticas en dos dimensiones. Pero ninguno de los dos métodos era muy user-friendly: el quinto postulado fue una fuente de quebraderos de cabeza hasta el siglo XIX, y los intrincados glifos de Palenque son todavía hoy objeto de controversia.

En la película Orphée, de Jean Cocteau, una de mis favoritas de la historia del cine, hay una escena invertida en el tiempo: liberada de la fuerza de la gravedad, una figura humana se levanta del suelo como atraída por un imán y recobra su posición vertical. Inventados ya el flash-back y el flash-forward, el lenguaje cinematográfico descubría la simetría de sus elementos narrativos, y se liberaba de la sumisión al tiempo cronológico. De ahí al lenguaje de hipertexto no había más que un pequeño paso. Sólo faltaba inventar Internet.

Lo cual, a efectos prácticos, sucedió 39 años después, exactamente en 1989. En la recién nacida Web uno podía avanzar o retroceder a voluntad a lo largo de un texto, o saltar a cualquier otra área de información a través de un enlace. Era tan fácil como pensar, aunque con una ventaja: a diferencia de la memoria humana, la memoria digital es fidedigna.

Precisamente ahí empezó el problema. ¿Cómo organizar las ideas en un sitio web? La primera respuesta que a uno se le ocurre es: como mis propios pensamientos. En sus primeros balbuceos, los sitios web eran un strip-tease mental de sus constructores, y los resultados eran francamente descorazonadores. ¿Realmente así tenían aquellas personas estructurado su pensamiento? Sin necesidad de consideraciones teológicas, uno comprende ahora por qué el mundo es tan imperfecto.

A la vista de cómo están las cosas a día de hoy, cabe temer que los balbuceos todavía no han terminado. Parece que seguimos lejos de encontrar un lenguaje universal y, lo que es peor, uno se teme que la evolución del lenguaje web está sujeta en gran medida a consideraciones personales o políticas, e incluso a los caprichos de la moda. Hace sólo unos años, un puñado de sitios web habían encontrado por fin una estructura cómoda para el sufrido usuario: Air Europa, Renfe, Idealista, Páginas Amarillas y algunos ministerios habían conseguido -¡albricias!- que la experiencia de consultar o comprar por Internet fuera lo más parecido a un placer. Sin embargo, ha bastado un cambio de Gobierno (o de responsable, en el caso de las empresas privadas) para convertir todas aquellas modélicas páginas en laberintos inescrutables donde, una vez más, el bosque impide ver los árboles.

Para el lector -como yo- desesperado, tal vez será útil saber que Vueling es en este momento la compañía a la que más fácil es comprar un billete de avión. Mañana, no sé. En el otro extremo de la balanza está Renfe, cuya interfaz es lo más parecido a la guerra de Vietnam. De hecho, en mis dos últimos viajes en tren preferí acudir a la estación y esperar tres cuartos de hora de cola para comprarle mi billete a un ser humano (lo de "humano", en sentido taxonómico sólo). Back to basics.

En inglés sucede lo mismo. Aunque sitios como Booking.com, ScienceDaily o Spiegel International siguen resistiendo las embestidas de los idiotas, Reuters ha empeorado varias veces, Amazon es un caos (aunque apasionante), Facebook es un horror (o, mejor dicho, millones de horrores), y Twitter todavía no lo he entendido.

El problema, creo yo, es el deseo irresistible de hacinar el mayor volumen posible de información en una sola pantalla. Por suerte, van desapareciendo ya de las primeras páginas aquellas larguísimas parrafadas introductorias del estilo de "Nuestra prestigiosa empresa, fruto de un constante empeño por la superación y avalada por 35 años de dedicación y servicio al cliente, se esmera en todo momento por ofrecer productos de la más alta calidad, bla, bla, bla..." Déjense ustedes de rollos: yo lo que quiero es saber si venden tornillos del 7.

Hasta cierto punto, esta inflación absurda de datos distribuidos como con un salero se mitigaba tirando a la basura el viejo monitor y comprándose uno la pantalla más grande posible. Pero, mientras tanto, en el otro extremo de la gama, los teléfonos móviles se infiltraban sigilosamente en la vida cotidiana. En ellos, la presión de la competitividad era mucho más fuerte todavía, y los fabricantes se esforzaban por embutir en su interior decenas y decenas de funciones que uno no necesitaba y que, en caso de necesitar, no sabía cómo usar a menos que se estudiase un manual apenas más sencillo que una enciclopedia de biología molecular. En esas circunstancias, que alguien tardase tanto en lanzar el iPad no es sino una demostración más (¡por si hiciera falta!) de la escasez de sentido común del ser humano.

El problema ahora es otro. No quiero hacer chistes fáciles, pero en cuestión de interfaces el tamaño importa, y mucho. El teclado de un teléfono móvil permite escribir una felicitación de cumpleaños, inevitablemente con k y omitiendo el 99% de las letras del mensaje, pero no da para un artículo de prensa o un capítulo de una novela. Los PCs portátiles son cada vez más ligeros y discretos, pero sólo el tamaño de un teléfono móvil cabe razonablemente en el bolsillo. La convergencia del PC con el teléfono móvil, inevitable se mire como se mire, está estancada en una especie de coitus interruptus por culpa, ay, de unos pocos centímetros.

Es una situación transitoria, pero que puede durar muchos años todavía. La razón es que, pese a las profecías de los visionarios y a las consignas comerciales obedientemente divulgadas por los medios de comunicación, la máquina no sólo no está liberando al ser humano, sino que lo está esclavizando. Trate usted de conducir un automóvil sin abrocharse el cinturón de seguridad, o cómprese un despertador digital o una simple cocina de vitrocerámica, y entenderá lo que digo. Las máquinas modernas son ciegas, sordas y mudas. Y testarudas. Somos nosotros quienes debemos aprender su lenguaje, y no a la inversa. Sólo cuando las máquinas entiendan (y no sólo hablen) nuestro lenguaje seremos realmente libres. Aunque mucho me temo que, el día en que las cocinas de vitrocerámica piensen por sí solas, será cuando realmente habrán empezado nuestros problemas.

¡Con lo sencillo (y romántico) que era encender una fogata...¡

sábado, 22 de mayo de 2010

Anagramas

La lista de las aportaciones de Galileo a la ciencia es inacabable si a uno le quedan unos cuantos minutos de vida, pero sin duda bastante más larga que la lista de las aportaciones de José Luis Rodríguez Zapatero a la Historia del pensamiento universal. Galileo inventó, entre otros, el termómetro de bulbo, el microscopio, un recolector automático de tomates, diversos artilugios para usos balísticos, náuticos y geométricos, un peine de bolsillo que hacía doble uso como cubierto de mesa, un bolígrafo y, en sus últimos años, siendo ya ciego, un mecanismo de escape para los relojes de péndulo. Además, describió un método experimental para medir la velocidad de la luz y sentó la base de la teoría de la relatividad: las leyes físicas son independientes del sistema de referencia, cuando éste se desplaza en línea recta a velocidad constante.

La parte más prolífica de la vida de Galileo, sin embargo, estuvo dedicada a la astronomía. En 1608, el holandés Hans Lippershey anunció al mundo su invención de un instrumento que, años después, un matemático griego denominaría ‘telescopio’. Aunque las explicaciones sobre el nuevo aparato eran vagas, Galileo se las ingenió para construir uno, de tres aumentos, que pronto perfeccionó hasta alcanzar los 30 aumentos. La intención del Sr. Lippershey, probablemente, era espiar los movimientos de los abonados en el palco de enfrente de la ópera, pero a Galileo se le ocurrió apuntar al cielo.

El terremoto intelectual que generó aquella ocurrencia es de sobra conocido. Galileo descubrió que la Luna tenía cráteres y montañas, que el Sol presenta manchas, que las estrellas eran en realidad soles y planetas, y que la Vía Láctea era un amasijo de estrellas más o menos distantes en función de su brillo y de su tamaño aparente. Las cosmologías de Ptolomeo y Aristóteles caían hechas trizas. Pero pocos saben que Galileo Galilei -involuntariamente- hizo también su pequeña aportación a la literatura universal.

En el libro tercero de Los viajes de Gulliver, Jonathan Swift relata que, en la isla volante de Laputa, los astrónomos han descubierto dos satélites en torno a Marte. Incluso nos informa de sus períodos orbitales: 10 horas para Phobos, y 21 horas y media para Deimos. Ambos datos se aproximan bastante a la realidad. Lo cual es sorprendente, si tenemos en cuenta que las lunas de Marte no fueron descubiertas hasta 137 años después, con un telescopio cientos de veces más potente que los existentes en 1735. Durante más de un siglo, este pequeño enigma ha desatado la fantasía de muchos, y los más exaltados han llegado a afirmar que Jonathan Swift era marciano. La realidad, sin embargo, supera siempre a la ficción.

El caso es que, hacia 1610, Galileo había enviado al astrónomo Kepler una carta con un mensaje cifrado. El texto decía sucintamente:

smaismrmilmepoetaleumibunenugttauiras

Kepler supo inmediatamente que el mensaje estaba en clave. Por aquel entonces, era el medio que utilizaban los astrónomos para patentar sus descubrimientos. Los instrumentos eran aún rudimentarios, y nadie podía estar del todo seguro de lo que realmente se había encontrado en el firmamento. Si el hallazgo se confirmaba, allí estaba el anagrama para demostrar que ellos habían sido los primeros. En caso contrario, bastaba con no revelarle a nadie la solución. En su vivienda de Praga, apenas recibió el anagrama, Kepler se sentó a descifrarlo. Invirtió en ello muchas horas, pero tenía tiempo de sobra: aún no se había inventado la televisión.

Un día, por fin, después de mucho combinar y recombinar letras, depuso la pluma, satisfecho. Su transcripción decía:

Salve, umbistineum geminatum, Martia proles.
[¡Salve, protuberancias gemelas, hijos de Marte!]

En otras palabras: el planeta Marte tenía dos lunas. Exactamente como Kepler había predicho (siguiendo un razonamiento incorrecto).

En realidad, sin embargo, el mensaje que Galileo había querido transmitir no tenía nada que ver con aquello. Era el siguiente:

Altissimum planetam tergeminum observavi
[He observado el más alto de los planetas en forma triple]

Lo que Galileo había visto era el anillo de Saturno, pero las imperfecciones de su lente le habían jugado una mala pasada.

Los malentendidos astronómicos no terminaron ahí. Un mes después, Galileo envió a Giuliano de Medici otro anagrama que decía:

Haec immatura a me jam frustra leguntur - oy
[Esto ya fue intentado por mí en vano demasiado pronto]

Kepler, que consiguió una copia del mensaje, volvió a enfrascarse en él hasta que dio con la siguiente interpretación:

Macula rufa in Jove est gyratur mathem, etc.
[Una mancha roja hay en Júpiter que gira matemáticamente]

Lo cual era cierto. Júpiter tiene en su superficie una gran mancha roja que gira, pero ni Kepler ni Galileo podían saberlo, ya que no fue descubierta hasta dos siglos más tarde.

Sin embargo, no era tampoco eso lo que Galileo había querido decir. Ante las súplicas de Kepler, Galileo reveló por fin el significado del anagrama:

Cynthiae figuras aemulatur mater amorum 
[Las figuras de Cynthia son emuladas por la madre del amor]

En otras palabras, la imagen de Venus que vemos en los telescopios no es siempre redonda, sino que va pasando de creciente a menguante y de menguante a creciente. Como la Luna.

* * * 

 
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