domingo, 31 de agosto de 2008

A vueltas con la cultura

Yo quería escribir hoy algo sobre el amor, pero justo antes de ponerme manos a la obra acabo de leer la última anotación del blog de mi -quiéralo él o no- apreciado amigo Ernesto, y me ha estimulado a poner mi granito de arena.

El artículo de Ernesto es muy interesante. Lo que más me ha gustado ha sido esa clasificación suya entre el 'saber qué' y el 'saber cómo' para dilucidar el concepto de cultura. Para mi sorpresa, la RAE da dos definiciones de la palabra que me parecen bastante buenas:

2. f. Conjunto de conocimientos que permite a alguien desarrollar su juicio crítico.
3. f. Conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época, grupo social, etc.

Me parece claro que la acepción 2 responde al 'qué', mientras que la 3 refleja bastante bien el 'cómo'. Pero la definición que más me gusta es, en realidad, la primera:

1. f. cultivo

El significado de la palabra 'cultura' fue el tema de la primera conferencia pública que pronuncié, con ocasión de una entrega de premios. En aquellos años lejanos de la Transición yo había decidido inscribirme en la Asociación de Vecinos de mi barrio, en la sección de Cultura, que, según me habían dicho, estaba por aquel entonces gestionada por los anarquistas. Cultura sin mediatizar, sin obediencias políticas ni ánimo de lucro: aquello era lo que yo estaba buscando.

Precisamente el día en que me fui a inscribir había una asamblea general de la Asociación. Me invitaron a asistir, y yo acepté. En el preciso momento en que me incorporé a la asamblea, un representante de la sección de Cultura anunciaba que los anarquistas se marchaban en bloque de la Asociación. La sección de Cultura se quedaba, por consiguiente, desatendida. Desalentado en un principio por la estampida, que me había dejado solo, en seguida comprendí que aquella situación era en realidad una bicoca, y me puse yo solo a reorganizar la sección, prácticamente desde cero.

Se me ocurrió convocar un concurso de cuentos en el barrio, me puse a reorganizar la pequeña biblioteca, y añadí una sección cultural a la revista de la Asociación. Poco a poco, los cuentos de los concursantes fueron llegando, otras personas empezaron a colaborar en la sección, y finalmente una tarde, en el auditorio de una parroquia de la calle Alvarado, escenificamos solemnemente la entrega de los premios.

Fue un desastre. La idea era hacer una breve presentación (de lo cual se ocupó uno de los cabecillas de la Asociación, para capitalizar políticamente el acto), seguida de la entrega de premios (un modesto lote de libros). A continuación, yo pronunciaría una breve charla sobre la cultura popular.

Me había preparado muy bien el esquema de mi charla. Tan bien me lo había preparado, que era complicadísimo de exponer. Eran los tiempos en que yo leía a Marcuse, a Proudhon y a los estructuralistas franceses, y con esos y otros ingredientes similares lo único que se podía fabricar era una empanada. Mental, quiero decir. Que fue lo que me salió.

Apenas concluyó, pues, la entrega de los premios, yo me senté a una mesa sobre el escenario, bajo los focos, y eché un vistazo rápido a mis notas. Estaba nervioso. Debajo de mí oí un bullicio. Entregados ya los premios, que era de lo que se trataba, mucha gente abandonaba la sala. Entre tanto yo, que había decidido desarrollar mi tema de lo general a lo particular, empecé explicando, desde mi punto de vista, el significado de la palabra 'cultura'. Me lié. Allá abajo, las deserciones aumentaban. Antes de que comenzase siquiera a hablar de la cultura popular, mi público se reducía ya únicamente a unas diez o doce personas.

Cuanto más alarmante era la situación, más nervioso me ponía. Uno de mis compañeros me hizo señas de abreviar. Tenía razón. Había que abreviar... Pero ¿cómo?, me preguntaba yo mirando aquel folio mío garrapateado de complejas notas esquemáticas. Me enzarcé tanto en el tema que no me di cuenta de que en el patio de butacas se había formado un revuelo. Por fin, viendo que nadie me hacía caso, depuse mi charla y me acerqué a ver qué pasaba. Una de mis oyentes acababa de sufrir un ataque epiléptico.

Muchas veces he bromeado sobre aquella primera conferencia mía cuyo único efecto reseñable fue provocar un ataque de epilepsia, y me ha llevado muchos años, mucha experiencia y muchas horas de reflexión aprender a depurar mis ideas para hacerlas inteligibles. Principalmente, ante mí mismo, que es por donde un espíritu caótico como el mío siempre tiene que empezar.

La cultura ha sido mi pasión desde niño. Pero, con los años, llegué a la conclusión de que una cosa era la cultura y otra la erudición. Que no siempre son hermanas. Admiro a los eruditos, más que nada por la pasión que los empuja a conocer ese qué del que habla Ernesto, pero ahora creo que la cultura es otra cosa.

Para mí, cultura es cultivar. Los artistas, los científicos o los fabricantes de cestos de enea cultivan su disciplina de manera no muy distinta a como un jardinero cultiva una flor: siembran, riegan, roturan, podan o fertilizan hasta conseguir una complejidad útil, reveladora o, simplemente, hermosa. Los que disfrutamos de sus creaciones, en cambio, analizamos, comparamos, reflexionamos, descubrimos... y, si insistimos lo suficiente y somos honestos, llegamos más allá.

No he dicho esto con petulancia elitista, sino con vehemencia de explorador. Porque lo que para mí tiene de fascinante la cultura es su virtud de abrir caminos y puertas, de conectar territorios dispares, de establecer cortocircuitos. Cultura es cultivar. O para hacer realidad un hermoso jardín donde antes sólo había malas hierbas, o para descubrir paisajes ocultos donde antes sólo había ideas o sensaciones superficiales.

Por eso me ha gustado -sin que sirva de precedente- la segunda definición del DRAE: "Conjunto de conocimientos que permite a alguien desarrollar su juicio crítico". La cultura es una riqueza hecha de monedas infinitamente diferentes. Cultura es ver más lejos, entrever caminos nuevos, percibir matices más sutiles.

Cultura es ir más allá.

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jueves, 21 de agosto de 2008

Lingüística para tontos V - Especificación y predicación

(Comienzo)

Nos encontramos de visita en Roma. Ante nosotros se alza, majestuoso, el Coliseo, a cuyo alrededor un atasco infernal ha paralizado completamente el tráfico. Unas obras en el Metro, coincidendo con una visita del Papa y con una huelga salvaje de gasolineras, mantienen a todos aquellos automóviles detenidos sobre el asfalto.

En una situación así, referirse a un automóvil en concreto es relativamente fácil. Por ejemplo, tomando una fotografía del atasco y señalando sobre ella, con la punta de un lapicero, el automóvil al que queremos referirnos. Esta forma tan simple de comunicarse es independiente del lenguaje: probablemente cualquier ser humano podría entenderla. Sin embargo, aunque no seamos conscientes de ello, está basada en una premisa importante: que la punta de un lapicero -es decir, un punto- nos sirve para designar un objeto de dos o tres dimensiones.
Esta consideración no es estúpida si pensamos, por ejemplo, en la dificultad de designar con un simple punto la Corriente del Golfo sobre un mapa del Océano Atlántico, o un yacimiento subterráneo sobre una fotografía aérea del Sahara. Para que el objeto designado sea identificable, tenemos que tener una idea previa de la estructura del paisaje. Es decir, de su topología.
Pero imaginemos que no disponemos de un lapicero. Como -topológicamente hablando- un conjunto de automóviles es lo mismo que un conjunto de puntos que no se tocan, podríamos designar cualquiera de aquellos automóviles que vemos junto al Coliseo asociándolo al lugar que está ocupando. Al fin y al cabo, todos estamos de acuerdo en que dos objetos diferentes nunca pueden ocupar un mismo lugar. Lamentablemente, necesitaríamos tener un nombre para cada uno de esos lugares, y nuestra memoria no nos permite tal dispendio. Los 'lugares' que podemos identificar sobre una superficie pueden llegar a ser infinitos, y la longitud de las palabras que necesitaríamos para designarlos terminaría siendo ilimitada. Nuestra memoria, sin embargo, no da para tanto. Tendremos que ingeniárnoslas de otra manera.
Las placas de matrícula serían una solución excelente. Dado que todos los automóviles llevan una única placa diferente de todas las demás, podríamos guardarnos el lapicero en el bolsillo y decir, simplemente: "automóvil MXD-5578FGH". Al hacerlo, estaríamos utilizando una categoría mucho más potente, que nos permitiría identificar sin ambigüedades todos los automóviles del planeta:
automóvil: {…, ZD-45650FF2, MXD-5578FGH, LLX-44612RQW, …}
Sin embargo, también en esto tenemos mala suerte. Son pocos los automóviles de nuestro atasco cuya placa de matrícula acertamos a ver. Lo más aproximado que se nos ocurre al número de matrícula es el modelo de cada automóvil, pero… ¿y si nos encontramos con más de un automóvil de un mismo modelo? En otras palabras, nuestro sistema de designación sería, no completamente, pero sí un tanto ambiguo. ¿Es un fracaso, entonces, esta idea? No del todo, porque con la única palabra que teníamos hasta ahora, automóvil, la ambigüedad era total. Animados por este avance, vamos añadiendo cualidades: azul, abollado, polvoriento, ruidoso… hasta lograr que no haya dudas sobre el objeto específico al que nos estamos refiriendo. Este método, desde luego, no será sistemático, pero nos permite salirnos con la nuestra. Podríamos simbolizar el proceso así:
C + I' + I'' + I''' (1)
donde C es la categoría inicial (automóvil) y los símbolos I', I'', I''' (azul, abollado, polvoriento) son cualidades de C, es decir, ejemplares de otras categorías C', C'', C''' que, paso a paso, nos ayudan a desambiguar C.
Podríamos incluso ir más allá. Identificando un automóvil específico en las proximidades del Coliseo no hemos aportado realmente ninguna información, ya que nuestro interlocutor estaba contemplando la misma escena que nosotros. Quizá él o ella no tenía tampoco un nombre específico para ese objeto que nosotros hemos señalado, pero, igual que nosotros, sabía que estaba allí. Tal vez si cambiamos de perspectiva podremos descubrir cosas que nuestro interlocutor no conoce.
Nos decidimos, pues, a cruzar la calle. Desde la acera opuesta el atasco es igualmente infernal, pero uno de los automóviles, a cuyo volante hay un italiano impaciente, tiene una abolladura en la portezuela opuesta. Nuestro interlocutor, que no ha cruzado la calle con nosotros, no puede verla. De modo que hinchamos los pulmones para que nos oiga y le gritamos: "automóvil azul ruidoso: abollado". Esto es lo que los lingüistas llamarían una 'predicación': hemos aportado información. Si escribimos en forma simbólica el proceso:
C + I' + I'' : I''' (2)
observamos que es muy similar al proceso de desambiguación (1). Solamente hemos cambiado uno de los símbolos (+) por otro (:). Atendiendo a la función que les hemos asignado, podemos, pues, convenir en que estos dos símbolos representan los procesos de desambiguación (+) y predicación (:).

Por si este sistema de comunicación nos parece aún lejos de la complejidad del lenguaje humano, consideremos que podemos aplicar la fórmula (1) cuantas veces queramos dentro de una misma expresión. Sustituyendo, por ejemplo, la palabra 'azul' obtendríamos:

automóvil (color de cielo) ruidoso: abollado

En forma simbólica,

… + I + … = … + (C' + I'') + …

Esta posibilidad, que los lingüistas llaman recursividad, nos ayuda a referirnos a un objeto muy rápidamente (es decir, en muy pocas etapas), incluso ante situaciones reales que para el robot más sofisticado serían inmanejables.

Las fórmulas (1) y (2) responden perfectamente a la definición general de proceso de información, que hemos ilustrado cuando hablábamos de hormiguitas: esencialmente, poner un ladrillo (: I) a continuación de otros (… I + I' + I'') que ya habían sido puestos en etapas precedentes.

Para llegar a las fórmulas (1) y (2), lo único que hemos hecho ha sido representar conceptos muy básicos de sintaxis en forma simplificada. ¿Podríamos llegar, siguiendo este camino, a representar fielmente cualquier sintaxis utilizada por un ser humano? La respuesta a esa pregunta pasa, naturalmente, por la experimentación, a la que muy pocos lingüistas se dignan descender desde su olimpo dorado.
Sin embargo, hay algo que no hemos aclarado todavía suficientemente: ¿qué significado tienen esos dos símbolos (+, :) que usamos para conectar a cada automóvil con sus cualidades?
Pues lo siento, pero esta explicación va a quedar pendiente para un próximo episodio.

jueves, 14 de agosto de 2008

Penumbras

Es decir, fronteras borrosas. Que no tienen por qué ser más rechazables que las fronteras nítidas. ¿A quién no le ha parecido absurdo alguna vez tener que detenerse ante un semáforo en rojo que, en ese punto y hora, era evidentemente innecesario?

Incluso fronteras tajantes como esta han de desdibujarse a veces ante prioridades más perentorias: en ciudades con alto nivel de delincuencia, los semáforos se vuelven neutros a partir de cierta hora de la noche, para evitar peligros propios de las junglas de asfalto.

Curiosamente, a nadie se le ha ocurrido todavía ordenar que los semáforos estén siempre en rojo, para evitar totalmente los accidentes. Los semáforos son de cumplimiento obligatorio, pero expresan una convención social fundamentada, en gran medida, en razones prácticas: si no nos ponemos de acuerdo en quién pasará primero, o en si conducimos (todos) por la derecha o por la izquierda, el transporte será un caos. ¿Tienen, pues, ideología los semáforos? Yo diría que no.

Para que todos las cumplan, las convenciones se constituyen en leyes. Una ley es ya un paso más allá de la mera convención, porque implica la existencia de policías que la hagan cumplir y de jueces que penalicen su incumplimiento. Las convenciones están basadas en acuerdos libres entre personas libres de avenirse o no. Las leyes están basadas en la realidad de que muchas personas pueden más que una persona.

Es una vieja fórmula: el interés de la mayoría siempre prevalece. Claro, que habría que definir claramente qué se entiende por mayoría y hasta qué punto la imposición de sus intereses es tolerable para los individuos que no los comparten. La democracia, en el primer caso, y los derechos humanos en el segundo son aproximaciones más o menos tolerables a la solución de un problema que, probablemente, no tiene solución: la naturaleza del ser humano.

Otras veces, sin embargo, la realidad es que unas pocas personas pueden más que todas las demás juntas. Es el caso de las dictaduras. Una dictadura puede reflejar en mayor o menor medida los intereses de la sociedad, pero generalmente refleja la propia ideología de los dictadores. Hace muchos años recuerdo haber visto, junto al palacio presidencial del dictador Duvalier, en Puerto Príncipe, un enorme cartel que declaraba que la democracia y la libertad eran el bien más sacrosanto de los pueblos y el fundamento irrenunciable del Gobierno de Haití. Cuentan que, en aquella misma mansión, Duvalier tenía el comedor decorado con las cabezas de sus enemigos (que eran casi todos de su propia familia), y a pocos metros de aquel palacio despampanante me encontré con un barrio de chabolas inmundas a cuyos habitantes, según comprobé, se les respetaba en aquel momento el derecho de respirar.

En realidad, la historia de las sociedades está directamente determinada por la capacidad de convicción de sus gobernantes. Sean o no dictaduras, las sociedades cuyos líderes no convencen son inestables, y por eso los gobernantes, al igual que las empresas, utilizan tan a menudo un recurso propio, equivalente a la publicidad: la ideología.

La ideología es una maravilla: cohesiona a las masas, refuerza las estructuras de poder, y simplifica muchísimo los razonamientos: el mundo se divide en buenos y malos. Y nosotros somos los buenos. Punto. Alguien podría pensar que estoy describiendo no las ideologías, sino las religiones. Cierto. Pero si las llamasen religión perderían adeptos y, en el mundo moderno, para hacer publicidad hay que saber guardar las formas.

Lo cual nos lleva a una conclusión no tan inesperada: el mundo no está en manos de los políticos, sino de los medios de comunicación. Porque, para poder convencer, los políticos necesitan de los mass media, esos profetas del mundo moderno que difunden entre los mortales la Verdad y la Palabra.

Sólo que, con el paso del tiempo, los profetas se han modernizado. Y es que por fin han comprendido que una Imagen vale más que mil Palabras.

jueves, 7 de agosto de 2008

Galaxy Zoo

Este es el nombre de un sitio web que he encontrado, en el que se puede colaborar clasificando galaxias. Fijáos en esta maravilla que acabo de encontrar:




Hermosa, ¿no? El caso es que hay ya millones de galaxias fotografiadas, muchas más de las que un solo puñado de investigadores podrá clasificar a lo largo de toda su vida, incluso dedicándose a ello a tiempo completo. Por eso estos astrónomos han pedido la ayuda de voluntarios de todo el mundo. Si alguno de vosotros tiene ganas de ayudar, os aseguro que no es difícil. Basta con un pequeño entrenamiento para acceder a la primera fase del proceso.

Hay dos tipos básicos de galaxias; elípticas, y en espiral. No siempre es fácil reconocer si estamos ante uno u otro tipo. Las imágenes que nos muestran rara vez son tan nítidas como en este ejemplo, y a menudo nos encontraremos con galaxias fotografiadas 'de canto'. Pero lo más interesante es cuando nos encontramos con dos galaxias en proceso de fusión (¿o debería decir 'colisión'?). Muchos astrónomos creen que las galaxias en espiral podrían tener su origen en la fusión de dos galaxias, elípticas o no. Pero ningún científico dispone de unos cuantos millones de años para contemplar ese proceso de principio a fin, por lo que tendremos que recurrir a un truco: 'sorprenderemos' a muchas galaxias en distintas fases de ese proceso y, fotograma a fotograma, construiremos una película.

Además, es también importante comprobar si se cumple o no un supuesto básico de la astrofísica: el Universo no tiene preferencias. Si algún día alguien averigua que hay más galaxias que giran a izquierdas que galaxias que giran a derechas, entonces llamad a Houston, porque tenemos un problema.

En realidad, el problema lo tenemos ya de todos modos, porque allá por los años 50 varios físicos descubrieron un fenómeno inquietante: en las interacciones débiles, la paridad no se conserva. En otras palabras, las leyes de nuestro Universo no son exactamente simétricas (a menos que exista una mitad simétrica de este Universo que nosotros nunca hemos visto). Pero hoy es ya muy tarde y me tengo que ir a la cama. Otro día explicaré algo sobre este importante descubrimiento.

domingo, 11 de mayo de 2008

La ola

Cuando uno publica para un planeta redondo en cuya superficie se persiguen sin pausa el día y la noche, las estadísticas de audiencia se asemejan a las olas de un mar.

Veamos. Ricky Mango publica un episodio de su podcast a las 6 de la tarde en algún lugar del Mediterráneo. Es buena hora para los oyentes de Europa, que empiezan a afluir. El aflujo seguirá aumentando hasta las 11 o 12 de la noche, y después de esa hora la audiencia irá desertando poco a poco. La ola decae.

Pero no por mucho tiempo. A partir de las 2 de la madrugada, mis fieles seguidores de California y de Denver estarán ya dispuestos para tomar el relevo, más o menos antes de cenar. Pronto se les sumarán mis oyentes mexicanos, neoyorkinos, tejanos y miámicos, y en pocas horas toda América Latina estará asomándose ansiosa al podcast para escuchar el nuevo programa de Ricky Mango.

La ola empieza a perder altura a eso de las 7 de la mañana, hora europea. En Buenos Aires se está haciendo tarde. Las ocurrencias de Rick no le quitan el sueño a nadie, y también en América tiene uno derecho a dormir. Es un momento duro para el ego de R.M. Casi todo el planeta parece ausentarse del podcast. A veces algún despistado de Australia parece querer curiosear pero, en conjunto, durante unas breves horas las estadísticas del podcast se quedan planas.

¿Quién dijo angustia existencial? Sólo tres horas después, hacia las 10 de la mañana, un par de tímidos residentes en Japón están ya atisbando de nuevo. ¿Estarán merendando sushi? La actividad renace. Los primeros oyentes de Beijing se asoman al podcast, y después de ellos Taiwán y Shanghai se suman con alborozo. Ese charlatán que cuenta historias en español siemple los solplende.

Son la última ola antes de recomenzar el eterno retorno. Ocho horas después, el silencio se ha apoderado de China, y el planeta entero parece querer descansar del pertinaz Ricky.

Pero la ilusión es fugaz. Antes de que el silencio sea total, un primer oyente desde Turquía pincha el botón Play y rompe el hechizo. En Alemania están también aguardando, expectantes, a terminar de cenar para poder oír esa primera frase siempre prometedora:

'Ricky Mango presenta..."

lunes, 14 de abril de 2008

Palíndromos

Una de mis aficiones, tiempo ha, eran los palíndromos. Como era esta una palabra que siempre se me olvidaba, yo los llamaba 'frases capicúa', catalanismo tolerable teniendo en cuenta que yo todavía no había vivido en Barcelona.

Por si alguien no sabe lo que es un palíndromo, se trata de una frase que da el mismo resultado leyéndola a derechas que a izquierdas.

Es muy difícil encontrar un palíndromo que responda mínimamente al sentido común. La mayoría de los palíndromos son inverosímiles, y esa cualidad los hace, para mí, irresistiblemente atractivos.

Durante una larga temporada -como mínimo, meses-, me dediqué a construir palíndromos, al principio con el único objetivo de mejorar el más famoso de todos: Dábale arroz a la zorra el abad. Recuerdo haber leído en alguna novela de algún autor sudamericano unos cuantos palíndromos sorprendentemente buenos, pero no estoy seguro de que fueran más largos que el del abad nutriente.

Cuando el número de palíndromos que se acumulaban en papeles sueltos y cuadernos a mi alrededor empezó a ser considerable, empecé a anotarlos ordenadamente en un cuaderno de anillas. Por aquel entonces, la palabra 'computadora' evocaba una habitación gigantesca de algún edificio de IBM, llena de paneles, cables y mandos de ciencia-ficción. La extracción e inserción de hojas en el cuaderno de anillas era lo más parecido a borrar y pegar texto en una pantalla.

Creo que reuní cien, quizá doscientos palíndromos, muchos de ellos tan simples como 'Ana gana' o '¡A por ropa!'. Uno de los más largos me hacía particularmente gracia:

La Greta Garbo jabonó bajo braga tergal

Mi amigo Pepe, que estudiaba matemáticas, siempre decía que aquella frase no tenía sentido, y es cierto que queda un poco cojitranca, pero a mí me encantaba. Lo fascinante de los palíndromos 'insensatos', que son la mayoría, es su capacidad para evocar imágenes surrealistas. Yo siempre adoré el surrealismo, porque sus combinaciones de palabras dislocadas eran una ventana abierta a la fantasía y, durante unos instantes, me liberaban de una de las cosas que más odio: la monotonía, la rutina, los convencionalismos.

La primera frase que evoco cuando pienso en la poesía surrealista es un verso suelto de Rafael Alberti, que leí en la legendaria Antología del 27, de Gerardo Diego:

una navaja de afeitar abandonada al borde de un precipicio

Esta media frase da, por sí sola, para unas cuantas novelas. Imaginar todas esas posibles novelas en la fracción de segundo que tardamos en leerla es una experiencia casi olímpica. (Me estoy refiriendo a los cielos de Zeus y su tropa, no a esas llanuras con rayas donde compiten dopados supermanes en paños menores).

En poesía, mis surrealistas favoritos eran Vicente Aleixandre y Juan Eduardo Cirlot. Cirlot era el ristretto de la poesía surrealista: un concentrado denso y fuerte de sabor de imágenes deslumbrantes. Y Vicente Aleixandre era el hijo primogénito de Góngora, la presencia evocada de Ulises y del único mar que adoro de corazón: el Mediterráneo.

Sobre Góngora escribiré en otra ocasión. Se merece un episodio en exclusiva.

Mi obsesión por los palíndromos llegó a un punto en que, en lugar de leer los textos normalmente, los leía del revés. Cuando me descubrí a mí mismo una noche invirtiendo mentalmente las noticias habladas de la televisión, comprendí que tenía que echar el freno, y abandoné en un rincón mi cuaderno de anillas.

Reproduciré aquí algunos de aquellos palíndromos que más me divierten:

Atila, sal a la salita
Allí Dora le ve la rodilla
¡A remar allá, ramera!
Allí trota la tortilla
A ti te sobra garbo, setita
A la tímida, dimítala
A ti, modoso sodomita
Aúpa la púa
Añora la roña
Arrímale la mirra
Así olerá más a mar, Eloísa
A tal latoso, tal lata
Atar al rabo sin rajar ni sobar la rata
Aparta, sátrapa
Até y abusé de su bayeta
A ti no, bonita
Amiga, no gima
Ana, nabo no, banana
Abades: esa se daba al abad. El le daba, la abadesa se sedaba
Alejo, mójela
Alemana, sánamela
Abajo me mojaba
Daba la loca la col al abad
Hala, viva la H
Isaac ataca así
Es raro dorarse
Es Nerón en Orense
El boro da luz al azulado roble
Edipo lo pide
La tropa da cal a cada portal
La diva muere de reúma, Vidal
La mete mal
La renegada es aseada, general
Le va Ravel
La moto botó mal
Oí "Ramón", no "Mario"
"Oíd", añadió
Onán es enano
No subas, abusón
No molas, Salomón
No traces en ese cartón
Ni la tsé-tsé: para peste, Stalin
Oye, sólo lo sé yo
Ordago va, Avogadro
Sacará maracas
Sal o calla, Colás
Salta ese atlas
Robaban a babor
Yo hago yoga hoy
Zeus, asoma, vamos a Suez

Y por sílabas:

¿Ves, Remigio, mi revés?
Pon 'Japón'
Depílese, se le pide
Adela se ladea
Jódeme, que me dejo
Tocaré con recato
Tocaré sin recato

viernes, 11 de abril de 2008

Lingüística para tontos. IV - La topología

(Comienzo)


Si me hablan de la Mona Lisa y vivo en París, probablemente seré capaz de situarla en un mapa mental con gran exactitud. Pero ¿qué hacer si me hablan de Nessie (el monstruo del lago Ness) y toda mi vida he vivido en una tribu del Amazonas, sin contacto con el mundo exterior?

En tal caso, es de suponer que mi representación mental de Nessie no me servirá ni para llegar a Escocia pero, aún así, seré capaz de representarme la Tierra como una esfera (¡tal vez incluso como un plano!), en ella una isla, en la isla un lago, y en el lago un animal cuyo aspecto desconozco. Mientras yo no dé forma concreta a esas isla, lago y animal, su representación navega libremente en mi mente por mares topológicos.

Esto nos sugiere que, para interpretar el lenguaje humano, nuestra mente asienta la información en estructuras topológicas. A falta de más datos, nos conformamos con saber que una isla es una superficie dentro de otra y que Nessie es un objeto tridimensional metido dentro de un volumen. O, simplificando aún más, un punto situado en algún lugar de una superficie. En otras palabras, la representación de un concepto no nos plantea problemas mientras sus fronteras estén claras y el concepto no se 'rompa'. Respetando estas reglas, nuestro concepto es moldeable.

La representación del habitante del Amazonas es una buena forma de comprimir la información. Supongamos que hemos representado digitalmente la imagen de una isla -rodeada de agua- así:


0 0 0 0 0
0 0 1 1 1 1 0 0
0 0 1 1 1 1 0 0
0 0 0 0 0


Es decir, una región de 1s (tierra) rodeada de una extensión de 0s (agua). Pues bien, en términos topológicos nos bastaría con escribir simplemente


0
0 1 0
0

En otras palabras: decir que una representación es 'topológica' quiere decir que nos sirve para generar casos particulares, como el de la primera imagen digital. En la segunda representación, la simplificada, cada uno de los símbolos 0 o 1 denota un caso general, capaz de generar casos particulares desdoblándose en sentido horizontal (11, 111, …) o vertical. Acabamos de representar topológicamente una categoría.

Hay una característica importante de las categorías que marca quizá su diferencia radical frente a la teoría de conjuntos. Mientras los matemáticos contemplan un conjunto como la 'unión' de todos sus miembros, una categoría está relacionada con sus miembros mediante la disyunción "o": la palabra 'gato' puede referirse al gato de mi vecina, o al Gato Fritz, o al gato que me encontré ayer en la calle, o… En lenguaje ordinario, no matemático, la agregación de cierto número de gatos la expresamos más bien mediante el plural.

Por comodidad, estoy utilizando aquí la notación {A, B, C, …} para designar una categoría, quedando entendido que lo que significa para mí es 'A o B o C o …', y no 'A y B y C y …'

Ahora bien, la representación topológica –es decir, simplificada- nos sirve igual para una isla que para un lago o una mancha de salsa de spaghetti en nuestra camisa. Es una categoría de categorías. Si, como cabe sospechar, no fuera posible simplificarla más, entonces nos hallaríamos ante lo que los lingüistas llaman una 'primitiva': en otras palabras, un concepto irreducible.

De ser cierta, esta idea resolvería muchos problemas. Si el significado último de los conceptos fuera, en última instancia, topológico, el lenguaje humano podría tener un referente absoluto: la geometría. Además, como hemos visto, podríamos manejar esos conceptos geométricos utilizando símbolos. ¿Qué es lo que estoy insinuando? Muy sencillo: que el lenguaje humano, y en particular su significado, sería procesable mediante computadoras.

La ambigüedad entre un lago y una isla podemos resolverla, por ejemplo, asociando a los 0s y a los 1s los símbolos 'agua' y 'tierra', o 'tierra' y 'agua', según el caso. Pero, si nos encontramos ante un atasco de tráfico en Roma a una hora punta, ¿tendremos que poner un nombre distinto a cada uno de los automóviles para referirnos a ellos?

Esta es precisamente la pregunta a la que me gustaría responder en el próximo episodio.

(Continuación)

martes, 8 de abril de 2008

Lingüística para tontos. III - La información

(Comienzo)

La idea de que podemos analizar el lenguaje humano en términos de categorías nos viene de perillas, porque nos permite contemplar el lenguaje como una herramienta para lo que todos sospechamos que es su finalidad principal: transmitir información.

En los últimos años se ha puesto de moda la información digital. Estamos todavía en un estadio primitivo de la civilización, y para manejar la información no sabemos hacer nada mejor que trocearla. El cine trocea el movimiento en fotogramas, y las técnicas digitales trocean el sonido o la imagen en 0s y 1s. Es un trabajo de hormiguitas convertir la novena sinfonía de Beethoven en 0s y 1s, pero tenemos esclavos que lo hacen por nosotros: las computadoras.

Al igual que las hormigas, preocupadas únicamente por acarrear o no un grano de polen sin interesarse demasiado por la estrategia alimentaria de su hormiguero, la información digital no describe las relaciones internas de las cosas que construye: simplemente, junta ladrillos. Ladrillo a ladrillo, aporta información. Y sólo usa dos tipos de ladrillos: los 0s y los 1s.

Pero ¿aporta información con independencia de quién la reciba? Evidentemente, no. Cada vez que un sistema digital escribe un 0 o un 1, la información sólo puede ser útil para el destinatario, que ignoraba si el próximo ladrillo sería un 0 o un 1. Eso sí, tenemos que presuponer que el destinatario conoce previamente dos cosas: dónde deberá colocar cada nuevo ladrillo (en este caso, a continuación del anterior), y qué clases de ladrillo puede recibir (es decir, un 0 o un 1).

Y con esto regresamos al lenguaje humano. Probablemente sin saberlo, el receptor de la informacíón digital está utilizando mentalmente una estructura (un ladrillo a continuación de otro) y una categoría ({0, 1}). El lenguaje humano es más complejo. Las palabras se pronuncian, o se escriben, en fila india, pero para poder darles un sentido hay que recolocarlas mentalmente. Si te explico que ayer vi a tu prima con un telescopio, probablemente te preguntes si es que yo vi-con-un-telescopio a tu prima, o si lo que realmente vi fue a tu-prima-con-un-telescopio.

Hemos identificado, pues, los dos elementos básicos de la información y, posiblemente, del lenguaje, entendido como rompecabezas: (1) dónde colocar las piezas, y (2) qué piezas colocar.

El lector impaciente me preguntará ahora "¿Y qué demonios tiene que ver la topología con todo esto?" Calma. A eso vamos.

(Continuación)

viernes, 4 de abril de 2008

Lingüística para tontos. II - Estructura de las categorías

(Comienzo)

De manera que la mente humana invoca categorías para atribuir significados a las palabras. Pero, ¿cómo son esas categorías? ¿Cómo se comportan? ¿Tienen estructura?

Es fácil ver que sí. A título experimental, sustituyamos el nombre de la categoría por una palabra desconocida, y veamos qué ideas nos invoca (así es como todos aprendimos a entender a los demás y a hablar en nuestro idioma):

1 - La salsa sabía demasiado traxa, de modo que le añadí más ajo
2 - Estuve esperando desde el mediodía hasta la traxa
3 - Las franjas azul, traxa y amarilla de su falda
4 - Bugs Bunny se convirtió en una traxa, y después en un burro
5 - Mi amigo Luis vive en la traxa de la montaña

En cada una de estas frases, la palabra traxa apunta a una categoría diferente. En el primer caso, apostaríamos a que esa palabra denota un sabor. En el segundo ejemplo, una referencia horaria. La tercera traxa parece ser un color, y la cuarta, una forma dibujada. La traxa de una montaña bien podría ser una parte de su superficie, del mismo modo que una ladera, una cima o una escarpadura. Pero la estructura de cada una de esas categorías es distinta de las demás. Tratemos de resumir lo que tenemos entre manos:

1 – una diversidad de conceptos individuales, difusamente conectados entre sí (sabores)
2 – una continuidad de conceptos que conectan linealmente el mediodía con la traxa (valores de tiempo)
3 – una diversidad, o una continuidad, de conceptos (colores)
4 – una continuidad de conceptos que puede transformar, por ejemplo, una traxa en un burro (formas animales e intermedias)
5 – una estructura común a todas las montañas, cuyos elementos estarían delimitados por rasgos de su superficie (partes identificables de una montaña)

Analicemos esto en detalle. Se puede pasar del sabor salado al dulce reduciendo progresivamente sal y añadiendo azúcar, y lo mismo cabe decir de cualesquiera otros dos sabores pero, ante un sabor intermedio, no disponemos de elementos de referencia para determinar en qué punto exacto de la transición nos encontramos. El tiempo, sin embargo, no se comporta de la misma manera que los sabores. Nos parece que un acontecimiento está tanto más lejano cuanto más se adentra en el pasado, pero no podemos saber cuán cercano está el momento en que veremos esa estrella fugaz. Cualquier cosa que acontezca entre un suceso y el siguiente, sin embargo, podemos situarla con exactitud en el tiempo… por ejemplo, utilizando un reloj. Y podemos hacerlo de manera unívoca: no concebimos dos trayectorias diferentes a lo largo del tiempo para pasar de un instante a cualquier otro instante.

Las gamas de colores son categorías bastante familiares para quienes trabajan con espectrómetros o para quienes, simplemente, estudian el catálogo de una tienda de telas. Al igual que el tiempo, las gamas de colores tienen una estructura lineal. Pero, a diferencia del tiempo, que es ilimitado tanto hacia el futuro como hacia el pasado, la gama de los colores se cierra sobre sí misma: su estructura es circular.

La categoría a la que pertenece Bugs Bunny se diferencia de las categorías anteriores en que no tiene una sola dimensión, sino dos. Bugs Bunny es capaz de transformarse casi en cualquier cosa, pero hay infinitas maneras de convertirlo en una marmota. A lo largo de una de esas transiciones, las formas intermedias entre Bugs y la marmota nos recordarán a Bugs durante un tiempo, nos parecerán después irreconocibles durante algunos instantes, y a continuación nos recordarán cada vez más claramente la figura de una marmota.

La estructura de una montaña tiene tres dimensiones. Podemos imaginarla como un rompecabezas cuyas piezas se acoplan en sus bordes, y podemos deformarla en nuestra mente hasta que sea irreconocible como montaña, pero no podemos imaginar un proceso continuo que transforme una parcela de su superficie en otra.

Todas estas propiedades de las estructuras nos recuerdan irresistiblemente una rama de las matemáticas que se denomina Topología.

(Continuación)

martes, 1 de abril de 2008

Lingüística para tontos. I - Categorías

Suena el teléfono. Me levanto del sofá. Descuelgo. Es mi amiga Atenea.
"Hola", le oigo decir al otro lado del teléfono. "¿Te interrumpo?"
"Hola, Atenea", respondo. "No, en absoluto. Hoy no he salido de casa. Estoy viendo una película".
Dado que son las nueve y cuarto de la noche y hoy es lunes, Atenea no se sorprende de mi respuesta, y la conversación continúa normalmente. Pero imaginemos ahora que, en lugar de comunicarnos por teléfono, Atenea y yo hemos decidido ese día ir al cine, y a esa misma hora estamos sentados en nuestras butacas, a oscuras, mientras en la pantalla unos bucaneros se emborrachan en una isla de los mares del Sur. Repentinamente, me acerco al oído de mi amiga y le digo:

"Estoy viendo una película".

La expresión de Atenea, esta vez de estupor, no es de extrañar. Mi frase no le ha aportado ninguna información. Ella ya sabe que yo estoy viendo una película. Su cerebro trabaja intensamente. ¿Qué habré querido decir?

Esta es probablemente la primera premisa de la comunicación. Cuando un mensaje está adecuadamente formateado, consideramos que tiene asociado un significado y, por consiguiente, hay que interpretarlo. Gracias a este mecanismo somos capaces de comprender sin dificultad a aquel extranjero que nos aborda en mitad de la calle y nos dice, por ejemplo: "lugar barato comer".

De esas tres palabras mal pronunciadas y ajenas a nuestra sintaxis surge inmediatamente en nuestras mentes un significado, y nuestra conjetura de ese significado pronto se confirma. Gesticulando, le explicamos a nuestro interlocutor cómo se llega a la tasca de Pepe; le indicamos, relamiéndonos ostensiblemente, que Pepe cocina una paella exquisita, y se va muy contento en la dirección indicada.

Lo que mi interlocutor y yo hemos identificado, gracias a un discurso desprovisto de sintaxis y ayudado de signos visuales, es el significado de nuestros mensajes. Pero ¿én qué consiste ese significado? ¿En qué lugar de nuestra mente se encuentra? ¿Tiene alguna estructura?

Para responder a estas preguntas conviene regresar al ejemplo de la película de bucaneros. ¿Qué es lo que hace el cerebro de Atenea mientras ella me mira atónita en el cine? ¿Qué diablos querría yo decir cuando declaraba que estaba viendo una película?

A mi amiga se le ocurren varias posibilidades. Tal vez hace mucho tiempo que yo no veía una película, y únicamente le estoy expresando mi alegría. O quizá soy funcionario en el archivo de una filmoteca, y me paso los días colocando películas en las estanterías sin llegar nunca a verlas. O soy un fanático del teatro y en esta ocasión, excepcionalmente, he acudido al cine.
Lo que el cerebro de Atenea ha hecho, pues, es construir un trasfondo que le permita extraer información de mi mensaje. Cualquiera de estas tres construcciones permitiría extraer información plausible de mi mensaje:

"Últimamente, no veía películas. Ahora, estoy viendo una película"
"Normalmente, manejo películas. Ahora, estoy viendo una película"
"Normalmente, veo obras de teatro. Ahora, estoy viendo una película"
En los tres casos, el mensaje informa de que está sucediendo algo que no sucedía. Para poder extraer información de mi mensaje, Atenea ha tenido que construir mentalmente las categorías

estoy haciendo algo: {no viendo una película, viendo una película}
estoy haciendo algo con una película: {manejando, viendo, ...}
estoy viendo algo: {una obra de teatro, una película, ...}
En términos más abstractos, Atenea ha construido las frases:
estoy X
estoy X una película
estoy viendo X

y, a continuación, ha dejado que se formen en su mente espontáneamente las categorías X. La información que ella está empeñada en extraer de mi mensaje dependerá de cuáles sean esas categorías. Ella ha interpretado que yo le estoy señalando un caso particular de algo, y por eso su mente se ha esforzado por identificar todas las categorías que es capaz de construir a partir de mi mensaje, a fin de poder interpretarlo como un caso particular.

Si en lugar de ir al cine con Atenea nuestra conversación se hubiera mantenido por teléfono, como en el primer ejemplo, el proceso habría sido más simple pero, en esencia, no diferente. Simplemente, mi amiga habría evocado una categoría de actos habituales o verosímiles en el hogar un lunes a las nueve y cuarto de la noche:

estoy X: {comiendo, durmiendo, leyendo, viendo una película, ...}

La pregunta que se plantea a continuación es casi inevitable: ¿A qué conclusiones podemos llegar si analizamos todas las palabras de un lenguaje en términos de categorías?

(Continuación)

 
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