En el año 1971 crucé por primera vez el telón de acero. Fue en Checoslovaquia. Hacía sólo tres años que tanques rusos habían sofocado en Praga un intento de distanciarse de la Unión Soviética. La ciudad, una de las más bellas del mundo, me pareció entonces sórdida y kafkiana. Sus edificios y monumentos tenían un aspecto triste y descuidado, apenas había cines o espacios de diversión, y la presencia del Estado era ominpresente. Yo venía de la España franquista, y todavía ahora les explico a quienes se quejan de Franco que no tienen ni idea de lo que es una verdadera dictadura.
Después conocí otros países de la órbita soviética: Croacia, Hungría, Eslovenia, Cuba y Bulgaria. Tras la desintegración de la Unión Soviética en 1991, las prisas de la Europa oriental por aproximarse a la UE y a la OTAN me parecieron perfectamente comprensibles, y durante todo este tiempo me he preguntado cómo se sentirían muchos rusos después de pertenecer a un imperio venido a menos que, durante medio siglo, dominó aproximadamente la mitad del planeta.
Parecía que con la nueva ola de democracia el mundo se convertiría en una balsa de aceite. Un tal Fukuyama se apresuró a vaticinarlo, y algún que otro intelectual poco aficionado a los libros de historia se sumó con entusiasmo. Al fin y al cabo, también el Imperio Británico se desintegró no hace tanto tiempo y los British supieron resignarse y prosperar pacíficamente. Pero lo cierto es que, si en el mundo no hubiera habido guerras, los libros de Historia tendrían quince o veinte páginas solamente.
En pocos años, la OTAN y la UE avanzaron hasta las puertas mismas de Rusia: no sólo la Alemania oriental, sino también Polonia, la República Checa, Eslovaquia, Rumanía, Bulgaria y los países bálticos se apresuraron a integrarse en el bloque 'occidental'. En pocos años, Rusia era ya sólo la sombra de un imperio, y tal vez esa fue una de las razones por las que Putin llegó democráticamente al poder: la recuperación del maltrecho orgullo nacional.
En el mundo siguieron pasando cosas, y durante un cuarto de siglo Rusia se mantuvo en segundo plano de la actualidad política. La intervención en Georgia causó un cierto revuelo, pero en poco tiempo las aguas volvieron a su cauce. Parecía que el mundo había aceptado que Rusia, como Estados Unidos o China, tenía también su área de influencia y, más o menos a regañadientes, se fueron calmando.
Pero nadie contaba con la burocracia de la Unión Europea. Esa especie de Politburó jurásico instalado en Bruselas y centrado miopemente en ampliar mercados y especificar con pelos y señales cómo deberá ser el bienestar de los ciudadanos. Es decir, el de usted y el mío. El nombramiento de los oscuros funcionarios van Rompuy y Catherine Ashton como Presidente y encargada de asuntos exteriores, respectivamente, parecía una buena idea, excepto por algún pequeño detalle: no sólo no habían sido elegidos democráticamente, sino que pronto se vio que no le hacían la menor sombra a los dirigentes de Francia, Alemania o Reino Unido, que seguían protagonizando la escena internacional. De eso se trataba, dirá algún mal pensado.
El caso es que la UE no tiene una política internacional que conjugue las de sus países integrantes, y que debería abarcar desde Africa hasta Australia pasando, inevitablemente, por Ucrania. A sus mismas puertas dejaron desangrarse a Yugoslavia, y tuvieron que venir los Estados Unidos a resolverles el problema. A la sombra del primo forzudo americano enviaron algunas tropas a Iraq y a Afganistán, y si intervinieron en Libia fue, cabe sospechar, por el petróleo y porque era facilito.
Mientras la OTAN liberaba Kuwait, intervenía en Iraq e imponía la paz en Yugoslavia el gobierno ruso se mantuvo a distancia de los acontecimientos. Todas aquellas intervenciones estaban fuera de su área de influencia, y el proverbial oso ruso parecía dormitar junto a la llave de los gasoductos que abastecen Europa. Hasta que Europa empezó a hacerle cosquillas.
Tan recientemente como 2013, la negativa de Merkel a rescatar Chipre debió de hacer pupa a más de un ruso adinerado, cuyo capital en los bancos chipriotas se volatilizó de la noche a la mañana. Sin embargo, no contenta con eso, la Unión Europea propuso a Ucrania un acuerdo que, a medio plazo, podía significar la ruptura de ese país con Rusia y su pase 'al otro bando'.
El concepto de 'otro bando' tiene, sospecho, significados distintos para unos y otros. Para Rusia, Ucrania tiene un alto valor estratégico. Ucrania es el granero de Europa, y las bases rusas en Crimea son la única salida de Rusia al Mediterráneo y la única cuyas aguas no se congelan durante nueve meses al año. Para el resto del mundo, Crimea es una península difícil de localizar en el mapa que vive, o vivió, del turismo y que no amenaza la seguridad de nadie en su sano juicio.
Leyendo las declaraciones de algunos políticos americanos y europeos, sin embargo, me ha sorprendido descubrir que todavía hay quien identifica a Rusia con la Unión Soviética. Dejemos las cosas claras: el verdadero enemigo de Occidente era el régimen soviético, no Rusia como país. El régimen soviético ya no existe, y Rusia ahora es una democracia. Le podemos poner muchos peros a la democracia rusa, como se los podemos poner a la democracia española, pero los tiempos en que Stalin colectivizó por la fuerza y exterminó a los campesinos ucranianos son ya historia.
Leyendo las noticias sobre Ucrania y los comentarios de sus lectores estoy descubriendo que, en las mentes de muchos, la guerra fría todavía no ha terminado. Supongo que es un fenómeno de histéresis colectiva, pero no ayuda mucho a la causa de la paz internacional. Tanto más cuanto que va acompañada de un cierto sentimiento de superioridad de los países occidentales, que parecen tratar de dar lecciones a los dirigentes rusos sobre cómo comportarse en sociedad.
Toda esta retórica mohosa evidencia un doble rasero. Occidente no cuestiona su derecho a invadir Iraq y a anexionarse la Europa oriental, pero acusa a Rusia de imperialismo por asegurarse un pequeño bastión de población mayoritariamente rusa. Ese tipo de actitudes, aunque no fueran más que palabrería, tienden a levantar ampollas en los acusados. La política internacional debe regirse por intereses racionales, y la irracionalidad es un ingrediente muy peligroso, que puede terminar empujando a los países a actuar contra sus verdaderos intereses.
Es posible que todo sea mera retórica y que, entre bastidores, las grandes potencias hayan llegado ya a un acuerdo sobre el reparto de áreas de influencia. Es posible. Pero, si no es así, el juego de fuerzas es complejísimo, y es muy difícil vaticinar lo que sucederá a continuación.
Rusia podría cerrar la llave del gas a Europa, pero su economía sería la primera perjudicada, ya que depende de unos gasoductos que, además de representar una enorme inversión, no son transportables. Europa no saldría tampoco bien parada, porque tendría que importar el gas de Estados Unidos a un precio mucho mayor, y la Unión Europea se hundiría en otra gran recesión. Y, en cuanto a Ucrania, podría conformarse con el status quo, pero también podría entrar en una dinámica beligerante.
Ucrania es un país que, en realidad, no existe. Es un patchwork hecho de trozos de Polonia, Austria, Rusia, Bulgaria, Hungría, Rumanía, Moldavia, Bielorrusia, Armenia e incluso Grecia, y sus héroes nacionalistas fueron pro-nazis durante la segunda guerra mundial. Si el gobierno ucraniano se empeña en ponerse emocional, puede crear serios problemas.
La Historia nos enseña que el componente irracional ha sido el principal desencadenante de los peores conflictos que el mundo ha conocido. Esperemos, pues, que prevalezca el sentido común en el 'bando' occidental. Y, puestos a escribir a los Reyes Magos, que el Politburó de Bruselas sea sustituido por verdaderos dirigentes con carácter y con visión de la Historia. A ser posible, elegidos democráticamente.

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martes, 25 de marzo de 2014
Crimea
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Palabras clave: Crimea, neutralidad, OTAN, potencias, Rusia, Ucrania
martes, 18 de marzo de 2014
Palabras que aborrezco: emprendedor
Cada vez que oigo o leo la palabra 'emprendedor' me imagino a un señor con una mochila a la espalda, un odre en bandolera y un báculo en la mano emprendiendo el camino de Santiago. ¿Realmente era necesario adoptar esta palabrita?
Hace algún tiempo me enteré de que en Francia habían rebautizado algunos oficios escasamente especializados para darles una pátina de respetabilidad. Sólo recuerdo uno: el de barrendero, cuyo nombre oficial había sido sustituido por 'technicien de surface'. Ya se sabe que en Francia ninguna mistificación será jamás suficiente pero, desde hace algún tiempo, en España hemos caído también en esa cursilería de adornar algunas denominaciones con el lazo y el envoltorio de regalo de los grandes almacenes.
Hubo un tiempo en que había porteros y -¡horror!- porteras. Durante algún tiempo, se probó a llamarlos 'empleados de finca urbana', pero parece que el nombrecito era demasiado largo, y finalmente se decantaron por 'conserje', que suena más a ministerio, librea desabotonada y cafelito de las 10 de la mañana. Todavía hay clases, hombre.
El sector del transporte ha encontrado también su salvación en la palabra 'logística', de modo que los camioneros no tienen ya que preocuparse por su prestigio, porque ahora trabajan en un sector de exquisitas resonancias atenienses. Y, si paran en un bar de carretera -perdón: de la 'red viaria'-, una 'trabajadora del sexo' se encargará de resolver técnicamente sus problemas con la testosterona.
Otro hito importante en esta ceremonia del ridículo ha sido la dignificación de los camareros, que ahora son 'empleados de hostelería'. No me pregunten a mí qué tiene que ver el tipo aquel que espanta las moscas del chiringuito de playa, o el que grita '¡oído cocina!' rodeado de sartenes humeantes, con alojarse en un hotel. Por cierto, aguardo ansioso el momento en que esa chabacana expresión sea sustituida por un mucho más elegante '¡escuchado cocina!'.
En otro orden de cosas, hemos hecho también una gran labor por el tercer mundo (nunca he sabido cuáles son los otros dos). Después de un tiempo en que los negros eran 'personas de color' (¿de qué color?), ahora son 'subsaharianos'. Nos hemos ahorrado una sílaba. No está muy claro hasta qué punto un negro de Libia o un nubio de Sudán son subsaharianos, y en cualquier caso los podían haber llamado 'sudsaharianos' en lugar de situarlos erróneamente en el subsuelo del Sáhara, pero los eufemismos tienen ese encanto, y ya se sabe que la ignorancia es osada.
Y ahora, atención: si el 'subsahariano' entrase en España ilegalmente, nunca será un inmigrante ilegal, sino un 'migrante' 'sin papeles'. Hace ya tiempo que la gente no emigra ni inmigra. Simplemente, se dedican a ir de acá para allá sin rumbo fijo, un tanto despistados.
Pero volvamos a los emprendedores. El problema que tenían los pobres empresarios es que en España está muy mal visto serlo. Esto no sucedería si el abyecto empresario, después de cargar con todos los riesgos de crear una empresa, cobrase lo mismo que el recepcionista, pero los empresarios son incorregibles, y tienen la arrogancia de querer ganar más. Qué cosa más rara, ¿verdad? Usted y yo sabemos que el ser humano normal, como san Francisco de Asís, a lo que aspira es a apañarse con unas alcachofas y un botijo.
En fin, que no ha habido manera y han tenido que cambiarles el nombre para darles una imagen más dinámica y moderna, como si en lugar de llevar una empresa estuvieran haciendo jogging o yendo al gimnasio. Y, de paso, con ciertas reminiscencias espirituales de peregrino arrepentido.
Una de las pocas instituciones que quedan por rebautizar son los sindicatos. Voy a arriesgarme a proponer algunas alternativas. ¿Qué tal 'Asociación de piqueteros informativos'? ¿O 'Confederación de amigos del bogavante'? Ya, ya sé que no abarcan todas las facetas de estas miríficas organizaciones. Pero, al fin y al cabo, tampoco está muy claro qué demonios es lo que emprende un emprendedor.

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Palabras clave: camino de Santiago, corrección política, emprendimiento, eufemismos
sábado, 21 de diciembre de 2013
La máquina de Ramírez
Después de veintiocho años de matrimonio, la rutina había engullido su vida en común. De lunes a viernes, él se levantaba invariablemente a las siete y diez, se aseaba, se vestía y se despedía de ella con un beso en la dormida mejilla. Por la tarde, cuando ella regresaba del estudio (era arquitecta), él estaba ya en pantuflas leyendo las noticias en el sillón de siempre, bajo la lámpara de pie, junto a la vieja foto de recién casados.
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Palabras clave: juventud, matrimonio, revivir, rutina
sábado, 14 de diciembre de 2013
Los espíritus de Dulumba
En el momento en que se llevó la magdalena a la boca se sintió sumergir, toda ella, en el recuerdo de aquel último beso. De él. La empresa que lo había contratado meses atrás estaba en Africa, y ella había tenido que quedarse cuidando de aquel anciano tío suyo millonario.
(No fuera que la herencia terminase yendo a parar a la Sociedad para la Protección de los Huérfanos de la Armada.)
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I miss the taste of your mouth"
(Post Secret)

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Palabras clave: Africa, amor, aventura, desaparecido, mina
domingo, 1 de diciembre de 2013
Vuelos
Hay pocas cosas más angustiosas en la vida que viajar en un avión con todos los asientos ocupados. Sobre todo cuando uno ha tenido que padecer antes las vejaciones de rigor en el aeropuerto, ese lugar en cuyos umbrales se terminan los Estados de derecho y, con ellos, el principio más básico de las sociedades civilizadas: nadie es sospechoso de nada mientras no se demuestre lo contrario.
En menos de una generación, viajar en avión ha pasado de ser un privilegio a una tortura. En el aeropuerto de Zúrich, donde tengo que hacer escala, esta vez no me han pillado desprevenido. Exactamente a la misma hora de la tarde salen de Zúrich dos vuelos idénticos a Amsterdam con dos compañías diferentes y desde dos puertas de embarque separadas ente sí por inacabables escaleras y pasillos abarrotados de pasajeros, tiendas, restaurantes de taburete, avisos por los altavoces que nunca te informan sobre tu vuelo y, colgando del techo, un ejército de letreros que sólo milagrosamente aciertan a indicar la sala de embarque que tú estás buscando.
La última vez que hice este mismo viaje acudí a la puerta de embarque equivocada, y sólo diez minutos antes de que despegara mi avión me informaron de que tendría que correr, literalmente, con mi equipaje de mano hasta el otro extremo del aeropuerto para embarcar con la compañía que figuraba en mi billete.
En los años que llevo viajando en avión me ha sucedido casi de todo. Desde perder un vuelo a Brasil porque las 00.30 de hoy sonaron en realidad ayer por la noche, o perder otro vuelo a Amsterdam porque ciertos despertadores no suenan los fines de semana, hasta aterrizar de emergencia en París con un solo reactor porque el otro perdía combustible, o pasarme varias horas girando en círculos sobre el aeropuerto de La Habana porque otro avión acababa de estrellarse en él.
En los asientos contiguos al mío he tenido desde mujeres encantadoras hasta niños insoportables, gordos que invadían mi asiento o individuos que no se lavaban los pies. He tenido que tranquilizar a pasajeros con pánico a volar, he pasado noches de frío indescriptible arrebujado en mi asiento y he tenido broncas con azafatas mucho más aptas para conducir rebaños que seres humanos. En una ocasión, en Cubana de Aviación, una azafata empujó mi codo con sus enormes posaderas cuando yo me disponía a beber mi vaso de té, que se derramó sobre mi pantalón. "¡Usted se lo tiró!", dijo, siguiendo su camino, sin mirarme siquiera.
Nada que ver con aquella otra hermosísima azafata de KLM que, al ver que un bache aéreo me volcaba el café sobre la bragueta, acudió presurosa con una servilleta mojada, metió una mano bajo mi pantalón y limpió primorosamente la región manchada con la otra mano. Todo ello, ante la mirada tempestuosa de la que entonces era mi mujer.
Pero hace ya años que los aviones no me deparan ninguna anécdota agradable. Me han hecho recorrer kilómetros de aeropuerto cargado de maletas gracias a una cadena de errores de sucesivos empleados (naturalmente, todos ellos de Iberia, y en Barcelona). Me han desclasificado de business a turista sin consultarme siquiera. He tenido que esperar un día entero sin comer en el aeropuerto de La Habana, o derrengado de sueño y agotamiento en un restaurante del aeropuerto de México DF. He tenido que soportar huelgas de limpieza y de controladores aéreos, y en Caracas tuve que pasar un control de glosopeda.
He estado en salas VIP en las que no quedaba ningún asiento libre. He fumado a escondidas en lavabos de aviones hasta que instalaron detectores de humo. He visto mi maleta registrada, reventada, violentada por la policía, extraviada, y hasta abandonada en mitad de una pista del aeropuerto de Nassau. He volado en asientos cuyo respaldo se caía hacia atrás, o que me clavaban un travesaño metálico en los riñones. He cruzado insultos en italiano con empleados del aeropuerto de Sofía. He tenido que aterrizar en ciudades imprevistas a causa de la niebla, y en una ocasión Air India me alojó una noche en el Hotel Intercontinental de Ginebra porque una avería técnica les impedía seguir volando. Lástima que, cuando llegué por fin a Roma, era casi la hora del vuelo de regreso.
En una ocasión, volé sobre el triángulo de las Bermudas en un avión de hélices en medio de una tormenta pavorosa. He tenido que correr envuelto en una manta, de noche, por la pista del aeropuerto de Gander a 25º bajo cero. Y en otra ocasión, en una diminuta isla del Caribe, la policía no me dejaba salir del aeropuerto porque el hotel que yo había reservado por Internet no estaba realmente en la isla de Saint Martin, sino en la diminuta localidad de Saint Martin, en Gales, a 5000 km de allí.
A cambio de todos estos percances, y seguramente de otros más que ya no recuerdo, he acumulado millas suficientes para dar la vuelta al mundo en business, gratis. Pero cada día que pasa, como el lector comprensivo seguramente entenderá, el placer de conocer Sudáfrica, Ushuaia, la Polinesia o Groenlandia me compensa menos las penalidades que, probablemente, tendré que soportar.

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Palabras clave: aeropuerto, agobio, anécdotas, avión, volar
viernes, 29 de noviembre de 2013
Tribus
Nadie me hace caso, pero yo sostengo desde hace años que el problema esencial de España, el más dañino y el más difícil de resolver, es el sectarismo.
Para mí al menos, y eso que lo he padecido, es muy difícil explicar lo que es el sectarismo. A falta de un análisis coherente, y como de todos modos quiero escribir hoy sobre el tema, me limitaré a hilvanar ideas y a evocar aquí y allá mi propia experiencia. No es probable que a alguien le sirva de algo, porque el sectarismo nunca ha pasado por el raciocinio, pero supongo que a mí me desahogará hacerlo.
He tratado de encontrar algún rasgo característico comparando, por ejemplo, a los izquierdistas españoles (la secta sin duda más nefasta, por la abundancia y omnipresencia social de sus miembros) con, pongamos por ejemplo, los testigos de Jehová o los seguidores del Hare Krishna. Puede parecer una boutade, pero yo estoy convencido de que algo esencial tienen en común. Y ese algo esencial yo lo resumiria en una palabra: aceptación.
O, mejor todavía: terror al rechazo. Al menos, así lo viví yo, naturalmente sin ser consciente de ello. Igual que para un catalanoparlante es muy difícil entender cómo viven la opresión nacionalista quienes no lo son, para una persona que nunca ha sido de izquierdas es muy difícil imaginar el pavor subliminal al anatema de la disidencia.
Estando todavía en la Facultad, oí por primera vez a un compañero referirse a Federico Jiménez Losantos. Unos energúmenos de Terra Lliure lo habían secuestrado, atado a un árbol, disparado en una rodilla y abandonado a su suerte, pero yo estos detalles los conocí años más tarde. En aquel entonces, sólo supe por boca de mi amigo que habían pegado un tiro en una pierna a un periodista que era "un facha".
Era la palabra fatídica. Había personas, temas, ideas, comportamientos que eran impensables porque lo clasificaban a uno automáticamente como facha. En algún rinconcito de mi subconsciente, una vocecita me decía que pegar un tiro a alguien, siquiera fuese en una pierna, era una barbaridad. Quiero decir, a menos que la violencia fuera en legítima defensa. Pero, en aquel caso, lo que había motivado el disparo en la pierna no era ninguna agresión física, sino las ideas del secuestrado. Hablemos claro, pues: el único facha en aquel episodio había sido el secuestrador.
Como mi amigo se regocijaba mientras me daba la noticia, yo emití también una risa no del todo sincera. ¿Por qué he dicho "no del todo"? Pues porque, en aquel mismo rinconcito de mi subconsciente, había vislumbrado débilmente la lucecita roja del miedo al rechazo. Si yo me atrevía a pensar por mi cuenta y poner en duda la moralidad de aquel proceder, estaba pasándome al bando enemigo, y mis amigos de entonces se convertían automáticamente en enemigos.
Esta intuición, que a primera vista puede parecer paranoica, era absolutamente certera, y el tiempo se encargó de demostrármelo. Ya he contado alguna vez que, a raíz del famoso atentado de las Torres Gemelas, decidí por fin perder el miedo y contestar con indignación a todos los chistecitos de bin Laden que me llegaban por correo electrónico. El resultado fue fulminante. A partir de aquel instante, la inmensa mayoría de mis amistades, que yo había creído 'entrañables', desaparecieron del mapa. ¡Por fin me había revelado yo como lo que era: un facha!
Y lo digo con orgullo, porque para la secta de izquierdas la palabra 'facha' significa únicamente 'disidente'. O, en casos como el mío, 'excomulgado'.
Fueron unos años duros. De repente me descubrí perdido en un país estructurado en tribus, y yo no encajaba ni remotamente en ninguna de ellas. Hasta los anarquistas, que siempre habían gozado de mis mayores simpatías, jugaban a ser de izquierdas. Viviendo como vivía yo en Barcelona, la tribu de los nacionalistas me agradaba tanto como una piedra en un zapato. Expulsado Vidal-Quadras de la vida política, mis simpatías por la mohosa derecha española eran francamente enarrables. Detesto el football desde que era niño, los orfeones y el senderismo me producen ronchas, mi mujer y yo nos acabábamos de separar y todos sus amigos pijos desaparecieron (felizmente) del mapa, y en el páramo casi infinito de la soledad yo vi por fin la Luz: más valía mil veces solo que mal acompañado. Y me fui a México.
Todo esto para explicar que lo que realmente une a una secta no es tanto el sentimiento de tribu como el terror a la excomunión. Hay posiblemente también una sensación de poder, de poder colectivo, algo así como lo que debían de sentir las hordas de Genghis Khan cuando saqueaban los poblados del Cáucaso, y quizá por eso el nazismo, el comunismo y el nacionalismo catalán son tan difícilmente distinguibles en su irracional prepotencia (otro día hablaré del nacionalismo vasco, que es igual que el catalán o el mongol pero con rosario y chapela).
Hace bastantes años hice amistad con un expresidiario. Eusebio, alias "El Pirata". De hecho, conviví con él durante varias semanas. El había vivido lo que no cabría en cincuenta blogs como éste, pero era una excelente persona que si delinquía era, según sus propias palabras, porque "odiaba esta sociedad". Se entiende que se refería a una sociedad que nunca le había dado ninguna oportunidad.
Era una excelente persona, repito. Cariñoso, cumplidor y con una cierta veta de predicador, aunque también demasiado dado a las barras de los bares y a las máquinas de flippers. En una especie de paréntesis de aquella intensa vida suya de ganzúa y maco, se había unido a un grupo de hare krishnas de aquellos que recorrían las calles y repartían sopa con el cráneo afeitado y el mantra perenne entre los labios. "Me molaba aquello de que todos éramos hermanos y todo eso, pero cuando vi de qué iba el tema pasé de ellos, colega", me dijo un día como resumen de su experiencia tras los pasos del maharashi (o del julai) de turno.
Esa y, años después, mis amoríos con alguna que otra adventista del séptimo día han sido mis únicas experiencias con sectas fuera de la Izquierda, y debo decir que tanto El Pirata como las adventistas eran mucho más entrañables y civilizados que los atilas ideológicos de los que estuve rodeado hasta septiembre de 2001.
Sin embargo, hay en todo esto una cuestión que todavía no he resuelto: por qué unas sectas son pacíficas, y otras, beligerantes. Por qué unas necesitan cultivar el odio para sentir amor y otras necesitan exaltar el amor para rehuir el odio. Los seres humanos son mucho más complejos de lo que es posible explicar en un blog. Pero, al menos, esta noche yo me he desahogado.

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Palabras clave: España, excomunión, política, psicología, sectas, tribal
jueves, 21 de noviembre de 2013
Du côté de chez Darwin
Igual que uno no puede evitar amar el chocolate, yo no puedo evitar hacerme preguntas sobre la teoría de la selección natural. Esta no es la primera ocasión en que hablo del asunto, y espero no repetirme mucho. Ya me he referido en otras ocasiones al instinto de ciertas abejas que desovan en el interior de ciertas arañas para que sus crías, al nacer, se alimenten del cuerpo aún vivo de la araña. El consentimiento de la araña se consigue paralizándola, es decir, clavándole el aguijón en un punto milimétricamente preciso para inyectarle la sustancia paralizante.
Desde que leí por primera vez esta historia, me he preguntado muchas veces cómo puede la abeja saber el lugar exacto en que debe clavar el aguijón. ¿El algoritmo 'Identifica la especie X - Clávale el aguijón en el punto Y - Inyecta tu veneno - Desova' se ha formado en su sistema nervioso por selección natural? Ya sé que la selección natural no opera de hoy para mañana, sino en el transcurso de miles, quizá millones de generaciones, pero ¿cuántos millones de años necesita un chimpancé para escribir el Quijote golpeando sin parar las teclas de un teclado?
La comparación no es del todo buena, porque tendríamos que dejar que nuestro chimpancé partiera con ventaja. Antes de él, otros millones de chimpancés habrían ido mejorando textos cada vez más parecidos al Quijote. Golpeando el teclado al azar, naturalmente. Pero, aún así, mi pregunta sigue en pie: ¿cuántos millones de generaciones de chimpancés harían falta para llegar a escribir una reproducción exacta del Quijote, salvo posiblemente alguna que otra coma, acento o vocal equivocada?
Hace años, en Ginebra, anidó en el hueco de mi ventana una golondrina que no parecía muy azorada por mi presencia al otro lado del vidrio. Así que me entretuve en observar cómo construía el nido, y reparé en que no siempre usaba ramitas recogidas del suelo, sino que de cuando en cuando recogía también las tiritas de celofán desechadas después de abrir los paquetes de cigarrillos y las entretejía con las demás ramitas. ¿Era una confusión, o el resultado de una abstracción? Las tirillas de celofán, en efecto, desempeñaban perfectamente la misma función que las ramitas. ¿Estaba la golondrina obedeciendo ciegamente el algoritmo 'Recoge cualquier cosa que parezca una ramita - Trénzala en el nido que estás fabricando'? ¿O estaba buscando objetos que le sirvieran para trenzar (es decir, tenía un plan)? Aunque a primera vista no lo parezca, son dos cosas completamente distintas.
Digo esto porque me parece imposible negar que, para evolucionar, la selección natural tiene que operar también sobre abstracciones. Nacer con alas por efecto de una mutación no sería más que una rémora si uno no naciera además con la facultad de usarlas. Sería un callejón sin salida evolutivo, y la mutación no reportaría ninguna ventaja a efectos de supervivencia, sino más bien al contrario. Algo así como roncar por las noches.
Pero tampoco basta con tener alas y poder usarlas. Hay que poder usarlas para volar. Sin caerse. Si alguna vez un animal naciera con alas y lo único que supiera hacer con ellas es aplaudir, ¿deberían pasar unos cuantos miles de generaciones más hasta que otra mutación le permitiera volar? Es bastante dudoso, a menos que sus predadores, halagados por los aplausos, le perdonaran la vida.
Hay otro aspecto de la selección natural más abstracto todavía. Me refiero a los extremos de comportamiento de los seres humanos. El bien y el mal, el caos y el orden, el egoísmo y la generosidad, la zafiedad y el refinamiento. ¿Por qué, después de miles de generaciones seleccionando a los más aptos, ninguno de esos rasgos ha conseguido triunfar sobre su opuesto? La única respuesta que se me ocurre es que se necesitan mutuamente. Por alguna razón que se me escapa, una sociedad de Teresas de Calcuta o de estranguladores de Boston tiene menos probabilidades de sobrevivir que una sociedad en la que coexisten ángeles y demonios.
Lo mismo sucede con los sexos. Si los machos o las hembras de una especie tuvieran una sola posibilidad más de sobrevivir, tarde o temprano la especie se habría extinguido. Sin embargo, pese a las innumerables guerras libradas por los varones a lo largo de la Historia, los porcentajes de machos y hembras humanos se siguen manteniendo dentro de unos márgenes sostenibles. ¿Querrá esto decir que las guerras son necesarias para mantener el equilibrio 'ecológico' entre los sexos? No necesariamente. En algún sitio creo haber leído que después de una guerra el porcentaje de varones que nacen aumenta ligeramente, como si la naturaleza supiera que tiene que compensar el déficit.
Todo esto es muy misterioso, y no tengo ni idea de cómo lo explicaría el Sr. Darwin. La especie humana ha sobrevivido al Neolítico, a la Edad Media, al football y a José Luis Rodríguez Zapatero y, pese a tamaños percances, sigue habiendo pintores exquisitos y personas que disfrutan contemplando sus cuadros. Supongo que el sueño de una Humanidad sensible y cultivada es una utopía, pero me queda el consuelo de saber que, por más que se lo propongan, los zafios nunca conseguirán conquistar el mundo.

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miércoles, 2 de octubre de 2013
Zenón de Elea
El otro día comenté en uno de mis artículos la prepotencia de los filósofos en general y mi excepcional admiración por Zenón de Elea. A los pocos días, alguien -sin duda, un amante de la filosofía- me lanzó un comentario irreflexivo sin darse cuenta de que lo que en realidad estaba lanzando era un boomerang, como ahora veremos. Iremos por partes.
Mi comentarista empezaba clasificándome como enemigo de la racionalidad. El empeño de los filósofos por clasificar viene ya, como mínimo, de Aristóteles, cuyos escritos consiguieron detener el avance de la razón durante cerca de dos mil años. La medicina, por ejemplo, consistió durante siglos simplemente en establecer clasificaciones supersticiosas, explicándonos que el desequilibrio de ciertos humores nos había causado una pulmonía o que la fiebre o el dolor de cabeza tenían su origen en una disfunción del estómago, del corazón o del útero. Estoy seguro de que los curanderos, con su sabiduría empírica, sanaron a mucha más gente de la que asesinaron los médicos hasta bien entrado el siglo XIX.
Mi comentarista era, además, presumiblemente español y, por lo tanto, no hay que sorprenderse de que contemple el mundo en términos tribales: es decir, de amigos y enemigos. Me achacaba, en concreto, ser enemigo de la razón, simplemente porque en su catecismo filosófico las paradojas de Parménides y de sus discípulos los llevaban a conclusiones 'metafísicas'. Pero olvidémonos de mi comentarista.
Las paradojas de Parménides eran más intuitivas que razonadas, y reflejan ya la pereza mental que todavía aflige a los filósofos desde hace tres mil años, a causa de la cual, al alimón con los teólogos, no han dejado de perder terreno siglo tras siglo en favor de las ciencias experimentales. Parménides, pese a todo, no andaba muy desencaminado, como demostró después su discípulo Zenón con mucha mayor claridad de ideas.
Pero olvidémonos también de las borrosidades semánticas de Parménides. Las dos paradojas más lúcidas de Zenón hacen referencia al movimiento de una flecha y a una carrera imaginaria entre el veloz Aquiles y una parsimoniosa tortuga. Si la flecha lanzada por el arquero recorre una distancia, nos dice Zenón, en un instante cualquiera de su recorrido la flecha estará o quieta o en movimiento. Si en cualquier instante que escojamos la flecha está quieta, ¿cuándo se mueve? Pero si en cualquier instante que escojamos la flecha está en movimiento, no estará ya ocupando un punto, sino un espacio extenso, y para poder identificar un punto en ese espacio extenso tendriamos que suponer que en un instante cualquiera caben otros instantes, lo cual por definición es imposible.
La segunda paradoja nos invita a imaginar una carrera entre Aquiles y una tortuga que parte con ventaja. Suponemos, claro, que tanto el corredor como la tortuga se mueven sin parar. Cuando Aquiles llegue al punto en que ha echado a andar la tortuga, habrá transcurrido cierto tiempo, y en ese tiempo la tortuga habrá conseguido avanzar un poquito. Le quedan todavía a Aquiles unos centímetros para dar alcance a su competidora. Pero, antes de conseguirlo, deberá recorrer la mitad de esos centímetros y, cuando los haya recorrido, la tortuga habrá tenido tiempo de seguir avanzando. El razonamiento se repite cuantas veces queramos, de modo que, por muchas mitades que se esfuerce por recorrer Aquiles, la tortuga siempre habrá tenido tiempo de avanzar y estará por delante de él.
Sin embargo, todos -Parménides y Zenón incluidos- sabemos por experiencia que, en la vida real, el corredor alcanzará a la tortuga. ¿Qué sucede exactamente en el punto en que ambos coinciden, antes de que Aquiles prosiga su triunfante carrera? Los matemáticos nos explican que ese punto es, simplemente, el límite de una suma de infinitos números cada vez más pequeños. Naturalmente, nadie puede computar una suma que, por definición, nunca se termina, pero en ciertos casos -incluido el de Aquiles- es posible demostrar matemáticamente que la suma no podrá ser ni inferior ni superior a cierto número, que los matemáticos llaman 'límite', o 'punto de acumulación'.
¿Quiere eso decir que Aquiles alcanzará a la tortuga? No. Eso significa solamente que las infinitas mitades que va recorriendo tienen un límite exacto al que el veloz corredor, sin embargo, nunca llegará. Véamoslo de otro modo. Supongamos que entre el punto de partida de Aquiles y el punto en que coincidirá con la tortuga hay una distancia de un metro. Si en lugar de sumar las mitades que Aquiles va recorriendo nos fijamos en los puntos que va alcanzando, veremos que primero llegará al punto medio, 1/2. En la siguiente etapa imaginaria habrá recorrido la mitad de la mitad que le queda por recorrer, es decir, llegará al punto 1/2 + 1/4. En la siguiente etapa llegará al punto 1/2 + 1/4 + 1/8, y así sucesivamente.
La secuencia que hemos empezado a construir es infinita, pero el valor 1 no pertenece a ella. Podemos aproximarnos cuanto queramos al número 1, pero nunca llegaremos a él, porque no hay ningún número 1/2 + 1/4 + 1/8 + ... que sea igual a 1. Esta idea, que en sí misma es genial, permitió a Newton y a Leibniz inventar el cálculo infinitesimal, y a Dedekind y otros matemáticos definir los números irracionales. Pero lo que en realidad hicieron estos matemáticos fue sustituir cada número por una sucesión infinita que se aproximaba infinitamente a él. Y, para no complicar las cosas, siguieron llamando 'números' a esas sucesiones. El número pi, por ejemplo, es un número irracional. Sabemos calcular exactamente cualquier decimal de pi, por diminuto que sea, pero no podemos construir un segmento de longitud pi, porque no sabemos cómo construir una suma de infinitos segmentos.
Volviendo a Zenón, pues, nos encontramos con que hemos definido un método en virtud del cual Aquiles se aproximará cuanto queramos a la tortuga sin llegar jamás a tocarla. Como Aquiles, lo quiera él o no, implementará ese método y, pese a todo, alcanzará a la tortuga, tendremos que pensar que en algún momento nuestro razonamiento ha fallado. Para que Aquiles alcance el punto de acumulación en que se encuentra la tortuga, algo no previsto tiene que estar sucediendo.
Por ejemplo, que en un instante cualquiera Aquiles -y, por consiguiente, la tortuga- no esté situado exactamente en un punto sin dimensiones, sino en una extensión más o menos borrosa del espacio. Esa extensión, sin embargo, no puede tener unos límites exactos, porque si los tuviera podríamos aplicar a los límites el mismo razonamiento de antes y Aquiles seguiría sin alcanzar jamás a la tortuga. El lugar que ocupa Aquiles tendría que ser fluctuante, o tendría que extenderse con mayor o menor intensidad a todo el Universo.
La mecánica cuántica, tal como la conocemos hoy, admite ambas posibilidades. La primera, porque conocer el lugar en que se encuentra Aquiles es imposible sin influir en la realidad de Aquiles, y la segunda, porque se ha comprobado experimentalmente que ciertas partículas están emparejadas entre sí con independencia de la distancia que las separe. Este último fenómeno, que los físicos llaman 'entanglement', es lo que Einstein, incrédulo, llamaba también 'spooky action at a distance' (sobrecogedora acción a distancia).
Pero también es posible que lo que sea borroso es el tiempo. Algunos físicos contemporáneos están cuestionando la uniformidad y la continuidad del tiempo, y es concebible que, a una escala suficientemente pequeña, la manecilla de nuestro reloj marque al mismo tiempo las 12.00 y las 12.01, o que salte de repente de una a otra posición sin que haya nada que suceda ni pueda suceder entre esos dos 'instantes'. Lo que Zenón y Parménides cuestionaban, pues, no era la realidad o no del espacio o del movimiento, sino la adecuación de nuestros esquemas para describir la realidad que nos rodea. Hubo que dejar atrás la nefasta teología, el medieval Aristoteles dixit y una larga saga de charlatanes filósofos para que la ciencia experimental terminase dando la razón a aquellos dos pensadores.
Yo aceptaría la filosofía si se limitase a emular a Zenón. Quiero decir, a descubrir contradicciones en nuestros modelos de la realidad. Pero que ningún charlatán filósofo eche las campanas al vuelo. Los conceptos, tanto si el que los define es un filósofo como si es un mecánico de automóviles, deben ser precisos e inequívocos, y hacer referencia a cosas verificables. Nunca he entendido lo que son las mónadas, el superhombre o la epistemología, ni lo que puede tener que ver el mundo con la voluntad, nunca he entendido la diferencia entre inmanencia y trascendencia y no tengo ni idea de lo que es la instanciación existencial, simplemente porque el significado de todos esos conceptos estaba sólo en la mente de quien los concibió. Otros después de ellos han creído entenderlos, es cierto. Pero también hay quien cree firmemente en la reencarnación, hay quien está convencido de que derramar la sal da mala suerte y hay quien está seguro de haber visto espíritus en casas abandonadas.
No están solos en su fe. La filosofía, esa larga tradición de delirios prepotentes, está con ellos.

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jueves, 26 de septiembre de 2013
Los slogans
Supongo que todo el mundo sabe lo que es un slogan. Un slogan es un resumen exprimido... con un exprimidor no siempre ecuánime. "No a la guerra", por ejemplo, expresa un deseo que todos compartimos pero que, a efectos de prevención de riesgos, viene a ser tan útil como decir "No a los terremotos". Como los terremotos existen, trate usted de prevenirlos al construir su casa y de predecirlos gracias a sus científicos para, si alguna vez le llega a pillar uno, salir del paso lo mejor posible. En otras palabras, prefiero el slogan "Prevengamos los terremotos".
Pero no son esos slogans los que quería comentar yo hoy, sino uno que resuena últimamente mucho por calles y plazas. Me refiero al slogan-paraguas "No a los recortes". Más concretamente: en el sector de la enseñanza. Y la analogía que propongo es la misma: igual que sucede con los terremotos o las guerras, los recortes existen. Existen porque el Estado tiene una deuda más allá de lo razonable (lo razonable, probablemente, sería menor o igual a cero) y, para poder ir pagándola, necesita reducir gastos.
¿Qué gastos? Es de suponer que los menos importantes, primero, y eso lo tendrá que decidir el presidente del Gobierno. Después, en sus ministerios, cada ministro decidirá a su vez lo que cree o no más prescindible (aunque no está muy claro a quién podríamos pedir cuentas si no estamos conformes).
De momento, la reducción de gastos en la enseñanza se está traduciendo, en particular, en una reducción de plantillas en los centros estatales. Se manejan cifras sobre la proporción entre profesores y alumnos, sueldos comparativos, materias especialmente perjudicadas, etc. Un viejo amigo que trabaja en la enseñanza de adultos se me quejaba el otro día airadamente de las consecuencias de los recortes en su trabajo diario. Me alarmé. Si los adultos que quieren aprender son uno de los gastos menos importantes para el señor ministro, la economía del país debe de estar al límite. Al pasar por el siguiente supermercado, esperé encontrarme a su propietario con una escopeta en la puerta, defendiendo sus existencias, pero no vi nada anormal.
Sin duda, al menos, los colegios normales debían de estar abandonados, con los vidrios rotos y grandes manchas de moho cubriendo la fachada. Pues tampoco. En los colegios entraban y salían niños y adultos con la mayor normalidad. Llegué a mi primera conclusión: cualquier personaje de Groucho Marx habría desempeñado el cargo de ministro con mejor criterio.
La enseñanza de adultos es una rama minoritaria de la enseñanza en España, pero en la enseñanza normal las quejas son también clamorosas. En esos centros, el "No a los recortes" significa, básicamente, que cierto porcentaje de profesores deberá dejar su trabajo y que, en consecuencia, los que queden deberán trabajar más. Sin que les suban el sueldo, sospecho.
Pero el mayor o menor número o sueldo de los profesores no es exactamente el cometido supremo del ministerio. El cometido supremo del ministerio es conseguir una enseñanza lo más eficaz posible, para que los alumnos de hoy desarrollen su potencial humano y estén preparados el día de mañana. Que me corrija el señor ministro si lo que él considera importante es, por ejemplo, que los alumnos aprendan religión, o que estudien con cargo a nuestros impuestos sacando de nota sólo un 5.5.
Como me temo que el señor ministro me va a corregir, olvidémonos de él. Por lo menos, mientras no pongan en su lugar a Rufus T. Firefly. Y centrémonos en la finalidad suprema de la enseñanza estatal, que es la eficacia. La eficacia en la enseñanza consistirá, supongo yo, en que los alumnos acudan a todas las clases durante una larga temporada lectiva y en que las aprovechen. ¿Cómo se aprovecha al máximo una clase? Se me ocurren varias ideas.
Primero, que los profesores estén bien preparados. ¿Lo están? Lo que suelo leer en los periódicos me da a entender que no, pero seamos objetivos. Me conformaré con un examen rigurosísimo de todos los profesores estatales de enseñanza primaria y media, y el que no lo supere, a la calle. Respiro aliviado sólo de pensarlo. Si, como es de temer, después de esa drástica medida faltaran profesores competentes, que los traigan de fuera. Y si no hablan español, que den las clases en inglés. Amiguitos escolares, nadie os prometió nunca un sendero de rosas.
Segundo, que los profesores sean respetados. ¿Lo son? También en este caso me temo que no, pero seamos objetivos. Cuando un niño acumule cierto número de amonestaciones de su profesor, los padres del niño deberán resarcir a los contribuyentes de la pérdida de eficacia general que el niño haya ocasionado. Por ejemplo, si a final de curso ha habido notas insuficientes, los padres de los niños más amonestados deberán pagar, proporcionalmente al número y gravedad de las amonestaciones recibidas, clases particulares extraordinarias para los que hayan sacado peores notas, sean o no sus propios hijos.
Existe ya el slogan "Por una enseñanza de calidad", pero yo preferiría "Por una enseñanza eficaz", porque la calidad de la enseñanza no excluye unos resultados desastrosos y porque, al ser obligatoria, la enseñanza deberá ser también de cantidad. La eficacia, en cambio, es medible.
Detrás de todo esto que estoy diciendo hay, en realidad, un grito de desesperanza ante el nivel humano y cultural de los jóvenes que están empezando a tomar el relevo generacional. Nunca esperé que el nivel educativo de los jóvenes españoles pudiera alcanzar niveles tercermundistas, como me parece que está sucediendo. He pensado mucho sobre las causas de ese fenómeno, que no parece ser exclusivo de España, aunque sí más grave que en muchos otros países.
Una de esas causas, creo yo, es la actitud del avestruz. Es difícil negar que, durante el franquismo, la enseñanza era mucho más eficaz que ahora. Lo cual no es del todo sorprendente, porque el franquismo era una dictadura. Pero, en la medida en que la enseñanza es obligatoria, es también una dictadura, y así debemos entenderlo. No podemos llevar a nuestros niños a la escuela para que aprendan por ciencia infusa o chateando en Facebook. Muchos, muchos avestruces (y muchos políticos) españoles no quieren reconocer esa realidad, quizá porque ya se sabe que las dictaduras son malas y hay que ser progresista.
En realidad, yo sería más progresista todavía. Yo privatizaría la enseñanza de abajo a arriba, e implantaría un sistema de becas que ayude a quien realmente se esfuerza y no puede costeársela. He dicho "a quien realmente se esfuerza", señor Wert, no a quien saque un 5.5.
¿Qué cambiaría en España con la privatización de la enseñanza? Lo mismo que cambiaría en Cuba si privatizaran los supermercados. Los centros docentes competirían entre sí, y los alumnos tendrían la mejor enseñanza posible al mejor precio posible.
Hay dos conceptos clave en todo esto que estoy diciendo: 1 - Cada uno debe apechugar con las consecuencias de sus actos. 2 - Todas las cosas tienen un valor, y la única forma de conocer ese valor es dejar que los usuarios lo paguen de su bolsillo. En la extinta Unión Soviética, los burócratas encargados de fijar los precios de los productos no tenían manera de saber cuánto valían las cosas. La solución que encontraron fue averiguar cuánto valía cada producto en Estados Unidos y convertir esa cifra en rublos.
Regresando al principio, nos hemos quedado sin saber por qué el señor Rajoy considera que la enseñanza es menos importante que, entre muchas otras cosas, los consejeros de las cajas de ahorros, los empleados de las diputaciones, los embajadores autonómicos, los intérpretes del Senado, los asesores de los políticos, el parque móvil oficial, la reforma de la Justicia o la cafetería del Parlamento. Alguien se lo tendría que preguntar, ¿no creen? Pero tengan ustedes paciencia. Primero, porque el señor Rajoy sólo asoma la nariz de cuando en cuando y para decir lo que ya tiene previsto decir, con una credibilidad similar a la de su programa electoral. Segundo, porque la mayoría de los periódicos, que sobreviven gracias a las subvenciones del Estado, quieren seguir sobreviviendo.
Y tercero, porque las listas de nuestros representantes en el próximo Parlamento las van a seguir decidiendo él y otros tres o cuatro como él.
Si llegan a juntarse cuatro, quizá podrían echar una partidita de mus. Por supuesto, a nuestra salud.

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a las
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Palabras clave: criterios, decadencia, educación, estatal, privado, recortes
sábado, 21 de septiembre de 2013
Malos contra malos
"En un período de revolución, el poder político tiene derecho a decidir en el último recurso si las decisiones judiciales se corresponden o no con las altas metas y necesidades históricas de transformación de la sociedad, las que deben tomar absoluta precedencia sobre cualquier otra consideración; en consecuencia, el Ejecutivo tiene el derecho a decidir si lleva a cabo o no los fallos de la Justicia"
Esta esplendorosa frase fue pronunciada hace 40 años por un gran 'demócrata': Salvador Allende. En otras palabras: el fin (cuando uno es de izquierdas) justifica los medios. Lo que Allende declaraba en aquel entonces (por si alguien no se quería -o todavía no se quiere- enterar) describe tan fielmente lo que está sucediendo en Cataluña desde hace treinta años (ante la lánguida mirada de los 'demócratas' del PPSOE), que no he podido evitar hacerme algunas preguntas. Ingenuas, por supuesto.
Me pregunto, por ejemplo, si Artur Mas terminará dejándose barba, como aquel gran faro del totalitarismo hispano llamado Fidel Castro. Con la prominente mandíbula que caracteriza a don Artur, el resultado puede ser temible. Mucho más todavía si, por coherencia, adoptara como vestimenta oficial un uniforme militar de campaña. No será fácil, en cambio, que lo veamos con un puro entre los labios, porque los tiempos han evolucionado y la izquierda mediática lleva años empeñada en culpabilizarnos de no ser lo bastante conservadores (de la salud, del medio ambiente, de las lenguas locales, del patrimonio artístico- incluido el religioso-, de la velocidad en carretera, del puesto de trabajo, de los consejeros en las cajas de ahorros: sí, conservadores). Y Mas, que es revolucionario frente a las Constituciones democráticas pero conservador dentro de la tribu, querrá dar ejemplo, imagino.
Me pregunto también si, siguiendo las huellas de su predecesor chileno, llenaría Cataluña de 'asesores' cubanos. O si miraría para otro lado en la eventualidad de que el ala radical del nacionalismo se armara hasta los dientes, como hizo Allende con los MIR y -hay quien sospecha- con los sindicatos. Si expropiaría las empresas 'españolas', como Allende expropió en su tiempo las empresas mineras americanas. O si se encerraría también en un salón de la Generalidad para suicidarse, en el inverosímil caso de que el Gobierno de España decidiera algún día hacer cumplir la Constitución que juró acatar.
Llámenme ustedes lo que quieran, pero o hay unas reglas de juego o no las hay. Y no hay término medio, lo siento. Si una parte de la Administración española (en este caso, la Generalitat) decide romper una carta, la baraja ya no sirve. Y no sirve para nadie, porque con esa baraja habíamos acordado formalmente jugar todos. Eso, nos guste o no, es la democracia, y jugando a Salvador Allende el Sr. Mas y sus predecesores dan pruebas inequívocas de NO haber sido nunca demócratas, pese a lo pomposamente que pudieran declarar serlo.
En realidad, el ascenso del nacionalismo catalán es una película de malos y malos. La Constitución que tenemos fue posible gracias a un encomiable acuerdo entre todas las facciones de la oposición al franquismo, entre ellas los nacionalistas catalanes. Unos cedieron en unas cosas y otros en otras, pero el resultado final fue un 'acuerdo entre caballeros'. Los más centralistas consintieron en una nueva estructura autonómica, mientras que los nacionalistas, con su firma, aceptaron formalmente seguir siendo parte de España.
Esas son todavía las reglas del juego. En la práctica, sin embargo, el traspaso de las competencias de educación fue concienzudamente utilizado para incumplir no sólo la Constitución, sino, sobre todo, su espíritu. Desde la más tierna edad, cientos de miles de niños aprendían todos los años en la escuela que España era una potencia opresora integrada por incultos, vagos y ladrones. La inmersión lingüística se convirtió, así, en una cabeza de puente para la inmersión ideológica, y el resultado de ello, sumado a la prodigalidad de las subvenciones, nos ha llevado a todos a la situación en que nos encontramos en este punto de la Historia.
Esos son los malos. Pero en el otro bando están también los otros malos. (El único bueno de esta historia fue quizá Tarradellas, que al regresar de Francia se dirigió a la multitud que lo vitoreaba como "ciudadanos de Cataluña"). Los otros malos eran los que dejaban hacer. Quiero decir, los que dejaban que se incumpliera flagrantemente la Constitución y no movieron un dedo para defender a los no nacionalistas frente a la apisonadora nacionalista. A medida que se iban transfiriendo competencias, las autonomías empezaron a perfilarse, de facto, como feudos intocables, en los que nadie se molestaba en meter las narices porque, en fin de cuentas, todos tenían su 'nacioncita' donde hacer y deshacer a su antojo.
El provincianismo es el entorno ideal para los políticos españoles, que hacen sistemáticamente el ridículo en medios internacionales por no saber idiomas y que, a lo largo de los siglos, han visto cómo un imperio en el que no se ponía el sol ha ido desgajándose y desmenuzándose hasta llegar a la centrifugadora final, en la que giramos ahora todos a bastantes revoluciones por minuto. Cuando, finalmente, Cartagena declare otra vez la guerra a Murcia y se erija en cantón independiente, sabremos que se estará cerrando por fin un largo ciclo histórico iniciado en el Neolítico: el retorno a la tribu como modo de convivencia social.
Aunque, para entonces, quizá vivir en Africa sea mucho más estimulante.

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Palabras clave: adoctrinamiento, Allende, Castro, Pujol