Inspirado en la composición musical
Black Sun (VAG, 2011):

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Charlas con nadie

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Manoteando erguido para alcanzar un plato de pollo frito, el perro acababa de volcar un plato de sopa y se había escaldado. Compadecida, Cecilia se agachó sobre él para consolarlo, pero el perro, enrabiado, le respondió con una patada en la cara y la hizo sangrar. El novio de Cecilia, Juan, se acercó entonces a ella y examinó la contusión. En ese momento entró en la habitación el padre de Cecilia. Al ver la escena, se acercó a Juan a grades zancadas y, sin mediar palabra, le pegó un puñetazo. Juan fue a caer sobre el rabo del perro, que se lamía las quemaduras debajo de la mesa. Enfurecido por la agresión, el perro se revolvió y, como una flecha, se lanzó a morder la pierna del padre de Cecilia.
Cuando todo se aclaró y la situación retornó a la normalidad, la sopa que quedaba en el puchero se había enfriado.

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| Alexander Selkirk, cuyo naufragio en el archipiélago Juan Fernández pudo haber inspirado la novela de Daniel Defoe |

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Palabras clave: Daniel Defoe, náufrago, publicidad, Robinson Crusoe
Se oye por los oídos, pero se escucha (y se memoriza) con el cerebro. Aquella tarde de primavera estaba yo a la puerta de una clínica cuando junto a la acera se detuvo un coche. Uno de sus ocupantes salió al exterior y se acercó a mí. "Por favor, ¿es ésta la Clínica del Perfecto Socorro?" Sonreí para mis adentros. El nombre verdadero era "Clínica del Perpetuo Socorro", pero entendí que aquel buen hombre había retenido incorrectamente el nombre de la clínica. "Sí", respondí, después de vacilar apenas un segundo. "Gracias", me dijo. Asió sus muletas y se dirigió a la entrada. La alegría que me pareció ver en sus movimientos casaba muy bien con aquel perfecto socorro que quizá tenía derecho a esperar. Lo seguí con la vista. Le faltaba una pierna.
No quería un ángel de la guarda. Quería su pierna.

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Palabras clave: cognición, deseo, Freud, percepción
Hace ya algún tiempo que tenía en mente hacer un análisis comparativo de las técnicas informativas españolas y anglosajonas. Una noticia sobre los actuales acontecimientos en Egipto me ha dado la ocasión. Para que el posible sesgo ideológico no induzca a confusión, he comparado dos noticias sobre los mismos sucesos, una de ellas publicada por CNN (empresa a la que se atribuye cierta simpatía por el Partido Demócrata), y otra por El País (Enric González / Nuria Tesón, El Cairo), empresa a la que se atribuyen afinidades con el PSOE.
CNN titula escuetamente la noticia “Mubarak vows not to seek office again”, y aclara a continuación que “Mubarak said Tuesday he will not seek office again in elections scheduled for September, but vowed to stay in the country and finish his term... The concession, the largest the embattled president has made so far, was remarkable for a man who has held a tight grip on power for three decades”. Resumiendo: Llama la atención la concesión hecha por Mubarak, teniendo en cuenta su ya larga permanencia en el poder.
El País, sin embargo, es más lanzado, y asegura que “Mubarak se resiste a dimitir ...”, añadiendo a continuación que “el presidente se aferra al poder y solo anuncia que no se presentará a la reelección en septiembre”. Parece quedar claro que los manifestantes de El Cairo y los corresponsales de El País esperaban que Mubarak dimitiera, pero no encuentro razón alguna para que la opinión de los periodistas forme también parte de la noticia.
Algo más adelante, los corresponsales nos explican que “Egipto gritó ayer alto y claro ‘adiós, adiós Mubarak’ [¿debemos entender acaso que Mubarak es sordo?]. Centenares de miles o más de un millón de ciudadanos, el cálculo es imposible [ya me imagino yo que de un periodista español no cabe esperar muchos conocimientos de aritmética], salieron a la calle para celebrar una recién conquistada libertad, evidente pese a la permanencia del dictador... “ Evidente, ¿para quién? Ah, para los corresponsales.
Y añaden “El apoyo a la reforma política expresado por el Ejército no permitía una vuelta atrás”. Supongo que esa es una conclusión que debería sacar yo personalmente, pero parece que los amables informantes quieren ahorrarme el esfuerzo de pensar.
Aunque El País no lo menciona, CNN nos informa de que ha habido también manifestaciones a favor de Mubarak, posiblemente con heridos: “the same morning, some demonstrators chanted in favor of Mubarak, saying the press are ‘traitors’ and ‘agents’”, y de que “in Alexandria, protesters clashed with supporters of Mubarak, leaving 12 people injured, said Qutb Hassanein, a member of an opposition group.”
Al referirse al papel de Estados Unidos en estos acontecimientos, el amor (platónico sólo, imagino) de El País hacia Obama no podía dejar de aflorar: “Obama, quien mantuvo una conversación telefónica con el mandatario egipcio ... envió al diplomático Frank Wisner ... para instar al presidente egipcio a que renunciara a un nuevo mandato...” Y, seguidamente, la explicación para los lectores tontos: “El presidente estadounidense se balancea en un fino alambre: no puede alentar las protestas, pese a que defienden, como EE UU, la democracia, pero tampoco puede actuar decisivamente para forzar la caída de Mubarak, aliado durante décadas como freno al islamismo.” El alambre puede que sea fino, pero si Obama no puede hacer ni una cosa ni la otra, entonces lo normal será que se esté quieto, y no que se balancee. Además, alentar las protestas y forzar la caída de Mubarak no son opciones contrapuestas, sino más de lo mismo. Curioso equilibrio.
Gracias a CNN, sin embargo, averiguamos que el Gobierno de Estados Unidos quiere evitar tales interpretaciones: “In Cairo, the U.S. ambassador to Egypt, Margaret Scobey, met Tuesday with ElBaradei and will be speaking with leaders of other political movements, a senior State Department official said. The official cautioned that Scobey's talks with ElBaradei doesn't mean the United States favors him”. De esto, naturalmente, no nos han informado los ardorosos periodistas de El País.
Es más, por si alguien no se ha percatado todavía de las bondades de Barack Obama, los corresponsales repiten machaconamente a lo largo del artículo (hasta cinco veces) su declaración de que “la transición democrática debe empezar ‘ahora’”. En realidad, los periodistas han traducido mal. Lo que Obama quería decir es que la transición debe empezar “ya”.
Los lectores tontos de ese periódico deben estar encantados. Por ejemplo, es importante saber que Mubarak no se presentaría a una “de todas formas improbable” reelección en las presidenciales. Algunas afirmaciones, sin embargo, podrían confundir a otros lectores no tan tontos como los reporteros parecerían desear: “Los presentes ya han anunciado ... que no se van a mover de allí hasta que el protagonista de sus protestas abandone el poder”. Supongo que querrán decir el destinatario. Que yo sepa, el protagonista de una protesta es el que se queja, no el blanco de las quejas. Y añaden, enigmáticamente: “Pero para comprobar la auténtica [¿acaso hay una falsa?] repercusión de las palabras del presidente hay que esperar, sin embargo, a la jornada de hoy”. Decídanse ustedes de una vez, señores licenciados en Ciencias de la Información: o pero, o sin embargo.
Entre tanto, parece que el calor de la noticia candente sigue enardeciendo a los reporteros: “Ya noche (sic) se vislumbró que las palabras de Mubarak no iban a detener a los manifestantes”. Lo vislumbrarían ellos, supongo, porque yo no estaba allí.
Veamos ahora en qué términos se refieren nuestros informantes a El Baradei: “Mohamed el Baradei, ex director de la Organización Internacional de la Energía Atómica, premio Nobel de la Paz en 2005 y portavoz provisional de la plataforma de oposición, lanzó algo parecido a un ultimátum: habló del viernes como la fecha límite para que Mubarak y su familia se fueran de Egipto”. Dejando aparte el detalle de que El Baradei fue Director General del Organismo Internacional de Energía Atómica, lo del ultimátum parece un poco fuerte, sobre todo teniendo en cuenta que El Baradei ha sido Premio Nobel de la Paz.
Cabría preguntarse también: ¿”portavoz provisional” de la oposición? CNN se limita a decir que El Baradei es “the Nobel Peace Prize winner who has become a leading opposition figure”. Pero El País está ya lanzado, y nos informa seguidamente de que “Toda la oposición, incluido (sic) los Hermanos Musulmanes ... han (sic) llegado a un acuerdo ...”. Una rápida consulta a The Hindustan Times, sin embargo, me permite averiguar que en realidad no ha sido toda la oposición, sino sólo “several opposition groups”. Concretamente, “officials with the banned Muslim Brotherhood, the largest opposition movement in the country, told DPA [el Partido Democrático Nacional en el poder] they would not negotiate ... although also would not stand in the way of talks ... However, liberal groups and Nobel Peace Prize winner Mohammed ElBaradei said they supported the list”. Esto suena bastante más a verdadera información.
Algunas de las afirmaciones de los periodistas (es un decir) de El País son intrigantes. Por ejemplo, cuando indican que Mubarak “tras las protestas masivas de ayer, aprovechó su discurso para denunciar los ‘actos lamentables’ que según él se han producido en todo el país. No está muy claro el provecho que Mubarak podría obtener de esa “denuncia” pero, en cualquier caso, los reporteros parecen querer dejarnos claro que, según ellos, los actos (incluidos posiblemente los muertos y heridos) no han sido tan lamentables. Información objetiva.
De la plaza Tahrir saltamos ahora inopinadamente al mundo de la hípica: “EE UU ... e Israel ... apuestan por una transición pilotada por Omar Suleimán”. No está muy claro en qué consiste esa apuesta. ¿A quién tendrán que pagar si finalmente no hay transición? Lo único que nos explican es que “el temor de ambos radica probablemente en que la terquedad de Mubarak, empeñado en cumplir su mandato y evitarse la vergüenza del exilio, deteriore aún más la situación y condujera (sic) a una revolución de alcance imprevisible”. Llueve sobre mojado. Ya en el titular nos habían informado objetivamente de que Mubarak “se resiste a dimitir” y “se aferra al poder”.
Pero las metáforas no paran ahí. “Durante la jornada -continúan los 'informadores'- circularon rumores sobre donde (sic) podría ir el faraón”. Tal vez habría sido conveniente entrecomillar “el faraón”, a menos que debamos entender que la edad de Mubarak es mucho más avanzada de lo que parece. El párrafo se remata con una curiosa conjetura: “Angela Merkel pudo invitarle a establecerse de forma indefinida en territorio alemán durante una llamada efectuada el lunes”. Cierto, y también pudo haberle invitado a formar una compañía de varietés y hacer una gira por Baviera, aunque no estoy muy seguro de que esa posibilidad constituya una ‘noticia’.
Unas líneas más adelante, los reporteros vuelven a la carga: “en cierta forma, Mubarak se veía degradado desde la condición de enemigo del pueblo a la de simple estorbo, quizá lo más humillante para un dictador que fue todopoderoso durante tres décadas”. Una vez más, las simpatías de los informantes no parecen difíciles de adivinar.
En ciertos momentos, el tono épico de la narración le hace a uno preguntarse si los autores de la noticia no serán en realidad periodistas deportivos. “A la imparable revuelta popular se suma la presión económica”. ¿Están ustedes realmente seguros de que es imparable? Pero no nos apresuremos. La aclaración viene a renglón seguido: lo que sucede es que “el país no puede permitirse que la situación durara (sic) más tiempo”.
Finalizada la lectura, nos quedamos sin saber si los “lamentables sucesos” [según Mubarak] han ocasionado víctimas. Tenemos que acudir a CNN, que nos informa detalladamente de que "unconfirmed reports suggest up to 300 people may have been killed during the protests, U.N. High Commissioner for Human Rights Navi Pillay said Tuesday. Human Rights Watch has reported 80 deaths from two hospitals in Cairo, 36 in Alexandria and 13 in Suez. CNN has not been able to independently confirm the death toll”.
Para hacerme una idea objetiva de la calidad de la información en ambos medios, he contado el número de citas textuales incluidas por cada uno de ellos. El País incluye 35, de las cuales 13 (un 37%) contienen menos de cuatro palabras (es decir, están descontextualizadas), y 22 (un 62%) más de tres palabras. Las fuentes citadas por El País son:
Obama
Egipto (sin especificar)
Mubarak
Erdogan
El Baradei
Obama, o el antiguo embajador en El Cairo (no queda claro cuál de los dos)
la multitud
algunos congregados
un ingeniero de 36 años empleado en el sector del gas
el Ejército (sin especificar)
un portavoz de Cameron
Londres (sin especificar)
... sin incluir, por supuesto, los juicios de valor de los propios reporteros, que al menos tienen la modestia de no entrecomillarse a sí mismos.
CNN, por su parte, incluye 29 citas textuales, de las cuales 5 (un 17%) están descontextualizadas y 24 (un 83%) contienen más de tres palabras. Las fuentes citadas son (la traducción es mía):
algunos manifestantes
Mubarak
miles de manifestantes
El Baradei
Amr Moussa, secretario General de la Liga Árabe y ex ministro de asuntos exteriores de Egipto
Mohammed Mahmoud (manifestante)
manifestantes
un líder de la oposición
Mohammed Habib, presidente adjunto de la -oficialmente prohibida- Hermandad Musulmana
Juan Cole, historiador de la Universidad de Michigan especializado en Oriente Medio
Fouad Ajami, profesor de la Universidad Johns Hopkins y analista de la Hoover Institution
Yemen (sin especificar)
John Entelis, director de estudios de Oriente Medio de la Universidad Fordham de Nueva York
Observamos que el corresponsal de CNN ha recabado la opinión de varios especialistas universitarios. Los corresponsales de El País, por lo visto, no lo necesitan (o tal vez no conocen a ninguno). Ellos se bastan y se sobran. Por algo son licenciados en Ciencias de la Información...
Ah, y que nadie piense que al escoger El País estoy enalteciendo implícitamente otros medios de comunicación. Un somero vistazo a los demás periódicos evidenciará que en todas partes cuecen más o menos las mismas habas. Habas españolas. Cazi ná.

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Palabras clave: periodismo objetividad información El País CNN Egipto Mubarak
Tuve noticia por primera vez de Ray Jackendoff en 1991, al finalizar el Cours de Spécialisation en la UNI II de Ginebra, al que asistí como oyente. La codirectora del curso, Maghie King, me recomendó el último libro que por entonces había publicado ese autor, Semantics and Cognition, que encontré muy interesante. Contenía análisis muy intuitivos de ciertas áreas de conceptos, aunque se echaba en falta una formalización única que permitiera concebir un modelo operable. Aun así, para mí fue un alivio ver por primera vez análisis semánticos ilustrados con gráficos, en lugar de la típica descomposición generativista de to kill, sacada directamente de la chistera del autor de turno. (Por cierto, ¿por qué utilizan tan a menudo los lingüistas el verbo kill en sus ejemplos?)
Hace pocas semanas, veinte años después, estando ya bastante avanzado el texto de mi libro, decidí pedirle ayuda. Después de haberlo intentado (infructuosamente) con Chomsky, Langacker y Talmy, esta vez era el turno de Jackendoff. Estaba pues redactando cuidadosamente el email que pensaba enviarle cuando, a falta sólo de la última palabra, toqué una tecla equivocada y el mensaje salió como una flecha hacia la Tufts University. El mensaje decía así:
"Dear Mr. Jackendoff,
I am not a linguist, but a theoretical physicist. For a long time, though, I have been working on certain aspects of language from the standpoint of information. A qualitative theory of information seems to be lacking in the literature, as well as a systematic, objective formalisation of the topological aspects of semantics. Your attempts in that direction are, in my view, the most rigorous undertaken to date.
That is why I think your criterion would be invaluable to me. Unfortunately, I am not in contact with any linguists and, therefore, I have hardly had the opportunity to test how sound or flawed my ideas may be. Besides, I do not think that just any linguist would feel comfortable with an unorthodox approach of language that bases syntax on information and semantics on topology.
I can imagine how much you value your time, so I would not dare ask you to do a thorough review of my work. I would merely ask you to read, from a critical perspective, a few pages of the paper I am writing. After working in isolation for 25 years, I really need some help, even if only to know whether I am treading solid ground or just .
Thank you very much in advance,
C. S."
Tal vez no había sido un error, sino que era mi inconsciente el que me había empujado a apretar la tecla de envío. Al darme cuenta de mi error, redacté un segundo email, que le envié al día siguiente, con el texto siguiente:
"Sorry. I accidentally sent you an email yesterday while I was editing the last word of the message (which might have been 'out of my mind' or something of the sort). Actually, I wanted to attach for you an abstract (three paragraphs) of my work, which is what I am doing now. It would be a great help if you could spare a couple of minutes to read it, and just let me know if you think it has any interest at all.
Thank you for your patience.
C. S."
Yo sabía que el adjunto era demasiado breve, pero tal vez Ray Jackendoff no tenía tanto tiempo para ocuparse de ese tipo raro que se había colado en su bandeja de entrada. Mis posibilidades eran pocas y, para aprovecharlas al máximo, mi idea había sido presentarle un cebo. Si aquellos tres párrafos conseguían despertar su curiosidad, se interesaría por el texto completo. Fue una apuesta. El 'abstract' que le adjunté decía así:
"¿How do languages convey information? An information process can be defined as a series of choices, which in turn imply a number of categories to choose from. An investigation of categories and their combinations as a means for disambiguation leads to a number of objects and operations that can be seen as the basic elements of syntax and predication. Furthemore, categories can be seen to involve underlying structures that can also be formally defined in terms of their denotation potential. From the standpoint of adjacency, such structures exhibit quasi-topological properties, which are rather convenient for the compression of information as well as for accommodating new information items.
Actually, this is what should be expected. The ultimate input for language are sensory perceptions of a very different nature. Therefore, it should be possible to refer them to some common format before integrating them into a one-dimensional output such as language. The common format proposed here consists of a number of denotational configurations which, by their geometric nature, are irreducible, and would seem ideal as semantic primitives. With an absolute referent for meaning and a symbolic formalism for syntax, linguists’ hypotheses could eventually be tested, and linguistics could hopefully become a real science.
Natural language categories and their associated semantic structures seem to provide a good means to unify syntax and semantics, at the same time combining the structured categories in clusters of semantic representations. To illustrate the implications of the model, my work includes a discussion on the semantics of indefinites and a few hints at its broader implications in natural language and set theory.
[If you are interested, I can elaborate.]"
Casi a vuelta de correo, Jackendoff me respondió:
"Dear Mr. S.,
Thank you for your inquiry. I find your abstract rather difficult to understand. However, I tend to be skeptical of formal approaches of the sort you seem to have in mind. My sense is that formalism in linguistic theory is ultimately at the service of psychology and theories of neural computation. The first chapter of my book Foundations of Language lays out some formal criteria that I think any theory of language must satisfy, and the last section of chapter 3 puts this in the context of neural computation.

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Palabras clave: formalismos, formalization, government binding, Jackendoff, lingüística, semántica, semantics
Circula por ahí una definición de la economía como esa curiosa teoría que permite explicar, al cabo de un tiempo, por qué han fracasado sus propias predicciones. Al igual que la historia, el psicoanálisis o la paleontología, la economía es una disciplina fundamentalmente explicativa, pero sólo muy groseramente predictiva. En el momento actual, por ejemplo, los economistas se dividen en dos grandes grupos, manifiestamente incompatibles: los que vaticinan una inflación galopante, y los que nos anuncian una prolongada deflación. No sé si todos ellos habrán estudiado con los mismos libros de texto, pero esa división de opiniones me recuerda demasiado la predicción meteorológica más infalible que existe: sol y nubes.
Peor todavía: ni siquiera en sus explicaciones de lo sucedido se ponen de acuerdo. Los keynesianos increparán al Estado por no haber intervenido lo suficiente, mientras los liberales se quejarán de estatismo y proclamarán que la ley de oferta y demanda habría sido suficiente para resolver el problema. No soy economista pero, hasta donde yo sé, no parece demasiado difícil resolver un problema económico a corto plazo, del mismo modo que los meteorólogos son capaces de predecir, con relativo acierto, el tiempo que hará mañana. A largo plazo, sin embargo, la simplificación inicial del problema termina cobrándose un alto precio, y tarde o temprano interviene lo que en meteorología se llama el "efecto mariposa": mi estornudo en Sao Paulo puede acabar desencadenando un tifón en el Mar Rojo.
Las limitaciones de la meteorología son conocidas. Para empezar, los procesos físicos de la Naturaleza rara vez son uniformes, de modo que, para averiguar lo que realmente está sucediendo, tendríamos que realizar un número de observaciones impracticable. En segundo lugar, la evolución de tales procesos nunca obedece a leyes tan sencillas como las que estudiamos en el bachillerato, y en cuanto las cosas se complican un poco nos encontramos manejando ecuaciones diferenciales en derivadas parciales, cuya resolución presenta una dificultad formidable. Los economistas, sin embargo, disponen de un acervo de datos gigantesco, sistematizado y cada vez más detallado que permite conocer, en caso necesario, hasta la contabilidad de la frutería Raskolnikof en aquella diminuta aldea de Siberia, y ello durante el último siglo y medio, como mínimo. ¿Cuál es entonces el problema?
Una parte del problema es, sin duda, la llamada 'economía sumergida'. Es difícil predecir el comportamiento de un iceberg si observamos solamente la parte de él que emerge del agua. Pero, incluso aunque toda la economía mundial fuera transparente, hay un aspecto de las transacciones económicas que todas las teorías económicas idealizan en exceso: el ser humano.
Para bien y para mal. A grandes rasgos, los keynesianos parecen creer en la buena voluntad de las personas, mientras que los liberales fundamentan el equilibrio social en el egoísmo del ser humano. Los keynesianos, sin embargo, no pueden negar que las prestaciones sociales conllevan siempre abusos y, por otra parte, el mejor exponente de una transacción comercial egoísta es, probablemente, el timo de la estampita.
Los liberales son, desde luego, mucho más realistas en sus planteamientos, precisamente por ser tan escépticos. Yo fui abandonando el anarquismo de mi primera juventud a medida que iba conociendo a los seres humanos (yo incluido), y al término de ese proceso constato sólo dos puntos en común con los liberales: su pesimismo intrínseco, y su antipatía hacia el Estado. Pero sufriría mucho viviendo en una sociedad o economía basadas esencialmente en el egoísmo. La filantropía universal, de antemano sé que es imposible. Quizá porque ninguno de estos dos modelos son llevaderos en estado puro, las sociedades occidentales han desarrollado una curiosa esquizofrenia que intenta compatibilizarlos. Es, probablemente, una de las más graves contradicciones del mundo moderno: por una parte, los gobernantes predican la bondad del ciudadano mientras, por otra, legislan para el hombre lobo.
Siendo la clave del éxito en la convivencia social, el bien y el mal no pertenecen, sin embargo, a la esfera de la economía, sino al lado más oscuro del ser humano: el comportamiento irracional. Y de la economía basada en móviles irracionales ningún economista quiere saber nada.
He mantenido recientemente una polémica con los autores de un blog de economía, liberales por más señas. Están publicando por capítulos una especie de tratado de economía, con fines divulgativos, que he seguido de cerca. El otro día, sin embargo, me tropecé con un párrafo que me puso nervioso. Hélo aquí:
"[...] Las personas con sus decisiones de compra:
Ordenan a las empresas qué bienes deben producir, comprando o no comprando unos bienes u otros.
Ordenan a las empresas cómo producir, comprando a aquellas que tengan mejor calidad, precio, imagen, servicio técnico…
Ordenan a las empresas cuánto producir según su demanda mayor o menor.
Ordenan a las empresas el precio de los bienes comprando o no comprando en función del precio que les pidan las empresas.
Ordenan qué empresas deben producir comprando a unas y no a otras [...]"
Lo que me molestó de esta explicación fue la palabra "ordenan". De modo que, a pie de artículo, escribí el comentario siguiente:
"¿Y si fueran las empresas las que ordenaran a los consumidores lo que tienen que comprar? Es lo que pienso cada vez que enciendo el televisor y me topo con las pausas publicitarias. ¿No es la publicidad una distorsión del libre mercado? ¿Es legal utilizar métodos de sugestión para conseguir la venta de un producto? Si yo le hipnotizo a usted y le convenzo de que el billete de 10 con que le voy a pagar es en realidad de 500, ¿no es eso un delito? A ver cómo solucionamos esto, porque en caso contrario la economía de mercado es un cuento chino."
A lo cual, los autores, que firman bajo el pseudónimo MILL, replicaron con el comentario siguiente, que voy glosando:
"El de la publicidad es un mito muy utilizado en contra de la economía de mercado. Galbraith, un keynesiano, fue uno de sus impulsores."
Ya empezamos. Éste es el típico reflejo de quienes profesan una ideología tribal: atribuir las objeciones no al oponente, sino al bando contrario. Typically Spanish. Y continúan diciendo:
"El problema es que la publicidad puede vender un bien la primera vez, pero si el producto es malo no va a poder seguir haciéndolo, a no ser que pensemos que la gente consume cosas que no les gusta o que la gente es tonta."
Teniendo en cuenta, por ejemplo, la evolución de las modas, no me parece descabellado pensar que hay personas que consumen por persuasión o por contagio. Hasta hace sólo unos años, los piercings y los tatuajes sólo gustaban a presidiarios, piratas y prostitutas, y ahora constituyen ya un mercado importante entre la juventud. Sin la 'colaboración' de las revistas juveniles y del mundo discográfico, es difícil imaginar que un joven se taladre espontáneamente el prepucio simplemente porque 'queda bien'. Puede que en el mundo no haya absolutamente nadie tonto, pero en mi definición de 'inteligente' no encajan comportamientos así.
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| Precio del bulbo de tulipán en los Países Bajos durante 1636-37. Normalizado por Earl Thompson. |

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Palabras clave: burbuja, economía, psicología de masas
Era invierno, estaba nublado y hacía mucho frío. Corría posiblemente el año 1972. No recuerdo cómo me metí en aquel lío. Las algaradas habían comenzado de buena mañana, y en todas las Facultades las clases habían quedado vacías. El campus de la Universidad parecía en estado de guerra. Flotaba en la distancia el ulular de las sirenas de la policía, grupos de estudiantes corrían dispersos en todas direcciones, y los rumores se desataban. Los 'grises' habían tomado Medicina, habían detenido a estudiantes, atacaban, cercaban, retrocedían. Nosotros estábamos en el jardincillo de la Facultad de Físicas, sin saber muy bien qué hacer. En la confusión, acerté a ver al 'Chino' corriendo con unos cuantos más hacia el bosquecillo de Biológicas, y lo seguí.
La tierra estaba resbalosa a causa de la lluvia. Ascendimos quizá 500 metros, sorteando pinos, y desembocamos en la calle de los colegios mayores. Entonces el grupo comenzó a gritar consignas, y tres o cuatro de ellos atravesaron un coche en la calzada. Sin saberlo, me había metido en un comando del FRAP.
En la lejanía se oyó el ruido de un helicóptero, aproximándose. En aquel momento apareció tras una curva un autobús de la línea F. Le dieron el alto. Varias piedras se estrellaron contra sus vidrios, y los pasajeros descendieron apresuradamente. El conductor se resistía pero, finalmente, cedió. Entre ocho o diez estudiantes, agarraron el chasis del autobús y trataron de derribarlo. Era peligroso. La cabina de pasajeros se balanceaba cada vez más, pero el autobús no caía. Sobre nosotros apareció entonces el helicóptero de la policía. Hablando por un altavoz nos conminaron a disolvernos, pero nadie hacía caso. Yo tenía cada vez más miedo, y no sabía muy bien qué hacer.
De pronto, apareció la caballería y cargó contra nosotros. Me interné entre los pinos y eché a correr de nuevo, esta vez cuesta abajo, hacia la Facultad. Oía detrás de mí los cascos de los caballos, resbalando igual que yo sobre la tierra mojada. No sé cómo me libré de ellos. Cuando llegué por fin a refugiarme a la Facultad, un policía que estaba en la puerta me impidió el paso. Me había visto varias veces ya aquella mañana y me había tomado por un agitador. En tono amenazante, me dijo que me marchara de la Universidad. Tuve que entrar a recoger mis cosas por una ventana.
Aquella fue posiblemente la ocasión en que más peligro corrí durante aquellos años turbulentos. Más de una vez pude haber recibido una paliza, o haber dado con mis huesos en los calabozos de la Puerta del Sol. Uno de mis compañeros de clase fue aporreado con saña por varios policías, y otro recibió un tiro que le atravesó el pulmón. Cuando, cinco o seis años después, murió por fin el General Franco y se convocaron elecciones libres, yo acudí con entusiasmo a votar.
Al igual que aquella mañana de invierno con el comando del FRAP, no sabía dónde me había metido. En el año 1982, el Partido Socialista ganó las elecciones. Yo acababa de instalarme en Viena, y acogí la noticia con entusiasmo. Con todo, me sorprendió por su radicalidad una de las primeras medidas que adoptó el nuevo Gobierno: la expropiación del holding RUMASA. Por las noches, en mi piso de la Schelleingasse, leía asiduamente El País y añoraba aquella nueva España que se estaba empezando a forjar lejos de mí, a impulsos de la honradez y los propósitos de justicia social del nuevo partido en el poder.
En los años 90 empecé a frecuentar Barcelona. Había perdido bastante el contacto con la realidad política, pero seguía mirando con simpatía el Gobierno de Felipe González. Por aquellos años se empezaba a hablar de los GAL, de un banquero llamado Mario Conde y de la nueva ley de la "patada en la puerta". Pero, en Barcelona, la inminencia de los Juegos Olímpicos se comía todas las noticias.
El banquero Mario Conde era en realidad un brillante abogado del Estado que había hecho mucho dinero en poco tiempo y había comprado un banco. Así, como suena. Empezaba a ser el ídolo de muchos jóvenes, que veían en él un nuevo modo de ascender en la escala social por mérito propio: algo así como el sueño americano. En las navidades de 1993, sin embargo, una noticia sacudió España: Banesto, el banco de Mario Conde, acababa de ser intervenido.
No fui yo el único que pensó que aquella intervención obedecía a móviles políticos. Banesto estaba comprando acciones en medios de comunicación, y se rumoreaba que el carismático Mario Conde, un recién llegado al mundo de las finanzas, planeaba dar el salto a la política. Entre tanto, mi simpatía por el Gobierno de Felipe González había decaído mucho. Pocas semanas antes de la intervención de Banesto había salido a la luz el escándalo de Roldán, un farsante sin escrúpulos que, siendo director de la Guardia Civil, se había apropiado del dinero de la caja de huérfanos del Cuerpo que él dirigía. A esas alturas, se sospechaba ya que los GAL eran un grupo terrorista organizado por el propio Gobierno, y corrían todo tipo de rumores sobre el destino de los fondos reservados del Estado.
La situación económica era penosa. Después de unos años de riqueza especulativa, la peseta fue devaluada tres veces en sólo nueve meses. Se alcanzaron los 3,5 millones de desempleados, y las posibilidades de que España se incorporara al euro se desvanecían. Con ese telón de fondo, en diciembre de 1994 Mario Conde ingresó por primera vez en prisión.
Dieciséis años después, el ex-propietario de Banesto acaba de reunir en un grueso libro (Los días de gloria, Ediciones Martínez Roca, 2010) su versión de aquellos acontecimientos. Versión es, porque la ha escrito él, pero, dejando aparte algunas apreciaciones subjetivas, como la soberbia en la mirada del Gobernador del Banco de España o las atribuciones de amistad, inquina o envidia a amigos y enemigos, el resto del libro es una concatenación de hechos sólidamente sustentados en fechas, cifras y nombres propios que, dos semanas después de haber sido puesto a la venta, nadie ha refutado todavía públicamente.
Lo cual debería ser significativo, porque los aludidos son muchos, y las acusaciones, gravísimas. Los aludidos, de hecho, son prácticamente todos cuantos pululan por los siniestros pasillos del Poder en esta España de comienzos del siglo XXI. Financieros, periodistas, jueces, políticos y simples aduladores conforman, en su relato, una sórdida amalgama de intereses con un único objetivo: medrar a cualquier precio. En una sucesión vertiginosa de intrigas, alianzas, odios y traiciones, el Poder aparece ante nuestros ojos descarnado y terrible, con nombres y apellidos. Para los que vimos la Transición con la ilusión de la primera juventud, el libro de Mario Conde es demoledor.
El Partido Socialista se había propuesto controlar todos los grandes bancos del país y, ante ese jugoso fin, los medios a utilizar carecían de importancia. En semejante contexto, el advenedizo Mario Conde, brillante, triunfador y, en aquella época, excesivamente pagado de sí mismo, era un forúnculo doloroso que había que extirpar. El Gobierno -y, a su servicio, el Estado- lo había decidido, y en ello colaboraban, solícitos, jueces, periodistas y políticos de todo pelaje, convertidos en mamporreros del Poder.
En una escena iluminadora, Jesús Polanco le explica durante un desayuno cómo, con unos cuantos editoriales de El País contra el ministro de economía, éste se ablandará lo suficiente para permitirle comprar unas acciones a buen precio. Luis María Anson, por entonces director del diario ABC, contempla impávido durante un almuerzo cómo el Vicepresidente del Gobierno, Narcís Serra, maneja telefónicamente los hilos que conducirán en una sola mañana, contra viento y marea, a la intervención de Banesto. El juez García-Castellón comenta ante un testigo que le adjudicarán a él el caso Banesto antes de ser presentada siquiera la querella. Y así sucesivamente.
Pero el asalto contra Mario Conde no podía prosperar mientras la oposición no estuviese de acuerdo. Aznar, un mediocre de mediocres, era, como demasiados españoles, envidioso de las mentes brillantes. Y finalmente llegó su consentimiento. El líder potencial, el triunfador inteligente y hábil, no podía hacerle sombra ante unas elecciones que él deseaba, a toda costa, ganar. Para Mario Conde, la suerte estaba echada. La prisión de Alcalá-Meco lo esperaba.
La narración de todos estos acontecimientos es eficaz, un tanto deslavazada en los flash back y flash forward con que el autor avanza y retrocede en el tiempo para explicarnos su historia. Inevitablemente, el estilo de un abogado del Estado recuerda demasiado a menudo la prosa artificiosa del código civil. Los personajes del esperpento Banesto traman sus intrigas en almuerzos, desayunos y cenas sentándose "en la mesa", las afirmaciones de los Judas de turno son casi siempre "falsas de toda falsedad", y a menudo uno desearía que frases como "resulta excesivamente complicado" se quedaran en un simple "es muy difícil". El espíritu del Sr. Conde flota probablemente todavía en un mundo de pliegos de descargo e informes de gestión, y es difícil conjeturar que todos estos años de dolor y reflexión lo hayan convertido en un segundo fray Luis de León.
Tal vez ello es esperanzador. España necesita desesperadamente una regeneración y, aunque es difícil imaginar quién le podría poner el cascabel al gato, llegado el caso difícilmente podrá prescindirse de un cerebro lúcido y perspicaz como el suyo. Más nos valdría. Porque si, con sus cualidades y experiencia, Mario Conde optase algún día por el bando del Mal, los cuatro jinetes del Apocalipsis o, peor todavía, Felipe González Márquez, quedarían reducidos a bondadosas madres teresianas.
Debo confesar que, para mí, la lectura de 'Los días de gloria' ha sido demoledora. Tiempo atrás, yo creía firmemente que la democracia mejoraría en todos los aspectos la España de Franco. Poco a poco, sin embargo, he ido constatando cómo, a medida que la sociedad acumulaba riqueza material, sus ideales, valores y realidades se iban empobreciendo. Ahora ya no espero nada. Me conformaría con que este tobogán económico por el que mi país desciende no fuera caldo de cultivo para la demagogia y el populismo. La estructura del Estado está madura. La sociedad, quizá también. Argentina no está tan lejos como la vemos en los mapas.

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Desde los tiempos de los faraones, pasando por Calígula o Leopoldo II de Bélgica, la historia se empeña en demostrar una y otra vez que, cuando las condiciones son adecuadas, siempre hay un porcentaje de seres humanos que se revelan como asesinos en masa. No hace falta que sean muchos. Basta con que estén protegidos por la sombrilla del poder.
El caso más conocido, naturalmente, fue el Holocausto. Entre 1933 y 1945, militantes del partido nazi alemán y militares del III Reich a las órdenes de Adolf Hitler exterminaron deliberadamente a unos 15 millones de personas indefensas, la mitad de ellos judíos, y la otra mitad integrada por gitanos, cristianos, marxistas, homosexuales y enemigos del régimen en general.
Esta 'hazaña' se logró en tan sólo 12 años. Sin embargo, pese a la reputada eficacia alemana, el nazismo no consiguió superar al dictador Stalin, que en 1933 acababa de liquidar, esencialmente por hambre, al mismo número de seres humanos -ucranianos, siberianos, rusos, cosacos, kazajos y campesinos en general- en tan sólo 4 años. Todo un record. Pero los horrores de Hitler y Stalin, sumados, se redujeron a la categoria de broma macabra a partir de 1958, cuando Mao Zedong, el Gran Timonel, lanzó en China la gran campaña nacional que él mismo denominó "el Gran Salto Adelante". Aunque la mayor parte de los archivos oficiales siguen a día de hoy clasificados, el historiador Frank Dikötter ha conseguido acceder a un buen número de archivos provinciales y del Ministerio de Asuntos Exteriores, gracias a los cuales ha podido escribir un libro de reciente aparición (Mao's Great Famine, Bloomsbury Publishing 2010). De él he extraído lo que relato a continuación.
De no haber alcanzado el poder absoluto sobre 600 millones de personas, el psicópata Mao podría haber sido simplemente un oscuro funcionario, corrupto y acomplejado, un proxeneta sin escrúpulos o un traficante de armas, y nos habría ahorrado la amarga demostración de los horrores que el ser humano es capaz de perpetrar. Pero en 1949 el Partido Comunista Chino derrotó a Chiang Kai-Shek, y Mao Zedong proclamó la República Popular China. Después de cuatro años de guerra civil, China era un país pobre, mayoritariamente de campesinos y sin apenas industria. Mao, envidioso de los supuestos logros de la Unión Soviética y, por supuesto, de Gran Bretaña, que durante más de un siglo había sido la gran potencia mundial, se propuso superar a ambos. Dando muestras de una inteligencia difícilmente superior a la de un mosquito, en 1958 lanzó la consigna que, supuestamente, debía catapultar a China a la categoría de líder económico mundial: producir más cereales y más acero que nadie.
Apenas había medios, pero la consigna movilizó a los mandos del Partido. Ignorando la experiencia milenaria de los propios campesinos, Mao ordenó implantar dos nuevas técnicas de cultivo que, simplemente, se le acababan de ocurrir: la siembra debía hacerse en hileras muy apretadas y, para que las raíces tuvieran sitio donde agarrar (sic), la simiente debía depositarse en surcos mucho más profundos (de hasta medio metro, a ser posible). El resultado fue un aluvión de cosechas desastrosas, muy inferiores a las obtenidas por métodos tradicionales. A la hora de rendir informe, los mandos locales, temerosos de las consecuencias, inflaban las cifras comunicadas a los mandos provinciales. Éstos, a su vez, las inflaban nuevamente en sus informes a la superioridad, que repetía el proceso en cada escalón del poder hasta sumar unos totales nacionales absolutamente fantásticos, sin ninguna relación con la realidad. En los pueblos, los campesinos empezaban a morir de hambre.
Alertado por los rumores, Liu Shaoqi decidió visitar su pueblo natal, donde se topó con escenas abracadabrantes. Un equipo de investigación enviado a Xinyang en 1960 se encontró con un puñado de supervivientes desnutridos, casi desnudos, sollozando entre los escombros de sus hogares destruidos. Para producir acero de ínfima calidad en hornos improvisados, los campesinos se veían obligados a trabajar 18 horas al día, incluidos niños de corta edad y mujeres embarazadas, con poco más de un bol de arroz por día y por persona. Las casas habían sido demolidas para utilizarlas como combustible, y todos los enseres de metal habían sido requisados para las fundiciones. En cierta aldea, rodeados de una inmensa fosa común, los únicos habitantes resultaron ser dos niños esqueléticos que ni siquiera conseguían sostener su cabeza sobre los hombros. Sólo en Xinyang habían muerto, en 1960, más de un millón de personas, de ellas 67.000 golpeadas hasta morir.
Cuando las noticias llegaron a Mao, éste repuso: "Es necesario que la mitad de la población muera de hambre para que la otra mitad coma todo lo que necesita". En esa otra mitad, naturalmente, se encontraban él y los altos mandos de Partido, que organizaban lujosas fiestas en barco con los manjares más exquisitos y profusión de mujeres hermosas, mientras en las orillas las campesinas eran violadas y millares de seres humanos agonizaban devorados por las ratas. En las cantinas colectivizadas, las colas llegaban a las mil personas, de las que sólo sobrevivían los más fuertes, porque en muchos casos la distribución de comida duraba sólo una hora. Los mineros trabajaban en turnos de diez horas, frecuentemente descalzos y sin alimento, y tenían que descansar hacinados en dormitorios colectivos donde el espacio por trabajador apenas llegaba a veces a un metro cuadrado, en ocasiones sentados o de pie, bajo techos de paja que cuando llovía dejaban pasar ríos de agua.
La burocracia era kafkiana. En la provincia de Jinan, Li Shujun aguardó en una cola tres días para comer, sin conseguirlo. En realidad, la cola era sólo para recibir un vale que debía ser canjeado (en una cola diferente) por un número que, a su vez (en otra cola diferente), servía para obtener una ración de arroz. Cuando los padres estaban muy enfermos eran los niños quienes, a veces con cinco o seis años solamente, debían ir de madrugada a hacer cola y terminaban siendo avasallados por feroces adultos hambrientos.
Mao no ignoraba la situación, pero se mantenía en su empeño de exportar cereales, sobre todo a países de la Unión Soviética, a precios inferiores al precio de coste. Lo mismo sucedía con las exportaciones de acero, frecuentemente de tan mala calidad que los países importadores acabaron rechazándolo. Los aperos fabricados con aquel acero se rompían a los pocos meses, mientras la maquinaria importada se oxidaba en los hangares y las cosechas se pudrían en los campos por falta de camiones para transportarlas. Hasta los cerdos morían de hambre.
A medida que uno se adentra en el libro de Dikötter, el dolor se va clavando como una lanza insoportable en el corazón del lector. En más de una ocasión, atenazado por las emociones, he tenido que interrumpir la lectura con lágrimas en los ojos, y confieso que, al llegar a los últimos capítulos -sobre los horrores detallados por regiones- no he tenido fuerzas para seguir leyendo. Como ilustración de los datos que expone rigurosamente, Dikötter agrega aquí y allá casos concretos recogidos en documentos oficiales. La narración se convierte así, al mismo tiempo, en un reportaje descarnado con nombres y apellidos, que nos impide ampararnos en la abstracción de las estadísticas para enfrentarnos cara a cara con la realidad del sufrimiento humano. Y prosigo.
Quizá el mayor logro del socialismo y del nazismo (por lo demás, primos hermanos) ha sido la destrucción de la dignidad humana. Yo he visitado Cuba y Haití, y puedo asegurar al lector que en Haití, el país más pobre y lacerado del continente americano, hasta los más miserables conservan un asomo de dignidad que en Cuba es inexistente. Mao consiguió retrotraer al ser humano hasta extremos anteriores a la Edad de Piedra. En Shandong, por ejemplo, el ciudadano Yan Xizhi entregó a sus tres hijas, vendió a su hijo de cinco años por 15 yuanes, y a otro hijo de diez meses por un plato de comida. Y Wang Weitong vendió a uno de sus dos hijos por 1,5 yuanes y cuatro bollos. Ambos tuvieron suerte. La mayoría de sus conciudadanos no encontraron comprador.
Tales privaciones, naturalmente, son muy difíciles de imponer sin recurrir a la violencia. Los castigos y abusos de los mandos del partido eran moneda común, y los niños eran los más afectados. En Beijing, lejos pues de los horrores del campo, el 90 por ciento de los niños de la guardería de la Fábrica de algodón Nº 2 estaban enfermos. Sarna, moscas, gusanos, intoxicaciones alimentarias, diarreas y edemas por desnutrición formaban parte del paisaje habitual en los jardines de infancia, y en muchos casos los propios empleados se repartían las raciones de carne, de azúcar y hasta de jabón destinadas a los niños. La propaganda oficial, que declaraba que "los niños pertenecen al Estado" facilitaba, desde luego, mucho las cosas.
En su delirio de poder absoluto, el Gran Timonel no quería ni oír hablar del asunto. Cuando el Dr. Li Zhisui le informó de la omnipresencia de edemas y hepatitis en Zhongnanhai, Mao le contestó que aquel tema de conversación era muy desagradable, y que además no le creía. Pero la realidad era que hasta el personal médico estaba enfermo. En Nanjing, dos terceras partes del personal médico y de enfermería lo estaban. Incluso en los hospitales de lujo para miembros del Partido, los médicos iban vestidos con andrajos. Se robaba a los pacientes, los enfermos eran golpeados, y las enfermas, violadas. Sin calefacción, sin mantas, y a veces sin comida, muchos pacientes tiritaban en invierno sobre lechos de paja, o compartían las camas con difuntos. En algunos casos, los vivos eran depositados directamente en la morgue, donde se les dejaba morir mientras, a su alrededor, las ratas celebraban macabros festines.
En medio de este panorama, a nadie extrañará ya que muchos presos fueran tratados como conejillos de Indias. En los campos de concentración se les daba a comer serrín y pulpa de madera. Cosa difícilmente sorprendente cuando, en el campo, la población 'libre' comía cortezas de árboles, plantas venenosas, cinturones de cuero, paja de los techos, y hasta puddings de barro. Y la guerra contra las ratas era a muerte: o las personas se comían las ratas, o las ratas se comían a las personas.
El saldo final de este apocalipsis indescriptible es muy difícil de calcular, en parte porque muchos archivos oficiales siguen siendo secretos. Pero, extrapolando de los datos fragmentarios existentes, los estudios más minuciosos arrojan cifras de entre 40 y 50 millones de muertos, sólo entre 1958 y 1961. No sé si esta cifra figurará algún día entre los records Guinness pero, 50 años después del mayor asesinato en masa jamás conocido, el vergonzante doble rasero de la Historia oficial es insostenible. En Europa, intelectuales que en su vida han abierto la boca para criticar a Mao o a Stalin se indignan ruidosamente por el trato dispensado a un puñado de presos en Guantánamo. Y partidos comunistas o socialistas que, con el rabo entre piernas, han renunciado por fin al marxismo exigen condenas de viejos dictadores sin haber pedido todavía perdón por los horrores perpetrados en nombre de su ideología. La divulgación del Holocausto nos ha vacunado, posiblemente, contra el nazismo. Pero la sociedad mundial necesita con urgencia -particularmente, en estos tiempos de crisis económica- una vacuna universal contra la más destructora de las ideologías que el mundo ha conocido: el comunismo.
Después de leer el libro de Dikötter, cada vez que salgo a la calle me pregunto cuántas de las personas que veo pasear apaciblemente a mi alrededor serían capaces de asesinarme sin escrúpulos si tuvieran poder para ello. No les recomiendo esa sensación. Pero, por favor, lean el libro.

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Desde tiempo inmemorial, el ser humano necesita ver signos reveladores en las montañas, en las nubes, en las entrañas de sus víctimas o en las estrellas. Probablemente es una cualidad intrínseca de nuestro cerebro, que sólo la ciencia ha conseguido, a duras penas, mantener a raya. Desde la mirada protectora del Sagrado Corazón de Jesús presidiendo la cama de matrimonio hasta los arcanos del I Ching o el oráculo de Delfos, las 'revelaciones', religiosas o profanas, son para muchos un bálsamo que mitiga la dificultad de coexistir con dos misterios difícilmente soportables: el pasado, y el futuro.
Después de largos siglos de religión y de fantasías aristotélicas, Galileo, Newton y Maxwell asentaron por fin la física en tres sólidos pilares que nos aportaron una visión del mundo coherente y previsible. Hasta tal punto que, en los mismos días en que Max Planck publicaba sus observaciones sobre la radiación del cuerpo negro, los físicos más eminentes declaraban solemnemente que, en física, todo estaba ya descubierto. Después de Planck vino la mecánica cuántica, ese extraño mundo en el que una partícula elemental atraviesa de cuando en cuando la pared contra la que usted y yo rebotaríamos y, por si fuera poco, es capaz de desdoblarse, comportarse como una onda e interferir consigo misma. Al mismo tiempo, la teoría de la relatividad nos explicaba que en realidad las manzanas caen porque, a su alrededor, el espacio está curvado, y que, si uno viaja a una velocidad suficiente, puede sobrevivir a sus tataranietos sin necesidad de preocuparse por el colesterol.
Entusiasmados por todas aquellas innovaciones, los físicos se abandonaron a la tentación de extrapolar: ¿tiene un origen el Universo?, ¿terminará algún día? Hasta los años 20 del siglo XX, se pensaba que no. Un Universo eterno era filosóficamente conveniente, ya que descartaba la necesidad de un Creador, y es sabido que, desde Miguel Servet, la religión y la ciencia estaban a mal traer. Cuando, en 1929, Edwin Hubble descubrió que las galaxias se alejaban unas de otras y, por lo tanto, que el Universo se expande, una nueva teoría fue inevitable: si invertimos el sentido del tiempo, una expansión se convierte en una contracción, y las contracciones, idealmente, terminan en un punto: el origen del Universo era, pues, una explosión puntual. Fred Hoyle, que defendía tenazmente la teoría del Universo perpetuo, se refirió despectivamente a la nueva teoría como el "Big Bang" (el Gran Petardazo).
Sin embargo, el Big Bang se impuso y, con algunas modificaciones, se convirtió en la teoría imperante. Pero la curiosidad humana se crece ante las fronteras, y pronto algunos empezaron a preguntarse lo que había sucedido antes del Big Bang. Si entendemos el Big Bang como una 'singularidad' (en lenguaje matemático, una densidad infinita concentrada en un solo punto), la pregunta carece de sentido, porque las leyes de la física, al menos tal como las conocemos, comienzan con el Big Bang y, sea cual sea la información que pudiera llegar a él desde su pasado, tendría que comprimirse infinitamente para atravesar por un punto y quedaría destruida. ¿Se han arredrado los físicos ante esta consideración?
Más bien al contrario. Como en los aciagos tiempos de la Edad Media, las especulaciones florecen, propician polémicas y se disputan los favores del público en esta nueva era dominada por los mass-media. Stephen Hawking y Roger Penrose no se han quedado al margen de esta pirotecnia y, en sus dos recientes libros (The Grand Design, Bantam Press, 2010, y Cycles of Time, The Bodly Head, 2010), ponen también su granito de arena. En otras palabras: sí, especulan.
Si el Universo comenzó siendo un punto, para estudiar sus orígenes tendremos que basarnos en las leyes de lo infinitamente pequeño. Es decir, de la mecánica cuántica. En particular, tendremos que atribuir al naciente Universo la propiedad de evolucionar siguiendo múltiples caminos al mismo tiempo. ¿Cuantos caminos? Todos. Como parece evidente que nosotros habitamos en un solo Universo, los otros tendrán forzosamente que ser distintos del nuestro. Además, siguiendo los razonamientos de la mecánica cuántica, tendrán que ser infinitos y diferentes entre sí. Es decir, sus leyes físicas serán diferentes, lo cual implica que algunos no conseguirán sobrevivir mucho tiempo, y que en muchos de ellos las estrellas no conseguirán fabricar carbono y, por lo tanto, sus planetas no podrán albergar seres vivos, tal y como nosotros los conocemos. ¿Darwinismo cósmico? El propio Hawking utiliza esta expresión para referirse a este modelo teórico, que más propiamente se denomina 'multiverso'.
Penrose, en cambio, aborda el tema desde un punto de vista radicalmente distinto. En términos simplificados, la segunda ley de la termodinámica dicta que el orden terminará inexorablemente convirtiéndose en desorden (y definiendo, de ese modo, la dirección del tiempo). A pesar de lo que nos pueda parecer, no es absolutamente imposible que al frotar una vieja lámpara el polvo resultante adopte la forma de un genio y nos pida un deseo, pero sí es extremadamente improbable. Tanto que, si alguna vez nos sucede, será mucho más probable que estemos siendo víctimas de una alucinación.
El desorden del Universo tiende, pues, a aumentar irreversiblemente, lo cual tiene dos consecuencias lógicas: en sus comienzos, el orden en el Big Bang era total y, en su estado final, el Universo estará dominado por el desorden total. Pero, sin necesidad de llegar a fechas tan lejanas, hay un tipo de procesos que representa también, en cierta manera, el final de las leyes físicas: los agujeros negros. ¿Qué sucede en el interior de un agujero negro? Nadie que se aventure a averiguarlo podrá explicárnoslo, porque allí dentro la gravedad es tan intensa que las trayectorias rectilíneas son imposibles, y toda información emitida retornará indefectiblemente al punto de partida. Sin embargo, de los agujeros negros sabemos algunas cosas. Por ejemplo, que en su interior el desorden -los físicos lo llaman 'entropía'- es máximo. O que, según demostró Stephen Hawking en 1974, emiten radiación y, por consiguiente, al cabo de millones de años terminarán evaporándose.
Los agujeros negros son, en cierto sentido, todo lo contrario del Big Bang. En el origen del Universo, las condiciones eran, por así decirlo, angelicales: orden perfecto, y ausencia de masa. Los agujeros negros, en cambio, son acumulaciones infernales de masa, posiblemente infinitas, en las que el desorden es prácticamente total. Sin embargo, si los agujeros negros terminan evaporándose, el destino final del Universo será un inmenso océano frío cuya geometría podría ser compatible con el nacimiento de otro Universo. O, más bien, con el renacimiento del que ya conocemos. Dicho de otro modo: el eterno retorno.
Naturalmente, para que esa transición sea posible hay dos grandes escollos que habría que salvar. El desorden total tendría que convertirse en orden total, y la masa tendría que desaparecer. Mediante razonamientos geométricos y una fuerte dosis de especulación, Penrose se las arregla para sugerir que ambas cosas son posibles, e incluso cree advertir en la radiación cósmica de fondo ciertos indicios que confirmarían sus conjeturas. Desde luego, después de un largo siglo de descubrimientos provocativamente contrarios al sentido común, nadie se atreve ya a decir en física que algo es imposible, pero tanto los argumentos de Hawking como los de Penrose suenan demasiado a malabarismo científico.
Galileo, Newton y Maxwell asentaron los cimientos de la física en la observación y en la predicción, y en el momento actual hay muchas incertidumbres con respecto a la realidad observable y muy pocas predicciones verificables. Nadie tiene todavía la certeza absoluta de haber observado un agujero negro. No se ha podido establecer aún si el protón se desintegra, o si el neutrino tiene masa. El bosón de Higgs, que supuestamente confiere la masa a las partículas que la tienen, no ha sido identificado en ningún acelerador. Nadie sabe exactamente qué son, o dónde están, la materia oscura ni la energía oscura. Tampoco se ha detectado jamás ningún gravitón, y la unificación de la gravedad con las otras tres fuerzas conocidas está todavía en el aire. Desde el punto de vista de la predicción, la teoría de cuerdas, la supersimetría, la teoría M y la teoría de membranas (entre otras muchas y variopintas) no han inspirado aún experimento alguno que permita dilucidar su validez ni su superioridad frente a las teorías vigentes.
Esta efervescencia de conjeturas, intuiciones y tentativas es terreno fértil para la física, como para todas las ciencias, pero uno empieza ya a preguntarse si los físicos no están rebasando la frontera del método científico para adentrarse en el terreno de la metafísica. Un pasaje del libro de Penrose permite hacerse una idea del estado actual de cosas a día de hoy (la traducción es mía):
"Wheeler argumentó la posibilidad de que ciertos efectos cuánticos de la gravitación rizasen el espacio-tiempo a la escala de Planck creando complicaciones topológicas que él consideraba como 'espuma cuántica' o 'agujeros de gusano'. Otros han sugerido que podría manifestarse algún tipo de estructura discreta ('bucles' trabados y anudados, espumas de spin, estructura reticular, conjuntos causales, estructura poliédrica, etc.), o que podría intervenir una estructura matemática, modelizada en base a ideas de mecánica cuántica -la denominada 'geometría no conmutativa'-, o que tal geometría de mayor número de dimensiones pudiera desempeñar un papel, con algún tipo de ingredientes semejantes a cuerdas o membranas, o incluso que el propio espacio-tiempo pudiera desvanecerse completamente, de tal modo que nuestra imagen macroscópica normal del espacio-tiempo sería sólo una noción útil derivada de una estructura geométrica más primitiva (como sucede con las teorías de Mach y la teoría de 'twistors'). De esta multitud de sugerencias alternativas tan diferentes se desprende claramente que no hay acuerdo de ningún tipo acerca de lo que podría estar sucediendo en el 'espacio-tiempo' a la escala de Planck".
Como decía aquel paramecio imaginario al que en cierta ocasión citó Ricky Mango: "Dios era un ser todopoderoso que había creado aquella gota de agua que él llamaba Universo".
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