domingo 27 de febrero de 2011

Un sueño de Robinson

El silencio estaba lleno de tinta de calamar, y el sol se había oscurecido. Ni siquiera él entendía por qué. ¿Estaba en el interior de una selva profunda o, sencillamente, se había dormido? Los recuerdos de su pasado desfilaban entre los gritos de los pájaros. Eran siluetas. Huidizas. El cielo, una tempestad de brochazos furiosos. Y en mitad de aquel torbellino apareció ella.

La siguió. La siguió hasta el interior de una gruta. La oía hablar de cíclopes atropelladamente, moviéndose inquieta de acá para allá mientras sus vestidos difuminados flotaban a su alrededor. ¿Estaba vestida, o desnuda? Deseó con todas sus fuerzas hundirse en ella, o tal vez en la tempestad. Se tocó la frente. Sudaba. Las esquinas de las rocas formaban telas de araña geométricas. Ella se tendió delicadamente sobre la arena del suelo, y en sus manos él creyó ver aparecer un laúd.

“¿Duermes?”, preguntó. El eco de las gaviotas resonaba afuera de la gruta. “¿Duermes?”, repitió, acercándose más a sus labios. Nadie estaba tañendo el laúd, pero las notas que brotaban de él eran gotas de oro diminutas, confortantes. “¿Cómo te llamas?”, volvió a preguntar. Silencio. Como el sol anaranjado que agonizaba allá afuera. “Háblame de tu pasado”. No estaba seguro de que los labios de ella estuvieran esbozando una sonrisa. Pero no le contestaba. Abatido, se sentó a meditar. Sobre la arena oscura del suelo, dibujó con una ramita extraños ríos de tinta, trozos de luna nueva, mareas de ceniza.

Estaba en una isla desierta, pero no sabía si en el tiempo o en el espacio. El no quería saber lo que ocultaba el mar allá detrás del horizonte. El lo que quería era conocer el futuro. Regresó a la selva, a las nubes confundidas, al sol de madera de roble. Durante semanas se alimentó de frutos exóticos y agua. Dormía inquieto, desasosegado, y en mitad de la noche despertaba soñando con ella. Un día, regresó a la gruta. La encontró en el mismo sitio, dormida. El laúd, abandonado junto a su mano, emitía latidos leves de luz amarilla. A su alrededor, en la isla, en el resto del Universo, todo estaba oscuro, que es el color del tiempo cuando las horas se han detenido. Aquella mujer era el futuro, y él no conseguía despertarla.

El sol estaba oscuro porque el tiempo se había detenido. O, más bien, él se había quedado detenido sobre el abismo del tiempo. No tenía ya fuerzas para sumergirse en el futuro sin saber cómo era. Para seguir adelante tenía que conocerlo. Y aquella mujer era un oráculo, pero él no tenía la llave del porvenir, la única pregunta que el oráculo era capaz de responder. Al salir de la gruta se dio cuenta de que los centauros, los pegasos, las quimeras, las hidras no lo temían. Su mundo estaba hecho de animales mitológicos, allí donde la vida es fascinante pero nadie existe realmente. Como él. Una mancha torpe o hermosa sobre un paisaje pintado que cualquier pincel podía borrar de un solo trazo. Se inclinó sobre las mejillas de ella y apartó un mechón de cabello que descansaba sobre su frente. “No te marches sin mí”, murmuró. “Tenemos que irnos juntos”. Lo cual era absurdo. El futuro no espera a nadie.

Tenía que seducir a aquella mujer.

Inundó la isla de aromas y de hogueras. Un tronco hueco le sirvió de tambor y, bajo las sombras fugaces de los fénix, hizo vibrar el aire y la tierra con ecos de tamtam. Tres días y tres noches. La selva se llenaba de quejidos sensuales y susurros de luciérnagas. Agradeció las primeras gotas de lluvia y, cuando las gotas se hicieron tan finas que se convirtieron en bruma, dejó caer los brazos y se tumbó sobre la duna caliente. La bruma era el futuro, era ella. Tuvo un golpe de inspiración. “¿Que me traes?”, preguntó. La bruma lo acarició. A pocos pasos frente a él, desdibujado en un remolino de vapor, creyó ver aquel cuerpo desnudo. Y le pareció la mujer más hermosa del mundo.

La siguió. Sabía que al otro lado de la niebla, en lo alto del cielo, el sol brillaba de nuevo con plomos líquidos de mediodía. Pero antes de llegar allá tenía que conocer la desazón de las caricias sin forma de la mujer, sus quiebros evanescentes entre el resplandor de las hogueras. La respuesta del oráculo.

También el futuro es incierto. Como la duda.

Inspirado en la composición musical
Black Sun (VAG, 2011):
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