miércoles, 11 de agosto de 2010
Renfe again
Estoy en la sala de espera de la estación de Sants, en Barcelona. Hace unos años era un recinto excesivamente pequeño, pero acogedor. Los sofás y butacas eran cómodos y, cuando el lugar no estaba muy concurrido y el televisor no sonaba a todo volumen -que era casi siempre-, uno podía abrigar la esperanza de aguardar relajadamente un par de horas hasta la salida de su tren.
Eso era antes. Ahora, el enchufado de turno ha cambiado y, como todos los enchufados de España, ha decidido suplir su ineptitud oligofrénica con un cambio estético. Lo de siempre: nuevo "diseño". Tirar la casa por la ventana... a costa del contribuyente.
Esas copas de metacrilato vacías que ven ustedes en la foto son las sillas de la nueva sala de espera de la estación de Sants. Cursis, ¿verdad? Pues, además, son extraordinariamente incómodas. Ideales para sentarse en ellas dos horas seguidas y levantarse con el esqueleto magullado. Eso se llama rizar el rizo.
El que esto escribe no está sentado en esa sala, sino en otra un poco más tolerable, en un canapé situado a 30 cm del suelo, cuyo respaldo se clava en los omoplatos a los pocos minutos de aposentarse uno en él. Una de las empleadas me comenta que en más de una ocasión han tenido que ayudar a algún anciano que se había quedado empotrado en el canapé y no podía levantarse. Frente al canapé hay una mesita exigua, también de metacrilato, decorativamente agujereada por todas partes, de manera que si se le ocurre a usted dejar algún objeto pequeño encima de ella, tendrá la oportunidad de desentumecer sus omoplatos agachándose a recogerlo del suelo.
Claro que, si en lugar de escuchar la conversación de aquella señora que habla a gritos por el teléfono móvil a diez metros de distancia prefiere usted enchufar su ordenador y consultar su correo electrónico, la salita contigua le ofrece todo lo que podría usted desear. Héla aquí:
Naturalmente, está también vacía. El recuerdo de los campos de concentración subsiste todavía en el inconsciente colectivo europeo, y todo el mundo prefiere abandonarse a su suerte en el sofá-trampa y apoyar el computador en las rodillas, como estoy haciendo yo en este momento.
Ahora ya sabe usted en qué se gastan los funcionarios enchufados una parte de sus impuestos. No es una sala de espera cómoda pero, al menos, es fea. Comprenda usted que todo lo que hacen los enchufados tiene que ser feo. Es la obligación mínima de cualquier funcionario que maneja presupuestos públicos.
Resígnese: más no se puede hacer. Si el funcionario fuera competente, no estaría en la Administración.
a las
14:02
0
comments
Palabras clave: enchufados, ineptitud, Renfe
Francia: El blanco y el negro
a las
1:15
0
comments
Palabras clave: Francia, gastronomía, intelectuales, mayo del 68, París, pictogramas, putas
miércoles, 21 de julio de 2010
Lenguajes desconcertantes
Seguramente todos hemos visto alguna vez a un loco hablando solo. Desde hace algunos años, no es difícil tampoco cruzarse en público con una de esas personas que, o por comodidad o por temor a las radiaciones electromagnéticas del teléfono móvil, nos encontramos a veces por la calle hablando en voz alta como si estuvieran locos.
Tal vez lo están. Incluso aunque lo que digan sea perfectamente coherente. Podrían estarlo incluso si, en lugar de exclamar mirando a las nubes que Loli ha tenido gemelos, pronunciaran esas mismas palabras con un teléfono móvil apoyado en una oreja. Ni siquiera es importante que estén o no hablando con un interlocutor real. Para nosotros, la persona que habla sola estará loca cuando lo que dice no se refiere a la realidad 'convencional', sino a una realidad que nosotros no podemos identificar.
A mitad de camino entre la cordura y la locura está el mundo esotérico. Incontables personas han dedicado años de su vida a interpretar la Cábala, los horóscopos o las 'profecías' de Nostradamus, y los libros sobre ectoplasmas, yoes astrales, auras, karmas y otras hierbas tienen un público fiel que los lee ávidamente y asegura entenderlos. La filosofía y la religión no se libran tampoco de esta clasificación. La filosofía, porque el grado de abstracción de sus afirmaciones nos priva de referentes manejables y, muy a menudo, nos impide entender a ciencia cierta de qué se nos está hablando. Y la religión, porque todo intento de entender sus conceptos básicos está obstaculizado por un requisito: la fe.
Todo esto nos da una idea de la fascinante potencia del lenguaje humano. Desde las instrucciones para ensamblar una estación espacial hasta los limbos inaprehensibles de Wittgenstein, y desde las jergas carcelarias hasta el dogma de la Santísima Trinidad, en el lenguaje humano cabe todo. Aun así, también tiene sus límites. En el siglo XVII, los sesudos catedráticos de la Universidad de Toledo discutían acaloradamente el significado de la expresión "¿Acaso una quimera zumbando en el vacío puede comer segundas intenciones?" Aunque esta polémica fue tristemente cierta, el ejemplo de los sabios varones me parece demasiado tonto. Quizá valdría la pena comentar otros ejemplos más enjundiosos.
"¿Donde empieza una circunferencia?"
Este ejemplo evidencia que hay conceptos que son por naturaleza incompatibles entre sí. Ya de antiguo decía la sabiduría popular que no tiene nada que ver la velocidad con el tocino. En lenguaje más moderno, podríamos decir que una circunferencia y un segmento no son topológicamente equivalentes. En otras palabras, no podemos transformar uno cualquiera de ellos en el otro sin romper la circunferencia o pegar los extremos del segmento. ¿Por qué hemos prohibido estas dos operaciones? Pues porque, una vez pegados, los dos extremos del segmento tendrían que cambiar sus dos nombres respectivos por uno solo. Y una vez rota la circunferencia, necesitaríamos dos nombres en lugar de uno para los dos extremos resultantes.
"Esta afirmación es falsa"
¿También en este caso podríamos hablar de incompatibilidad topológica? Tal vez. Pensemos, por ejemplo, que ninguna mano puede agarrarse a sí misma. Sin embargo, sí podemos decir cosas tales como "esta afirmación está expresada con siete palabras". Bien. Pero una cosa es lo que yo afirmo, y otra muy distinta es la frase que utilizo para expresarme. De modo que lo que en realidad estamos diciendo es "la frase 'esta afirmación está expresada con siete palabras' contiene siete palabras".
Si aplicamos esta consideración a nuestro ejemplo, tendríamos que escribir "el significado de la frase 'esta afirmación es falsa' es falso". Aunque a primera vista puede no parecerlo, estamos en una situación mucho mejor que antes. ¿Cuál es el significado de la frase "esta afirmación es falsa"? Lo acabamos de explicitar. El significado de la frase "esta afirmación es falsa" es:
"el significado de la frase 'esta afirmación es falsa' es falso"
Si repetimos la operación, obtenemos:
"el significado de la frase "el significado de la frase 'esta afirmación es falsa' es falso" es falso"
Cuanto más intentamos acercarnos al significado de nuestro ejemplo, más nos alejamos de él. Este tipo de situaciones se dan también en la vida cotidiana. Pensemos en dos espejos situados el uno frente al otro. Si uno de los espejos pudiera hablar, describiría su situación diciendo "yo reflejo aquello que reflejo" [que retorna a mí gracias al espejo que tengo enfrente]. La imagen efectivamente reflejada será una sucesión infinita de imágenes subsumidas unas en otras, como matrioshkas. Y, aunque la aparición de todas esas imágenes es instantánea, desde el punto de vista del espejo nuestra mente nos obliga a describirla como si fuera un proceso que se desarrolla a lo largo del tiempo.
Infinitamente (im)perfecto
Los filósofos me producen dolor de cabeza. Probablemente los delirios más representativos de esa colección de esperpentos conocida como ‘filosofía’ son los argumentos esgrimidos a lo largo de la Historia para demostrar o refutar la existencia de Dios. La mayor parte de ellos hacen referencia a una de las cualidades generalmente atribuidas a Dios: la perfección infinita. Sí, sí, ha leído usted bien. Yo siempre había pensado que una cosa era o perfecta o imperfecta, sin términos medios. ¿Podemos perfeccionar infinitamente una esfera, o la ecuación 2 + 2 = 4? Que alguien me explique cómo.
Igualmente absurdo, pero más divertido todavía, es el concepto de ‘imperfección infinita’. Ciertamente, las imperfecciones son, hasta cierto punto, comparables. Los mamíferos que regentan Tele 5 son seres humanos moralmente muy deficientes, pero no tanto como Atila (aunque a mí, personalmente, me es difícil apreciar la diferencia). Por otra parte, ¿qué ecuación es más imperfecta: 2 + 2 = 3, o 2 + 2 = 5? Difícil saberlo. De hecho, ni siquiera el azar es infinitamente imperfecto: un sucesión ilimitada de números aleatorios contendrá, tarde o temprano, alguna secuencia ‘ordenada’ (por ejemplo, 4, 4, 4, 4).
La lista de todas las listas
Durante años, le he dado muchas vueltas a la famosa paradoja de Russell. A saber: “El conjunto de todos los conjuntos que no pertenecen a sí mismos es un concepto contradictorio”. El problema es que ni siquiera convengo en la primera parte de su enunciado. ¿Acaso existe algún conjunto que sí pertenezca a sí mismo? “La lista de todas las listas” es un ejemplo frecuentemente mencionado, y el propio Russell propuso uno particularmente original: el conjunto de todos los objetos que es posible describir con diez palabras [en versión española]. Pero ¿acaso todas las descripciones hacen referencia a algún objeto? No necesariamente. ‘Es el extremo de una circunferencia’ es una descripción y, sin embargo, no hace referencia a nada. Y el conjunto de todos los extremos de una circunferencia ni siquiera es el conjunto vacío: es un conjunto que verifica una propiedad absurda. Sería posible, incluso, enunciar teoremas sobre el extremo de una circunferencia, pero esos teoremas sólo se cumplirán si encuentro una circunferencia que tenga un extremo.
Las propiedades son una cosa, y los conjuntos, otra. La propiedad “es expresable con cinco palabras” es expresable con cinco palabras, pero ello no implica ninguna contradicción… a menos que nos empeñemos en representar las propiedades como símbolos disjuntos, sin relaciones entre sí. Si queremos representar el hecho de que una propiedad cumple la propiedad que ella misma enuncia, tenemos forzosamente que representar ese hecho mediante un bucle. Y si, pese a mis advertencias, alguien se empeña en asociar a cada propiedad un conjunto, tendrá que diferenciar entre dos tipos de conjuntos topológicamente diferentes: con bucles, y sin bucles.
De manera semejante a como hizo el propio Russell con su teoría de clases, cuando vio las dificultades que implicaba su paradoja. Pero, a mi modo de ver, la perspectiva topológica le aporta un fundamento mucho más ‘natural’.
a las
20:35
2
comments
Palabras clave: lenguaje, lingüística categoría estructura tiempo semántica, lógica, paradoja, Russell, tautología, topología
domingo, 18 de julio de 2010
El futuro
Cuando Einstein formuló su teoría de la relatividad, todos los científicos -incluido él- creían que el Universo era estático. Sin embargo, de sus propias ecuaciones se podían deducir muy distintos modelos de Universo, uno de los cuales nacía, se expandía y, finalmente, se contraía hasta desaparecer. Para eliminar esa posibilidad, Einstein introdujo la llamada "constante cosmológica", que contrarrestaba el efecto de la gravedad a escala cósmica. Aunque la idea ha sido recientemente rescatada con el esotérico nombre de "energía oscura", pocos años después Einstein tuvo que arrepentirse de aquel remiendo: en 1931, Edwin Hubble descubrió que nuestro Universo, en realidad, se estaba expandiendo.
Pero, ¿seguirá expandiéndose eternamente, o terminará aplastándose a sí mismo después de haber agotado sus ímpetus juveniles? No lo sabemos. Si la suma de los ángulos de un triángulo es inferior a 180º, ni siquiera la energía oscura será capaz de detener la expansión eterna de nuestro Universo. Los cuerpos celestes, cada vez más alejados entre sí, se irán enfriando hasta apagarse. O quizá, antes de llegar a ese punto, serán despedazados por efecto de la aceleración a que los someterá la energía oscura.
Si, en cambio, la suma de los ángulos de un triángulo es superior a 180º, los frioleros están de suerte: el Universo podría contraerse y, por consiguiente, aumentar de temperatura. El problema, esta vez, lo tendrían los claustrofóbicos. Porque el Universo se contraería inexorablemente hasta caber, todo él, en un solo punto.
¿Qué sucedería después? La pregunta no tiene mucho sentido, porque cuando se termine el Universo se terminará también el tiempo. Aun así, algunos físicos han propuesto un par de ideas que podrían confortar, al menos filosóficamente, a los fabricantes de relojes. Una de ellas es el "Big Bounce", o Gran Rebote. Como su nombre sugiere, el Gran Rebote sería una especie de renacimiento cósmico, por ejemplo para producir un Universo semejante al nuestro. Y el ciclo podría repetirse cuantas veces se nos antoje: el eterno retorno.
Aunque, eterno o no, el retorno sería a la carta. Porque, al fin y al cabo, entre uno y otro ciclo no quedaría nadie para contarlo. Otra teoría a la carta es el llamado "Multiverso", una especie de fiesta pirotécnica perpetua en la que los universos aflorarían como setas en otoño. Claro que, tal vez no en todos ellos las leyes físicas serían tan soportables como las que conocemos. Es lo que se denomina el "principio antrópico": nuestro Universo es como es porque, si fuera uno de los otros, nosotros no existiríamos y, por lo tanto, no podríamos observarlo.
¿Nos hemos librado, pues, de un Universo en el que los gordos flotan y la electricidad es radiactiva? Quizá no. Si el vacío no se encuentra en su nivel de energía más bajo posible, las leyes cuánticas predicen que en cualquier momento podría 'saltar' a un estado inferior y darnos una sorpresa. Una desagradable sorpresa, con toda seguridad.
Por último, hay una teoría tan interesante como imposible de verificar: los múltiples mundos. Para explicarlo en lenguaje llano, si yo enciendo mi televisor y en la pantalla veo aparecer Tele 5, uno de mis yoes cambia de canal, mientras que el otro se sienta ávidamente a contemplar los chismorreos de las folklóricas. Por suerte, entre ese otro yo y mi yo habitual no hay ninguna posibilidad de comunicación, lo cual me ahorra, sin duda, no pocos disgustos existenciales.
Tratando de imaginar lo que nos deparará el futuro, he averiguado algunos datos interesantes. Por ejemplo, que en el año 13.727 la Estrella Polar ya no apuntará al norte. En su lugar, aquellos de nuestros descendientes que sobrevivan a Tele 5 tendrán que guiarse por la estrella Vega, como ya hicieron nuestros antepasados hace 14.000 años. Ah, y he averiguado también que en el año 10.759 expirará el contrato de alquiler de la fábrica de cerveza St. James Gate, concedido por Arthur Guinness en 1759 por un importe de 45 libras esterlinas anuales.
Cuanto más nos adentramos en el futuro, más interesantes son las predicciones. Hacia el año 5.000.000, el Mediterráneo será una inmensa llanura de sal, y la Amazonia no existirá. Noventa y cinco millones de años después, la Antártida se habrá convertido en una selva lujuriante, posiblemente habitada por pulpos anfibios y pájaros con cuatro alas. Si todo esto no nos parece atractivo, nos bastará con esperar cuatrocientos millones de años para emigrar a Venus, que se habrá enfriado lo suficiente como para albergar los primeros seres vivos.
Justo a tiempo. Porque, hacia el año 600.000.000, el Sol se habrá vuelto tan luminoso que todos los océanos se estarán evaporando. Aunque nos perderemos un gran espectáculo. Dentro de un millón de años, la Luna girará ya a una distancia tan grande que, un buen día, se desprenderá de la Tierra y nos abandonará para siempre. Es dudoso que para entonces quede algún enamorado que lo lamente.
Por desgracia, ni siquiera en Venus estaremos seguros. Hacia el año 3.000.000.000, la Vía Láctea chocará con la galaxia Andrómeda. Podría ser una buena oportunidad para conocer mundo. Pero tal vez sería más práctico fabricar naves espaciales que nos saquen del Sistema Solar, porque hacia 7.590.000.000 el Sol habrá aumentado tanto de tamaño que se tragará la Tierra.
Si para entonces hemos conseguido huir, podremos entregarnos al carpe diem durante por lo menos 10 billones de años todavía, antes de que sobrevenga la Gran Congelación del Universo, según los pesimistas, o la Gran Implosión, según los optimistas. Los partidarios de la Gran Implosión aseguran que, cuando sobrevenga ésta, las civilizaciones estarán tan avanzadas que conseguirán estirar el tiempo hasta el infinito. ¿Cómo? Acelerando la velocidad de procesamiento de la información. Todo sucederá tan aprisa, que al paso de cada segundo tendremos la impresión de haber vivido milenios.
En cualquier caso, aunque nos libráramos de esos dos apoteósicos finales de fiesta, nuestras perspectivas no serían tampoco muy halagüeñas. Si nuestra galaxia consigue sobrevivir, dentro de unos 10 trillones de años la fuerza de la gravedad se habrá debilitado tanto que un noventa por ciento de sus estrellas se perderán en el espacio intergaláctico. Por suerte. Porque el diez por ciento restante irán a parar al gran agujero negro que ocupa el centro de la Vía Láctea. Como alojamiento, sería bastante incómodo, pero no eterno. Si Stephen Hawking está en lo cierto, todos los agujeros negros terminarán evaporándose en aproximadamente... 1 googol de años. Es decir, un 1 seguido de 100 ceros. (Por cierto, ¿adivinan ustedes ahora por qué Google se llama 'Google'?)
Todo esto, suponiendo que el protón no posea la propiedad de desintegrarse, cosa que todavía está por dilucidar. Pero, ¿qué posibilidades tiene la especie humana, no ya de crear nuevos universos a los que emigrar, sino de llegar siquiera, digamos, al año 500.000?
No muchas. La probabilidad de que un asteroide de más de 1 km de diámetro choque contra nuestro planeta es exactamente ésa: una cada 500.000 años. Hace 650.000 años, la erupción del gigantesco volcán de Yellowstone cubrió de magma y cenizas casi toda América del Norte al oeste del río Mississippi, y antes de que el Sol se extinga hay un uno por ciento de probabilidad de que el planeta Júpiter altere la órbita de Mercurio y nos lo eche encima. Sin ir más lejos, un acontecimiento tan modestamente apocalíptico como el reciente terremoto de Chile desvió el eje de rotación de la Tierra unos ocho centímetros.
Es de suponer que, mientras llega alguno de esos armagedones, los seres humanos no nos quedaremos de brazos cruzados. Pero, ¿hasta dónde nos puede conducir nuestra tecnología? Es difícil de predecir. Sin duda fabricaremos robots y nanorobots, posiblemente inteligentes, pero ¿conseguiremos mantenerlos a raya? La biogenética nos permitirá fabricar esclavos no humanos adaptados a tareas manuales específicas, e incluso esclavos sexuales, humanos sólo en apariencia. Y, tarde o temprano, nos dará la eterna juventud.
A partir de aquí, sin embargo, todo son interrogantes. ¿Seguiremos procreando y, por lo tanto, incrementando de manera imparable una población mundial de eternos jóvenes? ¿Podremos contratar alas de carne y hueso para volar, o agallas para respirar bajo el agua? ¿Nuestros hijos podrán nacer con cerebro de superdotado (resolviendo así, es de esperar, el problema de Tele 5 y de la afición al football)? ¿Lograremos la teleportación, como los personajes de Star Trek? ¿Naceremos predispuestos para la sumisión a la autoridad? ¿Crearemos una sociedad a semejanza de las hormigas, con la ayuda de Internet?
Son preguntas cuya respuesta, probablemente, ninguno de nosotros conoceremos. Pero estoy convencido de que en los próximos 100 años las sociedades humanas experimentarán cambios radicales que difícilmente podemos vaticinar. A menos que el próximo asteriode se anticipe a las estadísticas...
a las
0:31
0
comments
Palabras clave: asteroides, biogenética, Dorian Gray, futuro, Icaro, tecnología, Universo
viernes, 11 de junio de 2010
En dos dimensiones
Las aleluyas de ciego fueron uno de los primeros intentos de transmitir información en dos dimensiones. Es cierto que las viñetas había que contemplarlas una después de otra, y en ese sentido poco se diferenciaban del lenguaje hablado o de la escritura latina, china o egipcia. Pero cada imagen era una pequeña historia en sí misma, y uno podía entretenerse en sus detalles e interpretarla a su manera. A diferencia de las palabras, las aleluyas de ciego no expresaban información simbólica, sino resumida.
Es curioso que fueran precisamente los ciegos los precursores del cine. Desde luego, las representaciones visuales son tan antiguas como los palitos y las superficies de arena. Uno puede imaginar sin dificultad que, faltos de pluma y pergamino o arrebatados de inspiración, Euclides o Pitágoras garabatearan alguno de sus teoremas en una playa del Mar Egeo. En Mesoamérica, los mayas desarrollaron el único lenguaje conocido que representa relaciones sintácticas en dos dimensiones. Pero ninguno de los dos métodos era muy user-friendly: el quinto postulado fue una fuente de quebraderos de cabeza hasta el siglo XIX, y los intrincados glifos de Palenque son todavía hoy objeto de controversia.
En la película Orphée, de Jean Cocteau, una de mis favoritas de la historia del cine, hay una escena invertida en el tiempo: liberada de la fuerza de la gravedad, una figura humana se levanta del suelo como atraída por un imán y recobra su posición vertical. Inventados ya el flash-back y el flash-forward, el lenguaje cinematográfico descubría la simetría de sus elementos narrativos, y se liberaba de la sumisión al tiempo cronológico. De ahí al lenguaje de hipertexto no había más que un pequeño paso. Sólo faltaba inventar Internet.
Lo cual, a efectos prácticos, sucedió 39 años después, exactamente en 1989. En la recién nacida Web uno podía avanzar o retroceder a voluntad a lo largo de un texto, o saltar a cualquier otra área de información a través de un enlace. Era tan fácil como pensar, aunque con una ventaja: a diferencia de la memoria humana, la memoria digital es fidedigna.
Precisamente ahí empezó el problema. ¿Cómo organizar las ideas en un sitio web? La primera respuesta que a uno se le ocurre es: como mis propios pensamientos. En sus primeros balbuceos, los sitios web eran un strip-tease mental de sus constructores, y los resultados eran francamente descorazonadores. ¿Realmente así tenían aquellas personas estructurado su pensamiento? Sin necesidad de consideraciones teológicas, uno comprende ahora por qué el mundo es tan imperfecto.
A la vista de cómo están las cosas a día de hoy, cabe temer que los balbuceos todavía no han terminado. Parece que seguimos lejos de encontrar un lenguaje universal y, lo que es peor, uno se teme que la evolución del lenguaje web está sujeta en gran medida a consideraciones personales o políticas, e incluso a los caprichos de la moda. Hace sólo unos años, un puñado de sitios web habían encontrado por fin una estructura cómoda para el sufrido usuario: Air Europa, Renfe, Idealista, Páginas Amarillas y algunos ministerios habían conseguido -¡albricias!- que la experiencia de consultar o comprar por Internet fuera lo más parecido a un placer. Sin embargo, ha bastado un cambio de Gobierno (o de responsable, en el caso de las empresas privadas) para convertir todas aquellas modélicas páginas en laberintos inescrutables donde, una vez más, el bosque impide ver los árboles.
Para el lector -como yo- desesperado, tal vez será útil saber que Vueling es en este momento la compañía a la que más fácil es comprar un billete de avión. Mañana, no sé. En el otro extremo de la balanza está Renfe, cuya interfaz es lo más parecido a la guerra de Vietnam. De hecho, en mis dos últimos viajes en tren preferí acudir a la estación y esperar tres cuartos de hora de cola para comprarle mi billete a un ser humano (lo de "humano", en sentido taxonómico sólo). Back to basics.
En inglés sucede lo mismo. Aunque sitios como Booking.com, ScienceDaily o Spiegel International siguen resistiendo las embestidas de los idiotas, Reuters ha empeorado varias veces, Amazon es un caos (aunque apasionante), Facebook es un horror (o, mejor dicho, millones de horrores), y Twitter todavía no lo he entendido.
El problema, creo yo, es el deseo irresistible de hacinar el mayor volumen posible de información en una sola pantalla. Por suerte, van desapareciendo ya de las primeras páginas aquellas larguísimas parrafadas introductorias del estilo de "Nuestra prestigiosa empresa, fruto de un constante empeño por la superación y avalada por 35 años de dedicación y servicio al cliente, se esmera en todo momento por ofrecer productos de la más alta calidad, bla, bla, bla..." Déjense ustedes de rollos: yo lo que quiero es saber si venden tornillos del 7.
Hasta cierto punto, esta inflación absurda de datos distribuidos como con un salero se mitigaba tirando a la basura el viejo monitor y comprándose uno la pantalla más grande posible. Pero, mientras tanto, en el otro extremo de la gama, los teléfonos móviles se infiltraban sigilosamente en la vida cotidiana. En ellos, la presión de la competitividad era mucho más fuerte todavía, y los fabricantes se esforzaban por embutir en su interior decenas y decenas de funciones que uno no necesitaba y que, en caso de necesitar, no sabía cómo usar a menos que se estudiase un manual apenas más sencillo que una enciclopedia de biología molecular. En esas circunstancias, que alguien tardase tanto en lanzar el iPad no es sino una demostración más (¡por si hiciera falta!) de la escasez de sentido común del ser humano.
El problema ahora es otro. No quiero hacer chistes fáciles, pero en cuestión de interfaces el tamaño importa, y mucho. El teclado de un teléfono móvil permite escribir una felicitación de cumpleaños, inevitablemente con k y omitiendo el 99% de las letras del mensaje, pero no da para un artículo de prensa o un capítulo de una novela. Los PCs portátiles son cada vez más ligeros y discretos, pero sólo el tamaño de un teléfono móvil cabe razonablemente en el bolsillo. La convergencia del PC con el teléfono móvil, inevitable se mire como se mire, está estancada en una especie de coitus interruptus por culpa, ay, de unos pocos centímetros.
Es una situación transitoria, pero que puede durar muchos años todavía. La razón es que, pese a las profecías de los visionarios y a las consignas comerciales obedientemente divulgadas por los medios de comunicación, la máquina no sólo no está liberando al ser humano, sino que lo está esclavizando. Trate usted de conducir un automóvil sin abrocharse el cinturón de seguridad, o cómprese un despertador digital o una simple cocina de vitrocerámica, y entenderá lo que digo. Las máquinas modernas son ciegas, sordas y mudas. Y testarudas. Somos nosotros quienes debemos aprender su lenguaje, y no a la inversa. Sólo cuando las máquinas entiendan (y no sólo hablen) nuestro lenguaje seremos realmente libres. Aunque mucho me temo que, el día en que las cocinas de vitrocerámica piensen por sí solas, será cuando realmente habrán empezado nuestros problemas.
¡Con lo sencillo (y romántico) que era encender una fogata...¡
a las
10:23
2
comments
sábado, 22 de mayo de 2010
Anagramas
La lista de las aportaciones de Galileo a la ciencia es inacabable si a uno le quedan unos cuantos minutos de vida, pero sin duda bastante más larga que la lista de las aportaciones de José Luis Rodríguez Zapatero a la Historia del pensamiento universal. Galileo inventó, entre otros, el termómetro de bulbo, el microscopio, un recolector automático de tomates, diversos artilugios para usos balísticos, náuticos y geométricos, un peine de bolsillo que hacía doble uso como cubierto de mesa, un bolígrafo y, en sus últimos años, siendo ya ciego, un mecanismo de escape para los relojes de péndulo. Además, describió un método experimental para medir la velocidad de la luz y sentó la base de la teoría de la relatividad: las leyes físicas son independientes del sistema de referencia, cuando éste se desplaza en línea recta a velocidad constante.
La parte más prolífica de la vida de Galileo, sin embargo, estuvo dedicada a la astronomía. En 1608, el holandés Hans Lippershey anunció al mundo su invención de un instrumento que, años después, un matemático griego denominaría ‘telescopio’. Aunque las explicaciones sobre el nuevo aparato eran vagas, Galileo se las ingenió para construir uno, de tres aumentos, que pronto perfeccionó hasta alcanzar los 30 aumentos. La intención del Sr. Lippershey, probablemente, era espiar los movimientos de los abonados en el palco de enfrente de la ópera, pero a Galileo se le ocurrió apuntar al cielo.
El terremoto intelectual que generó aquella ocurrencia es de sobra conocido. Galileo descubrió que la Luna tenía cráteres y montañas, que el Sol presenta manchas, que las estrellas eran en realidad soles y planetas, y que la Vía Láctea era un amasijo de estrellas más o menos distantes en función de su brillo y de su tamaño aparente. Las cosmologías de Ptolomeo y Aristóteles caían hechas trizas. Pero pocos saben que Galileo Galilei -involuntariamente- hizo también su pequeña aportación a la literatura universal.
En el libro tercero de Los viajes de Gulliver, Jonathan Swift relata que, en la isla volante de Laputa, los astrónomos han descubierto dos satélites en torno a Marte. Incluso nos informa de sus períodos orbitales: 10 horas para Phobos, y 21 horas y media para Deimos. Ambos datos se aproximan bastante a la realidad. Lo cual es sorprendente, si tenemos en cuenta que las lunas de Marte no fueron descubiertas hasta 137 años después, con un telescopio cientos de veces más potente que los existentes en 1735. Durante más de un siglo, este pequeño enigma ha desatado la fantasía de muchos, y los más exaltados han llegado a afirmar que Jonathan Swift era marciano. La realidad, sin embargo, supera siempre a la ficción.
El caso es que, hacia 1610, Galileo había enviado al astrónomo Kepler una carta con un mensaje cifrado. El texto decía sucintamente:
Kepler supo inmediatamente que el mensaje estaba en clave. Por aquel entonces, era el medio que utilizaban los astrónomos para patentar sus descubrimientos. Los instrumentos eran aún rudimentarios, y nadie podía estar del todo seguro de lo que realmente se había encontrado en el firmamento. Si el hallazgo se confirmaba, allí estaba el anagrama para demostrar que ellos habían sido los primeros. En caso contrario, bastaba con no revelarle a nadie la solución. En su vivienda de Praga, apenas recibió el anagrama, Kepler se sentó a descifrarlo. Invirtió en ello muchas horas, pero tenía tiempo de sobra: aún no se había inventado la televisión.
Un día, por fin, después de mucho combinar y recombinar letras, depuso la pluma, satisfecho. Su transcripción decía:
En otras palabras: el planeta Marte tenía dos lunas. Exactamente como Kepler había predicho (siguiendo un razonamiento incorrecto).
En realidad, sin embargo, el mensaje que Galileo había querido transmitir no tenía nada que ver con aquello. Era el siguiente:
Lo que Galileo había visto era el anillo de Saturno, pero las imperfecciones de su lente le habían jugado una mala pasada.
Los malentendidos astronómicos no terminaron ahí. Un mes después, Galileo envió a Giuliano de Medici otro anagrama que decía:
Kepler, que consiguió una copia del mensaje, volvió a enfrascarse en él hasta que dio con la siguiente interpretación:
Lo cual era cierto. Júpiter tiene en su superficie una gran mancha roja que gira, pero ni Kepler ni Galileo podían saberlo, ya que no fue descubierta hasta dos siglos más tarde.
Sin embargo, no era tampoco eso lo que Galileo había querido decir. Ante las súplicas de Kepler, Galileo reveló por fin el significado del anagrama:
lunes, 10 de mayo de 2010
Fuerza bruta
Cuando vi la película 'Matrix', recuerdo que salí del cine indignado. No encontré en toda ella una sola idea original. Desde las novelas de Jules Verne hasta la olvidada 'Total recall', pasando por los cuentos de Ray Bradbury de los años 50, todos los ingredientes de aquella historia parecían haber sido desvergonzadamente copiados de la biblioteca de cualquier aficionado a la ciencia-ficción. ¿Cuál podía ser el secreto de su enorme éxito?, me pregunté. Al ver la edad de los jóvenes que salían del cine, encontré la respuesta: nadie puede entrar dos veces en un mismo río. ¿Qué podían saber aquellos chiquillos de Ray Bradbury? El eterno retorno no importa mucho si uno no va a durar lo suficiente para llegar al siguiente ciclo.
En cualquier caso, combinatorio no es necesariamente sinónimo de agotado. Hasta donde sabemos hoy, la inmensa complejidad del Universo no es más que una combinación de tan sólo cuatro fuerzas conocidas: gravitación, electromagnetismo, interacción fuerte (la fuerza que mantiene unidos los núcleos atómicos) e interacción débil (la fuerza que los desintegra).
A mucho menor escala, también el ajedrez es combinatorio, y dista de estar agotado. Al menos, a nivel humano. En mayo de 1997 el computador Deep Blue ganó por fin una competición al campeón mundial Gary Kasparov. Y eso ya no es nada. Recientemente nos hemos enterado de que en 2011 la Universidad de Iowa espera poner en funcionamiento el denominado Blue Waters, que podrá realizar 1.000 billones de operaciones por segundo. No parece haber planes para ponerlo a jugar al ajedrez pero, después de Deep Blue, ni siquiera merece la pena intentarlo.
El asalto a los juegos de salón no se detuvo en Deep Blue. En 2008 el programa MoGo consiguió ganar una partida de go (de una serie de tres) a Catalin Tanaru, un jugador profesional rumano de categoría Dan 4. Y en julio de 2007 Jonathan Schaeffer presentó al mundo un programa imbatible jugando a las damas. Pero el texto de la noticia era decepcionante: el programa de Schaeffer estaba basado en un método heurístico. Es decir, todo lo contrario de inteligente.
Todos estos intentos son a la ciencia lo que Atila a las relaciones públicas. Aumentando la capacidad de computación se puede llegar a conseguir casi cualquier cosa (excepto, probablemente, la desaparición de Tele 5). La tecnología hincha sus biceps, se arma de un ariete y, por la fuerza bruta, intenta derribar las murallas de Troya. Y, mientras la ley de Moore se siga cumpliendo, el ariete podrá ser todo lo grande que se nos antoje. Sólo hace falta esperar. Nuestros computadores digitales son colosales ejércitos de hormiguitas obedientes que trocean, transportan y recolocan. Como son muchas y muy rápidas, pueden darnos la impresión de que piensan como nosotros, pero nada más lejos de la realidad. Como medio para entender la realidad, los videojegos más sofisticados no alcanzan en inteligencia al rey de los tontos.
Curiosamente, el vertiginoso aumento de la velocidad de computación ha alejado a los computadores del buen camino. Desde el astrolabio hasta el teléfono, los inventos de nuestros antepasados se inspiraron durante milenios -y con buen sentido- en principios analógicos. En la primera mitad del siglo XX, sin embargo, John von Neumann sentó las bases de la computación digital, y a partir de ese momento las hormiguitas se apoderaron de la tecnología (y de no pocos paradigmas científicos). Sus logros, más cuantitativos que cualitativos, han deslumbrado a muchos, aunque se han intentado también otras modalidades de computación. Hacia los años 80 hubo un gran entusiasmo por las redes neurales, los algoritmos genéticos y la lógica borrosa. Y desde hace algunos años se está intentando crear el primer computador cuántico, que, si alguna vez llega a ser realidad, multiplicará hasta el delirio la capacidad de computación. Pero ¿podremos conversar con él?
Mi respuesta personal es: No, si antes no analizamos a fondo el concepto de información y sus implicaciones. Para las hormiguitas computar es, esencialmente, recolocar ceros y unos, pero ésa no es la información que nos interesa. Las cotorras son computadores muy eficaces, pero si yo estoy con mi cotorra en el salón y en la cocina alguien grita "¡Fuego!", es difícil argumentar que tanto la cotorra como yo hemos recibido la misma información.
Es cierto, todo lo que nuestro cerebro procesa proviene en último término de percepciones sensoriales, que en principio podemos medir y convertir en ceros y unos. Pero las percepciones sensoriales son en realidad un amasijo intratable de señales que hay que filtrar, estructurar y almacenar primero para poder después analizar y sintetizar. Al término de ese proceso, lo único que queda son conceptos y relaciones que expresamos mediante palabras. Ése es el proceso que nos interesa.
Quizá el planteamiento que más se acerque a nuestra estructura de conceptos sea la programación orientada a objetos. En ella, los objetos se definen en términos de propiedades y métodos, que además pueden ser heredados. Todos los caballos tienen cuatro patas, una silueta característica y una forma de galopar. El caballo del gran jefe indio, además, se caracteriza por su color bayo y por su andar cansino (propiedades), y suele piafar cuando su amo se le acerca (método). Pero ¿podemos conseguir que un programa informático reconozca en el cielo el movimiento de una gaviota volando a bastante velocidad? El problema no es simplemente determinar una trayectoria mediante un computador digital, reconocer que es una gaviota mediante una red neural y asignarle el valor 'bastante' mediante lógica borrosa. El problema es entender de manera objetiva lo que realmente queremos decir cuando pronunciamos o escribimos cada una de esas tres palabras.
La programación orientada a objetos parece tentadoramente similar al funcionamiento de nuestra mente. Hasta ahora, sin embargo, nadie ha construido todavía un programa capaz de contarnos una película, comentarla mientras la está viendo o extraer conclusiones sobre la ambición humana, el odio, o los motivos de un divorcio. Ése va a ser el gran desafío de este siglo que acaba de comenzar.
a las
15:50
9
comments
Palabras clave: analógico, borrosa, combinatoria, computación, conceptos, digital, inteligencia, neural, semántica
domingo, 25 de abril de 2010
La agonía combinatoria del séptimo arte
Unos cuantos siglos después, sin embargo, el filósofo Heráclito hacía una afirmación igualmente difícil de refutar: “No puedes adentrarte dos veces en un mismo río, pues ni el río será el mismo ni tú serás la misma persona”. ¿En qué quedamos?
Tanto el Eclesiastés como Heráclito tienen probablemente razón pero, a medida que nos adentramos en la llamada “sociedad de la información”, la filosofía del sabio hebreo empieza a parecernos mucho más sensata que la del pensador griego, que no nos consuela gran cosa cada vez que nos topamos con la maldita película de serie B de las 11 de la noche.
Las series B no serían un problema tan grave si no fuera porque uno empieza a tener la impresión de que, desde hace algunos años, todas las películas que uno ve encajan en ese género. La fórmula empleada es algo así como un cocktail basado en una docena de ingredientes en cantidades variables: catástrofes, asesinos en serie, espías, poderes extrasensoriales, robos imposibles, violaciones, fugas penitenciarias, soldados heroicos, amor, infidelidades, y unas gotitas de sexo. (En las películas españolas las proporciones varían sutilmente: 99% de sexo, y unas gotitas de todo lo demás.) Siglo y medio después del nacimiento del cine, las ideas originales parecen a punto de agotarse. ¿Hemos entrado ya en la etapa combinatoria del séptimo arte?
A juzgar por los títulos, queda todavía un trecho por recorrer. Es cierto, a muchos cineastas les gustaría titular su película “Love Story”, “Tiburón” o “Star Wars”, pero han llegado tarde. Desde luego, los títulos muy cortos distan de estar agotados, aunque quizá ello se debe a que no son muy pegadizos. “O” y “Z" son las dos únicas películas de una sola letra que yo conozco, y las combinaciones de dos o tres caracteres son todavía escasas: P2, Ed, Él, ET, F/X, JFK, Big, 8mm, 1941. A efectos prácticos, lo ideal parecería ser el término medio: unas pocas palabras con resonancias míticas, épicas o sentimentales. “Out of Africa”, “Casablanca”, “Las uvas de la ira”, “La escapada” o “2001: Una odisea del espacio”.
Hasta hace no muchos años, los títulos largos eran extravagancias que de vez en cuando se permitían autores presumiblemente respetados. Tal es el caso de “Todo lo que usted siempre quiso saber sobre el sexo pero temía preguntar”, “La persecución y asesinato de Jean Paul Marat representadas por el grupo escénico del asilo de Charenton bajo la dirección del Señor de Sade”, “El honor perdido de Katharina Blum, o cómo nace el poder y hacia dónde puede conducir”, o incluso “Sherlock Holmes en el singular caso del plural bigote verde”.
A veces, las extravagancias no parecen tan respetables, y ni siquiera parecen haber servido para subsistir en la memoria del anonadado espectador. He aquí algunos de los más surrealistas que he encontrado en la Web:
The Man with the Smallest Penis in Existence and the Electron Microscope Technician Who Loved Him (El hombre con el pene más pequeño existente y la (¿el?) técnico en microscopia electrónica que lo amó)
Fatto di sangue fra due uomini per causa di una vedova - si sospettano moventi politici (Reyerta sangrienta entre dos hombres a causa de una viuda – Se sospechan móviles políticos)
The Saga of the Viking Women and Their Voyage to the Waters of the Great Sea Serpent (La saga de las mujeres vikingas y su largo viaje a las aguas de la gran serpiente de mar)
After the War, You Have to Tell Everyone About the Dutch Gay Resistance Fighters (Cuando acabe la guerra, tenéis que hablarle a todo el mundo de los resistentes homosexuales holandeses)
I Could Never Have Sex with Any Man Who Has So Little Regard for My Husband (Nunca podría tener relaciones sexuales con un hombre que tenga tan poca consideración por mi marido)
Curiosamente, los títulos prolijamente descriptivos eran moneda común en los comienzos del cine. Los cineastas todavía no habían tomado conciencia de la potencia expresiva de las imágenes o, simplemente, tenían que explicar con claridad de qué trataba la película para convencer a sus espectadores de que acudieran a verla. Algunos ejemplos:
Another Demonstration of the Cliff-Guibert Fire Hose Reel, Showing a Young Girl Coming from an Office, Detaching Hose, Running with It 60 Feet, and Playing a Stream, All Inside of 30 Seconds (1900) (Otra demostración del rollo de manguera antiincendios Cliff-Guibert, en la que aparece una joven saliendo de una oficina, desprendiendo la manguera, corriendo con ella 60 pies y descargando un chorro, todo ello en 30 segundos)
A Chegada do Rebocador 'Liberal' ao Porto de Leixões e o Desembarque de Romeiros Que, por Mar, Vão ao Porto para a Romaria do Senhor de Matosinhos (1897) (Llegada del remolcador ‘Liberal’ al puerto de Leixões y desembarco de unos peregrinos que acuden por mar al puerto para la peregrinación de Nuestro Señor de Matosinhos)
Demonstrating the Action of the Brown Hoisting and Conveying Machine in Unloading a Schooner of Iron Ore, and Loading the Material on the Cars (1900) (Demostración del funcionamiento de la grúa transportadora Brown descargando mineral de hierro de una goleta y cargándolo en las vagonetas)
En cualquier caso, y aunque sólo fuera porque todos los años se producen varios centenares de nuevas películas, los títulos largos vuelven a ser cada vez más frecuentes. Ninguno de los que he encontrado parece, sin embargo, muy conocido. El más largo de todos, según mis fuentes, es:
Night of the Day of the Dawn of the Son of the Bride of the Return of the Revenge of the Terror of the Attack of the Evil, Mutant, Hellbound, Flesh-Eating Subhumanoid Zombified Living Dead, Part 3 (2005) (La noche del día del amanecer del hijo de la novia del retorno de la venganza del terror del ataque del malvado, mutante, maldito muerto viviente zombificado subhumanoide carnívoro)
Seguido a corta distancia por:
On the Marriage Broker Joke as Cited by Sigmund Freud in Wit and Its Relation to the Unconscious or Can the Avant-Garde Artist Be Wholed? (1977) (Sobre el chiste del concertador de matrimonios, citado por Sigmund Freud en “El chiste y su relación con lo inconsciente”, o ¿es posible encajonar al artista de vanguardia?)
La irrupción (y, sobre todo, el abaratamiento) de los efectos especiales no parece haber cambiado en nada el panorama cinematográfico. Si acaso, lo está empeorando. Con la reciente colonización del cine por los videojuegos y la visión 3D, a uno le empiezan a entrar ganas de volver al movimiento dadá, con sonido monoaural, en imagen ascéticamente plana y en riguroso blanco y negro. Puestos a disfrutar de la combinatoria, siempre será mil veces preferible una buena partida de mus.
a las
18:35
2
comments
viernes, 5 de marzo de 2010
La soledad de los números primos
Todos los números primos son impares. Desde los tiempos de Eratóstenes, muchos matemáticos se han afanado por desentrañar las razones de su caprichosa aparición en la lista infinita de los números naturales. Entre dos números primos puede haber una distancia tan grande como dos millones de números intermedios, y tan pequeña como uno. Pero tenemos una certeza: no encontraremos nunca dos números primos correlativos.
Ésta es la idea de fondo de la reciente novela de Paolo Giordano (La soledad de los números primos, Ediciones Salamandra, 2009). En la línea pesimista de Albert Camus, el joven Giordano nos relata la historia de dos seres humanos que deambulan por el tiempo y por el espacio sin llegar realmente a encontrarse, pese a la proximidad física que en algunas ocasiones llegan –efímeramente- a alcanzar. Leyendo la novela, se le ocurre a uno que la metáfora de las bolas de billar describiría más acertadamente el zigzag permanente de las vidas de sus protagonistas. Los números no pueden hacer nada por aproximarse ni por distanciarse: su margen de maniobra, a ese respecto, es nulo. Las bolas de billar, al menos, chocan o se alejan, aunque obedeciendo a un impulso que ellas mismas no pueden controlar. Giordano, licenciado en física teórica, sin duda lo sabe, pero la metáfora que él ha escogido es estática. Él ha querido que su existencialismo sea radical: en su novela, la soledad de los seres humanos es intrínseca, cósmica, ajena a toda influencia externa e incluso a su propia voluntad.
En su manera de contarnos la historia, Giordano se inscribe en la línea de los grandes maestros de la literatura desapasionada: Flaubert, Stendhal. En comparación con la abundante hojarasca adjetivada que uno se encuentra habitualmente en las librerías, la narración de Giordano, concisa y directa, reporta al lector un alivio inmenso. El gran mérito de Giordano es que, escribiendo sin adjetivos, consigue transmitir con una precisión diáfana los estados de ánimo de sus personajes. Bajo su mirada de cirujano, los menores gestos o pensamientos intrascendentes cobran un significado que, en muchas ocasiones, ni siquiera el lector se había detenido a analizar. Paolo Giordano tiene madera de gran escritor.
Su radicalismo, sin embargo, es tal vez demasiado juvenil. Para apasionarse con una narración, el lector necesita entender, y ni Alice ni Mattia nos dan apenas pistas sobre los móviles de su comportamiento. ¿Timidez? ¿Culpabilidad? ¿Miedo a vivir? ¿Autismo innato? No importa. El juego funciona, y el misterio mantiene al lector en tensión hasta el final de la novela. El desenlace, sin embargo, nos deja con la incógnita y, al pasar la última página, uno se queda con la impresión de que el material construido por Giordano podría haber dado mucho más de sí. Que nadie deje por ello de leerla. Como en las buenas historias de misterio, confiemos en que la próxima novela de este joven autor avance un paso más en lo que parece una prometedora trayectoria.
a las
12:08
0
comments
jueves, 5 de noviembre de 2009
Barcelona - El rescate (1): Una visita imprevista
Aquella noche, al llegar a casa, no pudo dormir. Una de sus conversaciones con Ángel retornaba obsesivamente a su memoria. Helena, su primera novia allá por los años de la Universidad, había aparecido en su domicilio tendida en el suelo, inconsciente. Trasladada a un hospital, los médicos le habían diagnosticado un raro trastorno que nadie sabía explicar. El cerebro de Helena había envejecido repentinamente, y las pruebas psicológicas a que la sometieron no arrojaban más luz sobre su estado mental.
"Tiene el cerebro de una mujer de 80 años", le informó Ángel bajando respetuosamente la vista.
"¿Dónde está ahora?"
"Aquí, en Barcelona. En un sanatorio..." Ángel vaciló. "En un sanatorio mental. Parece ser que aquí tienen los mejores especialistas para ese tipo de cosas", añadió, con un punto de vehemencia que delataba compasión.
Le pidió la dirección y la apuntó en un papel. Aquella noche, al llegar a casa, no podía dormir. Hacía muchos años que no veía a Helena. Supo que había tenido un hijo, a petición propia, con un hombre casado, y la situación con él había degenerado inevitablemente a cuenta del niño.
El niño entre tanto había crecido, quizá demasiado enmadrado. Había aprendido polaco, como su madre, y acababa de terminar la carrera de Físicas, también como su madre. Cuando se llevaron a Helena al sanatorio se había ido a vivir, por lo visto, a casa de su novia. Naturalmente, polaca. El piso familiar había quedado, pues, deshabitado.
No podía imaginarse a Helena como una vieja decrépita. La recordaba como en los tiempos de la Facultad, alta y rubia, sonriente en todas las situaciones excepto en la intimidad de los cuerpos desnudos, en que aquella sonrisa suya, levemente pícara, se transformaba agitadamente en una expresión de sorpresa. Era un pasado muy lejano, y no tenía sentido revivir ahora todas aquellas emociones.
No quería recordar más, pero recordaba. Dio vueltas y vueltas en la cama, y a las seis y cuarto de la mañana se levantó y se metió en la ducha.
El sanatorio estaba en un promontorio rodeado de pinos, en la carretera que subía al Tibidabo. Las visitas no estaban permitidas hasta las diez. Para hacer tiempo, se tomó un café en el bar de una gasolinera. Los recuerdos seguían martilleando en su cabeza. ¿Qué había ido a hacer a aquel sanatorio? Intentaba encontrar una respuesta, y en su lugar sólo veía aparecer, entre las sombras del pasado, la mirada azul de Helena mirándolo.
A las diez en punto, una enfermera de gesto avinagrado le señaló un pasillo. "Pabellón de espanyols", sentenció. Echó a andar. El pasillo conducía a un patio de cemento de aspecto desolado. Lo cruzó. Al verlo acercarse, un celador apartó el cigarrillo de los labios y le abrió la puerta.
El interior de la sala de visitas se asemejaba al locutorio de una prisión. El único mobiliario eran unas sillas dispersas, bastante vapuleadas, y una mesita con revistas en desorden, aparentemente muy leídas. La única maceta, en el alféizar de la ventana, sostenía un geranio mustio y sin flores. El resto de la estancia estaba ocupado por una extensa mampara de vidrio muy gruesa, a través de la cual se podía contemplar a los internos en la sala de ocio.
"¿No podré hablar con ella?", preguntó al celador, que había entrado tras él. El celador movió la cabeza de derecha a izquierda. Lo miró. Por un momento tuvo la impresión de que, si le llevaba la contraria a aquel tipo, él mismo podía terminar con una camisa de fuerza, encajando cubitos de colores al otro lado del vidrio. Se acercó más a la mampara, y buscó ente los internos la silueta de Helena. No la veía.
Por fin, Helena entró en la habitación. Caminaba despacio, escoltada por dos enfermeras, y su sonrisa se redibujaba de cuando en cuando para pronunciar unas palabras. Estaba preguntando. Sin duda, todos los días seguía preguntando por qué la habían llevado allí. Las enfermeras no respondían. La condujeron hasta la mampara de vidrio, y cuando se aseguraron de que estaba frente a su visitante la dejaron sola.
Helena escrutó el espacio que los separaba. Seguramente, los reflejos no le dejaban distinguir los rasgos de su visitante. Seguía teniendo un cuerpo espléndido, apenas tocado por el paso de los años. Por fin, ella lo reconoció, y su sonrisa se curvó ampliamente. Dijo algo, pero el vidrio era demasiado grueso para entender sus palabras. Él trató de leer sus labios. Al mirarlos, una sensación que creía olvidada lo desasosegó. ¿Por qué tenían a aquella mujer allí encerrada?
Apoyó las manos en el vidrio y acercó su rostro al de ella. Helena seguía hablando, como si mantuviera con él una conversación inexistente. En aquellas condiciones, no tenía sentido intentar comunicarse con palabras. Además, no se le ocurría nada que decir. Permanecieron así largo rato, él con las manos extendidas frente a los hombros de ella, y ella hablando y sonriendo, aparentemente muy divertida. Por fin, las dos enfermeras regresaron y la tomaron del brazo. La visita había terminado. Helena calló y, sin dejar de sonreír, le volvió mansamente la espalda.
La vio alejarse por entre las mesas. Sus manos seguían todavía pegadas al vidrio. Una sensación demoledora se apoderó de él. Era la misma Helena con la que había compartido apuntes en el bar de la Facultad, noches de verano en remotos campings de Polonia y caricias a oscuras en los cines de barrio. El destino había respetado su cuerpo, pero aquella mente brillante que él conoció había dado un salto en el tiempo y se alejaba ahora, decrépita, por las nieblas del futuro.
Entonces, un instante antes de desaparecer por el pasillo del fondo, Helena volvió la cabeza y lo miró.
(Capítulo siguiente)
a las
12:42
0
comments



