Leo en el sitio web de Mish algunos datos económicos de USA del mes de junio pasado. El empleo en ese país ha aumentado en más de 280 000 puestos de trabajo en un solo mes. Una cifra sin precedentes desde hace mucho tiempo. Seguramente un triunfo del que el gobierno USA -y los medios de comunicación afines- se va a vanagloriar. Sin embargo, sigo leyendo. Como el número de personas en edad de trabajar también ha aumentado (debido al crecimiento de la población) y lo ha hecho más aprisa que el número de empleados, resulta que el desempleo en realidad ha aumentado. ¿Nos suena?
La desconcertante constatación de que el empleo y el desempleo pueden aumentar al mismo tiempo es una razón de peso para desconfiar de las simplificaciones. La realidad es compleja. La propaganda, no. Un titular de prensa objetivo podría resumir estos datos así: "Ni siquiera un espectacular aumento del empleo consigue detener el aumento del desempleo". Lo importante no es que el vaso esté medio lleno o medio vacío, sino en qué dirección progresa el nivel del agua.
¿Y en qué sectores económicos ha aumentado el empleo? Los datos son reveladores. Ocio, hostelería, atención médica, asistencia social y finanzas. Si excluimos las finanzas, que son de ámbito internacional, tenemos que deducir que la población de USA está aumentando sus gastos en divertirse más y recibir más prestaciones de la Administración. En un libro de historia, una frase así referida a un imperio (y los USA lo son) evocaría inmediatamente la palabra 'decadencia'. El tiempo dirá lo que pensarán nuestros descendientes cuando la lean en algún capítulo dedicado a la historia del siglo XXI.
Para entender las dimensiones históricas de la crisis que comenzó en 2008 hay que comparar estos datos con otros periodos económicos del pasado. Difícilmente encontraremos un periodo histórico en que la industria del ocio y el turismo haya tenido siquiera un peso mínimo en la economía de un país, y no digamos ya que haya tirado de la economía. Los avances tecnológicos han eliminado puestos de trabajo, pero también han creado las condiciones para crear nuevas modalidades de empleo que los reemplacen.
Desde que se inventó la máquina de vapor se vienen oyendo voces contra las innovaciones tecnológicas que simplifican el trabajo. Hace de eso ya tres siglos, y no parece que pasemos hoy más hambre que entonces. En el siglo XVIII ni siquiera los emperadores tenían aire acondicionado, el agua corriente era un lujo inalcanzable y las calles estaban mucho más sucias que antes de construir las redes de alcantarillado (aunque probablemente menos sucias que después de inventarse los perros). La economía superflua a nivel del ciudadano medio es un fenómeno histórico muy reciente.
Esta afirmación la podemos comprobar con sólo darnos una vuelta por el barrio y leer los rótulos de los comercios. Yo lo he hecho. Donde antes había tiendas de artesanos, barridos por la mecanización de los procesos industriales, hoy hay farmacias que venden infinitos productos para el cutis, la regeneración capilar, el balance vitamínico, la reducción del colesterol, el cuidado de las encías, las dietas de adelgazamiento o la sudoración de los pies; tiendas de vinos o cervezas de procedencias caprichosas; locales de piercing y tatuaje; gimnasios; peluquerías sofisticadas; dispensarios para animales domésticos; locales para tratamientos de belleza; despachos de coaching, psicología y consultorías varias; oficinas de interiorismo; tiendas de productos ecológicos; escuelas de danza y música; tiendas de telefonía móvil o de informática; empresas de colocación en empleos de atención a ancianos; y no pare usted de contar, porque hay muchas, muchas más.
La inmensa mayoría de estos negocios no existían hace sólo 30 años, y pocos podían imaginar entonces que puestos de trabajo así llegarían a existir siquiera, igual que sus abuelos no podían imaginar que aquellos niños necesitarían un día un televisor o un horno de microondas. Es difícil saber lo que necesitarán los consumidores del siglo XXII, pero da la impresión de que no se conformarán con lo que nosotros tenemos ahora.
Naturalmente, todo es relativo, y no parece justo comparar a un pobre de hoy con el ciego sarnoso del Lazarillo de Tormes. Las personas necesitan más porque ven que otras personas disfrutan de más. Llámelo usted envidia si quiere, pero esa comparación es el motor de las economías. Suprima usted las clases sociales... y el motor se para.

This work is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 3.0 Unported License.
sábado, 9 de julio de 2016
El palo y la zanahoria
a las
20:35
0
comments
Palabras clave: automatización, economía, empleos, futuro, progreso, tecnología
jueves, 16 de junio de 2011
Billete a la última frontera
En la primavera de 1970 vi por primera vez, en una emisora de televisión inglesa, un episodio de Star Trek. La ficción científica había sido desde mi infancia uno de mis géneros favoritos, gracias sobre todo a las novelas de Jules Verne, pero también al auge de las películas sobre extraterrestres y viajes espaciales de los años 50. No por casualidad, la inspiración de Verne coincidió con la aceleración tecnológica que dio alas a la revolución industrial, y que infundió en muchos de sus contemporáneos una confianza ilimitada en el poder de las máquinas. Las dos guerras mundiales del siglo XX, por desgracia, les mostraron la otra cara de la moneda.
La conciencia de que la tecnología podía llegar mucho más allá de lo imaginable llegó, probablemente, con la bomba atómica. Al finalizar la Segunda Gran Guerra, prolongada sin pausa en una inquietante Guerra Fría, el mundo desarrollado se hallaba en un estado propenso a la psicosis. Los científicos empezaban a ser personas sin rostro que, en laboratorios misteriosos, manipulaban probetas y protones vaya usted a saber con qué innombrable designio. Para colmo, la Unión Soviética se empezaba a configurar como un mundo totalitario y opaco que comenzaba a mover sus peones por la geografía mundial. En tales condiciones, no es de extrañar que centenares de granjeros de Estados Unidos aseguraran haber visto naves espaciales posándose sobre sus campos de maíz, o que una oleada de ciudadanos de todo el mundo, tanto aprensivos como desaprensivos, declararan haber sido abducidos por hombrecillos verdes.
El miedo a lo desconocido había sustituido al optimismo visionario, y el capitán Nemo daba paso al doctor Jekyll y Mr. Hyde. Los electrodomésticos eran un gran avance, sí, pero había que resignarse a la idea de que la invención de la bombilla tenía como contrapartida el monstruo de Frankenstein. Para perplejidad de los creyentes y autoafirmación de los agnósticos, el Bien y el Mal, la Novena Sinfonía y los campos de Auschwitz, seguían siendo hijos de una misma criatura. La gran desventaja de los agnósticos, sin embargo, es que carecen de respuestas ante esa terrible realidad.
Lo cual no quiere decir que los no creyentes debamos considerarnos como minusválidos vitales o suicidas en potencia. Igual que los creyentes tienen sus ángeles y su Cielo, e incluso su Paraíso, los agnósticos tenemos un alimento moral e intelectual nada desdeñable: la Utopía. Que es precisamente la savia de la que, en los años 70 y 80, se nutría Star Trek.
La última novela de Olga Guirao (La llamada, Editorial Minotauro, 2011) se aparta sorprendentemente de los caminos trillados de la novela española actual para explorar, como Verne y el capitán Picard, pero también como Aldous Huxley, Thomas More y Homero, ese territorio incontaminado de la Utopía donde el Bien y el Mal pueden ajustar cuentas sin causar heridos de bala. Para los que creemos que el apogeo de la novela se alcanzó a finales del siglo XIX, Olga Guirao parte con una gran ventaja frente a sus contemporáneos, y es que su literatura entronca directamente en el verdadero existencialismo, que para mí no es el de Sartre o Simone de Beauvoir, sino el de Conrad, Stevenson o Maupassant: el del ser humano en su soledad ante los grandes dilemas morales.
Al igual que en los episodios de Star Trek, la trama de La llamada no es más que un pretexto para relativizar la visión que los seres humanos tenemos habitualmente de nosotros mismos. ¿Realmente somos una civilización por mérito propio? ¿Es sensato pensar que el progreso conduce a la felicidad? ¿Triunfará algún día el Bien sobre el Mal, o debemos resignarnos a ser un producto imperfecto de la evolución? Sin ánimo de agobiar al lector, todas estas preguntas sobrevuelan la novela de Guirao, al igual que la sombra del cuervo de Allan Poe y su estremecedor "Nunca más", como advertencia sutil de la autora para que nadie se tome su novela como un simple divertimento.
No lo es, pero sí es una novela sorprendente desde sus primeros párrafos, jalonada además por virajes imprevisibles que arrastrarán al lector sin respiro desde un piso anónimo de Barcelona hasta la página final después de haber conocido, entre otras muchas cosas, la psicología de un extraterrestre, las peripecias de un agente de la CIA y los mitos y costumbres de una tribu de la Amazonía. Al cerrar definitivamente el libro, más de un lector constatará, como he constatado yo, que jugar al escondite en el jardín de la Utopía y preguntarse por el futuro de la Humanidad no son dos quehaceres forzosamente incompatibles.
Aunque sí pueden ser placenteros. Y, por supuesto, recomendables.
Olga Guirao: Bienvenida al Enterprise.
This work is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 3.0 Unported License.
a las
9:19
0
comments
Palabras clave: bien, cuervo, extraterrestres, mal, Nevermore, Poe, Star Trek, tecnología, utopía, Verne
domingo, 18 de julio de 2010
El futuro
Cuando Einstein formuló su teoría de la relatividad, todos los científicos -incluido él- creían que el Universo era estático. Sin embargo, de sus propias ecuaciones se podían deducir muy distintos modelos de Universo, uno de los cuales nacía, se expandía y, finalmente, se contraía hasta desaparecer. Para eliminar esa posibilidad, Einstein introdujo la llamada "constante cosmológica", que contrarrestaba el efecto de la gravedad a escala cósmica. Aunque la idea ha sido recientemente rescatada con el esotérico nombre de "energía oscura", pocos años después Einstein tuvo que arrepentirse de aquel remiendo: en 1931, Edwin Hubble descubrió que nuestro Universo, en realidad, se estaba expandiendo.
Pero, ¿seguirá expandiéndose eternamente, o terminará aplastándose a sí mismo después de haber agotado sus ímpetus juveniles? No lo sabemos. Si la suma de los ángulos de un triángulo es inferior a 180º, ni siquiera la energía oscura será capaz de detener la expansión eterna de nuestro Universo. Los cuerpos celestes, cada vez más alejados entre sí, se irán enfriando hasta apagarse. O quizá, antes de llegar a ese punto, serán despedazados por efecto de la aceleración a que los someterá la energía oscura.
Si, en cambio, la suma de los ángulos de un triángulo es superior a 180º, los frioleros están de suerte: el Universo podría contraerse y, por consiguiente, aumentar de temperatura. El problema, esta vez, lo tendrían los claustrofóbicos. Porque el Universo se contraería inexorablemente hasta caber, todo él, en un solo punto.
¿Qué sucedería después? La pregunta no tiene mucho sentido, porque cuando se termine el Universo se terminará también el tiempo. Aun así, algunos físicos han propuesto un par de ideas que podrían confortar, al menos filosóficamente, a los fabricantes de relojes. Una de ellas es el "Big Bounce", o Gran Rebote. Como su nombre sugiere, el Gran Rebote sería una especie de renacimiento cósmico, por ejemplo para producir un Universo semejante al nuestro. Y el ciclo podría repetirse cuantas veces se nos antoje: el eterno retorno.
Aunque, eterno o no, el retorno sería a la carta. Porque, al fin y al cabo, entre uno y otro ciclo no quedaría nadie para contarlo. Otra teoría a la carta es el llamado "Multiverso", una especie de fiesta pirotécnica perpetua en la que los universos aflorarían como setas en otoño. Claro que, tal vez no en todos ellos las leyes físicas serían tan soportables como las que conocemos. Es lo que se denomina el "principio antrópico": nuestro Universo es como es porque, si fuera uno de los otros, nosotros no existiríamos y, por lo tanto, no podríamos observarlo.
¿Nos hemos librado, pues, de un Universo en el que los gordos flotan y la electricidad es radiactiva? Quizá no. Si el vacío no se encuentra en su nivel de energía más bajo posible, las leyes cuánticas predicen que en cualquier momento podría 'saltar' a un estado inferior y darnos una sorpresa. Una desagradable sorpresa, con toda seguridad.
Por último, hay una teoría tan interesante como imposible de verificar: los múltiples mundos. Para explicarlo en lenguaje llano, si yo enciendo mi televisor y en la pantalla veo aparecer Tele 5, uno de mis yoes cambia de canal, mientras que el otro se sienta ávidamente a contemplar los chismorreos de las folklóricas. Por suerte, entre ese otro yo y mi yo habitual no hay ninguna posibilidad de comunicación, lo cual me ahorra, sin duda, no pocos disgustos existenciales.
Tratando de imaginar lo que nos deparará el futuro, he averiguado algunos datos interesantes. Por ejemplo, que en el año 13.727 la Estrella Polar ya no apuntará al norte. En su lugar, aquellos de nuestros descendientes que sobrevivan a Tele 5 tendrán que guiarse por la estrella Vega, como ya hicieron nuestros antepasados hace 14.000 años. Ah, y he averiguado también que en el año 10.759 expirará el contrato de alquiler de la fábrica de cerveza St. James Gate, concedido por Arthur Guinness en 1759 por un importe de 45 libras esterlinas anuales.
Cuanto más nos adentramos en el futuro, más interesantes son las predicciones. Hacia el año 5.000.000, el Mediterráneo será una inmensa llanura de sal, y la Amazonia no existirá. Noventa y cinco millones de años después, la Antártida se habrá convertido en una selva lujuriante, posiblemente habitada por pulpos anfibios y pájaros con cuatro alas. Si todo esto no nos parece atractivo, nos bastará con esperar cuatrocientos millones de años para emigrar a Venus, que se habrá enfriado lo suficiente como para albergar los primeros seres vivos.
Justo a tiempo. Porque, hacia el año 600.000.000, el Sol se habrá vuelto tan luminoso que todos los océanos se estarán evaporando. Aunque nos perderemos un gran espectáculo. Dentro de un millón de años, la Luna girará ya a una distancia tan grande que, un buen día, se desprenderá de la Tierra y nos abandonará para siempre. Es dudoso que para entonces quede algún enamorado que lo lamente.
Por desgracia, ni siquiera en Venus estaremos seguros. Hacia el año 3.000.000.000, la Vía Láctea chocará con la galaxia Andrómeda. Podría ser una buena oportunidad para conocer mundo. Pero tal vez sería más práctico fabricar naves espaciales que nos saquen del Sistema Solar, porque hacia 7.590.000.000 el Sol habrá aumentado tanto de tamaño que se tragará la Tierra.
Si para entonces hemos conseguido huir, podremos entregarnos al carpe diem durante por lo menos 10 billones de años todavía, antes de que sobrevenga la Gran Congelación del Universo, según los pesimistas, o la Gran Implosión, según los optimistas. Los partidarios de la Gran Implosión aseguran que, cuando sobrevenga ésta, las civilizaciones estarán tan avanzadas que conseguirán estirar el tiempo hasta el infinito. ¿Cómo? Acelerando la velocidad de procesamiento de la información. Todo sucederá tan aprisa, que al paso de cada segundo tendremos la impresión de haber vivido milenios.
En cualquier caso, aunque nos libráramos de esos dos apoteósicos finales de fiesta, nuestras perspectivas no serían tampoco muy halagüeñas. Si nuestra galaxia consigue sobrevivir, dentro de unos 10 trillones de años la fuerza de la gravedad se habrá debilitado tanto que un noventa por ciento de sus estrellas se perderán en el espacio intergaláctico. Por suerte. Porque el diez por ciento restante irán a parar al gran agujero negro que ocupa el centro de la Vía Láctea. Como alojamiento, sería bastante incómodo, pero no eterno. Si Stephen Hawking está en lo cierto, todos los agujeros negros terminarán evaporándose en aproximadamente... 1 googol de años. Es decir, un 1 seguido de 100 ceros. (Por cierto, ¿adivinan ustedes ahora por qué Google se llama 'Google'?)
Todo esto, suponiendo que el protón no posea la propiedad de desintegrarse, cosa que todavía está por dilucidar. Pero, ¿qué posibilidades tiene la especie humana, no ya de crear nuevos universos a los que emigrar, sino de llegar siquiera, digamos, al año 500.000?
No muchas. La probabilidad de que un asteroide de más de 1 km de diámetro choque contra nuestro planeta es exactamente ésa: una cada 500.000 años. Hace 650.000 años, la erupción del gigantesco volcán de Yellowstone cubrió de magma y cenizas casi toda América del Norte al oeste del río Mississippi, y antes de que el Sol se extinga hay un uno por ciento de probabilidad de que el planeta Júpiter altere la órbita de Mercurio y nos lo eche encima. Sin ir más lejos, un acontecimiento tan modestamente apocalíptico como el reciente terremoto de Chile desvió el eje de rotación de la Tierra unos ocho centímetros.
Es de suponer que, mientras llega alguno de esos armagedones, los seres humanos no nos quedaremos de brazos cruzados. Pero, ¿hasta dónde nos puede conducir nuestra tecnología? Es difícil de predecir. Sin duda fabricaremos robots y nanorobots, posiblemente inteligentes, pero ¿conseguiremos mantenerlos a raya? La biogenética nos permitirá fabricar esclavos no humanos adaptados a tareas manuales específicas, e incluso esclavos sexuales, humanos sólo en apariencia. Y, tarde o temprano, nos dará la eterna juventud.
A partir de aquí, sin embargo, todo son interrogantes. ¿Seguiremos procreando y, por lo tanto, incrementando de manera imparable una población mundial de eternos jóvenes? ¿Podremos contratar alas de carne y hueso para volar, o agallas para respirar bajo el agua? ¿Nuestros hijos podrán nacer con cerebro de superdotado (resolviendo así, es de esperar, el problema de Tele 5 y de la afición al football)? ¿Lograremos la teleportación, como los personajes de Star Trek? ¿Naceremos predispuestos para la sumisión a la autoridad? ¿Crearemos una sociedad a semejanza de las hormigas, con la ayuda de Internet?
Son preguntas cuya respuesta, probablemente, ninguno de nosotros conoceremos. Pero estoy convencido de que en los próximos 100 años las sociedades humanas experimentarán cambios radicales que difícilmente podemos vaticinar. A menos que el próximo asteriode se anticipe a las estadísticas...
a las
0:31
0
comments
Palabras clave: asteroides, biogenética, Dorian Gray, futuro, Icaro, tecnología, Universo
