Viento del este, viento del oeste
Animado por la reciente iniciativa Hablamos Español, he acudido esta mañana a una manifestación, aunque he de confesar que no sé exactamente qué era lo que se reivindicaba. Lo que yo quería manifestar era que la política lingüística de esta comunidad autónoma me impide el uso normal del español en España. Suena raro, ¿verdad?
Suena raro, y lo es. Pero los motivos de quienes se han manifestado esta mañana no eran exactamente los mismos que los míos. De hecho, había una alarmante confusión al respecto. Para empezar, la inmensa mayoría de los manifestantes enarbolaban banderas. Es cierto, la bandera de España representa un territorio en el que rige una Constitución, que en particular ampara el derecho de sus ciudadanos a usar libremente la lengua nacional. Pero una bandera puede simbolizar muchísimas más cosas, y no todos tenemos por qué coincidir en ellas.
Tal vez estoy siendo demasiado inflexible. Descenderé, pues, un peldaño y supondré que la bandera española representaba el anhelo de unidad de la patria frente al secesionismo de una parte de Cataluña y a los designios de los gobernantes valencianos de ser anexionados por Cataluña mediante la implementación de un plan cuidadosamente diseñado. Pero, si lo que se reivindicaba era la unidad de la patria, ¿por qué la inmensa mayoría de los manifestantes enarbolaban también la bandera autonómica?
Es más, muchas de las pancartas estaban escritas en valenciano, otras hablaban de bilingüismo, y otras se referían al español como 'castellano'. No era eso lo que yo quería reivindicar, pardiez.
Los argumentos de los manifestantes con los que pude hablar eran también de lo más pintoresco. Una señora acusaba nada menos que a Rusia del independentismo catalán, simplemente porque se lo había dicho una hija suya que vive en Washington. Otra señora clamaba que lo que había que hacer era votar a Vox, un partido que no ha obtenido todavía ni un solo diputado en el parlamento español. Alguno que otro pedía el consabido "Puigdemont a prisión", y más de uno clamaba contra la 'catalanización' de la región valenciana.
Lo más alarmante de todo era la ausencia casi absoluta de jóvenes. A ojo, calculo que menos del uno por ciento de los manifestantes tenían menos de 30 años, y de ellos prácticamente todos eran niños que acompañaban a sus padres. Que nadie piense que en esta ciudad no hay jóvenes. Sin duda muchos estaban durmiendo la mona después de una noche de viernes apoteósica, pero Zara, la tienda de Apple o los grandes almacenes hervían de gente joven a la que, aparentemente, les trae sin cuidado en qué idioma los manipulan, los adoctrinan o los desalfabetizan.
Ante aquel desfile de clases pasivas con banderas contradictorias, en buena parte venidas en autocar desde pueblos circundantes, me embargó una desolación difícil de describir. Durante décadas nadie los ha defendido, y durante décadas ellos tampoco han sabido o se han molestado en defenderse. Todo lo que se les ocurre ahora, cuando ya es demasiado tarde, es manifestarse con sus vísceras y sus banderas. No son conscientes de que lo que tienen enfrente es un verdadero ejército en la sombra, perfectamente organizado. Un ejército que tiene ya argumentos, intelectuales, estrategia, poder y un sofisticado aparato de propaganda. Y que está determinado a usar todas esas armas hasta salirse con la suya.
Esta pobre gente cree que la bondad puede derrotar a la maldad por las buenas. Ellos son incapaces de cortar carreteras o vías de tren, de manipular a sus hijos ante las cámaras, de verter falsas acusaciones, de hacerse golpear por un policía blandiendo su bandera para después difundir la instantánea en los medios de comunicación internacionales. No tienen líderes. No tienen planes. No tienen estrategia. No son conscientes de su propia inferioridad, y ni siquiera saben claramente lo que quieren. Tienen la batalla perdida de antemano y, si tienen suerte, dentro de diez años la destrucción de España quedará consumada sin más violencia de la estrictamente necesaria.
Claro, que tendrán que tener mucha suerte. Para entonces, yo espero no estar ya aquí.

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sábado, 11 de noviembre de 2017
El asalto final
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Palabras clave: argumentos, banderas, bondad, estrategia, maldad, nacionalismo, Valencia
domingo, 29 de junio de 2014
Los imbéciles felices
En realidad, el título de la canción es La ballade des gens qui sont nés quelque part. Cualquier día es bueno para acordarnos de los que han nacido en algún sitio. La canción de Brassens decía:
Es cierto, son agradables todos esos pueblitos,
esos burgos, aldeas, lugares y ciudades,
con sus altos castillos, sus iglesias, sus playas.
Tienen sólo un defecto, y es que están habitados,
y es que están habitados por personas que miran
al resto con desprecio desde allá en sus murallas,
la raza de los calvinos, de los que llevan escarapela,
los imbéciles felices que han nacido en algún sitio.
Malditos sean esos hijos de su madre patria
empalados de una vez por todas en su campanario,
que os muestran sus torres, sus museos, su alcaldía,
que os hacen ver terruño hasta bizquear.
Ya sean de Paris, de Roma o de Sète,
o de la quinta porra, o de Zanzíbar,
o incluso de Villaculos, se enorgullecen, canastos,
los imbéciles felices que han nacido en algún sitio.
La arena en que, hogareños, sus avestruces
entierran la cabeza, más fina no la hay,
y el aire que utilizan para inflar sus andorgas,
sus pompas de jabón, es un soplo divino.
Ved cómo, poco a poco, se les va subiendo el pavo
hasta pensar que la bosta que sueltan sus caballos,
aunque sean de madera, es la envidia del mundo,
los imbéciles felices que han nacido en algún sitio.
No es un lugar común el de su nacimiento,
sufren de corazón por esos infelices,
esos patosos nimios que no tuvieron la presencia,
la presencia de ánimo de nacer entre los suyos.
Cuando tocan a rebato en su precaria felicidad
contra los extranjeros más o menos bárbaros,
salen de su agujero para morir en la guerra,
los imbéciles felices que han nacido en algún sitio.
Dios, cuánto mejoraría la tierra de los hombres
si no hubiese ni rastro de esa raza incongruente,
de esa raza importuna que medra por doquier:
la raza del terruño, de los apegados a su tierra.
Qué bella sería la vida en toda circunstancia
si no hubieseis sacado de la nada a esos lelos,
prueba tal vez cabal de vuestra inexistencia:
los imbéciles felices que han nacido en algún sitio.
(Traducción: Ricky Mango)

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Palabras clave: Brassens, imbecilidad, nacionalismo, patria, raíces
miércoles, 11 de septiembre de 2013
Cataluña
Algún día tenía que ser. He tardado mucho tiempo en decidirme porque esperaba que, con el paso de los años, el mal sabor de boca se fuera convirtiendo en indiferencia. Pero las humillaciones son un tipo de situación que siempre me ha sublevado, y no espero ya que ese rasgo de mi carácter vaya a cambiar en algún futuro.
Mi infancia en Madrid no fue una bicoca pero, dentro de lo malo, tenía un aliciente que me dejó huella para bien. Eran los años de la inmigración -sí, esa misma que pobló la periferia de Barcelona para que los habitantes de Cataluña se ahorraran los callos en las manos y prosperaran como lo hicieron-. En mi colegio, en Madrid, casi todos mis compañeros provenían de alguna región de España, y yo desde niño me acostumbré a aquella variopinta fauna, que era algo así como un zoológico de regiones.
La diversidad, naturalmente, era de costumbres y formas de pensar. Madrid era por aquel entonces, dentro del aislamiento que atenazaba a España, un microcosmos cosmopolita. Sí, he dicho cosmopolita. Porque, en aquel melting pot de idiosincrasias regionales, uno crecía con una visión del mundo mucho más abierta que la de muchos, muchísimos españoles criados -y adoctrinados- hoy en alguna de las 17 Comunidades Autónomas.
Eran tiempos en que muchos padres evitaban hablar con sus hijos en la lengua local, con el bienintencionado propósito de ensanchar su horizonte para el día de mañana. Hoy esa forma de pensar está muy mal vista pero, qué quieren ustedes, a mí no me parece mal. España, tal como se concebía hace 40 años, tiene tras de sí una densa cultura literaria, histórica y artística. Deleznable, en algunos aspectos, pero sólida y, sobre todo, abierta al resto del mundo gracias, principalmente, a una lengua en común con otros muchos millones de habitantes de países lejanos.
El latín en Europa, el inglés en India o el pidgin en Africa han sido un excelente pegamento sin el cual una mínima cohesión social y cultural habría sido dudosa. Una cohesión enriquecedora, como sabrán perfectamente quienes se han comunicado en inglés alguna vez con habitantes de países muy diferentes al suyo.
No es que sea yo partidario de abolir las lenguas locales. Todo lo contrario. Siendo también niño, mis veraneos en un pueblo de Alicante me permitieron aprender de primera mano el valenciano, lengua que adoré durante muchos años... hasta que se estandarizó y se hizo prácticamente obligatoria. Qué le vamos a hacer. El valenciano que se hablaba en los pueblos me parecía maravilloso: chispeante, imaginativo y lleno de encanto. El valenciano oficial hoy, y el que enseñan a los niños en las escuelas, me parece sórdido y abominable.
No sé si en Cataluña ha sucedido algo semejante, aunque durante el tiempo que viví en Barcelona oí a algún catalán quejarse de las imposiciones 'Pompeu i Fabra'. Supongo que, si a día de hoy todavía no se han contagiado del paroxismo antiespañol, no se atreverán ya a decirlo en voz alta por temor al linchamiento.
He dicho 'antiespañol', sí. No 'catalanista'. Porque lo que quiero explicar hoy aquí es que el nacionalismo catalán, como los demás nacionalismos regionales de España, no se nutre de un ferviente amor a la patria local, sino de un odio cerval a ese ente más o menos ficticio que ellos llaman 'Espanya'.
Ha sucedido incontables veces a lo largo de la Historia: los enemigos unen. Desde los antagonismos entre pueblos colindantes hasta el fanatismo futbolero, la Inquisición, el ascenso del nazismo o la unidad frente a la Unión Soviética durante la Guerra Fría, la creencia -real o imaginada- de hallarse ante un enemigo 'diferente' ha cohesionado a los seres humanos mucho más que las más ardorosas proclamas patrióticas. Debe ser inseparable de la naturaleza humana.
Lo malo de esa cohesión es que, con demasiada frecuencia, es irracional. Y contagiosa: eso que habitualmente llaman 'psicología de masas'. Por supuesto, siempre subsistirán descreídos o rebeldes que no comulgan con ruedas de molino pero, rebasado cierto punto de histeria colectiva -por la cuenta que les trae- callan. Después de los trece años que pasé en Barcelona, tengo que decir que el nacionalismo catalán, tal como está planteado actualmente, me parece sólo borrosamente distinguible del nazismo.
No, no exagero. Déjenme explicarme.
Decidí instalarme en Barcelona a finales de los años 80. Yo por aquel entonces vivía en Suiza, y añoraba con todas mis fuerzas la luz mediterránea, la cercanía del mar y la alegría de las calles bulliciosas, con sus comercios abiertos hasta muy tarde y sus terrazas de bar soleadas en invierno. En pocas palabras: añoraba España y, por supuesto, encontraba a Barcelona mucho -muchísimo- más parecida a Valencia, Alicante o Cádiz que a París, Londres o Berlín.
Con una diferencia, que para mí fue decisiva: en Cataluña, la gente parecía más civilizada. Esta impresión provenía, en parte, de mis recuerdos de la mítica Barcelona de los años 70 y, en parte, de mi relación con catalanes que vivían o habían vivido fuera de Cataluña. El seny a secas me infunde aburrimiento existencial, pero combinado con la rauxa, esa veta provocadora, imaginativa y sensual, produce un tipo de personalidad absolutamente recomendable.
Mi visión de Barcelona como una ciudad realmente europea se reveló muy imperfecta. Acostumbrado a la eficiencia y seriedad de la Europa central -no digamos ya de la nórdica-, en Barcelona todo funcionaba fatal. Las reparaciones eran chapuceras, los plazos anunciados se retrasaban eternidades, las reclamaciones por productos o servicios defectuosos me robaban larguísimas horas y nunca servían para nada, y el piso que tuve el desacierto de comprar tenía unos tabiques completamente transparentes al ruido. En comparación, las gestiones que yo recordaba haber hecho en México DF habían sido mucho más eficaces (me estoy refiriendo a las empresas privadas; las gestiones de la Administración mexicana eran dignas del Kafka más tenebroso).
Con todo eso, mi imagen de Barcelona como una pequeña europa mediterránea se empezó a resquebrajar. Pero a esa decepción inicial vino a sumarse un ingrediente que, por aquel entonces, era todavía incipiente. Iré por partes.
Lo primero que me sorprendió cuando empecé a hacer vida social en Barcelona fue el comportamiento de las personas a las que era presentado. Todas ellas, sin excepción, seguían un patrón invariable, consistente en dos preguntas. La primera, "de dónde eres", y la segunda, "en qué barrio vives". Poco imaginaba yo, al principio, que aquellas dos preguntas tenían como único objetivo averiguar cuánto dinero ganaba. La primera era sólo un filtro: si uno respondía, por ejemplo, que era de Sevilla, se producía un estado de suspensión hasta que una eventual declaración de vivir en San Gervasio o en Sarrià lo redimía a uno de la sospecha de ser tercermundista.
Todo esto no lo supe el primer día, desde luego. Tardé años en percibir esa sutil, pero inequívoca y, con los años, creciente discriminación de todo aquel que no diera pruebas inequívocas de catalanidad. Al principio, era solamente molesto preguntar a alguien por una calle o una tienda y ser respondido en catalán. Al fin y al cabo, sucedía muy raramente. Una vez de cada veinte, digamos. Era molesto, pero tolerable.
Mi primera experiencia de esa actitud estúpida debió haberme prevenido, pero yo estaba todavía obnubilado por el sol y las tapas. Fue en un taxi. Cuando indiqué al conductor la calle a la que quería ir, el tipo empezó a pedirme aclaraciones en catalán. Aclaraciones innecesarias, porque yo conocía perfectamente el trayecto, y era tan sencillo como seguir la calle Muntaner en línea recta. Así se lo dije, pero él siguió haciendo patria, con el evidente propósito de demostrarme quién era quién. De modo que recogí el guante, y comencé a hablarle en alemán. Al principio, le daba sólo explicaciones sobre la calle a la que íbamos, pero cuando se me acabó la cuerda continué hablando de lo primero que se me ocurría. Algo así como "my tailor is rich", pero en la lengua de Goethe.
Creo que di en la diana. Al verse humillado por quien tenía que haber sido su víctima, el taxista exclamó: "senyor, la llengua que es parla a Catalunya es el català". A lo que yo respondí "na ja, aber wir sind in Europa, und eine Sprache die in Europa auch gesprochen wird ist die Deutsche Sprache". No paré de hablar hasta que el taxi llegó a su destino y se detuvo. Entonces el conductor me dijo "son duescentes pessetes, i si no vol, no em pagui". A lo que yo respondí (en alemán) "por supuesto que le voy a pagar; esto es un servicio, y usted ha cumplido". Explicablemente, quizá, su patriotismo no lo llevó al punto de rechazar mi dinero.
Protagonicé algún que otro incidente parecido, aunque no perseveré porque comprendí que enfadarme era seguirles el juego, y yo no tenía nada que demostrar. Sólo en una ocasión, en una oficina de relaciones con Europa, de la Generalitat -¡nada menos que en Las Ramblas, a pie de calle!- perdí los estribos y le pregunté al apesebrado de turno "do you know what a prick is?" "No", me respondió aquel hombre, muy a su pesar. "You are a prick", le espeté, justo antes de volverle la espalda y marcharme.
Entre mis amistades en Barcelona se contaba, por aquella época, una antigua amiga gallega que se había casado con un catalán simpatiquísimo y cumplidor (esa mezcla ideal de seny y rauxa). Yo estaba recién llegado a Barcelona e, igual que me había sucedido con el taxista, no percibí las señales de alarma. En un momento de sinceridad, mi amiga me refirió un día un comentario que le había hecho, sin reparo alguno, uno de los amigos de su marido: "tú has tenido mucha suerte casándote con un empresario catalán".
Toma ya. Mi amiga, resentida, exclamó a continuación "¡Es que nunca me aceptarán!" Tenía razón, pero yo todavía no quería escuchar. De modo que me compré un piso en el Ensanche y, algún tiempo después, me instalé en él.
En seguida comprendí que mis ilusiones europeístas no tenían nada que ver con la realidad. El comportamiento de mis vecinos tenía todos los ingredientes que yo detesto de los españoles... más uno específico. Me estoy refiriendo a esa capacidad de los catalanes para ignorar a quien no les interesa. La sensación que produce en el ignorado es la de ser transparente, y créanme que no es nada agradable.
Había en la calle Tuset un bar de copas al que yo solía acudir con unos amigos los viernes por la noche. Por si alguien no se sitúa, estoy hablando de uno de los barrios más pijos de Barcelona. El bar estaba -estará todavía, supongo- frecuentado por personajes de la cultura, no sólo catalana. A él acudía todos los viernes, más o menos a la misma hora que nosotros, el editor Herralde acompañado de sus acólitos, casi todos escritores de su propia ganadería. Dejando aparte el estado etílico permanente de alguno de ellos, que por pudor no identificaré, estuvimos acudiendo al mismo bar durante años. Ellos hablaban en ocasiones con mis amigos, pero ni una sola vez se dirigieron a mí. Y, si alguna vez yo intenté trabar conversación, la frialdad de las respuestas me disuadía de seguir intentándolo.
Esa sensación de transparencia, de no existir para otros seres humanos, me acompañó durante los trece años que viví en esa ciudad, agravada por la circunstancia de que rara vez alguien se molestaba siquiera en preguntarme si yo entendía el catalán. La respuesta habría sido "sí", pero eso no importaba. De lo que se trataba era de definir territorios, y estaba claro que yo tenía que quedarme fuera.
Todo eso para mí era incomprensible. En una ocasión, en Viena, recuerdo haber asistido a una cena con otras siete personas, una de las cuales no hablaba español. Y la cena, naturalmente, transcurrió en alemán, que no es precisamente la lengua que más fluidamente hablo. Pero es una cuestión de principios... y, por supuesto, de respeto a otros seres humanos que no le han dado a uno motivos para ser humillados.
Humillación es la palabra que describe exactamente cómo se siente uno en esas situaciones. "No seas así, hombre. Lo hacen sin darse cuenta", me han comentado alguna vez cuando menciono el tema. Puede ser. Pero en ese caso no entiendo por qué, estando cierto día en la terraza de un bar con varios peruanos, el camarero hablaba a los peruanos en español, y sólo a mí en catalán. ¿Me quería castigar por ser español?
A esa conclusión llega uno cuando la gota malaya termina agujereándole el cráneo. No hay nada patriótico en el nacionalismo catalán. El nacionalismo catalán es, simplemente, una caza de brujas, en virtud de la cual todo vestigio de cultura española debe ser erradicado. De la universidad, de la enseñanza media y primaria, de las guarderías, de los organismos oficiales, de las plazas de toros, de los rótulos de las tiendas y de las cajeras de los supermercados, en cuyo distintivo es habitual leer los apellidos López, García, Pérez o Martínez. ¿Era muy diferente la actitud de los nazis hacia los judíos en los años 30?
Nos vamos entendiendo.
La sociedad barcelonesa es una sociedad de castas, perfectamente definidas en función del barrio en que uno reside. Como en el resto de España, eso no significa que quienes viven en un barrio rico sean ricos. Ni mucho menos. Lo que importa, amigo, son... las apariencias. Recuerdo algunos casos cómicos.
Por ejemplo, una chica ostensiblemente pija que, preguntada dónde vivía -la pregunta inevitable-, respondió que en "Balmes con Ronda de San Pedro". La Ronda de San Pedro está muy próxima a las Ramblas y es, por consiguiente, un barrio de clase media-baja. Pero la mención de la calle Balmes es redentora, y el interpelante tiene así un pretexto para quedarse satisfecho de la respuesta.
La calle Balmes, por cierto, es horrorosa: fea, ruidosa y desarbolada. Pero tiene un efecto mágico en los interlocutores cuando uno afirma vivir en ella. A la postre, lo que realmente importa no es que uno tenga dinero, sino que viva en un barrio en el que se supone que tienes dinero. El buscón don Pablos sabía mucho de esto, y no era precisamente catalán.
Cierta amiga mía me hablaba muy a menudo, y con arrobo, de su casita cerca de La Bisbal, en el Ampurdán. Los árboles, los pajaritos, la naturaleza... Finalmente, un fin de semana, decidió invitarme. La 'casita' en cuestión era un chalet pareado, y debía de estar situado junto a alguna porqueriza, porque en cuanto uno abría la ventana por las mañanas era abofeteado por un violento olor a estiércol que venía de "la naturaleza".
Tal vez mi amiga, nacida en Cuenca pero ferviente conversa a la prepotencia nacionalista, no le daba importancia a esos detalles. Al fin y al cabo, en Cataluña hay una extraña fijación por los temas escatológicos. Nunca entendí la alegría que se encendía en los rostros cuando me explicaban las tradiciones del 'cagatió' y del 'caganer'. La cosa es tanto más curiosa cuanto que es prácticamente imposible hacer reír a un catalán con un chiste. Es más, en sociedad es de mal tono contar chistes. Si alguien tiene la osadía de atreverse a contar uno, la gélida acogida que recibe le advierte ya de cuál es el camino.
En fin, para qué seguir. Así fueron pasando los años y, con ellos, la asfixia de sentirse marginado en un mundo de seres, por definición, superiores a uno, no matter what. Sólo faltaba ya la imposición del brazalete obligatorio con la bandera española. Poco a poco fui comprendiendo que yo no tenía futuro en aquella ciudad. Todos los días alguien me recordaba, de una u otra manera, el pecado original de ser español. Las tiendas abrían el 12 de octubre, los colegios practicaban la inmersión lingüística contra viento y marea (incluso en los recreos), el teatro o las conferencias en español habían desaparecido del paisaje, y todo lo que uno habría deseado llamar 'cultura' estaba subvencionado para exaltar sin límite las glorias inefables de la Patria y el expolio a manos de los odiosos vagos y maleantes españoles.
Una noche, tras unas elecciones autonómicas, apareció en la pantalla de mi televisor un hortera llamado Carod Rovira proponiendo una ambiciosa alianza con un pijo llamado Maragall para 'consolidar' el nacionalismo en Cataluña.
En ese mismo instante decidí emigrar.

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domingo, 28 de junio de 2009
Unos cuantos desahogos
Michael Jackson
Un orangután neurótico que, seguramente por falta de lianas, durante treinta años atronó bares, cráneos vacíos y escenarios del mundo cantando siempre la misma canción. Me gustaría felicitarlo por su defunción, pero resulta que se ha muerto.
Nacionalistas regionales
Son los nuevos falangistas. La prueba definitiva de que el franquismo aún vive. Camisas azules, personajillos de tres al cuarto que gracias a un puñado de consignas peronistas han acariciado, poseído, fornicado e incluso sodomizado el poder (y a quienes no somos peronistas). ¡Arriba escuadras, a vencer, que en la Cueva empieza a amanecer!
Nacionalidades
Toda la mundialidad sabe que la conceptualidad de nacionalidad es una conceptualidad discutida y discutible. Por eso yo me pregunto: Si uno no tiene la obligación de amar a la mujer o al hombre que sus mayores le han asignado como cónyuge, ¿por qué, en cambio, tenemos todos que amar el maldito terruño de nuestros ancestros en lugar de encariñarnos, por poner un ejemplo, con Curaçao o Hong Kong? En mi opinialidad, esto de la nacionalidad es una horteralidad.
Papel de fumar
El nuevo presidente del Cacicazgo Gallego ha hecho una encuesta entre los padres de niños en edad escolar para saber en qué idioma quieren que estudien sus hijos. ¿La próxima será una encuesta para saber el tipo de peinado que los padres desean para sus retoños? ¿O bastará con el sentido común para saber que no todo el mundo tiene por qué querer peinarse con la raya en medio?
Igualdad
Hasta tiene un ministerio, oiga. Ni siquiera a Hitler se le había ocurrido. Pero en ningún momento se nos aclara de qué tipo de igualdad se trata. ¿Todos y todas con el mismo uniforme, como en tiempos de Mao Tsetung? ¿Se unificarán también por ley los urinarios públicos o el número de orgasmos? ¿Deberán alternarse los maridos con sus esposas para parir un hijo cada uno? ¿Todos sin sujetador y maquillados, o todos con sujetador y sin maquillar?
Lo siento, maese Zapatero, pero esto de "igualdad" a secas suena demasiado a "todos borreguitos", "todos fascistas", "todos comunistas"... o "todos muertos". Podría haberse ahorrado usted muchas lucubraciones ajenas añadiendo simplemente "... de oportunidades".
Y cumpliéndolo.
Irán
Es un país cuyos habitantes nadie sabe a dónde irán. También Chamberlain y otros fingian no saber a dónde irían las SS. Y, mira tú por dónde, unos cuantos meses después les entraron en París.
Los presos de Guantánamo
Son mucho más famosos que los de La Habana. Pero, simplemente, porque salen por la tele.
El tuteo
Otro síntoma más del nuevo comunismo sociológico que nos invade. Les pondré a ustedes un ejemplo (verídico):
Acudes a la consulta del traumatólogo. La recepcionista, atareada detrás de su mostrador, no te saluda. Ni siquiera levanta la vista para mirarte. Extiende una mano y, sin apartar la mirada de su sudoku, espeta secamente "La tarjeta". Notas cómo un humo empieza a salir por tus orejas. Le entregas la tarjeta. Ella la pasa por la maquinita, la vuelve a dejar en el mostrador y, sin mirarte todavía a la cara, rebuzna rutinariamente "¿Te sientas un poquito?" Sientes cómo se te hincha la vena del cuello. Pero te aguantas las ganas de armar la marimorena, y te sientas allá al fondo de una sala muy grande.
Cuando se entera de que te ha llegado el turno, la recepcionista, sin moverse siquiera de su mostrador, grita a voz en cuello: "¡José Manueeeel!" Ese eres tú. "Puerta B", añade. Entonces tú debes levantarte obedientemente y entrar a la consulta.
El médico estará allí sentado, ocupado en sus cosas. No te invitará a sentarte, ni a cerrar la puerta. Durante un rato, no te saludará ni te mirará a la cara. Por fin, cuando levante la vista, lo más probable es que diga únicamente "Hola". Y a continuación: "A ver. Qué te pasa, José Manuel".
O a lo peor es que yo me había equivocado, y estaba en la consulta del veterinario.
a las
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Palabras clave: caciques, Guantánamo, igualdad, Irán, Jackson, Michael, nacionalismo, terruño, tuteo
domingo, 28 de octubre de 2007
Albert Boadella
Acabo de terminar el último libro de Albert Boadella: "Adiós Cataluña". Lo he leído casi de un tirón, robándole tiempo al sueño dos noches seguidas. Yo viví doce años en Barcelona, donde asistí al ascenso del nacionalismo catalán, y sé perfectamente de qué habla Albert.Si para mí fue duro, imagino que para él ha sido y es mucho más duro todavía, porque, a diferencia de mí, él es catalán. Aunque yo hablo con soltura el valenciano, una lengua muy similar al catalán, en Barcelona siempre me resistí a emplearla. No me gustan las imposiciones. Cada vez que alguien se empeñaba en hablarme en catalán sin saber si yo era capaz de entenderle, yo respondía en inglés o, si existía alguna remota posibilidad de que en inglés me entendiera, en alemán.
He disfrutado horrores leyendo las réplicas de Albert a los ataques nacionalistas: desde orinar sobre ellos, aprovechando una escena propicia en el escenario, hasta enviar un fax con el membrete de un lupanar imaginario (naturalmente, en la calle Tusquets) para reclamar una supuesta deuda y quejarse de las perversiones sexuales de su cliente (por ejemplo, practicar la lluvia dorada cantando Els segadors).
Quería extenderme más sobre ese libro, pero he preferido reproducir aquí un texto que envié a un grupo de noticias de Internet cuando a Albert le adjudicaron el premio Boira del Ayuntamiento de Bellpuig.
Vaya con este texto mi más empática admiración a este genial artista español.
"¡Hola! Soy el Ayuntamiento de Bellpuig. No estoy muy locuaz esta tarde, porque tengo un pilar en la planta baja que necesita reparaciones. Pero no me resisto a haceros algunas confidencias. Hechos misteriosos, incomprensibles para mí, que nunca he sido un ser humano, sino simplemente un humilde edificio. Por ejemplo, ¿por qué mis concejales se miran tanto al espejo? Os diré la verdad: casi no hacen otra cosa. ¿Y por qué el alcalde se mirará tanto el ombligo? Para saber cómo es ¿acaso no basta con mirárselo una vez?
Personalmente, echo en falta un poco de diversidad. Ah, tiempos aquellos en que los Austrias nos enviaban apuestos militares flamencos, o en que los condes de Cardona libraban batallas en el norte de Africa, en Nápoles y en Sicilia. Veía yo por entonces subir y bajar mis escaleras a árabes con vistosos turbantes, nobles damas andaluzas (de la estirpe de los Fernández de Córdoba, nada menos), e italianos vivaces y elegantes hablando aquella lengua suya musical y armoniosa, tan diferente de estos chasquidos guturales que resuenan últimamente en mis salas y salones, y que me tienen sobrecogido.
Pero los Fernández de Córdoba se marcharon, aburridos de este provincianismo y falta de lustre. Ultimamente, la verdad, aquí no se habla más que de calçotadas, caracoles, gigantes, cabezudos y procesiones. Un muermo, qué quereis que os diga. La unica novedad amena de los últimos tiempos han sido, eso sí, los premios Lucero y Niebla. Los nombro en español, porque así su sonido me recuerda la mágica poesia del insuperable don Luis de Góngora y Argote, aquel poeta andaluz de la sensualidad en estado puro.
En catalán, en cambio, esos dos nombres me sugieren simplemente un club de excursionistas de la Seo de Urgel. No son unos premios muy conocidos, no vayáis a creer. Apenas merecen unas líneas en una página escondida de esos diarios catalanes que se miran el ombligo tanto como mi alcalde (es decir, todos), y menos líneas incluso en los diarios del 'extranjero' (así lo llaman aqui: me refiero a España, ese fántastico país lleno de diversidad y de paisajes cuyos habitantes pronto serán todos tan aburridos como los de Bellpuig).
Pero el otro día se lió. Resulta que le quisieron conceder el premio Niebla a Albert Boadella, alegando que se odia a sí mismo. Bueno, ellos dicen que odia a los catalanes, pero como él es catalan, eso querrá decir que se odia a sí mismo, digo yo. Lo cual es absurdo. Pero aquí, últimamente, casi todo es absurdo. Problema de espejos y de ombligos.
¿No os suena el nombre de Boadella? Sí, hombre (o mujer), sí. Albert es ese insigne catalán que hacía teatro ya en los 70 y que fue perseguido por la dictadura del general Franco. Incluso (mientras aquí, en Bellpuig, concejales, alcaldes y bastante más de un paisano eran todos más franquistas que Franco) Albert fue detenido por la policía política del régimen, aunque consiguió escapar y huyó a Francia. Donde vivió algún tiempo en el exilio, hasta que la aministía de la Transicion limpió por fin su expediente de polvo y paja (él le sacaría punta a esta frase hecha, seguro).
Ah, eran otros tiempos. De Barcelona me llegaban entonces siempre noticias estimulantes: teatro, pintura, música, bilingüismo, rebeldía, imaginación, coexistencia, creatividad. No como ahora, que todo es de diseño y está subvencionado. En fin, a lo que iba: el caso es que Albert se enfadó mucho, porque ya está hasta las gónadas de que los del ombligo le digan que se odia a sí mismo. Y, claro, envió una contestación al Señor Alcalde, diciéndole todo lo que pensaba. Verdades como puños. Si lo sabrá él, que es más catalán y más universal que todos ellos juntos. Y eso sí que salió en los papeles, claro.
Ya se sabe, la polémica gusta. En fin, os dejo por el momento, que va a empezar un pleno aquí dentro y yo, como siempre, aprovecharé para echar una cabezadita. Recuerdos a todos y a todas, incluidas por supuesto las catalanas mandonas, que he oído decir que tenéis alguna por ahí. Pillines...
Salut."
a las
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Palabras clave: Albert Boadella, Barcelona, Boadella, Cataluña, comedia, nacionalismo, teatro