El nuevo gobierno de esta comunidad autónoma acaba de promulgar una nueva ley de educación que, en la práctica, conduce a la inmersión lingüística en valenciano por vía acelerada. Si los ciudadanos sensatos no se oponen eficazmente -y tengo serias sospechas de que eso no sucederá-, un niño español hijo de una ecuatoguineana y un francés, cuya familia no sienta ningún apego especial por la paella, los petardos, el idioma valenciano o la anguila en all i pebre, ni tenga intención alguna de que el niño se arraigue de por vida en una región provinciana en que los homínidos son legión, se verá obligado a aprender historia, literatura, geografía y ciencias en una lengua hablada por apenas dos millones de personas, en detrimento de otra lengua, igualmente oficial, hablada por 300 millones en todo el mundo.
No sólo eso, sino que, considerando que la ley es fruto de un movimiento psicopatológico que lleva años copando los puestos clave de la enseñanza en esta irrelevante región del planeta, el niño terminará sus estudios sin saber quiénes eran Góngora, la Malinche, María Pita o Leonardo Torres Quevedo, y algún día se sorprenderá descubriendo que el Duero o el Támesis no son una marca de zapatos o una cadena de comida rápida.
Hace años, cuando me fui de Suiza para instalarme en Barcelona, una de las primeras cosas que hice fue buscar contactos relacionados con la lingüística en aquella ciudad. Al poco tiempo -en los primeros años 90- me conecté a Internet, y en seguida me zambullí en los foros y en los newsgroups para averiguar qué se cocía en el mundo de la lingüística en español. Cuál fue mi sorpresa cuando descubrí que los únicos resultados de mis búsquedas eran intercambios groseros de insultos a favor y en contra del idioma catalán. Ni asomo de interés científico. Mientras en inglés había centenares de newsgroups dedicados a intercambiar conocimientos, los homínidos españoles sólo parecían interesados en arrojarse basura a la cara con argumentos que, siendo benevolente, calificaré de pueblerinos.
Trece años después tiré la toalla y decidí rehacer mi vida en otro lugar en que el poder no estuviera en manos de psicópatas. Me decidí por Valencia, sin ningún entusiasmo. Madrid es una ciudad que detesto visceralmente, y en Valencia tenía al menos algunos viejos amigos que me podían servir de referencia. No era gran cosa, pero Barcelona se había vuelto ya insoportable, no sólo por la arrogancia humillante de los psicópatas, sino por la indiferencia borreguil de los humillados. Una pesadilla.
Otros trece años después, Valencia empieza también a ser insoportable. Es una epidemia. ¿Qué sucede con España? ¿Por qué ese provincianismo obsesivo de los españoles? ¿Por qué esa obsesión permanente por aprender inglés y esa incapacidad enfermiza para aprenderlo? ¿Por qué esa obsesión medieval por el football, las tribus y los territorios? ¿Por qué no me pueden dejar ya en paz con sus lenguas, sus fiestas regionales y sus autonomías? ¿Por qué ese empeño inquisitorial en proscribir las diferencias y en hacer la vida imposible a quienes simplemente pasamos por aquí? ¿Qué carajo les pasa a estos aborígenes?
Llevo años haciéndome esas preguntas. Durante algún tiempo creí que había otros españoles que, como yo, se resistían a la neurosis tribal, pero era un espejismo. Por poner un ejemplo, uno de los más notorios es un narcisista locutor de radio que, un dia sí y otro también, se jacta del frío que hace en su pueblo y exalta machaconamente las hazañas de su equipo de football. Por otra parte, en los medios de comunicación, todos cuantos denuncian el aniquilamiento de la cultura española en Cataluña declaran fervientemente sentirse "catalanes y españoles". Por lo visto, no les parece concebible sentirse sólo español, o lituano, y residir en Cataluña, quizá porque uno ha encontrado trabajo allí o, simplemente, porque ha decidido pasar allí una temporada.
No. El modelo es territorial. Uno nace en una tierra, es de esa tierra, habla la lengua de esa tierra -y el inglés, algún día remoto que nunca termina de llegar-, se alimenta de los embutidos de esa tierra, se regocija con las fiestas patronales, y de la cuna a la sepultura formará parte inseparable del paisaje, como los árboles. En el inconsciente colectivo de este país los españoles no tienen piernas, sino raíces.
Cuando pienso en todas estas cosas me vienen a la mente aquellas casetas de los antiguos parques de atracciones en las que uno podía mirarse en espejos deformados. Los cuellos de jirafa, las papadas de buey o las patitas de enano eran muy graciosas porque uno sabía que, cuando regresara a casa y se volviera a mirar en un espejo, se vería otra vez tal como era. La labor de zapa de los nacionalismos regionales ha consistido en sustituir los espejos normales por espejos de feria, hasta conseguir que la mayoría de la población confunda sinceramente su cráneo con un huevo de avestruz.
Algo parecido sucedió en los regímenes totalitarios del siglo XX. Los nazis consiguieron convencer a muchos alemanes de que pertenecían a una raza superior, y la ciencia soviética produjo aberraciones tan pintorescas como la interpretación determinista de la mecánica cuántica o la burda teoría genética de Lyssenko. Pero, si investigamos un poco, probablemente averiguaremos que ninguna de esas aberraciones fue fruto del azar. El tratado de Versalles, en el caso de Alemania, y un largo pasado zarista en Rusia fueron los factores históricos cuya persistencia terminó deformando los espejos en aquellos dos países. Pero ¿cuándo se torcieron los espejos en España?
Yo no sé mucho de historia, pero sí sé que España es fruto de ocho siglos de guerras territoriales y que la iglesia católica aplastó sistemáticamente toda disidencia en los territorios conquistados. Durante ochocientos años, generación tras generación, los pueblos, las comarcas y las provincias de España se iban definiendo en términos de territorio ganado al enemigo y de pleitesía a la única religión verdadera. El resultado fue un país de tribus aglutinadas por una religión totalitaria.
Por eso los españoles son tribales y totalitarios. A lo largo de su historia moderna, España no ha terminado nunca de regurgitar la reconquista. Cuatro guerras civiles, una explosión cantonalista, un siglo de pronunciamientos y la actual estructura de caciquismos autonómicos son, en el fondo, eructos históricos de un tiempo en que la supervivencia dependía de en qué manos cayera mi pueblo, mi valle o mi comarca. Delirios falangistas aparte, la dictadura de Franco se valió del único aglutinante real que tenía: la vieja iglesia católica del concilio de Trento. Pero, bajo la influencia del turismo, la autoridad de la iglesia católica se fue desmoronando y, para agravar las cosas, en los años 60 el concilio Vaticano II la arrojó en brazos del marxismo militante.
En otras palabras: no sólo la iglesia católica dejó de cohesionar España, sino que una parte de ella se alió con el enemigo. Y el enemigo -la izquierda no democrática, que era la única oposición real a la dictadura-, siguiendo una vieja táctica leninista, se alió con los nacionalistas para derrocar a Franco. El resultado fue un resurgimiento de la España tribal y una glorificación de los nacionalismos locales como vanguardia de la lucha por la libertad. En otras palabras: la Constitución de 1978. Espejos torcidos.
Naturalmente, esto no puede acabar bien. Los espejos están ya demasiado torcidos, y mientras las autonomías conserven las competencias de educación sólo podrán seguir torciéndose. La única solución implicaría recuperar esas competencias y emprender un proyecto de envergadura histórica que enseñe a nuestros futuros ciudadanos dónde están todos los ríos del mundo, que les explique los horrores causados por el socialismo en la historia de la humanidad, que inculque en los niños la curiosidad, el espíritu crítico y el amor por la ciencia, y que les enseñe realmente inglés y los saque de una España enquistada en la Historia y que, pese a las apariencias, apenas ha cambiado desde los tiempos de Vetusta.
Me temo que es mucho pedir.

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domingo, 26 de marzo de 2017
Espejos torcidos
a las
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Palabras clave: autonomías, caciques, España, Iglesia católica, provincianismo, Reconquista, supremacismo, tribus
martes, 4 de agosto de 2009
El nuevo blog de Albert Boadella
Acabo de enterarme del reciente estreno de un blog de Albert Boadella en el sitio web de Els Joglars. Gran noticia, en este Internet español tan necesitado de independencia, de lucidez y de universalismo. Es una delicia leer a este hombre. Le he dejado este comentario:
"Me sumo al entusiasmo manifestado en estos comentarios (con alguna mínima excepción, probablemente subvencionada). En España, Albert Boadella es el único de los ídolos de mi juventud que todavía sigue siéndolo. En el Estado español, no sé, porque nunca he trabajado en la Administración. Tal vez mi idolatría esté condicionada por el hecho de que viví 13 años en Barcelona, de donde tuve que exiliarme en 2004 por razones de salud: la sobreabundancia de falangistas en Cataluña me producía claustrofobia.
Y es que parece como si la historia se repitiese. Los caciques de antaño han pasado de la botica y el ayuntamiento al Parlamento autonómico, los falangistas han sustituido la camisa azul por la bandera regional de turno, y el antiguo catecismo del padre Ripalda ha sido sustituido por la machacona monserga neoizquierdista, más paternalista aún si cabe que los mandamientos de la Santa Madre Iglesia.
Muchas gracias por tu blog, Albert. Lo saborearé con avidez y deleite. Permíteme tan sólo añadir que, aunque yo no soy de los que se duermen durante las cenas, a veces los platos que las componen no están tan bien sazonados como uno desearía. Pero, como dijo Machado (Antonio) y nadie ignora, se hace camino al andar. Es una de las ventajas de tener pies, en lugar de raíces.
Un fuerte abrazo, y a ver si algún día me concedes el placer de entrevistarte otra vez"
a las
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Palabras clave: blog, Boadella, caciques, comentario, entrevista, monsergas
domingo, 28 de junio de 2009
Unos cuantos desahogos
Michael Jackson
Un orangután neurótico que, seguramente por falta de lianas, durante treinta años atronó bares, cráneos vacíos y escenarios del mundo cantando siempre la misma canción. Me gustaría felicitarlo por su defunción, pero resulta que se ha muerto.
Nacionalistas regionales
Son los nuevos falangistas. La prueba definitiva de que el franquismo aún vive. Camisas azules, personajillos de tres al cuarto que gracias a un puñado de consignas peronistas han acariciado, poseído, fornicado e incluso sodomizado el poder (y a quienes no somos peronistas). ¡Arriba escuadras, a vencer, que en la Cueva empieza a amanecer!
Nacionalidades
Toda la mundialidad sabe que la conceptualidad de nacionalidad es una conceptualidad discutida y discutible. Por eso yo me pregunto: Si uno no tiene la obligación de amar a la mujer o al hombre que sus mayores le han asignado como cónyuge, ¿por qué, en cambio, tenemos todos que amar el maldito terruño de nuestros ancestros en lugar de encariñarnos, por poner un ejemplo, con Curaçao o Hong Kong? En mi opinialidad, esto de la nacionalidad es una horteralidad.
Papel de fumar
El nuevo presidente del Cacicazgo Gallego ha hecho una encuesta entre los padres de niños en edad escolar para saber en qué idioma quieren que estudien sus hijos. ¿La próxima será una encuesta para saber el tipo de peinado que los padres desean para sus retoños? ¿O bastará con el sentido común para saber que no todo el mundo tiene por qué querer peinarse con la raya en medio?
Igualdad
Hasta tiene un ministerio, oiga. Ni siquiera a Hitler se le había ocurrido. Pero en ningún momento se nos aclara de qué tipo de igualdad se trata. ¿Todos y todas con el mismo uniforme, como en tiempos de Mao Tsetung? ¿Se unificarán también por ley los urinarios públicos o el número de orgasmos? ¿Deberán alternarse los maridos con sus esposas para parir un hijo cada uno? ¿Todos sin sujetador y maquillados, o todos con sujetador y sin maquillar?
Lo siento, maese Zapatero, pero esto de "igualdad" a secas suena demasiado a "todos borreguitos", "todos fascistas", "todos comunistas"... o "todos muertos". Podría haberse ahorrado usted muchas lucubraciones ajenas añadiendo simplemente "... de oportunidades".
Y cumpliéndolo.
Irán
Es un país cuyos habitantes nadie sabe a dónde irán. También Chamberlain y otros fingian no saber a dónde irían las SS. Y, mira tú por dónde, unos cuantos meses después les entraron en París.
Los presos de Guantánamo
Son mucho más famosos que los de La Habana. Pero, simplemente, porque salen por la tele.
El tuteo
Otro síntoma más del nuevo comunismo sociológico que nos invade. Les pondré a ustedes un ejemplo (verídico):
Acudes a la consulta del traumatólogo. La recepcionista, atareada detrás de su mostrador, no te saluda. Ni siquiera levanta la vista para mirarte. Extiende una mano y, sin apartar la mirada de su sudoku, espeta secamente "La tarjeta". Notas cómo un humo empieza a salir por tus orejas. Le entregas la tarjeta. Ella la pasa por la maquinita, la vuelve a dejar en el mostrador y, sin mirarte todavía a la cara, rebuzna rutinariamente "¿Te sientas un poquito?" Sientes cómo se te hincha la vena del cuello. Pero te aguantas las ganas de armar la marimorena, y te sientas allá al fondo de una sala muy grande.
Cuando se entera de que te ha llegado el turno, la recepcionista, sin moverse siquiera de su mostrador, grita a voz en cuello: "¡José Manueeeel!" Ese eres tú. "Puerta B", añade. Entonces tú debes levantarte obedientemente y entrar a la consulta.
El médico estará allí sentado, ocupado en sus cosas. No te invitará a sentarte, ni a cerrar la puerta. Durante un rato, no te saludará ni te mirará a la cara. Por fin, cuando levante la vista, lo más probable es que diga únicamente "Hola". Y a continuación: "A ver. Qué te pasa, José Manuel".
O a lo peor es que yo me había equivocado, y estaba en la consulta del veterinario.
a las
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Palabras clave: caciques, Guantánamo, igualdad, Irán, Jackson, Michael, nacionalismo, terruño, tuteo