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miércoles, 27 de diciembre de 2017

El Fénix catalán

La Cataluña que yo amé no ha muerto. A pesar del intento de incinerarla perpetrado por una pandilla de palurdos medievales autodenominados 'nacionalistas', la verdadera Cataluña, la Cataluña que no ha perdido el tren de la historia, creativa y sensata, rauxa y seny al mismo tiempo, ha resurgido de sus cenizas. Héla aquí:

http://www.bcnisnotcat.es/

Ojalá que algún día ellos lleguen a ser el verdadero motor de una España demasiado enquistada también en el provincianismo y en el conformismo suicida. Muchos ánimos, tabarneses. Desde la distancia del exilio os deseo lo mejor, de todo corazón.

Mucho mejor así:



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martes, 19 de diciembre de 2017

Enfermos de fanatismo (II)

"Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla", escribió Antonio Machado.

La mía, no. Mi infancia son recuerdos de una ciudad inhóspita, con habitantes inaccesibles como coches de choque y cielos de acero hasta donde alcanzaba el horizonte. Sólo que, una vez al año, allá por las últimas canículas de junio, mi horizonte se ensanchaba hasta llegar al mar.

De aquel mar recuerdo pocas cosas, pero todas intensas y balsámicas. Era la cura de diez meses fríos y adoquinados, inacabables. Recuerdo bandadas de peces plateados a pocos pasos de la orilla, diminutos cangrejos de color de arena y huellas de pájaros en zigzags caprichosos que llegaban hasta las dunas. Allí no había luz eléctrica ni agua corriente, pero había seres humanos, y entre los juncos zumbaban las libélulas. Y, por las noches, allá en lo alto, un océano mágico de estrellas.

Ya te he relatado alguna vez la llegada de los alcoyanos. Aparecieron una mañana, en la playa, acompañados de un carro tirado por un caballo y cargado de enseres. Mis recuerdos son borrosos, porque yo era muy pequeño, pero tengo la certeza de que no se alojaban en ninguna de las casas del lugar. Con cañas cortadas y atadas entre sí, construyeron sobre la misma arena varias empalizadas rectangulares, y allí dentro echaron los colchones que habían traído de casa para pasar las vacaciones de verano en la playa. No necesitaban más.

Eran varias familias, y venían de Alcoy. No recuerdo sus rostros ni sus edades. Recuerdo sólo su alegría contagiosa, su sentido del humor indestructible, y aquella lengua vernácula que me fascinó desde el primer instante. Era imposible no amar aquel habla valenciana melodiosa y certera, que desbordaba de ingenio y alegría de vivir.

Los alcoyanos venían todos los veranos, y se quedaban en la playa casi todo el mes de julio. Con el paso del tiempo, el añoso carro fue sustituido por un automóvil, y las cabañas en la playa por viviendas de alquiler. Incluso hubo quien se compró su propio chalecito, no lejos de donde nosotros veraneábamos. Años después, algunos de los hijos de aquellos alcoyanos se hicieron amigos mios. Fue un privilegio.

Muchos de los días más felices de mi vida los he vivido en valenciano, y la región valenciana ha sido para mí la quintaesencia del Mediterráneo. Sí, del mismo Mediterráneo en el que Zenón concibió la paradoja de la flecha y en el que Odiseo supo burlar al gigante Polifemo. En cuanto pude, ya en los primeros años de la Universidad, me escapaba a menudo de Madrid para ir a visitar a mis amigos alcoyanos, que por aquel entonces estudiaban en Valencia.

Cuando acabé la carrera, un día, harto ya de aquel esperpento medieval al que sus habitantes llaman Madrid, me subí a mi furgoneta desvencijada y, después de muchas vicisitudes, terminé instalándome en un pueblo de Valencia. Allí me curé de mi mal de amores y reuní fuerzas para emprender la que sería la principal etapa de mi vida. Todavía conservo algunos buenos amigos de aquella parada y fonda, pero de entonces acá el mundo ha dado muchas vueltas, y la Valencia que yo amé es ahora ya un espantajo irreconocible.

Siguiendo las huellas de Cataluña, el nacionalismo regional ha secuestrado la lengua y el espíritu valencianos, los ha pervertido y los ha convertido en un instrumento de poder. La región valenciana ya no es el Mediterráneo de Homero y de Parménides. Ahora todo en ella está impregnado de ideología. Ideología xenófoba y ridícula, acunada en fantasías totalitarias. Valencia no es un imperio. Ni siquiera un Estado. Valencia ahora no es nada, o apenas nada. Apenas un aspirante a gulag, una caricatura de la Inquisición, un Quijote sin Rocinante. Un páramo cultural gobernado por psicópatas.

Ya no amo la lengua valenciana. Ahora detesto todo lo valenciano, porque detrás de todo aquello que un día amé sólo veo a unos nazis grotescos moviendo los hilos de su propia vanidad. No tienen futuro, pero están tan pagados de sí mismos que ni siquiera se dan cuenta. Son un tren lanzado hacia el abismo, y con él arrastrarán a los nietos embrutecidos de aquellos valencianos maravillosos que yo amé y admiré, y con los que he vivido algunos de los mejores momentos de mi vida.


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lunes, 7 de septiembre de 2009

El hombre del violín tostado

No hace ni siquiera un mes que había escrito sobre Vicente en este blog cuando, por pura casualidad, he encontrado entre mis antiguos relatos un texto que le dediqué hace muchos años. Estaba yo en aquella época muy influido por la poesía surrealista, que practiqué también con entusiasmo durante algún tiempo. Me apasionaban, sobre todo, Vicente Aleixandre (cuando todavía no había recibido el premio Nobel) y Juan Eduardo Cirlot.

Juan Eduardo Cirlot nunca fue tan conocido como Aleixandre. Como descubrí mucho después, su poesía reflejaba en realidad una visión del mundo un tanto cabalística, al mismo tiempo mística y hermética. Pese a lo cual sus poemas son de una belleza deslumbrante.

Ese rasgo esotérico de Cirlot lo descubrí poco después de instalarme en Barcelona, hacia 1991. En algún periódico leí que se pronunciaba una conferencia sobre él, y acudí a ella. Me parece recordar que el tema de la conferencia tenía vagamente algo que ver con el psicoanálisis jungiano. Es decir, con la presencia de lo atávico como una constante en el inconsciente de las personas y como explicación profunda de sus actos.

El psicoanálisis jungiano me ha inspirado siempre repugnancia, al igual que las óperas de Wagner, y quizá por las mismas razones. La idea de que los nibelungos están impresos en mi cerebro como el pecado original me pone bastante nervioso, al igual que ciertos rasgos de la mentalidad alemana. Fui lector de la Odisea a los once años y, pese a haber nacido bajo los grises sirimiris del Cantábrico, la luz del Mediterráneo me ha atraído siempre como un imán hacia el sur de Europa. Y quizá mis genes me empujan más hacia el sur todavía, como relataré algún día en este blog.

El caso es que en el año 1991 yo, recién llegado, no sabía aún que Barcelona estaba ya enferma de autismo. A la entrada del local donde se había convocado la conferencia trabé conversación con una señora que -creo recordar- dijo ser hija de Juan Eduardo Cirlot, y pareció un tanto sorprendida de que yo apareciera por allí. En seguida sospeché que me había metido en una secta.

Es posible que aquello fuera una secta, pero yo tampoco había tenido tiempo de acostumbrarme a esa cordialidad catalana de los primeros contactos, tan duradera como el tiempo que tarda una puerta en cerrarse. El caso es que pasé a la salita donde se pronunciaba la conferencia, y tomé asiento. Aunque el local no era muy grande, estaba completamente lleno. Por fin, dio comienzo la charla. No recuerdo muy bien los detalles, pero sí mi sorpresa cuando, apenas tomó la palabra, el conferenciante preguntó al público si alguno de los presentes no entendía el catalán.

Yo no entendía muy bien el catalán, porque la lengua con la que yo estaba familiarizado era el valenciano coloquial, bastante diferente de aquel neocatalán jungiano que los nacionalistas estaban reinventando. Y, desde luego, me habría resultado mucho más cómodo oír la conferencia en español. No obstante, ante el silencio general de los presentes, no me atreví a hacer ninguna observación, y la charla comenzó en catalán. Si el tema hubiera sido interesante, posiblemente habría hecho un esfuerzo por seguir el hilo del orador, pero en seguida comprendí que aquello no me interesaba nada y, después de unos minutos de cortesía, abandoné el lugar.

Años después, cuando comprendí que Cataluña estaba embarcada en un proceso grave de autismo colectivo, me pregunté si debí haber levantado la mano aquel día para manifestar que yo no entendía el catalán. Pero eso es más fácil de pensar que de hacer. Porque cuando uno está recién llegado a un lugar y a su alrededor el mensaje implícito que percibe es 'tú no eres de aquí', levantar la mano para pedir que todos nos entendamos es enfrentarse a la sociedad.

Ése ha sido el mecanismo del que se han valido los nacionalistas para conseguir que la mitad de la población de Barcelona comulgue con las ruedas de molino del catalanismo stalinista. Los padres que provenían de otras regiones de España, que al igual que yo percibieron el mensaje, prefirieron no enfrentar a sus hijos a la ola totalitaria, y poco a poco la 'normalidad' se fue imponiendo.

Así cuenta Bertolt Brecht que sucedió con el nazismo. Sólo unos años después de su aparición como fenómeno de masas, millones de judíos eran hacinados en trenes de ganado y conducidos al mayor abismo de muerte y degradación que la especie humana recuerda. El nazismo no fue una llamarada, sino una lenta infiltración. Y el individuo haría bien en estar siempre atento a las señales de la masa. Porque las masas no razonan y, si uno no ha nacido para ser Viriato, lo menos doloroso, a la larga, es exiliarse.

Yo vivo en España porque hasta hace poco mi trabajo me obligaba a vivir en Europa, y porque el Mediterráneo, machacado y arrasado hasta la agonía con insensibilidad de hordas bárbaras, sigue ejerciendo sobre mí la fascinación de la Odisea, pero España es un lugar espantoso para vivir. España es un lugar ruidoso, provinciano e irracional estructurado en tribus. Yo detesto el ruido y el football, amo la ciencia, y me siento ciudadano del mundo. ¿Qué pinto yo aquí?

Como esta pregunta de momento no tiene respuesta, me limitaré a reproducir a continuación el texto que dediqué a Vicente en mi época surrealista, cuyo título encabeza esta anotación:

El hombre del violín tostado

Siempre lo encontraréis barajando los días en su sopera de color caoba. Apenas hará falta preguntarle el color de los ríos. Os mirará un insante cejijunto, y luego de sopetón os herirá con sus dardos emponzoñados de esmeralda.

El color de las grietas en su frente es siempre azul. Al abrir la tapadera que comunica con las montañas, un alud de burbujas, párpados, cerezas y bemoles podría sepultaros.

Pero no todo en él es caótico. Por ejemplo, el pulso de las iguanas que trepan hasta el azul tostado de sus ojos.

Por ejemplo, el descaro tímido que reúne canicas a la sombra del limonero verde.

Por ejemplo, el violín herrumbroso de la playa.

El secreto de su cinco de oros está en las muelas del mar. Mar salino, mar claro, que todo lo tritura bajo el sol de los ojos de fuego.

Aunque él no sea rubio, sino ceñudo, poderoso como brazo de calamar, sereno como el silbido de las caracolas. Él se limita a pasear los atardeceres tibios, la agonía de las violetas, el rumor de los vasos de vino.

Curtiendo sabio las palabras color de boina, encendiendo unas monedas en el fuerte amarillo de la siesta, apagando una canción en la melancolía de la madera.

Encendiendo otra música entre los dientes de la naranja.

Apagando el sonido rural de las gaviotas.

Es el hombre que camina con su violín tostado de café con leche. El que hiere al sol con sólo colgarse de la luna, ignorando el sabor lejano de las resacas pero ávido de las cabelleras de fuego y de las cabalgadas de piel negra reluciendo en la noche.

Es su corcel el farolero de los ríos ciegos. Si necesitas aprisa una rosa enfurecida, haz un rápido molinete con tu sota de vientos bajo su sombrilla multicolor.

Febrero, 1975
* * * * * * *

domingo, 28 de octubre de 2007

Albert Boadella

Acabo de terminar el último libro de Albert Boadella: "Adiós Cataluña". Lo he leído casi de un tirón, robándole tiempo al sueño dos noches seguidas. Yo viví doce años en Barcelona, donde asistí al ascenso del nacionalismo catalán, y sé perfectamente de qué habla Albert.

Si para mí fue duro, imagino que para él ha sido y es mucho más duro todavía, porque, a diferencia de mí, él es catalán. Aunque yo hablo con soltura el valenciano, una lengua muy similar al catalán, en Barcelona siempre me resistí a emplearla. No me gustan las imposiciones. Cada vez que alguien se empeñaba en hablarme en catalán sin saber si yo era capaz de entenderle, yo respondía en inglés o, si existía alguna remota posibilidad de que en inglés me entendiera, en alemán.

He disfrutado horrores leyendo las réplicas de Albert a los ataques nacionalistas: desde orinar sobre ellos, aprovechando una escena propicia en el escenario, hasta enviar un fax con el membrete de un lupanar imaginario (naturalmente, en la calle Tusquets) para reclamar una supuesta deuda y quejarse de las perversiones sexuales de su cliente (por ejemplo, practicar la lluvia dorada cantando Els segadors).

Quería extenderme más sobre ese libro, pero he preferido reproducir aquí un texto que envié a un grupo de noticias de Internet cuando a Albert le adjudicaron el premio Boira del Ayuntamiento de Bellpuig.

Vaya con este texto mi más empática admiración a este genial artista español.

"¡Hola! Soy el Ayuntamiento de Bellpuig. No estoy muy locuaz esta tarde, porque tengo un pilar en la planta baja que necesita reparaciones. Pero no me resisto a haceros algunas confidencias. Hechos misteriosos, incomprensibles para mí, que nunca he sido un ser humano, sino simplemente un humilde edificio. Por ejemplo, ¿por qué mis concejales se miran tanto al espejo? Os diré la verdad: casi no hacen otra cosa. ¿Y por qué el alcalde se mirará tanto el ombligo? Para saber cómo es ¿acaso no basta con mirárselo una vez?

Personalmente, echo en falta un poco de diversidad. Ah, tiempos aquellos en que los Austrias nos enviaban apuestos militares flamencos, o en que los condes de Cardona libraban batallas en el norte de Africa, en Nápoles y en Sicilia. Veía yo por entonces subir y bajar mis escaleras a árabes con vistosos turbantes, nobles damas andaluzas (de la estirpe de los Fernández de Córdoba, nada menos), e italianos vivaces y elegantes hablando aquella lengua suya musical y armoniosa, tan diferente de estos chasquidos guturales que resuenan últimamente en mis salas y salones, y que me tienen sobrecogido.

Pero los Fernández de Córdoba se marcharon, aburridos de este provincianismo y falta de lustre. Ultimamente, la verdad, aquí no se habla más que de calçotadas, caracoles, gigantes, cabezudos y procesiones. Un muermo, qué quereis que os diga. La unica novedad amena de los últimos tiempos han sido, eso sí, los premios Lucero y Niebla. Los nombro en español, porque así su sonido me recuerda la mágica poesia del insuperable don Luis de Góngora y Argote, aquel poeta andaluz de la sensualidad en estado puro.

En catalán, en cambio, esos dos nombres me sugieren simplemente un club de excursionistas de la Seo de Urgel. No son unos premios muy conocidos, no vayáis a creer. Apenas merecen unas líneas en una página escondida de esos diarios catalanes que se miran el ombligo tanto como mi alcalde (es decir, todos), y menos líneas incluso en los diarios del 'extranjero' (así lo llaman aqui: me refiero a España, ese fántastico país lleno de diversidad y de paisajes cuyos habitantes pronto serán todos tan aburridos como los de Bellpuig).

Pero el otro día se lió. Resulta que le quisieron conceder el premio Niebla a Albert Boadella, alegando que se odia a sí mismo. Bueno, ellos dicen que odia a los catalanes, pero como él es catalan, eso querrá decir que se odia a sí mismo, digo yo. Lo cual es absurdo. Pero aquí, últimamente, casi todo es absurdo. Problema de espejos y de ombligos.

¿No os suena el nombre de Boadella? Sí, hombre (o mujer), sí. Albert es ese insigne catalán que hacía teatro ya en los 70 y que fue perseguido por la dictadura del general Franco. Incluso (mientras aquí, en Bellpuig, concejales, alcaldes y bastante más de un paisano eran todos más franquistas que Franco) Albert fue detenido por la policía política del régimen, aunque consiguió escapar y huyó a Francia. Donde vivió algún tiempo en el exilio, hasta que la aministía de la Transicion limpió por fin su expediente de polvo y paja (él le sacaría punta a esta frase hecha, seguro).

Ah, eran otros tiempos. De Barcelona me llegaban entonces siempre noticias estimulantes: teatro, pintura, música, bilingüismo, rebeldía, imaginación, coexistencia, creatividad. No como ahora, que todo es de diseño y está subvencionado. En fin, a lo que iba: el caso es que Albert se enfadó mucho, porque ya está hasta las gónadas de que los del ombligo le digan que se odia a sí mismo. Y, claro, envió una contestación al Señor Alcalde, diciéndole todo lo que pensaba. Verdades como puños. Si lo sabrá él, que es más catalán y más universal que todos ellos juntos. Y eso sí que salió en los papeles, claro.

Ya se sabe, la polémica gusta. En fin, os dejo por el momento, que va a empezar un pleno aquí dentro y yo, como siempre, aprovecharé para echar una cabezadita. Recuerdos a todos y a todas, incluidas por supuesto las catalanas mandonas, que he oído decir que tenéis alguna por ahí. Pillines...

Salut."

 
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