sábado, 28 de noviembre de 2015

Democracia gaussiana

Dos de las cosas que más temen las empresas financieras son lo que en inglés se conoce como fat finger y fat tail.

Ponga usted a un novato ante una pantalla repleta de gráficos en zigzag, explíquele que apostando -¡ehém!, quiero decir invirtiendo- en aquellos gráficos se ganará un sueldo sustancial más unos incentivos tentadores, y la teoría de la probabilidad predice que, tarde o temprano, el novato apretará un día nerviosamente la tecla 9 y la empresa perderá 200 000 millones de dólares en lugar de simplemente 200 000 en una transacción mal calculada. Sin él darse cuenta, su fat finger habrá invadido la tecla 0 y la habrá apretado durante esas décimas de segundo deletéreas que separan las pérdidas tolerables de la quiebra financiera internacional.

Para entender lo que es una fat tail, imaginemos que acudimos a un concierto de rock multitudinario. Situémonos a la entrada y midamos la altura de cada uno de los asistentes (exceptuando los menores de edad). A continuación, clasifiquemos todos esos datos por alturas y representémoslos en coordenadas cartesianas. Podríamos encontrarnos, por ejemplo, con que sólo había un aficionado al rock que medía 143 cm y otro que medía 205 cm. Entre esos dos valores, el número de personas aumentaría progresivamente hasta alcanzar un máximo central: por ejemplo, 15.435 personas que medían 174 cm. Si representamos de ese modo todos los datos obtenidos, la figura resultante será una campana boca abajo. Ahora, simplemente echando un vistazo a nuestra curva, ya podemos afirmar que la mayor parte de los asistentes medían entre 156 cm y 189 cm (la parte central de la campana), y la probabilidad de encontrarnos con alguien más alto o más bajo (los bordes de la campana) será a todas luces pequeña.

Acabamos de representar la 'campana de Gauss'. La campana de Gauss -y otras distribuciones de probabilidad no tan elegantes- permite, por ejemplo, a los ingenieros diseñar presas que resistirán lluvias cercanas al diluvio universal, o -¡ehem!- centrales nucleares japonesas que resistirán tsunamis cercanos al Apocalipsis. Pero olvidémonos piadosamente de los ingenieros y démonos un paseo por Wall Street. O, mejor todavía, construyamos nosotros mismos otra campana de Gauss sustituyendo la altura de las personas por el porcentaje de subida o bajada del Dow Jones y el número de personas por el número de veces que ha sucedido cada una de esas oscilaciones. A la vista de nuestra flamante campana, ¿qué probabilidades hay de que el Dow Jones caiga un 70 por ciento en tres meses dos veces seguidas en tan sólo ocho años? Más nos habría valido consultar el oráculo de Delfos: la probabilidad es de un suceso cada varias decenas de miles de años. Fiasco.

Esto es lo que los inversores profesionales llaman fat tail: una probabilidad en los bordes de la campana mucho más alta de lo que la campana predice. Una empresa inversora que fundamente sus compras y ventas en la campana de Gauss está abocada, tarde o temprano, a la ruina más estrepitosa.

El problema es que, durante un tiempo que puede ser muy largo, el inversor puede engañarse pensando que sus probabilidades son las que le indican la campana de Gauss y el sentido común. Si Mr. Smith ha nacido después de 1930 y se ha jubilado antes de 2001, sus pérdidas y ganancias habrán sido estadísticamente previsibles, y Mr. Smith habrá podido retirarse con una pensión desahogada y una tensión arterial aceptable. Pero ¿podrán hacerlo también sus hijos?

La respuesta, evidentemente, es 'no'. Y la respuesta es 'no' porque, en la realidad del mundo real, los bordes de la campana de Gauss son más gruesos de lo que la teoría predice. ¿Qué quiero decir con esto? Quiero decir que, al igual que las centrales nucleares de algunos ingenieros, hay sistemas que han sido pensados para durar eternamente pero que están basados en una experiencia insuficiente. Uno de esos sistemas es la democracia.

Veamos un par de ejemplos de la vida corriente. En la barra de un bar no suele ser habitual que el camarero cobre las consumiciones antes de servirlas. Hay una convención tácita en virtud de la cual el cliente no saldrá corriendo en cuanto se beba su cerveza. Es cierto, siempre habrá algún que otro listillo que se escabullirá sin pagar su consumición, pero el número de tales clientes será aceptablemente pequeño (los bordes de la campana) y no valdrá la pena convertir los bares en campos de concentración para rebañar tan magras pérdidas.

También en los aeropuertos la campana de Gauss fue válida durante muchos años. ¿Quién iba a pensar que a un desaprensivo se le podía ocurrir secuestrar un avión para llevárselo a Cuba, o convertirse en una granada humana y tirar de la anilla en uno de los asientos de la clase turista? Sin embargo, empezó a suceder, y la libertad en los aeropuertos tuvo una existencia más efímera que en los bares. Poco a poco, la paranoia que había empezado en los aeropuertos se fue extendiendo a edificios oficiales, cajeros automáticos, túneles de metro, urbanizaciones, autopistas o discotecas, y empieza a haber ya muchos establecimientos que sí cobran la consumición antes de servirla. No nos damos cuenta, pero nuestras sociedades, todavía nominalmente democráticas, se van haciendo cada vez más totalitarias.

Es más, muchos ciudadanos están asumiendo de buen grado funciones hasta hace poco reservadas a la policía. La recepcionista del podólogo o la cajera del supermercado te exigen el documento de identidad, el empleado del banco recaba celosamente tu fecha de nacimiento, dirección, situación laboral y otros datos hasta hace poco intransferibles, y hasta el peluquero quiere conocer tu teléfono y tu dirección de correo electrónico. Allá en el fondo de las tinieblas, atisbando tras la mirilla de las puertas del infierno, el padrecito Stalin no cabrá en sí de gozo.

Si uno lo piensa un poco, la única diferencia entre la dictadura y el fascismo estriba en que la dictadura es impopular. Por eso el fascismo no es incompatible con la democracia, que es -por definición- el gobierno de la mayoría. Ciertamente, la separación de poderes es también un rasgo insustituible de las democracias, pero hay países, como España, en los que la separación de poderes es una entelequia y nadie en la comunidad internacional parece darse por enterado. En cualquier caso, el verdadero problema ahora no es votar o no votar. El verdadero problema ahora es la libertad.

En los último tiempos he oído todo tipo de comentarios, generalmente desatinados, sobre la proliferación de atentados en Europa. El más desconcertante de todos afirmaba que tenemos que aceptar un aumento masivo de los controles policiales "para asegurar nuestra libertad". Es decir, tenemos que perder nuestra libertad para asegurar nuestra libertad. A ver cómo se come eso.

Una sociedad que confunde seguridad con libertad es, como mínimo, una sociedad enferma, y a eso es a lo que estamos llegando. En parte, es una consecuencia natural de medio siglo de socialdemocracia. La socialdemocracia es la variante 'presentable' del populismo en nuestros días, y está basada en tres principios:

1 - Hay ciudadanos inferiores a otros ciudadanos. Los ciudadanos inferiores son aquellos que no son capaces de ganarse la vida por sí solos y, por lo tanto, no son responsables de sus propios actos. Es el mismo argumento que esgrimen implícitamente las feministas (la mujer no puede ser responsable de su propia defensa porque es un ser inferior) y que en su momento esgrimieron los esclavistas (los negros no pueden ser dueños de sus vidas porque son inferiores a los blancos).

2 - Los votos de los ciudadanos inferiores se consiguen gastando en ellos más de lo permisible. Es decir, endeudándose. En la práctica, estos dos principios se resumen en una política muy simple: quitar dinero a los que más se esfuerzan para dárselo a los que menos se esfuerzan. Al desalentar el esfuerzo y la responsabilidad individual, esta política genera un número creciente de ciudadanos inferiores, que a su vez se traduce en un número creciente de votos.

3 - Para pagar la deuda que permitirá comprar votos de los ciudadanos inferiores es necesario recaudar los impuestos suficientes, y para eso hay que aumentar perpetuamente el gasto total. En términos más técnicos, lo que los economistas llaman la demanda agregada. En la economía socialdemócrata no se trata tanto de que las empresas inviertan adecuadamente como de que los ciudadanos consuman sin tregua. Y es esa enorme posibilidad de consumir a troche y moche lo que los ciudadanos confunden con la libertad.

Pero en la realidad del mundo real cada vez somos menos libres. La campana de Gauss es válida para un mundo ideal, un mundo rousseauniano en el que todos somos buenos excepto los cuatro o cinco descarriados que ocupan los extremos de la campana. Para controlar a esos pocos basta con unas cuantas cárceles y un cuerpo de policía de tamaño regular. Para controlar a cinco mil extremistas dispuestos a todo se necesita, simplemente, un Estado policial.

Y en eso estamos.

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sábado, 26 de septiembre de 2015

El refugio

Apenas abrió la puerta para bajar al supermercado, un tipo alto y rubio entró tranquilamente en su casa y se fue derecho al salón. Encarna se quedó petrificada. ¿Sería un ladrón? Escuchó atentamente, pero en el salón no se oía ningún ruido. Aguardó todavía un par de minutos, con el picaporte en la mano, y luego, sobreponiéndose al miedo, avanzó sigilosamente por el pasillo y se asomó al salón. El hombre se había dejado caer en el sofá y se había quedado dormido. Parecía cansado, y tenía un aspecto inofensivo. El miedo de Encarna se transformó en desconcierto. La mujer se dirigió de nuevo a la puerta y salió, procurando cerrar con suavidad para no despertarlo.

En cuanto llegó al portal sacó el teléfono del bolso y marcó el número de la policía.

"¿Es alto y rubio, con los ojos azules?", inquirió la voz del policía al otro lado del teléfono.

"Sí", asintió Encarna.

"Es un refugiado", dijo el policía en tono rutinario. "Ha estallado una guerra terrible entre Suecia y Dinamarca, y hay muchos como él que están huyendo de su país. Haga lo que pueda".

Sin darle tiempo a responder, el policía colgó. Los ojos de Encarna se humedecieron. Pobre hombre. La mujer abrió el monedero y contó el dinero que tenía reservado para hacer la compra. En lugar de pescado fresco, compraría unas latas de atún. Y una barra más de pan. El refugiado parecía buen mozo, y seguro que comería con apetito.

Al regresar a casa, el refugiado se había despertado y estaba mirando la tele. Al ver entrar a Encarna sacó un teléfono del bolsillo y, haciendo señas, le pidió la contraseña de la wifi. Encarna, todavía un poco temerosa, se la apuntó en un papel. El hombre tecleó el código en el teléfono, seleccionó un contacto y se puso a hablar con alguien, casi a gritos. Encarna, sin decir nada, se fue a la cocina y empezó a preparar la comida.

A mediodía, en cuanto oyó la llave girando en la puerta de entrada, Encarna corrió hasta el recibidor para explicarle la situación a su marido.

"Espera, Manolo. No te vayas a asustar. Tenemos un refugiado en casa. Por lo visto, hay una guerra..."

"Sí, entre Suecia y Dinamarca. Ya me he enterado en la oficina. Es terrible. Pobre gente..."

Entraron juntos al salón. La tele seguía encendida, y el refugiado miraba ahora con gran interés una película de romanos. Contestó al saludo de sus anfitriones con un leve movimiento de cabeza y siguió mirando la tele.

El matrimonio se retiró a la cocina.

"Tendrá que dormir en el sofá", susurró Encarna. "No tenemos ninguna habitación libre".

Su marido asintió, pensativo.

"No te preocupes", dijo ella, adivinando su preocupación. "Ya nos arreglaremos".

A las cuatro de la tarde, Manolo se marchó otra vez a la oficina. Para Encarna era la hora de la telenovela, pero el refugiado se había vuelto a sentar en el sofá y zapeaba frenéticamente. Por fin, encontró una película de romanos. Se arrellanó y, mirando a Encarna, con fuerte acento nórdico exclamó:

"Kafé!"

La mujer le hizo un café, pero no se atrevió a sentarse junto a él. Se lo dejó en la mesita del salón y, mientras en la pantalla un centurión flagelaba cruelmente a una prisionera, salió discretamente de casa, bajó dos tramos de escalera y llamó a la puerta de Cecilia, la vecina del segundo.

"¿Vas a ver la telenovela? Es que tengo un refugiado en casa y..."

"Qué me vas a contar. Yo tengo dos. Precisamente ahora pensaba subir a tu casa a ver la telenovela..."

Cecilia y Encarna pasaron esa tarde en el cuarto de planchar, haciendo sopas de letras.


Por la tarde, Manolo llegó un poco antes de lo habitual. Esa noche había un partido de fútbol que no se quería perder. Pero el refugiado estaba mirando con gran interés un programa de bricolaje.

"Football, no", gesticuló el nórdico con displicencia. "Bricolage!"

Después de cenar, el refugiado se tumbó en el sofá y buscó en la tele una película de romanos. Encarna le echó una manta por encima, y ella y Manolo se recluyeron en el dormitorio. Cuando Encarna se metió en la cama, Manolo se acababa de quedar dormido haciendo sudokus.

A la mañana siguiente, Encarna despertó sobresaltada. Manolo se había ido a la oficina, y se oía un gran estrépito en la escalera. Se puso la bata y las zapatillas y salió a averiguar qué pasaba. En el sofá, el refugiado roncaba plácidamente.

Remigio, el jubilado de la puerta de enfrente, estaba ya en el rellano, mirando con inquina por el hueco de la escalera.

"Es Onofre, el del primero. Hay una familia de refugiados que quiere entrar a su casa, y él no les deja".

Allá abajo se oían imprecaciones en danés y tremendos golpes en la puerta del recalcitrante vecino. Evidentemente, la familia de refugiados no se conformaba. Por fin, la puerta del vecino se abrió y el perro de Onofre, rugiendo ferozmente, saltó sobre los refugiados. Se oyeron gritos.

"Es un desalmado", censuró Encarna.

"Es un fascista", puntualizó Remigio, con desdén. Y se volvió a meter en su casa.

Varios meses después, el número de fascistas en el país ascendía sólo a un 31%, según las noticias de la televisión. El concepto de 'fascista', sin embargo, estaba siendo revisado. Ahora, fascistas eran ya los que no admitían más de dos refugiados en su casa. Por eso, cuando una mañana de diciembre Encarna abrió la puerta para ir al supermercado y se encontró con aquellas dos mujeres embarazadas, las dejó pasar. Al encontrarse con el rubio compatriota en el sofá mirando una película de gladiadores, las mujeres lo saludaron efusivamente. Se entabló una animada conversación en danés. Encarna examinó compungida el contenido de su monedero, suspiró, y se marchó al supermercado.

Para entonces, ya todo el mundo sabía que a los refugiados sólo les gustaban las películas de romanos. Es más, les repugnaban los thrillers, los romances, los deportes y la ciencia ficción. En nombre de la multiculturalidad había que respetarlos, de modo que Encarna y Cecilia se pasaban las tardes haciendo sopas de letras en un banco del parque y Manolo se reunía con los vecinos en el bar de la esquina para ver los partidos de fútbol.

Hasta que los refugiados empezaron a frecuentar también los bares. El Gobierno les había asignado una pequeña subvención mensual, y ahora en muchos bares sólo se podían ver ya películas de romanos. O programas de bricolaje. Que fue lo que terminó sucediendo en el bar de la esquina. Cuando Manolo se encontró por primera vez en la pantalla con unas cuadrigas romanas en lugar del estadio del Celta, su corazón dio un vuelco. Su suerte estaba echada. Pero el dueño del bar se acercó sigilosamente a él.

"Ven", le dijo en voz baja, secándose las manos en el delantal.

Manolo lo siguió hasta la trastienda. Allí, entre barriles de cerveza y cajas de refrescos apiladas hasta el techo, unos cuantos vecinos jaleaban a un defensa del Celta de Vigo aguantándose las ganas de gritar. No habría sido la primera vez que los refugiados denunciaban una algarada en una trastienda, y todo el mundo sabía cuáles eran las consecuencias: la policía cerraba el bar.

Pero si la policía cerraba el bar los refugiados se quedaban sin ver la nueva versión de Quo Vadis recién salida de Hollywood, de modo que el Parlamento aprobó una nueva ley de 'discriminación positiva': todo establecimiento público en el que se molestase a algún refugiado sería inmediatamente requisado y entregado a una familia danesa.

De todos modos, eran pocos los partidos de fútbol que Manolo podía ver en la trastienda. De lunes a viernes tenía que asistir obligatoriamente a clases de danés, que acababa de ser designado lengua cooficial. Para entonces, Manolo y Encarna dormían ya en la cocina. El dormitorio y el salón estaban ocupados por refugiados, y por las mañanas Manolo tenía que sortear cuatro o cinco sacos de dormir para llegar hasta la puerta.

Lo peor de todo eran los gastos. Además de comer como limas, los refugiados se duchaban constantemente, y las facturas de luz y agua habían llegado a ser exorbitantes. El Gobierno daba una ayuda mensual a los refugiados, pero no a sus hospedantes, y finalmente sucedió lo inevitable: una buena mañana cortaron el agua.

Esa misma tarde, un reportero de Danish TV, una emisora de televisión local, se presentó ante la puerta de Encarna, dispuesto a filmar la situación angustiosa en que habían quedado aquellos pobres refugiados. Encarna no supo responder a las preguntas en danés que le hizo el periodista, y esa misma noche, mientras los refugiados contemplaban plácidamente en la pantalla cómo construir una caseta para perros en el jardín, la emisora interrumpió la programación para mostrar imágenes estremecedoras de refugiadas fregando en la cocina de Encarna con agua embotellada.

Cuando la policía, rodeada de una nube de periodistas, llegó al domicilio para detener al matrimonio, los cuerpos de Manolo y Encarna yacían ya aplastados sobre la acera. Como vivían sólo en un tercero, habían tenido la precaución de arrojarse desde la azotea. En las ventanas y balcones del edificio, docenas de refugiados, asomados, miraban con sorna.


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sábado, 11 de julio de 2015

Patrias

Con el patriotismo me ha pasado siempre como con el football o la religión: me ha resbalado. Habiendo nacido en un país en el que los sentimientos patrióticos despiertan tan tempestuosas (y pintorescas) pasiones, más de una vez me he tenido que preguntar de dónde demonios soy, pero nunca he encontrado una respuesta clara.

Suponiendo que todo el mundo tenga que ser de algún sitio. Es cierto que todos tenemos por lo menos una lengua materna. Los colores, sabores y olores de nuestra primera infancia marcaron, querámoslo o no, un punto de partida en nuestra personalidad. Los árboles o su ausencia, las lluvias o las nieves o las tardes sofocantes, la playa, la selva, la sabana, el collado, el valle, las aceras o la ladera de un volcán fueron el primer paisaje que conocimos y exploramos. En alguno de ellos hicimos nuestros primeros amigos, aprendimos a usar el tenedor o los palillos, oímos el primer chiste, la primera leyenda y la primera canción, y besamos por primera vez a una chica. ¿Es eso el patriotismo?

No estoy seguro. Parece dudoso que la suma de todos esos recuerdos entrañables justifique, por ejemplo, la obligatoriedad de pagar impuestos o de ir a una guerra. Pero sin duda estoy simplificando. La nación -nos dirán- es mucho más que una suma de sentimientos personales. Es también una historia común, unas costumbres, un sentido del humor, una cierta forma de interpretar la realidad -o, más bien, de deformarla-, un tipo de familia y una estructura de poder. Y seguramente muchas más cosas que ahora mismo se me escapan. Y que, sinceramente, me traen sin cuidado.

Centrifugar antes de lavar

En esto del sentimiento nacional, España es un país muy raro. Probablemente todos hemos visto, en la película Casablanca, aquella escena tan emotiva en que los parroquianos del café de Rick consiguen acallar con su Marsellesa los sones marciales que han empezado a entonar unos militares alemanes. Al final de la escena, los gritos de "Vive la France!" son ahogados por una vehemente salva de aplausos. En los años 70, en el Reino Unido todavía se interpretaba el himno nacional antes de comenzar cualquier espectáculo público -¡incluso en el cine!-, y todos los presentes se ponían de pie y guardaban silencio solemnemente. En España, en cambio, cualquier persona que exclame "¡Viva España!" o enarbole una bandera nacional es... 'un facha'.

"España es el país más sólido de Europa" -dijo en cierta ocasión Bismarck-. "Lleva siglos intentando destruirse, sin conseguirlo". Bismarck no tuvo en cuenta la erosión permanente de un país que nunca se reconcilia consigo mismo, y no hay razones para pensar que la dinámica autodestructiva de aquel imperio en el que nunca se ponía el sol haya tocado fondo. Mientras no vea billetes de cinco euros impresos en Jumilla, en Baracaldo o en Lloret de Mar no me quedaré tranquilo.

¿Es grave, doctor?

Los nacionalismos provincianos son francamente molestos porque son, en su humilde provincianismo, fastidiosamente fascistas, pero para los que no tenemos raíces, sino piernas, son en fin de cuentas evitables. Ahora bien, yo no soy de ningún equipo de football, no tengo ideología política, a veces pienso en otros idiomas y me gusta tanto el blues como las soleares. What on earth is wrong with me?

Quizá movido por esa reprobable convicción de que la libertad consiste en no atarse a nada, he decidido hacer una lista de mis distintas 'nacionalidades', o como quieran ustedes llamarlo. No es una lista exhaustiva, pero tal vez me sirva para aclarar ideas.

Lista de mis sentimientos de pertenencia a una patria

Historia. Confieso que la historia de España me trae sin cuidado. En un tiempo me interesó la guerra civil (la de 1936), porque todos mis amigos eran de izquierdas y reivindicaban la segunda República. Pero, a fuerza de leer, llegué a la conclusión de que la derrota de Franco habría traído consecuencias mucho peores que su victoria, y el tema me dejó de interesar. De ahí hacia atrás, todo lo que he leído de la historia de España me parece un esperpento. Quizá por esa razón, apenas lo termino de leer se me olvida.

Del resto del mundo me interesan los grandes procesos: la caída del Imperio Romano, el ascenso del cristianismo, la era del colonialismo, las dos guerras mundiales, los grandes totalitarismos. De Esparteros, ni el caballo. Sorry.

Gastronomía. Si por gastronomía fuera, yo soy más mexicano, chino o indio que español. Es cierto, la tortilla de patatas o la paella son deliciosas, pero cualquier modesta enchilada, ku-bak o biryani las deja a la altura del betún. Sorry.

Literatura. Como he leído más literatura en español que en cualquier otro idioma, mis juicios a ese respecto no pueden ser objetivos. Por eso en mi vertiente de lector de ficción sí que encuentro un atisbo de patriotismo. El Quijote me parece una fantasía cruel e innecesaria, pero me fascina la vivisección pasional de la Celestina, me embriagan las lentas libaciones de Góngora y Vicente Aleixandre, me quito el sombrero ante Leopoldo Alas y Pérez Galdós, y me sumerjo con deleite en las entrañables narraciones de don Pío. Don Pío Baroja, bien sûr.

Sin embargo, también soy un poco francés gracias a Stendhal, Flaubert, Camus, Maupassant y Radiguet, un poquito germánico gracias a Zweig, Böhl, Kubin o Canetti, y no poco anglosajón por obra de John Donne, Raymond Chandler, George Orwell o James Cain. No, no me gusta Shakespeare, con sus grandilocuentes tratados sobre el poder, la honra y el honor. Un pelmazo.

También soy un poquito italiano (Petrarca, Buzzati), portugués (Eça de Queiroz, Camoens), suizo (Max Frisch) e incondicionalmente homérico, e incluso un poquitito ruso (Brodsky), aunque coincido con Nabokov en que Dostoievski no era realmente un escritor, sino un psicópata. Las novelas de Tolstoi, sí, son bastante eficaces... como somnífero.

Arte. En música y en pintura sí que se desdibujan completamente mis sentimientos patrióticos. Por lo que a la pintura se refiere, soy de la misma patria que Vermeer van der Delft, Brueghel el Viejo, Kandinski, Caravaggio, Hopper, Juan Gris, el Goya más siniestro, Derain y Rousseau el aduanero. Entre otros muchos, por supuesto. ¿Qué patria será esa, tan extensa? A saber...

Mi patria musical es, naturalmente, la más dilatada en el espacio y en el tiempo. Desde las Recercadas de Diego de Ortiz hasta el blues más primigenio, y desde Hoagy Carmichael hasta la Música para cuerda, percusión y celesta de Béla Bartók, mi patria musical es un firmamento cuya estrella más brillante se llama Johann Sebastian Bach. Genug! *

Pensamiento. Los filósofos siempre me han parecido unos farsantes obsesionados con su propio ombligo, pero la patria de da Vinci, Ayn Rand, Diógenes y Zenón de Elea, sea cual sea esa patria, es también la mía. En la vertiente intelectual, debo confesarlo: no soy nada francés. Désolé.

Ciencia. ¿Cómo es posible amar la ciencia y sentirse español? Respuesta: más o menos como dormir a pierna suelta y sentirse ganador de un pentathlón. Por eso, en lo que a ciencia se refiere, yo soy apasionadamente newtoniano y galileico, pero también siento que mi patria es la misma patria de Leibnitz, Einstein, Bourbaki, Euler, Maxwell, Bohr y tantos otros.

No, la lingüística no es una ciencia. Todavía.

Geografía y clima. Aquí es donde se puede ver, en negro sobre blanco, mi esquizofrenia patriótica. A menudo lo resumo diciendo que mi cerebro está en la Europa central, pero mi corazón está en el Mediterráneo.

Puntualización. Mi Mediterráneo es una quimera. Es el Mediterráneo de Homero y las sirenas, de dialectos latinos y mercaderes exóticos y embarazos indeseados, de playas sin turistas, de higueras y olivares, de Domenico Modugno y de mis días infantiles. Pero ese Mediterráneo ya no existe. Es la mitad de mi patria, y es una quimera.

¿Quién ha dicho que una quimera no puede ser una patria?

Resumen y conclusión

Como dijo una vez el japonés de Nipón Café: ¡No hay naciones!

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* En español: ¡Basta!  Es una alusión al aria 'Ich habe genug", una de las más bellas composiciones de Bach.

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jueves, 23 de abril de 2015

Músicas en Veracruz

Ocres y café

Dejamos atrás Xico y ponemos rumbo a Coatepec. Por el camino, nos detenemos en un barecito con una pequeña veranda elevada ocupada por tres o cuatro mesas sin clientes. La temperatura es primaveral, y lo que en el paisaje era una presencia invisible se materializa ahora, en el interior del bar, en un mostrador con generosas variedades de café. Veracruz es una región de cafetales, pero lo que yo ansío explorar son los cultivos de vainilla. "Eso es al norte, en Papantla", me informa el vendedor. Pero está demasiado apartado de nuestro camino, y me tengo que conformar con comprar un paquete de café de Veracruz, que en la taza es sobrio, aunque denso y perfumado. El sabor del café de Veracruz recuerda los ocres de muchas fachadas mexicanas, de colores a menudo atrevidos pero nunca crudos ni chillones.

Hay una bella armonía en la policromía de las calles de este país, pese a que cada uno pinta su casa como le place, sin atender a modas. Ese individualismo se percibe también en la infinita diversidad de las tiendas, taquerías y talleres que ribetean las aceras de casi todas las calles. En muchos aspectos, México es el paraíso del anarquista. En otros aspectos no, claro, pero esa satisfacción de ser quien uno es, sin preocuparse por lo que piensen sus semejantes, es un ingrediente exótico en el mundo hispano, por lo general tan refractario a las maneras anglosajonas.

Ni que decir tiene que las relaciones humanas en México son también muchísimo más corteses que en la brutal y grosera España, donde hasta la operadora telefónica que te llama para venderte el último crecepelo te trata como si se hubiera acostado contigo la noche anterior (aunque se ofenderá muchísimo si se lo haces notar). En cuanto a las palabrotas... pues no más hay que saber usarlas, güey.

Pirotecnia a cámara lenta

El centro de Coatepec es una explosión de colores. Todos los ángulos, todos los rincones y terrazas y paseantes y vendedores ambulantes son escenas que uno desearía retener para siempre en la memoria. Globos, flores, vestidos regionales bordados a mano, caramelos, carretas de mangos y mameyes, chapulines fritos, especias, manzanas caramelizadas, pulseras, juguetes, agua de coco, terrazas y pozolerías y taquerías y pulquerías... Aprieto en todas direcciones el disparador de mi cámara fotográfica, más que por atesorar estos recuerdos por exprimir hasta la última gota del presente. Este domingo, Coatepec está lleno de forasteros que han venido, seguramente de Jalapa o de Veracruz, a pasar aquí el día.

De regreso a la capital, descubrimos en una primera planta, sobre la calle principal, un restaurante para mí perfecto: la Fonda de Jalapa. Es una fonda sencilla y auténtica, de ambiente familiar, con mesas y sillas rústicas, y decorada con hermosa artesanía jalapeña. Mientras saboreo una enchilada verde en uno de sus balcones, el aire, hasta ahora tibio, se enfría rápidamente: está anocheciendo. "Si no te gusta el clima de Jalapa, no más espérate dos minutos..."

Calor y ceviche en Boca del Río

A la mañana siguiente partimos para Veracruz. A medida que nos acercamos al nivel del mar, la temperatura aumenta hasta cobrar intensidad caribeña. Y la luz del sol, también. Hay que aligerarse de ropa y poner en marcha el aire acondicionado. Mientras contemplo discurrir la llanura inundada de luz se apodera de mí una lenta impaciencia. En este viaje, Veracruz es mi Ítaca, una Ítaca que ningún Homero ciego acertaría a describir. Estamos ya muy cerca, y todos tenemos hambre. Pero valdrá la pena esperar hasta llegar al hotel, que está en Boca del Río, donde mis amigos conocen un restaurantito encantador, junto al mar, que ya frecuentaba Chucho Navarro en tiempos inmemoriales.

En Boca del Río hace calor. Se agradece la brisa del mar y la cerveza fresca, y en el restaurante nos sirven un pescado frito, recién pescado, que nos comemos con deleite. Durante el primer cuarto de hora, todos los vendedores ambulantes se acercan a nuestra mesa con los productos más variopintos. Los pasteles que nos muestra uno de ellos están diciendo comedme, pero nosotros todavía no hemos llegado al postre. También él tendrá que esperar.

A las cuatro de la tarde Boca del Río es una sartén, pero el calor no nos arredra, y nos apartamos de los soportales para aventurarnos a pasear por la explanada, junto al mar. No somos los únicos. Ha querido la casualidad que esa tarde los Voladores de Papantla estén a punto de escenificar ante nosotros el espectáculo que les da ese nombre. Encaramándose por un poste de unos treinta metros, cuatro indios ataviados ceremonialmente se disponen a volar en círculos hasta regresar al suelo. Aguardamos hasta el aterrizaje, y después reemprendemos camino hacia el mayor de todos los espectáculos: el puerto de Veracruz. Al atardecer.

Un tren al arco iris

Todavía hace calor, de modo que nos aposentamos un buen rato en La Parroquia, la cafetería legendaria del puerto, donde es casi obligado tomarse un "lechero" (café con leche) con churros o pasteles y disfrutar del ambiente, familiar y distendido. Cuando el sol empieza a ocultarse tras los edificios, salimos a la calle y respiramos el aire húmedo que nos regala el atardecer. A lo largo del muelle hay largas hileras de puestecitos ambulantes abarrotadas de paseantes. Mientras aquí y allá unos y otros cantan sus mercancías, de cuando en cuando alguna india extiende frente a nosotros hermosos vestidos tradicionales bordados a mano.

Junto al mercado hay estacionados dos o tres trenecitos talabarteados de bombillas de colores, con un letrero luminoso en su centro que reza "Veracruz". El puerto ahora, invadido por multitudes y cuajado de luces, semeja una miniatura de Las Vegas. Por fin, doblamos a la izquierda y nos internamos en el verdadero corazón de Veracruz: la plaza de la Catedral.

En lo alto de la Catedral están sonando las campanas, que se funden armoniosamente con los ecos de los acordes allá abajo, en la plaza. Bandas de música, acordeonistas, grupos vocales, espontáneos tocando maracas, trompetas o marimbas llenan con sus melodías todos los espacios de la amplia plaza, donde los niños juegan, los adultos compran globos o disfrutan el aire tibio de la noche nueva y, bajo los soportales, una pareja se ha puesto espontáneamente a bailar, muy apretados, al ritmo del son de una orquestilla cercana. Si esto no es la felicidad, ¿qué es lo que le falta?

Bañarse vestido

Sólo un día ha durado nuestra estancia en el puerto de Veracruz. No había tiempo para más, y a la mañana siguiente tenemos que regresar al DF, aunque en el último momento decidimos desviarnos de la autopista para visitar el balneario de El Carrizal. En el fondo de un valle frondoso, a varios kilómetros de un pueblo que parece salido de una película del Far West, encontramos por fin el balneario, donde mis amigos, siempre tan extravagantes, se proponen darse un baño de aguas sulfurosas. Personalmente, no tengo el menor interés por las aguas sulfurosas, por lo que decido aguardar a que cumplan su ritual comiéndome unos chilaquiles con cerveza Indio en el único restaurante del lugar, aspirando entre tanto el fétido olor a huevos podridos y soportando, a pocos metros, los ladridos neuróticos de un perro igualmente neurótico.

Tanto en la piscina sulfurosa como en la normal, observo que la gente se baña vestida. Nadie sabe explicarme por qué. Al otro lado del restaurante, el resto del balneario es un inmenso merendero en cuyas mesas extienden las familias sus propios manjares, que han traído en tarteras, bolsas y neveritas de mano. Apenas termino de comer, me alejo de las emanaciones sulfurosas y me tiendo sobre un montículo de hierba fresca, junto a la entrada del balneario, a donde al poco rato llegan mis sulfurados amigos.

Camiones y bocadillos de jamón

La última parte del viaje se nos hace muy pesada. Tenemos el sol de cara, y en la autopista el tráfico empieza a ser denso. Más por hacer un alto que por matar el hambre, nos desviamos unos kilómetros y nos detenemos en un lugar llamado Perote, al que mis amigos se refieren como el pueblo "español". Por alguna razón misteriosa, la calle principal de Perote, recorrida por una caravana incesante de camiones gigantescos y rugientes, está salpicada de restaurantes con comida española. En uno de ellos, decorado con vetustas fotografías de toreros y una de Covadonga en blanco y negro, compramos unos bocadillos de jamón y queso manchego y nos disponemos a seguir camino.

Nunca antes había comido un bocadillo de jamón con cebolla (y nunca lo volveré a comer), pero eso es lo de menos. Hemos estirado las piernas, y entre tanto, allá lejos, el sol se ha ocultado por fin tras las imponentes cumbres de la Sierra Madre. Pero al entrar en el DF el tráfico se convierte en un espeso atasco, y cuando por fin se diluye por las arterias de la inmensa ciudad descubrimos que hemos tomado una dirección equivocada. Estamos perdidos. Ciudad de México. Noche cerrada. Veintidós millones de habitantes. Kilómetros de calles tenebrosas y desiertas. Territorio desconocido.

Tarde o temprano encontraremos nuestro camino, pero yo no puedo evitar pensar que, si nos quedamos sin gasolina en uno de estos barrios, más nos valdrá tener a mano un manual de supervivencia. Por fortuna, la gasolina no se nos acaba, y nuestra conductora encuentra finalmente una dirección conocida.

A las once de la noche, agotados, llegamos por fin a casa.

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sábado, 11 de abril de 2015

Camino de Veracruz

Así es, si así os parece

Uno se da cuenta de que está llegando a Jalapa cuando el automóvil se sumerge en la niebla. Una niebla espesa, fría, navegada ahora siguiendo curvas a ritmo de boa. De pronto hemos entrado en un mundo diferente, no sólo geográfico, sino cronológico. Atrás quedan ya las tierras negras de lava rota pobladas de crestas de árboles de Josué, los cielos plomizos sobre la parda planicie de Tlaxcala, el denso paisaje industrial de las afueras de Puebla, una gasolinera con un restaurante con chilaquiles rojos y tortillas recién hechas y cerveza Indio y, dos horas antes, la salida del DF desde las alturas del periférico, un sábado por la mañana. Abril. Sol y nubes. La libertad es eso.

"Si no te gusta el clima de Jalapa, no más espérate dos minutos", me dice mi acompañante, anticipándose a mi pregunta. "Es un dicho de aquí", añade. Pero, aunque la niebla empieza a ceder, el sol sigue escondido tras espesos nubarrones. De la niebla salimos a la lluvia. La autopista es ahora un tiovivo de camiones, autocares, pasos elevados, camionetas en marcha con policías vigilando de pie, armados hasta los dientes, y a ambos lados del asfalto grumos de edificaciones encaramadas en las ondulaciones del paisaje. Jalapa es la capital del estado de Veracruz, uno de los más extensos de México. Recorre buena parte de la costa atlántica, desde Tamaulipas, allá en el norte, hasta Tabasco, al pie ya de la península de Yucatán. "La capital cultural, también", agrega mi acompañante.

Leche de coco y azúcar morena

Prueba de ello es que hemos hecho planes para ir al teatro esa misma tarde. Una amiga de mis acompañantes actúa en la obra, y se ha ofrecido generosamente a alojarnos esa noche en su rancho, cerca de Jalapa. En las dos semanas que llevo en México he ido más veces al teatro que en los veinte últimos años de mi vida. No por voluntad propia, sino porque mis amigos son actores.

Hemos tardado en encontrar el Teatro Municipal, pero apenas llegamos encontramos un hueco para estacionar el coche. Al apearme veo en la acera una pizarra negra con los precios de una pensión, y junto a ella la entrada de una cafetería con una sola mesa, vacía. Es la planta baja de un restaurante. De un restaurante vegano, lo cual sin duda explica por qué todas las instalaciones, incluida la planta alta, están completamente desiertas. Pero, casualidad de casualides, mis amigos son también veganos, y yo no tengo valor para proponerles otro lugar. Suspiro. Entramos.

Dos tartas de jengibre integrales sin azúcar, dos tes del Himalaya y un café americano con leche de coco y azúcar morena después de nuestra entrada, pagamos una cifra exorbitante y nos dirigimos a la cola del teatro, que es ya bastante larga. Llueve intermitentemente y ha caído la noche. En la cola, a ambos lados de mí, me sorprende oír hablar en español con acento de España.

"A Jalapa vienen muchos estudiantes de todos los países. Sobre todo de música, danza y artes escénicas", me explican mis amigos. "Esta es la capital cultural de Veracruz, recuerda".

Roll over Beethoven

Recuerdo, pero en España nunca he oído decir que Salamanca, Granada, Santiago o Santander sean la capital cultural de nada. Benidorm y Salou son capitales turísticas del Mediterráneo. Barcelona y Madrid son capitales futbolísticas del "Estado español", y San Sebastián es la capital mundial de frontón y levantamiento de pedruscos, pero de cultura, nada. Es más, un amigo me confesó hace poco que sus hijas en el cole no se atrevían a decir que escuchaban música clásica porque se reían de ellas.

En México la cultura está mucho más presente, no sólo entre los intelectuales de clase alta o en esa bohemia más o menos fluctuante de La Condesa o la colonia Roma, sino también entre las clases medias e incluso en la clase media baja. De eso soy testigo. Este es un país aún vivo, y aquí el Saturno consumista todavía no ha devorado a sus hijos. Tiempo al tiempo...

Muchas tablas y pocas nueces

Sorprendentemente, la representación tiene momentos divertidos. Es una puesta en escena un tanto rígida, con diálogos demasiado encadenados e inevitablemente sobreactuada, pero el autor tiene chispa, y aunque las exclamaciones de ¡pendejo!, ¡pinche!, ¡cabrón! y la chingada en sus infinitas variantes están destinadas a un público fácil, algunos juegos de palabras y momentos de humor absurdo consiguen hacerme reír. Es una sátira de la burocracia mexicana pero, para mi alivio, no cae en la soflama política, que es lo que yo más temía.

A la salida, nos reunimos con la actriz y comentamos la representación. Todos se afanan por explicarme los pormenores de la obra, que les parece muy mexicana, pero yo los tranquilizo: después de la falda y el pantalón, la burocracia es lo más universal jamás inventado en el planeta Tierra. Algún investigador futuro encontrará algún día en el genoma humano la semblanza del funcionario terráqueo agazapada en algún gen. Genio y figura.

Sueños de alacrán

La niebla nos escolta de nuevo hasta llegar al rancho, iluminado por dos o tres bombillas mortecinas y asentado sobre una ladera. A nuestra llegada, una jauría de perros entona una sinfonía muy poco original. Nuestra anfitriona es la única habitante del rancho, y para protegerse se ha proveído de un escuadrón de canes a cual más estridente. "Quince perros", especifica. Me viene a la memoria la siniestra historia de la película 'The servant'. Algún día los perros, esos parásitos alelados de mirada humana, dominarán el mundo.

El 'apartamento' que me asignan es una única habitación abovedada, iluminada también por dos o tres bombillas mortecinas. Ni la ducha ni el aseo están separados del resto de la estancia, apenas amueblada y en desuso desde hace mucho tiempo. En una repisa, junto al lavabo, descubro un frasco sin tapa con un alacrán muerto en su interior. Tiene un tamaño considerable. "No te preocupes. La cama está separada de la pared, así que no hay peligro", sonríe mi anfitriona, como si nada. Y, diciendo esto, me entrega las llaves y se va. En la habitación ni siquiera hay mesa. Miro las paredes y la cama con aprensión. No es muy tarde, pero aquí lo único que uno puede hacer es meterse entre las sábanas. Y abrigarse. El frío de Jalapa es húmedo, y cala.

Gaudí y el 'Popo'

La luz del amanecer entra al mismo tiempo por todas las ventanas, que no son pocas. Me ducho con agua irremediablemente fría, y salgo a pasear por el campo hasta que me llaman para el desayuno. El aire está limpio y ha salido el sol. En las copas de las jacarandas gorjean pajarillos. Mi apartamento es uno de los tres edificios que hay en el rancho. Evidentemente el arquitecto era admirador de Gaudí, y el edificio principal, de estructura delirante pero acogedor, lo demuestra con creces. Frente al salón en cuya barra desayunamos se ve en la lejanía la cumbre nevada del Popocatépetl, al que todos llaman afectuosamente 'el Popo'.

En la cocina, la mucama amasa sin descanso tortillas, prepara café y huevos fritos y nos sirve un desayuno principesco. Una puerta enrejada separa la cocina del salón, y a veces, cuando la mucama sale a traernos comida, alguno de los quince perros se escapa con ella y merodea ansioso por la habitación, olfateando las entrepiernas de todo el mundo.

"¿Cómo es que no te gustan los perros?", inquiere mi anfitriona muy extrañada.

"Detesto el olor de esos animales", respondo, tratando de ahuyentar a un fox terrier que se empeña en meter la lengua en mi mermelada. "Y sucede que tengo un olfato muy fino".

Por consideración, me abstengo de añadir que considero a los perros los animales más idiotas de la creación. Un chucho doméstico es capaz de ladrar neuróticamente durante días o años sin parar, incluso conociendo la hora exacta a la que regresarán sus amos. Suelte usted a un perro en una jungla y tardará minutos en atraer a todos sus predadores. Pero, con esas carantoñas tan enternecedoras, ¿quién -aparte de mí- tendría la impiedad de arrojar un perro a una jungla?

El pudor de María Magdalena

A la plaza principal de Xico se llega ascendiendo una calle muy empinada. Está lloviendo, pero este domingo por la mañana las aceras están llenas de gente portando palmas. Es domingo de ramos, son las doce del mediodía, y apenas salimos del coche cesa la lluvia. ¿Magia? El centro del hormiguero humano es la iglesia del pueblo, que se alza en mitad de una plaza entrañable con sus inevitables puestos de enchiladas humeantes, flores, prendas de vestir y chucherías tapizando de colores el paisaje. Los niños juegan, los adolescentes se apoyan en las paredes verdes, malvas y amarillas de los bares, y algunas mujeres están sentadas en la acera, charlando o simplemente contemplando la vida bullir a su alrededor. La vida...

En el interior de la iglesia todo es actividad. Hay quien pone flores, o cirios, en los altares o al pie de las imágenes. Hay quien desmonta cristos y vírgenes para trasladarlos a no se sabe dónde. Y hay quien, como yo, simplemente visita el lugar, en el que excepcionalmente reina un ambiente de preparativo escénico. Sobre el altar principal yace una escultura envuelta en un plástico transparente. Es una imagen de María Magdalena, la pecadora, que hoy han cubierto piadosamente, quizá por la solemnidad de la celebración. No era necesario. También los dioses del Olimpo eran pecadores...

Apenas salimos de Xico retorna la lluvia.

(Continuará)


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jueves, 19 de marzo de 2015

Un día en el D.F.

Scherzo en ¡guau! bemol

Estoy en la colonia Narvarte y dentro de casa hace frío. Es una temperatura inhabitual para este mes de marzo, y en todas las conversaciones se desliza inevitablemente algún comentario al respecto. Desde la ventana de mi dormitorio tampoco se ven ya las jacarandas en flor de la calle Pitágoras. Un edificio de nueva planta ocupa su lugar. Han pasado once años desde la última vez, y más de treinta desde aquel primer amanecer de aguada, anaranjado y violeta, que me regalaron mis siete horas de jet lag recién estrenado.

Este edificio solía ser tranquilo, pero ahora todos los vecinos tienen perros o gatos. Locuaces. Hay momentos en que la sinfonía animal que atraviesa las ventanas es un pandemónium difícil de soportar. Mis anfitriones han salido hoy de buena mañana y no regresarán hasta la hora del almuerzo. Es temprano. Las nubes se han disipado, y en el cielo sonríe por fin el sol. ¿Qué hago yo aquí encerrado? Sólo media hora de metro me separa del centro de la ciudad. Me visto a toda prisa y salgo a la calle, pletórico. Como en los viejos tiempos...

Los nombres de las cosas reencienden mi memoria. División del Norte es una vía rápida, pero también una estación de metro. La acera se va estrechando. Dejo a mi izquierda el taller de automóviles y la taquería de la esquina con sus columpios en lugar de asientos, y me asomo un instante al Sanborns donde tantas horas nocturnas pasé, tiempo atrás, hojeando revistas. En algún lugar de mi corazón este es también, todavía, mi barrio.

... Y Quetzalcóatl creó el Universo

Línea 3. Dirección: Indios verdes. Siempre me ha fascinado ese nombre. He preguntado a mis anfitriones, pero ninguno de ellos sabe decirme cuál es su origen. En el andén, el metro no tarda en llegar. Entro al vagón. Las puertas se cierran. Arranca. Los nombres de las estaciones retornan a mi memoria. Algunos son extraños, casi surrealistas. Niños héroes. Camarones. Agrícola oriental. Misterios. Talismán. Otros, musicales o evocadores. Nopalera. Peñón viejo. Mixcoac. Insurgentes. Azcapotzalco.

Me apeo en Hidalgo. Mi punto de partida será, como antaño, el Museo de Bellas Artes. Hoy es lunes y estará cerrado, pero es un edifico muy hermoso, y desde una de sus fachadas se accede a la trama de calles que conduce al Zócalo. Es temprano, y apenas se ven paseantes. Callejeo sin rumbo, buscando la sombra y asomándome a los comercios que encuentro abiertos. En una esquina, un limpiabotas lustra los zapatos de un caballero con sombrero tejano que, sentado bajo un toldito agitado por el viento, lee el periódico plácidamente. Les saco una foto procurando que no me vean y pocos metros más adelante desemboco en el Zócalo.

Aquí nada ha cambiado. Tal vez México DF es una ciudad hechizada o eterna, como Roma o Verona, como Toledo o Budapest o Santiago de Compostela. Con una diferencia: el DF es la vida. Hierve de vida. Me alejo de los soportales de las joyerías del Zócalo, almuerzo en el viejo Sanborns de fachada de azulejos, cerca del museo de Diego Rivera, y reemprendo la marcha como a mí me gusta. A saber: sin rumbo fijo.

Voltios y enchiladas

Son ya las doce y media, y todas las calles son ahora un río humano. Pero hoy no me agobian las multitudes. Me vienen a la memoria aquellos versos de Vicente Aleixandre:

Hermoso es, hermosamente humilde y confiante, vivificador y profundo, 
sentirse bajo el sol, entre los demás, impelido, 
llevado, conducido, mezclado, rumorosamente arrastrado...

Al llegar a la Torre Latinoamericana, de improviso, decido apartarme de los caminos trillados. Sin pensarlo apenas, doblo a la izquierda y me interno por una calle desangelada, medio desierta. Me aseguro de que no corro peligro, fotografío una fachada en ruinas y emprendo un zigzag de calles improvisado que termina desorientándome. Mejor así. Sorpréndeme, oh mágica Tenochtitlan.

Y Tenochtitlan me sorprende. Ni por un momento dudé que lo haría. He venido a parar al barrio de las tiendas de accesorios eléctricos. Motores, compresores, pilas, lámparas, enchufes, batidoras, voltímetros, celulares, computadoras. You name it. Son varias cuadras repletas de tiendotas, tienditas y tiendititas que orlan las aceras y se internan como madrigueras de topo en las profundidades de los edificios. Afuera, en la linde con la calzada, los primeros vendedores callejeros exhiben ya su mercancía.

La trascendencia del caldo de gallina

A partir de aquí las aceras se espesan con las hileras de puestitos donde uno puede recargar su celular, comprar un dulce para el niño o un reloj de pulsera, comerse unos tacos de arrachera con mole coloradito o incluso hacerse cortar el cabello bajo un toldo improvisado, en mitad de la multitud. ¿Es posible sentirse más vivo? Posible, puede, pero fácil no es. No me canso. Camino y camino, y camino. Me deleito con las ráfagas de elote y chile y frijoles refritos, escucho a mi paso retazos de conversaciones, palabras suavemente entonadas, sin ásperas ces ni zetas, y órale y ándale y pendejo y chihuahua y jale y pues qué onda y ni modo y la chingada. (Con perdón.)

Entonces, de repente, la revelación. La verdadera vida es un río, y la verdadera felicidad es dejarse llevar. Toda esta muchedumbre que me rodea no se interpone en mi camino. Fluyen conmigo, cada uno en su propia dirección. Es la armonía perfecta. El nirvana con aroma de tamales y caldo de gallina. Por un instante, creo levitar. Ojalá que este día durara eternamente.

La travesía del desierto

Pero las leyes de la entropía son implacables, y al llegar a Cuauhtémoc las aceras se despueblan. No importa. Cambiaré de aires. Caminaré hasta el Paseo de la Reforma y me sentaré a descansar en un café con wifi. Mis amigos no saben dónde ando, y seguramente me esperarán para ir a cenar. Consulto el mapa de mi teléfono móvil y encamino mis pasos hacia La Condesa. Sin embargo, hay algo con lo que no había contado: es fiesta nacional, y en este barrio todos han hecho puente. No hay cafeterías abiertas. Sólo de tanto en tanto algún restaurante repleto de familias escandalosas, en algún caso con grandes coches negros mal aparcados y escoltas de gafas oscuras en las inmediaciones. Una voz interior me dice que no voy a encontrar lo que busco, pero mis piernas no pueden ya parar de caminar. Sólo una vez se vive.

Cuando por fin encuentro el anhelado oasis estoy ya a dos pasos de Chapultepec, a bastantes kilómetros de mi punto de partida. El sol y la altitud me han dejado exhausto. Me dejo caer en el asiento, pido un refresco con mucho hielo y me lo bebo en un suspiro. Efectivamente, mis anfitriones, que me andaban buscando hacía rato por las ondas herzianas, me esperan para cenar. Les digo que regreso en el metro, y media hora después llego a casa. Estoy agotado. Es ya casi de noche. Pero no me arrepiento de nada.

Fin de fiesta. Favor de no comerse el césped

Es más. En cuanto me dicen que iremos a cenar a una taquería me recupero al instante. Y allá que nos vamos. Es un restaurante de diseño, inhóspito y feo, con grandes pantallas de televisión en las que unos sujetos en camiseta dan patadas a un balón y, sobre todo, entre ellos. Pero en cuanto llegan los platillos a la mesa me olvido del football, del diseño, del cansancio, de La Condesa y de la mismísima chingada (con perdón). Por favor, no me molesten. Estoy en misa, y estas tres salsas de chile son para mí, si usted me disculpa la herejía, la Santísima Trinidad.

Por la noche, duermo como un bendito. Nunca mejor dicho.

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sábado, 14 de febrero de 2015

Madrid

Pícaros y rufianes

El único encanto de Madrid consiste en haber glorificado el tercermundismo. Mientras recorro su centro histórico en pos de mis gestiones, me maravillo de que, quinientos años después del Lazarillo de Tormes, una ciudad así siga existiendo. Viví en ella los años suficientes para saber que, bajo su apariencia moderna y trepidante, miles de pupilos del dómine Cabra pululan día y noche por sus calles con un palillo entre los dientes y unas migas sabiamente esparcidas por la pechera para trocar el hambre en saciedad. Aparente, claro.

Porque en Madrid todo es apariencia. Nunca hay que rascar mucho para encontrarse a flor de calle con esa realidad chabacana y soez maquillada de novela de Pérez Galdós. Excepto, tal vez, si uno es japonés, ruso o qatarí y, bien provisto de pastillas contra la acidez de estómago, admira el lado pintoresco del bandolerismo. Never mind. Al ritmo de los tiempos, la vieja ciudad cortesana ha sabido meter toda esa chabacanería en pan y hacerse un bocadillo. Son ya muchos siglos de sacarle jugo al agua de borrajas.

Si me das una pesetita te doy una estampita

A la vista del sinfín de bares con jamones en el escaparate, uno se pregunta en qué explotación pecuaria del mundo caben tantos gorrinos para tantas pezuñas, orejas, lascas y morcones. ¿Es posible que en alguna comarca de Salamanca o Teruel haya extensiones infinitas ocupadas por cerdos hasta donde alcanza la vista? Tal vez Spielberg o National Geographic deberían venir a investigar.

El capítulo de las comidas merece párrafo aparte. Sin duda, debe ser posible encontrar un restaurante que ofrezca condumios comestibles a precios razonables. Yo no lo he encontrado, pero estadísticamente tendría que existir. Lo que sí es muy fácil de encontrar, en cambio, son -amén de los pizarrones que proclaman "Valencian paella", "sangria", "squid sandwich" y exquisiteces similares para turistas desnortados- restaurantes refitoleros que exhiben cartas sublimes siempre sospechosas de tocomocho.

Pero yo he hecho de la necesidad virtud y estoy de buen humor. Al pasar por delante de uno de ellos y extasiarme con la descripción de tan supremas delicatessen, se me ocurre un menú alternativo que me apresuro a regalar a mis lectores:

     Sopa de hierbabuena con tornillos (del 7)
     Patatas crudas o al salfumant con aroma Pompadour
     Frambuesones de Bengala en torrija de la tía Frascuela
     Espíritu de aguardiente, café verde y pastillas contra el hipo

Tamaña orgía de los sentidos justificaría sin duda una clavada de antología, y el restaurante podría llamarse, por ejemplo, Brown Sierra, The Little Stamp o, ya sin ambages, Louis Candelas' gang. Mind you: se admiten tarjetas.

¿Arde Madrid? (Ojalá)

Mi hotel está en plena Gran Vía, muy cerca de la plaza de España. La habitación está limpia y agradablemente decorada, pero el aire de la calefacción zumba perpetuamente a través de la rejilla sin que uno pueda siquiera graduarlo moviendo la ruedecita de la pared. Pero eso no es lo peor. En las tripas, más que en los oídos, vuelvo a sentir resonando un bum bum remoto y sobrecogedor que no se sabe de dónde viene. ¡Bienvenido a casa!

Me asomo al balcón y escudriño los alrededores, pero no descubro ningún local público sospechoso de tocar el tam tam a las doce del mediodía. Tal vez alucino. Al habla con la recepción, el recepcionista se declara tan sorprendido como yo. Con inocentes balidos de monja de la caridad, me promete indagar. Por supuesto, un día después no he vuelto a tener noticias de él, pero esa misma tarde, al salir del ascensor para dirigirme a la calle, me lo encuentro tronando delante de un cliente cómo él solucionaría no sé qué problema poniendo una bomba nuclear y destruyendo todos los ordenadores del mundo. Con palabras no tan biensonantes, claro. Adorable.

De ladrillos y jamón

Todo eso -y más- es Madrid, y al que no le guste, que se busque otros aires. Como hice yo en cuanto tuve uso de razón (tardé bastante más de lo normal en tener uso de razón). Por desgracia, tendré que seguir viniendo todavía durante una temporada. Tendré que seguir saltando de hotel en hotel sin encontrar nunca uno habitable, reponiendo mis existencias de antiácidos y viendo mermar mi bolsillo injustificadamente, soportando la grosería y la sorna del neanderthal de turno y sobrellevando marrullerías, tacos, timos, trileros, chulerías y excrementos de perro hasta que por fin, un día glorioso, consiga asomarme a una ventanilla de un tren y mirar hacia atrás. Ese día, allá atrás quedará no sólo una ciudad cortesana y cutre hecha de ladrillos y jamón. Atrás quedará también, para siempre, esa parte de mi pasado que habría preferido no vivir.

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martes, 10 de febrero de 2015

Bum bum bum

Cuando yo era pequeño, en tiempos de la dictadura, uno de mis compañeros de colegio me llevó un día a su casa. La vivienda resultó estar situada encima de una nave industrial, y el ruido de unas máquinas terroríficas invadía completamente las habitaciones. Era una pesadilla difícilmente descriptible, frente a la cual el infierno de Dante se convertía en un jardín celestial. Sentí una pena inmensa por aquella pobre familia, que sin duda se veía obligada a habitar aquel infierno por razones económicas. Ni siquiera me cabía en la cabeza cómo era posible sobrevivir con aquel estruendo permanente en los oídos. El ruido lo llenaba todo. Su presencia eclipsaba los colores, las formas de los objetos, el tacto, los sabores, los olores. Un ruido mostruoso, telúrico, apocalíptico.

Mira tú por dónde, muchos años después he vuelto a encontrarme con el Apocalipsis, pero esta vez en mi propio domicilio. Tardé en decidirme a alquilar el piso. Cuando acudí por primera vez con una agente de la inmobiliaria, no encontré sospechoso que los zapatos de madera de aquella mujer resonaran estruendosamente en las habitaciones vacías y que ella hablara sin parar desde que traspusimos el umbral. Le pedí que guardara silencio y escuché. Desde el balcón principal se divisaba el recinto de los delfines del parque oceanográfico, y precisamente en aquel momento el espectáculo estaba en su apogeo. Pero con las ventanas cerradas no se oía nada.

Aquel detalle me hizo pensar que el edificio estaba bien construido, y que podría instalar mi despacho en una de sus habitaciones y trabajar a gusto en él. Trabajo en casa, y no en una actividad manual. Necesito mucha concentración y, por lo tanto, silencio. Aun así, me acerqué en varias ocasiones a merodear por los alrededores y no encontré nada anormal. Era un barrio tranquilo, casi en las afueras de la ciudad. Una de las fachadas daba a unos amplios jardines, y el tráfico en la calle trasera era muy escaso. Además, el piso me gustaba. Me decidí.

El primer día estuvo dedicado a la mudanza, y el tráfago de las cajas y los muebles lo llenaba todo. Pero al día siguiente, oh sorpresa, el espectáculo de los delfines se oía nítidamente a través del ventanal. Soplando en una dirección inhabitual, el viento me había jugado una mala pasada en la primera visita. La realidad cotidiana era que los altavoces, los gritos y los aplausos del público se colaban alegremente en mi salón un día sí y el otro también.

Traté de consolarme pensando que, al fin y al cabo, eran sólo tres o cuatro espectáculos al día y hasta mi despacho no llegaban sus ecos. Pero apenas callaron los altavoces empecé a percibir un bum, bum, bum ininterrumpido que atravesaba todas las paredes. Tal vez había obras en alguna vivienda cercana. Sin embargo, con el transcurso de los días fui descubriendo que el ruido se repetía. Tenía unas pautas fijas, incluso unos horarios. ¿De dónde provendría?

Me costó trabajo aceptar que el origen de aquel martilleo era un gimnasio ubicado en el edificio de enfrente, a más de 50 metros de mi fachada posterior. El bum bum bum de los graves atravesaba las paredes del gimnasio, cruzaba tranquilamente la calle y se colaba en mi vivienda con persistencia obsesiva. En todas las habitaciones, incluido el salón, que está en la fachada opuesta. Jaque mate. Había caído en la peor de las trampas posibles: el Apocalipsis. Y ni siquiera me dejaba escapatoria.

Excepto vivir en la calle, naturalmente. Pero si yo pudiera vivir en la calle no necesitaría un piso de alquiler, y éste lo pago todos los meses. ¿Qué hacer?

Todavía no lo sé. Me he tomado el trabajo de leer las ordenanzas municipales, y en lo referente al ruido son hiper-estrictas. Pero si el Ayuntamiento de Valencia se preocupa tanto por el derecho al silencio de sus votantes, ¿cómo es posible que permita este tipo de agresiones? Es cierto, el gimnasio tiene una licencia, pero la capacidad de molestar al vecindario no puede depender de la fecha de construcción del edificio, igual que nuestros oídos oyen siempre, y no cuando al Ayuntamiento le parece conveniente.

Hasta cierto punto, mis horarios de trabajo son flexibles, pero en el gimnasio la actividad empieza a las 7.30 de la mañana y termina a las 23.30 de la noche. ¿Cómo evadirse? Una sesión de tortura en las mazmorras más tenebrosas de la Inquisición no podría ser más efectiva. Y no soy yo sólo. Al menos uno de los vecinos está también desesperado. Es más, casualmente tiene una empresa de aislamientos acústicos y ha insonorizado completamente una de sus habitaciones. ¿Resultado? Como si nada. Los sonidos inferiores a 100 Hz se transmiten por las estructuras. Nuestro cerebro los percibe como sonidos, pero en realidad son vibraciones que nos sacuden físicamente. Hasta las tripas. Hasta el corazón y las tripas. Una experiencia difícilmente compatible con una sociedad civilizada, me atrevería a decir.

Pues ahí están. Y no son los únicos. La manga ancha de este Ayuntamiento con el ruido no tiene parangón. He aceptado la inevitabilidad de las fallas, esa orgía de tracas y petardos que machaconea día y noche durante una semana inacabable. He aceptado las noches esporádicas de pirotecnia, las noches de San Juan, los camiones de la basura, los botellones, las pasadas de helicóptero, los gritos, las ambulancias. Pero hay cosas que son difícilmente aceptables. En un país civilizado, quiero decir.

Por ejemplo, los espectáculos en la Ciudad de las Ciencias. Cualquiera pensaría que en un lugar con ese nombre lo que la gente acude a ver son experimentos de química, recreaciones de Galileo midiendo la aceleración de la gravedad o conferencias sobre genética al aire libre. Pues no. Los espectáculos organizados en la Ciudad de las Ciencias son, simplemente, actuaciones discotequeras con altavoces de tres metros de altura cuyo tamtam sobrecogedor arrasa miles de metros a su alrededor, tabiques o no de por medio. En ocasiones, empezando a la una de la madrugada. Inefable.

Cabe preguntarse si hay muchos más votantes afectados por estos desmanes. En la medida en que la gente necesita dormir y no usa la cabeza sólo para peinarse, yo creo que sí. Entonces, ¿por qué no han conseguido que el Ayuntamiento haga respetar un derecho tan elemental como el silencio en el propio domicilio? Para responder a esa pregunta habría que explicar, antes que nada, por qué en España la sociedad civil es apenas testimonial. Por experiencia propia he aprendido, con quebranto, que en España reclamar es inútil. Es cierto, podría interponer una denuncia municipal. Quiero decir, podría acudir a una oficina, esperar una cola, rellenar un formulario y esperar meses, quizá años, a que el problema fuera resuelto, posiblemente a favor de mis torturadores. Pero mi salud no tiene tanto margen. Ni mi rendimiento laboral.

Incluso podría interponer una demanda civil contra el gimnasio (de nombre 'Activa', por si alguien tiene curiosidad). Sonrío mientras lo estoy escribiendo. ¿Cuántos meses o años tendría que soportar esta caja de los truenos hasta el día en que un juez desbordado de trabajo sentencie -tal vez- que Activa y sus fornidas aeróbicas están en su derecho de importunar a la población y me condene a pagar las costas del juicio? Sería un gasto muy oneroso, sobre todo si lo sumamos al del sanatorio psiquiátrico en el que para entonces estaré internado.

Entre tanto, voy alternando tapones de espuma con tapones de cera. Sin resultado. Pongo a todo volumen grabaciones de tormentas bajadas de YouTube, ruido marrón y generadores de frecuencias graves, con el resultado de que, al caer la noche, incluso el roce de las sábanas me produce cosquilleos en todo el cuerpo. Me pongo y me quito unos cascos de operario de aeropuerto que compré en algún pasado remoto. Bum, bum, bum. Me desespero. Bum, bum, bum. Podría volver a buscar piso, pero la idea de hacer dos mudanzas seguidas es, simplemente, aterradora. Bum, bum, bum.

Con el búnker hemos topado, Sancho. No sé cómo saldré de este atolladero pero, a este paso, dentro de muy poco tiempo, desde algún sanatorio mental enclavado a ser posible en lo alto de una sierra remota, prometo tenerlos informados. Si sobrevivo.


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viernes, 19 de diciembre de 2014

La honra del profeta

En el Evangelio de San Juan hay unas palabras que con el tiempo dieron lugar a una frase hecha, y que hoy me vienen al pelo para empezar este texto: "el profeta en su tierra no tiene honra". Es decir, cuando uno es profeta todos a su alrededor lo desprecian, lo ridiculizan o lo ignoran. Yo sé lo que es eso.

Butifarras en Alabama

Desde hace muchos años, y por profecías diversas. En los años 90 uno de mis empleadores dejó de contratarme porque traté de convencerlo de la necesidad de flexibilizar nuestra lengua común. Mis argumentos eran sólidos, pero él nunca quiso aceptarlos porque en su interior algo irracional, más potente que la lógica, se lo impedía. Creo que no me equivoco si lo diagnostico como la fuerza de la costumbre. Esa batalla hace años que la he dado por perdida. Mi ex jefe no estaba solo en su confortable conservadurismo, que con los años he comprobado que caracteriza a toda la sociedad hispanohablante, con muy raras excepciones. Los burócratas de las ciencias cognitivas harían bien en estudiar fenómenos como éste, en lugar de experimentar insistentemente con su propio ombligo. Allá ellos.

Por aquel entonces yo me acababa de instalar en Barcelona, y vivía mi nueva experiencia con gran entusiasmo. Pero las elecciones generales se seguían sucediendo, y con cada una de ellas los nacionalistas locales adquirían más competencias administrativas. La sensación de ser tratado como un ciudadano de tercera empezó a hacerse presente en mi conciencia hasta llegar a un punto difícilmente soportable. Por supuesto, no existe nada remotamente parecido a una 'raza catalana', pero aquellos pintorescos individuos se comportaban cada vez más como si ellos fueran del Ku-Klux-Klan y yo fuera un negro de Alabama. Cuando le comentaba a quien quería escucharme que el objetivo era una Cataluña independiente -y racista-, todos lo negaban.

Cosas que nunca bajan (¡palabra!)

En el año 2004 comprendí que el proceso era imparable y emigré. Diez años después, el tiempo me ha dado la razón. ¿Por qué nadie quería reconocer lo que para mí era evidente? Ahora pienso que muchos lo veían tan claramente como yo, e incluso simpatizaban con el ideal totalitario, pero mentían. No todos. Estoy seguro de que muchos creían también sinceramente que la palabra 'independencia' nunca sería pronunciada en el parlamento local. Lo que ocurría es que se negaban a aceptar la evidencia. Otro mecanismo irracional que les regalo a los burócratas de las ciencias cognitivas. De nada.

Estábamos ya en los años de la burbuja inmobiliaria, y pronto comprendí que los precios de las viviendas en España eran absurdos. Se mirase como se mirase, era imposible que un apartamento en un pueblo perdido de Murcia costase más caro que un piso señorial en el centro de Berlín. Sin embargo, por aquel entonces muchos de mis amigos no se conformaban ya con la segunda vivienda en la playa, sino que se embarcaban en una tercera, esta vez para especular, porque, como todos me contestaban con una sonrisa condescendiente en los labios, "la vivienda nunca baja".

En aquella ocasión, el mecanismo irracional que noqueó su capacidad de razonar fue la codicia. Y, por supuesto, ese afán tan español de no ser menos que nadie. Excepto yo, todos a su alrededor estaban hipotecándose, y además por aquel piso que se habían comprado un año antes 'les daban ya' cincuenta mil euros más. Ese 'les daban ya' era una ficción pueril, y ellos lo sabían, porque nadie les había dado nada ni ellos pensaban vender: el valor de su vivienda subiría eternamente, y en su fantasía ellos eran cada mañana más millonarios que la noche anterior. Como en el caso de Cataluña, mis codiciosos amigos negaban la evidencia simplemente porque deseaban fervientemente que la evidencia no existiese.

Los fantasmas de Canterbury

Con el pinchazo de la burbuja vino el llanto y el crujir de dientes, y pronto comprendí que mi horizonte laboral tenía los días contados. "Esto se acaba", le comenté a varios colegas. "No, hombre, no, qué se va a acabar", era invariablemente la respuesta. Sin más. Nadie me explicaba cómo iba a ser posible que un trabajo absolutamente prescindible sobreviviese a la necesidad insoslayable de reducir gastos en todos los países del mundo. Es cierto, los altos cargos seguramente no desaparecerán, porque los amigos de los políticos nunca se quedan en la calle (al menos, en los periodos históricos en que los políticos no son guillotinados en las plazas públicas), pero mi humilde actividad laboral no era ya más segura que una amarilla hoja otoñal sacudida por el viento.

Sucedió lo que tenía que suceder, y los que negaban la evidencia se encontraron con que avanzaban con el paso cambiado. Como en los episodios anteriores, el mecanismo psicológico que había obnubilado su raciocinio era la inercia. Cuando las cosas van pasablemente bien, nadie quiere complicarse la vida reconociendo que pueden ir peor. Sí, podemos sospechar que unos kilómetros más adelante hay una catarata, pero da tanta pereza remar contra la corriente...

Lo que quiero evidenciar con esto no son mis virtudes visionarias, sino la realidad de que el ser humano es bastante más irracional de lo que queremos creer, particularmente cuando comparte su irracionalidad con muchos semejantes. En tales casos, además, las consecuencias suelen ser nefastas. Si uno cree en los fantasmas del castillo de Canterbury, uno es un extravagante. Pero si todos creen que el Sol gira alrededor de la Tierra, entonces no hay más que hablar: El Sol Gira Alrededor De La Tierra.

Desde el gulag con amor

Por supuesto, la prueba irrefutable de que el Sol no gira alrededor de la Tierra no es ninguna medición astronómica, sino la curiosa circunstancia de que decirlo fue tabú. Si uno está realmente convencido de su verdad, ¿por qué prohibir a los demás que afirmen lo contrario? A los místicos, a los monjes budistas y a los físicos experimentales les importa una higa lo que uno pueda decir sobre la Santísima Trinidad, el yang o la fusión fría. Pero el inquisidor Torquemada, los defensores del cambio climático o los militantes de izquierdas no toleran disidencias. ¿Tantas dudas tienen?

En los libros de historia, doscientas páginas después de Torquemada la Inquisición fue una barbaridad, como lo será el cambio climático dentro de otras doscientas páginas. Pero los tabúes de izquierdas parecen resistir el paso del tiempo. Cien años después de Lenin, se mantienen tan lozanos como si se sumergieran todas las mañanas en áloe vera. ¿Cómo hacen?

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Para empezar, juegan con ventaja. Desde la caída del Muro de Berlín, la sociedad europea ha ido arrinconando la libertad individual para sustituirla por la libertad de consumo. Nos han convencido de que ser libres es poder escoger entre cien marcas de yoghourt o cien mil aplicaciones para el móvil, y a cambio aceptamos sin rechistar que nos mangoneen en los aeropuertos, que nos impidan fumar sin molestar a nadie, que nos obliguen a ponernos casco para ir en moto o que nos graben cuarenta cámaras diferentes cada vez que salimos a la calle. Poco a poco, deslumbrados por las tarjetas de crédito, las descargas P2P, los 'amigos' de facebook y los vuelos baratos, hemos ido entregando parcelas de libertad que cada día será más difícil recuperar.

Querámoslo o no, la balanza de nuestras vidas se decide entre dos enemigos irreconciliables: seguridad y libertad. Por eso, la pérdida de libertad en Europa ha ido acompañada de una exigencia creciente de seguridad. Que es en lo que estamos. La libre competencia es una entelequia aplastada por los oligopolios y la corrupción, la libertad de voto se reduce a dos o tres opciones alarmantemente parecidas entre sí, la iniciativa privada debe enfrentarse a una legión de regulaciones, normas y trámites burocráticos, y el destino del dinero que uno gana lo decide, en buena parte, el Estado. No me digan que la criatura no se parece a la extinta Unión Soviética.

Pero esto ya no se puede decir, porque toda la sociedad ha interiorizado el modelo y se siente cómoda dentro de él. Ahora la Tierra es plana, y el que lo niegue es un hereje.

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La única diferencia entre dictadura y totalitarismo es que la dictadura es impopular. La ideología franquista nunca tuvo muchos simpatizantes no porque fuera un adefesio, sino porque todos la vivíamos como una imposición. Pero las ministras de cuota, el derecho a una hipoteca, el reciclado de las basuras o España nos roba, siendo un adefesio igual de grotesco, gozan de gran popularidad porque dimanan directamente de 'la Democracia'. Que es algo así como decir las Tablas de la Ley.

Al principio, remar contra la corriente da pereza pero, cuando uno está acostumbrado a la rutina, lo que infunde es miedo. Miedo a lo desconocido y, sobre todo, miedo a la disidencia. La mejor arma de la izquierda ha sido siempre la propaganda, y consiste esencialmente en acusar a todos los demás de 'fascistas'. Sorprendentemente, porque el fascismo fue una escisión del socialismo en Italia, y la palabra 'nazi' es una abreviatura de 'Nationalsozialismus'. No hace falta que lo traduzca, ¿verdad?

No era sólo una palabra. Como buen italiano, Mussolini nunca pasó de los buñuelos de viento ideológicos, pero Hitler acabó con el desempleo en Alemania construyendo autopistas, y Franco creó la Seguridad Social y erradicó el analfabetismo en España. ¿Eso quiere decir que el totalitarismo es bueno? No, pero como mínimo significa que el socialismo no es incompatible con el fascismo. Y de ninguna manera es su antídoto, como se empeñan en hacernos creer los 'progresistas' europeos desde hace medio siglo.

De hecho, en los años 30 el partido nazi en Alemania se nutrió en buena parte de antiguos comunistas, que se pasaron de un extremo ideológico al otro con absoluta naturalidad, del mismo modo que hoy en Francia el Front National está ganando votos en los barrios proletarios de las grandes ciudades, tradicionalmente feudos de la izquierda más recalcitrante.

Las gemelas Pili y Mili

En Europa, la palabra 'socialismo' no describe ya una posición ideológica, sino una tradición. No me estoy refiriendo a las purgas de Stalin o a los millones de chinos exterminados por Mao -que también forman parte de la tradición-, sino a la idea de que el Estado debe decidir por nosotros para salvar a la sociedad del caos y la injusticia. La palabra adecuada, hoy, es 'socialdemocracia', o 'estado del bienestar'. Pero, adoctrinados y acostumbrados al discreto encanto de la seguridad, los ciudadanos europeos no son ya conscientes de hasta qué punto es denigrante esa noción. Que el Estado decida por nosotros quiere decir que no nos considera capaces de decidir por nosotros mismos. Este es el argumento implícito que durante siglos ha justificado, entre otras atrocidades, el esclavismo y la postergación de las mujeres como ciudadanos de segunda categoría.

Pero el Estado del bienestar es proclamado también como una 'conquista' irrenunciable por los partidos de derechas. Ningún partido de derechas se declara dispuesto a liberar al individuo de la tutela del Estado, a reducir los impuestos al mínimo imprescindible o a privatizar la seguridad social. ¿En qué se diferencian, pues, la izquierda y la derecha en Europa?

En muy poco. El discurso, sí, es diferente, pero los principios -si alguna vez los hubo- han desaparecido. Ahora lo único importante son los votos, y los 'derechos' sociales dan votos. Es una espiral vertiginosa: cuantos más derechos, más votos. El Estado del bienestar ahora es imprescindible... para mantener los privilegios de los políticos. La corrupción, por supuesto, es la misma en los dos bandos. ¿O debería decir 'en las dos bandas'?

El paraíso de las cañas de pescar

El problema del Estado del bienestar es que es a crédito. La definición de Margaret Thatcher -"el socialismo consiste en gastarse el dinero de los demás hasta que se acaba"- es esencialmente correcta. Durante años, el maná del crédito fácil hizo pensar a muchos que la utopía había llegado: sanidad universal y gratuita, hipotecas a precios de risa y sin condiciones, ayudas sociales, subsidios, cornucopia de nuevos puestos en los ministerios, trenes de alta velocidad y obras faraónicas. El prestigio del Estado subió como la espuma, pero a costa de pagar la deuda no con unos impuestos razonables, sino con con unos impuestos confiscatorios... y con más deuda. Así, cualquiera.

Entonces ¿es una utopía aspirar a un Estado sin pretensiones que se limite a administrar unos impuestos moderados, a defender la libertad del individuo y a ejercer de árbitro de la libre competencia? En estos tiempos y en Europa, parece que sí. Medio siglo de Estado del bienestar ha inclinado desproporcionadamente la balanza en favor de la seguridad y en contra de la libertad, y los valores sociales están horriblemente deformados. La libertad no es sólo para hacer lo que a uno le dé la gana, sino también para equivocarse. La seguridad atenúa mucho los riesgos, sí, pero reduce mucho la libertad. Y la dignidad del ser humano no consiste en que otros lo vistan y lo alimenten, sino en el orgullo de ganarse la vida con su propio esfuerzo.

Para eso hace falta una sociedad no de amiguetes ni de oligopolios ni de funcionarios, sino de oportunidades. Que no regale pescados, sino cañas de pescar. Y que defienda de verdad la libre competencia, que es la única manera conocida de conseguir los mejores productos posibles al mejor precio posible. Pero no me hago ilusiones. Ya sé que, en estos momentos, todo eso es mucho pedir. El espejismo de los derechos a crédito todavía no se ha roto, y ojalá que la ruptura, cuando llegue, no sea traumática.

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jueves, 9 de octubre de 2014

Autosuficiencia

Es todavía muy pronto para hablar del ébola con conocimiento de causa. Lo que sabemos de esa enfermedad es mucho menos que lo que sabemos de la gripe o el sarampión, fundamentalmente porque en Africa no tienen, ni de lejos, los mismos medios que nosotros para estudiarla. A decir verdad, ni siquiera tienen tiempo. Por eso, no sólo las personas que podrían estar incubando la enfermedad, sino incluso la información que les llega a nuestros médicos de aquel continente debería ser puesta en cuarentena.

Se insiste en que el contagio sólo es posible si uno entra en contacto con secreciones corporales de un enfermo que tenga síntomas evidentes, y se insiste (o hasta hace unos días se insistía) en que no puede hablarse de ébola mientras la fiebre no alcance los 38.6º. Ambas afirmaciones desafían el sentido común. Para llegar a tener 38.6º de temperatura, todos los enfermos de ébola han tenido antes que tener 37º, 37.5º, 38º, etc., de modo que según ese criterio ningún médico les podría diagnosticar la enfermedad a tiempo. Pero incluso aceptando ese umbral de diagnóstico, ¿estamos seguros de poder descartar la enfermedad en alguien que tiene 38.5º de fiebre? Además, los habitantes rurales de Liberia probablemente no conocen el paracetamol ni de oídas, y no saben que si se tomaran uno o dos comprimidos les bajaría la fiebre.

Pero nosotros -y nuestros médicos- sí lo sabemos. Si se tratara de una enfermedad relativamente benigna, como la gripe, todas estas sutilezas no tendrían mucha importancia, pero cuando la tasa de mortalidad ronda el 50% uno ya no está para bromas. Todas las precauciones son pocas, y esa es la razón por la que todos los días vemos en alguna pantalla esas imágenes impresionantes que hace sólo unos años habrían sido de ciencia-ficción: médicos y enfermeros (el adjetivo 'heroicos' se queda corto para describirlos) vestidos de astronauta, desvistiéndose con exquisito cuidado para no contagiarse. En hospitales improvisados y a temperaturas del aire suficientes para cocer un cangrejo, añado.

Lo que no entiendo es por qué toman todas esas precauciones si sólo pueden contagiarse en contacto con secreciones corporales de los enfermos. ¿No bastaría con unos guantes de látex hasta el codo y una ducha antiséptica después? Vale, añadamos una mascarilla en la cara por si el enfermo estornuda o tose inopinadamente. ¿Por qué tomarse el trabajo de vestirse de astronauta?

Tan poco contagiosa es esa enfermedad que la enfermera que la ha contraído hace unos días en Madrid iba vestida de astronauta, y -supuestamente- siguió al pie de la letra el protocolo de seguridad hasta el momento de quitarse la vestimenta protectora. De modo que, de entrada, nadie sabe cómo se ha contagiado. Aunque, ahora que lo recuerda, cree que en algún momento se tocó la cara con un guante mientras se desvestía. Estoy tratando de identificar alguna enfermedad de la que uno se contagie tocándose la cara un instante con un guante desinfectado, pero no se me ocurre ninguna. Naturalmente, quiero pensar que antes de desvestirse la enfermera fue sometida a una ducha antiséptica.

Ya se sabe que España es el país de la fiesta y del 'todo vale'. No por casualidad es el gran destino turístico de medio mundo y uno de los países con cero universidades entre las 100 mejores del planeta. Quizá por eso no es de extrañar que en las imágenes publicadas por la prensa veamos con frecuencia a personas que, oye, tú, no se agobian más de lo necesario. Por ejemplo, aquel conductor de ambulancia fotografiado trasladando al misionero enfermo de ébola, o uno de los que ayudaban a bajarlo del avión, que llevaban, ambos, el traje de astronauta con la cremallera abierta. Ya se sabe, el calor... Total, no pasa nada, hombre.

Esa autosuficiencia, tan española pero sobre todo tan madrileña, no es sólo patrimonio del imbécil de a pie. También el imbécil electo la padece, y la cosa es tanto más grave cuanta más responsabilidad recae sobre sus hombros. Pero si la responsabilidad es evitar la versión 2.0 de la peste bubónica en el planeta Tierra, habría que preguntarse si nuestros gobernantes deberían andar sueltos hoy. Yo me lo pregunto, pero me temo que la policía y los jueces se limitarán a rezongar en privado y, tal vez algún día no muy lejano, caer en cama con 38.6º de fiebre.

Leyendo y mirando las noticias estos días, no he podido evitar acordarme de la lejana crisis del 'Prestige'. El ministro de turno por entonces era Mariano Rajoy, y su actitud frente a aquella crisis fue exactamente la misma que ahora: dejemos trabajar a los expertos. Así, si los expertos se equivocan, la responsabilidad no será de Mariano Rajoy, sino de los expertos. Los expertos se equivocaron con el 'Prestige' y se han equivocado con el ébola, pero ya se sabe que en España nadie es responsable de nada, y mucho menos que nadie los miembros del Gobierno.

De hecho, cuando los miembros del Gobierno adoptan una medida la justifican diciendo que lo hacen porque "les parece oportuno". Ninguna mención a su programa electoral, que es la única razón por la que, en teoría al menos, el votante les da su voto. ¿Y si resulta que les parece oportuno pero contraviene su programa electoral? Bah. No pasa nada. Estamos en España, hombre.

Así que a la ministra le pareció oportuno traer de Africa a un misionero moribundo porque a sus votantes católicos les enternecen esas cosas y porque, además, tenemos la mejor sanidad del mundo (a pesar de que el ranking mundial de universidades -y una visita a algún que otro ambulatorio de la Seguridad Social- no corrobore esta afirmación). Total, pase lo que pase la ministra no va a dimitir. Ya explicó en cierta ocasión que no había reparado en aquel Jaguar nuevo que había aparecido un día en su garaje, y el presidente del Gobierno no encontró razones para cesarla.

Se ha bromeado mucho con la coincidencia de que un banquero se apellide Botín, pero no tanto con la circunstancia de que una ministra de Sanidad se llame Mato. Aunque, para que la broma fuera completa, la ministra tendría que llamarse Olvido. La pobre tiene tan mala memoria que no es capaz de hacer declaraciones sin leerlas, y no hay que descartar la posibilidad de que esa señora pase por el ministerio como por su garaje y sean unos oscuros pendolistas los que le escriben las declaraciones a la prensa.

Parece difícil de creer, pero tengo la impresión de que buena parte de los españoles no son conscientes de la gravedad de la situación. Ayer mismo, en una encuesta improvisada en la televisión, casi un 50% de los encuestados afirmaba no tener ningún miedo a contagiarse de ébola. Mientras aparecían en la pantalla los resultados de la encuesta, tras mi ventana la noche se llenaba de fuegos artificiales. Supongo que esto es lo que los romanos llamaban panem et circenses. No hace falta mucho más. Porque en España, desde el último mono hasta el primer ministro, todos vamos sobrados.

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