domingo, 22 de enero de 2012

El nombre de la calle

Siempre que paso por Playa Chica, en el Paseo de Las Canteras, reparo en el nombre de una calle que me trae resonancias tremebundas. Mi fantasía entonces se dispara y, en algún pasado terrible, imagino hazañas de legionarios heroicos, penitentes arrastrando cadenas en procesiones de Semana Santa, mártires de las Cruzadas, o estigmas de soldados deportados a la isla Molokai. Pero nunca me había tomado la molestia de investigar quién era ese misterioso personaje que da nombre a la calle: el sargento Llagas. Hoy lo he averiguado y, como era fácil de suponer, la cosa no era para tanto.

El sargento Llagas era un sargento de carabineros que vivía en la casa-cuartel del puerto de Las Palmas. Corría el siglo XIX. De creer a los cronistas, aquel edificio era algo así como el camarote de los hermanos Marx. En sólo dos estancias, se albergaban en él el comandante militar, el alcalde de mar, el delegado de sanidad, el alcalde pedáneo, el médico, el boticario y el sacristán de la ermita de La Luz. Cuenta la tradición que, cuando arribaba a tierra algún viajero fatigado por las penalidades de la navegación, el sargento lo acogía en la casa-cuartel y le daba de comer de lo que hubiera en la cocina: cazuela de pescado, escabeche, pan y vino, e incluso café, y acompañaba la comida con las últimas noticias que el viajero, venido de tierras lejanas, sin duda le pedía.


Frente a la casa-cuartel estaba el mesón de su hija, conocida por todos como Seña Rosarito, y rememorada también hoy con el nombre de otra calle no muy lejos del puerto, en el cercano barrio de La Isleta. Según un cronista llamado Cirilo Moreno, la Seña Rosarito era “dueña y señora del puerto, y preparaba como nadie la sopa de marisco”. De cuando en cuando, algunos jóvenes de la capital acudían al lugar montados en su propio burro y, los menos pudientes, a lomos de un borrico de alquiler. Por aquel entonces, para llegar al puerto había que atravesar las dunas de El Refugio. El viento, impenitente en esa parte de la isla, borraba frecuentemente los caminos y trochas que venían de Las Palmas, y no era raro que el pollino, debilitado por el calor y por el esfuerzo de caminar sobre la arena, se cayese con su pasajero a cuestas, o incluso rodase por las dunas hasta terminar encima de él. Los excursionistas, que iban a La Isleta a pasar el día, comían en el mesón de Rosarito y seguidamente, como buenos canarios, dedicaban el resto del día a cantar aires de la tierra y, según la edad, a perpetrar alguna que otra gamberrada, que las crónicas no especifican.


En el año 2000, una excavación arqueológica en la calle Rosarito descubrió dos esqueletos maniatados, testimonio, según los historiadores, del ataque del holandés Van der Does a la isla en el año 1599.


Uno de los puntos de referencia de la calle Sargento Llagas es el bar Texas, ya muy venido a menos, pero superviviente aún de los prósperos años 70, aquella época en que los turistas no habían descubierto todavía la Playa del Inglés. El propietario, Antonio Araña, trabaja en la hostelería desde los once años. Empezó como camarero muy cerca de allí, en un bar llamado Astor, frecuentado entonces por americanos que trabajaban en las plataformas petroleras de la costa africana. Un día, Antonio decidió abrir su propio bar, cuyo nombre escogió porque todos aquellos americanos, según él, eran de Tejas. Por eso, además, les ponía siempre música country.


Los americanos venían cargados de dólares, que se gastaban en los bares y cabarets del puerto hasta que, en los primeros años 80, las cosas cambiaron y dejaron de acudir. En los años buenos, Antonio abría a las diez de la mañana y ya tenía a 15 o 20 en la puerta, esperando. Ahora el Texas está más tranquilo, pero turistas, según él, no faltan. Incluso hay extranjeros de avanzada edad que regresan al bar después de muchos años. La mayoría, mujeres que se enamoraron de camareros y quieren rememorar aquellas horas felices. Algunos clientes, como Horacio, el hijo de Macario el futbolista, viene por allí desde que era un chiquillo. Han venido incluso periodistas suecos, sin que él lo supiese, y luego se ha enterado, por los clientes, de que en Suecia habían publicado algún reportaje sobre su bar.


Además de la barra, las mesas y las fotos que los clientes han puesto en las paredes, un elemento inseparable del bar Texas es el camarero Emilio Monagas, que lleva ya 30 años trabajando allí. La gente cree, incluso, que Antonio y él son los dueños, pero no, él es sólo un camarero. Empezó a trabajar en el Texas a los treinta y tantos y, si Dios quiere, se piensa jubilar en él. Los americanos eran tipos muy fuertes y rudos, explica, pero eran también gente muy buena. De vez en cuando había algún follón, claro, porque se tomaban muchas copas, pero dentro del bar nunca hubo problemas, porque eran muy respetuosos y, antes de empezar la pelea, salían a la calle.


De entonces recuerda Emilio a clientes muy queridos, como el gran boxeador Cloroformo Cabrera, gran amigo y compadre. Ahora, el cliente más viejo que tienen es un noruego al que llaman Finn, que vive allí al lado. Es pensionista. Emilio lo conoce desde que empezó a trabajar en el Texas. Pero hay muchos, muchos más. Tantos, que no sería capaz de nombrarlos a todos.



A partir de hoy, cuando pase por la calle del Sargento Llagas ya no pensaré en el lazareto del padre Damián ni en héroes mutilados en guerras de religión, sino en la sopa de Rosarito, en las dunas de Las Canteras y en los americanos de Tejas que frecuentaban el bar de Antonio Araña. Que eran, según dicen, todos ellos buena gente.


Y mi recuerdo de Las Palmas será, estoy seguro, un poquito más entrañable.



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martes, 17 de enero de 2012

S.O.S.

"¡Hola! Este es el servicio de emergencias de la Comunidad Autónoma de Barataria. El coste de esta llamada es el mismo que el de una llamada estatal, si llamas desde un teléfono fijo, o el que hayas contratado con tu operador para los números que empiezan por..."

"¡Socorrooo!"

"... más IVA. Te recordamos que también puedes contactar con nosotros en nuestra página web: uve doble... uve doble... uve doble... emergen..."

"¡Ayúdenme, por favor! Estoy en la sierra de..."

"... punto com. Para tu seguridad, te informamos de que esta llamada podrá ser grabada. Por favor, dinos cuál es el motivo de tu llamada..."

"... y no encuentro el camino. Además, creo que me he roto un brazo..."

"Si has tenido un accidente, pulsa... uno, o di en voz alta 'accidente'. Si has sido o estás siendo objeto de una agresión, pulsa... dos, o di en voz alta 'agresión'. Para cualquier otro motivo, pulsa... tres, o di en voz alta 'otros'"

"¡Las tres cosas a la vez!"

"Disculpa, pero no te hemos entendido. Si has tenido un accidente, pulsa... uno, o di en voz alta 'accidente'. Si has sido o estás siendo objeto de una agresión..."

"¡Otros!"

"Tu respuesta ha sido... ... ... Otros. ¿Es correcto?"

"¡Sí!"

"Muy bien. Por favor, dinos cuál es el motivo de tu llamada"

"¡Me he resbalado por un terraplén y me he caído en un panal de abejas! Estoy corriendo por el bosque, pero no sé si voy en dirección a..."

"Tu respuesta ha sido... ... ... 'Tres balas... con un perro al tren'. ¿Es correcto?"

"¡¡No!!"

"Por favor, dinos cuál es el motivo de tu llamada. Si has tenido un accidente, pulsa... uno, o di en voz alta 'accidente'. Si has sido o estás siendo objeto de una agresión..."

"¡¡¡Quiero hablar con un ser humano!!!"

"Disculpa, pero n... os... ndido. Si has tenido un accidente, pulsa... uno, o di... oz alta... idente'..."

"Piiip"

"Has seleccionado la opción 'Otros motivos' ¿Es correcto?"

"¡Sí!"

"No te retires. Te paso con un operador... [Música entrecortada de David Bisbal, muy fuerte]... En este momento, todos nuestros operadores están ocupados. Te recordamos que también puedes contactar con nosotros en nuestra página web: uve doble... uve doble... uve doble..."

"¡Por favor! ¡Tengo un brazo roto, y me está picando un enjambre de abejas. Además, me caí encima de un oso que estaba comiéndose la miel, y que me está persiguiendo...!"

[Música entrecortada de David Bisbal, muy fuerte]... En este momento, todos nuestros operadores están ocupados. Te recordamos que el coste de esta llamada... Clic. Clic. Crac... Un momento, por favor... Si deseas información sobre nuestros productos, pulsa... uno... o di en voz alta 'productos'. Si llamas desde otra Comunidad Autónoma, pulsa... dos, o di en voz alta 'directorio telefónico de otras Comunidades Autónomas'. Para cualquier otra consulta, pulsa... tres"

"¡Socorroooo!"

"Disculpa, pero no te hemos entendido. Si deseas información sobre nuestros productos..."

"¡Roarrrrgghh! 'Aaargh!"

"Has seleccionado... '...o desde otr... d Autónoma' ¿Es correcto?"

[Zumbido de abejas furiosas]

"Disculpa, pero no te hemos entendido. Si deseas información..."

"¡Aaah! ¡Me está mordiendo una pier...! [El zumbido aumenta de intensidad] ¡Groarrrr!... Ñam, ñam"

"Lo sentimos, pero no podemos entender tu respuesta. Muchas gracias por tu llamada."

¡Clic!

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sábado, 14 de enero de 2012

Mirada atrás

Supongo que, con el tiempo, es inevitable mirar más hacia atrás. En los primeros años de la vida el instante pesa abrumadoramente más que el pasado, pero los recuerdos son un universo que empieza con un big bang y, con el tiempo, llega a estar tan poblado que necesitamos telescopios para explorarlo. Uno de esos telescopios es el que yo desplegué la otra noche, como quien dice sin querer. Mi magdalena de Proust: unas postales antiguas halladas entre las páginas de un libro.

Las postales me retrotrajeron a una generación de amigos poco más que adolescentes. ¿Qué habría sido de ellos? El oráculo Google vino en mi ayuda. Fui probando nombres, huroneando enlaces, siguiendo pistas, y no tardé mucho en encontrarme con las imágenes de aquellos antiguos amigos, un poco más que madurados por el paso del tiempo. Las imágenes, además, iban acompañadas de información suficiente para reconstruir el trazo grueso de sus respectivas trayectorias.

Por lo menos en dos casos, que llamaré Julián y Milán. Los tres nos llevábamos estupendamente. Es fascinante ver cómo aquellos rasgos de carácter, que por entonces nos parecían sólo la sal y pimienta de la vida, nos han ido empujado por caminos tan divergentes. La tentación de sorprenderlos con una visita me duró poco. No tendríamos nada de qué hablar.

Julián estudió Matemáticas y, cuando empezó a trabajar, lo hizo como informático. Tenía los ojos profundamente negros. A su mirada intensa, siempre un punto incendiada, se sumaba una voz grave y resonante. Era racionalista a ultranza y, con esa pizca de elegancia intelectual que siempre ha conferido el trotskismo, pasó de las algaradas estudiantiles a la acción política clandestina. Años después, sin embargo, empezó a interesarse por la psicología de Jung, primero, y en seguida por el tao y las filosofías orientales en general. Un día, me lo encontré y me contó que había aprendido cierta técnica de respiración que servía de base para algo así como un psicoanálisis iniciático, cuya descripción me puso los pelos de punta. Incluso me envió un par de veces invitaciones a aquellos cursillos, que yo ignoré.

Después, le perdi la pista. Ayer lo vi fotografiado en una especie de consulta médica, con la misma mirada penetrante aderezada ahora por una perilla a lo Genghis Khan. Es la cabeza visible del movimiento en España. Ha creado su propia escuela filosófica, y ejerce como terapeuta o guía espiritual en esa curiosa variedad de aquelarres emocionales que, por lo visto, lo dejan a uno nuevo. De la informática ya ni se acuerda.

Milán era el más superficial de los tres y, quizá por eso mismo, el que más éxito tenía con las chicas. Tocaba la guitarra y cantaba -cantábamos- durante horas y horas todas aquellas canciones que tanto nos gustaban. Tenía un carácter débil, más de adolescente que de adulto, que no le impidió, años después, ingresar también en la clandestinidad y también en el selecto olimpo trotskista. En cierta ocasión me invitó a su piso de estudiante y, apenas traspuse el umbral, me indicó con un aspaviento que bajara la voz. Señaló una de las habitaciones. "No hables alto, que el obrero está durmiendo". El obrero era el único militante de su partido que no era estudiante, y lo mimaban como un jarrón de la dinastía Ming. Eran las 12 del mediodia, y el obrero seguía durmiendo. De hecho, nunca lo llegué a conocer.

Cuando llegó la democracia, Milán ingresó en el PSOE con la intención solapada de radicalizar a sus militantes y repoblar con ellos los páramos de la cuarta internacional. Pocos años después me enteré de que ocupaba un alto cargo en la Administración regional. Había estudiado Económicas, aunque nunca fue un alumno muy brillante, y él lo sabía. Anoche lo pude ver hablando en Internet, todavía con el mismo aire inofensivo, siempre superficial en sus disertaciones pero, por alguna razón, todavía lánguidamente simpático. Y me recordó al protagonista de mi segunda novela. Quizá, como él, éste también sobrevive porque no molesta.
Y cuando digo sobrevive, digo poco. La lista de cargos institucionales que simultanea es inacabable. Me intriga cómo, con un bagaje personal tan poco impresionante, ha podido este hombre trabar una red de contactos tan extensa en los camerinos del poder. Una de las noticias que hablaban de él informaba de su detención por la Guardia Civil, por pertenencia a una trama de subvenciones no justificadas, en los años 90. Y una segunda detención, unos cuantos años después, por razones parecidas. Pero de juicios ningún periódico menciona nada, y el hombre sigue ahí, tan tranquilo, dando charlas sobre las cenefas de la nada y ocupando jefaturas a diestro y siniestro. Me incomoda decirlo pero, pese al cúmulo de evidencias que pesan contra su persona en los dos casos de corrupción, sigo sintiendo simpatía hacia él.

Julián y Milán, cada uno en un planeta exótico de una galaxia diferente. Pliego el telescopio y me voy a dormir.  En fin de cuentas, para ser lo que somos, y no para otra cosa, hemos nacido.


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lunes, 19 de diciembre de 2011

Amsterdam, one way

(Comienzo)

El empleado del mostrador me expide el billete. Estación central, ida sólo. Lo recojo y, empujando mi maleta, me abro paso entre la multitud del aeropuerto hasta llegar al andén. El tren a la estación central está ya allí detenido, con las puertas abiertas, a punto de salir. Entro apurado con mi maleta, casi a trompicones, en el momento justo para oír las puertas cerrarse detrás de mí. El tren arranca. Un par de minutos después mi vagón ha dejado atrás el túnel del aeropuerto, y yo he conseguido por fin sentarme junto a una ventanilla, respirar fuerte, mirar el paisaje y tratar de pensar, todavía un poco adormilado.

Son las 9 y media de la mañana. Atrás quedan ya un amanecer a 30.000 pies de altura, un madrugón en un hotel de aeropuerto y una noche de imprevistos en Barcelona. Si hay una ciudad hostil en el mundo –excluyendo, posiblemente, Bulgaria, capital Sofia-, Barcelona se esfuerza con admirable perseverancia por no perder el título. Es curioso, o quizá revelador, cómo una ciudad tan obsesionada con el diseño de vanguardia puede ser tan autista en las relaciones humanas. Pero atrás han quedado ya el retraso desesperante del avión, el retraso desesperante de la cinta transportadora de equipajes, la noticia de que mi siguiente avión despegará sin mí, media hora de gélida espera de un shuttle que no llega, la noticia telefónica de que el conductor “se ha ido a cenar”, un indignado cambio de planes que me conduce a un hotel imprevisto, escogido al azar, bellamente decorado, y amueblado con música chill out a volumen de discoteca, una habitación a temperatura cuasi-polar, un taxi que nunca llega en medio de una noche de lobos, una cena de amigos entrañable en Barcelona y, por último, unas pocas horas de sueño en una cama confortable antes de emprender el vuelo otra vez a las siete de la mañana y ver amanecer sobre Francia, a 30.000 pies de altura, adormilado todavía. Igual de adormilado que ahora, cuando el avión está aterrizando ya en el aeropuerto de Amsterdam.

El taxi, conducido por un personaje hierático con barba de integrista musulmán, se detiene frente al hotel. Ni él ni yo parecemos tener ganas de intercambiar palabras. Me apeo en silencio, recojo mi maleta y me encamino a la recepción. La recepción del hotel es acogedora, pero los pasillos interiores y los apliques de las paredes son una sinfornía de ángulos rectos. Calvinismo at its best.

Habitación 621. Apenas tengo tiempo de entrar, abrir la maleta, recoger una bufanda y salir pitando hacia la Universidad. Tengo una cita a las 13.00, una hora antes de que comience el taller sobre “Inquisitiveness”. Ni siquiera me he molestado en averiguar qué diantres significa ese título. El taller que a mí me interesa es sobre lenguajes de signos, que será el miércoles. En el mostrador de inscripciones me entregan unas hojas informativas, un distintivo con mi nombre, un mapa y unos vales para el comedor universitario. Es mediodía, y el profesor Reinhard todavía no ha llegado.

Mientras organizo todos los papelotes que me acaban de dar me siento a esperar en un pasillo luminoso, rodeado de estudiantes que charlan animadamente. Algunos me miran con disimulo. Todas las universidades tienen algo de intemporal, con sus tablones de anuncios, su olor inconfundible, sus carpetas de apuntes y su porcentaje de estudiantes desaliñados, con déficit de peluquería o de maquinilla de afeitar. En el interior de un aula se oye una salva de aplausos. A los pocos minutos, otra. Las ponencias están terminando. Por fin, los asistentes salen, casi atropellándose unos a otros.

Localizo a Reinhard entre la multitud. Nos saludamos, y me dejo conducir hasta el aula 0.14, que ha quedado vacía. Una vez sentados, el profesor deposita mi artículo sobre un pupitre blanco y me pregunta si soy físico. Él ya sabe que sí, pero lo que más parece interesarle es mi especialidad. Le digo la verdad: física teórica. Pero no se conforma. ¿Física cuántica? ¿Relatividad? Para no perderme en explicaciones, le respondo que física cuántica. Parece levemente decepcionado. Él también es físico, pero su especialidad es la relatividad. Intuyo que he tenido suerte. Sólo tenemos una hora, y la cita no era para hablar de física, sino de lingüística. No perderemos tiempo yéndonos por las ramas.

El profesor Reinhard es rubio, casi pelirrojo. Tiene ojos azules y facciones expresivas. Es veterano ya, quizá a punto de jubilarse. Yo estaba preparado para un interlocutor distinto, alguien vagamente arrogante o amablemente remoto, pero él se muestra amistoso, quizá por la complicidad de ser él y yo físicos. Como buen alemán, después de unos breves circunloquios va al grano. Trae hechas algunas anotaciones manuscritas en los márgenes de mi texto. Las miro con avidez mientras escucho atentamente sus observaciones, en un inglés pastoso que, si fuera comida, se me ocurre pensar, sería porridge.

Conversamos durante casi una hora, hasta que empiezan a llegar los primeros asistentes. O quizá debería decir los primeros feligreses. Mientras respondo a sus preguntas, trato de retener todos los detalles de la conversación, para analizarla después en frío y sacar conclusiones. Sé que deberé explicarme con la mayor nitidez posible y contra reloj, para no dejarnos nada en el tintero. Por fin, después de tres cuartos de hora que se me hacen cortísimos, tengo la impresión de que hemos llegado a un punto muerto. Ninguno de los dos parece tener más que decir. Le doy sinceramente las gracias, y me despido. En el aula, la primera ponencia está a punto de empezar.

Un rato después, en el comedor universitario, ante un sandwich crujiente y un zumo de naranja, medito sobre la conversación. La conclusión que se va abriendo paso en mis entendederas es cada vez más clara: este hombre no se ha enterado de nada. A pesar de sus anotaciones manuscritas, es evidente que se ha limitado a una lectura superficial. Me habla de desambiguación léxica cuando yo he definido la desambiguación en abstracto, como elemento básico del proceso de información. Me habla del concepto de ‘focus’ en un sentido que yo no le he dado, y que he dedicado una sección entera a explicar. Me remite a Montague, cuando es evidente que mi argumentación no encaja en la semántica formal. Me habla de información en sentido cuantitativo, cuando yo he dejado claro desde las primeras líneas que mi planteamiento es cualitativo. Y por último me sorprende, ya casi al final, dándome a entender que no ha comprendido ni siquiera la definición de categoría, que es el punto de partida para la construcción del modelo.

Empezaba a estar claro que Reinhard trataba todo el tiempo de llevar el agua a su molino, negándose a aceptar la idea de que aquel texto podía no tener nada que ver con ninguna de las teorías que él conocía. Entiendo que pueda dar mucha pereza leerse 45 páginas de alguien que no es alumno tuyo, sobre todo cuando las ideas que ese alguien está proponiendo son inclasificables. Es más, ya me lo esperaba, y lo disculpo incluso. Como él mismo dijo, hay unas reglas de juego, y el que se las salta, simplemente, no juega. Uno podría esperar miras más elevadas de un científico, pero ciertamente no de un funcionario.

Creo que ahora puedo imaginarme cómo era el mundo antes de Copérnico. Una selva laberíntica de disquisiciones vacías, contaminadas de prejuicios religiosos (o de paradigmas científicos). Algunas cosas han cambiado desde entonces, de lo cual me alegro no poco, ya que si todo esto hubiera sucedido en el siglo XVI yo podría haber terminado en una hoguera. La lingüística de hoy, en cambio, es politeísta, y no rinde ya pleitesía a las Tablas de la Ley, sino a un sanedrín de sacerdotes, llámense Chomsky, Montague, Jackendoff, Langacker, Talmy, Lackoff o Pustejovsky.

Después de medio siglo de funcionariado, lo más lejos a que ha llegado la lingüística es el cochambroso traductor de Google, y ello no gracias a, sino más bien a pesar del deslumbrante repertorio de intelectuales de nómina, vacaciones remuneradas y pagas extraordinarias a cuenta de la munífica ubre estatal. Todo esto me sabe tanto a Liqueur Politburó... Final de época: Amsterdam, one way.



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martes, 25 de octubre de 2011

Democracia peliculera

Democracia. También en ese país en el que los ciudadanos no votan programas políticos.

Votan películas.

Pero a quienes realmente eligen es a los actores.

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Cigarras, hormigas

Con tanta diversión a crédito, habíamos llegado a olvidar la vieja fábula de la cigarra y la hormiga. Es cierto: qué anticuada y ridícula había llegado a parecer.

Hasta que alguien se dio cuenta de que el verano se había terminado.

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Memoria histórica

Es curioso. Memoria histórica para los caídos de un bando de una guerra civil, pero no para las víctimas de una banda armada.

Similitudes:

El bando rememorado y la banda armada son ambos de izquierdas. Qué casualidad.

Diferencias:

1 - La amnistía de la Transición se otorgó para pasar de la dictadura a la democracia. La amnistía de la banda armada se otorgará para pasar de la democracia a la dictadura.

2 - La guerra civil había terminado 38 años antes de 1977. El último asesinato de la banda armada data del año pasado.

3 - La amnistía de la Transición pasó definitivamente la página de la Guerra Civil. La amnistía de la banda armada abrirá, tarde o temprano, una nueva página de guerra civil.


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martes, 18 de octubre de 2011

Recetas para el triunfo

La banda armada ETA, como Göbbels en su tiempo, ha ganado la batalla de la información. Y, con ello, se ha abierto las puertas del triunfo (de momento). Las ratas, para sobrevivir, tienen que despabilarse más que sus alimentadores y, en parte por eso y en parte por una de esas carambolas de la Historia, la ETA se adelantó sin querer, ya en el siglo XX, a un futuro en el que la información es la clave del Poder.

¿Una banda armada que se sale con la suya? ¿En Europa? ¿En el siglo XXI? Hace sólo 20 años pocos lo habrían creído excepto, quizá, los iluminados residuales de la caída del último gran totalitarismo.

No sé si incluir a François Mitterrand en ese grupo espectral, pero lo cierto es que el ojo políticamente tuerto del (inevitablemente) gaullista Presidente francés puso, sin que a éste le temblara el pulso, muchos granitos de arena en la clepsidra de la banda armada. Tiempo ganado para la Historia: los propios etarras no lo sabían, pero tenían que resistir hasta el siglo siguiente.

Que es éste. Y a este siglo llegaban con ventaja. Mientras la Baader-Meinhof y las Brigadas Rojas se rendían a la fuerza del Estado, los de la chapela resisitían en sus escondrijos de la Aquitania, y aprovechaban el respiro para ir saliendo en los periódicos de cuando en cuando con unas cuantas bombas y disparos varios. Nos íbamos familiarizando con ellos. Malo. Y, como en la alegoría de Orwell, insensiblemente asimilábamos su lenguaje. Euskadi, izquierda abertzale, ikastola, Donosti, el Estado español, movimiento de liberación, cale borroka y, ya en la etapa del asalto final, el conflicto y... la Paz. The End. Guión perfecto.

Es cierto que Felipe González no ayudó. El misterioso suicidio de Ulrike Meinhof y varios correligionarios se hundió rápidamente en ese limbo en el que reposa todavía Kennedy, pero los GAL eran unos personajes de historieta cómica que regalaron a la banda armada la condición de víctimas. Víctimas de un Estado de risa, cierto, pero, ojo, de nadie más. Claro que, a quién le importa la risa del Estado cuando considera que todos los ciudadanos somos representantes de él, y no al revés.

El regalo estaba envenenado, y su precio fue la caída de Felipe. Casi al mismo tiempo que moría François. (Perdóname la familiaridad, François, pero es por equiparar). Las cosas se pusieron feas, pero entre tanto habían sucedido muchas otras cosas. Las guerras no eran ya de verdad, porque ahora se libraban en los videojuegos. La juventud se despolitizaba y se iba haciendo a la idea de que el mapa del mundo se termina en el límite provincial. Habían dejado de leer, sólo usaban ropa de marca y empezaban a acariciar la idea de ponerse un pendiente en el ombligo. Para mirárselo más a menudo, quizá.

Las cosas se iban poniendo feas, pero las condiciones objetivas no engañan. Ya lo dijo Julio César: divide, y vencerás. Además, doscientas mil personas se habían quitado la chapela y se habían largado. Y, para colmo de condiciones objetivas, un día de repente los pisos ya no valían lo que todos creían que valían. Era el momento. La luna se había puesto en cuarto creciente, y a aquella mortecina luz nadie discernia ya el bulto de las chapelas.

El Estado de risa de Felipe era ahora un Estado de morirse de risa, con payasos repartidos por todos los telediarios. En tales condiciones, casi no había más remedio que subirse a la carroza de la Alianza de Civilizaciones. Era tan divertido tirarle tartas a la cara a Zapatero. No sólo se dejaba sino que, además, sonreía. Como en el circo de verdad.

Sólo que en ese circo los etarras no son los payasos, sino los leones. En cuanto terminen de hacer las paces, esos señores de las chapelas (vosotros, no; esos otros que van a misa) les terminarán de abrir la puerta de la jaula. Ellos no ven leones, sino hijos descarriados, y por eso durante cuarenta años les han estado echando comida por entre los barrotes, a hurtadillas. Al fin y al cabo, ningún león se come al domador que lo alimenta.

Al menos eso dice la teoría. Con una sola excepción: cuando los domadores son también payasos.

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domingo, 16 de octubre de 2011

Las Vegas

Curioseando entre recuerdos, he encontrado un texto que escribí hace once años en Las Vegas. No recuerdo dónde lo escribí exactamente, ya que en aquel viaje no llevaba mi ordenador. En realidad, mi intención era comprarme allí uno nuevo, pero mi tarjeta de crédito europea no debía de ser muy compatible, porque al ir a cobrármelo el vendedor algo falló, y me quedé completamente sin crédito (y sin ordenador). Recién llegado a Las Vegas.

El texto es una impresión rápida de la miríada de sensaciones que me asaltaron en aquella ciudad. No estoy seguro de que la segunda parte sea un poema. Tal vez era sólo un boceto taquigráfico. Le he puesto los acentos, y he cambiado la nh por la ñ pero, aparte de eso y de algún  mínimo retoque, lo he dejado como está. Testimonio y crónica. En bruto.

Aquí va:

"Las Vegas: indescriptible. Todo se mueve, todo cambia. Neones, shows de luces y de música en bóvedas luminosas, primero desde la cúpula de vidrio del restaurante del Plaza, luego bajo el lucernario, rodeado  de gordos y gordas, gente posando abrazados a una serpiente, caricaturistas dibujando, esos grupos de música de aspecto patético pero inefable. Un chino con un rockero, viejísimos los dos, cantando country, otros cantando blues, rock and roll, un tipo de unos 40 y tantos, flaco y huesudo, con larga perilla, levita de saloon, Stetson negro en la cabeza y pañuelo negro al cuello, con otro totalmente calvo, vestido con un chaleco de lentejuelas, cantando La Bamba. Sosias de Elvis paseando por entre la multitud. Camisas floreadas, blancos, negros, asiáticos, mexicanos, hawaiianos, gordos que desbordan de los asientos de las máquinas tragaperras, camareras vestidas de cabareteras o de mexicanas, alla en lo alto, en la boveda, cantan Sammy Davis, Frank Sinatra, Elvis, y todo se mueve, se mueve, se mueve.

un restaurante precioso
con sabor de los 40-50
en las paredes caricaturas elegantes de famosos
que posiblemente habían pasado por alli
sobre todo actores de cine
un pianista gordísimo
que se parecía al de To have and have not, con 30 años más encima
que tocaba temas de jazz
y que había estado en la cárcel
y nos contó su vida
y las mesas
bajo una cúpula de vidrio majestuosa
que daba a la calle
the Strip
la avenida principal de los casinos
kilómetros de casinos
desde la cúpula veías
mientras cenabas
la encrucijada de la calle
de izquierda a derecha una calle sembrada de casinos
y enfrente una calle longitudinal
inacabable
cubierta en los primeros 300 metros
por un techo abovedado luminoso
en el que proyectaban shows visuales
debajo una calle peatonal hirviendo de gente
y por todas partes luces
luces
luces
ninguna de ellas quieta
todo se movía
todo cambiaba
Parménides
después
bajamos a pasear bajo la bóveda
y a curiosear por los casinos
ahora estaba escribiendo mis impresiones

y las capillas
de matrimonio rápido por 25 dolares
inefables
un cartel leído en una de ellas
NEED TO MARRY?
CALL 734 567
24 HRS A DAY
adentro un minialtar, unas sillas, un piano
unas flores blancas
probablemente de plástico"


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miércoles, 28 de septiembre de 2011

Las tertulias


Dijo Gerald Brenan, creo que en sus memorias, que la decadencia de España comenzó con la invención de la mesa camilla. Basta con imaginarse, explicaba el hispanista, a las fuerzas vivas de la localidad -léase el alcalde, el boticario, el párroco, el cacique local y un florido ramillete de eruditos a la violeta- arremetiendo contra los ausentes y derrocando de palabra al Gobierno entre picatostes y copitas de anís, al amor del brasero, para hacerse una idea de la capacidad de regeneración de la madre patria desde tiempo inmemorial. ¿Recuerdan ustedes las intrigas de aquella ciudad imaginaria llamada Vetusta?

Han pasado ya varios siglos desde entonces, pero las tradiciones se resisten a morir. En España no hubo von Humboldts ni Voltaires (no digamos ya Galileos o Newtons), sino atrabiliaras legiones de teólogos, pícaros, cantamañanas y conspiradores de café, y las argumentaciones rara vez se han acercado siquiera a la categoría de debates. Se han quedado en... tertulias.

Pero hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad. En nuestros días, los progresos de la tecnología han librado a los tertulianos de chamuscarse las puntas de los zapatos y los han acogido, como madre amorosa, bajo los focos de algún estudio de radio o televisión, calentitos por fin sin tener que padecer el incordio de los sabañones y -lo mejor de todo- cobrando.

Las tertulias, como los toros o las romerías, son un espléndido espectáculo arqueológico que permite a los antropólogos estudiar el pasado a pie de obra, sin necesidad de estornudar en polvorientos archivos ni de leerse las obras completas de don Marcelino Menéndez y Pelayo. Los tertulianos de hoy, con sus corbatas y pañuelos de Armani, sus iPads recién estrenados y las llaves del 4x4 en el bolsillo, son en realidad ectoplasmas de los desharrapados de La fontana de oro, facsímiles costumbristas de los tapices de Goya y, aquí y allá, como esporádicas notas de color, reencarnaciones del predicador fray Gerundio de Campazas en perfecto estado de conservación. Directamente en su pantalla, gratis. Simplemente apretando un botón.

No me digan que no es fascinante. El otro día, zascandileando con el mando a distancia, me topé con una tertulia de teólogos y exorcistas. Sí, sí, han leído ustedes bien: exorcistas. Sacerdotes, para ser más exactos. Exorcistas oficiales de la Santa Madre Iglesia, que, créanlo o no, existen. Los tertulianos hablaban con toda naturalidad de Satanás, de sus pompas y sus obras, de posesiones y de ángeles, y discutían mesuradamente hasta qué punto, en su experiencia personal, los exabruptos y espumarajos de tal o cual solicitante eran materia de oración y agua bendita o meramente síntomas de carne de psiquiátrico. Escuché fascinado durante una hora hasta que, enfriado el entusiasmo inicial de haberme asomado gratis al tunel del tiempo, los párpados me empezaron a pesar más de la cuenta.

La característica principal de los tertulianos es que saben de todo. Con el mismo aplomo analizan los entresijos del sistema monetario internacional que rebaten las sentencias del Tribunal Supremo o cuestionan la etiología de la gripe A. En cualquier caso, la única finalidad de sus diatribas es poner verde a alguien, generalmente el Gobierno o la oposición, según la chaqueta política del orador. Para ello, se enzarzan en larguísimas disertaciones, se repiten, se interrumpen constantemente unos a otros, se levantan la voz, y hablan todo el tiempo de sí mismos. Los tertulianos son omniscientes, y jamás se equivocan. Como si tuvieran rayos X en los ojos, conocen los pensamientos y las intenciones de jueces y políticos, y están tan seguros de sus opiniones que cuando quieren decir falsedad dicen mentira. Por supuesto, nunca dudan.

Se comprende que se interrumpan unos a otros porque, una vez tomada la palabra, no la sueltan. Ocasión que aprovecha el moderador para, en lugar de hacer honor a su nombre, arrojarse de lleno a la refriega y disputar el monólogo a todos los demás. Muchos estamos ya acostumbrados a esos presentadores que formulan unas preguntas mucho más largas que las respuestas y que, antes de esperar a oír lo que responde el entrevistado, defienden vehementemente su opinión para que el otro, en lugar de contestar, le dé la razón (o le lleve la contraria, si es de la tribu adversaria).

Es una fauna variadísima. Los hay calvos e hiperactivos, pero también barbudos y sentenciosos. Algunos son engreídos; otros, simplemente vanidosos. Todos terminan escribiendo algún libro y remitiéndonos a él como autoridad bibliográfica de sí mismos. Si las tertulias fueran zoológicos (y no andan tan lejos), las cacatúas serían esos que se desgañitan con voz estridente -y que, curiosamente, suelen ser calvos-, quizá para compensar la falta de vistoso plumaje. Puede que las ballenas estén al borde de la extinción, pero en España la biodiversidad costumbrista no corre peligro.

Los tertulianos no se limitan a acarrear de tertulia en tertulia su repertorio de argumentos propios y -sobre todo- ajenos. Son también muy reacios a usar verbos o sustantivos mondos y lirondos, y siempre que encuentran ocasión los aderezan con una frase hecha. Por ejemplo, a los políticos mentirosos (si se me permite el epíteto) siempre los han pillado "con el carrito del helado". Las preguntas enigmáticas son invariablemente "la pregunta del millón", cuando alguien tiene que negar algo "niega la mayor", las comprobaciones más exigentes son "la prueba del algodón", y tantas otras sandeces por el estilo.

Por si todo eso fuera poco, son también ubicuos. A menudo me encuentro a algunos haciendo jornada intensiva, a las 10 en la televisión y a las 11 en la radio, o incluso simultáneamente (!) en dos canales distintos, explicando que tal o cual rumor se transmite "boca a boca", "volviendo" a repetir algo que nunca habían dicho antes, o resumiendo la gravedad de la situación económica en "... con la que está cayendo". No informan de mucho, por no decir de nada, y no aportan más ideas esclarecedoras que las que el espectador ya quería oír. Pero, en fin de cuentas, ¿a quién demonios le importa? Las tertulias aquí son un rito, como la misa de los domingos, el football o las gambas. Merkel y Sarkozy no se han enterado, porque no están para esas cosas y, sobre todo, porque es difícil imaginárselas, pero alguien debería advertirles. Sus consejos son inútiles. España es eterna.



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