Dijo Gerald Brenan, creo que en sus memorias, que la decadencia de España comenzó con la invención de la mesa camilla. Basta con imaginarse, explicaba el hispanista, a las fuerzas vivas de la localidad -léase el alcalde, el boticario, el párroco, el cacique local y un florido ramillete de eruditos a la violeta- arremetiendo contra los ausentes y derrocando de palabra al Gobierno entre picatostes y copitas de anís, al amor del brasero, para hacerse una idea de la capacidad de regeneración de la madre patria desde tiempo inmemorial. ¿Recuerdan ustedes las intrigas de aquella ciudad imaginaria llamada Vetusta?
Han pasado ya varios siglos desde entonces, pero las tradiciones se resisten a morir. En España no hubo von Humboldts ni Voltaires (no digamos ya Galileos o Newtons), sino atrabiliaras legiones de teólogos, pícaros, cantamañanas y conspiradores de café, y las argumentaciones rara vez se han acercado siquiera a la categoría de debates. Se han quedado en... tertulias.
Pero hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad. En nuestros días, los progresos de la tecnología han librado a los tertulianos de chamuscarse las puntas de los zapatos y los han acogido, como madre amorosa, bajo los focos de algún estudio de radio o televisión, calentitos por fin sin tener que padecer el incordio de los sabañones y -lo mejor de todo- cobrando.
Las tertulias, como los toros o las romerías, son un espléndido espectáculo arqueológico que permite a los antropólogos estudiar el pasado a pie de obra, sin necesidad de estornudar en polvorientos archivos ni de leerse las obras completas de don Marcelino Menéndez y Pelayo. Los tertulianos de hoy, con sus corbatas y pañuelos de Armani, sus iPads recién estrenados y las llaves del 4x4 en el bolsillo, son en realidad ectoplasmas de los desharrapados de La fontana de oro, facsímiles costumbristas de los tapices de Goya y, aquí y allá, como esporádicas notas de color, reencarnaciones del predicador fray Gerundio de Campazas en perfecto estado de conservación. Directamente en su pantalla, gratis. Simplemente apretando un botón.
No me digan que no es fascinante. El otro día, zascandileando con el mando a distancia, me topé con una tertulia de teólogos y exorcistas. Sí, sí, han leído ustedes bien: exorcistas. Sacerdotes, para ser más exactos. Exorcistas oficiales de la Santa Madre Iglesia, que, créanlo o no, existen. Los tertulianos hablaban con toda naturalidad de Satanás, de sus pompas y sus obras, de posesiones y de ángeles, y discutían mesuradamente hasta qué punto, en su experiencia personal, los exabruptos y espumarajos de tal o cual solicitante eran materia de oración y agua bendita o meramente síntomas de carne de psiquiátrico. Escuché fascinado durante una hora hasta que, enfriado el entusiasmo inicial de haberme asomado gratis al tunel del tiempo, los párpados me empezaron a pesar más de la cuenta.
La característica principal de los tertulianos es que saben de todo. Con el mismo aplomo analizan los entresijos del sistema monetario internacional que rebaten las sentencias del Tribunal Supremo o cuestionan la etiología de la gripe A. En cualquier caso, la única finalidad de sus diatribas es poner verde a alguien, generalmente el Gobierno o la oposición, según la chaqueta política del orador. Para ello, se enzarzan en larguísimas disertaciones, se repiten, se interrumpen constantemente unos a otros, se levantan la voz, y hablan todo el tiempo de sí mismos. Los tertulianos son omniscientes, y jamás se equivocan. Como si tuvieran rayos X en los ojos, conocen los pensamientos y las intenciones de jueces y políticos, y están tan seguros de sus opiniones que cuando quieren decir falsedad dicen mentira. Por supuesto, nunca dudan.
Se comprende que se interrumpan unos a otros porque, una vez tomada la palabra, no la sueltan. Ocasión que aprovecha el moderador para, en lugar de hacer honor a su nombre, arrojarse de lleno a la refriega y disputar el monólogo a todos los demás. Muchos estamos ya acostumbrados a esos presentadores que formulan unas preguntas mucho más largas que las respuestas y que, antes de esperar a oír lo que responde el entrevistado, defienden vehementemente su opinión para que el otro, en lugar de contestar, le dé la razón (o le lleve la contraria, si es de la tribu adversaria).
Es una fauna variadísima. Los hay calvos e hiperactivos, pero también barbudos y sentenciosos. Algunos son engreídos; otros, simplemente vanidosos. Todos terminan escribiendo algún libro y remitiéndonos a él como autoridad bibliográfica de sí mismos. Si las tertulias fueran zoológicos (y no andan tan lejos), las cacatúas serían esos que se desgañitan con voz estridente -y que, curiosamente, suelen ser calvos-, quizá para compensar la falta de vistoso plumaje. Puede que las ballenas estén al borde de la extinción, pero en España la biodiversidad costumbrista no corre peligro.
Los tertulianos no se limitan a acarrear de tertulia en tertulia su repertorio de argumentos propios y -sobre todo- ajenos. Son también muy reacios a usar verbos o sustantivos mondos y lirondos, y siempre que encuentran ocasión los aderezan con una frase hecha. Por ejemplo, a los políticos mentirosos (si se me permite el epíteto) siempre los han pillado "con el carrito del helado". Las preguntas enigmáticas son invariablemente "la pregunta del millón", cuando alguien tiene que negar algo "niega la mayor", las comprobaciones más exigentes son "la prueba del algodón", y tantas otras sandeces por el estilo.
Por si todo eso fuera poco, son también ubicuos. A menudo me encuentro a algunos haciendo jornada intensiva, a las 10 en la televisión y a las 11 en la radio, o incluso simultáneamente (!) en dos canales distintos, explicando que tal o cual rumor se transmite "boca a boca", "volviendo" a repetir algo que nunca habían dicho antes, o resumiendo la gravedad de la situación económica en "... con la que está cayendo". No informan de mucho, por no decir de nada, y no aportan más ideas esclarecedoras que las que el espectador ya quería oír. Pero, en fin de cuentas, ¿a quién demonios le importa? Las tertulias aquí son un rito, como la misa de los domingos, el football o las gambas. Merkel y Sarkozy no se han enterado, porque no están para esas cosas y, sobre todo, porque es difícil imaginárselas, pero alguien debería advertirles. Sus consejos son inútiles. España es eterna.
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miércoles, 28 de septiembre de 2011
Las tertulias
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Palabras clave: biodiversidad, brasero, Galileo, Merkel, romería, Sarkozy, tertulianos, Vetusta, zoológico
jueves, 7 de agosto de 2008
Galaxy Zoo
Este es el nombre de un sitio web que he encontrado, en el que se puede colaborar clasificando galaxias. Fijáos en esta maravilla que acabo de encontrar:
Hermosa, ¿no? El caso es que hay ya millones de galaxias fotografiadas, muchas más de las que un solo puñado de investigadores podrá clasificar a lo largo de toda su vida, incluso dedicándose a ello a tiempo completo. Por eso estos astrónomos han pedido la ayuda de voluntarios de todo el mundo. Si alguno de vosotros tiene ganas de ayudar, os aseguro que no es difícil. Basta con un pequeño entrenamiento para acceder a la primera fase del proceso.
Hay dos tipos básicos de galaxias; elípticas, y en espiral. No siempre es fácil reconocer si estamos ante uno u otro tipo. Las imágenes que nos muestran rara vez son tan nítidas como en este ejemplo, y a menudo nos encontraremos con galaxias fotografiadas 'de canto'. Pero lo más interesante es cuando nos encontramos con dos galaxias en proceso de fusión (¿o debería decir 'colisión'?). Muchos astrónomos creen que las galaxias en espiral podrían tener su origen en la fusión de dos galaxias, elípticas o no. Pero ningún científico dispone de unos cuantos millones de años para contemplar ese proceso de principio a fin, por lo que tendremos que recurrir a un truco: 'sorprenderemos' a muchas galaxias en distintas fases de ese proceso y, fotograma a fotograma, construiremos una película.
Además, es también importante comprobar si se cumple o no un supuesto básico de la astrofísica: el Universo no tiene preferencias. Si algún día alguien averigua que hay más galaxias que giran a izquierdas que galaxias que giran a derechas, entonces llamad a Houston, porque tenemos un problema.
En realidad, el problema lo tenemos ya de todos modos, porque allá por los años 50 varios físicos descubrieron un fenómeno inquietante: en las interacciones débiles, la paridad no se conserva. En otras palabras, las leyes de nuestro Universo no son exactamente simétricas (a menos que exista una mitad simétrica de este Universo que nosotros nunca hemos visto). Pero hoy es ya muy tarde y me tengo que ir a la cama. Otro día explicaré algo sobre este importante descubrimiento.
jueves, 8 de noviembre de 2007
Remedios Raposo
Todos hemos visto alguna vez en algún museo esos dibujos un poco fantasmagóricos que el artista, por falta de tiempo o de interés, ha dejado a medio terminar. Personalmente, los encuentro muy sugerentes, porque incitan a fantasear. Esa ambigüedad de las cosas no terminadas encierra todo un mundo de posibilidades que, con su obra inacabada, el autor regala a la imaginación del espectador.
Remedios Raposo es, como uno de esos dibujos, un personaje a medio terminar. En mi fantasía la veo como una silueta femenina de busto nítido y expresivo que, sin embargo, de la cintura hacia abajo no está del todo dibujada.
Ello se debe a que Manolo Zanzón lleva semanas dándole calabazas. Y Remedios no es alguien que se conforme cuando no consigue salirse con la suya. Ha buscado la ocasión ya muchas veces, incluso colándose en el dormitorio de Manolo sin avisar, con una tortilla de patatas y una botella de vino a la hora de la cena. Decían en aquellos tiempos que al hombre se lo conquista por el estómago, pero Zanzón, después de comerse la tortilla y beberse varios vasos de vino, no reaccionaba. Y en ese punto muerto se quedaron los dos hace muchos años, congelados en el tiempo y en el papel hasta que, hace unos meses, su autor decidió, casi literalmente, desempolvarlos.
Remedios se rompía los sesos. En una mujer, la osadía tiene límites, y ella creía haber llegado ya al borde de ellos. Prácticamente, lo único que le faltaba ya era irrumpir en la habitación de Manolo a las once de la noche y meterse en la cama con él. Pero Remedios se mordía con fuerza los labios antes de dar un paso así. En parte, porque en sus fantasías era él, Manolo, quien tenía la obligación de seducirla a fuerza de roces, tonteos e insinuaciones y, en la fase final, venciendo las (fingidas) resistencias de ella. Y, en parte, porque desde niña le habían enseñado que una mujer que ofrece su cuerpo a un hombre es una puta.
La mañana en que Remedios y Zanzón quedaron congelados en el tiempo había empezado a llover. Iba a llover durante muchos días y muchas noches, y la calle en que Remedios tenía su humilde bar, que no estaba asfaltada, se iba a convertir en un torrente. Pese a todo, los clientes acudían al bar a tomar sus cafés y sus chatos de vino como pretexto para conversar. Algunos, con botas de agua para no mojarse. Los más, con los zapatos y los calcetines en la mano y las perneras del pantalón arremangadas. Tiempo habría después, ante la vieja estufa del bar de Remedios, de secarse los pies desnudos y, si uno se quedaba amodorrado con el runrún de las voces de fondo, incluso de quemárselos en un descuido.
El tema de conversación era, naturalmente, el cocodrilo. La noticia de que Remedios había hecho frente (con éxito) a un cocodrilo recién escapado del zoológico había corrido como la pólvora por el barrio. El saurio se había comido el palo de la escoba de Remedios, sí, pero una buena panzada de lacón inapto para el consumo se lo había llevado al otro barrio en pocas horas. Remedios, de pie sobre el mostrador, había tenido la santa paciencia de aguardar a que el bicho, después de merodear largo rato por entre las mesas, empezase por fin a hipar, abriese las fauces lastimeramente, virase los ojos y, echando un poco de espuma por la boca, aflojase definitivamente las cuatro patas y se quedase como un peso muerto quieto, sin respiración, junto a la ventana.